lunes, 13 de julio de 2026

Tres en uno en cuatro días


 
En pocos días hemos enterrado de seguido a tres o cuatro vecinos de mi calle. Se nos fue el Moratones, luego don Hipócrates el farmacéutico, al día siguiente doña Solomillo, la mujer del carnicero de la esquina... Todos ellos amigos muy queridos. Se ve que la Parca, al estar la gasolina por las nubes, (el estrecho de Ormuz está cerrado a cal y canto, a cañonazos y treguas de papel mojado), empeñada está en cortar Átropos por lo sano el hilo divino de nuestras vidas. ¡Ay la desventurada guerra usurera, indichosa, incivil e inacabable! Ahorrarse quiere la tan atareada Muerte en viajes y kilometraje. ¡Tres en uno en cuatro días!

Y así cuando aparco el coche en retirada de un cacho de mis días andados, cada vez más apreciados y escasos, echo siempre una ojeada sobejo los alrededores de donde vivo, (la feliz orilla de un río que de fluir amaneceres nunca cesa), por debajo de los coches, por los portales de las viviendas, entre las rendijas de mi alma en pena, por si viera a la Parca, y así sacudirla desde mi balcón de flores como a una estera, o espantarla, desesperado, como a intrusa rata indeseada. La muerte es terca y callada como una mula. Llevo una cabeza de ajos siempre conmigo por si acaso.

Siento que me estoy perdiendo el futuro. En estos años de involución y atascos, de marmotas interminables, el futuro tal vez sea aquellos años que ya viví en tiempos pasados. Ojalá pudiera decir lo mismo de mi muerte y regresar siempre por estos pagos.

Uno vuelve siempre
a los viejos sitios en que amó la vida...
(Canción de las simples cosas. Armando Tejada)


lunes, 29 de junio de 2026

Quien no encuentre su niño difícilmente llegará a ser hombre


20


Azulada es el topónimo que utilizo para referirme a la ciudad que me vio nacer. Azulada es también el título de un libro de búsqueda, un monólogo interior que, como dice Ángel Salcedo en su Presentación, responde a las preguntas de un yo perdido, alma errante que todos, tarde o temprano vamos elaborando para ir cerrando las cuentas no saldadas de otros tiempos.

Encontrar quiere Noel, el protagonista de esta novela, al supuesto amante de su mujer. Para ello recurre a una serie de cartas en las que, una tierra caliente y fértil, la Azulada noble, leal y fidelísima, asentada en un campo de gules, sobre ondas de azur y plata, es también la co-protagonista de esta historia, cuya trama es sólo relleno y soporte de una serie de cuestiones incontestables que a sí mismo se hace el remitente de estas epístolas, un hombre un tanto rucio, confuso, fáustico y de sí mismo desconfiado, acerca de su yo desarraigado y esquizofrénico, sobre el paraíso de su infancia pérdida. Quiere Noel, León, o como se llame el relator de estas 79 epístolas, dar con su Ítaca añorada, descubrir la Dulcinea de su amor, su soberana y alta señora, su mujer Mariana, abrazar la Azulada griega, la Azulada hebrea, la romana, la musulmana, la Azulada de todos…, detener el tiempo, vencer a la muerte, ese dolor ingente de no poder ver más a su pueblo, contemplar cómo sus raíces se extinguen, observar que el azul de su cielo, sus apostasías y credos, su niñez, (y con su niñez, su ser al completo), se desvanecen cual las nubes, como las sombras del sueño de Job, quebrantado por la polilla. De la mañana a la tarde son destruidos. Y mueren sin haber adquirido sabiduría. ( Job 4:13-21).

Quien no encuentre su niño difícilmente llegará a ser hombre.

lunes, 22 de junio de 2026

Quién el hombre, quién es la mujer y el sastre



Cosido a los días y atado al tiempo desgasto el traje de la carne que estrené hace ya algún tiempo. Comienzo el verano lo mismo que contemplé a mi madre cuando los funerarios cerraron la tapa de su ataúd. Los días pasan, se esfuman y desaparecen, ya nunca más volverán las estaciones del año. Nadie puede retornar el pasado. Si los días corren hacia adelante ¿cómo el tiempo quedó atrás sepultado entre las ruinas pretéritas de mi recuerdo efímero? Los científicos han podido retrotraerse al origen de la cosmogénesis  y presenciar la inauguración primigenia del universo, detectando hasta los ecos de las ondas del primer estallido del bing-bang.

Esta mañana en la casa de mi vecino andan los albañiles muy temprano –a las ocho en punto- dando fuertes martillazos para abrir un hueco, para hacer una escalera que comunique el sótano con el piso de arriba. El iceberg de sus vidas quiere emerger a su inalcanzable horizontalidad. 

La calma sosegada de este lunes perezoso se quiebra y se resquebraja con la martilla del tiempo, coyuntura que descuartiza a trallazos la silenciosa capa del subsuelo de mi conciencia. Estos furibundos ruidos podrán sobrevivir miles y miles de año, una eternidad viajando por el espacio sideral de un tiempo infinito; en cambio yo no podré conservar ni tan siquiera en un diminuto espejo un poco de luz de este azulado lunes de junio que se me escapará como tantos otros lunes, martes, miércoles, jueves...

¡Con tantos conservantes para vencer la caducidad de los alimentos que disponemos! ¿no habrá alguno capaz de clavar en la cruz del árbol de mi vida la eternidad de este momento? Diligente y laborioso me afano, construyo grano a grano la casa mi cuerpo de arena. ¿Para qué? Si luego al atardecer, la pleamar con sólo una insignificante ola me desvestirá de toda esperanza.

Y hoy le agradezco a mi hermano lo que me dijo un día: ¿Sabes en qué se diferencia el hombre de los animales? No supe qué responder. Y él mismo me contestó: Que el hombre tiene esperanza.


viernes, 19 de junio de 2026

Infierno blanco


"Más de una flor despliega con pesar su perfume dulce como un secreto en las soledades profundas". (Baudelaire)

Tengo veintiún años. Hace ya más de diez días que mis padres, mi novia, mis amigos, todo el pueblo rastrea mi cuerpo; no saben nada de mi. Tampoco yo.

Metido en esta recámara oculta, burbuja vacía a la que científicos cuánticos han extraído el aire de mi conciencia, no siento mi pérdida. En este atardecer helado bajo este puente abrigado ni me busco, ni me huyo. La vida sin mi. ¡Ausente! (abs-ente, sin esencia). No lloro como mis padres mi extravío, porque los pobres de Dios no tienen dineros para comprar lágrimas, ni dátiles, ni coca, ni risas, esos racimos jugosos de granos sanguinolentos que la crisis vende junto a la tapia del camposanto. El miedo me ha traído a este rincón inhóspito, el miedo de no saber andar mi propio camino. Y quise poner en marcha mi enquistamiento con jugo de amapolas blancas.

Correos electrónicos dan la vuelta cada segundo al mundo cual perros policías con mi nick en el hocico husmeando el dulce aroma de mi desaparición. Pasquines blancos sobre los mástiles apagados de las farolas me buscan por las calles de la ciudad dormida. 

Madre no se aparta del teléfono, agarrada está como un náufrago a la esperanza de un politono. La foto de mi primera comunión vaga descarriada por las esquinas, en los postes del semáforo del cruce, en la tapadera de los inodoros públicos. Mi novia en el cristal de sus ojos lleva escrito un SMS, un grito. Ella mejor que nadie sabe el por qué de mi bajada a este infierno blanco.

Ojalá pudiera yo desde aquí gritarle a los que me buscan que dejen de seguirme, que mi camino no lleva a ningún sitio. Nadie puede encontrarme sin yo ante haber dado conmigo mismo.

lunes, 15 de junio de 2026

Celos de mi hermana



Y recuerdo, hoy, el beso que la amiga de mi hermana le dio a su gato. Pegui, (que así se llamaba la amiga de mi hermana), sin apartar ella, también engatusada, su vista de mi cara, con tanto cariño besó la trompa del gato, que noté como si ella misma me dijera: 
Si tú fueras gato, yo haría lo mismo contigo.
Con todo, yo, por aquel entonces, apenas un niño de siete años, no me di por aludido; aunque sí pensé que, cuando fuera mayor, nunca me casaría con alguien que se llamase Pegui, y se atreviera besar en la boca a su perro o a su gato. Y tampoco me cambiaría por su gato, por mucho que Baudelaire dijera que los gatos eran amigos de la ciencia y la sensualidad, y que, cuando duermen, sueñan que son místicos, majestuosos y eternos.

Las amigas de mi hermana no eran de mi especie. No sé si los demás hermanos pensarían lo mismo de sus hermanas. No digo yo que fuesen alimañas, ni tampoco que yo tuviera celos de mi hermana, y que la quisiera sólo para mí. Ni siquiera la amiga de mi hermana se parecía a un pato lindo y afable como los patitos de Andersen. Y ahora que digo pato, me viene a la memoria que a la amiga de mi hermana, en aquella época le gustaba mucho jugar con los renacuajos de la acequia. Y cuando mi madre algunas veces, pocas, nos preguntaba: ¿Niños, qué queréis para merendar? La amiga de mi hermana siempre respondía: Señora, para mi, un bocadillo de foie-gras. A mí, ya en aquel tiempo, me gustaban más los mejillones en escabeche.

Luego le pregunté a mi hermana por qué yo le había caído tan bien a su amiga. Ella pasó de mí, como siempre, tratándome como un niño pequeño que no sabía nada de chicas ni de amores. Por supuesto: yo no era nada sabihondo, tampoco sabía de las adelantadas maneras de las amigas de mi hermana para encariñar y querer tanto a cualquiera. Aunque en aquel tiempo, aún siendo yo pequeño, sí sabía de la habilidad de las niñas, no de fingir, por supuesto, (no era yo tan malicioso); pero sí me extrañaba del amor tan sabio y tempranero que Pegui, la amiga de mi hermana, pudiera tener por un alelado impúber niño como yo.

jueves, 11 de junio de 2026

Soy mi cuerpo


Soy mi cuerpo. Y mi cuerpo está triste y está cansado. Me dispongo a dormir una semana, un mes; no me hablen. (Jaime Sabines)

El marido de la señora Jesusa, el Jesuso como lo llaman por aquí, hace más de treinta años que anda entremezclao por estos huertos de naranjos y limoneros.

Si te acercas por el día, amigo lector, lo encontrarás con la picaza dándole mandobles a las costras del bancal. Lleva consigo un transistor que cuelga de la rama de un árbol. Siempre con música de pasodobles y fandangos. Las mangas de la camisa a cuadro, siempre la misma, le llegan hasta los puños, y cubre su testa calva con un sombrero viejo de paja.

Tras la comida y su malta con anís, el Jesuso saca a pastar cuatro cabras al otro lado de la rambla casi hasta que el sol se va, acompañado de su foxterrier el “rajoy”. Y luego a la noche, si te asomas por el ventanuco que da a la cocina, lo verás sentado frente a una cena frugal, hervido de pan y cebolla, un rin-ran. Y después, si a la Jesusa se le olvida cerrar la puerta de la alcoba, te sorprenderás al ver con qué apaño y arrojo se abraza a las carnes tibias de la señora Jesusa que aún huelen a menta poleo.

El verde de los naranjos, los ribazos y cañares, las sendas, las merlas y los brazales, la palmera, el partidor, las berzas y los rosales forman con el Jesuso todos una misma cosa.

Y es cierto, porque el Jesuso hasta hoy, él mismo se ve confundido con el canto de la chicharra, con la sonrisa del alba, la calidez de la tarde, la nobleza del nogal y con aquella acequia que los lugareños piropean la “subirana” porque de verdad es majestuosa.

El Jesuso hasta hoy tan a gusto y entretenido está en las cosas que le ocupan, que se olvidó de su cuerpo. Su cuerpo para él son sus cabras, su mujer, los árboles, la placidez de la tarde. Soy el azul de la flor de la violeta -le dice a su mujer- soy la caricia y el beso de los pétalos de tu rosa, uña y carne con el azahar y el rocío.

Pero el Jesuso esta mañana, sin saber nadie por qué, al ir a ordeñar las cabras, se queda en blanco, abstraído, a solas consigo mismo. Los ojos cerrados como si estuviera durmiendo el vacío de su soledad encriptada. Lleva ya más de doce horas sin abrir la boca. La Jesusa llama al médico. Este dice que es cosa del siquiatra.

Y tú lector oliscón que presencias la escena por los parajes de este cuento, antes de escuchar el diagnóstico del especialista formulas tu propia conclusión que no es profana: Al Jesuso no le ocurre ni más ni menos que ha comprendido de sopetón que él es sólo su cuerpo. Todas las demás cosas en las que él entretenía su tiempo han desaparecido, eran cortinas de humo, subidones místicos. Y no se hace a estar a solas con su alma. De ahí le viene esta pinza, su inhibición y total desasimiento.
Quiero dormir un mes, un año, dormirme. Y si hablo dormido no me hagan caso, si digo algún nombre, si me quejo. Quiero que hagan de cuenta que estoy enterrado, y que ustedes no pueden hacer nada hasta el día de la resurrección. (Jaime Sabines)

domingo, 7 de junio de 2026

El último concilio




Aunque rompimos sus estatuas,
aunque las arrojamos de sus templos,
no por ello murieron del todo nuestros dioses. 
(Cavafis)


Les habla Rodríguez de los Santos, corresponsal de “Las Ondas del Globo”. En este día trascendental me dirijo a todos ustedes a través del satélite “Regina Coelorum”.

La tarde en Roma es espléndida. Un sol suave derrama una pátina dorada sobre las cabezas de más de un millón de fieles que abarrotan enfervorizados la Plaza de San Pedro. Asistimos al mayor acontecimiento histórico de nuestra era: la clausura del Concilio Vaticano III.

Durante cuatro meses príncipes de la Iglesia, obispos y teólogos han reflexionado y rezado sobre lo humano y lo divino.

En estos momentos concluyen los cánticos que preceden a la proclamación de un nuevo Magisterio. Enseñanzas rejuvenecidas que junto a las de la Tradición, Nova et Vétera, serán a partir de hoy firme columna donde el cristiano fundamentará su fe.

Con santo aplomo e inspirada unción su Santidad el Papa se dispone a dar lectura del Acta Conciliar:

Oigamos en directo sus palabras:
Oh Dios, tú que conoces los corazones de hombres y mujeres, concede a este servidor tuyo, a quien elegiste como Pastor del Rebaño de tu Iglesia, acierto y sabiduría para transmitir al mundo entero la nueva doctrina que nos has revelado en este concilio que hoy clausuramos: 
Os traigo una Buena Nueva. “Ecclesia delenda est”. La Iglesia a partir de hoy nunca más será tropiezo de cristianos y gentiles. “El que hace daño a un niño más le vale que le pongan alrededor del cuello una piedra de molino y sea arrojado a lo profundo del mar”. (Evangelio de Mateo, 18,5).
Consciente de la trascendencia de nuestra determinación, la Iglesia Católica, por voluntad conciliar, ha decidido desaparecer como institución dentro del panorama religioso de nuestro tiempo. La iconoclasia y la apostasía ya no tendrán ningún sentido. Tanto el Dogma, el Infierno, la Ortodoxia como el Fanatismo, a partir de este momento, carecerán de toda base metafísica. Así pues nuestra herejía deja expedita la senda al verdadero conocimiento de Dios. “Si encuentras a Dios, mátalo” (Maestro Eckart). Nacimos para desaparecer, dar paso al Advenimiento del Hijo del Hombre.

A través de su peregrinar por el mundo, la Iglesia instituida, para ser camino de salvación, se ha convertido no pocas veces en pozo de perdición. (Sal. 55.23). Ha llegado la hora de inmolarnos. Y este Concilio, el último de nuestra Iglesia, es el altar propicio donde sacrificar nuestra subsidiaria existencia. La Parusía está cerca. Nosotros ya no somos necesarios. Nunca más nuestros credos serán banderas de guerra, confrontación y odio entre las diversas culturas que enriquecen la tierra. Esta es la mejor derrota que podemos infligir al Maligno: nuestra propia muerte, nuestra desaparición como Iglesia. 
Nacimos a la Iglesia por el Bautismo de las sagradas aguas. Esfumémonos ahora, diluyámonos bajo estas misma aguas para que al fin el mundo, libre de su ennegrecido velo, pueda contemplar "facie ad faciem” el verdadero rostro de Dios. (I, Corintios, 13, 12).
Podéis ir en paz, la Iglesia ha terminado.
Los periodistas y fieles que aquí nos encontramos no damos crédito a las palabras que el Santo Padre, entre lacónico y apodíctico, acaba de proferir.

El Papa abandona ahora el altar mayor. Se desprende de su tiara. Se quita el Pescatorio, el anillo que hasta hoy le ha distinguido como cabeza visible de la Iglesia, se desviste de todos sus capisallos, hasta de sus prendas más íntimas, camiseta y calzoncillos. Y es el primero en echar andar, desnudo por un mundo emancipado de religiosidades. Desaparece confundido entre la muchedumbre que abandona la plaza en respetuoso acatamiento.

Antes de finalizar esta retransmisión, tan sólo una advertencia, mis queridos radioyentes: Abrid bien los ojos, pues tal vez haya llegado ya la hora del Anticristo.

Desde la Ciudad del Vaticano, Rodríguez de los Santos, corresponsal de “Las Ondas del Globo”.


jueves, 4 de junio de 2026

Niño feo


Ves a una mujer cargada con sus tres hijos entrando en su casa medio derruida, pobre, cochambrosa. Uno de sus hijos, no sabes si el más pequeño, pero sí el más desvalido, va montado en un mugriento carrito de bebé. El niño te mira huraño. Tal vez porque así tú le miraras. Le devuelves la mirada, arrastrado por la deformidad de su aspecto. Su cara llena de manchas como hematomas, tatuados con tristeza supina en su rostro. El niño tal vez no sea tan niño, sino que, debido a su despareja anatomía, aparenta ser mayor. La tristeza nos adentra veloz en la vejez. ¿Qué habrá descubierto este niño en tu mirada para mirarte de manera tan poco amigable? Te cuestionan sus ojos tristes, como si te dijeran: ¿y tú qué miras? El niño aún no tiene edad para increparte de manera tan despreciable. Ver a un niño amargado resulta extraño, incompatible. Ese mismo contratiempo sentiste el otro día en el desayuno, cuando al morder la tostada de mermelada, creyendo que era dulce, impregnada estaba de sal. No es la sal ni la azúcar el motivo de nuestra extrañeza, sino su inesperado sabor.

Cuando llegaste a casa, dejas las llaves, la bolsa de la compra, el macuto, todo lo que traes, y te descalzas para ponerte las zapatillas. Y notas que llevas aún contigo una carga de la que no puedes desprenderte: es la mirada salobre, inusual y desabrida de la inocencia de un niño inculpado que no deja de atormentarte. Fue entonces cuando comprendiste lo que el niño te dijo con su mirada distante y fría: 
No soy feo ni malo, es así, como tú me miras. El rechazo que viste en mis ojos no fue mío, sino el tuyo.

domingo, 31 de mayo de 2026

L’Espagne libre


 
Fue en España donde nuestra generación aprendió que uno puede tener razón y ser derrotado, que la fuerza puede destruir el alma y que hay veces en que el coraje no tiene recompensa. Esto es, sin duda, lo que explica por qué tanta gente, el mundo entero, siente el drama de España como una tragedia personal»… (Albert Camus: «Prefaci», L’Espagne libre, 1946).

No es fácil sacar fuerzas de flaqueza cuando al desvalido no le queda ni siquiera el resuello. De nada vale decir al rayo no hagas ruido que no aguanto yo tu relámpago. Sólo soy dueño de este privilegiado presente primaveral. Mañana, Dios proveerá. La triste dulzura de este momento compensación es necesaria de mi subsistencia agorera y tambaleante. Jodidos, pero estamos vivos. El que no se consuela es porque no quiere. Y en estos tiempos convulsos y amargos viene Luis García Montero a decirnos que al mal tiempo, buena cara, que la alegría es una forma de resistencia. Porque el amor y la amistad justifican la vida y son un argumento decisivo para la esperanza. Y muy sonriente me adherí al susodicho deseo del poeta granadino. Pero... de pronto paso del azul esperanza de ayer al verde-hierba-vahído de hoy. La esperanza era verde y se la comió el burro. Y antes de iniciar el sol su camino, las tinieblas le arrebataron su sino a la estrella madre de un firmamento resquebrajado, mugriento y malherido.

Frente al azul de esta mañana, pájaros en Babia buscan contentos, y a su aire, entre las hojas de las moreras de los sotos del río algodones para sus nidos sin saber que, al llegar la tarde, las ventoleras de las cumbres sobrevenidas del norte sin piedad arrasarán a sus crías. 


jueves, 28 de mayo de 2026

Entre Poiesis y Pictoria




Si Pictoria pintaba un almendro, y deleitaba a Lorenzo, el hijo de don Diego de Miranda, con sus vistosas flores, Poiesis inundaba a este vate novato con el perfume de los versos de sus ramas. Si Pictoria endulzaba la mirada absorta del hijo del hidalgo del verde gabán sobre el mar con la serenidad de las aguas de su pincel agudo y detallado, en cambio Poiesis sumergía al vástago de Miranda en las aguas fascinantes de sus coralinos colores. El mismo Quijote dijo al padre de Lorenzo, cuando se cruzó con él, los dos caminando por los campos de la Mancha: la poesía, señor don Diego, a mi parecer es como una doncella tierna y de poca edad y en todo estremo hermosa. Deje, vuesa merced, caminar a su hijo Lorenzo por donde su estrella le llama.

Al muchacho, poeta en ciernes, que andaba loco a todas todas horas leyendo a Virgilio, Horacio y Homero, le dieron a escoger entre Poiesis y Pictoria, y el joven Lorenzo, eligió la Poesía, porque no se le daba muy bien pintar, y mucho menos estudiar leyes o empuñar un arma. Y sobre todo, porque la poesía, (según decía el hijo de don Diego), era el arte que mejor lo colmaba y más directamente le mostraba la esencia de las cosas. Y el hijo del rico hidalgo vestido de paño fino verde, jironado de terciopelo leonado, cual otro Dante, se dejó llevar por Virgilio, a quien Lorenzo consideraba su maestro y modelo. O de li altri poeti onore e lume. (Oh luz y honor de todos los poetas). El único que podría librar al hijo de don Diego de Miranda de la guerra, de la bestia del Infierno, y no tener que estudiar derecho, tal como su padre entendía y quería. Y Lorenzo replicaba a su padre: la poesía, por encima del derecho y de las armas, salvarán al mundo de su bancarrota. La pluma, padre, es más poderosa que la espada. 

Antes de decidirse Lorenzo por Poiesis, al aspirante poeta alguien le dijo que una imagen valía mil palabras. Y el hijo don Diego de Miranda, embebido de poemas, respondió que, cuando leía, por ejemplo La Divina Comedia, y veía las ilustraciones de un tal Gustavo Doré, aún siendo estos dibujos oníricos, frenéticos y muy fascinantes, prefería los endecasílabos de Alighieri. Y así fue como se dejó conducir por el autor de la Eneida:
Por lo que, por tu bien, pienso y decido
que vengas tras de mí, y seré tu guía,
y he de llevarte por lugar eterno.
Dante sumergía al aficionado a la poesía en las muchas posibilidades y sugerencias múltiples, no dichas, sólo evocadas, sugerentes, y que luego Lorenzo completaba haciendo suyas las del Florentino. Sin embargo los grabados de Gustave de Doré, aún cautivando con su onírica imaginación endiablada, (fiera incluida), no transportaban al joven hijo de don Diego de Miranda más allá de la física observable de un dibujo encorsetado en un papel, por muy dorado que fuese el marco de sus atinadas ilustraciones.

sábado, 23 de mayo de 2026

Invisible vejez



En el pueblo donde vivo, un grupo apenas perceptible, pero valiente y constante de yayoflautas, se juntan los jueves de cada semana en la plaza del Ayuntamiento, reclamando pensiones, residencias, apoyo y acompañamiento para la olvidada tercera edad. Esta mañana coincido con ellos, y tras sus reivindicativas palabras, concluye el acto con un minuto de silencio, otra forma también invisible de hacerse notar y estar presente. Luego desaparecemos como si nada. De la noche a la mañana nos hemos convertidos en unos putos viejos. A nadie le importamos. Lo que no se ve, no existe, ni se le atiende ni se le quiere.

Mejor hablemos de mí. De un tiempo a esta parte noto que la gente no me ve. Y me pregunto si no me habré convertido en algo etéreo, en humo, en nada. Y me siento insustancial, intrascendente. Y me toco y me miro en los espejos de los escaparates cada vez que salgo a tomar el sol por del Paseo Rosales, por ver si tal vez fuera verdad que soy una mera ilusión. ¡Con lo que en otros tiempos me hubiese encantado ser invisible! Hoy, sin embargo me resulta humillante, doloroso.

Recuerdo en mis años jóvenes haber leído un relato cuya tema consistía en las ventajas de ser invisible. Debido a no se qué invento o artificio refractario de la luz, el protagonista de aquella historia se convertía en un ser invisible, condición que le reportaba inmensos beneficios y oportunidades múltiples. Sólo los dioses gozan del don de la invisibilidad. Cualidad tan divina como provechosa, estar sin estar en todos los lugares y guisos, le permitía al sujeto de esta historia actuar de manera impune, beneficiarse y salir airoso de circunstancias adversas. Esta virtud de no ser notado, ni visto por nadie, en aquellos tiempos, fue por mí muy envidiada, la deseaba con todas mis fuerzas. Gracias a ella, dada a mi vergüenza congénita, yo podría pasar desapercibido, detenerme complacido, sin ser mirado mirar cualquier bello cuerpo por mí deseado. En la catequesis de mi infancia se me dio a conocer un dios enriquecido con una serie de atributos, (omnipotencia, infalibilidad, omnisciencia, eternidad, omnipresencia). Y si de todos estos atributos y connotaciones divinas, a mí por aquel entonces me hubiesen dado a elegir con cuál de ellas quedarme, sin duda alguna hubiese escogido el don de la invisibilidad: estar en todo los sitios que yo quisiera, y encima no dejarme ver por nadie. ¡Ay lo que yo hubiera dado por ser dueño y señor, tan solo de una pizca de dicha gracia! Me hubiese ahorrado un montón de broncas, pescozones y carreras en aquella mi niñez de hambre, cuando saltaba la valla de bancales ajenos en busca de algún racimo de uva o un puñado de habas. Cual abeja dulzona a la caza de la miel de romero corría yo tras el logro de algún huevo del gallinero de mi vecino el recovero.

Poder tan omnímodo, al protagonista de este relato que hoy recuerdo, con el tiempo le resultó aburrido y no tan placentero. Añora pues el apretado abrazo de los amigos, el contacto físico, los besos, las relaciones carnales, la caricia en su piel de la suave brisa del atardecer, el masaje del fisio de los martes. Por lo que decide regresar a su estado primigenio, dejar de ser invisible. Pero no es posible. Quien alcanzó el cielo de la invisibilidad, ya no se le permite volver a ser mortal.

Y, ahora, a mis años, aquel gran regalo de la invisibilidad, ¡en mala hora me ha sido dado! Hoy lo detesto, me desagrada no ser tenido en cuenta. Lo invisible ni existe, ni vive, ni se le espera. Ser viejo es un estorbo arrinconado, que no se vea, que no hiera sensibilidades ni conciencias. Y lo peor, no es que los demás me miren como si no me vieran, es que nadie sabe mejor que yo, que a todas luces casi ya no existo.

Y yo seguía tocando con mis manos mi cara desolada para reconocerme, pasaba mis manos por mi cabeza rala de canas, pero yo tampoco veía mi vejez. Y mientras en este ridículo punto del planeta unos cuantos viejos peleones reclamábamos este jueves a las puertas de nuestro ayuntamiento ser tenidos en cuenta, en otros lugares de nuestra noble ciudad, corporaciones y ediles homenajeaban a los gerentes de la sanidad privada, que se benefician de los laboriosos y traspasados ahorros de una pléyade de pensionistas, en detrimento de nuestra querida sanidad pública hoy tan esquilmada.

Y el viejo yayoflauta que mi lado estaba en esta exigua, pero loable y aguerrida concentración de los jueves en la plaza del ayuntamiento de Molina de Segura me dice para consolarme: amigo no es la cantidad lo que importa, lo importante es que la llama no se extinga.

miércoles, 20 de mayo de 2026

El árbol caído


 
No tiene donde ir, pero es que no quiere ir a ninguna parte. Hoy triste está, y decepcionado. No se siente bien en ningún sitio. Nada es consistente. Todo le da vueltas: los cedros del Líbano que con tanta admiración cultivó en su conciencia, devorados los descubre esta mañana por innumerables hongos que cubren su tronco firme. El perfume de su noble corteza, desde su planta hasta su cabeza, hoy cubierto está por el ocre amarillo y seco de su corrupción supuesta. Este mismo árbol que ayer fue su ídolo, ante cuyos frutos y sombra se arrodillaba y veneraba..., ¡y cómo se dejaba llevar por su copa encumbrada, guía y bandera de sus pasos perdidos por salones y plazas, mentideros y callejones de incertidumbre, pasajes oscuros!..., hoy, revestido está de hongos y plaga. Fue siempre fortaleza y muralla contra invasores e intrusos, vientos mal intencionados, dique y contención contra fuegos codiciosos que querían arrasar la estabilidad de su hacienda, la cordura de sus principios. Confundido y extrañado por imagen tan oscura y decrépita. Y como quien, después del paso terrible de una dana, se asoma a su huerto, a sus conejeras y gallineros, plantaciones, ideales y sueños de toda una vida, hoy contempla malhumorado y dolorido la caída de aquel árbol que ayer su estela ondeante señalaba el futuro, hacia un cielo prometedor y expectante.

Aquel cándido ciervo de ayer tan esperanzado, hoy precisamente, día en el que todo el país habla de la inculpación de un expresidente de nuestra democracia, este hombre está triste y decepcionado. Y un viejo estoico de principio de nuestra era, se le acerca y le dice para animarle: Amigo, mejor es confiar y ser engañado, que vivir una vida de sospechas constantes.

martes, 19 de mayo de 2026

Pájaro libre encerrado en su jaula

 



Las palabras no mienten, y si mienten es porque no las decimos como se merecen. Lo cierto es que que en este mundo babélico mentimos más que hablamos. ¿O acaso, los ultraderechistas que ayer en las elecciones de Andalucía predicaban que el pájaro puede ser libre, encerrado en su jaula, decían la verdad?

En mis tiempos como maestro de educación infantil, comprobé que los niños daban a las palabras un sentido único, un significado autonómico, independiente y desligado de cualquier otra referencia que no fuera la palabra que ellos ponían en sus bocas. Y me puse a pensar, si no sería mucho mejor que las palabras no tuvieran vuelta de hoja, ni otras acepciones que no fuera la univocidad, su condición única y esencial.

Una mañana observé que dos pequeños reñían por una misma palabra: la palabra papá. No podían entender que el papá de uno fuese también el papá del otro. ¡No, es mi papá papá! -decía uno; y el otro, amenazante, respondía al instante gritando furioso con las mismas palabras a su contrincante: ¡No es el tuyo, es el mío, es mi papá! Los pequeños daban a esta palabra tal poder que, sólo con nombrarla, adquiría para ellos un uso exclusivo, intransferible, inequívoco e incompatible con cualquier otro padre que no fuera el suyo. Un nombre para cada cosa, y cada cosa para su nombre. Y si las cosas y sus padres no hubiesen tenido nombre, pues mucho mejor, nada, fuera de ellas, existiría. Y así se acabarían por fin las disputas en el aula.

Recuerdo que para hacer entrar en razón a aquellos niños enzarzados en su pelea, y que, (debido a su corta edad), no podían comprender el sentido universal y abstracto de la palabra papá, quise hacerles ver que el padre de un niño podía llevar bigote; el padre de otro, ser calvo; que el de más allá, ser rubio, alto, gordo; y que cada niño tenía su papá particular, y que todos los padres por separado podían ser el padre de sus compañeros.

Aquellos niños no admitían el nombre papá desligado de su propia realidad. Ellos consideraban la palabra papá como una unidad unívoca, una unidad lingüística, inseparable de sus vidas. Esta palabra, para ellos, no tenía sentido, separada de la imagen que ellos tenían de sus progenitores. La honradez de las palabras, su unicidad intransferible era su prioridad, su conocimiento concreto. Y fue entonces cuando me puse a pensar, si no nos hubiera ido mucho mejor a los humanos no alcanzar nuestro pensamiento abstracto, aquel que nos define como personas racionales, capaces de digerir conceptos universales, y así jamás poder decir una cosa contraria y distinta de lo que pensamos. Y si nos servimos de las mismas palabras para negar y afirmar lo mismo y lo contrario: el pan al hambriento, indigestar a los pródigos y opulentos; si proclamamos la palabra libertad a voz en grito para cortarles las alas a los que soltarse quieren de sus cadenas, nos metemos en un lío, mentimos como bellacos. Las palabras, separadas de la cosa a las que hacen referencia, son un exabrupto. No en vano los escolásticos definían la verdad como la adecuación de la cosa con el intelecto

¿O es que acaso, los ultraderechistas que ayer en las elecciones de Andalucía cantaban que el pájaro encerrado en su jaula puede ser libre, decían la verdad? Hay pájaros tontos y muertos de hambre, ¡haylos, engañados y estúpidos! que preferimos vivir presos con nuestras cadenas, y recluidos bajo las órdenes de nuestro embustero carcelero y caudillo.



sábado, 16 de mayo de 2026

De vuelta a casa



Camina el hombre por la senda de la acequia. Y al igual que una madre, afectada por la peste negra, el hombre tiene también que abandonar por fuerza su huerto, su casa, sus hijos.., para no contaminar y echar a perder todo lo que allí limpio relucía como los chorros del río. Intenta ahora el hombre en sus pensamientos volver a la tierra, que por unos años fue la sede de sus sueños cumplidos para así, tras su irremediable pérdida, recuperar la estabilidad de su emoción quebrada y rota. Tuvo que tapar su boca y morir ahogado para no acabar matando todo lo que allí a su vera feliz vivía.

Corre ahora el hombre después de muerto, esperanzado bajo la sombra de los cipreses que van a su antigua casa. Él esperaba que a su encuentro estos árboles nostálgicos entonarían al aire romanzas y fantasías, escalas musicales desde el do grave de una tierra festoneada de flores silvestres, al do alto de un cielo sin nubes, con las puertas abiertas a su regreso, y que su cuerpo, balanceado por ver de nuevo su casa, bailaría al trote veloz y acompasado por el gorjeo de un par de tórtolas que al vuelo le reconocerían a su paso. Pero los cipreses ariscos, la higuera maldita, el nogal indiferente, y hasta su melosa gata, siempre atenta a su llegada, todos ellos, esquivos, distantes y desagradecidos, pasaron del hombre como pasan las nubes calladas en verano sobre los páramos desiertos. El hombre esperaba ver allí con la misma alegría lo que con tanto dolor dejara, cuando un día tuvo que recluirse en la oscuridad de su tumba, por culpa de aquella cuarentena, la sempiterna morada de los muertos. 

A su regreso, todo está igual, todo en su sitio, pero aún así, al hombre no le pareció lo mismo. Sí: el mismo azarbe, las mismas plantas, el mismo cauce, las mismas cañas; sí: el mismo verde reluciente y fresco; pero no son las cosas las que hablan, sino tal como a su manera el hombre las escucha y las siente. Las flores de la madreselva exhalan su perfume amarillo, pero él ya no huele su aroma. Él mismo plantó el laurel, donde ahora sigue estando. Lo regó y lo abonó, lo vio crecer con ese aire victorioso de los grandes corredores tras cruzar triunfales la línea de meta, pero el arbusto no le devuelve al hombre el dulce, recio y acostumbrado aroma de bienvenida. Lo mismo le ocurre con las flores del azahar de los naranjos, que le saben a estéril y desolado invierno. Y salvaje es también el comportamiento de su perro que se arroja contra él con uñas y dientes, dolido por el abandono de su amo. Y así es como este hombre lloró más, cuando de pensamiento y deseo, volvió a su antigua casa, que cuando tuvo que irse de allí deprisa y corriendo, de su huerto y de sus cosas.

Uno vuelve siempre
A los viejos sitios en que amó la vida
Y entonces comprende
Como están de ausentes las cosas queridas.


(Armando Tejada)

miércoles, 13 de mayo de 2026

Somos tiempo




Agradecido al reloj de sol, me levanté aquella mañana. Al fin y al cabo mi existencia (Dasein) a su tic-tac acompasado se debía. Heidegger lo pudo decir de otra manera, pero no más claro: nuestro problema no es la verdad, sino la metafísica del tiempo. Y como debía corresponder a su puntual acompañamiento si quería aquí seguir viviendo, elegí como sitial suyo el rincón más visto de la casa de mi huerto.

Puse la mirada del sol al sur más distinguido. Fue él mismo quien me dijo:
¡Ponme hacia el mediodía! Es allí donde me sacio, me cargo de luz y vida, desde donde doy cuerda al corazón de los mortales. Y ya verás ¡qué felices serán nuestros días!
Y fue así que viví más de medio siglo por su péndulo impulsado. Sentí el placer de los segundos, su instante intenso, el hálito infinito..., hasta que una noche de tinieblas, los enemigos del reloj demolieron el ser y el tiempo con piedras e improperios, destrozaron el cuadrante circular de mi alborada, el crepúsculo preñado de mañanas, el futuro tañer de mis latidos, su campana.

Mis enemigos creían ser eternos arrancándole al reloj su gnomon, la batuta de su paso, el índice de mi aquí y de mi ahora, la sombra segmentada del eje de la tierra. Yo me fui, sin mi reloj y sin mi vida, pero allí quedaron, (ya lo dijo Juan Ramón Jiménez en su Viaje definitivo), los pájaros cantando, y los naranjos continuaron luciendo su verde a lo ancho y a lo largo de un cielo enjalbegado.

lunes, 11 de mayo de 2026

El tiempo de las cosas



El tiempo de las cosas suelen durar un poco más que aquellos seres queridos que perdimos. El recuerdo parece ser un acto involuntario. Por eso esta mañana, sin ton ni son, acude a mi memoria su cara; pero ella no viene a mí tal como ella era, sino transportada en una foto antigua. No es la viva imagen que yo, cuando ella estaba viva, siempre veía: hacendosa, atenta, cómplice y siempre con sus hijos y nietos condescendiente, amable y sonriente.

Algo debo yo tener trastocado en mi cabeza, cuando al recordar aquellos seres queridos que me precedieron en esta vida, de ellos sólo recuerdo el rostro de sus retratos, más que el semblante que yo de ellos veía cuando estaban vivos. Ella, hoy, cuando la memoria de mis genes instintivamente la reclama, sólo acude a mí, pintada en una estampa, sentada en su sofá de papel acartonado, siempre cosiendo, bordando las telas que ella tejía para abrigar y proteger a sus hijos y nietos.

La única manera que conocía ella para escapar de la muerte eran sus hilos y dedales. Siempre que yo regresaba a casa, allí estaba siempre concentrada en su tejer penelopiano. Ningún género de punto se le resistía: el de cruz, la cadeneta, el del diablo, el de la espiga. Tan feliz y abstraída la veía, sentada al caer de la ventana, con el ganchillo y la lana... No sé si quería terminar lo que cosía, o más bien atrapar con sus hilvanes la eternidad. A sus pies: el canasto de los hilos y madejas. Sobre su halda: un entramado de caminos, desde el alfa hasta la omega, todos ellos conectados como una red de carreteras al centro de la ciudad de san Agustín. El tiempo suspendido. La luz inundando de paz la estancia, su adolescencia labriega y penosa, desmajolando cepas, recogiendo aceituna, segando mieses, su juventud lúdica y cantarina, cantando sus amores de casada, sus cuatro partos, rumiando con sabia y dulce ironía en su interior la vida, el mundo en su más profundo y beatífico sentido, su Aleph infinito, el punto de todos los puntos. Feliz y extasiada, trascendiendo su aceptada mortalidad, alma queriendo retomar su vuelo para confundirse con el infinito.

Ella se murió, pero los retales de su tejer penelopiano aún perduran acobijando a sus nietos. El tiempo de las cosas suele durar, pero sólo un poco más que aquellos seres queridos que perdemos. Su recuerdo me devuelve esta mañana el rostro trucado de mi madre en un papel de fotografía, que a lo sumo durará un poco más de lo que yo dure en esta tierra.

miércoles, 6 de mayo de 2026

La mirada de los demás



Ayer me preguntaste cuál fue el día más triste de mi vida. Contesté: cuando dejaste de mirarme. Cuando dejaste de mirarme me quedé ciego. Me derrumbé, caí en un pozo tenebroso. Te perdí, y perdido también quedé de mí. No es cierto que siempre hay luz después del túnel. Mastiqué el eco de tus ojos idos como si fueran cristales sangrando mi vista. Observé tus labios desiertos de aquellos azules y verdes que jamás volverían a alimentar mi mirada, tu despedida para siempre. Luego encontré tus ojos abandonados en un vertedero.

Y tras el portazo de tu adiós definitivo me puse a escribir, quería retener la belleza de tus ojos, atrapar su luz, pintar la tranquilidad de tu mirada desorbitada, recrearme, contaminarme con la suavidad almibarada de tu contemplación cinemascópica, palpar el vértice oculto de tu vientre y el mío con el anzuelo de tus colores extásicos, verter mis lágrimas en el cáliz de tu dichosa calma.

Busqué en el Libro de Oro de la Poesía de la Lengua Castellana los mejores poemas, y no di con verso alguno que calmara mi dolor, no encontré tiempo, ni modo de verbo alguno que pudiera remontar mi vuelo tras el tuyo, ajeno y distante. Y tiré la pluma y los pinceles contra la puerta tras la que desapareciste abandonándome, dejándome solo. Debería haber sido yo el que se fuera. Sin tu mirada, yo ya nunca fui. Viví solamente el tiempo que duró tu mirada sobre mi cuerpo a oscuras. Bien claro me lo dijo un día Auster: sólo vivirás dentro de la mirada de los demás.

domingo, 3 de mayo de 2026

Conócete a ti mismo


 
Por motivos de trabajo, (movilidad laboral), Isidro de Anta necesitó cambiar de domicilio. La sociedad en la que trabajaba como contable decidió cerrar la sucursal en la que este señor prestaba sus servicios desde su juventud. Y como sus jefes no querían prescindir de él, le ofrecieron el mismo puesto que hasta ese momento desempeñaba, pero en otra ciudad muy alejada de su habitual residencia.

Para formalizar su traslado, Isidro se dirige a una agencia inmobiliaria de la ciudad a la que su empresa había decidido ubicar al señor de Anta. Después de explicar a la señorita que le atiende el motivo de su compra, le muestran una vivienda con las características propias de su peculiar demanda. Pero para sorpresa de don Isidro, la vivienda que le ofrecen parece ser la misma en la que hasta ese momento él mismo había vivido. De Anta repasó con detenimiento cada una de las estancias y los detalles particulares de la nueva casa. Hace memoria por ver si estaba equivocado. Y le ruega a la dependienta que por favor le muestre a través del Maps la ubicación exacta de la nueva casa que le ofertan. Después de observar minuciosamente las imágenes de la calle, la fachada, cada una de las estancias interiores, el baño con el toallero de madera, las cenefas ribeteadas de azul de la cocina, el reluciente poto de la galería... Estaba claro. No tiene duda alguna: aquella casa es exactamente su casa de antes, la misma casa en la que él mismo ha vivido hasta la fecha sin percatarse de la casa, y ni siquiera de él mismo, su habitual morador olvidadizo.

No crea el lector de este cuento que su autor quiere aprovechar esta historia como una soflama contra aquellos osados usurpadores que por necesidad imperiosa se ven obligados a ocupar viviendas ajenas y que no son de su propiedad. A decir verdad, a don Isidro de Anta no le hubiera importado compartir su nueva casa con gente que careciera de techo alguno bajo el cual dormir y cobijarse. Puesto que era soltero y siempre había vivido solo. Hubiera incluso agradecido compartir su nueva propiedad con quien fuera, incluso con él mismo dentro.

Lo que que más le preocupó de este incidente al protagonista de esta pequeña historia es haber vivido durante más de veinte años consigo mismo, con alguien al que jamás había tenido la oportunidad de conocer como su único y propio dueño.

lunes, 27 de abril de 2026

La flor del conocimiento


Entendí que merecen tal tormento
aquellos pecadores que, carnales,
someten la razón al sentimiento.


(Dante. Canto V. El infierno)


La razón del romero, bien arraigada a la tierra, me sorprendía por su juicio, reciedumbre y espesura. En cambio el sentimiento de un simple insecto volador seguía siendo para mí un ser misterioso que me engatusaba sobremanera, era impulsivo e insinuante, ardiente e inesperado; la presencia del sentir de una abeja, lo mismo me atraía que me descontrolaba. Y en tal alto grado yo estima le tenía al sentimiento, que cada primavera entablábamos una endiablada amistad. Si la razón era el imbatible romeral arraigado a la certeza del suelo contundente, a mí en cambio me gustaba jugar a ser un bello insecto loco y volador, puro sentimiento, una abeja apasionada del azul y del aroma, de la carnalidad de una flor del romeral, en medio del jardín de nuestra acogedora tierra. Razón y sentimiento en pleno duelo.

Y, al contrario que Dante en el infierno, entendí muy pronto que no sería mejor, ni tampoco bueno, que yo, una impúdica abeja, me dejara llevar por la razón, pues de ser así, yo no me comería ni un torrao, y mi sed y mis vuelos jamás se saciarían del balsámico y nectario acento del romero.

Cada vez que yo, desde mi razón quería posar mis transparentes alas y mi hambrienta lengua sobre los arbustos infernales y leñosos del romero, mi inteligencia se nublaba. Y privada me sentía de su miel y de su ambrosía. En cambio, si me dejaba llevar por mi pecaminoso sentimiento, al instante se abrían de par en par las puertas de mi alma pura, y colmaba yo de esta manera mi instinto, mi sed y mis ganas de libar de su amor tan florido y placentero. 

Comprobé pues, al fin, que el camino más directo y eficaz para llegar a la flor del conocimiento no era la cordura de la razón, sino el dulce sentir atolondrado de mi más volátil sentimiento.