sábado, 21 de febrero de 2026

A oscuras en la Cañada


 

Había una ciudad a oscuras cuyos habitantes tan bien gobernados y arancelados eran, que sus alamines hasta por mirar lo que no veían les cobraban una tasa a los buenos de sus vecinos. (Alcaides sin cabeza).

Me detengo frente al edificio de la Real Casa de Correos. Al caer de la estatua de un rey a caballo. Un hombre bien plantado yergue su acicalada estampa delante de la puerta del Sol de Madrid. Corona con gorra su testa al estilo tirolés. Melena lacia, barba recortada, viste chaquetilla corta, torera, pantalones rayado en sus laterales con los colores patrios. Botas negras hasta las corvas, abrillantadas con betún de judea. Parece un macero con uniforme de gala en fiestas de san Isidro. Lleva en su mano desplegada un cuadernillo a modo de cepillo limosnero. Parece un recaudador al servicio del alcalde de la Villa. Tal vez no lo sea, pero por sus aires garroneros, a mí me lo parece.

Antes de dirigirme a saludar al lotero ambulante de mi compadre, que vende cupones caducados en la entrada del Corte Inglés de Preciados, me detengo unos segundos frente al emblemático reloj de la torre para saber la hora. El supuesto guindilla, nada más verme, corre hacia mí, me acorrala con su inquisitoria presencia. Y, como buen koldo y contable, arranca una hoja del talonario, un albarán, un recibo con firma y sello, donde dice que, según normativa municipal número tal..., todo aquel que mire el emblemático reloj de la Puerta del Sol, está obligado a pagar a las arcas del erario municipal la estipulada cantidad de dinero...

Para dicho propósito embolsatorio cuelga este hombre, mitad funcionario, mitad jeta, una cartera de cuero repujada con el emblema del escudo de la ciudad, un oso y un madroño, símbolos del poderío y del pillaje de la villa capitalina.

La mirada gendarmeril y el gesto amenazante del madero municipal se clavan en mis bolsillos vacíos como si yo fuera el mismísimo rey de Gales. Ignora este sabueso cobrador que yo vengo de estirpe egregia y gitana, que vivo en la Cañada Real y que soy pupilo, para más inri, del tío Antón el de los cupones pelados. Que a mí no me la dan con queso. Y en tono cortés, conforme reza mi apellido, contesto al simulado guindilla en respetuosa rebeldía:

Si hasta por mirar lo que no vemos, la luz que no tenemos, nos cobráis, oh infelices de vosotros, que no sabéis ni p´a lo que vale un peine en un candil sin mariposa ni aceite... 

miércoles, 18 de febrero de 2026

Runa




Tengo yo una estantería llena de nombre muertos. Gobanilla, coscoletas, clóchinas, resbalaor, regatilla... Apenadas estas palabras, tras vagar durante un tiempo por calles mudas y desiertas, no encontraban a nadie que las abrazara, que las llamara. Las guardo en la biblioteca de mis recuerdos como muñecas rotas. Se murieron desconsoladas. Pues nadie las acunaba, nadie las decía.

En mi infancia las palabras, cuando por primera vez las escuchaba, me sorprendían. Mi mente y mi corazón saltaban de gozo al verlas. Hoy, me encuentro por casualidad con una mujer desolada husmeando entre las ruinas de su casa devastada por las bombas enemigas, siempre enemigas, se mire por donde se mire, se llamen como se llamen, vengan de donde vengan, las disparen emperadores, fanáticos, vasallos, mercenarios, el cambio climático, danas, imbéciles, locos o lunáticos... Lleva esta niña, esta mujer, este anciano, todo el mundo parlante lleva una palabra en su boca. Runa es su nombre.

Hoy me encontré con la palabra runa. En la Azulada de mi infancia utilizábamos este nombre para referirnos a los escombros amontonados, tras el derribo infortunado de una casa vieja. Llevaba siglos y siglos sin escucharla. Me agacho, la recojo con mucho cuidado. Esperanzado, le doy cobijo, la guardo en la biblioteca de mi casa, por ver si un día, como quien pone a secar sus lágrimas en el tendedero de la terraza, el sol tuviera a bien limpiar, blanquear las manchas de su tristeza.



domingo, 15 de febrero de 2026

Libro locomotora



En un sillón de cuero escarlata con sus dos orejeras empinadas, repantigado está don Eulogio Libretas, el propietario de Ediciones d`Errata. Con ojos ariscos emborrona el manuscrito que acabo de entregarle para su publicación, como quien espantado se asusta de un escarabajo. Más que sentado, parece estar empollando el huevo gigante de un avestruz. Escucho el bullir de las grasas de su ilustrada barriga. Sólo el atrofiado murmullo de sus palabras cansinas farfulla por el tubo de escape de su boca apolillada:
Señor Blao, el borrador de su autoría sufre parálisis literaria, parece un viejo con su cadera rota, una tortuga escayolada con torniquetes de estaño. Como jefe de estación de esta esplendorosa empresa de incunables y antologías, sin mácula a lo largo de sus dos siglos de historia literaria, no puedo ordenar la salida a la luz de obra tan trastocada, pobre, oscura y rasposa.
Es inútil. Estoy ante una mole de carne inconmovible, con la caja fuerte de su cerebro cerrado a cal y canto. Con un golpe seco se deshace del libro, y me lo devuelve asqueado. Con todo, no me resigno. Como gato panza arriba defiendo el provocador parto de mi obra, el proyecto en el cual tengo puesto todas mis esperanzas. ¡Ay quien fuera David Uclés, el escritor de las arcas llenas. Cancelaría la hipoteca, me sobraría dinero para alumbrar el desierto de las farolas muertas! Pero tendré que esperar hasta que los tigres desalmados del banco me despellejen con la subida de sus intereses. ¿Quién sustentará entonces con su alpiste a los pájaros soñadores de mi casa vacía?
Sabe usted muy bien que lo del poco poderío de mi libro es una simple excusa. No es frágil su trama y mucho menos el motor de sus estampas. Mi manuscrito está vivo, en marcha sobre unos raíles firmes, muy bien amueblado, esperando que los lectores se suban en él, se embeban de las maravillas de un delicioso viaje a lo largo de sus aventureras páginas, cargadas de sorpresas y ambrosías, de sobresaltos infinitos.
Insisto de nuevo. Suplicante propongo ahora al señor Libretas:
¿Y sí consiguiéramos que un afamado prologuista, un encomiable serendípico de la Real Academia, elogiara la perfecta ingeniería de mi libro-locomotora, que resaltara el ingenioso significado y alegoría de su atrevido diseño. Además, don Eulogio, su prestigiosa editorial, engrandecida por el proemio de académico tan ilustrado, enaltecida y sustanciosamente lucrada se vería.
El señor Libretas no se da por vencido:
Su trabajo, ya de por sí, bastante pesado, quedaría muy “cabezón”, como bolo palabrero difícil de digerir. Vuelvo al símil, señor Blao, no se ofenda: mucha locomotora para los vagones de sus esmirriadas letras.
Por la ventana del despacho del director de Ediciones d´Errata, veo como las aves de mi engreído e iconográfico escribir se pierden convertidas en carbonilla. Don Eulogio Libretas levanta sus posaderas para airear las sudoraciones acumuladas de su trasero contra la redondez aplastada del cojín de cuero que con resistencia supina asiento mullido le presta.

Esta vez soy yo el que, parodiando su meliflua analogía ferroviaria, intervengo sobresaltado para evitar que el humo de sus despropósitos enturbie y ahogue mis ganas de sacar a la luz el borrador de mi libro:
Hoy día la mayoría de los lectores... son consumidores de literatura fácil, se apean en la primera estación, les produce vértigo nada más mirar el índice de una obra profunda. Prefieren el apeadero de las multinacionales, donde en sus andenes sirven basura finamente encuadernada con piel de rata. La fuerza que hace andar a un tren son sus calderas de vapor, esa gruta incandescente que nace de la negra oscuridad creadora del carbón. Dice usted que mi libro-tren no dice nada. ¡Cuánto más cosas dijera, mayor sería la dificultad de los lectores en entender! ¿Acaso le hace falta a la noche callada palabras para encender de pasión y transmitir a los enamorados su misterio?
Sí, -me responde don Eulogio- eso es precisamente lo que le sobra a su libelo, ¡Originalidad! ¿A quién se le ocurre pintar una estilizada locomotora entrando por la portada de un libro a través de un túnel de 120 páginas, un riguroso silencio en negro, para luego ver la máquina aparecer por su contraportada?

martes, 10 de febrero de 2026

Manténgase a la espera


 
Vivía yo entonces en Belleville, un barrio cosmopolita y modesto de la banlieu parisina. Día a día, observaba una diminuta mancha de humedad que se extendía rauda por mi habitación. Me acordé de Las caras de Bélmez, de los hermanos de La casa tomada de Cortázar, del sótano oscuro que tanto miedo me daba, donde mis abuelos guardaban sus cachivaches y enredos. Un miedo innombrable se apoderó de mí. Escuché como si de las paredes brotara un quejido, como un desgarro. Sentí aquel crujido cual amenaza cruel de un desmoronamiento. Y antes de que los muros de aquella humilde chambre se desplomaran y me aplastaran, salí corriendo. No paré hasta regresar a España. No me despedí siquiera de mi patrona Jacqueline, aquella buena mujer, ya entrada en años, que había tenido la amabilidad de alquilarme aquel habitáculo por el tercio del sueldo que yo ganaba como garçon de cuisine en un colegio de estudiantes situado en pleno Boulevard de Sain-Germain de la ciudad de París.

Hace ya más de cuarenta años de mis tiempos de espagnol de merde. Y esta misma mañana, un nuevo contratiempo inexplicable, como aquel de mis tiempos de emigrante por tierras galas, me ha sucedido aquí en mi casa de Azulada, donde dulcemente vivo jubilado con un gato, y en compañía de unos cuantos libros que aún mantienen despierto mi sentir y entendimiento. Y ando al igual que entonces, por una insignificancia, confundido y preocupado.

Al ir esta mañana, según mi costumbre, a poner la cafetera en la vitro-cerámica, saltan los plomos de la luz. Reviso las conexiones eléctricas. Todas están en perfecto estado. Enchufo el microondas, la tostadora, pongo en marcha el pequeño radiador que en estos días de frío atroz me congela hasta el alma. No hay manera. Cada vez que mis asustadizos dedos se acercan a cualquier pulsador de corriente, los automáticos se disparan como arcabuces que sobrecogen mis oídos en días de arcas cerradas. Pero en lugar de huir, como en aquella ocasión de friega-platos por París, cojo ahora el móvil, y llamo a la empresa suministradora para contratar más potencia, y no verme privado de mi café matutino.

Compruebo que el móvil no tiene batería. Acudo a Luci, mi vecina del 2. A, para ver si desde su móvil pudiera llamar a un agente de mi compañía. Sin yo darme cuenta, me coge el teléfono una mediadora. Le cuento mi problema. De inmediato, al otro lado del teléfono, una señorita muy atenta, se pone a mi disposición diciéndome a cada momento: se lo solucionamos enseguida..., no hay problema..., no se preocupe. Tanta es la amabilidad de la joven que atiende mi llamada, que acepto, sin reparar en nada, todas sus ventajosas propuestas con tal de salir cuanto antes del apagón que me tiene desconcertado.

La joven no me dice su nombre. A cada paso me recita como un mantra: no se preocupe, señor, estamos para servirle. Sospecho de tanta gentileza. Por naturaleza no suelo ser muy desconfiado, aunque prefiero la naturalidad al elogio interesado y sin fundamento. Me advierte que debo responder con un escueto a todas sus formulaciones, pero sin hacer comentario alguno, puesto que la conversación, por medidas de seguridad, -añade-, va a ser grabada. Este último término me sabe a ultimátum, a encerrona. Ella a continuación empieza a leer como un papagayo, de carretilla y sin pausa. Me cuesta trabajo entender lo que tan apresuradamente tararea. Me vuelve a recitar su cacareado mantra no hay problema. Que responda que a todo. Y así lo hago. ¡Ay obedientia tutior, cuántos perjuicios ocasionaste a pobres mentes de corazones cándidos!

Acabada la entrevista telefónica, por la ventana del patio de luces del edificio, gracias a la generosidad de Luci, extiendo un cable desde su cocina a la mía para provisionalmente disponer de corriente, hasta que mi desaguisado se solucione. Ya en mi apartamento, una vez enchufado el móvil, accedo tranquilamente a leer los correos que la empresa suministradora acaba de enviarme. Y me doy cuenta que la empresa con la que acabo de hablar no es la que yo creía, (con la que mantengo mi contratación desde hace años). Y compruebo que, además de haberles proporcionado todos mis datos bancarios, en ningún mensaje de los que me envían hacen mención alguna al aumento de potencia. Sólo se limitan a detallar detenidamente la cuenta y el destinatario del cobro de la nuevas facturas a remitir a mi cargo. Las prisas y mi nerviosismo fueron la causa de que yo llamara a otra compañía. En menesteres en los que uno se encuentra muy apurado, la competencia es perversa, y a la caza está de clientes incautos.

Lo peor vino después. Inmediatamente, al comprobar mi error, llamo de nuevo a la empresa fantasma para decirle que quiero ejercer mi derecho de desistimiento a la contratación realizada hace tan sólo unos minutos. No me es posible. Me responde una melodía horrible e interminable. Si antes su diligencia para atender mi nueva contratación fue excelente, ahora para darme de baja, la espera se me hace más larga que un día sin pan. El disco rayado no cesa: Manténgase a la espera... Manténgase a la espera. Y así hasta la enésima vez. La callada por respuesta entre músicas interminables y agotadoras. Por fin, tras largas esperas escuchando una y otra vez, la misma cantinela desesperante Manténgase a la espera, consigo hablar con un hombre que insiste e insiste, que me advierte, me reprende y no comprende ¿Cómo se atreve usted a desperdiciar la ocasión de concertar con otros lo que nosotros le ofrecemos a mitad de precio? ¿Acaso usted prefiere pagar más dinero por servicios de peor calidad? Ni siquiera deja que me disculpe, que todo ha sido una equivocación por mi parte: Yo creía... No me deja hablar. Este hombre, entre robot e implacable mole, no se apea de su argumento. Por más que le ruego que desista, no para de comerme la oreja. Y dale con la burra al trigo -le replico cabreado. Prefiero dilapidar toda mi fortuna, antes que seguir aguantando su impertinencia. Este hombre lo único que pretende es aburrirme para que no me desdiga del contrato que erróneamente convine con ellos. Colgué pues para no seguir oyendo las desgracias que este señor me aventura con la interminable ristra de trámites y papeleo que he de llevar a cabo si me desvinculo de ellos, no sin antes decirle con voz firme y decidida: La ley me reconoce el derecho de anular mi consentimiento. Adiós muy buenas, nos vemos en el juzgado.

Al día siguiente recibo un correo de la avispada comercializadora: Nos ponemos en contacto con usted para decirle que su solicitud de desistimiento ha sido aceptada. Estamos encantados de haberle atendido. Estamos a su disposición para ayudarle en lo que necesites.

Lo que más me jode de esta historia es tener que ponerse borde para que a uno le hagan caso. Y es que bien lo dice el refrán: El que no llora, no mama.

viernes, 6 de febrero de 2026

Querido abecedario


Ver un Mundo en un Grano de Arena
y un Cielo en una Flor Silvestre;
tener el Infinito en la palma de tu mano
y la Eternidad en una hora.

(William Blake)


Quiso el amador (armador) de letras elogiar el mérito de cada una de las grafías de nuestro querido abecedario. Quiso agradecer a vocales y consonantes sus recurrentes servicios a la hora de crucigramear palabras, el arte de construir todo un mundo interminable de posibilidades semánticas. Ya lo dijo Borges: un punto contiene todos los puntos del universo. Por lo que este tejedor verbal, sin estar muy seguro de ello, pensó que todas las letras del abecedario estarían en cada una de ellas. Una manera ilusoria de calmar sus ansias irrealizables de hacerse con el infinito. Obligado se puso pues a la obra. Pero nunca veía el final de la magia algorítmica de su intento combinatorio. Así pues se dispuso a elogiar una por una las letras del alfabeto. Empezó por la J.

La Jota:
De aspecto bravo y corajudo, es seria y altiva esta letra; pero sólo en apariencia. Recia y fuerte, tanto por su grafía como por su elocuente rugir. Despista su ronco y áspero crujido, su estirada desenvoltura. Su atractivo y desgarbado aparejo es sólo un pretexto para encubrir su timidez y bajura. Es persona que sabe de su humilde condición. Se agacha por debajo de su línea de flotación y nacencia. Y compensa este hundimiento, sabio conocimiento, con el coqueto detalle de cubrir su cabeza con una despuntada corona para hacernos agradable su presencia. Su modesto nacimiento no está reñido con la nobleza y la elegancia de su porte y galanura. Ella sabe de exilio e islámicas xenofobias, pero no por ello se hunde, sino que se levanta y se rehace con valerosa dignidad de sus cenizas. Y hasta canta y baila con ese aire voluntarioso que le da el firme convencimiento de que la vida es un manojo de llantos y alegrías, una mezcla de aire y tierra. 

Tiene carácter la jodida. Es original, de difícil carraspeo, y a la vez sencilla. Es vocal y consonante, fuerte y suave, zona abierta entre extremos que se tocan. Es verja, arado que labra la tierra, y a la vez, lazo, jugo y yugo de culturas uncidas, diversas, mal avenidas que se enriquecen, se quieren y se complementan. 

La jota, como la vida misma, unas veces es irritante, insultante y temerosa, y otras, (las más), es coyunda, servicial ajuntaera, gozo que salva y que hace emerger la vida del caballón soterrado de su fecunda bajeza...

martes, 3 de febrero de 2026

Sólo es nuestro lo que perdimos

 



A veces me pierdo por textos distintos, que no tienen nada que ver con lo que en ese momento estoy leyendo. Sí, distintos; porque son otros los temas que me sorprenden y atiendo. El libro que un autor escribe no es el mismo que el lector tiene en sus manos. Y me extraño como se extrañaría una rata que en lugar de un ratón pare un encantador minino.

En el libro que ahora tengo en mis manos, (Tras el cristal), de un tal Platero Nogués, se cuentan las incidencias de una mujer encerrada dentro de una gran caja transparente, en plena Avenida de la Gran Vía, y a la vista de todo el mundo. Y esta lectura me transporta a mi infancia.

Vivía yo tres manzanas más allá de aquel fotógrafo. Tenía su estudio en la calle nueva. Me cogía de paso siempre que iba a ver a mi abuela. En la puerta de la casa del retratista, una placa de metal con letras doradas decía Fotos Tani. Dentro de un escaparate de cristal, colgado a media altura de la fachada como reclamo para clientes, exhibía sus mejores retratos. Y cada vez que por allí yo pasaba, me detenía en una de sus fotos: la de una niña vestida de primera comunión, con su cestita de flores, sus calcetines blancos, su blusa de lana recién estrenada con todos sus botones abrochados. La contemplaba una y otra vez; y veía que sus ojos me miraban directamente, como agarrándome. Al notar su insistencia, cambiaba mi ángulo de visión y me colocaba en el otro extremo de la fotografía, y observaba para mi sorpresa, que la niña no me quitaba los ojos de encima.

Al principio todo fue un juego, un juego de niños que me tuvo enredado mucho tiempo. Yo escapaba rápidamente de su mirada, me colocaba en otra posición, pero no había manera. Sin ella moverse un ápice, sus ojos de papel bromuro enseguida me daban alcance. Y su mirada se posaba fija en mí, como si aquella fotografía estuviera viva. De haber sido yo un poco mayor hubiese creído que todo aquello se debía a la refracción de la luz a través de aquella caja de cristal, pero dada mi corta edad, yo por aquel entonces no comprendía las leyes físicas de la óptica. Y así fue como prendado quedé por el insistente mirar de aquella niña tranquila y hambrienta, con ojos como panes benditos en las fiestas de san Blas. Y revestí mis sueños con sus penetrantes ojos, su barbilla y sus labios de satén bien configurados, su amelocotonada faz, la seria inocencia de su edad, su estampada frente luminosa, su cuidadoso peinado.

Mis padres luego se marcharon como todos los veranos al sur de Francia, y allí estuvieron casi tres meses trabajando en la recogida de la fruta. Yo me quedé en casa de mi abuela, separado con todo el dolor del alma de la niña del retrato. Cuando mis padres regresaron, de nuevo ya en casa, lo primero que hice fue ir a ver la foto de la niña, me pasé por la puerta del Tani el retratista. Pero para entonces la niña ya no estaba en la caja de cristal de aquel escaparate. Y a aquella niña perdida de mi infancia le debo hoy mi identidad. Hasta entonces yo no era algo diferente de mi madre, de mis hermanos, de mis amigos. Fueron los ojos vivientes del retrato de esta niña, los que posándose como una mariposa en la flor tierna de mi corazón naciente, me definieron como ser diferenciado del resto del mundo. Ya lo dijo Pedro Salinas: 

Cuando tú me elegiste 
-el amor eligió- 
salí del gran anónimo 
de todos, de la nada.

Y tras el paréntesis de este recuerdo de mi niñez, regreso de nuevo a la lectura del libro Tras el cristal de Platero Nogués, donde precisamente leo aquella cita tan nombrada de Borges: Sólo es nuestro lo que perdimos.

sábado, 31 de enero de 2026

Tinta viva


 

Tengo yo por por costumbre a primera hora de la mañana y resguardado de miradas basculantes y del bullicio callejero escribir mis flatulencias en el cuarto de baño. Cómodamente sentado sobre la taza del inodoro, las emanaciones salen por su propia inercia sin apenas esfuerzo y apreturas.

Pero hoy al enterarme de lo que le aconteciera a Catalina Segunda tendré que buscarme otro rincón más seguro y recóndito para seguir expulsando mis excreciones literarias.

Y es que a esta reina de Rusia, a la amiga por excelencia de Diderot y Voltaire, la encontraron muerta una mañana esclafada en su letrina real.

Sí, ya sé que no es lo mismo palmarla de un retortijón de barriga encima la taza de un retrete que espicharla por plagiar las Catilinarias de Cicerón en una letrina romana.

Aunque, puestos a morir, conozco yo a un escritor que ha muerto muchas veces escribiendo. Que las Moiras no son asquerosas ni tiquismiquis; lo mismo te acorralan en el delta del Bramaputra que en el desagüe de la lavadora. Y a este escritor en concreto del que ahora no acierto su nombre, la muerte le quitó un día la pluma y con ella le atravesó su corazón con tinta viva.

miércoles, 28 de enero de 2026

Ser virgen está de moda


Dice Pausanias en el Banquete de Platón:
El amor no se dirige sólo a los cuerpos, sino a las almas, y ama a aquellos en quienes la inteligencia empieza a manifestarse.
Confundir amor con juventud o vejez es un reduccionismo fácil y falso. El amor es imparable, no conoce muros ni fronteras, se eleva traspasando las cumbres más altas, y consigue alcanzar profundidades insospechadas. Para los amantes no sólo el cuerpo o la edad es lo que importa. Su nobleza y su verdad es lo que cuenta. Basta que uno de ellos, no sobrepase los veinte para que el vigor de este pase al sexagenario, y los dos en este sistema de múltiples vasos comunicantes alcancen la media aritmética, los cuarenta cuadrados, la edad perfecta y bella de su prudencia lograda.

¿Entonces? Santa envidia -diría el viejo. O el amor quizá esté en la mente. Y ya se sabe que en cuestiones de años, la mente nos sorprende y miente. Que he visto yo abuelos que peinan canas y se sienten emprimaverados. Y al contrario, muchachos aún sin bozo con calvas de momias antediluvianas, licántropos menopáusicos a cuatro patas.

Pero el sexo, que hasta ayer fue sostén y acicate de la supervivencia de la especie humana, hoy resulta no ser tan imperativo y necesario. Según estudios proyectivos, (demografía, fertilidad, disponibilidad económica, recursos naturales, etc.) el algoritmo matemático resultante indica que, tras un tiempo de orgías, bacanales y optimismo, parece ser que vienen días de castidad modélica, de frigidez y pesimismo. Ante situaciones de miedo, desesperanza, catástrofes y porvenires inciertos solemos inhibirnos, retroceder, no aventurarnos por caminos no trillados.

Lux, el álbum de la contradicente Rosalía y la película reciente de Los domingos de Alauda Ruiz dan clara muestra de lo que hablamos, así como la proliferación de movimientos neocatemunales dentro de la iglesia católica caracterizados por su conservadurismo y posiciones sectarias, excluyentes y fundamentalistas. ¿Cuáles son los motivos íntimos que a una muchacha de 17 años, en pleno hervor, guapa y buena estudiante, llevan a desprenderse de las delicatessen de un mundo pletórico de bondades y placeres para convertirse en una monja de clausura?

Ante las respuestas inviables de un mundo absurdo y loco, hay quienes prefieren retornar al enamoramiento divino, volver al refugio de su clarividente soledad compensatoria. No creo que esta decisión, a todas luces respetuosa, les exonere del compromiso de dar la cara, responder a toda realidad injusta que requiere, (no sólo desde el punto de vista evangélico), una actitud de compromiso, acercamiento, empatía y solidaridad, más que de huida y escape. Ni en la séptima morada, (la unión plena y definitiva con Dios), debería sentirse a gusto el creyente, a menos que estuviera hermanado con los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren. (Concilio vaticano II).

Y volviendo al dios Dioniso, al dios de la fertilidad, no entiendo yo, ni sé de otra religión, decálogo ni credo que no sea la de amar sin fin al ser humano, de carne y mente fabricado, y así, desde la mortal cópula de un momento de pasión, elevar a inmortalidad deseo tan sublime y tan sagrado. ¡Me gustaría tanto que Virgilio, igual que a Dante, nos condujese a todos al Paraíso de Dioniso, y allí tomarnos eternamente un café o una rueda de churros con chocolate!

 

viernes, 23 de enero de 2026

Las semillas que plantamos



Los recuerdos son las semillas del eterno retorno 
(Nietche)

Hace tiempo que unos cuantos amigos enterraron los restos de sus tiernos días vividos bajo la sombra estirada de la torre de una catedral de provincia. El eco de las campanas, cantando las horas canónicas de su tímida juventud festiva, sepultado quedó por el murmullo de unas aguas mansas frente a los molinos de un río. Como despedida, antes de separarse los amigos, plantaron un esqueje de vid que les trascendiera y convirtiera en sombroso parral de dorados racimos de uva su futuro.

Los muchachos luego, cual dice el refrán, (cada mochuelo a su olivo), alzaron por separado a sus asuntos el vuelo. Como el ciervo huiste, / habiéndome herido; / salí tras ti y eras ido. Y el piular del ruiseñor les causó pena, triste llanto dolorido, cual el de aquellos polluelos implumes que fueron por la serpiente del edén despojados de su nido. Los pájaros plegaron sus alas cubiertas de tristeza y de rocío sobre el manto alejado y mudo del olvido. Si te he visto no me acuerdo. Los pétalos de su plumaje brillo cayeron al vacío. Pobres, destetados del abrazo de una amistad apenas renacida.

Flores desvestidas de su canto y su donaire, tuvo a bien el viento esparcir la semilla de su juventud enclaustrada sobre una tierra acogedora y fértil de recuerdos inmemoriales.

Al cabo de los años, la casualidad del destino (o el desatino) reúne de nuevo a los viejos amigos. Los jóvenes de entonces se congregan ahora esperanzados en el mismo jardín de su pasado, donde ayer de consuno plantaran aquel injerto de vid prometedora. Y quieren significar este grato sentimiento vívido y motivado por su fraternal rencuentro. Quieren resucitar el tiempo perdido, rescatar el fruto de las semillas que en su divina juventud plantaron. Tan fuerte es su nostalgia sentida, que los amigos, como el mago aquel del cuento de Fierabrás, quieren unir el presente y el pasado en un solo cuerpo, fundir el ayer y el ahora en un mismo instante. El tiempo es relativo. Todo pasa y todo queda, que decía Machado.

Y así es como quedaron sobrecogidos los amigos al contemplar que el tiempo, su solaje y el abono hicieron florecer sobre un tallo de la parra el canto de la dulce filomena, aquel ruiseñor que a Juan de la Cruz le sabía a éxtasis placentero:

Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía
y luego me darías
allí tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día.


martes, 20 de enero de 2026

Valor de cambio


Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. (Discurso de Don Quijote a los cabreros)


Rumores recaudadores llegaron a mis orejas de malva virgen. Me hablaron de mi jubilación:
De seguir más tiempo cobrando tu pensión injusta debido a tu longevidad matusalénica, seguro que el sistema quebrará, y ya no quedará ni un céntimo para los que han de nacer mañana.
Y escuché además que, (¡ingratos después haberles dado yo la vida!), no cesaban de reprocharme:
Tardas en estirar la pata más de lo debido, ¿por qué no te has muerto ya, tortuga del pleistoceno? Por tu culpa nuestros nietos dejarán de tener acceso gratuito, a la salud, a la escuela, al paro, y hasta, para cruzar la calle, tendrán que depositar a los pies de la estatua de Adam Smith el óbolo que encienda sus pasos por las sombras de la noche de su pobre caminar en bancarrota y fiado.
Los herederos académicos del padre del capitalismo seguían calentando mi oreja yerma con su brutal filosofía rentista. Y a bocajarro me estamparon que yo solito con los honorarios de mi pensión me había comido casi la totalidad del pastel que era sustento de todos.

Hoy día todo el mundo para demostrar cualquier cosa, por ejemplo, que las brevas no son uvas, acuden a la economía, esa razón suprema y única que predica que todo lo que se mueve alrededor del sol se reduce al dinero. Y los rumores vestidos de contable con birretes y manguitos de chupatintas me demostraron con números sobre la mesa que yo era una carga para las arcas públicas. La esfinge recaudatoria al ver en mi cara un cierto gesto de reprobación, al instante me demostró que yo ya había cobrado en mis años de jubilado el cuádruple de lo que yo había cotizado en mi vida laboral al erario público, y que al haber consumido yo mi cuota alícuota, que me olvidara de mi paguita. No hizo falta que los guardianes del tesoro público me llamaran ladrón para sentirme yo culpable por haberme zampado casi todo el presupuesto de la tarta nacional.

En cuestiones de dinero mi mente deambula por un universo de cifras y nebulosas que nunca lograré entender. No me explico que el billete de papel que yo le doy al carnicero, al instante se convierta en una carrillada de ternera. Ni siquiera sé por qué cinco menos una son seis y tú te llevas las cuatro que sobran. Y por más que le pregunto a Bezos, a los dueños de Apple, a los amos de Google, al astronauta de Tesla, al dios Pluto de Amazon... de dónde sacaron los trillones de sus ganancias, o en qué lavadora pusieron a limpiar sus sucios harapos para que el dinero por sí mismo, sin mediación laboral alguna, de la noche a la mañana se multiplique indefinidamente. Nadie da duros a cuatro pesetas.

Y así es como yo les dije a los fiscales del dinero público que si querían cuadrar sus cuentas que le preguntaran a los magos de la fortuna, que una noche pusieron sus billetes a la luz de la luna, y a la mañana siguiente se encontraron que las estrellas del cielo les había dejado el ciento por uno. Pues eso: que fueran con el cuento ese del justo reparto al rey Midas, a ver si este trilero de los cuartos podría poner apaño a las cuentas del Estado.

viernes, 16 de enero de 2026

Y después de la revolución qué



Jorge llegó a la política cuando el partido todavía estaba legalizado. Incluso fue apaleado y encarcelado cuando, en aquellos tiempos de absolutismo, monarquía y dictadura, el compromiso político era levadura para transformar el mundo.

La valentía, su afilado verbo, su solidaridad y empatía, muy pronto colocaron a Jorge como presidente del CSNID (Comité del Salvamento Nacional para la Instauración de la Democracia). Atraído por su obrero fervor de clase, un coetáneo suyo, un tal Roberto, le dijo que quería alistarse como militante en las filas de su Movimiento. Mejor, no, -le dijo Jorge-, que más haces tú por el pueblo, no interviniendo en política, que ostentando insignia alguna.

Mientras Jorge estuvo al cargo de la institución revolucionaria, fue honesto hasta donde pudo o hasta donde poderes soterrados le dejaron. Supo emplear a cada cual para lo que valía. Y siempre quiso tener a Roberto a su lado, no como mandatario, sino como complemento, como contra partida. Jorge acostumbraba a decir a Roberto: 
Siempre serás la luz de mi buen ver y proceder político, no supeditado a otros idearios revisionistas, contrarios al verdadero sentido de una revolución al servicio de la gente. Si yo soy el alma de la revolución, tú serás su cuerpo, su armadura.
Pero en la vida no hay que ser siempre desconfiado. Y Jorge, el dirigente comprensivo, no pudo por mucho tiempo dejar de recompensar a Roberto con una cartera en su Directorio. Pongamos por ejemplo: secretario del negociado de cultura nacional. Robert desempeñó el cargo a la perfección, cual diestro aspirante a torero, elevando la tauromaquia de la política a su más alto rango: pan y circo.

Y así fue como el rata de Roberto se subió muy raudo al toro de la revolución, se unció fuertemente a sus cuernos y le cogió el gusto a la bestia. Y como buen espada se arrimó tanto al toro del poder, que Jorge al ver su arrojo, los quiebres, su valentía, se sintió incómodo, y hasta cierto punto temió que los triunfos y cortes de orejas de su pupilo acabaran con su vida. Como así fue. Jorge acabó siendo guillotinado por su más leal y protegido amigo.

Y antes de sentir vergüenza de ser ahorcado en plena plaza de la Revolución, Jorge por iniciativa propia, se apeó del burro del poder. El ex-presidente, antes de fraile había sido cocinero, No le importó por tanto ser luego peón de cualquier cosa. Encontró trabajo como friegaplatos en un mesón del polígono de Los abogados.

Muy pronto Roberto también se dio cuenta que su labor como guardián de la revolución no se ajustaba del todo a las ideas de su arrojo torero. Y tal vez, llevado por el ejemplo del ahorcamiento de Jorge, o tal vez convencido por el dicho de aquellos que decían que los que hacen las revoluciones no son las personas más adecuadas para ostentar luego el poder del nuevo sistema instaurado, dejara también, tras su cantado y próximo linchamiento, su puesto libre para el siguiente candidato, que ya se encargaría el nuevo mandatario dejar justo las cosas como antes de la Revolución estaban.

Hoy por casualidad Danton y Robespierre se han encontrado en las colas del paro. Este último demandando un puesto de monosabio en cualquier plaza de toros que se tercie. Y Danton trabajando de conserje en el Ateneo Libertario de una capital de provincias.

Y así acaba esta historia que quiso mostrar, sin conseguirlo, las contradicciones internas que toda Revolución conlleva en sus alforjas de buenas intenciones llenas. Hacer la revolución cuesta, pero más cuesta mantener y gestionar la justicia en esta ínsula de nuestro mundo baratario, más lleno de dones que de piedras, a decir de nuestro amigo Sancho. (Don Quijote de la Mancha. II Parte. Cap. XLV).

martes, 13 de enero de 2026

Lágrimas de tinta



Las carnes del hijo, cual las de un inocente cordero, ardían sobre los carbones del altar de un dios farol y ateo. El dolor fue luego la negra musa de las letras de fuego de un padre malo.
Sólo el sufrimiento podrá lavar mi asesina osadía, y así degustar yo el vino de las uvas de mi redención comprimida. No hay mal que por bien no venga.
Si estas palabras las hubiera dicho otro que no fuera un patriarca de fe ciega y a machamartillo, lo calificaríamos de sado, masoca y loco. ¿Acaso un dios, por muy dios que sea, puede mandar a su fiel más devoto que mate a su propio hijo, que vaya contra el precepto natural de amarás a tu descendencia como a ti mismo? Después de haber clavado el cuchillo en el cuello virgen del hijo, ¿tendrá valor el patriarca Abraham de contemplar satisfecho (tras haber cumplido el divino mandato de un dios hereje), las carnes de Isaac crepitando sobre las purificadoras brasas de una contranatural y parricida  ofrenda?

El progenitor obediente quiso calmar su pena convirtiendo su malévolo pensamiento en un texto sapiencial:
¡Quién soy yo para contravenir tu voluntad con palabras carentes de sentido! La escritura no se hizo para ser leída, nació para que los escritores no se murieran por dentro y así pudiéramos expulsar todos los males y diablos de nuestro cuerpo.
Al santo varón en días yermos el cerebro se le secaba, y sus dedos engarrotados y congelados por la escarcha de la incomprensión y la impotencia, se negaban a trazar consonante o puntuación alguna. Abraham entraba en calor cogiendo la pluma. Y si no escribía lo que en su mente y corazón le escocía, o no le cuadraba, se ponía como un basilisco: la ley de la naturaleza manda cuidar de los hijos, proteger el rebaño, socorrer al desvalido... Y acudía a la escritura como un imbécil para reanimarse con sus letras. Buscaba giros y metáforas con el fin de verter en ellas todo el dolor de su culpa y su tristeza. Si Abraham hubiese tenido el mismo arte de escribir que Jeremías hubiera construido un acróstico con todas las letras del alefato hebreo para librarse de sus lamentos.

Dicen que el dolor nos adentra, que nos hace conscientes de nuestra verdadera condición humana, que la escritura es bálsamo para las heridas, que es capaz de unir a un hombre partido por la mitad. Pero por más que la autoría de tan sabio aserto sea del mismísimo don Miguel de Cervantes y Saavedra, está por demostrar su verdad. Consolación ilusa. El sufrimiento no calma, más bien enerva y subleva al escritor dolido. Del dolor tarde o temprano se sale, se sale porque se acaba. Muerto el perro se acabó la rabia.

Y aquel que escribir quería con lágrimas de tinta y sangre su espiritual catarsis, para de este modo verse inmune de culpa alguna, escucha ahora con rabia las lamentaciones de su compadre, el paciente Job: 
¡Consoladores molestos sois todos vosotros! Vuestras palabras están vacías. Por mucho que habléis, o escribáis, o convirtáis vuestro dolor en oración o en poesía, jamás cesará vuestro llanto.


viernes, 9 de enero de 2026

Roscones con habas



Fui a la biblioteca para donar unos libros a cambio de ver colgada mi egolatría en el altar de sus estanterías. Y al salir de tan letrada y transparente basílica, me quedé impresionado del gesto modesto de un hombre cualquiera. Vestía bien, pulcro, sin colorido ni afeites. No olía a desodorante de salvia. No parecía ningún estrafalario, uno de esos chiflados excéntricos a quienes no les importa hacer el ridículo en plena calle mayor, después de unas festividades hartas de luces beodas y roscones con habas.

Me acordé de aquella otra escena de una biografía, Il Poverello d’Assisi, que yo leía en mi infancia piadosa, en la que se contaba el arrebatado impulso de Pietro Bernardone, un joven radical y convencido que renunciaba a su herencia y a su fortuna en favor de los desheredados. Y en plena plaza de Asís, (el que mañana se llamará Francisco), se despoja de todas sus ropas y pedrerías, quedándose completamente desnudo ante un obispo escandalizado, delante de su acaudalado padre ofendido, frente a nobles, mujeres, niños y curiosos, (tal como lo viera Giotto, aquel pintor florentino de la baja Edad Media), sin importarle nada el qué dirán. Todo un performance comprometido y realista, en aquel pretérito y recatado siglo XIII, al estilo descarado de esas atrevidas mujeres en topless de hoy, que reivindican la igualdad de género o cualquiera otra causa justa.

El hombre anónimo, que al principio me referí, ese que vestía formal y no se diferenciaba de ningún otro hombre, se detuvo bajo un árbol de la acera, se acobijó bajo su sombra. Dejó el móvil en el suelo, miró a lo lejos con parsimonia el horizonte, como si visualizara una presencia invisible, sagrada, y así ser contemplado y querido por esa visión callada y protectora que él creía que le amaba. Se situó correctamente en el espacio, en su sitio debido, como hacen los animales antes de disponerse a dormir, y hacemos también los humanos, que nos giramos sobre nosotros mismos, hasta encontrar esa postura digna y equilibrada antes de emprender una acción importante, como el soñar en medio de una noche oscura con ansias en amores inflamadas. Y una vez que este hombre normal se aseguró bien que su posición era la correcta, se descalzó, al igual que Moisés lo hiciera al pisar el monte santo, colocó sus zapatos en perfecta simetría junto a él, hincó sus rodillas en la dura baldosa, echó su cuerpo adelante, de manera que vino a tocar con su cabeza el suelo. Contemplé con cierto recelo su inusual postura: su cuerpo, en ángulo agudo abatido sobre la superficie, la Línea de Tierra, el duro pavimento de este mundo atravesado por la verticalidad de la proyección de la luz del mediodía. Y vi su figura proyectada sobre las cristaleras de la Biblioteca municipal de la que yo acababa de salir. Admiré su noble gesto de inteligente humildad. Humildad postrada, pero engrandecida y llena de espiritualidad. Un gesto impropio de un hombre normal de nuestra época.

No miré la hora en mi reloj, pero debería ser cerca del mediodía, esa hora misteriosa que los españoles llamamos siesta. Lo supe por la posición del sol, que caía perpendicular sin dejar que sombra alguna enturbiase ese momento. Ese momento sublime del día, quizá le trajera algún recuerdo, una indicación misteriosa. Y en medio de la calle aquella, entre los peatones a lo suyo, los niños alborozados con los juguetes que ayer unos reyes tuneados les pusieron al pie de una chimenea apagada, las amas de casa subiendo malhumoradas la cuesta de enero, la Avenida del Chorrico..., yo me maravillé de ver a este hombre libre, sin retraimiento alguno. Y me acordé de Adil, un viejo amigo que había venido a pasar con su mujer y sus tres hijos unos días a nuestra casa de la huerta. Al yo preguntarle cómo es que él sabía en todo momento dónde debía debía mirar y colocarse para sus adoraciones diarias del Salah, sacó su móvil y me mostró una aplicación. En la pantalla aparecía una circunferencia de la que de su centro, una flecha, después de oscilar unos instantes, se detenía, apuntaba un punto preciso. Y Adil, señalando por encima de la palmera que da allá por donde el sol cada día se levanta, me dijo: 
Allí donde la aguja señala ese punto del hemisferio solar, allí está la Meca mía, el Belén vuestro, la luna de Buda, el Muro de los lamentos de los judíos, y este templo al aire libre de una Tierra dadivosa espléndida para todos.
Y tanto entonces, cuando mi amigo argelino me reveló la generosa sacralidad de la tierra en aquel punto concreto en el que él se postraba para hacer sus adoraciones diarias, como ahora, al salir yo del templo de los libros, y ver a este otro hombre normal, de rodillas sobre el asfalto, agradeciendo no sé a quién, ni por qué, ni qué cosa, recobro yo el sentido del sinsentido de este tiempo y de este mundo que se ha roto completamente, que ha perdido la conciencia y la cordura, el derecho natural, su vínculo entre el pasado, el presente y el futuro, su discernimiento, ¡Ay pobres de nosotros, que ya no sabemos distinguir el bien del mal! Y como aquel poeta de Tierra baldía yo también me pregunto hoy: 
¿Por qué las raíces de los árboles ya no arraigan, ni sus ramas, ni sus hojas crecen hacia el sol que las alimenta y las guía?

martes, 6 de enero de 2026

El trayecto lastimero del tiempo


El pasado nunca está muerto, ni siquiera ha pasado. (Faulkner)

A veces me detengo, y como los pavos, levanto mi cabeza para degustar y digerir mejor lo que estoy leyendo. Luego vuelvo al libro, y me quedo de nuevo embelesado. Me tiene atravesado el enigmático escribir de este hombre. ¡Me resulta tan sutil, tan apetitoso y sencillo y a la vez tan misterioso y extraordinario! Sus personajes, rostros sin acabar, a medio esculpir. Parece que han perdido el alma, y sus cuerpos vagan dando tumbos por cuadras, pajares, tabernas, sombras y sospechas por caminos solitarios, senderos de tierra, interminables, largos y entreverados en un tiempo indefinido y eterno. 

Desde la penumbra amargada y cortante de un año más, sigo leyendo. Llevo ya casi leído todo el libro de mi vida. Mentiría si dijera que no estoy interesado por la trama, en qué y cómo acabará esta novela. Pero la verdad es que su intríngulis es lo que menos me importa. De lo que estoy fascinado es de su ambiente, el halo misterioso en el que se desarrolla la historia. Nadie se fía de nadie. Un mundo lóbrego, de culpas y represiones, esclavitud y sumisiones. Un mundo, que aún a pesar de su oscuridad y pesadez, todos nos aferramos a él a la espera de que algo bueno pueda acontecer.  

Creo que lo único que recordaré de esta historia, como de tantas que cayeron bajo el asombro de mis ojos atentos, será el color y el aroma, desolado o límbico del tiempo. Dentro de tanta mierda atisbo algo de luz que, sin dar la cara, el escritor me muestra. Y es que lo que no se dice en una novela es lo mejor que leo de ella. Ese poder de los buenos escritores que nos dan a conocer la belleza de lo que escriben sin hacer mención a ella.

Con el tiempo me olvidaré de las historias que este autor cuenta, pero siempre recordaré el hálito de sus escritos. Tengo yo archivado las impresiones de mis libros leídos. Y catalogados los guardo en mi memoria por el olor y los colores, el impacto que sus lecturas me provocaron. Y este autor en concreto clasificado lo tengo por el blanco y negro de sus textos, y aunque no me acuerde de su nombre, siento al leerlo que el pasado siempre está a mi lado. Somos tiempo, ese tiempo fugaz y lastimero que se me va de las manos como la sonrisa del agua tras un día largo de lluvia mansa. 

viernes, 2 de enero de 2026

Tras la publicación de un libro



Tras la prístina y vívida alegría de sacar a la luz Me olvidé de tu nombre, hoy, apenas unas semanas después de su publicación, vengo a verter aquí mi tristeza por haber parido un manuscrito que me deja insatisfecho. Librera Depresión Posparto. Y cuando creí que este libro sería el sursuncorda, reconozco ahora que no merece la pena detenerme en su descripción. Y no es único este sentimiento. Me pasa casi siempre con todo lo que hago. Nunca mis propósitos se ajustaron del todo a su resultado. Ya lo dijo no sé quién: el ser humano es un proyecto a medio hacer.

Y para evitar que lector alguno menosprecie mi libro, lo hago yo en persona. ¡Cuán embustera y soberbia es mi humildad! Dentro de ella encubro mi orgullo pretencioso y mezquino. Siempre que el summum Verum, Bonum et Pulchrum de los escolásticos sale a mi encuentro, una inmensa fragilidad y derrota me invade por entero. Frente a la idealizada concepción platónica de lo sublime me siento un ser limitado e insignificante. Toda grandiosidad, ricura y excelencia pone aún más de manifiesto mi planfetaria esencia. Y esa belleza, bondad y autenticidad, imposible de emular, tiene como fatal consecuencia mi irremediable rechazo.

Nunca conseguiré tallar, transferir en palabras escritas lo que quiero, ni expresar lo que pienso. Imposible envasar, encorsetar un sentimiento inmaterial en un conjunto físico de letras que, como los conejillos de Cortazar en su Carta a una señorita en París, se escurren y desaparecen entre los renglones de mis textos.

¿Acaso alguien podría apoderarse del trémulo resplandor de la luna en una noche de pasión, o envasar toda el agua del Pacífico en un minúsculo dedal? El querer meter a la fuerza en unas cuantas páginas el brillo, el suave titilar de una estrella, mi amor por las palabras, por el nombre de las cosas, evidencia aún más mi alevosía escriturera.

Y al hilo me viene ahora aquella pugna entre el escalador y los Alpes. Había una vez un montañero em-peñado en llegar a la cumbre, al pico más alto del Mont Blanc. El alpinista, cada vez que a punto estaba de conseguir su proeza, la montaña se crecía, haciendo imposible que el escalador coronara su cima. En tan desigual carrera, el poder creciente e infinito de la montaña dejaba siempre a su rival rendido, infausto y malhumorado. Al final el montañero acabó muriendo de acrofobia.

Grandes escritores, acosados por esta misma quemazón, dejaron escribir de por vida. Citemos a Pavese, (sólo a modo de metáfora). Debido a su impotencia de hacer feliz a Constance Dowling se quitó de en medio, no sin antes exclamar: escribir es una mierda, no escribiré jamás. Ellos fueron osados y no como otros que, cual turiferarios de nuestro propio ego, conservamos el corpus sagrado de nuestros textos cual momias embalsamadas en el sarcófago dorado de las estanterías desconsoladas de nuestra casa.


domingo, 28 de diciembre de 2025

Próspero año nuevo



Mi fe anda resentida y quebrada. Apresado estoy por un pesimismo trágico. Tengo la sensación que la cadena de mi generación y aquella otra que me sucederá se ha roto definitivamente. El mutuo eslabón de nuestro engarce se ha quebrado. Entre mi pasado y el futuro no vislumbro continuidad alguna. En estos idus vertiginosos que corren, no preveo conexión entre lo bien que nos fue el ayer, y lo mal que le irá el mañana a nuestros hijos. O tal vez por suerte no ocurra así, y todo se deba a esta estúpida nostalgia de mi supina vejez agorera y engreída. Los mayores somos dados a consagrar nuestros tiempos viejos, a contar en altavoz nuestra idílicas batallas, como si quisiéramos dejar constancia en la historia que nuestros tiempos y costumbres fueron mucho mejor que los que les deparará el futuro a nuestros jóvenes. Tomás Moro lo dijo bien claro: La tradición no es la adoración de unas cenizas, sino la transmisión de una llama.

Quizá no hayamos sabido transmitir bien el legado a nuestros herederos. Trato simplemente de exponer esta intuición mía llena de dolor: abandono, miedo, inseguridad, desesperanza... Sospecho un porvenir amenazador y tenebroso, como si algo irremediable se estuviera fraguando. Mi mundo ya no será el mundo. Todo será peor y distinto. El bienestar de nuestros hijos no será mejor que el nuestro. Días adversos y apocalípticos se avecinan, no sólo en política, sino en todos los ámbitos de la vida.

Mi padre, hombre alegre y optimista, en estas fechas de fin de año solía escribir con letras de jabón en los cristales de su barbería: Les deseo, señores clientes, un próximo y próspero año nuevo. Yo tampoco pues debería admitir que nada de lo que fuimos desaparecerá del todo.  

Existe en las cosas, en el mundo, en la sociedad, en la cultura en general un poder profundo, una fuerza creadora, ese élan vital del que hablaba Bergson, que nace del interior, y que se abre paso como instinto irreductible. O con palabras también de Teilhard de Chardin, (L´Étofee des choses): ese tejido de las cosas donde la materia camina hacia una mayor conciencia, hacia el Punto Omega, donde materia y espíritu convergerán en una nueva humanidad universal, climática y cósmica. 

viernes, 19 de diciembre de 2025

Radiografía de un itinerario


 
Sale a caminar de vez en cuando, (cada vez menos). Casi siempre toma la misma ruta. Desde su casa, calle san Ignacio, pasa por encima de unas murallas en ruinas, encajonadas en grandes ataúdes de cristal. Saluda a la Dama de Molina, esa mujer subida en el pedestal, cabeza de hierro trenzado su melena. La mujer hierática nunca le dice nada. Atraviesa el desvío, y se incorpora ávido como un felino a la Vía Verde, por donde antiguamente corría el tren de Murcia destino a Caravaca.

Y nada más atravesar la carretera que va a Alguazas, un cañar le sale al encuentro. Se aprovisiona de una caña a la medida de su talla: que le ayude y acompañe en su andadura matutina. Con ella, cual director de orquesta, marca el compás de sus pasos en silencio, la partitura interior del tic-tac de su cuerpo a campo abierto. Abre las compuertas de sus pulmones para oxigenarse con los aires cargados de aromas a carrascales, esparto y romero que vienen de la sierra de La Pila. Mentalmente va contando sin parar: Un, dos, tres, cuatro. Solo su respirar cifrado y el sonido hueco de la caña sobre la tierra compacta. Mantra numérico, jaculatoria, tutorial, soporte y bastón de su marcha por los cuatro puntos cardinales del espacio-tiempo de sus días alrededor de este mundo.

Su propósito es llegar hasta el puente ferroviario en desuso, y sobre las maderas de su pavimento hace resonar el pautado golpeteo de sus pasos concienciados en un da capo musical indefinido. Y allí, en la mitad del trayecto, se detiene unos minutos, apoyado sobre las barandillas, viendo bajar presurosas las aguas del Segura, entre malezas y meandros, en su fluir eterno hasta llegar a un mar que lo aguarda con sus brazos extendidos. Y siempre el mismo sentimiento: entre la máxima de Heráclito y los versos de Jorge Manrique. La inmensidad irrevocable de la naturaleza a través de los rugidos del agua del río contra los escollos de la maleza en sus orillas, le devuelve, le contagia, le descubre la gran poquedad de su condición efímera, trascendente y pasajera.

Deshace luego lo andado, para regresar a su punto de salida. De regreso, y antes de traspasar de nuevo la carretera que viene de Alguazas, alza la vista para contemplar a lo lejos el itinerario que le queda. Y allá en la lontananza, divisa dos torres de una vieja fábrica de conservas, (todavía en pie), que expelen sendos chorros de humo blanco contra un cielo escandalizado. Y sin perder su ritmo marcial auto impuesto, procura localizar su ubicación. Siempre estas dos chimeneas se le mostraron lejanas; jamás consiguió verlas cara a cara. Las vueltas del camino, el deslumbramiento de sus ojos por los rayos de un sol insolente, o su vista cansada nunca le permitieron verlas de cerca. Hoy ha tenido suerte. Delante de él: dos grandes chimeneas cuadradas escupen icónicas bocanadas de espuma blanca rociando el cielo de la mañana.

Llega a su casa. Deja la caña en la que apoyó el peso de su peregrinar cansado por estos pagos, en el rincón de la entrada, junto a otras tantas que le acompañaron en rutas anteriores. Y escucha como desde su oquedad vacía, todas las cañas al unísono exhalan y entonan su respirar zen, el murmullo de los pasos de su alma a su morada primera, tal cual la pastora Marcela evocara en El Quijote de Cervantes.

martes, 16 de diciembre de 2025

Nathaniel Hawthorne



Es la primera vez que leo a Nathaniel Hawthorne. Sólo sabía algo de este escritor estadounidense del siglo XIX por aquella película, La letra escarlata de Roland Joffé, cuyo argumento está sacado de una novela del mismo Hawthorne. El otro día, por casualidad, cayó en mis manos una antología de este novelista, seleccionada por José Martínez Torres, y publicada por la Universidad Nacional Autónoma de Mexico. 2008. Y me detuve en unos de sus relatos, en concreto, en Wakefield: Un hombre, sin aparente motivo alguno, deja a su mujer y su tranquilo hogar. Su intención es regresar a los pocos días. Los pocos días se convierten en veinte años, distanciado no muy lejos de su domicilio conyugal, (sólo a dos calles), desde donde se detiene todos los días y observa desde el anonimato a su mujer. A él lo dan por muerto, y la mujer se refugia resignadamente en su viudez. Durante este tiempo Wakefield se debate en volver, o no volver a su casa. Y esta duda se hace crónica, y a la vez frágil y enfermiza, se cosifica. Hasta que por fin una mañana abre la puerta de su casa, como si todo fuese igual que antes, como si sólo hubiesen pasado unas horas desde su marcha.

El comportamiento del protagonista de este relato me trajo el recuerdo aquel otro día de mi pasado: yo también actué de forma parecida, aunque no con la misma serenidad e inconsciencia, sino arrebatado por una discusión familiar, cuyo motivo, hoy tras haber pasado varios años de aquello, casi apenas recuerdo el por qué. ¿Deseos de ser tenido en cuenta? ¿Culpabilizar a mi pareja por algo en concreto que me sentara mal? ¿Hacerme el víctima? Cogí el coche, y me desplacé no más de 100 kilómetros de casa, rumbo a una playa solitaria. El tiempo de mi escapada apenas duró un día. Y alejado en aquella esclarecedora soledad, frente al mar, maestro de tantas cosas, pronto pude comprender la tontería por mí cometida. Y regresé de nuevo a casa, al igual que Wakefield, como si no hubiera pasado nada, pero doblegada y vencida mi pueril altanería. Estas cosa se hacen sólo una vez. Pues si las repites, la huida deberá ser definitiva y debidamente meditada y justificada, si no quieres arrepentirte y ser prisionero de tu incongruencia. Con el tiempo la rutina en las relaciones de pareja suele debilitar los lazos que atan dulcemente nuestra convivencia. Salí cabreado, sin premeditación juiciosa. No dejé nota alguna, tal vez para engrandecer aun más la alarma de mi desaparición. Me sobrestimé como protagonista insustituible de una situación por mí solo controlada. Pensé erróneamente que sin mí, la vida, tanto la de mi mujer como la de mis hijos, sería imposible. Imbécil orgullo del hombre alfa.

A Hawthorne le gusta jugar con el tiempo. ¡Como si el tiempo fuese un muelle o una cinta elástica que la pudiéramos encoger o alagar a nuestro capricho! Este misterioso escritor, cual un demiurgo, domador del espacio y de lo relojes del universo, tras sumergir y abrumar al lector por los túneles de posibilidades absurdas y azarosas, vuelve al final de su relato a dejar las cosas como antes, devolverlas su estado natural que les corresponde.

Tanto la escritura, la lectura, como cualquier otra rama del arte, tienen la virtud de enfrentarnos ante el espejo de nuestras propias contradicciones, y así revelarnos nuestra real condición humana, y ayudarnos a ser más sincero con nosostros mismos.

viernes, 12 de diciembre de 2025

Ropa vieja


 
Y al igual que la tierra sedienta, que a base del agua recogida en bidones grandes de lluvias anteriores, alimenta las pocas matas de tomates que plantadas tiene en dos caballones sobrios y anhelantes, y espera que sobrevivan al calor intrépido, inesperado y crujiente de estos tiempos locos e inhóspitos, trato yo, también de venirme arriba en estos días yermos que atravieso, y el cerebro parece ser que se me seca y agota ante tanto despropósito.

Estoy esperando que me envíen para su publicación las últimas pruebas del manuscrito Me olvidé de tu nombre. Se trata de una recopilación de viejos textos sobre la importancia, insignificancia, la relevancia, (y al mismo tiempo), impotencia y frustración, que el hecho de escribir me reporta. Todos ellos son ropa vieja, rescate de comentarios personales de épocas pasadas. Con ellos pretendo hacer un guiso nuevo, al igual que hacía mi madre con el cocido sobrante de la comida de los domingos. A la semana siguiente, sobre-freía los garbanzos, las patatas y la poca carne que había quedado, y nos sorprendía a la familia con un nuevo manjar, tan exquisito como el anterior. Pues con el mismo ánimo recopilo estos textos para reconfortar mi apetito. Pero me temo, que no con tanto acierto como ella.

Sé que este manuscrito no tiene un cuerpo único. Está hecho de retazos incongruentes, a destiempo, sin continuidad alguna, ni tema que los aglutine y cohesione. Todos ellos tan sólo tienen en común la palabra, el único ingrediente que los unifica y sustenta.

Y en este tiempo de espera, antes de que el libro Me olvidé de tu nombre salga publicado, mis ojos se detienen expectantes en una cita por sorpresa de John Gardner, (el autor de Grendel), que me tomo como autocrítica adelantada y primera:
Generalmente, el escritor que se preocupa más de las palabras que de la historia (personajes, acción, escenario, ambiente) no consigue crear ese sueño vívido y continuo: se estorba demasiado a sí mismo; embriagado de poesía, no distingue el grano de la paja.
Y de nuevo un servidor, y las matas de tomates que planté la primavera pasada, volvemos a caer en el desánimo. Desánimo que a su vez renueva en mí la fuerza necesaria para seguir adelante.

jueves, 11 de diciembre de 2025

Elogio de la mentira



¡Ay lo que yo daría con ser sincero y decir a bocajarro lo que me sale del forro. Aborrezco a quienes se atreven y le sobran agallas para decir a degüello: 
La mentira es la verdad, lo negro es blanco, Franco vive, el socialismo roba, el culpable es inocente, la solidaridad y el reparto justo... !al paredón! 
Y aquellos que dicen la verdad con la mentira de sus vidas emputecidas, y ponen sus tripas como punta de lanza en sus bocas y plumas deslenguadas, siempre subidos en la cresta de su orgullo, tienen negro el corazón, los pies rotos, sucia la garganta, sus almas huecas, y se merecen, (perdón por el figurado exabrupto), que con una caña rajá le den por el culo. ¡Ay, cuánto los odio! Cuanto más mienten, mejor escriben y hablan los puñeteros. Y como cartas trucadas juegan con las palabras y los medios. Y nosotros: unos pobres lilas de tres al cuarto, poca monta y corto alcance que nos chupamos el dedo. 

Los mayores atascos históricos se producen por conducir por caminos equivocados.