viernes, 4 de abril de 2025
Un sueño intrascendente
Hasta ahora, reconozco haber soñado sueños raros, extravagantes, surrealistas, pero nada adivinatorios. Por ejemplo si una noche soñaba que me había tocado la lotería, por la mañana bien temprano iba al quiosco, y comprobaba que mi décimo no se correspondía con ningún número premiado.
Ana se me apareció anoche en sueños con un nuevo corte de pelo. Durante los años que la conozco siempre vi a la mujer de mi amigo Joaquín con el mismo tocado. Largas mechas blancas, surcando su ovalada y esbelta cabeza sobre sus modestos hombros honrosos. Siempre con su sonrisa sincera, amable y espontánea. Pero, anoche, su cara en el sueño se me reveló de manera inusual. Ana había cambiado de peinado. Muy extraño en ella, siempre tan metódica y constante en sus atuendos y maneras. Y en lugar de lucir su habitual melena de plata, rizos negros azabache salpicaban su cabeza de matrona empoderada.
Mi amigo Joaquín vive con Ana en el campo, a unos treinta kilómetros de la ciudad. Tienen un ganado de vacas y una pequeña quesería familiar. Su estilo de vida es sencillo. Modesta y natural su manera de pensar. No son fanes de nada. Sin dogmatismo alguno. Buena gente. Nos conocemos desde el instituto. Y hasta hoy compartimos imborrable nuestra amistad. Nos vemos dos o tres veces al año.
No soy muy dado a elucubraciones ultra sensoriales, más allá de lo que veo y palpo. Esta mañana, sin darle mayor trascendencia al sueño, lo comento con mi mujer. Ella, más empática y capaz de percibir el aromático tic tac del corazón de una flor, o sentir simplemente la alegría del aleteo de un gorrión posado en la ventana de nuestro dormitorio, decide que vayamos hoy mismo a hacerle una visita a nuestros amigos. Comprobemos la realidad de tu sueño, -me dice-, si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma.
No lo niego. Me he asustado incluso de mí mismo al ver a nuestra amiga Ana. ¿Cómo puede un sueño adelantarse a algo que todavía yo no había tenido la oportunidad de averiguar? El sueño no tenía nada de extraordinario. Tal vez por ello el impacto de su intrascendencia me ha causado un impacto mayor. Ana simplemente había cambiado de peinado. Cosa completamente normal. Con todo ando estimulado por la fuerza determinante de este sueño intrascendente. No sé si será cierto decir que la vida es sueño, lo que sí hoy he comprobado que soñar es imprescindible para vivir, hacer un viaje, o simplemente visitar a unos amigos.
jueves, 13 de marzo de 2025
El desván
Te detienes frente al cuadro Muchacha en la ventana. Quieres saber lo que el pintor de los sueños rotos trató de expresar a través de la mirada oculta de esta mujer de espaldas. Tal vez no fuera la playa de Cadaqués lo que la hermana de Dalí viera en aquel momento.
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Mujer asomada al ventanuco del desván. Allá lejos: los montes del puerto de La Cadena. La niebla poco a poco se desvanece, y da paso a formas más cercanas y precisas. Un almendro acampa solo y seco cerca de la rambla. Una hilera de pinos mansos junto al camino de Los Ladrones. Las colinas de la Cordillera Sur se reflejan las unas sobre las otras cual celosas hermanas. Abajo, un gato negro, tendido al resol de la acera, duerme sus inolvidables tropelías de la noche anterior.
De todos los lugares de la casa, el desván es el lugar más tranquilo, acogedor y sin enredos; de ahí tal vez su encanto. Recatada cámara a la que se sube desde la planta baja por siete peldaños de hierro en forma de U empotrados a la pared. El desván huele a sándalo. Sólo una manta en el suelo y dos cojines. No en vano, por etimología, desván viene de vacío, vano, vanidad. Ninguna alusión pictórica o familiar. Sólo un cuenco tibetano sobre una mesita revestida con un pequeño mantel de ganchillo. Un pequeño foco entubado en una pequeña teja de barro adosada a uno de los tabiques de la estancia. Luminosidad carente de borrachos colores que ofusquen y turben la tumbada serenidad de la muchacha. Los únicos tonos: el oscuro de las chapas de caoba que recubren media habitación, el yeso blanco de la otra media, y el ocre marrón del terrazo del suelo. A pesar de la ordinariez y pobreza de este habitáculo, la joven se siente colmada, tanto por lo que esconde en su interior, como por lo que desde la ventana contempla fuera.
Nada más entrar en el desván, un generador de corriente se pone en marcha. La joven viene aquí a cargar pilas, a tenderse al sol que se cuela por la claraboya, (claire-voie), a dejarse penetrar por la voluptuosidad de este rincón. Libre de tensiones y problemas, sin necesidades y ambiciones. El ambiente es un tanto sagrado, dotado de una especie de halo místico. La mujer se descalza, se despoja de sus vestiduras. Se queda casi en cueros. Los gritos y algaradas del polideportivo a dos pasos de su casa no hieren sus oídos. Lo mismo ocurre con los patines de los niños que corretean en la plaza sobre las baldosas ruidosas. Se oyen, pero no molestan. La materialidad de las cosas se percibe de la misma manera que en otro sitio; pero sin connotación conflictiva alguna. Los pocos objetos de esta estancia exhalan paz y bondad. Aquí la muchacha se acomoda como criatura en el útero de su madre, como estrella en la estera zen del universo. Aquí, a solas consigo misma, bebe de la cálida luz del sol. En suculento bocado etílico se alimenta del verde clorofílico del panorama. Su cara en contacto con la tibia melosidad de la brisa que se cuela por el vano de la ventana. El monte, el mar, el calor tibio de un sol sin barreras la abrazan lúbricamente. En este coito vespertino, todo su ser, alma, cuerpo, voluntad y cerebro, se siente amada y amante, una y todo con la naturaleza, los hombres, los animales, la tierra.
El jadeo de su respiración cada vez es más insistente y acelerado. El ondulado allá de la sierra, caricia dulce para su cósmica mirada. La sinuosidad de las nubes, fina piel que envuelve su cuerpo. La transparencia del aire, el vino del sol, el verde del monte son elixir para su joven corazón agitado. Y no sólo es su corazón el que late cada vez más deprisa, es su vientre el que bombea bocanadas de amor en ascuas. Es todo su cuerpo al unísono el que se contrae y se dilata, el que in crescendo bufa suspiros divinos como un buey en medio del mercado. Y no le importa ser penetrada por el dardo dorado del hijo de Venus. El dios cupido entra ahora al desván, y enciende de azules los pliegues calientes de su virginidad vestida.
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Y si tú, agradecido lector, vieras a esta joven asomada a la ventana del desván de su casa, no te darías cuenta de que el almendro que antes ella viera solo y seco junto a la rambla, está ahora lleno de flores blancas, porque las cosas importantes ocurren sin que uno siquiera se de cuenta.
domingo, 2 de marzo de 2025
La tumba del tiempo
Hace ya cinco años. Un accidente laboral partió en dos el volante de mi cuerpo. Estaba yo soldando aquella maldita viga de hierro que aguantaba la cubierta de un almacén del polígono norte, cuando mi pie derecho resbaló. Caí al suelo desde una altura de cuatro metros. Mi frente vino a dar contra el borde de un tablón. Y asi fue como la corteza motora de mi cerebro quedó rota para siempre. Mis pies dejaron de recibir las órdenes que desde mi cabeza yo les enviaba para que se pusieran en movimiento. El médico fue muy descriptivo:
Nos hemos cargado la dirección. El volante de su cuerpo ha quedado aplastado como una manguera de riego por el peso de un tractor. A partir de ahora necesitará usted una silla de ruedas.Desde entonces, mis manos fueron mis pies. Y gracias a ellas movía yo el carro de ruedas, mis extremidades inferiores. Un hombre a un sillón pegado. Veintinueve años. Era joven. Me sobrepuse, superé aquel mal trago. Me jubilaron por incapacidad. Empecé a cobrar una pequeña pensión que me permitía llegar a final de mes. Mi agarrotamiento muscular me impedía desplazarme por las dependencias de un cuarto piso donde yo por aquel entonces vivía. Tuve que mudarme a una vivienda en planta baja. Entre escollos y mareas me desenvolvía como hábil práctico de barco. Y en mi silla-móvil iba desde el baño a la cocina, desde el patio al dormitorio, nunca mejor dicho, como Pedro por su casa.
Todo transcurría con normalidad, (entre comillas), hasta que otro accidente me golpeó de nuevo. Acababa de llegar a casa. Eran las siete de la tarde. A las cinco había salido al bar de la esquina. Tenía por costumbre jugar allí al dominó con unos pensionistas. De regreso pasé por el Mercadona, me coge al paso, compré una barra de pan, algo de fruta y unos tarros de guisos precocinados. Todo transcurría, nunca mejor dicho, sobre ruedas; pero no es bueno cantar victoria antes de tiempo. Al ir a coger la canasta del pan, debido al impulso de mi cuerpo, y no tener echado el freno a las ruedas, el carro se volcó hacia el lado opuesto. Silla y yo nos venimos al suelo. Arrugué hasta las córneas de los ojos tratando de alargar un palmo mis manos y hacerme con la silla de ruedas. Imposible. El móvil, que siempre acostumbro a llevar en uno de los bolsillos laterales del carro, también salió despedido. No pude pues llamar a Puri, mi vecina la del primero, para que me echara una mano.
El accidente en sí, desde el punto de vista físico no fue lo peor. Lo más preocupante fue el sentir mi inutilidad, la pobreza de verme tendido en el suelo sin poder levantarme. Por aquel tiempo acababa yo de ver ver Buried, esa película en la que Ryan Reynolds se despierta enterrado en un ataúd. Y no sé lo que es peor, si estar encerrado a oscuras en un cajón de madera, que el puñado de horas que estuve recluido en la cocina de mi casa sin que nadie pudiera socorrerme. Claro que grité y grité. Pedí ayuda con todas mis fuerzas. El día antes la Puri me dijo que se iba unos días a casa de su madre. Mis voces por muy fuertes que sonaran no traspasaban el ruido de los frigoríficos de la pescadería de enfrente de nuestro edificio. Cada cierto tiempo demandaba yo ayuda a cajas destempladas. Nada me comunicaba con nada.
Sólo el reloj de mi muñeca me mantenía unido al tiempo, ese tiempo me hacía seguir vivo. El susto alteró también mi estómago. Las tres horas primeras de mi postergamiento contuve a raya los esfínteres de mis intestinos. Luego, no aguantando más, me dije que le den por saco, me oriné encima. El café de la tarde también descompuso mi cuerpo, me hice de vientre. Se hizo de noche. Yo miraba el reloj. Las horas pasaban, y la esperanza de que alguien me echara una mano se desvanecía por completo. Dicen que la mierda de uno no huele, ¡mentira cochina! Yo echaba ascos y pestes por todos los poros de mi alma.
El legañoso clarear del alba me sorprendió postrado entre las heces y la orina de mi soledad emponzoñada. Hasta ahora, la silla de ruedas había sido mi bastón, mi camino, mi compañera, pero ¡cuán equivocado estaba! La silla de rueda a dos pasos de mí me negaba su compañía. Me sentí completamente solo y abandonado. Si hubiese podido le hubiese escupido a la cara como se hace con el peor de los amigos que se resiste a prestarte ayuda. Miré de nuevo el reloj, mi único consuelo. Tuve que limpiar con mi barbilla la esfera de excrementos untada. Era la hora del dominó con los amigos pensionistas. Habían transcurrido 24 horas desde mi caída. Y yo aún andaba metido y pintado en cuadro tan abyecto como indigno.
Los amigos de la partida del bar me echaron en falta. Después de no encontrar pareja para la partida, vinieron a casa a buscarme. Pero en lugar de llevarme con ellos al bar, me trajeron a este hospital. El doctor que me asiste no las tiene todas consigo. Me dice que, más allá de tener roto el volante cerebral de mi cuerpo, lo que le preocupa ahora es el estado de mi hipotálamo. El escáner refleja una lesión en la zona que regula los ritmos biológicos, así como la sensación del tiempo y la percepción del día y de la noche. Yo al escuchar al médico en seguida me puse en guardia. Y lo primero que se me ocurrió fue mirar el reloj que aún conservo en mi muñeca. Las enfermeras insistieron en que me lo quitara. Me resistí:
¡Ni hablar! Puede que la silla de rueda me haya abandonado, pero no permitiré que el reloj me deje solo ni un segundo. Y es más, si algo me pasara, les pido por favor que coloquen este reloj en marcha al pie de mi tumba. Quisiera escuchar su tic tac por toda la eternidad.
lunes, 27 de enero de 2025
Víctima de su propio invento
Paso a paso se convirtió en el verdadero Duke de un nuevo imperio de dimensiones interestelares. Miembro honorario del Ku Klux Klan. Hasta llegó a ser aquel hambriento inmigrante-violador -haitiano que se comió el pitbull de su patrón en Ohio, africáner, supremacista, la reencarnación del mismo Führer, piloto de naves de fuego y no sé cuántas cosas más. Pensaría tal vez que el mejor medio para librarse de sus propios fantasmas era convertirse él en otro fantasma aún más fantasma que su propia sombra.
Las redes sociales le dieron la oportunidad de convertirse en lo que él quería. Él era la red, su portavocía, el eco de todos sus delirios. Allí todo era falso, hasta la verdad. Hasta sus silencios eran mentirosos. Mentiras para encubrir su bajeza, su poca estima, sus ínfulas y aires de grandeza.
Desde el punto de vista biológico necesitaba mentirse a sí mismo para sobrevivir de sus miedos y complejos en ese mar de sombras y megalomanías en el que desde el día que nació, Platón, lo encerró en su propia caverna.
Hoy su red ha sido pirateada por otro hacker más habilidoso que él. Y para su sorpresa y fatalidad descubre que se trata de un simulador de sí mismo por él creado. Llegó tan lejos con sus locuras que temió ser vencido por su propio algoritmo, un doble de su propio yo. Y así fue como nuestro protagonista de hoy pronto resultará ser víctima de su propio invento. Ojalá no me equivoque.
Moraleja: Lo mejor es ser lo que somos; y no intentar ser nuestro propio perro mordedor.
martes, 21 de enero de 2025
Insomnio
Y también para tu pareja. Lo notas. Lo sabes por los suspiros que a ella se le escapan soñando. Cuando uno de los dos se desvela, el otro, como si los dos tuvieráis las uñas del mismo diablo dentro de vuestros ojos, se resiente de igual manera. Vasos comunicantes. El mismo nerviosismo, El mismo llanto. La misma angustia. Si a ti te da la corriente, y tu parienta se roza contigo, sacudida queda ella por el mismo calambrazo tuyo. Y si cabe más, pues la descarga que tú sufres se añade aun más a la de ella.
Vuestra vigilia se alarga más allá de las cuatro de la mañana, no hay manera. Una noria sin reposo. No cesáis de dar vuelta en busca de un acomodo en rebeldía. Cierras los ojos y te arrimas con amor ciego y desesperado a tu mujer. Desafías a la adversidad, al destino. No os importa morir los dos electrocutados por el mismo sufrimiento, por el mismo cortocircuito. Mutuo consentimiento. Sí es sí. La abrazas por delante, por detrás, hasta sentir los dos el chasquido de vuestra alma encendida por el pedernal de vuestro cuerpos conmutados. Hacéis el amor en medio de una noche de infiernos y de fieras. Y al momento, como la brisa tras el vendaval, quedáis dulcemente dormidos.
Ni valeriana, ni melisa. No hay nada como el quererse para combatir el insomnio.
domingo, 15 de diciembre de 2024
Lo que yo fui tú serás
Cuando murió la madre, un tierno perfume a hierba recién cortada se adueñó de la habitación. Su muerte no quebró a la hija. Al contrario, una paz desbordante inundó por entero su corazón. Como el agua apacible que baja del río, sin resistencia hacia el mar, así sintió la hija su partida, sin dolor, con naturalidad. El frescor a tierra recién labrada que salió de su último suspiro le supo a perfume de espliego y romero, esas balsámicas matas de monte que la madre tan bien conocía de sus tiempos de niña, allá por los campos de su presurosa infancia ayudando a sus labriegos padres por los campos de Azulada.
Cuando la madre murió, la hija estaba en plena madurez, fértil, carne aún hábil para la carne, resistente al dolor y a la inclemencia, a la ingratitud y los desplantes. En ningún momento hubo entonces lugar para el desamor, el abatimiento, el llanto y el desconsuelo.
Después de la muerte de la madre, cada cierto tiempo la hija va al cementerio; pero a hurtadillas, evitando las miradas de otros visitantes que la puedan tomar por loca por hablar abiertamente con su madre como si estuviera viva. Busca el aislamiento y el silencio, ese caldo y contexto propicio en el que los muertos acostumbran a sincerarse con sus deudos. Deposita encima de su tumba las mejores flores del pequeño jardín de su terraza. Despliega su pequeña silla de tijeras que ha traido consigo. Y sentada frente ella, las dos se cuentan sus cosas. Las dos mujeres, eternas y solidarias confidentes, vasos comunicantes, recobran fuerza ante los desafíos del infortunio. En ningún momento la hija sintió a su madre muerta después de muerta. Siempre la escucha, como esta vez que le dice a modo de consejo, al menos eso es lo que la hija oye dentro de si: Lo que yo fui tú serás.
Han pasado veinte años de la muerte de la madre. Conforme pasa el tiempo con más intensidad intuimos nuestra propia la muerte. La hija esta tarde siente un desgarro en el alma, espasmos y sacudidas en la barriga, una punzada terrible en su atorado estómago. Durante todo el tiempo que faltó la madre, sólo ahora, cuando una serpiente se le ha encasquetado a la hija en su estómago, se da cuenta de la muerte de su madre. El dulce sentimiento de la lejana muerte de la madre se convierte en quejido, dolor retroactivo que regresa vengativo a su recuerdo, como si la madre se muriera de nuevo. La hija presiente también su propio final. Siente miedo. Le falta la respiración. Y antes que la bicha se zampe como un huevo su vida, la hija exclama con voz desgarrada:
Los días se me van de las manos. Nada retorna. Todo al final se pierde. Nadie nos devuelve el pasado. Mi madre no se murió entonces, se me muere ahora cuando yo también me muero.
miércoles, 11 de diciembre de 2024
Metafísico estáis
Íncipit que tomo de uno de los versos preliminares del Quijote. (Diálogo entre Babieca y Rocinante)
Babieca: Metafísico estáis.
Rocinante: Es que no como.
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El otro día quise escribir una carta a una vieja amiga. Fuimos compañeros de trabajo durante más de diez años. Y su nombre no me venía ni a la boca, ni a la mente, ni al corazón siquiera. No me lo podía creer. No me acordaba si se llamaba Aldonza, Teresa o Marta. Llegamos incluso, entre nuestras zalamerías, a componer en diciembre una canción a la primavera, y en verano, un soneto al calor de la chimenea. De vacaciones, hasta un viaje en moto hicimos a la isla Barataria.
El tiempo, además de ser caballero andante que no perdona, traga más que come, es un inconsciente de tomo y lomo. Y mi memoria, una bestia desagradecida y muy poco socorrida. No podía yo perdonarme tal olvido.
A parte de desleal y desconsiderado, me sentí como si algo muy querido me hubiesen quitado. Y encima, culpable, sin tener yo responsabilidad alguna. Que los recuerdos van y vienen, sin saber uno su intención ni el motivo.Y además, con ese gran disgusto de que algo esencial de mi vida me habían robado ¿cómo no acordarme del nombre de esta mujer hermosa con quien tantos buenos ratos compartimos juntos? A tal extremo llegó mi olvido que incluso dudé de que la tal muchacha hubiese existido. Y si ella no había existido, siendo ella parte consustancial en mi vida, ¡pues mis arrumacos tampoco! A quien le cortan una mano, se queda sin ella; pero aquel que nació manco, se le da lo mismo, porque nunca mano diestra tuvo. Que tampoco es cierto aquello que dicen que donde hubo fuego, cenizas quedan.
Y no sé lo que es mejor, si no acordarme que un día estuve a partir un piñón con una buena amiga, o que el roce que con ella tuve ni que a nacer llegara. Es como quien, después de dos horas de patear malhumorado los sótanos del Ikea, no encuentra su coche allí donde lo aparcara; y se conforma y convence diciendo que él jamás tuvo coche en su vida.
Aldonza, o como se llamara esa amiga íntima que tuve o no tuve, y que ahora quería escribirle una carta para decirle metáfísico aún estoy por tus equinos huesos divinos, tal vez fuese un plato de arroz con pollo sin pollo, un significante sin significado, o un tío en Alcalá que ni tiene tío ni tiene ná. O como el mismo Sancho Panza dijera en aquella su retaíla disparatada de refranes: Ojos que no ven, corazón que no quiebra.
lunes, 18 de noviembre de 2024
La leche santa
Mientras espero mi turno, observo disimuladamente a las personas de esta sala. Cada uno es una carta cerrada; pero yo no puedo abrir el sobre de sus intimidades. Sentado enfrente de mí, un hombre de mediana edad, con el tronco paralelo al suelo. Sus manos abiertas sujetan su cara fruncida. Noto por su postura, a pesar de la robustez de su cuerpo, su derrota y debilidad. Lo veo tan abstraido y desentendido que me imagino que yo pudiera ser tal vez esta persona, por eso no me importa, no me da vergüenza allanar, detener mi mirada en su abatido aspecto. De pronto, como si el hombre tuviese ojos en la espalda, sin desbaratar ni un grado su rígida y doblada compostura, me dice a bocajarro: Deje usted de acosarme con su curiosidad malsana. Los locos no somos monos de circo. Sus palabras, además de sonrojarme, me hacen caer en la cuenta que yo esta mañana estoy citado en este hospital.
¿Y qué hace una persona, a todas luces normal, en la unidad de psiquiatría del Reina Sofía? En dos palabras: yo estoy aquí como podía estar en otro sitio. A mí me da igual estar sentado en un banco de la estación de El Carmen dando a entender que espero sin esperar un tren con destino a la Conchinchina. Mi intención es gritar al mundo con mi boca cerrada que yo soy una persona como los demás: que va al ambulatorio, que viaja, que va de compras, al dentista, a la oficina de correos. Como no sirvo para nada, tengo que convencerme a mí mismo, que hago algo, que estoy vivo. Lo que me importa es que la gente sepa que soy alguien. Si me quedo quieto en mi casa me agusano como un muerto.
Ahora llega mi turno. Miro el móvil, simulo que tengo prisa, miento que recibo una llamada inesperada. Y cuando me dispongo a abandonar la sala, una enfermera, con toda delicadeza, pero sin soltarme ni un momento del brazo, me introduce en la consulta del médico. A este doctor yo ya lo conozco de otras veces. Simpático con su voz clara y seductora atrae a los enfermos como a gallinas autómatas al reclamo de una lombriz apetitosa. Pero ahora que lo tengo tan de cerca, delante de mí casi tocándome con sus gafas de pasta verde clínica las pelotas, me da asco, hasta su boca huele al amargo regaliz del opio freudiano. A sus preguntas que yo no escucho, tan sólo le digo: ¿por qué no me receta usted algo para ser igual que todo el mundo y no seguir siendo, aun siendo distinto, un apestado, un simulador de mi propia personalidad?
Uno de los mejores sitios en los que yo, antes de venir aquí, acostumbraba a cobijarme, donde me apetecía pasar el tiempo, donde me daba cuenta que tenía algo por dentro que latía como mío, como propio, con su identidad específica..., era la catedral. Bajo sus bóvedas permanecía horas sin que nadie me llamara la atención. Su silencio acogedor me fascinaba. El reloj lento de su Torre. Los ecos mudos de sus naves góticas cariñosamente susurrando a mi alrededor. No había leones sueltos por Trapería, ni buscones por la Plaza de las flores, ni piratas por Santo Domingo, ni pirañas en el río, ni poltrona coronada por gallo alguno en el Palacio de san Esteban
Pero desde que unos indigentes, para alimentar a sus bebés, intentaron robar la gota de leche de la Virgen María que, a la sazón se guarda en una custodia en el Museo de esta Catedral de Murcia, los canónigos decidieron abrir el templo sólo la media hora, lo que dura la celebración de la misa. El resto del día, la iglesia, siempre asilo de peregrinos, dementes y menesterosos, lugar franco y proclive al perdón, quedó cerrada a cal y canto, desalojando así a pecadores, okupas e inoportunos visitantes.
Por eso ahora no me queda otra que refugiarme en este alocado lugar, la unidad de psiquiatría del Reina Sofía.
jueves, 13 de junio de 2024
El hombre y la mula
…nunca Sancho Panza se apartó de su asno, ni su asno de Sancho Panza
(Parte II, capítulo LV)
Por la curva de la melancolía el hombre y la mula, tras una dura jornada se toman un respiro. El hombre, más que hombre es un ángulo agudo renqueante. Reclina su cuerpo (sin tener que doblarlo), sobre la corteza de una enorme garrofera. A pesar de la faja apretada que lleva alrededor de sus riñones dolidos, doblado viene de por vida de tanto cavar la tierra. Su tatarabuelo plantó este árbol a su regreso de la guerra de Filipinas, allá por los años últimos del siglo XIX. Cuando el recuerdo se le emborrona y la mente se le aturulla tiene por costumbre descansar, aliviar su anguloso y derrotado esqueleto por ver si así recupera la verticalidad de sus trillados días. No en vano sus antepasados siempre llamaron a este garrofero el árbol de la memoria. La mula lleva en sus alforjas una azada, una cántara de agua con anís, una retalera y un garrote de almez. Y aquí, bajo este árbol perenne, siempre verde, a pesar de la sequía de estos tiempos desmemoriados que corren, se detiene a refrescar sus recuerdos. La mula sacude su cabeza como si quisiera decir al amo: Tiempo pasado, traído a la memoria, da más pena que gloria. La mula es su sombra. O lo que es lo mismo: el hombre es la sombra del animal, de tan pegados que están el uno al otro. Los dos, siempre juntos, como si fueran una sola persona.
Antiguamente, cuando él y la mula eran jóvenes, el animal se movía por el campo galopando como un potrillo, tenía que atarla para que no se extraviara. Aunque a decir verdad el hombre, cada vez que la mula desaparecía, se alegraba, no por perderla, sino porque pensaba que el animal estaría a sus anchas retozando en un bancal de amapolas. Hoy ya no es necesario. Entre el hombre y la mula, asegurada está la amistad y su mutua confianza. No pueden pasar el uno sin el otro.
El hombre echa mano a su gorra y la pone sobre una de sus rodillas para que el sudor acumulado tras la caminata de sus largos años se ventile. Un vaho de nostalgia le invade, lo envuelve ahora, al contemplar sus manos rugosas: yo ya no soy el mismo de antes. De joven siempre tenía prisa. Deseaba que pasaran los años para llegar cuanto antes a disfrutar de su hombría, una casa, mujer, hijos, llenar el granero, los nietos…Hoy es distinto. Quiere que el tiempo se detenga inconmovible al igual que lo hace el monte allá a lo lejos custodiando el pueblo, como lo hace ahora la mula quieta contemplando con ojos acuosos la melancolía insistente del hombre.
La tarde violeta enfoca sus templados rayos sobre los cuerpos amodorrados del hombre y la mula. A los dos le cuesta arrancar. Su dolor no es el peso que llevan a cuesta, sino que ella, la mula, no llegue a tiempo a la muerte que le espera. Y él… poder coger los huevos de sus cuatro gallinas antes de irse a la cama. Piensa el hombre dándole la razón a la mula: no es hora para detenerse en cosas que no conducen a nada. Y emprenden ambos un poco más animosos el regreso a casa. Pues como decía Mahler la tristeza a veces es nuestro único consuelo.
martes, 20 de febrero de 2024
Entre el azul, el rojo y el naranja
Esta mañana la mujer se despierta como el bebé que a media noche busca a tientas la teta de su madre. Tan sólo quiere vivir, levantarse y sentir la vida. Esa sensación de palpar la vida en el silencio del alba quieta, frente a la puerta de su casa. Le es difícil describir esa experiencia. Una fuerza interior que no sabe si le sale de sí o le llega de fuera. Lo cierto es que fundida queda formando un único cuerpo con la realidad que le circunda. Sola y en paz delante de la madrugada. Más que fundida, confundida. No sabe si viene, si está en el comienzo o en el final de un camino inexistente. Lo que sí sabe es que al margen de cualquier otra cosa, ella está viva. Y esta existencia por encima de cualquier otro avatar le produce un placer profundo, interior, una calma inigualable.
Dentro de poco amanecerá, y la luz del día le llevará al gallinero, amasar y hacer el pan, bajar al huerto y arrancar unas cuantas cebollas y patatas para hacer una tortilla al marido, prepararle la fiambrera, llevar los nietos a la escuela, pasarse por el casero y pagar el alquiler del mes, barrer el porche de las procesionarias del pino, podar el rosal de la entrada. Hoy además tendrá que hacer de albañil y tapar las grietas de la pared de la cocina que ha hecho asiento tras las lluvias de la última Dana. Y así, en el diario laboreo llenará de prisas el día, y la ansiedad le impedirá respirar y disfrutar a fondo los momentos del día.
Por eso ahora en esta tranquilidad del alba, en el preciso momento en que se gesta la luz, y el día amanece, la mujer detiene todas las máquinas y motores de su agitado mar. Inmersa está saboreando el hálito que generosamente le ofrece el instante sosegado y detenido desde donde contempla el horizonte suavizado entre el azul, el rojo y el naranja. Ella no sabe qué piensa un capullo al romperse y convertirse en flor. Tampoco sabe qué siente una flor al convertirse en fruto. Desconoce también qué pasa por dentro de una oruga en el momento de convertirse en mariposa. Tampoco sabe qué dice el teorema de Tales, ni la ley de la gravedad de Newton. No le hace falta para saber que la fuerza instintiva que colma tanto a la flor, como al brote, como al gusano a la hora de dar el salto de su propia transformación, es muy parecido a lo que ella siente en este momento.
viernes, 27 de octubre de 2023
Un buey sin alas
Una persona sin amor es como un buey sin alas.(Opekú)
El amor para el joven despechado era como esa corriente del agua que se le escapó en aquella antigua mañana gris frente a los molinos del río, como esa sombra que corre delante de nosotros, sin dejarse atrapar. La imposibilidad del amor responde a la propia naturaleza del amor mismo, a la hermosura suprema de su deidad idealizada. Cuanto más bella sea la persona amada, mayor es la distancia que nos separa de ella. El amor perfecto e incorruptible es una búsqueda inútil.
Desengáñate, muchacho. El amor absoluto no existe, como no existió Dulcinea, como tampoco existen los bueyes con alas, como tampoco, los sueños con patas; pues son nubes, y como el aire y el fluir interminable del río, de coger nunca se dejan.
Aquella mañana en las aguas mansas del río se reflejaba la catedral y su torre. De pronto un joven vio que la torre se perdía tras el puente nuevo. Aturdido se arrojó al río para rescatar la falsa idea que en su platónica cabeza le atormentaba.
Horas más tarde, buzos del Servicio de Salvamento del Ayuntamiento de Murcia encontrarían en el cauce del río el cuerpo sin vida de un joven no identificado. A día de hoy aún se desconocen las causas. Pero yo bien sé que murió de amores.
domingo, 24 de septiembre de 2023
El pasado nunca vuelve
Siempre has querido no vivir donde vives y estar ahora de nuevo donde hace años estuviste. Por eso esta tarde, con tanta fuerza echas de menos tu adolescencia, que das un salto al pasado para vértelas allí contigo mismo.
Tras casi una hora en coche aparcas enfrente de los jardines del barrio de Vistabella. Cerca de aquí, en un colegio de la calle la Gloria, pasaste los hervores de tu pubertad. Del río te separa la misma balaustrada de antes, la clásica baranda desde donde la zona Este de Murcia se mira en el fluir de sus aguas. La calle Jorge Palacios, la que sigue al hospital Reina Sofía, está acordonada de coches estacionados en doble fila. Jacarandas, palmeras jalonan ambos lados de la acera. Desde el puente de Calatrava hasta el puente Viejo, una hilera de pescadores, reglamentariamente espaciados, concursan en un certamen regional de pesca. Dos viejecitos, desde la ventana de un primer piso, observan en silencio el pasear tranquilo de la gente en esta tarde de un sábado de septiembre. Una señora, pelo rubio, pantalón vaquero que oprime las partes más carnosas de su cuerpo, se desata en explicaciones con un hombre de cuello recio, abultada barriga y con bigote cepillo de dientes que no le quita ojo a la mujer platicadora. Este lugar es un oasis en medio del barullo de la ciudad que se presta al buen avenimiento y a la confidencia. Y escuchas por boca de los niños, que se algunzan en los columpios al ritmo de los caños cantarines de la fuente, el bullir de aquellos años intrépidos de tu mocedad revivida.
Quedaste ayer con una muchacha, ir los dos juntos a la feria, a montaros en la noria. La esperas ahora en el sitio que dijisteis, en este banco enfrente de la balaustrada del río. Los lazos altivos de las palmeras saludan allá a lo lejos al rojo de la panocha encendida de la Cresta del Gallo. Dos zagales de tez morena patean la tarde con un balón frente a la fachada de un bajo ante la mirada malhumorada de un resabiado señor. La mujer de los vaqueros ajustados sigue aún con su perorata con el hombre del mostacho a lo Chaplin. Él pasa de sus palabras. Sólo tiene ojos para mirarla. Lleva la mujer una coleta que anuda con una cinta verde-eléctrico. Este deportivo peinado la reviste de una cierta belleza juvenil inusitada para sus años. La tarde acaricia el rosicler vespertino sobre el manto dichoso del agua del río.
El viejo sigue mirando por la ventana. La mujer ya no le acompaña. Está preparando la cena: tres bajocas, una cebolla y un huevo esclafado en el caldo con dos patatas. Y la conversadora pareja, se despide. El hombre esta noche en la cama, estando solo, se sentirá a gusto, más que otras veces, pensando en el alegre peinado y en las ardientes carnes de una mujer que ahora no le habla sino que le besa y que le abraza. En su pensamiento y en su soledad el hombre robusto se ciñe a ella como el viento a las palmeras que doblan de gozo sus palmas. Y por el callejón de la esquina se oye la voz de una madre que llama a cenar a uno de los dos niños que gruñe y patea porque no quiere nunca dejar de jugar como Dios manda.
Y te da vergüenza chocha decir que te sientes más feliz en el ayer. El pasado es para ti más joven, más vivo y real que este tu cuerpo doblegado, surrealista, sometido a esta modernidad escandalosa, estresada, vertiginosamente cambiante que te impide gozar el presente. No se trata de un juego de tu imaginación, tampoco de una delirante composición retrospectiva del tiempo.
Deseabas con tanta fuerza volver a tu adolescencia que físicamente te has escapado del tiempo. Y estás sentado aquí en el mismo banco de hace ahora más de sesenta años. El tiempo a tu edad corre que se las trae, tan deprisa corre, que estás aquí como si el ayer y el ahora fuese el mismo momento.
Ya se ha pasado la hora de tu cita con la muchacha. Pero la muchacha no ha venido. Y oyes ahora llorar al río. El pasado, como sus aguas, nunca vuelve.
miércoles, 16 de agosto de 2023
La culpa mata
Las flechas del mal que le arrojaste revirtieron sobre tu conciencia, si cabe con más agresividad y virulencia, que de ti partieron. Y fue entonces cuando tu dolor se hizo carne y uña afilada en tu alma. Y quisiste reparar tu sonada bofetada. Pero lo que hiciste fue cagarla aún más con tu injusto comportamiento. Y en lugar de consuelo, acumulaste más pena en tu corazón contrito.
Le regalaste un ramo de hortensias blancas. Y estas flores, nacidas de la culpa, la cubrieron aún más de mierda. Quisiste enmendar tu desvarío, pero lo que conseguiste fue apilar más fuego a la hoguera, generar más odio, atravesar con tu lanza y mala leche el amor que a ella te mantenía unido. Humillaste su dignidad con el bien envenenado de tus flores.
Tú no sabías que las hortensias expelen una toxicidad negra e invisible bajo el inmaculado color de sus pétalos. Flores que, como las matas de la correhuela, acabaron consumiéndote también a ti, donante hipócrita y portador contaminante. Y es que el mal, cuando se apodera de una persona, estropea todo lo que a su alrededor toca, por muy querido y preciado que para uno sea.
Te ocurrió lo mismo que aquella otra vez que te viste pegado irremediablemente al ánfora aquella, misteriosa y célebre pieza, que exhibías en el salón de vuestra casa, Se te cayó al suelo; e intestaste unir sus pedazos con aquel duro engrudo..., con tan mala fortuna que quedaste inmovilizado y roto para siempre junto a la mejor joya de tus conquistas submarinas.
Y así ahora te ves atrapado, estrangulado, aplastado, pegado de por vida al mismo mal que causaste. Efecto búmeran. El mal te sumergió en el fango de tu culpa, no te dejó salir vivo a la superficie a respirar de nuevo la vida junto al amor de tu vida. El mejor alivio para el arrepentido no es la culpa. La culpa mata.
martes, 6 de junio de 2023
Baja voluntaria
Dos hermanos, doce y trece años. Sorprendidos por un coche de la policía cerca del paso a nivel sin barreras antes de llegar a Quitapellejos. Tú eres uno de los cuatro agentes que formáis esta patrulla. Los guardias siempre veis en los demás a un posible delincuente. En la Academia empañaron los cristales de vuestros ojos con los colores siempre desteñidos de la sospecha, de la desconfianza. Los muchachos se bajan rápidos de una moto. Cruzan las vías del tren. No todos los que corren son ladrones, ilegales o forajidos. Y en este intento apresurado y sin sentido ves a los hermanos catapultados por el tren que precisamente pasa en ese momento. Los dos mueren en el acto.
Hoy
En el entierro, concejales y educadores, sus maestros de apoyo. Toda la vecindad empatizada en el pésame. El padre, en la cárcel por drogas. La madre, volcada en sus hijos. Todos en el colegio hablan bien de los dos muchachos. La trabajadora social de los servicios municipales no se cansa de alabar el coraje de la madre, comprometida en todo momento por sacar adelante a sus hijos. Los que participamos en el entierro, (incluido yo), nos agarramos a la compasión como cuchara para alimentar nuestra bondad, requisito necesario para la autoestima. Engordamos parasitariamente nuestra santidad con el dolor de los demás, con la muerte de los inocentes.
Mañana
Has dormido mal. No tienes fuerza para levantarte de la cama. No sabes si acercarte al cementerio de Espinardo a depositar unas flores a los pies de la tumba de los muchachos atropellados. O dirigirte a Comisaria y solicitar tu cese en el Cuerpo.
viernes, 19 de mayo de 2023
Mentira cochina
Cuando me contaste lo tuyo con Cinta me acordé de aquel poema de Neruda (Farewell) Para que nada nos separe que nada nos una.
Desde que te divorciaste de tu mujer, hace ya siete años, eres feliz. Cinta también. De vez en cuando quedáis. Cada vez la encuentras mejor, más guapa y sonriente, elegantemente vestida.
Cuando estabais juntos, apenas se arreglaba, era más descuidada. Y tú exactamente igual. Se te daba lo mismo ir descalzo, que en zapatillas; con los faldones por fuera, que despeinado. Tan seguros estabais el uno del otro, que estos detalles aparentes no eran lo esencial en vuestra relación. Lo importante era lo que os ataba por dentro, el acero inoxidable de un fuego interior imposible de ser apagado. Mentira cochina.
Durante el tiempo que estuvisteis casados, vuestra comunicación se reducía a lo mínimo. Si vivíais juntos ¿para qué hablar, si vuestros cuerpos lo decían todo? Si os queríais, ¿para qué apuntalar vuestro amor con artimañas fingidas? Era tanta vuestra sinceridad que no escondíais nada. Cuanto más des-nudos, más unidos y encintados estabais. Mentira cochina.
Mientras permanecisteis casados, despreocupados andabais el uno del otro. Nada que decir, nada que comentar, nada que reprochar. Confianza plena. Mentira cochina. Tú te arrinconabas en el sofá con tus cascos a oír música, completamente ausente. Cinta por su parte, ensimismada en sus lecturas, o pegada al teléfono hablando con sus amigas.
Por inexplicable que pareciera, vuestro enamorado idilio empezó a partir de vuestra separación. Tú no parabas de cortejarla. Cuanto más lejos de Cinta, más la echabas de menos, más la necesitabas. Os citabais en un bar para hablar, para hablar de los hijos. Mentira cochina. Durante los años que vivisteis bajo el mismo techo, ni los hijos, ni el colegio, ni siquiera un y tú cómo estás fue tema de vuestra conversación.
En cambio, por lo que me cuentas, ahora, después de siete años, estás completamente colgado de ella. Decides verte con Cinta, pero lejos de su casa, fuera de vuestra vieja casa conyugal. El recuerdo tedioso del ambiente aburrido del hogar os da grima. Preferís quedar en Quitapesares, un chiringuito bucólico del monte, lugar paradisíaco desde donde la ciudad al atardecer activa tus hormonas. Tú, el que siempre te habías desentendido del tema de la educación de los hijos, inicias la conversación: a la niña le han quedado las mates, deberíamos ver la manera de buscarle un profesor. Mentira cochina. Cinta demasiado sabe que este comentario tan sólo es una falsa justificación para seguir viéndoos. Pero no te lo reprocha como otras veces. Cinta disimulada, se deja coger su mano por la tuya. Una brizna del ciprés cae sobre el brillo de sus cabellos. Te insinúas para retirársela de su cabeza. Otro pretexto. Tus dedos se detienen sin querer sobre el rubor de su cara. El roce de tu mano se detiene más de la cuenta. Ella lo nota y al verte tan explícito, te dice échame un poco más de vino. Los dos sabéis que esto es un juego.
Mientras estuvisteis viviendo juntos, si a ti te apetecía hacer el amor, a ella le dolía la cabeza. Y cuando ella te deseaba, le decías Cinta, no, estoy muy cansado. Ahora es distinto. Cochina mentira.
miércoles, 10 de mayo de 2023
Santo patrón
Una mañana bien temprano, sin que ningún feligrés se percatara de su escurridiza y venerable figura, el cura del pueblo salió de la casa parroquial camino de la iglesia. Este pueblo tiene como patrón al apóstol Santiago. Según cuenta la leyenda, santo tan batallador y ecuestre se apareció en la batalla de Clavijo, ayudando a los cristianos a descuartizar a diestro y siniestro a moros y judíos impenitentes que se resistían a ser reconquistados. Pues bien, la imagen de ese ínclito, omnipresente, discutido y errante colonizador evangélico era venerada con gran devoción y desmesurada fe por todos los habitantes de esta pequeña villa de los campos de Iberia. Por muy difícil que parezca, el único que disentía de la ideología del santo era el cura del pueblo.
La talla entronada del patrón reflejaba la divina furia en pro de una España unida en el destino universal contra herejes y apestados. En su mano derecha el santo blandía una brillante espada untada por el rojo de la sangre de tanto morisco escabechado. No contento el escultor en reflejar la santa ira, tanto en el rostro como en su tizona reluciente de sangre apóstata, labró además con todo detalle de su profesión escultórica el rostro en tierra rendido de un beréber apóstata. Desde su inmaculado caballo blanco el calcañar sacrosanto de Santiago aplastaba el cuello de su derrotado enemigo que suplicaba perdón y clemencia con ojos dilatados. El doblegado hereje sacaba su lengua sanguinolenta dando el último suspiro tras el linchamiento por el apóstol fiel a las ordenanzas de Dios: hacer de España, Una, Grande y Libre. Huevos como los de este santo patrón, gallina alguna por muy americana que fuese, jamás en su vida pondría. Hasta es así, que los turistas al entrar en la iglesia y extrañarse de ver el pavimento roto del templo, el sacristán se apresuraba a decir: se le cayó un huevo al santo, y tanto era su peso en oro que rompió la losa del altar mayor.
Por todo esto y mucho más, el párroco de este pueblo, fiel también a sus creencias posconciliares muy en boga durante aquellos años de renovación litúrgica, una mañana temprano, sin que ningún feligrés se percatara de ello, se encaramó al camarín de nuestro señor Santiago, y le quitó la espada al santo para que dejara ya de una puñetera vez de avasallar a todo aquel que no creyera como él creía. Y es que un santo patrón con tanta fe, como dice Carlos Onetti, es más peligroso que una bestia con hambre.
sábado, 29 de octubre de 2022
Madre mía tan bella y perdida
La siguiente conversación auto-fingida (entre una hija y su madre), escrita en estos días de los muertos, quizá se deba a que acabo de leer El paseo repentino de Vila-Matas, cuento, según este autor, el más interesante de su libro Hijos sin hijos. Y no es que el tema de la paternidad me preocupe mucho o poco, que me preocupa, y muy mucho, como debería preocuparme también el saber que, al fin y al cabo, todos somos hijos de un padre, o como en este caso, de una madre, aunque nuestros progenitores duerman ya el sueño eterno. Oh mia patria si bella e perduta. (Nabucco. Verdi).
La hija ve a la madre muy convencida y firme en sus ideas y tradiciones:
Madre, tú estás tan segura de todo…La madre mira con desdén a la hija, como si esta fuese una estúpida:
Yo no estoy segura de nada. Dudo de mis huesos que apenas me sostienen, dudo de mi alma y del dios que la creara, dudo hasta del sol que me alumbra. Su luz es ya tan débil para mi vista cansada… ¿No ves que no puedo andar? ¡Hija, acércame ya de una vez el bastón y llévame al balcón a ver los geranios!La hija, como siempre, al pié del cañón, coge con delicadeza a la madre del brazo. La madre no para de hablar. Se lamenta:
¿Verdad, hija, que soy engreída y mala?
¡Qué va! Lo que tienes es mucho carácter.
Cuando me muera y me presente allá en el Juicio Final, no sé lo que va a ser de mí. ¡La libreta de mi vida está llena de borrones!La madre para de hablar. Y este parón se le hace interminable a la hija, como si la madre se dispusiera a traspasar ya el umbral del tiempo. Al rato la hija rompe el frío cristal del mortal silencio que consume a las dos mujeres como agua en un cazo puesto a fuego lento:
Un poco dura, madre, sí que eres. Irónica, susceptible, diría yo.
¿Y eso que quiere decir?
Nada. Como si estuvieras siempre por encima de todo el mundo, dispuesta a no reconocer que tú también eres parte de la vulgaridad y de las limitaciones que nos definen al resto de la familia. Pero no te preocupes, eso sólo es una manera de expresar tus sentimientos. Tú eres así, y ya está. O sea, que no te tomo en cuenta las veces que me has dicho que soy una perfecta imbécil, incapaz de memorizar y cantar una canción como Dios manda, que no sé freír un huevo con puntillas como a ti te gustan, que no sé, que no sé…Tratando de consolar a la madre de su congoja, a la hija se le ha olvidado acercarle el cayado.
¿No pensarás quedarte ahí parada, hecha una inútil toda la vida, sin acercarme el bastón?La hija está harta de las maneras de su madre, de su senil egoísmo, siempre tirándole chinas con su cara increpadora y larga.
Eso es lo que soy para ti: una carga. ¡Con lo que yo he hecho por vosotros!La madre en su delirio, lo mismo se muestra intransigente que tierna y desvalida:
Hija, no te mueras, ¿qué sería entonces de mí? ¡Te quiero tanto!La madre esta noche, también se acuesta llorando. Su culpa le aprisiona el alma por la que le escurre el llanto como un regato reseco y arrepentido de bregar por riscos y cañaverales. Más aliviada ahora, apenas le da tiempo a decir a la hija:
El viernes que viene es primero de mes y vendrá don Francisco a confesarme.
domingo, 23 de octubre de 2022
El muchacho de las algas
Un viejo con gorra de tela, blusa gris y brío adolescente, nada más llegar a la estación, se ofrece a cargar con tu maleta hasta el autobús. Un euro de propina. Después de hora y media de viaje llegas al aeropuerto. En el mostrador 125 recoges la carta de embarque. Buscas la puerta B26, vuelo 907. Son las tres de la tarde. El comandante saluda por megafonía a los 210 pasajeros. Te hubiera gustado ver su cara, asegurarte de su temple y profesión. Voláis a una altura de 30.000 metros, con una temperatura exterior de 30 grados F. Te ha tocado por compañero de asiento un señor cuya barriga flotante cae casi sobre tus mismas narices. Andas despistado con los usos horarios.
A pesar de las muchas horas desde que saliste de Barajas, en tu reloj son las tres y cuarto, justo la misma hora que marcan los monitores que cuelgan del techo central del avión. O sea que el tiempo no ha pasado, o ¿acaso el tiempo es un truco, un conejo sacado de la chistera de un mago? A este paso –le comentas al gordo que tienes al lado– llegaremos a Yucatán antes de haber salido de Madrid. En la tele ponen una peli de perros. Después de casi diez horas de vuelo, turbulencias, de idas y venidas al aseo, ¡por fin, en Cancún! Bochorno insoportable. Sudor. Humedad asfixiante.
El hotel Bahía Maya es un racimo de balcones abiertos al Caribe mejicano. El ocre, el azul y el amarillo de su estrambótica fachada destacan alegres sobre el blanco de la arena. Te despiertas a las tres de la mañana, desorientado, como el que se levanta después de una larga siesta. Los resplandores de una tormenta se cuelan por las mosquiteras de la puerta de doble hoja de la habitación. La cama es un gran poyete de obra. Antes de amanecer, ya estás en la playa. Quieres ver salir el sol. Dos pares de pelicanos, como cuatro dioses mayas, planean sobre el mar tranquilo. Un muchacho, no más de 18 años, recoge en montones equidistantes las negras algas de la playa. Huevos gigantes, verdes, cuelgan de una palmera. Son cocos –te dice el muchacho gorra azul, piel oscura, pantalones blancos y camisa a cuadro-servilleta de cocina. Le preguntas por dónde saldrá el sol. Te dice: ahorita con estas nubes no creo que salga. Su ahorita te suena a eterno. Aquí todo parece más grande. Grande el mar, grande el cielo al que no alcanzas a delimitar con tu mirada. Grande son los cirros que allá a lo lejos apuntalan la bóveda del cielo.
Grandes, también los cocodrilos. Troncos secos, vegetación exuberante, extensos charcos de agua escoltan tu cauteloso andar. Mamá cocodrilo se llama Adelita. Está tumbada en medio del camino que va hacia el manglar. Cauteloso detienes tus pasos. El muchacho de las algas te dice que Adelita sólo se pone furiosa si alguien pasa cerca de los huevos enterrados que ella guarda fervorosa. Sólo los humanos –añade– nos enfurecemos sin necesidad. El muchacho trae consigo un cubo con las sobras de la carne de pollo del almuerzo. Da una palmada, y los cocodrilos saltan como delfines hacia la comida.
Cada mañana es nueva y diferente. Hoy amanece encapotado. Gotas pesadas como el plomo caen aisladas sobre la arena. El muchacho de las algas, antes que el sol bese sus laboriosas algas, ya está rastreando la arena.
-Ayer, no te vi.En sus ratos libres el muchacho se dedica a buscar culebras. Lleva una rodeada al brazo. ¿Sabías que Cancún en lengua maya quiere decir nido de serpientes? Te la ofrece para que la cojas para que la sientas y compruebes que es inofensiva. Si no le haces nada, ella no te hará nada. Las nubes cada vez son más compactas. El cielo sigue encabronado por el sur.
-Libré. Descanso un día a la semana. Esa libreta que llevas ¿para qué es?
-Para escribir.
-¿Y qué escribes?
-Todo lo que veo y me impresiona. Por ejemplo: ¿cómo te llamas?
-Roberto.
-Pues mira, ahora escribo en ella tu nombre.
Si este muchacho fuese más expresivo y no sólo contestase a tus preguntas con la receptividad educada de sus tiernos ojos negros, le preguntarías cuál es su país. El muchacho de las algas esquiva tus pensamientos como si supiera lo que pasa por tu mente curiosa. Roberto sube el rastrillo a la altura de su pecho, templa sus dientes, ves mover los dedos crispados de la mano que le queda libre, como si fuera un tenista derrotado tecleando los hilos de su raqueta. Y el muchacho de las aguas te confía su secreto: Mi verdadero nombre es Tukul, soy de Chiapas.. Aquí estoy de paso. Un clandestino, un ilegal más camino a Estados Unidos. Si los dueños de este hotel supieran quien soy no me hubieran dado trabajo, me delatarían.
Sábado. Has sacado la tumbona a la terraza frente a los arrecifes que allá lejos atrincheran el mar. Hoy los peces sonríen, el océano está en calma. Lo notas, porque los arrecifes no cortan el golfo de Méjico con sus espumas gigantes. Anoche, la luna acariciaba El Caribe, por eso sus aguas hoy son sedosas como el zumo de papaya, anaranjado, dulce y jugoso de tu desayuno. Esta mañana no bajas a la playa a conversar con el muchacho de las algas. Respetas su miedo. De haber hablado con él, le hubieses preguntado por el subcomandante Marcos, guerrillero zapatista, por el obispo de los indígenas, Samuel Ruiz. Hubieseis hablado de la opresión del pueblo maya, de la enfermedad de su madre, de la pobreza de sus hermanos, de su padre muerto por los Federales en la batalla de Ocosingo... y de tantas cosas odiosas…
Alzas tu vista, y allá abajo, ves el muchacho de las algas barriendo la arena de las duchas. Y ves también ahorita como uno de los inspectores se acerca a Roberto. Luego, los dos muy serios, se dirigen a la oficina del gerente del Hotel Bahía Maya.
miércoles, 28 de septiembre de 2022
Una pequeña confusión
Lo mismo una madre aterrada estrangula con el cable de carga del móvil a dos de sus tres hijos por despecho hacia el marido. Y otra misma madre se interpone ante el cuchillo de su desalmado cónyuge, dando la vida por su hijo. ¿Cuál es el resorte que nos hace comportarnos de manera tan disparatada? Cada vez que alguien comete un crimen en cualquier parte del mundo, te preguntas si tú misma en sus mismas perturbadas circunstancias no hubieses hecho lo mismo. La maldad de uno es una mancha que salpica a toda la sociedad. La bondad debería comportarse igual: hacernos buenos a todos. ¿Por qué el miedo es cobarde y elige la oscuridad de la noche para huir de su anunciante tragedia?
Aquella noche plácida de junio salías de tu casa para reunirte con tus amigas en el bar de La alegría. Nada más abrir la puerta de la calle sospechaste de un seat negro, un ciento veinticuatro, aparcado en la misma esquina del callejón donde vivías. De pronto viste bajar del vehículo a tres hombres. Se te cruzaron los cables. El miedo se apoderó de ti. No tenías escapatoria. Ilusa, volviste rápida sobre tus pasos y te metiste de nuevo en tu casa. Pensaste, estos vienen a por mí. ¿Quién se dejaría coger por un perro rabioso que intenta morder? Al momento estos mismos hombres llamaron a la puerta. Se presentaron como policías y te detuvieron allí mismo. Aun a sabiendas que somos inocentes huimos cuando está en riesgo nuestra libertad. Te resististe. En el forcejeo te golpearon produciéndote una gran fisura en la frente. Te pusieron las esposas. Con tus manos atrás y sin poder moverte, con sus botas hicieron palanca contra tu espalda. Te arrastraron hasta meterte como un fardo en el coche. ¿Por qué las hienas eligen la noche para bajar al arroyo y apagar su sed de represión y violencia? Al menos ellas consiguen su objetivo; pero tú, pobre fugitiva del miedo, cuanto más intentabas librarte de sus garras, más perdidamente te adentrabas en su temida garganta.
El comisario te dijo: La prueba más palpable de que eres culpable es que pusiste pies en polvorosa. Le contestaste: Huir puede que sea cobardía, pero no es un delito. A quienes deberían detener es al miedo, ese mismo miedo que ustedes llevan dentro y que les lleva a comportarse como temerosos energúmenos. El mismo miedo en sus ansias por escapar nos atrapa inocentes en su ratonera. Luego después de estar varias horas detenida, los guardias te dirían que todo se debió a una pequeña confusión. El sospechoso por tenencia ilícita de estupefacientes era un vecino que vivía en tu misma escalera.
viernes, 29 de julio de 2022
Hoy ya no es lo mismo
¡Me sentía tan a gusto!
Todo en su sitio estaba. Los cojines bien alisados sobre el sofá. En el jarrón veneciano, las margaritas con agua pintaban de blanco el ángulo del salón oscuro. Las cerillas, junto a las varillas de sándalo sobre el chifonier de caoba. Siempre a punto un par de camisas planchadas. Los libros, sus enseñanzas y respuestas en sus estanterías. Mis apuntes, las facturas, las cartas... cada cosa en su archivador correspondiente. Todo absolutamente controlado. En la pared central del comedor el cuadro La Última Cena de Leonardo da Vinci presidía toda la estancia. Fuera, el mar temblaba suave ante la inmensidad del cielo. Los niños reían en la placeta. Ucrania no era noticia. Putin ni siquiera había nacido. El silencio acogedor de las iglesias me fascinaba. No había leones sueltos por las calles. En las limpias noches de verano me quedaba a dormir tendido sobre los bancos del malecón sin ningún problema. Incluso, cuando con sus uñas de sangre el dolor me acechaba, las lágrimas, que caían de mis ojos color esperanza endulzaban mis heridas.
Pero desde que desvalijaron la casa ya nada fue igual.
Antes..., tras cualquier siniestro, con total prontitud la aseguradora me recompensaba al ciento por uno sobre el valor de mis pertenencias robadas.
Antes..., tras la muerte, un cielo me esperaba, o un infierno, por el que yo nunca temía. Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?
Pero ahora la compañía de seguros dice que ya no responde de mis pérdidas, de mis dudas, de mi credo.
Antes, sudoroso llegaba a mi casa, me quitaba la ropa, cantando me metía en la ducha. Me sentía como nuevo, un resucitado, ¡tan seguro con mi batín y mis zapatillas! Me repantigaba en mi mullido sillón de cuero, y a gusto, muy a gusto, me quedaba frente a la tele viendo mi western preferido, Solo ante el peligro, donde un atractivo y valiente Gary Cooper se enfrentaba a un grupo de forajidos.
Desde que desvalijaron mi casa y los señores de la guerra se llevaron aquel cuadro de Da Vinci para hacer blanco con sus disparos, ya nada es como antes. Duermo con las ventanas cerradas. Mis prendas, tiradas sucias por el suelo. Ya no oigo el juego alegre de los niños en la calle Los siete continentes. Tampoco mis lágrimas son de miel. Al otro lado del teléfono, la aseguradora de Dios no me responde. Los leones de la carrera de san Jerónimo, enfrentados andan como el ratón y el gato. Me cortaron la línea, no tengo cobertura. Tampoco puedo decir a mi madre muerta que las margaritas del salón que con tanta fe ella había plantado en mi alma, por los fuertes calores de este verano, también dejaron de florecer.