jueves, 9 de abril de 2026

Rumbo a Caronte





Mi querido amigo terrícola:

Estoy aquí en la Luna, pero por poco tiempo. Como sabrás soy natural del Planeta Nueve. Te recuerdo que entablamos amistad, allá en un camping de tu país donde mis padres decidieron pasar aquel año nuestras vacaciones en tu apreciada Tierra. Disfrutar de tu grata compañía, rodeado de aquel bello paisaje en medio de una vega fértil, abrazada por un río de aguas alibles y sedosas, fue para mí una experiencia inolvidable.

En este momento embuchado estoy en esta cápsula espacial, a la espera de que el transbordador Orión con sus propulsores de alta sensibilidad y detectores infrarrojos me catapulte rumbo a Caronte, el más alejado satélite del planeta Plutón. Sólo deseo que el legendario barquero del Olimpo consiga transportarme con éxito a la que por ahora ha venido a ser: la nueva estrella de mis sueños: Caronte. Te escribo a punto de despegar. A tu planeta tengo decidido no volver jamás. Hasta que la corrección de vuestra trayectoria no esté libre de virajes engañosos y limpia de abscisas con ejes imprecisos no me verás el pelo. Hasta que no reforméis vuestra constitución y, allá en su artículo 14, donde afirmáis que todos los terrícolas son iguales ante la ley, añadáis que el espacio del universo es patrimonio universal de todos los seres que habitan en él, no pienso ir a visitarte. Lo siento en el alma: mis padres, mis abuelos, casi toda mi familia, la mayoría de mis mejores amigos sois oriundos de vuestro planeta azul, en el que tuve la suerte de pasar los mejores días de mi infancia. Me resulta muy penoso prescindir de tu amistad física, pero, ¡qué le vamos hacer! Uno tiene sus principios.

Hace más de cinco meses que llegué a Selene, vuestro endiosado satélite. Te aconsejo que no se te ocurra embarcarte para acá. En todo nuestro sistema solar no hay un satélite más aburrido e inhóspito que este desplumado cascarón. Aquí todo está muerto. Tan sólo dos o tres veces me encontré con un par de alienígenas dando saltos como pingüinos embozados a la captura de insignificantes piedrecitas lunares. Me dijeron que pensaban montar en la Tierra un taller de alta orfebrería lunar, uno de esos interplanetarios shops de minerales terapéuticos. Me dijeron que estas piedras lunares se pagan muy bien por su gran poder contra irradiaciones, la gripe de Venus, dolores de cabeza, que había quienes con ellas se libraban de la contaminación cósmica, la lluvia ácida, la colisión de meteoritos. ¡Todo puro cuento! Hasta me hablaron de sus eficaces propiedades termales. Su ruindad comercial, sus inoportunos chistes contra los marcianos, así como su huera palabrería pronto dio al traste con nuestra débil relación. Estoy cansado de la Luna. Caronte es pues mi siguiente puerto astral, mi nueva hoja de ruta.

La Luna por la que en otro tiempo suspiré, se me rompió en mil pedazos. Aquella pecera, cristalina y reluciente, muy pronto desapareció ante mis tristes ojos. Estoy cansado de llevar este insoportable traje metalizado, cansado de luchar contra la ingravidez, los músculos siempre en tensión, como si se me fuera el cuerpo, y este sujetar a todas horas, como a perro rabioso mi propia masa, es demasiado. Estoy cansado de llevar esta papelera encasquillada como galería empotrada en mi cabeza, me produce costras, urticarias, tortícolis. Estoy cansado de tanta bruma pegajosa. Las cosas más comunes, beber agua, defecar, lavarme los dientes, se me hacen enredosas, complicadas. No, no te rías, si algún día nos vemos, te prometo contarte como me las arreglo para orinar y no mearme encima. ¡Ay, lo que añoro los días de aquel verano que pasamos juntos nadando, pescando, retozando bajo las refrescantes sombras de los chopos de aquel vuestro río de aguas dulces y peces de colores! ¡Todo aquí en la Luna es tan aburrido! Un día se me ocurrió acercarme a la estación permanente que los americanos tienen a los pies del monte Gagarin, para abastecerme de víveres y esterilizar mi indumentaria usada. Lo que debió ser un aliciente, una novedad, se convirtió en un fastidio. No me cayeron bien sus regidores. Su prepotencia, su marcialidad, sus distintivos patrios y excluyentes, su loca manía de enviar a la Tierra enormes sacas de polvo lunar... Me dijeron que con dicha arena querían construir una monumental pirámide en los jardines del Capitolio, para que el mundo entero supiera que el Águila Americana era la dueña en exclusiva de este satélite inhóspito. Por cierto la bandera de latón que en 1969 Armstrong clavó en la base de la Tranquilidad ha desaparecido. A raíz de este simple incidente el Pentágono ha creado el Comando Preventivo del Espacio, un órgano represor que en estos momentos merodea cráteres y acantilados en busca de supuestos terroristas, a los que entre otros cargos, además de la sustracción del emblema nacional, se les acusa de desarrollar armas de destrucción masiva. De paso que sepas, mi querido amigo, que en la zona oeste de la Luna, en el Océano de Las Tormentas, (Oceanus Procellarum), los americanos están construyendo una cárcel de máxima seguridad para evadir el control del derecho sideral, una cosa parecida a lo que ya en su tiempo hicieron los yanquis en tu Tierra querida, en la bahía de Guantánamo.

Para que te hagas una idea de cómo me entró esta locura de venirme para la Luna, te cuento. Estábamos toda mi familia pasando unos días de Semana Santa en la Fuente del Caño, en una casa alquilada, en los aledaños de una frondosa sierra poblada de pincarrascos, zarzamoras y espinares. No me acuerdo de casi nada, de aquellas noches al fresco de veladas alegres, tampoco de los embriagadores olores a resina, espliego y mejorana que bajaban del monte, ni de los madrigales que a dúo cantaban veraneantes amorosos. Me olvidé por completo del silbar de las chicharras en el tórrido mediodía, del croar de las ranas en los remansos de la acequia, del negrear de la uva, del refrescante beber del botijo a la sombra de aquel sicómoro de sabrosos higos toreros, del rojo embriagado del atardecer de agosto. La obsesión por la luna llenó de tal modo mi cabeza que ya no quedó sitio neuronal para otro recuerdo. Nunca olvidaré cuando, en medio de una de aquellas gozosas anochecidas mi padre me dijo: Vamos, hijo, cierra los ojos. Me dio la mano, y juntos fuimos por el sendero que bordea la pared de los elegantes álamos que venían del cauce... Una vez que llegamos a la mota donde la fuente dejaba resbalar dulce el agua, sin soltar ni un momento su protectora mano, añadió: Ya puedes abrirlos. Tan sólo tendría yo por entonces tres años. En aquellos días, todo lo que ante mis ojos amanecía era creación pura, arte natural, estreno placentero, descubrimiento y magia, fascinación y sorpresa. Lo que mi padre aquella noche me mostró excedió sobre cualquier otro misterio revelado. Y de pronto, la Luna como una era de paja recién trillada se me mostró generosa, llena de misterios, bella y hermosa, fresca, blanca, reluciente, más seductora y atractiva que cualquier otra maravilla del espacio cósmico. La Luna me engatusó para siempre. Desde aquella noche siempre soñé con venir a la Luna. Trabajé, vendí mi primogenitura, empeñé mi herencia, cambié todos mis bienes, enajené mis fincas, hasta de la memoria me desprendí, todo lo di por la Luna. Si yo no fuese hijo de mi padre ahora mismo le arrebataría a Aquiles su furia contra el dios Apolo y con sus mismas palabras tomadas de la Ilíada le diría bien alto: Tu me has engañado, tu el más funesto de los dioses, yo te castigaría si tuviera poder para ello. Perdona mi enfado, querido amigo, y que me perdone también mi padre, pero es tan doloroso mi desengaño...

Fue entonces cuando me puse en contacto con una inmobiliaria de origen americano que había abierto justo en la misma calle donde yo trabajaba como consultor informático. Se venden parcelas en la Luna, leí en uno de sus rótulos luminosos. En realidad se trataba de la firma Lunar Paradisi, cuya principal actividad consistía en vender terrenos de estrellas deshabitadas a precios asequibles a mi bolsillo. Y allí, la chica que me atendía, me dijo que su empresa había adquirido como propiedad la Luna. Yo extrañado le pregunté si las Naciones Unidas del Universo permitirían semejante enajenación. De eso se trata, -me dijo amablemente la señorita con su voz celeste-, según la disposición transitoria número cinco-seis-ocho-siete de dicha internacional, ningún estado puede apropiarse de satélite o estrella alguna, lo que no quiere decir que ningún particular pueda hacerlo, de hecho mi principal jefe de Connecticut, un tal Jaques Boosh, consiguió del Alto Tribunal Sideral que se le adjudicara como propiedad la Luna. Luego la registró legalmente a su nombre, y le puedo asegurar que, si usted compra cualquier parcela lunar, su transacción queda totalmente asegurada tanto a nivel jurídico, comercial, constitucional, como espacial y administrativo... Luego la empleada me enseñó un amplio plano ricamente detallado en papel cuché. Hice mi pago en efectivo, recibí una escritura de propiedad que me acreditaba como dueño indiscutible, así como un pequeño mapa con sus coordenadas exactas. Y me embarqué todo ilusionado a la Luna de mis sueños. Elegí este pedacito de Luna del que en estos momentos me dispongo a alejarme para siempre.

Muy pronto constaté que esta Luna con que la que yo de niño soñé, mi querido amigo, no era la Luna que en una cálida noche de San Lorenzo, en medio de una extraordinaria lluvia de estrellas, mi padre me mostró para mi feliz encantamiento. Y yo que esperaba que la Luna con sus alas de plata agitaría de placer mi corazón anhelante, me siento completamente desilusionado, cansado, frío y solitario. Yo vine a la Luna, tú bien lo sabes, amigo, porque en el fondo, a mí lo que me faltaba, era encontrar el amor de mi vida..., pero aquí sólo encontré cráteres apagados, montañas estériles, arena muerta.

Te escribo sentado en la misma puerta de este pequeño módulo espacial. Frente a mí se extiende hierático el vasto mundo de un universo oscuro, no sé qué es lo que habrá allá al otro lado, pero cada mar tiene su orilla. Tengo que dejarte. El lunamóvil acaba de llegar. Salgo para Caronte. Te mantendré informado. Adiós, mi querido terrícola.


Post Data: Toma nota de mi nuevo correo electrónco. He cambiado de servidor. Estoy hasta los mismísimos de SeleneServer. Mi nuevo correo es Caronte@panta.rei.



lunes, 6 de abril de 2026

Neuronas descerebradas



Esta mañana leo El encaje roto, cuento de Emilia Pardo Bazán. Y esa idea de la importancia que la más irrelevante cosa, (el casual desgarrón del vestido de novia de Micaelita), tiene en el desarrollo de los grandes acontecimientos me saca de quicio.

Fue la cosa más tonta… De puro tonta no quise decirla; la gente siempre atribuye los sucesos a causas profundas y trascendentales, sin reparar en que a veces nuestro destino lo fijan las niñerías, las «pequeñeces» más pequeñas...
¿Cómo es es posible que una simple neurona desencaminada y rota en la cabeza de un idiota pueda acabar con un pueblo? Con lo fácil que hubiera sido cauterizar antes, sin daño colateral alguno, tan diminuta célula descarriada y loca. Pero por desgracia ya es tarde. 
¿Quién salvará a este chiquillo 
 menor que un grano de avena? 
¿De dónde saldrá el martillo 
verdugo de esta cadena?   
(El niño yuntero. Miguel Hernández)

 

sábado, 4 de abril de 2026

Sábado de gloria



Deberíamos agradecer a los dioses que a los humanos no se nos concediera como a ellos la gracia de la inmortalidad. Precisamente gracias a esta no-facultad-virtual podemos disfrutar de cada momento con esa intensidad y frescura que sólo el instante nos proporciona. Si fuésemos eternos, privados seríamos del tan divino don del ahora. El aburrimiento, por ser repetidamente conocido, sería nuestro tedioso hábitat; y nosotros, incapaces de gozarnos con su prístino deleite.

Y al hilo de este herético pensamiento, una amiga hoy me habla de la oquedad y del resquebrajamiento de las palabras conforme pasa el tiempo diluyéndonos. Y para su consuelo o el mío añade: Y este nuestro pasar nos da la oportunidad de aprender a ser, a vivir de otra manera. ¡Vivamos pues este divino instante! El momento es lo más parecido a la eternidad. Dice Boecio en su Consolatio philosophiae: El ahora que pasa hace el tiempo; mientras que el ahora estable, el ahora que permanece, hace la eternidad.

En este sábado de Gloria inmerso estoy en un mar de dudas. Pasa el tiempo, ¿o somos nosotros más bien los que pasamos atormentados debido al tiempo que corre a la desbandada? Sea lo que sea, esta mañana, el rojo pasión amanecido de una pequeña flor en la maceta de mi terraza me ha sorprendido con su resurrección gloriosa.

jueves, 2 de abril de 2026

La cara oculta de la Luna



Estoy a las faldas del monte Haemus, en la misma orilla del mar de la Serenidad. Mi asesor turístico me recomendó esta bahía de la Luna como lo mejorcito para pasar unos días alejado de las habituales fatalidades del planeta. Un enorme desierto de arena negra tiñe de ceniza todo lo que mis ojos alcanzan. 


Elegí la parte oculta de este satélite por su exotismo. Pero esto no es lo que yo creía. Nada de esa claridad lunar prometida, ni músicas estelares. Aquí el único canto cósmico que oigo es el monótono ronroneo de la niebla que todo lo inunda. Aquí no hay peces ni gorriones. Todo es gris y borroso. 

Vine confiado en que por fin aquí encontraría el oasis soñado, que fliparía con la lluvia de estrellas, con los besos de las sirenas del espacio, las auroras boreales... Y sólo veo una gran depresión tosca y rocosa. ¡Echo tanto de menos, el aire, el agua, una ducha...! 

Antes de venir, cautivado por las bellezas que pensaba encontrar acá, dejé escrito que me incineraran en el mar de la Fecundidad, al sureste de la Luna, donde los vulcanólogos dicen que se encuentran los mayores yacimientos de pirita, la fuente del fuego planetario, donde poetas y novios tienen contratadas sus tumbas millonarias. Pues bien me retracto, mi última voluntad es que me entierren junto aquella plantación de alcachofas que dejé allí en la Tierra. 

Aquí no silban las chicharras, no oigo el croar de las ranas en los remansos de la acequia, no alegra mis ojos el negrear de la uva. Esta no es la Luna con la que soñé. Esta Luna no tiene alas, no mueve mareas, no levanta pasiones, no hace crecer al sembrado, ni tampoco su gélido destello inexistente saca brillo a los tomates ni a las berenjenas. 

Yo vine a la Luna para saciarme de sus senos de plata, para ver la hoguera encendida de mis deseos cumplidos, pero aquí nunca llueve, no crecen acelgas ni espinacas. Estoy deseando volver a la tierra y tomarme allá con vosotros un café con anís en el bar de la esquina.

miércoles, 1 de abril de 2026

Color de semana santa



El color, la luz, es la sustancia de la vida. Y así decimos, que cuando las cosas pierden su color, es que se están muriendo.

Son las ocho y media de un sábado de abril, vísperas de Semana Santa. Intento dormir a mis hijos con un cuento:
Érase una vez un país donde corrían tiempos de color y primavera. Todos los sueños tenidos en los confines de este prodigioso lugar se cumplían al momento. Bastaba con que cualquiera de sus habitantes tuviera un sueño para que al instante deseo y realidad, como la claridad y el día, fuesen una misma cosa. Si alguien soñaba con el agua, de repente una fuente cristalina nacía bajo sus pies, saciaba su sed, llenaba el cauce de los ríos, lubrificaba la piel de las ranas, alimentaba los peces y las plantas, movía ruedas de molino y pintaba de verde la campiña. Si alguien soñaba con el aire, al instante una gran bocanada de azul transparente limpiaba sus pulmones, daba alas a los pájaros, izaba cometas y birlochas, conducía por rutas de corales a veleros de surco abierto, transmitía músicas, polinizaba el huerto y llenaba con forma de caballo alado el globo de aquel niño de la placeta. Si alguien soñaba con el fuego, al momento el frío, las escarchas y el invierno, el temor y las culebras, despavoridos todos, con el rabo entre las patas, se alejaban tras el cerro de los riscos, los quebrantos. Si alguien soñaba con el barro, con la arena, por sorpresa, de su vientre brotaba el trigo, los tomates, la canela, los hijos y las horas, el hogar y la bahía.

Hasta que llegó el fatídico día en que un sueño rebelde se negó a ser estrella. Y fue entonces que la tierra dejó de dar vueltas alrededor del sol. Quien esto os cuenta, hijos míos, bien sabe lo que dice. Vuestro padre es ahora un asteroides inerte y apagado, en medio de la noche, sin rumbo y calcinado.
Abril, 1981. El color de los días.

jueves, 26 de marzo de 2026

En busca de nuestra animalidad




No conocía a nadie salvo a su gato

No sé si esto que me pasa será una rareza mía, o tal vez sea cosa común al resto de los mortales que como yo andamos cumplidos los ochenta. Cuando nacemos empieza nuestro crecimiento hacia el encuentro de nuestra humanidad. Pero una vez alcanzada cierta edad nos parecemos más a los simios aquellos de donde venimos. Personalmente tengo la impresión de que voy para atrás, hacia aquella era en la que los humanos éramos unos vulgares homínidos, gozosos y acoclados en medio de la naturaleza, atontados. Y así me sorprendo. Cada vez más me parezco a los gatos, a las tórtolas, a los perros y a los gorriones. Como ellos, soy más reservado en el habla. Prefiero la escucha y la observación tranquila. Despreocupado. Es como si los humanos, llegado un momento tras haber consumido al completo nuestra humanidad, intentáramos regresar, encaminarnos hacia la reconquista de nuestra animalidad perdida.

Los muertos siempre rebullen en mi interior. Una turbamulta de manchas negras cabalgan por el firmamento de la tarde. Nubes de plomo se cuelan por mi retina, el agujero negro que engulle a mis animales queridos. Además de las almas de los polluelos muertos por la escarcha, veo a la bella alondra de las cuevas de la rambla, con quien como hormiga subterránea conviví un tiempo en amor y compañía. Veo también el rosal de la entrada de mi huerto, donde un gato ingenuo se posa todas las mañanas, y amable me muestra las flores de sus versos. Dibujaba y componía poemas para mi animalidad dormida. Era amigo de los gorriones y los perros. Un día amaneció muerto por un disparo de escopeta equivocado. Recuerdo que aquella mañana llovía. Siempre llueve cuando alguien se muere.

Miro ahora al Levante, por donde a las gallinas les rinde más el día. Ellas son de acostarse temprano. No entiendo que mi gato muriera tan joven, apenas cumplido los cinco años. ¡Arriba gatos de la tierra, en pie famélica legión! Cada vez me siento más animal. Un hombre en busca de su animalidad.




lunes, 23 de marzo de 2026

Hojas caídas del manzano



Buscaba la gloria. Y creyó haber encontrado la piedra filosofal. Decía que escribía para no morir. Las hojas del árbol de mis libros me abastecerán del oro que para sobrevivir necesito.

Aquel presuntuoso escritor que creía enmendar la plana a la muerte, y pensaba que su escritura lo elevaría a los altares de la eternidad, hoy descubre estar equivocado. Después de muchos años escribiendo, nunca vio que de la tierra de sus palabras escritas nacieran revoloteando por arte de magia entre sus ramas gorriones dorados, mirlos, ni palomas como el azul del aire.

De hecho, en su juventud compitió en alguna que otra contienda literaria. Hoy, ya no es igual, no busca el reconocimiento, tampoco el éxito. Su edad lo ha hecho más comedido y sabio, estoico, y no tan avaricioso. Es mejor vivir sin nada que con la muerte a cuesta. Antes creía que sus textos, tras su desenlace letal, serían el despertar inmortal de su alma dormida: Ellos, -decía- me devolverán mi cuerpo resucitado. Hoy no es tan necio para creerse tamaña majadería. De las palabras que hoy escribe no brota ningún lirio abierto. 

Escribir no es nada. Escribir no me devolverá el pasado. La hojas caídas del manzano, no por doradas, refulgentes y ajustadas a su expresión y forma, me librarán de las uñas del invierno, de los puñales del arado.
Con todo el viejo se pregunta: ¿Y por qué sigo yo aún escribiendo? Y es ahora cuando recuerda lo que una amiga le dijera unos días antes de morir: El veneno de la escritura te emponzoña como una droga. Cuando comienzas a escribir, ya no hay nada, ni nadie que te pare… seguirás escribiendo hasta la muerte.

El viejo escritor se siente bien escribiendo, sólo es eso. O tal vez ni eso. Tal vez sea que la muerte es el texto más veraz y genuino de nuestra obra creadora.

jueves, 19 de marzo de 2026

La ventana de Baudelaire



Hace días que no escribo. Mala señal. El tedio y el hastío ante la insensibilidad repetida de una guerra sin motivo me impide reconocer mi desidia. Y no me siento mal por ello. Y ahí es donde , y sin darme cuenta, reconozco que no deben irme muy bien las cosas

Acostumbro a desayunar muy temprano. Antes de que el sol me sorprenda. En la soledad y casi a oscuras, en recuerdo de aquella mi esclavitud de jornalero a sueldo. Esta mañana me retrasé media hora, el tiempo justo para que la aurora notara mi retraso. Sentado frente a la ventana que da a las lanzas espigadas de las cañas en la ribera. Un café largo y dos rebanadas de pan tostado con aceite y miel. La farolas, cuellos de jirafas, alumbran el desvío de la carretera que da la vuelta al pueblo en paralelo, siguiendo, allá abajo, el curso del río entre cañaverales, chopos y eucaliptos. 

Aún siendo día festivo, las nubes mustias entristecen mi vista, pero tan fuera estoy de mí frente a la nada de un cristal transparente que no soy consciente de mi amargura. No tiembla el aire. Las hojas de los árboles botella delante de mi casa no tintinean y las dos tórtolas que ayer jugaban amorosamente a cogerse la una a la otra, hoy no las veo, tampoco a los pajarillos que como enjambre de abejas ayer murmuraban entre ellos la llegada de la primavera. 

Paralizado estoy frente al cuadro de la ventana, sin darme cuenta de si he desayunado o no. Placenteramente absorto frente a la invisible y paulatina gradación de la luz de la alborada. Tan fuera de mí estoy que, al igual que aquella otra mujer que vivía sin vivir en ella, así me siento yo también ahora, feliz, entre los hierros cautivos de esta matinal mirada. Quieto, inmovilizado por el placer que me reporta la confortabilidad de tal desasimiento. Y tan siquiera me doy cuenta de lo que estoy viviendo.

Fuera de mí me veo, confundido con el cristal que observa la nada delante de unos ojos agradecidos que quieren mirar algo que vivir la pena merezca. No hay nada más misterioso, que contemplar la misma nada desprovista o repleta del todo. ¡Quién sabe!

lunes, 16 de marzo de 2026

Soledad confusa


Tomo este título de la dedicatoria de Góngora al duque de Béjar en su Soledad primera.
Pasos de un peregrino son, errante,
cuantos me dictó versos dulce Musa,
en soledad confusa,
perdidos unos, otros inspirados.
Decidí recluirme en la soledad de esta habitación última para confundirme feliz con la oscuridad y sacar lo mejor de su interior. Cuando me invade la tristeza y el hastío, el tedio y la desesperación recurro a la escritura, me aíslo. Y no siempre encuentro alivio.

En la soledad, lo mismo que en el silencio, es donde antes me encontraba más acompañado, era más conciliador y comprensivo con los demás, y mis oídos y mis ojos se abrían a lo ajeno, más atentos, más abiertos al pluralismo cultural, a la globalización, a la inclusión del otro, en palabras de Habermás, el padre de la Teoría Crítica, recientemente fallecido. La soledad del mar, del aire, la soledad del cuarto oscuro... eran mi compañía y entendimiento.

Aquella soledad dulce hoy me amarga, no es por mí deseada. No ando ahora por los senderos de la mística encumbrada en los que la soledad llenaba de sanadora poesía y soledad aquel mi vacío y extravío existencial que tanto sentía.

Hubo un tiempo en que me sentí seguro y cómodo en mi soledad voluntaria. Aquella soledad elegida no me desolaba, ni era confusa, dispersa, impuesta ni atiborrada. Me inspiraba. En ella me encontraba confortable y seguro. Me sabía a calma ¡Y qué solos y a gusto veía yo a los difuntos alejados del bullicio, durmiendo en el camposanto! Sumergido en mi soledad lo pasaba divinamente, en estrecho lazo unido a los vivos y a los muertos en medio de la naturaleza silvestre y virgen.

Y en estos días de concentraciones de No a la guerra, ni la soledad me acompaña, en ella no me encuentro, más bien me araña. Cuando las ideas ya no mueven el mundo, es preciso pasar a las formas, un nuevo estilo. Nuestra cultura está cambiando de base. Lo que no sé es lo que pasará si se deshumaniza hasta el punto que no hagamos nada por evitarlo. El si muove de Galileo es tan trepidante que el perder estabilidad es desalentador para aquellos que hemos sido educados en verdades inamovibles. Y busco la manera de librarme de la soledad. Y no hay manera. Me pongo a escribir, y las letras se me caen de las manos, al igual que a mi amigo el valeriano, se le cayó el acordeón un día antes de morir. Esta soledad de hoy no es la misma soledad que yo ayer tenía como amiga y compañera. La soledad sonora, la soledad oscura, la callada soledad que hablaba, y cual la aurora con sus dedos llenaba de luces y colores las palabras que con tanto orgullo yo escribía, hoy me ha traicionado. 

En tiempos de guerra, dicen, que la escritura debería ser un acto de rebeldía. Mis musas, hoy son insensibles y muy cobardes. Ante tanta locura, crimen y barbarie permanecen mudas como las piedras. 


jueves, 12 de marzo de 2026

El escondite de los recuerdos



Después de haber vivido, intento recordar, y todo lo encuentro revuelto, como el agua turbia del río tras el aporte de las tierras de los montes mineros, después de las últimas lluvias de un mes de marzo atípico. El presente que vivo, al instante sumergido queda en un solo elemento, convertido en una abstracción en la que entre lo real y lo imaginario nada distingo. Lo vivido y su memoria forman un solo cuerpo. Digamos que la memoria es lo virtual; y lo real: lo analógico. Y así voy por la vida dándome trompicones entre postes y farolas como un pobre borracho insatisfecho. Puede que a Baudelaire, la realidad nada le importara; pero la realidad le hacía sentir ser quien era. Lo que se puede ver al sol es siempre menos interesante que lo que ocurre detrás de un vidrio. (Las ventanas).

Una vez vivido, veo el tiempo como un agujero negro. En ese agujero negro o luminoso vive la vida, sueña la vida, sufre la vida. Cuando del recipiente de los acontecimientos que anteriormente me sucedieron, intento sacar un recuerdo, éste se me presenta convertido y homologado, unido a una fábula, a un sueño no tenido. Después de haber vivido, ya nada de lo que viví tiene consistencia. Estoy más en el allá que en el aquí metido. La vida es la escuela preparatoria para que entrar nos deje Caronte en la ciudad de los muertos.

Ayer lo pasé fatal. No recuerdo el motivo. Sólo sé que necesitaba saber el nombre de aquel pequeño libelo que sobre las ventajas de la música escribimos al alimón una compañera y un servidor, en nuestros jóvenes años de docencia contra aquel antipedadógico lema "la letra con sangre entra". ¿Dónde diantres se esconden las cosas que olvidamos? Sabemos del querer de unos ojos dulces, de una mirada apasionada, pero desconocemos las razones por las que ciertas personas con tanto desinterés o cariño nos amaron.

Aún no acordándome del título de aquel trabajo, sé que en algún lugar de mi cerebro o de mi corazón seguirá aguardándome, al igual que espera paciente y ansioso un gato el regreso de su amo muerto. Busco el original por todos los rincones de la casa. Y no me duele no encontrar aquel manuscrito cuya elaboración nos costó todo un curso académico; lo que más rabia me da es no acordarme del nombre aquel que por título le pusimos.

Si me preguntaras ahora: ¿De las cosas que yo podría perder, cuál de ellas más me apenaría? La cabeza, esa sería sin duda mi respuesta. Las veces que en clase de religión me preguntaban en qué lugar del cuerpo se encontraba el alma, nunca supe responder. Siempre dudaba, no sabía si en mi corazón o en mi cerebro. O tal vez mi alma estuviera en aquella primera chica que me diera calabaza. De aquella sí me acuerdo. Me acuerdo más de lo que nunca fue mío que aquello que atesoré.

De un tiempo a esta parte, confundo los nombres. Llamo Tere a la Puri; Puri a la vecina; a mi vecina, don Pedro; a don Pedro, don Gil el de lo pies pajizos.

¡Albricias, por fin me acordé del título! A nuestro trabajo aquel de fin de carrera le pusimos de nombre A la Pitiflor, cantarina jitanjáfora.

martes, 10 de marzo de 2026

El color de los días



https://rubencastillo.blogspot.com/2025/09/el-color-de-los-dias.html

Siempre he sentido una especial fascinación por los héroes invisibles. Es decir, por aquellas personas a las que, pese a la importancia de su vivir o a la condición egregia de sus logros, rodea un aura de anonimato. Se llaman Juan, Carmen, Pepe, Rosa, Aquilino, Mercedes o José Ignacio. Y rara vez salen en la tele (si es que alguna vez lo hacen), porque no juegan en el Real Madrid, no trabajan como tertulianos sabelotodo, no protagonizan escándalos mediáticos y no posan en la prensa afirmando ser expertos en nada. Son la pura discreción; y eso, hoy, no se aplaude. Son médicos que salvan vidas en el quirófano; son veterinarios que emplean sus días, y a veces sus noches, en la tarea de cuidar a los animales; son barrenderos que cumplen con pundonor y orgullo su tarea higiénica; son policías que no quieren multar, sino ayudar y proteger. Los hay. Son más de los que parece.


jueves, 5 de marzo de 2026

Del lado correcto de la historia


Expresión que suena a epitafio, a elegía, a sentencia lapidaria, incuestionable, irreversible, imposible de rebatir. Magister dixit. Claudicación. Vasallaje. Una manera de impedir cualquier debate, tapar la boca a quien quiere respirar por la nariz. ¡Oler a jazmín, y no a pólvora ni a fusil!

Trileros, unos y otros apelan al devenir histórico. La historia nos absolverá. Locos visionarios. Simplifican los hechos, recurren a la profecía como magisterio de verdades absolutas, reveladas. Tergiversan el futuro. El oráculo siempre lleva razón. Como aquella vez cuando la guerra de Irak: Dentro de aquella verdad de Las Azores escondida estaba también la mentira. Regalan cadenas por libertad: La hora de vuestra libertad está al alcance de vuestras manos. Refugiaos. No salgáis de casa. (Donald Trump).

Tratan de justificar lo injustificable, complicar lo evidente. Convertir quieren el edén en un nido de víboras. Echan mano al instinto más salvaje. Furia épica. Rugido del león. El ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Y vamos camino de la Tercera Guerra Mundial. ¡Cuánta razón tenía Stefan Zweig! Y ni siquiera nos avergonzamos de comportarnos como animales. Digo ¿animales? ¡Ellos no lo harían! Yo no sé de historia, pero no pondría al Destino como juez de esta contienda. La responsabilidad es sólo nuestra. Vendrán más años malos / y nos harán más ciegos / vendrán más años ciegos / y nos harán más malos. (Rafael Sánchez Ferlosio). Los humanos hace ya un tiempo que decidimos despojarnos de nuestra humanidad. ¡Arriba therians de la tierra, en pie famélica legión!

Y mientras, como decía Cortázar: muchos poetas siguen escribiendo con tiza en los paredones de las comisarías del norte y del sur, del este y del oeste de la horrible, hermosa tierra.

martes, 3 de marzo de 2026

Sordos tiempos de esperanza



Tengo la impresión que a los sordos no nos dejarán entrar en el reino de los cielos. Sus puertas están selladas para quienes somos alérgicos a la música celestial. Siendo la música, tal vez por su intangibilidad misteriosa, la expresión del arte en su más elevada categoría y esencia, (y nosotros incapaces de gozarnos y alimentar nuestras almas con fusas y garrapateas), está claro que nuestro final, al igual que lo fue nuestro comienzo, será sucumbir aislados, mudos y sepultados de por vida bajo el laberinto vestibular de nuestras cegadas orejas. La música son los ruidos que, cual perlas a los cerdos, se les dio a los duros de oído para así mejor escuchar las canciones del espíritu. Cuanto más soterrados estemos, mayor será nuestro grado de agudeza interior.

Y si no decidme, vosotros definidores y cancerberos de la suprema espiritualidad del arte: ¿aquel sordo-loco, cómo fue capaz de tocar el cielo con sólo acariciar las teclas de un clavicordio de piedra desafinado en el pórtico de la gloria de la catedral de su casa en Viena?

El arte es patrimonio de todo aquel que sabe sobrevivir en estos tiempos sordos de esperanza, de locuras y penumbras. Todos somos artistas. Y si no decidme, ¿acaso no es menester recordar hoy al labriego aquel que con su música callada, todas las mañanas caminaba kilómetros y kilómetros hasta llegar al desierto de su partitura en blanco. Allí cultivaba un arbusto solo y seco. Con el cubo de las notas muertas de su fe ciega, lo regaba cada día. ¡Ojalá, para nuestro deleite y alegría, de sus ramas sordas, mañana, brote la canción novena de su nueva sinfonía! 

viernes, 27 de febrero de 2026

Moje de queso frito con tomate


Chuan Tzu soñó que era una mariposa, y al despertar no sabía si era Chuan Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa que estaba soñando que era Chuan Tzu. (Zhuangzi)
¿Acaso es posible el tiempo fuera de nuestro pensamiento? Un amigo en el que yo tenía mucha fe, un día, me dijo: cuando yo me muera, el mundo también dejará de existir. Por supuesto que me escandalicé de sus palabras. En aquellos días de mi juventud, para mí los años eran eternos, como aquella serpiente que alimentándose de ella misma conseguía vivir continuamente. Pensé en mis hijos, en mis nietos, en las persona que amo. Una vez que yo deje este mundo, ellos no morirán también conmigo. No es eso al menos lo que yo ahora deseo. Mi amigo me contradijo: ¿Y para qué te interesaría a ti saber de sus vidas, si tu mente ya no podrá tener conciencia de nada, estando como estarás, allá en el cementerio, criando malvas?

Los objetos fuera de nuestra percepción existencial se hacen impensables. ¿Hasta qué punto son de nuestra utilidad, si ya para entonces sólo seremos olvido y polvo? El rico moje de queso frito con tomate que anoche cené en casa de mi madre, hoy ya no me valdrá para comer. Al momento este en el que me encuentro ahora, por más que quiera, jamás podré volver. Me pasa lo mismo que a Pessoa: Siento el tiempo como un dolor enorme.

martes, 24 de febrero de 2026

Héroes anónimos



A bordo del tiempo, escorados en los acantilados previos a la transición, sentados frente al mar de su pasado, los héroes anónimos evocan sus batallas olvidadas. Desde el final de la guerra civil española, los héroes anónimos no perdían la esperanza que el sentido solidario de los países democráticos de nuestro entorno intervendría en la restauración de la normalidad de nuestro país escorado, dejado de la mano de los dioses del Destino.

No fue así; y nació la resistencia sin nombre, pero decidida, organizada, sistemática de todo un pueblo frente a los coletazos de una oligarquía que se resistía a perder sus parcelas de poder. La consolidación de la democracia en España no vino de la mano de ningún rey o patricio alguno. Ese tipo de bichos sólo prolifera arrimándose al sol que más calienta. El resurgimiento de la democracia en nuestro país se debió sobre todo a ese poder telúrico, oculto, profundo y sufrido, capaz de transformar el mundo desde sus cimientos, levadura y epicentro de cuya eclosión resurgió la llama de las libertades. 

La historia se mueve hacia su perfección, más bien debido al esfuerzo humilde de los héroes invisibles, que cual manto de tierra fértil da origen al humus invisible: carbono, hierro, luz y coraje capaz de hacer germinar el fruto verde de las plantas. Pues bien, en España, la Transición se debió a ese movimiento, ese tiempo oscuro que casi nadie menciona, porque si aflorara, las personas que con su silencio combativo lo ejercieron, dejarían de ser héroes anónimos. 

Los héroes anónimos no reivindican nada, sólo evocan desde la sabiduría de su silencio elocuente. Su alma no tiene nombre ni apellidos. Y es mejor que sea así. No hay donante más encomiable que aquel que se da y se entrega para desaparecer. Esta es la condición para que la obra prospere, continúe y trascienda, y no se enquiste en su propio protagonismo. Como ese aire, pneuma y espíritu: no se ve, pero que es capaz de cambiar la rosa de los vientos. 

Son ya las siete de la tarde. El sol se despide de los héroes anónimos, sepultados bajo las aguas de la Transición, no sin antes, en el hoy del ayer conmemorativo, hacer mención a aquellos, camaradas que, en buena lid y asambleados, crearon las condiciones objetivas para que actualmente caminemos en democracia, tras aquellos duros años de resistencia contra la dictadura y el fascismo. 



sábado, 21 de febrero de 2026

A oscuras en la Cañada


 

Había una ciudad a oscuras cuyos habitantes tan bien gobernados y arancelados eran, que sus alamines hasta por mirar lo que no veían les cobraban una tasa a los buenos de sus vecinos. (Alcaides sin cabeza).

Me detengo frente al edificio de la Real Casa de Correos. Al caer de la estatua de un rey a caballo. Un hombre bien plantado yergue su acicalada estampa delante de la puerta del Sol de Madrid. Corona con gorra su testa al estilo tirolés. Melena lacia, barba recortada, viste chaquetilla corta, torera, pantalones rayado en sus laterales con los colores patrios. Botas negras hasta las corvas, abrillantadas con betún de judea. Parece un macero con uniforme de gala en fiestas de san Isidro. Lleva en su mano desplegada un cuadernillo a modo de cepillo limosnero. Parece un recaudador al servicio del alcalde de la Villa. Tal vez no lo sea, pero por sus aires garroneros, a mí me lo parece.

Antes de dirigirme a saludar al lotero ambulante de mi compadre, que vende cupones caducados en la entrada del Corte Inglés de Preciados, me detengo unos segundos frente al emblemático reloj de la torre para saber la hora. El supuesto guindilla, nada más verme, corre hacia mí, me acorrala con su inquisitoria presencia. Y, como buen koldo y contable, arranca una hoja del talonario, un albarán, un recibo con firma y sello, donde dice que, según normativa municipal número tal..., todo aquel que mire el emblemático reloj de la Puerta del Sol, está obligado a pagar a las arcas del erario municipal la estipulada cantidad de dinero...

Para dicho propósito embolsatorio cuelga este hombre, mitad funcionario, mitad jeta, una cartera de cuero repujada con el emblema del escudo de la ciudad, un oso y un madroño, símbolos del poderío y del pillaje de la villa capitalina.

La mirada gendarmeril y el gesto amenazante del madero municipal se clavan en mis bolsillos vacíos como si yo fuera el mismísimo rey de Gales. Ignora este sabueso cobrador que yo vengo de estirpe egregia y gitana, que vivo en la Cañada Real y que soy pupilo, para más inri, del tío Antón el de los cupones pelados. Que a mí no me la dan con queso. Y en tono cortés, conforme reza mi apellido, contesto al simulado guindilla en respetuosa rebeldía:

Si hasta por mirar lo que no vemos, la luz que no tenemos, nos cobráis, oh infelices de vosotros, que no sabéis ni p´a lo que vale un peine en un candil sin mariposa ni aceite... 

miércoles, 18 de febrero de 2026

Runa




Tengo yo una estantería llena de nombre muertos. Gobanilla, coscoletas, clóchinas, resbalaor, regatilla... Apenadas estas palabras, tras vagar durante un tiempo por calles mudas y desiertas, no encontraban a nadie que las abrazara, que las llamara. Las guardo en la biblioteca de mis recuerdos como muñecas rotas. Se murieron desconsoladas. Pues nadie las acunaba, nadie las decía.

En mi infancia las palabras, cuando por primera vez las escuchaba, me sorprendían. Mi mente y mi corazón saltaban de gozo al verlas. Hoy, me encuentro por casualidad con una mujer desolada husmeando entre las ruinas de su casa devastada por las bombas enemigas, siempre enemigas, se mire por donde se mire, se llamen como se llamen, vengan de donde vengan, las disparen emperadores, fanáticos, vasallos, mercenarios, el cambio climático, danas, imbéciles, locos o lunáticos... Lleva esta niña, esta mujer, este anciano, todo el mundo parlante lleva una palabra en su boca. Runa es su nombre.

Hoy me encontré con la palabra runa. En la Azulada de mi infancia utilizábamos este nombre para referirnos a los escombros amontonados, tras el derribo infortunado de una casa vieja. Llevaba siglos y siglos sin escucharla. Me agacho, la recojo con mucho cuidado. Esperanzado, le doy cobijo, la guardo en la biblioteca de mi casa, por ver si un día, como quien pone a secar sus lágrimas en el tendedero de la terraza, el sol tuviera a bien limpiar, blanquear las manchas de su tristeza.



domingo, 15 de febrero de 2026

Libro locomotora



En un sillón de cuero escarlata con sus dos orejeras empinadas, repantigado está don Eulogio Libretas, el propietario de Ediciones d`Errata. Con ojos ariscos emborrona el manuscrito que acabo de entregarle para su publicación, como quien espantado se asusta de un escarabajo. Más que sentado, parece estar empollando el huevo gigante de un avestruz. Escucho el bullir de las grasas de su ilustrada barriga. Sólo el atrofiado murmullo de sus palabras cansinas farfulla por el tubo de escape de su boca apolillada:
Señor Blao, el borrador de su autoría sufre parálisis literaria, parece un viejo con su cadera rota, una tortuga escayolada con torniquetes de estaño. Como jefe de estación de esta esplendorosa empresa de incunables y antologías, sin mácula a lo largo de sus dos siglos de historia literaria, no puedo ordenar la salida a la luz de obra tan trastocada, pobre, oscura y rasposa.
Es inútil. Estoy ante una mole de carne inconmovible, con la caja fuerte de su cerebro cerrado a cal y canto. Con un golpe seco se deshace del libro, y me lo devuelve asqueado. Con todo, no me resigno. Como gato panza arriba defiendo el provocador parto de mi obra, el proyecto en el cual tengo puesto todas mis esperanzas. ¡Ay quien fuera David Uclés, el escritor de las arcas llenas. Cancelaría la hipoteca, me sobraría dinero para alumbrar el desierto de las farolas muertas! Pero tendré que esperar hasta que los tigres desalmados del banco me despellejen con la subida de sus intereses. ¿Quién sustentará entonces con su alpiste a los pájaros soñadores de mi casa vacía?
Sabe usted muy bien que lo del poco poderío de mi libro es una simple excusa. No es frágil su trama y mucho menos el motor de sus estampas. Mi manuscrito está vivo, en marcha sobre unos raíles firmes, muy bien amueblado, esperando que los lectores se suban en él, se embeban de las maravillas de un delicioso viaje a lo largo de sus aventureras páginas, cargadas de sorpresas y ambrosías, de sobresaltos infinitos.
Insisto de nuevo. Suplicante propongo ahora al señor Libretas:
¿Y sí consiguiéramos que un afamado prologuista, un encomiable serendípico de la Real Academia, elogiara la perfecta ingeniería de mi libro-locomotora, que resaltara el ingenioso significado y alegoría de su atrevido diseño. Además, don Eulogio, su prestigiosa editorial, engrandecida por el proemio de académico tan ilustrado, enaltecida y sustanciosamente lucrada se vería.
El señor Libretas no se da por vencido:
Su trabajo, ya de por sí, bastante pesado, quedaría muy “cabezón”, como bolo palabrero difícil de digerir. Vuelvo al símil, señor Blao, no se ofenda: mucha locomotora para los vagones de sus esmirriadas letras.
Por la ventana del despacho del director de Ediciones d´Errata, veo como las aves de mi engreído e iconográfico escribir se pierden convertidas en carbonilla. Don Eulogio Libretas levanta sus posaderas para airear las sudoraciones acumuladas de su trasero contra la redondez aplastada del cojín de cuero que con resistencia supina asiento mullido le presta.

Esta vez soy yo el que, parodiando su meliflua analogía ferroviaria, intervengo sobresaltado para evitar que el humo de sus despropósitos enturbie y ahogue mis ganas de sacar a la luz el borrador de mi libro:
Hoy día la mayoría de los lectores... son consumidores de literatura fácil, se apean en la primera estación, les produce vértigo nada más mirar el índice de una obra profunda. Prefieren el apeadero de las multinacionales, donde en sus andenes sirven basura finamente encuadernada con piel de rata. La fuerza que hace andar a un tren son sus calderas de vapor, esa gruta incandescente que nace de la negra oscuridad creadora del carbón. Dice usted que mi libro-tren no dice nada. ¡Cuánto más cosas dijera, mayor sería la dificultad de los lectores en entender! ¿Acaso le hace falta a la noche callada palabras para encender de pasión y transmitir a los enamorados su misterio?
Sí, -me responde don Eulogio- eso es precisamente lo que le sobra a su libelo, ¡Originalidad! ¿A quién se le ocurre pintar una estilizada locomotora entrando por la portada de un libro a través de un túnel de 120 páginas, un riguroso silencio en negro, para luego ver la máquina aparecer por su contraportada?

martes, 10 de febrero de 2026

Manténgase a la espera


 
Vivía yo entonces en Belleville, un barrio cosmopolita y modesto de la banlieu parisina. Día a día, observaba una diminuta mancha de humedad que se extendía rauda por mi habitación. Me acordé de Las caras de Bélmez, de los hermanos de La casa tomada de Cortázar, del sótano oscuro que tanto miedo me daba, donde mis abuelos guardaban sus cachivaches y enredos. Un miedo innombrable se apoderó de mí. Escuché como si de las paredes brotara un quejido, como un desgarro. Sentí aquel crujido cual amenaza cruel de un desmoronamiento. Y antes de que los muros de aquella humilde chambre se desplomaran y me aplastaran, salí corriendo. No paré hasta regresar a España. No me despedí siquiera de mi patrona Jacqueline, aquella buena mujer, ya entrada en años, que había tenido la amabilidad de alquilarme aquel habitáculo por el tercio del sueldo que yo ganaba como garçon de cuisine en un colegio de estudiantes situado en pleno Boulevard de Sain-Germain de la ciudad de París.

Hace ya más de cuarenta años de mis tiempos de espagnol de merde. Y esta misma mañana, un nuevo contratiempo inexplicable, como aquel de mis tiempos de emigrante por tierras galas, me ha sucedido aquí en mi casa de Azulada, donde dulcemente vivo jubilado con un gato, y en compañía de unos cuantos libros que aún mantienen despierto mi sentir y entendimiento. Y ando al igual que entonces, por una insignificancia, confundido y preocupado.

Al ir esta mañana, según mi costumbre, a poner la cafetera en la vitro-cerámica, saltan los plomos de la luz. Reviso las conexiones eléctricas. Todas están en perfecto estado. Enchufo el microondas, la tostadora, pongo en marcha el pequeño radiador que en estos días de frío atroz me congela hasta el alma. No hay manera. Cada vez que mis asustadizos dedos se acercan a cualquier pulsador de corriente, los automáticos se disparan como arcabuces que sobrecogen mis oídos en días de arcas cerradas. Pero en lugar de huir, como en aquella ocasión de friega-platos por París, cojo ahora el móvil, y llamo a la empresa suministradora para contratar más potencia, y no verme privado de mi café matutino.

Compruebo que el móvil no tiene batería. Acudo a Luci, mi vecina del 2. A, para ver si desde su móvil pudiera llamar a un agente de mi compañía. Sin yo darme cuenta, me coge el teléfono una mediadora. Le cuento mi problema. De inmediato, al otro lado del teléfono, una señorita muy atenta, se pone a mi disposición diciéndome a cada momento: se lo solucionamos enseguida..., no hay problema..., no se preocupe. Tanta es la amabilidad de la joven que atiende mi llamada, que acepto, sin reparar en nada, todas sus ventajosas propuestas con tal de salir cuanto antes del apagón que me tiene desconcertado.

La joven no me dice su nombre. A cada paso me recita como un mantra: no se preocupe, señor, estamos para servirle. Sospecho de tanta gentileza. Por naturaleza no suelo ser muy desconfiado, aunque prefiero la naturalidad al elogio interesado y sin fundamento. Me advierte que debo responder con un escueto a todas sus formulaciones, pero sin hacer comentario alguno, puesto que la conversación, por medidas de seguridad, -añade-, va a ser grabada. Este último término me sabe a ultimátum, a encerrona. Ella a continuación empieza a leer como un papagayo, de carretilla y sin pausa. Me cuesta trabajo entender lo que tan apresuradamente tararea. Me vuelve a recitar su cacareado mantra no hay problema. Que responda que a todo. Y así lo hago. ¡Ay obedientia tutior, cuántos perjuicios ocasionaste a pobres mentes de corazones cándidos!

Acabada la entrevista telefónica, por la ventana del patio de luces del edificio, gracias a la generosidad de Luci, extiendo un cable desde su cocina a la mía para provisionalmente disponer de corriente, hasta que mi desaguisado se solucione. Ya en mi apartamento, una vez enchufado el móvil, accedo tranquilamente a leer los correos que la empresa suministradora acaba de enviarme. Y me doy cuenta que la empresa con la que acabo de hablar no es la que yo creía, (con la que mantengo mi contratación desde hace años). Y compruebo que, además de haberles proporcionado todos mis datos bancarios, en ningún mensaje de los que me envían hacen mención alguna al aumento de potencia. Sólo se limitan a detallar detenidamente la cuenta y el destinatario del cobro de la nuevas facturas a remitir a mi cargo. Las prisas y mi nerviosismo fueron la causa de que yo llamara a otra compañía. En menesteres en los que uno se encuentra muy apurado, la competencia es perversa, y a la caza está de clientes incautos.

Lo peor vino después. Inmediatamente, al comprobar mi error, llamo de nuevo a la empresa fantasma para decirle que quiero ejercer mi derecho de desistimiento a la contratación realizada hace tan sólo unos minutos. No me es posible. Me responde una melodía horrible e interminable. Si antes su diligencia para atender mi nueva contratación fue excelente, ahora para darme de baja, la espera se me hace más larga que un día sin pan. El disco rayado no cesa: Manténgase a la espera... Manténgase a la espera. Y así hasta la enésima vez. La callada por respuesta entre músicas interminables y agotadoras. Por fin, tras largas esperas escuchando una y otra vez, la misma cantinela desesperante Manténgase a la espera, consigo hablar con un hombre que insiste e insiste, que me advierte, me reprende y no comprende ¿Cómo se atreve usted a desperdiciar la ocasión de concertar con otros lo que nosotros le ofrecemos a mitad de precio? ¿Acaso usted prefiere pagar más dinero por servicios de peor calidad? Ni siquiera deja que me disculpe, que todo ha sido una equivocación por mi parte: Yo creía... No me deja hablar. Este hombre, entre robot e implacable mole, no se apea de su argumento. Por más que le ruego que desista, no para de comerme la oreja. Y dale con la burra al trigo -le replico cabreado. Prefiero dilapidar toda mi fortuna, antes que seguir aguantando su impertinencia. Este hombre lo único que pretende es aburrirme para que no me desdiga del contrato que erróneamente convine con ellos. Colgué pues para no seguir oyendo las desgracias que este señor me aventura con la interminable ristra de trámites y papeleo que he de llevar a cabo si me desvinculo de ellos, no sin antes decirle con voz firme y decidida: La ley me reconoce el derecho de anular mi consentimiento. Adiós muy buenas, nos vemos en el juzgado.

Al día siguiente recibo un correo de la avispada comercializadora: Nos ponemos en contacto con usted para decirle que su solicitud de desistimiento ha sido aceptada. Estamos encantados de haberle atendido. Estamos a su disposición para ayudarle en lo que necesites.

Lo que más me jode de esta historia es tener que ponerse borde para que a uno le hagan caso. Y es que bien lo dice el refrán: El que no llora, no mama.

viernes, 6 de febrero de 2026

Querido abecedario


Ver un Mundo en un Grano de Arena
y un Cielo en una Flor Silvestre;
tener el Infinito en la palma de tu mano
y la Eternidad en una hora.

(William Blake)


Quiso el amador (armador) de letras elogiar el mérito de cada una de las grafías de nuestro querido abecedario. Quiso agradecer a vocales y consonantes sus recurrentes servicios a la hora de crucigramear palabras, el arte de construir todo un mundo interminable de posibilidades semánticas. Ya lo dijo Borges: un punto contiene todos los puntos del universo. Por lo que este tejedor verbal, sin estar muy seguro de ello, pensó que todas las letras del abecedario estarían en cada una de ellas. Una manera ilusoria de calmar sus ansias irrealizables de hacerse con el infinito. Obligado se puso pues a la obra. Pero nunca veía el final de la magia algorítmica de su intento combinatorio. Así pues se dispuso a elogiar una por una las letras del alfabeto. Empezó por la J.

La Jota:
De aspecto bravo y corajudo, es seria y altiva esta letra; pero sólo en apariencia. Recia y fuerte, tanto por su grafía como por su elocuente rugir. Despista su ronco y áspero crujido, su estirada desenvoltura. Su atractivo y desgarbado aparejo es sólo un pretexto para encubrir su timidez y bajura. Es persona que sabe de su humilde condición. Se agacha por debajo de su línea de flotación y nacencia. Y compensa este hundimiento, sabio conocimiento, con el coqueto detalle de cubrir su cabeza con una despuntada corona para hacernos agradable su presencia. Su modesto nacimiento no está reñido con la nobleza y la elegancia de su porte y galanura. Ella sabe de exilio e islámicas xenofobias, pero no por ello se hunde, sino que se levanta y se rehace con valerosa dignidad de sus cenizas. Y hasta canta y baila con ese aire voluntarioso que le da el firme convencimiento de que la vida es un manojo de llantos y alegrías, una mezcla de aire y tierra. 

Tiene carácter la jodida. Es original, de difícil carraspeo, y a la vez sencilla. Es vocal y consonante, fuerte y suave, zona abierta entre extremos que se tocan. Es verja, arado que labra la tierra, y a la vez, lazo, jugo y yugo de culturas uncidas, diversas, mal avenidas que se enriquecen, se quieren y se complementan. 

La jota, como la vida misma, unas veces es irritante, insultante y temerosa, y otras, (las más), es coyunda, servicial ajuntaera, gozo que salva y que hace emerger la vida del caballón soterrado de su fecunda bajeza...