viernes, 2 de enero de 2026

Tras la publicación de un libro



Tras la prístina y vívida alegría de sacar a la luz Me olvidé de tu nombre, hoy, apenas unas semanas después de su publicación, vengo a verter aquí mi tristeza por haber parido un manuscrito que me deja insatisfecho. Librera Depresión Posparto. Y cuando creí que este libro sería el sursuncorda, reconozco ahora que no merece la pena detenerme en su descripción. Y no es único este sentimiento. Me pasa casi siempre con todo lo que hago. Nunca mis propósitos se ajustaron del todo a su resultado. Ya lo dijo no sé quién: el ser humano es un proyecto a medio hacer.

Y para evitar que lector alguno menosprecie mi libro, lo hago yo en persona. ¡Cuán embustera y soberbia es mi humildad! Dentro de ella encubro mi orgullo pretencioso y mezquino. Siempre que el summum Verum, Bonum et Pulchrum de los escolásticos sale a mi encuentro, una inmensa fragilidad y derrota me invade por entero. Frente a la idealizada concepción platónica de lo sublime me siento un ser limitado e insignificante. Toda grandiosidad, ricura y excelencia pone aún más de manifiesto mi planfetaria esencia. Y esa belleza, bondad y autenticidad, imposible de emular, tiene como fatal consecuencia mi irremediable rechazo.

Nunca conseguiré tallar, transferir en palabras escritas lo que quiero, ni expresar lo que pienso. Imposible envasar, encorsetar un sentimiento inmaterial en un conjunto físico de letras que, como los conejillos de Cortazar en su Carta a una señorita en París, se escurren y desaparecen entre los renglones de mis textos.

¿Acaso alguien podría apoderarse del trémulo resplandor de la luna en una noche de pasión, o envasar toda el agua del Pacífico en un minúsculo dedal? El querer meter a la fuerza en unas cuantas páginas el brillo, el suave titilar de una estrella, mi amor por las palabras, por el nombre de las cosas, evidencia aún más mi alevosía escriturera.

Y al hilo me viene ahora aquella pugna entre el escalador y los Alpes. Había una vez un montañero em-peñado en llegar a la cumbre, al pico más alto del Mont Blanc. El alpinista, cada vez que a punto estaba de conseguir su proeza, la montaña se crecía, haciendo imposible que el escalador coronara su cima. En tan desigual carrera, el poder creciente e infinito de la montaña dejaba siempre a su rival rendido, infausto y malhumorado. Al final el montañero acabó muriendo de acrofobia.

Grandes escritores, acosados por esta misma quemazón, dejaron escribir de por vida. Citemos a Pavese, (sólo a modo de metáfora). Debido a su impotencia de hacer feliz a Constance Dowling se quitó de en medio, no sin antes exclamar: escribir es una mierda, no escribiré jamás. Ellos fueron osados y no como otros que, cual turiferarios de nuestro propio ego, conservamos el corpus sagrado de nuestros textos cual momias embalsamadas en el sarcófago dorado de las estanterías desconsoladas de nuestra casa.


domingo, 28 de diciembre de 2025

Próspero año nuevo



Mi fe anda resentida y quebrada. Apresado estoy por un pesimismo trágico. Tengo la sensación que la cadena de mi generación y aquella otra que me sucederá se ha roto definitivamente. El mutuo eslabón de nuestro engarce se ha quebrado. Entre mi pasado y el futuro no vislumbro continuidad alguna. En estos idus vertiginosos que corren, no preveo conexión entre lo bien que nos fue el ayer, y lo mal que le irá el mañana a nuestros hijos. O tal vez por suerte no ocurra así, y todo se deba a esta estúpida nostalgia de mi supina vejez agorera y engreída. Los mayores somos dados a consagrar nuestros tiempos viejos, a contar en altavoz nuestra idílicas batallas, como si quisiéramos dejar constancia en la historia que nuestros tiempos y costumbres fueron mucho mejor que los que les deparará el futuro a nuestros jóvenes. Tomás Moro lo dijo bien claro: La tradición no es la adoración de unas cenizas, sino la transmisión de una llama.

Quizá no hayamos sabido transmitir bien el legado a nuestros herederos. Trato simplemente de exponer esta intuición mía llena de dolor: abandono, miedo, inseguridad, desesperanza... Sospecho un porvenir amenazador y tenebroso, como si algo irremediable se estuviera fraguando. Mi mundo ya no será el mundo. Todo será peor y distinto. El bienestar de nuestros hijos no será mejor que el nuestro. Días adversos y apocalípticos se avecinan, no sólo en política, sino en todos los ámbitos de la vida.

Mi padre, hombre alegre y optimista, en estas fechas de fin de año solía escribir con letras de jabón en los cristales de su barbería: Les deseo, señores clientes, un próximo y próspero año nuevo. Yo tampoco pues debería admitir que nada de lo que fuimos desaparecerá del todo.  

Existe en las cosas, en el mundo, en la sociedad, en la cultura en general un poder profundo, una fuerza creadora, ese élan vital del que hablaba Bergson, que nace del interior, y que se abre paso como instinto irreductible. O con palabras también de Teilhard de Chardin, (L´Étofee des choses): ese tejido de las cosas donde la materia camina hacia una mayor conciencia, hacia el Punto Omega, donde materia y espíritu convergerán en una nueva humanidad universal, climática y cósmica. 

viernes, 19 de diciembre de 2025

Radiografía de un itinerario


 
Sale a caminar de vez en cuando, (cada vez menos). Casi siempre toma la misma ruta. Desde su casa, calle san Ignacio, pasa por encima de unas murallas en ruinas, encajonadas en grandes ataúdes de cristal. Saluda a la Dama de Molina, esa mujer subida en el pedestal, cabeza de hierro trenzado su melena. La mujer hierática nunca le dice nada. Atraviesa el desvío, y se incorpora ávido como un felino a la Vía Verde, por donde antiguamente corría el tren de Murcia destino a Caravaca.

Y nada más atravesar la carretera que va a Alguazas, un cañar le sale al encuentro. Se aprovisiona de una caña a la medida de su talla: que le ayude y acompañe en su andadura matutina. Con ella, cual director de orquesta, marca el compás de sus pasos en silencio, la partitura interior del tic-tac de su cuerpo a campo abierto. Abre las compuertas de sus pulmones para oxigenarse con los aires cargados de aromas a carrascales, esparto y romero que vienen de la sierra de La Pila. Mentalmente va contando sin parar: Un, dos, tres, cuatro. Solo su respirar cifrado y el sonido hueco de la caña sobre la tierra compacta. Mantra numérico, jaculatoria, tutorial, soporte y bastón de su marcha por los cuatro puntos cardinales del espacio-tiempo de sus días alrededor de este mundo.

Su propósito es llegar hasta el puente ferroviario en desuso, y sobre las maderas de su pavimento hace resonar el pautado golpeteo de sus pasos concienciados en un da capo musical indefinido. Y allí, en la mitad del trayecto, se detiene unos minutos, apoyado sobre las barandillas, viendo bajar presurosas las aguas del Segura, entre malezas y meandros, en su fluir eterno hasta llegar a un mar que lo aguarda con sus brazos extendidos. Y siempre el mismo sentimiento: entre la máxima de Heráclito y los versos de Jorge Manrique. La inmensidad irrevocable de la naturaleza a través de los rugidos del agua del río contra los escollos de la maleza en sus orillas, le devuelve, le contagia, le descubre la gran poquedad de su condición efímera, trascendente y pasajera.

Deshace luego lo andado, para regresar a su punto de salida. De regreso, y antes de traspasar de nuevo la carretera que viene de Alguazas, alza la vista para contemplar a lo lejos el itinerario que le queda. Y allá en la lontananza, divisa dos torres de una vieja fábrica de conservas, (todavía en pie), que expelen sendos chorros de humo blanco contra un cielo escandalizado. Y sin perder su ritmo marcial auto impuesto, procura localizar su ubicación. Siempre estas dos chimeneas se le mostraron lejanas; jamás consiguió verlas cara a cara. Las vueltas del camino, el deslumbramiento de sus ojos por los rayos de un sol insolente, o su vista cansada nunca le permitieron verlas de cerca. Hoy ha tenido suerte. Delante de él: dos grandes chimeneas cuadradas escupen icónicas bocanadas de espuma blanca rociando el cielo de la mañana.

Llega a su casa. Deja la caña en la que apoyó el peso de su peregrinar cansado por estos pagos, en el rincón de la entrada, junto a otras tantas que le acompañaron en rutas anteriores. Y escucha como desde su oquedad vacía, todas las cañas al unísono exhalan y entonan su respirar zen, el murmullo de los pasos de su alma a su morada primera, tal cual la pastora Marcela evocara en El Quijote de Cervantes.

martes, 16 de diciembre de 2025

Nathaniel Hawthorne



Es la primera vez que leo a Nathaniel Hawthorne. Sólo sabía algo de este escritor estadounidense del siglo XIX por aquella película, La letra escarlata de Roland Joffé, cuyo argumento está sacado de una novela del mismo Hawthorne. El otro día, por casualidad, cayó en mis manos una antología de este novelista, seleccionada por José Martínez Torres, y publicada por la Universidad Nacional Autónoma de Mexico. 2008. Y me detuve en unos de sus relatos, en concreto, en Wakefield: Un hombre, sin aparente motivo alguno, deja a su mujer y su tranquilo hogar. Su intención es regresar a los pocos días. Los pocos días se convierten en veinte años, distanciado no muy lejos de su domicilio conyugal, (sólo a dos calles), desde donde se detiene todos los días y observa desde el anonimato a su mujer. A él lo dan por muerto, y la mujer se refugia resignadamente en su viudez. Durante este tiempo Wakefield se debate en volver, o no volver a su casa. Y esta duda se hace crónica, y a la vez frágil y enfermiza, se cosifica. Hasta que por fin una mañana abre la puerta de su casa, como si todo fuese igual que antes, como si sólo hubiesen pasado unas horas desde su marcha.

El comportamiento del protagonista de este relato me trajo el recuerdo aquel otro día de mi pasado: yo también actué de forma parecida, aunque no con la misma serenidad e inconsciencia, sino arrebatado por una discusión familiar, cuyo motivo, hoy tras haber pasado varios años de aquello, casi apenas recuerdo el por qué. ¿Deseos de ser tenido en cuenta? ¿Culpabilizar a mi pareja por algo en concreto que me sentara mal? ¿Hacerme el víctima? Cogí el coche, y me desplacé no más de 100 kilómetros de casa, rumbo a una playa solitaria. El tiempo de mi escapada apenas duró un día. Y alejado en aquella esclarecedora soledad, frente al mar, maestro de tantas cosas, pronto pude comprender la tontería por mí cometida. Y regresé de nuevo a casa, al igual que Wakefield, como si no hubiera pasado nada, pero doblegada y vencida mi pueril altanería. Estas cosa se hacen sólo una vez. Pues si las repites, la huida deberá ser definitiva y debidamente meditada y justificada, si no quieres arrepentirte y ser prisionero de tu incongruencia. Con el tiempo la rutina en las relaciones de pareja suele debilitar los lazos que atan dulcemente nuestra convivencia. Salí cabreado, sin premeditación juiciosa. No dejé nota alguna, tal vez para engrandecer aun más la alarma de mi desaparición. Me sobrestimé como protagonista insustituible de una situación por mí solo controlada. Pensé erróneamente que sin mí, la vida, tanto la de mi mujer como la de mis hijos, sería imposible. Imbécil orgullo del hombre alfa.

A Hawthorne le gusta jugar con el tiempo. ¡Como si el tiempo fuese un muelle o una cinta elástica que la pudiéramos encoger o alagar a nuestro capricho! Este misterioso escritor, cual un demiurgo, domador del espacio y de lo relojes del universo, tras sumergir y abrumar al lector por los túneles de posibilidades absurdas y azarosas, vuelve al final de su relato a dejar las cosas como antes, devolverlas su estado natural que les corresponde.

Tanto la escritura, la lectura, como cualquier otra rama del arte, tienen la virtud de enfrentarnos ante el espejo de nuestras propias contradicciones, y así revelarnos nuestra real condición humana, y ayudarnos a ser más sincero con nosostros mismos.

viernes, 12 de diciembre de 2025

Ropa vieja


 
Y al igual que la tierra sedienta, que a base del agua recogida en bidones grandes de lluvias anteriores, alimenta las pocas matas de tomates que plantadas tiene en dos caballones sobrios y anhelantes, y espera que sobrevivan al calor intrépido, inesperado y crujiente de estos tiempos locos e inhóspitos, trato yo, también de venirme arriba en estos días yermos que atravieso, y el cerebro parece ser que se me seca y agota ante tanto despropósito.

Estoy esperando que me envíen para su publicación las últimas pruebas del manuscrito Me olvidé de tu nombre. Se trata de una recopilación de viejos textos sobre la importancia, insignificancia, la relevancia, (y al mismo tiempo), impotencia y frustración, que el hecho de escribir me reporta. Todos ellos son ropa vieja, rescate de comentarios personales de épocas pasadas. Con ellos pretendo hacer un guiso nuevo, al igual que hacía mi madre con el cocido sobrante de la comida de los domingos. A la semana siguiente, sobre-freía los garbanzos, las patatas y la poca carne que había quedado, y nos sorprendía a la familia con un nuevo manjar, tan exquisito como el anterior. Pues con el mismo ánimo recopilo estos textos para reconfortar mi apetito. Pero me temo, que no con tanto acierto como ella.

Sé que este manuscrito no tiene un cuerpo único. Está hecho de retazos incongruentes, a destiempo, sin continuidad alguna, ni tema que los aglutine y cohesione. Todos ellos tan sólo tienen en común la palabra, el único ingrediente que los unifica y sustenta.

Y en este tiempo de espera, antes de que el libro Me olvidé de tu nombre salga publicado, mis ojos se detienen expectantes en una cita por sorpresa de John Gardner, (el autor de Grendel), que me tomo como autocrítica adelantada y primera:
Generalmente, el escritor que se preocupa más de las palabras que de la historia (personajes, acción, escenario, ambiente) no consigue crear ese sueño vívido y continuo: se estorba demasiado a sí mismo; embriagado de poesía, no distingue el grano de la paja.
Y de nuevo un servidor, y las matas de tomates que planté la primavera pasada, volvemos a caer en el desánimo. Desánimo que a su vez renueva en mí la fuerza necesaria para seguir adelante.

jueves, 11 de diciembre de 2025

Elogio de la mentira



¡Ay lo que yo daría con ser sincero y decir a bocajarro lo que me sale del forro. Aborrezco a quienes se atreven y le sobran agallas para decir a degüello: 
La mentira es la verdad, lo negro es blanco, Franco vive, el socialismo roba, el culpable es inocente, la solidaridad y el reparto justo... !al paredón! 
Y aquellos que dicen la verdad con la mentira de sus vidas emputecidas, y ponen sus tripas como punta de lanza en sus bocas y plumas deslenguadas, siempre subidos en la cresta de su orgullo, tienen negro el corazón, los pies rotos, sucia la garganta, sus almas huecas, y se merecen, (perdón por el figurado exabrupto), que con una caña rajá le den por el culo. ¡Ay, cuánto los odio! Cuanto más mienten, mejor escriben y hablan los puñeteros. Y como cartas trucadas juegan con las palabras y los medios. Y nosotros: unos pobres lilas de tres al cuarto, poca monta y corto alcance que nos chupamos el dedo. 

Los mayores atascos históricos se producen por conducir por caminos equivocados.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Mujer fatal

 


Escribir es sobre todo leer. La lectura es su motor. Al levantarme lo primero que hago es ir derecho a la agenda de mis costumbres, al borrador de lo que luego será la definición del relato definitivo que configure la vida de la que me alimento y me sustentará durante el resto del día. Y como el espada que, para rematar a su animal, (y no se deja), prueba hendir su estoque de otra forma, con otro pase, así hago yo con el lápiz esta mañana. Pero no hay manera. Cada vez que vuelvo al cuaderno nunca logro decir lo que quiero. La imposibilidad real de dar plena cobertura a mi pensamiento.

Y recurro, (para cubrir esta carencia), a la lectura como su activación más eficaz. Y lo hago ahora acudiendo a Circe. Pero este cuento del Bestiario de Cortázar, lleno de suspense y de misterio, me ha dejado aún más noqueado. Leo deprisa, prisa que no es mía, sino provocada por el arte de la escritura de su autor. Y espero urgente encontrar un final feliz (o apenado); pero que sea sobre todo esclarecedor.

Siempre admiré en Cortázar esa manera suya tan arrebatadora y misteriosa de escribir, y que a simple vista parece espontanea e improvisada, pero intuyo que no es así, sino estudiosamente trabajada, y desde el punto de vista literario, tan atractiva como para encandilarme. Circe en concreto me somete a un ritmo trepidante, y cuya tensión va en aumento conforme avanzo en su lectura.

Y me encuentro con un desenlace un tanto ambiguo y confuso, como si el autor dejara a merced de mí enjuiciar como hechicera y diablesa a la pobre Delia Mañara. Bastante tenía yo con no saber qué escribir esta mañana, como para además adivinar cuál sería el final exacto que en su mente tendría Cortázar para concluir su espectral, kafkiana y fatídica historia, y que la deja en abierto para que sea el lector quien la cierre a su criterio. Que no siempre la partera de una escritura fue la lectura de una buena obra. Al menos en mi caso no ha sido así, que aún sigo bloqueado por su acelerada intriga. 

viernes, 5 de diciembre de 2025

Horror vacui


 

"dans une épouvantable sensation d´éternité, en laquelle semblait expirer la chambre" (Mallarmé)

Era el veranillo de los membrillos. Acostado allí en la cama, tan a gusto, como si a pata suelta durmiera. Imposible -pensé- que alguien pudiera dejar este mundo de forma tan apacible, en plena siesta. Con un brazo, el derecho, en ángulo recto sobre la almohada, como quien coge cerezas a media tarde. Y con la mano izquierda extendida, parecía alisar la sábana tratando de avivar su perfume.

No le vi la cara. Me bastó detener la vista en su cuerpo relajado, mirar sus piernas dulcemente dobladas, sus hombros recostados sobre el colchón blando y hundido, para suponer que descansaba como un bendito. El matamoscas de plástico verde aún seguía a su lado, sobre la cabecera.

Hasta que no vi llorar a las paredes de la habitación, no me di cuenta de que estaba muerto. Lágrimas como goteras chorreaban las escayolas del techo. ¡Cuántas veces me había dicho: yo soy mi casa!

El día antes, cuando le pregunté por sus oliveras, con ojos arbequinos me sonrió de boca a boca.

Luego, me pasé al otro lado de la cama para comprobar mejor su estado, el rigor de la muerte. Y fue entonces cuando noté en sus ojos esa sensación espantosa de eternidad, su horror al vacío. El temor a la nada es mucho mayor que el miedo a cualquier otra cosa.

viernes, 28 de noviembre de 2025

50 Aniversario de la Democracia en España


 
En estos días malos en el que como cangrejos, en lugar de ir p'lante vamos p'trás, ganas me dan de bajarme del carro de las distopías que nos lleva a un pasado trasnochado, telúrico, irracional y represivo. 

A este mundo nuestro que tanto trabajo le costó alzar el vuelo, hoy le pesan los pies y le huele el alma a cagada de gato. Y aquella democracia conseguida a base, de huelgas obreras y estudiantiles, asambleas de base, asociaciones vecinales, comisarías, torturas y muerte, hoy las mismas fuerzas del mal, las que antaño nos mantuvieron amordazados, quieren de nuevo poner grilletes, diques y cadenas al instinto de todo ser viviente que tiende por naturaleza a su desarrollo y perfección. Falsos predicadores, vestidos con los mismos capisallos de nuestros fantasmas de ayer, los mismos que atiborraron sus barrigas y carteras gracias al sistema que ahora dicen demoler. Se introdujeron como gusanos y explosivos en el interior de nuestro organismo político para hacerlo saltar por los aires y sobre sus ruinas erigirse ellos como los nuevos emperadores de una nueva era, un nuevo orden, como aquellos regímenes fascistas que sembraron de mártires las calles de nuestras ciudades.

Dicen que la experiencia es la maestra de la vida, fuente del conocimiento y guía para iluminar nuestros pasos por el buen camino. Pero por ahora cabezotas y empecinados pretenden quebrar los pies al destino. Ojalá, gracias a la resistencia de la cordura y el buen sentido jamás nunca lo consigan.

lunes, 10 de noviembre de 2025

La mujer del minero


 
Su alma blanca era el pico que arrancaba de la piedra la plata negra que enriquecía a sus amos. La mina saciaba de sed y de cal su llanto por sacar adelante a los suyos. Los senos del cauce eran los besos yermos del agua que lavaba las impurezas del mineral rescatado. Una de las vagonetas escaló al cielo abierto su pena, el nombre de todas las penas: un marido descuartizado por el grisú y los trallazos de la explosión y su estruendo, gritos callados. Todas las liebres del monte, los gorriones y hasta los árboles huyeron despavoridos a la cueva de los ecos mudos.

Y el aire y el prado se inundó del olor a muerte, explosión y metano. Y las campanas de la torre del humilde pueblo minero tañeron, sin parar todo el día, duelos, tarantas y soleás. Y el dolor de la esposa escribió allá en lo alto, en el redondel agrietado de la luna, palabras de sangre y humo: y los cuernos de la luna se dilataban o contraían, gemían al ritmo del corazón de la mujer que buscaba la voz de su marido muerto, pájaro enjaulado, entre los escombros de una vagoneta escoltada por la triste solidaridad de sus compañeros de galería. Y hasta el nervio de las piedras latía al viento las cuerdas de sus violines en sol menor, compungidos.

Las lágrimas de la mujer eran ojos de lluvia sin agua, sin párpados. Murciélagos en tropelía, espantados por olor del grisú y su estruendo, volaron hacia el barranco. La naturaleza entera era el espejo de la soledad de la mujer ensimismada. Y le daba lo mismo que las flores del coche fúnebre reventaran de compasión o de rabia. Nada lograba sacarla de su tristeza acuchillada y absorta. Ella quería volver a estar con su marido. Sólo tenía ojos para saber si el humo que aun salía de la chimenea sabría escribir en el cielo, sobre las nubes blancas, las letras del nombre de su marido.

jueves, 6 de noviembre de 2025

Vuelve a nacer la esperanza


 
Vive, tiene un alma, y sin embargo es una cosa. 
(Simone Weil)


El capitalismo es peor que la muerte. La muerte mata, y ¡san se acabó! Pero el capitalismo es peor: hace del alma del ser humano una cosa, un objeto de consumo que vivirá esclavizado, lleno de ansiedad y locura.

Decidme: ¿Acaso no es mejor trabajar por una causa librando mares y desiertos, guerras y alimañas en busca de una tierra firme donde en sus campos cada día salga el sol, y que del corazón del ser humano broten flores de empatía, igualdad, justicia, ecología y pan para todos...

¿Acaso no es mejor comprender y aceptar de una vez por todas, que el musulmán, el moro, el judío, el chino, el hetero o el homo, el negro o el blanco son todos ellos colores del mismo cuadro que revisten de dignidad nuestra conciencia...

¿Acaso no es mejor, que las ciudades del mundo sean morada, asilo y consuelo para la mujer maltrada, el inmigrante, el desvalido, el de aquí y el de allá.., que el transporte público, la educación y la sanidad sean públicos y gratuitos... que el que más gane, más aporte a la comunidad...

¿Acaso no es mejor cualquier cosa, que morir esclavizados al capricho de unos índices que engordan sus enteros fríos al calor de las bolsas de Wall Street?

Ayer yo estaba triste y decaído, al ver como en las encuestas ganaban el capital, el radicalismo ultra, la xenofobia, la caza de brujas, la exclusión.., pero hoy al saber de un alcalde electo, socialista y demócrata en la ciudad de Nueva York, parece que vuelve a nacer en mí la esperanza.

domingo, 2 de noviembre de 2025

Bonito día para morir

Un día precioso. Me levanto. Miro por la ventana. Ha parado de llover. Las nubes han desaparecido. Lúcida está la mañana. Y me viene a la memoria aquella frase con que los indios alpinos se despiden de la vida: Hoy es un buen día para morir.



jueves, 30 de octubre de 2025

El pasado nunca vuelve

 


Ya nos advirtió el poeta: Vendrán más años malos / y nos harán más ciegos / vendrán más años ciegos / y nos harán más malos. (Rafael Sánchez Ferlosio.1993)

Hoy más que nunca, noto, veo, oigo y huelo, se mastica cercano un futuro aciago, un resurgimiento irracional e interesado, conservador y atávico, locas voces, himnos viejos, gestos raciales, ademanes impasibles que dirigen con taimada astucia su vista al pasado como moneda de progreso y cambio. Todo un contra sentido. El pasado jamás regresa. Los ríos y el sol siempre siguen su curso hacia adelante.

Y ante esta negra ola de malos augurios, mis huesos se estremecen. Me producen miedo. El mismo miedo, pánico y terror que sólo el ver llover le causa al hijo que vio morir a su madre arrastrada por la Dana de Valencia. Y yo les deseo a todos estos profetas espurios e interesados, con botas de cuero, calzados, y pistolas al cinto, que sean reducidos, en paz y sin venganza, como la mujer de Lot a estatuas de sal. No es deseable, ni moral, ni inteligente que hoy haya quienes quieran que amanezca una Nueva España con aquellos mismos nubarrones, escudos, banderas de un nuevo y trasnochado fascismo, manos amenazadoras y extendidas a la revancha y el odio, prestas a maniatar nuestras mentes, a extraditar nuestros cuerpos, para que volvamos a las viejas cárceles de antaño, a las cunetas, a las comisarías y los paseos, y que otra vez conciudadanos y hermanos nos destrocemos como animales en celo a los pies de los paredones del cementerio.

Avivar las hogueras del pasado, (o témpora o mores), con conjuros imperiales sin sentido, apelar al regreso antinatural e involucionista de los mismos demonios que nos tuvieron amordazados durante más de treinta años, es tener el cerebro raso, mala fe y mala baba. Es como dar de comer a los mismos cuervos que nos devorarán mañana. Se avecinan malos tiempos para la lírica. Aviso para navegantes.

Pero así como hay quienes, desconfiados y obtusos, recurren al pasado, de cuya caducidad no es posible que brote fruto alguno, los hay también que miran al horizonte, y tiran del hilo de sus deseos hacia la meta del un futuro prometedor para todos... porque el pasado nunca vuelve.

lunes, 27 de octubre de 2025

Malos humos



Deslumbrada la niña por el emblema, el escudo de la estrella circular de un mercedes negro aparcado en la puerta de su casa, con sus dulces dedos repasa el logotipo plateado y reluciente del automóvil. Pasa su mano con cuidado, acaricia la hermosura de su belleza estelar. La niña, a sus pocos años, sabe que no debe arrebatar al coche su marca. Sólo se goza y entretiene palpando suavemente, con elegancia, el escudo de plata adherido sobre el negro diamantino de la chapa esmaltada. El vehículo agasajado se siente por la consideración de la pequeña.

Basta que uno se apropie de una flor, cortándola del jardín donde se encuentra, para que comience a palidecer de tristeza por ser destronada de su nativo pedestal. Pero tampoco está bien, ni sería justo pasar del reclamo del perfume y color de una esbelta rosa blanca de tres pétalos en punta que generosa nos saluda deseándonos los buenos días. Sería un desprecio a su prodigalidad natural. La niña es respetuosa con el principio que rige el subconsciente de la bondad natural que anida en el corazón de todo ser humano. Las cosas dejarían de ser si le arrebatáramos su distintivo identitario. Y el coche, no sería lo que es, sin la estrella comercial que lo distingue y define como tal.

Pero, ¡oh sorpresa! En el momento que la niña complaciente palpa con su mano sedosa la estrella del logotipo del mercedes, el motor del coche se pone en marcha. La niña asustada da un paso atrás, hasta el punto de casi caer al suelo. El abuelo está con ella, la coge, la consuela y la abraza: No pasa nada, mi niña. 

Y mucho que decir de los malos humos del recelosos y altivo dueño del mercedes, que amparado y oculto tras los cristales ahumados del coche, quiso amedrantar a la inocente niña.

jueves, 23 de octubre de 2025

Viviré muerto más tiempo que vivo



Siempre que voy a un velatorio, (antes apenas iba, pero ahora se me amontonan los muertos), no me vengo del tanatorio sin ver a su anfitrión, el fallecido. Considero una descortesía ir a visitar a alguien y no mirarle a la cara. Pero más descortesía es la del visitado que ni siquiera abre los ojos para darme las gracias por haber ido a despedirme.

Y no me paro frente al cadáver por curiosidad, o por para leer las esquelas que cuelgan de las coronas y de los ramos de flores. Yo en verdad me pongo delante del difunto como soldado ante su Adelantado, para preguntarle, (a todos), que me digan donde están, y si acaso encontraron por fin la sabiduría. Hasta ahora ninguno me ha contestado. No es que quisiera que lo hicieran a la manera tradicional, con palabras o respuestas, que yo sé que ellos al morir perdieron la clave de nuestro código hablado. Pero sí al menos que se comunicaran conmigo: como a ellos les plazca, a su manera: una vibración por mí sentida, una señal, el vuelco de algún florero, o el cambio de color de la estancia, una vela que se apaga, un crujir en el interior de la caja. Pero ninguno de ellos me mira, todos permanecen con los ojos cerrados. Están en otra cosa, como interiormente deslumbrados, ante aquel contraste / de vida y misterio, / de luz y tinieblas, del que Bécquer hablara. (Rima LXXIII).

En el fondo no creo que sea la descortesía lo que les impida alzar su vista a mi requisitoria, sino que allá donde se encuentran están tan acompañados, han acampado de tal gana, y tan a gusto pasaron a este su actual estado, que prendados quedaron en su nueva estancia: arropados en la soledad a sus anchas. Lejos de la algarabía, de la ignorancia, de las mentiras de un mundo quebrado y roto, tal vez hayan alcanzado vía libre al total conocimiento y acceso al sentido pleno de la sabiduría a la que el autor bíblico se refiriera en el libro de Job. Y no es que no quieran regresar, sino que su ensoñación es tal, que la realidad, (la nuestra), tal vez les parezca ridícula, irrelevante. O tal vez que los hilos del sueño donde ellos ahora duermen, o viven, o sueñan, (ahora sin dolor ni duda alguna), son tan fuertes, o bellos, o ciertos, tan encandilados andan, que le es imposible soltarse, y ya no les apetezca regresar, tan rebosantes andan de placer y gloria. 

No es verdad lo que dice Bécquer, (¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!), sino que cada vez somos más bien los vivos los que nos quedamos solos, en sombras y a oscuras, en cuadro; y el círculo de nuestras relaciones se reduce como limón escurrido a la más mínima expresión, sin el sabroso jugo de amigos y familiares. Viviré muerto más tiempo que vivo. ¿Soledad? La de nosotros, los vivos.

lunes, 20 de octubre de 2025

La falsa seducción de la esperanza



Tomo este título del libro Melancolía de la resistencia de László Krasznahorkai, escritor húngaro, recientemente galardonado con el Nobel de literatura. Había oído yo decir que escribir era como resucitar a la vida, que el ejercicio de la escritura, (o el de la lectura), tiene ese poder de sanación que precisamos para salir airosos de las penalidades en nuestro peregrinar diario. Y László viene a decirnos que el artificio literario no es una vacuna que nos libere de la dura realidad en la que actualmente el hombre está inmerso. En estos tiempos apocalípticos, todos tartamudeamos frases sin sentido, y quedamos bloqueados ante tanta hecatombe. Krasznahorkai no tiene respuesta para tanta calamidad y barbarie, sólo acierta a describirlas. Escribir después de lo de Palestina es imposible... que diría Adorno.

¿Quién entendería hoy que el gran valedor de la paz sea el mayor instigador de conspiraciones y guerras? La actual banalidad de esta política western que padecemos abre de par en par puertas y ventanas a dictaduras descerebradas y absolutistas. La pluma se le engarrota a László, araña el papel hasta hacerlo sangrar: El orden de las costumbres había quedado en entredicho, el caos se expandía sin freno, y destruía los hábitos diarios, el futuro era pérfidamente oscuro, el pasado imposible de recordar, y el funcionamiento de la vida cotidiana se había vuelto hasta tal punto imprevisible que sólo se podía reaccionar con resignación, pues incluso era concebible que ya no se abriera ninguna puerta y que el trigo creciera hacia el interior de la tierra. Y de pronto aquel principio de perfección que regía el mundo... parece haber perdido su vigor. Y todo se desmorona. No hay norma en pie que prevalezca. Ninguna pregunta tiene respuesta. No hay respuesta al por qué de la maldad imperante. Y escucho ahora esas voces proponiendo un visado por puntos para los inmigrantes. ¡Como si para vivir necesitáramos del visto bueno, un aprobado expedido por el Ministerio de la Existencia! Meten miedo a la ciudadanía diciendo que nuestros barrios son intransitables por culpa de los extranjeros que vienen a nuestro país, y que nos mantienen como rehenes en las mismas casas donde hemos nacido. Absurda e inhumana estigmatización interesada.

Y volviendo al pesimismo del escritor húngaro me contagio de su desesperanza, de esta realidad decadente que a mi alrededor siento. En estos momentos caóticos de confrontaciones interminables, advierto dislates futuros e inquietantes que ponen en riesgo nuestra actual seguridad, no sólo a nivel individual y ciudadano, sino también a niveles cosmogónicos. La tierra se resquebraja. El tren en el que viaja la señora Pfaum, y con ella cada unos de los que vamos subidos en este destartalado Mundo, del que, hasta la Mafalda de Quino, quiso a apearse a toda costa, cada dos por tres descarrila y se para. Luego vuelve a arrancar, y así sucesivamente, entre parones, blasfemias y miradas lascivas.

Y sigue diciendo el escritor de Melancolía: Todos cayeron en una serena indiferencia, en la sorda apatía de la obligada resignación. Y esta aceptación de las desgracias ineludibles de nuestra vida, ¿acaso no formará parte de ese instinto sagrado que por las ganas de vivir todos los seres humanos tenemos?

Con todo, leyendo al escritor húngaro noto en su libro como un querer ver la luz al final del túnel. Por fin la señora Pfaum, al llegar a su casa en paz y tranquila, tras viaje tan aciago y pestilente, y con los dulces sones de la opereta de la condesa Maritza y deleitándose con unas guindas al ron, tiene esa sensación de elevarse sobre sus deprimentes experiencias como música fluente que se alza sobre los horrores del mundo.

sábado, 18 de octubre de 2025

El amor y la muerte



De vuelta de su viaje de vacaciones, la pareja, antes de regresar a casa, desvió su rumbo para ir a visitar a la madre del novio. Su padre hacía tan sólo dos meses que había muerto tras un accidente de moto, cuando se dirigía a la universidad donde impartía clases de biología genética. La madre, viuda, bien merecía una visita de consuelo por parte del hijo. Decidieron pues quedarse a pernoctar en el pueblo. El piso era pequeño: dos habitaciones, un pasilllo y una cocina. No tuvieron más remedio que dormir en la habitación en la que tuvo lugar la agonía del padre antes de su enterramiento definitivo.

Al hijo, aquella noche, le entraron enormes ganas de hacer el amor. La atracción y el deseo de los amantes fue mutua. No hizo falta consentimiento alguno. Meridianamente estaba claro. Sólo rozar sus carnes, el deseo brotó impetuosamente como embalse a tope nada más abrir sus compuertas desbordadas río abajo por la llanura de la vega. La imperiosidad de hacer el amor, a pesar de sus enormes ganas, de pronto se vio paralizada. Se cortó como se corta el ajo a la hora de hacer una mayonesa. Los habituales ejercicios de precalentamiento no fueron suficientes. Un fuerte y profundo sentimiento enervó sus cuerpos, sobre todo el del joven, reduciéndolo a la impotencia más triste y desolada.

Dos fuerzas del mismo signo, -amor y muerte-, en la misma dirección, parecían como si se enfrentaran ambas invalidándose mutuamente. No es hora de hacer juegos de física ni de retórica entre estos dos conceptos que ignoro si se repelen, o más bien andan íntimamente ligados. Tal vez las leyes de la naturaleza, como los impulsos amorosos, los dos sean hijos del mismo dueño. Los poetas, lo mismo que los sesudos psicólogos no tardarían en darnos una explicación pertinente al caso: La muerte como culminación absoluta del amor. El amor como realización suprema y superadora de la misma muerte. La muerte como la más perfecta garantía de la perpetuación del amor y de la vida.

Aquella noche, por encima del impulso de posesión o desprendimiento, el instinto del joven por yacer con su amada, estuvo por encima de cualquier experiencia poética, de cualquier expresión de cariño, ternura o dádiva. Su deseo nacía, brotaba de la necesidad imperiosa de vivir, de no morir en la misma cama que murió su padre. Para colmo en la mesilla del dormitorio entre los dos tres libros que su padre últimamente tuvo en danza, uno de ellos tenía como autor a Schopenhauer: El amor, la muerte y las mujeres.


lunes, 13 de octubre de 2025

El Descubrimiento


 
Las palabras mienten más que hablan. Ayer la gama privilegiada de nuestra insigne patria celebró con un musculoso desfile militar la Fiesta Nacional: La conmemoración del descubrimiento de América. No hay nada como una mentira para encubrir la verdad de los hechos, para tapar la equivocación de una infamia. Los historiadores luego vendrán a decirnos que antes de prejuzgar cualquier acontecimiento pasado, deberíamos analizar la historia ciñéndonos al contexto aquel en el que tuvieron lugar los hechos: alarde de poderío de una hispanidad invicta, de una raza prepotente y okupa que se encumbró con el saqueo de unas tierras precolombinas que por derecho propio pertenecían a sus moradores. En esta fiesta nacional eché en falta el agradecimiento a aquellas gentes que nos permitieron llenar nuestras arcas con el oro y su plata, sus valores, con su diversidad inclusiva, sus acentos, su sensibilidad y arrojo.

Ayer debimos celebrar además otro descubrimiento, un descubrimiento a la inversa: contemplar aquellas mismas gentes de aquellos países latinos, y no sólo latinos (como el Magreb), que allá descubrimos; pero descubrirlos ahora, acá conviviendo con nosostros, personas que tuvieron también la valentía de cruzar mares y desiertos a riesgo de sus propias vidas, en busca de las mismas especias y otros enseres y mercancías que nosotros fuimos otrora a conquistar en sus propiedades de origen. Debiéramos estar enormemente agradecidos. Disculparnos si no fuimos del todo correcto con ellos. Resarcir nuestro espolio, mostrarles nuestra gratitud por su contribución a nuestro erario público, al cuidado de nuestros mayores, al trabajo penoso que nosotros a veces eludimos: asfaltando carreteras, doblando el lomo entre plantaciones, recogida de frutas y verduras a pleno sol y escapadas. Por poner un ejemplo: los albañiles que, hace tan sólo cuatro días, murieron bajo los escombros del edificio de la calle de las Hileras, en el mismo centro de la Puerta del Sol de Madrid, respondían al nombre de Moussa, Alfa, Jorge, Laura. Casi todos ellos eran emigrantes, oriundos de aquellas tierras que nosotros erróneamente descubrimos.

viernes, 10 de octubre de 2025

La paloma y el olivo


Paz. Paz para los muertos. Y para los vivos, la sumisión y su derrota. ¿Qué comité del mundo pondría a un perro asilvestrado a cuidar de sus ovejas? Las hojas de la olivera me miran inquietas. No me fio de esta tranquilidad impuesta. Un gato inmóvil me mira como si yo fuese también su presa, pájaro incauto, sobre las ramas desconfiadas de un olivo en Oriente Medio.

La hojas victoriosas del laurel sobre la cabeza del César aletean cómplices su Nobel y atroz trofeo cargado de dinamita. Los brazos del árbol, hisopos que esparcen su paz augusta como cabezas de ajos sobre la devastación endemoniada de todo un pueblo sufrido y bendito. Y en el trajinar profundo y silencioso de las raíces de este olivo milenario quisiera yo escuchar, en esta mañana de armisticios interesados y optimistas, el zurear alegre de un nido de palomas blancas sobre las cumbres borrascosas de un monte Ararat en bancarrota.

miércoles, 8 de octubre de 2025

El crisol de la lectura


 
Tu lenguaje era soez, provocador, duro. Tus palabras me repugnaban hasta el delirio. Tus frases me golpeaban hasta sangrarme. ¿Cómo es posible que un hombre tan falso y cruel hablando, pudiera ser tan bueno escribiendo? ¡Cuánto más te escuchaba, más lejos de ti me encontraba, más ofendida me sentía. En cambio, cuando luego me enviabas aquellas misivas de amor tan ardiente y apasionado, más me seducías, más te deseaba, y estar junto a ti quería. 

Al pasar por el crisol de tu escritura tu perversa e insidiosa palabrería, yo descubría entonces tu inmensa prodigalidad y nobleza, yo por ti me desvivía, y veía salir de la pluma de tu boca la sinceridad de tu diáfana mente, la ternura de tu corazón transparente. Y en la dulzura de tus renglones escritos saciaba yo mis deseos infinitos de estar junto a ti. La bondad de tu alma endulzaba mi lectura.

Decidí pues separarme definitivamente de ti. Y mantenerme por siempre a ti atada sólo a través de nuestra cartas.