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martes, 29 de septiembre de 2026

Pequeña gran novela



Entonces apareció el zorro. Qué buscas? –Busco a los hombres –dijo el principito. Los hombres –dijo el zorro– tienen fusiles y cazan. Es muy molesto.

No todas las lecturas que hice de un mismo libro fueron siempre la misma; sobre todo la de los libros emblemáticos que, perpetuados vivos a través del tiempo, su impresión me fue siempre novedosa y distinta. Me pasa lo mismo con el alba, el mar y los árboles..., siempre me hablan con palabras nuevas. Sólo a cierta edad, no sé si llevado de la petulancia de haber vivido mucho, o de la rica experiencia que me regala la vida, me encuentro más predispuesto a la consideración de miradas calladas y lecturas silenciosas que nunca hice de ciertos libros.

A lo largo de mi vida, he leído El principito varias veces, y el impacto de su lectura no siempre fue idéntico. El ánimo del instante, la química de mi organismo, la bondad o adversidad de las circunstancias... intervinieron de manera diferente en mi digestión lectora. Nada es igual en cada momento. Hasta las losetas de la terraza sobre la que ahora se posan mis pies, cada día me sugieren representaciones diferentes.

Unas veces, El principito me pareció un cuento para niños, un tratado de pedagogía infantil, un libro de auto-ayuda, aconsejable para padres, y también de obligada lectura en las escuelas de Magisterio. En alguna otra ocasión, consideré el libro de Saint-Exupéry como un buen recetario filosófico: principios para entender el mundo, el sentido de la vida, el valor de las cosas, el comportamiento humano. Y desde el punto de vista literario, me resultó ser una pequeña gran novela, (no más de treinta páginas), bella e interesante. Su estructuración del tiempo en ocho días, así como la descripción de los ocho planetas visitados por el niño de los cabellos de oro daban coexistencia a un relato total y sugerente, diálogos entrecortados, hilvanados, y hasta sin sabias respuestas intencionadas, enriquecidas con transparentes metáforas: (El agua es como una música. Los cascabeles se convierten en lágrimas. Las estrellas ríen dulcemente. Su risa era como una fuente en el desierto).

Un relato, una novela, si esta es buena, va más allá de lo que cuenta. Un cordero invisible, dibujado dentro de una caja, sugiere todo tipo de especulaciones que no veríamos si el cordero hubiese sido pintado fuera, en la tapa de su estuche. Si en mis anteriores lecturas fui yo el que se acercó al libro, he querido esta mañana que fuese El Principito y el zorro los que vinieran a mí.

Y esta última lectura que ahora hago puede que no coincida tampoco con lo que quiso contar su autor. Y aquí radica el mérito de los libros clásicos: son como fuentes vivas de las que a todas horas emana fresca, limpia y variada el agua. Y quisiera que fuese el pequeño príncipe y el zorro quienes con sus palabras (Capítulo XXI) abrieran la mente de mis sentimientos: Los hombres de la tierra cultivan cinco mil rosas en un jardín y no encuentran la que buscan. Tampoco pretendo hacer comentario alguno.  Me limito pues al sano placer sin más de su lectura.

¡Y qué manía la de los mayores de querer explicarlo todo! ¿Para qué tantos análisis y quebraderos de cabeza? Los zorros tienen cuatro patas. Y ¡basta! No es necesario hacer un máster de veterinaria para demostrar las extremidades de un cánido. Puede que si lo hiciésemos, el zorro, harto de tanta clasificación y verborrea, perdiera su brillante pelaje. Lo que el zorro y el principito quieren es hacer amigos. Las personas serias siempre tienen necesidad de dar explicaciones, pero nunca han olido una flor ni han mirado jamás una estrella. 

viernes, 18 de septiembre de 2026

Sólo me queda rezar



A todo lo inefable que a través de mi infancia
y que aún sin nombre y como el agua brilla...
Ofrenda. Rainer María Rilke

Al hombre, ya entrado en años, sólo le queda rezar, pero la razón se lo impide. Y así no encuentra manera de arrancar su dolor que, cual vela de penitencial romería, por entero le consume. Un dolor particular que para sí mismo calla por vergüenza y por no presumir de víctima. 

Ayer cuando creía, le sobraba la fe. Y hoy, que no cree, la echa mucho de menos. Y se declara agnóstico para no ser tachado de imbécil. ¡Ay, cuánto añora al Dios de su fervorosa infancia! 

Esta mañana, sentado en un banco del paseo, lamía su increencia como perro sarnoso que cura sus incurables heridas. Al sol del mediodía calentaba su cuerpo escéptico y frío, viendo pasar muchachas felices, llenas de hermosura e ilusión. Mujeres y hombres satisfechos bebían cervezas en las terrazas y cafeterías. Niños bamboleaban al cielo los globos y alegrías de su alma dulce y tierna. Disfrutaban de lo lindo correteando hacia el parque de la fuente donde las palomas les esperan con sus marros y arrullos. 

Y a esto, delante del hombre de avanzada edad, se detiene una pareja de jóvenes, camisa blanca, corbata negra, pantalón bien planchado, piel sonrojada, pulcramente vestidos. De su fervoroso cuello cuelga una etiqueta ribeteada del color del amanecer en la que reza algo, que sus ojos cansados no atinan a leer. Son sus credenciales. Deduce que estos muchachos deben ser algo así como mormones o predicadores, evangelistas al servicio de alguna religión yanki. Respetuoso los atiende. Y a la pregunta que a bocajarro le hacen, (¿es usted creyente?), escuetamente responde: No lo sé. Los jóvenes, escandalizados y virtuosos, abren a la par sus azules ojos. Y el hombre, de haber tenido a mano en ese momento el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa, les hubiera leído aquel pasaje en el que el poeta portugués así expresaba sus dudas acerca de Dios:
¿Dónde está Dios, aunque no exista? Quiero rezar y llorar, arrepentirme de crímenes que no he cometido, disfrutar de ser perdonado por una caricia maternal… Poder llorar cosas impensables... Una infancia nueva y una cama pequeña donde acabe por dormirme, entre cuentos que arrullan... Y todo esto muy grande, muy eterno, definitivo para siempre, de la estatura única de Dios, allá en el fondo triste y somnoliento de la realidad última de las cosas…Un regazo o una cuna o un brazo caliente alrededor de mi cuello… El ruido de la lumbre en el hogar…Un calor en el invierno… Un extravío suave de mi conciencia… De un padre sé el nombre; me han dicho que se llama Dios, pero el nombre no me da idea de nada. A veces, de noche, cuando me siento solo, le llamo y lloro, y me hago una idea de él a la que poder amar… Si un día viniese Dios a buscarme y me llevase a su casa y me diese calor y afecto… Vé a buscar, oh Viento, a mi Madre. Llévame por la Noche a la casa que no he conocido…Vuelve a darme, oh Silencio, mi alma y mi cuna y la canción con que dormía.

Este hombre dubitante y cargado de años, sentado en un banco del paseo del pueblo, mientras espera a su mujer salir de la panadería, piensa que la poesía, bien pudiera ser el sustituto de Dios, su oración de entrega y abandono, al sentir que todas las puertas del cielo, inexplicablemente se cierran a su indescifrable clamor.   

   

sábado, 12 de septiembre de 2026

El otro lado


 
El recuerdo: sacramento de la historia, realidad trascendida.

El recuerdo no consiste sólo en acordarse de alguien, de la Carmen, de Josema, de Eusebio... (los protagonistas de esta novela). El recuerdo, como alguien dijo, es algo vivo y vivificante que permite al otro ser él mismo.

Cuenta Piglia en Respiración artificial que la literatura no puede tener otra materia que la experiencia vivida. Toda escritura en cierto modo es siempre autobiografía. Ojalá pudiera desprenderme de los fantasmas de mis personajes, despistarlos, alejarme de sus circunstancias..., pero obligado (o agradecido), estoy a vivir con sus sombras y sus luces. Otra cosa sería, si fuese buen escritor, viviría entonces fuera de la caverna y sin el amparo de quienes  me rodean.

Un libro puede ser de historia, de información, de estudio, de aventuras o leyendas, pero yo hubiese querido escribir un libro, no de verdades, conceptos y vaguedades, sino un libro-pregunta.

El otro lado es la historia de un hombre que, ante la enfermedad terminal de un ser querido, se enfrenta a la gran pregunta humana sobre la muerte, la misma pregunta que un día se hiciera Lord Byron: ¿Hay placer en los bosques sin senderos, hay éxtasis en la orilla solitaria? No hay nada más trascendente en la vida que nuestra propia muerte.

En definitiva, el argumento oculto del libro El otro lado no es otro que la inmortalidad, otra paradoja, como mi existencia, que se debate entre el instinto de placer y muerte.

Con sana y no malintencionada curiosidad en más de una ocasión me han preguntado si creo en el más allá. No lo tengo claro. Soy paradójico. ¿Quién no lo es? Soy pánico, que no panteísta, aunque lo sea. Me encanta Rabrindanat Tagore. Acusadme de buenismo, de rousonaiano, pero también soy cartesiano, heidegierniano, heraclitiano. Agnóstico y creyente. Un mar de dudas. Un proyecto a medio hacer. Y en ese proceso estoy. Y si es que me dieran a elegir entre Dios y aquellos, a vosotros, a quienes quiero... ¡Me costaría tanto dejaros! 


sábado, 1 de agosto de 2026

No esté usted triste


El principito apareció en la Tierra, y después desapareció... Si entonces un niño viene hacia ustedes, si ríe, si tiene cabellos de oro, si no responde cuando se le interroga, adivinarán que es él. Entonces, ¡sean gentiles! No me dejen así tan triste: escríbanme rápido que él ha vuelto…
Cumpliendo con el deseo que el autor del Principito hace a sus lectores en el último párrafo de su libro, se me ocurrió de inmediato escribirle la siguiente nota:
Señor Antoine de Saint-Exupéry, no esté usted triste, alégrese. Yo he visto a su pequeño Príncipe precisamente ahora mismo. He levantado mis ojos y lo he visto allá en lo alto, sonriéndome como un dulce rebaño de cascabeles entre las estrellas alegres del cielo. Llevaba un fanal en su mano. Y parecía el fanal la misma mirada de una flor encendida. A su lado estaba también el cordero. El cordero no tenía bozal ni estaba atado. Estaba suelto y llevaba la soga rodeada al cuello como quien adorna su garganta con campanitas de plata tañendo libre al viento. Para su tranquilidad le digo pues, señor de Exupéry, que no sufra: el cordero no se ha comido la flor; al contrario, tanto su Principito como la flor y el cordero jugaban a la comba con las estrellas en el firmamento, un mundo sin vallado ni fronteras.

Nota: Texto escrito el mismo día en que desde Marruecos entraron a Ceuta más de cincuenta mil inmigrantes.

 

miércoles, 22 de julio de 2026

Politesse



Sentado ahí en el banco, enfrente de donde vive, un hombre se entretiene leyendo a Lèvi-Strauss:
¿Qué hacer para calmar a todas aquellas personas y circunstancias que distorsionan mi anhelada tranquilidad invulnerable...?
Espera a su mujer para ir los dos al mercado que ponen los sábados, no más allá de cuatro calles de su casa. A su lado: el carro de la compra, disimulador de su quehacer y espera. La gente pasa cerca de él: una madre a pie ligero con una cesta en la mano, seguida de un niño con su sueño interrumpido, un hombre con un carretón destartalado rebuscando en los contenedores de la basura; pasa también un hombre con su perro, o mejor: el perro conduce al hombre, pues éste, (su amo), va detrás de su mascota, si cabe más fiel que iría el mismo perro tras el hombre. Entre párrafo y párrafo levanta la vista de la página del libro Tristes trópicos:
… la civilización no es más que esa civilización frágil que preservábamos...
Intenta saludar de palabra a los que pasan, y con un gesto de su mirada procura ser amable con ellos. Ninguno le responde. Natural. Si no me conocen de nada, ¿por qué deberían decirme? ¡Señor, muy buenas! Y vuelve desilusionado cual vendedor de sonrisas apagadas a la lectura del célebre antropólogo francés:
...cuánto menores eran las posibilidades de las culturas humanas para comunicarse entre sí y por lo tanto corromperse por mutuo contacto...
Se congracia con los transeúntes que pasan a su vera, suplicándoles su consideración, haciéndose notar. ¿Acaso le preocupan sus cuitas? ¿O sólo intenta saludarles para que aprecien su orgullosa actitud lectora?

¡Y qué manía la de este individuo ser tenido en cuenta, como si él fuera un nativo nambikwara del Amazonas, o alguien que mereciera la pena ser objeto de estudio! Si le saludaran, existiría. No hay nada más humillante que ser tratado como un cero a la izquierda, ser invisible como aquellos indígenas de los que habla Lèvi:
¿Indios? los ataban a las bocas de los cañones y los despedazaban vivos. Así acabaron con ellos, hasta el último.
Si al menos le dijeran ¡Hola! ¿Acaso a los mayas les importó un pimiento que alguien, aunque fuese un enólogo de renombre como el autor del libro que tiene en sus manos, al cabo de miles de años se acordara de ellos? Los calores no sientan bien a la lectura entrecortada de este hombre. Las letras se le amontonan. Y de sus ojos pasan a su cerebro como kilopondios de plomo sugiriéndole nada más que tonterías. Lo único que quiere este hombre esta mañana es ver salir por la puerta de su casa a su mujer, que le haga señas, y vayan los dos a comprar tomates y calabazas al mercado de los sábados antes de que apriete el calor con sus tenazas de fuego.

Ve ahora a dos tórtolas a una distancia prudente y respetable la una de la otra. Una acaba de refugiarse en la espesura de un frondoso árbol de botella bajo cuya sombra se protege del inusual calor madrugador. La otra, desde la cima de la farola donde se encuentra, inicia también su vuelo al corazón de la espesura del árbol. Los pájaros también sienten la necesidad de hacerse ver y notar entre ellos, pero de manera más natural, sin tanto enredo y politesse como la que este lector desbarra esta mañana mientras espera a su mujer.

lunes, 29 de junio de 2026

Quien no encuentre su niño difícilmente llegará a ser hombre


20


Azulada es el topónimo que utilizo para referirme a la ciudad que me vio nacer. Azulada es también el título de un libro de búsqueda, un monólogo interior que, como dice Ángel Salcedo en su Presentación, responde a las preguntas de un yo perdido, alma errante que todos, tarde o temprano vamos elaborando para ir cerrando las cuentas no saldadas de otros tiempos.

Encontrar quiere Noel, el protagonista de esta novela, al supuesto amante de su mujer. Para ello recurre a una serie de cartas en las que, una tierra caliente y fértil, la Azulada noble, leal y fidelísima, asentada en un campo de gules, sobre ondas de azur y plata, es también la co-protagonista de esta historia, cuya trama es sólo relleno y soporte de una serie de cuestiones incontestables que a sí mismo se hace el remitente de estas epístolas, un hombre un tanto rucio, confuso, fáustico y de sí mismo desconfiado, acerca de su yo desarraigado y esquizofrénico, sobre el paraíso de su infancia pérdida. Quiere Noel, León, o como se llame el relator de estas 79 epístolas, dar con su Ítaca añorada, descubrir la Dulcinea de su amor, su soberana y alta señora, su mujer Mariana, abrazar la Azulada griega, la Azulada hebrea, la romana, la musulmana, la Azulada de todos…, detener el tiempo, vencer a la muerte, ese dolor ingente de no poder ver más a su pueblo, contemplar cómo sus raíces se extinguen, observar que el azul de su cielo, sus apostasías y credos, su niñez, (y con su niñez, su ser al completo), se desvanecen cual las nubes, como las sombras del sueño de Job, quebrantado por la polilla. De la mañana a la tarde son destruidos. Y mueren sin haber adquirido sabiduría. ( Job 4:13-21).

Quien no encuentre su niño difícilmente llegará a ser hombre.

jueves, 12 de marzo de 2026

El escondite de los recuerdos



Después de haber vivido, intento recordar, y todo lo encuentro revuelto, como el agua turbia del río tras el aporte de las tierras de los montes mineros, después de las últimas lluvias de un mes de marzo atípico. El presente que vivo, al instante sumergido queda en un solo elemento, convertido en una abstracción en la que entre lo real y lo imaginario nada distingo. Lo vivido y su memoria forman un solo cuerpo. Digamos que la memoria es lo virtual; y lo real: lo analógico. Y así voy por la vida dándome trompicones entre postes y farolas como un pobre borracho insatisfecho. Puede que a Baudelaire, la realidad nada le importara; pero la realidad le hacía sentir ser quien era. Lo que se puede ver al sol es siempre menos interesante que lo que ocurre detrás de un vidrio. (Las ventanas).

Una vez vivido, veo el tiempo como un agujero negro. En ese agujero negro o luminoso vive la vida, sueña la vida, sufre la vida. Cuando del recipiente de los acontecimientos que anteriormente me sucedieron, intento sacar un recuerdo, éste se me presenta convertido y homologado, unido a una fábula, a un sueño no tenido. Después de haber vivido, ya nada de lo que viví tiene consistencia. Estoy más en el allá que en el aquí metido. La vida es la escuela preparatoria para que entrar nos deje Caronte en la ciudad de los muertos.

Ayer lo pasé fatal. No recuerdo el motivo. Sólo sé que necesitaba saber el nombre de aquel pequeño libelo que sobre las ventajas de la música escribimos al alimón una compañera y un servidor, en nuestros jóvenes años de docencia contra aquel antipedadógico lema "la letra con sangre entra". ¿Dónde diantres se esconden las cosas que olvidamos? Sabemos del querer de unos ojos dulces, de una mirada apasionada, pero desconocemos las razones por las que ciertas personas con tanto desinterés o cariño nos amaron.

Aún no acordándome del título de aquel trabajo, sé que en algún lugar de mi cerebro o de mi corazón seguirá aguardándome, al igual que espera paciente y ansioso un gato el regreso de su amo muerto. Busco el original por todos los rincones de la casa. Y no me duele no encontrar aquel manuscrito cuya elaboración nos costó todo un curso académico; lo que más rabia me da es no acordarme del nombre aquel que por título le pusimos.

Si me preguntaras ahora: ¿De las cosas que yo podría perder, cuál de ellas más me apenaría? La cabeza, esa sería sin duda mi respuesta. Las veces que en clase de religión me preguntaban en qué lugar del cuerpo se encontraba el alma, nunca supe responder. Siempre dudaba, no sabía si en mi corazón o en mi cerebro. O tal vez mi alma estuviera en aquella primera chica que me diera calabaza. De aquella sí me acuerdo. Me acuerdo más de lo que nunca fue mío que aquello que atesoré.

De un tiempo a esta parte, confundo los nombres. Llamo Tere a la Puri; Puri a la vecina; a mi vecina, don Pedro; a don Pedro, don Gil el de lo pies pajizos.

¡Albricias, por fin me acordé del título! A nuestro trabajo aquel de fin de carrera le pusimos de nombre A la Pitiflor, cantarina jitanjáfora.

martes, 10 de marzo de 2026

El color de los días



https://rubencastillo.blogspot.com/2025/09/el-color-de-los-dias.html

Siempre he sentido una especial fascinación por los héroes invisibles. Es decir, por aquellas personas a las que, pese a la importancia de su vivir o a la condición egregia de sus logros, rodea un aura de anonimato. Se llaman Juan, Carmen, Pepe, Rosa, Aquilino, Mercedes o José Ignacio. Y rara vez salen en la tele (si es que alguna vez lo hacen), porque no juegan en el Real Madrid, no trabajan como tertulianos sabelotodo, no protagonizan escándalos mediáticos y no posan en la prensa afirmando ser expertos en nada. Son la pura discreción; y eso, hoy, no se aplaude. Son médicos que salvan vidas en el quirófano; son veterinarios que emplean sus días, y a veces sus noches, en la tarea de cuidar a los animales; son barrenderos que cumplen con pundonor y orgullo su tarea higiénica; son policías que no quieren multar, sino ayudar y proteger. Los hay. Son más de los que parece.


domingo, 15 de febrero de 2026

Libro locomotora



En un sillón de cuero escarlata con sus dos orejeras empinadas, repantigado está don Eulogio Libretas, el propietario de Ediciones d`Errata. Con ojos ariscos emborrona el manuscrito que acabo de entregarle para su publicación, como quien espantado se asusta de un escarabajo. Más que sentado, parece estar empollando el huevo gigante de un avestruz. Escucho el bullir de las grasas de su ilustrada barriga. Sólo el atrofiado murmullo de sus palabras cansinas farfulla por el tubo de escape de su boca apolillada:
Señor Blao, el borrador de su autoría sufre parálisis literaria, parece un viejo con su cadera rota, una tortuga escayolada con torniquetes de estaño. Como jefe de estación de esta esplendorosa empresa de incunables y antologías, sin mácula a lo largo de sus dos siglos de historia literaria, no puedo ordenar la salida a la luz de obra tan trastocada, pobre, oscura y rasposa.
Es inútil. Estoy ante una mole de carne inconmovible, con la caja fuerte de su cerebro cerrado a cal y canto. Con un golpe seco se deshace del libro, y me lo devuelve asqueado. Con todo, no me resigno. Como gato panza arriba defiendo el provocador parto de mi obra, el proyecto en el cual tengo puesto todas mis esperanzas. ¡Ay quien fuera David Uclés, el escritor de las arcas llenas. Cancelaría la hipoteca, me sobraría dinero para alumbrar el desierto de las farolas muertas! Pero tendré que esperar hasta que los tigres desalmados del banco me despellejen con la subida de sus intereses. ¿Quién sustentará entonces con su alpiste a los pájaros soñadores de mi casa vacía?
Sabe usted muy bien que lo del poco poderío de mi libro es una simple excusa. No es frágil su trama y mucho menos el motor de sus estampas. Mi manuscrito está vivo, en marcha sobre unos raíles firmes, muy bien amueblado, esperando que los lectores se suban en él, se embeban de las maravillas de un delicioso viaje a lo largo de sus aventureras páginas, cargadas de sorpresas y ambrosías, de sobresaltos infinitos.
Insisto de nuevo. Suplicante propongo ahora al señor Libretas:
¿Y sí consiguiéramos que un afamado prologuista, un encomiable serendípico de la Real Academia, elogiara la perfecta ingeniería de mi libro-locomotora, que resaltara el ingenioso significado y alegoría de su atrevido diseño. Además, don Eulogio, su prestigiosa editorial, engrandecida por el proemio de académico tan ilustrado, enaltecida y sustanciosamente lucrada se vería.
El señor Libretas no se da por vencido:
Su trabajo, ya de por sí, bastante pesado, quedaría muy “cabezón”, como bolo palabrero difícil de digerir. Vuelvo al símil, señor Blao, no se ofenda: mucha locomotora para los vagones de sus esmirriadas letras.
Por la ventana del despacho del director de Ediciones d´Errata, veo como las aves de mi engreído e iconográfico escribir se pierden convertidas en carbonilla. Don Eulogio Libretas levanta sus posaderas para airear las sudoraciones acumuladas de su trasero contra la redondez aplastada del cojín de cuero que con resistencia supina asiento mullido le presta.

Esta vez soy yo el que, parodiando su meliflua analogía ferroviaria, intervengo sobresaltado para evitar que el humo de sus despropósitos enturbie y ahogue mis ganas de sacar a la luz el borrador de mi libro:
Hoy día la mayoría de los lectores... son consumidores de literatura fácil, se apean en la primera estación, les produce vértigo nada más mirar el índice de una obra profunda. Prefieren el apeadero de las multinacionales, donde en sus andenes sirven basura finamente encuadernada con piel de rata. La fuerza que hace andar a un tren son sus calderas de vapor, esa gruta incandescente que nace de la negra oscuridad creadora del carbón. Dice usted que mi libro-tren no dice nada. ¡Cuánto más cosas dijera, mayor sería la dificultad de los lectores en entender! ¿Acaso le hace falta a la noche callada palabras para encender de pasión y transmitir a los enamorados su misterio?
Sí, -me responde don Eulogio- eso es precisamente lo que le sobra a su libelo, ¡Originalidad! ¿A quién se le ocurre pintar una estilizada locomotora entrando por la portada de un libro a través de un túnel de 120 páginas, un riguroso silencio en negro, para luego ver la máquina aparecer por su contraportada?

viernes, 2 de enero de 2026

Tras la publicación de un libro



Tras la prístina y vívida alegría de sacar a la luz Me olvidé de tu nombre, hoy, apenas unas semanas después de su publicación, vengo a verter aquí mi tristeza por haber parido un manuscrito que me deja insatisfecho. Librera Depresión Posparto. Y cuando creí que este libro sería el sursuncorda, reconozco ahora que no merece la pena detenerme en su descripción. Y no es único este sentimiento. Me pasa casi siempre con todo lo que hago. Nunca mis propósitos se ajustaron del todo a su resultado. Ya lo dijo no sé quién: el ser humano es un proyecto a medio hacer.

Y para evitar que lector alguno menosprecie mi libro, lo hago yo en persona. ¡Cuán embustera y soberbia es mi humildad! Dentro de ella encubro mi orgullo pretencioso y mezquino. Siempre que el summum Verum, Bonum et Pulchrum de los escolásticos sale a mi encuentro, una inmensa fragilidad y derrota me invade por entero. Frente a la idealizada concepción platónica de lo sublime me siento un ser limitado e insignificante. Toda grandiosidad, ricura y excelencia pone aún más de manifiesto mi planfetaria esencia. Y esa belleza, bondad y autenticidad, imposible de emular, tiene como fatal consecuencia mi irremediable rechazo.

Nunca conseguiré tallar, transferir en palabras escritas lo que quiero, ni expresar lo que pienso. Imposible envasar, encorsetar un sentimiento inmaterial en un conjunto físico de letras que, como los conejillos de Cortazar en su Carta a una señorita en París, se escurren y desaparecen entre los renglones de mis textos.

¿Acaso alguien podría apoderarse del trémulo resplandor de la luna en una noche de pasión, o envasar toda el agua del Pacífico en un minúsculo dedal? El querer meter a la fuerza en unas cuantas páginas el brillo, el suave titilar de una estrella, mi amor por las palabras, por el nombre de las cosas, evidencia aún más mi alevosía escriturera.

Y al hilo me viene ahora aquella pugna entre el escalador y los Alpes. Había una vez un montañero em-peñado en llegar a la cumbre, al pico más alto del Mont Blanc. El alpinista, cada vez que a punto estaba de conseguir su proeza, la montaña se crecía, haciendo imposible que el escalador coronara su cima. En tan desigual carrera, el poder creciente e infinito de la montaña dejaba siempre a su rival rendido, infausto y malhumorado. Al final el montañero acabó muriendo de acrofobia.

Grandes escritores, acosados por esta misma quemazón, dejaron escribir de por vida. Citemos a Pavese, (sólo a modo de metáfora). Debido a su impotencia de hacer feliz a Constance Dowling se quitó de en medio, no sin antes exclamar: escribir es una mierda, no escribiré jamás. Ellos fueron osados y no como otros que, cual turiferarios de nuestro propio ego, conservamos el corpus sagrado de nuestros textos cual momias embalsamadas en el sarcófago dorado de las estanterías desconsoladas de nuestra casa.


martes, 16 de diciembre de 2025

Nathaniel Hawthorne



Es la primera vez que leo a Nathaniel Hawthorne. Sólo sabía algo de este escritor estadounidense del siglo XIX por aquella película, La letra escarlata de Roland Joffé, cuyo argumento está sacado de una novela del mismo Hawthorne. El otro día, por casualidad, cayó en mis manos una antología de este novelista, seleccionada por José Martínez Torres, y publicada por la Universidad Nacional Autónoma de Mexico. 2008. Y me detuve en unos de sus relatos, en concreto, en Wakefield: Un hombre, sin aparente motivo alguno, deja a su mujer y su tranquilo hogar. Su intención es regresar a los pocos días. Los pocos días se convierten en veinte años, distanciado no muy lejos de su domicilio conyugal, (sólo a dos calles), desde donde se detiene todos los días y observa desde el anonimato a su mujer. A él lo dan por muerto, y la mujer se refugia resignadamente en su viudez. Durante este tiempo Wakefield se debate en volver, o no volver a su casa. Y esta duda se hace crónica, y a la vez frágil y enfermiza, se cosifica. Hasta que por fin una mañana abre la puerta de su casa, como si todo fuese igual que antes, como si sólo hubiesen pasado unas horas desde su marcha.

El comportamiento del protagonista de este relato me trajo el recuerdo aquel otro día de mi pasado: yo también actué de forma parecida, aunque no con la misma serenidad e inconsciencia, sino arrebatado por una discusión familiar, cuyo motivo, hoy tras haber pasado varios años de aquello, casi apenas recuerdo el por qué. ¿Deseos de ser tenido en cuenta? ¿Culpabilizar a mi pareja por algo en concreto que me sentara mal? ¿Hacerme el víctima? Cogí el coche, y me desplacé no más de 100 kilómetros de casa, rumbo a una playa solitaria. El tiempo de mi escapada apenas duró un día. Y alejado en aquella esclarecedora soledad, frente al mar, maestro de tantas cosas, pronto pude comprender la tontería por mí cometida. Y regresé de nuevo a casa, al igual que Wakefield, como si no hubiera pasado nada, pero doblegada y vencida mi pueril altanería. Estas cosa se hacen sólo una vez. Pues si las repites, la huida deberá ser definitiva y debidamente meditada y justificada, si no quieres arrepentirte y ser prisionero de tu incongruencia. Con el tiempo la rutina en las relaciones de pareja suele debilitar los lazos que atan dulcemente nuestra convivencia. Salí cabreado, sin premeditación juiciosa. No dejé nota alguna, tal vez para engrandecer aun más la alarma de mi desaparición. Me sobrestimé como protagonista insustituible de una situación por mí solo controlada. Pensé erróneamente que sin mí, la vida, tanto la de mi mujer como la de mis hijos, sería imposible. Imbécil orgullo del hombre alfa.

A Hawthorne le gusta jugar con el tiempo. ¡Como si el tiempo fuese un muelle o una cinta elástica que la pudiéramos encoger o alagar a nuestro capricho! Este misterioso escritor, cual un demiurgo, domador del espacio y de lo relojes del universo, tras sumergir y abrumar al lector por los túneles de posibilidades absurdas y azarosas, vuelve al final de su relato a dejar las cosas como antes, devolverlas su estado natural que les corresponde.

Tanto la escritura, la lectura, como cualquier otra rama del arte, tienen la virtud de enfrentarnos ante el espejo de nuestras propias contradicciones, y así revelarnos nuestra real condición humana, y ayudarnos a ser más sincero con nosostros mismos.

viernes, 12 de diciembre de 2025

Ropa vieja


 
Y al igual que la tierra sedienta, que a base del agua recogida en bidones grandes de lluvias anteriores, alimenta las pocas matas de tomates que plantadas tiene en dos caballones sobrios y anhelantes, y espera que sobrevivan al calor intrépido, inesperado y crujiente de estos tiempos locos e inhóspitos, trato yo, también de venirme arriba en estos días yermos que atravieso, y el cerebro parece ser que se me seca y agota ante tanto despropósito.

Estoy esperando que me envíen para su publicación las últimas pruebas del manuscrito Me olvidé de tu nombre. Se trata de una recopilación de viejos textos sobre la importancia, insignificancia, la relevancia, (y al mismo tiempo), impotencia y frustración, que el hecho de escribir me reporta. Todos ellos son ropa vieja, rescate de comentarios personales de épocas pasadas. Con ellos pretendo hacer un guiso nuevo, al igual que hacía mi madre con el cocido sobrante de la comida de los domingos. A la semana siguiente, sobre-freía los garbanzos, las patatas y la poca carne que había quedado, y nos sorprendía a la familia con un nuevo manjar, tan exquisito como el anterior. Pues con el mismo ánimo recopilo estos textos para reconfortar mi apetito. Pero me temo, que no con tanto acierto como ella.

Sé que este manuscrito no tiene un cuerpo único. Está hecho de retazos incongruentes, a destiempo, sin continuidad alguna, ni tema que los aglutine y cohesione. Todos ellos tan sólo tienen en común la palabra, el único ingrediente que los unifica y sustenta.

Y en este tiempo de espera, antes de que el libro Me olvidé de tu nombre salga publicado, mis ojos se detienen expectantes en una cita por sorpresa de John Gardner, (el autor de Grendel), que me tomo como autocrítica adelantada y primera:
Generalmente, el escritor que se preocupa más de las palabras que de la historia (personajes, acción, escenario, ambiente) no consigue crear ese sueño vívido y continuo: se estorba demasiado a sí mismo; embriagado de poesía, no distingue el grano de la paja.
Y de nuevo un servidor, y las matas de tomates que planté la primavera pasada, volvemos a caer en el desánimo. Desánimo que a su vez renueva en mí la fuerza necesaria para seguir adelante.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Mujer fatal

 


Escribir es sobre todo leer. La lectura es su motor. Al levantarme lo primero que hago es ir derecho a la agenda de mis costumbres, al borrador de lo que luego será la definición del relato definitivo que configure la vida de la que me alimento y me sustentará durante el resto del día. Y como el espada que, para rematar a su animal, (y no se deja), prueba hendir su estoque de otra forma, con otro pase, así hago yo con el lápiz esta mañana. Pero no hay manera. Cada vez que vuelvo al cuaderno nunca logro decir lo que quiero. La imposibilidad real de dar plena cobertura a mi pensamiento.

Y recurro, (para cubrir esta carencia), a la lectura como su activación más eficaz. Y lo hago ahora acudiendo a Circe. Pero este cuento del Bestiario de Cortázar, lleno de suspense y de misterio, me ha dejado aún más noqueado. Leo deprisa, prisa que no es mía, sino provocada por el arte de la escritura de su autor. Y espero urgente encontrar un final feliz (o apenado); pero que sea sobre todo esclarecedor.

Siempre admiré en Cortázar esa manera suya tan arrebatadora y misteriosa de escribir, y que a simple vista parece espontanea e improvisada, pero intuyo que no es así, sino estudiosamente trabajada, y desde el punto de vista literario, tan atractiva como para encandilarme. Circe en concreto me somete a un ritmo trepidante, y cuya tensión va en aumento conforme avanzo en su lectura.

Y me encuentro con un desenlace un tanto ambiguo y confuso, como si el autor dejara a merced de mí enjuiciar como hechicera y diablesa a la pobre Delia Mañara. Bastante tenía yo con no saber qué escribir esta mañana, como para además adivinar cuál sería el final exacto que en su mente tendría Cortázar para concluir su espectral, kafkiana y fatídica historia, y que la deja en abierto para que sea el lector quien la cierre a su criterio. Que no siempre la partera de una escritura fue la lectura de una buena obra. Al menos en mi caso no ha sido así, que aún sigo bloqueado por su acelerada intriga. 

domingo, 2 de noviembre de 2025

Bonito día para morir

Un día precioso. Me levanto. Miro por la ventana. Ha parado de llover. Las nubes han desaparecido. Lúcida está la mañana. Y me viene a la memoria aquella frase con que los indios alpinos se despiden de la vida: Hoy es un buen día para morir.



lunes, 20 de octubre de 2025

La falsa seducción de la esperanza



Tomo este título del libro Melancolía de la resistencia de László Krasznahorkai, escritor húngaro, recientemente galardonado con el Nobel de literatura. Había oído yo decir que escribir era como resucitar a la vida, que el ejercicio de la escritura, (o el de la lectura), tiene ese poder de sanación que precisamos para salir airosos de las penalidades en nuestro peregrinar diario. Y László viene a decirnos que el artificio literario no es una vacuna que nos libere de la dura realidad en la que actualmente el hombre está inmerso. En estos tiempos apocalípticos, todos tartamudeamos frases sin sentido, y quedamos bloqueados ante tanta hecatombe. Krasznahorkai no tiene respuesta para tanta calamidad y barbarie, sólo acierta a describirlas. Escribir después de lo de Palestina es imposible... que diría Adorno.

¿Quién entendería hoy que el gran valedor de la paz sea el mayor instigador de conspiraciones y guerras? La actual banalidad de esta política western que padecemos abre de par en par puertas y ventanas a dictaduras descerebradas y absolutistas. La pluma se le engarrota a László, araña el papel hasta hacerlo sangrar: El orden de las costumbres había quedado en entredicho, el caos se expandía sin freno, y destruía los hábitos diarios, el futuro era pérfidamente oscuro, el pasado imposible de recordar, y el funcionamiento de la vida cotidiana se había vuelto hasta tal punto imprevisible que sólo se podía reaccionar con resignación, pues incluso era concebible que ya no se abriera ninguna puerta y que el trigo creciera hacia el interior de la tierra. Y de pronto aquel principio de perfección que regía el mundo... parece haber perdido su vigor. Y todo se desmorona. No hay norma en pie que prevalezca. Ninguna pregunta tiene respuesta. No hay respuesta al por qué de la maldad imperante. Y escucho ahora esas voces proponiendo un visado por puntos para los inmigrantes. ¡Como si para vivir necesitáramos del visto bueno, un aprobado expedido por el Ministerio de la Existencia! Meten miedo a la ciudadanía diciendo que nuestros barrios son intransitables por culpa de los extranjeros que vienen a nuestro país, y que nos mantienen como rehenes en las mismas casas donde hemos nacido. Absurda e inhumana estigmatización interesada.

Y volviendo al pesimismo del escritor húngaro me contagio de su desesperanza, de esta realidad decadente que a mi alrededor siento. En estos momentos caóticos de confrontaciones interminables, advierto dislates futuros e inquietantes que ponen en riesgo nuestra actual seguridad, no sólo a nivel individual y ciudadano, sino también a niveles cosmogónicos. La tierra se resquebraja. El tren en el que viaja la señora Pfaum, y con ella cada unos de los que vamos subidos en este destartalado Mundo, del que, hasta la Mafalda de Quino, quiso a apearse a toda costa, cada dos por tres descarrila y se para. Luego vuelve a arrancar, y así sucesivamente, entre parones, blasfemias y miradas lascivas.

Y sigue diciendo el escritor de Melancolía: Todos cayeron en una serena indiferencia, en la sorda apatía de la obligada resignación. Y esta aceptación de las desgracias ineludibles de nuestra vida, ¿acaso no formará parte de ese instinto sagrado que por las ganas de vivir todos los seres humanos tenemos?

Con todo, leyendo al escritor húngaro noto en su libro como un querer ver la luz al final del túnel. Por fin la señora Pfaum, al llegar a su casa en paz y tranquila, tras viaje tan aciago y pestilente, y con los dulces sones de la opereta de la condesa Maritza y deleitándose con unas guindas al ron, tiene esa sensación de elevarse sobre sus deprimentes experiencias como música fluente que se alza sobre los horrores del mundo.

sábado, 18 de octubre de 2025

El amor y la muerte



De vuelta de su viaje de vacaciones, la pareja, antes de regresar a casa, desvió su rumbo para ir a visitar a la madre del novio. Su padre hacía tan sólo dos meses que había muerto tras un accidente de moto, cuando se dirigía a la universidad donde impartía clases de biología genética. La madre, viuda, bien merecía una visita de consuelo por parte del hijo. Decidieron pues quedarse a pernoctar en el pueblo. El piso era pequeño: dos habitaciones, un pasilllo y una cocina. No tuvieron más remedio que dormir en la habitación en la que tuvo lugar la agonía del padre antes de su enterramiento definitivo.

Al hijo, aquella noche, le entraron enormes ganas de hacer el amor. La atracción y el deseo de los amantes fue mutua. No hizo falta consentimiento alguno. Meridianamente estaba claro. Sólo rozar sus carnes, el deseo brotó impetuosamente como embalse a tope nada más abrir sus compuertas desbordadas río abajo por la llanura de la vega. La imperiosidad de hacer el amor, a pesar de sus enormes ganas, de pronto se vio paralizada. Se cortó como se corta el ajo a la hora de hacer una mayonesa. Los habituales ejercicios de precalentamiento no fueron suficientes. Un fuerte y profundo sentimiento enervó sus cuerpos, sobre todo el del joven, reduciéndolo a la impotencia más triste y desolada.

Dos fuerzas del mismo signo, -amor y muerte-, en la misma dirección, parecían como si se enfrentaran ambas invalidándose mutuamente. No es hora de hacer juegos de física ni de retórica entre estos dos conceptos que ignoro si se repelen, o más bien andan íntimamente ligados. Tal vez las leyes de la naturaleza, como los impulsos amorosos, los dos sean hijos del mismo dueño. Los poetas, lo mismo que los sesudos psicólogos no tardarían en darnos una explicación pertinente al caso: La muerte como culminación absoluta del amor. El amor como realización suprema y superadora de la misma muerte. La muerte como la más perfecta garantía de la perpetuación del amor y de la vida.

Aquella noche, por encima del impulso de posesión o desprendimiento, el instinto del joven por yacer con su amada, estuvo por encima de cualquier experiencia poética, de cualquier expresión de cariño, ternura o dádiva. Su deseo nacía, brotaba de la necesidad imperiosa de vivir, de no morir en la misma cama que murió su padre. Para colmo en la mesilla del dormitorio entre los dos tres libros que su padre últimamente tuvo en danza, uno de ellos tenía como autor a Schopenhauer: El amor, la muerte y las mujeres.


martes, 16 de septiembre de 2025

Dichosa edad y siglos dichosos aquellos


Del discurso de Don Quijote a los cabreros. Cap. XI. 

—Porque veas, Sancho, el bien que en sí encierra la andante caballería y cuán a pique están los que en cualquiera ministerio della se ejercitan de venir brevemente a ser honrados y estimados del mundo, quiero que aquí a mi lado y en compañía desta buena gente te sientes, y que seas una mesma cosa conmigo, que soy tu amo y natural señor; que comas en mi plato y bebas por donde yo bebiere, porque de la caballería andante se puede decir lo mesmo que del amor se dice: que todas las cosas iguala.

—¡Gran merced! —dijo Sancho—; pero, mucho mejor me sabe lo que como en mi rincón sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los gallipavos de otras mesas donde me sea forzoso mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me viene gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo.

—Con todo eso, te has de sentar...

Y asiéndole por el brazo, le forzó a que junto dél se sentase.

Después que don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, soltó la voz a semejantes razones:

—
Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían... No había la fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus proprios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese...

miércoles, 23 de julio de 2025

Dione


Siempre todo es algo nuevo, inesperado y presente después del estío de una noche de jarana. Allí eras, donde calmabas tus sarpullidos juveniles con lecturas ensoñadoras en aquella biblioteca, hoy convertida en discoteca-metal-beat a la que ahora vuelves.

¡Qué cosa más fría! Parece un garaje, un aparcamiento de coches. Eres de los primeros en llegar. El ambiente es obsoleto y deprimente. El patibulario y lúgubre local poco a poco recobra luz y color, pero sin salir de la gama de los grises. El negro abunda en cantidad. Parecéis espectros en movimiento, esqueletos danzantes en la misma entrada gozosa de una caverna. Rigidez en el mobiliario. Todo de hierro. Hierro, cemento metálico. Poyos de cemento. Molleras en ascuas de cemento alrededor de la pista de baile. Tres hileras como surcos-panteones circundan un cuadrilátero centrado a una gran columna a la que desesperadamente se aferra algún que otro siniestro bailarín zumbado. Los focos desde lo alto rastrean discretamente los cuerpos divinizados. Las luces y sombras azul cobalto intermitente rastrean, y en medio de la oscuridad circundante, se detienen en las partes más sensuales y atractivas de los bailongos que encuentran a su paso. La puntual luminosidad se recrea allá donde tu mirada se detiene. Celestes alegrías de flashes buscan su objetivo más erótico. Tú ya vienes prevenido por aquel rayo balsámico de tus tímidas lecturas en aquella vieja Librería-cafetería a la que solías acudir en tus años mozos a la caza de orgasmos literarios leyendo a Stendhal.

Una chica rubia con el pelo desordenado por un viento astral invisible gira como un satélite alrededor de Saturno. No pienses en nada, -te dice Dione-, bailar es desentenderse. ¡Métete dentro de la música, lanza en volandas tu cuerpo armonioso. ¡Vamos, hombre, anímate! Si tu físico no vuela, difícil es que tu mente se remonte y alcance el clímax. Y al instante tu cuerpo, sin tú darle permiso, te catapulta como un cohete justo en medio de la pista de baile. Allí ves a un cuarentón como tú, desubicado, desinhibido, con calva y gabardina que se contornea como un maniquí eléctrico. Y pierdes el miedo o la vergüenza. Tu sentido del ridículo desaparece al ritmo de un ligado compás binario a las órdenes de Dione, ágil peonza que no para de dar vueltas a tu alrededor. Y te sientes, al igual que Stendhal, atraído por Mathilde, dominado por una pasión fatal. Je faillis devenir fou.

Allí eras, de donde vienes, cuando tú, de adolescente, calmabas el reconcomio de los sarpullidos de tu juventud ardiente en aquella librería, convertida hoy en discoteca-metal-beat. Siempre es presente.

Lo que luego pasó entre la chica-peonza y vuestros besos en calderón interminable, nada se supo... Hasta que pasado unos años vuelves a tu vieja librería de juventud olvidada y desaparecida. Y aquella antigua relación en aquella discoteca lúgubre y a la vez luminosa aparece hoy reactivada. Escoges al azar de la estantería aquel mismo libro de tu vieja juventud ensotanada, el Del amor de Stendhal. Y entre sus hojas encuentras un papel doblado que dice:
Aquí me tienes de nuevo. Soy Dione, aquella chica peonza, satélite de Saturno, que te volvía loco en tu juventud pasajera. No en vano Saturno, el planeta del que estoy locamente enamorada, es el dios del tiempo, capaz de convertir el pasado en presente.

jueves, 27 de marzo de 2025

Los conejillos de Cortázar


No es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto. (Bestiario. Cortázar).
¿Cómo es posible que en tan poco tiempo la hija de mi vecina, la mujer del hombre de la furgoneta blanca, haya crecido tan deprisa? Veo ahora a la zagala delante de mí, acompañada de un apuesto muchacho. Ayer mismo la madre la llevaba en brazos dándole de mamar. Las cosas no pueden cambiar así de la noche a la mañana. Desde el principio de nuestra era, filósofos, biólogos y políticos vienen diciendo que la naturaleza no da saltos, que actúa lentamente, que para asfaltar un simple socavón en la Avenida de Los Castaños, o construir una residencia de ancianos en Molina de Segura, hace falta remover Roma con Santiago. ¡Y ni con esas! Y no como hoy, que una chiquilla recién nacida, a los dos días amanece ya crecida y reluciente como los pepinos de la huerta que no hay dios que de la noche a la mañana los reconoca. O que una España tranquila se levante esta mañana deprisa comprando papel del váter y corriendo desconsolada a refugiarse en la estación de autobuses, en el Mudem o en cualquier otro refugio inexistente, antes que la guerra anunciada por Europa nos acribille como conejos en su madriguera, perseguidos por el miedo y las bombas nucleares.

Todo va muy deprisa como las cabras locas que se pisan unas a otras. Menos este cuerpo mío inamovible, sentado sobre este banco del paseo, encima de una acequia soterrada que serpentea paralela al desvío. El desvió cruza el pueblo por el extrarradio que da al río. Los arboles sonríen a un abril que se retrasa espantado por los detractores del cambio climático. Me distraigo frente al sol tibio leyendo Carta a una señorita en París, antes que un conflicto bélico impesable me arrase tal como anuncia Hadja Lahbib la comisaria de la UE. Tres cosas irrenunciables me quedan de lo que me queda de vida: un buen desayuno con pan-aceite-y-sal, un café bien cargado mirando pasar la primavera trasluciente de la hija de mi vecina Andrea y el gusto por la lectura.

La hija de mi vecina me saluda atenta como si yo fuera el mismísimo autor visionario de la historia que estoy leyendo. Levanto mis ojos del libro para contestar sus buenos días. Ella, rauda cambió su biberón de leche por el joven que bien acompaña su pubertad recién estrenada. Aquí todo el mundo corre. Corren los niños a la escuela. Antes de llegar al colegio ya serán mayores, menos yo que permanezco ya mayor desde hace tiempo apoltronado en este banco fijo de madera. Por cierto, la madre de la muchacha que cambió su biberón por el beso de un muchacho, también se llama Andrea, como la dueña remilgada del apartamento de Buenos Aires que una señorita le dejó prestado al caótico y alocado protagonista del cuento que estoy leyendo. Extiendo mi mano sobre la página trece para que no se me escapen los vomitados conejitos de este relato tan absurdo, simbólico y sugerente. A duras penas mis dedos leñosos, púrpuras y crepusculares pueden sostener el libro. Me senté aquí enfrente de mi casa, sentado en este banco de madera que hace sonar mis huesos como campana de ánimas.

Miro ahora los árboles-botella del paseo que, en tan solo dos o tres veranos, se han llenado de gloria y fuerza como los bueyes de la fábula de Esopo. Escucho el tempranero jugar de los pájaros entre el verde de sus hojas cantarinas, el abrazo dulce e interminable de dos jóvenes que han preferido hacer novillos y librarse de las monsergas y los drones de la profesora de Ética. A mi alrededor todo el mundo cambia, el relax se hace desvelo, el status quo de un mundo estable se tambalea. Miro también mis pies quietos al caer de un insensible y solitario banco de madera. 

También se apagaron mis sueños correteros como los conejitos de Cortázar. Sus noches no tienen luz, ni farolas, ni estrellas, ni árboles de botella. Unos locos de la guerra quieren arrancarlos de cuajo y encerrarlos en el oscuro rincón de un armero.