viernes, 9 de enero de 2026

Roscones con habas



Fui a la biblioteca para donar unos libros a cambio de ver colgada mi egolatría en el altar de sus estanterías. Y al salir de tan letrada y transparente basílica, me quedé impresionado del gesto modesto de un hombre cualquiera. Vestía bien, pulcro, sin colorido ni afeites. No olía a desodorante de salvia. No parecía ningún estrafalario, uno de esos chiflados excéntricos a quienes no les importa hacer el ridículo en plena calle mayor, después de unas festividades hartas de luces beodas y roscones con habas.

Me acordé de aquella otra escena de una biografía, Il Poverello d’Assisi, que yo leía en mi infancia piadosa, en la que se contaba el arrebatado impulso de Pietro Bernardone, un joven radical y convencido que renunciaba a su herencia y a su fortuna en favor de los desheredados. Y en plena plaza de Asís, (el que mañana se llamará Francisco), se despoja de todas sus ropas y pedrerías, quedándose completamente desnudo ante un obispo escandalizado, delante de su acaudalado padre ofendido, frente a nobles, mujeres, niños y curiosos, (tal como lo viera Giotto, aquel pintor florentino de la baja Edad Media), sin importarle nada el qué dirán. Todo un performance comprometido y realista, en aquel pretérito y recatado siglo XIII, al estilo descarado de esas atrevidas mujeres en topless de hoy, que reivindican la igualdad de género o cualquiera otra causa justa.

El hombre anónimo, que al principio me referí, ese que vestía formal y no se diferenciaba de ningún otro hombre, se detuvo bajo un árbol de la acera, se acobijó bajo su sombra. Dejó el móvil en el suelo, miró a lo lejos con parsimonia el horizonte, como si visualizara una presencia invisible, sagrada, y así ser contemplado y querido por esa visión callada y protectora que él creía que le amaba. Se situó correctamente en el espacio, en su sitio debido, como hacen los animales antes de disponerse a dormir, y hacemos también los humanos, que nos giramos sobre nosotros mismos, hasta encontrar esa postura digna y equilibrada antes de emprender una acción importante, como el soñar en medio de una noche oscura con ansias en amores inflamadas. Y una vez que este hombre normal se aseguró bien que su posición era la correcta, se descalzó, al igual que Moisés lo hiciera al pisar el monte santo, colocó sus zapatos en perfecta simetría junto a él, hincó sus rodillas en la dura baldosa, echó su cuerpo adelante, de manera que vino a tocar con su cabeza el suelo. Contemplé con cierto recelo su inusual postura: su cuerpo, en ángulo agudo abatido sobre la superficie, la Línea de Tierra, el duro pavimento de este mundo atravesado por la verticalidad de la proyección de la luz del mediodía. Y vi su figura proyectada sobre las cristaleras de la Biblioteca municipal de la que yo acababa de salir. Admiré su noble gesto de inteligente humildad. Humildad postrada, pero engrandecida y llena de espiritualidad. Un gesto impropio de un hombre normal de nuestra época.

No miré la hora en mi reloj, pero debería ser cerca del mediodía, esa hora misteriosa que los españoles llamamos siesta. Lo supe por la posición del sol, que caía perpendicular sin dejar que sombra alguna enturbiase ese momento. Ese momento sublime del día, quizá le trajera algún recuerdo, una indicación misteriosa. Y en medio de la calle aquella, entre los peatones a lo suyo, los niños alborozados con los juguetes que ayer unos reyes tuneados les pusieron al pie de una chimenea apagada, las amas de casa subiendo malhumoradas la cuesta de enero, la Avenida del Chorrico..., yo me maravillé de ver a este hombre libre, sin retraimiento alguno. Y me acordé de Adil, un viejo amigo que había venido a pasar con su mujer y sus tres hijos unos días a nuestra casa de la huerta. Al yo preguntarle cómo es que él sabía en todo momento dónde debía debía mirar y colocarse para sus adoraciones diarias del Salah, sacó su móvil y me mostró una aplicación. En la pantalla aparecía una circunferencia de la que de su centro, una flecha, después de oscilar unos instantes, se detenía, apuntaba un punto preciso. Y Adil, señalando por encima de la palmera que da allá por donde el sol cada día se levanta, me dijo: 
Allí donde la aguja señala ese punto del hemisferio solar, allí está la Meca mía, el Belén vuestro, la luna de Buda, el Muro de los lamentos de los judíos, y este templo al aire libre de una Tierra dadivosa espléndida para todos.
Y tanto entonces, cuando mi amigo argelino me reveló la generosa sacralidad de la tierra en aquel punto concreto en el que él se postraba para hacer sus adoraciones diarias, como ahora, al salir yo del templo de los libros, y ver a este otro hombre normal, de rodillas sobre el asfalto, agradeciendo no sé a quién, ni por qué, ni qué cosa, recobro yo el sentido del sinsentido de este tiempo y de este mundo que se ha roto completamente, que ha perdido la conciencia y la cordura, el derecho natural, su vínculo entre el pasado, el presente y el futuro, su discernimiento, ¡Ay pobres de nosotros, que ya no sabemos distinguir el bien del mal! Y como aquel poeta de Tierra baldía yo también me pregunto hoy: 
¿Por qué las raíces de los árboles ya no arraigan, ni sus ramas, ni sus hojas crecen hacia el sol que las alimenta y las guía?

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