martes, 13 de enero de 2026

Lágrimas de tinta



Las carnes del hijo, cual las de un inocente cordero, ardían sobre los carbones del altar de un dios de farol y ateo. El dolor fue luego la negra musa de las letras de fuego de un padre malo.
Sólo el sufrimiento podrá lavar mi asesina osadía, y así degustar yo el vino de las uvas de mi redención comprimida. No hay mal que por bien no venga.
Si estas palabras las hubiera dicho otro que no fuera un patriarca de fe ciega y a machamartillo, lo calificariamos de sado, masoca y loco. ¿Acaso un dios, por muy dios que sea, puede mandar a su fiel más devoto que mate a su propio hijo, que vaya contra el precepto natural de amarás a tu descendencia como a ti mismo? Después de haber clavado el cuchillo en el cuello virgen del hijo, ¿tendrá valor el patriarca Abraham de contemplar satisfecho (tras haber cumplido el divino mandato de un dios hereje), las carnes de Isaac crepitando sobre las purificadoras brasas de una contranatural y parricida  ofrenda?

El progenitor obediente quiso calmar su pena convirtiendo su malévolo pensamiento en un texto sapiencial:
¡Quién soy yo para contravenir tu voluntad con palabras carentes de sentido! La escritura no se hizo para ser leída, nació para que los escritores no se murieran por dentro y así pudiéramos expulsar todos los males y diablos de nuestro cuerpo.
Al santo varón en días yermos el cerebro se le secaba, y sus dedos engarrotados y congelados por la escarcha de la incomprensión y la impotencia, se negaban a trazar consonante o puntuación alguna. Abraham entraba en calor cogiendo la pluma. Y si no escribía lo que en su mente y corazón le escocía, o no le cuadraba, se ponía como un basilisco: la ley de la naturaleza manda cuidar de los hijos, proteger el rebaño, socorrer al desvalido... Y acudía a la escritura como un imbécil para reanimarse con sus letras. Buscaba giros y metáforas con el fin de verter en ellas todo el dolor de su culpa y su tristeza. Si Abraham hubiese tenido el mismo arte de escribir que Jeremías hubiera construido un acróstico con todas las letras del alefato hebreo para librarse de sus lamentos.

Dicen que el dolor nos adentra, que nos hace conscientes de nuestra verdadera condición humana, que la escritura es bálsamo para las heridas, que es capaz de unir a un hombre partido por la mitad. Pero por más que la autoría de tan sabio aserto sea del mismísimo don Miguel de Cervantes y Saavedra, está por demostrar su verdad. Consolación ilusa. El sufrimiento no calma, más bien enerva y subleva al escritor dolido. Del dolor tarde o temprano se sale, se sale porque se acaba. Muerto el perro se acabó la rabia.

Y aquel que escribir quería con lágrimas de tinta y sangre su espiritual catarsis, para de este modo verse inmune de culpa alguna, escucha ahora con rabia las lamentaciones de su compadre, el paciente Job: 
¡Consoladores molestos sois todos vosotros! Vuestras palabras están vacías. Por mucho que habléis, o escribáis, o convirtáis vuestro dolor en oración o en poesía, jamás cesará vuestro llanto.


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