viernes, 23 de enero de 2026

Las semillas que plantamos



Los recuerdos son las semillas del eterno retorno 
(Nietche)

Hace tiempo que unos cuantos amigos enterraron los restos de sus tiernos días vividos bajo la sombra estirada de la torre de una catedral de provincia. El eco de las campanas, cantando las horas canónicas de su tímida juventud festiva, sepultado quedó por el murmullo de unas aguas mansas frente a los molinos de un río. Como despedida, antes de separarse los amigos, plantaron un esqueje de vid que les trascendiera y, en el futuro, se convirtiera en un sombroso parral de dorados racimos de uva prometedores.

Los muchachos luego, cual dice el refrán, (cada mochuelo a su olivo), alzaron por separado a sus asuntos el vuelo. Como el ciervo huiste, / habiéndome herido; / salí tras ti y eras ido. Y el piular del ruiseñor les causó pena, triste llanto dolorido, cual el de aquellos polluelos implumes que fueron por la serpiente del edén despojados de su nido. Los pájaros plegaron sus alas cubiertas de tristeza y de rocío sobre el manto alejado y mudo del olvido. Si te he visto no me acuerdo. Los pétalos de su plumaje brillo cayeron al vacío. Pobres, destetados del abrazo de una amistad apenas renacida.

Flores desvestidas de su canto y su donaire, tuvo a bien el viento esparcir la semilla de su juventud enclaustrada sobre una tierra acogedora y fértil de recuerdos inmemoriales.

Al cabo de los años, la casualidad del destino (o el desatino) vuelve reunir a los viejos amigos. Los jóvenes de entonces se congregan ahora esperanzados en el mismo jardín de su pasado, donde ayer de consuno plantaran aquel injerto de vid prometedora. Y quieren significar este grato sentimiento vívido y motivado por su fraternal rencuentro. Quieren resucitar el tiempo perdido, rescatar el fruto de las semillas que en su divina juventud plantaron. Tan fuerte es su nostalgia sentida, que los amigos, como el mago aquel del cuento de Fierabrás, quieren unir el presente y el pasado en un solo cuerpo, fundir el ayer y el ahora en un mismo instante. El tiempo es relativo. 

Y así es como quedaron sobrecogidos los amigos al contemplar que el tiempo, su solaje y el abono florecían sobre una rama de la parra en el canto de la dulce filomena, aquel ruiseñor que a Juan de la Cruz le sabía a éxtasis placentero:

Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía
y luego me darías
allí tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día.


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