martes, 3 de febrero de 2026

Sólo es nuestro lo que perdimos

 



A veces me pierdo por textos distintos, que no tienen nada que ver con lo que en ese momento estoy leyendo. Sí, distintos; porque son otros los temas que me sorprenden y atiendo. El libro que un autor escribe no es el mismo que el lector tiene en sus manos. Y me extraño como se extrañaría una rata que en lugar de un ratón pare un encantador minino.

En el libro que ahora tengo en mis manos, (Tras el cristal), de un tal Platero Nogués, se cuentan las incidencias de una mujer encerrada dentro de una gran caja transparente, en plena Avenida de la Gran Vía, y a la vista de todo el mundo. Y esta lectura me transporta a mi infancia.

Vivía yo tres manzanas más allá de aquel fotógrafo. Tenía su estudio en la calle nueva. Me cogía de paso siempre que iba a ver a mi abuela. En la puerta de la casa del retratista, una placa de metal con letras doradas decía Fotos Tani. Dentro de un escaparate de cristal, colgado a media altura de la fachada como reclamo para clientes, exhibía sus mejores retratos. Y cada vez que por allí yo pasaba, me detenía en una de sus fotos: la de una niña vestida de primera comunión, con su cestita de flores, sus calcetines blancos, su blusa de lana recién estrenada con todos sus botones abrochados. La contemplaba una y otra vez; y veía que sus ojos me miraban directamente, como agarrándome. Al notar su insistencia, cambiaba mi ángulo de visión y me colocaba en el otro extremo de la fotografía, y observaba para mi sorpresa, que la niña no me quitaba los ojos de encima.

Al principio todo fue un juego, un juego de niños que me tuvo enredado mucho tiempo. Yo escapaba rápidamente de su mirada, me colocaba en otra posición, pero no había manera. Sin ella moverse un ápice, sus ojos de papel bromuro enseguida me daban alcance. Y su mirada se posaba fija en mí, como si aquella fotografía estuviera viva. De haber sido yo un poco mayor hubiese creído que todo aquello se debía a la refracción de la luz a través de aquella caja de cristal, pero dada mi corta edad, yo por aquel entonces no comprendía las leyes físicas de la óptica. Y así fue como prendado quedé por el insistente mirar de aquella niña tranquila y hambrienta, con ojos como panes benditos en las fiestas de san Blas. Y revestí mis sueños con sus penetrantes ojos, su barbilla y sus labios de satén bien configurados, su amelocotonada faz, la seria inocencia de su edad, su estampada frente luminosa, su cuidadoso peinado.

Mis padres luego se marcharon como todos los veranos al sur de Francia, y allí estuvieron casi tres meses trabajando en la recogida de la fruta. Yo me quedé en casa de mi abuela, separado con todo el dolor del alma de la niña del retrato. Cuando mis padres regresaron, de nuevo ya en casa, lo primero que hice fue ir a ver la foto de la niña, me pasé por la puerta del Tani el retratista. Pero para entonces la niña ya no estaba en la caja de cristal de aquel escaparate. Y a aquella niña perdida de mi infancia le debo hoy mi identidad. Hasta entonces yo no era algo diferente de mi madre, de mis hermanos, de mis amigos. Fueron los ojos vivientes del retrato de esta niña, los que posándose como una mariposa en la flor tierna de mi corazón naciente, me definieron como ser diferenciado del resto del mundo. Ya lo dijo Pedro Salinas: 

Cuando tú me elegiste 
-el amor eligió- 
salí del gran anónimo 
de todos, de la nada.

Y tras el paréntesis de este recuerdo de mi niñez, regreso de nuevo a la lectura del libro Tras el cristal de Platero Nogués, donde precisamente leo aquella cita tan nombrada de Borges: Sólo es nuestro lo que perdimos.

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