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martes, 12 de junio de 2018

Qué triste sentirse solo





Qué triste sentirse sólo, 
solo sin nadie a mi vera, 
nadie que con un beso 
de miel y cielo me quiera. 

Qué triste sentirse solo 
llorando en la primavera 
cuando florece el deseo 
y no hay sol en la ribera. 

Qué triste sentirse solo 
sudado de sol y arena 
sangrando con pies errantes 
por los caminos de piedra. 

Qué triste sentirse solo, 
mirar tu cama desierta, 
sentir tu olor en mi carne
vacía de tu presencia. 

Qué triste sentirse solo 
por dentro y también por fuera 
y a nadie poder contar 
por qué mis sueños no vuelan.

Qué triste sentirse solo 
en esta noche tan negra 
cuando estrellas y luceros 
sin tu estar se desesperan. 

Qué triste sentirse solo 
sin poder gritar siquiera 
porque mi voz y mi lengua 
contigo sufren condena. 

Qué triste sentirse solo 
sin tus ojos de canela, 
canela en rama y rocio 
ya no rezuma mi vega. 

Qué triste sentirse solo, 
¿por qué te fuiste? Espera, 
¡no ves que la noche oscura 
me traga como una fiera¡ 

Qué triste sentirse solo. 
No se te ocurra, hechicera, 
volver que te mataría 
por causarme tanta pena.

jueves, 17 de mayo de 2018

Putos versos





En otros lugares el paisaje es más franco. (Sylvia Plath)

Nunca pudo comprender que a un inspector de policía le gustase la poesía, esa poesía cursi y romantiquera, hecha a base de piropos y pedazos sueltos de frases hueras que tanto a las chicas le disgusta, salvo a esas muchachas tontas que prefieren ser princesas.

Sólo una vez ensimismado vio bajo el brillo de la luna a un guerrillero limpiar su fusil la víspera de ser acribillado por aquel dictador que se bebía la leche de las nodrizas que por las noches violaba.

Nunca pudo comprender que un jefe de prisiones escribiera sonetos enmarañados de rimas a contrapié en el zaguán de la cárcel, esos endecasílabos engolados, hierba seca que ni a los conejos de alimento les vale.

Sólo una vez, allá por la Cuba colonial, vio a un revolucionario, que tanto para contrarios y amigos, en todo momento, granizara o diluviara, rosas blancas cultivaba.

Nunca pudo comprender que aquel joven que acompasaba sus endechas con acordes de guitarra y violín, y que a todo el mundo encandilaba por su voz y su belleza, comandara al mismo tiempo el pelotón de fusilamiento frente a la tapia de un cementerio agujereado por las balas.

El agua no puede ser fuego que arrasa, ni la poesía, dinamita que mata, -se decía.

Hasta que un día, aquel que nunca entendiera que la muerte y el poema fueran huevos de un mismo nido, encontró a su amiga Sylvia Plath asfixiada por el gas con su cabeza metida en el horno de la cocina.


jueves, 5 de abril de 2018

Majestades en el trono de un váter






Anoche hablé contigo. Dejaste mi corazón triste. No es que me dolieran tus palabras, es que intoxicaste el engranaje de mi alma, los bajos del coche de mi andar a trompicones. Te quejabas de la superficialidad que nos afea y afanamos, del barro que almacenamos como fondo, petulantes:
Somos unos estúpidos. Andamos embebidos de apariencia como mariposas distraídas, sin atender a lo que de verdad importa.
En tan sólo diez minutos, -el tiempo que duró nuestro encuentro-, repetiste más de diez veces de la superficialidad su latiguillo. Yo dije algo así como que te veía metida en el estribillo de un enjambre con él que yo también a cada aleteo me enfrentaba: simpatizo con los que me caen mal, -te dije-, y me enfrento a quienes me seducen por su buen hacer y corcondancia. Hay cosas que se dicen y no vienen a cuento, pero precisamente porque nacen inconscientes, son por ello adecuadas, convincentes.

Esta mañana, después de haber dormido abrazado a tu superficialidad más íntima, me pongo a escribir un soneto a tu trivialidad que también es la mía. Todos somos, por igual casquivanos, gafes y vulgares, mierda pinchada en un palo y majestades en el trono de un váter. Y si acaso los demás se comportan de manera distinta es porque son como nosotros, papanatas y ramplones.

Espumas engreídas de apariencias
ignoran su existencia ennoblecida.
Tan grande es su opulencia enaltecida
que cubren burladora su inocencia.

Compuesta la chiquilla presumida
se afea con las cremas su hermosura.
Está más bella y linda su figura
sin darse tanto aceite entretenida.

Subióse a un alto monte la paloma
por ver si a gavilán llegar podía.
Su gracia natural con esta broma

se vio desparramada en la agonía
de un ave que por celos se transforma
en algo que a su ser no respondía.

sábado, 31 de marzo de 2018

Mi labio entre tus labios aún calientes





Si acaso fuera este
el último vivido de mis días
en paz me sentaría
dispuesto a que viniera
no sé si mi asesino o mi mesías.

Si acaso fuera este
el último rescoldo de mi invierno
yo aún avivaría
la llama mortecina
de aqueste leño mío tan incierto.

Si acaso fuera este
mi último buen trago de agua fría
en él yo bebería
veranos de colores y sudores
vividos a la sombra de un buen día.

Si acaso fuera este
el último encendido y beso dado
con fuerza apretaría
mi labio entre tus labios aún calientes
por ver si hasta la muerte
de mi se deshacía.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Dante alighierado





Cierto poeta aligerado fue un día a solazarse en Los arenales del sol. No todo en la vida es poesía, simbolismo y suerte. El dante aligerado desconocía aquel trozo de playa, cerca de Alicante. Allí se lanzó como un verso suelto sobre las páginas en blanco de un mar espinoso y nada inspirado. Las olas, al ver al vate tan dispuesto y fornido en cánticas y alegorías, corrieron saltarinas hacia él queriéndole darle un abrazo sonado y fundido de cuartetos encadenados. Y el poeta aquel, tímido y cegato como casi todos los poetas, al querer librarse de aquel idílico acoso inesperado, fue a estrellarse contra las invisibles rocas de un acantilado. Se agarró como pudo a sus artes de nadar poco avispadas. Gracias a las Musas y a Virgilio, el vigilante de la playa aquella, pudo salir a flote. Luego ya, extenuado sobre la camilla de la arena, descubrió su rodilla amoratada y toda ella ferita gravemente. Miró hacia arriba y descubrió en lo alto de unas escalerillas empinadas una gran bandiera rossa. Ya se lo decía su madre de pequeño a este vate descuidado: Bambino, has de mirar bien para todos los lados antes de cruzar la strada.

Y para dejar constancia de este incidente, aquí traigo estos endecasílabos que mi amigo el dante aligerado me pasó un día en que los dos fuimos a bañarnos cerca de unos zarzos donde él ponía a secar como pimientos la zambullida de sus poemas mojados.

Poetas embebidos de ambrosía
dijeron cosas bellas a la mar,
no creo que mis versos y osadía
consigan con sus tropos amainar.
El mar como el paisaje y la azohía
a todos de su gusto sabe dar.
En cambio para todos su manjar
no toca parecida melodía.
Por eso yo me atrevo en esta playa
decirle tonterías a la mar,
pues sé que como estas tan modestas
ninguna antología las tendrá.
Su manto deshilachado de paz
golpea en el hueso de mis piernas.
¡Por poco a mí que poco sé nadar
me fríe enterito en agua sal!

sábado, 10 de febrero de 2018

Sigue durmiendo



Niña de un año y siete meses violada 
y asesinada en Sinaloa.  
Febrero 9, 2018


Sigue durmiendo, lucero bello
mientras tu sueño sigue despierto,
islas de encanto, pájaros muertos,
ríos de estrellas sangran el cielo.
¡Triste el sendero!

Cierra tus ojos, duerme con calma,
Grita el silencio, ¡se escapa el alma!
Gran desconsuelo tiene el mañana,
luces fundidas, muerte temprana.
¡Niña, descansa!

sábado, 30 de diciembre de 2017

Es de noche en la ladera




La muchacha está triste. ¿Que le pasará a la muchacha? La muchacha ha perdido algo, algo que nunca tuvo, el cuerpo de su amor robado. En estas fechas, entre tanto deslumbramiento y sentimentalismo programado, la muchacha está triste, siente en su sexo un dolor muy grande. 

La princesa persigue por el cielo de Oriente la libélula vaga de una vaga ilusión. (Rubén Darío).

Y por mis adentros veo que también la desdicha de la muchacha es mi dolor y llanto. La joven aún no ha encontrado lo que con tanto afán va buscando. Le pregunta a Herodes, a Bécker, al mendigo del cuento de todos los cuentos, a los reyes Magos, a Neruda, al pascuero de turno, a san Juan de la Cruz... por ese recién nacido, ese lindo churumbel nonato que dice llamarse amor.

¿Dónde está? ¿Dónde estará mi amor perdido, mi Osiris fenecido? -pregunta, loca la muchacha por valles y praderas, playas y desiertos, montañas y llanos, centros de internamiento para extranjeros, puticlubs y comisarías. También pregunta a los pastores de Extramadura, al "puertas" del manicomio, a los ángeles custodios de belenes, sacristías y bancos, al espíritu santo, a todas las estrellas del firmamento, a los cipreses del camposanto.

La muchacha sigue llorando, descosida como una madalena en noche de tormenta y aguacero:
¿Adónde te escondiste, amor, y me dejaste este vacío tan hondo y tan alto en mi lecho desolado y florido? Como ladrón huiste habiéndome hasta de mí misma desposeido.
Nadie le dice a la princesa dónde tiene su manida esa fontana eterna ¿Dónde -gime la muchacha- estará mi amor escondido?

Es de noche, junto a la ladera de la Condomina. En el cielo está la luna; en la entrada, la olivera; y ahí dentro, en el salón, los amigos se recrean, dichosos, todos y a una, alrededor de un jamón con chorreras.





miércoles, 20 de diciembre de 2017

Sólo queda la esperanza




ὄμφακές εἰσιν (Las uvas están verdes. Esopo). Dicho de otra manera, o con palabras de Cora Maravillas: "La verdad es precisamente la mentira que hemos estado cultivando como si fuera la rosa más bella del jardín".



Alejada la existencia
del ser vivo que anochece,
sólo queda la esperanza
humo que desaparece,
tras la llama de la muerte,
del momento que perece.

Nuestra vida es un proyecto
malparido en el presente.
Sólo queda la esperanza
tenue huella de un trayecto,
aguarrás de un sueño ardiente
que se pierde en lontananza. 

Sólo somos un deseo,
ensenada inalcanzable,
corriente que en devaneo
anda fuera de su cauce,
entre la mar y el mareo
de este hoy que se deshace.

Si por suerte o forcejeo 
nuestro anhelo alcanzáramos,
en el instante a boleo
seríamos diseminados.
Sólo subsiste el deseo.
La esperanza que esperamos.
Somos muertos si la hallamos.
¿Y si no? ... también, yo creo.

sábado, 16 de diciembre de 2017

Lord Byron en la orilla solitaria





There is a rapture on the lonely shore. (Byron)


Byron es una olla a presión, además de engreído, es turbio en amoríos y desmanes. Deja atrás su altanería. Hastiado está del mundanal ruido. La puerta de su camarote está cerrada. Quizá lo que el poeta guarde en su interior sea sólo soledad en gaseosa ebullición, su deseo de compañía, aquel perro suyo al que él llama "criatura", bello can, sin vanidad, fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad. Nadie como el animal compensa su espíritu cansado de orgías, heroicidades y grandezas.

El teniente del barco, un tal Ekenhead, aporrea insistente las tablas de su compartimento. Cicatero y rastrero, el poeta no abre la boca por no echar a perder el sentimiento del tesoro que ingenuamente guarda: su melancolía, su desilusión. Harto del placer y del mundo, su silencio es el mejor cerrojo y centinela de su extravagancia romántica y aventurera. Byron bebió pócimas de belleza pálida en calaveras vacías. Se alimentó sólo de bizcochos. Gracias a ellos ahora físicamente está como un roble, conserva intacta la fuerza de su juventud. Tiene veintidós años. Viaja en el Salsette rumbo a Estambul. En este momento ocupado está en la composición de sus versos, Las peregrinaciones de Childe Harold. Una manera de purgar con su autobiografía su desenfreno anterior.

Byron ha quedado la noche anterior con Ekenhead. Al amanecer, ambos cruzarán a nado el estrecho. El teniente le pregunta:
¿Quién me asegura que un poeta patizambo como tú puede ser buen nadador? Quien tiene un perro por mascota, alguien que sólo busca la gloria, es incapaz de atravesar a nado el oscuro y atrevido estrecho que separa Europa de Asia y que conduce al empíreo.
Byron le recuerda ahora al marino del Salsette el mito griego de Leandro y la bella Hero. Una sacerdotisa de Afrodita vive en la orilla europea. Leandro en cambio es de la orilla contraria, la de Anatolia. Ambos se enamoran en contra de la voluntad de los padres. Cada noche los amantes se ven en secreto. Hero encendía una gran hoguera, el faro que guiaba a Leandro llegar a nado a la orilla opuesta. Noche de fuerte oleaje y tormenta, Leandro se ahoga en la travesía. Hero, al encontrar muerto en la costa a su hermoso amante, desde la misma cima del acantilado donde aún el fuego, su misterio encendido, se eleva dibujando en el cielo bosques sin caminos, se arroja al mar muriendo también en el acto.

Byron quiere emular al legendario Leandro griego. Hay un éxtasis en la orilla solitaria. El silencio, su sigilo vigilante, garantía inexpugnable del misterio de su soledad. Se pregunta:
¿Puede un poeta y romántico y casquivano como yo ser amnistiado y pasar a la historia sólo por un verso digno de ser copiado por unos jóvenes atortolados, allá en el siglo XXI?
El teniente Ekenhead golpea con mano de hierro la puerta del camarote del poeta. Byron no contesta. El poeta, (ayer, extrovertido; hoy misántropo). Encerrado está en su santuario, quiere salvar no sabe qué cosa. Cualquier palabra, cualquier interrupción quebrantaría el encanto, rompería el hechizo, ahuyentaría el sentimiento, velaría la realidad, desmitificaría, limitaría el infinito que busca, desdoblaría la unidad ansiada, reduciría la verdad a un simple código de barras. Su verso sería como la exigua cubeta incapaz de almacenar el agua inmensurable del mar de Hele. El poema sería el estuche cerrado donde la flor más crujiente, olorosa y viva se asfixiaría.

El marino insiste, recurre al engaño:
¡Tu perro, poeta, se ha caído a la mar!
Byron al oír que su perro, aquel terranova colmado de todas las virtudes del hombre y ninguno de sus defectos, está en peligro, deja a medio su poema de frustración y desengaño, sale de su ostracismo, de su fiebre eterna, y grita:
¡Ordene, tenientedetener ahora mismo el barco! ¡Rescate por Dios a mi perro!
El teniente, satisfecho de la reacción del poeta, contesta:
¡Imposible por un simple animal parar máquinas!
Fue entonces cuando desde la borda del Salsette, Byron se lanzó al escarpado mar Dardanelos. Y sabemos por Written After Swimming From Sestos To Abydos que el poeta nadó por amor, acompañado por el teniente Ekenhead. Lo que ignoramos es, si una vez alcanzada la orilla solitaria con éxito, Byron encontraría allí a su mítica Heros, o lo que es lo mismo a su querido perro Boatswain.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Pedorreas metafísicas





Las pedorreas metafísicas de la luna en flor.

El lirismo, la belleza, la esencia, el enigma, la magia, así como la ironía y la mala leche de un poema no está en su ritmo, ni en la métrica, sinalefa o concordancia. Que no tiene pie ni palabra un buen verso para andar por casa. La poesía son las pulsaciones del hígado y del alma, pasos desprotegidos, despojados de argollas y de forma bajo un cielo al descubierto.

A media noche salgo a la luz de la luna en flor con mi ganzúa a hurgar entre los contenedores del barrio. Busco algo de provecho, algo con lo que trapichear mi indigencia con las sobras de los vecinos: un despertador averiado, las cartas de Camus a María Casares, la cabeza de un pichón descuartizado, el llanto de la muñeca de Kafka, los manuscritos del Mar Muerto, la magdalena de Proust. Ya lo dijo Jean Paul Sartre: El uno no es posible sin el otro.

Tengo por costumbre aprovisionarme de avíos para el día, precisamente en el intermedio hipócrita de la noche, dos horas antes de que amanezca. En ese interregno (¡ay como me gusta este vocablo desapoderado de un estado soberano que lo gobierne!), me siento el Gran Rapsoda del Parnaso. Sin la presencia del portero oliscón del edificio azul de la calle mayor, sin la impertinencia de los barrenderos del alba, sin la mirada provocadora de doña Virtudes, la gata del balcón tras el otoño de su parra virgen amoratada, me es más fácil la inspiración, fuente de mi intendencia poética.

Destapo y husmeo en el primero de los tres contenedores de la Plaza del Papa. Meto el gancho. Pincho algo sustancioso. Tiro hacia arriba con mi pico afilado. Asombrado quedo delante del botín recién flameado. ¿Un tetrástrofo monorrino, un sexteto, una redondilla? ¡Qué sé yo! El hábito no hace al monje. El brillo del sabor que despide la presa no es un brillo cualquiera. Por lo menos hasta ahora ningún destello como éste me había cegado tanto. Una vez en mi cobertizo, lo examino detenidamente, sentado frente a la mesa de mis sondeos y reciclajes. Se trata del alma de la señora del cuarto A, doña Virtudes. La señora del pámpano verde, sintiéndose culpable de la muerte de su marido, arrojó al contenedor de la basura las tres cuartas partes de lo que quedaba de su alma. Y allí estaba yo, este buitre hambriento de celestiales despojos aterciopelados.



viernes, 3 de noviembre de 2017

Girasol ciego (José Manuel Huete)




Dudo casi siempre de la objetividad y validez de mis impresiones acerca de lo que leo y reseño. No soy titular de una formación académica estrictamente literaria. Mis comentarios, además de imprecisos y equívocos, suelen ser consecuencia de mi estado de ánimo, de mi experiencia comparada, de mi formación e influencias sobrevenidas. La valía o importancia en sí de los textos, que a mi discutida solvencia o consideración llegan, sólo están a salvo fuera de mi consideración timorata e inconsistente. Y si además, los escritos, objeto de mi atención, son de poesía, (género tan personal y emotivo), pues mucho más son mis titubeos.

Pero, no es este el caso al que ahora me refiero. Tengo entre mis manos un ramillete de poemas de José Manuel Huete, que la Revista Molínea ha tenido la gentileza de mostrarnos en su último número (49).

Hasta este momento yo no conocía de nada a este hombre. Vinieron sus hermanas a la Tertulia de los Miércoles, al Centro Social, El Jardín de Molina de Segura, a leernos algunos de sus poemas, (Ofrenda, El tiempo de la palabra, Cuando muere un poeta, Desde dentro, Horas estrechas…) También vino él; no en persona, (hace poco que ha muerto). Pero sí vino con su jarrón de imaginación y fantasía a deleitarnos con el aroma de su Poesía, con su palabra, ese manto que nos protege y abriga, que nos devuelve a las horas de la inocencia.

Hay muchas razones por la cuales los comentarios sobre mis lecturas pueden no ser acertados. Pero, cuando alguien a quien no conozco, (y aunque lo conociera), me habla desde el otro lado de la vida, entonces sí; su voz, al pasar por el crisol de la ultratumba, adquiere para mi cuasi un valor revelado. Por nada del mundo me atrevería yo poner en cuestión parecer tan trascendente, venido del más allá. Nunca los vivos me hablaron con mayor claridad que una vez muertos. Y si este poeta al que me refiero, autor de Las pestañas del girasol, padeció además de ceguera, mayor motivo para creerme a pie juntillas lo que de los labios de su mirada florece.

Y es por eso que ante esta extraña circunstancia, (por inusitada): los versos de un poeta muerto, hoy al menos me abstendré de enjuiciamiento alguno. Tan sólo me limitaré a transcribir algunas frases de la dulce, limpia, amable, tierna y apasionada brisa de los poemas de Huete, este hombre con alma de otoño, acomodado en su melancolía, a quien le gustaba pintar sus horas de colores: horas verdes, horas rojas… horas grises, horas pálidas, horas que a tan sólo a un paso de lo eterno quedan:
Ahora que todo se acaba, deja que el corazón se cobije en la calidez de un poema. Ahora es el tiempo de vestir el alma desnuda.
No te preocupes por las hojas secas que en las esquinas se van arremolinando que sólo son el yo que para seguir el camino me están sobrando.
¿Cómo impedir que el olivo se retuerza, si a su espalda le duele la vida?
Hay un sueño al final de cada escalera.
Es el ahora, la irreverencia de no ser nada. Quizá el tiempo en que seré para dejar de ser. Mantén atado a tu piel el último abrazo.

Quizá es tanta la distancia entre nuestras almas que la palabra no nos alcanza.
 Ahora cuando seas la lluvia que a raudales repica en mi ventana, deja que sean mis manos las que enjuguen tu cara.
Y tras releer este racimo de bellos sentimientos, celebro haber encontrado un nuevo amigo, a quien le agradezco hacerme partícipe del pan y la sal, la dulzura y el arrebato, la sensualidad y el rocío, la tristeza y suave transparencia de su palabra dada y domada. Tarde, pero acertado.

domingo, 22 de octubre de 2017

Que me entierren donde quieran






A mí lo mismo me da
que me entierren donde quieran,
aquí, allí o acullá
o donde el mundo se quiebra.

Para hacer crecer la siembra,
¡cavad en la oscuridad 
despojada de bandera, 
desprovista de reyerta, 
vacía de ventolera!

¡Mirad la flor del trigal!
Nadie la vio tan señera, 
tan fresca, viva y veraz.
¡Dejadla tal como está!
si no queréis verla muerta.

A mí lo mismo me da
que me velen en euskera,
en murciano o en catalán,
que me enciendan cien mil velas.

Con tal de morirme en paz
que me entierren como quieran.

domingo, 15 de octubre de 2017

La luna por el suelo




La luna por el suelo,
se arrastra, cierva herida,
en noche desteñida
buscando su consuelo.

Cipreses como credos,
suplican de rodillas
a un dios de apostasías,
tullido y chapucero.
Al bueno del sendero
se le acabó la huída.
Tampoco al jardinero
le quedan más semillas.

Amor, querida mía,
echáronte del cielo.
No encuentra su guarida
la luna por el suelo.

miércoles, 2 de agosto de 2017

A qué huele un ditirambo




Para qué quiere leer Platón Las siete reglas del Buen Verso de Cristiano Ronaldo, si el filósofo no quiere ser poeta. Odia al nuevo y renacido poeta lusitano por su misantropía y futlilidad. Lo detesta por su egolatrismo, irracionalidad y entropía, por no dar la cara a sus aficionados cuando pierde en la cancha del juzgado. Lo aborrece por su clavel encendido en el ojal de su chaqueta, por sus pajaritas de lunares, por sus puñetas de gemelos de plata, por sus bíceps de betún engominado.

Aunque eso sí, Platón se desvive, se desgañita y esgarra por los mismos gustos que el poeta. Ambos firman antologías, participan en certámenes, fuman yerba por las orejas, llenan ateneos y librerías. Recorren ágoras y avenidas con versos de amor subido, líricas soflamas como sudaderas. Se anuncian en las redes y, hasta en plazas de toros recitan versos de pie quebrado. Los semáforos de la ronda-centro declaman sus regates y estrofas a peatones, vehículos y mascotas. Los jugadores de la petanca, los alumnos de la escuela de baile, hasta los caballeros de la orden de los lanzadores de huesos de oliva llevan serigrafiado en sus dorsales los mejores hexámetros de Homero. Ya lo dijo Zuckerberg el siglo que viene será yotubero o no será.

Pero tanto Platón como el resto del círculo de poetas, (incluido Ronaldo) no han probado, no saben a qué huele un ditirambo. Será que ambos son del mismo club, el equipo del mercado. Dime lo que más odias y te diré cual es el mejor sueño que duermes.

El frontispicio del edificio de Hacienda saluda a los contribuyentes con la célebre frase de Quevedo Segundo: La cartera es la lengua del alma. Trastorno esquizoide de la poesía enlatada -llama Platón-, a esta manada tuitera que se extiende urbi et orbi corriendo tras el dinero desde la senectud hasta la infancia. A mayor glamour poético y negocio coplero, menor la enjundia de sus versos.

Nunca como hoy cantaron tanto los poetas, -repite Platón desde su cueva-, sin haber cantado nada. Según Platón, ser poeta en un mundo engañosamente racionalizado por la cultura de la pasta es una mierda. Los poetas, según el filósofo griego, dicen muchas cosas bellas, pero jamás llegan a comprenderlas.

Platón le dice esta noche después de cenar al futbolero:
Siendo yo un hombre tan dado a las soledades de las sombras, ¿por qué odiaré tanto a  poetas como tú, mi amigo Ronaldo?
Cristiano, que a la sazón escucha muy pegado a la rendija de la luz de la caverna, el foso de reptiles de la Agencia Tributaria, le contesta al filósofo de Grecia con una de Las siete reglas del Buen Verso de su autoría:
O que incomoda as pessoas é o meu brilho, insetos só atacam lâmpadas que brilham.

viernes, 28 de julio de 2017

Como un gusano sobre un anzuelo




¿Cómo es posible reír en medio de tanta tristeza?
El coro cantaba, reía, bailaba, enaltecía los ánimos de un público que, contagiado, se unía a la fiesta, desinhibido, ajeno al ridículo, inconsciente de su inminente condena. Hasta una mujer, entrada en años, a la que yo siempre había tenido por mojigata y rancia, la vi haciendo insinuantes gestos lascivos a un joven que a su lado estaba. Terminaron los dos abrazados en medio de la pista al compás de Bird On The Wire que el grupo parecía tocar sólo para ellos. Al menos ellos así lo creerían por el tierno acaramelamiento que yo vi en sus gestos y miradas. Me acordé entonces de los suffies, esos místicos danzarines, que a base de dar vueltas sobre sí mismos trascienden en vuelos espirituales, ajenos a la gravedad o a cualquiera otra ley social, cultural o religiosa que encadenarlos, sujetarlos quiera a las limitaciones de la materia, el tiempo o el espacio. Me acordé también del Titanic, de sus tripulantes. Estos al menos ignoraban el final de su tragedia.

Yo me seguía preguntando:
¿Cómo es posible bailar estando el cielo tan anubarrado y revuelto?
Todos seguían allí, en medio de la dicha, eufóricos, contentos. El que no aplaudía, vociferaba. El que no bailaba, con sus pies sacudía el suelo para que también las piedras y el cemento ovacionaran a los músicos:
Como un pájaro en un cable
Como un borracho en un coro de medianoche
He intentado a mi manera ser libre
Como un gusano sobre un anzuelo.
Quise gritarles:
Imbéciles, insensatos, ¿cómo podéis divertiros en la víspera de vuestra propia ejecución? Mañana, antes del amanecer, un senderista anónimo encontrará vuestros cuerpos tiroteados junto a la pared de un cementerio.
Nadie me oyó, puesto que de mi boca cobarde y llena de lágrimas no salió ninguna palabra de alarma, tampoco de ayuda. Pero todos ellos me contestaron con aquellos versos del poeta:
Que nos acoja la muerte
en medio de copas llenas...

martes, 21 de marzo de 2017

El hombre que ella quiere aún no ha nacido





A Eugenia, esta mañana la despierta la primavera con sus campanas de verde. El rojo de la flor incipiente del melocotonero enjuaga su cara, su sombra enciende. Sus ojos escancian el aleteo de la abeja sobre el azahar inconfundible de los naranjos.

Todo para María Eugenia Vaz Ferreira está divinamente en su sitio:

La higuera, resucitando a la sombra de los cipreses; las soterradas raíces del nabicol, luciendo grelos prestos para el caldo de la suculenta comida del mediodía. El humilde y crujiente vinagrillo, vestido de relucientes neones amarillos. La manzanilla, ayer tumbada por vientos violentos, hoy resplandece de paz blanca acampando sobre su vista encandilada.

Hasta ese gorrión inquieto, que ayer no paraba un momento fabricando su nido de estrellas matutinas por venir, posa tranquilo esta mañana sobre el alero modesto de las tejas azules y protectoras del cielo. Mariposas de purpurina bailan alrededor de la corteza por desangrar del albaricoquero. La huerta entera es un zapateado de pasodobles y mazurcas. Cada tonalidad en su clave ajustada. Si el diente de león suena por bulerías, las collejas, burbujas a reventar, se inclinan bamboleantes, aretes en las orejas de los surcos sonoros y tiernos de la tierra en calma. La verdolaga inicia su lingual rastreo de alfas y omegas por las horas húmedas de los ribazos aún calientes y enamorados.

Todo está como corresponde. Sólo María Eugenia no está en su sitio. Su agujero, en el vacío. Vacío lleno de ansiedad y angustia que la recome en el infierno de lo que no tiene y desea: su novio ausente.

En la veleta, en la parte más alta de su pensamiento, da vueltas su destino abyecto, en desequilibrio incierto, mutante y frío, la cruz de la quimera, sin tocar jamás la carne de la vida. El agua corre alegre, abundante y ligera por los brazales, pero su riego no toca ni alcanza su corazón soltero y yermo. Como el canto de la rana en el fango sepultada, María Eugenia se muere de ganas por el hombre que quiere y aún no ha nacido. 
Todo está como Dios manda
divinamente en su puesto,
solamente mis dos brazos
vacíos quedan, mi dueño...
(El novio ausente de María Eugenia Vaz Ferreira)

martes, 14 de marzo de 2017

Plato de callos sin mondongo





No recuerdo bien si le sucedió a César Vallejo, a Valente, a tí lector, o a mí, de andrógenos literarios falto y de melifluos cambrones sobrado.

Aquel escritor disfrutaba con acceder al conocimiento profundo de las palabras, le gustaba hacer el amor con las letras. Penetrar en el cuarto oscuro del sustantivos y del verbo era para él su mejor orgasmo. Aparearse carnalmente quería con los nombres. Conocer a Eva, según el Génesis. Degustar la miel de la honda anatomía de las palabras, su mayor deleite y pasión. Levantarles (a decir de Ángel González), las faldas con sus dedos, mirarlas desde abajo, morder sus piernas ágiles.

Pero una noche de luna llena, a la hora de hacer el amor con una determinada palabra, aquel escritor se sintió impotente. Delante de él, se paseaba la palabra a oscuras, sugerente. Se acostaron. Ella no daba su brazo a torcer, se hacía la interesante. Al escritor se le resistía su comprensión y lectura. O tal vez la palabra no estuviera interesada por las protuberancias librescas de aquel hombre pluma, por considerarlo un tanto corto de vuelo, pedante y de gatillazo fácil. Lo cierto es que el escritor, siempre tan ilustramente enamoradizo, en aquella ocasión, se lió a broncas con la palabra, pues ésta no le daba lo que él buscaba o quería.

A su lado, la inmensidad o la poquedad de aquella locución en carne y hueso escrita, resultó ir más allá de sus pretensiones. Da lo mismo no encontrar un objeto por su pequeñez y menudencia, que verse desbordado por la grandiosidad de una palabra imposible de cubrir o ser cogida. ¿Magnificencia o insuficiencia? No sabemos. ¡Qué más da! Para el caso era lo mismo: supina infertilidad comprensora entre ambos. El hipotálamo inspirador del escritor cerrado quedó a cal y canto. O lo que es igual, (repito), aquella palabra por determinar tal vez fuese una quimera sin fundamento alguno.

Luego, amaneció el día con esa bruma inmensa y densa, propia de un diccionario emborronado, tras una tarde de calor en pleno invierno. De nuevo el escritor miró a la palabra que aún yacía en la cama, tapada con aquella sábana azul que la cubría de pies a cabeza. Nada de su intimidad gramatical y semántica fue desvelada. El escritor, al igual que la noche anterior, analfabeto siguió, sin poder degustar los encajes y encantos interiores de la palabra.

Al ver que el término en cuestión no le respondía, (incluso el saludo le negaba, su eco no retornaba), el escritor se volvió loco. Le ocurrió lo que al esquizofrénico cuando se mira al espejo y descubre que enfrente, en el cristal no está su imagen. Él, que siempre había creído conocer todos los nombres, se las vio moradas y negras, más perdido que Carracuca. Antes de encontrarse con esta palabra anónima, él solía decir: Nada puede existir que no tenga nombre.

Llegó después la noche siguiente. La misma aparición. La palabra de nuevo junto al escritor. Otra vez el chasco y la cerrazón. Pero el escritor, en lugar de encolerizarse al igual que antes con la palabra esquiva, cambió de táctica. Trató de serenarse. Se acercó acarameladamente a la palabra, tratando así de iluminar con caricias y ternura su lenguaje limitado. Fue imposible. Así que, después de intentarlo todo, el hombre acabó admitiendo su nominal incapacidad para ciertas situaciones del habla y el entendimiento.

Y esto fue lo que por fin le oí decir, no sé si a Valente, a César Vallejo, a mí, o a tí, querido lector, cuando nos encontramos con una palabra fantasma:
La lengua no siempre basta ni vale para dar nombre a las cosas. El lenguaje tiene su propio veto, su limitación. Hay espacios de realidad, relatos, palabras que como espectros vagan ante nuestro conocimiento, sin poder ser nunca desvelados. Otra cosa es que recurramos a la poesía, a las metáforas, para compensar nuestro negado lingüístico; pero, tanto en un caso como en otro, deberíamos dar por sentado que un poema nunca podrá sustituir la propia indefinición por esencia. Nos movemos en la confusión entre la realidad y la fantasía, entre un asado de manzana sin manzana, o entre un plato de mondongo sin callos. Pues como dijo Bukowski:“Bueno, me muevo entre la novela y el poema y el hipódromo y sigo vivo” .

domingo, 12 de marzo de 2017

Brevedad





Cada sol repetido es un cometa 
(Luís de Góngora)

El agua del arrollo
la miro y ya se ha ido;
no puedo complacido
parar su dulce coro,
tenerlo retenido.
Las mieles de mi boca,
la lumbre de la hoguera,
la flor en primavera,
el silbo de la roca
no es nunca lo que era.
El niño que en la calle
apenas un momento
jugaba tan contento;
ahora está en el valle
cavando su aposento.
Mil siglos de una estrella
en un salto de grillo,
de rojo al amarillo
se esfuman, y a su  esfera
la dejan sin su brillo.
¿Qué corto es el placer!
Te tiras una vida,
venida tras corrida,
sediento tras de él,
¡y un soplo es su bebida!
Las tierras que mi abuelo
sudó con la labranza,
las nubes en venganza
en un simple revuelo
segaron su esperanza.
La vida es un vestido
que estrena nuestro cuerpo,
así lo tienes puesto
un charco en el camino
lo enfanga sin pretexto.
¡Qué breve es el camino
del trigo y de la avena!
El oro de la era
se pierde en el molino.
¡Qué vida tan ligera!

jueves, 9 de marzo de 2017

Pushkin




Quería yo expresar con palabras alegres la tristeza existencial que por aquellos días me corroía. Y de la mano de Dostoievski fui llevado a casa de Aleksandr Pushkin. Me ocurre muy a menudo. Las historias, los personajes, los temas y mensajes de mis lecturas forman en mi mente un cóctel que, luego al recordarlos, nada se parece a lo que sus autores escribieron. Y el de La dama de picas me dijo entonces, cuando fui verle a San Petersburgo:
Le pesan las fiestas de este mundo
se aparta del rumor de la chusma,
y no inclina su altiva cabeza
al pie de los vulgares ídolos;
y huye, salvaje y rudo,
lleno de sonidos e inquietud
hacia las orillas de los mares desiertos,
hacia los amplios y resonantes bosques.
Tras la melancolía y el desprecio por los bienes de la dicha y el placer ¿acaso no escondía el poeta lo más cruel y pernicioso de su idolatrado egoísmo?

No supe entender bien lo que Pushkin quiso decirme con el poema De sed espiritual atormentado. Yo me quedé con la interpretación de su forma de hablar, más que lo que con sus versos me decía. Y esto es lo que me pareció escuchar de su musicalidad poética:  
Tras el desprecio de las cosas, tal vez taimada se encuentre la calma, la feliz tranquilidad de la inactividad, ese vacío del ánimo que todo mortal necesita, si quiere saborear el azúcar de la vida, la verdad de la muerte.
Y noté a Pushkin extrañado, al ver que la idea que yo tenía de su jovialidad, frescura y buen humor se me iban de la cabeza. Cambió entonces el pie ascético de su poema, y en un tono más suyo y dionisiaco, añadió:
Que nos acoja la muerte
en medio de copas llenas...
Pushkin estaba herido. Le quedaban dos días de vida. Había sido batido en duelo por salvar el honor de una mujer de moda, su bella esposa Natalia, que le arrebató la soledad que necesitaba para escribir. Y el hombre aquel al que le encantaban la juventud jovial, el bullicio, el lujo, la alegría, los atavíos complicados de las damas y sus piernecitas, le oigo ahora susurrar, por boca de Eugenio Oneguin:
Se enfriaron mis sentidos, me cansa el mundanal ruido, los amigos y la amistad me aburren, me fatigan. No siempre se puede regar el bistec y el pastel de Estrasburgo con una botella de champaña.

martes, 28 de febrero de 2017

Aula Magna






Un niño mudo me dice
que me calle, que ya sabe
cómo se dice esa frase
que a mí de placer me hechice.

Una niña ciega admira
el color de la mañana
y es tan clara la alborada
que en ella el mundo se mira.

Niño cojo no camina,
pero corre por el río
y antes de que yo dé un brinco,
él ya ha llegado a la orilla.

Un niño sordo no habla
y en su mirada preclara
veo yo el mar a sus anchas
sembrado de voces blancas.

El niño mudo que habla,
el cojo niño que anda,
el otro sordo que oye
y la ciega de esmeralda
maestros son de mi alma.