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domingo, 22 de octubre de 2017

Que me entierren donde quieran






A mí lo mismo me da
que me entierren donde quieran,
aquí, allí o acullá
o donde el mundo se quiebra.

Para hacer crecer la siembra,
¡cavad en la oscuridad 
despojada de bandera, 
desprovista de reyerta, 
vacía de ventolera!

¡Mirad la flor del trigal!
Nadie la vio tan señera, 
tan fresca, viva y veraz.
¡Dejadla tal como está!
si no queréis verla muerta.

A mí lo mismo me da
que me velen en euskera,
en murciano o en catalán,
que me enciendan cien mil velas.

Con tal de morirme en paz
que me entierren como quieran.

domingo, 15 de octubre de 2017

La luna por el suelo




La luna por el suelo,
se arrastra, cierva herida,
en noche desteñida
buscando su consuelo.

Cipreses como credos,
suplican de rodillas
a un dios de apostasías,
tullido y chapucero.
Al bueno del sendero
se le acabó la huída.
Tampoco al jardinero
le quedan ya semillas.

Amor, querida mía,
echáronte del cielo.
No encuentra su guarida
la luna por el suelo.

miércoles, 2 de agosto de 2017

A qué huele un ditirambo




Para qué quiere leer Platón Las siete reglas del Buen Verso de Cristiano Ronaldo, si el filósofo no quiere ser poeta. Odia al nuevo y renacido poeta lusitano por su misantropía y futlilidad. Lo detesta por su egolatrismo, irracionalidad y entropía, por no dar la cara a sus aficionados cuando pierde en la cancha del juzgado. Lo aborrece por su clavel encendido en el ojal de su chaqueta, por sus pajaritas de lunares, por sus puñetas de gemelos de plata, por sus bíceps de betún engominado.

Aunque eso sí, Platón se desvive, se desgañita y esgarra por los mismos gustos que el poeta. Ambos firman antologías, participan en certámenes, fuman yerba por las orejas, llenan ateneos y librerías. Recorren ágoras y avenidas con versos de amor subido, líricas soflamas como sudaderas. Se anuncian en las redes y, hasta en plazas de toros recitan versos de pie quebrado. Los semáforos de la ronda-centro declaman sus regates y estrofas a peatones, vehículos y mascotas. Los jugadores de la petanca, los alumnos de la escuela de baile, hasta los caballeros de la orden de los lanzadores de huesos de oliva llevan serigrafiado en sus dorsales los mejores hexámetros de Homero. Ya lo dijo Zuckerberg el siglo que viene será yotubero o no será.

Pero tanto Platón como el resto del círculo de poetas, (incluido Ronaldo) no han probado, no saben a qué huele un ditirambo. Será que ambos son del mismo club, el equipo del mercado. Dime lo que más odias y te diré cual es el mejor sueño que duermes.

El frontispicio del edificio de Hacienda saluda a los contribuyentes con la célebre frase de Quevedo Segundo: La cartera es la lengua del alma. Trastorno esquizoide de la poesía enlatada -llama Platón-, a esta manada tuitera que se extiende urbi et orbi corriendo tras el dinero desde la senectud hasta la infancia. A mayor glamour poético y negocio coplero, menor la enjundia de sus versos.

Nunca como hoy cantaron tanto los poetas, -repite Platón desde su cueva-, sin haber cantado nada. Según Platón, ser poeta en un mundo engañosamente racionalizado por la cultura de la pasta es una mierda. Los poetas, según el filósofo griego, dicen muchas cosas bellas, pero jamás llegan a comprenderlas.

Platón le dice esta noche después de cenar al futbolero:
Siendo yo un hombre tan dado a las soledades de las sombras, ¿por qué odiaré tanto a  poetas como tú, mi amigo Ronaldo?
Cristiano, que a la sazón escucha muy pegado a la rendija de la luz de la caverna, el foso de reptiles de la Agencia Tributaria, le contesta al filósofo de Grecia con una de Las siete reglas del Buen Verso de su autoría:
O que incomoda as pessoas é o meu brilho, insetos só atacam lâmpadas que brilham.

viernes, 28 de julio de 2017

Como un gusano sobre un anzuelo




¿Cómo es posible reír en medio de tanta tristeza?
El coro cantaba, reía, bailaba, enaltecía los ánimos de un público que, contagiado, se unía a la fiesta, desinhibido, ajeno al ridículo, inconsciente de su inminente condena. Hasta una mujer, entrada en años, a la que yo siempre había tenido por mojigata y rancia, la vi haciendo insinuantes gestos lascivos a un joven que a su lado estaba. Terminaron los dos abrazados en medio de la pista al compás de Bird On The Wire que el grupo parecía tocar sólo para ellos. Al menos ellos así lo creerían por el tierno acaramelamiento que yo vi en sus gestos y miradas. Me acordé entonces de los suffies, esos místicos danzarines, que a base de dar vueltas sobre sí mismos trascienden en vuelos espirituales, ajenos a la gravedad o a cualquiera otra ley social, cultural o religiosa que encadenarlos, sujetarlos quiera a las limitaciones de la materia, el tiempo o el espacio. Me acordé también del Titanic, de sus tripulantes. Estos al menos ignoraban el final de su tragedia.

Yo me seguía preguntando:
¿Cómo es posible bailar estando el cielo tan anubarrado y revuelto?
Todos seguían allí, en medio de la dicha, eufóricos, contentos. El que no aplaudía, vociferaba. El que no bailaba, con sus pies sacudía el suelo para que también las piedras y el cemento ovacionaran a los músicos:
Como un pájaro en un cable
Como un borracho en un coro de medianoche
He intentado a mi manera ser libre
Como un gusano sobre un anzuelo.
Quise gritarles:
Imbéciles, insensatos, ¿cómo podéis divertiros en la víspera de vuestra propia ejecución? Mañana, antes del amanecer, un senderista anónimo encontrará vuestros cuerpos tiroteados junto a la pared de un cementerio.
Nadie me oyó, puesto que de mi boca cobarde y llena de lágrimas no salió ninguna palabra de alarma, tampoco de ayuda. Pero todos ellos me contestaron con aquellos versos del poeta:
Que nos acoja la muerte
en medio de copas llenas...

martes, 21 de marzo de 2017

El hombre que ella quiere aún no ha nacido





A Eugenia, esta mañana la despierta la primavera con sus campanas de verde. El rojo de la flor incipiente del melocotonero enjuaga su cara, su sombra enciende. Sus ojos escancian el aleteo de la abeja sobre el azahar inconfundible de los naranjos.

Todo para María Eugenia Vaz Ferreira está divinamente en su sitio:

La higuera, resucitando a la sombra de los cipreses; las soterradas raíces del nabicol, luciendo grelos prestos para el caldo de la suculenta comida del mediodía. El humilde y crujiente vinagrillo, vestido de relucientes neones amarillos. La manzanilla, ayer tumbada por vientos violentos, hoy resplandece de paz blanca acampando sobre su vista encandilada.

Hasta ese gorrión inquieto, que ayer no paraba un momento fabricando su nido de estrellas matutinas por venir, posa tranquilo esta mañana sobre el alero modesto de las tejas azules y protectoras del cielo. Mariposas de purpurina bailan alrededor de la corteza por desangrar del albaricoquero. La huerta entera es un zapateado de pasodobles y mazurcas. Cada tonalidad en su clave ajustada. Si el diente de león suena por bulerías, las collejas, burbujas a reventar, se inclinan bamboleantes, aretes en las orejas de los surcos sonoros y tiernos de la tierra en calma. La verdolaga inicia su lingual rastreo de alfas y omegas por las horas húmedas de los ribazos aún calientes y enamorados.

Todo está como corresponde. Sólo María Eugenia no está en su sitio. Su agujero, en el vacío. Vacío lleno de ansiedad y angustia que la recome en el infierno de lo que no tiene y desea: su novio ausente.

En la veleta, en la parte más alta de su pensamiento, da vueltas su destino abyecto, en desequilibrio incierto, mutante y frío, la cruz de la quimera, sin tocar jamás la carne de la vida. El agua corre alegre, abundante y ligera por los brazales, pero su riego no toca ni alcanza su corazón soltero y yermo. Como el canto de la rana en el fango sepultada, María Eugenia se muere de ganas por el hombre que quiere y aún no ha nacido. 
Todo está como Dios manda
divinamente en su puesto,
solamente mis dos brazos
vacíos quedan, mi dueño...
(El novio ausente de María Eugenia Vaz Ferreira)

martes, 14 de marzo de 2017

Plato de callos sin mondongo





No recuerdo bien si le sucedió a César Vallejo, a Valente, a tí lector, o a mí, de andrógenos literarios falto y de melifluos cambrones sobrado.

Aquel escritor disfrutaba con acceder al conocimiento profundo de las palabras, le gustaba hacer el amor con las letras. Penetrar en el cuarto oscuro del sustantivos y del verbo era para él su mejor orgasmo. Aparearse carnalmente quería con los nombres. Conocer a Eva, según el Génesis. Degustar la miel de la honda anatomía de las palabras, su mayor deleite y pasión. Levantarles (a decir de Ángel González), las faldas con sus dedos, mirarlas desde abajo, morder sus piernas ágiles.

Pero una noche de luna llena, a la hora de hacer el amor con una determinada palabra, aquel escritor se sintió impotente. Delante de él, se paseaba la palabra a oscuras, sugerente. Se acostaron. Ella no daba su brazo a torcer, se hacía la interesante. Al escritor se le resistía su comprensión y lectura. O tal vez la palabra no estuviera interesada por las protuberancias librescas de aquel hombre pluma, por considerarlo un tanto corto de vuelo, pedante y de gatillazo fácil. Lo cierto es que el escritor, siempre tan ilustramente enamoradizo, en aquella ocasión, se lió a broncas con la palabra, pues ésta no le daba lo que él buscaba o quería.

A su lado, la inmensidad o la poquedad de aquella locución en carne y hueso escrita, resultó ir más allá de sus pretensiones. Da lo mismo no encontrar un objeto por su pequeñez y menudencia, que verse desbordado por la grandiosidad de una palabra imposible de cubrir o ser cogida. ¿Magnificencia o insuficiencia? No sabemos. ¡Qué más da! Para el caso era lo mismo: supina infertilidad comprensora entre ambos. El hipotálamo inspirador del escritor cerrado quedó a cal y canto. O lo que es igual, (repito), aquella palabra por determinar tal vez fuese una quimera sin fundamento alguno.

Luego, amaneció el día con esa bruma inmensa y densa, propia de un diccionario emborronado, tras una tarde de calor en pleno invierno. De nuevo el escritor miró a la palabra que aún yacía en la cama, tapada con aquella sábana azul que la cubría de pies a cabeza. Nada de su intimidad gramatical y semántica fue desvelada. El escritor, al igual que la noche anterior, analfabeto siguió, sin poder degustar los encajes y encantos interiores de la palabra.

Al ver que el término en cuestión no le respondía, (incluso el saludo le negaba, su eco no retornaba), el escritor se volvió loco. Le ocurrió lo que al esquizofrénico cuando se mira al espejo y descubre que enfrente, en el cristal no está su imagen. Él, que siempre había creído conocer todos los nombres, se las vio moradas y negras, más perdido que Carracuca. Antes de encontrarse con esta palabra anónima, él solía decir: Nada puede existir que no tenga nombre.

Llegó después la noche siguiente. La misma aparición. La palabra de nuevo junto al escritor. Otra vez el chasco y la cerrazón. Pero el escritor, en lugar de encolerizarse al igual que antes con la palabra esquiva, cambió de táctica. Trató de serenarse. Se acercó acarameladamente a la palabra, tratando así de iluminar con caricias y ternura su lenguaje limitado. Fue imposible. Así que, después de intentarlo todo, el hombre acabó admitiendo su nominal incapacidad para ciertas situaciones del habla y el entendimiento.

Y esto fue lo que por fin le oí decir, no sé si a Valente, a César Vallejo, a mí, o a tí, querido lector, cuando nos encontramos con una palabra fantasma:
La lengua no siempre basta ni vale para dar nombre a las cosas. El lenguaje tiene su propio veto, su limitación. Hay espacios de realidad, relatos, palabras que como espectros vagan ante nuestro conocimiento, sin poder ser nunca desvelados. Otra cosa es que recurramos a la poesía, a las metáforas, para compensar nuestro negado lingüístico; pero, tanto en un caso como en otro, deberíamos dar por sentado que un poema nunca podrá sustituir la propia indefinición por esencia. Nos movemos en la confusión entre la realidad y la fantasía, entre un asado de manzana sin manzana, o entre un plato de mondongo sin callos. Pues como dijo Bukowski:“Bueno, me muevo entre la novela y el poema y el hipódromo y sigo vivo” .

domingo, 12 de marzo de 2017

Brevedad





Cada sol repetido es un cometa 
(Luís de Góngora)

El agua del arrollo
la miro y ya se ha ido;
no puedo complacido
parar su dulce coro,
tenerlo retenido.
Las mieles de mi boca,
la lumbre de la hoguera,
la flor en primavera,
el silbo de la roca
no es nunca lo que era.
El niño que en la calle
apenas un momento
jugaba tan contento;
ahora está en el valle
cavando su aposento.
Mil siglos de una estrella
en un salto de grillo,
de rojo al amarillo
se esfuman, y a su  esfera
la dejan sin su brillo.
¿Qué corto es el placer!
Te tiras una vida,
venida tras corrida,
sediento tras de él,
¡y un soplo es su bebida!
Las tierras que mi abuelo
sudó con la labranza,
las nubes en venganza
en un simple revuelo
segaron su esperanza.
La vida es un vestido
que estrena nuestro cuerpo,
así lo tienes puesto
un charco en el camino
lo enfanga sin pretexto.
¡Qué breve es el camino
del trigo y de la avena!
El oro de la era
se pierde en el molino.
¡Qué vida tan ligera!

jueves, 9 de marzo de 2017

Pushkin




Quería yo expresar con palabras alegres la tristeza existencial que por aquellos días me corroía. Y de la mano de Dostoievski fui llevado a casa de Aleksandr Pushkin. Me ocurre muy a menudo. Las historias, los personajes, los temas y mensajes de mis lecturas forman en mi mente un cóctel que, luego al recordarlos, nada se parece a lo que sus autores escribieron. Y el de La dama de picas me dijo entonces, cuando fui verle a San Petersburgo:
Le pesan las fiestas de este mundo
se aparta del rumor de la chusma,
y no inclina su altiva cabeza
al pie de los vulgares ídolos;
y huye, salvaje y rudo,
lleno de sonidos e inquietud
hacia las orillas de los mares desiertos,
hacia los amplios y resonantes bosques.
Tras la melancolía y el desprecio por los bienes de la dicha y el placer ¿acaso no escondía el poeta lo más cruel y pernicioso de su idolatrado egoísmo?

No supe entender bien lo que Pushkin quiso decirme con el poema De sed espiritual atormentado. Yo me quedé con la interpretación de su forma de hablar, más que lo que con sus versos me decía. Y esto es lo que me pareció escuchar de su musicalidad poética:  
Tras el desprecio de las cosas, tal vez taimada se encuentre la calma, la feliz tranquilidad de la inactividad, ese vacío del ánimo que todo mortal necesita, si quiere saborear el azúcar de la vida, la verdad de la muerte.
Y noté a Pushkin extrañado, al ver que la idea que yo tenía de su jovialidad, frescura y buen humor se me iban de la cabeza. Cambió entonces el pie ascético de su poema, y en un tono más suyo y dionisiaco, añadió:
Que nos acoja la muerte
en medio de copas llenas...
Pushkin estaba herido. Le quedaban dos días de vida. Había sido batido en duelo por salvar el honor de una mujer de moda, su bella esposa Natalia, que le arrebató la soledad que necesitaba para escribir. Y el hombre aquel al que le encantaban la juventud jovial, el bullicio, el lujo, la alegría, los atavíos complicados de las damas y sus piernecitas, le oigo ahora susurrar, por boca de Eugenio Oneguin:
Se enfriaron mis sentidos, me cansa el mundanal ruido, los amigos y la amistad me aburren, me fatigan. No siempre se puede regar el bistec y el pastel de Estrasburgo con una botella de champaña.

martes, 28 de febrero de 2017

Aula Magna






Un niño mudo me dice
que me calle, que ya sabe
cómo se dice esa frase
que a mí de placer me hechice.

Una niña ciega admira
el color de la mañana
y es tan clara la alborada
que en ella el mundo se mira.

Niño cojo no camina,
pero corre por el río
y antes de que yo dé un brinco,
él ya ha llegado a la orilla.

Un niño sordo no habla
y en su mirada preclara
veo yo el mar a sus anchas
sembrado de voces blancas.

El niño mudo que habla,
el cojo niño que anda,
el otro sordo que oye
y la ciega de esmeralda
maestros son de mi alma.

viernes, 17 de febrero de 2017

Ausencia



 Es tan corto el amor y es tan largo el olvido.
(Pablo Neruda)

Reo y libre de condena,
tengo paz y siento pena,
pena de sentirte ajena.
Si me amaras, ¿paz tendría?
¡Qué más da si esta tristeza
me enrabieta y me trastoca,
siendo tú la fortaleza
del dolor que a ti me unía!
Siento alivio por tu olvido.
Tengo yo a mí me conmigo
tan presente tu carencia
que es sin ti como respiro.
Si tal vez yo te tuviera,
olvidarte al fin podría;
pero como no te tengo,
tu vacío es mi vida.

sábado, 21 de enero de 2017

Me celebro






Ser o no ser, esa es la cuestión. ¿Qué es más noble para el alma sufrir los golpes y las flechas de la injusta Fortuna o tomar las armas contra un mar de adversidades y oponiéndose a ella, encontrar el fin? Morir, dormir… nada más.


A Telmo Garciyán el éxito le supo a hiel y vergüenza. Tras acabar su Hamlet, los aplausos no conseguían alegrarle. Según el actor, los espectadores mentían; o el público no se había enterado de lo que él trataba de comunicar aquel sábado de mediados de enero en el Teatro Romea de la ciudad de Murcia. Si en lugar de halagos, Telmo hubiese encontrado en los rostros agasajadores de su público, tristeza, duda, contradicción y apatía, tal vez no se hubiera negado a ir con ellos al bar del Yerbero a celebrar su triunfo de aquella noche. Al margen de que los espectadores hubiesen captado o no el sentido trágico, alocado y melancólico que William Shakespeare quiso darle a su obra, de igual manera malhumorado Telmo Garciyán se hubiese sentido. Ya le había pasado otras veces. Cuando tocaba con sus manos el laurel olímpico de las aclamaciones, su vigor se venia abajo. Para Garciyán, depresión y gloria iban parejos. Su destino, como el del Príncipe de Dinamarca al que acababa de interpretar, estaba unido a la insatisfacción innata del héroe. Ningún manjar, cerveza, café o vino podría anular la amargura de la fruta predestinada, venenosa y podrida de sus días. Al igual que Hamlet, por muchas victorias y espadas recelosas que clavara en el corazón de sus enemigos, a Garciyán siempre en sus representaciones le acompañaba el desaliento.

Este pesimismo ya lo hiciera suyo también aquella vez, que tras leer el libreto de la obra San Simismo de Quico Umbral, Garciyán se dio cuenta de la imbecilidad de onanistas insulsos que se revuelcan y gozan en sus propias secreciones. ¿O por qué no? su amilanamiento tal vez se debiera a la formación puritana de su infancia y juventud, en la que la renuncia, el victimismo y la negación personal eran virtud y camino hacia su trascendente y universal esencia. Hasta tal punto que, si uno de sus compañeros de colegio no reconocía su desacato al reglamento, los demás en su lugar tenían la obligación de postrarse bocabajo en el suelo, a los pies del rector, hasta que el inculpado reconociera su falta. Hipocresía, injusticia. Telmo Garciyán no sólo en aquella ocasión se negó a representar el San Simismo de Umbral que el mismo director del teatro nacional Concha Segura le propuso, sino que se mofaba de todos los que hacían depender la felicidad, de la autoestima y de la realización personal.

Está claro que a Telmo le repugnaba el agasajo. Sentirse huraño, desagradecido enardecía aún más su coraje como actor antihéroe en papeles suburbanos y retorcidos. De aceptar aquella noche, tras la apoteósica representación de Hamlet, la invitación de sus palmeros, se hubiese sentido, metido allí en aquel tugurio de la taberna del Yerbero, denostado y pringoso por las babas de sus estúpidos admiradores. Declinó por tanto la celebración. Y no fue menos estúpido que ellos, al poner como pega el cansancio, una indisposicíón intestinal...(añadan ustedes otra excusa, cualquier otra sería válida, pues ninguna respondería a la verdad, la verdad de su engreída modestia).

Eran ya pasadas las dos de la madrugada, cuando llegó al hotel de la calle Cartagena. ¿Cómo es posible que aún con los bis de las alabanzas bailando en su retina, las flores aún olientes de su última representación, Garciyán no consiguiera dormirse? Se colocó los auriculares del móvil y se dispuso, metido en la cama, a escuchar una cadena de radio al azar. Aunque Telmo bien sabía que el azar no existe. Todo se debe a esa inteligencia anónima que anida en el mismo corazón de los acontecimientos. Buscaba algo de música que le ayudara a conciliar el sueño. De pronto escuchó la voz caliente y acaramelada de un poeta. Y se dijo:
¡Y dale con los poetas de la leche! Los poetas, esos capullos enseñoreados siempre de si mismos. La realidad para ellos es una quimera, la tragedia, una invención, la historia, un desatino. Para los poetas, tan dogmáticos como los católicos, el mundo sólo alcanzará su salvación a través de las metáforas trascendentes de sus versos. Mienten como bellacos con tal de no dar su brazo a torcer, el brazo de su ensimismamiento interesado.
A punto estuvo de cambiar de emisora. Pero Telmo, aún en contra de su manera de pensar, al oír Me celebro, permaneció a la escucha. El Canto a mi mismo de Walt Whitman, recitado por un locutor invisible, lo atrapó en medio del túnel de la noche, en una habitación fantasma, indefinida de un hotel del barrio del Carmen de la Capital:
Me celebro.
Respiro mi propia fragancia y lo sé y me gusta.
Estoy loco por estar en contacto conmigo.
Y al oír estos versos, Telmo Garciyán aún más se convenció de que las lisonjas de los otros le privan a uno de su propio conocimiento. Aquel que se apoya en el comentario ajeno, alimenta su propia inseguridad. Desplomado de su verticalidad íntima, queda al vaivén adulador de la inconsistencia del viento.
Los amigos,
los vestidos,
las atenciones,
el abatimiento,
la exaltación...
mis deudas...
todas esas cosas
me llegan de noche y de día,
entran en mi vida,
mas no son yo mismo.
Y así es como aquella noche de un enero de ventisca y nieve se quedaría por fin dormido el actor Telmo Garciyán.

jueves, 12 de enero de 2017

Paternidad vacía






Foto futura, pasada,
irreconocible, borrada;
mañana, desnudada por una mano sin ojos, 
desmemoriada.

Palabra aislada,
sin contexto, sin sentido ni acento,
deshabilitada, sin gusto, 
desaborida.

Tan sólo geometría en el espacio incierto,
vacío de pertenencias,
desprovisto de coordenadas 
y simetrías.

Destino sin destino,
triángulo de cuatro puntas,
aborto de un ayer quebrado y mudo,
jalón sin referencia.

Geografía sin monte ni mar.
Padre sin hijos,
lugar amañado sin tamaño ni forma.
Historia acabada. 

jueves, 17 de noviembre de 2016

Yo no quiero ser poeta


La mujer adoraba la poesía, se enamoraba de lo último que leía, o tal vez de los rapsodas, sus autores. El marido sospechaba. Y por eso los celos de don Gabriel..., y ese querer demostrar a su joven esposa que él también podía ser poeta.

Y porque la quería, y no quería que se la quitara un vate de pacotilla, don Gabriel se matricula en un Taller de Poesía. Pronto aprende a rimar cabos de palabras, medir dáctilos, distinguir una vaca de un terceto, llamar la atención de una dama, aderezar el ritmo y su acento, seducir al lucero del alba.

Y una semana antes del cumpleaños de su señora, el marido cual sembrador de piedras, escribe letra por letra en una cartulina perfumada de jazmines transgenéricos un poema de regalo. Las palabras se le resisten, no florecen, revotan en el papel como en un frontón de púas retorcidas. Luego de tres horas de sudar tinta sin acierto, don Gabriel arruga con rabia el papel perfumado y lo tira a la basura.
Yo no quiero ser poeta. ¿De qué sirve regalar cuatro frases mojadas y contrahechas? ¡Misóginos los poetas, impotentes y egoístas, vanidosos que esconden su esterilidad en metáforas pulidas, cazadores de mujeres desprevenidas! Tras los versos no veo nada. Prefiero invitarla a salir, dar un paseo en la noche, ver como la lengua del mar besa la arena dormida y, luego, los dos imitar apretujados el abrazo de la luna en las hojas del naranjo rebosante de azahar.
Y fue cuando al día siguiente fue a hablar con el literato de papel primalight que dirigía el Taller de Literatura:
Señor, desapúnteme, que ya no quiero ser poeta. Yo no pago por mentir a una mujer soñadora. Yo, como aquel otro Gabriel de Hernani, maldigo la poesía. Prefiero enamorar a mi esposa con las cosas de la tierra.

sábado, 15 de octubre de 2016

La felicidad de un pájaro



La felicidad de un pájaro,
la de un niño,
incluso el simple goce
de las flores de la buganvilla
es mayor que el mío.
Ellas no saben que tienen
que morir de frío. 

Y aquellos rojos altaneros, la segura esterilidad de la que hablaba
James Kavanaugh, en Some Day, acabará pisoteada este invierno.

martes, 20 de septiembre de 2016

Estructura poética




Hoy me desperté aún soñando. No había nada. Soñaba con la estructura, con el escenario, el decorado, con Seasure, con Levi Straus, con Valéry y su Je me voyais me voir de “La Jeune Parque”. Y me dijo la voz del sueño que la estructura es indispensable para la existencia. Y entre nebulosas de plata añadió el sueño:
La poesía precisa de un soporte, y así como la mujer y el hombre necesitan del espejo del otro para mirarse, el café de esta mañana necesita de la taza para ser por ti bebido. Hasta el alma, algo tan imprescindible para la vida, no es posible sin un cuerpo que la sostenga.
Recuerdo también otras lindezas del sueño relacionadas con la teoría de las formas. Forma y fondo son lo mismo. Y si como afirman los puristas, que la forma no es nada, no hace a la sustancia, tampoco el fondo es algo. Otras cosas me desvelaría el sueño: cosas inefables; tan hermosas e inteligentes, que me parecieron imposibles, indecibles, como ver la nieve indestructible, petrificada:
Si no conoces la estructura de las partes que componen el todo, no podrás acceder al significado de las cosas. El todo siempre suma más que los elementos que le dan forma. O lo que es lo mismo, la nada es el poema donde poner todo lo que tu imaginación sueñe o te proponga. 
Y ya despierto del todo, para dar consistencia a mi sueño, abrí la ventana de mi cuarto para enterarme de verdad de la realidad de las cosas.

Aquella noche había nevado. El campo, el horizonte, el cielo, los árboles, el camino que va al río, todo había desaparecido para convertirse en blanco. A través de la ventana vacía de mis ojos, era imposible que mi vista se posara sobre la realidad sepultada. Yo seguía creyendo que la piedra loca que pavimentaba el porche de la casa, las macetas, el brocal del pozo, las cuatro palomas de poliéster que adornaban las esquinas de la balaustrada, ocultas a mis ojos, aún seguían vivas debajo de la capa de nieve.

Salí fuera y quise quitar la nieve que me impedía coger los huevos de las estatuillas de las aves. Escarbé con mis manos. Cogí la pala e intenté descubrir de nuevo el camino de los hinojos. Cavé y cavé tanto, que de nuevo me quedé dormido. De nuevo el sueño se apoderó de mi. Yo seguía soñando, quitaba la nieve que cubría las violetas. Fue inútil. Todos los colores: el amarillo de los hinojos, el azul de las flores, el grisáceo zurear de las palomas de la baranda, todo escondido estaba bajo la estructura cristalizada de mi mente nevada.

Y ya despierto del todo, por la mañana, el sol había barrido la oscuridad de la nieve caída por la noche. ¡Y qué decepción! La nieve había derretido todo lo que bajo sus alas ella guardó mientras yo soñaba. No había nada. Menos mal que vinieron a mi aquellos versos de Jaime Siles:
Se te puede buscar bajo un ciprés de espuma,
en los dedos del aire, metálico del sueño,
en un volcán de pájaros incendiados de nieve
o en las olas sin voz de los peces de plata.

viernes, 5 de febrero de 2016

En la orilla de la playa





En la orilla de la playa
guijarros tirados he visto.
Casi de imprevisto
resurgen dos por su talla.

Acoplados por su forma,
por sus caricias pulidos,
están de consuno unidos
traspasando toda norma.

Las dos piedras conjuntadas
forman sólo una figura
de bien que están ajustadas

Y los salientes de una
de la otra son entradas,
¡qué magnífica comuna! 


martes, 17 de noviembre de 2015

Conciencia enquistada en la tierra que no se desmorona







La conocí aquella tarde de otoño cálido en la que mis amigos Faustina Bermejo y Antonio Hernández Carrasco me la presentaron en el Centro Las Claras de Murcia. Ya había oído yo hablar de Platero, de Zenobia, de Espacio, pero nunca había sabido de los amores de Marga Gil con el poeta del Dios deseado y deseante, con el autor de la Soledad Sonora, aquel poeta interior que dijera cuando más solos estamos más intensamente nos comprendemos.

Recuerdo que aquel jueves de noviembre Marga llevaba el alma fuera, el cuerpo dentro. Me quedé enredado en su mirada atrevida y joven que, desde el estrado luminoso de la pantalla, proyectaba sobre mi sombreado rostro una pregunta. Mi vida siempre llena de interrogantes sin cuajar, preguntas sin contestar, pero todas ellas llenas de sentido:
¿Por qué no se daría cuenta el poeta que aquella joven muchacha estaba locamente colada por sus huesos?
Los ojos grises de Marga Gil se consumen por el marido de su amiga Zenobia. ¿Tan dentro de sí miraría el poeta, que no se enteraba del impulso y el vigor de la belleza de Marga? Tan enamorado está Juan Ramón de su mujer que no se apresura a leer la esquela que la joven escultora con tanta vehemencia acaba de dejarle en el rellano de su vivienda de la calle Padilla de Madrid:
"Y es que... Ya no quiero vivir sin ti ... no... ya no puedo vivir sin ti... tú, como sí puedes vivir sin mí... debes vivir sin mí (...) Mi amor es infinito!... La muerte es... infinita... el mar es infinito... la soledad infinita...".
¿Por qué, Juan Ramón, te abismas tanto? ¡Siempre serio y triste como un ciprés, ensimismado y reconcentrado en ti mismo! ¡Eres capaz de recrear dentro de ti el mundo entero, la nada, los árboles, la madrugada, el mar, la luna, el fuego, los chopos, la amapola... y no te das cuenta de la hermosura que tienes delante de las narices! ¿Acaso no llegan a tus oídos los estertores finales de una belleza estrangulada? Si hubieras abierto el sobre que Marga te ha hecho llegar hace un momento, a ella no le hubiera dado tiempo a suicidarse. Sobre el aparador de roble del salón dejas sin abrir el sobre de Marga, junto al busto de Zenobia, esa escultura que la misma Marga hiciera a tu mujer. Allí quedan frente a frente las dos mujeres, una en papel mojado, la otra en barro amañado, la niña y tu esposa, escultora y traductora, la madurez y el brío, la sensatez y el instinto, las dos te quieren a rabiar.

Poco después Marga se pega un tiro en la sien derecha con la pistola del abuelo. Su cuerpo inerte, tendido sobre la tierra forma con la arcilla de su creación destruida la realidad invisible de su obra reaparecida. Y en el corazón del poeta brota una flor de dudas eternas, transparentes:
Estoy viendo ascender la rosa que dijiste,
caliente, entre la luz mayor y, a un tiempo, fresca.
Verano y sol aquí encima, sin ti.
un eco frío y una pompa seca.
No soy yo quien para entrar en los asuntos sentimentales de nadie, y menos culpar a un Nobel que supo él mismo reconocer de alguna manera su responsabilidad en el trance luctuoso de Marga Gil:
Que hayas encontrado bajo la tierra el descanso y el sueño, el gusto que no encontraste en la tierra. Descansa en paz, en la paz que no supimos darte, Marga querida.
Cualquier hombre instalado en su celebridad viril y narcisista, puede que no entienda, que no sepa leer el vértigo de unos ojos encendidos que llevan en su lumbre la pasión exacerbada de un amor joven y enloquecido. Lo admito. Pero si Juan Ramón hubiese abierto aquella mañana aquel sobre en el momento en que se le entregó, tal vez hoy los amantes de la belleza seguiríamos deleitándonos con el granito y la piedra de las esculturas de Marga Gil Roësset: conciencia enquistada en la tierra que no se desmorona.

domingo, 4 de octubre de 2015

La belleza amarga




No es el escritor el que inventa su novela, sino el texto el que da vida al autor. Sé yo de muchos que confunden al autor con su obra hasta el punto de creer que los restos de Cervantes hallados en la iglesia de las Trinitarias de Madrid pertenecen al Quijote. No es la Troya real más importante que la Troya que Homero nos cuenta en la Illíada, como tampoco los amores de Paul y Arturo fueron más amores en sus vidas que luego en el recuerdo.

Los dos hombres en su interior sabían, (por lo menos su instinto así lo decía), que el remedio para la fealdad, el infierno, la depresión, la vejez y el frío es hacer el amor como animales.

La risa de Paul no era de alegría, sino ásperos nervios desatados en su boca sofocada. Y siempre que Arturo veía la flor de los labios entornados de Paul, se confiaba como un triste y pobre insecto alrededor de la lámpara de la mesita de noche. Una vez, y de nuevo otra vez, y muchas veces, y siempre, al ir a besar a Paul, se confundía, pues nunca libaba la miel que buscaba. Y la primaverale traía la horrorosa risa del idiota.

Paul no estaba alegre, pero Arturo alegre lo vió aquella noche de eclipse de luna, y quiso intoxicarse de su risa. El quería que el gozo aparente de Paul inoculara el virus inquietante de su pistilo en su atribulada garganta. Y al lamer los restos de alegría que aún vibraban en la amarga inquietud de las comisuras de Paul, sintió Arturo un escozor que le hizo escupir de golpe todo el amor que ansiaba.

Y al ver Arturo como el sol se disponía a cubrir la luna con la sombra rojiza de su atormentada pena, éste retrocedió, escondió sus cuernos de caracol reprimido, y se recluyó en la timidez de su osadía salvaje y tenebrosa. Y se negó a seguir buscando la llave del antiguo festín, en el que acaso recobrara el apetito. Y con voz melosa, insinuante, para que mejor Paul comprendiera y le doliera la borde ironía de sus palabras, y éstas sangraran, sumaran y multiplicaran aún más la tristeza galopante de su engolosinada hermosura, dijo quedo para sí, para que la luna no se sintiera aludida:
Vuelve a la esclavitud de tu libertad con quien quieras, mi querido Satán. Me conozco y te conozco. Con tu manera de ser y mi peculiaridad de gasterópodo volador desplumado sé que nunca seremos felices. Búscate a quien pueda cambiar la gavilla desatada de tus nervios en jarrones de sonrisas.
Nunca una sola respuesta basta. A veces puede que la contraria o la más lejana, por aquello de que los extremos se tocan, sea la más acertada. Y si en lugar de decir Arturo lo dicho, hubiera dicho: ¡ah! estoy tan desamparado, que ofrezco a cualquier divina imagen mis ímpetus de perfección ¿acaso no hubiese sido esto lo más adecuado?

Luego de leer Une Saison en enfer que como arriero cargado de cantos y desengaños aquí traigo, me gustaría que tanto Rimbaud como Verlaine, en lugar de liarse a tiros y puñetazos como dos ciervos en berrea releyeran también este texto. Así podrían conocerse mejor, y si procediera, corregir sus presuntos e injustos desacatos contra la Belleza amarga.


domingo, 27 de septiembre de 2015

Merde pour la poésie


Ayer tarde me recreaba leyendo algunos poemas de Rimbaud, así como algunos datos de su biografía. Y la verdad es que no sabía donde poner más mi atención, si en su biografía o en el alba de oro y trémula noche del mar inmenso de sus Iluminaciones. Ambas miradas me cautivaron y sorprendieron de igual manera.

Toda la producción literaria de Arthur Rimbaud data de su juventud. A partir de los veinte años cambia por completo de meridiano y ocupación. Deja su prometedor mundo literario, abandona Francia y viaja a Java, Yemen, Etiopía, siempre envuelto en asuntos extraños: venta de armas, droga, esclavos...

¿Cuáles fueron las razones de Rimbaud para dar giro tan brusco y siniestro a su vida? De vate a comerciante. ¿A qué obedecería su non scriverò più? Pavese, al menos cuando dijo no escribo más, fue por despecho, desamor, soledad, depresión. La consiguiente fatalidad de la muerte le impidió al escritor italiano seguir escribiendo. No así a Rimbaud, que moriría casi un cuarto de siglo después de escribir Una temporada en el infierno. ¿Por qué Arthur, el poeta que como él mismo dice debe hacerse vidente, no quiso regalarnos con alguna estrofa más como aquella de su Le bateau ivre:
Si je désire une eau d'Europe, c'est la flache.
Noire et froide où vers le crépuscule embaumé.
Un enfant accroupi plein de tristesse, lâche.
Un bateau frêle comme un papillon de mai.
Las nuevas circunstancias de la vida de Rimbaud en ambientes tan dispares, arriesgados, infernales y provocadores ¡para sí las quisieran otros escritores aburridos y tan faltos de inspiración!

Arthur se encuentra en África, en el desierto de Adén con un compatriota. Éste le cuenta el éxito que su obra tiene allá en Europa. Rimbaud, siempre fiel a su estilo mordaz, sin más contesta: Merde pour la poésie! Y este exabrupto irrespetuoso es el que lleva ahora a preguntarme por los motivos que tendría el poeta para renunciar a lo que por instinto y gracia, (todos suponíamos), estaba predestinado.

¿O tal vez el poeta se convenciera de repente que la composición poética es una misión imposible? Así como la escritura narrativa se ciñe a la lógica figuración real del mundo, sus posibilidades y avatares, para la poesía en cambio, no hay razón, relato, secuencia ni discurso. El poema escapa al conocimiento, y al ser como el mismo Rimbaud afirma la poesía un desarreglo de todos los sentidos, mejor dedicarse a otra cosa. ¿Para qué emplearse en algo que coger no se deja, que no tiene forma ni figura, pies ni cabeza?

jueves, 28 de mayo de 2015

El poema contra mí






El poema no es mío, ni para mi lo quiero, tampoco responde a lo que ahora me ronda por la cabeza, pero la rotundidad escueta de su verdad dio vueltas como un moscardón alrededor de los sabañones de mis orejas amoratadas. Y ya no fueron mis oídos los que zumbaron, rechazando el estruendo de su evidencia misma, sino los versos de Leopoldo María Panero con su allanador revoloteo, los que silbaron como antenas de cuchillos blandidos, ahuyentando a gorriones y gatos guarecidos del frío bajo las tejas del granero. Como dice Maurice Blanchot: eran las palabras las que sangraban, no las heridas. Recuerdo que era crudo invierno. Los carámbanos de hielo, que colgaban de las canaleras del tejado, se clavaron también solidarios y belicosos en el vestíbulo coclear de mis nervios auditivos.

Sentí luego que el poema asustado de si mismo, antes de llegar a mi entendimiento, se deshizo con la lluvia, y sentí ese vacío que siente el río al confundirse con el delta, en el mar infinito de su cauce irrecuperable y disuelto.

El poema quizá estuviera fuera de contexto, estaría podrido. Nació de un cabreo, de un malestar, de una locura, tal vez de un momento inoportuno, o de la imposibilidad misma del lenguaje. Yo estaba en mi trabajo, en el sitio equivocado, fuera del tiempo. En lugar de estar con mis amigos en el bar del Edén jugando la partida intocable de los viernes por la tarde, allí estaba encorbatado con chaqueta y con camisa en una de esas reuniones de valoración a las que cada dos por tres nos sometía, fuera de nuestro horario remunerado, el director del grupo editorial al frente de una camarilla de hombres turbios, aquiescente leva de proletarios encriptados.

Discutíamos modelos de competitividad, técnicas de comunicación, ampliación de lectores, promoción y suscriptores. Tengo que añadir que estas reuniones solían ser muy agresivas. Agresivas como lo es la competencia misma, el vil metal, niveles de audiencia, lineas rojas y azules que reñían y se disputaban en el horizonte rasgado a través de los montes de unas coordenadas con sus picos de matar como si fueran gallos de pelea, papelinas de heroína. El esfuerzo por mantener siempre en alza la calidad de nuestro periódico, siempre en litigio por encima y aún en contra de la irrefutabilidad de los hechos.

Luego, le tocó el turno a Leopoldo Panero:
Me celebro y me odio a mí mismo,
palpo el muro en que habrá de grabarse mi ausencia
mientras el poema se escribe contra mí,
contra mi nombre
como una maldición del tiempo.
Escupo estos versos en la guarida de Dios
donde nada existe
sino el poema contra mí.
Resta decir que tras las palabras de Panero, el director del grupo dio por terminada la reunión.