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sábado, 1 de abril de 2017

Bola de Sebo




Nada más empezar a leer Bola de Sebo me sentí atraído por esta mujer prostituée que Maupassant convierte en la protagonista, a mi parecer, de uno de sus mejores cuentos:
Su rostro era como una manzanita colorada, como un capullo de amapola en el momento de reventar; eran sus ojos negros, magníficos, velados por grandes pestañas, y su boca provocativa, pequeña, húmeda, palpitante de besos, con unos dientecitos apretados, resplandecientes de blancura.
Toda puta tiene su dignidad, y a veces mucho más que la que pudiera tener la más honrada de las mujeres casadas. Bola de Sebo está escrito con la ironía propia de todo escritor inteligente y comprometido. Si la escritura no vale para despertar las conciencias ante la insensatez y los egoísmos, el machismo, la sacralización del orden establecido y los comportamientos farisaicos, no sirve para nada; mejor ser manco de letras y mudo de ideas. Este cuento fluido, realista y entretenido es un fino alegato contra la doble moralidad de una sociedad aburrida, cínica, puritana y cobarde que sólo tiene ojos para despotricar de los vicios ajenos; pero que es incapaz de reconocer su propia hipocresía. Maupassant no deja fuera de su sofisticada crítica a los belicismos, a la iglesia, ni siquiera a los salva patrias de la política por muy democráticos que se sientan:
Porque los revolucionarios barbudos monopolizan el patriotismo como los clérigos monopolizan la religión.
Quienes sufren una infamia, soportan una desgracia, todos aquellos, que como Elizabeth Rousset, mujer de vida alegre, son desacreditados, por lo general están más prestos a defender el orden natural de las cosas, patrón que no siempre se corresponde con los principios contrahechos de una ciudadanía rancia y sometida al imperialismo del embudo.

El asco que todos hacen de esta mujer casquivana, se desvanece en seguida, cuando esta buena mujer, de vergüenza pública, (honte publique) pero de tierno corazón, se dispone a compartir su comida, (dos pollos bañados en su propia gelatina y cuatro botellas de burdeos), con sus compañeros de viaje que no se abastecieron de alimentos para escapada tan turbulenta.

Un capitán prusiano mantiene retenidos a un grupo de viajeros que huye de la guerra que asola a Francia. Todos ellos representan a los sectores de la burguesía más carca e interesada de la época: nobleza, iglesia, nacionalismo, empleadores... El militar invasor pone como condición para dejarlos partir, acostarse con la sensual, carnal y apetitosa moza. Bola de Sebo se resiste. Al principio sus compañeros se solidarizan con la negativa loable de Bola de Sebo. Pero, más tarde, presionada por los prácticos consejos de todos, haciendo a la pobre moza responsable de la dilación de la libertad del grupo, ésta sucumbe al sentido común, al menos común de los sentidos. ¿Qué mujer no sacrificaría su castidad, si supiera que haciendo el amor con el verdugo de su marido....? ¡Pobrecita! Una mujer santamente casada, si supiera que su adulterio le devolvería la vida a su amantísimo marido, a no ser que fuese la mismísima María Goretti, no dudaría en salvar a su esposo de la muerte. Hasta el mismo Abrahán a punto estuvo de matar a su hijo por mandato divino.
¿Quién lo duda, señora? Un acto punible puede con frecuencia ser meritorio por la intención que lo inspire.
Aquel paradigma, patrón intocable que configuraba de manera indiscutible nuestras conductas, hoy ha desaparecido. Son otros los valores, a contra pelo y mestizos, desavenidos en muchas ocasiones, los que determinan nuestro actual comportamiento, antinatural e incomprensible, no ajustados a la racionalidad de una civilización avanzada.... Y así las instituciones, los estados condecoran, aplauden al que roba, destruye, declara la guerra, o se desdice de lo que prometió. Y nosotros, los que vivimos en la periferia, si antes votábamos a gobiernos de izquierda, hoy nos decantamos por los partidos de la inercia, la desafección o el integrismo.

Aquellas viejas ideas de los pacifistas que abogaban por unas naciones sin ejércitos, sin armas, son partos imposibles del cacareado status quo. Los gobiernos cada vez más engordan las partidas de sus presupuestos destinadas a la defensa, al amurallamiento de nuestra sensibilidad encementada. Engañados, nos fundamentamos en la inseguridad y en la desconfianza, base por cierto de nuestro propio derrumbamiento, más cantado y cierto. ¡Si todos esos emolumentos se dedicasen a combatir el hambre...! Pero la simple formulación de este piadoso pensamiento ya no cabe en el discurso actual, está fuera de todo razonamiento, responde a una destartalada candidez geopolítica, donde al otro no se le espera, ni se le reconoce, ni si quiera existe; simplemente se le acribilla. Antes, nada más ver un tricornio, un sable, una bandera, escupíamos en el suelo, mirábamos para otro lado como si se nos hubiese aparecido el mismísimo diablo; hoy en cambio, vemos un uniforme militar, y nos arrodillamos como sacristanes ante el Santísimo.

Bola de Sebo o el sinsentido del estúpido enfrentamiento entre pueblos y naciones. El simple hecho de ver a vencedores y vencidos, condescendientes y aunados, colaborando en las mismas actividades domésticas, ayudándose como si fueran vecinos de una misma aldea, da clara idea de las intenciones pacifistas de Guy de Maupassant. A los prusianos la guerra tampoco les divertía:
Juraría que también sus familias lloran mucho, que también se perdieron sus cosechas por la falta de brazos; que allí como aquí, amenaza una espantosa miseria a los vencedores como a los vencidos.. Ya ve usted, caballero: entre los pobres hay siempre caridad... Son los ricos los que hacen las guerras crueles.
Este relato, al contrario de aquel otro (El Horla), del mismo Maupassant, rebosa ternura y empatía, está lleno de un dulce surrealismo, desborda sensatez, frente aquel otro delirante, frenético y repleto de alucinaciones y presencias invisibles.

El cuento acaba como empieza con otra comida. Esta vez, Roma tampoco pagó a traidores. Mientras el resto de los viajeros, entre rebanada y trozos de carne asada, buenos pedazos de queso, de nuevo en la diligencia se dirigen felices como gallinas en huida a su corral. Bola de Sebo, la que al principio compartiera su comida con los que carecían de ella, ahora ninguneada es como una zorra.
Ninguno la miró ni se preocupó de su presencia; sentíase la infeliz sumergida en el desprecio de la turba honrada que la obligó a sacrificarse, y después la rechazó, como un objeto inservible y asqueroso.
¡Qué pena no haber formado parte de aquella diligencia! Si yo hubiera estado allí y mis cuerdas vocales no me hubiesen traicionado, cual me engaña mi adocenada conciencia de ahora, yo le hubiese cantado a Elizabeth Rousset aquellos versos de Alfonsina:
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame,
ponme una lámpara en la cabecera,
una constelación la que te guste;
todas son buenas, bájala un poquito.




viernes, 6 de enero de 2017

Cristina Campo. La sprezzatura.



Sprezzatura è un ritmo morale, è la musica di una grazia interiore; è il tempo, vorrei dire, nel quale si manifesta la compiuta libertà di un destino, inflessibilmente misurata, tuttavia, su un'ascesi coperta. 
Gli imperdonabili. (Cristina Campo)

Cuando la conocí, nada en ella sobresalía. Cristina Campo no destacaba en nada, salvo que desde que nació, estaba enferma, padecía del corazón. ¿Entonces, qué es lo que ahora yo he visto en su cara, cuando leo sus textos que con tanta fuerza me atraen? La gravedad, tal vez, de su natural comportamiento, la solemnidad de su sencillez y buenas maneras, la exquisita salud de sus letras.

Tal vez, en contra de lo que pienso, todos en el fondo seamos conservadores, o como bien afirma Jean Jaures: Il ne peut y avoir de révolution que là où il y a conscience. El ser humano no se resiste a perderse en un incierto futuro; prefiere seguir vivo en su originalidad conocida y caduca. Más vale pajarico en mano que cientos volando, que dirían los encogidos de espíritu, los que no saben sentir desde sus vísceras.

Me sorprende que Cristina, mujer musical, de poesía profunda y pura, escritora escarpada, de prosa incompleta, traductora conversa, ansiosa por conseguir lo que esconden los nombres bajo su grafía envolvente y tímida, huyera del mundo y se recluyera en el floral rito como defensa. Fiel y consecuente con sus palabras, piedras sin esculpir, sugerencias y paradojas, símbolos clarividentes en la noche oscura, mezza monaca, mezza fata, tampoco me la figuro aliada de Alfredo Ottaviani, aquel cardenal retrógrado, enemigo del aggiornamento de la Iglesia Romana. O tal vez yo, hombre rudo, ajeno a la religiosidad ceremonial, bizantina, ortodoxa, monacal y gregoriana, debiera desde un principio haberme acercado sin prejuicios a esta mujer, de máxima superficie, máxima profundidad, de corazón y manos ligeras, haberla contemplado en su justa medida, como maestra de ceremonias de lo inefable, artífice preocupada en dar forma al fondo, y fondo a la forma, hasta convertir la corteza y el núcleo, el centro y la periferia, en una misma y sabrosa nuez de oro. O como dice mi buena amiga María Rosa de la Columna de los Lunes: no sé, si son las palabras que se enmudecen, si son los pensamientos que no logran aflorar en palabras, o son esas raras circunstancias que a veces nos asaltan en el camino de la vida.
T’ho barattato, amore, con parole.
(Te he permutado, amor, por palabras).
Ti riconoscerò dall’immortale silenzio.
(Te reconoceré por el inmortal silencio).
Simplicidad profunda. Honda sencillez. Negligencia consciente, estudiada, y de tal manera aprendida que me pareció espontanea. Elegancia descuidada. Temeraria solidaria. Prudencia osada. Arsis y Thesis. Tempo rubato. Impulso y calma.
Coger la vida, renunciar a la vida. Tomar y dejar es un mismo éxtasis.
Como ella, como ese otro quisiera ser, que sobrado de riquezas, caminaba por los senderos de su abultada fortuna con pies descalzos, desposeído de todo. O como el mendigo aquel, como ella, que tan ufana pordioseaba sobre su precaria abundancia. ¡Parecía una sultana, la emperatriz de la Tierra! El león reprimido, la mansa ferocidad del tigre, la elegancia del lince, la humildad endiablada de la culebra.

Tras leer Con manos ligeras, ese escrito que forma parte de Los Imperdonables, quise entender lo que Cristina Campo entendía por sprezzatura. Esta palabra, mitad monje, mitad soldado, más bien me escondía lo que decía. Lo que es, no se puede decir; puede decirse aquello que no es. Cuanto más ininteligibles eran sus oxímoros, mejor yo los comprendía: que nada rezume de tu corazón, -me decía-, que de ti sólo se perciba la sonrisa. En mi vida vi dama tan pobre, con tanta belleza; mujer tan opulentamente ataviada y con tan descuidada desenvoltura vestida. Il mio pensiero non vi lascia. A ella, tan preocupada por comprender la melodía de las palabras, le agradezco que me ayudara "casi" a ver realidad y símbolo unidos, fe y liturgia, la dulce armonía de los contrarios, ambos crucificados en un mismo leño:
La sprezzatura de algunos pedigüeños es tan grande y exquisita y en su mirada resplandece una libertad tan soberana que darles la menor limosna es recibir una gracia inesperada.
Cristina Campo y María Zambrano coincidieron en Roma. Fueron amigas. Esta última, la pensadora nuestra y exiliada, discípula de Zubiri, en su libro Aurora, refriéndose a Cristina, escribe:
Ella, la perdidiza, al fin volvió por mí. Y entonces comprendí que ella había sido la enamorada. Y yo había pasado por la vida tan sólo de paso, lejana de mí misma... Por eso nadie podía amarme mientras yo iba sabiendo del amor. Y yo misma tampoco amaba. Sólo una noche hasta el alba. Y allí quedé esperando. Me despertaba con la aurora, si es que había dormido. Y creía que ya había llegado, yo, ella, él... Salía el Sol y el día caía como una condena sobre mí. No, no todavía.
Zambrano, M.: Diotima de Mantinea, en Hacia un saber sobre el alma, Madrid,
Ed. Alianza, 1989, p. 197

sábado, 26 de noviembre de 2016

La guadaña afilada del tiempo




Estaba convencido que su escritura no era original ni creativa. Sus escritos: un comentario, el eco de libros con los que se alimenta. Y ese pasar por el tamiz suyo las sugerencias de letras ajenas le daban larga vida, se re-creaba, volvía a nacer. Y así en la lectura se reencarnaba hasta querer morirse para librarse del infierno de la vida. Pero el burlador del tiempo jugaba con él. Lo mismo le daba esperanza que le alargaba el sufrimiento.
El ardor de la esperanza sobrepasa la apatía de la desesperación... Pero, ¿qué tenía yo que ver con la esperanza? Era aquél, como digo, un pensamiento apenas formado; muchos así tiene el hombre que no llegan a completarse jamás.
Llovía al atardecer de un otoño invernal al paso de una procesión de muertos por doquier: Rita, Fidel, Marcos Ana, Antonio el de Filo... Todos de distinto corte; pero todos con su respiración igualmente cercenada. Los pies del lector: sobre un brasero eléctrico, bajo una mesa de camilla. Y sus ojos en pos de los horrores de otro pobre más, sentenciado allá por la Inquisición en un calabozo de Toledo.

Antes de leer El pozo y el péndulo, él creía en la inmortalidad; pero no en la infinitud del sufrimiento. El verde de las acelgas nunca desaparecería, las hojas del perejil jamás se evaporarían en el óxido de la nada corroída. Los glaciares tampoco se desmoronaban, convirtiendo en desierto los cascos polares. Sentía el planeta interminable, inagotable, festín sempiterno de un cumpleaños sin diciembres elevado al infinito. Antes de leer aquel cuento, nunca le pasó por la cabeza que la tierra un día podría desmayarse para siempre y que sus habitantes como pobres gorriones se quedarían sin su canto, sin agua, y sin su grano.

El lector, en la soledad apacible de su casa, confortablemente recluido, absorbe este cóctel combinado de inestabilidad y sosiego, permanencia, eternidad, trasiego y muerte. Y piensa que debe estar loco para ser tan insensible y sentirse solazado con las torturas y el horror que Allan Poe describe en este cuento. Tan cruelmente su autor detalla, analiza y se regala con el tormento, que parece una computadora infinitesimal, una resonancia magnética del dolor y de los miedos. Nadie como el autor de El cuervo para pormenorizar lo que el espanto, el vacío, el terror y la angustia pueden provocar en la conciencia y en el cuerpo humano. Y ese arte en conducir la trama y el suspense hacen que el lector se apresure sin pestañear al desenlace. Sea cual sea el final, el lector está deseando quitarse de encima tanto suplicio insufrible, ¡que acabe por fin esta historia! Allan Poe con su poderío esquizofrénico, saber, magia y misterio consigue infundir al lector la misma ansiedad y tensión que sufre, tanto él como su protagonista. Todos estamos locos. A todos la guadaña afilada del péndulo del tiempo nos devolverá la cordura.
La muerte hubiera sido para él un alivio, ¡ah, inefable!
Abrigado por la calma anónima, de un noviembre sin sobresaltos, el lector disfruta aterrorizado leyendo El pozo y el péndulo. Todo lo que le rodea, excepto el texto, rebosa quietud inmensa. Como si el tiempo se detuviera. En medio de tanta paz interior, casi palpa el fruto de la eternidad, esa rebanada de miel inagotable, lamida por los labios infantiles de un hombre gozoso con el aquí y su ahora. Y tan feliz se siente, que se cree inmortal. Pero al ver el leve dibujo del agua resbalar sobre los cristales, vuelve de nuevo a la temporalidad. Todo lo que empieza, acaba. La vida es tiempo, tiempo que corre y que le acorrala, tiempo que un día convertirá por desgaste y rotación a la Tierra en polvo, en nada; pero no será en balde, habrá valido el tiempo para, (¡menos mal!), dar fin al tormento, al hambre, o al menos tomar conciencia de la libertad arrebatada. La penetrante calma concentrada de la desesperación se esconde bajo las faldas de una mesa de camilla de la sala de estar de una vivienda de la calle san Pancracio de una pequeña ciudad de provincias.

El tiempo nos entretiene con la amargura de nunca atrapar el instante. Dicen que sólo existe el aquí y el ahora. ¡Mentira! Precisamente el ahora es lo que se le va de las manos a este otro protagonista, a modo de meta-cuento, parecido al reo aquel de la Inquisición de Toledo. El momento, como el agua, se le escurre y se pierde entre las piedras de sus riñones dolidos y asustados por el vértigo del péndulo. Y al hacer el lector un esfuerzo para retener con todas su fuerzas este pensamiento, es cuando sus neuronas le abandonan. Se ve obligado a dejar la lectura, huye de la fijación de estos escalofriantes párrafos, secuencias de dolor y espanto. Quiere salvarse, no sucumbir bajo las aguas irretornables de la eternidad de las letras, tortura de palabras procesales, que le mantienen atado al potro, a la mesa-camilla de los tormentos.

Quiere el lector zafarse de tanto horror y misterio, suposiciones y suspenses. Esta cansado de tanto Pit y de tanto Pendulum. No sabe si lo que el condenado está sufriendo es real o imaginario. Aunque ¿qué más dan ambos conceptos, entidades o supuestos, si en el ánimo del lector producen la misma sensación? Este desconocimiento es precisamente la causa de su fatiga. El hombre necesita un respiro, dejar la lectura, tomar el aire fresco. La lluvia ha cesado. Se levanta, sale de la casa.

Desde hace ya más de quince años, cuando su mujer murió a causa de un edema agudo de pulmón, se vino a vivir a este bloque de viviendas protegidas de la barriada de san Pancracio. El hombre deambula ahora por la acera, aspira el aire húmedo de la noche. Se siente reconfortado en medio de la oscuridad serena. Después de quedarse viudo, no tiene a su lado mucha gente a la que escuchar. Tal vez por ello nuestro lector se quedara medio teniente. A partir de entonces se refugió en sus paseos, en la lectura como medio de comunicación, necesidad ésta imprescindible para todos los seres humanos, ya sean éstos sordos, prostáticos, ciegos o psicóticos.

Este otro protagonista, en paralelo al cuento de Allan Poe, conoce al dedillo el Mercado, el pequeño jardín de Las Serrerías, el patio del Instituto, sabe andar por estos alrededores con los ojos cerrados. La lluvia ha mojado la calle. De las moreras que circundan la plaza de Correos hay arremolinadas hojas secas, caídas, esparcidas por el suelo. No oye en tiempo real sus pisadas contra las hojas trituradas por las suelas de sus zapatos. El chasquido crujiente de las hojas aplastadas, debido a las prótesis auditivas que lleva tras sus orejas, medio cubiertas por la melena descuidada que le cuelga como velillo de lana, le llega en diferido. Tiene dificultad de significar al instante tanto el origen como el motivo de cualquier sonido. Sus pisadas por tanto se las atribuye a un extraño que escondido anda a su lado. Se gira, se revuelve para averiguar de donde vienen esos tristes crujidos de la hojarasca pisada. Oye sus pasos como si fueran otros pies distintos a los suyos los que caminaran. Mira a su alrededor, no ve a nadie.
No es que temiera contemplar cosas horribles, pero me horrorizaba la posibilidad de que no hubiese nada que ver.
Disimuladamente acelera el paso. Regresa, de nuevo a casa. Le trae más soportar con sus pies calientes el miedo imaginario de Allan Poe, que el miedo real desconocido.

Y de nuevo, ya instalado bajo la cubierta atrincherada de su domicilio, retoma la lectura de El pozo, allí donde poco antes la había dejado:
Supliqué, fatigando al cielo con mis ruegos, para que el péndulo descendiera más velozmente. Me volví loco, me exasperé e hice todo lo posible por enderezarme y quedar en el camino de la horrible cimitarra. Y después caí en una repentina calma y me mantuve inmóvil, sonriendo a aquella brillante muerte como un niño a un bonito juguete.
Y en este mismo momento, junto a la dulce sonoridad de las dos últimas palabras -bonito juguete-, oye el lector un extraño golpeteo. Mira a la puerta de entrada, (recordemos que el hombre vive solo). Para calmarse con la presencia amiga de su voz en alto, exclama: ¿hay alguien? Recorre el pasillo, mira por la ventana. Efectivamente, no hay nadie. Hasta que por fin ve un folio doblado en el suelo. Se alivia. Piensa que ese ha sido el motivo del chasquido que acaba de oír. El papel, tal vez empujado por el aire que viene de la chimenea, se cayera de la mesa. Se agacha para recogerlo. Y se da cuenta de una frase, una nota de las varias que el lector acostumbra a escribir como comentarios o reflexiones de sus lecturas:
Mientras no atravieses, no apures todo el sufrimiento, no podrás alcanzar el imposible placer de lo desconocido.
El lector ha llegado ya a la página más torturadora e irresistible del cuento. La afilada cuchilla del péndulo a punto está de seccionar el corazón del reo. Y en este instante más álgido de la desesperación y el miedo, una penetrante calma invade el espíritu del condenado. Luego vendrán las innumerable ratas salvajes a aumentar más, si cabe, este suplicio interminable, pero, ¡oh divina paradoja!, estos animales, con sus hocicos fríos y repugnantes serán los que desaten a la víctima de sus ataduras.

En este instante, es verdad, ahora sí. Llaman a la puerta. Es el vecino. Literalmente se cuela en la casa. Trae una botella de champán. Es su cumpleaños y viene a brindar con el lector. Éste, agradecido le felicita. Y al echarle la mano, ve en su vecino al mismo General Lasalle, aquel que librara a Toledo de la Inquisición.


lunes, 14 de noviembre de 2016

Consideraciones sobreañadidas al Desvirgado





Todo aquel que no haya leído Agripino-el-desvirgado absténgase de acceder a estas Consideraciones sobreañadidas. Y si los que lo hicieron, advirtieron las intenciones tácitas de su autor, tampoco les será necesario que lean lo que a continuación dice este entrometido comentarista. La presente aclaración sólo va dirigida a quienes no se dieron cuenta del texto implícito del cuento arriba mencionado.

Y vaya también por delante, en aras de la verdad, que los incidentes que allí se relataron no son invención de Blao. La fuente de su plagiadora inspiración fue una nota por él leída en twiter, y firmada por alguien que más o menos así decía:
¿Tuviste sexo conmigo un febrero de 1991? Teníamos 16 años. Yo te dije que era virgen. Era carnaval. Recuerdo que hacía calor, la música era mala. Te invité a pasear, nos sentamos en un banco. Nos besamos. Fue sublime. Quisiera volver a verte....
Y quiere este comentador advenedizo echar en cara a su autor, además de su desvergüenza por haber copiado la idea-madre que dio vida a su cuento, el no haber sabido expresar las razones inconscientes que le movieron a escribir aquel relato.

Si la chica del Pabellón deportivo leyera hoy este tweet de socorro, tras cinco lustros de aquel su primer encuentro, ¿qué sentirá? ¿rechazo, vergüenza, arrepentimiento? ¿Se delataría? ¿Correrá a ver al muchacho de ayer que hoy la reclama con tanta insistencia?

Aquel interés detectivesco y morboso que movió a Agripino a buscar su virginidad perdida, en la misma medida lleva a este aficionado analista a defender, cual caballero andante, la intimidad de Silbina, que así es como se llama la chica, según cuenta, sin reparo ni delicadeza alguna, el tuitero original.

El que escribió el cuento no sabe, no es muy entendido en psicología femenina. La mujer, al leer esta nota se ve sí misma como una cosa perdida en manos de su dueño. Y no quiere Silbina ser jarrón sexista de ningún coleccionista de trofeos amorosos. Y es por eso que el texto de Agripino el desvirgado, que debió ser baluarte contra toda sutileza machista, sólo llega a ser un panfleto contestatario en pro de la igualdad de genero. Y si es que a su autor se le escaparon en aquel cuento expresiones tan duras como ¡hijo de la gran puta, cabrón de mierda! y otras por el estilo, (que no es preciso abundar, dado el puritanismo elocuente del que hace gala dicho autor), sólo son un camuflaje para ocultar su velada homofobia. Dime de qué presumes y te diré de qué adoleces, -dice el refrán.

Se puede buscar una aguja en un pajar; pero nunca a una mujer. Las mujeres, como los hombres, no se pierden contra su voluntad, ni uno se las lleva al huerto. Ambos saben ir por ellos mismos al río, a los Baños de Mula, o a donde se tercie o les venga en gana. Andar tras la mujer puede resultar ofensivo, tanto para la fémina, como peligroso para el posesivo varón que la busca. Y viceversa.

Una mujer, un hombre, no es un móvil que alguien dejó olvidado, y no recuerda donde lo dejó. Y ese mismo alguien vuelve a llamar ahora desde otro teléfono al número de su móvil extraviado para así sentirse congratulado por los amores perdidos, los de antaño, los de hoy, o el que tal vez pueda sumar a su cuenta de conquistas tras esta ultima llamada. ¡El móvil!, una buena metáfora donde cual cada puede meter su objeto más deseado. Y es que el tal zahorí o buscador de sexo, además de poseer teléfono fijo, tiene también varios móviles o smartphones, o como diablos se llamen a esos soportes inteligentes capaces de encontrar a la mismísma invisible Trinidad.

Hay hombres que les gustaría que sus mujeres llevaran, en lugar de un piercing, un chip en una de sus orejas, para así tenerlas localizadas en todo momento. Tanto Agripino, como Luciano, (el personaje real que originó esta historia), o como este mismo comentarista que os habla, todos andamos persiguiendo como locos aquella chica que nos robara la inocencia de nuestros años mozos.

En medio tanto alarde y apología de género, tal vez el autor de Agripino el desvirgado, en el fondo no está limpio de un cierto machismo velado. Y al hilo de esta afirmación a la ligera, recuerda ahora el comentarista aquellas manifestaciones contra la droga de los años de su juventud. En el barrio donde vivía, a las afueras de la gran urbe, la gente estaba harta de las consecuencias letales y nefastas de la droga. Pues bien, (¡qué contrasentido!), este comentarista se sorprendía de ver al frente de aquellas protestas con sus pancartas gritando a los traficantes más señalados de la ciudad.

A este crítico del Desvirgado se le ocurre además aludir a dos de los gentilicios que allí en el cuento aparecieron: Agripino y Cenicienta. Aunque haya quien diga que los nombres carecen de importancia, no es este el caso. Tan sólo su evocación transportan al lector a un mundo de desfachatez o de valores.

El nombre de Agripino no es casual, intencionalmente está dentro de la reivindicación de su autor por la cultura de género. Y tiene que ver con las connotaciones perversas de aquella otra Agripina de Roma. Así como a aquella no le dolieron prendas para manipular y asesinar, al Agripino de ahora tampoco se le ocurre pensar, si con su actitud indagatoria de copulaciones jóvenes pueda tal vez abrir ajenas y viejas heridas.

Tampoco es fortuito el encantador nombre de Cenicienta, nombre que ha sido denostado por lo que de vasallaje y sumisión representa. Como dice Ada Colau: no queremos ser princesas, queremos ser mujeres libres y felices.

Y para no extenderse más, el que escribe estas Consideraciones sobreañadidas al Desvirgado se pregunta, si no hubiera sido mejor otro final tanto para Cenicienta como para Agripino. Un desenlace más amistoso, un abrazo redoblado ante el bendito destino que, a quienes unió en un principio, los mantuviera casados hasta el infinito de su cariñosa vejez. Pero no, el autor dejó bien claro en su cuento que con las mujeres no se juega. Y si es que algún Trump de turno se atreviera a dárselas con ellas de trilero, que se atenga a las consecuencias; puede que se quede sin el pan y sin el perro.

jueves, 27 de octubre de 2016

Dostoievski y el amor





He aquí, a modo de aforismos, algunos párrafos relacionados con el amor, sacados de Los Hermanos Karamazov que más me sorprendieron, con los que puedo o no estar de acuerdo. Otros, son simples comentarios que nacieron a la luz de la lectura que hice de esta novela de Dostoievski:

  • El amor es la respuesta a las dudas de la fe. 
  • El remedio para la fealdad, el infierno, la depresión, la vejez y el frío es hacer el amor intensamente. 
  • Amar a todo el mundo a veces es una escapada, lo que importa es querer a quien tenemos delante: Amo a la humanidad en general pero soy incapaz de amarlos en particular
  • Un hombre honrado, si se enamora, aunque sea sólo de una parte insignificante de una mujer, es capaz de todo, hasta de asesinar incluso. 
  • ¿Qué es el infierno? El sufrimiento de no poder amar. 
  • El sexo por sí solo hace mucho… Pero esto está por encima de nuestra comprensión. 
  • Todas las mujeres tienen una peculiaridad interesante, el quid está en saber descubrirla. 
  • Serás feliz con ella, pero seguramente no habrá calma en tu felicidad. 
  • ¿Qué lágrimas son más sinceras, las del hombre o las de la mujer? O lo que es lo mismo: ¿sentimos de igual manera los hombres y las mujeres? 
  • Si todavía le amara, no sería piedad lo que ahora sentiría por él, sino odio. 
  • Para que uno pueda amar a alguien, es preciso que este alguien permanezca oculto. Apenas ve uno su rostro, el amor se desvanece. 
  • El amor es una abstracción, una sublimación que no se deja nunca concretizar ni atrapar. Pero, precisamente esta fugacidad y limitación refuerza aún más su deseo. 
  • Sócrates en El Banquete de Platón: Decidme, amigos, ¿el amor es el amor de alguna cosa, o de nada? El amor es un engaño, una ficción. Nadie desea lo que ya tiene. Amar es querer lo que nos falta. 
  • Proust: ¿La ausencia, no es para quien ama, la más eficaz, la más viva, la más indestructible, la más fiel de las presencias? 
  • Bésame! ¡Hazme sufrir! 
  • ¡Que amable es usted! Siempre le querré por haberme permitido con tanta facilidad dejar de quererlo. 
  • Sus celos no me ofenderían, lo que me ofende es que no los tenga... Lo que me molesta es que no me ame y, sin embargo quiera darme celos. 
  • Sentía por ella un amor tan inmenso... hasta el extremo de experimentar el deseo de matarla. 
  • Si el daño que nos infligimos a nosotros mismos fuese el remedio por no haber sabido amar, es que algo no funciona bien dentro de nosotros. 
  • ¿Qué placer podría ofrecerme la vida si el sufrimiento no existiera? 
  • Su amor es para mí un sufrimiento. 
  • La mujer, sólo el diablo sabe lo que es; yo no lo sé en absoluto. 
  • El amor lo mismo nos convierte en víctimas que en asesinos. 
  • Eran como dos enemigos enamorados, uno del otro. 
  • Yo te amaba a pesar de mi odio. 
  • Basta que una mujer siente en sus rodillas a un hombre para que este se convenza de que la que antes era perversa, ahora la considere como su hermana. 
  • El amor sólo de una hora puede durar toda una vida. En Los endemoniados nos dirá el mismo Dostoievski: Hay minutos en que se detiene el tiempo y se hace eterno. 
  • Vale más una hora de amor que el resto de los días aún teniéndolos que vivir en el horror, la miseria, o la vergüenza. Esta idea me recuerda a los místicos: preferían ir a los infiernos con tal de disfrutar de la mirada de Dios. O con palabras de Mack Twain: Prefiero que me expulsen del Edén a vivir sin Eva. 
  • El que camina un minuto sin amor, camina amortajado hacia su propio funeral. Y esto me hizo recordar que yo siempre anduve paseando mi amor por todas partes, hasta que te encontré a ti y te lo di enteramente. Cita de Juan Rulfo tomada de Cartas a Clara. 
  • Por encima de todo, no te mientas a ti mismo. El hombre que se miente a sí mismo y escucha su propia mentira llega a un punto en que no puede distinguir entre la verdad dentro de él, o alrededor de él, y así pierde todo el respeto para sí y para otros. Y no teniendo respeto deja de amar. 

lunes, 3 de octubre de 2016

Cuartel de Artillería





Aquel último jueves de setiembre, en una de la naves del viejo cuartel de artillería de la ciudad de Murcia, escritores y cantautores celebraban un recital poético musical con motivo de la Presentación del número 45 de la revista literaria Molínea. La sola idea de que estas estancias militares, otrora destinadas al adiestramiento bélico, sean hoy espacio y altar para usos culturales, (conciertos, exposiciones, cine, teatro), es digno de elogio.

En un rústico escenario, sin bambalinas ni decorados, sobre una rudimentaria tarima destartalada, bajo un alumbrado escaso de bombillas a pelo, sin pantallas, ni focos deslumbrantes, ni rayos, ni cañones de luces, ni espumas de colores condensadas..., yo sentí el arte, el arte nacido de unas voces, de unas guitarras, de unas gargantas transparentes..., yo sentí el vibrar de unos cuerpos, el cuerpo alegre y armonioso de unas personas involucradas con las letras y con la música, como arma para combatir la desidia, la indiferencia, la mezquina ramplonería de los egoísmos, las abstenciones, las puñaladas, los ninguneos. En esa noche, yo sentí el arte puro, desnudo, despojado de intereses, pujas y oropeles, desprendido de recompensas, competitividad, otras vanas cotizaciones y asonadas.

El pavimento mostraba trozos del suelo levantados. Las paredes, desconchadas. Mal enlucidas; unas, empapeladas con cartones de hueveras; otras, agrietadas. El mobiliario de la sala, un rastrillo, un ropero. Cada silla, de una época. Unas, tapizadas; otras de rejilla, metálicas, de madera, sin respaldo, almidonadas y hundidas, de terciopelo. Vi, no habiendo más de treinta asientos, todas las sillas del mundo ocupadas por la gente entera de un pueblo sediento de educación y cultura. Un tenderete de perchas, allá al fondo, en un rincón, bajo un letrero, Colective, con una docena de vestidos infantiles, pero suficientes para vestir a todos los niños desarrapados del planeta. Apilados, detrás de unos trastos sin nombre ni dueño, restos de carteles con letras en latín, nihil virtute pulchrius. (Nada hay más bello que la virtud). A la derecha de donde yo estaba, frente al tablado desangelado, me pareció ver una figura a medio construir con materiales de deshecho. Quise con mi imaginación contribuir a la terminación de aquella estructura. Y acabó mi mente dándole la forma de La Danaide de Rodín, aquella joven condolida que fue condenada a llenar eternamente una jarra sin fondo por haber matado a su esposo.

Y a pesar de tanto caos y desastre a mi alrededor, en ningún momento mis ojos se sintieron humillados por la podredumbre, el desorden, la extravagancia y el deterioro de los objetos. Y yo mismo me sorprendí de verme seducido por la vulgaridad de aquel sitio tan cutre. ¿Cómo puede uno sentirse a gusto en medio de tanta ordinariez y carencia? La inspiración y la felicidad son a veces muy caprichosas. El arte, en ocasiones, en lugar de alimentarse de la malcriada abundancia, se abastece de la simplicidad. Creatio ex nihilo que dirían los teólogos. El vacío como manantial del arte.

Pero, a parte de que la más pura esencia de las cosas se nos revele en su desnudez más absoluta, no es digno ni meritorio que el Ayuntamiento de Murcia, como propietario y gestor de estas instalaciones culturales, permita y no remedie el pésimo y lamentable estado en el que se encuentra esta emblemática edificación municipal. Una cosa es la emoción, la inspiración y los sentimientos, pero como acostumbran a decir arquitectos y pedagogos: el ambiente también educa.


jueves, 21 de julio de 2016

Oscuridad radiante



-Sí, aquí debe de haber mujeres. Lo noto por instinto.
(Chejov en El_beso.)

La lectura y el escribir van de la mano.


Caballos oscuros de nubes encendidas. Caballos limoneros, caballos extraños. Destellos radiantes, herraduras de plata quebraron el cielo. De su cuero ollado llovieron amores, amores perdidos. La brisa de una mujer invisible dejó caer en la boca de un capitán timorato el aroma de un beso equivocado, frenético, apasionado y fundido.

Relámpago de mística melancolía, sensación fugaz y eterna de lunas a mediodía, de soles a media noche, coces de plata, aborto de estrellas. Un comezón por todo el cuerpo, desde el corazón hasta la hombría, invade al oficial gris de patillas de lince. Y pasó el capitán ayudante, de su yo eclipsado, a ser el macho más garañón de la tropa.

Y tras el sabor a lilas y rosas de tan divina sorpresa, Riabovich se adentró en la espesura de nuevo, por ver si aquel beso apagado y vacío se encendiera, y sentido le diera a su vida enfermiza. ¿Qué puede haber detrás de un beso a oscuras para que un hombre emprenda un camino de vuelta, y regrese donde nada de lo que fue es y perdura? 

Retrocedió y anduvo el capitán tras aquellos labios desconocidos al punto ciego (*), al ángulo muerto, sin poder dar siquiera con la mujer que dejara en el brocal de su alma aquel rayo que por la mitad le partiera. Y el dulce cuchillo de sabores inciertos que en el camino de ida abrió la hendidura de su placer estrenado, al volver de regreso en busca de aquel beso anónimo, cambió el verde intenso de los álamos del camino en mugrones amarillentos y secos.

Jamás el oficial contempló virginidad tan dichosa y malvada: un ósculo sin propiedad y sin boca, extraviado en la noche de tules morados, venablos sin blanco, sin nombres. ¡Qué desatino el de aquella aventura enardecida y marchita!

Y si antes, el capitán fue un hombre desazonado, después de aquel beso sin firma alguna, pasó a ser el mismo de antes: un triste hombre de baja estatura y algo encorvado, con gafas y patillas de lince. Un beso no cambia nada.

La vida, esa quimera, ilusión truncada, una aventura donde todo se esfuma, hasta el aroma de la hierba buena, la brisa, las lilas, las rosas, las tiernas hojas del álamo.... de un beso ciego y a oscuras.


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(*) Javier Cercas denomina Punto Ciego a la estructura literaria donde en su inicio siempre hay una pregunta, un enigma. Según este mismo escritor, a través de esa oscuridad, la novela se ilumina, se torna elocuente. La novela es el género de las preguntas.

domingo, 17 de julio de 2016

Como la flor del hibisco



Como la flor del hibisco, que muy pronto se desprende de sus arrojadizos tallos, se olvidó él de aquella muchacha. Pleno verano. La noche pesa sobre su cuerpo sudado. El hombre no para de dar vueltas encima de la cama. La mujer, que a su lado está despierta, le pregunta:
¿Antes de casarte conmigo, pensaste en otra muchacha?
Con este calor, imposible dormir. Y ante las palabras de su mujer, busca el marido la cara de aquella muchacha.

Si en lugar de estar ahora acostado con su mujer, se hubiese casado con ella... Aunque, ¿para qué? Al final hubiera sido lo mismo. Poco importa el recipiente del cual uno bebe, lo esencial es sentirse embriagado. Piensa el hombre que este comentario que Chejov deja caer en Una bromita, no le parece el más ajustado, es forzado y egoísta, está fuera de contexto.

En esta tórrida noche de agosto, la mujer sigue cuestionando al marido:
¿Sientes haber dejado escapar la flor de aquella oportunidad que el destino puso en tus manos?
La superficialidad y el apresuramiento de sus años mozos hizo que no le prestara entonces al presente su atención debida. Nunca le pasó por la cabeza al marido tirarle los tejos a la muchacha que ahora su mujer le trae al recuerdo. Su mujer, las mujeres, el hombre, los hombres, todos en general andamos siempre con la manía de traspasar nuestros amores por el crisol de la comparación: Entre todas, ¡yo fui la preferida!

No sabemos si el hombre se arrepiente de no haberle declarado su amor a su antigua vecina. Como al protagonista de la historia del trineo de Chéjov, a él también le embarga la tristeza, la duda por haber hecho las maletas. Se fue a otra ciudad, sin pensar si hubiera sido mejor quedarse. ¿Fue un cobarde? Se escudó en el viento. Se tapó la boca con un pañuelo para disimular que aquellos sentimientos salían de su corazón. Y ahora, en medio de la noche calurosa, el marido no sabe ni siquiera si se engañó a sí mismo. El cree que no. Tal vez la timidez o su vergüenza fueron los que más bien le mintieron a él. En edad tan joven e inexperta a uno le es difícil distinguir el amor del apetito de la carne.

Las ventanas del dormitorio están abiertas. La luna vicaria se refleja en el espejo de la coqueta. Su brillo le da en los ojos; tanto delegado y sustituto fulgor le molestan al marido. Se levanta a correr la cortina. Y fue cuando, allí abajo, en el callejón desvanecido, junto a la farola de la esquina del Petronilo, vio a un hombre, de vuelta a casa, haciendo eses, canturreando:
Me gustan las flores del campo,
para mí que son mujeres,
por eso me gustan tanto.

miércoles, 6 de abril de 2016

El loro de Flaubert





Un vapor de azur ascendió al cuarto de Felicidad. Adelantó la nariz aspirándolo con una sensualidad mística; luego cerró los ojos. Sus labios sonreían. Los latidos de su corazón se fueron amortiguando uno a uno, más tenues cada vez, más espaciados, como un manantial que se va agotando, como un eco que se va extinguiendo; y cuando exhaló el último suspiro creyó ver en el cielo entreabierto un loro gigantesco planeando sobre su cabeza.
Un corazón simple. Gustave Flaubert


Era lo mismo ateo que creyente, musulmán que budista. No es que no tuviera fe o dejarla de tenerla. El nunca se había parado en marear la perdiz de las creencias.

A la edad en que los jóvenes despiertan a la filosofía, su hijo le dijo un día: Papá, ¿tu crees en Dios? Pregunta tan simple cogió de improviso al padre. Recibió tal interpelación como muestra de reverencia. Pensó que su contestación tal vez pudiera condicionar el futuro del hijo. Si no el futuro, tal vez sí el sentido de su existencia. Así, pues, tomó en serio las palabras del hijo, y se dispuso a responder con la mayor de las franquezas.

El caso es que, a fuer de ser sincero, el padre no tenía puñetera idea de Dios. Y si alguna vez durmiendo soñara que algo en el mundo mereciera la pena, al momento despertaba desilusionado. Y se dijo a sí mismo como si hablase con su mejor amigo:
¿Y si la fe fuese sólo una predisposición genética? Así como hay individuos más capacitados para las matemáticas que para las letras, también los habrá más dados a la religión, ¡digo yo! Los hay que nacen hasta músicos y poetas.
Pero el sentido común le aconsejó no decir al hijo que la fe era cuestión de humores o de gustos. Escaparse con la excusa del relativismo apologético, que si el respeto o el derecho a la intimidad.., no le pareció lo más adecuado ¡Para una vez que el hijo confiaba al padre asunto de tan alta consideración...! La honestidad moral le obligaba a responder según su conciencia.

El padre sabe por experiencia que sus días corren bajo las nubes de la duda. No sabe si hoy lloverá o no. Y ¡si chove que chova! Tal vez el padre sea escéptico por vicio, por dopamina o por herencia gallega. Unas veces es Dios el que corre por sus venas, y otras el mismísimo Satanás el que le corroe la sangre.

El padre no se siente preparado para responder, pero piensa que está obligado a dar su opinión. Y le viene ahora al recuerdo aquel cuento de Flaubert, Un corazón sencillo. La historia acude como anillo al dedo. Quiere decirle al hijo que Dios puede resultar cualquier cosa. Hasta un loro mal disecado, con el ala rota, y el buche desarreglado pudiera ser el mismo Espíritu Santo. Basta que el corazón simple de una buena mujer como Felícitas, la criada de madame Aubain, se sienta unido y acompañado al corazón de un pájaro, para que Dios se le revele en forma de ave como padre, guía, valedor o compañero.

Y con la cautela propia de quien no está seguro de nada, de ser un apóstata, un panteísta o el beato más creyente, el padre le dice ahora al hijo:
Las cosas, hijo mío, no son lo que son, son cual nosotros las sentimos. La idea que puedas tener de Dios responde a todo; como cualquier cosa puede resultar ser también tu ídolo, así pues hijo mío, abre bien los ojos. Siéntete hermano de todo lo que existe, de las gallinas, de los gatos, de la montaña, del sol y de la luna, como también, y sobre todo, de la mujer y del hombre. Es la única manera que conozco para convivir feliz con las dudas.

jueves, 28 de enero de 2016

Memorias de un emigrante




La mejor historia no siempre nace de los grandes y conmovidos acontecimientos, como tampoco, todos los días, panes y paraísos, cartes de séjour, arco iris y contratos de trabajo llueven de las nubes ceñidas de estrellas y laureles. A veces del suceso más simple, aquel que brota de la gris humildad a ras del suelo, aflora un buen relato, entretenido y sincero.

A mi juicio, este es el caso de Memorias de un emigrante. Libro jugoso y ameno, transparente y lúcido como el sol que nos alumbra, surgido del recuerdo adolescente, esa patria que siempre será nuestra, aunque estemos muertos, seamos extranjeros, exiliados, apátridas o tengamos la triple nacionalidad: la ser de aquí, la del más allá y la del mundo entero.

Libro autoeditado por Juan Abenza y José Antón. La impresión, a cargo de Grafisant, S. L. Santomera.

viernes, 22 de enero de 2016

La decadencia de la mentira






El desvaído amanecer de un 22 de enero sacudió las greñas de sus neuronas desmelenadas. Sebastian Melmoth vio entonces a Bosie, su amor aburrido, y dormido junto a su cama. Y nada más ver su somnoliento rostro afeado, se dijo a sí mismo:
¡No es posible! Me acosté enamorado y me despierto con el hombre equivocado.
Luego, parece ser que fue el poeta, aquel que un día contestara al gendarme de la aduana no tengo nada que declarar sino mi ingenio, quien dijo a Bosie:
Para seguir amándote, deberás permanecer siempre oculto, oculto y escondido en mi imaginación. Si me desvelas tu rostro, mi amor se desvanecerá al instante. Y al igual que seco queda el botijo tras la sudorosa faena de los segadores, así quedará mi corazón: vacío del agua sin mi deseo.
Y con ese deje melancólico que todos llevamos dentro, cuando ninguneados somos, se despertó Bosie malhumorado, y le dijo al autor de El Retrato de Dorian Gray:
¿Acaso el poder de tu imaginación puede ser más fuerte que la realidad del amor que yo anoche sentí por ti?
Y de nuevo el dandi ocioso y estrafalario, aquel que tenía todas las paredes de su dormitorio decoradas con plumas de pavo, insistió:
La vida, amigo Bosie, es lo que tú te inventes. Sólo la imaginación puede salvar nuestro amor de cada día. Y si acaso mis palabras no fueran suficientes para decirte que el amor necesita constantemente ser alimentado por el embuste de nuestra imaginación, escucha el comentario de Vivian en “La decadencia de la mentira”,  aquel otro texto que yo escribiera al modo socrático:
“Cuando contemplo un paisaje, me es imposible dejar de ver todos sus defectos. A pesar de lo cual, es una suerte para nosotros que la Naturaleza sea tan imperfecta, ya que en otro caso no existiría el Arte. El Arte es nuestra enérgica protesta, nuestro valiente esfuerzo para enseñar a la Naturaleza cuál es su verdadero lugar. En cuanto a eso de la infinita variedad de la Naturaleza, es un puro mito. La variedad no se puede encontrar en la Naturaleza misma, sino en la imaginación, en la fantasía, en la ceguera cultivada de quien la contempla. El amor para serlo necesita constantemente ser alimentado por el verdadero embuste de nuestra imaginación creadora."
Y al notar Sebastián en su amigo Bosie un cierto gesto desaprobatorio ante la palabra embuste, añadió:
¡O por favor, no te sientas engañado, querido! No tomes mis palabras por un desaire; al contrario, tan sólo pretendo con mis dulces mentiras avivar y engrandecer nuestro amor recurriendo al ingenio. Desconozco otro camino que no sea el de la bella mentira para seguir siendo amantes.

viernes, 15 de enero de 2016

El suplicio de Tántalo




... et eritis sicut Deus scientes bonum et malum. Génesis, 3,5

Nuestra realidad es efímera. Su nombre, en cambio, es infinito. Desde que Borges dijera que el Universo estaba en un folio, el escritor creyó que su escribir le igualaría a los dioses. Y quiso Borges redimir la finitud de los días con la biblia de sus letras. Estaba convencido que con la escritura trascendería el tiempo, traspasaría la muerte, alcanzaría las puertas del evo, y coronado sería con la diadema del Uróboros, esa culebra que alimentándose de sí misma renace continuamente.

Día y noche, Borges no hacía otra cosa, sino escribir. Pensaba que esta era la única manera de acceder a la intemporalidad de la vida. Las barreras del tiempo y del espacio desaparecerían. Su pluma, con sólo rozar el papel, resucitaría las esencias de las palabras que escribiera. Y sus ojos verían entonces cara a cara, no a través del espejo y la fugacidad del destello, verían la realidad profunda e inextinguible de las cosas, tanto las creadas como las increadas. Y fue entonces cuando dijo el escritor:
La eternidad está en nosotros, en ese libro que somos, en el nombre que nos permite comprender el verdadero significado.
El secreto oculto de las palabras le sería así desvelado al escritor. Y aquel que dijo que el hombre es un libro, por fin tendría acceso al conocimiento pleno, (lignum scientiae boni et mali). Sólo el ciego puede ver. Cerrados todos sus caminos a la luz, devorándose a sí mismo, todos los nombres en un sólo nombre se le revelarían en su esplendor. Y así como las olas devuelven a los náufragos sobre la arena y dejan al descubierto las huellas de la comadreja que quiso comerse a las palabras, del mismo modo volvería el alma de los nombres a resplandecer sobre un único mar donde las sombras, los contrarios, las orillas y las fronteras se extinguirán para siempre. Y creyó Jorge Luis ver como los cuerpos sumergidos de los nombres en las profundidades de sus ojos aparecían exculpados, inocentes, eternos en un feed- back permanente de inmortalidad y llenos de gloria. 

Llegado a este punto, pensó Borges que escribir ya no le haría falta. Teniendo consigo todos los significados de la realidad inefable ¿para qué seguir haciéndolo? Y se puso a gritar como un loco a las cuatro esquinas del viento:
Ya sé lo que esconden las palabras. He visto todas las hormigas que hay en la tierra, he visto todos los veneros de la luz. ¡Venid a mí todos los que ansiosos andáis en busca de la eternidad del nombre!
Junto a Borges, allí también estaba su perro Aleph. Los dos jugaban en el salón. Llovía en la tarde gris. Las gotas del agua sobre el cristal de la ventana resbalaban sin fraguar en nada, regueros vacíos. El can trataba de morder inútilmente la pelota que su amo, el escritor, le lanzaba. Cada vez que Aleph trataba de coger la pelota, ésta se le escabullía de la boca. Borges se acordó entonces de Tántalo, aquel ser de la mitología griega que fuera invitado por Zeus a comer en el Olimpo. Luego el indiscreto Tántalo, ya en la Tierra, no sólo revelaría a los mortales los secretos que el dios en la intimidad le contara, sino que además se atrevió a despilfarrar entre los humanos parte del néctar que al mismísimo Zeus le robara en aquel festín de los nombres. Zeus, al enterarse luego de su insolencia, castigó a Tántalo a llevar de por vida sobre su cabeza deliciosos racimos de frutas. Y cada vez que Tántalo, pretendía hambriento saciar su apetito, las malditas frutas se alejaban de su boca. Y he aquí -diría Jorge Luis Borges a su perro Aleph, que sin pestañear asentía a su dueño-, -el suplicio más grande de Tántalo: tener tan cerca de sí a las palabras, y no saber su significado.

sábado, 4 de julio de 2015

Molínea 41






Meri


El efecto euforizante de los excesos es lo mejor para un creador. Estas palabras del Sam de tu relato puede que valgan para esos escritores que escriben mirando para fuera, pero yo prefiero a los que como tu lo hacen desde dentro. Estos, más que desenfrenos y el bullicio, necesitan para su escribir del manantial incesante del silencio.

Mar de Fondo


Amor esponjoso: ¿y qué será del amor de aquellos que no sabemos de lavadoras ni de espumas? Prefiero quitar los lamparones de los quereres a mano, como lo hacían nuestras abuelas con su frotar compungido, a la orilla de la acequia sobre las llagas de la piedra llana, con tierra blanca y el azul del cielo. O como tu misma bien cantas: Ser sombra que espera su cuerpo de la nada.

Vivo Diaz


Y a tu Diego el Chisme, si se lo encontrara Henry Miller por algún tugurio surrealista de París, seguro que le diría: Necesitamos, Diego, estar solo para meditar sobre nuestras vergüenzas y desesperación en soledad. Necesitamos el sol y los adoquines de las calles sin compañía, sin conversación, cara a cara, con la compañía exclusiva de la música de nuestro corazón. Y en cuanto a tu homenaje a Juan Rulfo, sólo comentarte que al leerte, hasta oí el quejido de los muertos de Comala. Se me heló el alma. Por eso es que ustedes me encontraron muerto. No me fue fácil entender Pedro Páramo, confundí los vivos con los muertos. Me pasó lo mismo cuando mi nieta un día, sin aún saber leer ni escribir, jugaba a pintar palabras, se las inventaba, las coloreaba. Luego me las enseñó y asombrado quedé con la belleza, la suavidad, los tonos y la naturalidad de su composición literaria. 

Norma G. Coirolo


Al igual que tu ballon rouge consiguió llegar hasta el sol, ¿podrán nuestros sueños alcanzar algún día el final de una guerra? Y acerca de la muerte de tu abuela: mejor que besemos nosotros de buen grado a la muerte, antes que ella nos bese a nosotros de mala manera. Ya lo dijo Rilke: contener la muerte suavemente, toda la muerte / aún antes que la vida.

Juan Tomás Frutos


Ver vivir. ¡Qué buen título para una biografía! Y a la memoria me vino aquel otro texto contrapuesto y por ende complementario de “Morir mirando”: .... antes de morir, me pidió mi amigo que lo llevara al estanque que hay junto a su casa. Quería morir aferrado a los colores del agua, contemplando el silencioso y blanco jugar de unos patos vitalistas.

Irel Faustina


Irel, no te canses nunca de mirar la luna, de implorar a los dioses y al agua. No te encojas al ver a tu Cristo minero desgarrado en la galena, crucificado en el paro, desahuciado de la casa de su cielo. Y al igual que Alda Merini, tu también llevas dentro de ti un pájaro de fuego, hambriento de amor, que pone en tu boca la música de tus poemas. (L`uccello di fuoco).

J. R.


Jota Punto Erre, o como convertir la literatura en milagro. El vino, la sangre de la tierra, capaz de hacer maullar a los perros. O lo que es lo mismo: aunar ilusión y realidad. ¡Por San Judas!, aquí pasa algo, ahora no estoy soñando.


Isabel Grima Campoy


Filósofa del vivir costumbrista emancipado. Analista del comportamiento. Esa risa, es tristeza, el hablar es soledad. Sus letras, ayuda y canto para ahuyentar el llanto. Buena conocedora del ser humano: mas el alma tenemos tan repleta.

Andrés Giménez


Tanto El rabo como de Oca a oca, El misterio de la botella y El pijama, relatos con los que Andrés nos deleita, tienen en común el enredo y el desenredo otra vez enredado. Y volver a lo que siempre fuimos: una pregunta sin contestar. O la respuesta como obviedad indescifrable. Entre la ironía y el sarcasmo somos atrapados hacia una solución que, entre la naturalidad cuidada y la elegancia modesta, el suceso más simple convertido es en mito.

Manuela Villar


Las estrellas que brillan el doble, duran la mitad.
Ante una noche de estrellas contemplada, el más incrédulo de los mortales, exclama cual lo hiciera Van Gogh: Cuando siento necesidad de religión, salgo por la noche y pinto las estrellas. En Fastos, Tarot y Paisaje onírico Manuela conjuga plácidamente con virtud mestizante y sorpresiva el embeleso bucólico de una naturaleza virginal poblada de elfos, hadas, gnomos y ninfas, con el tufo de la gasolina, el móvil o un par de mojitos refrescantes. El contraste como fuente de interés e interrogante.

Julián Gómez de Maya


El claustro de la Merced. Ilustrativo e histórico recorrido sobre la constitución y los avatares de la Universidad de Murcia, desde su inicio en las escuelas de El Carmen tras la desamortización, pasando por el antiguo convento de la Orden de la Merced, hasta concluir en el Campus de Espinardo, con referencia documentada al efecto.

López Conesa


La sonrisa de nuestros nietos es nuestra propia alegría. Y el roce de una mano tierna sobre las arrugas del abuelo son crema hidratante para la decrepitud que se frena. Dos corazones en uno, en feedback, en reacción estimulante, latiendo al unísono a través del tiempo, eternidad de tercera generación.

Juan Espallardo


La hembra no gobernada por macho. Ilusiones de emancipación y malentendidos, estereotipos culturales, clichés interesados y verdades como puño se dan cita en esta historia llevada principalmente a cabo por tres mujeres. Marisol, Stalinia y la Anciana, (esta última da nombre al relato), encarnan en contraste divertido maneras distintas de opinar acerca de la cuestión de género, a las que el lenguaje tampoco se resiste. Apunte, esquema y buen borrador para una entretenida comedia hilarante, entre la farsa, el absurdo y una crítica desconcertante al estilo de Dario Fo. Con un buen desenlace educacional: No existe nada tan odioso como ver a la víctima erigiéndose en verdugo.


jueves, 16 de abril de 2015

Vigilate




Vigilate itaque quia nescitis diem neque horam (Mateo 25:13)


Sé yo de alguien que consiguió burlar a la muerte. No me refiero a esos Lázaros que cual Alejandro
Magno lograron rescatar de las mismísimas tragaderas del Hades a la sombra descabritada de su caballo.

Hablo de una apenada viuda imaginada. Ella, aunque inexistente tal vez, gracias a su estratagema, aún siga viva por las páginas de un cuento. Yo en cambio, aún existiendo, bocado soy de la nada, poco a poco digerido por el correr del tiempo. La sombra de mi viejo penco fagocitado me arrastra por carriles cada vez más veloces y de turbios soles encapotados.

El dato lo recogí de un cuento que leí en tiempos en que yo preocupado andaba por el vivir del ahora. Creía que ese ahora que disfrutar quería era el mismo instante eterno del fluir de un río interminable e inmenso.

El cuento al que me refiero (Antología Adeshoras. José María Merino), contaba las mañas de una vieja que se resistía a ser devorada por las fauces de la muerte que recientemente se había embuchado la vida del pobre de su marido. Y como ella viese rasuradas las barbas de su esposo, no quiso poner las suyas a remojo, sino que llenó de relojes toda la casa. Tenia cientos: distribuidos por la cocina, el baño, el dormitorio, el corral. Y hasta tenía uno debajo del catre, sitio este preferido, desde donde acostumbra la muerte a lanzarse contra su desprevenido cliente de turno. Y cada uno de estos relojes marcaba a propósito una hora desatinada y distinta.

El nieto que a la sazón vivía con la abuela, andaba muy confuso. Tan confuso que trasegaba la cena con el desayuno. Siempre cumplía a destiempo con sus responsabilidades escolares. Unas veces llegaba al colegio terminadas las clases; y otras, llegaba tres horas antes de que empezasen.

Así que loco el nieto por ver tantas saetas desparejas, le dijo un día a la abuela que pusiera fin a tal desaguisado horario. Y fue así que la abuela le respondió al nieto:
Niño, déjame hacer, que yo sé lo que me hago.
No es menester decir que lo que la abuela quería era despistar a la muerte. Y decía para ella:
Si a mi Benito se lo llevó la muerte a las Puertas de Plutón a las cinco de la tarde, a mi a ninguna hora podrá llevarme, pues nunca ha de saber esta impostora cual ha de ser la hora de mi llegada a tan horrendo lugar.

lunes, 13 de abril de 2015

Abstracto


 



A Nieves Granero no la conozco en persona, pero me la sé de corazón. Desde hace varios años sus poemas colman un rincón desasistido de mi ser más íntimo: la biblioteca de mi alma hecha jirones. La leo, y al igual que conectara con ella cuando leí Vapor de Ceniza, (Editorial ACTUM. 2008), y sus versos se enredaron como flores y espinas desde los pies hasta mi mente, hoy al leer Abstracto (Editorial Digital Letraskiltras. 2014), siento que el aliento de sus palabras huele igual que mis sentimientos, a noches de soledad y hambre.

Hoy, endormecido, me asomo a la ventana; y el rocío de su dulce melancolía contra el cristal de mi apatía, poemas inconclusos, pedazos de su corazón enterrado entre cartones, me despierta, me lleva y me planta en medio del bancal azul de la mañana. ¡Y qué contradictorio, dolorido y saludable es el poder de Nieves Granero! Es capaz de hacer crecer en un paisaje despoblado de caricias, vientre inconexo donde el amor no ha pernoctado, todo un jardín donde traspasado me veo por la virtud paradigmática del dulce amargor de su escritura:
volví a emerger
con oídos en los dedos
ojos en la sangre
y lenguas en la piel.
Y huyendo de la jauría del presente vuelve de nuevo la poeta a levantarme el vuelo: En un devastador incendio, tras el gemido de un rescoldo de ceniza, hay un destino de árbol subyaciendo / por debajo del miedo. Y siento el roce de sus versos rotos, ramas quebradas de aromas en el aire y me confundo: y ya no sé si es ella el pájaro, o son mis alas las que cantan y absorben el perfume del viento.

Un vuelo que cuanto más de abajo nace y más de adentro arranca, más alto se remonta. Plumas de carbón ardiente... mariposas tristes... alas inéditas... que cantan y sueñan...
hubo una vez en que nací hacia adentro
vibré en llanto, en vagido primigenio
y surgí
hacia un mundo superior y luminoso.




lunes, 9 de febrero de 2015

Atortolados



Amour sublime, s'il existait, mais qui n'est qu'un rêve comme tout ce qu'il y a de beau en ce monde. (Gustave Flauvert. Mémoires d'un fou).

Nunca comprenderé como sin violencia alguna el día se entrega a la noche. Tampoco, que el aire, cuando llega el ocaso, se calle, los pájaros dejen de cantar y que la luz afanosa de la jornada se cubra pausadamente de sombras, sin quejas ni remordimiento. El rojo encendido del crepúsculo se transforma en gélido violeta sin ni siquiera un gruñido. En quietud monótona la tarde da paso al anochecer sin resentimiento ni furor, sin rasguños. Cambios tan profundos, sin revolución aparente, demuestran que no por ley el dolor está unido a los partos de la historia.

El amarillento crepitar del cielo inunda el contorno atmosférico de los aleros, áticos y terrazas. La mesa, junto a la que Mariló y Andrés están sentados, da al ventanal de la Cafetería de la calle Sagasta. El atardecer tiñe de áurico color la piel visible de la pareja: sus caras, las orejas, la nariz, sus ojos. Sus ojos sobre todo. Los ojos de ambos reflejan el líquido brillo que los hace fluorescentes desde dentro. Los ojos semientornados, el motor de los sueños.

En cambio, las hojas de los naranjos bordes se tornan mortecinas; su verde intenso se apaga, se despega, desaparece apagándose sin estridencias. El iniciático tono amarillo de la luz de las farolas poco a poco se transforma en blanco espejo, escupidera de pequeños insectos que acuden cegados al mar plateado de su globo cristalino. El suave encendido comienza artificiosamente a campear en sus rostros. Andrés descubre el color del pelo de Mariló. El efecto acrisolados de la luz eléctrica desvela el castaño grana de un gena natural y oloroso. El hombre, tal vez impresionado por el efecto lumínico, comenta:
Si no tuviésemos el sentido del tiempo metido en el hipotálamo del cerebro, no seríamos capaces de distinguir la alborada del atardecer, la niñez y la vejez. Momentos tan distantes y distintos, y tan parecidos en su epifanía. El uno del otro sólo se diferenciaría según el latido y la crecida de nuestro episódico sentir.
El tiempo es el quicio de nuestra existencia, el soporte de la natural contingencia. El primer y ruin pensamiento que me viene a la cabeza nada más me despierto cada mañana: ¿A qué día estamos? ¿Qué hora será? Por eso me desvivo por el amor; es el único talismán aquí en la tierra que me hace superar las barreras del tiempo, olvidarme de la trinchera donde estoy metida.
Mariló no mira los negros ojos de Andrés. En este momento en el que se atreve hablar de amor, lo hace con extremada timidez, con la mirada atenta a las pequeñas incrustaciones negras del mármol blanco del velador. Animada la joven, continúa hablando como si no hubiera nadie delante. Mientras, repasa con el dedo índice cada una de las motas oscuras de la mesa.
He querido siempre quedarme convertida en estatua viviente como la mujer de Lot en el preciso momento en el que la tarde se despide del día, o en el amanecer que nos devuelve la mañana. Nunca lo he conseguido. La vorágine y preocupación por el futuro me arranca esta quietud siempre deseada y nunca lograda. ¡Será por eso que cuando hago el amor se me escapan sin querer las palabras: me muero, me muero!
La pareja se entretiene, se goza intimidando. La tarde, adivinando el tono de la conversación, se parte por la mitad. A un lado queda el alboroto y el fragor de los ruidos de los coches que llevan a sus conductores al sofá del salón de sus casas para ver el partido del Real y el Atlético; y al otro, el místico silencio de dos personas que sin haberse visto nunca, se reconocen en un mismo deseo.

La voz cascada del viejo camarero espanta, ahora, la luz amarilla que envuelve más allá del tiempo a la pareja. En el centro de la mesa deja el hombre con discreción el platillo de la cuenta: 32 euros. De nuevo la monotonía materialista de dos vidas que quieren huir de su limitación rutinaria.

Fuera en la calle, la noche se adentra en su territorio. Gustave Flaubert, un joven loco desengañado por el amor, (ese estúpido atontamiento que convierte en orgullo un vano sueño), con el dedo pintarrajea desde el exterior el cristal de los ventanales del bar. El blanquecino vaho que empaña la luna acristalada queda rayado con letras vistas al revés e indescifrables para la pareja.

Andrés y Mariló, al salir del bar, sienten curiosidad por leer lo escrito en el cristal. Y antes que el calor de su mutuo sofoco borre, le mot juste,  aún les da tiempo a leer la palabra del chiflado escritor de Mémoires d'un fou:
Atortolados


miércoles, 28 de enero de 2015

Lectura saludable





La lectura es para el hombre estar en paz consigo mismo. Reconciliación y reposo. Y cuando en el río de su mirada no fluye la tinta del láudano que calme su desasosiego, todo se tambalea. Todo lo que rodea a este hombre es ruido y guerra, desbarajuste, zozobra y ceguera.

El hombre es un tullido, sin sus lecturas se acaba el camino. Para ahuyentar desavenencias y desquicios que le dejen tranquilo, necesita un libro. Y aunque el contenido de su lectura fuese la batalla de los mil años y un día, el relincho de los heridos, los cañonazos del odio, los sables del sinsentido, los estertores de los muertos, no le soliviantarían lo más mínimo. Ya lo dijo Truman Capote: El mayor placer de la escritura no es el tema que trata, sino la música que hacen sus palabras.

De los libros que ahora hay en su mesa, dos son los que con más ahínco se disputan su lectura. Uno es de Pedro Páramo y el otro el Quijote de Cervantes. El hombre se decanta por Juan Rulfo. Y nada más sus ojos descubren el olor azul de las letras de miel derramada, aunque sepan a soledad, desarraigo y tristura, la bravura del sol, el apresuramiento, el desaire de su malhumor inquieto se amainan al momento.

Ahora el hombre se detiene en ese párrafo de nubes acrisoladas por la atemporalidad de los días bajo la sombra de las tumbas en el que Juan Preciado le pregunta a Dorotea:
¿Y tu alma? ¿Dónde crees que haya ido?
Dorotea se queja que el padre Rentería no quiere perdonarles sus pecados. Y cuenta a Juan Preciado que su alma estará por ahí buscando vivos que recen por ella. Dorotea cansada de remordimientos quiere morirse. Abre la boca y deja escapar su alma. Luego Dorotea sentirá caer en sus manos un hilito de sangre, el desgarre del alma al desgajarse de su corazón cansado.

Y este hilito, aunque de sangre y quejidos de muertos sean, son las letras que le devuelven al hombre el ánimo. Cierra el libro y se dice:
Sin leer yo no me veo. Soy un ciego. Y así viéndome sin ojos, me pregunto, si podré seguir contemplando la belleza. Si me dieran a elegir entre la vida y un libro, sin duda escogería el libro, pues pudiéndolo leer, fácil me sería recrear el mundo.

lunes, 28 de abril de 2014

Molínea 37




Como un suspiro refulgente, como un rayo entrecortado he leído desde el final hasta el principio el trigésimo séptimo encuentro del Colectivo de poetas y cuentistas de Molina de Segura. Sí, digo bien, he leído de al revés, desde su conclusión al origen, para hacer interminable el delicioso fluir de esta lectura encomiable. Como una canción antioxidante, como quien escucha transportado el de Profundis de Mozart, como gato atento, quieto y embobado, antes estos textos me detengo, me deleito y me admiro de ver que en cada número, su calidad por su frescura, espontaneidad y atrevimiento, gana enteros, y toca ya casi las cumbres del Parnaso.

Nada más escuchar a Francisco Peñalver decir que leer es multiplicar nuestra vida por mil, sumergí mis ojos en el libro, y embebido vime en las páginas eternas de lugares deliciosos, tiempo y modos misteriosos, y tan dulces sabían a emoción y fantasías, que llegué a soñar despierto que mis días eran rico postre de chocolate y limón.

Y de pronto a mis oídos vino el grito incomformista, honrado y comprometido de Concepción Andrés Ortega denunciando a su manera juiciosa la moral e hipocresía de quienes predican harina, pero siembran sinrazón y cizaña.

Luego, Julián Gomez de Maya remedando a Valle Inclán o a cualquier otro don Ramón de Memorias amables y esperpénticas, comedias hilarantes, palaciegas y chocantes, se saca de sus malabares letras una divertida historia de suplantacíon de género e identidades que valdría por si sola como referencia del mejor género de comedias.

Y vengo a parar de nuevo al edén de Irel Faustina que se debate entre realidad y ficción, queriendo con lírica habilidad vampiresca robarle a la muerte su eternidad escondida, dejándome sin saber si fuera mejor ser tocado por el dolor del amor que haber nacido. Y en esta misma onda, por la senda de la magia, Juan Tomás Frutos se abandona al sentimiento, haciendo coincidir sueño y conocimiento.

Juan Benito, el poeta festivo, recuerda que nos detengamos, que no corramos tanto por la vida, no vaya a ser que dejemos atrás al alma y nos perdamos el color de la amapola.Y este mismo creador de rimas y embajador de letras nos adentra en una onírica historia de sueños compartidos y pactos de silencio, para que las palabras no deshagan los secretos que la realidad encierra.

Ibernón Valero entre nostalgias de elegías se duele, llora y se pregunta: ¿Cómo es posible que hoy salga el sol estando yo tan triste? Y deduzco del realismo doloroso y trágico de José María López Conesa, la injusta constatación y el sinsentido de que miseria, desatino y mala suerte vayan siempre de la mano.

Y gracias al relato de Meri Martínez paseo ahora por los alrededores de la Torre Mora, allá por los comienzos del siglo XI. Y dotado de aquella misma savia milenaria, viajero soy del tiempo, recorriendo aquellas viejas huertas del Medievo que son las mismas tierras en las que ahora vivo y que siempre cada primavera renacen solemnes y eternas. 

Con Norma García Coirolo descubro el poder, el de sus letras, y veo como una simple camiseta se convierte en sentimiento para ejemplo de aquellos que la llevamos puesta sin percatarnos de la belleza que circunda nuestro cuerpo. Y es que la palabra, es bálsamo de Fierabrás, resucita y sana aquello que masajea. Y aquel caserón de las glicinas, hoy ya en ruinas, pero las notas de un piano de madera negra cubierto con aquel mantón de manila, aún resuenan en el salón de nuestra memoria.

Y agradezco también a Josefina Pérez Amorós su recorrido por las pelis de mi adolescencia, aquellas, que en medio de tantas sombras y mordazas, nos abrieron los ojos a la amistad, al asombro, otros mundos y verdades.
Mas a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris, me acerco
a los rosales del jardín.
Por último, resaltar Apenas un par de mentiras de Juan Espallardo. No entro en el argumento ni en la trama de su relato. No hace falta. Muy significativos son los intencionados sustantivos y tan concentradamente elegidos por el pintor elocuente. El doble sentido de sus claras alusiones, agudas y quevedianas, se bastan por su ironía, concisión y enjundia:
La avenida de la Libertad, arteria que vertebra el caos.
La melancolía de las sombras.
El presidio del Cristo del Perdón.
El Cementerio de la Virgen del Olvido.
Reposan los muertos en el cementerio mientras penan los vivos en la cárcel... sin que pueda afirmarse quienes de ellos sean más libres ni cual de estas suertes sea la más envidiable.


jueves, 17 de abril de 2014

El tiempo no se llama como tú


Yo no sé si soy de Azulada, o tal vez todas las ciudades del mundo sean mi patria. Lo que sí sé, es que hoy quisiera regresar al pueblo mítico de la Ítaca de mis entrañas, aquel que estuvo siempre por encima del tiempo, fuera de los continentes y las islas, más allá de las estrellas  y del espacio.

A los compañeros de trabajo les diré que estas vacaciones de Semana Santa me voy a Praga, la capital de la Bohemia. Necesito abandonarme para encontrarme. Y las calles de esta ciudad milenaria me ofrecerán el idílico rincón para esconderme, y encontrar en estos días de Pasión y Gloria, Crisis, Playa y Procesiones las huellas de mis pasos perdidos y por fin resucitados.

Elegido ya el sitio, sólo falta hacerme con el Libro.Y sobre las paredes de mi buhardilla, desplegaré el mapa de esta ciudad, flor de utopias y absurdos, rebeliones, escritores y poetas, como aquel  Rainer María Rilke que dijera:
Sé que el tiempo
no se llama como tú.
Y en el sitio más alto de la casa, graparé cada uno de los relatos de esta Antología, para que las esferas del reloj astronómico de esta ciudad se toquen con las órbitas de mis más encumbrados vuelos.

Y desde mi habitación, sin moverme, cruzaré el río Moldova. Con admiración, y sin levantarme apenas de la silla descascarillada de mis entretelas y cascarrias contemplaré la Casa de la Campana de Piedra. Desde la Galería, subiré a la Torre del Ayuntamiento, deambularé sin rumbo, y me detendré a degustar en sus puestos de comida un buen pato asado con col agridulce. Desde la cómoda holgazanería de los días, patearé los laberintos de Kafka, la callejuela del Oro, los Jardines de Belvedere. Llegaré hasta El Castillo, aquel Gólgota y Calvario de K, por ver si alli pudiera escapar de mis locuras y temblores. Me perderé por el barrio judío hasta recapitular en un fin de semana más de mil y un años de historia alienada. Visitaré el barrio de Malá Strana, y me embriagaré de romanticismo junto al puente Carlos. Y antes de regresar de nuevo a mi Azulada, me daré un paseo por el gran parque de la colina de Letná. Tal vez allí encuentre a la muñeca viajera, aquella por la que llorara una niña desconsolada, según Paul Auster cuenta en The Brooklin Follies.
 
También es real lo imaginario. Y mi emoción por este viaje trasciende su realidad histórica, por encima está del tiempo sin nombre. Mis compañeros de trabajo se creerán a pie juntillas lo de mis vacaciones en Praga. No miento. Es tan fuerte mi ilusión, que hasta yo mismo me lo creo sin cruzar los Pirineos. Tan sólo me basta leer:
Antología de Praga.

sábado, 8 de febrero de 2014

Donde no alcanza la vida, llega la muerte




El vendedor de cadáveres. 
La muerte en venta.

Esta mañana me desperté con estas dos frases que no vienen a cuento. No respondían a presentimiento alguno, a ninguna idea en concreto. Precisamente anoche soñé que, cual Borbón-Federico-Infante en olor de multitudes, subía inmaculado y venerable las escalinatas de los Jugados del ocioso cielo de Palma. Sendos epígrafes me vinieron a la cabeza sin más. ¿O tal vez, una noche, los escuchara de mi amigo, borracho de vida y letras, aquel gitano, hijo del que fuera el limpiabotas oficial del Casino de Murcia? Como queriendo su inspirador ofrecerme la primicia compendiada de algún argumento para un posible planfetario best-seller.

Con todo, me pregunto a qué pudiera deberse este enunciado a solas, sin contexto ni referencia. Tan sólo el eco lejano de una noche caliente y ebria. Y no encuentro razón ni vivencia próxima que lo justifique. Tampoco la muerte en sí la tiene, y no cesa de invadir el derecho a la vida que todos nos merecemos: nuestra inmortalidad machacada. Y no queriendo desentrañar este macabro asunto de mercadonear con la muerte por su indecencia y necrofílico proceder, aún así, me detengo un momento, por ver si su escueto y críptico recuerdo pudiera servirme de ayuda, aunque sólo fuera para sacar los pies de este plato sin caldo ni lentejas en el que bregamos por culpa de lo que llaman crisis, y es vergonzosa y simplemente a mano armada un atraco.

Hay libros, de los que sólo su título se salva. Y esos son los buenos, pues consiguen concentrar en una o dos palabras, exordio, nudo y desenlace. Que si yo fuera editor o crítico, tan sólo publicaría libretos como el que el otro día cayó en mis manos. Su autora es una niña de la Guajira colombiana con tan sólo diez años. Y todo su contenido no llega a ocupar una línea. Y dice así: Una mariposa vive sólo un día, pero goza toda una vida. Libros que, no por la brevedad, su enjundia es poca. Tuve que pararme un buen rato para comprender la ajetreada historia de esta feliz mariposa que sortea collados, espinas y trampas por los campos de batalla en busca del polen más deseado, sin siquiera saber el insecto que lleva la flor más olorosa y fresca encima de sus propias alas. Y aún así, todavía he terminado de saborear del minúsculo libro toda la dulce trama que esconde dentro.

Palabras como La muerte en venta y El vendedor de cadáveres, no me traen a la memoria ni mucho menos la escena del rubicundo Judas, que vendió una muerte ajena por una miseria. Ni acudo aquel dios siquiera, que quiso conseguir la redención de la humanidad entera a cambio de una muerte que no era suya, sino la de su hijo unigénito. ¡No! Yo en caso de poner la muerte en venta, no sería la del vecino, la tuya, ni la cabeza de Herodes, ni siquiera la de Mariano Rajoy. Sería la mía, la propia. Pero no encuentro a nadie que por ella me dé un céntimo, aunque sólo para que mis allegados en paro no tuvieran que pagar por mí a la funeraria.

Pero sí me acuerdo de aquel gran amigo mío, gitano de pura cepa, alegre, bebedor y amante del boxeo. Cada equis días iba a vender su vida o su muerte. Al vampiro- me decía que iba, a vender su sangre. Le daban unos cuantos duros por un cuartillo del río negro y bullicioso de sus venas. Y luego me invitaba a la taberna, y a su salud o a su muerte, los dos brindábamos como hermanos, no de sangre, sino de fiesta, vino y letras. Y por su muerte que a plazos poco a poco vendía o escribía por entregas, bebíamos hasta las tantas entre reseña y reseña. Porque no era un analfabeto mi amigo, el Lustre, que así se llamaba. Su padre era el limpiabotas oficial del Casino de Murcia. Tal vez por ello a mi amigo le quedara el rescoldo ilustrado de aquellos gordiflones jubilados que ponían en primavera sus eméritas barrigas, ranas a solear, sentados frente a las cristaleras de aquella emblemática fachada de la Trapería, la calle más cursi de la ciudad. Y así entre chato y chato, y un guardia civil de tapa, mi amigo, el hijo del Lustre, me decía:
Que sepas, amigo mío, que donde no alcanza la vida, la muerte llega