Buscar este blog

Mostrando entradas con la etiqueta Política. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Política. Mostrar todas las entradas

viernes, 20 de octubre de 2017

Diálogo de besugos



Hay quien escribe, y como oveja que bala, desprendida y generosa, se olvida de su berrido. Blao en cambio, camoto, egoísta y atrevido, al igual que la burra al trigo, vuelve sobre lo mismo.

Y así en cuanto a su eufemismo de ayer tan mal disimulado, en el que implícitamente este menda aludía a quienes optan por prohibir el sacrificio de ciertos animales, hoy quisiera mostrar sin tapujos y alegorías la verdad de su insinuación velada. Dime de qué presumes y te diré de qué careces. Por ejemplo, ante la extinción del castor, debido a la comercialización de sus pieles, o la de los elefantes por su marfil, los hay que honorablemente defienden su protección. Pero no sé por qué, ¡carambolas de la vida!, el efecto conseguido es justamente el contrario. El tiro por la culata. A mayor represión, menos ética, o mayor astucia en sortear ordenanzas y preceptos.

En un determinado país de la edad media, sus gobernantes, para exterminar a los ratones que pululaban por doquier hasta la saciedad, gratificaban con dinero la entrega de dichos roedores. ¿Resultado? Las familias se afanaron en criarlos a escondidas para aliviar así sus miserables vidas. Esta especie se multiplicaría por tanto hasta el infinito, contrariamente a los pronósticos y deseos de las autoridades.

Otro sí: Los defensores, por ejemplo del entendimiento, no hacen sino adiestrarse para la contienda. Enarbolan sus fervientes ganas de diálogo con tal arrogancia que humillan a su interlocutor con este o aquel mandamiento de las Tablas de su Ley, provocando así premeditadamente su recíproco amotinamiento. Efecto igualmente no logrado. Ley de Murphy.

Total, un diálogo de besugos al que hoy asistimos cansados ya de tan perverso y maquiavélico juego. ¡Oh Política mía, si bella e perduta, quién te ha visto y quién te ve!

Y lo peor de este asunto es que aun, no queriendo, el resto del mundanal nos vemos también involucrados en esta danza endiablada y canibalesca que a todos nos está volviendo majara.

jueves, 19 de octubre de 2017

Pluma a remojo




Ganas me han dado de tirar mi cálamo a la acequia. Y como quien devuelve las llaves de su casa al banco por no poder pagar la hipoteca, así pondré esta noche mi pluma a remojo, al relente, para que la luna la cargue de ajustada tinta, inspiración y cristalina certeza. Como mis pies de ojo de gallo.

Nunca quise espantar yo a nadie con el gusano de las narices (se trata de un spot contra el consumo de banderas). Y ni mucho menos convertirme en paladín de revoluciones y utopías. Que no hablaba yo de esclavitudes, ni lucha de clases, barricadas, patrioterismos, del sexo de los ángeles y demás plusvalías.

¡Maldita esta pluma mía que no me obedece y que escribe lo contrario de lo que siento y digo! Compramos abrigos de visón para salvar a estos miserables mamíferos. Eufemismo mal disimulado.

Yo tan sólo, conmovido por aquel que se fingió vivo por no disgustar a su amantísima, quise compadecerme y empatizar con la existencial tragedia en la que vivo muerto en un mundo de sonambulistas vivos.

Voz escondida, entre malentendidos, sorderas y mentiras. Entre verdades a medias. Andamos por un camino de reverberaciones ocultas, palabras, (unas apócrifas, otras reveladas), pero igualmente mal escritas, callosas, endurecidas, manoseadas, repetidas, banderas, trapos mojados, apedreados por el granizo y la ventisca de una tarde, como la de ayer, tormentosa, de inseguridades y egoísmos a porrillos.

lunes, 9 de octubre de 2017

Los Tetraneutrones




Después de vivir aquel incidente, volvía a recordarlo, y no entendía nada de lo que allí experimenté y sentí. No es que yo hubiera perdido el conocimiento o la memoria. Mis entendederas y recuerdos estaban intactos. Aún así, por mucho que intenté evocar los pormenores de aquel suceso, no lograba captar su sentido. El toro de la realidad de aquel percance puso a los pies de mi capote algo imposible de afrontar.

Si es que pensáis que a donde yo quiero llegar es a ese tópico subliminal, balsámico, a esa frase tan ingenuamente manoseada, de que nada ocurre por casualidad o que todo tiene su explicación, estáis completamente equivocados. Así como en matemáticas existen problemas no resueltos, también en el mundo real acontecen cosas extrañas e inconcebibles.

No vale decir que lo que no tiene definición, no existe. Pues a lo largo de mi vida no hay cosas que más quebraderos de cabeza me han dado que aquellas que no tiene razón alguna ni coexistencia siquiera. No me refiero al acantilado Kuiper o a los Tetraneutrones, esas partículas que, según las leyes de la Física, nunca debieron de existir. Me refiero más bien a comportamientos, en estos días, más próximos a nosotros, y que no es necesario señalar, por aquello de no echar más leña al fuego.

Y no vengo yo tampoco a colmar vuestra curiosidad relatando aquí los pormenores de aquel acontecimiento concreto al que mi obtusa inteligencia me niega el discernimiento. Que conste que no es por mala fe, sino por ser irrelevante, intrascendente o insustancial lo sucedido. A veces la historia es lo de menos. Lo que importa es su enseñanza. ¿O si no, cuántas veces Tiro fue asediada por unos y por otros, por persas y babilonios, por egipcios y macedonios? ¡Y todo fue en vano!

viernes, 29 de septiembre de 2017

De la Cañada Real a Conde de Casal pasando por el Procés





Cielo encapotado. Amenaza tormenta. Una señora sube al 332, el interurbano que une Conde Casal con Rivas Vaciamadrid. Sabemos que esta mujer mayor, cargada con un carro de la compra vacío, coge el autobús en la Cañada Real, pero no sabemos a dónde se dirige. Tal vez ella tampoco. A decir verdad tanto le importa el norte como el sur. Pasa tanto de los puntos cardinales como de los puntos de la bolsa. Todos ellos apuntan al agujero negro de su indigente cosmología. Es apátrida por exclusión e imperativo hereditario, hija de un Dios desconocido. Sus cromosomas no presentan ningún brazo que la encasillen como ciudadana de otra nación que no sea la Tierra. Pasa de patrias y fronteras. Se le da lo mismo la estelada que la roja y gualda. No conoce por tanto a Rajoy ni a Puigdemont, ambos a la sazón, en el día en que se escribe este relato, son presidentes hostiles de sus respectivos territorios y dominios. Y si por casualidad, cosa probable, la mujer oyó alguna vez hablar de ellos, pasa también de sus majestades políticas. A ella sólo le importa que no llueva, (ya se sabe, por lo de las goteras), y así volver luego sana y salva a su chabola querida de cartones y de latas. Pues no hay lugar más opulento y grato que aquel en el que uno a sus anchas vive y disfruta. Aún siendo su aposento una pocilga, para ella no hay palacio más acogedor y confortable en el mundo.

La mujer en medio de una tardanza haragana y cutre, hurga en uno de los bolsillos de su bata descolorida. Empieza enmarañada y perezosa, como la mañana de este viernes de otoño, a pagarle al conductor poco a poco, cinco céntimos, uno tras otro, con la parsimonia de quien no quiere desprenderse de sus escasos haberes. El chófer del 332 se desespera. El tiempo apremia. El conductor replica:
No pretenderá usted pagar su billete a cuentagotas. 
La mujer se lleva las manos a las orejas, no para desoír la protesta del timonel del interurbano, sino para defenderse de los dardos acústicos de Nieve incandescente, lo peor del grupo anglosajón Strident, que a todo volumen retumba ahora dentro de la caja de resonancia del autobús. La pobreza no está reñida con el gusto musical. La canción además de histriónica, es de un dulzón repelente. La mujer, por supuesto, no utiliza estos adjetivos. Su riqueza verbal no le asiste; pero sí su agudeza sonora. Sólo se limita a decir: 
¡Maldita música de los cojones! 
El conductor contesta:
Señora, por favor, termine ya de pagarme de una vez que parece Pulgarcito repartiendo migas de pan por el estanque del Retiro. 
De unos de los asientos, un generoso (o tal vez impaciente) viajero se levanta, queriendo abonar a la mujer su billete. No querer uno aparentar lo que es, basta para que lo tomen por tal. Ésta se ofende:
 ¿Acaso me toma usted por una mendiga?  ¡Métase, usted señor, su dinero por donde le quepa!
A la mujer aún le quedan, para completar el pago, dos monedas de cinco céntimos. La música de los Stridents llega al paroxismo. La mujer tiene oídos de can-melómano. Del sobresalto decibélico se le caen las monedas. No hay Dios que las encuentre, desparramadas y perdidas por el suelo, entre las patas de los asientos y las pisadas de los viajeros. La mujer, tiene más de sesenta años, se agacha con dificultad. Los viajeros se impacientan. Por fin las encuentra. Son ya pasadas las ocho de la mañana. Muchos de ellos, de proseguir esta interrupción, llegarán tarde al trabajo. El conductor tiene una mano en el volante, la otra abierta como un indigente esperando el pan de las monedas de la mujer tardona. Más provechoso sería para todos que el conductor del 332 dejara subir gratis a la señora en lugar de recriminarla. Pero su responsabilidad se lo impide. Cualquier incidente privaría a la mujer de los derechos del seguro. Además, está el inspector, que en cualquier momento podría presentarse. Y al no cuadrar pasajeros y billetes, la bronca caería sobre el conductor. Y si antes la mujer rechazó el pago por parte de un viajero espontáneo y caritativo, lo mismo haría con el chófer del autobús por paternalista, lo mandaría a freír espárragos. Hay pobres, -piensa el viajero caritativo que sigue desde el primer asiento sin pestañear la escena -, que además de pobres son también orgullosos. El manejero del interurbano en momentos de indecisión, no se controla, pierde los nervios. Le increpa a la señora de malas formas: 
¡Venga ya, mujer del diablo, o termina usted de pagarme, o me cago en sus muertos! 
La mujer, con su calma habitual, del bolsillo lateral del carro de la compra saca una hoja en blanco. Alza la voz y también la mano con un boli apuntando ora al conductor, ora al techo del autobús cual un Tejero en el Congreso: 
Dos son los puntos de mi protesta que deberá usted hacer llegar como reclamación a sus jefes. Primero: Llevar la radio por encima del volumen permitido. No entro en la calidad de la música. Ello va en gustos. Perdonado queda. Y segundo: faltar al respeto a uno de sus viajeros, así como a sus ascendientes difuntos. 
En sus casi cuarenta años como empleado de la empresa municipal de transportes de Madrid el conductor no se ha visto en una igual. Es la primera vez que le exigen el libro de reclamaciones. Se queda perplejo. Pero al instante se acuerda que él también dispone de un talonario de denuncias. Los viajeros mientras tanto no saben si gozar del divertido sainete a tiempo real, o cabrearse por la rémora de su viaje. Optan como humanos, súbditos estúpidos de su moral puritana, por lo segundo. El conductor suelta la mano del volante y se la lleva a la sien como diciendo esta mujer está loca. Con la otra, después de deshacerse de mala manera de las monedas que la mujer le ha entregado, abre el talonario amarillo de las denuncias y se pone a escribir, no sin antes atusarse el bigote con gesto de escritor prepotente, el siguiente parte: 
29/09/2017. 8:15. Señora interrumpe el horario del autobús. Intenta a pagar con monedas de cinco céntimos, retrasando así el trayecto del interurbano 332. Contraviene la normativa de la empresa según cual los viajeros deberán llevar el importe del billete lo más ajustado al cambio.
El conductor quiere involucrar a los viajeros en su determinación. Se levanta de su asiento, se vuelve hacia los viajeros y los arenga solicitando su respaldo. Y cual si su denuncia fuese la misma constitución del 78 o la ley Fundacional de la República y de Transitoriedad, con tono inquisitorial y académico la deletrea a la concurrencia punto por punto. Los viajeros, como si se tratara de una asamblea de fábrica, discuten el dictamen del mandamás del autobús. Unos, (aquellos que quieren llegar lo más pronto a la plaza de Conde de Casal y seguir rumbo a su destino), están hartos de tanta participación viaria, urgen al conductor que se ponga al volante y se deje de mandangas. A otros les divierte el incidente, y se entretienen en la discusión como parlamentarios a quienes se le paga más por contravenir que por resolver. Unos y otros, cual en el duelo a garrotazos de  Goya  se enzarzan dialécticamente. Mientras, el autobús permanece parado, sin arrancar todavía. La mujer, como si nada, sigue ajena y de cerca la polémica. En un descuido, alarga el brazo y le arrebata de un zarpazo la denuncia al conductor, la rompe en mil pedazos y se los tira al chófer en la cara: 
¿Ves lo que hago yo con tus papeles? Y a vosotros, mamones viajeros, que os den, a unos por lameculos y a otros por chaqueteros y hormigas. 
Antes que todos se den cuenta, la mujer baja del autobús, le pega una gran patada a la puerta hasta boyarla. El conductor al escuchar el estruendo, concluye el debate diciendo: 
Muerto el perro se acabó la rabia.


martes, 12 de septiembre de 2017

Pro soterramiento



Esa noche me quedé en casa de mi novia. Mientras ella preparaba algo para picar en la cocina, yo había de pagar por ello con el relato de un cuento para dormir a su pequeña, una niña de apenas cuatro años. Soy un desastre para contar cuentos. Siempre recurro al estereotipo de buenos y malos, dicotomía que heredé de mis abuelos: que si el sacamantecas, Caperucita la dulce, la cigarra y las odiosas hormigas, la cenicienta y sus malvadas hermanastras... Y aún así ajustándome al protocolo de los cuentos tradicionales, cada dos por tres meto la pata. Cuando no confundo al lobo con un bombero pirómano, el príncipe es un borbón buscando farlopa por la Cañada Real.

Así que para no ser corregido por la pequeña, advirtiéndome a cada momento que la mamá cabra no servía copas en un bar de alterne, sino que había ido al bosque a buscar comida para sus cabritillos, me dejé llevar por mi libre inspiración... Y este es el cuento más o menos que le largué a la pequeña:
Érase una vez un tren malo, muy malo, escandalosamente malo; un tren feo, muy feo, escandalosamente feo. Tenía un silbato ronco, muy ronco, escandalosamente ronco, como el de una gallina resfriada tras poner un huevo falluto. Además era mentiroso, muy mentiroso. Decía llamarse Ave. ¿Quién creería a un ave que se arrastra como una culebra y no puede volar? Pero el tren, no tenía la culpa. El tren lo que quería es llevar a los pasajeros a su destino por el mejor camino, sin paso a nivel alguno, sin muro ni barreras, sin espantar a los vecinos, sin asustar a los niños que van a la escuela. La culpa era del maquinista, un conductor malauva que todas las mañanas ponía la máquina en marcha a cielo abierto, por en medio de la calle, en lugar de conducirla por donde dicen y mandan las más elementales normas del sentido común y el buen derrotero...
Al llegar a esta parte de cuento, (yo ya creía que la niña se habría dormido); pero ¡qué va! La pequeña me interrumpió para decirme:
Pero, hombre de Dios, esto de cuento no tiene nada. Eso pasa todos los días junto al paso nivel de Santiago el Mayor, donde vive mi padre. Además el maquinista del cuento, no es uno, son más. Yo los veo muchas veces en la tele.

domingo, 30 de julio de 2017

Jamón para musulmanes en 7 TV



No es precisamente esta cadena de televisión mi preferida. A decir verdad, casi ninguna ya es de mi devoción. Me manejo mejor por medios inmanipulados, sin mediación interesada, incluso ajenos y despreocupados de la propia información que emiten, y de la que dicen ser sus voceros más veraces y objetivos. Además, anoche hacía un calor insoportable. Me apetecía dejar mi cuerpo al fresco y en blanco sobre un sillón en la terraza, sin dejar que nada turbara o ensuciara mi mente, sólo la oscuridad luminosa de un cielo en calma. Me entró sueño. Entré en casa y encendí la tele. Ritual al que, como buen somnífero, siempre acudo antes de ir a dormir.

Y me encontré con Carlos Fuentes, un fraile televisivo, con apariencia de buen hombre, amigo de componendas, abierto a las opiniones más diversas y contrapuestas, dispuesto también a encarar situaciones abusivas y con un cierto calado social; pero desde un buenismo amarillo y neutro, sin profundizar en las causas que propician ciertas injusticias, y mucho menos, señalar caminos de solución. Para este clérigo de buenas formas, la reflexión basta. Para mí, no es suficiente. La reflexión debe ser secundada por el compromiso y la acción, si no queremos quedarnos paticojos. Ver, juzgar y actuar.

Este franciscano progre, cada sábado noche, presenta en 7 Televisión Región de Murcia Cita con Carlos Fuentes. Anoche desde el hotel Nelva se hablaba de inmigración, acogida, solidaridad. El Programa ya estaba terminando, por lo que cualquier juicio que yo pueda hacer sobre lo que allí se dijera carece de valor. Mi opinión por tanto sólo tiene como asiento mi ignorancia, que no es poca. A veces el excesivo conocimiento de las cosas, amancebado y engreído de sí mismo, cae en el mayor de los equívocos y despropósitos. Y es entonces cuando hay que dejar vía libre el instinto y a la intuición. Aunque no es mi intención entrar ahora en propedéuticas, filosofías, teorías del conocimiento o de qué color son las berenjenas cuando pintan bastos.

Lo único que yo quería decir, es que al final del programa, un programa, repito, de integración, multiculturalidad, respeto, convivencia..., se sirvió, por parte de un pulcro camarero del hotel Nelva, una suculenta fuente repleta de jamón. Nada que reprochar a este generoso gesto gastronómico, no exento de tributo publicitario y coste como retribución a la mencionada cadena televisiva por parte de alguna reconocida firma comercial. No entiendo de financiación ni de sumisiones por patrocinios ni mecenazgos a proyectos de interés público o de otra índole que tengan que ver con la generación y promoción de los derechos más elementales del género humano como son la libre circulación, la igualdad, la no discriminación por raza, sexo, idioma, religión, opinión política.Todos estos derechos deberían estar garantizados de por sí, sin necesidad de recurrir a la misericordia divina. Pero lo que si me escandalizó (¡ay pobre e inocente de mi), es que a cámara fija y en primer plano, con alevosía y provocación no encubierta, le restregaran por los morros a unos cuantos musulmanes que en el plató allí estaban, y que respetuosa y humildemente habían participado en el Programa, aquellos insinuantes, refinados, sebosos e incitantes cortes de jamón porcino de pata negra.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Al sol que más calienta



Arrímese más pa' ca
aquí donde el sol calienta,
si uste' ya está acostumbrado
a andar dando volteretas
y ningún daño le hará
estar donde las papas queman.
(Víctor Jara)

No hablar de política, estos días de primarias cumplidas y cacareadas, sería traición. Traición a nada ni a nadie. Traición a mí mismo. Excusatio non petita, accusatio manifesta. Que uno no tiene la sangre de horchata. Y la Internacional aún le sabe a victoria, victoria proletaria. Perdón por el subidón. No soy pedrista, como tampoco susanista, felipista, soy socialista a secas, que va más allá de ser seguidor de cualquier partido que a sí mismo así se haga llamar. En el renacimiento de Pedro como nuevo secretario del PSOE, yo sólo veo y siento la dicha de todos aquellos que siempre se opusieron al apaño de las cosas desde los bastidores y las bambalinas de los poderes fácticos.

Leo boquiabierto las declaraciones de los políticos. Envidio su desenvoltura dialéctica. Escurridizos en aguas tranquilas. Calmos y comedidos, tan cautos como sigilosas serpientes en momentos turbulentos. Nadar y guardar la ropa, habilidosos, corchos que flotan en cualquier océano que se tercie. Puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. (Apocalipsis). Traer aquí este argumento autoritate, no me honra. Dios no anda entre cacerolas. ¿O sí?

Harto estoy yo también como Yavé de los trileros de la cosa pública, de los ni chicha ni limoná. Muestran modestia cuando auparse quieren: Lo de menos es quien lidere la formación a la que pertenezco. Y son arrebatadamente engreídos a la hora de confundirse con la plebe: Siempre estaré a lo que la militancia disponga. Y si no a las verdes..., ¡siempre a las maduras! En política arriesgar no es la norma. Si me apuras: tirar la piedra y esconder la mano.

Debemos cerrar filas en torno a nuestro nuevo secretario general. -repiten arengando. De nuevo a la carga con la jerga cuartelaria. Obedecer, lo más seguro, lo menos racional y constructivo, lo más fofo y ácritico. Lo más cómodo. Por imperativo, abstención. Triquiñuelas parlamentarias, jurídicas, de mear y no echar gota. Obediencia debida, eximición de culpa, expediente limpio... que no quiere, por si un caso, el político cerrarse puerta alguna. Esa posibilidad subconsciente de formar parte de la próxima quiniela.

Si yo fuese un filosofo del lenguaje, en estos tiempos de verbo ambiguo y sibelino, me pondría a investigar las razones de la manipulación del habla, de su vaciado por parte de los políticos. Esa su habilidad de saber decir lo mismo y lo contrario sin cambiar nada su formato tanto gramatical como sintáctico y perifrástico. Encandilar sin escandalizar, convirtiéndonos a la audiencia en todo un erial de zampabollos ilustrados, comemierdas de papilas gustativas acaponados.

Arriesgar no es lo suyo. Fiel siempre a la definición más conservadora de la política como arte de lo posible. Nunca más como ahora la política fue una carrera, carrera al sol que más calienta.

Y así noto yo en estos idus preveraniegos entre la noble tropa baronesa un disimulado corrimiento a otras aguas más calientes, en busca de caladeros más favorables. Y es que el sacramento de la política imprime carácter, es para siempre, indeleble. De no ser así, no estarían como están aquellas momias de ayer como faraones siempre en primera fila.

miércoles, 12 de abril de 2017

La rebelión de las patatas




Había quedado en que me recogerían en la “huerta”. Como mi casa está camino de Madrid (todas las casas de España están en esa dirección), mis amigos se pasarían a eso de las siete de la mañana, con el tiempo suficiente para poder estar en Ángel Pestaña 35, (en la Escuela de Oficios), más o menos a las doce del mediodía, hora en que daba comienzo la celebración de aquel aniversario.

Nunca fui muy aficionado a este tipo de ceremonias, en ellas casi nunca se decide nada, son simplemente un eco tardío de la historia, un reflejo narcisista de nuestra decrepitud política. Todas esas solemnidades que se relamen en el pasado, me envejecen, me ponen triste. La primera excusa de peso y, además, cierta, para eludir mi asistencia, era la coincidencia que precisamente en ese día daban el agua. Las patatas las había plantado tan sólo unos cinco días, si no las regaba, la siembra se iría al garete.

A cualquiera que yo le dijera: mira, discúlpame, se me hace imposible, no puedo ir, tengo que regar las patatas.., seguro que se reiría de mi. Nadie podría entender como un puñado de tubérculos se rebelaban engreídos creyéndose más imprescindibles que cualquier reflexión o análisis acerca del acontecimiento político que allí se rememorara.

Cada vez estoy más convencido que la importancia de las cosas no está tanto en su valor y condición, oportunidad y significado, influencia. A veces, simplemente una camada de conejos, una gallina llevando una pollada, el quejido al quebrarse una rama de olivo, el feliz murmullo del agua del azarbe, una salamanquesa tomando el sol en el resquicio de una piedra viva, valen tanto como la toma de la Bastilla, el G8, el acorazado de Potenkim, o la legalización del Partido Comunista de España. ¡Y si no que se lo digan a mi vecina Angustias, la enterramos la semana pasada, sólo se llevó a su tumba el sencillo placer de sentirse a gusto con sus cinco nietos y sus tres gatos. No hace falta ser rico, emprender viaje a la capital de España, ni siquiera ser poeta, para mirar una mañana a la cara del día y sentirse dichoso.

A pesar de todo, fue tan grande la insistencia de mis amigos y tan sentida mi nostalgia por aquellos años de lucha, que enterré en mi retorcida faldriquera el hacha de mis argumentos verduleros. Antes de las siete de la mañana, ya estaba allí esperándolos en la entrada del carril de la Uve de la Huerta Arriba.

Se nos rompió el coche a medio camino y entre grúa, reparaciones y cambio de coche, perdimos más de dos horas. Llegamos ya iniciado el acto. Sentí mucho no escuchar las primeras intervenciones. Entrar en aquel gran salón, ver a los antiguos compañeros y empezar a revivir aquellos maravillosos años, fue todo un estallido de gozo y abrazos. En plena efervescencia histórica, en medio de valientes revueltas obreras, con enormes ganas de cambiar el mundo de base... Luego los historiadores, los analistas, vendrán a decir en sus libros de texto que la democracia fue cosa del Rey, que si se debió a la ayuda de alemanes e italianos, que el desarrollo “natural” de la economía de aquellos años propiciaba una transformación política. ¡No fueron ellos los que le retorcieron el pescuezo a la culebra del desierto, ni tampoco los que acabarían con aquel Régimen déspota de patas de ogro y garfios de gavilán!

Luego el día transcurrió como la miel que se derrama sabrosa y solícita por las laderas innumerables de un flan de amigos que tras cuarenta años no se habían vuelto a ver. 

El colofón vendría por la tarde. Una aureola inmensa de manifestantes. Más de un millón y medio de personas salieron a la calle. Sus gargantas, banderas enrojecidas, diciendo “no al capital”, con el mismo denuedo, con la misma ilusión de nuestros jóvenes años, se alzaban, también ahora, valerosas y esperanzadoras, capaces de aplastar de nuevo al crótalo de la barbarie. Nos hicimos cuerpo y carne, alma y espíritu con la miríada viviente, vibrante, beligerante, votante: un río inmenso que alimentaba con agua fértil y renovadora las tierras de nuestro país, incluido por supuesto mi pequeño bancal de patatas.

domingo, 26 de marzo de 2017

Ajos para un concierto




Llegué al Auditorio del Parque, una gran planta semicircular excavada en el suelo y rodeada de gradas de cemento al aire libre, a la manera de los teatros romanos, con un aforo para más de mil quinientas personas. El recinto estaba lleno. La razón, no es que el concierto fuese gratuito. Los músicos ya tenían ganado a pulso su celebridad y admiración. En sus últimas giras por nuestra Región, la crítica había sido muy generosa con este grupo. Un cuarteto: violín, guitarra, batería y una travesera, y la voz inconfundible y emotiva de una cantante de ojos penetrantes, caderas basculantes, melena negra y ensortijada bastaban para quienes tenían la dicha, el lujo, la oportunidad y sobre todo los veinte pavos que costaba la entrada. Sus temas, de alto contenido poético, eran simples, cercanos, íntimos, todos ellos tratados con el hechizo propio y ajustado a su nombre artístico de ensoñación y quimera.

Sus canciones hablaban de lo vulgar, lo común, lo cotidiano, de una silla, de los pescadores del río, de un pañuelo, una manzana, de una flor que llora, de una mirada desagradecida, de una piedra en el camino. Hablo de Fábula, del poder de su música: el manejo de lo vulgar, lo cotidiano y común con esa gracia de atraer tanto al entendido como al ignorante, al honrado como al tunante.

Llevados tal vez por la euforia de su buena racha, Fábula decidió actuar, esta vez por la cara, en nuestra humilde ciudad en favor de no recuerdo qué damnificados. A ellos se les daba igual cantar para salvar las abejas, recaudar fondos en favor de los pepinos marinos de La Manga, o solidarizarse por la retirada de las argollas de latón de las mujeres jirafas. Además, el Gobierno Regional, pletórico por sus buenos resultados en las últimas elecciones, cargaba con todos los gastos. Lo que sí les importaba mucho a los Fabula es que su actuación apareciera enarbolada de una bandera, fuese del color que fuera, con tal de que arrastrara al público, que sumara fama y audiencia. Tras cualquier campaña por una causa pía, lo de menos es la piedad de dicha causa. Lo verdaderamente importante es el glamour que a su alrededor genera, la guita que conlleva y el número de incautos que aglutina. Dame pan y dime tonto. En esta ocasión, el gancho de los Fabula, sugerido por los asesores intelectuales del Palacio de san Esteban, no era otro sino el de Agua para todos, lema, por cierto, merecedor de la mayoría secular de poltronas que los actuales mandamases habían cosechado, a pesar de sus malos andares y desaciertos.

¿Y cómo a un escéptico de campañas de este tipo, se le ocurrió, aquella tarde, ir a ver a los Fábula? No siempre existe una razón para cualquier cosa que hacemos. Por ejemplo, nunca decidí venir yo a este mundo, como tampoco dependerá de este menda abandonarlo. Son otros los motivos, ajenos a mi decisión, los que determinan la dirección de mis pies hacia sus objetivos, entre los que sin duda están: mi vida y la muerte. El haber quedado aquel sábado con Jose y Ana para ir a ver a los Fábulas, además de servir para olvidarme del escozor de mis almorranas o de los números rojos de mi cuenta corriente, contribuía, sobre todo, a rellenar el formulario de mi trayectoria, ese rosario y protocolo de mis días anodinos.

En la entrada del Auditorio, dos de los organizadores del evento, me invitaron a comprar el último elepé de Fábula. Ante mis dudas por acercarme al stand donde se encontraban los DVD, uno de estos señores insistió:
No te lo pierdas. Ahí están sus dos mejores canciones. "Ganamos la pelea", figura la primera de este memorable repertorio ; y "Hoy no es domingo" es la última de este disco que fue grabado precisamente en La Albatalía Road Studios.
Mi mosqueo ya empezó en ese momento. Para mí no siempre fue lo más importante lo primero, tampoco lo que figura en último lugar, lo más exquisito. Ni primogénitos ni benjamines. No en vano pertenezco a un trío de hermanos en los que mi lugar fue ser precisamente el del medio: ese rincón silencioso y olvidado, patrimonio de los no favorecidos y menos tenidos en cuenta.

En la puerta del teatro me esperaba mi primo, el hijo de la Pascuala la del Molino:
Mira, como tu tía sabía que ibas a venir al teatro me ha dado esta cesta de lechugas, ajos y cebollas para tí.
Las verduras venían metidas y disimuladas en una bolsa de boutique de moda. A tal obsequio nada objeté por no pecar de desagradecido. Pero ni puñetera gracia me hacia meterme en el Auditorio con aquel olor a cebollino. Mi tía Pascuala me quiere como una madre a su hijo más tonto. Ella para mi es mi eructo preferido.

Ana y Jose ya tenían reservado mi asiento. Desde lejos, nada más verme entrar con la bolsa de colores vistosos, me hicieron señas. Me senté a su lado, a cinco filas del escenario. Un sitio privilegiado para escuchar y ver el concierto. Mis amigos tal vez creyeron que la bolsa sería un detalle para ellos. Los veía mirar la bolsa con esa expectación de un niño que espera un regalo tras la caída de su primer diente.

De golpe, una lluvia intensa acompañada de un fuerte viento y granizo, nos sorprendió a todos. A los dos señores que a la puerta del recinto me aconsejaron que comprara el último disco de los Fábula, aún les dio tiempo a subir al escenario. Desafiando al aguacero, cual valientes soldados de la batalla de La Aljufía, entre la pedrisca y los truenos, desplegaron ante la estampida del público, una pancarta a modo de bandera en la que las letras Agua para todos lloraban, no sé si de pena o de agradecimiento por su rendimiento electoral.

Antes de salir despavorido, aún me dio tiempo de coger la bolsa de la tía Pascuala, y decir a mis amigos:
¡Ah, se me olvidaba, traje esta ristra de ajos para vosotros!

sábado, 18 de marzo de 2017

In vigilando




La fantasía en ocasiones es compañera de la desgracia. Véase sino la borrascosa espantada de don Quijote con los molinos de viento. Embebidos en nuestras ensoñaciones, y del sentido de la realidad alejados, podríamos no controlar situaciones fuera de nuestra predicción y cálculo; y así acabar como una pobre birlocha estampada contra los peñascos de la montaña.

Pero no por ello deberemos poner cortapisas a nuestra imaginación creadora, sino más bien soñar con los ojos abiertos, in vigilando, como la grulla que vela con una piedra en la mano. La piedra, en caso de que el ave se durmiera, caería al suelo, y le recordaría a la grulla de nuevo su oficio de centinela.


El peso de la jornada tocaba a su fin. Algunas madres ya habían venido a recoger a sus hijos. Esperaban en el atrio del colegio a que sonara la música cual broche de oro de un día colmado de felices enseñanzas. En la recta final, cuando la maestra daba ya casi por terminada su tarea, fue cuando, de pronto, el aula entera fue sorprendida por un incidente no programado, ni previsto. Hay profesiones, en las que debido a su riesgo, nunca deberíamos bajar la guardia hasta el último minuto.

La tutora estaba mediando en una disputa que mantenían dos niños por la ocupación violenta del primer puesto en la fila. Todo lo que comporta originalidad, apropiación y conquista malamente puede andar repartido. Los dos niños andaban a la greña, rivalizando por ver cual de ellos se situaba lo más cerca de la puerta de salida.

Ocupada en el difícil oficio de moderadora, la profesora se esforzaba en separar a los niños litigantes, haciendo uso de sus pedagógicos trucos mágicos, desplazando entuertos a planos más elevados, a cuartas dimensiones, para que la pugna y el conflicto se desvanecieran por arte de birlibirloque.

A todo ésto, la abuelita de una linda princesita vino a buscar a su nieta. Los familiares de los alumnos de Educación Infantil tienen por costumbre entrar en el aula libremente para recoger a los niños. Ni siquiera es necesario que los padres pregunten por sus hijos. Los propios compañeros del niño requerido se adelantan a las intenciones del demandante. Mientras unos señalan al niño en cuestión, otros se dirigen al familiar indicándoles donde se encuentra fulanito.

La abuela esta vez sí tuvo que preguntar dónde estaba su adorada nietecita. Nadie de la clase se apresuró en esta ocasión a dar pistas a la abuelita rastreadora. La maestra absorta en sus ardices cabalísticas, y confiada en las eficaces pesquisas de la abuela, se desentendió del asunto. La abuela, al no ver a su nieta por ningún rincón de la clase insiste dirigiéndose a los niños:
¿Pero dónde está mi princesita?
Tres niños como un trío de reyes, sentados a la grupa de sendos corceles sobre las herméticas tapas de una cajonera, exclaman:
¡La tenemos, aquí, encerrada, en este castillo de fantasmas!
El mueble en cuestión es un arcón rectangular que desafortunadamente se asemeja a un sarcófago y que en el aula se utiliza como contenedor de juguetes.

Ágilmente con amagos de campeón de esgrima, la abuela se deshace a empujones de los niños a base de mandobles y catas cual aventajada cinturón negro. Rescata a su nieta del encerradero en el el que sus cancerberos la tienen metida. La abuela deja caer colérica varias veces la gran cubierta de madera. En la clase, el estruendo de los portazos, cual salvas a la reina de Inglaterra en el día de su cumpleaños, inundan de estridente pólvora el ambiente. La maestra, al estampido de los cañonazos, se personifica al instante en el lugar de los hechos.

Lo único que le resta por hacer, pues el desbarajuste ya está del todo consumado, es asumir con dignidad su grado de imputación en la estratagema montada por los niños. Sin decir palabra, ya eran suficientes las voces de la abuela, se limitó a pasar sus manos con ternura y protección sobre la mejilla de la niña, mientras que la abuela no se cansaba de repetir:
¡Pobre hija mía, para haberse asfixiado!
Por su parte, a los tres reyes, secuestradores maléficos de la princesita sepultada, le faltaron pies. En un periquete vinieron a refugiarse en el último confín del ala opuesta del colegio, donde la abuela paladina no pudiera aplicarles su justicia sibilina.


Nota:
Paradojas del destino, la arriba referida anécdota escolar, ocurrió precisamente el mismo día que Esperanza Aguirre, con motivo de su dimisión como Presidenta del PP de Madrid, dijera: Eso me lleva a asumir mi responsabilidad política in eligendo, o sea, por elegir a este señor, e in vigilando, porque yo debería haber vigilado mejor.

sábado, 4 de marzo de 2017

Va de gatos y de cabras



Son muchos los autores que en sus obras rindieron ilustrada pleitesía a los gatos:
Charles Baudelaire: Viens, mon beau chat, sur mon coeur amoureux.
García Lorca: Me parecen maestros de alta melancolía.

Pablo Neruda: Los animales fueron imperfectos, sólo el gato apareció completo y orgulloso.
Jorge Luís Borges o los gatos armoniosos como su querido Beppo
Allan Poe con Plutón, su mascota favorita y compañera de juegos.
Eliot: Los gatos son como tú y yo.
Charles Bukowski: En mi siguiente vida, quiero ser un gato. Dormir y esperar a que me den de comer. Para no hacer nada y lamerme el culo.
Haruki Murakami es también muy dado a humanizar este tipo de felinos. En Kafka en la orilla, el escritor de Kioto pone en boca de Mimí, una siamesa cansada de estar tumbada delante de la tele: Es horrible no acumular más conocimientos superficiales.

Cuando la decepción me invade, yo también busco un sustituto animal que convierta mi frustración y desánimo en optimismo, ganas de continuar y seguir vivo. Cuando los humanos se comportan como alimañas, trato de humanizarme con los animales. Cuido gallinas, ¡pero son tan ariscas y desagradecidas! Por eso esta mañana, al enterarme de que que el Presidente de mi Comunidad Autónoma ha roto cual quebrantahuesos su palabra dada, me he venido abajo. Me siento humillado de ver a un buitre de mi propia especie desdiciéndose de su compromiso: dimitiré de mi cargo si soy imputado por corrupción política.

Y dudo de si ponerme al amparo del sabio pelaje de la Mimí de Murakami, o mejor, por afinidad literaria y filosófica, ir a consolarme con el tierno gato de Cortázar. Pero no encuentro a su Teodoro Adorno por ningún portal, erial, jardín, cocina, descampado o esquina. Me cuentan que el gato del escritor argentino nacionalizado en Francia, anda ya acostado para siempre en su cielo prometido, disfrutando de la libertad bajo el amarillo del mediodía de su jubilación eterna. 

Yo que no tengo gatos, (sólo doy de comer a un gallo y cuatro gallinas), me pregunto como Lenin: Que faire? Y no se me ocurre otra cosa que salir a donde mi vecino el Borrasca pastorea tres o cuatro cabras por estos parajes muy generosos en verdolagas, alfalfa, canónigos y dientes de león. Me acerco a una de ellas. Intento compensar mi disgusto. Trato de acariciar la cabeza del animal. ¿Y cuál es mi sorpresa? No sólo veo en la mirada de la cabra los mismos ojos de mi Presidente, sino que además reconozco en sus balidos el mismo timbre de su voz imputada. Así que pitando de nuevo vuelvo a mis tareas diarias.

viernes, 27 de enero de 2017

Doble pensamiento





La anécdota es simple y repetitiva. Cuando se trata de calcular el número de participantes en una manifestación, la suma de la policía nunca casa con la de los promotores de dicho acto. La cantidad de asistentes a la toma de posesión de Donald Trump fue desigualmente valorada por quienes apoyaron dicha entronización.

La consejera de Trump, Kellyanne Conway, para defender, (en contra de los medios de comunicación), que la investidura del nuevo mandatario había sido multitudinaria, comparándola con la de Obama, empleó la frase: Hechos alternativos.

Hay quienes a partir de la utilización de estos términos, compararon esta expresión con la del doble pensamiento, empleado por Orwell en su libro 1984, una novela política de ficción distópica que describe una sociedad donde se manipula la información y se practica la vigilancia masiva y la represión política y social. Y en la que además se dejan caer antinomias como:
La guerra es la paz.
La libertad es la esclavitud.
La ignorancia es la fuerza.
¿Cómo pueden ser verdaderos dos hechos completamente antagónicos?

El nuevo presidente de Estados Unidos parece conocerse de sobra las ideas que Orwell pone a debate en su novela. Y así vemos como Trump no cesa de alimentar diariamente el odio. El odio, los muros, el enemigo son necesario. De hecho Dos minutos de Odio se prescisan para mantener vivo el sistema. Todos los días los ciudadanos estamos obligados a gritar y maldecir para no ser acusados de traidores por la policía del pensamiento. Falseamiento de la realidad. Y en el momento en el que los ciudadanos asumamos "libremente" esta elección impuesta, ya no necesitaremos ningún dictador ni juez; seremos nosotros mismos nuestros propios verdugos.

Desde el instante que la opinión pública se identifique con la de los mandatarios, la Guerra contra la Verdad habrá triunfado. La única manera de perpetuar un régimen dictatorial como el presentado por Orwell es falseando la realidad, perpetuando la mentira. Terminará por ser verdad lo que digan nuestros gobernantes:
-¿Cuántos dedos hay aquí?
-Cuatro.
-¿Y si el Partido dice que no son cuatro sino cinco?
-¿Cuántos dedos?
-¡Cinco! ¡Cinco! ¡Cinco!
Ni la corrupción, ni la xenofobia, ni el delito, ni el blanqueo de dinero, a partir de ahora, restarán votos a nuestros representantes. Elegiremos a los corruptos, los más honorados de nuestro pueblo.
Quien controla el pasado, controla el futuro, y quien controla el presente, controla el pasado.
Esta mañana me desperté, y vi que el camino que ayer hice desde la senda del agua a la fuente del trébol, la excavadora del tiempo, como caimán que se traga de un bocado a una gacela, se lo había llevado por delante. Ni la misma historia, ni el recuerdo, ni la memoria ya existían.

¡Adiós mundo sostenible, adiós agua para todos! ¡America for the Americans!

martes, 17 de enero de 2017

Dólar Trump




Cuando Pepe Párraga realizó aquel su primer pirograbado La salvación viene de los pobres, (dado el esperpento y la extravagancia que muestran algunos de los personajes de su representación bíblica), no sé si escogería dicho título para que entendiéramos la excentricidad, el buenismo y el contrasentido de esta frase; o tal vez el pintor murciano estuviera convencido del beati pauperes del sermón de la montaña de san Mateo.

El diploma de nuestra salvación no sé si algún día nos vendrá de la generosidad de un mendigo, de un recién nacido con una mano delante y otra detrás. Lo que sí tengo claro es que de la fortuna de los 10.000 millones de dólares de Dólar Trump ningún harapiento de Brooklyn, verá un sólo centavo. Riqueza y avaricia, las dos patas del homo económicus de Stuart Mill.

Ser pobre no supone ningún plus, a no ser que la indigencia, nos dote de sensibilidad, conocimiento y empatía para saber qué cosas de verdad merecen la pena en esta vida.

domingo, 30 de octubre de 2016

Cambio de hora



A escondidas, el instituto nacional del Tiempo retrasó los pasos del sol. Y a las tres fueron las dos. ¿Por qué, siempre, manos nubladas, cheques en blanco, sotas y bastos, emprendedores del gasto, ladrones a media noche, cambian, sin que nos demos cuenta, el rumbo de nuestros pasos?

Sabe mi cuerpo de horas extrañas que no son su ahora. Como tampoco es verdad lo que yo estoy viendo: peonadas que van para atrás, que para comer no dan; montes de cazadores furtivos, mares contaminados que paren culebras y sapos; el amanecer que no llega, y en vez de darnos la luz, nos sumerge en las tinieblas del pasado. El reloj de las distopías marca el sinsentido de la política y los días. Lo real es insoportable, que diría J. Lacan.

Víspera de Difuntos. Estoy en el cementerio, en el chalé de los muertos, acicalando mi tumba, el ara de mi destino. Un hombre con casco, vestido con sudadera de esqueleto, detiene su moto, la a-parca. Y oigo cómo su mano de cartero profeta llama a la puerta de una ermita cerrada. El hombre espera. Sabe que los muertos oyen y hablan. Nadie responde. Y el ciprés de la entrada, que ayer empezaba a creer, una hora después, en el suelo estaba, rendido en una tierra baldía. Este año que viene no habrá vendimia, –oigo que pregona el hombre que se pierde a lo lejos por detrás de los nichos.

martes, 25 de octubre de 2016

LA CÁRCEL VIEJA HABLA. PRESOS DE LA MEMORIA



Julio del 72

Aquel día se levantó como siempre, a las siete de la mañana. Tenía que estar en el tajo a las ocho en punto. Trabajaba en una obra al lado de El Corte Inglés, en ese brutal edificio de hormigón armado y ventanas de madera, donde hoy tiene su sede el Banco Vitalicio.

Restregando sus párpados al día, que estrenaba su claridad por encima de los tejados de las casas de los panaderos, bajó perezosamente las empinadas escaleras del piso. Antes de atravesar el portal, se detuvo, como de costumbre miró la calle. Un seat mil cuatrocientos treinta, de color negro aparcado en la acera de enfrente. Dentro: cuatro personas de aspecto gris y entonación grave, llamó su atención. A esa hora de la mañana, nadie en un barrio obrero de la periferia de la capital, anda husmeando dentro de un coche, a no ser que sea la pasma a la caza de algún rojo incauto. De pronto sintió un fuerte retorcijón de tripas. Por aquel entonces aún no había sido operado de úlcera de duodeno. Los latidos al trote de su corazón también le alertaron:
¿Y si fuera la Secreta? ¡Seguro que vienen a por mí!
Confundido, indeciso, y sin saber que hacer, reaccionó de la peor manera. A pesar de haberse preparado para esta ocasión con folletos que le informaban cómo comportarse en caso de arrestos, interrogatorios y redadas, no le dio tiempo a disimular. Y en lugar de comportarse con toda normalidad o preguntarle cualquier cosa a los agentes de la Brigada Político-Social como decía el protocolo clandestino, se dio la vuelta, y subió de nuevo a toda prisa a casa. El miedo le delató. Eso creyó él. De antemano los guardias de paisano bien sabían a quién tenían que detener. Le echaron el guante en la misma puerta de la vivienda.
Somos policías, ha de venir con nosotros. Asuntos de puro trámite.
Ya conocía él de otras veces lo del puto papeleo. No hacía un año, cuando aquel viejo inspector se personificó en la obra donde trabajaba. Le obligó a que le acompañara alegando cierta irregularidad en su deneí. Cosa de pocos minutos -le dijo. Aquellos minutos escasos se convirtieron en treinta horas metido en aquel calabozo, tan sólo con una tenue luz de bombilla y una mugrienta manta atestada de pulgas, sin nadie con quien hablar, totalmente incomunicado y con un desconocimiento total sobre su detención.

La mera rutina de la gestión, esta vez, consistiría en una serie de interrogatorios largos y pesados, humillantes y disparatados, a destiempo, intermitentes, que iban desde el paternalismo y la fingida compasión, hasta las amenazas, la provocación y la coacción. Dos eran los que se repartían los interrogatorios. Uno se las daba de comprensivo y tolerante. El otro, de matón, insultaba, incriminaba sin fundamento ni fuste, forzaba al límite la delación de amigos y correligionarios. Los inspectores se simultaneaban como táctica, para acabar hundiendo moralmente al apresado. En resumidas cuentas: el joven fue acusado de propaganda ilegal, manifestación ilícita, incitación a la subversión por participar en un conato de manifestación con motivo del Primero de Mayo. Una manifestación que no tuvo ni siquiera cincuenta metros de recorrido. Los Grises con sus pitos, porras, persecuciones y carreras abortaron la marcha. El centenar escaso de manifestantes ni tiempo tuvo en desplegar sus pancartas, allí en la Plaza de santa Isabel donde habían sido convocados.
Así fueron más o menos los hechos, tan disparatados como simples, los que llevaron al muchacho aquel a esta Cárcel Vieja de Murcia, esta Prisión Provincial que hoy habla y da cuenta de la represión en Murcia hasta 1945, a través del Documental que Blanca y Jeanette acaban de presentar en la Filmoteca Regional de Murcia.
Atravesó varias puertas de hierro de grandes cerrojos y bisagras. Recorrió desolados y largos pasillos. Un funcionario le escudriñaba como guardián presto a la embestida, le escoltaba virtuosamente obligándole a caminar pegado a la pared. Fue conducido al Centro, así llamaban al garito, el puesto de mando. Desde allí se detectaba cualquier anomalía, de allí salían las órdenes e instrucciones pertinentes en cada caso. El joven experimentó una vasta sensación de violación, transgresión de su identidad. Cuando le cachearon, manoseando pesadamente todas las partes de su cuerpo, la indignación y la vergüenza corrieron desparramadas por los entresijos de su alma. Plasmó sus huellas dactilares en unos papeles amarillos. Le quitaron el poco dinero que llevaba, el carné, las llaves, las cordoneras, la correa. Estos trámites eran ejecutados de manera usual y rutinaria, pero no carentes de amonestaciones tajantes, rostros crueles, de aspecto satánicos y tratos bruscos. El oficial al cargo, al observar su fisonomía antimillitarista, le increpó duramente:
¡Póngase firme, y a un paso de distancia!
Como si de una serie de ritos y ceremonias se tratase, propios de cualquier secta seguidora del terror, la represión y la locura, el muchacho fue introducido aquella mañana en la Cárcel Vieja, fue investido como reo de una población que gemía por el aplastamiento de una bota tiránica, que lo mismo oprimía a los de dentro de la cárcel, como a los de fuera.

Con ojos airados y una gran manopla enfundada en su mano derecha, un funcionario atravesó la estancia con apresuramiento e insidia hacia una habitación cerrada al final del pasillo. El muchacho no se equivocó al pensar que aquel cuarto era el carambú, una celda de castigo, donde a base de golpes y porrazos, se daba curso y se mitigaban las reclamaciones de los presidiarios más contestatarios. Mientras legalizaban su situación de ingreso, tiempo tuvo de ver también a otro recluso chorreando sangre por la boca. Entre otras contusiones por todo el cuerpo, tenía el labio partido. El herido alegó que se había caído en la ducha. Lo que pasó en realidad es que en una reyerta había sido apuñalado por otro recluso con el rabo de una cuchara. Más allá, en un rincón de uno de los tres patios de la prisión, un señor mayor, grueso, con aspecto de boxeador, y a la vez, bruto e idiota, se dejaba besar los pechos por un muchacho indiferente y casi forzado, a cambio de vaya usted a saber qué. En su primer día de estancia en la Cárcel Vieja, el joven se hizo una idea de lo que le esperaba mientras durara su condena.

El también estuvo allí. Como también estaba allí aquel otro, que sin comérselo ni bebérselo, sin haber participado en ningún acto de protesta contra el Régimen de Franco, le cayeron trece meses de cárcel. Se encontraba este muchacho en el círculo cultural de su pueblo, viendo la tele. A esto que sale Franco en el NO-Do. De pronto, como quien gasta una broma a un amigo en su cumpleaños, este joven, al que nunca en en su vida se le hubiera ocurrido a levantar el puño, se atrevió, sin abrir su santa boca, a mofarse del Caudillo, alzó la mano, sacó los dedos índice y meñique de su mano, increpándole de cabrón. Como también estaba allí aquel otro, al que en un registro domiciliario no encontraron la propaganda subversiva que los secretas buscaban. Y sin más, le acusaron por tener colgada en la repisa de la cocina una carabina que le regalara su abuelo. Dijeron que tenía las mismas proporciones y diseño que el fusil con el que dispararon a Kennedy.

Luego, los días de internamiento de aquel joven al que ni siquiera le dio tiempo a desplegar una pancarta que decía: Viva el primero de mayo, finalizaron. Consiguió la libertad. El muchacho está orgulloso de haber pisado el mismo suelo, de haber compartido las mismas celdas, haber tenido los mismos sueños que los miles de presos políticos, represaliados, desposeídos, condenados a reclusión perpetua, fusilados, por defender los derechos humanos conculcados en su país. Ellos convirtieron en altar y estandarte las paredes, las rejas, los pabellones, los patios de este centro de represión y tortura. A ellos les agradece el muchacho las libertades que hoy tenemos, así como el deber de mantener encendida continuamente su llama. La libertad es un camino siempre a recorrer, nunca se acaba.

Domingo, 23 de octubre, 2016.

El muchacho aquel del año 72 acude hoy a la Presentación “LA CÁRCEL VIEJA HABLA. PRESOS DE LA MEMORIA”. En una secuencia final del Documental, descubre unas palomas picoteando alegres por el yermo y abandonado jardín de la entrada de la prisión. El tiempo que estuvo encerrado aquí el joven no tuvo ocasión de ver paloma alguna. Y recuerda ahora las palabras de Iliucha, un escolar enfermo, que antes de morir le dice a su padre en Los Hermanos Karamazov de Dostoievski:
Papá, cuando me entierren, echa migas de pan sobre mi sepultura. Así acudirán los gorriones, yo los oiré y será un consuelo para mí saber que no estoy solo.

domingo, 23 de octubre de 2016

La Historia también se equivoca




Aquel escritor de teatro no tenía la paciencia para dar a su obra la consistencia y la ambientación, el lugar y, sobre todo, el tiempo que requerían sus actores. Para ser reveladores, elocuentes y dignos de ser tenidos en cuenta, los personajes le exigían más tiempo, tiempo que, según ellos, debería ir más allá del tiempo espacial y físico que duraba su aparición en aquella obra, que para más inri, se llamaba Tiempo eximente. Para desempeñar su papel con la profundidad, clarividencia y perspectiva que los hechos requerían, los personajes no se conformaban con un tiempo cualquiera, necesitaban la intensidad de un tiempo especial en el que los minutos parecieran no acabar nunca, y así ellos tuvieran tiempo de mostrarse al público tal como eran.

El escritor (que a su vez era también el director de la obra), precipitadamente arrebataba la vida de los actores, dándoles escasa duración a sus personajes. Y no porque la imaginación del escritor estuviera apagada, sino porque tanto su inspiración como su emoción (ambas solían visitarle al mismo tiempo), se parecían al chasquido de una botella de champán contra el estribor en la botadura de un barco. Su inspiración duraba lo que un relámpago. Breve, impetuosa y devastadora era su musa, para perderse luego, enseguida, en el fragor de un puerto de mar, acosado por el graznido de gaviotas hambrientas.

Los actores, viendo sus vidas tan mermadas, se sentían manipulados, prematuros abortos, ninguneados, piel de oso vendida antes de ser cazada. Y se veían a sí mismos incompletos, falseados, a medio hacer, desfigurados, coitos interruptus. Hartos de que sus días fuesen tan escasos y contados, (tan poco y tan mal contados), decidieron recurrir a Mefistófeles, y cual Fausto, vender sus almas, a cambio de perpetuarse a través de las páginas inagotables de aquel libreto. Pero el diablo en aquellas fechas, vísperas de Todos los Santos, estaba muy ocupado preparando las fiestas de Halloween. Así que de común acuerdo, los personajes abandonaron la página donde se hallaban. Y antes de concluir el último párrafo con el que se bajaba el telón, formaron todos una enorme barricada, un endemoniado escrache en las mismas puertas de la mente inspiradora de su creador literario. A gritos, con pancartas, todos protestaban:
Queremos perpetuarnos en saga interminable, como Harry Potter, como el Águila Roja, como los Rostov, como Maria Bolkónskaya. No queremos ser menos que los protagonistas de Guerra y Paz. Queremos que se nos dé el tiempo necesario para que los espectadores sepan de qué color tenemos el alma, a qué saben nuestros sueños, con quien hacemos el amor, a quien odiamos, cual es nuestro vicio más sagrado, la virtud más pecaminosa, cual es nuestra flor preferida...
El tiempo también se equivoca. Como se equivoca la Historia alimentando la guerra en Siria, como se equivocaron los americanos en Irak, como la cagó Franco al sublevarse contra la República. Como se confundió Colón al descubrir las Américas. Como puede equivocarse también hoy el Parlamento de un pueblo votando a su Gobierno más corrupto. Como se equivocó Aznar, el otro día diciendo que el tiempo lo pondría en su sitio. Lo que en verdad quiso decir este prócer político es que el tiempo le daría la razón, no porque la tuviera, que jamás la tuvo, sino para ver las cenizas de su viejo belicismo sobreseído por el tiempo. El tiempo huye para borrar las huellas equivocadas que deja a su paso.

Los actores de Tiempo eximente se negaban a apurar sus papeles queriendo darle a la Historia la oportunidad de no equivocarse, de no esconderse bajo el pretexto de su propia premura, para así poner fin al procedimiento sancionador que les exculpara de sus delitos.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Julián Andúgar




Los protagonistas: una fuente de sardinas a la parrilla acompañados con unos buenos tragos de vino, un plato de higos verdales recién cogidos, unos michirones con jamón y chorizo y, sobre todo, el afecto actualizado de unos viejos amigos de trincheras, al abrigo de un trozo de huerta recién regada con olores a espliego, limoneros, orégano y hierba buena.

Tras unas jornadas insoportables de calor, la mañana se despierta generosa. Bajo la sombra de las moreras, el clima no es tema de conversación como en días anteriores, que el mercurio no bajaba de los 45º. Y esa sensación de no sentirse uno acosado por las altas temperaturas de las últimas semanas aporta al almuerzo la serenidad indispensable para la armonía y el buen trato. Tanto las privaciones extremas como el confort desmedido se convierten en fuente de intranquilidad y disputas. El dulce vacío de circunstancias tanto adversas como favorables es el mejor obsequio que la naturaleza prodiga a los humanos.

Pero, no vengo yo aquí a dar el pedo con estoicismos, meteorologías ni puñetas. Sólo quiero dar cuenta de una anécdota, un pequeño trozo de historia, que anclado quedó en el pasado. Hoy, unos amigos han traído gratamente a mi ardiente memoria, bajo el nombre agradecido de Julián Andúgar, aquel hálito comprometido, hijo de una familia humilde de agricultores de Santomera. Y aquel poeta social y socialista, al ya no estar, (murió un 13 de setiembre de 1977), se hace, si cabe por ello, más presente ahora entre nosotros. No me gustan los homenajes ni las pleitesías; me figuro que al autor del soldado del violín tampoco. Pero no está bien ser desagradecidos. Es por eso que al menos quiero aquí dejar constancia que allá por el invierno del 76, este hombre combatiente del bando republicano, herido, prisionero y exiliado, un día tuvo la sensibilidad de convidar a unos desconocidos y anónimos represaliados por el Régimen de Franco. Y son sus labios abrasadores de ausencia los que en esta mañana de luces y camaraderías nos declaman aquel soneto de La soledad y el encuentro que le dedicara su vecino santomerano al orihuelano Miguel Hernández:
Ahora cuando me vaya, amigo mío,
vecino de mi casa y sus frutales,
casi pared por medio a mis corrales,
no sé que haré yo solo por el río.
Simplemente habíamos quedado. Sin motivo ni agenda. Pero, en el fondo todos bien sabíamos de la urgencia de ese encuentro: no querer jamás desencontrarnos, y que el olvido y los días no aplastaran nuestra amistad bajo los pedregales de un tiempo sin retorno.

Y entre bocado y bocado, brindis, alborozos y nostalgias, bajo las sombra de dos moreras, retrotraemos las aspas del reloj hacia aquellos años en los que compartimos la misma lucha contra la dictadura y un común empeño por la instauración de las libertades sindicales. Fuera de complacencias y petulancias, uno de los comensales entona ahora los versos de Machado: Nunca perseguí la gloria / ni dejar en la memoria / de los hombres mi canción.

La tertulia da para mucho, pero como lo mucho no es nada, sino se precisa y reseña, aquí viene ahora el recuento de algo que en el almuerzo sale a relucir sin más pretensión que la mutua satisfacción de unos viejos amigos por haber vivido juntos la resistencia contra la injusticia.

Elda (Alicante). 25 de febrero. 1976. Teófilo del Valle Pérez, veinte años, muere en una manifestación por la defensa de un convenio digno en el sector de calzado. El joven es acribillado en plena calle por los disparos de la policía. Los que en esta mañana celebrando estamos nuestra amistad, indirectamente nos vimos implicados en la ola de solidaridad generada por aquel suceso. Como militantes obreros afiliados a un sindicato clandestino, (las centrales sindicales no se legalizarían hasta el año siguiente, 27 de abril de1977), disponíamos de una pequeña caja de resistencia. El caso lo requería. No lo dudamos. Decidimos desplazarnos hasta Petrel y entregar una cierta cantidad de dinero, símbolo de nuestra camaradería sindical, a la familia del joven asesinado por los grises.

De regreso, paramos en Alicante. Nos habíamos quedado sin tabaco. El coche en el que nos desplazamos era grande, lujoso, como esas limusinas aparatosas de los americanos. No queríamos levantar sospechas como simples menesteroso prestos a ser interceptados en el primer control de tráfico. En una calle aledaña al primer kiosko que vimos, aparcamos el vehículo. El que conducía se quedó junto al coche. El resto, tres de nosotros, de repente, nada más atravesar la avenida, fuimos sorprendidos por una patrulla de la Policía Armada. Allí mismo, fusil en mano, nos pusieron esparragados contra la pared, nos cachearon, y a empujones, junto con un grupo numeroso de estudiantes y obreros, nos metieron esposados en una de aquellas lecheras que en fila contorneaban el perímetro del recorrido de una manifestación de la que nosotros éramos completamente ajenos. Fuimos detenidos. En ningún momento nos pusimos nerviosos. Sabíamos que aquello no iba con nosotros. Pero si en los interrogatorios les daba por hurgar más allá de aquel fortuito percance, nuestros antecedentes darían motivo para otros encausamientos y represalias más graves y con efectos a terceros.

Ya en los calabozos, las pulgas de las mantas, nada más vernos, saltaron de alegría. Recuerdo que alguien socarronamente citó a Galileo diciendo aquello de: E pur si muove. Es cierto, las mantas corrían, daban vueltas como galgos por las celdas, de los chinches que albergaban. Tampoco se quedaban atrás las porras de los guardias. Uno de los detenidos, por ser diabético, se quejaba de un fuerte bajón de azúcar. Alguien de nosotros llamó al guardia pidiendo algo de comer para el compañero que se retorcía de dolor postrado en el suelo. La respuesta, un enorme trompazo en la cara de ese alguien, (uno de nosotros), que de no cerrar la boca se hubiese tragado hasta las llaves del calabozo que el agente llevaba en la mano.

El compañero que se quedó junto al coche vio toda la redada. Enseguida notificó el hecho. Luego el aparato movió los hilos, avisó a nuestras familias, abogados y demás militantes para que se pusieran a resguardo. La intendencia, el protocolo aconsejado en estos casos se puso en marcha. Transcurridas las horas precisas fuimos llevados al juez. El resultado: feliz. Los tres compañeros puestos en libertad.

El traer aquí este incidente no es otro sino homenajear a Julian Andúgar. Este buen hombre sencillo, de quien yo antes nunca supe su nombre, apareció en nuestra salida del juzgado. Se empeñó en pagarnos en un bar cercano una invitación para celebrar nuestra libertad. Y hoy mismo, por boca de uno de los viejos amigos reunidos aquí en la huerta, me entero de que aquel Julián Andúgar, oficial por aquel entonces del juzgado de Alicante, y autor de entre otras obras como La soledad y el encuentro, accésit del Premio Adonáis, son la misma persona. Gracias, poeta.



lunes, 22 de agosto de 2016

La motocicleta del Che





Y puro como un niño
o como un hombre puro,
Che Comandante, amigo.
 (Nicolás Gullén)


El placer de ver a su hija comer a deshoras una rebanada de pan con aceite le proporcionaba a Ernesto más gusto que a ella. No importaba que fueran las tres de la madrugada. La veía tan feliz, tan niña, tan testaruda llevándole la contraria al reloj, a la digestión, al tío caimán, a su madre que le recriminaba que tuviera la luz de la habitación encendida hasta las tantas:
¡Celia, apaga ya la luz, que es muy tarde, se te van a quemar las cejas!
Y cuantas más veces la madre amonestaba a la hija, Celia más ella se sentía. El Che aprobaba las advertencias de su mujer Aleida; pero sólo en las formas. En el fondo se alegraba que Celia se le pareciera a él en esas cosas de llevarle la contraria al mundo. La inocencia y la rebeldía para el comandante tenían el mismo color, el mismo atrevimiento, la misma pureza que el alba abriéndose paso entre las alambradas de la noche.

El padre de Celia pensaba que la injusticia de los imperativos categóricos, que no responden a derecho, ha de ser duramente acordonada, combatida, sí; pero con ternura. El revolucionario está guiado por grandes sentimientos de amor -escribiría el guerrillero en un periódico de Uruguay, allá por el año 1965. Ser niño y decir que no a la domesticación es consustancial a la nobleza, a la autenticidad de la infancia

Y Ernesto al ver ahora a su hija testaruda recuerda el incidente de la moto. 

Estaba la niña ante un corrillo de amigos presumiendo de la moto de papá en la puerta de su casa. Salió el padre, y oyó como su hija no se cansaba de repetir orgullosa: 
Es la moto de papá, es la moto de papá...
 Y fue entonces cuando el padre, todo ceremonioso, contraviniendo a Celia, dejó caer ante los niños aquel dicho de Proudhon: la propiedad es un robo.

Estaba cantado. Al día siguiente, al papá de Celia le quitaron su motocicleta.

viernes, 22 de julio de 2016

Manifiesto



Sabedor de mi mal gusto plagiador e iconoclasta, tras la lectura hoy de un ilustrado Manifiesto:

No me mueve, Rajoy, para votarte,
el sillón que me tienes prometido;
ni me mueve el haberte no servido
para dejar por eso de votarte. 
Tú me mueves, señor, muéveme el verte
cercado en la pez de tu partido;
muéveme el ver tu cuerpo fenecido
muévenme los recortes y tu muerte.
Muéveme, al fin, el doblón y en tal manera,
que aun en contra de mi bolsa te votara
y aunque no hubiera impuestos te temiera. 
Nada me has de dar porque yo quiera,
que mi abstención a España deparara
de nuevo un Presidente que así la hiera.

viernes, 8 de julio de 2016

La lucha de clases ha muerto




Nostálgicos sindicalistas, de los años en que ni siquiera las organizaciones obreras estaban legalizadas, se juntaron el otro día al amparo del recuento de batallas pretéritas. Se reunían en torno a una retrospectiva, un proyecto de recuperación histórica del movimiento obrero en Murcia. Entre otras cosas, allí se dijo que la clase trabajadora como tal había dejado de existir:
Aquellos valores de solidaridad, clase, internacionalismo, izquierdas, acicate y puño, instrumentos transformadores de la sociedad en manos del poder obrero, ya no se estilan.
Dice Owen Jones en su libro La demonización de la clase obrera, que los trabajadores han pasado de ser la sal de la tierra a la escoria de la tierra. Conceptos, como clase media, transversalidad, servicios, tecnologías, robotización, o el sentimiento de vergüenza por pertenecer a este medio, hacen que la gente se sienta como inoculada frente a la gran tragedia, el abismo desigual e injusto que cada vez más separa a pobres y a ricos. O tal vez, no queramos ver lo que realmente pasa en el mundo de las relaciones laborales. El pueblo parece silenciar su desastre por propia dignidad. Una variedad del síndrome de alienación: negarse a reconocer por lamentable nuestra propio relato. Mutación, desestructuración o desaparición del código genético clase obrera.

Y así como antaño, la pertenencia al mundo obrero se vivía como un honor, hoy esta condición parece vivirse y sufrirse como un estigma. La lucha de clases ha muerto.

El capitalismo, según Joseph Stiglitz, Nobel de Economía, es un fracaso. A este ritmo de empobrecimiento y desamparo legal, pronto volveremos a los tiempos en que los obreros serán contratados a dedo, como antiguamente lo eran por su dentadura, corpulencia y sumisión, en la plaza mayor del pueblo por el capataz, el esbirro de turno, en la misma plaza donde su piel será desollada como la de los corderos, y ofrendada en el altar al dios de las finanzas.

A esta tertulia de viejos amigos y militantes obreros también vinieron sindicalistas jóvenes, que con su aportación enriquecieron el debate:
Vosotros os enfrentasteis a una dictadura, a la CNS, a una oligarquía dominante, a ser incluso encarcelados; pero nosotros nos tropezamos a diario con la indiferencia, cuando no, el insulto y la injuria de nuestros propios compañeros. A vosotros de alguna manera la sociedad reconoció vuestra aportación. Nosotros, en cambio, lo tenemos crudo, lo único que recibimos son pitos y abucheos.
Y al hilo de esta consideración, esta misma mañana me entero que un escritor de Jaén publicó en su perfil de Facebook un mensaje en el que calificaba a los sindicalistas como inútiles, perrunos y borricotes, hijos de la gran puta, aseñoritados que van a que se la chupen las obreritas del cortijo, a cambio de pincharles en el pezón una chapica con el logo.

¿Acaso no estaremos siendo guiados o alimentados hacia vericuetos o comederos que nos arrastren a un nuevo fascismo?