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lunes, 24 de abril de 2017

El pretendiente de mi hermana




Después de haber estado con él, los dos comiendo juntos celebrando nuestro encuentro, eché para atrás mi saciado cuerpo sobre el respaldo de la silla. Delante: las sobras, los tristes huesos repelados de las patas de cerdo, las copas vacías sobre un mantel rancio de papel oscurecido. Estaba deseando perder de vista a mi viejo amigo.

Fuera, llovía a cántaros. La lluvia sacudía con furia los ventanales que daban a la calle del mesón del Desvío. La tormenta me aconsejaba retrasar la despedida hasta que escampara. El agua rechinaba salmos de penitencia sobre las llorosas cristaleras. Si no hubiera sido por menú tan sustancioso, imposible haber aguantado la presencia de aquel viejo compañero de estudios.

Quedas a comer con alguien a quien no has visto desde que acabaste Magisterio. Y aquel que confeccionaba los apuntes de Didáctica, tan bien resumidos y con letra tan legible y ordenada, ahora come a dos carrillos, regurgitando la ensalada, igual que una cabra, ramas de naranjos. Tú en aquel tiempo, las gracias se las dabas a tu hermana. Por ella te pasaba él gratis las fotocopias de sus resúmenes. Recuerdo que, el ahora mi comensal, cobraba 60 euros por fajo y asignatura. Dinero que el empollón de mi amigo pretendería luego cobrarse a cambio de algún beso furtivo per la mia amata sorella. Le gustaba por aquel tiempo a este Dante colega mío enamorar florentinamente a las chicas.

Terminamos de comer y ya nada en común teníamos, salvo ese odio mutuo que los dos tan bien disimulábamos. Muy pronto satisfice yo sus protocolarias preguntas. Antes de acabar el entremés, unas almendras y una lonchas de chorizo, ya le había contado todos los entresijos de mi vida: que después de terminar la carrera, varias veces me presenté a las oposiciones de Primaria, que no aprobé y que desesperado, apalancado de esquina en esquina, me pasaba las mañanas de invierno contemplando el intermitente de los semáforos de la avenida del Paro: y que en verano, en un chiringuito de Mazarrón, me sacaba lo mío los fines de semana fregando platos como una gata engolosinada. El resto de los días, contemplaba cómo hacían enfurecidas el amor las lagartijas, y que yo seguía más soltero que la una. A él no necesité preguntarle a qué se dedicaba. Por sus antecedentes académicos pensé que por lo menos sería concejal de urbanismo de algún ayuntamiento importante de la Región. Por lo que me contó, mientras se chupaba los dedos churretosos, yo estaba equivocado. Mi amigo, en realidad era presidente y director de un negocio cuyo nombre no recuerdo. Sonaba a algo así como a Enredadera, Palma Arena o Pasarela. Lo que no me dijo, pero sí maliciosamente deduje, es que a través de dicha empresa, il mio amico in quel momento aspiranti mafioso, a lo que realmente se dedicaba era al blanqueo de dinero.

Vidas a parte. Cada uno tiene la que desmerece, hablo por lo que respecta a mi amigo. El destino de cada uno, ni está escrito, ni se lo labra nadie, ni es casual ni fortuito, sino que un día sin razón aparente nos viene de la mano de un padrino sin escrúpulos y alérgico al curro. Así le ocurrió a mi amigo, quien se desposó por conveniencia con la hija del dueño de una casa de subastas en un viaje a Mallorca.

Y si aquella mañana estábamos allí los dos en el Mesón del Desvío, es porque, así como antaño, por ponerle yo a tiro a mi hermana, el me pasaba gratis los apuntes, hoy, al invitarme tan gustosamente a comer, pretendía lo mismo: saber el paradero de mi hermana. Aquel beso que entonces mi hermana le negara, piensa mi amigo el florentino que aún es posible. Besos pendientes y no dados son del recuerdo esclavos.

Como quien no quiere la cosa, me preguntó por mi hermana, disimulando interés alguno. Yo puse cara de basto, no quería en aquella ocasión, como cuando éramos estudiantes, ser otra vez celestina de algo tan libre y sagrado como era el corazón de mi hermana. Al fin al cabo, ella era la dueña en exclusiva de sus sentimientos.
¡Que te den! A mi hermana ni la mientes, hijo de puta. Hoy es la virtuosa esposa del charcutero del mercado de abastos. Y no como tú que te casaste para hacerte con el asqueroso negocio de tu suegro.
A mi amigo tal vez le sorprendieron mis palabras. Se puso nervioso. El cuchillo se le cayó al suelo. Y mientras se agachaba para cogerlo, musitó algo que no llegué a entender.

Luego los dos, como si tal cosa, seguimos con los postres. Él, una tarta de queso. Yo, natillas de la casa. La lluvia, que había cesado, empezó de nuevo; esta vez acompañada de granizo. Mi viejo amigo siempre fue muy torpe e interesado requebrando a las mujeres. Aún así, reconocí que a quien siempre quiso y aún quería este pobre hombre era a mi hermana. Sentí pena por él. Y a mi me invadió un cierto arrepentimiento. Tras bebernos los dos una botella de Gran Reserva de Valdepeñas es normal que a mi me diera por sincerarme.

Los amarillos del sol se reflejaron tenues sobre la tarde desapacible. Las nubes habían desaparecido. Llegó la hora de despedirnos. Quise arreglar mi despropósito anterior, la manera ineducada de cagarme en la madre que lo parió, por haberle llamado cobarde criatura y otras cosas que me da vergüenza decirlas. Y para mostrarle mi arrepentimiento, esto es lo que le dije antes de estrecharle la mano:
Perdona si antes fui estúpido contigo.
A veces lo que le decimos al otro es lo que hubiésemos querido haber oído de su boca. Y es así como ahora, pasado el tiempo, interpreto aquella despedida. No fue precisamente para pedirle perdón, sino todo lo contrario. Lo que yo quería es echarle en cara a mi desaprensivo amigo que debería haber sido él quien se disculpara por haber querido reutilizarme como tapadera para tirarse a mi hermana.

domingo, 16 de abril de 2017

O felix culpa





O felix culpa

(del Pregón de la Vigilia Pascual.
Liturgia romana)



Aquella niña fue mala para sentirse culpable de lo que jamás había hecho. Por supuesto esta inocente criatura no había tenido tiempo de leer a George Berkeley. El concepto que de ella misma tenía no se correspondía ni con su belleza, tampoco con su bondad. En aras de la verdad, tengo que decir que esta niña era tremendamente hermosa. Ella se veía a sí misma mala porque, desde pequeña, sus padres le inocularon en el cerebro y en su alma dicho sentimiento malévolo. Jamás se sintió por los demás querida.

Aquella niña fue mala simplemente para sentirse culpable, para purgar algo de lo que se le acusaba indebidamente. Fue mala porque creyó que así podría saldar su maldad con sus diabluras. Y así viéndose condenada de por vida, (eso creía ella), su remordimiento tal vez la redimiría. Luego el tiempo y también los seguidores de Freud comprobarían que la cosa no resultó ser como ella pensaba. No es bueno vivir siempre con la culpa. Ya lo dijo Séneca: una persona que se siente culpable se convierte en su propio verdugo. La niña se hizo mayor, una mala hembra, una pécora de muy señor mío. Acabó en la cárcel de mujeres de Alcalá de Henares.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Sueños sin resolver




¡Cuán terrible es este lugar!
(Génesis)

Soñé de madrugada. No es lo mismo soñar a primera hora, cuando apenas te has acostado, que hacerlo ya cansado de tanto dormir. Los sueños tempranos, como los diezmos y primicias son los más sabrosos y agradecidos. Cuando me desperté, eran ya casi las dos de la tarde. Por la parte baja de la persiana, el sol tembloroso de un sábado destemplado se colaba tímido y a regañadientes desvelando las motas de polvo blanco amotinadas sobre el cristal de la mesilla.

En un mar de aguas ondulantes estaba, no sé si bañándome, creo que no, pues no soy muy dado a este tipo de entretenimientos acuáticos, me aburren por su liquidez fetal y anodina. Una circunstancia externa y extraña me habría colocado allí. Así como una ventolera acorrala a un montón de plásticos arrugados, papeles de propaganda electoral caduca y hojas secas contra un ángulo sin salida, me vi yo arrinconado. Atrapado fui por el sueño en una ensenada de aguas oscuras, oleaginosas, extensas, sin contornos ni playas a la vista. Las tinieblas alumbraban las ondulaciones suaves del agua. Su cerco: la nada. Y sentí ese mismo pánico al vacío que sufren algunos artistas, cuando descubren en alguna de sus obras el más insignificante espacio sin pintar. Crestas pequeñas y romas de suave espuma, purpurinas y tinteneantes, revoloteaban con ese burbujeo parecido al de un caldo desconocido que se cuece al calor de un fuego invisible. Todo el mundo, mi mundo era una olla inmensa sin paredes que pudieran delimitar su contenido en constante ebullición sobresaltada.

Y allí metido en aquella soledad pantanosa, sin lunas ni estrellas, intenté buscar la orilla. Quise orientarme, para así encauzar mi salida hacia algún sitio consistente. Ningún lugar de referencia en que asirme encontraron mis miedos. A mi alrededor, sólo el infinito de un horizonte gris e irreconocible, esa quietud agobiante, paz dudosa y sin opuestos que la cimenten, sin bahía ni caladero donde arrojar las redes de mi asustado y temblequeante cuerpo. Suplicios que no eran físicos, pero su tormento sangraba a raudales mi alma. No hay suplicio más grande que desconocer la realidad que tenemos delante. Mis sueños aterradores llegaron a lo insostenible. La angustia se apoderó de mi con tal fuerza, que llegué casi a perder el conocimiento.

De pronto, antes que el horror me dejara exánime y sin sentido, antes de morir ahogado, un mecanismo automático me liberó de la tortura del sueño. Y rescatado así fui de las garras estranguladoras del agua. Me ha ocurrido otras veces. Cuando el paroxismo de un sueño se ceba conmigo de manera tan alocada, un resorte interior viene en mi ayuda, y al momento paso al estado feliz de la vigilia. Es como si mi cerebro dispusiera de un dispositivo de alarma para espantar a los ladrones de la cordura.

Sería pedante, repetido y nada original, si dijera, cual Monterroso, que cuando desperté, yo aún seguía en ese mar incierto, sin costas ni playa donde dejar caer mi cuerpo exhausto, pero esa es la verdad. Es cierto, mis miedos habían desaparecido; pero yo seguía igualmente perdido y desubicado. Tan perdido, que llegué a dudar de si yo era el mismo que hacía tan sólo unos instantes me moría de miedo en aquella ciénaga sin acordonar y desangelada.

La casa donde desperté no era la mía. Tampoco sus inquilinos me sonaban de nada. Aunque de esta última circunstancia yo no estaba muy convencido. Era ya pasado el mediodía. No sé por qué supuse, aún siendo tan tarde, que todos estarían durmiendo. Tampoco supe si todos, porque a todos los que allí vivieran, no pude verlos.

Tan sólo vi a quien tapado con una manta marrón de franjas blancas dormía como un lirón. Acurrucado sobre un sofá roncaba con resoplidos intermitentes. Esperé en un sillón junto a una ventana que no sabía si daba a la calle, a una terraza o a un patio interior. Por no despertar al hombre, que frente a mí descansaba, no me atreví a descorrer la cortina, para evitar así que la luz del exterior interrumpiera su descanso. Al durmiente yo sólo podía verle la cabeza por su parte de atrás, pues dormía contra la pared. Procuré no hacer ruido. Quieto estuve más de una hora. Pero, transcurrido el tiempo de espera soportable a mi agitación interior, sentí que aquella inmovilidad de nuevo podría llevarme al lugar del abismo de mi anterior sueño turbulento. Cansado de esperar, moví un poco la cortina para deshacer un poco la oscuridad y asegurarme que aquel nuevo sitio donde había venido a parar, nada tenía que ver con aquel otro terrible escenario del sueño horrible del que yo venía.

El hombre del sofá seguía roncando a destiempo como la polea chirriada sobre los dientes mellados de un viejo molino. Sus ronquidos, a pesar de no ser sincronizados, se me hicieron cíclicos y tan asumidos que llegué a confundirlos con los estertores de mi respiración gutural y entrecortada. El punto de su origen, (la tronadora garganta del individuo del sofá), y el de llegada, (mis fatigados oídos), confluían en un mismo punto, hasta no saber si era el hombre el que roncaba, o era yo el que respiraba. Y la sola posibilidad de haber llegado a esta conclusión, me hizo exclamar sobresaltado:
Yo ahora no estoy soñando, pero ¡por Satanás! aquí pasa algo que no se corresponde con lo que, despierto, estoy viviendo.
Mis palabras sonaron tan fuertes que despertaron al del sofá. Después de saludarnos, yo le conté las tribulaciones de mi sueño del agua sin manos de tierra que la contuvieran. El hombre puso cara de no creerse nada. Y me dijo contrariado:
Eso es imposible. Tu sueño no es tuyo, es mío. Nadie puede tener el mismo sueño, y mucho menos a la misma hora, a no ser que los dos seamos la misma persona.

miércoles, 22 de febrero de 2017

El buen Caín





Madre agoniza en un hospital del extrarradio. No es vieja mi vieja. Pero cuarenta años son muchos para quien ha sufrido demasiado.

De pie frente a su cama espero su muerte. Nunca un hijo es del todo bueno para una madre. ¡Y menos yo! que soy su agonía.

Seis de marzo. Las nueve de la mañana. Enfrente del hospital, un colegio. Desde la ventana de la habitación 166 donde se desangra mi madre veo la entrada de los niños. Las mamás despiden a su hijos con un beso. Y de nuevo ese amor que yo no tuve escupe envidia endiablada sobre mi cara huérfana. Es una desgracia no tener madre, pero es peor, aún teniéndola, no recibir nunca su caricia.

Perforación de intestino -dice el médico. Seis troneras revientan su tripa y un líquido purulento infecta los ríos de su cuerpo. Pero yo sé que no es la peritonitis lo que a mi madre mata; soy yo: su fatalidad inducida, mi quijada astillada en el pecho de su hija, mi hermana deficiente.

Desde el accidente de mi hermana mi madre se vino a bajo. Pensé que, muerta mi hermana, tanto madre como yo íbamos a disfrutar de la vida. Ella, libre de su pena, sonreiría. Caprichosas son las bolas que juegan al marro de la muerte. La vida termina en seis. Y de los ojos de mi madre surten dedos acusadores que me señalan, me marcan para siempre como verdugo ejecutor de este fatídico número, cábala maldita de la muerte de su hija.

Madre siempre quiso que su hija, mi hermana parapléjica, muriese antes que ella. Nunca confió en que yo podría seguir cuidándola.

Seis años tenía también mi hermana cuando murió atropellada. Todas las tardes mientras madre limpiaba las oficinas del banco, yo paseaba el cuello retorcido de mi hermana, sus manos de al revés, su risa congelada, su baba infeliz, su cuerpo de nervios desatados, espasmos compulsivos, su tronco epidémico sin meninges. La responsabilidad de cuidar de una niña paralítica superaba mi corta edad.

No esperé a que el semáforo se pusiera en verde. Nadie supo luego si fui yo el que empujó su silla de ruedas hacia el paso de cebra para que el coche la despidiera en medio de la carretera. El vehículo que venía detrás no pudo evitar el encontronazo. Mi hermana murió en medio de la calzada. Apenas sufrió, pues vi que su eterna sonrisa congelada no abandonó su cara.

Tras la desaparición de mi hermana, madre nunca me preguntó por las causas del accidente. Tampoco vinieron los besos deseados, mis besos programados. Los besos, que con tanto mimo yo sembré aquella tarde de autos, se los llevó el viento. Hay cosas que entre una madre y un hijo sólo se dicen en el silencio del instinto, en la muda intuición clarividente de dos personas que soportan el mismo fardo. No fue necesario que yo le dijera a madre que mi intención era aliviar su carga, lograr que sus ojos me miraran, impedir que mi hermana nos matara. Legítima defensa. Mi hermana era nuestro muro. Yo, el tanque encargado de abatirlo.

Se huele a muerto en esta habitación del hospital. Oigo detrás de mí:
¡Qué guapa está tu madre, tranquila, relajada, sin esas arrugas que, despierta en vida, le sombreaban el alma! 
Y de nuevo la incomprensión ajena me remueve las tripas del corazón.

No puedo besar su cara. La tiene llena de tubos, de cables, de dudas. Ventilación mecánica. Deus ex máchina. Consigo a duras penas tocar su frente. Y le digo:
Vive que te necesito, "yo que solamente he nacido". Tienes que darme los besos que nunca tuve, rebanadas de pan con miel, esa merienda que nunca me diste.
Las motas del sudor de su muerte cercana se pegan en mis labios. Siento en la boca un dolor frío. Huelo a boquerones podridos. No aguanto el estertor de su agonía, su mirada lejana, indiferente, vacía de perdón y entendimiento.

Abandono la habitación y me dirijo a la capilla del hospital. La iglesia está vacía, helada, como la cara de mi madre. Miro al Cristo crucificado que cuelga de la pared principal y le grito:
¡Oídme, oh Dios! si es que habitáis esta casa, no dejéis que muera madre. Yo no soy cliente tuyo, soy un fratricida, pero mi madre sí es creyente. Estáis obligado por lealtad y por oficio a socorrerla.
Vuelvo a la habitación número 166. Los ojos de mi madre, antes de cerrarse para siempre, me miran, me llaman, me besan.... y me devuelven ¡por fin! el amor que me robara mi hermana.

domingo, 15 de enero de 2017

La salvación viene de los pobres



Yo creía que don Marcial Beltrini tenía la vida resuelta. Era padre de tres soles, tres soles prometedores como tres graneros repletos de trigo a espuertas. Uno de ellos, el mayor, casado con la hija de un prestigioso notario de la ciudad. La muchacha, la segunda, cursaba ciencias del mar en la Universidad Católica de don José Luís Mendoza. El último, el más pequeño, Jaime, apuntaba maneras como futuro escritor al que ya le habían distinguido, a sus 17 años, con un accésit literario promovido por el Círculo poético de la ciudad.

El señor Beltrini tenía una profesión envidiable. Nadie entendería que a este hombre le costara coger el sueño. Estaba casado con una mujer joven, (doce años menos que él), hermosa, sencilla, elegante e inteligente; y la mejor colaboradora, socia y prestigiosa delineante de Diarco, que así se llamaba aquel estudio de Diseño Arte y Construcción, el más prestigioso de la capital.

Conseguí el puesto de botones gracias a un amigo de mi abuela, el portero del edificio de la calle Alejandro Seiquer, muy cerca de la Plaza de Cetina. Allí es donde Diarco tenía sus oficinas. Mi trabajo consistía en hacer los recados, transportar papeles, memorias y planos: que si al Colegio de arquitectos, que si al registro civil, al ayuntamiento, al catastro. Para hacer bien mi tarea no precisaba vérmelas con nadie. Me limitaba a recoger la correspondencia, los encargos, las cartas que el personal iba depositando sobre una bancada de madera en el pasillo, que daba acceso a cinco despachos. Al fondo, había una habitación pomposamente amueblada, -la sala de juntas. Esta distinguida estancia se comunicaba con el despacho principal, el de don Marcial. Sus paredes estaban protegidas de roble; menos una de ellas, que la cubría un tapiz tunecino en el que tres bellas mujeres llenaban sus ánforas de la fuente de un jardín. Al frente, una gran estantería repleta de volúmenes con sus cantos de letras doradas. Del plafón del techo pendía una araña de cristal veneciano. Sobre un sofá de cuero verde claro: un gran pirograbado: La salvación viene de los pobres, obra del pintor José María Párraga. Las pías manos en oración extendidas de san Francisco de Asís casi tocaban la dulce curvatura de las caderas de las doncellas de la fuente de Túnez. En el ángulo izquierdo, junto a la ventana, un búcaro de cerámica con alegorías chinas, siempre con rosas frescas, blancas. Esta era la sala estrella de estos Estudios. Aquí se negociaban los grandes proyectos de la empresa. Durante el tiempo que estuve trabajando en Diarco, sobre la gran mesa ovalada de palisandro que ocupaba el centro de la sala, se estamparon firmas tan emblemáticas, como el proyecto Ciudad de la Justicia, la fachada de la Casa Cerdá en plaza de santo Domingo, así como la remodelación del Real Casino de la ciudad. En esta cámara tan señalada, y solamente utilizada para los grandes acontecimientos, es donde aquella mañana de un lunes siguiente al entierro de la sardina, colofón de la fiestas de primavera, don Marcial Beltrini me invitaría a pasar.

Durante el año y medio que estuve como mensajero de Diarco, a don Marcial Beltrini, jamás le había visto en persona. Sólo lo conocía por el busto a él dedicado que posaba sobre un pedestal a la entrada del Teatro Romea, fachada que él mismo había restaurado, tras incendiarse, allá por el año 1899, dos horas antes, (¡ironías del destino!), de la representación de Jugar con fuego, obra del dramaturgo Ventura de la Vega.

La mañana se desperezaba soleada tras las fiestas sardineras. En el momento en que yo salía a cubrir una de mis rutas habituales, don Marcial entraba en el edificio. Recuerdo que olía a tabaco de pipa. En el ojal de su chaqueta de entretiempo color anaranjado lucía un clavel blanco. Llevaba en la mano un bastón con la empuñadura de plata, la cara de un león con la boca abierta. Para mí que el jefe no necesitaba aquel lustroso tutor para nada, pues su andar era resuelto. Lo llevaría para presumir. ¡Ni siquiera para defenderse! ¿Pues qué podría temer persona tan poderosa e importante? Me miró de la misma manera que me mira el poto que cuelga en el patio de la casa de mi abuela. Cosa que ni siquiera me molestó. Yo no estaba allí en su señorío empresarial para que devotamente me contemplaran impertérritos como lo hace mi abuela delante del Cristo de su habitación todas las noches antes de acostarse. Yo era un simple mensajero, que ni siquiera tenía conocimiento de la importancia de los recados que repartía. Como buen burro inteligente, a la primera aprendí el sendero de mi cometido, sin preocuparme de nada más.

Transcurridos apenas unos segundos, (ya había yo atravesado el zaguán de la entrada), cuando el portero, el amigo de mi abuela, me indicó que el Jefe quería decirme algo. Volví la cabeza y vi como el señor Beltrini con el índice de su mano izquierda me hacía señas para que acudiera a su presencia. Así lo hice. Me dijo:
¡Sígueme!
Detrás de él yo escuchaba el repiqueteo de su bastón contra los barrotes de la escalera. Nadie se imaginaría que tras la firme y desinhibida figura de un don Marcial aporreando los hierros de la escalera, pudiera haber el más mínimo gramo de desilusión y tristeza. Yo creía que don Beltrini tendría la vida resuelta, pero estaba equivocado. Luego gentilmente me cedió el paso. Abrió la puerta y entramos a la Sala de Juntas. A regañadientes obedecí a su requerimiento de que me sentara en el sillón de orejeras. Él lo hizo en el sofá. Antes se acercó al pequeño frigorífico que había al caer de la ventana que daba a un pequeño jardín exterior ubicado en el centro del mismo recinto de la empresa. Se sirvió una copa de Oporto. A mi me ofreció una fanta, que cortésmente rechacé. Nadie que no conozca a otra persona, sino es por motivos de la intimidad nacida de la misma sangre, o por un trato surgido a raíz de una amistad consolidada, establecería una conversación como la que inició don Marcial:
No te preocupes, muchacho por el trabajo de hoy. Tiempo tendrás en repartir tus encargos. Te he hecho llamar porque me siento solo, tremendamente sólo, solo y pobre entre tanta abundancia y compañía. Este don Marcial que aquí ves delante de ti, vive feliz, pero está triste; Este don Marcial tiene mujer joven y tres hijos formidables, pero está solo; Este don Marcial come caviar y ambrosía, pero tiene hambre; Este don Marcial hace pesas, bicicleta, va al gimnasio todos los días, pero no le gusta compartir su cuerpo a solas.
Quien nunca había reparado en mi existencia a lo largo del tiempo que trabajaba a su servicio, viniese ahora a contarme esta milonga de su vida personal, me hizo dudar de sus intenciones. Tal vez don Marcial lo que quería era tontear conmigo, que un chico joven le devolviera la ilusión de sus años mozos. Me sentí incómodo. Él lo notó y quitó su mano que, desde que tomó la palabra, como muestra de confianza, tenía puesta sobre una de mis rodillas:
¡Relájate, muchacho! No estás delante de ningún sátiro. Sólo soy un hombre que ha perdido la ilusión. En medio del éxito y de la riqueza que disfruto, imposible curar esta desilusión que padezco. Si recurro a ti es precisamente por tu insignificancia.
Luego pensé que don Marcial Beltrini tal vez llevara razón. Yo, un simple ordenanza de oficinas, jamás en mi vida me había planteado temas con los que este señor se atormentaba. Además, era verdad, yo no tenía nada; pero tenía a mi abuela con la que me había criado, tenía a mis amigos del barrio con los que cada tarde jugaba a las cartas detrás del paretón del Vega Plaza, tenía aquellas ganas locas de ir al cine todos los sábados por la tarde, tan sólo por ver a la muchacha de la limpieza. Estos sentimientos de psicología absurda de mi jefe a mí me la traían floja, para mí eran frivolidades de personas adineradas, hartas de todo, gente sin escrúpulos que no se saciaban con nada.

Por supuesto, no le dije a don Marcial lo que yo pensaba, nada de la estupidez de su preocupación insulsa y filosófica. Tampoco se me ocurrió consolarlo con llamadas y alusiones ñoñas y poéticas a la naturaleza como: que saliera a pasear al campo, que escuchara el piar de los pájaros, que se detuviera a contemplar las aguas por el azud de la Contraparada. Tal vez si le hubiese dicho cosas así, tan lindas y contrahechas, me hubiese metido mano. Por lo que intenté explicarle a mi manera que de mí, tan sólo esperara, cual insignificante recadero, cumplir debidamente con mi trabajo en Diarco.

Al día siguiente, me despedí de la empresa. No me preocupó que me penalizaran con veinte días de haberes, por no haber comunicado mi cese con un mes de anticipación, tal como mandaba la nueva reglamentación laboral del Gobierno en aquellas fechas en el poder.


lunes, 12 de diciembre de 2016

Derbi







Don José Criado, entre otras perversiones y entretenimientos, tiene la de ir al fútbol cada quince días.

El señor Criado es de posición alta, ciudadano intachable y distinguido, a tenor del rango que ostenta como presidente del colegio de Notarios. Viste clásico, sin afectación ni arruga. Siempre endomingado. Asiduo a las tertulias literarias del Casino, destaca por su equilibrio y cordura. Mezcla su saber académico con unas gotas del liberalismo de los tiempos de la última república, que añadidas a su materialismo práctico, hacen de él una persona de trato fácil, entrañable y querido por aquellos que, aún sin ser de su clase, lo tratan con respeto por su trato franco y llaneza.

No parece corresponder a este notario de frente despejada, andar pausado y elegante, piel lisa, manos limpias y camisa almidonada, esa afición ramplona por un deporte de masas, más propio de gente de baja estopa o plebeya, como yo, que soy socio de este club, porque no tuve oportunidad de ser abonado de otra causa mejor. Otros, por problemas familiares, desahuciados del amor, un hijo en la cárcel por la droga, o desempleados..., recurren a esta costumbre futbolera para aliviar sus penas y salir del pesimismo. Unos somos aficionados al fútbol por obligación o devoción; pero mi correligionario, el notario, lo es por convicción. Mi relación con el señor Criado es puramente deportiva. Jamás hemos cruzado una frase más allá de si nuestro guardameta o entrenador deben o no ser sustituidos; pero yo, analfabeto en antropologías y ciencias sociales, me temo que este hombre, a pesar de su apariencia generosa, es un fiero defensor del egoísmo como soporte necesario para la vida. La rivalidad es un estado instintivo de supervivencia. Para mi que este señor, en el fondo es un seguidor de aquellos que piensan que el hombre es el lobo del hombre.

José Criado, esta tarde, se desprende de sus obligados atavíos de leguleyo y emperifollado testigo honorario de escrituras e hipotecas. Después de besar a su mujer y ataviado de forofo, completamente transformado, se dirige al gran estadio. Lleva camiseta apretada al pecho y medias de lana a juego con los colores del equipo. Incluso luce en la bajada del cuello, en la parte inferior de su oreja derecha, tres franjas con esos colores de su atlético que su mujer le ha pintado con complicidad y esmero. Y la bufanda del club rodea su feliz barriga como un pastor, a su cintura la honda. Lleva también petaca opaca en el bolsillo para celebrar cada gol con un buen trago de coñac. Su pasante que lo viera, no lo reconocería. Y él tampoco se daría cuenta, porque va rezando ensimismado: somos un equipo, formo parte de un proyecto, nuestro objetivo es batir al enemigo. Y si yo caigo en él es porque va para seis años, que cada dos semanas, soy su vecino de grada en el campo.

Hoy, los equipos de las dos ciudades más importantes de la región se disputan el partido. El ambiente: impresionante. El estadio: de bote en bote. El señor Criado vive en la intimidad su afición por el deporte rey. Presumir de esta pasión ante sus amigos profesores y abogados rebajaría su caché. Sus colegas de oficio sólo entienden de filosofías, y si se tercia, de masonerías filantropistas.

El duelo de la tarde está considerado de alto riesgo. Los seguidores del equipo contrario han acudido en masa. Un tercio del aforo, reservado sólo para ellos: toda la parte sur del estadio. Faltan diez minutos para el comienzo del derbi. Con la naturalidad de quien sabe que la vida es una confrontación entre la debilidad y la fuerza, Criado atraviesa el cordón policial que cubre las cinco puertas que dan acceso al sector donde se concentra la rivalidad entusiasta. Nada más atravesar la puerta 16 se siente suelto, desinhibido, y se une a la espontaneidad de expresarse sin miedo con gestos y palabras groseras, ¡que te den! ¡mierda!, o cortes de manga hacia la parte contraria. El guardia jurado le dice que, en lugar de entrar por su puerta habitual, lo haga por la que da al sector B, allí se sentirá más protegido, libre de las broncas de los hinchas del equipo visitante. Pero Criado, envalentonado por el derecho que le asiste de ocupar su asiento de siempre, declina el consejo y se mezcla con la algarabía de los rivales. Y allí veo ahora al notario en su salsa, henchido y más orondo que en su bufete encerrado.

Treinta minutos del segundo tiempo. 2-0 ganan los nuestros. Las hordas enemigas enmudecen desencajadas. El público hace la ola. Y el señor Criado no sabe, si disimular callado la derrota ajena, o refrendar contenido la victoria. El tam-tam rítmico de tambores toca a guerra bajo la bóveda olímpica, nuestra corona beatífica. Arrebato, saltos, increpaciones. Y un ¡hijos de puta!, coreado en boca del sector acordonado por los guardias, envalentona su aguerrido anonimato como hicieron los romanos en sus circos, los mayas en el juego de la pelota, los aficionados en una pelea de gallos o en un duelo de amor silencioso dos caballeros armados. En tiempos de paz, los pueblos necesitan jugar a la guerra para desatar sus impulsos, sentirse vivos y así berrear encima de los vencidos.

A su lado, me fijo como el señor Criado saca un plástico arrugado del bolsillo y una bomba de bicicleta. El notario da vida ahora a una muñeca elástica con el hinchador que ha logrado esquivar en el control de la entrada. La victoria es paroxismo, laico orgasmo deportivo. La muñeca desnuda, despelotada y llena del aire caliente de don Criado, pasa de mano en mano entre un público aguerrido, que gesticula de manera grotesca follarse a la muñeca que representa al rival por el escudo pintado que cubre su vagina goleada.

La muñeca rueda durante casi quince minutos en un espectáculo repetitivo de escenas vejatorias que hacen de la simbolización de la cópula carnal un acto desagradable, asechanza deleznable. Y lo que Dios unió como vínculo de amor, convertido queda en una simulación de combate entre dos aficiones enfrentadas. La muñeca por fin vuelve al señor notario, que remata la faena con un gran mordisco en unos de los pezones del globo. Y desinflada al instante la mujer, el partido concluye con la victoria de nuestro equipo local.

Luego, a la noche en la alcoba de la casa, el notario hará el amor, ahora sí de manera real, con su esposa. Y la mujer lo sabe; y con ganas lo desea; no en vano ella, antes que su marido se vaya los domingos a La Condomina, le pinta confidente, ritual preparatorio, siempre los colores emblemáticos de su ardoroso deseo en su cuello apetecible.

viernes, 2 de diciembre de 2016

La Divinidad del Texto





El hijo de Pura la Mendicanta, Antón Cortés Gálvez, tiene la sensación de que escribe para la eternidad. O lo que es lo mismo: se perpetúa en sus letras. Su vida de ayer son hoy las páginas de su Diario que ahora tengo en las manos.

Antón cumple condena en la cárcel de Sangonera. Viejos colegas le tendieron una trampa. Le cayeron siete años y ocho meses por hacerse con 700 gramos de cocaína en una cita marrullera.

Cuando supe de su internamiento, fui a verle al módulo 3. Le propuse que se inscribiera en un taller de lecto-escritura que acabábamos de iniciar. Me dijo que no tenía estudios, que no sabía leer ni escribir. Ni la o con un canuto -añadió. Le convencí. Aceptó. Muy pronto Antón cogió el ritmo del grupo. Cada vez lo veía más entusiasmado. En sólo medio año, fue capaz de construir por sí solo su primera redacción. El tema fue sugerido. Se trataba de que los alumnos escribieran algo relacionado con su vida personal. Aún conservo como un tesoro de apreciado valor ético y de gran sinceridad su trabajo. Decía así:
No quiero a nadie. Detesto a todo el mundo. Al que más aborrezco es a mí mismo. Yo soy el último eslabón de una cadena de despropósitos. Odio a esta sociedad que no sabe descubrir la bondad de sus delincuentes. Los peores a veces somos las personas más cándidas. Hay quienes tenemos cara de asesinos, parecemos monstruos; pero la verdad es que somos niños, niños perdidos en un laberinto que gente mala construyó para nosotros. La bondad no siempre está en la honradez, en el deber cumplido; sino que a veces se esconde en lo más hondo de este infierno donde vivo.
El Diario de Antón, me lo entregó ayer su madre, la Pura, después del entierro de su hijo.

Antón tenía la manía de anotar en su Diario todo lo que le aconteciera, especialmente, lo relacionado con su infancia. Lo hacía restrospectivamente, dándole a su estilo un carácter retroactivo muy parecido al de Proust en su Búsqueda del tiempo perdido. Recuerdo que una vez, al término de nuestras sesiones del taller, me dijo:
Escribo parar ordenar los recuerdos, recuperar mi conciencia, recobrar ese trozo de infancia que perdí trapicheando, esnifando pegamento, rateando por los alrededores del barrio donde viví mis primeros quince años de mi maldita existencia.
Me preocupaba que escribiera tanto sobre su infancia. No quería yo que se cebara con una etapa no muy agradable de su vida. Notaba en él tanta avidez, como si su escribir fuera el aire que respiraba. Y en parte así era. Antón veía como de sus letras resurgían rescatados sus años de niño. A él no le importaba haber vivido al límite de la ley, fuera de los cánones permitidos, al margen de la normalidad, asaltando casas, robando coches, conducir drogado y sin carné. Era su libertad de entonces. Y quiso refugiarse en sus escrituras para recuperar así su libertad robada, devolver a su infancia su natural ternura. Él creía en el poder regenerador de la escritura. Así me lo dio a entender en uno de nuestros largos paseos por el patio. Comentábamos en aquella ocasión un artículo aparecido por aquellas fechas en El País: La Divinidad del Texto según George Steiner:
Maestro, sólo accedo al significado indeleble de las cosas a través de lo que escribo. Lo que no consigo plasmar en un texto, al momento se evapora, no existe.
Antón ya vino tocado a la cárcel. Sus dos últimos años aquí en el centro los pasó en la enfermería. Parecía un espárrago. Sudaba más de la cuenta. Se cansaba con sólo escoger la escoba cuando le tocaba limpieza. Tosía a cada momento. Fiebre alta. Diarreas. En resumen, Antón Cortés Gálvez, el hijo de Pura la Mendicanta, murió de sida un verano del dos mil once, a los veintisiete años. Tan sólo le faltaban seis meses para cumplir su pena.

La madre vino ayer a recoger sus pertenencias, entre ellas, este Diario que ahora tengo en mis manos. La Pura, al ver el cuaderno, me dice:
Mire, yo no sé leer, sólo sé sufrir y pedir limosna ¡Quédeselo! Más es suyo que mío. Usted le enseñó a escribir.
En esta tarde de otoño, una lluvia fina resbala por los cristales de la biblioteca de esta lóbrega cárcel de Murcia. Y siento, tras la pérdida de uno de mis mejores alumnos, un cierto alivio, un consuelo necesario mientras leo su Diario:

Jueves, 22 de abril

Si hoy decido escribir este diario, es para hacerle guiños al futuro. Estas letras salvarán del abismo el presente de aquel niño que fui, escurridizo y tunante, hijo de una familia marginada. Utilizaré mis escritos como arma para restañar aquella mi infancia loca y desternillada. Mi pasado convertido en diario será base, fundamento y espoleta del avenir del mañana, mi reinserción plena.

Sábado, 3 de marzo

Viví mi infancia, allá por los ochenta, en Los Rosales, un barrio postergado de la capital. Ya de pequeño, empecé robando para mi madre, una pobre mujer que no tenía con qué alimentar a sus hijos. Éramos cinco hermanos. Mi padre: un marido alcohólico, chapero y maleante, que sólo volvía a casa para apalear y acostarse con mi madre. Luego, se quedaba a dormir sus borracheras en el sofá horas y horas interminables.

Martes, 7 de septiembre

Aquella noche, los vecinos celebraban una de sus habituales asambleas en el salón de la Asociación del Barrio. Hacía mucho calor. El verano se resistía a dejarnos y dar paso al fresco relajante, propio del mes de setiembre. Tendría yo entonces no más de cinco años. Las puertas del local estaban abiertas. Desde la calle yo veía como aquellas sesudas personas hablaban sobre la necesidad de montar una escuela infantil. Querían acorralar en un húmedo bajo comercial a los críos desarrapados que al aire libre merodeábamos a nuestras anchas importunando el relax de los mayores. Metí mi cabeza a través de los barrotes de la ventana. Recuerdo que estuve, gritando cada cinco minutos: “¡Mierda para ustedes!” Me causaba tanto placer ver los rostros consternados de los asistentes, que cada dos por tres volvía a increparlos con la misma retahíla: “¡Una mierda para vosotros!”. Así estuve por lo menos más de una hora, hasta que cerraron todas la puertas y ventanas del local.

Lunes, 22 de diciembre

Estábamos cerca de la Navidad. En el colegio celebraban un teatro de títeres. Representaban, lo recuerdo muy bien, el cuento de Hansel y Gretel. Yo me las arreglé para hacerme un hueco junto a la tarima, al caer del escenario. Y cada vez que un muñeco quedaba al alcance de mi mano, yo intentaba atraparlo. No era fácil. A punto estuve de coger al muñeco del padre, aquel hombre sin escrúpulos que abandonó a sus dos hijos en el bosque. Sólo conseguí hacerme con su gorra de cartón. Tampoco pude apoderarme del guiñol de la madrastra. Pero quien no se me escapó fue la vieja, aquella bruja que quería encerrar a los dos hermanos en la cuadra, engordarlos, y después comérselos. Cuando de pronto vi encima de mí la bola grasienta de aquel panzudo conserje. Me quitó el títere de la bruja. Luego me levantó en volandas, y como quien espanta de su nariz pringosa a un avispero de moscas, me echó fuera del recinto del colegio...

Silencio. Han tocado silencio. Son ya las 10 de la noche: la hora de abandonar mi trabajo como educador de este centro. En el Módulo 3 de la cárcel de Sangonera, el funcionario de turno realiza el último de los cuatro recuentos del día. Toma nota: un recluso menos. Falta Antón Cortés Gálvez.


lunes, 21 de noviembre de 2016

La Convalecencia




Cuando no es por hache es por be. Lo cierto es que a partir del día en que Felipe Mortisano entró a formar parte del Jubitata Club, se encamina cada vez más a sitios como este. El que hoy se hable tanto de envejecimiento activo, saludable y sostenible, se deberá sin duda a las calorías que gastamos para llegar a estas instituciones, -dice para sí quien se hace acompañar de un bastón de avellano que le regalara su nieto por su setenta cumpleaños el once del mes pasado.

El señor Felipe no sabía, al menos no sospechaba, que los hospitales estuviesen tan abarrotados. De un tiempo a esta parte, este hombre encorvado, de pelo ralo y orejas caídas, (no olvidemos que ya va para los ochenta), se ve inmerso en una espiral de consumo, un consumo sanitario, relacionado sobretodo con la calidad de vida. Mientras se dirige al hospital de La Convalecencia, continúa conversando consigo mismo:
A los médicos, se les llena la boca con el ripio calidad de vida ¡como si esta frase fuese un abracadabra que espantara a la muerte de un plumazo!
Mortisano, últimamente, cuando no es invitado a una muestra de prótesis de cadera de tercera generación, es seleccionado para graduarse la vista, para ser objeto de un tacto rectal y así cerciorarse que no es víctima de un cáncer de próstata, o como la última consideración que han tenido los de Amplifón de citarlo el lunes que viene para hacerle una audiometría sin coste alguno. O aquella otra, no hará más de un mes: Palmolive le avisó para una revisión dental. Hace poco, también recibió la visita de un empleado de la funeraria con la que mantiene una póliza más de nueve lustros. Le ofrecieron por sus largos años de asegurado unos servicios como primicia: ser usuario de un horno crematorio climatizado, biodegradable y provisto de tecnologías muy avanzadas.

Este otoño, Felipe Mortisano se fatiga más de la cuenta. Se detiene ahora unos minutos para reponerse en un banco de piedra del Paseo del Malecón, frente al Palacio Almudí; pero sus pensamientos no descansan. Lía un cigarrillo con la habitual parsimonia placentera que le adorna la expresión absorta de su cara embelesada. Lo enciende. Tiembla, no sabemos si su mano, o el cigarro deslumbrado por la llama de la cerilla. Desde la Plaza de la Paja donde vive, hasta el barrio de san Juan, que es donde está el Hospital que tiene asignado, Felipe hace recuento de las múltiples propuestas que últimamente le vienen haciendo. Entre calada y calada y el rechinar estertóreo de su respiración entrecortada, recuerda ahora la última recibida, la de un clérigo. Traía el cura consigo unos papeles, a los que sólo faltaba una firma.
A cambio de la ridícula suma de ciento cincuenta euros, -mastica el enviado divino sus frases como si fuesen turrón blando-, podrá usted acceder a la otra vida debidamente preparado, incluido bula, extremaunción y santos óleos. Se trata, señor Mortisano, tan sólo de un piadoso estipendio. Y si además, antes de morir, solicita ser enterrado en uno de los nichos propiedad de nuestra Santa Madre la Iglesia, tendrá un descuento, cuya cantidad será destinada a una misa en sufragio de su alma.
Más de una vez este mismo señor Mortisano, cuando alguien le sacó el tema de su muerte, cortó en seco a su interlocutor, como ahora hace con el zampabollos del eclesiástico que tiene delante:
Yo no pienso morirme, monseñor, a mí me mataréis entre todos.
Felipe da la última chupada a su cigarrillo, endereza su cuerpo, haciendo palanca con su tutor de avellano. Y continúa camino calle Martínez Tornel, como lo hiciera con su cruz a cuesta Jesús el Nazareno a su paso por la Glorieta un viernes santo. Al cruzar el puente de Los Peligros, la bocina de un coche le advierte que el semáforo lo tiene en rojo. Y a Felipe le viene a los oídos el bronco repiqueteo de los tambores y las pitadas de las Burlas ancestrales de Semana Santa.

Felipe Mortisano llega por fin a los soportales del hospital de La Convalecencia. ¿El motivo? Una broncoscopia. La médico de cabecera se cebó con él:
Si no deja, señor Felipe, el tabaco, el tabaco le dejará a usted, más pronto que tarde.
En el reloj de la catedral son y media. Está citado a las diez menos cuarto. Por fin Felipe atraviesa la puerta del hall del centro sanitario. Alguien que estuviera a su lado, aún le oiría murmurar el ultimo vituperio que sale de sus indignados labios:
En momento de crisis, los pensionistas fácil pasto somos de las multinacionales.
Y si se cebó la doctora de cabecera con su bendita picadura de tabaco, ahora el especialista que le trata, al palparle el estómago, descubre una hernia cerca de sus partes. Lo envía a rayos para que le hagan una exploración más exhaustiva. Allí, sentado aguarda ahora su turno. Sus acartonados dedos no cesan de acariciar la empuñadura de su bastón tallado por las jóvenes manos de su nieto. Felipe Mortisano no deja su mente en blanco. Piensa que la vida es un esperar no sé qué y un no sé cuándo. Menos mal que una señorita se sienta a su lado, una chica tremendamente bella. Y Mortisano deja al momento sus tristes filosofías y se recrea en su esbelto cuerpo, un bello amanecer en calma tras una noche de tormenta. No cesa de contemplarla. Felipe sólo puede ver a medias la cara de la muchacha. Frente despejada, festoneada por unos rizos de púrpura que alfombran la tersura de su piel abrillantada. Los ojos, ¡ay qué ojos! Negros. La boca un pozo, pero no de terror, como el de Allan Poe, sino como aquel otro de agua fresca de la mujer Samaritana de los Evangelios. En ellos quiere zambullirse ahora Mortisano, sin que ella se dé cuenta, no sea que la chica se avergüence, los cierre y él no pueda apagar la sed que le atormenta. Felipe sigue pensando: aunque no me importaría que los cerrara, así yo dentro de ellos para siempre clausurado me quedaría.

La otra mitad del rostro de la muchacha, desde la nariz hasta la barbilla, lo lleva cubierto con una mascarilla de un verde suave. Felipe Mortisano se entretiene en averiguar qué habrá tras esa suave gasa: ¿cómo serán sus labios, su boca, sus dientes? La muchacha, de pronto, como si adivinase los interrogantes del señor que tiene a su lado, al instante se quita la mascarilla. Abre su bolso de mano, saca un diminuto espejo y un lápiz de carmín. Con la elegancia natural de una tarde cárdena de otoño se pinta los labios de un rojo carmesí a tono con el color de su pelo. La carnosidad y frescura de tan tierna boca ribeteada ahora por la sinuosidad de dos líneas jugosas y frescas, aún más cautivan a Mortisano. Para Felipe no hay nada más sexy que el momento del cómo una mujer lleva a cabo su atuendo, aseo y embellecimiento íntimo. Si antes, los ojos de esta muchacha fueron los orificios de luz de un puente por donde tuvo acceso el señor Mortisano al más precioso de los estanques de Unamuno allá por Castilla, ahora son estos labios encendidos el brocal de un aljibe en medio de un campo andaluz sembrado de amapolas.

Esta instantánea de la muchacha, siendo tan breve, pues enseguida volvió las chica a ponerse la mascarilla, es tan intensa y llamativa que lleva a Mortisano a la siguiente consideración:
Las mujeres, cuando se ponen guapas no lo hacen para engordar las pruebas de un juez cavernícola acusándolas de zorras o provocadoras. Tampoco lo hacen para agradar a sus esposos o parejas. Ni tampoco para seducir a un viejo verde como yo. Se arreglan para sentirse bien con ellas mismas, para saberse hermosas, para verse sanas ¿Acaso esta muchacha no se pinta los labios para ahuyentar los venenos que un mal día le entraron por la boca, y la tienen a muerte sentenciada?
El especialista, que acaba de ver a la chica, deja escrito en su historial clínico: Joven, 27 años. Alergia extrema. Estado grave. Recomendable: cuidados paliativos, así como sedación terminal.

Finalizada la consulta, el médico acompaña a la muchacha hasta la puerta, se despide de ella cariñosamente. La joven pregunta algo que nadie de los que están en la sala acierta a oír, el médico parpadea nervioso y sin decir palabra se limita a responder a la chica con un encogimiento de hombros. Felipe no anda fino de oído, lee los gestos más que los sonidos, sabe interpretar el silencio respetuoso del doctor.

Felipe sigue ahora con la vista a la muchacha, la ve pensativa y dudosa hacia la salida del hospital. Y cuando ya por fin la muchacha desaparece del todo, se levanta Felipe Mortisano de donde está sentado. Lleno de rabia, de un manotazo brusco, como quien se desprende de un ciempiés, lanza su garrote al suelo. Se sitúa en el centro. Eleva los brazos, quiere decir algo. Los pacientes, que llenan la sala, escuchan estupefactos las palabras que salen de la boca de Felipe Mortisano:
¡No es justo que esta muchacha, con tan sólo veintitantos años, dentro de cuatro semanas se vaya al otro mundo; y a mi, un decrépito octogenario, quieran retenerme aquí a base de exploraciones sin cuento! ¡Señores, no es justo!

jueves, 3 de noviembre de 2016

Cristales rotos







No me deshice, ni tampoco rompí, como acostumbran los recién casados, las copas contra el pasado en nuestro nupcial convite. Guardé el cristal intacto de nuestra unión durante cinco años.

Y sin saber reté a la suerte.

Y cuando volvías de tus asuntos a mi regazo, con el vino acelerado de tu regreso y la ilusión siempre fresca de mi mejor champagne, estrenábamos las copas de nuevo. ¡Pero aquella noche te retrasaste tanto! Pensé que ya nunca volverías.

Abrí el armario, y no me conformé con tirar al suelo las dos copas de cristal de nuestra boda, sino que además estrellé contra la pared la vajilla entera, nuestros abrazos, mis sueños.

Cada vez que amigos y familiares venían a casa, nunca les serví en las copas exclusivas de Murano. Escanciaba mi hospitalidad en otros vasos, limpios, pero ya usados por otras bocas, no las nuestras, otros besos. No quería que los demás tocaran con sus labios el cristal de nuestro brindis de casados, que cual piedra milenaria guardaba la huella fosilizada, convulsa y virgen de aquel fuego, nuestro enlace primero, siempre en llama en el centro mismo del volcán de nuestros cuerpos.

En la tarima, el pavimento, en cualquier rincón del salón, encima del sofá, y hasta en la mesa de la cocina, y de la cama sobre todo. No hubo ni un milímetro de la casa, de mi piel, que no quedara cubierto, salpicado por los hirientes añicos de la loza de mis celos, tus amores repartidos, cristales rotos por toda la casa, los vidrios cortantes de mis dudas.

Un día, dos, tres, cuatro, una semana aguanté sin recoger los trastos rotos de nuestro matrimonio. Llegado ya al octavo día, distanciado e infinito, de aquella furibunda tremolina en la que arrasé, por culpa de tu infiel tardanza, la cristalería entera de todo nuestro ajuar enamorado, me decidí por fin tirar los desperfectos causados por mi ataque de locura aquella noche desesperada en la que se me hizo eterna tu demora.

Fue entonces cuando, al barrer todo el estropicio, te vi en un trozo de cristal. Acababas de llegar. Y al entrar, tu rostro se reflejó en aquel pedazo de copa destrozado, iluminado por la luz que también se coló por la puerta sin permiso. Me agaché. Por última vez, cogí tu cara quebrada del suelo. Y ahora sí: para librarme de la mala suerte, arrojé aquel resto de vidrio al cubo de la basura; y a ti te dije que te fueras, que salieras de mi mentida carne para siempre.



lunes, 20 de junio de 2016

La muchacha de los auriculares morados




Aquella tarde, el aire del poniente sacudía los cipreses hasta doblegar sus copas contra el sombraje del huerto del tío Vicente. El chirriar alocado de una veleta desconsolada, sobre la cruceta más alta de la casa, atemorizaba mis oídos, cual el respirar de una culebra cascabel. Yo vivía, allí, con mi abuela, en la tercera planta de ese edificio. Por el color de la fachada le llamábamos la casa amarilla. Abajo, había un bar en el que también vendían pan, frutas y verduras. El sol abrillantaba las vías del tren, parecía un limpiabotas dando lustre a los raíles que corrían paralelos a las hileras de las cepas de la vid. Por la parte de atrás, a unos cincuenta metros de la bardiza exterior del parterre de la casa, circulaba de vez en cuando una locomotora, seguida de unos vagones de mercancías en dirección al norte. A sus bramidos, así como al tufo, a sus pitadas, al humo y a la carbonilla, estábamos todos acostumbrados. De tanto tener el ferrocarril junto a nosotros, lo considerábamos como nuestro. No le teníamos miedo. Pero tanta confianza, a partir de aquello, se convirtió de pronto en confusión y espanto. Espanto que, a lo largo de mi vida, siempre llevaré conmigo.

Recuerdo que eran las 17 horas, las cinco de la tarde, el momento fatídico del día en que las merlas y el gavilán, suelen salir a merendar. Casi siempre algún tordo que otro caía destrozado encima del tejado por un ave más aviesa. De pronto escuché un estampido. No pensé en el tren. Sólo pasaba una vez por la mañana. Tras todo un día de intenso calor, poco habitual para aquella época del año, la atmósfera se calentaría tanto, que la tarde nos sorprendió con una fuerte ventolera. Asocié el estallido al fuerte viento desencadenado. Me asomé a la ventana por ver si de alguna de las acacias que daban al patio interior de la casona se había desprendido alguna rama. Tal vez fuera ese el motivo del pavoroso estruendo que yo acababa de escuchar.

No hay nada que me asuste como escuchar un ruido y no saber su procedencia ni tampoco su naturaleza. Es como ver una cara sin orejas. Aún recuerdo aquel día que mi abuela haciendo pan, cogió un trozo de masa, moldeó un muñeco para que la dejara tranquila trajinando a su aire en la artesa. A mi abuela le encantaba amasar. Lo sabía por la manera que metía sus dedos en la harina, con ese placer dulce y derretido que se le escapaba de sus labios en forma de luminosa sonrisa. Ella creería que el monigote de masa acabaría por entretenerme; pero nada más ver yo aquel muñeco sin expresión alguna, sin ojos, ni orejas, me eché a llorar desesperadamente. Los niños de antes, como los de ahora, éramos imprevisibles.

Cuando voy a visitar algún museo con esas cabezas destronadas, y que por orejas tienen una simple hendidura, vuelven de nuevo a mi recuerdo los monigotes tristes, sordos y anónimos de mi abuela. Para mí una cara sin orejas sigue siendo el diablo en persona. Ya no lloro como antes, pero me cuesta mucho digerir ese bolo de espanto que se atasca en mi garganta.

Luego, que atravesé la infancia, recorrí también mi juventud sin poder aclarar las razones de mi desasosiego. Cada vez que contemplo a una persona sin orejas, con sus oídos tapiados por cascos o auriculares me llevan los demonios. Y de tanto tener conmigo el miedo, la turbación y la tristeza acabé también haciéndolos míos, como aquellos silbatos del tren que yo escuchaba por detrás de la casa de mi abuela.

Recuerdo, que la tarde del tiempo intempestivo aquel, unos hombres, abajo, resguardados por el toldo del bar, se jugaban a las cartas los cafés. Ellos fueron los primeros en darse cuenta de la tragedia. Por supuesto, no fueron las ramas quebradas de las acacias las que trajeron a mis oídos el golpetazo que tanto me conmovió. Vi como los hombres, de golpe, se levantaron de la mesa y se dirigieron corriendo por debajo del puente a la estación del tren. Bajé yo también a toda prisa los tres pisos por las escaleras quejumbrosas de la casa amarilla. Quería conocer el motivo de aquel estallido. Cuando llegué a la cuneta del ferrocarril, sólo vi el cuerpo tendido de una muchacha tapado con una sábana blanca. A su lado yacían los auriculares morados que llevaba puestos, cuando el tren la estampó contra el muro de piedra que bordea el huerto del tío Vicente. También vi el huracán convertido en afligida máquina entre el espanto y el humo. La locomotora, sin saber qué hacer, gruñía parada unos metros más adelante. El transistor de la muchacha, ajeno e indiferente en el suelo, aún emitía aquella canción rapera de los Chicos del Maíz:
Siguen sangrando las venas del pueblo
siguen cerrando colegios
han convertido estar explotado en un privilegio...
Nadie de los que allí nos encontramos, incluido el médico, el juez, el alcalde, el cura, el tío Vicente y los hombres del bar, ninguno nos atrevimos a apagar aquel aparato de música.


domingo, 12 de junio de 2016

Olvido, separación y distancia





Levanta hacia mí tus ojos,
tus ojos lentos,
y ciérralos poco a poco
conmigo dentro.
 (Gerardo Diego)

Aún a pesar de ser domingo, la mujer como todos los días deshace el camino de ida. O lo que es lo mismo, regresa de su hacienda al mismo sitio desde donde, hace cuarenta y tres años, partiera el día de su nacimiento.

Y tiene hoy la misma sensación que un día, siendo apenas una niña, experimentó al caminar a la contra por aquella cinta transportadora. Iba en compañía de su padre al aparcamiento del aeropuerto de Palma donde, días antes de partir a Barcelona, habían dejado allí el coche. Hacía tan sólo un año que la madre de la niña se había separado de su padre. Padre e hija venían de ver a la madre que vivía en Lloret de Mar. La madre había establecido allí su residencia, dado que su nuevo novio era el gerente del célebre cementerio modernista de aquella ciudad de la costa Brava. La custodia de la pequeña quedó a cargo del padre. Y según el régimen de visitas, establecido de mutuo acuerdo, padre e hija, regresaban de nuevo a su casa de Pollença en Mallorca.

Y andando al revés sobre la cinta, la niña experimentó que uno puede caminar a toda marcha, y sin embargo quedarse pegado al suelo en el mismo lugar.

Recuerda la mujer, como si fuera ahora mismo, que enfrente de donde estaba, había una farmacia. Sus ojos de niña permanecieron fijos en la serpiente que rodeaba el verde de una cruz parpadeante.  Mientras, que de espaldas al padre, corría por aquella cinta en sentido contrario, el tiempo parecía detenerse. Y se sorprendió de su propio experimento, al comprobar que, incluso andando muy deprisa, podía permanecer quieta en el mismo sitio.

Y fue entonces cuando el padre cogió a su hija de la mano para reiniciar la marcha en la dirección adecuada. La dirección adecuada según el pensar del padre. Puesto que la pequeña -eso piensa la niña, hoy ya hecha una mujer- , tal vez lo que quería es que los kilómetros que la alejaban de su madre, no se convirtieran en olvido, separación y distancia.

domingo, 15 de mayo de 2016

París ya no es París




Miguel, además de no saber cucar el ojo derecho, se resiste al mito del splendeur de una Francia enseñoreada contra los pieds-noirs y los sans papiers. Este joven español de veinticuatro años, cuerpo delgado y un poco ácrata y poeta, no entiende a quienes se empatriotan desayunando tostadas con mantequilla o se les abre el culo con sólo escuchar el marchons, marchons de la Marsellesa. Y es que Miguel cuando oye spagnol de merde recuerda aquellos versos de León Felipe:
Nunca cantemos la vida de un mismo pueblo ni la flor de un solo huerto. Que sean todos los pueblos y todos los huertos nuestros.
Miguel llega París por los años setenta. Todavía entonces se podían ver por las paredes del Barrio Latino pintadas como soyez realistes, demandez l'impossible de aquellos jóvenes indignados del Mayo del 68. Pero Miguel, como cualquier otro extranjero de más abajo de los Pirineos, o como un simple bougnoule venido del otro lado del Mediterráneo, en el medio rudimentario donde se mueve, y lejos de los círculos elitistas de la gauche divine, es considerado como un patois, mas que como un citoyen heredero de las proclamas fraternarias de una revolución estereotipada y clasista.

Miguel, estudiante de Veterinaria allá en España, es expulsado de la universidad por esterilizar a la gata del alcalde en lugar de extirparle un quiste de la ingle. Además a este joven se le hacía irrespirable vivir acosado a todas horas por la secreta, adoctrinado por una moral hipócrita, engullido por una tradición ibérico-carpetovetónica o zarandeado por el orden establecido de un caos de abusos y despropósitos que le repateaban el estómago.

Miguel hacía tan sólo dos semanas que había salido de la cárcel de Carabanchel. Allí en España, al ir a comprar un cuarterón de tabaco para su abuelo, un campesino inválido de tanto faenar la tierra, la patrulla antidisturbios lo detiene sin más. Daba la casualidad que esa misma mañana los estudiantes se habían atrincherado en barricadas en las escalinatas de la Facultad de Letras en solidaridad con los albañiles que llevaban más de un mes en huelga. Los policías acordonan los alrededores de la Universidad. Cuatro grises como cuatro galgos con sus porras levantadas se lanzan de improviso sobre Miguel, lo estampan de mala manera contra la fachada del estanco. Allí mismo, con los pies espatarrados y las mano en alto de cara a la pared, lo cachean de arriba a bajo. Lo esposan, lo suben a una de las las lecheras junto con un puñado de estudiantes, todos apelotonados en el jeep. Luego: a la comisaría de Sol, los careos, interrogatorios absurdos, amenazas, hostias y leches. Y tras las setenta y cinco horas reglamentarias en los calabozos... ¡al talego! Este fortuito incidente -alteración del orden público-, le cuesta a Miguel siete meses y medio de cárcel, sin tener arte ni parte en ninguna refriega o maquinación estudiantil.

Nada más salir de la trena Miguel cae en un estado de somnolencia mental. Le avergüenza vivir en un país en el que un dictador acartonado mata a quien enamorado de una idea luce una rosa roja en el ojal de su camisa, empapela a quien aficionado a la poesía lleva en su mochila El rayo que no cesa, o encarcela a quien se disfraza de Napoleón con una capa tricolor sobre sus hombros la víspera de un miércoles de Ceniza. Una buena solución para este bajón de Miguel sería enrolarse en alguno de los muchos movimientos de resistencia contra el Régimen franquista que pululan por la piel de toro de su querido país dolido; pero el letargo de los meses en prisión le sangró el cerebro; los barrotes de la celda le quitaron las ganas de luchar por el derrocamiento de la dictadura; los gritos de dolor de los torturados en el carambú le ensordecieron la conciencia. Y decide que la indiferencia más absoluta será su compromiso político. Y lo que unos creerán que este comportamiento es huida y cobardía, para otros, incluido el propio Miguel, es el comienzo de un nuevo afrontamiento, otra aventura.

En una tierra en que la cultura, los derechos políticos y sindicales son pisoteados por las botas de un viejo General en estado de guerra permanente, apoltronado en el Pardo de sus postrimerías interminables, la grandeur de la France es la salida; la Tour Eiffel, el faro de la cordura; Montmartre, la colina de las artes; los Champs-Elysees, el arco de la belleza; le Quartier Latin, el placer de la literatura; y el Bois de Boulogne, los jardines de la bonheur conquistada. Esta ciudad para la mayoría de jóvenes españoles de aquella época, inquietos y desafectos al Régimen de Franco, era la simbolización de las libertades cívicas e individuales. Miguel se echa la manta a la cabeza, no se lo piensa dos veces: y con una mano delante y otra atrás se sube en el primer tren con destino a la estación de Austerliz.

Nada más llegar a París, ayudado por los servicios de un centro de acogida de la rue la Pompe, Miguel encuentra trabajo sin contrato alguno, como peón de albañil a las órdenes de otro español, también exiliado, pero votante del Front National, el partido de extrema derecha recién fundado por Jean-Marie Le Pen. Le cuesta Dios y ayuda alquilar una chambre. Por fin la encuentra en los altos de un viejo edificio, cerca de la estación Saint Lazare. Miguel compatibiliza su trabajo con la asistencia a las clases de francés impartidas por los docentes voluntarios de la Croix-Rouge. El dinero que gana como briqueteur apenas le llega para comer, pagar la chambre, y además el transporte. Decide reducir gastos a costa de montarse en el bus sin billete. En el más de medio año que lleva en París sólo una vez le exigieron el tique. Saca cuentas. Le sale más barato pagar una multa cada cierto tiempo por no llevar su billete en regla, que tener que comprar uno cada día.

Basta que Miguel espante con el conjuro de su estratagema contable al revisor de la línea de autobuses, para que a la semana siguiente un inspector con bigote y gorra le pida el tique. En la siguiente parada bajan el Controlador y Miguel. Ya están los dos en la prefectura más cercana. El comisario le pregunta al joven:
Vos papiers s'il vous plait?
Miguel quisiera responder al prefecto con aquellos mismos versos del poeta: me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar; pero no es tan engreído como el policía sospecha. Miguel se calla. No dispone de ningún aval ni contrato. Nada que pueda justificar su estancia en el París de las Libertades. El comisario sentencia:
Los sentimos, muchacho, debe abandonar Francia. Usted es un gravamen para la República. Si al menos acreditara que con sus ingresos contribuye al sostenimiento de nuestro hospitalario País. La ley lo deja bien claro: todo inmigrante sin recursos económicos será devuelto a su país de origen.
Esa misma tarde Miguel es conducido por un coche del Servicio de Vigilancia operativa de la policía nacional hasta la frontera de Portbou.

Y es que Miguel, a parte de no saber cucar el ojo derecho y ser un poco poeta, a partir de ahora cuenta con otro chasco en su vida: París ya no es París, al menos, no lo que él esperaba.

miércoles, 27 de abril de 2016

Marta y María



Maria enim optimam partem elegit. (Lucas 10:42)

Esta mañana, María se ha despertado animada y jovial, igual que esa bella joven con el pelo brillante que anuncia por la tele mocos de gorila y sales de baño. Pocas veces le ocurre. La apatía y la desgana la retienen casi siempre entre las sábanas del sopor y los sueños. Decir que María es una holgazana, no sería justo. El tener que afrontar cada mañana sus obligaciones: el trabajo en la mercería que heredó de su difunta madre, vérselas con los clientes, acompañar a su abuela al centro de acogida, pasarse por el súper y hacer las compras... le viene cuesta arriba. Si su economía se lo permitiera, María viviría como los dioses: dedicada por completo a la ambrosía de la lectura, contemplar desde la celosía de las letras el acontecer de los humanos. María es una alcohólica de las letras. Leer y escribir es lo único que la entretiene. Sin este entretenimiento, no sabría qué hacer con su vida. Un entretenimiento que no es desocupación, sino más bien un quehacer que la lleva a estar bien consigo misma, conectada a la sociedad y atenta a lo que la rodea. A través de sus lecturas, toma conciencia del mundo, de sus aciertos y aberraciones. Y al escribir, reestructura su modo de pensar y ajusta su conducta a las exigencias que le impone el conocimiento que brota del sentir de su escritura. Aunque a veces, tan metida está en estas tareas, que pierde la noción del tiempo y se le quema el aceite en la sartén. El día que no puede dedicarse a sus aficiones, el malhumor como galipote se le adhiere al alma, y anda luego a todas horas angustiada y coja.

Marta y María son amigas desde niñas. Coincidieron en la Escuela Infantil. Después fueron al mismo instituto. Hasta hoy se han mantenido unidas a pesar de sus diferencias; o tal vez, por ello. Una es la chispa y la otra el fuego. Si Marta es el lápiz, María es el folio. Ésta, quieta y reservada; aquella extrovertida y siempre en movimiento.

Marta es vitalista. Se graduó en ciencias políticas. Disfruta de la conversación. Participa en todo lo que tiene que ver con el bien común: voluntaria de la Cruz Roja, donante de sangre, miembro de la Junta de Vecinos de su barrio, secretaria de la plataforma por el soterramiento de las vías del tren, vocal del foro por la defensa del río, miembro de la coral Hims Mola. Y aún le queda tiempo para recorrer el camino de Santiago. Este verano ha hecho la ruta de La Plata. Salió de Sevilla. Y luego de atravesar de albergue en albergue toda Extremadura y parte de Castilla-León, llegó radiante y nueva hasta la mismísima Plaza del Obradorio. Colabora además como cocinera voluntaria en los campamentos que la asociación de padres de niños con síndrome de Down organiza todos los años en Sierra Espuña.

María admira a su amiga por su compromiso y generosidad. Ella no sería capaz de llevar tantas cosas a la vez. Los hay que se encuentran en los demás. Saliendo de sí es como se sienten a gusto consigo mismos. Otros como María, no sabrían ser ellos, ni tampoco comprender a nadie sin la concentración y el ensimismamiento.

No es cosa de buena o mala conducta. No se trata de individualismo o militancia. Son maneras distintas de ser. La bondad parece estar más bien en los cromosomas que en la conciencia. Cada vez que las dos amigas quedan en verse, se lo pasan bomba. El misticismo de una, unido al compromiso y a la sociabilidad de la otra, forman un hermoso tándem que circula ensamblado por los senderos de la complicidad y la alegría. Y lo mismo que María se siente bien a solas en su casa, su amiga Marta se siente estupendamente fuera de la suya. María es voluntarista y activa, pero de trincheras para adentro; en cambio, Marta no podría sobrevivir encerrada entre cuatro paredes.

Hoy es domingo. Por eso a María no le cuesta trabajo levantarse. Se despertó fresca y sonriente como la joven del anuncio de nivea. No le esperan ni le acosan los quehaceres canónicos de los días laborables. Y se entrega entusiasmada a la novela que tiene a medio: Cerca del corazón salvaje de Clarice Lispector.

Marta, en cambio, esta hermosa mañana de domingo, ha salido a caminar por el Valle. ¡Cuántas veces habrá invitado Marta a María a que le acompañe a pasear por el monte! Pero María siempre declina la invitación. Después de dos horas de trepar por riscos y senderos, Marta decide pasar a ver a su amiga. Mira el reloj de su móvil. No es todavía el mediodía.

(Y que no venga ahora el que escribe ésto a redondear a lo Paulo Coelho esta historia, queriendo aunar a las dos amigas en ese retrato perfecto fundiendo las partes mejores de cada una de las dos mujeres. El resultado sería un bodrio, un híbrido repugnante, una auténtica cagada. Pues, como diría Unamuno: cada uno con su cadaunada. Pasar por la misma horma zapatos de distinto número, acabarían sus portadores con los pies reventados de juanetes).

El que escribe no dice nada; pero hace sonar ahora desde su relato el timbre de la puerta de la casa de María. Se escuchan tres golpes amistosos. Es Marta la que llama con su contraseña habitual. María deja el libro de quien dijera un día: Escribir es tratar de entender y tratar de reproducir lo irreproducible, es sentir hasta el fondo el sentimiento que de otro modo permanecería vago o sofocador. Escribir es también bendecir una vida que no fue bendecida. María y Marta se abrazan. Esta última dice:
¡Vayamos, María, a la Plaza de las Flores a tomar unas cervezas!
Y María, al ver a su amiga tan fogosa y acalorada, contesta:
¡Marta, Marta, laboriosa estás, y con tantas cosas estás turbada!
María coge con las dos manos las manos de Marta y la arrastra cariñosamente hacia la salida:
Eso quiere decir que mi cuerpo bendito necesita tomar esa cerveza. ¡Anda, vamos!

viernes, 25 de marzo de 2016

Regreso al pasado




El pasado es más sólido que el presente. Es preciso traspasar el ahora para percibir el tiempo fuera del fluir inestable que lo hace inalcanzable. El recuerdo es tan real como el mismo acontecer de la historia.

Que el otro día la madre dijera que el padre le manda recuerdos, es lo que pone en guardia al hijo. Demasiado sabe el hijo que el marido de su madre lleva ya más de un lustro enterrado en el cementerio de Nuestro Padre Jesús de Espinardo. Y esta habilidad o debilidad, (según se mire), de no distinguir la madre a los vivos de los muertos, es la que lleva ahora al hijo a decir a la madre, ya entrada en años, que tome nota detallada de la necrología de conocidos y parientes, para no caer en el dislate de hacer el ridículo atribuyendo a los muertos la capacidad de saludar a los vivos.

El hijo le aconseja a la madre que escriba aquello que tiene que hacer, pues su memoria anda floja. Y tal fe y ahínco pone ahora la madre, que con sólo ella leer que el mundo tiene el corazón de hierro, que las estrellas son propiedad de los americanos pues impresas las llevan en su bandera, o que la sangre de los políticos está hecha de sustratos de alcornoque, basta para que lo crea.

Hoy la madre, siguiendo el consejo del hijo, trata de transcribir sus recuerdos y así dotarlos del poder vivo que alcanza todo documento escrito. Y toma así por más cierto e imperecedero la muerte que la vida. La muerte la lleva en cuenta en un cuaderno de Anaya; en cambio de la vida a veces ni se acuerda. La última anotación tiene fecha de ayer. Se le murió a la madre su mejor amiga, una íntima compañera de la orquesta donde ambas trabajaron durante treinta años. Eladia, era la del arpa; la madre del marido muerto tocaba el piano. Y si le dieran a escoger entre la historia y la vida, en un aprieto estaría, pues a la madre, (¡ay bendita locura!), le es más ventajoso deleitarse con los buenos ratos que pasó con su amiga muerta después de los ensayos en aquella cafetería de la Opera, que no comerse la sangre con sus desmemoriados días sumida en el cuarto donde todo le suena a tan deprisa que le sabe a nada. De nuevo insiste el hijo a la madre:
Toda batalla que se escribe, aunque ganada no sea, es ya una victoria. Así pues, madre, hágame caso, y apunte en su libreta la muerte de su amiga Eladia, no se la vaya encontrar un día y le mande recuerdos para mi.
La madre, antes de irse a dormir dice al hijo:
Hijo mío, me vuelvo al pasado.
La madre sueña despierta sus tiempos de estudiante. Está internada en la residencia de la calle del Triunfo. Aquella misma ventana de aquel bloque de pisos que se levanta delante de su cuarto es la que ahora contempla. Eran tiempos de exámenes, primeros de junio, noche cálida. La calle huele a geranio. Recuerda ver entonces una familia. La noche estaba oscura, pero al estar iluminada la vivienda de enfrente, la escena se le presenta con claridad. Ve a un padre, a la madre, a los hijos. Todos felices sentados alrededor de la mesa del hogar. Uno de los hijos toca al piano Conquest of Paradise de Vangelis. Y ensimismada con aquella melodía, recuerda la madre las mismas palabras que dijera entonces:
¡Ay cuánta ilusión me haría ser yo el día de mañana la esposa, la niña esa que toca el piano, la madre de esos hijos tan felices y hermosos!
Han pasado sesenta años de aquello. Y vuelve de nuevo la madre a ver desde su habitación aquella misma familia. Tanto le agrada contemplar aquella escena de sus tiempos de estudiante que la confunde con la vida que ha tenido. El recuerdo hace que se sienta segura. Gracias a su pasado puede defenderse la madre del presente cada vez más emborronado. Su pasado es un acicate para seguir viva en medio de una habitación llena de cocodrilos. A un lado tiene el presente; y al otro, el recuerdo. El presente es una selva llena de animales salvajes. El recuerdo, un estanque lleno de peces de colores. Dos bandos en plena batalla. Ella en medio debe tomar partido. Y le dice ahora al hijo, antes de regresar al sueño:
Regreso al pasado. No quiero que mi vida sea una sorda melodía en el ahora insensible y confundido del rugir diabólico de una jungla. Tras el muro del presente no veo ninguna ventana iluminada. Corred todos, si os apetece, a ese futuro desvencijado que os devora y enajena. Yo me quedo en el ayer de aquella estudiante que se embelesó escuchando Conquest of Paradise de Vangelis.

jueves, 17 de marzo de 2016

A mí me parió mi hijo





De cómo el hoy deteriorado resulta hermoso si se combina con el recuerdo de tiempos felices vividos atrás con afecto y rodeado del cariño de los tuyos.

Pero hoy el hombre, -día del padre-, está sobre el catre desarmado, arrepentido de sus errores, con su cabeza doblada cual un lechal y su paternidad por el suelo. Con ojos húmedos rehuye los descascarillados, la pintura de la pared bufada que ensucia al caer el ángulo del pavimento. El padre no está para gaitas ni onomásticas, recuentos ni celebraciones. El polvo y sus pelusas cubren el tedioso cristal del aparador y el retrato del unigénito. Los pañuelos, las camisas y calcetines, desdoblados como ratas, asoman sus orejas entre las rendijas de los cajones del dormitorio desolado del hijo. El padre se toca la frente y en una de las arrugas siente la muerte del hijo. No es que su hijo muriera; aunque para él, desde aquel día que la cerradura de la casa quedara rota por aquel portazo, el hijo y él, los dos están muertos. Una discusión tonta por el incumplimiento de la hora de la retirada del hijo un sábado de madrugada. Y una pregunta en el paréntesis de la curvatura de su entrecejo cuestionado:
¿Podría haber sido otra mi vida en circunstancias distintas?
Desde entonces, el hijo no ha regresado a casa. El padre, orgulloso, tampoco sale a buscarlo. Tras aquella bronca, quedó noqueado, se dejó caer en su sillón, el lugar preferente-preferido del hogar cabe el calor de la cocina. Y todo se vino abajo. Ya no volvieron a calentar las rajas de olivera en la chimenea, ni a brotar los vinagrillos por los ribazos de la huerta. Hay cosas que pasan, no porque así lo dispongamos, sino porque la ira, el odio, la vergüenza coloca al diablo dentro de nosotros y hace que seamos realmente unos asesinos, unos parricidas. Los gorriones ya no vuelan ni pian. El campo está yermo, la higuera seca. Ya no corre el agua por las acequias. Dos años y tres meses que ocurrió aquello. Y el padre sigue tumbado en el viejo jergón de sus recuerdos mal traídos. La vida, ese rosario de cuentas fallidas mal llevado y dolorido.
¿Cómo pude perder los estribos? -dice para sí atormentado el padre en esta mañana de marzo que ve la flor del albaricoquero asomar por la ventana.
Provocó de tal manera el padre al hijo, que éste último por respeto se fue de casa. El hijo sintió miedo, mucho miedo, miedo, no del padre, sino de sí mismo. Si aquella escena volviera a repetirse, si el hijo de nuevo sintiera el bofetón del padre sobre su dignidad humillada, no podría contenerse, se abalanzaría contra su progenitor, y allí mismo le machacaría el cráneo. Y así, para no quebrar el precepto natural del amor filial, el hijo decide no regresar a casa. Y es tanta su rabia y el portazo y el deseo de matar al padre, que el portón de la entrada, desde entonces para siempre quedó bloqueado, la casa resquebrajada y el padre cabizbajo y confundido, tumbado en el sofá abollado por el peso de tanta pena concentrada.

Y el mismo espanto y dolor que sintió el hijo al abandonar la casa, es el que siente ahora un padre frustrado por no haber sabido controlar las riendas de aquel potro audaz y valiente. Y es ahora, a través de la mañana, cuando ve una abeja sobre el sonreír de las flores del naranjo. Y el hombre le dice al hijo que todavía lleva dentro de sí:
¡Lo que me gustaría hacer las paces contigo, poder deshacer el destino! Volvería a ser tu padre. Tu serías mi hijo. Un padre no puede renunciar a su hijo. No porque sea imposible, (no hay vástago que no se sustente de la cepa que lo alimenta), sino porque mi corazón no lo aguantaría.
Y percibe el padre en la ausencia del hijo un acercamiento. Todos somos responsables de la conducta del otro. El resultado de la ecuación padre e hijo depende de los factores de la formulación del problema. Y continúa el padre ahora más animado:
Cierto. Mi paternidad hizo posible tu nacimiento, pero a mí me engendraste tú, hijo mío.

jueves, 7 de enero de 2016

Tuve un sueño




Tuve un sueño. Y en nada de lo que soñé encontré luego coherencia alguna. La lógica de los sueños anda escasa cual la misma evidencia, que al ser muy simple y delgada, la mayoría de las veces se nos muestra incomprensible.

La tarde antes, acababa de ver Interstellar, la peli de Christopher Nolan: el hambre y la sequía ponen en peligro la supervivencia de la Tierra. Urge encontrar un lugar sustituto para la especie humana. A través de un agujero negro, un grupo de exploradores intentan llegar a otro planeta. Además, hacía tan sólo quince días que habíamos enterrado a una buena amiga, a quien, por no provocarla en su actual estado, para mí, aún desconocido, no la citaré aquí por su verdadero nombre. La llamaré simplemente Nous, en honor a esa facultad por la que, según los platónicos, al margen del discurso de la razón, los humanos tenemos acceso al conocimiento inmediato de la realidad.

Tal vez mi sueño se alimentara de estas dos vivencias dormidas: la muerte de Nous, (el no saber su paradero), y ese mundo del universo lleno de posibles incógnitas en el que el film me tuvo absorbido durante más de dos horas.

He aquí el sueño:

Estaba yo en compañía de unos amigos en una especie de cochera en los sótanos de mi casa. Este bajo lo utilizábamos como almacén, garaje, trastero y también como lugar de reunión, cuando la masiva asistencia así lo requería. Celebrábamos algo, ignoro el motivo. La fiesta iba fatal. Faltaba de todo. El ambiente tampoco era de lo más guay. Recuerdo que quise preparar un café. Una serie de inconvenientes me lo impidieron. No encontraba la toma de red para enchufar la cafetera. De haberlo hecho, de nada hubiera valido, los cables no disponían de sus clavijas correspondientes. Sin embargo, poco antes había funcionado. El café desparramado por el suelo así lo evidenciaba. Lamparones de humedad oscura se filtraban por las grietas de los azulejos de la cocina. Aquello parecía más un antro fiesta en medio de un corral de gallinas. Y al no poder preparar el café, se me ocurrió, para animar de alguna manera la velada, ofrecer a mis amigos algún refrigerio. Pero ni siquiera encontré una botella de licor o refresco. En el frigo, la cubitera también estaba vacía. Oí que alguien dijo: ¡cómo se le ocurre a este hombre convidarnos sin tener lo necesario para una fiesta! Y me dispuse a remediar el desaguisado aquel.

Me acerqué a la casa de Nous, al igual que lo hiciera la madre de aquel palestino en las bodas de Canaán. Por cierto ella vivía, sin yo saberlo, a continuación del bajo donde estábamos. Entre su estancia y la mía no había linde alguno. Eso sí, en el mismo instante de franquear su propiedad, me sentí a mí mismo como un ser extraño en aquella otra realidad, ignorando cuál de los dos alojamientos era el más acorde con mi existencia.

Nous, a pesar de haber muerto semanas antes, se dispuso a socorrerme. Vi asomar su beatífica cara llena de serenidad y ciencia. Desplegó su cuerpo como un escapista del armario donde se encontraba. La recuerdo como un globo deshinchado que de pronto vuelve a tomar su plena forma. Y de las mismas lejas donde como un ovillo acurrucada estaba, empezó a sacar las botellas de bebida que yo precisaba. También me proporcionó un canastillo lleno de canapés y pastelillos. Y antes de entregármelo todo con esa unción, generosidad y parsimonia propia de una vestal del templo de los dioses, apartó una cabecera azul bordada de estrellas que protegía las bebidas y los bocadillos que allí tenía guardados.

Llevaba un vestido azul claro a juego con la almohada, cerrado por delante. El último botón, al tenerlo desabrochado, me permitió ver en sus muslos algo reluciente, como unos granos tersos, enormes a punto de reventar y desintegrarse en el aire. Lo achaqué a su enfermedad. O tal vez el inflado de aquellos granos, como aerostáticos, la hiciera cobijarse en la parte más alta del armario. Luego yo saqué de allí a Nous como pude. La cogí como hacen los recién casados en su primera noche de boda, alcé su frágil cuerpo sobre mis brazos cual una novia, y la deposité con sumo cuidado sobre la misma cama, donde días antes yo la había visto agonizante. Recuerdo que aquella vez me dijo algo que no entendí. Su voz era muy débil. Y este no entender sus últimas palabras, cuando, aún viva, vine a verla a su casa que no era ésta, pesaron en mí como una deuda, un desplante hecho al vislumbre, como un desacato a la mismísima trascendencia moribunda. Esta vez creí que Nous me diría aquello que días pasados yo no entendiera. Pero no, no me dijo nada. Y aún sigo sin saber lo que me dijo. Y vivo hoy la ausencia de aquellas palabras como la sabia respuesta a mis sempiternas dudas. Quienes sí hablaron, fueron dos mujeres viejas ataviadas con mantones negros y un pañuelo del mismo color sobre sus cabezas. Aguardaban sentadas allí cual dos marujas alrededor de la cama de Nous. Pero para hablar no tuvieron que proferir palabra alguna, pues yo con sólo ver su semblante, oí que decían. ¡Milagro, milagro. Nous está viva!

Después yo volví con mis amigos al lugar de la fiesta. Y ya no sé, si debido a mi asombro, aunque sé que en los sueños no hay lugar para ello, (pues allí todo es admiración y sorpresa), me vine sin despedirme de Nous. La fiesta ya era otra cosa, el ambiente había pasado de aburrido a ser de lo más divertido. Quise interrumpir el jolgorio y disculparme ante todos. Intenté agasajar a los presentes con las bebidas y la bandeja de alfajor, suspiros y mantecados que me diera Nous la resucitada. Voces de protesta me lo impidieron. En realidad nada ya necesitaban, estando como estaba el personal disfrutando entre bailes y canciones. En ese momento una cuadrilla de aguilanderos de Barranda amenizaba la fiesta. Y vi a Nous con su vestido azul bailando con el mismísimo Michael Caine el de la peli de Christopher Nolan.

jueves, 10 de diciembre de 2015

De Allan Poe a The Roots pasando por John Lennon




Sábado, 5 de diciembre del dos mil quince. Auguste Dupin tiene la tarde libre. Se dirige al estadio del Madison Square para ver a los The Roots. Desde que Dupin escuchara aquello de ¿por qué el mundo es feo, cuando Dios lo hizo a su imagen? sigue a este grupo siempre que actúa en Manhattan, por si en alguna de sus canciones estos roqueros de Filadelfia respondieran a la pregunta que allá por el verano del 2010 se hicieron en Dear God 2.0. Hoy hace setenta y cinco años del nacimiento de John Lennon. En homenaje al beatle asesinado actúa también, junto a los Roots, el colombiano Juanes –si me muero que sea de amor.

El concierto duró más de tres horas: el tiempo que Auguste trata de reconocer a la persona que está dos filas más adelante. La música va y viene como la fina lluvia que cae sobre las vidrieras superiores del teatro. Su cara le suena, pero la imagen de este hombre no le viene a la memoria. Obsesionado por poner nombre y apellidos a la persona de la fila 75, el detective no puede deleitarse con los temas que tan sabiamente interpretan los músicos. El hombre se le mete entre ceja y ceja a Dupin, atravesado lo tiene en su pensamiento cual cuchillo en el tambor del batería.

Los ojos del inspector se detienen en el hombre, su mirada pasa inadvertida. Dice: otro más de los miles que aquí vienen a disfrutar de tan magnifica velada. Luego Auguste vuelve a mirar la cara del hombre, como si en su primer vistazo se hubiese dejado algo olvidado. Y al no poder mirarle de frente, se queda con la parte del bigote que sobresale por una de sus mejillas. Y es entonces cuando aquel bigote se convierte en señuelo. Nada más ver de refilón aquel bigote, Auguste cree que se trata de Rocket, el asesino que hace tan sólo un par de meses mató a un empleado de la gasolinera de la ruta estatal 376. El detective sabe por experiencia que, tras el confortable aspecto inocente de cualquier melómano de las 15.000 personas que llenan este recinto, puede esconderse un criminal. Vuelve a fijarse. Pero no, no se trata del asesino de la gasolinera. Aquel hombre era negro. Y este, que está delante de él, tiene el pescuezo color salmón.

Los pelos en punta del bigote hacia la boca hirsuta de este señor le suenan. A este hombre lo conozco, pero ahora no caigo –dice para sí Auguste. Como antes, también ahora, su identidad se le resiste. Auguste Dupin es tozudo por temperamento y profesión. Y de nuevo el color semicanoso de aquel bigote le recuerda a Nico, el hermano de una novia que tuvo cuando Dupin trabajaba en el One Police Plaza. El desconocido vuelve en este momento la cabeza. Dupin puede ver, no sólo el bigote, sino toda la barba que enarbola su cara aplatanada. El hermano de su antigua novia no llevaba barba. Así pues Auguste descarta esta otra posibilidad. Dar con la identidad del hombre no deja de amargarle el concierto.

Si antes el detective relacionó a este hombre con un criminal a quien todavía la policía ha podido detener, esta vez los ojos pícaros, el amago de un bigote maldiciente, le traen al recuerdo a alguien muy cercano, tan cercano que Auguste Dupin afirmaría que entre ellos, tiempo atrás, hubo una cierta complicidad, la misma complicidad que pudiera haber entre el personaje de una novela y su autor. ¿Acaso esos ojos no son los de aquel escritor que me alumbrara y me ayudara a resolver El misterio de Marie Rogêt? –dice para sí el detective.

Así como una palabra puede venirnos al recuerdo, y en cambio resistirse su significado, lo mismo le ocurre a Dupin. Realmente está convencido que conoce a este hombre, en cambio no sabe quien es. Cansado de tanta investigación inútil, se desentiende del asunto. Abre sus oídos a la canción Todo lo que necesitas es amor. En estos momentos el All You Need Is Love inunda de colores, luces y sonidos todo el Madison Square. Y es cuando le viene al detective la identidad del hombre de la fila 75. Ahora sí. Recuerdo y realidad unidos en un mismo rostro. Aquel hombre del cogote color salmón, cual revelación milagrosa, acude a la memoria del detective Auguste Dupin. Se trata ni más ni menos que de Allan Poe, aquel cuentista que se murió hace años, sin pagarle los derechos contraídos por incluirle en algunos de sus relatos. Una lástima: olvido y recuerdo nunca fueron de la mano.