lunes, 31 de agosto de 2026

La acequia



Para que se fuera haciendo a la idea, y no la cogiera la muerte de sopetón, le comenté yo engreído a mi madre, ya muy entrada en años:
Más temprano que tarde todos nos vamos yendo...
Y ella me dijo, como la acequia le dice al agua, que se pierde entre las cañas desmemoriadas:
El miedo, hijo, siempre va conmigo. Y lo mismo que el gato lleva el rabo entre las patas, no pasa un día, nublado o raso, que yo no me acuerde de la muerte.
Y para quedar bien o pedir perdón por mi osadía, le referí yo a mi madre, si cabe aún más petulante que antes, lo que dijera aquel poeta de salud escasa:
Tratemos, madre, bien a la muerte para que cuando llegue el día, a su vez ella nos dispense un buen trato.
Han pasado varios lustros de aquello, y cuando en esta tarde veo nadar a los patos por la acequia, algo mío veo que se fue también con ella: el murmullo de sus besos, el canto de la corriente, el agua de sus ojos tiernos. Mientra, yo sigo buscando su rastro.

martes, 25 de agosto de 2026

La sura del relámpago



Tu cerrazón te nubla el alma. Contra mi amor no hay Corán que valga. Te arrodillas ante una aleya, y altivo lanzas una granada en el atrio de cualquier embajada. Renuncias a mi abrazo en favor de tu maldita yihad. ¡Si al menos no hubieras sembrado en mi vientre lo que cobarde no te atreves a recoger! No eres trigo limpio, eres un maldito sarraceno, ¿No te das cuenta que tus creencias no pesan más que un grano de arena? ¡Cuando te emborrachas de doctrina dejas de ser un hombre! (Helen).

Los ojos de Helen, encendidos, cortantes como el viento, arrastraron su furia a lo largo del cuerpo impasible de su compañero. Gibrail no sintió como su mirada le apuñalaba el rostro. El látigo de sus palabras no consiguieron quebrantar su fe. Gibrail nada respondió. Entornó místicamente sus predestinados ojos y se puso a recitar con voz desafiante la sura del relámpago: El fin de los infieles será el fuego.

Helen, al comprobar su endiablada locura, giró brusca sobre sus pies desengañados, y sin agregar nada más, abandonó para siempre a Gibrail.

Podría olvidar el móvil, las llaves, perder el monedero, dejarse parte de la compra en el supermercado, pero Helen nunca dejaría su mochila olvidada en ninguna parte. Por esa obsesión suya de no separarse nunca de su apreciado macuto, todos pensaréis que la chica llevaba en él algo imprescindible, importante. Pues no, -le dijo la primera vez que Gibrail bromeó acerca de su inútil despropósito de ir siempre cargada con su macuto vacío-, lo llevo para meter en él lo que voy buscando. Más me interesa guardar lo que me falta, que lo que tengo. Cuando me veas, Gibrail, liviana, sin mi mochila a la espalda, sabrás que por fin encontré lo que buscaba.

Ahora es Gibrail el que sigue contando esta historia.

Ningún ácido podrá borrar el ensalmo que me produjo la primera vez que vi a Helen, salvo el santo temor de Alá, el compasivo, el misericordioso, que yo yo por entonces tenía. Me senté en el asiento exterior, el que daba al pasillo. En el otro, en el de la ventanilla, no había nadie. Eran las siete de la mañana. Me dirigía a rezar a la mezquita. ¿Está libre? -me dijo, todavía jadeando por la carrera que se había dado para no perder el autobús. Sin responder me levanté para dejarla pasar. En ese momento el chófer maniobraba para salir del andén. La muchacha llevaba su macuto inconfundible de tela verde. Mientras lo colocaba en el maletero superior del asiento tuvo que apoyar sin querer una de sus manos en mi hombro para no perder el equilibrio. Recuerdo el olor a nardos que se escapó por la abertura de su blusa al querer apartar su pecho para que no chocara contra mi cara.

Este encuentro en el autobús se repitió varias veces, hasta que le regalé aquel osito de trapo que ella gustosa cosió al bolsillo exterior de su macuto. Desde entonces Helen se vino a vivir conmigo. Luego nos separamos. Ella pensó que yo había tenido algo que ver con la explosión de un coche bomba en la embajada de Estados Unidos en Nairobi.

Han pasado cinco años de aquello. Desde entonces no había sabido nada de Helen. Pero ayer, entre los hierros retorcidos del atentado de la estación de Atocha, vi tirado en el suelo su macuto (inconfundible) de tela verde, lo reconocí por aquel osito que yo le regalé aquel día en que nos fuimos a vivir juntos. Me acordé de sus palabras, cuando me veas, Gibrail, liviana, sin mi mochila a la espalda, sabrás que por fin encontré lo que buscaba. Luego, en el periódico, reconocí la foto de su cara entre los desaparecidos.

Acorralado por la policía estoy en una vivienda de Leganés. Me dispongo en este momento a activar el cinturón bomba que llevo adosado a mi cuerpo. Cuando encontréis mi cuerpo destrozado por los efectos de la metralla... no recéis por Gibrail, el mártir de Alá, llorad más bien por Helen, asesinada por mi fanatismo.

martes, 18 de agosto de 2026

Contando muertos


Llevo un tiempo recontando muertos. Recuerdo que un día, en sus últimos meses de vida, le dije a mi madre que estuviera bien atenta para que no se enredara con sus parientes vivos y sus parientes muertos. Y es que aquella mañana vino a visitarla su hermana Josefa, y así de sopetón le dijo mi madre: Pero, hermana, ¿tú no te habías muerto ya la semana pasada? Mi tía se quedó tiesa como un palo. Tiesa y ofendida, como si las palabras de mi madre, puñal en el corazón hendido de mi tía Josefa, la mataran en aquel mismo instante.

Y ese consejo que yo un día diera a mi madre, que contara bien a sus muertos para evitar equivocaciones, hoy para mí no tengo. De un tiempo a esta parte, veo morir a vecinos míos, ¡más de la cuenta, tantos!, que no doy a basto para distinguirlos y memorizarlos a todos. Y a tal efecto, para no confundirme como mi madre entonces, he habilitado en el cuarto más grande de mi casa un memorándum en una de sus paredes. Allí voy poniendo en un recuadro los nombres de todas aquellas personas que se me van adelantando en ese mi particular viaje postrero que el destino me tiene preparado. Allí reposan el Sebo, el Cachisporra, el Capidengue, mi primo el Pintao, el Rompestaca...

Hace un mes, por ejemplo, puse la esquela del Parreño. Todos los atardeceres su hija aún acude sin falta a la casa de su padre muerto, con el solo propósito de dar de comer al gato que todavía vive, y que fue mascota y compañía, durante muchos años, de su querido papá. Son tantos los muertos que llevo empapelados en esta habitación, que casi ya no me queda espacio para encuadrarlos a todos.

Hoy mismo, por ejemplo, al querer entrar en la calle donde vivo, me encuentro con una cinta de esas que pone la policía para acordonar una zona de peligro. Me cortan el paso, ¡el paso a mi propia casa en la que vivo! Y me he sentido ofendido, como se sintió un día mi tía Josefa por las palabras que mi madre le dijera. Le pregunto al guardia, y me dice que, más abajo, un fuerte olor a muerto es el motivo. No respeto la cinta, y corro deprisa hacia mi casa, no vaya a ser que el muerto sea yo mismo. Por supuesto, no se trata de mí, sino del Panrollo, ese hombre enjuto que educadamente siempre me saludaba cada vez que me cruzaba con él, montado en su bicicleta camino de no sé dónde. Vivía solo. Al parecer llevaba muerto ya unos días.

Por fin consigo llegar a casa. Subo a la habitación a colocar la reseña y los datos de este último finado de los muchos que llevo ya anotados, y descubro que, tras la inscripción del Panrollo, sólo me queda un recuadro en la pared.

Es por eso, que que a partir de hoy decido no seguir contando más muertos. Al menos deberé respetar ese espacio último para mí. Así que desde aquí mismo hago el siguiente suplicatorio a mis queridos convecinos que me quedan: A partir de este momento, queda prohibido morirse nadie, al menos hasta que yo no lo haga.


lunes, 10 de agosto de 2026

Flor cadáver



Sólo me queda rezar; pero la razón no me deja. Cuando creía, me sobraba la fe, y ahora que soy escéptico ¡cuánto la echo de menos! Y así no hay manera de quitarme este dolor de encima. Vivo en compañía de cuatro gallinas, un nogal, un gato y un perro: las pocas creencias que conservo.

Salgo a dar una vuelta por los alrededores, por ver si los naranjos en flor de la acera, los rosales salpicados de pujantes brotes, el amarillo de los vinagrillos a los pies de una mota junto a la acequia... por ver si la brisa de la tarde.... me quitara esta pena que llevo dentro un montón de días. Me acompañan el gato y el perro. Quiero poner nombre a mi pena, para que mi confusión acabe de una vez. No hay mayor angustia que aquella que desconocemos. No logro saber su origen, ni su por qué, tampoco consigo ponerle cara. ¡Si al menos lograra localizarla, saber cómo se llama, a qué huele, de qué mal se alimenta ..., podría abordar esta pena, tocarla y tratar de curarla, librarme de su herida! Pero la muy ladina y terca se esconde, ha puesto en su rostro un tablacho que no deja que mis ojos de agua la reconozcan y reconduzca su adolorido caudal allá donde ella pueda restablecerse.

El gato y el perro, sabios y compasivos, nada más verme salir de casa, los dos se me han unido en mi escapada, queriendo consolar mi tristeza. Llorar juntos rebaja las penas. Mal de muchos, consuelo de... Los tres, atontolinados, paseamos juntos entre verjas ensortijadas de madreselvas, geranios que asoman su rubor por recatadas y humildes celosías. Me detengo y agacho para arrancar la mata de una osada corregüela que quiere estrangular con sus hilos y trompetas una pequeña palmera, recién nacida libre a la vera del camino. Por cierto, esta mala hierba echa unas flores preciosas; campanitas veteadas, unas; sonrojadas, otras. Los dos animales, creyendo ambos que voy a perecer de un mal paso, se apretujan contra mí: el gato desliza suave el rabo por los tristes tobillos de mis pies atribulados; y el perro lame con su lengua caritativa mis desconsoladas manos sudorosas.

De vuelta, entro en la casa. Lo animales: de nuevo a lo suyo, merodean felices entre el atardecer y el ocaso. Yo me hago un café para retrasar un poco más los malos sueños de la noche. Y en el poso de la taza se me antoja ver una flor tan esbelta y cruel, como aquella que allá en Varsovia, llaman flor cadáver. Y me pregunto: ¿Cómo, de flores tan hermosas, pueden emanar olores tan nauseabundos con intenciones tan perversas?

jueves, 6 de agosto de 2026

Llanto reprimido




Junio. 1989

Anoche mismo, estando viendo al grupo de teatro La Cubana en el auditorio de Molina de Segura, me entero de la muerte de Pepe Ros. Esta mañana llamo a Maricarmen Lorente y juntos nos desplazamos a Cartagena. El entierro es a las once. Llegamos a Santa Florentina. La misa ya había empezado. Telesforo, Pepe Lafuente y Luís Capilla presidían la ceremonia. Baste recordar que Pepe Ros fue uno de los pioneros de la organización del movimiento obrero en Cartagena. Su ámbito de presencia, movilización y compromiso, (entre otros: el ciudadano, el apostólico, -HOAC-, el político…), fue el mundo de los trabajadores de la construcción, los albañiles. Participó en la creación del P'alante, periódico clandestino cuyo fin era avivar la conciencia obrera y contribuir al derrocamiento de la cruel dictadura de Franco. Animador, líder, militante, entusiasta y combativo fueron las principales características que observé en muchas de las ocasiones que coincidí con él en asuntos relacionados con la lucha política y sindical. Sus aportaciones siempre se caracterizaban por su firmeza. Su vinculación directa con las masas, (según la terminología de la época), le conferían autenticidad. Persuadía por su sensibilidad y espíritu de clase. Transmitía seguridad. Todo ello, junto con su espontáneo humor y camaradería, configuraba su personalidad claramente definida.

Me ha impactado su inesperada muerte, el misterio y el simbolismo de su vida, su cuerpo desplomado en los asientos del coche con las llaves en la mano, desaparecido... El forense dice que la causa de su muerte ha sido un infarto. Buscaba con pasión, -comenta un amigo suyo-, un rincón siempre negado de felicidad terrena para los últimos. Se entregó a la defensa y promoción de los pobres. Y es ahora, cuando Pepe ya no está entre nosotros, que entiendo que forma parte de esa especie de hombres vitales, geniales, contradictorios que hay que quererlos primero para poder comprenderlos. Con Pepe se nos ha marchado un buen trozo de la historia y de la visión del Movimiento Obrero de Cartagena.

Una de las últimas veces que estuve con Pepe Ros fue a las puertas del ayuntamiento de Cartagena. Me parece que por aquel entonces él era concejal socialista de esta Ciudad Departamental. Recuerdo que yo participaba con otros camaradas en una manifestación anti-OTAN. Nuestro saludo fue un abrazo fuerte. Noté que, sin mediar palabra, Pepe Ros se soltó de mí y siguió hacia adelante con lágrimas en los ojos. Hoy en su entierro no hago sino preguntarme por el por qué de aquel llanto reprimido.

sábado, 1 de agosto de 2026

No esté usted triste


El principito apareció en la Tierra, y después desapareció... Si entonces un niño viene hacia ustedes, si ríe, si tiene cabellos de oro, si no responde cuando se le interroga, adivinarán que es él. Entonces, ¡sean gentiles! No me dejen así tan triste: escríbanme rápido que él ha vuelto…
Cumpliendo con el deseo que el autor del Principito hace a sus lectores en el último párrafo de su libro, se me ocurrió de inmediato escribirle la siguiente nota:
Señor Antoine de Saint-Exupéry, no esté usted triste, alégrese. Yo he visto a su pequeño Príncipe precisamente ahora mismo. He levantado mis ojos y lo he visto allá en lo alto, sonriéndome como un dulce rebaño de cascabeles entre las estrellas alegres del cielo. Llevaba un fanal en su mano. Y parecía el fanal la misma mirada de una flor encendida. A su lado estaba también el cordero. El cordero no tenía bozal ni estaba atado. Estaba suelto y llevaba la soga rodeada al cuello como quien adorna su garganta con campanitas de plata tañendo libre al viento. Para su tranquilidad le digo pues, señor de Exupéry, que no sufra: el cordero no se ha comido la flor; al contrario, tanto su Principito como la flor y el cordero jugaban a la comba con las estrellas en el firmamento, un mundo sin vallado ni fronteras.

Nota: Texto escrito el mismo día en que desde Marruecos entraron a Ceuta más de cincuenta mil inmigrantes.

 

lunes, 27 de julio de 2026

Un cordón de hormigas


Esta mañana caminas monte arriba. Quieres adentrarte en el oro maíz de la sierra de La cresta el gallo. Siempre que sales a caminar, te ciñes a un mismo ritmo, un compás de cuatro por cuatro que marcas en tu interior de manera sincronizada: ¡Un, dos, tres, cuatro! ¡Un, dos...! La tierra polvorosa salpica tus pies sudorosos, los rodea de reflejos, pequeñas nubes de polvo translúcido y ceniciento. La cuesta empinada posiciona tu cuerpo en paralelo al terreno que pisas, en sudorosa e inclinada adoración reverente. El silencio de tu ascenso, atento sólo a tus pasos, trae a tu memoria otros caminos. Ninguno de ellos supuso un triunfo definitivo. Todos quedaron en pura tentativa. Y no porque no fuese fructífera tu andadura, sino por el hecho de que caminar es un ejercicio de desasimiento, dejar atrás parte de ti, un proceso siempre en marcha, nunca un logro, nunca una meta, a no ser que la meta sea el mismo camino. Andar, andar, atravesar, pasar.

A lo largo de tu vida viajaste por muchos senderos, callejeaste pueblos, atravesaste mares, campos y vericuetos; pero tienes la impresión de no haber culminado nunca nada. Te prepararon para ser pastor de almas, y ejerciste de revolucionario y sindicalista; estudiaste para maestro, y trabajaste de peón; optaste por ser célibe, y tienes mujer y dos hijos. Y aún a pesar de estas, (sólo aparentes), contradicciones, crees que nada es distinto porque la opción fue la misma: no engañarte a ti mismo. Experiencias todas que a pesar de la renuncia que comportaban, enriquecían tu conciencia.

Todos los caminos se reducen a caminar. Ens et unum convertuntur. De ahí su parecido. ¿Acaso la esencia del camino es otra? ¿Acaso puede ser otra la canción (Ami la vie est belle), que ahora se te escapa a pleno pulmón, nada más ver y embeberte el azul y el verde que crece y se derrama exultante desde la Fuensanta hasta más allá de Monteagudo?

Haz lo que haces, y hazlo bien. No pretendas otra cosa, pues como decía Cavafis: No hallarás otra tierra ni otro mar. / La ciudad irá en ti siempre. Volverás / a las mismas calles. Hay lugares por los que pasas y te suenan a otros que ya recorriste hace tiempo. No es que tu camino no sea el que has elegido, es que cualquier camino que tomes te parecerá equivocado, porque mientras caminas no haces otra cosa que caminar. Aquí viene bien decir que todos los caminos llevan a Roma. O como dijo el maestro a su discípulo: el camino está en la casa y en la casa está el camino.

Después de la larga marcha, te sientas a descansar. Pero en tu interior aún resuena la cadencia rítmica de tu caminar recién detenido: un, dos, tres, cuatro.... Junto a tus pies: una hilera de puntitos negros serpenteantes. Un cordón de hormigas, todas ellas caminan en perfecta formación, van y vienen. Te sorprende el hilo fluido de su rápido caminar, una cinta móvil y continua, tan seguida y tan uniformada que la ves fija y estable. Pero observas a una hormiga, aislada del resto del pelotón, desorientada, como borracha de tanto chupar la roca abrasada. Una gota del sudor de tu frente cae y se se derrama sobre los ojos emborronados de la hormiga que no encuentra su camino, ha perdido el ritmo, el norte y su sentido. La mirada perdida de la hormiga no es sola suya. Tú te restriegas los ojos, te levantas y emprendes tu camino de vuelta hacia el Valle perdido.

miércoles, 22 de julio de 2026

Politesse



Sentado ahí en el banco, enfrente de donde vive, un hombre se entretiene leyendo a Lèvi-Strauss:
¿Qué hacer para calmar a todas aquellas personas y circunstancias que distorsionan mi anhelada tranquilidad invulnerable...?
Espera a su mujer para ir los dos al mercado que ponen los sábados, no más allá de cuatro calles de su casa. A su lado: el carro de la compra, disimulador de su quehacer y espera. La gente pasa cerca de él: una madre a pie ligero con una cesta en la mano, seguida de un niño con su sueño interrumpido, un hombre con un carretón destartalado rebuscando en los contenedores de la basura; pasa también un hombre con su perro, o mejor: el perro conduce al hombre, pues éste, (su amo), va detrás de su mascota, si cabe más fiel que iría el mismo perro tras el hombre. Entre párrafo y párrafo levanta la vista de la página del libro Tristes trópicos:
… la civilización no es más que esa civilización frágil que preservábamos...
Intenta saludar de palabra a los que pasan, y con un gesto de su mirada procura ser amable con ellos. Ninguno le responde. Natural. Si no me conocen de nada, ¿por qué deberían decirme? ¡Señor, muy buenas! Y vuelve desilusionado cual vendedor de sonrisas apagadas a la lectura del célebre antropólogo francés:
...cuánto menores eran las posibilidades de las culturas humanas para comunicarse entre sí y por lo tanto corromperse por mutuo contacto...
Se congracia con los transeúntes que pasan a su vera, suplicándoles su consideración, haciéndose notar. ¿Acaso le preocupan sus cuitas? ¿O sólo intenta saludarles para que aprecien su orgullosa actitud lectora?

¡Y qué manía la de este individuo ser tenido en cuenta, como si él fuera un nativo nambikwara del Amazonas, o alguien que mereciera la pena ser objeto de estudio! Si le saludaran, existiría. No hay nada más humillante que ser tratado como un cero a la izquierda, ser invisible como aquellos indígenas de los que habla Lèvi:
¿Indios? los ataban a las bocas de los cañones y los despedazaban vivos. Así acabaron con ellos, hasta el último.
Si al menos le dijeran ¡Hola! ¿Acaso a los mayas les importó un pimiento que alguien, aunque fuese un enólogo de renombre como el autor del libro que tiene en sus manos, al cabo de miles de años se acordara de ellos? Los calores no sientan bien a la lectura entrecortada de este hombre. Las letras se le amontonan. Y de sus ojos pasan a su cerebro como kilopondios de plomo sugiriéndole nada más que tonterías. Lo único que quiere este hombre esta mañana es ver salir por la puerta de su casa a su mujer, que le haga señas, y vayan los dos a comprar tomates y calabazas al mercado de los sábados antes de que apriete el calor con sus tenazas de fuego.

Ve ahora a dos tórtolas a una distancia prudente y respetable la una de la otra. Una acaba de refugiarse en la espesura de un frondoso árbol de botella bajo cuya sombra se protege del inusual calor madrugador. La otra, desde la cima de la farola donde se encuentra, inicia también su vuelo al corazón de la espesura del árbol. Los pájaros también sienten la necesidad de hacerse ver y notar entre ellos, pero de manera más natural, sin tanto enredo y politesse como la que este lector desbarra esta mañana mientras espera a su mujer.

viernes, 17 de julio de 2026

La transustanciación del agua



A las 17 horas de ayer martes, la policía rural, a su paso por el partidor del agua encontró ahogado a un hombre anónimo sobre el lecho de una acequia de la Huerta. Nada sabemos del por qué de este accidente, sólo que el infortunado vestía camisa blanca y calzaba botas negras.

Vive ahora este hombre junto a unos esplendorosos arbustos de romero en el último remate de un camino que huele a eternidad efímera, a caducidad fértil y próspera. La estrepitosa muerte de su mujer, una buena moza de ojos azules, dejó hecho jirones su corazón. Y se instaló en esta casa al frescor de dos moreras al mediodía. Y se acomodó entre naranjos y vinagrillos a dos metros de un cauce por donde los del Heredamiento de Aguas dan riego todos los martes del año a los arrendatarios de estas tierras. Y viendo que aquí se estaba bien, y el tiempo no corría, el hombre como abeja expectante detuvo sus andares tristes y se sentó sobre el tronco de un viejo árbol desmochado a la espera que los azules del romero le sonrieran.

Tiene este huertano cara de peonadas amargas, bigote en punta, de persona recelosa y huraña, orejas peludas de incomprensión y desengaño; pero cuando se detiene delante de la acequia, su rostro se relaja, y sus neuronas en torbellino se apaciguan, y hasta su arrogante mostacho se ablanda como mantequilla sobre las tostadas de un frugal desayuno; y cada vez que contempla el agua abriéndose paso entre sus pocos caballones de patatas, tomates y calabacines, su ánimo se embelesa y su cuerpo se derrite como cirio pascual ante el Santísimo.

El hombre se vino a vivir en este trozo de tierra, creyendo que en este ameno lugar daría caza al júbilo resucitado de sus días conyugales. Este hombre, un simple agricultor, nunca escuchó a Leibniz decir: Siempre es posible alcanzar lo que se espera, de lo contrario ni siquiera la esperanza existiría. Pero su esperanza se hace esperar, es esquiva y se le escapa como liebre perseguida por zorro rabioso y hambriento. Y a los siete años, esperando ver azulear a su mujer muerta en las flores del romero, un martes de riego, (jornada-eucaristía del agua), el hombre, cansado de esperar, se atavió con su mejor sombrero de paja, camisa sin cuello, limpia y blanca sobre su piel trabajada y rugosa, y sobre los hombros, su azada de hoja firme y deseos infecundos, y se encaminó a la feria del agua.

Y delante de la acequia, cual ceremonioso oficiante, se detiene para contemplar cómo el agua empapa de savia todo el regadío de la huerta. Y beber quiere él también, como la tierra sedienta y desesperada, comulgar de festín tan santo y suculento. Y sin escuchar nunca aquel poema de Alfonsina Storni, suspira como ella nada más ver la acequia: ¡Agua, agua, agua, mi alma seca, de seca se rasga!

Luego la acequia miraría cara a cara al hombre. El agua lo llamó por su nombre; o tal vez fuera el agua, quien por boca de su difunta mujer, le dijera: Ven conmigo, amado, y gocémonos hasta saciarnos. Y embobado por el reclamo azul y verde del fluir continuo y comunero del agua-olor-romero, este hombre dejó caer su cuerpo plácido a su morada postrera. No hay nada que la muerte no cure.

lunes, 13 de julio de 2026

Tres en uno en cuatro días


 
En pocos días hemos enterrado de seguido a tres o cuatro vecinos de mi calle. Se nos fue el Moratones, luego don Hipócrates el farmacéutico, al día siguiente doña Solomillo, la mujer del carnicero de la esquina... Todos ellos amigos muy queridos. Se ve que la Parca, al estar la gasolina por las nubes, (el estrecho de Ormuz está cerrado a cal y canto, a cañonazos y treguas de papel mojado), empeñada está en cortar Átropos por lo sano el hilo divino de nuestras vidas. ¡Ay la desventurada guerra usurera, indichosa, incivil e inacabable! Ahorrarse quiere la tan atareada Muerte en viajes y kilometraje. ¡Tres en uno en cuatro días!

Y así cuando aparco el coche en retirada de un cacho de mis días andados, cada vez más apreciados y escasos, echo siempre una ojeada sobejo los alrededores de donde vivo, (la feliz orilla de un río que de fluir amaneceres nunca cesa), por debajo de los coches, por los portales de las viviendas, entre las rendijas de mi alma en pena, por si viera a la Parca, y así sacudirla desde mi balcón de flores como a una estera, o espantarla, desesperado, como a intrusa rata indeseada. La muerte es terca y callada como una mula. Llevo una cabeza de ajos siempre conmigo por si acaso.

Siento que me estoy perdiendo el futuro. En estos años de involución y atascos, de marmotas interminables, el futuro tal vez sea aquellos años que ya viví en tiempos pasados. Ojalá pudiera decir lo mismo de mi muerte y regresar siempre por estos pagos.

Uno vuelve siempre
a los viejos sitios en que amó la vida...
(Canción de las simples cosas. Armando Tejada)


lunes, 29 de junio de 2026

Quien no encuentre su niño difícilmente llegará a ser hombre


20


Azulada es el topónimo que utilizo para referirme a la ciudad que me vio nacer. Azulada es también el título de un libro de búsqueda, un monólogo interior que, como dice Ángel Salcedo en su Presentación, responde a las preguntas de un yo perdido, alma errante que todos, tarde o temprano vamos elaborando para ir cerrando las cuentas no saldadas de otros tiempos.

Encontrar quiere Noel, el protagonista de esta novela, al supuesto amante de su mujer. Para ello recurre a una serie de cartas en las que, una tierra caliente y fértil, la Azulada noble, leal y fidelísima, asentada en un campo de gules, sobre ondas de azur y plata, es también la co-protagonista de esta historia, cuya trama es sólo relleno y soporte de una serie de cuestiones incontestables que a sí mismo se hace el remitente de estas epístolas, un hombre un tanto rucio, confuso, fáustico y de sí mismo desconfiado, acerca de su yo desarraigado y esquizofrénico, sobre el paraíso de su infancia pérdida. Quiere Noel, León, o como se llame el relator de estas 79 epístolas, dar con su Ítaca añorada, descubrir la Dulcinea de su amor, su soberana y alta señora, su mujer Mariana, abrazar la Azulada griega, la Azulada hebrea, la romana, la musulmana, la Azulada de todos…, detener el tiempo, vencer a la muerte, ese dolor ingente de no poder ver más a su pueblo, contemplar cómo sus raíces se extinguen, observar que el azul de su cielo, sus apostasías y credos, su niñez, (y con su niñez, su ser al completo), se desvanecen cual las nubes, como las sombras del sueño de Job, quebrantado por la polilla. De la mañana a la tarde son destruidos. Y mueren sin haber adquirido sabiduría. ( Job 4:13-21).

Quien no encuentre su niño difícilmente llegará a ser hombre.

lunes, 22 de junio de 2026

Quién el hombre, quién es la mujer y el sastre



Cosido a los días y atado al tiempo desgasto el traje de la carne que estrené hace ya algún tiempo. Comienzo el verano lo mismo que contemplé a mi madre cuando los funerarios cerraron la tapa de su ataúd. Los días pasan, se esfuman y desaparecen, ya nunca más volverán las estaciones del año. Nadie puede retornar el pasado. Si los días corren hacia adelante ¿cómo el tiempo quedó atrás sepultado entre las ruinas pretéritas de mi recuerdo efímero? Los científicos han podido retrotraerse al origen de la cosmogénesis  y presenciar la inauguración primigenia del universo, detectando hasta los ecos de las ondas del primer estallido del bing-bang.

Esta mañana en la casa de mi vecino andan los albañiles muy temprano –a las ocho en punto- dando fuertes martillazos para abrir un hueco, para hacer una escalera que comunique el sótano con el piso de arriba. El iceberg de sus vidas quiere emerger a su inalcanzable horizontalidad. 

La calma sosegada de este lunes perezoso se quiebra y se resquebraja con la martilla del tiempo, coyuntura que descuartiza a trallazos la silenciosa capa del subsuelo de mi conciencia. Estos furibundos ruidos podrán sobrevivir miles y miles de año, una eternidad viajando por el espacio sideral de un tiempo infinito; en cambio yo no podré conservar ni tan siquiera en un diminuto espejo un poco de luz de este azulado lunes de junio que se me escapará como tantos otros lunes, martes, miércoles, jueves...

¡Con tantos conservantes para vencer la caducidad de los alimentos que disponemos! ¿no habrá alguno capaz de clavar en la cruz del árbol de mi vida la eternidad de este momento? Diligente y laborioso me afano, construyo grano a grano la casa mi cuerpo de arena. ¿Para qué? Si luego al atardecer, la pleamar con sólo una insignificante ola me desvestirá de toda esperanza.

Y hoy le agradezco a mi hermano lo que me dijo un día: ¿Sabes en qué se diferencia el hombre de los animales? No supe qué responder. Y él mismo me contestó: Que el hombre tiene esperanza.


viernes, 19 de junio de 2026

Infierno blanco


"Más de una flor despliega con pesar su perfume dulce como un secreto en las soledades profundas". (Baudelaire)

Tengo veintiún años. Hace ya más de diez días que mis padres, mi novia, mis amigos, todo el pueblo rastrea mi cuerpo; no saben nada de mi. Tampoco yo.

Metido en esta recámara oculta, burbuja vacía a la que científicos cuánticos han extraído el aire de mi conciencia, no siento mi pérdida. En este atardecer helado bajo este puente abrigado ni me busco, ni me huyo. La vida sin mi. ¡Ausente! (abs-ente, sin esencia). No lloro como mis padres mi extravío, porque los pobres de Dios no tienen dineros para comprar lágrimas, ni dátiles, ni coca, ni risas, esos racimos jugosos de granos sanguinolentos que la crisis vende junto a la tapia del camposanto. El miedo me ha traído a este rincón inhóspito, el miedo de no saber andar mi propio camino. Y quise poner en marcha mi enquistamiento con jugo de amapolas blancas.

Correos electrónicos dan la vuelta cada segundo al mundo cual perros policías con mi nick en el hocico husmeando el dulce aroma de mi desaparición. Pasquines blancos sobre los mástiles apagados de las farolas me buscan por las calles de la ciudad dormida. 

Madre no se aparta del teléfono, agarrada está como un náufrago a la esperanza de un politono. La foto de mi primera comunión vaga descarriada por las esquinas, en los postes del semáforo del cruce, en la tapadera de los inodoros públicos. Mi novia en el cristal de sus ojos lleva escrito un SMS, un grito. Ella mejor que nadie sabe el por qué de mi bajada a este infierno blanco.

Ojalá pudiera yo desde aquí gritarle a los que me buscan que dejen de seguirme, que mi camino no lleva a ningún sitio. Nadie puede encontrarme sin yo ante haber dado conmigo mismo.

lunes, 15 de junio de 2026

Celos de mi hermana



Y recuerdo, hoy, el beso que la amiga de mi hermana le dio a su gato. Pegui, (que así se llamaba la amiga de mi hermana), sin apartar ella, también engatusada, su vista de mi cara, con tanto cariño besó la trompa del gato, que noté como si ella misma me dijera: 
Si tú fueras gato, yo haría lo mismo contigo.
Con todo, yo, por aquel entonces, apenas un niño de siete años, no me di por aludido; aunque sí pensé que, cuando fuera mayor, nunca me casaría con alguien que se llamase Pegui, y se atreviera besar en la boca a su perro o a su gato. Y tampoco me cambiaría por su gato, por mucho que Baudelaire dijera que los gatos eran amigos de la ciencia y la sensualidad, y que, cuando duermen, sueñan que son místicos, majestuosos y eternos.

Las amigas de mi hermana no eran de mi especie. No sé si los demás hermanos pensarían lo mismo de sus hermanas. No digo yo que fuesen alimañas, ni tampoco que yo tuviera celos de mi hermana, y que la quisiera sólo para mí. Ni siquiera la amiga de mi hermana se parecía a un pato lindo y afable como los patitos de Andersen. Y ahora que digo pato, me viene a la memoria que a la amiga de mi hermana, en aquella época le gustaba mucho jugar con los renacuajos de la acequia. Y cuando mi madre algunas veces, pocas, nos preguntaba: ¿Niños, qué queréis para merendar? La amiga de mi hermana siempre respondía: Señora, para mi, un bocadillo de foie-gras. A mí, ya en aquel tiempo, me gustaban más los mejillones en escabeche.

Luego le pregunté a mi hermana por qué yo le había caído tan bien a su amiga. Ella pasó de mí, como siempre, tratándome como un niño pequeño que no sabía nada de chicas ni de amores. Por supuesto: yo no era nada sabihondo, tampoco sabía de las adelantadas maneras de las amigas de mi hermana para encariñar y querer tanto a cualquiera. Aunque en aquel tiempo, aún siendo yo pequeño, sí sabía de la habilidad de las niñas, no de fingir, por supuesto, (no era yo tan malicioso); pero sí me extrañaba del amor tan sabio y tempranero que Pegui, la amiga de mi hermana, pudiera tener por un alelado impúber niño como yo.

jueves, 11 de junio de 2026

Soy mi cuerpo


Soy mi cuerpo. Y mi cuerpo está triste y está cansado. Me dispongo a dormir una semana, un mes; no me hablen. (Jaime Sabines)

El marido de la señora Jesusa, el Jesuso como lo llaman por aquí, hace más de treinta años que anda entremezclao por estos huertos de naranjos y limoneros.

Si te acercas por el día, amigo lector, lo encontrarás con la picaza dándole mandobles a las costras del bancal. Lleva consigo un transistor que cuelga de la rama de un árbol. Siempre con música de pasodobles y fandangos. Las mangas de la camisa a cuadro, siempre la misma, le llegan hasta los puños, y cubre su testa calva con un sombrero viejo de paja.

Tras la comida y su malta con anís, el Jesuso saca a pastar cuatro cabras al otro lado de la rambla casi hasta que el sol se va, acompañado de su foxterrier el “rajoy”. Y luego a la noche, si te asomas por el ventanuco que da a la cocina, lo verás sentado frente a una cena frugal, hervido de pan y cebolla, un rin-ran. Y después, si a la Jesusa se le olvida cerrar la puerta de la alcoba, te sorprenderás al ver con qué apaño y arrojo se abraza a las carnes tibias de la señora Jesusa que aún huelen a menta poleo.

El verde de los naranjos, los ribazos y cañares, las sendas, las merlas y los brazales, la palmera, el partidor, las berzas y los rosales forman con el Jesuso todos una misma cosa.

Y es cierto, porque el Jesuso hasta hoy, él mismo se ve confundido con el canto de la chicharra, con la sonrisa del alba, la calidez de la tarde, la nobleza del nogal y con aquella acequia que los lugareños piropean la “subirana” porque de verdad es majestuosa.

El Jesuso hasta hoy tan a gusto y entretenido está en las cosas que le ocupan, que se olvidó de su cuerpo. Su cuerpo para él son sus cabras, su mujer, los árboles, la placidez de la tarde. Soy el azul de la flor de la violeta -le dice a su mujer- soy la caricia y el beso de los pétalos de tu rosa, uña y carne con el azahar y el rocío.

Pero el Jesuso esta mañana, sin saber nadie por qué, al ir a ordeñar las cabras, se queda en blanco, abstraído, a solas consigo mismo. Los ojos cerrados como si estuviera durmiendo el vacío de su soledad encriptada. Lleva ya más de doce horas sin abrir la boca. La Jesusa llama al médico. Este dice que es cosa del siquiatra.

Y tú lector oliscón que presencias la escena por los parajes de este cuento, antes de escuchar el diagnóstico del especialista formulas tu propia conclusión que no es profana: Al Jesuso no le ocurre ni más ni menos que ha comprendido de sopetón que él es sólo su cuerpo. Todas las demás cosas en las que él entretenía su tiempo han desaparecido, eran cortinas de humo, subidones místicos. Y no se hace a estar a solas con su alma. De ahí le viene esta pinza, su inhibición y total desasimiento.
Quiero dormir un mes, un año, dormirme. Y si hablo dormido no me hagan caso, si digo algún nombre, si me quejo. Quiero que hagan de cuenta que estoy enterrado, y que ustedes no pueden hacer nada hasta el día de la resurrección. (Jaime Sabines)

domingo, 7 de junio de 2026

El último concilio




Aunque rompimos sus estatuas,
aunque las arrojamos de sus templos,
no por ello murieron del todo nuestros dioses. 
(Cavafis)


Les habla Rodríguez de los Santos, corresponsal de “Las Ondas del Globo”. En este día trascendental me dirijo a todos ustedes a través del satélite “Regina Coelorum”.

La tarde en Roma es espléndida. Un sol suave derrama una pátina dorada sobre las cabezas de más de un millón de fieles que abarrotan enfervorizados la Plaza de San Pedro. Asistimos al mayor acontecimiento histórico de nuestra era: la clausura del Concilio Vaticano III.

Durante cuatro meses príncipes de la Iglesia, obispos y teólogos han reflexionado y rezado sobre lo humano y lo divino.

En estos momentos concluyen los cánticos que preceden a la proclamación de un nuevo Magisterio. Enseñanzas rejuvenecidas que junto a las de la Tradición, Nova et Vétera, serán a partir de hoy firme columna donde el cristiano fundamentará su fe.

Con santo aplomo e inspirada unción su Santidad el Papa se dispone a dar lectura del Acta Conciliar:

Oigamos en directo sus palabras:
Oh Dios, tú que conoces los corazones de hombres y mujeres, concede a este servidor tuyo, a quien elegiste como Pastor del Rebaño de tu Iglesia, acierto y sabiduría para transmitir al mundo entero la nueva doctrina que nos has revelado en este concilio que hoy clausuramos: 
Os traigo una Buena Nueva. “Ecclesia delenda est”. La Iglesia a partir de hoy nunca más será tropiezo de cristianos y gentiles. “El que hace daño a un niño más le vale que le pongan alrededor del cuello una piedra de molino y sea arrojado a lo profundo del mar”. (Evangelio de Mateo, 18,5).
Consciente de la trascendencia de nuestra determinación, la Iglesia Católica, por voluntad conciliar, ha decidido desaparecer como institución dentro del panorama religioso de nuestro tiempo. La iconoclasia y la apostasía ya no tendrán ningún sentido. Tanto el Dogma, el Infierno, la Ortodoxia como el Fanatismo, a partir de este momento, carecerán de toda base metafísica. Así pues nuestra herejía deja expedita la senda al verdadero conocimiento de Dios. “Si encuentras a Dios, mátalo” (Maestro Eckart). Nacimos para desaparecer, dar paso al Advenimiento del Hijo del Hombre.

A través de su peregrinar por el mundo, la Iglesia instituida, para ser camino de salvación, se ha convertido no pocas veces en pozo de perdición. (Sal. 55.23). Ha llegado la hora de inmolarnos. Y este Concilio, el último de nuestra Iglesia, es el altar propicio donde sacrificar nuestra subsidiaria existencia. La Parusía está cerca. Nosotros ya no somos necesarios. Nunca más nuestros credos serán banderas de guerra, confrontación y odio entre las diversas culturas que enriquecen la tierra. Esta es la mejor derrota que podemos infligir al Maligno: nuestra propia muerte, nuestra desaparición como Iglesia. 
Nacimos a la Iglesia por el Bautismo de las sagradas aguas. Esfumémonos ahora, diluyámonos bajo estas misma aguas para que al fin el mundo, libre de su ennegrecido velo, pueda contemplar "facie ad faciem” el verdadero rostro de Dios. (I, Corintios, 13, 12).
Podéis ir en paz, la Iglesia ha terminado.
Los periodistas y fieles que aquí nos encontramos no damos crédito a las palabras que el Santo Padre, entre lacónico y apodíctico, acaba de proferir.

El Papa abandona ahora el altar mayor. Se desprende de su tiara. Se quita el Pescatorio, el anillo que hasta hoy le ha distinguido como cabeza visible de la Iglesia, se desviste de todos sus capisallos, hasta de sus prendas más íntimas, camiseta y calzoncillos. Y es el primero en echar andar, desnudo por un mundo emancipado de religiosidades. Desaparece confundido entre la muchedumbre que abandona la plaza en respetuoso acatamiento.

Antes de finalizar esta retransmisión, tan sólo una advertencia, mis queridos radioyentes: Abrid bien los ojos, pues tal vez haya llegado ya la hora del Anticristo.

Desde la Ciudad del Vaticano, Rodríguez de los Santos, corresponsal de “Las Ondas del Globo”.


jueves, 4 de junio de 2026

Niño feo


Ves a una mujer cargada con sus tres hijos entrando en su casa medio derruida, pobre, cochambrosa. Uno de sus hijos, no sabes si el más pequeño, pero sí el más desvalido, va montado en un mugriento carrito de bebé. El niño te mira huraño. Tal vez porque así tú le miraras. Le devuelves la mirada, arrastrado por la deformidad de su aspecto. Su cara llena de manchas como hematomas, tatuados con tristeza supina en su rostro. El niño tal vez no sea tan niño, sino que, debido a su despareja anatomía, aparenta ser mayor. La tristeza nos adentra veloz en la vejez. ¿Qué habrá descubierto este niño en tu mirada para mirarte de manera tan poco amigable? Te cuestionan sus ojos tristes, como si te dijeran: ¿y tú qué miras? El niño aún no tiene edad para increparte de manera tan despreciable. Ver a un niño amargado resulta extraño, incompatible. Ese mismo contratiempo sentiste el otro día en el desayuno, cuando al morder la tostada de mermelada, creyendo que era dulce, impregnada estaba de sal. No es la sal ni la azúcar el motivo de nuestra extrañeza, sino su inesperado sabor.

Cuando llegaste a casa, dejas las llaves, la bolsa de la compra, el macuto, todo lo que traes, y te descalzas para ponerte las zapatillas. Y notas que llevas aún contigo una carga de la que no puedes desprenderte: es la mirada salobre, inusual y desabrida de la inocencia de un niño inculpado que no deja de atormentarte. Fue entonces cuando comprendiste lo que el niño te dijo con su mirada distante y fría: 
No soy feo ni malo, es así, como tú me miras. El rechazo que viste en mis ojos no fue mío, sino el tuyo.

domingo, 31 de mayo de 2026

L’Espagne libre


 
Fue en España donde nuestra generación aprendió que uno puede tener razón y ser derrotado, que la fuerza puede destruir el alma y que hay veces en que el coraje no tiene recompensa. Esto es, sin duda, lo que explica por qué tanta gente, el mundo entero, siente el drama de España como una tragedia personal»… (Albert Camus: «Prefaci», L’Espagne libre, 1946).

No es fácil sacar fuerzas de flaqueza cuando al desvalido no le queda ni siquiera el resuello. De nada vale decir al rayo no hagas ruido que no aguanto yo tu relámpago. Sólo soy dueño de este privilegiado presente primaveral. Mañana, Dios proveerá. La triste dulzura de este momento compensación es necesaria de mi subsistencia agorera y tambaleante. Jodidos, pero estamos vivos. El que no se consuela es porque no quiere. Y en estos tiempos convulsos y amargos viene Luis García Montero a decirnos que al mal tiempo, buena cara, que la alegría es una forma de resistencia. Porque el amor y la amistad justifican la vida y son un argumento decisivo para la esperanza. Y muy sonriente me adherí al susodicho deseo del poeta granadino. Pero... de pronto paso del azul esperanza de ayer al verde-hierba-vahído de hoy. La esperanza era verde y se la comió el burro. Y antes de iniciar el sol su camino, las tinieblas le arrebataron su sino a la estrella madre de un firmamento resquebrajado, mugriento y malherido.

Frente al azul de esta mañana, pájaros en Babia buscan contentos, y a su aire, entre las hojas de las moreras de los sotos del río algodones para sus nidos sin saber que, al llegar la tarde, las ventoleras de las cumbres sobrevenidas del norte sin piedad arrasarán a sus crías. 


jueves, 28 de mayo de 2026

Entre Poiesis y Pictoria




Si Pictoria pintaba un almendro, y deleitaba a Lorenzo, el hijo de don Diego de Miranda, con sus vistosas flores, Poiesis inundaba a este vate novato con el perfume de los versos de sus ramas. Si Pictoria endulzaba la mirada absorta del hijo del hidalgo del verde gabán sobre el mar con la serenidad de las aguas de su pincel agudo y detallado, en cambio Poiesis sumergía al vástago de Miranda en las aguas fascinantes de sus coralinos colores. El mismo Quijote dijo al padre de Lorenzo, cuando se cruzó con él, los dos caminando por los campos de la Mancha: la poesía, señor don Diego, a mi parecer es como una doncella tierna y de poca edad y en todo estremo hermosa. Deje, vuesa merced, caminar a su hijo Lorenzo por donde su estrella le llama.

Al muchacho, poeta en ciernes, que andaba loco a todas todas horas leyendo a Virgilio, Horacio y Homero, le dieron a escoger entre Poiesis y Pictoria, y el joven Lorenzo, eligió la Poesía, porque no se le daba muy bien pintar, y mucho menos estudiar leyes o empuñar un arma. Y sobre todo, porque la poesía, (según decía el hijo de don Diego), era el arte que mejor lo colmaba y más directamente le mostraba la esencia de las cosas. Y el hijo del rico hidalgo vestido de paño fino verde, jironado de terciopelo leonado, cual otro Dante, se dejó llevar por Virgilio, a quien Lorenzo consideraba su maestro y modelo. O de li altri poeti onore e lume. (Oh luz y honor de todos los poetas). El único que podría librar al hijo de don Diego de Miranda de la guerra, de la bestia del Infierno, y no tener que estudiar derecho, tal como su padre entendía y quería. Y Lorenzo replicaba a su padre: la poesía, por encima del derecho y de las armas, salvarán al mundo de su bancarrota. La pluma, padre, es más poderosa que la espada. 

Antes de decidirse Lorenzo por Poiesis, al aspirante poeta alguien le dijo que una imagen valía mil palabras. Y el hijo don Diego de Miranda, embebido de poemas, respondió que, cuando leía, por ejemplo La Divina Comedia, y veía las ilustraciones de un tal Gustavo Doré, aún siendo estos dibujos oníricos, frenéticos y muy fascinantes, prefería los endecasílabos de Alighieri. Y así fue como se dejó conducir por el autor de la Eneida:
Por lo que, por tu bien, pienso y decido
que vengas tras de mí, y seré tu guía,
y he de llevarte por lugar eterno.
Dante sumergía al aficionado a la poesía en las muchas posibilidades y sugerencias múltiples, no dichas, sólo evocadas, sugerentes, y que luego Lorenzo completaba haciendo suyas las del Florentino. Sin embargo los grabados de Gustave de Doré, aún cautivando con su onírica imaginación endiablada, (fiera incluida), no transportaban al joven hijo de don Diego de Miranda más allá de la física observable de un dibujo encorsetado en un papel, por muy dorado que fuese el marco de sus atinadas ilustraciones.