sábado, 31 de enero de 2026
Tinta viva
Tengo yo por por costumbre a primera hora de la mañana y resguardado de miradas basculantes y del bullicio callejero escribir mis flatulencias en el cuarto de baño. Cómodamente sentado sobre la taza del inodoro, las emanaciones salen por su propia inercia sin apenas esfuerzo y apreturas.
Pero hoy al enterarme de lo que le aconteciera a Catalina Segunda tendré que buscarme otro rincón más seguro y recóndito para seguir expulsando mis excreciones literarias.
Y es que a esta reina de Rusia, a la amiga por excelencia de Diderot y Voltaire la encontraron muerta una mañana esclafada en su letrina real.
Sí, ya sé que no es lo mismo palmarla de un retortijón de barriga encima la taza de un retrete que espicharla por plagiar las Catilinarias de Cicerón en una letrina romana.
Aunque, puestos a morir, conozco yo a un escritor que ha muerto muchas veces escribiendo. Que las Moiras no son asquerosas ni tiquismiquis; lo mismo te acorralan en el delta del Bramaputra que en el desagüe de la lavadora. Y a este escritor en concreto del que ahora no acierto su nombre, la muerte le quitó un día la pluma y con ella le atravesó su corazón con tinta viva.
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