sábado, 17 de octubre de 2026

El día en que las izquierdas perdieron el don de gentes


 

Cada día, los sacerdotes examinan minuciosamente el Dharma y cantan sin cesar sutras complicados. Sin embargo, antes de hacerlo, deberían aprender cómo leer las cartas de amor enviadas por el viento, y la lluvia, la nieve y la luna. (La Nube loca).

Anoche, sentado delante del  oráculo de los conjuros, y antes de que acabara el plazo para presentar las coaliciones al 29N, vi como un pedazo de luna quedaba atrapado entre las espinas de una rosa. Y en el botiquín de mi alma no encontré moquero alguno que mis lágrimas secara, ni tiritas ni gasas que las heridas de mi confusión y desaliento curaran. ¿Hasta dónde debe alcanzar la eclosión de una desgracia, la maledicencia de una profecía para que los políticos de corazón se enteren de lo que vale un peine?

¿Acaso la vida no es eso, esperar la muerte, ver cómo morimos mientras vivimos? La vida es una vela. Vivir es sentir la luz de esa llama que se consume poco a poco. O como decía Celine: un cabo de luz que acaba en la noche.

En toda historia, pronóstico o fabulación mediada o sentenciada por la esfinge, por muy triste y oscuro que sea su vaticinio, hay una luz que, aunque no vislumbremos su llama, siempre queda la esperanza de que la lumbre prenderá, una vez que hayamos traspasado el túnel.


lunes, 12 de octubre de 2026

Españolear

 


Hispanizar, colonizar, conquistar, son verbos transitivos de dominación y prepotencia. Hablar de descubrimiento tampoco es cierto. La viña ya echaba uvas antes de que Noé catara por primera vez el vino. Es el alba la que me despierta todas las mañanas y no al contrario; que no huelo yo la flor si antes el rosal no me alarga su mano.

Celebrar la fiesta de la Hispanidad no es hacer un paréntesis en nuestra historia, y volver a los tiempos en los que el cardenal Gomá nos advertía en su “Apología” de los peligros de perder las esencias del alma española. 

Celebrar la Hispanidad no es pasar por alto los 60 millones de indígenas que murieron durante la conquista de América.

La defensa de la Hispanidad en el pasado siempre estuvo en boca de los defensores del inmovilismo más arcaico. Hispanidad no es decir que no hay otro credo que no sea el nuestro. Tampoco convocar actos de reparación y desagravios en favor de la monarquía.

Hispanidad no es una españolada, que no es presumir ni españolear, ni andar por ahí diciendo que la mayor cosa después de la creación del mundo fue el descubrimiento de las Indias.

La Hispanidad no es una cesta de votos. Recurrir al tremendismo, enarbolar la abstracción vacía de los valores patrios, cacarear la unidad en lo universal y no aceptar los hechos diferenciales de cada nacionalidad o región, volver de nuevo al lugar común de aquel “espíritu nacional” de infeliz memoria.

La Hispanidad no es un patrimonio en manos de la reacción o el catolicismo. Hispanidad no es regresar a un régimen de cristiandades, en el que Catolicismo era la religión oficial del Estado. Según el Artículo 16.3 de nuestra Constitución, España es hoy un estado aconfesional. Y deberíamos cuidar las ostentaciones y alardes que en materia de religión pudieran o herir otras sensibilidades de nuestra multicultural ciudadanía. 

La Fiesta Nacional, hoy bien debería ser una efemérides para alegrarnos del mutuo enriquecimiento étnico, inclusivo, integrador y mestizo, un acto de justicia, de reconciliación, pedir perdón y contribuir con el reparto distributivo desde una política de inmigración más humana frente a los desafueros cometidos en el pasado y consolidar las base de un nuevo mundo para todos.


martes, 6 de octubre de 2026

Carrera de relevos



Lo terrible no es malo, sino el principio de lo bueno.

El día se cierra en alaridos espesos de nubes negras. A estas horas, a la tarde ya no le quedan fuerzas para hacerse con la poca luz que le queda. Pronto será de noche, verdadero vacío de un cielo perdido, la vida truncada de una joven muchacha. El firmamento duerme ayuno de estrellas. Y en la curva de un camino luce impávida la mentira de una farola irresponsable que no ha podido evitar que el cuerpo de la joven quede atrapado en un accidente de tráfico. ¡Maldita sea! La pobre criatura desnucada contra el arcén de la vía.

No se retrasa la noche en esta tardía tarde paradójica y trágica de octubre en la que una muchacha para vivir necesita que otra joven se esclafe los sesos contra el asfalto asesino. En la antesala del quirófano dos jóvenes (una inconsciente, casi muerta, y la otra muy expectante y nerviosa), aguardan al equipo médico de trasplantes.

Siempre en todo lo que se extingue existió un principio creador. No viviría la vida, si la muerte no hubiese muerto. Otra vida ¡bendita sea! No llueve siempre a gusto de todos. La familia de la joven donante y la receptora, (ambas separadas en habitáculos distintos por razones de protocolo), respetan los distintos y contradictorios sentimientos que anidan en sus corazones palpitantes. Pero los rostros de todos ellos expresan la misma generosidad y calma, la quietud que brota del sufrimiento inevitable de unos, y de la esperanza vigorosa de otros. Sentencia ambivalente y absurda, la del destino de una carrera de relevos en la que el testigo es la muerte (o/y la vida). ¡Qué más da, si vida y muerte son los extremos del mismo vector divino! La sonrosada habichuela del inmaculado órgano extraído del amasijo de carne de la accidentada se dirige en viático parpadeante a su nueva ubicación y abrigo, al cuerpo de la joven viva.

El cirujano dice a la hemodialésica enferma que ha tenido una suerte enorme. La fortuna es ambivalente, lo mismo puede ser buena que mala. El ensalmador le dice a los padres de la hija accidentada que el monitor con su latido de muerte cerebral aconseja desconectar ya a la joven, y que guarden en su recuerdo el merecido consuelo: la muerte de su hija no será en balde, que los riñones de su hija muerta seguirán funcionando vivos en el cuerpo siempre de otra joven.

Dios no juega a los dados. Pero siempre que se sienta a jugar al mus con los mortales se guarda en la manga las diez de últimas, la inesperada sorpresa de la contradicción complementaria, el principio de la no dualidad, la anihilación de los contrarios: que el bien y el mal, la vida y la muerte, sean lo mismo.

La vida y la muerte no existen como estrellas apagadas, separadas, en esta en noche cerrada. Muerte y vida son una misma cosa, y no son posibles, desencarnadas la una de la otra. La una era la otra, como dice García Lorca en la Casida de las palomas oscuras.

martes, 29 de septiembre de 2026

Pequeña gran novela



Entonces apareció el zorro. Qué buscas? –Busco a los hombres –dijo el principito. Los hombres –dijo el zorro– tienen fusiles y cazan. Es muy molesto.

No todas las lecturas que hice de un mismo libro fueron siempre la misma; sobre todo la de los libros emblemáticos que, perpetuados vivos a través del tiempo, su impresión me fue siempre novedosa y distinta. Me pasa lo mismo con el alba, el mar y los árboles..., siempre me hablan con palabras nuevas. Sólo a cierta edad, no sé si llevado de la petulancia de haber vivido mucho, o de la rica experiencia que me regala la vida, me encuentro más predispuesto a la consideración de miradas calladas y lecturas silenciosas que nunca hice de ciertos libros.

A lo largo de mi vida, he leído El principito varias veces, y el impacto de su lectura no siempre fue idéntico. El ánimo del instante, la química de mi organismo, la bondad o adversidad de las circunstancias... intervinieron de manera diferente en mi digestión lectora. Nada es igual en cada momento. Hasta las losetas de la terraza sobre la que ahora se posan mis pies, cada día me sugieren representaciones diferentes.

Unas veces, El principito me pareció un cuento para niños, un tratado de pedagogía infantil, un libro de auto-ayuda, aconsejable para padres, y también de obligada lectura en las escuelas de Magisterio. En alguna otra ocasión, consideré el libro de Saint-Exupéry como un buen recetario filosófico: principios para entender el mundo, el sentido de la vida, el valor de las cosas, el comportamiento humano. Y desde el punto de vista literario, me resultó ser una pequeña gran novela, (no más de treinta páginas), bella e interesante. Su estructuración del tiempo en ocho días, así como la descripción de los ocho planetas visitados por el niño de los cabellos de oro daban coexistencia a un relato total y sugerente, diálogos entrecortados, hilvanados, y hasta sin sabias respuestas intencionadas, enriquecidas con transparentes metáforas: (El agua es como una música. Los cascabeles se convierten en lágrimas. Las estrellas ríen dulcemente. Su risa era como una fuente en el desierto).

Un relato, una novela, si esta es buena, va más allá de lo que cuenta. Un cordero invisible, dibujado dentro de una caja, sugiere todo tipo de especulaciones que no veríamos si el cordero hubiese sido pintado fuera, en la tapa de su estuche. Si en mis anteriores lecturas fui yo el que se acercó al libro, he querido esta mañana que fuese El Principito y el zorro los que vinieran a mí.

Y esta última lectura que ahora hago puede que no coincida tampoco con lo que quiso contar su autor. Y aquí radica el mérito de los libros clásicos: son como fuentes vivas de las que a todas horas emana fresca, limpia y variada el agua. Y quisiera que fuese el pequeño príncipe y el zorro quienes con sus palabras (Capítulo XXI) abrieran la mente de mis sentimientos: Los hombres de la tierra cultivan cinco mil rosas en un jardín y no encuentran la que buscan. Tampoco pretendo hacer comentario alguno.  Me limito pues al sano placer sin más de su lectura.

¡Y qué manía la de los mayores de querer explicarlo todo! ¿Para qué tantos análisis y quebraderos de cabeza? Los zorros tienen cuatro patas. Y ¡basta! No es necesario hacer un máster de veterinaria para demostrar las extremidades de un cánido. Puede que si lo hiciésemos, el zorro, harto de tanta clasificación y verborrea, perdiera su brillante pelaje. Lo que el zorro y el principito quieren es hacer amigos. Las personas serias siempre tienen necesidad de dar explicaciones, pero nunca han olido una flor ni han mirado jamás una estrella. 

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Los colores del agua



Llueve. La lluvia atempera los nervios, del alma templa sus vientos, disuelve los terrones de un mal pronto avinagrado. Llueve suave desde la madrugada. Veo caer el agua, y la siento azul. Azul es el manto que se derrama y cubre la tierra ocre y vasta. Azules son las flores del jazminero que adoba el aire dulce que aspiro. El agua pule de verde la alfalfa recién esmaltada. La palmera resurge brillante y limpia cual doncella tras su ducha inmaculada. Y el amarillo de una hoguera de dátiles diminutos y chispeantes, soles que abrazan el tronco de sus tirabuzones, me seduce con su arrebatador encanto trenzado. El verde de la parra, transparente y terso, sacude el vino verde de sus hojas. A través del tendón de sus pámpanos leo el futuro de sus copiosos racimos. El transparente color del agua dibuja de verde el limonero, la higuera y el almendro. El azul de la lluvia que no cesa, y el verde que nace de los cipreses orantes y agradecidos, ese es el color cuajado de la mañana. ¡Ay si yo fuese capaz de pintar con estas letras el amarillo de la flor de la calabaza, milagro del azul y el agua! Perlas de agua cuelgan quietas de la reja de la ventana. Perlas de agua anidan felices entre las hojas nacientes del maíz que se alza pujante apuntando maneras. Perlas de agua penden risueñas de las hojas de las tomateras. También lloran de placer, con sus gotas de perlas blancas sobre el rojo incombustible, los dompedros que colorean el reborde del sendero que va al aljibe. Si yo fuera lluvia azul, roja, verde y amarilla, quisiera que fuese mi boca el arcoiris, y mis labios calientes, violetas de púrpura virgen, azul y blanca, para regar a manta tu cuerpo, con los colores del agua.



viernes, 18 de septiembre de 2026

Sólo me queda rezar



A todo lo inefable que a través de mi infancia
y que aún sin nombre y como el agua brilla...
Ofrenda. Rainer María Rilke

Al hombre, ya entrado en años, sólo le queda rezar, pero la razón se lo impide. Y así no encuentra manera de arrancar su dolor que, cual vela de penitencial romería, por entero le consume. Un dolor particular que para sí mismo calla por vergüenza y por no presumir de víctima. 

Ayer cuando creía, le sobraba la fe. Y hoy, que no cree, la echa mucho de menos. Y se declara agnóstico para no ser tachado de imbécil. ¡Ay, cuánto añora al Dios de su fervorosa infancia! 

Esta mañana, sentado en un banco del paseo, lamía su increencia como perro sarnoso que cura sus incurables heridas. Al sol del mediodía calentaba su cuerpo escéptico y frío, viendo pasar muchachas felices, llenas de hermosura e ilusión. Mujeres y hombres satisfechos bebían cervezas en las terrazas y cafeterías. Niños bamboleaban al cielo los globos y alegrías de su alma dulce y tierna. Disfrutaban de lo lindo correteando hacia el parque de la fuente donde las palomas les esperan con sus marros y arrullos. 

Y a esto, delante del hombre de avanzada edad, se detiene una pareja de jóvenes, camisa blanca, corbata negra, pantalón bien planchado, piel sonrojada, pulcramente vestidos. De su fervoroso cuello cuelga una etiqueta ribeteada del color del amanecer en la que reza algo, que sus ojos cansados no atinan a leer. Son sus credenciales. Deduce que estos muchachos deben ser algo así como mormones o predicadores, evangelistas al servicio de alguna religión yanki. Respetuoso los atiende. Y a la pregunta que a bocajarro le hacen, (¿es usted creyente?), escuetamente responde: No lo sé. Los jóvenes, escandalizados y virtuosos, abren a la par sus azules ojos. Y el hombre, de haber tenido a mano en ese momento el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa, les hubiera leído aquel pasaje en el que el poeta portugués así expresaba sus dudas acerca de Dios:
¿Dónde está Dios, aunque no exista? Quiero rezar y llorar, arrepentirme de crímenes que no he cometido, disfrutar de ser perdonado por una caricia maternal… Poder llorar cosas impensables... Una infancia nueva y una cama pequeña donde acabe por dormirme, entre cuentos que arrullan... Y todo esto muy grande, muy eterno, definitivo para siempre, de la estatura única de Dios, allá en el fondo triste y somnoliento de la realidad última de las cosas…Un regazo o una cuna o un brazo caliente alrededor de mi cuello… El ruido de la lumbre en el hogar…Un calor en el invierno… Un extravío suave de mi conciencia… De un padre sé el nombre; me han dicho que se llama Dios, pero el nombre no me da idea de nada. A veces, de noche, cuando me siento solo, le llamo y lloro, y me hago una idea de él a la que poder amar… Si un día viniese Dios a buscarme y me llevase a su casa y me diese calor y afecto… Vé a buscar, oh Viento, a mi Madre. Llévame por la Noche a la casa que no he conocido…Vuelve a darme, oh Silencio, mi alma y mi cuna y la canción con que dormía.

Este hombre dubitante y cargado de años, sentado en un banco del paseo del pueblo, mientras espera a su mujer salir de la panadería, piensa que la poesía, bien pudiera ser el sustituto de Dios, su oración de entrega y abandono, al sentir que todas las puertas del cielo, inexplicablemente se cierran a su indescifrable clamor.   

   

sábado, 12 de septiembre de 2026

El otro lado


 
El recuerdo: sacramento de la historia, realidad trascendida.

El recuerdo no consiste sólo en acordarse de alguien, de la Carmen, de Josema, de Eusebio... (los protagonistas de esta novela). El recuerdo, como alguien dijo, es algo vivo y vivificante que permite al otro ser él mismo.

Cuenta Piglia en Respiración artificial que la literatura no puede tener otra materia que la experiencia vivida. Toda escritura en cierto modo es siempre autobiografía. Ojalá pudiera desprenderme de los fantasmas de mis personajes, despistarlos, alejarme de sus circunstancias..., pero obligado (o agradecido), estoy a vivir con sus sombras y sus luces. Otra cosa sería, si fuese buen escritor, viviría entonces fuera de la caverna y sin el amparo de quienes  me rodean.

Un libro puede ser de historia, de información, de estudio, de aventuras o leyendas, pero yo hubiese querido escribir un libro, no de verdades, conceptos y vaguedades, sino un libro-pregunta.

El otro lado es la historia de un hombre que, ante la enfermedad terminal de un ser querido, se enfrenta a la gran pregunta humana sobre la muerte, la misma pregunta que un día se hiciera Lord Byron: ¿Hay placer en los bosques sin senderos, hay éxtasis en la orilla solitaria? No hay nada más trascendente en la vida que nuestra propia muerte.

En definitiva, el argumento oculto del libro El otro lado no es otro que la inmortalidad, otra paradoja, como mi existencia, que se debate entre el instinto de placer y muerte.

Con sana y no malintencionada curiosidad en más de una ocasión me han preguntado si creo en el más allá. No lo tengo claro. Soy paradójico. ¿Quién no lo es? Soy pánico, que no panteísta, aunque lo sea. Me encanta Rabrindanat Tagore. Acusadme de buenismo, de rousonaiano, pero también soy cartesiano, heidegierniano, heraclitiano. Agnóstico y creyente. Un mar de dudas. Un proyecto a medio hacer. Y en ese proceso estoy. Y si es que me dieran a elegir entre Dios y aquellos, a vosotros, a quienes quiero... ¡Me costaría tanto dejaros! 


viernes, 4 de septiembre de 2026

Arde la huerta



Las matas y el romero mal sobreviven a los calores con la exigua humedad que transpira el cálamo y la cántara. Las tomateras y los naranjos acobardados están bajo la sombra humeante de las palabras sofocadas en esta noche negada de verde, bravura y semen. ¡Otra cursilada más de un yo artificioso y pedante! Lo dijo Cortázar:
La escritura, la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo, la sustitución de lo insustituible.
Y decir que en esta tórrida hora, las matas abrasadas, los calabacines resecos, los frutos pansidos del ciruelo son una cicatriz callada en el vientre del bancal que llora, y que no se cierra, y que se extiende hasta llegar al mismísimo chancro de la tierra, es una metáfora cruel e inapropiada. Y el no saber cómo llamar a las fuerzas desatadas del fuego, si verano, sangre, incendio, irresponsabilidad, ceniza o lava, no es una extravagancia literaria más. Es que arde la huerta.

La luna llena emborronada y sin savia chamusca el crepitar de la hierba seca. Los tallos de la junza aplauden inconscientes con sus castañuelas de niña loca, al ver encendida la huerta en medio de la noche oscura. No saben los lazos de la niña loca distinguir la lluvia, de la sequía; el fuego, del agua metálica de una cuba municipal, aunque a la junza le vaya la vida en ello. Las alarmas amarillas del camión de los bomberos afean con sus faros el cañaveral y la sisca calcinadas. La tierra golpeada por el incandescente martillo de Vulcano se arrastra en su desgracia llevando su estertor hasta los portales de la casa.

El crepitar de las llamas levantó del sueño al hombre de la Huerta Arriba. Y se acercó el huertano al lugar de la quema embarrada con su alma rota y su cosecha diezmada.



lunes, 31 de agosto de 2026

La acequia



Para que se fuera haciendo a la idea, y no la cogiera la muerte de sopetón, le comenté yo engreído a mi madre, ya muy entrada en años:
Más temprano que tarde todos nos vamos yendo...
Y ella me dijo, como la acequia le dice al agua, que se pierde entre las cañas desmemoriadas:
El miedo, hijo, siempre va conmigo. Y lo mismo que el gato lleva el rabo entre las patas, no pasa un día, nublado o raso, que yo no me acuerde de la muerte.
Y para quedar bien o pedir perdón por mi osadía, le referí yo a mi madre, si cabe aún más petulante que antes, lo que dijera aquel poeta de salud escasa:
Tratemos, madre, bien a la muerte para que cuando llegue el día, a su vez ella nos dispense un buen trato.
Han pasado varios lustros de aquello, y cuando en esta tarde veo nadar a los patos por la acequia, algo mío veo que se fue también con ella: el murmullo de sus besos, el canto de la corriente, el agua de sus ojos tiernos. Mientra, yo sigo buscando su rastro.

martes, 25 de agosto de 2026

La sura del relámpago



Tu cerrazón te nubla el alma. Contra mi amor no hay Corán que valga. Te arrodillas ante una aleya, y altivo lanzas una granada en el atrio de cualquier embajada. Renuncias a mi abrazo en favor de tu maldita yihad. ¡Si al menos no hubieras sembrado en mi vientre lo que cobarde no te atreves a recoger! No eres trigo limpio, eres un maldito sarraceno, ¿No te das cuenta que tus creencias no pesan más que un grano de arena? ¡Cuando te emborrachas de doctrina dejas de ser un hombre! (Helen).

Los ojos de Helen, encendidos, cortantes como el viento, arrastraron su furia a lo largo del cuerpo impasible de su compañero. Gibrail no sintió como su mirada le apuñalaba el rostro. El látigo de sus palabras no consiguieron quebrantar su fe. Gibrail nada respondió. Entornó místicamente sus predestinados ojos y se puso a recitar con voz desafiante la sura del relámpago: El fin de los infieles será el fuego.

Helen, al comprobar su endiablada locura, giró brusca sobre sus pies desengañados, y sin agregar nada más, abandonó para siempre a Gibrail.

Podría olvidar el móvil, las llaves, perder el monedero, dejarse parte de la compra en el supermercado, pero Helen nunca dejaría su mochila olvidada en ninguna parte. Por esa obsesión suya de no separarse nunca de su apreciado macuto, todos pensaréis que la chica llevaba en él algo imprescindible, importante. Pues no, -le dijo la primera vez que Gibrail bromeó acerca de su inútil despropósito de ir siempre cargada con su macuto vacío-, lo llevo para meter en él lo que voy buscando. Más me interesa guardar lo que me falta, que lo que tengo. Cuando me veas, Gibrail, liviana, sin mi mochila a la espalda, sabrás que por fin encontré lo que buscaba.

Ahora es Gibrail el que sigue contando esta historia.

Ningún ácido podrá borrar el ensalmo que me produjo la primera vez que vi a Helen, salvo el santo temor de Alá, el compasivo, el misericordioso, que yo yo por entonces tenía. Me senté en el asiento exterior, el que daba al pasillo. En el otro, en el de la ventanilla, no había nadie. Eran las siete de la mañana. Me dirigía a rezar a la mezquita. ¿Está libre? -me dijo, todavía jadeando por la carrera que se había dado para no perder el autobús. Sin responder me levanté para dejarla pasar. En ese momento el chófer maniobraba para salir del andén. La muchacha llevaba su macuto inconfundible de tela verde. Mientras lo colocaba en el maletero superior del asiento tuvo que apoyar sin querer una de sus manos en mi hombro para no perder el equilibrio. Recuerdo el olor a nardos que se escapó por la abertura de su blusa al querer apartar su pecho para que no chocara contra mi cara.

Este encuentro en el autobús se repitió varias veces, hasta que le regalé aquel osito de trapo que ella gustosa cosió al bolsillo exterior de su macuto. Desde entonces Helen se vino a vivir conmigo. Luego nos separamos. Ella pensó que yo había tenido algo que ver con la explosión de un coche bomba en la embajada de Estados Unidos en Nairobi.

Han pasado cinco años de aquello. Desde entonces no había sabido nada de Helen. Pero ayer, entre los hierros retorcidos del atentado de la estación de Atocha, vi tirado en el suelo su macuto (inconfundible) de tela verde, lo reconocí por aquel osito que yo le regalé aquel día en que nos fuimos a vivir juntos. Me acordé de sus palabras, cuando me veas, Gibrail, liviana, sin mi mochila a la espalda, sabrás que por fin encontré lo que buscaba. Luego, en el periódico, reconocí la foto de su cara entre los desaparecidos.

Acorralado por la policía estoy en una vivienda de Leganés. Me dispongo en este momento a activar el cinturón bomba que llevo adosado a mi cuerpo. Cuando encontréis mi cuerpo destrozado por los efectos de la metralla... no recéis por Gibrail, el mártir de Alá, llorad más bien por Helen, asesinada por mi fanatismo.

martes, 18 de agosto de 2026

Contando muertos


Llevo un tiempo recontando muertos. Recuerdo que un día, en sus últimos meses de vida, le dije a mi madre que estuviera bien atenta para que no se enredara con sus parientes vivos y sus parientes muertos. Y es que aquella mañana vino a visitarla su hermana Josefa, y así de sopetón le dijo mi madre: Pero, hermana, ¿tú no te habías muerto ya la semana pasada? Mi tía se quedó tiesa como un palo. Tiesa y ofendida, como si las palabras de mi madre, puñal en el corazón hendido de mi tía Josefa, la mataran en aquel mismo instante.

Y ese consejo que yo un día diera a mi madre, que contara bien a sus muertos para evitar equivocaciones, hoy para mí no tengo. De un tiempo a esta parte, veo morir a vecinos míos, ¡más de la cuenta, tantos!, que no doy a basto para distinguirlos y memorizarlos a todos. Y a tal efecto, para no confundirme como mi madre entonces, he habilitado en el cuarto más grande de mi casa un memorándum en una de sus paredes. Allí voy poniendo en un recuadro los nombres de todas aquellas personas que se me van adelantando en ese mi particular viaje postrero que el destino me tiene preparado. Allí reposan el Sebo, el Cachisporra, el Capidengue, mi primo el Pintao, el Rompestaca...

Hace un mes, por ejemplo, puse la esquela del Parreño. Todos los atardeceres su hija aún acude sin falta a la casa de su padre muerto, con el solo propósito de dar de comer al gato que todavía vive, y que fue mascota y compañía, durante muchos años, de su querido papá. Son tantos los muertos que llevo empapelados en esta habitación, que casi ya no me queda espacio para encuadrarlos a todos.

Hoy mismo, por ejemplo, al querer entrar en la calle donde vivo, me encuentro con una cinta de esas que pone la policía para acordonar una zona de peligro. Me cortan el paso, ¡el paso a mi propia casa en la que vivo! Y me he sentido ofendido, como se sintió un día mi tía Josefa por las palabras que mi madre le dijera. Le pregunto al guardia, y me dice que, más abajo, un fuerte olor a muerto es el motivo. No respeto la cinta, y corro deprisa hacia mi casa, no vaya a ser que el muerto sea yo mismo. Por supuesto, no se trata de mí, sino del Panrollo, ese hombre enjuto que educadamente siempre me saludaba cada vez que me cruzaba con él, montado en su bicicleta camino de no sé dónde. Vivía solo. Al parecer llevaba muerto ya unos días.

Por fin consigo llegar a casa. Subo a la habitación a colocar la reseña y los datos de este último finado de los muchos que llevo ya anotados, y descubro que, tras la inscripción del Panrollo, sólo me queda un recuadro en la pared.

Es por eso, que que a partir de hoy decido no seguir contando más muertos. Al menos deberé respetar ese espacio último para mí. Así que desde aquí mismo hago el siguiente suplicatorio a mis queridos convecinos que me quedan: A partir de este momento, queda prohibido morirse nadie, al menos hasta que yo no lo haga.


lunes, 10 de agosto de 2026

Flor cadáver



Sólo me queda rezar; pero la razón no me deja. Cuando creía, me sobraba la fe, y ahora que soy escéptico ¡cuánto la echo de menos! Y así no hay manera de quitarme este dolor de encima. Vivo en compañía de cuatro gallinas, un nogal, un gato y un perro: las pocas creencias que conservo.

Salgo a dar una vuelta por los alrededores, por ver si los naranjos en flor de la acera, los rosales salpicados de pujantes brotes, el amarillo de los vinagrillos a los pies de una mota junto a la acequia... por ver si la brisa de la tarde.... me quitara esta pena que llevo dentro un montón de días. Me acompañan el gato y el perro. Quiero poner nombre a mi pena, para que mi confusión acabe de una vez. No hay mayor angustia que aquella que desconocemos. No logro saber su origen, ni su por qué, tampoco consigo ponerle cara. ¡Si al menos lograra localizarla, saber cómo se llama, a qué huele, de qué mal se alimenta ..., podría abordar esta pena, tocarla y tratar de curarla, librarme de su herida! Pero la muy ladina y terca se esconde, ha puesto en su rostro un tablacho que no deja que mis ojos de agua la reconozcan y reconduzca su adolorido caudal allá donde ella pueda restablecerse.

El gato y el perro, sabios y compasivos, nada más verme salir de casa, los dos se me han unido en mi escapada, queriendo consolar mi tristeza. Llorar juntos rebaja las penas. Mal de muchos, consuelo de... Los tres, atontolinados, paseamos juntos entre verjas ensortijadas de madreselvas, geranios que asoman su rubor por recatadas y humildes celosías. Me detengo y agacho para arrancar la mata de una osada corregüela que quiere estrangular con sus hilos y trompetas una pequeña palmera, recién nacida libre a la vera del camino. Por cierto, esta mala hierba echa unas flores preciosas; campanitas veteadas, unas; sonrojadas, otras. Los dos animales, creyendo ambos que voy a perecer de un mal paso, se apretujan contra mí: el gato desliza suave el rabo por los tristes tobillos de mis pies atribulados; y el perro lame con su lengua caritativa mis desconsoladas manos sudorosas.

De vuelta, entro en la casa. Lo animales: de nuevo a lo suyo, merodean felices entre el atardecer y el ocaso. Yo me hago un café para retrasar un poco más los malos sueños de la noche. Y en el poso de la taza se me antoja ver una flor tan esbelta y cruel, como aquella que allá en Varsovia, llaman flor cadáver. Y me pregunto: ¿Cómo, de flores tan hermosas, pueden emanar olores tan nauseabundos con intenciones tan perversas?

jueves, 6 de agosto de 2026

Llanto reprimido




Junio. 1989

Anoche mismo, estando viendo al grupo de teatro La Cubana en el auditorio de Molina de Segura, me entero de la muerte de Pepe Ros. Esta mañana llamo a Maricarmen Lorente y juntos nos desplazamos a Cartagena. El entierro es a las once. Llegamos a Santa Florentina. La misa ya había empezado. Telesforo, Pepe Lafuente y Luís Capilla presidían la ceremonia. Baste recordar que Pepe Ros fue uno de los pioneros de la organización del movimiento obrero en Cartagena. Su ámbito de presencia, movilización y compromiso, (entre otros: el ciudadano, el apostólico, -HOAC-, el político…), fue el mundo de los trabajadores de la construcción, los albañiles. Participó en la creación del P'alante, periódico clandestino cuyo fin era avivar la conciencia obrera y contribuir al derrocamiento de la cruel dictadura de Franco. Animador, líder, militante, entusiasta y combativo fueron las principales características que observé en muchas de las ocasiones que coincidí con él en asuntos relacionados con la lucha política y sindical. Sus aportaciones siempre se caracterizaban por su firmeza. Su vinculación directa con las masas, (según la terminología de la época), le conferían autenticidad. Persuadía por su sensibilidad y espíritu de clase. Transmitía seguridad. Todo ello, junto con su espontáneo humor y camaradería, configuraba su personalidad claramente definida.

Me ha impactado su inesperada muerte, el misterio y el simbolismo de su vida, su cuerpo desplomado en los asientos del coche con las llaves en la mano, desaparecido... El forense dice que la causa de su muerte ha sido un infarto. Buscaba con pasión, -comenta un amigo suyo-, un rincón siempre negado de felicidad terrena para los últimos. Se entregó a la defensa y promoción de los pobres. Y es ahora, cuando Pepe ya no está entre nosotros, que entiendo que forma parte de esa especie de hombres vitales, geniales, contradictorios que hay que quererlos primero para poder comprenderlos. Con Pepe se nos ha marchado un buen trozo de la historia y de la visión del Movimiento Obrero de Cartagena.

Una de las últimas veces que estuve con Pepe Ros fue a las puertas del ayuntamiento de Cartagena. Me parece que por aquel entonces él era concejal socialista de esta Ciudad Departamental. Recuerdo que yo participaba con otros camaradas en una manifestación anti-OTAN. Nuestro saludo fue un abrazo fuerte. Noté que, sin mediar palabra, Pepe Ros se soltó de mí y siguió hacia adelante con lágrimas en los ojos. Hoy en su entierro no hago sino preguntarme por el por qué de aquel llanto reprimido.

sábado, 1 de agosto de 2026

No esté usted triste


El principito apareció en la Tierra, y después desapareció... Si entonces un niño viene hacia ustedes, si ríe, si tiene cabellos de oro, si no responde cuando se le interroga, adivinarán que es él. Entonces, ¡sean gentiles! No me dejen así tan triste: escríbanme rápido que él ha vuelto…
Cumpliendo con el deseo que el autor del Principito hace a sus lectores en el último párrafo de su libro, se me ocurrió de inmediato escribirle la siguiente nota:
Señor Antoine de Saint-Exupéry, no esté usted triste, alégrese. Yo he visto a su pequeño Príncipe precisamente ahora mismo. He levantado mis ojos y lo he visto allá en lo alto, sonriéndome como un dulce rebaño de cascabeles entre las estrellas alegres del cielo. Llevaba un fanal en su mano. Y parecía el fanal la misma mirada de una flor encendida. A su lado estaba también el cordero. El cordero no tenía bozal ni estaba atado. Estaba suelto y llevaba la soga rodeada al cuello como quien adorna su garganta con campanitas de plata tañendo libre al viento. Para su tranquilidad le digo pues, señor de Exupéry, que no sufra: el cordero no se ha comido la flor; al contrario, tanto su Principito como la flor y el cordero jugaban a la comba con las estrellas en el firmamento, un mundo sin vallado ni fronteras.

Nota: Texto escrito el mismo día en que desde Marruecos entraron a Ceuta más de cincuenta mil inmigrantes.

 

lunes, 27 de julio de 2026

Un cordón de hormigas


Esta mañana caminas monte arriba. Quieres adentrarte en el oro maíz de la sierra de La cresta el gallo. Siempre que sales a caminar, te ciñes a un mismo ritmo, un compás de cuatro por cuatro que marcas en tu interior de manera sincronizada: ¡Un, dos, tres, cuatro! ¡Un, dos...! La tierra polvorosa salpica tus pies sudorosos, los rodea de reflejos, pequeñas nubes de polvo translúcido y ceniciento. La cuesta empinada posiciona tu cuerpo en paralelo al terreno que pisas, en sudorosa e inclinada adoración reverente. El silencio de tu ascenso, atento sólo a tus pasos, trae a tu memoria otros caminos. Ninguno de ellos supuso un triunfo definitivo. Todos quedaron en pura tentativa. Y no porque no fuese fructífera tu andadura, sino por el hecho de que caminar es un ejercicio de desasimiento, dejar atrás parte de ti, un proceso siempre en marcha, nunca un logro, nunca una meta, a no ser que la meta sea el mismo camino. Andar, andar, atravesar, pasar.

A lo largo de tu vida viajaste por muchos senderos, callejeaste pueblos, atravesaste mares, campos y vericuetos; pero tienes la impresión de no haber culminado nunca nada. Te prepararon para ser pastor de almas, y ejerciste de revolucionario y sindicalista; estudiaste para maestro, y trabajaste de peón; optaste por ser célibe, y tienes mujer y dos hijos. Y aún a pesar de estas, (sólo aparentes), contradicciones, crees que nada es distinto porque la opción fue la misma: no engañarte a ti mismo. Experiencias todas que a pesar de la renuncia que comportaban, enriquecían tu conciencia.

Todos los caminos se reducen a caminar. Ens et unum convertuntur. De ahí su parecido. ¿Acaso la esencia del camino es otra? ¿Acaso puede ser otra la canción (Ami la vie est belle), que ahora se te escapa a pleno pulmón, nada más ver y embeberte el azul y el verde que crece y se derrama exultante desde la Fuensanta hasta más allá de Monteagudo?

Haz lo que haces, y hazlo bien. No pretendas otra cosa, pues como decía Cavafis: No hallarás otra tierra ni otro mar. / La ciudad irá en ti siempre. Volverás / a las mismas calles. Hay lugares por los que pasas y te suenan a otros que ya recorriste hace tiempo. No es que tu camino no sea el que has elegido, es que cualquier camino que tomes te parecerá equivocado, porque mientras caminas no haces otra cosa que caminar. Aquí viene bien decir que todos los caminos llevan a Roma. O como dijo el maestro a su discípulo: el camino está en la casa y en la casa está el camino.

Después de la larga marcha, te sientas a descansar. Pero en tu interior aún resuena la cadencia rítmica de tu caminar recién detenido: un, dos, tres, cuatro.... Junto a tus pies: una hilera de puntitos negros serpenteantes. Un cordón de hormigas, todas ellas caminan en perfecta formación, van y vienen. Te sorprende el hilo fluido de su rápido caminar, una cinta móvil y continua, tan seguida y tan uniformada que la ves fija y estable. Pero observas a una hormiga, aislada del resto del pelotón, desorientada, como borracha de tanto chupar la roca abrasada. Una gota del sudor de tu frente cae y se se derrama sobre los ojos emborronados de la hormiga que no encuentra su camino, ha perdido el ritmo, el norte y su sentido. La mirada perdida de la hormiga no es sola suya. Tú te restriegas los ojos, te levantas y emprendes tu camino de vuelta hacia el Valle perdido.

miércoles, 22 de julio de 2026

Politesse



Sentado ahí en el banco, enfrente de donde vive, un hombre se entretiene leyendo a Lèvi-Strauss:
¿Qué hacer para calmar a todas aquellas personas y circunstancias que distorsionan mi anhelada tranquilidad invulnerable...?
Espera a su mujer para ir los dos al mercado que ponen los sábados, no más allá de cuatro calles de su casa. A su lado: el carro de la compra, disimulador de su quehacer y espera. La gente pasa cerca de él: una madre a pie ligero con una cesta en la mano, seguida de un niño con su sueño interrumpido, un hombre con un carretón destartalado rebuscando en los contenedores de la basura; pasa también un hombre con su perro, o mejor: el perro conduce al hombre, pues éste, (su amo), va detrás de su mascota, si cabe más fiel que iría el mismo perro tras el hombre. Entre párrafo y párrafo levanta la vista de la página del libro Tristes trópicos:
… la civilización no es más que esa civilización frágil que preservábamos...
Intenta saludar de palabra a los que pasan, y con un gesto de su mirada procura ser amable con ellos. Ninguno le responde. Natural. Si no me conocen de nada, ¿por qué deberían decirme? ¡Señor, muy buenas! Y vuelve desilusionado cual vendedor de sonrisas apagadas a la lectura del célebre antropólogo francés:
...cuánto menores eran las posibilidades de las culturas humanas para comunicarse entre sí y por lo tanto corromperse por mutuo contacto...
Se congracia con los transeúntes que pasan a su vera, suplicándoles su consideración, haciéndose notar. ¿Acaso le preocupan sus cuitas? ¿O sólo intenta saludarles para que aprecien su orgullosa actitud lectora?

¡Y qué manía la de este individuo ser tenido en cuenta, como si él fuera un nativo nambikwara del Amazonas, o alguien que mereciera la pena ser objeto de estudio! Si le saludaran, existiría. No hay nada más humillante que ser tratado como un cero a la izquierda, ser invisible como aquellos indígenas de los que habla Lèvi:
¿Indios? los ataban a las bocas de los cañones y los despedazaban vivos. Así acabaron con ellos, hasta el último.
Si al menos le dijeran ¡Hola! ¿Acaso a los mayas les importó un pimiento que alguien, aunque fuese un enólogo de renombre como el autor del libro que tiene en sus manos, al cabo de miles de años se acordara de ellos? Los calores no sientan bien a la lectura entrecortada de este hombre. Las letras se le amontonan. Y de sus ojos pasan a su cerebro como kilopondios de plomo sugiriéndole nada más que tonterías. Lo único que quiere este hombre esta mañana es ver salir por la puerta de su casa a su mujer, que le haga señas, y vayan los dos a comprar tomates y calabazas al mercado de los sábados antes de que apriete el calor con sus tenazas de fuego.

Ve ahora a dos tórtolas a una distancia prudente y respetable la una de la otra. Una acaba de refugiarse en la espesura de un frondoso árbol de botella bajo cuya sombra se protege del inusual calor madrugador. La otra, desde la cima de la farola donde se encuentra, inicia también su vuelo al corazón de la espesura del árbol. Los pájaros también sienten la necesidad de hacerse ver y notar entre ellos, pero de manera más natural, sin tanto enredo y politesse como la que este lector desbarra esta mañana mientras espera a su mujer.

viernes, 17 de julio de 2026

La transustanciación del agua



A las 17 horas de ayer martes, la policía rural, a su paso por el partidor del agua encontró ahogado a un hombre anónimo sobre el lecho de una acequia de la Huerta. Nada sabemos del por qué de este accidente, sólo que el infortunado vestía camisa blanca y calzaba botas negras.

Vive ahora este hombre junto a unos esplendorosos arbustos de romero en el último remate de un camino que huele a eternidad efímera, a caducidad fértil y próspera. La estrepitosa muerte de su mujer, una buena moza de ojos azules, dejó hecho jirones su corazón. Y se instaló en esta casa al frescor de dos moreras al mediodía. Y se acomodó entre naranjos y vinagrillos a dos metros de un cauce por donde los del Heredamiento de Aguas dan riego todos los martes del año a los arrendatarios de estas tierras. Y viendo que aquí se estaba bien, y el tiempo no corría, el hombre como abeja expectante detuvo sus andares tristes y se sentó sobre el tronco de un viejo árbol desmochado a la espera que los azules del romero le sonrieran.

Tiene este huertano cara de peonadas amargas, bigote en punta, de persona recelosa y huraña, orejas peludas de incomprensión y desengaño; pero cuando se detiene delante de la acequia, su rostro se relaja, y sus neuronas en torbellino se apaciguan, y hasta su arrogante mostacho se ablanda como mantequilla sobre las tostadas de un frugal desayuno; y cada vez que contempla el agua abriéndose paso entre sus pocos caballones de patatas, tomates y calabacines, su ánimo se embelesa y su cuerpo se derrite como cirio pascual ante el Santísimo.

El hombre se vino a vivir en este trozo de tierra, creyendo que en este ameno lugar daría caza al júbilo resucitado de sus días conyugales. Este hombre, un simple agricultor, nunca escuchó a Leibniz decir: Siempre es posible alcanzar lo que se espera, de lo contrario ni siquiera la esperanza existiría. Pero su esperanza se hace esperar, es esquiva y se le escapa como liebre perseguida por zorro rabioso y hambriento. Y a los siete años, esperando ver azulear a su mujer muerta en las flores del romero, un martes de riego, (jornada-eucaristía del agua), el hombre, cansado de esperar, se atavió con su mejor sombrero de paja, camisa sin cuello, limpia y blanca sobre su piel trabajada y rugosa, y sobre los hombros, su azada de hoja firme y deseos infecundos, y se encaminó a la feria del agua.

Y delante de la acequia, cual ceremonioso oficiante, se detiene para contemplar cómo el agua empapa de savia todo el regadío de la huerta. Y beber quiere él también, como la tierra sedienta y desesperada, comulgar de festín tan santo y suculento. Y sin escuchar nunca aquel poema de Alfonsina Storni, suspira como ella nada más ver la acequia: ¡Agua, agua, agua, mi alma seca, de seca se rasga!

Luego la acequia miraría cara a cara al hombre. El agua lo llamó por su nombre; o tal vez fuera el agua, quien por boca de su difunta mujer, le dijera: Ven conmigo, amado, y gocémonos hasta saciarnos. Y embobado por el reclamo azul y verde del fluir continuo y comunero del agua-olor-romero, este hombre dejó caer su cuerpo plácido a su morada postrera. No hay nada que la muerte no cure.

lunes, 13 de julio de 2026

Tres en uno en cuatro días


 
En pocos días hemos enterrado de seguido a tres o cuatro vecinos de mi calle. Se nos fue el Moratones, luego don Hipócrates el farmacéutico, al día siguiente doña Solomillo, la mujer del carnicero de la esquina... Todos ellos amigos muy queridos. Se ve que la Parca, al estar la gasolina por las nubes, (el estrecho de Ormuz está cerrado a cal y canto, a cañonazos y treguas de papel mojado), empeñada está en cortar Átropos por lo sano el hilo divino de nuestras vidas. ¡Ay la desventurada guerra usurera, indichosa, incivil e inacabable! Ahorrarse quiere la tan atareada Muerte en viajes y kilometraje. ¡Tres en uno en cuatro días!

Y así cuando aparco el coche en retirada de un cacho de mis días andados, cada vez más apreciados y escasos, echo siempre una ojeada sobejo los alrededores de donde vivo, (la feliz orilla de un río que de fluir amaneceres nunca cesa), por debajo de los coches, por los portales de las viviendas, entre las rendijas de mi alma en pena, por si viera a la Parca, y así sacudirla desde mi balcón de flores como a una estera, o espantarla, desesperado, como a intrusa rata indeseada. La muerte es terca y callada como una mula. Llevo una cabeza de ajos siempre conmigo por si acaso.

Siento que me estoy perdiendo el futuro. En estos años de involución y atascos, de marmotas interminables, el futuro tal vez sea aquellos años que ya viví en tiempos pasados. Ojalá pudiera decir lo mismo de mi muerte y regresar siempre por estos pagos.

Uno vuelve siempre
a los viejos sitios en que amó la vida...
(Canción de las simples cosas. Armando Tejada)


lunes, 29 de junio de 2026

Quien no encuentre su niño difícilmente llegará a ser hombre


20


Azulada es el topónimo que utilizo para referirme a la ciudad que me vio nacer. Azulada es también el título de un libro de búsqueda, un monólogo interior que, como dice Ángel Salcedo en su Presentación, responde a las preguntas de un yo perdido, alma errante que todos, tarde o temprano vamos elaborando para ir cerrando las cuentas no saldadas de otros tiempos.

Encontrar quiere Noel, el protagonista de esta novela, al supuesto amante de su mujer. Para ello recurre a una serie de cartas en las que, una tierra caliente y fértil, la Azulada noble, leal y fidelísima, asentada en un campo de gules, sobre ondas de azur y plata, es también la co-protagonista de esta historia, cuya trama es sólo relleno y soporte de una serie de cuestiones incontestables que a sí mismo se hace el remitente de estas epístolas, un hombre un tanto rucio, confuso, fáustico y de sí mismo desconfiado, acerca de su yo desarraigado y esquizofrénico, sobre el paraíso de su infancia pérdida. Quiere Noel, León, o como se llame el relator de estas 79 epístolas, dar con su Ítaca añorada, descubrir la Dulcinea de su amor, su soberana y alta señora, su mujer Mariana, abrazar la Azulada griega, la Azulada hebrea, la romana, la musulmana, la Azulada de todos…, detener el tiempo, vencer a la muerte, ese dolor ingente de no poder ver más a su pueblo, contemplar cómo sus raíces se extinguen, observar que el azul de su cielo, sus apostasías y credos, su niñez, (y con su niñez, su ser al completo), se desvanecen cual las nubes, como las sombras del sueño de Job, quebrantado por la polilla. De la mañana a la tarde son destruidos. Y mueren sin haber adquirido sabiduría. ( Job 4:13-21).

Quien no encuentre su niño difícilmente llegará a ser hombre.