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martes, 18 de abril de 2017

El lenguaje sagrado de los sueños





Soñé que la cabeza de una serpiente se abría paso por el nudo desatado de mi ombligo. Poco a poco se escurría para afuera abrazando entre babas y silbidos mi torso desnudo. Tanto se parecía su triangular testuz al busto de Azorin, que confundí al autor de Pensando en España con el ofidio. En el jardín de Azulada, sobre el pedestal de una bandeja, se sirve en piedra a los enamorados escondidos entre la floresta la cabeza del último escritor de la Generación del 98. Mi infancia de ayer son mis sueños de viejo.

De haber visto yo la cabeza del reptil no hubiera sentido repugnancia alguna. Al contrario hubiera agradecido cómo el pelado cráneo de Azorín se abría paso por la piel resbaladiza de mi cuerpo asexuado. El escritor no llevaba bajo el brazo las tres potencias de su alma: ni su Entendimiento, ni la Memoria, tampoco su Voluntad limpia y sin adjetivos.

Al llegar la culebra al marrón de los pezones de mi cuerpo expectante, erizado y tembloroso, sacó su lengua bífida para oler mi zopenca esterilidad cargada de años. La culebra, el busto del autor de Castilla, o la singueso del alicantino, al no encontrar lo que buscaba, siguió su camino entre conservador y anarquista, deslizándose hacia mis axilas de forúnculos sobacales. Antes de llegar amistosamente a estrangular mi cuello de verbosidades excesivas repleto, cual el buche de un palomo atestado de granos de maíz no digeridos, se entretuvo calentándome la oreja. Aún pude escuchar, antes de despertarme, lo que con su voz antipoética el de Monovar me dijo:
Hay muchos impostores profanando
el sagrado lenguaje de la vida,
el lenguaje sagrado de los sueños…

domingo, 6 de noviembre de 2016

La perfección del silencio



Es un visitante -me dije-, que está llamando al portal; sólo eso y nada más. (El cuervo. Allan Poe)

En la soledad sosegada de aquella tarde, leía a la luz inclinada de una tulipa la biografía de alguna celebridad pretérita. No importa quien. Lo relevante es que por aquel entonces la mujer tenía la costumbre de leer la vida de otros, pues la suya para ella ninguna consistencia tenía. No andaba fina de oído a causa de un refriado crónico mal curado.

Sonó el móvil con ese sonido genérico y parecido al timbre de la entrada de un piso. Un whatsapp, le avisaría de un mensaje. Pero ella creyó que llamaban a la puerta. Serían ya las ocho de la tarde pasada de un otoño novembrino, callado y oscuro. Encendió el farolillo del pasillo. Las sombras de los cristales amarillos fueron a refugiarse en el ángulo inferior, alrededor de los verdes de un poto, que al fondo, sobre un macetero, se desparramaba hasta la tarima del suelo. Abrió la puerta. No era nadie. Regresó a la mecedora, a su mesa de camilla. Cubrió sus pies desilusionados con la falda algodonada de colores a cuadros, combinados entre los azules fríos y el rojo cálido. Y volvió, para tranquilizarse, a la lectura de su personaje favorito.

Otra vez sonó el móvil. Y mil veces que sonara, ella, otras tantas, lo confundiría con el timbre del interfono. Pensaría que alguien quería venir a verla. La mujer necesitaba que la visitaran, que la descubrieran como distinta. Estaba cansada de no diferenciarse, de no ser única. Tan fatigada estaba de sí misma, que leía y leía cualquier biografía ajena.
¿Por qué mis recuerdos -se preguntaba la mujer- no se suceden como como los hechos de la historia de esta persona que leo? Mi vida está rota; rota y quebrada como una tubería que hace aguas a cada paso por codos y empalmes.
El pasado de sus días jóvenes le viene a la mujer entrecortado, hecho pedazos, varado, como el zumbido del timbre que acaba de oír, y ahora calla ante su expectación inútil. Tras la acústica señal, no hay nadie. Un sueño deshilvanado es su vida a golpes de despertares interrumpidos, dormidas destempladas, secuencias desencajadas, fuera de la continuidad lógica de la historia que la hiciera mujer y hembra, madre y profesora de Historia Antigua en la vieja Universidad de La Merced de una capital de provincia. Besos que diera en rostros que no se acuerda. Viajes a ciudades perdidas, prados ignotos, monumentos visitados sin evocación y referencia. Y así, con esta peculiar manera de recordar entrecortada y ausente, difícil reconstruir una biografía vista desde atrás, creíble y cuerda.

A base de sobresaltos, flashs y brotes congelados, le resulta difícil a la mujer restaurar sus días dentro de una vida ordenada y con sentido. La memoria que se recupera a golpes, sin interrelación alguna dentro de un relato, no es memoria, es más bien una tormenta de la cual tan sólo la mujer catedrática recuerda los truenos. Y así, es tanta la fragilidad de su pasado, que ni siquiera siente, ni vive su actual inconsistencia. Tan etéreo es su ayer, que en caso de recordar algunos incidentes esporádicos de sus viejos días, ni siquiera la mujer sería capaz de atribuirlos al discurso de su vida.

Ella no es la que fue, por tanto ni siquiera es su yo de ahora. Es una cometa suelta en el aire, sin el hilo de una mano que la sujete y la ciña a su conciencia. Y así se confunde con ella misma, con el biografiado de su lectura. Las sombras chinescas que la tulipa desprende por las paredes son su olvido difuminado, el engaño de su imagen desdibujada sobre la sábana titubeante de su actual y senil existencia. Y si le dijeran que no es ella, que es un espectro de cualquier otro ser, pongamos por caso El Horla  de Guy de Maupassant..., ¡pues lo mismo!
¿Cuántas veces, -se pregunta la mujer haciendo una pausa en su leer otoñal y declinado-, me han asignado frases que no recuerdo haber dicho? Proezas me atribuyeron de las que nunca fui protagonista. Soy un ser, no un individuo. No puedo enorgullecerme de nada. Yo no fui quien mató a Julio Cesar, como tampoco tengo conocimiento de haber parido a mis hijos, como tampoco me vestí aquel día con los harapos del Mendigo de la Place de Vendôme, no soy Azulada, ni Blao, ni Agustina de Aragón. Y al mismo tiempo, sin serlo, soy todos ellos.
Todos somos nadie, -continua la mujer hablando consigo misma como una loca. ¡Y si no que se lo digan a mi padre, la mejor de mis biografías, un relámpago de luz en medio de la tormenta! ¿Que queda de él? ¡Decidme! Todos aquellos que me precedieron vienen ahora a mi, desconsolados, llamando a la puerta de mi casa, pidiéndome que los resucite con mi memoria. No puedo. Tan sólo veo sombras, tañidos de campanas que no tocan, que jamás existieron, ánimas que nunca anidaron en cuerpo alguno. Y así mis recuerdos sólo son chispas, calambres, señales sonoras de un móvil que ni siquiera es un timbre. Siempre que llaman al piso, abro esperanzada. Nunca hay nadie. Il n'y a personne.
Por eso el día en que esta mujer murió, pudo decir: no me morí yo, se murió cualquiera. Lo importante es lo más irrelevante.
Nota: 
El que escribe esta secuencia última y absurda de la vida imaginaria de una mujer anónima pide perdón a sus lectores por la invención inútil y pedante de su imbecilidad y osadía más libresca. Y para compensar, y así elevar el tono de su mediocridad ilustrada, finaliza esta entrada con aquel verso de Antonio Gamoneda en su Descripción de la mentira: 
... escuché hasta que la verdad dejó de existir en el espacio y en mi espíritu, y no pude resistir la perfección del silencio.

martes, 29 de marzo de 2016

El glamour de las letras



No es que yo esté en contra de cualquier punto de encuentro, en el que los diametralmente opuestos coincidan o se den la mano. Que no quisiera yo parecerme a aquel miembro medio sordo del cabildo que a la hora de votar le preguntaba siempre al cofrade de al lado: ¿por quién votó aquel? -se refería al representante del partido más sonado. A este edil voz de platillo, nuestro hombre reaccionario le echaba la culpa de su sordera. Su conciencia le dictaba votar siempre en su contra, aunque se perjudicara o ni siquiera supiera de qué iban las votaciones.

Esta mañana. Al ver a unos y otros alrededor de cierta celebridad literaria, dudé de todos: de Aznar, de Felipe, de Alfonso Cortina, de Gabilondo, de Albert Rivera, de García Margallo, de Esperanza Aguirre, de Jiménez Losantos. Soy un resentido. Lo confieso. Pero quise con las letras de cada uno hacer una frase común, una foto que los hermanara. Me fue imposible.

¡Cómo es que son tan cándidos, tan veleidosos, empalagosos y ufanos! Llevan todos una semana ocultos tras los velones de semana santa, y el mismo lunes de la mona de pascua, el mono por el esplendor y la grandeza se le cuela a todos por el frac y la levita.

A parte de estas y otras estrategias y protocolos que no entiendo, yo me pregunto: ¿que es lo que tendrá la letra L de la silla de la Real Academia, para que los de izquierda, los de derecha, los dimisionarios, la reserva, los banqueros, todos quieran arrimar sus aguas a sardina tan suculenta. ¿O acaso habrá sido la susodicha celebridad académica la que a ellos haya convocado? ¡Ay del poder seductor de las Letras! ¡Ay de la felicidad con nombre y apellidos de la Isabel Preysler!

Yo siempre tuve a las letras por humildes, anacoretas, tímidas y temblorosas, no merecedoras del don tan distinguido que se les concedió de poder darle nombre a las cosas.

lunes, 14 de marzo de 2016

Serendípico emperador de la Hache





Egregio caballero, emperador serendípico de la Hache, la socarronería y del altisonante feudalespañolismo. Félix de Azúa, investido guardián altivo y cortesano del decir burgués y distinguido.

Canonizado ha sido en tiempos inoportunos de confrontaciones patrias. Y desde su pedestal divino utiliza el lenguaje doblado, seductor, provocador y elaborado como alabarda contra la gleba, convirtiendo en sangre triturada de menosprecio y risas las tristezas y el lamento de los que aguantan el carro en el que hoy es procesionado entre cruces y calvarios como padre invicto de las letras.

Y al enorgullecerse el noble señor de Azúa de ser un renegado del 68 de aquel mayo francés, movimiento ínclito y contestatario, que como el del 15 M, abriera las puertas a una nueva manera de hacer política, menos prosaica, más incluyente y participativa, a mi me indigna y me rechoca que tal prócer, ensayista y poeta, amarre con grilletes la utopía y ponga a parir del pueblo, de la calle y de la gente su hidalguía.

viernes, 19 de junio de 2015

Escribir








Le dije:
¿Qué es escribir para ti?
Y esto es lo que el escritor me contestó:

Escribir es aunar sueño y vida. Al plasmar, juntar y confundir en un papel recuerdo y realidad, consigo cuadrar el tiempo: el ayer y el hoy convertidos en mañana, el milagro de la “transubstanciación” de los días. Escribir es dar con la llave del tiempo. Leo mis anotaciones antiguas y revivo épocas pasadas. Un ejercicio de regresión. Me siento un demiurgo al poder jugar con el tiempo. Puedo incluso llegar a decir: ayer cuando estaba muerto. Detengo el tiempo. ¡Ay, iluso de mi! eso es lo que yo quisiera: revivir con la escritura eternamente el presente.
Escribir es otra forma de espiritualidad: contemplativa oración de visión y presencia. Para que mis rezos se conviertan en lo que siento y veo: ¡que la escritura me devuelva la vida que el destino desbarata y me arrebata!
Escribir es salir de mi, encontrarme contigo, cubrir mi rostro con caretas ajenas, llorar tus alegrías, reír tus penas, envidiarte, volverme loco hasta alcanzar la cordura, ser una rosa, un cordero, ser zorro y a la vez gallina. Y perdona mi pedantería y confidencialidad osada: yo soy el muchachito de los rizos de oro de Saint-Exupéry, soy el contador de estrellas, el farolero, el guardagujas.., el doctor Jekyll y el señor HydeYo soy el otro que dijera Rimbaud.
La soledad no existe fuera de nosotros. Yo soy mi soledad. Ando acompañado siempre de este vacío. Escribir es una manera de encontrarme a mi mismo, alimentar la soledad, mi gato de compañía. Dice B. Casares que en la soledad es imposible estar muerto. Escribir es una manera de estar conmigo mismo. Como aquel, que cansado de estar solo, no cesaba de mirarse en el espejo. Yo, aún más narcisista, escribo. Escribo y escribo tal vez porque mis palabras nunca me conceden lo que ellas dicen darme.
Escribir es despelotarse. Impudor sin traba de letras que me delatan. Como un estornudo que se me escapa huyendo de una alergia desconocida. Peor sería guardar la basura bajo la alfombra y sacarle brillo a mi doble moral polvorienta.
Escribir es como vivir dos veces. Trascender la vida. Escribo y tomo conciencia, me acerco un poco más a las puertas del conocimiento. Escribir, esa manía loca de plasmar, de reinventar mi yo en palabras.
Puede que mi escribir no sea un arte, pero me hace bien. Escribo para curar las acedías del alma. Escribo para proyectarme, para vivir, para sentir, volar, soñar, respirar, escribo para perpetuarme. Escribo para combatir el sin sentido de la vida, transformar, esculpir la dura realidad que me desgasta, en la bella imagen, digna de ser por todos contemplada y vivida. No entiendo la lectura y la escritura sino como un acto de autenticidad y honradez conmigo mismo.
Con mi escritura le agradezco a la vida el favor que me hace a cada instante. Pues como decía Paul Austen, escribir es un acto de supervivencia.
Si la vida es un regalo, el escribir es abrirlo y ver lo que en su interior me aguarda. También es un paquete de penas que al destaparlo, saboreo de nuevo el recuerdo dulce de mis lágrimas pasadas.
Y ese doloroso y anticipado sentimiento de morir para siempre, es lo que me lleva sobre todas las cosas a escribir abandonándome a la vida.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Comentario de un seguidor bloguero cuyo nombre revelar no quiero.





También en primavera se mueren los cisnes (Charles Bukowski)

Vuelvo la vista a tus entradas recientes y te veo como un gilipollas flirteando con tus lectores como lo haría una corista con su amante de turno. A un hombre se le pide hablar de política, de fútbol, de finanzas y boxeo. Últimamente te leo y creo que pierdes sebo por una pata. Abres la boca sólo para decir estupideces acerca de la belleza y la bondad, con ese deje rimbombante y acorbatado, filosofando como gato en celo por encima de las claraboyas del Folies Bergere.

De ser un una persona hecha y derecha, en lugar de hablar del sexo de los ángeles, de caminos iniciáticos, de hilos y corazones, de misticismos a granel, deberías hablar de la taquicardia generada a la enésima potencia por las hermosas y galopantes caderas del Poder. Intentas poner nombre a tu soledad, aguar tu mala leche, compensar tus frustraciones con palabras de algodones en azúcar. Quieres fundir los cascos polares con la tenue llama de tu escribir ahuecado, hermanar las antípodas, cuadrar las cuentas de tu culpabilidad edénica.

Yo en tu lugar me subiría al cuadrilátero de la realidad y del mercado, le sacudiría al árbitro un par de mamporros, acabaría con la contienda amañada de la fiesta que se avecina y abriría la olla de los grillos que se alimentan de la sangre de los justos. Pero no, he aquí que te veo envuelto con el celofán poético, sáfico, onírico y seudo literario, de quien huye de la quema e intenta camuflar su cobardía en aras de las altas letras.

Utilizas tu blog como refugio y placebo, como inútil tapadera de la muerte insalvable, vacuna incurable de tus miedos, como estratagema para encumbrarte como un dios entre fofas nubes, impotente de lanzar siquiera un mal rayo de amor a tu cortesana inexistente. Citas a esos poetas blandos y débiles que escondidos en sus poemas nunca consumaron como Dios manda el verso de un coito bien hecho.

Eres un encubridor, como vosotros, nosotros y ellos, como todos los sujetos del verbo amar, como Platón, que desde su cueva nos vende plumas por pelos. Renuncia, mi querido Blao, de una vez por todas a tus logismos empalagosos, embusteros, pegajosos en manos de gente de baba incauta. Reconoce que con tus entradas sólo intentas cubrir tus vergüenzas, revestir tu simpleza con la altisonancia de una urraca coja, travestida y más sosa que un huevo sin sal ni aceite.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Escritor no eficiente




Hay quienes dicen que jamás releen sus escritos. Opekú en cambio, al contrario que Heráclito, se baña a diario en las mismas aguas de sus textos. Enganchado está a sus bodrios como perro a la médula de un hueso, sin soltarse de su zancajo un instante. Así como no hay cabra que se deshaga de sus chotillos, tampoco hay escritor que no se refocile acariciando, tras haberlas parido, la letras de sus mofletes queridos. Pero Opekú se pasa de rosca. Es un redomado manierista, el más beato abejorro de sus creaciones rebuscadas. Mosca cojonera, siempre pegado a sus empalagosos borradores. Los lee, los vuelve a leer, tacha, subraya, anota, modifica tiempos y oraciones, suprime gerundios, sustituye verbos como quien replanta el césped tras un accidentado derbi futbolero. Y al rato, más de lo mismo. Un día volvió tantas veces sobre el mismo párrafo, que los rabos de las vocales cual uñas de gato se le revolvieron diciendo:
¡Rediez, para ya de sobarnos!¿No ves, que las palabras somos, como esas flores que si las manoseas demasiado, se les va su aroma?
Y suspira Opekú desde sus adentros cual ventrílocuo desanimado:
¡Ay cómo envidio a esos pájaros desapegados de su egolatría encarnizada! Tras firmar con el pico su hazaña literaria, al momento alzan el vuelo. Jamás regresan a los mismos sembrados. Surcan confiados nuevos cielos. Su inspiración volatinera los surte de granos en otros prados, otros registros, nuevos mimbres, otras ideas. Escritores con suerte, siempre abiertos a la trascendencia sin puerta de su imaginación andante. En cambio yo aquí arrodillado intentando sacar brillo a unos pliegos de lija basta, cual vil limpiabotas ante la contingencia perimetral de un oficio limitado.
Opekú es un escritor inseguro, y por tanto desconfiado, perfeccionista, pues de la perfección anda falto. Sus letras no tienen la frescura de la espontaneidad siempre prístina, de tan prístina, increada, propia de los dioses. Opekú no cesa de corregirse. El lomo de su cuaderno ennegrecido está de tanto hojeo incesante. Y es que al volver de nuevo sobre sus escritos, siempre encuentra algo que no tuvo en cuenta. Y retorna, retorna, restaurador imposible de su obra. Y así sus escritos al final se parecen al Ecce Homo aquel que las ansias reformadoras de una pintora aficionada destrozaran hace unos años por los cerros de un santuario de Zaragoza.

Y hoy se pregunta el escritor por la insatisfación de sus escritos:
¿A qué se debe esta manía mía de no parar de pulir lo que escribo?
Pues no es regusto ni vanagloria, (aunque lo parezca), lo que Opekú siente al zambullirse en el mismo río de su vanidad plumífera. La respuesta tal vez esté en su propia imperfección, pues no consigue nunca escribir lo que quiere. Siempre vuelve a su cuaderno y encuentra las palabras de otra manera. ¡No, no es eso lo que yo escribí. Y son sus mismas palabras las que le llevan ahora a otros escenarios, otros conceptos, otras historias. Y así anda mareado. Juegan con él sus escritos. De ahí su locura, sus variaciones inacabadas, nuevos giros, intentos inútiles en busca de lo que busca. Y las mismas palabras que con tanto acierto encontró antes, le dicen ahora que anda equivocado, que la meta de la escritura no es el hallazgo, sino la propia búsqueda. La escritura no es una revelación, sino un salto en el vacío.

Opekú por tanto así, en el abismo confuso de sus escritos, se siente abocado al trascendentalismo, única salida, solución no inteligente, solución estúpida e imbécil al deseo de querer ajustar las palabras, de por sí, desajustadas. Se evade, huye hacia las alturas como los escritores de renombre. No sabe Opekú que el norte no está arriba, en la superstructura, sino abajo, en los cimientos. Trascender y perderse es lo mismo. Las palabras no tienen límites, son trascendentales por naturaleza, por eso se le escapan al escritor de manera tan esquiva. Y perdido anda en la nebulosa de unas palabras que cambian de cara, de color y de humor, como esos minerales que se tiñen de azul o rojo según salga el sol o lluevan otoños. No es él el equivocado, son las palabras.

Los hay a quienes les ceban sus virtudes, a Opekú en cambio le engorda el vicio de ser un escritor no eficiente, en su sentido metafísico, la imperfección de creer en las palabras como único sistema de entendimiento. 

lunes, 25 de agosto de 2014

La mujer de los muslos prietos





Mejor ser agnóstico que ateo. Queda como más ético. En el campo de la ciencia no cabe la credulidad por ser camino vedado al conocimiento. Eso dicen, al menos los enemigos de la intuición y de las corazonadas. El ateísmo se viste con las sotanas de la intransigencia y con los capisayos del entreguismo, al igual que el más enfervorecido de los creyentes. En cuanto a creencias, doctrinas y programas, preferiría situarme al margen de estos calificativos que no hacen a la substancia de las personas. A veces, sólo alimentan el fuego de la contienda. Pero una fuerza interior arrastra a políticos y anarquistas, a todo quisque, y hasta mí mismo, a creer, (o no creer), en algo como camino que nos lleva a lo desconocido, instintiva meta de nuestra connatural esencia. Pues ¡ay que ver lo que cuesta aguantar siempre lo sabido y requeteconocido!

Y así, ahora, mientras escribo, me veo de rodillas delante del altar mayor de las letras, en solemne acto de fe. ¿O acaso escribir no es creer en la resurrección de la carne y en la vida perdurable? Fiel cumplidor de los mandamientos, escribo y amo a mis personajes como a mí mismo.Y resuena en lo más hondo de la recámara, ese lugar sagrado, inviolado y desconocido de mi interior, aquel deseo-oración del Génesis de ser como Dios y poder conocer la belleza en todas sus manifestaciones creadas.

Escribir es renunciar a si mismo cual aconsejan los evangelios, dejarse llevar por el poder milagroso de las palabras, y ser sorprendido por los amores escritos y no estrenados de las mil y una noche.

Ahora mismo, mientras escribo La blusa verde, un pequeño cuento de extraterrestres, yo no soy Blao, sino Cándido, su protagonista, un infeliz, torpemente enamorado de la Petra, la mujer de los muslos prietos y cerrados cual el apargatado del Efeemeí. (FMI)

jueves, 3 de julio de 2014

Escritor Striptease




Todo escritor es un repelente tímido apestado que no se atreve a desnudarse en público. Y no puede vivir sin mostrar a los demás sus relatos de carne y hueso. Me moriría, si no escribiera, -acostumbra a decir en las entrevistas que él mismo de su puño y letra paga. Y lo hace engañado, reprimido, exhibiéndose lascivamente atrincherado en sus libros, en lugar de hacerlo a pecho descubierto, enseñando su culo al aire como cualquier hijo de vecino.

Ya lo decía García Márquez: escribo para que me quieran. Un escritor hambrea amor. Necesita que le envidien, que lo deseen:
Mirad que arte, que músculos, que adjetivos y metáforas encumbran mi cuerpo divino. Mi escritura son las curvas del mejor sueño vuestro. Miradme, leedme, criaturas, lamed la sensualidad de la piel de mis letras. Y que todo el eros que lleváis dentro reviente mi ombligo huero.
Y se pone a la obra el escritor reprimido. Cuida el ambiente, enciende las velas, pide consejo a Cortázar para pinchar la mejor música. No tiene prisa. Marca los tiempos. Googlea lo necesario. Llegar de un plumazo al final del libro, sería un gallitazo literario. La espera, el deseo recreado en aliteraciones, paradojas, elipsis y demás recursos gramaticales son claves para el deleite del lector también de amor hambriento. La precocidad, la anticipación de un escribir apresurado privaría al lector del justo goce al que tiene derecho por haber comprado el libro.

Y dice el lector al autor:
¡Sorpréndeme! Dosifica mis expectativas. No me lo enseñes todo de golpe. Deja algo para que yo también imagine y el orgasmo sea de los dos al unísono.
Y si acaso el escritor viera tenso, indiferente al lector, debería consultar a Safo y seducir con un elegante y cómplice giro de caderas, acrósticos y caligramas. Y si el lector, aún así, se le resistiera, entonces el escritor se acercará con cuidado, como un jilguero en celo, revoloteará a su alrededor, presumirá de su verbo, y con sus palabras acariciará las partes más sensibles de su cuerpo.

Y ya una vez dentro del nudo de la novela, el escritor se despojará de su plan, sus oraciones perifrásticas. La creatividad y las emociones descorsetada de los personajes serán sus palabras. Y dejará los nombres desprovisto de grafías, con sólo su aroma, sin rodeos ni circuloquios, epítetos dulcemente colocados sobre las rodillas del lector como mujer que deja seductora su sostén sobre el respaldo de la silla. Mirará en todo momento al lector. Los ojos de ambos deben fraguarse en el mismo fuego, que no se rompa el rayo de la palabra que ha unido estos dos mundos fantásticos en un solo libro. Y su estilo personal y literario debe mantenerlo arriba, como señora que se quita las medias manteniendo en alto su increíble pierna sobre una mesa de corte isabelino. Antes, por supuesto, se habrá quitado sus tacones de agujas, esos alpargatados adjetivos que para andar ya no necesita.

Y si por último, en el desenlace, el escritor tuviera que enseñar alguna carta aún escondida, -siempre la hay, aunque nos desnudemos por entero en cualquier stripsease escriturario-,  primero, lo hará de espalda, poco a poco, hasta dejar que la temperatura toque el cielo. Y sólo entonces, cuando entre ellos no haya libro, novela e historia que los separe, mirará el escritor frente a frente a la cara del lector ilusionado.



miércoles, 25 de junio de 2014

Copyrigth


Decimos que escribimos para no morir. Pero lo hacemos para engordar el ego. Tenemos la manía de poner nuestro nombre en el libro, en el árbol, en las paredes de la calle, en el pan, en el pañuelo, en el colgante del cuello. Y nos sentimos orgullosos. La letras trascienden la realidad, inmortalizan el presente, canturreamos monaguillos de un entierro el sonsonete de nuestro destierro eterno. Y moribundos nos aferramos al viático de nuestra propiedad intelectual, flotador agujereado de nuestro naufragio asegurado. Creemos que en el infinito de las esencias se fundirán intransferibles nuestros manuscritos. Y rubricamos ilusos con copyright blindado nuestra propiedad perecedera ¡Como si Caronte se dejara sobornar por nuestra firma de barro!

Y donde decíamos que nuestros escritos salvaban a la humanidad de su precariedad y materialismo, convenimos ahora en que el arte es un subproducto. Y pasamos bandeja. Y el aroma de la palabra viene a ser potingue envasado de olores plastificados.

¡Fénix ingenuos! Ignoramos que Átropos es inseducible y frío. Nos ahogaremos como las piedras del río. E incluso en el caso de que fuésemos el mismísimo Homero, la Odisea segurá estando viva y libre; pero nuestra cenizas irían para tres mil años calcinadas. Ulises no tiene cuenta bancaria donde lector incauto abone derechos de autor.
La propiedad intelectual es una farsa que se fundamenta en un mito romántico (el autor) al que la sociedad burguesa ha dado estatuto jurídico. Desde esta posición mantenida por un confuso magma entre surrealista, postestructuralista y situacionista se tiende a postular el plagio como máximo momento de resistencia al capitalismo en el ámbito de la cultura. (H. Schwartz, la cultura de la copia)
En la era digital, todo es copia. Nihil novi sub sole. Hasta la misma palabra es sustituto de la realidad que evoca. Y esto, tan a la ligera dicho, no es un desprecio a la digitalización artística; al contrario: la copia elevada al rango de la originalidad misma. Entronizada la reproducción y el plagio al edén de la creación literaria, jardín donde confluyen democrática y solidariamente todas las aportaciones que a lo largo de la historia se hicieron. Y se harán. Porque el arte no es una mercancía acabada, y mucho menos interesada. Es un proceso de humanización permanente al servicio de la fruición y el sentir y el pensamiento.

Múltiples conexiones luminosas nacidas de la naturaleza, del acervo hereditario, de la imaginación y la conciencia universal nos hermanan como sociedad enriquecida y amalgamada. No hay creación que salga de la nada. Nadie quien con su mirada, su pluma o su canción se recree en una flor, o absorba su perfume, podrá decir que es suyo el rocío, la lluvia, o el aire.

Estar a favor del software libre no es menospreciar el esfuerzo del autor que parió sus obras como si fuesen sus hijos. Reconocer su trabajo es de justicia. Pero su oficio como su obra no debieran ser piedra de rivalidades, mercadeo y egoísmos, no así al menos fue concebido el arte, sino como panel, lienzo, muro de placeres y preguntas, grafiti de colaboración y complicidades. Sin la lectura de otros, la obra del escritor quedaría inconclusa. ¿Y quién pagaría entonces los derechos del lector que se deja las cejas en hojas de otros?

El autor irrumpe en primera persona, propone al lectorado el misterio de la especulación narrativa, reparte la tarta, macedonia globalizada; pero tanto la fruición como el reconocimiento han de ser compartidos, no sólo por los comensales, sino por aquellos que sin estar en la mesa, intervinieron también en su elaboración a lo largo de la transmisión de milenarios cromosomas, imaginación, sociedad, cultura y naturaleza.

Y ahora que viene a cuento me acuerdo de mi amigo, aquel librero que se hizo pasar por cuervo ingenuo. Y en el copyright de sus Fábulas de Entretiempo escribió:
Todos los que lean o escuchen estas fábulas tienen el derecho de copiarlas, reproducirlas por cualquier medio, decir que las han hecho ellos, cantarlas si les parece y, por supuesto, en caso de placer o necesidad, limpiarse el culo con ellas.

jueves, 29 de mayo de 2014

Escribir no es nada




En aquel golfo de luces inciertas había más ilusiones que realidades
(John Steinbeck. La perla)

Escribir no es nada. Si acaso, ese deseo de hacer las paces con uno mismo. Pero nunca consigue el escritor la reconciliación que busca. Entre lo que escribe y por lo que se afana siempre hay un abismo, una lucha personal sin remisión ni tregua. El hombre por naturaleza es un ser dividido, abatido entre la redención y la culpa, entrecortado entre la vanidad y la modestia, descoyuntado entre el amor y la muerte. Palabras tan antagónicas, ¡y se parecen tanto! Ambas tal vez yacen en la misma parte del hipotálamo. Dime de qué presumes y te diré de que adoleces. Basta con decir: yo no soy racista, ni fundamentalista, ni homófobo, para reafirmar con tus palabras que precisamente lo eres. Sé yo de un humanista y político, camaleónico consejero de solidaridad y otras causas pías que acaba de ser condenado a ocho años de prisión, por quedarse con las ayudas destinadas a la cooperación con el tercer mundo.

Desde siempre el escritor quiso emular a Hipócrates en su intento de cuadrar el círculo. Y se puso a escribir para ensamblar en un mismo plano realidad y sueño, logro y deseo, necesidad e instinto. O lo que es lo mismo, quiso hacer el amor con las letras. Desde pequeño siempre quiso ser mayor, y ahora que es viejo quiere tener la edad que tienen sus nietos para jugar al veo-veo. Por entonces el escritor aún no había llegado a la conclusión que después de un deseo siempre hay otro deseo. Eros fatídico. Esa sensación de melancolía tras el triunfo. Nada es eterno. Tampoco la escritura. Y cada vez que termina un libro, siente el escritor esa fatalidad endémica, edénica, pathos, o esa petite mort extásica de la que hablan las francesas después de hacer el amor.

Lleva en su haber este escritor una porra de libros. El mejor libro, aquel que nunca escribió. Por eso antes de morir, aún escribirá ciento y la madre. Prueba irrefutable que ninguno de los que le quedan por publicar, merecerá la pena.

El escritor ayer presentó su último libro. Y de nuevo, creyendo que había tocado el cielo, exclamó tras su recién estrenado orgasmo literario: ¿Y ahora qué? ¿Otro libro? Y Lacan le susurró al oído:
Te empeñas con tus libros en huir de la realidad, paliar con tu escritura la amargura del destino. Y de nuevo de bruces con la alegoría, el mito de la palabra, su representación ficticia. El goce es la castración, el placer de la ausencia.
El escritor, dolido o convencido por lo que el psicoanalista le dijera, contestó:
De acuerdo, Jacques. El escribir no es nada, ni siquiera como subsistencia llega, pero al menos vale para darme cuenta de la incapacidad para nombrar lo indecible. ¿Y por qué no decirlo? Con los libros también calzo el catre desnivelado donde en las lunas de duro invierno sueña y duerme mi amojonado cuerpo.

domingo, 23 de marzo de 2014

Carta de Hermann Kafka a su hijo Franz






Mi querido hijo Franz:


Tu madre me habló de una carta que me enviaste. No sé por qué, esa carta jamás me llegó. Y aún siendo así, no sabes cuanto la agradezco ¡Me hubiese gustado tanto leerla! No es un cumplido más de mis envenenadas hipocresías. No hay carta que mayor interés despierte, que aquella que nunca recibiremos. ¿Tan mal te sentías, hijo, tan distante y alejado, tan esquivo me veías, que, pudiendo tratar directamente con tu padre, tuviste que recurrir a una epístola para vértelas conmigo?

Tengo entendido que con la escritura te expresas mejor que cara a cara. Recuerdo que una vez me dijo tu hermana Ottilie: Que sepas, Papá, que Franz es mejor escritor, que persona. Si de verdad quieres saber lo bueno y formal que es tu hijo, tendrás que leer alguno de sus escritos.

A mi por el contrario, el escribir me cansa. Se me da mejor ser comerciante, que plumífero. No reprocho tu gusto. Reconozco no haber leído nada tuyo. Aún tengo encima de la mesa aquellos folios que me diste a leer un día. Salvar el negocio, los desvelos por la familia, atender a la clientela, los empleados, ocupan todo mi tiempo. Miento, aún me queda alguna que otra tarde a la semana, que reservo para jugar a las cartas con mis amigos.

Nos conocemos de sobra, Franz. Si en tu carta tal vez quisiste reprocharme algo, aquí me tienes. Nadie es perfecto. No es fácil ser padre. Dispuesto estoy a hablar contigo de padre a hijo; y si lo prefieres, de persona a persona. No quiero que cualquier texto, literatura o carta alguna se interponga entre nosotros. Una cosa es la ficción, indispensable para que las cornadas de la vida duelan menos. Pero la fantasía nunca debiera ser excusa, ni evasión para eludir nuestros problemas, ni pretexto para afrontar nuestros compromisos. No creas que te reprocho que te dediques por entero a tus libros. Yo hago igual con nuestro comercio de telas. Pero sí tengo que decir, por el bien de la salud de tu mente, que no confundas, querido hijo, la realidad con tus letras, si no quieres acabar en un manicomio. Por muy bien que escribas el nombre de Felice Bauer, nunca ese vocablo debiera ser para ti más importante que el beso de una mujer. Y te lo dice alguien que lamenta en ocasiones haber mirado y acariciado más un paño de seda que la cara de tu madre.

Puedes montarte, Franz, tu vida como quieras. De hecho estudiaste derecho porque te dio la gana. No te tomes mis palabras como una ironía más de mi agriado carácter y prepotencia. Tu madre alguna vez también me habló de tus decepciones conmigo. El que creyeras que desde mi sillón preferente en la mesa o en el salón, yo gobernaba por entero tu vida, no es sólo así, se debe también a tu visión idealizada que de mi siempre has tenido. ¿Qué culpa tengo yo que el mito del padre lo tengas tan metido en tu sesera, que me veas como a Dios, como a un factótum, la medida de todas las cosas, un mapamundi desplegado en el que ni siquiera cabes tú? Este concepto excesivo, extrapolado, sublimado que de mi tienes, puede que estuviese justificado cuando eras un niño. Entonces, yo era tu Moral, la Ley. Pero ya va siendo hora que tomes las rienda de tu propia vida. Yo siempre creí que todo esto te lo enseñaría la propia naturaleza, tu crecimiento, la experiencia, tus lecturas. También yo podría ser el decepcionado. Si tu estabas desilusionado conmigo, ¿por qué yo no podía decir: este no es el hijo que yo esperaba? No te inclinaste nunca por ninguna de mis aficiones. Nunca mostraste voluntad de regentar nuestro negocio familiar. Tuvo que hacerse cargo de la tienda el marido de tu hermana Elli. Si te defraudé, si te engañé, no fui sólo yo, fue también tu excesiva confianza en mi mentirosa verdad. Como Aquiles al dios griego Apolo puedes decirme tu también: Tu me has engañado, tu el más funesto de los dioses, yo te castigaría si tuviera poder para ello. ¿Qué puedo decirte más, que vengas y me crucifiques? Franz, ya va siendo hora de que te alejes de mi paradigma, que aprendamos a vivir sin nuestros dioses y diablos. Si de verdad quieres encontrarme, no como al padre por antonomasia, sino como a tu padre Hermann Kafka, con sus virtudes y defectos, como quien en publico hace el ridículo urgándose los dientes, como el olvidadizo que sale del baño sin tirar antes de la cadena, o como el hombre que de vez en cuando pierde los estribos y grita injustamente a sus empleados, tendrás que matarme.

No lamento que me escribieras una carta para hacerme responsable de tu tartamudeo, de tu debilidad, de tus miedos. Lo que lamento es no haber advertido que mi omnipresencia, mi excesiva preocupación por ti, no calibrada, ni ajustada a tu especial sensibilidad y susceptibilidad, se convirtiera para ti en un tormento, en un acoso, con consecuencias tan graves como tu indecisión a la hora de contraer matrimonio con Felice. Tal vez yo debería haber tenido más intuición, haber sido emocionalemnte más inteligente, y si no como padre, si, al menos como persona mayor, haber dado el primer paso para aclarar nuestros malentendidos. Tu te librabas, te apartabas de mi recluyéndote a escribir en tu cuarto tus alucinantes historias, y yo me repantigaba en el ensimismo de mi vida resuelta. La excepción de nuevo se convierte en norma. Acepto tu lección, recibo el guante. No en vano sabiamente me lo recuerda con frecuencia tu madre: Herman, los hijos acabarán por ponernos en nuestro sitio.

Lo único censurable, repito, que veo de mis equivocaciones, es el no haber tenido el discernimiento necesario, el juicio suficiente, para reconocer mis errores a su debido tiempo. Te pido a ti lo mismo. No quieras culparme a mi de todas tus desdichas. Asumo mi parte. Tal vez de tanto quererme en esencia, llegaste a odiarme en persona. Amores que se convierten en odios que matan. Y hasta te digo, puestos a decirnos las cosas a la cara, que no sólo estas desavenencias entre nosotros han sido culpa tuya y mía. Puede incluso que en todo ésto exista un tercer cómplice: las leyes internas, el mecanismo de nuestra peculiar psicología humana que nos lanza engañados en busca de la flor más bella, a costa de perder la que tenemos delante. Y ya sabes lo que pasa con las flores, que si nos retardamos en disfrutarlas, buscando la mejor, al ser efímero su perfume, nos perderemos su encanto. Más vale pájaro en mano que cientos volando.


Hermann Kafka


Post Data: Mi querido hijo Franz, si yo hubiese leído tu carta, hubiese finalizado la mía con las mismas palabras que tu terminaste la tuya. Brindo por nuestra renciliación. Nos vemos. Un abrazo. Tu padre.
Claro está que las cosas no pueden ajustarse en la realidad tan bien la una con la otra como los argumentos en mi carta, porque la vida es algo más que un rompecabezas; pero gracias a las enmiendas que surgen de esta confesión y que no puedo ni quiero extender hasta el detalle, se ha logrado, a mi parecer, algo tan próximo a la verdad, que podrá tranquilizarnos un poco a los dos y hacernos más fáciles la vida y la muerte.

martes, 3 de diciembre de 2013

Antimanifiesto




Tanta fe se tiene en la escritura, en la escritura real, que la fe acaba por desaparecer.

La inconformidad es la actitud del escritor como responsabilidad y oficio. Pero no es cuestión de ejercer como abogado del diablo, siempre escribiendo, discordando y  provocando. La autodefensa es la norma; lo contrario sería caer en el paternalismo. Paladines y padrinos lo que consiguen es congelar el crecimiento. La Torá en literatura es un sacrilegio. Tampoco vale el sálvase quien pueda en un país de insolidaridades y autismos y de excelencias tan naturales como mediocres, y de capitalismos sin alma ni concierto. Somos un camino a medio hacer, un mal proyecto, dioses con pies de barro, estrellas de celofán colgadas de un pino artificial y corazón de amianto. Plumas que vuelan al pairo. Y hablando de plumas: ¡Sí! Creo en la virtud de los pájaros. Y basta una pluma para hacerme morir de risa. (Manifiesto. André Breton)

Escribir es dar la mano al lector para que pueda escapar de la realidad que lo atonta. Los hechos ya hablan por ellos mismos. Si escribimos para aprobar lo que pasa, no inventamos nada nuevo. ¡Discrepemos de la realidad para embelesarla y mejorarla! Pero tampoco se trata de escribir desde la conciencia impoluta, engreída y mojigata del santurrón de turno. Como tampoco procede que nuestras letras sean la conciencia del resto, infieles y demás chusma analfabeta. Escribir es lo mismo que hacer punto de cruz en una tarde de truenos, jugar a la petanca bajo la sombra de la memoria, o hablar sin ton ni son, sin canon ni moralidades. Escribir no es ninguna vocación, ni misión episcopal, ni delegada. Dar palos al agua. El escritor escribe como quien juega al mus en una tarde avinagrada, y encima pierde la revancha.

El Hada Azul de la inspiración, (otro cuento más de la Disney), le asignó al escritor, cual si fuese otro Pepito Grillo, el deber de librar a los humanos de las asechanzas del mundo. Y los lectores, si es que queremos, como Pinocho, dejar de ser unos tarugos y convertirnos en lo que de verdad somos, tendremos que desoír las consejas sabihondas y pleonásmicas de los letrados mesiánicos.

lunes, 21 de octubre de 2013

El edificio de su vida



Así como el asesino vuelve siempre al lugar del crimen, a todas horas el joven poeta va yendo y viniendo a sus repetidos tópicos de sequedades literarias y recursos presuntuosos y baldíos.

Lleva un tiempo sin escribir el poeta y se siente vacío como la tierra antes de la creación: oscuro y confundido. No encuentra sentido a nada de lo que vive, que es lo mismo que estar fenecido. Como si vivir y escribir fuesen lo mismo. No sé si este abandono, dejación, ayuno, o tal vez escarnio a su puritano deber de vate en precario, sea el responsable de sentirse yermo en su nebulosa o agujero negro anticreativo.

¿Podría seguir vivo sin empuñar sus versos ante la realidad cegadora que le rodea como a un mosquito chamuscado ante la suprema belleza de la simplicidad más generosa? Y así atrapado en este agostamiento en blanco, se ve a si mismo el poeta en negro, sin escribir, privado del goce de la cotidianidad más sagrada.

Para sentirse colmado con el cada día no es necesario vivir cosas extraordinarias, ser testigo, protagonista de acontecimientos importantes, estar en el centro social de grandes acontecimientos, componer poemas grandilocuentes, inteligibles y risueños. Basta tan sólo ensimismarse. Y le aconseja Rilke al poeta infecundo:
Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. 
Y nada al alcance como el abismamiento a través de la escritura, la más rica expresión de la nada que nos mantiene y configura.

Cuando el escritor escribe no se siente un fracasado. La escritura es su adrenalina. Es el medio gratuito y que menos ansiedad y dependencia le genera. Pero no por ser gratuito, no es costoso su oficio, que a veces el escribir es desgarrador, cruento y hasta produce escalofríos.

Y si al principio dijo el joven, parodiando a Lope, que a mis tópicos voy y de mis tópicos vengo, le viene ahora al poeta también a la cabeza el non scriverò piú de Pavese minutos antes de morir. Escribir es vivir. Eso es lo que el escritor deduce cuando oye a Rilke que le dice:
Pregúntese en la hora más callada de su noche: "¿Debo yo escribir?" Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un "Si debo" firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida.

miércoles, 24 de julio de 2013

Bendito Chino




Hace tan sólo unos días, el cabildo municipal de una determinada ciudad nombraba pregonero de sus fiestas a un prestigioso escritor de la comarca. Y la nota de prensa atribuía la grandeza literaria del pregonero in péctore a las veces que sus originales habían sido arrojados por la ventana de las editoriales a las que habia concurrido.

Leía yo a la sazón ese dia un cuento de Roberto Bolaño, Sensini. En este texto el autor de Los dectectives salvajes cuenta su relación epistolar con un escritor y sus mutuas confidencias y estrategias a la hora de presentarse a los certámenes literarios convocados por toda la geografía española, a fin de sobrevivir cual cazarrecompensas a la estrechez económica que por entonces ambos pasaban.

Paradójicamente la relación entre calidad y los trofeos conseguidos en concursos literarios no parece corresponderse. Así por ejemplo el mismo Marcel Proust tuvo que pagar de su bolsillo la publicación de En busca del tiempo perdido, una de las obras más emblemáticas de la literatura universal. El señor de las moscas de William Golding, galardonado con el Nobel de Literatura, fue rechazado veinte veces antes de ser aceptado. Otro tanto le ocurrió a El espía que surgió del frío de Jhon le Carre.

Por eso el otro día cuando me enteré de que había salido el Maldito chino, (¡bendito chino!), libro bien recibido tanto por el público como por la crítica, me acordé de Agatha Christie, que tuvo que esperar más de cuatro años para conseguir que le publicaran su primera novela.

El mismo López Mengual nos dice que el original de su novela sería rechazado infinidad de veces. Y es que la excelencia literaria, como casi todo lo que importa en la vida, viene acompañado inter faeces et urinam que diría el obispo de Hipona. O expresado de otra manera no tan encriptada, menos sadoca, y mucho más optimista: No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista.

lunes, 17 de junio de 2013

Doña Retórica




Una tupida redecilla de lana cubría, como el bulbo de una cebolla, el rancio pelo de su cabeza encascotada. Debajo, una diadema de flores contrahechas, llamas apagadas de lirios repetidos, flores secas de buganvillas desvaídas y aplastadas. Se llamaba Retórica. No era fea, pero su gracia carecía de frescura, una florituresca cara vacía de expresión, placer y descanso. Andaba necesitada del don del amanecer. No extrañé sus ojos fríos y del color cotidiano de los días de un invierno más. La miré y, sin conocerla, su aire común me resultó familiar, desmotivado, archisabido y nada sorprendente. Sus manos convertían en arritmia y ruido todo tambor de palabras que tocara. Su piel olía a tierra baldía, a hierba tostada, a sobaco de agrideces toscas. Toda la gama profana y rústica de aromas sin esencia ni enjundia la monotonía de su piel destilaba.

¡Ay! Su loca manía cacofónica de evocar sin sentido las palabras más usuales la poseía como a una loca, como campana que da vueltas y vueltas incapaz de tocar nunca una nueva melodía.

¡Ay! Su loca manía caracolera de machacar con su adjetivo criminal e infecundo el misterio provocador que todo sustantivo lleva en su seno. De su estridente cadencia, de su faenar de azadas aturdidas, asincopadas y rutinarias, yo no veía crecer de la tierra de su boca la lengua grata en cosechas de neologismos reveladores y puros. La hierba verde, la nieve blanca, la sangre roja, el calor del fuego, la humedad del agua, los granos redondos, la dulce uva, (albarda sobre albarda), eran sus muletillas de andar por casa entre página y página. Doña Retórica enturbiaba con sus tartajos la dádiva oral que desde el Olimpo los dioses conceden a los creadores humildes y de corazón puro.

¡Ay! Su loca manía grandilocuente de convertir con sus pollizos y chupones verbales en vulgar las constelaciones de vino que en sus manos de odre y callos escondían las viñas.

Ella tal vez creyera que yo escuchando sus retahílas de himnos librescos y aduladores, encontraría cual avispado enólogo, el sabor preciso que desde mucho antes que Noé plantara la primera cepa, andaba un servidor buscando. Ella tal vez creyera que yo encontraría el sentido en el vaivén mántrico de su murga, letanía y pantomima, como si en la repetición indolente y abstraída, como si en el juego malabarista y crucigramero, como si en el kiosco de su ilustrera racha de calificativos improductivos se exhibiera la verdad semántica, bónzica y nirvánica.

Y en medio de la más aburrida expresión enésima, parafernálica y múltiple, doña Retórica, o Polimnia, como la llama, viste y pinta Francesco del Cossa, me dijo:
No seas estúpido y caracolero. Aprende de mi caracoleo estúpido a valorar la simpleza literaria. Así es como el mayor defecto puede llegar a erigirse en virtud. Y, como la sombra agradece a la luz su vida, sé tu también agradecido con mi pedagógica pedantería reprimida en los abundantes pliegues que me adornan desde el cuello a las rodillas. Sal de tu banalidad letrera. Y no rices como yo más el rizo de los tentáculos adjetivales que ahogan la savia virgen de las palabras. Te lo digo yo que soy la musa por antonomasia de la parquedad y el estoicismo del cultivo de las doctas letras.

sábado, 1 de junio de 2013

Prolepsis



La memoria es el alpiste de la retrospectiva. De la misma manera que el alpinista necesita su cuerda para alcanzar la cumbre, el recuerdo vale para rematar con su caída una historia de segunda mano. El historiador es como un mal contador de chistes, hilvana unos con otros, y no se cansa hasta agotar por aburrimiento a la concurrencia.

A todo el que ande flojo de memoria, le resultará penoso ser cuentero, hagiógrafo, novelista o relator de cualquier acontecimiento. Según Plutarco el que recuerda vuelve a ser libre. Será por eso que yo me veo prisionero en el olvido. ¡Falso, completamente falso! Que nunca me sentí más fresco, original y aventurero, que cuando no me acuerdo de nada; y estreno todo lo que miro, aunque miles de veces mis ojos antes ya lo vieran. Y si no decidme, ¿cómo iba yo a estar unido (ya tantas primaveras) a los nidos de los gorriones de mi huerto?

Y de nuevo vuelve a contrariarme doña Etimología. Recuerdo -me dice-, viene de re-cor: regresar al corazón. De acuerdo. Regresar a un pasado que sin duda, por pretérito, siempre fue peor, al irse, y dejarnos sin su déjà vu eterno.

También los olvidadizos podemos emplearnos en el oficio de la literatura, aunque para ello tengamos que acudir a la hilaridad de nuestros sueños (la irrealidad textualizada). Los pájaros de nuestra imaginación pueden que sean avecillas de corto vuelo, pero sus huevos son de tal flexibilidad y consistencia que aguantan al menos varias legislaturas de ventoleras y enmiendas, las permitidas por su endeble constitución plumífera.

El sujeto carente de retentiva, al no tener actualizado el patrón de sus vivencias viejas, no es herido por la nostalgia del ¡O témpora o mores! de los clásicos. Y así libre de las hipotecas de sus experiencias intestinales puede el escritor adelantarse con sus relatos, y plantarse de un salto en el futuro, puenteando el infeliz presente de un ahora siempre agónico. La literatura puede convertirse en la partera del futuro, un futuro siempre nuevo sin referencias repetidas y obsoletas.

Si la literatura, como la historia,  fuese el recordatorio del tiempo pasado, sería mera estampa o fotocopia. ¡Pues no! Que la literatura es sobre todo prolepsis, anticipación y proyecto.

lunes, 28 de enero de 2013

No es nada



Cuando André Gide me dijo escribo para que me lean, siempre alabé su sinceridad, su ombligolatría. Y, egocentrista, yo también me encumbraba con las letras. Pero desde que me di cuenta de que a la humanidad le faltaban ojos, y al tiempo, lustros, para poder leer los miles de textos, la torre de libros que se publican cada día, le repliqué al autor del Inmoralista, que una de dos, o tendría que dejar de escribir, o sí seguía haciéndolo, ¿para qué pues?

Y esta vez, fue Marguerite Duras quien con voz etílica me dejó helado:  
Escribir no es nada
Ignoro si la Duras ya era una escritora reconocida a nivel mundial, cuando dijo que escribir era ir en pos de la vanidad, la publicidad o el viento. Basta con morder la ensaladera de la victoria, para darse uno cuenta de que el éxito se queda corto para nuestros deseos infinitos, por no decir, que casi siempre, transcurrido el delirio, el triunfo sabe a humo, a desilusión, hambre para mañana, y para hoy pan duro. Pero es preciso haber pasado por la gloria para conocer su resultado cero. Cosa que no es mi caso. Hablo por boca de ganso.

Casi todos los escritores, al releer su obra, la consideran insuficiente. Escribir produce insatisfación. Ingenuo el escritor, como Sísifo, que carga con el fardo de sus escritos, sabiendo o o no queriendo saber, que sus libros nunca alcanzarán la cima de su pretensión sublime.

Tal vez no sea el escritor el único creyente de su prepotencia fatua, sino también las palabras. Ellas piensan erróneamente que nos regalan la sal de la sabiduría. Y no sabe la palabra que, entre ella y lo que dice, siempre hay un abismo brutal, infranqueable, aún tratándose de la misma Palabra Inefable de Dios.

Pero concluir con William Hazlitt que los mejores autores son aquellos que nunca escribieron, es un sin sentido más, como aquellos otros que se atreven a comparar escritura e inmortalidad. No conozco a Dios, por tanto no sé, si la función de escribir podría suplir mi frustrado deseo de eternidad; lo que si puedo afirmar es que escribir, para mí al menos, es un acto de reconciliación conmigo mismo. O dicho con palabras de Enrique Vila-Matas: escribir me protege de los golpes duros que me da la vida. ¿Otro reduccionismo más? Tal vez. Pero es lo que pienso; al menos eso es lo que sentí ayer, cuando mi suegra me dijo:
¿Por qué, tonto el haba, vas por ahí a todas partes cargado con la libreta y el lápiz?

miércoles, 16 de enero de 2013

Chopos metafísicos junto al río





Aquella mañana se puso a escribir sin tener en su cabeza nada predeterminado, nada en concreto. Esperaba que sus palabras saldrían del teclado sin pasar por su mente. El escritor no desgastaría sus entendederas y ganas, ya de por sí escasas de tanto atracón repetitivo a base de recortes y notas, apuntes insulsos, forzados, tomados a la ligera. Desconocemos si el novelista creía en la inspiración. Lo que si sabemos es que por aquellas fechas, confiaba más en el poder autónomo de las palabras. Su imaginación plana, cual tabla rasa, y vacía, cual el bote de las propinas de la cantina del dispensario de las Hijas de la Caridad, así se lo sugería.

Alguien dijo que los grandes acontecimientos de la historia no siempre vienen de la mano de los héroes. Los adalides, los prohombres de hazañas, invenciones y victorias sólo son limitada y encorsetada forma de un fondo universal sin exclusiones ni fronteras. Mera corteza de un árbol frondoso por cuyo interior trepan innumerables coágulos de savia plateada para convertirse luego en hojas como estrellas luminosas a la vista de todo el espacio por crear y creado. Y si no que se lo pregunten a Fleming. Gracias a que el doctor se dejara olvidado la bacteria de un estafilococo en la mesa de su laboratorio, descubriría la penicilina. La bacteria después se contaminaría por casualidad con un hongo, y éste impidió que la bacteria creciera. De ahí luego vendría lo de la famosa y salutífera vacuna.

Debajo de cada estatua erigida a un padre de la patria subyace un montón de piedras vivas sin nombre, hongos que alimentan el fatuo orgullo de los nominados a los oscars de las letras. El excremento inocente de aves, cochinas y maleducadas, pintan de rojo la alfombra de la gloria vana. Y el escritor quería que sus palabras le brotaran esa mañana sin poner él nada de su parte, así como mana el agua del Cerrico de la Fuente, sin esfuerzo. ¡Ay como deseaba el escritor que fueran las palabras solas, por su cuenta y riesgo, sin más inspiración ni arte que el azar caprichoso de la gandulería newtoniana, la que contaran lo que querían o quisieran esa mañana!

Y al igual que el demiurgo, aquel de pantocratías y paraísos edénicos, que fabricara galaxias, estrellas y nebulosas a portillo como sacadas de la manga con sólo abrir su boca, quiso el letrado escribir derecho, no sólo con renglones torcidos, sino sin renglones siquiera. Y tecleó tan sólo:
Hoy no se me ocurre nada. Mejor me callo.
Y cuando al cabo de quince días, el escritor volvió a la mesa de su escritorio, se encontró aquella escueta frase que escribiera antes de sus vacaciones de navidad, convertida y proliferada en una hilera silenciosa de chopos metafísicos junto al río, antibiótico para el cáncer de la página en blanco del narrador desganado y melancólico.

miércoles, 9 de enero de 2013

La muerte del escritor



Si escribir es morir, como decía Maurice Blanchot, ¿acaso no es también resucitar?

El otro día, con motivo de la presentación de Molínea 33, un contertulio decía que a él más le importaba su obra, que su autoría, y que por tanto el escritor debía desasirse, desaparecer, morir en sus letras. Y yo entonces me acordé de Lacán, cuando dice que el goze es la castración. Y así, nos afanamos en huir de la realidad, para encontrarnos en la representación, en la palabra, en el concepto, como idea de lo universal frente a lo perecedero.

Los que, como mi amigo contertulio, afirmamos altruista y modestamente, que el escritor debe autoinmolarse en aras de su libro, ¿acáso no nos engañamos y mentimos disfrazándonos de superhombres humildes? Pues como muy bien comentaba otro compañero en la tertulia, nadie escribe para no ser leído. Y al no poder perpetuarnos y trascendernos después de muertos, lo que hacemos es desearle al menos la suerte de la inmortalidad, si fuera posible, a algún escrito nuestro.

Y al hilo de la muerte-resurrección del escritor, pienso que, si de las tantas cartas que me enviara mi madre, los años que en mi juventud estuve alejado de la casa familiar, hubiese guardado siquiera alguna de aquellas sencillas, queridas y espontáneas epístolas, hoy, al poder releer, aunque sólo fuese su firma, la tendría a ella misma en persona, aquí ahora a mi lado, eternizada en este instante.

Y otro sí final. Recuerdo aquel día en clase de Literatura que me preguntaron por el año de nacimiento del autor de La Divina Comedia, y no supe que decir. Sin embargo aquella su inmortal frase a la puerta del infierno, Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate, nunca se borrará de mi memoria. Que llevo a Dante resucitado dentro de mí hasta que muera. E incluso, muerto yo, en sus letras, como en el nogal de mi huerto, seguirán posándose las palomas de mi vecino en este invierno de primavera.