jueves, 28 de mayo de 2026

Entre Poiesis y Pictoria




Si Pictoria pintaba un almendro, y deleitaba a Lorenzo, el hijo de don Diego de Miranda, con sus vistosas flores, Poiesis inundaba a este vate novato con el perfume de los versos de sus ramas. Si Pictoria endulzaba la mirada absorta del hijo del hidalgo del verde gabán sobre el mar con la serenidad de las aguas de su pincel agudo y detallado, en cambio Poiesis sumergía al vástago de Miranda en las aguas fascinantes de sus coralinos colores. El mismo Quijote dijo al padre de Lorenzo, cuando se cruzó con él, los dos caminando por los campos de la Mancha: la poesía, señor don Diego, a mi parecer es como una doncella tierna y de poca edad y en todo estremo hermosa. Deje, vuesa merced, caminar a su hijo Lorenzo por donde su estrella le llama.

Al muchacho, poeta en ciernes, que andaba loco a todas todas horas leyendo a Virgilio, Horacio y Homero, le dieron a escoger entre Poiesis y Pictoria, y el joven Lorenzo, eligió la Poesía, porque no se le daba muy bien pintar, y mucho menos estudiar leyes o empuñar un arma. Y sobre todo, porque la poesía, (según decía el hijo de don Diego), era el arte que mejor lo colmaba y más directamente le mostraba la esencia de las cosas. Y el hijo del rico hidalgo vestido de paño fino verde, jironado de terciopelo leonado, cual otro Dante, se dejó llevar por Virgilio, a quien Lorenzo consideraba su maestro y modelo. O de li altri poeti onore e lume. (Oh luz y honor de todos los poetas). El único que podría librar al hijo de don Diego de Miranda de la guerra, de la bestia del Infierno, y no tener que estudiar derecho, tal como su padre entendía y quería. Y Lorenzo replicaba a su padre: la poesía, por encima del derecho y de las armas, salvarán al mundo de su bancarrota. La pluma, padre, es más poderosa que la espada. 

Antes de decidirse Lorenzo por Poiesis, al aspirante poeta alguien le dijo que una imagen valía mil palabras. Y el hijo don Diego de Miranda, embebido de poemas, respondió que, cuando leía, por ejemplo La Divina Comedia, y veía las ilustraciones de un tal Gustavo Doré, aún siendo estos dibujos oníricos, frenéticos y muy fascinantes, prefería los endecasílabos de Alighieri. Y así fue como se dejó conducir por el autor de la Eneida:
Por lo que, por tu bien, pienso y decido
que vengas tras de mí, y seré tu guía,
y he de llevarte por lugar eterno.
Dante sumergía al aficionado a la poesía en las muchas posibilidades y sugerencias múltiples, no dichas, sólo evocadas, sugerentes, y que luego Lorenzo completaba haciendo suyas las del Florentino. Sin embargo los grabados de Gustave de Doré, aún cautivando con su onírica imaginación endiablada, (fiera incluida), no transportaban al joven hijo de don Diego de Miranda más allá de la física observable de un dibujo encorsetado en un papel, por muy dorado que fuese el marco de sus atinadas ilustraciones.

sábado, 23 de mayo de 2026

Invisible vejez



En el pueblo donde vivo, un grupo apenas perceptible, pero valiente y constante de yayoflautas, se juntan los jueves de cada semana en la plaza del Ayuntamiento, reclamando pensiones, residencias, apoyo y acompañamiento para la olvidada tercera edad. Esta mañana coincido con ellos, y tras sus reivindicativas palabras, concluye el acto con un minuto de silencio, otra forma también invisible de hacerse notar y estar presente. Luego desaparecemos como si nada. De la noche a la mañana nos hemos convertidos en unos putos viejos. A nadie le importamos. Lo que no se ve, no existe, ni se le atiende ni se le quiere.

Mejor hablemos de mí. De un tiempo a esta parte noto que la gente no me ve. Y me pregunto si no me habré convertido en algo etéreo, en humo, en nada. Y me siento insustancial, intrascendente. Y me toco y me miro en los espejos de los escaparates cada vez que salgo a tomar el sol por del Paseo Rosales, por ver si tal vez fuera verdad que soy una mera ilusión. ¡Con lo que en otros tiempos me hubiese encantado ser invisible! Hoy, sin embargo me resulta humillante, doloroso.

Recuerdo en mis años jóvenes haber leído un relato cuya tema consistía en las ventajas de ser invisible. Debido a no se qué invento o artificio refractario de la luz, el protagonista de aquella historia se convertía en un ser invisible, condición que le reportaba inmensos beneficios y oportunidades múltiples. Sólo los dioses gozan del don de la invisibilidad. Cualidad tan divina como provechosa, estar sin estar en todos los lugares y guisos, le permitía al sujeto de esta historia actuar de manera impune, beneficiarse y salir airoso de circunstancias adversas. Esta virtud de no ser notado, ni visto por nadie, en aquellos tiempos, fue por mí muy envidiada, la deseaba con todas mis fuerzas. Gracias a ella, dada a mi vergüenza congénita, yo podría pasar desapercibido, detenerme complacido, sin ser mirado mirar cualquier bello cuerpo por mí deseado. En la catequesis de mi infancia se me dio a conocer un dios enriquecido con una serie de atributos, (omnipotencia, infalibilidad, omnisciencia eternidad, omnipresencia). Y si de todos estos atributos y connotaciones divinas, a mí por aquel entonces me hubiesen dado a elegir con cuál de ellas quedarme, sin duda alguna hubiese escogido el don de la invisibilidad: estar en todo los sitios que yo quisiera, y encima no dejarme ver por nadie. ¡Ay lo que yo hubiera dado por ser dueño y señor, tan solo de una pizca de dicha gracia! Me hubiese ahorrado un montón de broncas, pescozones y carreras en aquella mi niñez de hambre, cuando saltaba la valla de bancales ajenos en busca de algún racimo de uva o un puñado de habas. Cual abeja dulzona a la caza de la miel de romero corría yo tras el logro de algún huevo del gallinero de mi vecino el recovero.

Poder tan omnímodo, al protagonista de este relato que hoy recuerdo, con el tiempo le resultó aburrido y no tan placentero. Añora pues el apretado abrazo de los amigos, el contacto físico, los besos, las relaciones carnales, la caricia en su piel de la suave brisa del atardecer, el masaje del fisio de los martes. Por lo que decide regresar a su estado primigenio, dejar de ser invisible. Pero no es posible. Quien alcanzó el cielo de la invisibilidad, ya no se le permite volver a ser mortal.

Y, ahora, a mis años, aquel gran regalo de la invisibilidad, ¡en mala hora me ha sido dado! Hoy lo detesto, me desagrada no ser tenido en cuenta. Lo invisible ni existe, ni vive, ni se le espera. Ser viejo es un estorbo arrinconado, que no se vea, que no hiera sensibilidades ni conciencias. Y lo peor, no es que los demás me miren como si no me vieran, es que nadie sabe mejor que yo, que a todas luces casi ya no existo.

Y yo seguía tocando con mis manos mi cara desolada para reconocerme, pasaba mis manos por mi cabeza rala de canas, pero yo tampoco veía mi vejez. Y mientras en este ridículo punto del planeta unos cuantos viejos peleones reclamábamos este jueves a las puertas de nuestro ayuntamiento ser tenidos en cuenta, en otros lugares de nuestra noble ciudad, corporaciones y ediles homenajeaban a los gerentes de la sanidad privada, que se benefician de los laboriosos y traspasados ahorros de una pléyade de pensionistas, en detrimento de nuestra querida sanidad pública hoy tan esquilmada.

Y el viejo yayoflauta que mi lado estaba en esta exigua, pero loable y aguerrida concentración de los jueves en la plaza del ayuntamiento de Molina de Segura me dice para consolarme: amigo no es la cantidad lo que importa, lo importante es que la llama no se extinga.

miércoles, 20 de mayo de 2026

El árbol caído


 
No tiene donde ir, pero es que no quiere ir a ninguna parte. Hoy triste está, y decepcionado. No se siente bien en ningún sitio. Nada es consistente. Todo le da vueltas: los cedros del Líbano que con tanta admiración cultivó en su conciencia, devorados los descubre esta mañana por innumerables hongos que cubren su tronco firme. El perfume de su noble corteza, desde su planta hasta su cabeza, hoy cubierto está por el ocre amarillo y seco de su corrupción supuesta. Este mismo árbol que ayer fue su ídolo, ante cuyos frutos y sombra se arrodillaba y veneraba..., ¡y cómo se dejaba llevar por su copa encumbrada, guía y bandera de sus pasos perdidos por salones y plazas, mentideros y callejones de incertidumbre, pasajes oscuros!..., hoy, revestido está de hongos y plaga. Fue siempre fortaleza y muralla contra invasores e intrusos, vientos mal intencionados, dique y contención contra fuegos codiciosos que querían arrasar la estabilidad de su hacienda, la cordura de sus principios. Confundido y extrañado por imagen tan oscura y decrépita. Y como quien, después del paso terrible de una dana, se asoma a su huerto, a sus conejeras y gallineros, plantaciones, ideales y sueños de toda una vida, hoy contempla malhumorado y dolorido la caída de aquel árbol que ayer su estela ondeante señalaba el futuro, hacia un cielo prometedor y expectante.

Aquel cándido ciervo de ayer tan esperanzado, hoy precisamente, día en el que todo el país habla de la inculpación de un expresidente de nuestra democracia, este hombre está triste y decepcionado. Y un viejo estoico de principio de nuestra era, se le acerca y le dice para animarle: Amigo, mejor es confiar y ser engañado, que vivir una vida de sospechas constantes.

martes, 19 de mayo de 2026

Pájaro libre encerrado en su jaula

 



Las palabras no mienten, y si mienten es porque no las decimos como se merecen. Lo cierto es que que en este mundo babélico mentimos más que hablamos. ¿O acaso, los ultraderechistas que ayer en las elecciones de Andalucía predicaban que el pájaro puede ser libre, encerrado en su jaula, decían la verdad?

En mis tiempos como maestro de educación infantil, comprobé que los niños daban a las palabras un sentido único, un significado autonómico, independiente y desligado de cualquier otra referencia que no fuera la palabra que ellos ponían en sus bocas. Y me puse a pensar, si no sería mucho mejor que las palabras no tuvieran vuelta de hoja, ni otras acepciones que no fuera la univocidad, su condición única y esencial.

Una mañana observé que dos pequeños reñían por una misma palabra: la palabra papá. No podían entender que el papá de uno fuese también el papá del otro. ¡No, es mi papá papá! -decía uno; y el otro, amenazante, respondía al instante gritando furioso con las mismas palabras a su contrincante: ¡No es el tuyo, es el mío, es mi papá! Los pequeños daban a esta palabra tal poder que, sólo con nombrarla, adquiría para ellos un uso exclusivo, intransferible, inequívoco e incompatible con cualquier otro padre que no fuera el suyo. Un nombre para cada cosa, y cada cosa para su nombre. Y si las cosas y sus padres no hubiesen tenido nombre, pues mucho mejor, nada, fuera de ellas, existiría. Y así se acabarían por fin las disputas en el aula.

Recuerdo que para hacer entrar en razón a aquellos niños enzarzados en su pelea, y que, (debido a su corta edad), no podían comprender el sentido universal y abstracto de la palabra papá, quise hacerles ver que el padre de un niño podía llevar bigote; el padre de otro, ser calvo; que el de más allá, ser rubio, alto, gordo; y que cada niño tenía su papá particular, y que todos los padres por separado podían ser el padre de sus compañeros.

Aquellos niños no admitían el nombre papá desligado de su propia realidad. Ellos consideraban la palabra papá como una unidad unívoca, una unidad lingüística, inseparable de sus vidas. Esta palabra, para ellos, no tenía sentido, separada de la imagen que ellos tenían de sus progenitores. La honradez de las palabras, su unicidad intransferible era su prioridad, su conocimiento concreto. Y fue entonces cuando me puse a pensar, si no nos hubiera ido mucho mejor a los humanos no alcanzar nuestro pensamiento abstracto, aquel que nos define como personas racionales, capaces de digerir conceptos universales, y así jamás poder decir una cosa contraria y distinta de lo que pensamos. Y si nos servimos de las mismas palabras para negar y afirmar lo mismo y lo contrario: el pan al hambriento, indigestar a los pródigos y opulentos; si proclamamos la palabra libertad a voz en grito para cortarles las alas a los que soltarse quieren de sus cadenas, nos metemos en un lío, mentimos como bellacos. Las palabras, separadas de la cosa a las que hacen referencia, son un exabrupto. No en vano los escolásticos definían la verdad como la adecuación de la cosa con el intelecto

¿O es que acaso, los ultraderechistas que ayer en las elecciones de Andalucía cantaban que el pájaro encerrado en su jaula puede ser libre, decían la verdad? Hay pájaros tontos y muertos de hambre, ¡haylos, engañados y estúpidos! que preferimos vivir presos con nuestras cadenas, y recluidos bajo las órdenes de nuestro embustero carcelero y caudillo.



sábado, 16 de mayo de 2026

De vuelta a casa



Camina el hombre por la senda de la acequia. Y al igual que una madre, afectada por la peste negra, el hombre tiene también que abandonar por fuerza su huerto, su casa, sus hijos.., para no contaminar y echar a perder todo lo que allí limpio relucía como los chorros del río. Intenta ahora el hombre en sus pensamientos volver a la tierra, que por unos años fue la sede de sus sueños cumplidos para así, tras su irremediable pérdida, recuperar la estabilidad de su emoción quebrada y rota. Tuvo que tapar su boca y morir ahogado para no acabar matando todo lo que allí a su vera feliz vivía.

Corre ahora el hombre después de muerto, esperanzado bajo la sombra de los cipreses que van su antigua casa. Él esperaba que a su encuentro estos árboles nostálgicos entonarían al aire romanzas y fantasías, escalas musicales desde el do grave de una tierra festoneada de flores silvestres, al do alto de un cielo sin nubes, con las puertas abiertas a su regreso, y que su cuerpo, balanceado por ver de nuevo su casa, bailaría al trote veloz y acompasado por el gorjeo de un par de tórtolas que al vuelo le reconocerían a su paso. Pero los cipreses ariscos, la higuera maldita, el nogal indiferente, y hasta su melosa gata, siempre atenta a su llegada, todos ellos, esquivos, distantes y desagradecidos, pasaron del hombre como pasan las nubes calladas en verano sobre los páramos desiertos. El hombre esperaba ver allí con la misma alegría lo que con tanto dolor dejara, cuando un día tuvo que recluirse en la oscuridad de su tumba, por culpa de aquella cuarentena, la sempiterna morada de los muertos. 

A su regreso, todo está igual, todo en su sitio, pero aún así, al hombre no le pareció lo mismo. Sí: el mismo azarbe, las mismas plantas, el mismo cauce, las mismas cañas; sí: el mismo verde reluciente y fresco; pero no son las cosas las que hablan, sino tal como a su manera el hombre las escucha y las siente. Las flores de la madreselva exhalan su perfume amarillo, pero él ya no huele su aroma. Él mismo plantó el laurel, donde ahora sigue estando. Lo regó y lo abonó, lo vio crecer con ese aire victorioso de los grandes corredores tras cruzar triunfales la línea de meta, pero el arbusto no le devuelve al hombre el dulce, recio y acostumbrado aroma de bienvenida. Lo mismo le ocurre con las flores del azahar de los naranjos, que le saben a estéril y desolado invierno. Y salvaje es también el comportamiento de su perro que se arroja contra él con uñas y dientes, dolido por el abandono de su amo. Y así es como este hombre lloró más, cuando de pensamiento y deseo, volvió a su antigua casa, que cuando tuvo que irse de allí deprisa y corriendo, de su huerto y de sus cosas.

Uno vuelve siempre
A los viejos sitios en que amó la vida
Y entonces comprende
Como están de ausentes las cosas queridas.


(Armando Tejada)

miércoles, 13 de mayo de 2026

Somos tiempo




Agradecido al reloj de sol, me levanté aquella mañana. Al fin y al cabo mi existencia (Dasein) a su tic-tac acompasado se debía. Heidegger lo pudo decir de otra manera, pero no más claro: nuestro problema no es la verdad, sino la metafísica del tiempo. Y como debía corresponder a su puntual acompañamiento si quería aquí seguir viviendo, elegí como sitial suyo el rincón más visto de la casa de mi huerto.

Puse la mirada del sol al sur más distinguido. Fue él mismo quien me dijo:
¡Ponme hacia el mediodía! Es allí donde me sacio, me cargo de luz y vida, desde donde doy cuerda al corazón de los mortales. Y ya verás ¡qué felices serán nuestros días!
Y fue así que viví más de medio siglo por su péndulo impulsado. Sentí el placer de los segundos, su instante intenso, el hálito infinito..., hasta que una noche de tinieblas, los enemigos del reloj demolieron el ser y el tiempo con piedras e improperios, destrozaron el cuadrante circular de mi alborada, el crepúsculo preñado de mañanas, el futuro tañer de mis latidos, su campana.

Mis enemigos creían ser eternos arrancándole al reloj su gnomon, la batuta de su paso, el índice de mi aquí y de mi ahora, la sombra segmentada del eje de la tierra. Yo me fui, sin mi reloj y sin mi vida, pero allí quedaron, (ya lo dijo Juan Ramón Jiménez en su Viaje definitivo), los pájaros cantando, y los naranjos continuaron luciendo su verde a lo ancho y a lo largo de un cielo enjalbegado.

lunes, 11 de mayo de 2026

El tiempo de las cosas



El tiempo de las cosas suelen durar un poco más que aquellos seres queridos que perdimos. El recuerdo parece ser un acto involuntario. Por eso esta mañana, sin ton ni son, acude a mi memoria su cara; pero ella no viene a mí tal como ella era, sino transportada en una foto antigua. No es la viva imagen que yo, cuando ella estaba viva, siempre veía: hacendosa, atenta, cómplice y siempre con sus hijos y nietos condescendiente, amable y sonriente.

Algo debo yo tener trastocado en mi cabeza, cuando al recordar aquellos seres queridos que me precedieron en esta vida, de ellos sólo recuerdo el rostro de sus retratos, más que el semblante que yo de ellos veía cuando estaban vivos. Ella, hoy, cuando la memoria de mis genes instintivamente la reclama, sólo acude a mí, pintada en una estampa, sentada en su sofá de papel acartonado, siempre cosiendo, bordando las telas que ella tejía para abrigar y proteger a sus hijos y nietos.

La única manera que conocía ella para escapar de la muerte eran sus hilos y dedales. Siempre que yo regresaba a casa, allí estaba siempre concentrada en su tejer penelopiano. Ningún género de punto se le resistía: el de cruz, la cadeneta, el del diablo, el de la espiga. Tan feliz y abstraída la veía, sentada al caer de la ventana, con el ganchillo y la lana... No sé si quería terminar lo que cosía, o más bien atrapar con sus hilvanes la eternidad. A sus pies: el canasto de los hilos y madejas. Sobre su halda: un entramado de caminos, desde el alfa hasta la omega, todos ellos conectados como una red de carreteras al centro de la ciudad de san Agustín. El tiempo suspendido. La luz inundando de paz la estancia, su adolescencia labriega y penosa, desmajolando cepas, recogiendo aceituna, segando mieses, su juventud lúdica y cantarina, cantando sus amores de casada, sus cuatro partos, rumiando con sabia y dulce ironía en su interior la vida, el mundo en su más profundo y beatífico sentido, su Aleph infinito, el punto de todos los puntos. Feliz y extasiada, trascendiendo su aceptada mortalidad, alma queriendo retomar su vuelo para confundirse con el infinito.

Ella se murió, pero los retales de su tejer penelopiano aún perduran acobijando a sus nietos. El tiempo de las cosas suele durar, pero sólo un poco más que aquellos seres queridos que perdemos. Su recuerdo me devuelve esta mañana el rostro trucado de mi madre en un papel de fotografía, que a lo sumo durará un poco más de lo que yo dure en esta tierra.

miércoles, 6 de mayo de 2026

La mirada de los demás



Ayer me preguntaste cuál fue el día más triste de mi vida. Contesté: cuando dejaste de mirarme. Cuando dejaste de mirarme me quedé ciego. Me derrumbé, caí en un pozo tenebroso. Te perdí, y perdido también quedé de mí. No es cierto que siempre hay luz después del túnel. Mastiqué el eco de tus ojos idos como si fueran cristales sangrando mi vista. Observé tus labios desiertos de aquellos azules y verdes que jamás volverían a alimentar mi mirada, tu despedida para siempre. Luego encontré tus ojos abandonados en un vertedero.

Y tras el portazo de tu adiós definitivo me puse a escribir, quería retener la belleza de tus ojos, atrapar su luz, pintar la tranquilidad de tu mirada desorbitada, recrearme, contaminarme con la suavidad almibarada de tu contemplación cinemascópica, palpar el vértice oculto de tu vientre y el mío con el anzuelo de tus colores extásicos, verter mis lágrimas en el cáliz de tu dichosa calma.

Busqué en el Libro de Oro de la Poesía de la Lengua Castellana los mejores poemas, y no di con verso alguno que calmara mi dolor, no encontré tiempo, ni modo de verbo alguno que pudiera remontar mi vuelo tras el tuyo, ajeno y distante. Y tiré la pluma y los pinceles contra la puerta tras la que desapareciste abandonándome, dejándome solo. Debería haber sido yo el que se fuera. Sin tu mirada, yo ya nunca fui. Viví solamente el tiempo que duró tu mirada sobre mi cuerpo a oscuras. Bien claro me lo dijo un día Auster: sólo vivirás dentro de la mirada de los demás.

domingo, 3 de mayo de 2026

Conócete a ti mismo


 
Por motivos de trabajo, (movilidad laboral), Isidro de Anta necesitó cambiar de domicilio. La sociedad en la que trabajaba como contable decidió cerrar la sucursal en la que este señor prestaba sus servicios desde su juventud. Y como sus jefes no querían prescindir de él, le ofrecieron el mismo puesto que hasta ese momento desempeñaba, pero en otra ciudad muy alejada de su habitual residencia.

Para formalizar su traslado, Isidro se dirige a una agencia inmobiliaria de la ciudad a la que su empresa había decidido ubicar al señor de Anta. Después de explicar a la señorita que le atiende el motivo de su compra, le muestran una vivienda con las características propias de su peculiar demanda. Pero para sorpresa de don Isidro, la vivienda que le ofrecen parece ser la misma en la que hasta ese momento él mismo había vivido. De Anta repasó con detenimiento cada una de las estancias y los detalles particulares de la nueva casa. Hace memoria por ver si estaba equivocado. Y le ruega a la dependienta que por favor le muestre a través del Maps la ubicación exacta de la nueva casa que le ofertan. Después de observar minuciosamente las imágenes de la calle, la fachada, cada una de las estancias interiores, el baño con el toallero de madera, las cenefas ribeteadas de azul de la cocina, el reluciente poto de la galería... Estaba claro. No tiene duda alguna: aquella casa es exactamente su casa de antes, la misma casa en la que él mismo ha vivido hasta la fecha sin percatarse de la casa, y ni siquiera de él mismo, su habitual morador olvidadizo.

No crea el lector de este cuento que su autor quiere aprovechar esta historia como una soflama contra aquellos osados usurpadores que por necesidad imperiosa se ven obligados a ocupar viviendas ajenas y que no son de su propiedad. A decir verdad, a don Isidro de Anta no le hubiera importado compartir su nueva casa con gente que careciera de techo alguno bajo el cual dormir y cobijarse. Puesto que era soltero y siempre había vivido solo. Hubiera incluso agradecido compartir su nueva propiedad con quien fuera, incluso con él mismo dentro.

Lo que que más le preocupó de este incidente al protagonista de esta pequeña historia es haber vivido durante más de veinte años consigo mismo, con alguien al que jamás había tenido la oportunidad de conocer como su único y propio dueño.

lunes, 27 de abril de 2026

La flor del conocimiento


Entendí que merecen tal tormento
aquellos pecadores que, carnales,
someten la razón al sentimiento.


(Dante. Canto V. El infierno)


La razón del romero, bien arraigada a la tierra, me sorprendía por su juicio, reciedumbre y espesura. En cambio el sentimiento de un simple insecto volador seguía siendo para mí un ser misterioso que me engatusaba sobremanera, era impulsivo e insinuante, ardiente e inesperado; la presencia del sentir de una abeja, lo mismo me atraía que me descontrolaba. Y en tal alto grado yo estima le tenía al sentimiento, que cada primavera entablábamos una endiablada amistad. Si la razón era el imbatible romeral arraigado a la certeza del suelo contundente, a mí en cambio me gustaba jugar a ser un bello insecto loco y volador, puro sentimiento, una abeja apasionada del azul y del aroma, de la carnalidad de una flor del romeral, en medio del jardín de nuestra acogedora tierra. Razón y sentimiento en pleno duelo.

Y, al contrario que Dante en el infierno, entendí muy pronto que no sería mejor, ni tampoco bueno, que yo, una impúdica abeja, me dejara llevar por la razón, pues de ser así, yo no me comería ni un torrao, y mi sed y mis vuelos jamás se saciarían del balsámico y nectario acento del romero.

Cada vez que yo, desde mi razón quería posar mis transparentes alas y mi hambrienta lengua sobre los arbustos infernales y leñosos del romero, mi inteligencia se nublaba. Y privada me sentía de su miel y de su ambrosía. En cambio, si me dejaba llevar por mi pecaminoso sentimiento, al instante se abrían de par en par las puertas de mi alma pura, y colmaba yo de esta manera mi instinto, mi sed y mis ganas de libar de su amor tan florido y placentero. 

Comprobé pues, al fin, que el camino más directo y eficaz para llegar a la flor del conocimiento no era la cordura de la razón, sino el dulce sentir atolondrado de mi más volátil sentimiento.

viernes, 24 de abril de 2026

Yo no quiero ser poeta


 La mujer adoraba la poesía, se enamoraba de lo último que leía, o tal vez de los rapsodas, sus autores. El marido sospechaba. Y por eso los celos de don Gabriel..., y ese querer demostrar a su joven esposa que él también podía ser poeta.


Y porque la quería, y no quería que se la quitara un vate de pacotilla, don Gabriel se matricula en un Taller de Poesía. Pronto aprende a rimar cabos de palabras, medir dáctilos, distinguir una vaca de un terceto, llamar la atención de una dama, aderezar el ritmo y su acento, seducir al lucero del alba.

Y una semana antes del cumpleaños de su señora, el marido cual sembrador de piedras, escribe letra por letra en una cartulina perfumada de jazmines transgenéricos un poema de regalo. Las palabras se le resisten, no florecen, rebotan en el papel como en un frontón de púas retorcidas. Luego de tres horas de sudar tinta sin acierto, don Gabriel arruga con rabia el papel perfumado y lo tira a la basura.
Yo no quiero ser poeta. ¿De qué sirve regalar cuatro frases mojadas y contrahechas? ¡Misóginos los poetas, impotentes y egoístas, vanidosos que esconden su esterilidad en metáforas pulidas, cazadores de mujeres desprevenidas! Tras los versos no veo nada. Prefiero invitarla a salir, dar un paseo en la noche, ver como la lengua del mar besa la arena dormida y, luego, los dos imitar apretujados el abrazo de la luna en las hojas del naranjo rebosante de azahar.
Y fue cuando al día siguiente fue a hablar con el literato de papel primalight que dirigía el Taller de Literatura:
Señor, desapúnteme, que ya no quiero ser poeta. Yo no pago por mentir a una mujer soñadora. Yo, como aquel otro Gabriel de Hernani, maldigo la poesía. Prefiero enamorar a mi esposa con las cosas de la tierra.

martes, 21 de abril de 2026

De paseo por el cementerio

 


Los pinos que dan acceso al camposanto, grandes y frondosos, forman un espléndido pórtico lleno de frescor y tranquilidad. Los madrugadores que transitan por este paseo, unos caminan, hacen deporte, y otros, como tú, vais simplemente a visitar a vuestros muertos. Todos unidos en vuestra soledad, y la mirada recogida hacia el hondón de vuestro ser más íntimo. Cual esquifes solitarios, os dirigís al piélago de vuestra propia y querida tumba.

Ya en el cementerio, te sorprendes al ver a tu madre. Hace ya varios años que no vienes por estos pagos. Tu pecho se oprime. Se te paraliza el alma y tu corazón palpita sobresaltado a cien por hora. Por un momento sobrecogido quedas por la mirada estéril de su retrato desde el mármol gris e impasible de su lápida. Como ella quería: sin flores, ni jarrones. Mujer inteligente y estoica. El sobresalto te impide rezar por ella. Luego, ya más sereno, te recompones, comprendes y acatas.

La brisa matutina que baja del cerro del castillo acaricia tu cuerpo con olor a perpetuidad. Caminas sonámbulo, fuera de ti, entre epitafios, cruces y mausoleos. Algunos, más afanosos y engreídos que otros, pero todos ellos: fúnebres, fríos, inertes. En silencio, gritas fuerte para que te oigan tus propios oídos taponados por la pavura y el respeto: 
¡Muerte, muerte, / los vivos y los muertos / corremos la misma suerte! 
Por tus ojos humedecidos pasan ahora rostros y semblantes conocidos. De sus nichos marchitados por el olvido se escapan energías vivientes que despiertan el sentido vivo de tu muerte. Vivos y muertos metidos estáis en la misma urna. Por un momento te ves a ti mismo vivo en el mundo de los muertos; y muerto, en el mundo de los vivos. La muerte esta mañana te parece lo más normal de la vida, de sentido común, lo más democrático.

Y además de tus padres y abuelos, te encuentras también con caras vecinas; otras anónimas. Retratos de hombres que recuerdas haber visto en tu infancia, sentados en el sillón de la barbería de tu padre. Recostados hacia atrás frente al espejo de su estampa en pausa, espumadas sus caras con el blanco jabón, bañadas por la suavidad de una brocha de finas cerdas que lamían con fruición los tiesos pelos de las barbas de recios labradores de manos anchas, trabajadores sencillos, comerciantes complacientes, empleados, amigos… Y descubres que estos semejantes, (y empleas a propósito esta palabra), son también, tu yo en sí, que no es entendido sino en la comprensión de los otros

La vida avanza en la confluencia de todas las fuerzas dispersas que desde el nacimiento andan hacia su meta. Y en esta gran marcha, fundidos, sumando grupos sanguíneos idénticos, polos opuestos, caracteres dispares, creencias distintas, camináis todos hacia un mismo horizonte, hacia la unidad universal de la Nada, ese cenit en el que cielo y tierra se confunden en una cosa, en un solo punto. Y sientes tu cuerpo tan íntimamente conjuntado con tu mente en blanco, que llegas a la conclusión que es tu alma la que por tu cuerpo exánime, siente, tiembla y ama.

sábado, 18 de abril de 2026

La belleza del sol a media noche



Son las nueve de la noche. Después de cenar, intento dormir a mis nietos. Se resisten, dan vueltas y vueltas en la cama. La luz de una farola impertinente se cuela por la habitación. Bajo las persianas, corro las cortinas. Me acurruco en medio de ellos. Los noto inquietos, reacios a coger el sueño. Ellos, ¡con tantas ganas de vivir!, a lo mejor relacionan el dormir con perder el alma de sus vidas.

Soy incapaz de retener cualquier cuento tradicional al detalle. Soy corto de retentiva. Mi memoria siempre anduvo escasa. Y más ahora, por culpa del señor GPT, a quien, cuando no me acuerdo de lo que quiero, acudo devoto fidelísimo a su altar clarividente. Envidio a las personas mayores de antes. No tenían Internet. Por ejemplo mi abuelo: se sabía de cabo a rabo el Juan Tenorio de Zorrilla. Órgano que no se usa, -me decía-, se atrofia, o dicho en refrán marinero: Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente. Por eso, cuando ahora pretendo recordar un cuento para dormir a estas dos criaturillas, me siento incapaz. Y he de recurrir a la movediza y difusa inventiva de un cuento sacado de mi angosta y menesterosa mollera.

Y en tono, entre misterioso, solemne y engolado les cuento un cuento sacado de mi caletre. Veo a los pequeños, más pendientes de la tonalidad misteriosa y encumbrada de mi voz, que de la hilarante lógica de una torpe narración sin sentido. Mis nietos, dos gotas de rocío, en medio de la noche clara, escuchan mis palabras con sus cuatro ojos como platos.
Había una vez un niño que quiso llegar al sol. Cada vez que se lo proponía, se veía obligado a abandonar su propósito. A pesar de las piruetas que hacía con las alas, que le había prestado su amigo Peter Pan, nunca podía llegar el sol. La belleza del astro rey le quemaba tanto...

jueves, 16 de abril de 2026

Huellas



50 aniversario de la huelga de la construcción. Murcia. 1976


Huellas sin rostros me dicen, amigo,
nadie mañana hablará de nosotros
.
Quiebro con fuerza urgente este olvido.
Loa sin nombres a obreros gloriosos.

Quiero que sepa el mundo dormido
que su conciencia y el pan de sus hijos
fue ayer la lucha, la huelga y el alma.
Quieren poner su rocío al alba.

Puños en ristre, redondas y calles,
todos unidos, en justo combate.
bridas pusisteis al gran capital,
huellas que no olvidaremos jamás.


lunes, 13 de abril de 2026

Estatua de amor y mármol


 
Si yo te preguntara de qué te arrepientes, me contestarías: de agachar la mirada cuando con algún conocido de improvisto me encuentro. ¿Por qué esa manía tuya de no querer ser visto, pasar desapercibido por personas por ti ya conocidas? Cuando te diriges por ejemplo a un sitio habitual, siempre lo haces por calles distintas, para evitar así cruzarte con quienes por allí acostumbran pasar a menudo. Todo lo repetido, cualquier cara o cosa, nada más ser descubierta, por muy bella y gozosa que sea, enseguida te resulta tediosa y aburrida. Es más, al instante, por repetida e iterativa, la sientes odiosa. En cambio, esta misma persona, si por ti fuera observada a través de la intermediación de cualquier espejo, material transportador y lúcido, tal vez no sentirías rechazo alguno por ella. Ver sin ser visto. ¿Timidez, fetichismo, demencia o cobardía?

Será por eso que esquivas tu mirada. Endureces tus ojos de manera estúpida, hasta el punto de mirarme ahora con desgana. Y lo único que consigues con este mirar disuasorio, es que tú mismo me miras como a un animal huidizo y sin alma. Para volver a mirar con mirada clara, tal vez necesitemos nacer de nuevo, dejar de mirarnos, o mirarnos de otra manera. ¿Por qué ayer, nada más verme, te seduje tanto, y hoy ya no te resulto tan atractiva, y procuras escaparte de mis ojos?

Últimamente, poco a poco, notas que la manera del proceder de tus sentimientos está cambiando de raíz, de forma extraña. Sientes más aprecio y te identificas más con tus contactos virtuales (vía internet, redes sociales, plataformas), que con la presencia presencial y física de la persona con la que quieres estar. Ya nada es como antes. Andas como quien se hunde por tierras movedizas. Nada es consistente. Tiempos vertiginosos. Intentas cohesionar lo que sucede hoy con lo que sucederá mañana, y todo un mundo de locuras y despropósitos te cae encima como losa de camposanto.

Y te preguntas: ¿si no será este modo mediador y extracorpóreo en el que te ves abocado, la manera más común de amarse la humanidad en el futuro? Los medios virtuales están troquelando, no sólo nuestros hábitos de comportamiento, sino también el modo de ser de nuestro corazón, de nuestra propia conciencia. Y esta manera normalizada de llegar a sentir la amistad, las cosas, el amor... tal como ahora mismo lo hacemos, vis a vis, cara a cara, cuerpo a cuerpo, ¿acaso mañana no será - te preguntas-, un proceder raro, y hasta contra natura? El instinto básico de nuestra comunicación más profunda y gozosa, hoy se basa en nuestra unión física. Por medio de nuestro contacto corporal llegamos a lo más profundo de nuestro ser y entendimiento.

Pero puede que mañana no resulte ser así. A los enamorados sólo les bastará ver sus caras en una mera imitación o copia, para sentir su amor, los dos fundidos, en un sólo mineral de mármol cristalizado.

jueves, 9 de abril de 2026

Rumbo a Caronte





Mi querido amigo terrícola:

Estoy aquí en la Luna, pero por poco tiempo. Como sabrás soy natural del Planeta Nueve. Te recuerdo que entablamos amistad, allá en un camping de tu país donde mis padres decidieron pasar aquel año nuestras vacaciones en tu apreciada Tierra. Disfrutar de tu grata compañía, rodeado de aquel bello paisaje en medio de una vega fértil, abrazada por un río de aguas alibles y sedosas, fue para mí una experiencia inolvidable.

En este momento embuchado estoy en esta cápsula espacial, a la espera de que el transbordador Orión con sus propulsores de alta sensibilidad y detectores infrarrojos me catapulte rumbo a Caronte, el más alejado satélite del planeta Plutón. Sólo deseo que el legendario barquero del Olimpo consiga transportarme con éxito a la que por ahora ha venido a ser: la nueva estrella de mis sueños: Caronte. Te escribo a punto de despegar. A tu planeta tengo decidido no volver jamás. Hasta que la corrección de vuestra trayectoria no esté libre de virajes engañosos y limpia de abscisas con ejes imprecisos no me verás el pelo. Hasta que no reforméis vuestra constitución y, allá en su artículo 14, donde afirmáis que todos los terrícolas son iguales ante la ley, añadáis que el espacio del universo es patrimonio universal de todos los seres que habitan en él, no pienso ir a visitarte. Lo siento en el alma: mis padres, mis abuelos, casi toda mi familia, la mayoría de mis mejores amigos sois oriundos de vuestro planeta azul, en el que tuve la suerte de pasar los mejores días de mi infancia. Me resulta muy penoso prescindir de tu amistad física, pero, ¡qué le vamos hacer! Uno tiene sus principios.

Hace más de cinco meses que llegué a Selene, vuestro endiosado satélite. Te aconsejo que no se te ocurra embarcarte para acá. En todo nuestro sistema solar no hay un satélite más aburrido e inhóspito que este desplumado cascarón. Aquí todo está muerto. Tan sólo dos o tres veces me encontré con un par de alienígenas dando saltos como pingüinos embozados a la captura de insignificantes piedrecitas lunares. Me dijeron que pensaban montar en la Tierra un taller de alta orfebrería lunar, uno de esos interplanetarios shops de minerales terapéuticos. Me dijeron que estas piedras lunares se pagan muy bien por su gran poder contra irradiaciones, la gripe de Venus, dolores de cabeza, que había quienes con ellas se libraban de la contaminación cósmica, la lluvia ácida, la colisión de meteoritos. ¡Todo puro cuento! Hasta me hablaron de sus eficaces propiedades termales. Su ruindad comercial, sus inoportunos chistes contra los marcianos, así como su huera palabrería pronto dio al traste con nuestra débil relación. Estoy cansado de la Luna. Caronte es pues mi siguiente puerto astral, mi nueva hoja de ruta.

La Luna por la que en otro tiempo suspiré, se me rompió en mil pedazos. Aquella pecera, cristalina y reluciente, muy pronto desapareció ante mis tristes ojos. Estoy cansado de llevar este insoportable traje metalizado, cansado de luchar contra la ingravidez, los músculos siempre en tensión, como si se me fuera el cuerpo, y este sujetar a todas horas, como a perro rabioso mi propia masa, es demasiado. Estoy cansado de llevar esta papelera encasquillada como galería empotrada en mi cabeza, me produce costras, urticarias, tortícolis. Estoy cansado de tanta bruma pegajosa. Las cosas más comunes, beber agua, defecar, lavarme los dientes, se me hacen enredosas, complicadas. No, no te rías, si algún día nos vemos, te prometo contarte como me las arreglo para orinar y no mearme encima. ¡Ay, lo que añoro los días de aquel verano que pasamos juntos nadando, pescando, retozando bajo las refrescantes sombras de los chopos de aquel vuestro río de aguas dulces y peces de colores! ¡Todo aquí en la Luna es tan aburrido! Un día se me ocurrió acercarme a la estación permanente que los americanos tienen a los pies del monte Gagarin, para abastecerme de víveres y esterilizar mi indumentaria usada. Lo que debió ser un aliciente, una novedad, se convirtió en un fastidio. No me cayeron bien sus regidores. Su prepotencia, su marcialidad, sus distintivos patrios y excluyentes, su loca manía de enviar a la Tierra enormes sacas de polvo lunar... Me dijeron que con dicha arena querían construir una monumental pirámide en los jardines del Capitolio, para que el mundo entero supiera que el Águila Americana era la dueña en exclusiva de este satélite inhóspito. Por cierto la bandera de latón que en 1969 Armstrong clavó en la base de la Tranquilidad ha desaparecido. A raíz de este simple incidente el Pentágono ha creado el Comando Preventivo del Espacio, un órgano represor que en estos momentos merodea cráteres y acantilados en busca de supuestos terroristas, a los que entre otros cargos, además de la sustracción del emblema nacional, se les acusa de desarrollar armas de destrucción masiva. De paso que sepas, mi querido amigo, que en la zona oeste de la Luna, en el Océano de Las Tormentas, (Oceanus Procellarum), los americanos están construyendo una cárcel de máxima seguridad para evadir el control del derecho sideral, una cosa parecida a lo que ya en su tiempo hicieron los yanquis en tu Tierra querida, en la bahía de Guantánamo.

Para que te hagas una idea de cómo me entró esta locura de venirme para la Luna, te cuento. Estábamos toda mi familia pasando unos días de Semana Santa en la Fuente del Caño, en una casa alquilada, en los aledaños de una frondosa sierra poblada de pincarrascos, zarzamoras y espinares. No me acuerdo de casi nada, de aquellas noches al fresco de veladas alegres, tampoco de los embriagadores olores a resina, espliego y mejorana que bajaban del monte, ni de los madrigales que a dúo cantaban veraneantes amorosos. Me olvidé por completo del silbar de las chicharras en el tórrido mediodía, del croar de las ranas en los remansos de la acequia, del negrear de la uva, del refrescante beber del botijo a la sombra de aquel sicómoro de sabrosos higos toreros, del rojo embriagado del atardecer de agosto. La obsesión por la luna llenó de tal modo mi cabeza que ya no quedó sitio neuronal para otro recuerdo. Nunca olvidaré cuando, en medio de una de aquellas gozosas anochecidas mi padre me dijo: Vamos, hijo, cierra los ojos. Me dio la mano, y juntos fuimos por el sendero que bordea la pared de los elegantes álamos que venían del cauce... Una vez que llegamos a la mota donde la fuente dejaba resbalar dulce el agua, sin soltar ni un momento su protectora mano, añadió: Ya puedes abrirlos. Tan sólo tendría yo por entonces tres años. En aquellos días, todo lo que ante mis ojos amanecía era creación pura, arte natural, estreno placentero, descubrimiento y magia, fascinación y sorpresa. Lo que mi padre aquella noche me mostró excedió sobre cualquier otro misterio revelado. Y de pronto, la Luna como una era de paja recién trillada se me mostró generosa, llena de misterios, bella y hermosa, fresca, blanca, reluciente, más seductora y atractiva que cualquier otra maravilla del espacio cósmico. La Luna me engatusó para siempre. Desde aquella noche siempre soñé con venir a la Luna. Trabajé, vendí mi primogenitura, empeñé mi herencia, cambié todos mis bienes, enajené mis fincas, hasta de la memoria me desprendí, todo lo di por la Luna. Si yo no fuese hijo de mi padre ahora mismo le arrebataría a Aquiles su furia contra el dios Apolo y con sus mismas palabras tomadas de la Ilíada le diría bien alto: Tu me has engañado, tu el más funesto de los dioses, yo te castigaría si tuviera poder para ello. Perdona mi enfado, querido amigo, y que me perdone también mi padre, pero es tan doloroso mi desengaño...

Fue entonces cuando me puse en contacto con una inmobiliaria de origen americano que había abierto justo en la misma calle donde yo trabajaba como consultor informático. Se venden parcelas en la Luna, leí en uno de sus rótulos luminosos. En realidad se trataba de la firma Lunar Paradisi, cuya principal actividad consistía en vender terrenos de estrellas deshabitadas a precios asequibles a mi bolsillo. Y allí, la chica que me atendía, me dijo que su empresa había adquirido como propiedad la Luna. Yo extrañado le pregunté si las Naciones Unidas del Universo permitirían semejante enajenación. De eso se trata, -me dijo amablemente la señorita con su voz celeste-, según la disposición transitoria número cinco-seis-ocho-siete de dicha internacional, ningún estado puede apropiarse de satélite o estrella alguna, lo que no quiere decir que ningún particular pueda hacerlo, de hecho mi principal jefe de Connecticut, un tal Jaques Boosh, consiguió del Alto Tribunal Sideral que se le adjudicara como propiedad la Luna. Luego la registró legalmente a su nombre, y le puedo asegurar que, si usted compra cualquier parcela lunar, su transacción queda totalmente asegurada tanto a nivel jurídico, comercial, constitucional, como espacial y administrativo... Luego la empleada me enseñó un amplio plano ricamente detallado en papel cuché. Hice mi pago en efectivo, recibí una escritura de propiedad que me acreditaba como dueño indiscutible, así como un pequeño mapa con sus coordenadas exactas. Y me embarqué todo ilusionado a la Luna de mis sueños. Elegí este pedacito de Luna del que en estos momentos me dispongo a alejarme para siempre.

Muy pronto constaté que esta Luna con que la que yo de niño soñé, mi querido amigo, no era la Luna que en una cálida noche de San Lorenzo, en medio de una extraordinaria lluvia de estrellas, mi padre me mostró para mi feliz encantamiento. Y yo que esperaba que la Luna con sus alas de plata agitaría de placer mi corazón anhelante, me siento completamente desilusionado, cansado, frío y solitario. Yo vine a la Luna, tú bien lo sabes, amigo, porque en el fondo, a mí lo que me faltaba, era encontrar el amor de mi vida..., pero aquí sólo encontré cráteres apagados, montañas estériles, arena muerta.

Te escribo sentado en la misma puerta de este pequeño módulo espacial. Frente a mí se extiende hierático el vasto mundo de un universo oscuro, no sé qué es lo que habrá allá al otro lado, pero cada mar tiene su orilla. Tengo que dejarte. El lunamóvil acaba de llegar. Salgo para Caronte. Te mantendré informado. Adiós, mi querido terrícola.


Post Data: Toma nota de mi nuevo correo electrónco. He cambiado de servidor. Estoy hasta los mismísimos de SeleneServer. Mi nuevo correo es Caronte@panta.rei.



lunes, 6 de abril de 2026

Neuronas descerebradas



Esta mañana leo El encaje roto, cuento de Emilia Pardo Bazán. Y esa idea de la importancia que la más irrelevante cosa, (el casual desgarrón del vestido de novia de Micaelita), tiene en el desarrollo de los grandes acontecimientos me saca de quicio.

Fue la cosa más tonta… De puro tonta no quise decirla; la gente siempre atribuye los sucesos a causas profundas y trascendentales, sin reparar en que a veces nuestro destino lo fijan las niñerías, las «pequeñeces» más pequeñas...
¿Cómo es es posible que una simple neurona desencaminada y rota en la cabeza de un idiota pueda acabar con un pueblo? Con lo fácil que hubiera sido cauterizar antes, sin daño colateral alguno, tan diminuta célula descarriada y loca. Pero por desgracia ya es tarde. 
¿Quién salvará a este chiquillo 
 menor que un grano de avena? 
¿De dónde saldrá el martillo 
verdugo de esta cadena?   
(El niño yuntero. Miguel Hernández)

 

sábado, 4 de abril de 2026

Sábado de gloria



Deberíamos agradecer a los dioses que a los humanos no se nos concediera como a ellos la gracia de la inmortalidad. Precisamente gracias a esta no-facultad-virtual podemos disfrutar de cada momento con esa intensidad y frescura que sólo el instante nos proporciona. Si fuésemos eternos, privados seríamos del tan divino don del ahora. El aburrimiento, por ser repetidamente conocido, sería nuestro tedioso hábitat; y nosotros, incapaces de gozarnos con su prístino deleite.

Y al hilo de este herético pensamiento, una amiga hoy me habla de la oquedad y del resquebrajamiento de las palabras conforme pasa el tiempo diluyéndonos. Y para su consuelo o el mío añade: Y este nuestro pasar nos da la oportunidad de aprender a ser, a vivir de otra manera. ¡Vivamos pues este divino instante! El momento es lo más parecido a la eternidad. Dice Boecio en su Consolatio philosophiae: El ahora que pasa hace el tiempo; mientras que el ahora estable, el ahora que permanece, hace la eternidad.

En este sábado de Gloria inmerso estoy en un mar de dudas. Pasa el tiempo, ¿o somos nosotros más bien los que pasamos atormentados debido al tiempo que corre a la desbandada? Sea lo que sea, esta mañana, el rojo pasión amanecido de una pequeña flor en la maceta de mi terraza me ha sorprendido con su resurrección gloriosa.

jueves, 2 de abril de 2026

La cara oculta de la Luna



Estoy a las faldas del monte Haemus, en la misma orilla del mar de la Serenidad. Mi asesor turístico me recomendó esta bahía de la Luna como lo mejorcito para pasar unos días alejado de las habituales fatalidades del planeta. Un enorme desierto de arena negra tiñe de ceniza todo lo que mis ojos alcanzan. 


Elegí la parte oculta de este satélite por su exotismo. Pero esto no es lo que yo creía. Nada de esa claridad lunar prometida, ni músicas estelares. Aquí el único canto cósmico que oigo es el monótono ronroneo de la niebla que todo lo inunda. Aquí no hay peces ni gorriones. Todo es gris y borroso. 

Vine confiado en que por fin aquí encontraría el oasis soñado, que fliparía con la lluvia de estrellas, con los besos de las sirenas del espacio, las auroras boreales... Y sólo veo una gran depresión tosca y rocosa. ¡Echo tanto de menos, el aire, el agua, una ducha...! 

Antes de venir, cautivado por las bellezas que pensaba encontrar acá, dejé escrito que me incineraran en el mar de la Fecundidad, al sureste de la Luna, donde los vulcanólogos dicen que se encuentran los mayores yacimientos de pirita, la fuente del fuego planetario, donde poetas y novios tienen contratadas sus tumbas millonarias. Pues bien me retracto, mi última voluntad es que me entierren junto aquella plantación de alcachofas que dejé allí en la Tierra. 

Aquí no silban las chicharras, no oigo el croar de las ranas en los remansos de la acequia, no alegra mis ojos el negrear de la uva. Esta no es la Luna con la que soñé. Esta Luna no tiene alas, no mueve mareas, no levanta pasiones, no hace crecer al sembrado, ni tampoco su gélido destello inexistente saca brillo a los tomates ni a las berenjenas. 

Yo vine a la Luna para saciarme de sus senos de plata, para ver la hoguera encendida de mis deseos cumplidos, pero aquí nunca llueve, no crecen acelgas ni espinacas. Estoy deseando volver a la tierra y tomarme allá con vosotros un café con anís en el bar de la esquina.

miércoles, 1 de abril de 2026

Color de semana santa



El color, la luz, es la sustancia de la vida. Y así decimos, que cuando las cosas pierden su color, es que se están muriendo.

Son las ocho y media de un sábado de abril, vísperas de Semana Santa. Intento dormir a mis hijos con un cuento:
Érase una vez un país donde corrían tiempos de color y primavera. Todos los sueños tenidos en los confines de este prodigioso lugar se cumplían al momento. Bastaba con que cualquiera de sus habitantes tuviera un sueño para que al instante deseo y realidad, como la claridad y el día, fuesen una misma cosa. Si alguien soñaba con el agua, de repente una fuente cristalina nacía bajo sus pies, saciaba su sed, llenaba el cauce de los ríos, lubrificaba la piel de las ranas, alimentaba los peces y las plantas, movía ruedas de molino y pintaba de verde la campiña. Si alguien soñaba con el aire, al instante una gran bocanada de azul transparente limpiaba sus pulmones, daba alas a los pájaros, izaba cometas y birlochas, conducía por rutas de corales a veleros de surco abierto, transmitía músicas, polinizaba el huerto y llenaba con forma de caballo alado el globo de aquel niño de la placeta. Si alguien soñaba con el fuego, al momento el frío, las escarchas y el invierno, el temor y las culebras, despavoridos todos, con el rabo entre las patas, se alejaban tras el cerro de los riscos, los quebrantos. Si alguien soñaba con el barro, con la arena, por sorpresa, de su vientre brotaba el trigo, los tomates, la canela, los hijos y las horas, el hogar y la bahía.

Hasta que llegó el fatídico día en que un sueño rebelde se negó a ser estrella. Y fue entonces que la tierra dejó de dar vueltas alrededor del sol. Quien esto os cuenta, hijos míos, bien sabe lo que dice. Vuestro padre es ahora un asteroides inerte y apagado, en medio de la noche, sin rumbo y calcinado.
Abril, 1981. El color de los días.