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miércoles, 9 de mayo de 2018

Dasein categórico cuestionado



Aquel que se perdió en la isla, (sin saber que él mismo era la isla), anda de aquí para allá por trincheras de arena de un mar de eras revueltas de paja y mierda. Hastiado de su extravío, le dice a su sombra desbaratada contra el cristal del agua yerma:
Si en lugar de nacer invierno hubieses nacido primavera bajo un nogal de Castilla… Si en lugar de casarte con la hija del hornero lo hubieses hecho con su pan y con su fuego… Si en lugar de licenciarte en Teoría de la Razón Pura te hubieses doctorado en Nada… Si tal vez hubieses sido aquel jilguero en equilibrio sobre el filo de un horizonte en calma…
Quien hoy vagabundea por una playa desierta, lleno de incertidumbres y estornudos se consuela diciendo que todos llevamos el paso equivocado, que la mujer que tenemos, debió ser la de otro. Y la suya, la de un tercero, aquel que se fue por tabaco y hoy al cabo de veinte años todavía no ha vuelto. Nadie está contento con su suerte.

La vida de este hombre hoy es una cuenta sin saldo, ese espacio, ese tiempo, esa otra geografía aún no conquistada. Y aun así, en caso de que hubiese alcanzado la cima de esa montaña mágica jamás coronada, también se quejaría de su vida, esa piraña que se desgarra a sí misma entre el ser y el tiempo trastocados.
Prefiero ser un fracasado, –se miente a sí mismo-, y no un borrego dichoso de prado en prado de hierba atiborrado. Pude ser Aquiles, pero me tocó ser un vencido por la furia del hijo de Peleo. Formo parte de una estirpe estancada, geoda sin cristalizar, ese huevo metódico de contradicciones cocido, esclafado en mi dubitativa frente perlada y calva.
El hombre, ese vagón de mercancía que perdió un día el tren de su destino. Todo está determinado. Y si no lo está, también. El azar, ese feto, ese tipo heideggeriano. Ya nada es posible después de haber sido engendrado. El Ser, siendo nuestro propio ser, no sido. Mejor olvidar lo que pudimos ser y no somos. Ese dasein filosófico, proyecto y puerta del ser a otra posibilidad, es imposible. Lleva pasando este hombre por la isla de la Gran Vía la tira de años. Y siempre ve al mismo pobre de rodillas con su cartel de su nombre al cuello pidiendo limosna a los rentistas que salen de la Agencia Tributaria. Es nuestro deber, y no el de Dios, liberarnos de las ilusiones y evitar los errores. (Descartes).

martes, 13 de marzo de 2018

No todo es ciencia



Recuerdo aquel día que allá por las postrimerías del siglo pasado fui a comprar mi primer ordenador.

En tecnología impera también el binomio cuerpo-mente. El programa, la idea, el cerebro de la computadora recibe un nombre, mientras que el chasis, la carrocería se llama de otra manera. Ni uno sin el otro son nada. Ambos se necesitan como en el barro el agua y la arena. La sensación que el elemento invisible es el más relevante es pura apariencia. Aquello que para nuestros sentidos no tiene forma parece como si fuese lo más importante. La invisibilidad de la esencia necesita de la corporeidad tangible para darse a conocer. Lo accidental se convierte a veces en sustancial. Lo más lógico sería que hechos trascendentales se debieran a causas o principios también trascendentales. Pero la configuración de la realidad es tan sorprendente y caprichosa que motivos insignificantes dan lugar a obras de gran envergadura. Y así la inesperada casualidad o simple encuentro de dos personas cuaja en pareja, reacción que supera las fortuitas formalidades que hicieron posible su amor. El efecto y la causa, siendo éstos de índole a veces tan dispar, entre ellos existe una complicidad interna, que al margen de su potencialidad y naturaleza, determinan realidades que superan mi comprensión, me maravillan.

Y siguiendo con el paralelismo entre mente y cuerpo, software y hardware, carrocería y alma, me atrevería a decir que tanto lo que se mueve y no se mueve, lo que brilla y no brilla, lo continuo y lo discontinuo, lo real y lo aparente, lo tangible y lo intangible, lo determinado y no determinado, todo lo que tiene vida bajo el sol posee una parte en común con el resto de las realidades de la que forman parte. Yo con el agua, el agua con la piedra, la planta con el mar, el mar con el aire, el aire con la arena, la arena con el fuego, el fuego con la mente, la mente con la conciencia. De aquí a proclamar la hermandad universal y cómica sólo hay un paso. No todo es ciencia. Ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma. (Rabelais)

No debería ser yo tan ingenuo y atribuir sólo a los elementos invisibles los honores de la obra llevada a buen término. Sería injusto por mi parte reconocer el éxito de la fabricación final sólo a los elementos visibles. Tampoco se trata de repartir proporcionalmente en equitativa distribución los aplausos según el índice de participación de cada uno de ellos en la tarea. La relación entre ellos no es gradual, ni sumativa, es simplemente concurrente.

La termita, la oruga o la estrella no tienen celos de la flor ni del agua. Sólo los humanos con nuestra manía de buscar las cuatro patas al gato nos rebelamos contra la armonía misteriosa que configura la realidad que nos congratula, configura y circunda.

martes, 13 de febrero de 2018

Elefantes en mi bañera




Escuchas sin oír nada. No sé si oyes voces o sientes el chasquido de los elefantes en mi bañera. Tus ojos, fijos en el brillo infinito del poto de la entrada.

Entre tú y yo, una escupidera donde arrojamos lo que se nos encasquilla en la garganta del alma.

Te pregunto:
¿Qué es lo que no te perdonarías?
Contestas otras respuestas, a otro elefante. Tú sólo hablas con los fantasmas. Tu mente te prohíbe comunicarte con cuerdos de mi catadura. Contesto a preguntas que jamás me hiciste. Por ejemplo:
A todos aquellos que no conozco los conozco de algo.
No es mi mala leche, es tu mala estampa reflejada en mi cara.
Gracias a tu locura soy mejor persona.
Te tomas la vida muy en serio; crees que no te vas a morir nunca.
Nos comportamos como nos miran, más que como nos vemos.
Escribo como quien toma apuntes en clase de economía sumergida. Mi escritura se la debo al taponamiento de tu mollera que me hace poner texto y relato a las voces mudas que enmudecen mi visión en tromba.

Los dos nos llevábamos a matar. Fuimos novios de la misma piedra, del mismo mar, de la misma gata, del mismo árbol. Rivales por la última atmósfera de aire que quedaba en la Tierra agonizante. Se nos acusó de ser los responsables de que la sierra de Carrascoy esté donde no está, de habernos comido los huevos de oro de la Cresta del Gallo.

Luego coincidimos en el trullo. Antes de ser ejecutados, nos abrazamos como iluminados, como si fuésemos hermanos de toda la vida, hijos del mismo planeta contaminado. 

martes, 6 de febrero de 2018

La guadaña del tiempo







¡Qué alegría volverte a ver! Hoy quisiera apoderarme del pasado, meterlo en un costal, aceituna por aceituna, y sentir el acrisolado frote de tus manos por mi acartonada piel.

Que sepas, hijo, que tiempo ya deshecho y traído a la memoria, da más pena que gloria.

¡Me hace tanta ilusión recordar la vida que ya no vivo!

¿Y qué almazara, escogerías para descargar y moler el fardo de las aceitunas de tus años idos?

¡Cualquiera! Me da lo mismo, digamos..., el volver a tu vientre, a la madre que...

Sólo a los muertos y a los que no han nacido, se nos permite seguir vivos. Todos quedamos al capricho del desbarajuste, al antojo de una voluntad secreta que mantiene a tu pobre madre prisionera en esta tumba y a tí entrando en ella.

Madre, yo me fui porque quise y tú te quedaste porque te empeñaste en purgar los pecados que nunca cometiste. Y si regreso ahora que sepas que no es por mi voluntad.

¿No habrás venido, a remover el aguijón de mis penas? Lleva cuidado, hijo, porque mi calvario es también parte de tu dolor varado! Si has venido a recoger mis cenizas, justo llegas a tiempo.

Por supuesto que no. Vengo porque no sé a dónde ir. Cuando uno yerra y pierde su ser en el camino, sus pasos le llevan de nuevo a las aguas donde nació. Tan sólo he vuelto para que me digas, si me dejé mi nombre olvidado por algún rincón de esta casa.

Sí, ahí lo tienes, delante de tu apellido. Te lo guardé envuelto entre las telarañas de esta lápida, puerta sellada y guadaña del tiempo.

¡No lo veo!

Se lo habrán llevado los ladrones de la vida... ¡Arramblan con todo!

domingo, 28 de enero de 2018

El libro de la vida


En tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.
(Góngora)

Fuera la noche se acerca. El ciprés junto a la verja de la entrada vigila la casa. La noche se anuncia sola, noche cerrada. La sombra del ciprés despide su negrura. Estrellas pocas con desgana se asoman entre las nubes espesas. El perro y las gallinas duermen desde el atardecer. Un gato sigiloso atraviesa el cañar. Huye de la lluvia que arrecia. Los ingenuos gorriones sueñan con la generosidad del trigo. Un frío que pela se palpa en la humedad del tronco emborronado de la olivera. Dentro, junto a la chimenea encendida, escribo para no morir en hojas de piedra imperecedera. El olor a leña quemada me embriaga y me olvido del tiempo, del espacio y del oro bruñido que al fuego relumbra en vano. El momento es dulce. Vacía serenidad de un instante eterno. Estoy solo. Fuera, la noche también se las amaña como puede. No veo ni siento sus cristales de escarcha sobre mi piel avivada por la lumbre y su llama certera y viva. Quisiera robarle al tiempo su deslizante arena, detener y guardar sus agujas en estas palabras, tesoro activado, para que, una vez muerto, alguien lea, y a mí resucitarme pudiera. Así lo siento, aún en contra de esta mi mente letrada y huera.

lunes, 8 de enero de 2018

Carne cama




Prometí en gatuna-herencia desvelar los motivos que llevaron a mi tía Clementina a no levantarse nunca más de su cama. Pues bien ya no es necesario. Cuando fueron los de la funeraria a transportar, del lecho al ataúd, a la difunta, encontré debajo de la cabecera un folio explicando ella misma sus por qué. Desde aquí agradezco a la Clemen, allá donde quiera que se halle, el ahorrarme yo tal cometido. ¡Nadie, mejor que ella! Cualquier interpretación o doblaje desluciría siempre el original.

He aquí de puño y letra sus razones:
¿Por qué debería yo hacer caso a quienes a la fuerza quieren expulsarme de mi tálamo? Jamás abandonaré lo que para mí siempre fue nido caliente y recóndito, apacible aposento, útero y madriguera a la medida de mis placeres y necesidades. Aquí concebí a los hijos que no tengo, aquí todavía espero que algún día se despierten, se cumplan mis sueños dormidos. No ha nacido aún ese ángel exterminador capaz de espolsarme como si yo fuera grosera borra de ombligo.
Cerré mis ojos a las malditas fuerzas invasoras que me desheredaban de mis dominios. El deber con sus saetas ya no campaneará horas de esclavitud alguna. Ningún trabajo pendiente atizará con el cíngulo de la responsabilidad mis manos ociosas, nacidas para palpar el dolce far niente.Tampoco la tímida luz de la mañana arañará la mirada somnolienta de mi cuerpo aún caliente. El color del día es gris, tono propicio para el anonimato de la molicie acurrucadora. Mortecino es el respirar de la calle. En cambio estas sábanas aún huelen a aquel hombre que se dejó amar por esta mujer ardorosa y tozuda. Llevo ya muchos años garbillando a la orilla del río, suplicando a la tierra que me devuelva aquella pepita de oro que para mí le dieron un día mis padres, los dioses del Olimpo.

¡Oh fuerzas del destino, dejadme en la cama, respetar mi quiero! No quiero seguir naciendo, no merece la pena el sol que veo, quiero seguir soñando, aunque sé que es mentira mi sueño, pero me consuela al menos, más que la realidad que mis sobrinos me ofertan. ¡Oh fuerzas ocultas que me quitáis el pan, la sal y la hacienda, no me neguéis también el reposo! Como a una mula me sujetáis de las bridas y al mismo tiempo me forzáis a que corra tras los pastos secos.

Me acosté tarde leyendo, en la soledad de mi cama, ese libro que fue mi amante, sirena y elfo. Páginas sedosas, misteriosas palabras, carne azulada de mi desconsuelo, poderío y magia, garabato de un barco pirata cargado de tesoros robados al mismísimo Zeus.

No tiene la vigilia poder alguno sobre mí misma. Desapareció el fin premeditado que me movía a levantarme. No existe ninguna demanda que me haga salir de mi carne cama, de mí misma. Sólo la muerte en su día tendrá la insensatez de liberarme o encarcelarme, de retenerme o de someterme al todo o a la nada. Soy lapa cuyo cascarón se confunde con la piedra a la que estoy asida. ¡Dejad de tirar de mi razón y de pies sin rumbo! No quiero 
espabilada amanecer a la objetividad juiciosa de una cotidianidad estéril y soleada, más estéril y sola que esta propia esterilidad de la carne mía. Quiero continuar acostada, protegida en mi merecida y legítima desgana, a oscuras.

Ninguna luz del cielo impulsa ya mis clorofílicas ramas hacia arriba. Prefiero fenecer en la voluntaria y apacible melancolía deshojada, más que perecer azotada, vapuleada por el vendaval de unos herederos que mienten más que Judas.

viernes, 22 de diciembre de 2017

Entre el amanecer y el alba




El alba y el amanecer, aún siendo sinónimos, a mí me saben distintos. Amanecer es masculino, pero cada madrugada me sale al encuentro cual mujer irresistible desde un balcón inalcanzable, colmado de flores malvas. Amanecer, como verbo incoativo, denota temporalidad. Viene, y lo mismo se va. Su fugacidad es parecida a mi existencia, a la existencia natural de las cosas, esa bugambilla de mi tejado que el triste frío se ha cebado con ella esta madrugada. La transitoriedad del amanecer no solo no me llena, no me sacia, sino que además me deja aún más herido, más ansioso, como perro rabioso a quien se le engaña con un hueso delante del hocico para retirárselo al momento. De ahí tal vez, mi alocada pretensión cotidiana, jamás culminada. Mis ojos siempre vacíos tras el paso del amanecer, trozos de melodías de un piano que se pierden a mi paso por los ventanales del conservatorio de música por donde vuelvo a casa cada tarde, alicaído.

En cambio, con el alba no me ocurre lo mismo. Al ser sustantivo, su esencia no se quiebra por el tañido perecedero de un tiempo conjugado, no se rompe por un paso mal andado, declinado. El alba siempre está ahí, quieta, deleitándome con su calma, su inmutable permanencia. El alba, lejos del ajetreo cotidiano de la movilidad, permanece endiosada por encima de todos los espacios y dimensiones posibles, de todas las cronologías, de todos los sinsabores, desiertos, ríos y clamores.

Y despejado ya el problema de género de estas dos palabras, yo me desposaría, me fundiría con el Alba, ya no por su femineidad, o para verme libre de la necesidad del deseo, sino por permanecer eterno con el goce de su tranquila y serena claridad silenciosas. Pero, ¿de qué me serviría ser eterno, si no puedo conjugar con mi individual conciencia las ricas variaciones y detalles del fluir de un tiempo, con sus luces y sus sombras, sus irregularidades, sus condicionales y subjuntivos tan llenos de ruidos y esperanzas?

domingo, 19 de noviembre de 2017

Agrafía narcisista



No sé si Narciso, antes de verse reflejado en el lago, tendría conciencia de su cuerpo. Creo que no, al menos que se hubiera detenido a escribir, aunque sólo fuera unas breves letras, lo que vio en aquel momento. Tal vez la escritura le hubiese devuelto una visión más acertada de sí mismo, sin esa borrosidad engañosa de su yoísmo exagerado. Por cierto, esta costumbre yoísta de creerse uno el centro del cosmos, hoy está muy de moda, tan de moda, que hasta la publicidad más cansina y petulante la utiliza como gancho comercial. El defecto elevado a virtud. ¡Aviado vamos!

Ocupado y preocupado en tareas que no vienen al caso, estuve por un tiempo alejado de la escritura. Inconsciente y autómata caminé sin rumbo, desconectado.

Recuerdo allá, en mis años jóvenes, un campamento de montañeros por el alto Tajo. Durante unas vacaciones de verano participé con mi familia y un grupo de amigos en un club senderista. Debió ser por la década de los ochenta del siglo pasado. Mis hijos tendrían entonces ocho o nueve años. El pertenecer a un colectivo exigía que nos ajustáramos a unas normas y horarios sin los cuales, tanto la organización como el desarrollo y la culminación de cualquier ruta hubiese sido imposible. El cumplimiento de tales exigencias era para nosotros muy difícil. Nuestra inexperiencia hacía que fuésemos casi siempre los últimos del grupo. Cuando la cabeza llegaba al final de un punto en el que se detenía para reponer fuerzas, nosotros aún no habíamos llegado. Y en cuanto lo hacíamos, todo el grupo se ponía de nuevo en marcha. Así no había manera que nosotros pudiéramos descansar un instante. Recuerdo que llamaban a esta práctica el efecto serpiente. Y a mi memoria venían entonces aquellos versos de León Felipe: Voy con las riendas tensas y refrenando el vuelo / Porque no es lo que importa llegar solo ni pronto / Sino con todos y a tiempo.

Por las abruptas montañas de la Muela del Conde, y los Altos de la Campana caminábamos ausentes, atentos a la respiración, sin poder detenernos a contemplar el ruido jocoso de las aguas del río, que cual ninfas provocadoras exhibían sus pechos espumosos, y así saciar la sed de nuestros corazones fatigados. Castrados caminantes, hacíamos nuestra ruta, máquinas sin ojos, sin alma, indiferentes a la belleza de aquel señorío natural. Nuestros ojos eran los pies, nuestro corazón y palpitar eran los pies, nuestro aliento, los pies nuestra fatiga. Los pies lo eran todo. ¡Maldita sea! Y a mi memoria venían también aquellas palabras del Éxodo: ¡Detente, quítate las sandalias, porque el lugar donde estás es sagrado!

¿De qué le sirve al senderista caminar sino sabe por dónde va? Si el amanecer no es consciente de su belleza, si la flor no lo es de su perfume, ni la canción de su melodía… Si la generosidad de aquellos hermosos parajes no era digna de ser admirada, ¿para qué entonces seguir caminando, si no puedes detenerte y contemplar la belleza que te rodea?

Si a Narciso, en lugar de mirarse las pelusas del ombligo, se le hubiese ocurrido escribir lo que en aquel momento vio en la fuente, tal vez la escritura le hubiese devuelto una visión acertada de sí mismo. La escritura tiene la virtud de iluminar aquellas partes oscuras que nuestra vertiginosa experiencia no nos dejó ver con claridad en su momento.

viernes, 13 de octubre de 2017

Café y lágrimas




Aún teniendo razones sobradas, no es ella la que llora esta mañana. No siente nada. Es feliz en su estado cataléptico. Las pesadas lágrimas que sin darse cuenta, mientras desayuna, caen a la taza del café, no son suyas, son sólo de su cuerpo inanimado. Y no por ello deberían dolerle menos, al contrario. Cuando lloran las piedras y gimen los caminos sin que su corazón de tierra y sus pasos se conmuevan, es que algo gordo está pasando por el alma estúpida de esta mujer insensible y confiada, que no se da cuenta de las garras de la alimaña que por dentro la estrangulan.

Cuando se desmorona un edificio cogiendo desprevenidos a sus moradores, éstos se sienten en cierta manera agradecidos. Murieron sin darse cuenta, sin saborear la dulce amargura de su adiós definitivo. Recompensados por no haber sido doble su pena: el de la espera agónica y desesperada, y su consumación irremediable, dolorida y destructora.

De no haberse desproveído tan temprano el ser humano de su animalidad, hoy, como aquel gato del Gazpachero, que supo ponerse a cubierto antes que la tormenta arreciara, nuestra mujer estaría también a salvo. Su cuerpo le habría prevenido de los peligros.

No hay mayor peligro ni peor remedio que el que tenemos encima sin ser sabedores de su desdicha.

jueves, 14 de septiembre de 2017

La Romería






Te escandalizaste de tí mismo, al comprobar que nada por doloroso o alegre que resultara te hacía vibrar lo más mínimo. ¿Acaso madre te pariera tormo, bruto o psicopático?
Pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
(Lo fatal. Rubén Darío)
Ni siquiera, cuando murió Cobi, el perro aquel, fiel mascota nuestra, ni una lágrima vi brotar de tus ojos. Tampoco saltaste de gozo tras el incendio del viejo teatro Regio, ocupado por un grupo de jóvenes rastafaris que trabajaban para la comunidad limpiando el barrio. Todos salieron ilesos, menos yo, una chica de faldas de vuelo ancho. Mi vestido rojo de flores blancas, aro de fuego al alba. Y yo, como esos perros del circo, en medio, incandescente, saltando dentro. Todo quedó hecho cenizas, mis trenzas, mi blusa de lunares, mis zapatos de gitana medio rotos. Todo calcinado, salvo aquel clavel reventón que me tatuaste a la altura de mi seno izquierdo.
Si nada de lo humano que acontece, me conmueve, - te preguntaste- ¿acaso nací yo sin entrañas?
Pero sentir, sí sentías. Aquel día de romería tú no eras una piedra en medio de tanta gente. Si hasta los semáforos a tu paso por el puente de la Virgen de los Peligros cambiaban de color. ¿Por qué tu corazón no latía, cuando escuchaste el crujir de las llamas por las ventanas del destartalado teatro?

Pero sentir, sí sentías. De lo contrario no espantarías de tus orejas a los mosquitos del río, aquella tarde que los dos al malecón salimos a deleitarnos con el ocaso encendido entre las cañas.

¡Eres capaz de llorar, de aplaudir, llamar guapa a una imagen, con la que juegan romeros como críos! ¡Eres capaz de besar como un niño la cara tallada de una virgen de palo, deslumbrarte, ay demonios, por su corona de ajos, por su bastón de mando, y su manto, por su bandera, y no sentir alegría ni pena al verme arder, desatendida, hambrienta de tí y abandonada!

¿De qué pasta estarás hecho, gerifalte, que ni siquiera un pelo de tu alma se mueve al ser testigo de una hoguera que por igual a los dos el corazón nos parte?

domingo, 23 de julio de 2017

La soledad nunca está sola



La soledad nunca está sola. Yo soy mi soledad. Vivo gracias a ella.

Pobre barquilla mía
entre peñascos rotas,
sin velas, desveladas
y entre las olas solas.
(Lope de Vega)

Otoño de soledades amarillas. Ron Mueck. Y el escalofrío vacío de su Big Man de casi dos metros de altura. La soledad puede que no ocupe lugar, pero esta mañana, su páramo infinito está completamente cubierto de hojas caídas, secas y a merced de un soplo. Y un viento insignificante, invisible arrincona más aún la voluminosa escultura de Mueck contra el ángulo de dos paredes solitarias.

Esta mañana cansado de estar sólo me miro detenidamente en el espejo para hacerme compañía. Non, je ne suis jamais seul avec ma solitude.

La soledad de Lope, la de Mueck como la de Georges Moustaki son de distinto tamaño, pero las tres con su escalofriante vacío rompen la imagen que se refleja en el cristal mientra me afeito.

Dice B. Casares que en la soledad es imposible estar muerto.

La soledad es una mujer encinta preñada del universo. Soledad y conciencia. Soledad y plenitud.

La soledad de las hojas abandonadas del viejo chopo no es triste, está pintada del dulce color de la miel, conocimiento y agradable nostalgia.

No sé quien dijo que la persona se mide por la cantidad de soledad que pueda soportar.

Pero esta mañana un estruendo de soledades a voces rompe el espejo del cuarto de baño, mi animal de compañía, mientras me afeito.

martes, 27 de diciembre de 2016

Nadie ha visto a Dios




Yo jamás he visto a Dios. Un día, hace de esto ya mucho tiempo, pregunté por él. Quería conocerlo de cerca. Sentía necesidad de encontrarme con quien decían que estaba en todas partes. O yo estaba ciego, o a mí me engañaban como a un imbécil. Seguir vivo y no tropezarme con él, me hacía dudar incluso de mi existencia. Que aquel a quien llamaban el omnipresente fuera siempre de incógnito, oculto, exonerado, descarnado, invisible.., mientras yo, el intrascendente, siempre cargado, a donde quiera que fuera, con el obnubilado fardo, la pesada y abultada mochila de mi tangencial e ineludible corporeidad, zahorra y lastre de mi pobre gabarra terrestre, no me parecía bien. Que a Dios le encantara jugar al escondite, ni puñetera gracia me hacía.

Por lo que, a través de unos intermediarios muy bien relacionados con los centros de influencia divina, traté de conseguir una cita con el mismo Dios. Mis intercesores me dijeron que no me preocupara, que muy pronto recibiría una llamada, vocación, esta es la palabra que emplearon exactamente. Menos mal, -me dije-, por fin voy a poder ver a Dios.

Ha pasado mucho tiempo. En honor a la verdad, tengo que decir, que hasta la fecha, a mí nadie me ha convocado. Este llamamiento de Dios nunca se ha producido. Sabe Dios que puse todo mi empeño para que este encuentro tuviese lugar. Subí hasta lo más alto de las montañas, me adentré hasta el desierto, navegué por mares, pernocté noches al raso, busqué en albergues, troté por carreteras, caminos vecinales, desgasté botas y alpargates por sendas y atajos, dormí en el metro, machaqué chinches y pulgas en cárceles y comisarías, husmeé por fábricas y tabernas, pensiones y prostíbulos, incluso durante varios meses me disfracé de pastorcillo  con un rosario en la mano por los alrededores de Fátima, llegué hasta hospedarme en el hotel Ritz de la place de Vendome, en el mismo centro de París, miré bien entre las joyas de sus vitrinas, en la eterna llamarada de la tumba del soldado desconocido, De tanto otear el horizonte me cambié varias veces de gafas, mis ojos quedaron vacíos como dos almendras a quien los gusanos le habían roído su pitarrosa molla, merodeé por los andenes de las principales estaciones de Europa, pregunté a mozos de maletas, de caballerías, mozos de cuerda, de almacén, mozos de labranza... estuve varios meses en las listas del paro... y.... nada. O Dios era transparente y se confundía con la nada, o como dice el refrán chino, es muy difícil encontrar un gato negro en una habitación oscura, sobre todo si no hay gato.

De nuevo, volví desilusionado a mis amigos, los muy bien relacionados, y me indicaron que no claudicara, que siguiera, que mirara, ahora, en el caserón de unos pobres, que por caridad estaban recluidos en un centro de acogida, en un dispensario municipal de una capital meridional del sur del país, a donde como en hedionda cloaca iba a parar toda la escoria de la gran ciudad. Los ojos de Dios se posan en sobre los “anauin”, sobre los pobres, -me dijeron. Pensé, por el buen rollo que reinaba entre esta buena gente, que tal vez, el ubicuo de Dios, ahora sí que se presentaría. El abandono, su desinterés, la buena disponibilidad, el despego de estos mendigos, su cara encendida, la chispa de sus ojos embriagados, su respirar tranquilo, el aliento acalorado, el balanceo dichoso de su no presumido equilibrio, la inspiración etílica, casi sagrada, de sus solemnes palabras, su fuerte debilidad... eran pistas casi seguras. Así que decidí permanecer un tiempo con estos buenos amigos, beber de su vino, dormir en su misma cama, reír su risa, llorar sus lágrimas, comer de su escudilla... y esperar a ver. Por desgracia, al poco tiempo de convivir con ellos como un auténtico “anauin”, una promotora compró aquellos terrenos para construir, justo en el mismo sitio donde se encontraba el centro de beneficencia, una sucursal, de la banca nacional, así es que salimos todos desperdigados como locas golondrinas a quien le han birlado su placentero verano.

De nuevo tuve que acudir a mis muy bien relacionados amigos. Siempre confié en ellos. Sus recursos eran infinitos, mis ganas de Dios, insaciables, tanto como mis contratiempos. Esta vez cogieron un libro de tapas rojas. Adiviné que se sabían de memoria el párrafo que me leyeron, pues mantuvieron cerrados sus ojos todo el tiempo que duró su lectura:
 ¡Ay de aquellos que tornan el juicio en ajenjo y echan por tierra la justicia! La medida del mal se ha desbordado... no se respeta el derecho... no se defiende la causa de los pobres. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, dichosos los perseguidos por ser justos.....
Tras oír aquellas profetales proclamas, presto me alisté en todos aquellos batallones que en sus agitadas banderas bordaban siglas referidas a vocablos como legalidad, justicia infinita, solidaridad y reparto, derecho perdurable, libertad para todos. Sinceramente pensé que estas palabras actuarían como sagrado talismán, como reclamo divino. Con la confiada esperanza de que al final, merecidamente, lograría la visión de Dios, impulsado de nuevo por el consejo de mis amigos orientadores, me vi envuelto en revueltas y motines, combatí codo con codo con sindicalistas entregados, revolucionarios tiernos como palomas, guerrilleros con hígados de león que, como fundamento y fin, en la cabecera de sus programas, figuraba la lucha desinteresada por la conquista de un paraíso para todos. Hasta que en la madrugada de un día bélico, en el que dos civilizaciones se levantaron en armas, comprendí la imposibilidad de ver enfrentados al dios sionista y americano con el dios fundamentalista de los musulmanes. Ver a Dios contra Dios, además de un absurdo, para mí, era una aberración intelectual, una falacia. Yo por supuesto no me figuraba ver a Dios encaramado en un carro de combate o desenvainado su espada a favor de una guerra santa. No es posible la existencia de un Dios que, blandiendo argumentos de justicia y libertad, se levante en armas contra sí mismo, -me dije.

Dios debe estar más allá, -insistí. Y así fue como, otra vez más, volví a mis mentores. Es raro, -me dijeron. Puede que te quede una última oportunidad, la oportunidad del amor, pero ésta, tan sólo te será posible, si tienes el corazón limpio. Así fue como me enamoré perdidamente, inocentemente, con limpieza de corazón, tal como mis amigos me aconsejaron. Debo de reconocer que en esta ocasión estuve a punto de ver a Dios. Cada vez que hacía el amor con una mujer, tal era la felicidad puntual que corría por todos los poros de mi alma y de mi cuerpo que mis ojos se abrían a la inmensidad del universo. Pero una vez que se pasaban los sudores del arrobamiento amoroso, la penumbra divina, el vacío del deseo, la disipación y la oscuridad, de nuevo se apoderaban de mí. Dios tampoco vino a mí, tal como mis guías me habían asegurado.

Desilusionado y malhumorado fui por última vez a ver mis amigos, los muy bien relacionados, los influyentes divinos, pero en esta ocasión, no ya a pedirles ayuda, sino más bien, explicaciones por sus consejos inútiles. Me preparé toda una retahíla de improperios y acusaciones tratándolos de anticristos, anatemas, falsos profetas. Nada más entrar en su casa y encontrarme con ellos, se me quitaron las ganas de desahogarme, además hubiera sido inútil. Al contrario que en las demás ocasiones, en que tanto su hospitalidad como sus palabras siempre fueron atentas y amables, en esta ocasión, sus maneras rayaban la irreverencia hasta el escándalo, se hurgaban la nariz ineducadamente, dejaban escapar sus gases interiores con indecencia y alevosía, me trataron irrespetuosamente riéndose de sus propias pedorreras. Sentí lástima de ellos. Comprendí que ellos tampoco habían conseguido ver a Dios.

Como decía al principio, llevo más de cincuenta años tratando de ver la cara de Dios, hasta ahora, sin conseguirlo. La inquieta preocupación de mis primeros años se ha adormecido como tortuga en letargo. Reconozco que me he vuelto menos andariego, no tan emprendedor y filosófico. Ahora me conformo con sentarme horas y horas delante de un nogal que hay en la puerta de mi casa, lo veo crecer, oigo su savia subir fresca por el interior de su tronco plateado, siento hablar a los pájaros que se posan en sus brazos, escucho cantar a sus hojas cuando el aire las hace soplar a través de la embocadura de sus poros, oigo como el agua se filtra por sus raíces, como su sombra me empapa a besos y a vida. Ya no estoy tan preocupado por Dios.
"Yo creía en un dios pero él no lo sabía, nunca llegó a saber que yo creía en él muchos años aún después de su muerte. En un profundo interrogatorio conmigo mismo sobre el asunto quedé informado de la verdadera situación. ¡Oh, luz de estrellas apagadas que llega con retraso a los ojos en la noche! Yo he contemplado a mi dios tal como era en su gloria antes de la catástrofe. Nunca llegó a saber que yo creía en él y que no sabía que él había muerto."  (Hjalmar Gullberg)

lunes, 19 de diciembre de 2016

Si usted lo dice


Beni Ensar. Terminal Ferry de Melilla. Día del emigrante:
- Espero a Samir ¿Acaso no es usted Samir?
- ¡Por supuesto que no! ¡Mi nombre es Jesús, nombre cristiano por excelencia!
- Pues para mi que yo le vi cruzar por tren la frontera de Melilla.
- ¡Imposible! En Melilla no hay trenes. No conozco a ese hombre. Además ese Samir iba en clase preferente. Yo siempre viajo en tercera.
- Tal vez. Pero sus rasgos le delatan: sus pies me dicen que es usted de Siria; sus ojos, de Mali; sus manos, de Senegal. Por el color, ¿acaso no es usted subsahariano?
- El señor del que me habla, se parece a Mazen, yo diría que es Mazen, que es Omar, Naufal, Radi, Halima, Nazih..., cualquiera de ellos. Todos tienen el mismo parecido. Se lo repito: yo no soy Samir. 
- Vale, vale, ya lo sé. Ese Samir por quien pregunto, soy yo.
- Si usted lo dice.

domingo, 28 de agosto de 2016

Triste amor


Y cuantas veces paseaba corriendo, con su belleza ante mi vista, más fuerte se tornaba mi tristeza. (Las bellas. Chejov).

La mujer le dice al marido:
¿Por qué estás triste, mi amor?
Y ese poder ambiguo de la hermosura de la mujer, que unas veces al hombre le parece odiosa, y otras, querida, es de su propia virtud condición y dual esencia. Y al tiempo que a ella la beldad la encumbra; al hombre, a los pies de ella, sumiso le deja. Y su amor le lleva loco, por los caminos de la amargura. Por las noches ama el cuerpo de la mujer, y por el día aborrece su alma. Y así cae el hombre en el delirio: se enamora y se desenamora a cada instante. Duda de la sinceridad de su amor. Y hasta siente culpabilidad por desear a la mujer a la que de verdad no sabe si quiere. Y de nuevo: vuelta a empezar; para acabar el hombre, ante el amor, cada vez más hastiado y confuso. Si este hombre hubiera sido mujer, se llamaría Madame Bovary.

Y le preguntó el marido a un poeta por qué su querer, siendo en si tan encomiado y tierno, le causaba tanta confusión y tristeza. El poeta contestó:
Todo amor cuánto más bello, más de él distanciado te desplaza. Amor y lejanía: dos relaciones inversamente proporcionales. Cerca: igual a lejos. Y así, cualquier cosa hermosa, en lugar de regalarnos felicidad y plenitud, nos proporciona un áspero sentimiento de poquedad y finitud, limitación y fealdad.
Y añadió Arturo R, que así se llamaba el poeta interrogado:
Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié.
O con palabras de Ortega y Gasset:
La belleza que atrae rara vez coincide con la belleza que enamora.

lunes, 30 de mayo de 2016

Valentino el Grande



Aquella mañana, al ir al mercado de Verónicas, cruzó el río por el puente de la Virgen de los Peligros. En el puente viejo, el sol de la mañana proyectaba sobre el agua la imagen bamboleante de Valentino al hilo de la corriente. Pensó que muy pronto se vería sumergido en el cauce. Retrocedió pues al instante hacia el centro de la calle. Se alejó de las barandillas del puente para evitar que la sombra de su nombre cayera y se diluyera en el fondo, a los pies de los molinos del agua. Y dijo para sí:
¿A qué estos miedos?, aunque mi sombra se ahogara, yo quedaría a salvo. 
Desconocía Valentino que las sombras como los nombres son inmortales, sobreviven a las cosas, a las personas. No hay fuego, ni dios, naufragio, ni tiempo que devore tanto a las sombras como a sus nombres.

Otro día, estando este mismo hombre en el salón de su casa, se le apareció un fantasma cubierto con su habitual túnica blanca. Valentino el Grande se las daba de bizarro. Suele ocurrir, cuanto más aguerrido uno se muestra, más inseguro se siente. No se asustó lo más mínimo. Al contrario, se levantó del sofá, donde tranquilamente viendo la televisión cabeceaba como un gato con el cuello quebrado, y se lanzó sobre el fantasma. De un fuerte manotazo le quitó  al espectro la sábana que cubría su cuerpo por entero cual una lápida a su tumba. Y al ver que debajo de la sábana no había nada ni nadie, fue entonces cuando Valentino se asustó de verdad. Salió como alma llevada por el diablo. 

Los que bien conocen y tratan con Valentino a diario, dicen que, desde entonces, este hombre no ha parado de correr horrorizado. Si antes no se espantaba de lo que veía, por muy alarmante que fuera, ahora, anda continuamente aterrorizado de lo que no ve, y de lo que ni siquiera existe.

martes, 3 de mayo de 2016

El príncipe y el mendigo




Estando yo el otro día contándole a mi nieta El príncipe y el mendigo de Mark Twain, exclamó ella al ver al mendigo portarse de manera tan desleal con el príncipe:
¡Abuelo, y qué malo es el mendigo, ¿no? 
Y fue entonces cuando me acordé de Chejov. En unos de sus cuentos, (En el campo), Estefanía, mujer cargada de hijos y de miseria le dice a Elena Ivanovna, una señora de clase alta, esposa del ingeniero del pueblo: 
Nuestra pobreza nos hace pecar. 
Y quise yo, al hilo de este pensamiento, aliviar el dolor de mi nieta, diciéndole: 
No es malo el mendigo; es su hambre, el no tener casa, el pasar frío, el ser huérfano que le hace comportarse de manera tan injusta
Y vi en el gesto de mi nieta, que no del todo le convencieron y calmaron mis palabras. Los niños no entienden de sutilezas. 

Y me pregunto ahora si fue justo que yo confundiera a mi nieta con conceptos tan holísticos como ambiguos. El discernimiento del bien y del mal es cosa necesaria, si luego no queremos llegar a comportarnos como unos insensibles psicópatas, opacos al amor y al sufrimiento. Ella no entendía, (¿o tal vez sí?), que su abuelo fuera un alocado apologista de la maldad. 

Para solidarizarse con justicia y verdad con los infractores del mal, los inculpados, los criminales, es necesario tener un corazón y un conocimiento que va más allá del que disponemos comúnmente los humanos.

sábado, 16 de abril de 2016

Vis a vis






Estamos hechos de un tejido distinto al de nuestro cuerpo. No eres para mi lo que yo de ti observo y contemplo. Eres la imagen de un sueño que nunca tuve.

Jamás deseé verte la cara. Y no quiero verte. Para saber de ti, mejor pensarte. Te veía y me entendía mil veces mucho mejor contigo a través de cualquier otra cosa. Llegar a ti directamente era no encontrarte. Y tanto me acostumbré a este modo de verte por medio de terceros, de papeles interpuestos, de rejas y de cámaras, de recados delatadores, de abogados y de jueces, que tu presencia hubiera sido el mayor obstáculo para entenderte. Prefería por eso hacer el amor contigo sin mirarte a los ojos, en camas separadas, sin tenerte. Tenerte delante era no entenderte, sería no disfrutarte. O lo que es lo mismo: en el cuadro encorsetado de esta celda, lo que me dieras en el vis a vis prometido de esta pasión en la que cumplo condena, todo me resultaría confuso e incomprensible. Cuánto más cerca, más alejados y ajenos el uno del otro. Te amo si no estás, te quiero más cuando no te veo.

Nunca con mis dedos, amor, toqué tus labios con los míos. Será por eso que siempre te siento hermosa a través del cristal de las visitas; y la saliva de tu lengua, ¡tan sabrosa! Sólo tu belleza se me muestra traslúcida por la transparencia borrosa de los mega-bits de tu corazón ausente y enamorado. Repito: en esta cárcel donde cumplo la sentencia de mis días, los hilos de tu sueño no son los de mi cuerpo, los ríos de mi carne no son los arroyos de mi ánimo. Tu eres otra cosa.

Sumergido en un plasma de aguas turbias, navego entre masajes anónimos, mensajes de contraseñas opacas, renglones y párrafos clarividentes. Te descubro siempre tal como yo quiero. Y si acaso, acabada mi condena, regresara por desgracia alguna vez a tu presencia física, seguro que no te reconocería. Prefiero, por ello, seguir estando preso, a perderte. La realidad viviente, las acacias mustias de la calle Real, nuestras miradas somnolientas, los semáforos militarizados de nuestros pasos de cebra en paralelo, los afanes desganados tras el carro de nuestra esclavitud afortunada, los números rojos de mi amor inconsciente e hipotecado por los arrabales de una libertad impostada, me negarían la verdadera esencia de tu figura.

La fuerte inconsistencia de mi relación etérea e intermediaria me deleita más que mil cuerpos tuyos lascivos de carne y crema. Y entre esta realidad enajenada, esa vestimenta que no es mía, y esta otra que me viste de los pies a la cabeza, prefiero estar enganchado a la volatidad de tu cuerpo incandescente, incombustible. La realidad que añoro no está en los latidos calientes de tu piel sonrojada, está en la locura engañosa, fetichista y vacía de una esperanza inconclusa y mía.  Y renuncio a tu físico. Prefiero vérmelas contigo a través de los barrote de un texto escrito en el monitor vibrante y encendido de mi imaginación, a través de una carta sensual y ardiente, entre el vislumbre, el delirio y la imaginación fabulada de una conversación figurada, no existente, que en un vis a vis contigo pletórico de orgasmos infinitos.

domingo, 28 de febrero de 2016

El poder del silencio




Este dilatado silencio acentuaba la tranquilidad de las cosas. (El corazón sencillo. Flaubert)

Después de sopesar variados argumentos, Equis decidió acercarse a la glorieta. En aquella friolera y ventosa tarde de últimos de febrero tenía lugar la manifestación a favor de la acogida de los miles y miles de refugiados que inútilmente llaman a las puertas de nuestra vieja e inhospitalaria Europa.

Los participantes, más que gritar, (que lo hacían), hablaban, se saludaban, compartían recuerdos viejos, se abrazaban como los osos de Siberia con su aliento a revolución y mermelada. Eufóricos estaban, después de tantos años sin verse, desde las barricadas de sus años jóvenes. Casi todos, (así a Equis le pareció) estaban al margen del asunto de la convocatoria. Unos se empinaban para que se les viera y constara al respetable que su compromiso aún seguía en pie. Otros, con la mirada en alto pasaban lista, calculaban el número de manifestantes. Aquellos, los de allá, detenían el paso haciéndose fotos para luego subirlas al feisbus. El de más acá salía descaradamente al encuentro de la prensa para que lo entrevistaran y dejar así en las ondas su peinado bien marcado de partido y militancia.

Equis, acostumbrado en tiempos de represión a correr delante de los grises, andaba casi escandalizado. Aquello parecía más una fiesta que una protesta. Equis admitió convicto su pesimismo, y se avergonzó de ser tan exigente y crítico con el comportamiento de los demás. Y es que, desde el día en que Equis quiso tomar aquella flor que un generoso rosal le ofrecía, y una abeja viniera a picarle en la nariz, le cambió por completo el carácter. Desde entonces, Zeta casi siempre se ve a si mismo como el Adán y Eva de Masaccio, triste y apenado, expulsado de la primavera.

Y en ese mismo instante, se sorprendió al reconocer a Zeta, una vieja amiga. Venía ésta envuelta dentro de un gran tumulto y vocerío con su silencio como pancarta. Avanzaba callada a ritmo de procesión triunfante de ánimas.

Equis no sabe que en la tristeza, por muy dolorosa que sea, también hay lugar para una gota de alegría. Y lo entendió cuando de pronto se encontró con su antigua amiga. Y al momento Equis se olvida de su carcomido puritanismo, de su rutinaria siesta, a la que ha renunciado en favor de unos pobres refugiados a quienes ni conoce, ni en su situación estar quisiera.

Y ajeno al motivo de la marcha, se enzarza en larga charla con la vieja amiga. A pesar de los años que Equis no ve a Zeta, la reconoce al momento. La delató su sonrisa. Equis en momentos de vergüenza, al no reconocer a viejos amigos, recurre a un truco que pocas veces le falla: detiene su mirada en la boca del desconocido y trata de poner nombre y apellidos a su eterno reír. El tiempo desfigura nuestro rostro. La caída del pelo, su blancura, el clareo de los dientes, las arrugas, nuestra talla menguada, la curvatura de la espalda, el voluminoso crecer de nuestras orejas emborrona nuestra fisonomía. Hay sin embargo una cualidad en nosotros que parece permanecer indeleble: la manera, la originalidad, la univocidad de la sonrisa. La sonrisa, que no la carcajada ni la risotada, parece ser la manifestación de lo que se cuece en el alma. Y así nos encontramos con personas que sufren, y vemos feliz el dolor en sus labios cruentos. Como también nos sorprende una sonrisa que sabe a herida.

He oído decir que con el tiempo también desaparecerán las tarjetas de créditos, las contraseñas para entrar en nuestra cuentas. Un rasgo físico bastará para coger un carro en el supermercado, pagar la zona azul en el aparcamiento, entrar al teatro, abonar una multa, presentarnos ante el agente de tráfico. Pues bien, mis señores informáticos, si digitalizárais nuestro modo de reír bastará para resolver la manera de identificarnos, desechando tanto tarjeteo que nos pone al límite por su barajeo, sustracción y pérdida.

Pero no divaguemos y vayamos ahora a lo que nos interesa. Equis en estos momentos ve en su amiga el tiempo detenido. La serenidad en su semblante hidalgo de matrona sosegada, su melena plateada, su distinguido hablar sencillo, así se lo revela. Zeta le parece más bien una mujer, que otra cosa. Y ve al instante en ella el eterno femenino del que hablan los pintores cuando se enfrentan a la modelo que ellos para sí siempre plasmar quisieron. Y sin que ella aprecie su persistencia, Equis se fija ahora en su cara invulnerable y la ve como una mujer sin edad en la que el tiempo parece no haber hecho mella. Y al verla así tan dispuesta y atenta le viene ahora al recuerdo aquella otra Rut extranjera que no cesaba de repartir espigas entre quienes, allá en Judea, buscaban una tierra donde bien morir.

Equis, impresionado por la belleza de la tranquilidad detenida en la cara de Zeta, fue entonces, cuando dijo:
¿Qué haces, mi vieja, para conservarte así con esta calma en medio de tanto enredo que nos aplasta?
Ella modestamente, sin darse por aludida, evadió la pregunta. Luego se referiría al silencio como el mejor tranquilizante del drama. Y añadió textualmente:
Es a través de este gran no sé del silencio, que llego a comprenderlo todo. Y así me veo a mi misma pasar a través de las cosas, sin que éstas me desquicien.

jueves, 29 de octubre de 2015

A la sombra de la luz



Al levantarse le cegó la claridad del día. Cerró las ventanas de las habitaciones que daban a la calle, bajó las persianas, corrió las cortinas. Desenroscó las bombillas, quito de su plafón dorado hasta la lámpara del salón principal, siempre inútil y fundida. Cogió todas las luces de la casa, las respuestas de su vida, los rayos del sol de la terraza, los argumentos apodícticos y la constitución revelada. Luego metió todos estos cachivaches salvapatrias, picos de oro enardecidos en el arca donde guardaba a la sombra todas las candilejas y verdades absolutas.

Odiaba este séneca visionario los días soleados, las estancias encendidas, los domingos de ramos, las fiestas de guardar y las tertulias políticas. En las sombras, las tinieblas, con el negro oscuro de las sotanas estoicas de su increencia se sentía seguro. Parecía un funerario siempre aleteando entre cavernas y eremitas de complacido semblante. ¿Tantas cosas tendría que ocultar este hombre y de tantas de que defenderse?

Esta mañana al ver que ya no cabe un axioma más, ni evidencia irrefutable, ni mandamiento divino en su inteligencia preclara, carga el ciego iluminado con todos estos bártulos metidos en cinco grandes cajas de cartón y los lleva al ecoparque municipal. El empleado, vestido como un chambilero, todo él de punto en blanco, cual ángel de los siete cielos, recibe a este hombre y le dice catedrático mientras entre los dos van descargando todos los artefactos luminosos del coche:
Después de la lluvia de ayer, brilla de nuevo el mundo. Hoy, tras la comparecencia del Presidente del Gobierno en la tele, parece el primer día de la creación. Las sombras han desaparecido y la trasparencia de las cosas se muestran en su más puro esplendor. El agua y la luz con su santa bendición se han llevado la mugre, han limpiado las calles de pecados, nubarrones y preservativos, han purificado el ambiente...
Se nota que el hombre está de buenas, o acaso sea un ecológico poeta de arte menor al que su mujer esta noche le ajustó bien los fusibles del cuerpo. El del ecoparque quiere llenar el vacío que le ciega, sólo se siente lúcido hablando a la luz del sol con quien sea. La soleada y traslúcida mañana le acrisola también al eufórico la mirada, le refresca la memoria. Si no fuera así, no estaría ahora recitando a un murciélago harto de faros, resoluciones y apriorismos el Tenorio de Zorrilla.
¿No es cierto, ángel de amor,
que en esta apartada orilla
más pura la luna brilla
y se respira mejor?
No acostumbra el murceguillo, alérgico a focos y algarabías, pegar la hebra con quien sea. Esta vez, por respeto no responde al empleado del punto limpio como verdaderamente el cuerpo le pide, pero para sus adentros susurra:
No. No es verdad, gacela mía.
Aquí yo huelo a carbón.
Y mi oscuro corazón,
si ve los rayos del sol,
triste estará todavía.
Que sólo esclarece el día
desde su más ciego hondón
y de la noche sombría.

jueves, 15 de octubre de 2015

Me encanta que me odien




Hoy se levanta con un dolor inexplicable, absoluto, un dolor ilocalizable, indoloro. Y ni siquiera se extraña de la desubicación de dolor tan extraño. Le pasó lo mismo aquella vez cuando oyó decir a Francis Bacon, no al estadista y filósofo del siglo XVI, sino al pintor polémico y extravagante del mil novecientos, aquello de me encanta que me odien. Y no sólo el dolor se le escurre a este hombre sin que le dé tiempo a saber su etiología, le pasa lo mismo con el placer, tampoco lo siente. El odio, la inquina de los otros, el que lo miren mal es lo único que le pone y conmueve. Si no quieren al bueno que vive en mi, tendrán entonces que quererme por sátrapa y desaliñado –llegó a decirme un día de otoño que un sol oblicuo disparaba por tierra, mar y aire misiles de crucero contra Siria. Gracias al rechazo de los demás me doy cuenta de que existo, -añadió como si él mismo fuese ese caballo de Troya lleno de inmigrantes al que ayer se refería un alto prelado de la iglesia diciendo que no eran trigo limpio.

Era un diapasón desafinado. En lugar de dar el la, daba un do de pena y desajustado. En otra ocasión antes que yo me mudara de acera para no vérmelas con él, me dijo:
¿Acaso el agua del río corre para otro lado cuando me ve todas las mañanas llevar mis cabras a pastar en la vaguada? En cambio tú nada más verme, echas a correr como si yo fuera el mismísimo diablo. ¿Acaso este desarreglo que llevo conmigo como sustancial hechura no es obra tuya? ¿Dime entonces de qué te espantas? Debería ser yo el espantado. En realidad tú eres el fantasma que me obligas a mirar al mundo con ojos huraños, acusadores y despiadados. Y ahora que te he visto, ya caigo donde mi dolor me duele. Me dueles tú que te llevo dentro sin poder de ti separarme. Al fin y al cabo como dijo no sé quien”todos somos culpables ante todos y por todos”, y tú más que nadie.
Era una persona incapaz de tejer adecuadamente sus sentimientos. Siempre estaba de malhumor, hipersensible, aunque daba muestra de no sufrir por nada. Tal vez porque había llegado a la cima del sufrimiento. Ya podía ver mil veces la película Holocausto caníbal que no pestañeaba lo más mínimo. Reconozco que mi actitud con él no fue siempre fue muy complaciente que digamos.

Pero hoy su mujer me hace llegar un escrito suyo. Y cambio por completo de parecer. Le persona que es capaz de escribir una cosa así debió ser, si no un millonario y excéntrico como aquel Bacon caótico de los años noventa, sí un bendito:
Me duele el mundo, me duelo yo, me duelen los ángeles custodios que pululan invisibles por los calles sobando el culo de las muchachas, me duelen las flores hipócritas luciendo aromas y colores por los vallados de las residencias de ancianos. Me duele el canto de los pájaros sobrevolando sembrados de cebo envenenado, campeando por los Centros de Internamiento para Extranjeros, me duelen los cipreses que contemplan como buitres la zanja abierta de los dementes estigmatizados por el Tribunal Superior de la Cordura. Me duelen los perros que guardan las casas de sus amos. ¿Será por eso que me deleito con la suciedad de tu carne, tu boca negra y retorcida, tus dientes llenos de caries. Y tanto es tanto mi dolor que me da placer tanto sufrimiento. ¡Me duele tanto este podrido mundo, que me veo por ello prisionero en mi propio manicomio!