Mostrando entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas

viernes, 2 de enero de 2026

Tras la publicación de un libro



Tras la prístina y vívida alegría de sacar a la luz Me olvidé de tu nombre, hoy, apenas unas semanas después de su publicación, vengo a verter aquí mi tristeza por haber parido un manuscrito que me deja insatisfecho. Librera Depresión Posparto. Y cuando creí que este libro sería el sursuncorda, reconozco ahora que no merece la pena detenerme en su descripción. Y no es único este sentimiento. Me pasa casi siempre con todo lo que hago. Nunca mis propósitos se ajustaron del todo a su resultado. Ya lo dijo no sé quién: el ser humano es un proyecto a medio hacer.

Y para evitar que lector alguno menosprecie mi libro, lo hago yo en persona. ¡Cuán embustera y soberbia es mi humildad! Dentro de ella encubro mi orgullo pretencioso y mezquino. Siempre que el summum Verum, Bonum et Pulchrum de los escolásticos sale a mi encuentro, una inmensa fragilidad y derrota me invade por entero. Frente a la idealizada concepción platónica de lo sublime me siento un ser limitado e insignificante. Toda grandiosidad, ricura y excelencia pone aún más de manifiesto mi planfetaria esencia. Y esa belleza, bondad y autenticidad, imposible de emular, tiene como fatal consecuencia mi irremediable rechazo.

Nunca conseguiré tallar, transferir en palabras escritas lo que quiero, ni expresar lo que pienso. Imposible envasar, encorsetar un sentimiento inmaterial en un conjunto físico de letras que, como los conejillos de Cortazar en su Carta a una señorita en París, se escurren y desaparecen entre los renglones de mis textos.

¿Acaso alguien podría apoderarse del trémulo resplandor de la luna en una noche de pasión, o envasar toda el agua del Pacífico en un minúsculo dedal? El querer meter a la fuerza en unas cuantas páginas el brillo, el suave titilar de una estrella, mi amor por las palabras, por el nombre de las cosas, evidencia aún más mi alevosía escriturera.

Y al hilo me viene ahora aquella pugna entre el escalador y los Alpes. Había una vez un montañero em-peñado en llegar a la cumbre, al pico más alto del Mont Blanc. El alpinista, cada vez que a punto estaba de conseguir su proeza, la montaña se crecía, haciendo imposible que el escalador coronara su cima. En tan desigual carrera, el poder creciente e infinito de la montaña dejaba siempre a su rival rendido, infausto y malhumorado. Al final el montañero acabó muriendo de acrofobia.

Grandes escritores, acosados por esta misma quemazón, dejaron escribir de por vida. Citemos a Pavese, (sólo a modo de metáfora). Debido a su impotencia de hacer feliz a Constance Dowling se quitó de en medio, no sin antes exclamar: escribir es una mierda, no escribiré jamás. Ellos fueron osados y no como otros que, cual turiferarios de nuestro propio ego, conservamos el corpus sagrado de nuestros textos cual momias embalsamadas en el sarcófago dorado de las estanterías desconsoladas de nuestra casa.


martes, 16 de diciembre de 2025

Nathaniel Hawthorne



Es la primera vez que leo a Nathaniel Hawthorne. Sólo sabía algo de este escritor estadounidense del siglo XIX por aquella película, La letra escarlata de Roland Joffé, cuyo argumento está sacado de una novela del mismo Hawthorne. El otro día, por casualidad, cayó en mis manos una antología de este novelista, seleccionada por José Martínez Torres, y publicada por la Universidad Nacional Autónoma de Mexico. 2008. Y me detuve en unos de sus relatos, en concreto, en Wakefield: Un hombre, sin aparente motivo alguno, deja a su mujer y su tranquilo hogar. Su intención es regresar a los pocos días. Los pocos días se convierten en veinte años, distanciado no muy lejos de su domicilio conyugal, (sólo a dos calles), desde donde se detiene todos los días y observa desde el anonimato a su mujer. A él lo dan por muerto, y la mujer se refugia resignadamente en su viudez. Durante este tiempo Wakefield se debate en volver, o no volver a su casa. Y esta duda se hace crónica, y a la vez frágil y enfermiza, se cosifica. Hasta que por fin una mañana abre la puerta de su casa, como si todo fuese igual que antes, como si sólo hubiesen pasado unas horas desde su marcha.

El comportamiento del protagonista de este relato me trajo el recuerdo aquel otro día de mi pasado: yo también actué de forma parecida, aunque no con la misma serenidad e inconsciencia, sino arrebatado por una discusión familiar, cuyo motivo, hoy tras haber pasado varios años de aquello, casi apenas recuerdo el por qué. ¿Deseos de ser tenido en cuenta? ¿Culpabilizar a mi pareja por algo en concreto que me sentara mal? ¿Hacerme el víctima? Cogí el coche, y me desplacé no más de 100 kilómetros de casa, rumbo a una playa solitaria. El tiempo de mi escapada apenas duró un día. Y alejado en aquella esclarecedora soledad, frente al mar, maestro de tantas cosas, pronto pude comprender la tontería por mí cometida. Y regresé de nuevo a casa, al igual que Wakefield, como si no hubiera pasado nada, pero doblegada y vencida mi pueril altanería. Estas cosa se hacen sólo una vez. Pues si las repites, la huida deberá ser definitiva y debidamente meditada y justificada, si no quieres arrepentirte y ser prisionero de tu incongruencia. Con el tiempo la rutina en las relaciones de pareja suele debilitar los lazos que atan dulcemente nuestra convivencia. Salí cabreado, sin premeditación juiciosa. No dejé nota alguna, tal vez para engrandecer aun más la alarma de mi desaparición. Me sobrestimé como protagonista insustituible de una situación por mí solo controlada. Pensé erróneamente que sin mí, la vida, tanto la de mi mujer como la de mis hijos, sería imposible. Imbécil orgullo del hombre alfa.

A Hawthorne le gusta jugar con el tiempo. ¡Como si el tiempo fuese un muelle o una cinta elástica que la pudiéramos encoger o alagar a nuestro capricho! Este misterioso escritor, cual un demiurgo, domador del espacio y de lo relojes del universo, tras sumergir y abrumar al lector por los túneles de posibilidades absurdas y azarosas, vuelve al final de su relato a dejar las cosas como antes, devolverlas su estado natural que les corresponde.

Tanto la escritura, la lectura, como cualquier otra rama del arte, tienen la virtud de enfrentarnos ante el espejo de nuestras propias contradicciones, y así revelarnos nuestra real condición humana, y ayudarnos a ser más sincero con nosostros mismos.

viernes, 12 de diciembre de 2025

Ropa vieja


 
Y al igual que la tierra sedienta, que a base del agua recogida en bidones grandes de lluvias anteriores, alimenta las pocas matas de tomates que plantadas tiene en dos caballones sobrios y anhelantes, y espera que sobrevivan al calor intrépido, inesperado y crujiente de estos tiempos locos e inhóspitos, trato yo, también de venirme arriba en estos días yermos que atravieso, y el cerebro parece ser que se me seca y agota ante tanto despropósito.

Estoy esperando que me envíen para su publicación las últimas pruebas del manuscrito Me olvidé de tu nombre. Se trata de una recopilación de viejos textos sobre la importancia, insignificancia, la relevancia, (y al mismo tiempo), impotencia y frustración, que el hecho de escribir me reporta. Todos ellos son ropa vieja, rescate de comentarios personales de épocas pasadas. Con ellos pretendo hacer un guiso nuevo, al igual que hacía mi madre con el cocido sobrante de la comida de los domingos. A la semana siguiente, sobre-freía los garbanzos, las patatas y la poca carne que había quedado, y nos sorprendía a la familia con un nuevo manjar, tan exquisito como el anterior. Pues con el mismo ánimo recopilo estos textos para reconfortar mi apetito. Pero me temo, que no con tanto acierto como ella.

Sé que este manuscrito no tiene un cuerpo único. Está hecho de retazos incongruentes, a destiempo, sin continuidad alguna, ni tema que los aglutine y cohesione. Todos ellos tan sólo tienen en común la palabra, el único ingrediente que los unifica y sustenta.

Y en este tiempo de espera, antes de que el libro Me olvidé de tu nombre salga publicado, mis ojos se detienen expectantes en una cita por sorpresa de John Gardner, (el autor de Grendel), que me tomo como autocrítica adelantada y primera:
Generalmente, el escritor que se preocupa más de las palabras que de la historia (personajes, acción, escenario, ambiente) no consigue crear ese sueño vívido y continuo: se estorba demasiado a sí mismo; embriagado de poesía, no distingue el grano de la paja.
Y de nuevo un servidor, y las matas de tomates que planté la primavera pasada, volvemos a caer en el desánimo. Desánimo que a su vez renueva en mí la fuerza necesaria para seguir adelante.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Mujer fatal

 


Escribir es sobre todo leer. La lectura es su motor. Al levantarme lo primero que hago es ir derecho a la agenda de mis costumbres, al borrador de lo que luego será la definición del relato definitivo que configure la vida de la que me alimento y me sustentará durante el resto del día. Y como el espada que, para rematar a su animal, (y no se deja), prueba hendir su estoque de otra forma, con otro pase, así hago yo con el lápiz esta mañana. Pero no hay manera. Cada vez que vuelvo al cuaderno nunca logro decir lo que quiero. La imposibilidad real de dar plena cobertura a mi pensamiento.

Y recurro, (para cubrir esta carencia), a la lectura como su activación más eficaz. Y lo hago ahora acudiendo a Circe. Pero este cuento del Bestiario de Cortázar, lleno de suspense y de misterio, me ha dejado aún más noqueado. Leo deprisa, prisa que no es mía, sino provocada por el arte de la escritura de su autor. Y espero urgente encontrar un final feliz (o apenado); pero que sea sobre todo esclarecedor.

Siempre admiré en Cortázar esa manera suya tan arrebatadora y misteriosa de escribir, y que a simple vista parece espontanea e improvisada, pero intuyo que no es así, sino estudiosamente trabajada, y desde el punto de vista literario, tan atractiva como para encandilarme. Circe en concreto me somete a un ritmo trepidante, y cuya tensión va en aumento conforme avanzo en su lectura.

Y me encuentro con un desenlace un tanto ambiguo y confuso, como si el autor dejara a merced de mí enjuiciar como hechicera y diablesa a la pobre Delia Mañara. Bastante tenía yo con no saber qué escribir esta mañana, como para además adivinar cuál sería el final exacto que en su mente tendría Cortázar para concluir su espectral, kafkiana y fatídica historia, y que la deja en abierto para que sea el lector quien la cierre a su criterio. Que no siempre la partera de una escritura fue la lectura de una buena obra. Al menos en mi caso no ha sido así, que aún sigo bloqueado por su acelerada intriga. 

domingo, 2 de noviembre de 2025

Bonito día para morir

Un día precioso. Me levanto. Miro por la ventana. Ha parado de llover. Las nubes han desaparecido. Lúcida está la mañana. Y me viene a la memoria aquella frase con que los indios alpinos se despiden de la vida: Hoy es un buen día para morir.



lunes, 20 de octubre de 2025

La falsa seducción de la esperanza



Tomo este título del libro Melancolía de la resistencia de László Krasznahorkai, escritor húngaro, recientemente galardonado con el Nobel de literatura. Había oído yo decir que escribir era como resucitar a la vida, que el ejercicio de la escritura, (o el de la lectura), tiene ese poder de sanación que precisamos para salir airosos de las penalidades en nuestro peregrinar diario. Y László viene a decirnos que el artificio literario no es una vacuna que nos libere de la dura realidad en la que actualmente el hombre está inmerso. En estos tiempos apocalípticos, todos tartamudeamos frases sin sentido, y quedamos bloqueados ante tanta hecatombe. Krasznahorkai no tiene respuesta para tanta calamidad y barbarie, sólo acierta a describirlas. Escribir después de lo de Palestina es imposible... que diría Adorno.

¿Quién entendería hoy que el gran valedor de la paz sea el mayor instigador de conspiraciones y guerras? La actual banalidad de esta política western que padecemos abre de par en par puertas y ventanas a dictaduras descerebradas y absolutistas. La pluma se le engarrota a László, araña el papel hasta hacerlo sangrar: El orden de las costumbres había quedado en entredicho, el caos se expandía sin freno, y destruía los hábitos diarios, el futuro era pérfidamente oscuro, el pasado imposible de recordar, y el funcionamiento de la vida cotidiana se había vuelto hasta tal punto imprevisible que sólo se podía reaccionar con resignación, pues incluso era concebible que ya no se abriera ninguna puerta y que el trigo creciera hacia el interior de la tierra. Y de pronto aquel principio de perfección que regía el mundo... parece haber perdido su vigor. Y todo se desmorona. No hay norma en pie que prevalezca. Ninguna pregunta tiene respuesta. No hay respuesta al por qué de la maldad imperante. Y escucho ahora esas voces proponiendo un visado por puntos para los inmigrantes. ¡Como si para vivir necesitáramos del visto bueno, un aprobado expedido por el Ministerio de la Existencia! Meten miedo a la ciudadanía diciendo que nuestros barrios son intransitables por culpa de los extranjeros que vienen a nuestro país, y que nos mantienen como rehenes en las mismas casas donde hemos nacido. Absurda e inhumana estigmatización interesada.

Y volviendo al pesimismo del escritor húngaro me contagio de su desesperanza, de esta realidad decadente que a mi alrededor siento. En estos momentos caóticos de confrontaciones interminables, advierto dislates futuros e inquietantes que ponen en riesgo nuestra actual seguridad, no sólo a nivel individual y ciudadano, sino también a niveles cosmogónicos. La tierra se resquebraja. El tren en el que viaja la señora Pfaum, y con ella cada unos de los que vamos subidos en este destartalado Mundo, del que, hasta la Mafalda de Quino, quiso a apearse a toda costa, cada dos por tres descarrila y se para. Luego vuelve a arrancar, y así sucesivamente, entre parones, blasfemias y miradas lascivas.

Y sigue diciendo el escritor de Melancolía: Todos cayeron en una serena indiferencia, en la sorda apatía de la obligada resignación. Y esta aceptación de las desgracias ineludibles de nuestra vida, ¿acaso no formará parte de ese instinto sagrado que por las ganas de vivir todos los seres humanos tenemos?

Con todo, leyendo al escritor húngaro noto en su libro como un querer ver la luz al final del túnel. Por fin la señora Pfaum, al llegar a su casa en paz y tranquila, tras viaje tan aciago y pestilente, y con los dulces sones de la opereta de la condesa Maritza y deleitándose con unas guindas al ron, tiene esa sensación de elevarse sobre sus deprimentes experiencias como música fluente que se alza sobre los horrores del mundo.

sábado, 18 de octubre de 2025

El amor y la muerte



De vuelta de su viaje de vacaciones, la pareja, antes de regresar a casa, desvió su rumbo para ir a visitar a la madre del novio. Su padre hacía tan sólo dos meses que había muerto tras un accidente de moto, cuando se dirigía a la universidad donde impartía clases de biología genética. La madre, viuda, bien merecía una visita de consuelo por parte del hijo. Decidieron pues quedarse a pernoctar en el pueblo. El piso era pequeño: dos habitaciones, un pasilllo y una cocina. No tuvieron más remedio que dormir en la habitación en la que tuvo lugar la agonía del padre antes de su enterramiento definitivo.

Al hijo, aquella noche, le entraron enormes ganas de hacer el amor. La atracción y el deseo de los amantes fue mutua. No hizo falta consentimiento alguno. Meridianamente estaba claro. Sólo rozar sus carnes, el deseo brotó impetuosamente como embalse a tope nada más abrir sus compuertas desbordadas río abajo por la llanura de la vega. La imperiosidad de hacer el amor, a pesar de sus enormes ganas, de pronto se vio paralizada. Se cortó como se corta el ajo a la hora de hacer una mayonesa. Los habituales ejercicios de precalentamiento no fueron suficientes. Un fuerte y profundo sentimiento enervó sus cuerpos, sobre todo el del joven, reduciéndolo a la impotencia más triste y desolada.

Dos fuerzas del mismo signo, -amor y muerte-, en la misma dirección, parecían como si se enfrentaran ambas invalidándose mutuamente. No es hora de hacer juegos de física ni de retórica entre estos dos conceptos que ignoro si se repelen, o más bien andan íntimamente ligados. Tal vez las leyes de la naturaleza, como los impulsos amorosos, los dos sean hijos del mismo dueño. Los poetas, lo mismo que los sesudos psicólogos no tardarían en darnos una explicación pertinente al caso: La muerte como culminación absoluta del amor. El amor como realización suprema y superadora de la misma muerte. La muerte como la más perfecta garantía de la perpetuación del amor y de la vida.

Aquella noche, por encima del impulso de posesión o desprendimiento, el instinto del joven por yacer con su amada, estuvo por encima de cualquier experiencia poética, de cualquier expresión de cariño, ternura o dádiva. Su deseo nacía, brotaba de la necesidad imperiosa de vivir, de no morir en la misma cama que murió su padre. Para colmo en la mesilla del dormitorio entre los dos tres libros que su padre últimamente tuvo en danza, uno de ellos tenía como autor a Schopenhauer: El amor, la muerte y las mujeres.


martes, 16 de septiembre de 2025

Dichosa edad y siglos dichosos aquellos


Del discurso de Don Quijote a los cabreros. Cap. XI. 

—Porque veas, Sancho, el bien que en sí encierra la andante caballería y cuán a pique están los que en cualquiera ministerio della se ejercitan de venir brevemente a ser honrados y estimados del mundo, quiero que aquí a mi lado y en compañía desta buena gente te sientes, y que seas una mesma cosa conmigo, que soy tu amo y natural señor; que comas en mi plato y bebas por donde yo bebiere, porque de la caballería andante se puede decir lo mesmo que del amor se dice: que todas las cosas iguala.

—¡Gran merced! —dijo Sancho—; pero, mucho mejor me sabe lo que como en mi rincón sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los gallipavos de otras mesas donde me sea forzoso mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me viene gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo.

—Con todo eso, te has de sentar...

Y asiéndole por el brazo, le forzó a que junto dél se sentase.

Después que don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, soltó la voz a semejantes razones:

Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían... No había la fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus proprios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese...

miércoles, 23 de julio de 2025

Dione


Siempre todo es algo nuevo, inesperado y presente después del estío de una noche de jarana. Allí eras, donde calmabas tus sarpullidos juveniles con lecturas ensoñadoras en aquella biblioteca, hoy convertida en discoteca-metal-beat a la que ahora vuelves.

¡Qué cosa más fría! Parece un garaje, un aparcamiento de coches. Eres de los primeros en llegar. El ambiente es obsoleto y deprimente. El patibulario y lúgubre local poco a poco recobra luz y color, pero sin salir de la gama de los grises. El negro abunda en cantidad. Parecéis espectros en movimiento, esqueletos danzantes en la misma entrada gozosa de una caverna. Rigidez en el mobiliario. Todo de hierro. Hierro, cemento metálico. Poyos de cemento. Molleras en ascuas de cemento alrededor de la pista de baile. Tres hileras como surcos-panteones circundan un cuadrilátero centrado a una gran columna a la que desesperadamente se aferra algún que otro siniestro bailarín zumbado. Los focos desde lo alto rastrean discretamente los cuerpos divinizados. Las luces y sombras azul cobalto intermitente rastrean, y en medio de la oscuridad circundante, se detienen en las partes más sensuales y atractivas de los bailongos que encuentran a su paso. La puntual luminosidad se recrea allá donde tu mirada se detiene. Celestes alegrías de flashes buscan su objetivo más erótico. Tú ya vienes prevenido por aquel rayo balsámico de tus tímidas lecturas en aquella vieja Librería-cafetería a la que solías acudir en tus años mozos a la caza de orgasmos literarios leyendo a Stendhal.

Una chica rubia con el pelo desordenado por un viento astral invisible gira como un satélite alrededor de Saturno. No pienses en nada, -te dice Dione-, bailar es desentenderse. ¡Métete dentro de la música, lanza en volandas tu cuerpo armonioso. ¡Vamos, hombre, anímate! Si tu físico no vuela, difícil es que tu mente se remonte y alcance el clímax. Y al instante tu cuerpo, sin tú darle permiso, te catapulta como un cohete justo en medio de la pista de baile. Allí ves a un cuarentón como tú, desubicado, desinhibido, con calva y gabardina que se contornea como un maniquí eléctrico. Y pierdes el miedo o la vergüenza. Tu sentido del ridículo desaparece al ritmo de un ligado compás binario a las órdenes de Dione, ágil peonza que no para de dar vueltas a tu alrededor. Y te sientes, al igual que Stendhal, atraído por Mathilde, dominado por una pasión fatal. Je faillis devenir fou.

Allí eras, de donde vienes, cuando tú, de adolescente, calmabas el reconcomio de los sarpullidos de tu juventud ardiente en aquella librería, convertida hoy en discoteca-metal-beat. Siempre es presente.

Lo que luego pasó entre la chica-peonza y vuestros besos en calderón interminable, nada se supo... Hasta que pasado unos años vuelves a tu vieja librería de juventud olvidada y desaparecida. Y aquella antigua relación en aquella discoteca lúgubre y a la vez luminosa aparece hoy reactivada. Escoges al azar de la estantería aquel mismo libro de tu vieja juventud ensotanada, el Del amor de Stendhal. Y entre sus hojas encuentras un papel doblado que dice:
Aquí me tienes de nuevo. Soy Dione, aquella chica peonza, satélite de Saturno, que te volvía loco en tu juventud pasajera. No en vano Saturno, el planeta del que estoy locamente enamorada, es el dios del tiempo, capaz de convertir el pasado en presente.

jueves, 27 de marzo de 2025

Los conejillos de Cortázar


No es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto. (Bestiario. Cortázar).
¿Cómo es posible que en tan poco tiempo la hija de mi vecina, la mujer del hombre de la furgoneta blanca, haya crecido tan deprisa? Veo ahora a la zagala delante de mí, acompañada de un apuesto muchacho. Ayer mismo la madre la llevaba en brazos dándole de mamar. Las cosas no pueden cambiar así de la noche a la mañana. Desde el principio de nuestra era, filósofos, biólogos y políticos vienen diciendo que la naturaleza no da saltos, que actúa lentamente, que para asfaltar un simple socavón en la Avenida de Los Castaños, o construir una residencia de ancianos en Molina de Segura, hace falta remover Roma con Santiago. ¡Y ni con esas! Y no como hoy, que una chiquilla recién nacida, a los dos días amanece ya crecida y reluciente como los pepinos de la huerta que no hay dios que de la noche a la mañana los reconoca. O que una España tranquila se levante esta mañana deprisa comprando papel del váter y corriendo desconsolada a refugiarse en la estación de autobuses, en el Mudem o en cualquier otro refugio inexistente, antes que la guerra anunciada por Europa nos acribille como conejos en su madriguera, perseguidos por el miedo y las bombas nucleares.

Todo va muy deprisa como las cabras locas que se pisan unas a otras. Menos este cuerpo mío inamovible, sentado sobre este banco del paseo, encima de una acequia soterrada que serpentea paralela al desvío. El desvió cruza el pueblo por el extrarradio que da al río. Los arboles sonríen a un abril que se retrasa espantado por los detractores del cambio climático. Me distraigo frente al sol tibio leyendo Carta a una señorita en París, antes que un conflicto bélico impesable me arrase tal como anuncia Hadja Lahbib la comisaria de la UE. Tres cosas irrenunciables me quedan de lo que me queda de vida: un buen desayuno con pan-aceite-y-sal, un café bien cargado mirando pasar la primavera trasluciente de la hija de mi vecina Andrea y el gusto por la lectura.

La hija de mi vecina me saluda atenta como si yo fuera el mismísimo autor visionario de la historia que estoy leyendo. Levanto mis ojos del libro para contestar sus buenos días. Ella, rauda cambió su biberón de leche por el joven que bien acompaña su pubertad recién estrenada. Aquí todo el mundo corre. Corren los niños a la escuela. Antes de llegar al colegio ya serán mayores, menos yo que permanezco ya mayor desde hace tiempo apoltronado en este banco fijo de madera. Por cierto, la madre de la muchacha que cambió su biberón por el beso de un muchacho, también se llama Andrea, como la dueña remilgada del apartamento de Buenos Aires que una señorita le dejó prestado al caótico y alocado protagonista del cuento que estoy leyendo. Extiendo mi mano sobre la página trece para que no se me escapen los vomitados conejitos de este relato tan absurdo, simbólico y sugerente. A duras penas mis dedos leñosos, púrpuras y crepusculares pueden sostener el libro. Me senté aquí enfrente de mi casa, sentado en este banco de madera que hace sonar mis huesos como campana de ánimas.

Miro ahora los árboles-botella del paseo que, en tan solo dos o tres veranos, se han llenado de gloria y fuerza como los bueyes de la fábula de Esopo. Escucho el tempranero jugar de los pájaros entre el verde de sus hojas cantarinas, el abrazo dulce e interminable de dos jóvenes que han preferido hacer novillos y librarse de las monsergas y los drones de la profesora de Ética. A mi alrededor todo el mundo cambia, el relax se hace desvelo, el status quo de un mundo estable se tambalea. Miro también mis pies quietos al caer de un insensible y solitario banco de madera. 

También se apagaron mis sueños correteros como los conejitos de Cortázar. Sus noches no tienen luz, ni farolas, ni estrellas, ni árboles de botella. Unos locos de la guerra quieren arrancarlos de cuajo y encerrarlos en el oscuro rincón de un armero.

miércoles, 12 de febrero de 2025

Lean para vivir



Doy con el texto perfecto. Le mot juste. Luego me digo: ¿Y qué me queda de lo que he leído? Una sensación plácida, innombrable, momentánea, sin fondo, sin tierra, sin agua, ni humus. No me acuerdo de nada, nada que pueda brotar, ni una planta, ni una flor, ni siquiera una idea, sólo un sentimiento metido en un capazo, unos ojos cansados, una libreta ilegible, unos tomates, un huevo duro y dos manzanas.

Y al rato, tampoco del sentimiento me acuerdo. La emoción se esfumó formando parte de las nubes del olvido, de lo vivido allá en la Huerta Arriba, eso que los entendidos de lo oculto llaman subsconsciente, el alma inaccesible, ese misterio del que dicen formamos parte, pero nadie, ¡ay insensibles! lo sentimos. Y como el iceberg aquel de la Antártida, el más grande del mundo, sólo a mi memoria asoma un trozo insignificante, y que incluso, con el deshielo de los tiempos, también desaparecerá contra las puertas de Plutón. No lean, como hacen los niños, para divertirse o, como los ambiciosos para instruirse. No, lean para vivir. Gustave Flaubert.

lunes, 13 de enero de 2025

Los cinco diamantes de Casiopea


 
En esta mañana de vientos desapacibles, una risa sana, suave, alegre trae a mi airoso ánimo el primer relato (Así murió Mamadou) de La versión de Judas de M. Moyano. Una risa además, inteligente, ingeniosa y pedagógica. Esa manera sutil, sin adoctrinamiento, insinuante, a modo de fábula o metáfora. El humor y el dulce ingenio, la sabia ironía, las mejores vías para que el tren analfabeto de nuestras vidas aprenda a circular libre y sin atropellos. Los seres humanos estamos empeñados en provocar accidentes, conflictos innecesarios, sacar de nuestra chistera ratas y culebras donde sólo hay delfines y palomas. Y convertir en desastre y guerra la paz y la armonía de las estrellas. Y si pudiéramos, con tal de salirnos con la nuestra, ¡estúpidos los humanos!, invertiríamos hasta la ley de la gravedad y le arrebataríamos al cielo los cinco diamantes de Casiopea para traficarlos por armas de fuego.

Pero está de más, no procede ponerme tan propedéutico y moralizante, método a todas luces contraproducente para el buen aprendizaje. Bastaría tan sólo con leer el primer relato de La versión de Judas de Manuel Moyano.

(Continuará)

domingo, 12 de enero de 2025

El magnate

 




Son las tres de la mañana. Me dirijo a las puertas del Corte Inglés. En su aula cultural, Elon Musk presenta este domingo su libro La reconquista espacial. Ya hay gente en cola. Hasta las doce del mediodía faltan nada menos que nueve horas. Palos a gusto no duelen, doy por bien empleado el largo tiempo que debo esperar hasta ver en persona al mismísimo magnate cósmico. Lo de llevarme como recuerdo un libro suyo firmado me trae sin cuidado. ¿Para qué quiero yo un libro? si con el móvil, sacar al perro, acudir al gimnasio y comentar con mis amigas a la hora del aperitivo las gracietas de David Broncano, apenas me queda tiempo para otra cosa. ¡Eso sí!, cuando se trata de ver en carne y hueso a quien contra viento y marea ha demostrado tener los cojones en su sitio, soy capaz de aguantar carros y carretas. Con tan sólo darle un beso en su carita de rosas, de niño grande... me conformaría. 

El tiempo corre que vuela. Es mi turno Estoy muy nerviosa, más nerviosa que cuando aprobé la selectividad. Esto parece el entierro de la sardina, codazos, empujones, pero ¿quién no disculpa un pisotón en tan inaudita refriega? Nunca fui fetiche seguidora de galáctico que anduviera vanidoso marcando paquete. Pero a fuer de ser sincera este macho có(s)mico me pone cual gallina ponedora. Viste botas de cuero, jeans de diseñador y camisa a cuadros, chaqueta americana. Es alto y fornido, de movimientos elegantes, aunque un poco patán, con aires de vaquero galáctico y seductor. Ancho de hombros, robusto y fornido. 

Ni siquiera guardo como recuerdo el billete de avión de mi de luna de miel a Malibú. Pero esto es otra cosa. Mientras que el guapo de Elon sonríe, saluda, gesticula y escribe su dedicatoria a la joven pija que va delante de mi, yo me hago la tonta, cojo el vaso que hay en su mesa y, sin que nadie llegue a percatarse de mi idolatrado atrevimiento, bebo de su líquido elemento. No me da vergüenza decirlo, ¡poner mis labios donde los suyos, libar su dulce jugo refrescante de cola me causa tal placer que no me cabe un cañamón en el culo! Entre tanto jaleo nadie se percata de mi atrevido y sensual comportamiento.

Llego a casa totalmente realizada, me siento otra, rejuvenecida, como salida del baño. Pero, ¡qué casualidad, es increíble! De pronto empiezo a vomitar, todo me da vueltas, no paro de temblar, salpullidos y picores por todo el cuerpo, noto el bello de mi cara que aflora cual el de la mujer barbuda sobre todo por encima de la superficie carnosa de mi labio superior.

Luego en urgencias, tras los pertinentes análisis y radiografías, el médico deja claro su diagnóstico: Cuadro epidérmico agudo, originado por un virus, extraterrestre, indefinido y mutante. El galeno me pregunta: ¿Últimamente ha mantenido usted relación íntima con..?  Hace una pausa por respeto, para seguir luego informándome de que se trata de un germen pernicioso que se transmite principalmente por la saliva. Su patología -añade-, tiende a provocar en sus pacientes conductas agresivas, colonizadoras, complejos, trastornos de personalidad, aires de grandeza, megalomanías y otras fobias. Debería usted, a la hora de compartir bebidas y otros alimentos, abstenerse del contacto con personas sospechosas de ser portadores de estos bichos expansionistas y reaccionarios, fóbicos y ultra conservadores. Son muy peligrosos, se propagan fácilmente. Últimamente su contagio se ha dejado notar de manera furibunda por Alemania, y me han dicho que sus efectos maliciosos, hasta en Georgia...  Cuide por tanto señora su salud. Para aminorar sus picores y otras acedías capilares le receto "adormebellum", es una crema muy eficiente para estos casos. Deberá usted ungir su cuerpo varias veces al día si quiere mantener su piel como se merece...

Y heme aquí ahora, aburrida en casa, hecha una bigotuda, con mi mostacho de gata encabronada, sin poder sacar ni el perro a la calle. Todo por la ingenuidad de meter mis narices en la misma copa de don Elon Musk, el magnate.

martes, 18 de junio de 2024

Peces como cucarachas


 

Cuando leí Bocanadas pensé que tú no serías su autor. En la contraportada del libro bien que aparecías con tu melena blanquiazul sobre el guardabarros de tus orejas atentas, con tu vigorosa barba rala, tus ojos negros y viriles, encendidos, encendidos como el oro de las letras de tu nombre bajo la mejor foto de tu presumida galería. Imposible que fuera tú, ¡un ser tan reservado! Cuando escribías, perdías la vergüenza, te despojabas de tus vestiduras y te quedabas desnudo ante el lector.

Dentro del agua los peces son divinos, transparentes, diáfanos, puros, encantadores. Irradian claridad, luz imanadora. Son únicos, hermosos, limpios, inigualables. Por el contrario, fuera del agua, cambian por completo, son otra cosa: grises, apagados, mustios, ratas exánimes. Cuando tú metido estás en el dulce y bello caldo de tus escrituras eres la hostia. Como el pez en su hábitat eres brillante, te muestras cercano, lleno de empatía, derramas humanidad.

Cuando leí Bocanadas no te reconocí. Siempre te tuve como una persona amorfa, sin músculo, sin sangre en las venas, incapaz de enamorarte al amanecer, al mediodía o a la tarde. Incluso a la sombra de la noche cuando las velas del amor estallan de pasión, y las estrellas del cielo como campanas de placer revolotean luminosas, siempre te encontré oscuro, frígido e inapetente. Imposible que fueras tú, con tu mística prosa el que hicieras latir mi corazón a la par del tuyo. Y es que cuando escribías te transformabas. Dejabas de ser el hombre huraño, mezquino, receloso, sin empatía con el que yo siempre había tratado.   

Te leía y te veía enamorado de la tierra, del mar, del monte, de la mujer y del hombre y sentía latir tu corazón a la par del mío y ponías en movimiento esta máquina pesada de la que estoy hecha. Y respiraba tu mismo aroma, extasiada quedaba del fuego, de la paz y del canto de tu voz. Tus frases, metáforas y alegorías me trasladaban al País de Nunca Jamás donde nadie medra, la luz reina sobre todas las cosas, nadie roba, nadie mata, nadie tira al contenedor amarillo las vísceras orgánicas de sus excrementos.

Luego cuando terminó la presentación de tu libro, me acerqué a la mesa para que me lo firmaras. Me reconociste. Y me comentaste: Si de verdad, mujer, quieres saber quién soy, no te creas nada de lo que escribo. Miento como un bellaco. Bocanadas es un embuste. Los peces del fondo del mar no son flores, son grises y marrones como las cucarachas.


sábado, 18 de mayo de 2024

Zapatos




Tras la lectura de "Zapatos" de Paco L Mengual.

Sabrás, amigo, que lo que leemos a veces no tiene nada que ver con lo que el escritor en cuestión escribió. Es como si nuestra lectura se convirtiera en otro libro completamente distinto del que tenemos en nuestras manos. Y esta idea-pensamiento es la que me disculpa de cualquier réplica que pudieras hacerme acerca de mi acertado o inoportuno y breve comentario que te hago llegar, amigo Paco, sobre uno de tus relatos (Zapatos), incluido en "Yo maté al Caudillo", tu último libro.

Estoy acostumbrado a leerte en clave galdosiana, anecdótica, como casi siempre te manifiestas, como notario realista de episodios populares que, por su enjundia, extravagancia, ocurrencia o esperpento siempre calaste en mi,… Pero al leer "Zapatos", he sido sorprendido por el cariz poético y tierno de tu relato. De las cosas que hablas o a las que te refieres, aun siendo sencillas y corrientes, fluye un halo mágico y embaucador, alegre y también triste. Que no todo tesoro ha de estar escondido por fuerza en el más apartado e idílico rincón misterioso y escondido.

Emocionalmente me he sentido gratificado, y a la vez deslumbrado, por tu habilidad de convertir en sublime una simple insignificancia. Y si esta insignificancia fetichista, como son unos zapatos, me lleva además a sentirme vivo, pues ¡no digo más! Sentimiento tan vital del que a menudo pasamos, por estar, cuando vivimos, en otra cosa. Ya lo dijo John Lennon: "La vida es lo que sucede cuando estás ocupado haciendo otros planes".

Gracias, Paco. Tu relato ha sido como una revelación particular. No exagero. Repito: Cada libro, al margen de lo que su autor quiso decirnos, es otro libro más, surgido de nuestra propia imaginación.

martes, 14 de mayo de 2024

Yo maté a Juio César



El comisario Pepe Carvalho en una de sus conspiradoras pesquisas encontró una esquela al azar por mí escrita. Recuerdo que, como quien echa las cenizas de su cuerpo al río para confundirse con la esencia del mar profundo, la guardé entre las páginas de las Historiae de Heródoto. En el estante principal de mi biblioteca exhibía yo aquellos nueve volúmenes encuadernados en letras de oro… Hasta que un día una mano usurpadora, sin que yo me diese cuenta, se hizo con la esquela y con los libros del primer padre de la historia universal. Desde entonces me vi perdido, sin conocer mi pasado, tampoco mi futuro. Por lo que, para verme a mí mismo retratado, me vi obligado a escribir cosas sin fuste, como aquella esquela que decía: Yo maté a Julio César.

Sé de muy buena tinta que esta esquela escrita llevó al detective a denunciarme ante el juzgado. Casualidad del destino, precisamente horas antes, (o lo que es lo mismo: la tronera de más de veinte siglos), en la Curia de Pompeyo, veintitrés puñaladas acabaron con la vida del emperador de Roma.

Nunca me hubiera creído que por tan sólo yo escribir por ejemplo el dardo de la palabra atravesará de muerte tu corazón mendaz, la vida de un mandatario imperial correría peligro. Pero fue así como ocurrió. ¡Hacía tantos años! El tiempo es un instante. Yo tan sólo quise decir que estaba cansado de tanta mentira, desinformación o lawfare, como se dice ahora. Y tampoco eso, porque a decir verdad, ni yo mismo reconozco como mío lo que antes escribiera. Tal es el poder inconsciente y omnímodo de la escritura, ella se justifica por sí misma sin necesidad de ser avalada o reconocida por autoridad alguna. O como dice Octavio Paz: Cuando sobre el papel la pluma escribe. ¿Quién la guía?

Repito: el detective Carvalho fue con el cuento al juez. El juez me citó inmediatamente. Y allí mismo, ante su señoría, me hizo, como alumno cogido en falta de ortografía, escribir tres veces yo maté a Julio César. El magistrado dedujo que aquel texto por el trazo singular y virulento de mis grafías, (las eles como espadas y las jotas como puñales), a las claras me delataba. Puño y letra son suyas, -sentenció el alto tribunal.

Es cierto. Yo escribí aquella nota; pero confieso que no fui yo quien asesinó a Julio Cesar, fueron las palabras que sin yo querer clavaron el puñal en el corazón empoderado del César de Roma.

sábado, 11 de mayo de 2024

Los días usados

 


Angelina Mango La noia (el aburrimiento). Eurovision 2024)

Recreándome estoy con una exquisita antología de literatura fantástica presentada por Bioy Casares. Relatos de autores de merecido renombre (Allan Poe, Rabelais, Papini, Eugene O’Neill, Sivina Ocampo, Maupasant, Kipling, Kafka…) sacian mi apetito.

A lo largo del tiempo, este tipo de literatura ha entusiasmado y enardecido a innumerables lectores que necesitamos la magia, la ilusión y el milagro para sobreponernos a la cotidianidad de los días usados.

Resumo aquí el primer cuento de esta recopilación que me mantiene secuestrado. Sennin. Su autor, Ryunosuke Agutagawa, un escritor japonés (1892-1927).

Un rústico campesino busca trabajo para que alguien lo contrate para cualquier clase de trabajo con la sola condición que le enseñe la manera de convertirse en Sennin.

Una pareja formada por una mujer astuta y un ponderado médico aceden a su petición. Lo contratan por veinte años sin remuneración alguna, prometiéndole que al cabo de ese tiempo le revelarán el secreto para ser un verdadero Sennin. La mujer del doctor interviene:
Bien, pero usted debe hacer todo lo que yo le mande, de lo contrario tendrá que trabajar a nuestro servicio otros veinte años más.
El campesino accede al trato. Concluido ese tiempo, la mujer le ordena que se suba a lo más alto de un pino que tienen a la entrada de la casa. Cuando el campesino alcanza obedientemente la cima del árbol, la taimada mujer añade:
Ahora tiene que soltar la mano derecha de la rama en la que está agarrado.
Una vez el campesino cumplió la orden, la mujer, insiste:
Debe también soltar su mano izquierda.
La mujer estaba completamente convencida que, tras su requerimiento, el campesino caería muerto contra el suelo. Pero no ocurrió así. La mujer quedó completamente, no sabemos, si contrariada o asombrada, al ver como el campesino poco a poco se difuminaba sobre el azul del cielo convertido en un verdadero Sennin.

martes, 23 de abril de 2024

Día del libro



Recuerdo cuando era un niño, me creía todo lo que leía. Veía la verdad en las letras. Todo documento escrito tenía para mí un valor sagrado. Las cosas no podían ser de otra manera. Leyendo navegaba por rutas conocidas. Seguro era mi caminar aunque anduviera por senderos tenebrosos. Ni por asomo se me ocurría pensar que, si un libro decía que la tierra era plana, pudiera yo figurármela como un huevo. Cualquier documento escrito era la base para todo desequilibrio. Claro, que por aquel entonces todos los libros eran infalibles. Y si algún texto maldito disentía del Canon, proscrito era, y de inmediato arrojado a la hoguera de la ignorancia.

Pero en mi adolescencia tal vez, persuadido por ese afán e instinto juvenil de querer nadar contra corriente, llegaron a mis manos autores heréticos, iconoclastas. Y fue entonces cuando me di cuenta que la verdad no sólo está de una parte. Que cada cual escribía según le iba. Y yo tuve que afogar y desatar mi represión lectora oxigenándome de teorías adversas. Fue cuando me enamoré de lo prohibido. Y experimenté que la manzana de la tentación tenía sabores tan auténticos como el pan de las letras del evangelio.

Hoy ya, a mis años, más sereno y condescendiente, (y a la vez más dudoso), soy capaz de descubrir mentiras en todos los santuarios de la verdad; así como verdades en los mentideros más canallas. Flores en el desierto. He compartido mesa con comunistas explotadores, conservadores de izquierda, cristianos ateos, viejos con quince años, jóvenes moribundos. He conocido lectores de largo alcance y escritores de vista cansada. Y en el corazón más cruel he descubierto hasta el sentimiento más tierno.

miércoles, 20 de marzo de 2024

Leyendo a Proust

 


Leyendo a Proust me reafirmo más en aquella pregunta que en otro tiempo interiormente y en silencio me hacía, y que, ahora, con la edad, más suelto y libre de puritanismos absurdos, exteriorizo hacia afuera:
Si por casualidad hubiese nacido mujer, ¿me habría enamorado de un hombre?
Desde mi actual identidad masculina, contestar a esta pregunta no es fácil. Sería aventurado anticipar mi comportamiento sexual en un contexto no dado. Debido al principio de no contradicción (imposibilidad de ser al mismo tiempo mujer y hombre), sería como meterme en harina de otro costal, algo fuera de toda posibilidad ontológica. Y esto lo digo desde el respeto a los adelantos de la ciencia genética, así como comprensivo con las distintas opciones y orientaciones que cada cual al respecto pueda o quiera tener.

Pero siendo sincero, acepto mejor la homosexualidad femenina que la establecida entre dos hombres. Y esto dicho así, a la ligera, tal vez contenga un viso machista y por tanto censurable. Lo que sí sé, desde el punto de vista de la propia belleza, que encuentro más gozoso y tierno el vínculo entre una pareja de chicas, que la celosa y vigorosa relación entre hombre y hombre. Y que me perdonen los hombres celosamente enamorados de otros hombres.

Y así Proust descubre en algunas personas, antes rudas y frías, hoy como más amables y cercanas. Lo mismo al revés: personas anteriormente débiles y cohibidas, hoy empoderadas y desenvueltas. Nuestra vida, como el tiempo y los ríos de Heráclito, es un proceso continuo, nunca acaba de hacerse, uno siempre está haciéndose. Nada acaba sino cuando termina. La esencia de nuestro yo no está del todo concluida y cerrada sino cuando estamos muertos.

Proust y su intención tan repetida y expresa de dotar a algunos de sus personajes de cierta ambigüedad, tonos confusos e indefinidos, como queriendo incitar al lector al placer de lo no expresado, lo desconocido, por lo jamás nunca visto y poseído, por lo invisible, características todas ellas a mi juicio consustanciales al amor más puro. Y no es que Proust dotara a sus personajes de una bisexualidad camuflada, sino que por su peculiar manera de ser, él era la ambigüedad misma. En definitiva como todo escritor, Proust más que escribir, se escribía a sí mismo:
... aquel hombre que tanto presumía de virilidad, aquel hombre al que todo el mundo le parecía odiosamente afeminado, me hacía pensar de pronto en una mujer: hasta tal punto que tenía pasajeramente los rasgos, la expresión, la sonrisa de una mujer.
Conceptos como virilidad y fuerza, (el hombre y el oso, cuanto más feo, más hermoso), han estado muy encorsetados bajo el paradigma de un patriarcado interesado por el poder, la posesión y el dominio. En cambio la delicadeza, la belleza, la dulzura, el refinamiento, reservados estaban a la mujer. Afortunadamente hoy estos conceptos son más inclusivos y de su gracia y utilidad deberíamos servirnos al igual hombres y mujeres.

Hoy, 19 de marzo, día del padre es un día también ambiguo. Pues hay padres que hacen de madre y viceversa.

lunes, 11 de marzo de 2024

La triste dulzura de la muchacha en flor

 


Estoy leyendo Luz de agosto. Rostros sin acabar, a medio esculpir. Cuerpos vagando en un mundo sin alma por cuadras, prostíbulos y tabernas. Desde una escritura amargada y cortante, caminos solitarios, senderos interminables de dolor y tierra. El libro exhala un misterio hipnotizador, como esas serpientes que con su aliento engullen a quienes frente a ellas detienen su mirada. Me encuentro con un Faulkner complejo y enigmático, un tanto atravesado. No porque no lo sea, sino porque su enmarañado apodidactismo me cansa. Sí, ya sé que Faulkner, lo mismo que Yoice, es muy versátil, capaz de escribir sublime, complejo y extraordinario. O tal vez yo sea un lector de literatura fácil y comodona que huye de los libros especializados, escritos para gente literariamente erudita. Pero, a pesar de ello, Luz de agosto me retiene atrapado.

La novela se desarrolla en un contexto gótico, endiablado y trágico, de intolerancias sin razón ni causa. Ambientes oscuros y terribles, caminos interminables y tenebrosos, iteraciones en el tiempo. La misma ambigüedad de sus personajes: controvertidos, complejos, cándidos y crueles, (el magnetismo de Christmas, la inocencia de Lena, el sanedrino de Hightower...), me aturden, me confunden, agotan mi interés. Necesito un descanso.

Intento escaparme de estas letras tortuosas. Mi determinación de abandonar la lectura no tiene nada que ver con la excelencia del libro. Este parón es sólo emotivo y circunstancial. Salgo a dar una vuelta. Me tomo un respiro. Y por la calle me encuentro con la expresión amargada y, al mismo tiempo, espiritual y bella de una joven que me alegra el corazón. Regreso a casa. Y al rato, ya estoy pegado de nuevo a Faulkner, al drama trágico de su novela, al drama de la vida: violencia, odio, delación, tiranía, vida, sumisión y ¿por qué no? también inocencia, esperanza y ternura.

Mi curiosidad por conocer cómo acaba el conflicto, la confrontación de los hechos, al parecer irreconciliables, me hace volver de nuevo al libro. Quiero saber cómo acaba, qué es lo que al autor le hizo escribir Luz de agosto. Por encima y al margen de lo que su autor cuenta y su desenlace, me interesa sobre todo lo que Faulkner quiso decir, (sin decir), a los lectores con esta novela llena de insinuaciones bíblicas y mensajes callados e indescifrados.

La belleza no por ser bella ha de ser siempre feliz y de fácil adquisición. La máxima belleza suele ser inasequible y desesperante. La tristeza puede ser también bella, bella como las lágrimas de una rosa dolorida, atrapada entre sus espinas.

Finalmente busco título para este sui géneris y modesto comentario de Luz de agosto, y sin venir a cuento, o tal vez sí, (por haberme tropezado con la delirante joven a la que antes hice mención), se me ocurre el siguiente epígrafe: La triste dulzura de la muchacha en flor. Gracias, Marcel Proust, por acogerme bajo la sombra de tu evocadora expresión.