Tengo yo una estantería llena de nombre muertos. Gobanilla, coscoletas, clóchinas, resbalaor, regatilla... Apenadas estas palabras, tras vagar durante un tiempo por calles mudas y desiertas, no encontraban a nadie que las abrazara, que las llamara. Las guardo en la biblioteca de mis recuerdos como muñecas rotas. Se murieron desconsoladas. Pues nadie las acunaba, nadie las decía.
En mi infancia las palabras, cuando por primera vez las escuchaba, me sorprendían. Mi mente y mi corazón saltaban de gozo al verlas. Hoy, me encuentro por casualidad con una mujer desolada husmeando entre las ruinas de su casa devastada por las bombas enemigas, siempre enemigas, se mire por donde se mire, se llamen como se llamen, vengan de donde vengan, las disparen emperadores, fanáticos, vasallos, mercenarios, el cambio climático, danas, imbéciles, locos o lunáticos... Lleva esta niña, esta mujer, este anciano, todo el mundo parlante lleva una palabra en su boca. Runa es su nombre.
Hoy me encontré con la palabra runa. En la Azulada de mi infancia utilizábamos este nombre para referirnos a los escombros amontonados, tras el derribo infortunado de una casa vieja. Llevaba siglos y siglos sin escucharla. Me agacho, la recojo con mucho cuidado. Esperanzado, le doy cobijo, la guardo en la biblioteca de mi casa, por ver si un día, como quien pone a secar sus lágrimas en el tendedero de la terraza, el sol tuviera a bien limpiar, blanquear las manchas de su tristeza.

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