domingo, 30 de marzo de 2025
La esposa del escritor único
Había oído yo de algún libro cuya trama y desenlace determinaba la existencia de una persona extraña, alejada de la novela. Como si su autor fuese el titiritero que con sus hilos y letras moviera los monigotes de su teatrillo, pero fuera de la caverna de su manuscrito. Quería que lo que él contaba fuese vinculante, que tuviese lugar y consistencia en la misma vida real, más allá de sus libros. Sus novelas, sólo un pretexto. Su intención era que sus letras fuesen la fragua, el manantial, el horno donde cocer el auténtico pan de la vida. El verbo hecho carne. No es el profeta el que adivina el futuro. El futuro es creado por el oráculo. No fue Napoleón el que por su propia voluntad, un 7 de septiembre de 1812 se le ocurrió invadir Rusia, sino que fue la lectura de Vidas Paralelas de Plutarco lo que al corso le impulsó a ello. La historia está condicionada en parte por la habilidad del escritor que la cuenta. Tampoco fue César quien conquistó Las Galias, sino el Senado quien le encomendara tan magna proeza en momentos tan críticos para el Imperio Romano.
No hay mejor película que ver, ni libro que leer que aquel en el que nos vemos reconocidos, motivados para seguir vivos. Recuerdo una vez durante la representación de una determinada obra de teatro que un espectador se sintió fuertemente conmovido por una escena. En medio de la sala se levantó y se puso a gritar como un poseso: ¡Ese soy yo, ese soy yo! Por fin he dado conmigo. Gracias, hermanos Lumière, por ayudarme a ser yo mismo. Primacía de la letra sobre la esencia misma de lo real. Decía Freud que donde estaba el ello, debe advenir el yo. Los libros son los planos sobre los que se construye la historia, la biografía, nuestras vidas.
En cierta ocasión un escritor fue invitado al cumpleaños de su editor. Hasta aquel momento la mujer y este escritor jamás habían coincidido, no se conocían de nada. Dio la coincidencia, que la que luego sería su futura esposa, trabajaba como empleada del catering que servía la cena-homenaje al patrocinador de su último libro. Digo bien, el último, el último y el único, pues después de esta circunstancia que cuento, jamás, se le ocurrió a este hombre escribir libro otro alguno. Ella y él aún no se conocían presencialmente, aunque por lo que luego pasó, de alguna manera, sí. Allá, en el horno donde se cuecen los panes de nuestras biografías, ya estaban sus vidas calentándose al calor del fuego de su amor venidero.
Eran como una veintena de comensales. Él tan sólo conocía a dos de ellos: al editor, su patrocinador ocasional, y a su secretaria; pero al estar éstos en la otra punta de la mesa, y ser él un tanto tímido, se sintió más solo que la una. Sólo pudo hablar con la camarera que de vez en cuando le decía: ¿Necesita el señor algo más, prefiere carne o pescado? En una de sus idas y venidas para preocuparse por sus preferencias culinarias, el escritor único tuvo el descaro de fijarse detenidamente en el bello rostro de la sirvienta. ¡Milagrosa casualidad! Era la misma joven que con pelos y señales él describía en su novela: La misma forma del musitar suave de su voz dulce y cadenciosa, el color azabache de sus ojos persuasivos, la modestia sonrojada de su cara. La misma hermosura que irradiaba tanto su cuerpo como su alma en su novela era la que ahora le mostraba en persona. Todo en ella era igual a la muchacha que él había intentado dibujar en su último libro.
Repito, después de aquella sorprendente coincidencia este escritor ya no necesitó escribir más. Lo tuvo claro desde el principio. La cortejó. Quedaron en verse después de aquella cena afortunada. Él iría a esperala después que ella acabara su faena. Salieron, hasta que logró hacerla su esposa. Fueron marido y mujer durante cinco años. El esposo nunca comentó cuál fue la razón de su opción por ella. Tampoco hizo falta, tan fuerte y sincero era su amor... Hasta que un día la mujer le dijo sin venir a cuento: ¿Querido, qué viste en mí aquel día del cumpleaños de tu editor para enseguida pedirme en matrimonio? Con todo el cariño que por ella había tenido desde el día que se conocieron en aquella cena homenaje, el marido contestó con total sinceridad: Vi en ti, mi amor, el mejor retrato, la mejor definición de la mujer estrella de mi último y único libro de mi vida.
Y malditas palabras. Ella, ninguneada y menospreciada, le dijo de malas maneras al escritor unigénito: Pues bien, mi escritor circunstancial y único, quédate con la joven aquella de las letras de tu novela, que ésta de carne y hueso se va a otros brazos que de verdad la quieran. Adiós para siempre.
viernes, 7 de marzo de 2025
Vocación de desdicha
Vocación de desdicha
La escritura, más que cualquier principio socrático o manual de auto ayuda, me vale para conocerme. Eso es lo que me decías: A través de la escritura consigo entender a mi enemigo. Conforme plasmo en el papel lo que pienso, mis letras no sólo me desvelan mi propio yo, sino que además me llevan a identificarme con mi mayor adversario. Y me llegaste hasta decir que Dios, en lugar de decir yo soy el verbo, debió decir somos lo que escribimos. Y no parabas de elogiar lo que escribías como el no va más. La escritura me ayuda a ser yo mismo, a entender el mundo, a respetar la naturaleza.
Escribir para ti suponía como un aprendizaje filosófico, un acto de introspección, un momento revelador y místico. Y decías que la palabra, debido a su espontaneidad, era inconsistente. Y rematabas con extrema pedantería tus asertos con una serie de latinajos incomprensibles como verba volant, scripta manent, litterae praevalent verbis. Creías que así dabas más credibilidad, certeza y autoridad a lo que decías.
Por eso cuando me volviste a repetir una vez más que la escritura te ayudaba a vivir, que gracias a ella te sentías vivo, quise convencerte de tu engaño, de que no sólo vivías de la limosna de tus padres, sino que la pobreza también acampaba en tu mente, como un granero vacío en tiempos de sequía.
Pero entendí, por el poco valor que mostrabas por las palabras, que yo jamás te convencería de lo contrario. No me quedó más remedio que hacerte llegar por escrito lo que yo pensaba. Pero sabiendo de la poca fiabilidad que en mí depositabas, me limité tan sólo a transcribirte una frase de Margaritte Duras: la escritura es una vocación de desdicha.
jueves, 23 de enero de 2025
Escribir a la bartola
Hay suficiente traición, odio, violencia, insensatez en el ser humano promedio
como para abastecer a cada ejército en un día cualquiera.
(El genio de la multitud. Bukowski)
Ingeniosas historias le vienen al caletre cuando, nada más levantarse, se sienta cual monarca de las letras en la taza del váter. ¿Qué relación puede haber entre su inspiración literaria y ese lugar de aromas nauseabundos donde el escritor se apoltrona cada mañana? Es como si su cerebro, debido a la natural relajación que conlleva el desahogo de su grueso intestino, se quedara en blanco, libre,... para así, en barbecho, ser prolífica y gratamente fecundado por las musas de turno. Cuanto menos propicio es el lugar y el momento del ángel creador para ponerse manos a la obra, mejores y más conseguidas son sus defecaciones excre(i)toras. La ornamentación, los caobas pulimentados del taller de un artista, su orientación, el ambiente... ¿tienen que ver con la calidad de su obra?
Si Bukowski no hubiese escogido aquel andrajoso burdel de Los Ángeles para escribir sus poemas, hoy no sabríamos que Los días corren como caballos salvajes sobre las colinas. Las tabernas y los antros eran su mayor consuelo, el mejor remedio para su vacío. De no estar sentado fumándose su primer cigarro del día en el retrete de aquel hostal de la Avenida Western, hoy no tendríamos la suerte de leer uno de sus mejores poemas (The Genius of the Crowd). Y es que las musas suelen ser muy caprichosas. Y a veces andan en las cosas más burdas e insignificantes, menos trascendentes: en las trufas del bolsillo de Byron, en un barreño de agua helada con los pies de Schiller dentro, en la pipa de Flaubert, entre las ollas y los pucheros de Teresa de Ávila... No es lo mismo escribir en el campo, junto a un río, bajo los efluvios de un huerto de limoneros, que en un prostíbulo de mala muerte.
lunes, 2 de diciembre de 2024
La banalidad de los paréntesis incisivos
Noté mis ojos empapados por el dolor de las lágrimas. Me acordé del sueño. Siempre que sueño terror, soledad, (infierno), al instante me despierto, espoleado por un resorte desconocido, (mecanismo de defensa). No me gustan los paréntesis. Son inútiles, lacónicos, superfluos, engreidos, incisivos y cortantes. Tan innecesarios como esta retahíla de adjetivos que utilizo para referirme a ellos. Demuestran mi poco manejo con la semántica, mi escaso recurso expresivo. Me dan vértigo. Rompen el hilo. Caigo aun más en el vacío de las palabras. Prefiero la realidad, por muy dura y prosaica que sea; es mi escudo frente a los fantasmas del sueño. Odio las redundancias, las interpretaciones, (la simbología, el surrealismo literario,…). Aunque siempre quedo sorprendido por el poder creador, interpelante, loco, onírico y sugerente que me proporciona todo tipo de provocación artística, (los relojes blandos de Dalí, la manzana voladora de Magritte,…). Me pierdo también, (dicho sea de paso), en la estupidez indefinida de los puntos suspensivos.
Y vi su cuerpo desnudo a mi lado, me acerqué y la abracé como si yo fuera un átomo cargado de savia virgen que quisiera fundirme con el alma de su sangre.
Dicen los físicos que para conseguir la fusión nuclear, la temperatura del reactor debe alcanzar los cincuenta millones de grados. Pero el sueño me había dejado frío, (un niño de noche, congelado en medio del desierto del Sahara), tiritando de miedo.
Masajeé su espalda. Acaricié sus piernas. Besé sus pies. Tracé con mis manos un remolino de colores en su vientre. Quise desatar su ombligo, entrar en calor, depositar, abrigar en cada pliegue, (recoveco), de su cuerpo, el hielo de mi soledad, para con la suya, escondida entre los paréntesis de su pelvis, fundirnos, (los dos), en un solo núcleo, (que yo me olvidara de mí, y ella se abstrajera de su ser). Froté su hendidura más caliente, por ver si de ella surgiera el calor (la energía necesaria) que nos amalgamara en una nueva relación molecular. Miré sus ojos, por ver si en ellos ya no me veía, pero fue imposible. Nunca pude conectar con nadie que no fuera yo, (única galaxia autogravitatoria existente).
Llevábamos muchos años juntos, siempre distantes, extraños, (puntos suspensivos separados). Traté de verme en ella. A ella, (supongo), le pasaría lo mismo. Los dos frente al gélido estaño de nuestro incomunicado espejo, (fusión conyugal imposible). El matrimonio no une, más bien ata cuerpos, (solipsistas), que se repelen sin llegar jamás a fundirse…
jueves, 28 de noviembre de 2024
El tañido vacío de las letras
Me dijiste escribir es mi forma de ser. Desde la cátedra de tu profesión sacramental me comentaste además que accedías a la conciencia a través de las palabras que salían de tu pluma.
Ellas son la luz de mi ceguera inconsciente. Son el aliento de mi vida. Y si no, díselo a ese niño que saltó de gozo cuando consiguió escribir por primera vez la palabra mamá de su madre muerta. Cuando deje de escribir, me moriré como el Valeriano; un día se le cayó la guitarra de sus manos, y las cuerdas del universo dejaron de tañer. Ya nunca más los días vibraron en el cuerpo de su tejido espacio-tiempo.Y me puse a recapacitar cuál sería esa forma especial de ser. ¿Ese modo significativo –me pregunté–, no será algo parecido al efecto indeleble de ciertas vacunas que configuran nuestro organismo de por vida? ¿Acaso la profesión de escribir está tan inscrustrada en los genes del escritor que, si este no escribiera, no existiría, no sería nada? El escritor no siente, no habla, no mira, no oye, ni siquiera ama, ¿acaso son actos de fe sus letras, revestidas de ese carácter impreso, trascendental que los católicos confieren a sus sacramentos, las que viven por él?
Y quise hacer extensivo este mismo razonamiento al resto de las personas que no se dedican al oficio de escribir. ¿Tiene mi dentista un modo particular de reir, de dar un beso a su marido, de contemplar la salida del sol? ¿Tiene el panadero, en su saludable profesión de amasar la harina, una postura particular de hacer el amor con su esposa? ¿Acaso el pescatero de la esquina, en lugar de personas andando por la acera, ve sardinas tomando el sol por las esquinas? ¿Acaso el mecánico en su cerebro, en vez de inteligencia, memoria y sesos, alamacena tornillos, tuercas y una pata de cabra? ¿Tiene el ama de casa una determinada filosofía para barrer las escaleras de su casa? ¿Posee el desempleado una peculiar forma de ir tirando y vivir sus días, sin poder vivirlos y arrastrarse por cañadas y barrancos de hambre, indignidad y vergüenza? ¿Acaso el galán es la elegante corbata que ciñe su cuello almidonado de alcahueta?
¿Soy lo que hago? ¿Hago lo que soy? Y si no me ocupo en nada, ni escribo, ni leo, si no me muevo, ¿seré acaso un frustrado sujeto heraclitiano frente al río seco de la vida?
La escritura es una forma de ser como otra actividad cualquiera. El escritor esconde en sus letras la inutilidad de su existencia, como yo, como el albañil o el carpintero, que se mienten a sí mismo a través de sus enlucidos y martillazos. Ya lo dijo aquel premio nobel de literatura: El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir.
miércoles, 30 de octubre de 2024
Tarde de danas y vendavales
Y frente al galardonado escritor de levita y cuello almidonado, éste, el siempre escritor apenado, escribe desde la promiscuidad de su contradicción, vivida a golpes de reacción, truenos y relámpagos, sátiras y epigramas regados con vino barato de cartón y tabaco de colillas. Y a falta de historias meritorias, leyendas encomiadas, sólo le queda, como mecanismo de defensa, la inculpación y la ironía, confesar su pecado públicamente, el pecado de su derrota. Y ya sabemos que no hay ninguna derrota digna.
La escritura no es el pasatiempo de un burgués trasnochado. La literatura es un compromiso, una vocación que, cual la del cirujano, se afana por extirpar los tumores de una sociedad que arroja a las cloacas a humildes y desposeídos. Y sus palabras son balas de guerra en defensa del antihéroe, okupas, inmigrantes, las putas, los sin techos, los tullidos, los nadie, los olvidados. Y en lugar de perfumar sus páginas con el aroma de la hipocresía, las pleitesías y los honores al imperio, se dedica a intoxicar y envenenar todo lo que le rodea con su rabia enrabietada. Y no es el arte de su imaginación el que le inspira, sino su dolor y la indigencia. Tal vez este escritor escribiría como los ángeles si las cosas le vinieran bien, ¡pero no! Por eso arremete como una fiera contra todo lo que en el mundo se menea. Más que escritor, es un hombre resentido.
En esta tarde de danas y vendavales, cual aquel escritor argentino, exclama ni sueños tengo. Y se refugia en el cante del Camarón de la isla: ay como el agua, ay como el agua...
sábado, 5 de octubre de 2024
Tocar lo impalpable
Escribir es profundizar, preguntarme por las riquezas profundas y desconocidas del ser humano, de la naturaleza, de la historia. Intentar desvelar sus secretos. Exteriorizar lo íntimo, el tesoro de la vida, tratar de descubrir la verdad (si es que la hubiera) y relatarla. Que las palabras escritas me dieran a conocer su cara, su esencia. Esa sería mi dicha y consuelo y también mi deseo: con palabras de Octavio Paz, poder tocar lo impalpable.
En los momentos críticos de la vida siempre me da por escribir, como si las letras fuesen un microscopio a través del cual pudiera vislumbrar lo que pasa y me inquieta, lo que no comprendo. Escribo para curar mis heridas en medio de la batalla. Bálsamo de la pluma. Escribo cuando amo, cuando muere o nace un niño, cuando hace frío y se hiela la flor del hibisco, o hace mucho calor y se quema el naranjo.
Cuando la realidad no me convence la coloreo a mi gusto. Allí donde no llega la política, ni la historia, ni el positivismo, ni siquiera la lógica, entonces yo acudo a la imaginación de las letras.
Como dijo Crátilo quien conoce los nombres, conoce también las cosas. Y aún sabiendo de la convencionalidad y arbitrariedad de la no correspondencia de los nombres y las cosas, iluso me reafirmo en la escritura como tabla de supervivencia en medio de este océano apocalíptico en el que zozobramos.
jueves, 11 de julio de 2024
Envidia cochina
Juan Gómez-Jurado, autor, entre otros libros, de Reina roja, Todo vuelve, Siempre al Oeste, escribió además una novela, cuyo título Espía de Dios me hizo suponer que su lectura me desvelaría el rostro de este buen padre eterno, llamado Dios, saber en qué ocupa su bondad e infinito tiempo, mientras sus hijos nos tiramos los trastos a la cabeza, o si acaso es verdad lo que dicen las sagradas escrituras acerca de su paradigmática y bíblica existencia.
La novela de Gómez-Jurado resulta ser un thriller donde el suspense es su tema. Nada de teologías y dogmas. Simplemente se trata de dar con el autor del oscuro crimen de dos prestigiosos cardenales que, en pleno cónclave, tras la muerte del Papa Juan Pablo II, son asesinados de manera misteriosa.
Y al margen de esta puntual novela negra (Espía de Dios), en una entrevista ofrecida por Zenda (revista literaria digital), escucho que este escritor superventas afirma que el egocentrismo es fundamental para un creador. Admito que, desde la frustración de no tener nadie a tu alrededor que eche un vistazo a lo que uno escribe, se hace difícil seguir escribiendo. Pero me disgusta que a los escritores se les suban los humos a la cabeza y se pongan de mañana temprano a cacarear como gallinas presumidas de sus huevos, sin tener en cuenta crítica alguna.
Y este sentimiento a bocajarro por mí expresado ¿no será envidia cochina? Y lo dice alguien desolado que no fue capaz de vender ni una docena de aquella novela El Otro lado en la que me preguntaba al alimón con Lord Byron si había placer allá tras la otra orilla en los bosques sin senderos. Y es por eso que me solivianto al ver tanto escritor saciado como flor que a su alrededor innumerables abejas lectoras se lo comen a besos.
Y vuelvo a la entrevista de Zenda cuando Gómez-Jurado dice que nadie puede hablar sino desde su yo. A mí me da igual cómo me veáis. Cuando, según otros, en realidad somos tal cual nos ven los demás. La crítica nos apuntala, nos ayuda a ser nosotros reflejados en la opinión ajena. No nos fiemos de los que nos adulan, (consuelo tonto), sino más bien escuchemos con atención a quienes jamás nos leyeron. Ellos nos ayudarán a ser nosotros mismos.
jueves, 18 de enero de 2024
Lágrimas de cocodrilo
¡Venga ya, primo, como si tú fueras un nigromante o el sursuncorda! Escribir no es nada. ¿O acaso el pobre ciego vendedor de la once no sabe apreciar el dulce amanecer de un nuevo día?
Y en lugar de advertir en su cara la euforia propia tras el éxito del acto, noté su habitual desenfado, esa amargura con la que yo siempre me refería a él con cierta sorna como mi primo el escritor amargado.
Es cierto que en los momentos críticos que la vida le malhería, acostumbraba este hombre a vaciar sus furias en capazos de papel mojado; pero en ningún momento vi yo que las letras de sus lágrimas curaran los zurriagazos de su alma que la vida inmisericorde le proporcionaba. Yo diría que escribía mejor cuando peor estaba. El alcohol para algunos escritores es fuente de inspiración. Para mi primo el dolor y la presión eran el mejor caldo para sus creaciones que él ingenuamente creía reveladoras. Son muchos los escritores cuyas obras vieron la luz dentro de los angustiosos muros de una cárcel.
El autor de Lágrimas de cocodrilo, además de ser un tipo amargado y pretencioso, subido en su panegírica peana de escritor, era también amigo mío. De pequeños fuimos juntos a la escuela. Luego la vida nos separó, hasta que nos unió de nuevo, al casarme yo con una prima hermana de su mujer. Conocía yo pues muy bien a mi primo.
Escribir para él era un acto de cobardía. Cuando los acontecimientos se le rebelaban, o al contrario, él se rebelaba contra las injusticias, más se revestía de valor y de agallas escondiéndose cobardemente bajo las plumas mojadas de sus escritos. Él siempre creyó que los dardos de sus palabras escritas acabarían con los enemigos de la humanidad. Pronto se convenció que sus textos eran pólvora mojada, inútiles disparos contra el destino. Su gozo en un pozo. Por eso últimamente siempre veía a mi primo atormentado, acribillado, atrapado por los tentáculos del malhumor y el pesimismo. Cuando yo de vez en cuando iba a verle, lo encontraba siempre acorralado contra las paredes de su despacho. Hostigado, aturdido, intrigado. Un niño autista parecía, apartado en el rincón más oscuro entre papeles humedecidos de amargura. Y si acaso me dirigía la palabra o la mirada era sólo para decirme: ¿No ves, primo, por la ventana la verdad amenazadora y negra que del exterior se cuela, y con qué hambre y rabia quiere engullirnos cual el dios Saturno a sus hijos?
Si la luz de la inclemencia de los acontecimientos que a mi primo el escritor por el día le cegaba, al llegar la noche su pavor era aún mayor. Y así como un niño se lanza al seno de su madre para aliviar su llanto, mi primo, el escritor amargado, acudía raudo y ansioso a su escritura para librarse de sus miedos. Se retiraba entonces al lugar más escondido e insonorizado de la casa, cobardemente acomodado, acolchado de ginebra y almohadones. Y nada más coger el papel y el lápiz, se sentía seguro, imaginando con palabras escritas lo que sus sentidos no querían ver, no querían mirar, ni tocar, ni sentir.
No siempre fue su proceder misántropo y melancólico. Recuerdo que cuando era joven me atrajo de él su denuedo, optimismo y valentía. Y el ahora escritor agorafóbico y esquivo, era entonces parte esencial de cualquier piquete o comité contra cualquier desafuero que surgía. Primo, si vieras la casa de tu vecino arder, te quedarías aquí quieto tomando apuntes o rezándole a Dios que salvara a su familia y a sus hijos del incendio, en lugar de coger un cubo de agua… -me decía.
Tal vez fueran los desengaños, el amargor de la edad, o la impotencia la que llevaron a mi primo a recluirse en la escritura. De lo que estoy seguro es que el título de su libro es una clara alusión a su añoranza por ver sus textos tristes convertidos en felices palomas. Tan sólo traigo aquí el siguente párrafo entresacado de su libro Lágrimas de cocodrilo, para confirmar esta opinión:
Aquel fotógrafo de guerra, ante la inminente muerte de un niño por un disparo del enemigo, en lugar de apretar el botón de su cámara, se abalanzó contra aquel criminal. Y en vez de hacer una inmortal foto que sacudiera la conciencia de los lectores, salvó la vida de un inocente. Luego el director del periódico despediría al gráfico por no cumplir bien con su trabajo.
domingo, 7 de enero de 2024
Ética y literatura en tiempos de ruido y furia
Lo peor que le puede ocurrir a un lector es confundir la vida personal de un escritor con la de sus personajes creados. Y así deduzco, por las anteriores palabras de Faulkner, que nada tiene que ver ser un icono de la literatura y, al mismo tiempo, ser persona cuestionada por una simple metáfora. Quien dijo (el buen arte puede ser producido por ladrones, contrabandistas de licores o cuatreros), tal vez callara lo que otros también dijeron: que el arte salvaría al mundo de sus cadenas, de la inhumanidad y su vileza.
El escritor no tiene por qué ser un puritano, predicador de trasnochadas costumbres pacatas nacidas del temor y la ignorancia. El atrevimiento, su sentido contra-corriente y crítico, la espada de su verbo, el inconformismo, la rebelión de sus textos y creaciones, incluso sus exabruptos… debieran ser su mejor arma contra una sociedad sometida y atávica. Tan moralizante y anti-ético suele resultar un determinado posicionamiento que su contrario. Y no estoy hablando del relativismo apologético, como tampoco de la indiferencia inteligente ante tanto desmadre machista e incultural, como por ejemplo, poner en entredicho a Miguel Hernández o a Machado.
Dice además el autor de El ruido y la furia que al escritor le recome una angustia, y que no se quedará tranquilo hasta que no se libre de ella, echándola fuera, escribiendo. Y aunque Faulkner dijera que, tan abstraído estaba en escribir, que no le importaba la vida de los demás, no es verdad. El escritor anda muy preocupado por la vida. Y así se manifiesta (un tanto de forma irónica), en su discurso, al recibir el Nobel de literatura (1949):
Nuestra tragedia actual es un temor general en todo el mundo, sufrido por tan largo tiempo que ya hemos aprendido a soportarlo. Ya no existen problemas del espíritu; sólo queda esta pregunta: ¿Cuándo moriré? A causa de ella, el escritor o escritora joven de hoy ha olvidado los problemas de los sentimientos contradictorios del corazón humano, que por sí solos pueden ser tema de buena literatura, ya que únicamente sobre ellos vale la pena escribir y justifican la agonía y los afanes.
En estos tiempos de apocalipsis, percibo un silencio literario en boca de los próceres de las letras, que me sabe a impotencia, a torpeza, a shock. ¿Será acaso el fuego, el ruido y la furia, el exceso de tanto caos petrificado y bélico, el que mantenga bloqueada nuestra imaginación, y no sepamos interpretar los gritos de un niño tonto al ver las bragas enlodadas de una niña subida en un peral?
Así pues concluyo con las palabras del mismo Faulkner con el que empecé esta entrada:
Los que se dedican a la literatura deberían escribir acerca de las eternas verdades universales, las realidades del corazón, la piedad, el amor, el sacrificio, la esperanza y la compasión. Los escritores están obligados a elegir entre el bien y el mal tarde o temprano, porque la conciencia moral se lo exige a fin de que puedan vivir consigo mismo el día de mañana.
martes, 3 de octubre de 2023
No entiendo nada
Respuesta a quien me dijo un día Perdona, he leído dos veces tu texto (Mejor muerto), pero no entiendo nada.
Son varios los que ya me dijeron lo mismo en relación con otras blaodurías. Y esta reiterada apostilla tuya es la que me mueve hoy, querido amigo, a contestarte. Agradezco de verdad tu lectura y sinceridad. No es cortesía por mi parte. Acojo tu comentario más bien como una incitación tuya, amable, propedéutica, y por ti mismo experimentada en tus letras que yo bien estimo. Invitación a la simplicidad, a la concreción, habilidades de las que a veces adolezco a la hora de expresar mis sentimientos. Siento luego escribo. Ya sabes tú que la escritura para mí es sobre todo proyectar en un papel mis emociones. Me arrebato y en ocasiones desvarío, no soy dueño de lo que digo. Debería pensar mejor mis sentires, intentar huir de las figuraciones excesivas, apasionadas, sublimadas, encriptadas…, que me desvían de mi intención primera y del realismo que a ti tanto te define. Y es que cuando regreso a mis textos tampoco yo sé lo que quise decir en ellos, se me hacen incomprensibles.
La escritura, como la vida, es un dejarse llevar. Y en este trayecto de vez en cuando me encuentro en un callejón sin salida. Y así como no se deben poner diques al mar, ni puertas al campo, ni vallados a las estrellas, tampoco deberíamos apagar el fuego incombustible de la imaginación (la loca de la casa, a decir de la doctora de Ávila), aunque en este propósito nos veamos enredados en un babélico galimatías indescifrable.
Son muchos los objetivos de la escritura: comunicar, testificar, notificar, repensar, contar, dar suelta a nuestro león reprimido, evasión, entretenimiento… Entre todos ellos, yo un tanto filosófico y maniático, al escribir me detengo también en querer explicarme a mí mismo lo que la vida me da a vivir, encontrar sentido al sinsentido, procurar iluminar, (o evitar, no colarme), en los agujeros negros de la nebulosa existencial que… Pero no sólo no lo consigo, sino que termino, (al leer lo escrito), aún más confundido. Escribir es poner nombre a las cosas, a los fantasmas, al miedo, a la injusticia, la mentira, dar respuesta a lo inexplicable… ¡Pero quién coño le pone los cascabeles al gato! Por ejemplo: ¿Acaso, hay respuesta o explicación posible para la muerte trágica de una madre, una novia, un hermano… que ayer mismo perdieron su vida en una discoteca de Las Atalayas cuando celebraban precisamente la vida, el 30 cumpleaños de uno de ellos?
Amigo que no entendiste, yo tampoco. Con la escritura me pasa lo mismo que con la vida. A veces me lleva por derroteros torcidos, inescrutables, ininteligibles.
domingo, 10 de septiembre de 2023
No quiero morir todavía
Antes, cuando se sentía acosada e insegura, despreciada por ser tildada mujer-sexo-débil..., siempre tuvo un rincón amigo donde acudir y ponerse a salvo.
¿Os habéis visto alguna vez sumidos en un pozo de desesperación, amenazados, con esa necesidad vital de escapar y sacar de vuestro encorsetado tórax los pulmones para no ahogaros en el crepitar del fuego interior de vuestros miedos y locuras? Aquella antigua y tremenda imagen del 11-S, cayendo cuerpos de personas despavoridas desde lo alto de las Torres Gemelas, me viene ahora a la cabeza: ¡Cuánta debió ser la desesperación de estas pobres gentes para lanzarse al vacío de manera tan suicida!
En momentos en que todas las puertas se le cerraban, que le faltaba el aire, que un frío descomunal o un golpe de calor le paralizaba la mente, que un abismo insondable bajo sus pies se le abría, siempre tuvo los brazos de Leonard, un buen y siempre compañero donde guarecerse sin que éste le pidiera explicaciones por sus depresiones y manías. Al igual que esa niña pequeña, que abrumada por un infernal sueño, acude atemorizada a la cama de su madre reclamando auxilio… Pero Virginia ya no tiene madre. Su madre murió cuando ella apenas tenía diez años. Tampoco la autora de La señora de Dalloway hoy es una niña.
Antes de ahora, siempre tuvo un hogar y un altar, una hermana, su amiga íntima, Vita Sckville-West: Vita, vayamos a cenar juntas al lado del río, a pasear en el jardín a la luz de la luna. Tengo tantas cosas que contarte en la oscuridad…. ¡Ven, piensátelo, déjate a tu marido!
Cuanto más escondido se encuentra el abrevadero donde ella en tiempos de tribulación y congoja acude a remediar su desesperación, más reconfortante es su alivio. Desbocada huye de la tormenta, de los abusos de sus hermanastros, de las zancadillas de los garrapatas que no la dejan ser ella. Busca un hombro en el que reclinar su pena, ese pulpo de mil cabezas que atenaza por los cuatro costados su extraordinaria y estrangulada mente. Histérica, como un demonio, se pone cada vez que el fuego enemigo hace blanco en su acelerado y sobrecogido cerebro de mujer ninguneada. Gracias a sus lecturas y a sus libros, a su sensibilidad e inteligencia, Virginia se sobrepone a su depresión y a sus locuras. Pero hoy no tiene a nadie. Está sola.
Su corazón es un pobre casón deshabitado, lleno de recuerdos olvidados, simientes fallidas. No tiene a su lado una mano que la levante o que la sepulte aún más en el dolor hasta perder definitivamente ese dolor que definitivamente la mate. Ya no le queda cosa ni nadie en el mundo donde agarrarse, ni quien la agarre. Eso al menos es lo que su desquiciada cabeza piensa.
Esta mañana de otoño, Virginia ha salido a pasear con su perro por la ribera del río Ouse, cerca del pequeño pueblo de Rodmell. Sentada está en el suelo al pie de un alto fresno. Se ve a sí misma como una de esas pequeñas hojas amarillas caídas del viejo árbol. Son ya casi sesenta años que sus huesos vienen soportando la gravedad testaruda de un tiempo majareta. Y ella, la que un día escribió en su diario no quiero morir todavía, se llena los bolsillos de piedras y, seducida por el apacible y natural fluir del río, se arroja precipitadamente a sus eternas aguas. Los ladridos del perro se oyen más allá de la orilla solitaria de la que un día hablara Lord Byron.
miércoles, 2 de noviembre de 2022
Yo era Gregor Samsa
¿Quién no ha soñado alguna vez con una ciudad en la que no ha estado nunca?
A mí me pasa muy a menudo con Praga. Me desenvuelvo y conozco esta ciudad como la palma de mi mano. De esta ciudad guardo buenos amigos. No olvidaré lo que un día, me dijo Vaclav Havel en uno de mis sueños, cuando fui a verlo a la cárcel de san Wenceslao, en el corazón mismo de la Plaza Carlos: Aquí en la prisión me siento libre. Escribiendo encuentro sentido a la vida. Otra de las personas con quien con frecuencia veo también, cuando visito Praga, es Franz Kafka. Recuerdo que la última vez que estuve con él, estaba consolando a una niña que había perdido su muñeca: Tu muñeca, pequeña, se ha ido de viaje. No llores, ya verás, mañana, recibirás una carta suya.
O como en aquella otra ocasión. Estábamos en pleno invierno. Yo iba camino del Ayuntamiento a regular mi onírica estancia en dicha ciudad. De pronto empezó a diluviar a cántaros. Y como generalmente mis sueños siempre me sorprenden estando a cubierto y tranquilo en la cama, iba yo desprovisto de sombrilla alguna con la que protegerme. El estirado padre de Kafka regentaba cerca de la plaza de la Ciudad Vieja una tienda de ropa, en la que además vendían sombreros, bastones, chubasqueros. Allí mismo, me compré un paraguas. Después pregunté por Franz. Su padre me dijo que su hijo hacía un momento que había salido a dar una vuelta con su buen amigo Max Brod, que no sabía cuándo regresaría, que a lo mejor nunca. A este hijo mío le cuesta Dios y ayuda aguantar detrás de un mostrador de telas. Nada más me descuido, desaparece como el Guadiana.
Al salir de la tienda de telas del señor Herman, continuaba lloviendo. Abrí el paraguas y de entre sus pliegues vi saltar el escarabajo de Gregor Samsa. Y no fue esto lo peor y más desagradable, ver una cucaracha correr y dar saltos alrededor de mí como si yo fuera la propia mierda de la que se alimentaba, no. Me detuve delante de ella, quise aplastarla. Antes la fulminé con la mirada. Pero el que se asustó fui yo al verme retratado en los ojos de aquel horrible insecto. Yo era Gregor Samsa.
Desde entonces tengo prohibido a Morfeo que me haga soñar con Praga.
lunes, 29 de agosto de 2022
Tabula rasa
Todo se me da igual, la crisis energética, Zaporiyia, la fisión del uranio, los pectorales de Zelenski, el pistolero andar de Putin, el gesto provocador de los puños de Trump, los estampados estampidos de los trajes de la ministra de hacienda, la posible renuncia de Jorge Bergoglio al papado de su silla de rueda, la salud de Julio Iglesias, la subida de la gasolina, el futuro de mis hijos... Hoy todo me es ajeno. Nada de lo que se mueve en el mundo conmueve mi ágrafo corazón de piedra. La pluma, incapaz de devolverme el generoso esplendor, (o en su caso, desdichado semblante), con el que me da los buenos días la mañana.
Yo ya había oído hablar de la amargura del escritor, de su tragedia ante la impotencia de su oficio ante el abismo, del vértigo irremediable de la inanidad ante una hoja en blanco. Y me viene ahora aquella imagen de mi infancia. Ayudaba yo a mi madre a escurrir las sábanas. En aquel tiempo no había lavadoras ni centrifugadoras. Después de enfandir las sábanas en el barreño, antes de tenderlas en la soga del corral para que se secaran, ella, mi madre, de un extremo, y yo del otro, los dos tirando, estirando, tensando lo más posible las sábanas, debíamos ir dando vueltas en sentido contrario para que el agua acumulada en sus pliegues se escurriera toda y así tenderlas para que más pronto se secaran al sol y al aire. Bien, pues había un momento en el que ni una gota de agua caía por mucho que retorciéramos la sábana. Yo ya no sé si, porque ya no quedaba más agua en el vientre de la sábana, o acaso porque nuestras fuerzas habían llegado al límite…
Pues eso es lo que este lunes último del verano pasa, cuando al escribir me pongo, y veo que ni una letra sale de mi infructuoso afán. Pienso que estoy acabado, o que muerta está a mi lado la realidad que vida e ilusión debieran alentarme. Y recuerdo también el viernes santo de mis años de niño. Todo se paralizaba. Los pájaros no hacían nidos, nadie trabajaba, el aire no silbaba. Prohibido estaba cantar, cocinar. Los niños no podíamos jugar a la pelota. Los curas en ese día del año no decían misa. Dios había muerto y la creación toda suspendida, sin vida quedaba. Nada tenía sentido. Todo dejaba de ser. La naturaleza entera, sin que nadie la escribiera, toda ella era una página en blanco.
sábado, 5 de febrero de 2022
Bocanear
Cuando llamas bocanadas a tus exhalaciones escritas, te referirás, -supongo-, a esa manera instantánea, impulsiva de decir lo que por dentro te recome, lo que te comprime, aquello que de gozo o de tristeza te consuela, o se te atraganta. El estallido excretor que, cual botella de dióxido de carbono, explota liberando el gas que por dentro a punto está de hacer saltar el corcho de tus vísceras en mil pedazos.
Bocanear, (de bocanadas), es salir de tu ostracismo, una manera de confirmar tu existencia, convencerte que estás vivo. Dar alas a las ratas de tus obsesiones, sacarlas de su escondrijo. El aullido del lobo en medio de la noche aterradora. El chacal no puede aguantar por más tiempo el fulgente silencio de una luna que carece de luz propia. Sólo existe lo que se dice. Luego debes escribirte, ladrar a diario. Necesitas desdoblar tu vida en un espejo de papel, si quieres seguir vivo.
Nunca olvidarás la expresión vacía de los ojos de aquella muchacha. Estabais los dos en la barra de un bar, en medio del bullicio de un coro de clientes dicharacheros que hablaban y hablaban sin decir ni una palabra que mereciera la pena. Ella te hizo esta confidencia:
Cuando al levantarme por la mañana, me miro en el espejo, y no me veo reflejada en el cristal, me entra tal miedo por todo el cuerpo, que me convierto en el fantasma de mi propia persona.Una vida, sin compulsar su veracidad en otra fuente distinta a la propia, no existe, es una paranoia. Para vivir es necesario escapar de nuestra subjetividad, salir de nuestro yo dormido, convertir en pan el trigo estéril de nuestro solipsismo. Pero aún así te preguntas:
¿Acaso escribir no es sumergirte aún más en la espiral de tu propio egoísmo, en la tautología cacofónica de tu engatusamiento subjetivo?¿Qué te sugeriría el subir un comentario a la red y que allí, en la nebulosa de las redes sociales, nadie te dijera ojos claros tienes, que nadie hiciera ni un clic en tu entrada? Yo dudaría de que hubieras subido dicho mensaje. Necesitamos contrastar nuestra en-sidad con el ser, con el en sí de otra persona. El dos sin el uno es una entelequia. En pregunta sin respuesta no hay pregunta. ¿Acaso un átomo, solo en el universo, sin cruzarse con otro, podría tener constancia de su existencia? Un ejemplo: un desempleado, tras cuarenta años de guardar cola en la Oficina de Empleo y no encontrar colocación alguna, llegó a la siguiente conclusión: O una de dos: o yo no existo o el Sef es una mierda.
lunes, 29 de noviembre de 2021
Por sus obras los conoceréis
Nada de lo que a su alrededor veía significación alguna para él tenía. Era la escritura la que le revelaba la verdadera alma-esencia de las cosas. Lo que a su alrededor ocurría, así como el estado y las categorías de los objetos y las personas (posición, cualidad, número, lugar, tiempo…), nada eran. El plumífero, sólo después de escribir árbol, madre, niño, monte... era capaz de entender y sentir lo que estas palabras, luego de ser escritas, le transmitían. Sólo la escritura le hacía ver la verdadera realidad de lo que a primera vista ininteligible le era. Y para que yo viera más claro su pensamiento acerca del alto concepto que él tenía de la escritura, esto fue lo que me dijo:
No es el poeta el que hace la poesía, si no al contrario. Es su poesía la que hace al poeta. Así como tampoco fue Cervantes quien creara al Quijote. Fue más bien Alonso Quijano, sus andanzas y sus deseos de justicia, quien modelara la personalidad del manco de Lepanto que nosotros conocemos. Es el Moisés de San Pietro in Vincoli el que nos muestra el carácter, la complexión y la seguridad de un Miguel Ángel capaz de hacer hablar al mármol desnudo de sus esculturas. No es el panadero quien hace el pan, es más bien el buen pan quien dice del arte del buen hacer del hornero.
lunes, 22 de noviembre de 2021
El ritual de la lectura
Estoy solo en casa. No es lo mismo solo, que en soledad. Leo Un milagro en equilibrio de Lucía Etxebarría. En momentos como éste, echo mano de un libro, cualquier libro me vale para apagar la hoguera de este vacío. Se me da igual cualquier lectura. No me importa género, estilo, una carta-diario, un poema, una novela, un Cervantes, un Cortázar... Con tal de que no sea un libro de auto-ayuda, me vale. No quiero ser mejor ni peor de lo que soy. Estoy bien así. Por lo menos, ahora. La parafernalia, el ritual de la propia lectura actúa de sedante frente al tumulto que traigo de la mierda de la calle.
Sentado cómodamente en el sillón. Al caer del cristal transparente de la ventana. De vez en cuando, como los cipreses que alzan sus crestas al cielo, como el pájaro que bebe agua en el espejo de la lluvia recién caída, echo la cabeza hacia atrás para saborear las gotas de tranquilidad que me regala el instante. La tarde pide permiso al tiempo para, poco a poco, cobijarse en la noche. La noche hace lo mismo con el atardecer: insinuarse como una novia ante su amante. Las luces de la casa, todas están apagadas. Sólo el haz blanco del foco apunta como un bisturí quirúrgico sobre la página herida de mi vida, sobre cualquier página, no me importa su número, la fuente ni el tamaño de sus letras, tampoco la textura o el chasquido del papel entre mis dedos distendidos.
El dulce ambiente de silencio, la actitud profunda de este élan vital, a decir de Bergson, que nace de mi interior, es el que se abre paso como instintivo aliento, sin yo apenas darme cuenta. No es tampoco el cuidado decorado de mi habitación, ni la claridad, ni la suave pintura de sus paredes, ni el tic-tac, por repetido, insonoro, compañero y ausente del reloj sobre la mesilla... los que calman y destruyen mis oscuridades y miedos, es el vaciado de la lectura. Cualquier lectura, hace sentirme bien. Corrijo: hace que no me sienta mal. La propia conciencia de sentirse uno bien, crea como un estado de necesidad subconsciente. Necesidad cubierta, sí; pero que, al fin de cuentas, sabe a percepción de carencia.
Y viéndome a mí mismo en situación tan apacible, que no es obra de una determinada lectura, por muy premio planeta que sea, sino que es su liturgia la que me coloca y hace (repito), que me sienta bien y despreocupado, como un reflejo de mí mismo desasido.
Una vez le dije a mi sombra que ella no no era la mía. Pues bien, ahora, digo lo contrario: yo soy esta mi querida sombra, ese agradable destello y aura que en esta tarde, tras su ventana, el ritual de una lectura, al margen de su acertada temática, solacio dulce me proporciona.
martes, 5 de octubre de 2021
El enigma de la escritura
A veces ni él mismo entiende lo que sus torcidos e inconscientes dedos escriben. Y vuelve a la tierra de sus letras por ver si éstas, ya de él emancipadas, le desvelaran lo que quisieron decirle. Odia el escritor los simbolismos, las banderas y los crucifijos, esa relación entre significante y significado, siempre a medio camino entre la realidad y sus analogías, la insuficiencia del rito. El espejo nunca es imagen de la fuente de su origen. La terca opacidad de la escritura.
Hay quienes tienen por costumbre no leer sus escritos. Él no consigue librarse de ellos, siempre regresa a ellos tratando de aclarar sus sombras, escapar de sus dudas, dar con lo que escribir nunca supo. Un borrón ilegible. Soy lo que escribo –dice ostentoso. Será por eso que siempre vuelve a sus manuscritos, por ver si de una vez consiguiera salir de su ignorancia, limitaciones y yerros.
El Minotauro, por ejemplo, es un tema por él repetido. El minotauro es su daimonium, el animal a él asignado por las fuerzas ocultas del destino. Servirse de los mitos denota poca imaginación. Un déjà vu. Escribir es otra cosa, más bien es salir de sí, construir otra realidad, que con la que vivimos y soportamos, ¡bastante tenemos!
Perdido por el laberinto de sus letras oscuras, el que escribe se identifica y consuela con este bicho, mitad humanidad y mitad fiereza. Y se dirige a él victimizándose, para entre los dos aunar fuerzas y así poder escapar de sus comunes incertidumbres y extravíos. Pero es inútil. Sus textos tienen ojos de pescado, cristales convexos que nunca dicen lo que sienten.
Aquellos nostálgicos que predican que las letras nos libran de las cadenas, que refuerzan nuestra humanidad y compromiso, tal vez no sean sino sacerdotes de un dios inexistente.
viernes, 1 de octubre de 2021
Piano en off
Junto a la pared anónima de un pequeño estudio solitario, un túmulo callado y unos íntimos cuadernos por escribir se erigen escoltados por una estantería de libros muertos, tonterías y suvenires. ¿Cuál será la melodía de este piano opaco y estas libretas abiertas como pantanos en busca de tierras que regar?
Muñecas de trapo, cerámicas, carpetas, relojes sin latidos, un espejo indefinido, partituras imposibles de ser interpretadas acompañan en silencio a este Samick de brazos caídos, pulimentado en negro plañidero. De su cajón oscuro y vacío un trébol de cuatro hojas quiere salir fuera. ¿Qué culpa tendrá el minotauro haber sido concebido por un rey avaro, una reina tonta y una vaca de madera?
Algo nuevo, un motivo, resonancia y cuerda alas debieran dar a la gandula inspiración torpe y desentonada, muda y triste, moralizante y ñoña de quien frente a un piano y a un ordenador desenchufado se desgañita inútilmente por escribir el sursum corda de unas letras esquivas y componer el más bello cantar. Pero, como las golondrinas de Bécquer contra los cristales rotos de una imaginación pseudo-romántica y fría, ¡esas no volverán!
Y que la música de tal creación, lluvia friki de un mayo baboso, humedeciera, brotar hiciera de luces, colores y estrellas el verde de este gris-desierto en el que se consume sin esperanza un monstruo amordazado entre las cuatro paredes de un laberinto en blanco y negro que se alimenta de un ayer recluido, inconcluso, en bancarrota y en otoño permanente.
Que un piano se hizo para tocar y no para deshojar la rosa del El principito o seguir apoltronado y callado en los sótanos que un rey allá en Creta construyera para ocultar sus cuernos vergonzosos. Y que los dedos sordos, contradictorios e ignorantes de esta bestia acorralada, mitad ángel y mitad diablo, fueran la sonata auxiliadora y matutina que despertara al sol de sus cenizas, arias como volcanes, y que le hiciesen entonar al monstruo sumiso y derrotado del hijo de Pasifae, cual la Norma de Bellini: In mia mano alfin tu sei.
martes, 31 de agosto de 2021
La puerta que nunca abrimos
Las pisadas resuenan en la memoria
Bajo el paso que nunca dimos,
Hacia la puerta que nunca abrimos
En el jardín de las rosas.(T. S. Eliot Elliot. Cuatro cuartetos)
Me lamento de la imprecisión y facundia de quien escribe. Cuanto más éste rebusca y embellece sus palabras, más afeadas las encuentro. Menos ajustadas, según el decir irrealizable de Flaubert. En lugar de ser sorprendido con temas de enjundia, asuntos que levanten ampollas, testimonios que me hagan saltar del cómodo sillón en el que cabeceo mi vivir degenerativo, más frustrado me veo. Cuanto más se esfuerza el escritor por deleitarme con la sonoridad amorfa de su decir engolado, más solo y vacío me siento. Cansado estoy de mis oídos, acúfenos enmudecidos por cacofonías sobradas, que si la nieve es blanca, que si el sol sale por allí, la luna por acá, que si el curso natural de los ríos y su sabido desembocar en un mar esperado e indiferente. Quería el escritor con su hacer creativo, divergente y hasta iconoclasta convencerme que su palabra, una vez dicha, deja de ser ella misma para convertirse en lo que dice. ¡Vamos! lo del gato Schrödinger, que el misino estaba vivo y muerto al mismo tiempo. Quiere el escritor que yo sea el coro de su tragedia griega, parte interesada, protagonista, personaje imprescindible de las historias que se inventa. ¡Patrañas!
Quien sea capaz de decir cosas como aquellas que dijera Cortázar una puerta de ópalo y diamante desde la cual se empieza a ser eso que verdaderamente se es y que no se quiere y no se sabe y no se puede ser, es que no sabe lo que dice o no dice lo que sabe o es que sabe un mogollón, como es el caso del autor de Rayuela.
Las palabras, nada más salir de nuestra boca, se convierten en humo. Tirar quisiera yo ahora del mantel de mis lecturas, y mandar a hacer leches el mito aquel que dice que Prometeo le robó a Zeus el fuego creador de su verbo. Esta mañana desayuno ostras con granada y cava; pero el maldito molusco, palabra-puerta-cerrada, se resiste a ser abierto. Yo hubiese querido, con sólo leer la palabra amor, haberme corrido de placer, sentir en mi carne la herida del ruiseñor de Óscar Wilde, degustar el interior de esta jugosa almeja que ni siquiera me han servido en el almuerzo.
¿Y qué decir de aquellos que viven de la palabra? Políticos, curas y abogados, noveleros... La palabra ni los vive, ni los regenera. Y de nuevo viene Cortázar con su hablar mágico, surrealista a darme o quitarme la razón, que no lo sé: No podré renunciar jamás al sentimiento de que ahí, pegado a mi cara, entrelazado en mis dedos, hay como una deslumbrante explosión hacia la luz, irrupción de mí hacia lo otro o de lo otro en mí, algo infinitamente cristalino que podría cuajar y resolverse en luz total sin tiempo ni espacio.
Y es que a mí me pasa lo que en el juego del ahorcado: nunca llegaré a completar la palabra que a leer me fue dada. Siempre acabo colgado de su soga.