sábado, 17 de octubre de 2026

El día en que las izquierdas perdieron el don de gentes


 

Cada día, los sacerdotes examinan minuciosamente el Dharma y cantan sin cesar sutras complicados. Sin embargo, antes de hacerlo, deberían aprender cómo leer las cartas de amor enviadas por el viento, y la lluvia, la nieve y la luna. (La Nube loca).

Anoche, sentado delante del  oráculo de los conjuros, y antes de que acabara el plazo para presentar las coaliciones al 29N, vi como un pedazo de luna quedaba atrapado entre las espinas de una rosa. Y en el botiquín de mi alma no encontré moquero alguno que mis lágrimas secara, ni tiritas ni gasas que las heridas de mi confusión y desaliento curaran. ¿Hasta dónde debe alcanzar la eclosión de una desgracia, la maledicencia de una profecía para que los políticos de corazón se enteren de lo que vale un peine?

¿Acaso la vida no es eso, esperar la muerte, ver cómo morimos mientras vivimos? La vida es una vela. Vivir es sentir la luz de esa llama que se consume poco a poco. O como decía Celine: un cabo de luz que acaba en la noche.

En toda historia, pronóstico o fabulación mediada o sentenciada por la esfinge, por muy triste y oscuro que sea su vaticinio, hay una luz que, aunque no vislumbremos su llama, siempre queda la esperanza de que la lumbre prenderá, una vez que hayamos traspasado el túnel.


lunes, 12 de octubre de 2026

Españolear

 


Hispanizar, colonizar, conquistar, son verbos transitivos de dominación y prepotencia. Hablar de descubrimiento tampoco es cierto. La viña ya echaba uvas antes de que Noé catara por primera vez el vino. Es el alba la que me despierta todas las mañanas y no al contrario; que no huelo yo la flor si antes el rosal no me alarga su mano.

Celebrar la fiesta de la Hispanidad no es hacer un paréntesis en nuestra historia, y volver a los tiempos en los que el cardenal Gomá nos advertía en su “Apología” de los peligros de perder las esencias del alma española. 

Celebrar la Hispanidad no es pasar por alto los 60 millones de indígenas que murieron durante la conquista de América.

La defensa de la Hispanidad en el pasado siempre estuvo en boca de los defensores del inmovilismo más arcaico. Hispanidad no es decir que no hay otro credo que no sea el nuestro. Tampoco convocar actos de reparación y desagravios en favor de la monarquía.

Hispanidad no es una españolada, que no es presumir ni españolear, ni andar por ahí diciendo que la mayor cosa después de la creación del mundo fue el descubrimiento de las Indias.

La Hispanidad no es una cesta de votos. Recurrir al tremendismo, enarbolar la abstracción vacía de los valores patrios, cacarear la unidad en lo universal y no aceptar los hechos diferenciales de cada nacionalidad o región, volver de nuevo al lugar común de aquel “espíritu nacional” de infeliz memoria.

La Hispanidad no es un patrimonio en manos de la reacción o el catolicismo. Hispanidad no es regresar a un régimen de cristiandades, en el que Catolicismo era la religión oficial del Estado. Según el Artículo 16.3 de nuestra Constitución, España es hoy un estado aconfesional. Y deberíamos cuidar las ostentaciones y alardes que en materia de religión pudieran o herir otras sensibilidades de nuestra multicultural ciudadanía. 

La Fiesta Nacional, hoy bien debería ser una efemérides para alegrarnos del mutuo enriquecimiento étnico, inclusivo, integrador y mestizo, un acto de justicia, de reconciliación, pedir perdón y contribuir con el reparto distributivo desde una política de inmigración más humana frente a los desafueros cometidos en el pasado y consolidar las base de un nuevo mundo para todos.


martes, 6 de octubre de 2026

Carrera de relevos



Lo terrible no es malo, sino el principio de lo bueno.

El día se cierra en alaridos espesos de nubes negras. A estas horas, a la tarde ya no le quedan fuerzas para hacerse con la poca luz que le queda. Pronto será de noche, verdadero vacío de un cielo perdido, la vida truncada de una joven muchacha. El firmamento duerme ayuno de estrellas. Y en la curva de un camino luce impávida la mentira de una farola irresponsable que no ha podido evitar que el cuerpo de la joven quede atrapado en un accidente de tráfico. ¡Maldita sea! La pobre criatura desnucada contra el arcén de la vía.

No se retrasa la noche en esta tardía tarde paradójica y trágica de octubre en la que una muchacha para vivir necesita que otra joven se esclafe los sesos contra el asfalto asesino. En la antesala del quirófano dos jóvenes (una inconsciente, casi muerta, y la otra muy expectante y nerviosa), aguardan al equipo médico de trasplantes.

Siempre en todo lo que se extingue existió un principio creador. No viviría la vida, si la muerte no hubiese muerto. Otra vida ¡bendita sea! No llueve siempre a gusto de todos. La familia de la joven donante y la receptora, (ambas separadas en habitáculos distintos por razones de protocolo), respetan los distintos y contradictorios sentimientos que anidan en sus corazones palpitantes. Pero los rostros de todos ellos expresan la misma generosidad y calma, la quietud que brota del sufrimiento inevitable de unos, y de la esperanza vigorosa de otros. Sentencia ambivalente y absurda, la del destino de una carrera de relevos en la que el testigo es la muerte (o/y la vida). ¡Qué más da, si vida y muerte son los extremos del mismo vector divino! La sonrosada habichuela del inmaculado órgano extraído del amasijo de carne de la accidentada se dirige en viático parpadeante a su nueva ubicación y abrigo, al cuerpo de la joven viva.

El cirujano dice a la hemodialésica enferma que ha tenido una suerte enorme. La fortuna es ambivalente, lo mismo puede ser buena que mala. El ensalmador le dice a los padres de la hija accidentada que el monitor con su latido de muerte cerebral aconseja desconectar ya a la joven, y que guarden en su recuerdo el merecido consuelo: la muerte de su hija no será en balde, que los riñones de su hija muerta seguirán funcionando vivos en el cuerpo siempre de otra joven.

Dios no juega a los dados. Pero siempre que se sienta a jugar al mus con los mortales se guarda en la manga las diez de últimas, la inesperada sorpresa de la contradicción complementaria, el principio de la no dualidad, la anihilación de los contrarios: que el bien y el mal, la vida y la muerte, sean lo mismo.

La vida y la muerte no existen como estrellas apagadas, separadas, en esta en noche cerrada. Muerte y vida son una misma cosa, y no son posibles, desencarnadas la una de la otra. La una era la otra, como dice García Lorca en la Casida de las palomas oscuras.

martes, 29 de septiembre de 2026

Pequeña gran novela



Entonces apareció el zorro. Qué buscas? –Busco a los hombres –dijo el principito. Los hombres –dijo el zorro– tienen fusiles y cazan. Es muy molesto.

No todas las lecturas que hice de un mismo libro fueron siempre la misma; sobre todo la de los libros emblemáticos que, perpetuados vivos a través del tiempo, su impresión me fue siempre novedosa y distinta. Me pasa lo mismo con el alba, el mar y los árboles..., siempre me hablan con palabras nuevas. Sólo a cierta edad, no sé si llevado de la petulancia de haber vivido mucho, o de la rica experiencia que me regala la vida, me encuentro más predispuesto a la consideración de miradas calladas y lecturas silenciosas que nunca hice de ciertos libros.

A lo largo de mi vida, he leído El principito varias veces, y el impacto de su lectura no siempre fue idéntico. El ánimo del instante, la química de mi organismo, la bondad o adversidad de las circunstancias... intervinieron de manera diferente en mi digestión lectora. Nada es igual en cada momento. Hasta las losetas de la terraza sobre la que ahora se posan mis pies, cada día me sugieren representaciones diferentes.

Unas veces, El principito me pareció un cuento para niños, un tratado de pedagogía infantil, un libro de auto-ayuda, aconsejable para padres, y también de obligada lectura en las escuelas de Magisterio. En alguna otra ocasión, consideré el libro de Saint-Exupéry como un buen recetario filosófico: principios para entender el mundo, el sentido de la vida, el valor de las cosas, el comportamiento humano. Y desde el punto de vista literario, me resultó ser una pequeña gran novela, (no más de treinta páginas), bella e interesante. Su estructuración del tiempo en ocho días, así como la descripción de los ocho planetas visitados por el niño de los cabellos de oro daban coexistencia a un relato total y sugerente, diálogos entrecortados, hilvanados, y hasta sin sabias respuestas intencionadas, enriquecidas con transparentes metáforas: (El agua es como una música. Los cascabeles se convierten en lágrimas. Las estrellas ríen dulcemente. Su risa era como una fuente en el desierto).

Un relato, una novela, si esta es buena, va más allá de lo que cuenta. Un cordero invisible, dibujado dentro de una caja, sugiere todo tipo de especulaciones que no veríamos si el cordero hubiese sido pintado fuera, en la tapa de su estuche. Si en mis anteriores lecturas fui yo el que se acercó al libro, he querido esta mañana que fuese El Principito y el zorro los que vinieran a mí.

Y esta última lectura que ahora hago puede que no coincida tampoco con lo que quiso contar su autor. Y aquí radica el mérito de los libros clásicos: son como fuentes vivas de las que a todas horas emana fresca, limpia y variada el agua. Y quisiera que fuese el pequeño príncipe y el zorro quienes con sus palabras (Capítulo XXI) abrieran la mente de mis sentimientos: Los hombres de la tierra cultivan cinco mil rosas en un jardín y no encuentran la que buscan. Tampoco pretendo hacer comentario alguno.  Me limito pues al sano placer sin más de su lectura.

¡Y qué manía la de los mayores de querer explicarlo todo! ¿Para qué tantos análisis y quebraderos de cabeza? Los zorros tienen cuatro patas. Y ¡basta! No es necesario hacer un máster de veterinaria para demostrar las extremidades de un cánido. Puede que si lo hiciésemos, el zorro, harto de tanta clasificación y verborrea, perdiera su brillante pelaje. Lo que el zorro y el principito quieren es hacer amigos. Las personas serias siempre tienen necesidad de dar explicaciones, pero nunca han olido una flor ni han mirado jamás una estrella. 

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Los colores del agua



Llueve. La lluvia atempera los nervios, del alma templa sus vientos, disuelve los terrones de un mal pronto avinagrado. Llueve suave desde la madrugada. Veo caer el agua, y la siento azul. Azul es el manto que se derrama y cubre la tierra ocre y vasta. Azules son las flores del jazminero que adoba el aire dulce que aspiro. El agua pule de verde la alfalfa recién esmaltada. La palmera resurge brillante y limpia cual doncella tras su ducha inmaculada. Y el amarillo de una hoguera de dátiles diminutos y chispeantes, soles que abrazan el tronco de sus tirabuzones, me seduce con su arrebatador encanto trenzado. El verde de la parra, transparente y terso, sacude el vino verde de sus hojas. A través del tendón de sus pámpanos leo el futuro de sus copiosos racimos. El transparente color del agua dibuja de verde el limonero, la higuera y el almendro. El azul de la lluvia que no cesa, y el verde que nace de los cipreses orantes y agradecidos, ese es el color cuajado de la mañana. ¡Ay si yo fuese capaz de pintar con estas letras el amarillo de la flor de la calabaza, milagro del azul y el agua! Perlas de agua cuelgan quietas de la reja de la ventana. Perlas de agua anidan felices entre las hojas nacientes del maíz que se alza pujante apuntando maneras. Perlas de agua penden risueñas de las hojas de las tomateras. También lloran de placer, con sus gotas de perlas blancas sobre el rojo incombustible, los dompedros que colorean el reborde del sendero que va al aljibe. Si yo fuera lluvia azul, roja, verde y amarilla, quisiera que fuese mi boca el arcoiris, y mis labios calientes, violetas de púrpura virgen, azul y blanca, para regar a manta tu cuerpo, con los colores del agua.