miércoles, 1 de diciembre de 2021

Dos elegías al mismo tiempo



Grandes obras literarias se debieron a la encarcelación o al confinamiento. La Divina Comedia: Dante, desterrado de Florencia. Los Miserables: exilio de Víctor Hugo en la isla de Jersey. De profundis: Oscar Wilde: penal de Reading. Inglaterra. Marcos Ana, Isabel Allende...

Y tanto otros, como Publio Ovidio Nasón, de quien en estos días estoy leyendo sus Tristia. ¿Acaso el dolor es mayor fuente de inspiración que las aguas templadas del placer? Nada más empezar a degustar la dulce cadencia de su primer verso tristissima noctis imago (la tristísima imagen de aquella noche), al margen de que yo comparta las posibles razones que pudieran llevar a este hombre al exilio, considero su castigo como un atentado a la libertad de expresión, y siento su elegía como propia y escucho como mío su dolor.

Allá por el siglo primero de nuestra era, Ovidio es condenado a vivir en un pueblo frío e inhóspito, situado en la periferia del Imperio. A día de hoy, aún no sabemos cuáles fueron las verdaderas causas de tal condena. El poeta en sus escritos alude a que tal vez el motivo fuese Ars amatoria, aquel otro libro suyo que incitara al libertinaje (lascivia fecit). A un hombre como él, acostumbrado a la molicie de una Roma frívola, sensual y ociosa, se le hace insoportable vivir alejado del feriado ambiente de la Urbe, privado de su amante esposa, sus admiradores/as, su público... Ovidio confiesa ser víctima de su propio ingenio, y suplica al emperador que le sea levantado tan horrible castigo. Y sin pudor alguno así se exculpa: crede mihi, distant mores a carmine nostro / -vita verecunda est, Musa iocosa mea- / magnaque pars mendax operum est et ficta meorum. (Créeme, mis costumbres son distintas de mi poesía / -mi vida es honesta, mi Musa divertida- / y gran parte de mis obras es falsa y fingida). Y luego de leer este último verso, pienso que este tal Ovidio pudiera ser un buen poeta, pero como persona me parece un tanto flojo, por sus pataletas al parecer aduladoras y serviles.

Y en tanto yo veía cómo por los ojos del poeta sus lágrimas se derramaban: y así como mi estado es lamentable, de la misma forma lo es mi poesía, adaptándose lo escrito a su materia, Almudena Grandes, mujer coraje, alejada era también de este mundo, fulminada por un cáncer. Hay quienes mueren de pie, otros mientras lo hicieron como supieron o como pudieron. Y acto seguido leo un tuit de García Montero, pareja de la célebre y combativa escritora fallecida, que me sabe también a elegía, a llanto y canto, a pérdida y poético extrañamiento:
Supongo que estar hundido es un modo de seguir enamorado y de empezar una nueva vida con el amor de siempre.

lunes, 29 de noviembre de 2021

Por sus obras los conoceréis



Nada de lo que a su alrededor veía significación alguna para él tenía. Era la escritura la que le revelaba la verdadera alma-esencia de las cosas. Lo que a su alrededor ocurría, así como el estado y las categorías de los objetos y las personas (posición, cualidad, número, lugar, tiempo…), nada eran. El plumífero, sólo después de escribir árbol, madre, niño, monte... era capaz de entender y sentir lo que estas palabras, luego de ser escritas, le transmitían. Sólo la escritura le hacía ver la verdadera realidad de lo que a primera vista ininteligible le era. Y para que yo viera más claro su pensamiento acerca del alto concepto que él tenía de la escritura, esto fue lo que me dijo:
No es el poeta el que hace la poesía, si no al contrario. Es su poesía la que hace al poeta. Así como tampoco fue Cervantes quien creara al Quijote. Fue más bien Alonso Quijano, sus andanzas y sus deseos de justicia, quien modelara la personalidad del manco de Lepanto que nosotros conocemos. Es el Moisés de San Pietro in Vincoli el que nos muestra el carácter, la complexión y la seguridad de un Miguel Ángel capaz de hacer hablar al mármol desnudo de sus esculturas. No es el panadero quien hace el pan, es más bien el buen pan quien dice del arte del buen hacer del hornero.

jueves, 25 de noviembre de 2021

Cuánto dolor tu olvido

 


Después de la tira de años y sin saber nada de aquel nombre tuyo tatuado en mi bajo vientre, y que con el tiempo soles negros y mares sin luna borraron, hoy de nuevo al frotar en la ducha mis recuerdos por esa zona, centro vital que fue de mi cuerpo, veo tus letras renacidas en mi carne.

El caso es que me acostumbré a llevarte siempre conmigo en aquel pequeño estuche que llevaba a todas horas colgado a la cintura y que me llegaba hasta la entrepierna. En él guardaba yo nuestro anillo. Y tan acostumbrado estuvo el estuche a albergar nuestro desposorio, que cuando desapareciste de su cajita-medallón-colgante, se produjo a lo largo de todo mi tendido eléctrico un cortacircuitos de tal calibre que tuve que reponer el anillo con otro tipo de fusibles para que los pasos de mi contador siguieran encendidos y no acabar con mi alma en las hogueras del desamor.

Eso, más o menos, fue lo que pasó cuando desapareciste por entre los nubarrones del monte de Venus. Las letras de tu nombre se deshicieron por haberme ido yo, o tú, o los dos de nuestro mutuo lado. Lo más grave no es que a lo largo de mi vida haya perdido no sé yo cuantos anillos-fusibles-llaves de la luz, sino lo peor que me ha pasado es que he perdido el estuche donde te guardaba. Ya puedes venir tú ahora en mi busca, o yo a tu encuentro, que es inútil, imposible. Nuestro tiempo pasó por mucho que Horacio Oliveria no se canse de decir que lo pasado no es pasado. Tampoco es verdad lo del eterno retorno de Nietzsche. El pasado se llevó nuestro aprecio y deseo, nuestro nido y joyero. Y aunque tuviera yo ahora aquí tu amor prendido, ¿dónde lo depositaría si no tengo lugar ni cofre donde meterlo? La historia no se repite. Así como no tengo brazos para acogerte, a ti también se te acabaron los besos y tus ojos para verme. Pobre memoria mía, huérfana del recuerdo. ¡Y cuánto dolor tu olvido!

lunes, 22 de noviembre de 2021

El ritual de la lectura



Estoy solo en casa. No es lo mismo solo, que en soledad. Leo Un milagro en equilibrio de Lucía Etxebarría. En momentos como éste, echo mano de un libro, cualquier libro me vale para apagar la hoguera de este vacío. Se me da igual cualquier lectura. No me importa género, estilo, una carta-diario, un poema, una novela, un Cervantes, un Cortázar... Con tal de que no sea un libro de auto-ayuda, me vale. No quiero ser mejor ni peor de lo que soy. Estoy bien así. Por lo menos, ahora. La parafernalia, el ritual de la propia lectura actúa de sedante frente al tumulto que traigo de la mierda de la calle.

Sentado cómodamente en el sillón. Al caer del cristal transparente de la ventana. De vez en cuando, como los cipreses que alzan sus crestas al cielo, como el pájaro que bebe agua en el espejo de la lluvia recién caída, echo la cabeza hacia atrás para saborear las gotas de tranquilidad que me regala el instante. La tarde pide permiso al tiempo para, poco a poco, cobijarse en la noche. La noche hace lo mismo con el atardecer: insinuarse como una novia ante su amante. Las luces de la casa, todas están apagadas. Sólo el haz blanco del foco apunta como un bisturí quirúrgico sobre la página herida de mi vida, sobre cualquier página, no me importa su número, la fuente ni el tamaño de sus letras, tampoco la textura o el chasquido del papel entre mis dedos distendidos.

El dulce ambiente de silencio, la actitud profunda de este élan vital, a decir de Bergson, que nace de mi interior, es el que se abre paso como instintivo aliento, sin yo apenas darme cuenta. No es tampoco el cuidado decorado de mi habitación, ni la claridad, ni la suave pintura de sus paredes, ni el tic-tac, por repetido, insonoro, compañero y ausente del reloj sobre la mesilla... los que calman y destruyen mis oscuridades y miedos, es el vaciado de la lectura. Cualquier lectura, hace sentirme bien. Corrijo: hace que no me sienta mal. La propia conciencia de sentirse uno bien, crea como un estado de necesidad subconsciente. Necesidad cubierta, sí; pero que, al fin de cuentas, sabe a percepción de carencia.

Y viéndome a mí mismo en situación tan apacible, que no es obra de una determinada lectura, por muy premio planeta que sea, sino que es su liturgia la que me coloca y hace (repito), que me sienta bien y despreocupado, como un reflejo de mí mismo desasido.

Una vez le dije a mi sombra que ella no no era la mía. Pues bien, ahora, digo lo contrario: yo soy esta mi querida sombra, ese agradable destello y aura que en esta tarde, tras su ventana, el ritual de una lectura, al margen de su acertada temática, solacio dulce me proporciona.

viernes, 19 de noviembre de 2021

El secreto de Dios





Un devoto de Dios le preguntó a la mismísima divinidad si era creyente, es decir, si Dios creía en Sí mismo. Aquel día Dios estaría de mal humor, (o tal vez no), a tenor por la respuesta un tanto abierta, agnóstica y desconcertada que le dio a su fiel admirador:
Sinceramente no sé qué decirte. Desde mi sabiduría infinita no me siento capacitado para contestar a tu difícil pregunta. Para mí mismo a veces soy un secreto.
Dios para su feligrés incondicional hasta aquel entonces había sido como su hermano mayor, la referencia más cierta y confiada, ese manual de instrucciones al que su seguidor siempre echaba mano cuando se veía impotente para rearmar las piezas del juguete de su vida. Así que para que no se sintiera defraudado ni escandalizado por su santa teología, Dios hico un esfuerzo y reformuló mejor su respuesta:
Tengo la sensación de un tiempo a esta parte de haberme cambiado por la poesía, esa metáfora pluridimensional, múltiple y, a la vez, unívoca para cada ser en su particular y alocada búsqueda hacia no sabemos dónde.
De no haber sido por su infinita bondad, Dios se hubiese sentido malo por contestar de manera tan irónica, evasiva y difusa a aquel su discípulo puntual. Menos mal que luego Dios, retirado ya en sus bibliotecarios aposentos, se dispuso a leer a Juan Ramón Jiménez, y se sintió corroborado por el poeta y volvió a recobrar aquella su beatífica calma, cosa habitual en él. Y he aquí a continuación lo que del de Moguer Dios leyera:
La poesía, principio y fin de todo, es indefinible. Si se pudiera definir, sin definidor sería el dueño de su secreto, el dueño de ella, el verdadero y único dios posible. Y el secreto de la poesía no lo ha sabido, no lo sabe, no lo sabrá nunca nadie, ni la poesía admite dios. Por fortuna para Dios y los poetas. J. R. Jiménez.. Estética y ética (aforismos y notas. 1907-1954)

martes, 16 de noviembre de 2021

El entierro del tío Vicente el hornero

 


Ayer tarde Vicente el hornero se murió de repente de una angina de pecho. La tahona linda pared con pared con mi casa. No me gustan los entierros, me remueven por dentro. No tengo excusa. Así que asisto al sepelio como buen hijo de vecino.

Sus cuatro yernos en primera fila. Cuatro pares de zapatos callados murmuran al compás de los rezos el reparto de una panadería y cuatro tahúllas de limoneros. El dolor no logra oscurecer el bello barniz de la cara de las hijas del muerto, el mismo caoba que la corteza cremosa de las hogazas de su padre. Un buen toque de pena en algunas mujeres las hermosea más que una rosa en su rutilante escote.

Palabras incomprensibles de un cura susurran cosas duras de creer, oscuras para el entendimiento: ángeles de la gloria, las puertas del cielo, la resurrección de la carne, la vida perdurable. La monserga resbala ahora a guisopazo limpio sobre el féretro en medio del pasillo de una iglesia en penumbras.

El agua bendita emborrona el pulimento del ataúd. La salmodia del funeral oxida de retorcijones el duodeno de mis acedías. Vicente el de la tahona era un hombre sencillo. Con su honrado trabajo daba de comer a toda una barriada. Su honestidad no precisa de juicio final. Ceño arrugado el de los que a hombros llevan al muerto. La muerte con tantas retahílas y encargos debe pesar un quintal.

Como un basilisco la viuda se abre ahora paso entre los fieles. Los familiares más allegados la retienen, pero no pueden tapar su boca. Ante el sobresalto de todos, la mujer del difunto interrumpe los latines del cura:
¿Qué hacéis ahí sin hacer nada? ¡Dejaros de pláticas! ¿Está vivo o está muerto? ¡No le dejéis solo, no veis que no puede con su alma!
Esta pobre mujer, desde que a la salida de una discoteca le mataron a su hijo de un bebido navajazo trapero, quedó tocada. A perro flaco todo son pulgas. En su cuello lleva siempre el medallón de su foto. Mañana mismo pegará en su reverso también la de su marido. En menos de dos años una misma ahorca para dos muertos. Desde el asesinato del hijo se vistió de negro. Los colores del sol ahumaron para siempre su cara de flor de harina.

Por las vidrieras de la cúpula de la Iglesia nubes de plomo se adentran como manada de cuervos. El tiempo está revuelto. Santiago, el santo patrón del pueblo, desde el altar mayor entretenido está en cortar cabezas de moros a diestro y siniestro allá por las tierras del sur entre alambradas y fronteras. El descreído santo deja impasible que los cuervos destripen mi estómago.

Dicen que el sol una vez puesto, aún nos deja ver su luz tapada por la montaña. Como aquella carta del poeta Miguel abandonada y sin dueño, / volando sobre los ojos / de alguien que perdió su cuerpo. A mi vecino el hornero, que yo sepa, le queda un hermano vivo, al que sin querer lo confundo con Vicente. Después del último pésame a las puertas del cementerio me acerco y le digo:
Si quieres, yo mismo te acompaño a casa.
El hermano del muerto, por respeto no me responde que yo no soy mi hermano Vicente, ¡que yo todavía estoy vivo! Tan sólo me dice molesto:
Gracias, me quedo aquí.
Luego lo veo entrar de nuevo al cementerio. Se pierde tras la misma sepultura en la que acabamos de enterrar a Vicente. Desde entonces ni a uno ni al otro, ni a Vicente, ni a su hermano, ni al poeta que escribió La Carta, los he vuelto a ver.


sábado, 13 de noviembre de 2021

Pan, tocino y aceite



Llevo más de mil años sin escribir una gota. Y tengo la sensación de no haber vivido nunca. Sumergido, anclado en la Mesopotamia prehistórica paso mis días tontamente. Todo se va al garete, como quien de comer da a la mula del belén de Salcillo. Al no transcribir lo ocurrido, ni el ojo vio ni el oído oyó. Si Julio César no hubiese escrito De bello gálico, nadie hasta hoy habría traspasado el Rubicón. Y mentira sería también aquello de Alea iacta est. Aunque si fuera verdad, a mí, ¿qué me importaría? si no sé lo que el general romano quiso decir con semejante latinajo ¿Acaso sabríamos hoy de las hazañas de Agamenón, si Homero no hubiese escrito la Illíada? ¿Daríamos por libro histórico la Biblia, si unos pastores no hubiesen dado con los manuscritos del Mar Muerto?

Lo mismo digo de las leyendas de nuestros antepasados al calor de la lumbre. Si mi abuela no me hubiese contado que su padre era dueño de un campo de oliveras, yo no estaría sopando gratis ahora este sabroso moje con pan, tocino y aceite. Pues eso: ¡escribir es vivir! Ya lo dijo José Luis Sampedro. Aunque para comer no nos baste.

miércoles, 10 de noviembre de 2021

Alfavirus y la reina Mantis


 

El reloj de la torre del castillo era madre y reflejo de todos los medidores del tiempo del Reino de Molinandia. Aquel invierno, quiso Virusalfa bloquear sus agujas. El tiempo se detendría. Las horas y los segundos de sus habitantes serían reducidos a las cenizas de la nada, ese vacío absoluto donde la existencia no tiene lugar. Pero antes de que Virusalfa escupiera sus apestosas babas paralizantes sobre las doradas saetas del reloj, los equipos profilácticos de Molinandia, le echaron el guante. Llevaron a Virusalfa ante el trono de la reina Mantis. Ésta pasó su mano cariñosa varias veces por su lomo. Ordenó que le quitaran las esposas. Despachó a toda la guardia. Se quedó a solas con Alfavirus. Lo introdujo en la bañera real. Enjabonó su peludo y negro cuerpo con las más aromáticas sales exóticas. Concluidas las abluciones, ambos se dirigieron al comedor real. El virus glotón sació allí sus ansias devoradoras. Luego los dos yacieron en el tálamo. No hay nada como el amor para atajar todos los males del mundo. El reino de Molinandia pudo vivir tranquilo durante mil siglos más.

lunes, 8 de noviembre de 2021

Tres momentos de un mismo instante



ELLA
Volvía a casa en el metro después de una jornada cansada de fregar platos en aquel restaurante de las afueras. Sin venir a cuento un joven zarandeó mis senos. Me resistí y empezó a darme bofetadas. Me llamó zorra, sudaca de mierda. Quedé tumbada en el suelo. Enfrente de mí pude ver a malas penas a otro viajero que indiferente a lo que a mí me sucedía, miraba al cristal insensible de la ventanilla.

ÉL
Aquella joven, por el color parecía sudamericana. Regresaba a su casa después de una dura jornada fregando platos en el mesón del polígono industrial por cuyos alrededores yo mercadeaba hierba. No era la primera vez que me cruzaba con ella. Sentí asco y deseo al mismo tiempo. El vagón estaba de bote en bote. Yo, justo detrás. Me apreté lo más que pude. Disimuladamente le palpé los pechos.

YO
Le mire fijamente a la cara. Sus pelos desordenados sobre la frente arrugada. Su nariz huraña. Los labios estirados dejaban ver sus dientes astillados y negros de nicotina. Sus manos violadoras. De un empujón la dejó tumbada en el suelo. Me arrepentí haber subido en ese vagón. Yo era en ese momento el cristal frío de la ventanilla en el que se reflejaba escandalizada la tarde. Luego llegué a casa y vi en las noticias como unos camilleros sacaban del vagón a la misma chica inconsciente… Una joven inmigrante ha sido agredida en el metro ante la mirada cobarde de unos pasajeros…

jueves, 4 de noviembre de 2021

Gilipollas en el hemiciclo


Hay quienes piensan que no hay mejor manera de colaborar con los posicionamientos de algunos políticos, que interrelacionarse con ellos a base de criticarlos incesantemente. Que hablen bien o mal, lo importante es que hablen de mí, aunque confieso que me gusta que hablen mal porque eso significa que las cosas me van muy bien. (Salvador Dalí). ¿Acaso Isabel Díaz Ayuso estaría hoy compitiendo con Casado, de no haber tenido por parte de los medios un morboso y brutal hostigamiento, (y no menos merecido), por sus maneras estrambóticas y desinhibidas de ejercer su popular liderazgo? Paradojas de la vida: Dejarse vapulear para ganar. Ladran, Sancho, señal que cabalgamos.

En cambio, otros analistas, opinan que ignorar a los políticos, hacerles el vacío, es la mejor estrategia para combatir sus abusos. La misma Ayuso, por ejemplo, ¿estaría ahora haciéndole sombra al presidente del partido popular, si hubiese sido silenciada? ¡Arrímate, Casado, al sol que más calienta! O si no, no haberle encendido la lumbre a mujer tan ávida de poder.

También otros urdidores de la política opinan que, mientras Casado y Ayuso se hacen la guerra, sus contrarios más asegurada tendrán la permanencia en el gobierno.

A mí personalmente no me resulta grato hablar mal de los políticos, nunca los llamaría gilipollas, ni me retaría con ellos a batirme en la calle, pues los necesito como el comer. Decidme pues, si en los presupuestos del estado no viniera reflejada mi pensión ¿cómo podría yo llegar a final de mes? Tal vez por ello debería callarme y no seguir diciendo gilipolleces como la que sigue:
Conozco yo a un político que prometió en su campaña electoral construir un puente sobre el río de un pueblo seco por el que no sólo no pasó nunca ningún río, ni siquiera un tren... La playa más cercana está a más de doscientos kilómetros. Pues eso, el susodicho candidato además de prometer a sus vecinos que, si lo votaban como alcalde, les llevaría el mar hasta la misma puerta de sus casas, que pondría un reloj en la fachada de la estación que no tienen, y que además les garantizaba cuatro cosechas de trigo al año. ¡Sí, cuatro!, ni una más, ni una menos, como cinco son los siete sellos del Apocalipsis.
Pero repito, aunque los políticos se lo merecieran, yo no les daría a beber de su sangre.

 

lunes, 1 de noviembre de 2021

Deshabitado


¡Lo que daría por ser un psicólogo, un confesor, un Christian Andersen, o simplemente un taxista! Escribiría historias, anécdotas recogidas de bocas felices y desbordadas que abarrotarían el carro de mi mente deshabitada. Daría alas a mi mocha imaginación truncada ¡Ay cómo quisiera ser hoy pasajero de un crucero por islas paradisíacas y celebrar leyendas de amores entre las espumas de un mar repleto de arrecifes de corales para poder luego escribirlas, y así permanecieran vivas! Scripta manent.

Dentro de mí no hay nada, por eso salgo esta mañana en busca de vistas, tomas exteriores que levanten el ánimo de unos huesos desplomados. Subo al pico más alto de la sierra. Desde allí no diviso la vega, ni el huerto de limoneros, tampoco la hilera de cipreses que protegen mi casa. (¡Y qué manía la mía! Siempre que subo al monte, me gusta mirar hacia abajo y señalar el punto exacto donde habito). Pero una boira de pronto se interpone como un fantasma entre mis ojos ansiosos y la realidad que se me niega. Y al no ver mi casa, deshabitado me siento. La niebla borra también la senda del río, la cañada, el nogal. Y a aquellos dos gatos, Copito y Copita, acurrucados en el canasto de mimbre de la costura del porche de mi vecina, también se los tragó la bruma. La pluma, esta mañana, se me quedó enredada en la telaraña que entre el rosal y el laurel tejió la madrugada. Y siento que al no escribir lo que vivo, que ni existe, ni ha ocurrido.

¡Tantas cosas me impactaron, me sorprendieron, me ilusionaron…! Quedaron silenciadas, marginadas, no nacidas. Dicen que escribir es vivir. Si tuviera que suscribir esta frase lo haría, pero no en su sentido pedante-nostálgico-literario, sino en su sentido más real, ontológico y metafísico.

No sé si debido a mi pereza mental o a la celeridad y premura de la historia, que no me da tiempo a saborear las uvas de mis días. ¿O será que estoy más pendiente, más preocupado, temeroso e hipotecado por el futuro que me espera? Y al hilo de esta palabreja –futuro– noto como que un algoritmo indescifrable se me ha clavado como una espina en la uña, entre mi alma y el cuerpo. Y me acuerdo de la pregunta que ayer me hizo mi nieta:

¿Abuelo, si pudieras, qué cambiarías de tu vida pasada?
Y le contesté:
Hubiese preferido, mi niña, que mejor me preguntaras: ¿Qué cambiarías, abuelo, del futuro que te espera?

jueves, 28 de octubre de 2021

De vuelta a la vida



El que escribe detiene hoy su pluma en un campo abierto de trigales y amapolas donde ayer viera cómo una camada de pájaros felices surcaba los cielos de Azulada.

Cuatro hermanos se reúnen en un restaurante a la salida del pueblo. Dos de ellos han venido de fuera. Desde hace tiempo tuvieron que buscar su pan en otra parte. Viven alejados de sus congéneres, pero nunca se separaron de ellos. La sangre tira. Los dos que quedan, (una mujer y un varón), siempre han vivido aquí. Estos últimos, aunque no han tenido que desplazarse, son los que han hecho más kilómetros para acudir a la comida. La hermana viene casi desde la otra punta del pueblo, por no decir desde el más allá. Hace unos meses estuvo a la muerte. En coma más de una semana. Y es ésta la que ha tenido la hospitalaria idea de invitar a sus tres hermanos para celebrar su vuelta a la vida. La comida es más bien un sacramento de transustanciación y acción de gracias. Y lo que todos en su día daban casi por perdido, hoy vuelve a resucitar con unas ganas enormes de comerse el mundo. Que ayer no se cumplió el dicho de que segundas partes nunca fueron buenas, pues éstas resultaron de maravillas y renovadas. Reencarnadas. 

La hermana tiene cosido casi todo el cuerpo. Lleva sus esfínteres postizos, tres operaciones a muerte. Llegó casi al final del túnel. Ayer nos invitó a comer y a beber del mejor vino para celebrar su regate a la parca. El otro hermano, el más pequeño, el que se quedó a vivir en el pueblo, también ha tenido que andar lo suyo para encontrarse con sus hermanos. Pues dicen que hay más distancia entre dos puntos de nuestro cerebro que desde la Tierra a la estrella más lejana. Y el hermano menor lleva los pies heridos de caminar tras de sí queriéndose encontrar a sí mismo. Y el mayor el que vive junto a los jardines de la Alhambra le trae a la hermana miel blanca desde Sierra Nevada para reanimar el corazón de la hermana. Dicen que en Las Alpujarras las abejas fabrican la mejor miel de poleo que se conoce en el mundo. Los emperadores romanos vinieron hasta Granada para degustar tan sabroso néctar. Y si los dioses del Olimpo aún viven se debe a que todavía siguen alimentándose de dichos manjares. El cuarto hermano no lo menciono porque se encuentra ocupado redactando esta crónica. 

Todos ahora están sentados a la mesa. Cubiertos y platos blancos sobre unos bordados manteles negros. La comida resplandece colores vivos, pescado fresco, postres de queso, el oro de la cerveza, el rojo vivo del vino…, y por las ventanas el aire huele a tomillo, mientras un ganado de ovejas pace por los alrededores el verde recién llovido. A los hijos de la hermana se les saltan las lágrimas al recordar ahora que su madre ayer estaba en la UCI, y hoy está más guapa que nunca. Y a esta comida han venido también los nietos. Ellos, mañana, serán los testigos que al mundo entero le digan que tienen una abuela que sobrevivió a la misma muerte con sus ganas de vivir eternamente.

 

domingo, 24 de octubre de 2021

Historia de un espía


 

Después de ver Historia de un espía, viejos recuerdos, revueltos de añoranzas, conquistas y desengaños, han removido mi conciencia, (no encuentro otra palabra para expresar esa parte de mi ser que se sintió de golpe acosada por preguntas sin respuestas).

Alfonso Palazón, Paco L. Mengual y Antonio Costa Valente son los coautores de un proyecto cinematográfico, subvencionado por el Ayuntamiento de Molina de Segura. Cuentan la vida de José Luís Espinosa, una persona que llega a ser secretario general de la UGT de Murcia, infiltrado en los Grapos, jefe de los servicios de seguridad y coordinador en Murcia de la campaña del PSOE en las primeras elecciones generales (1977) de la democracia, teniente del Frente de Liberación Nacional de Argelia, confidente de la policía franquista en los tiempos de Martín Villa, traficante de armas, preso en Carabanchel por intento de asesinato de Antonio Cubillo, (amigo suyo) y líder del movimiento independentista canario … Al final, este hombre muere solo y en la indigencia a los 90 años en Murcia (2016). Toda una vida llena de secretos, dudas y de verdades a medias, digna de convertirse muy pronto en una célebre novela de suspense y entresijos políticos, escrita por la buena pluma de nuestro amigo Paco López Mengual.

Como digo, sacudida quedó mi mente como una estera tras ver este documental. Agradezco el trabajo limpio, exhaustivo, recopilador, respetuoso y expuesto de manera que sea el espectador quien saque sus propias conclusiones. ¿Es posible ser bueno y malo al mismo tiempo? ¿El corazón de un doble agente, inculpado por querer asesinar a su mejor amigo, será capaz de enamorarse de una mujer, de su hijo adoptivo? ¿Cómo es posible que un socialista, un anarquista utópico, pueda intimar y colaborar con un agente de la policía secreta del régimen de la dictadura?

En mis años jóvenes, había yo oído hablar de Espinosa, no lo conocí personalmente. Su existencia siempre velada, oscurecida y llena de recelos. La verdad es que aquella época de la España nuestra, toda ella cubierta estaba de sombras, esa costra gris y purulenta que hasta lo más sagrado ennegrecía y empañaba. Y me lo figuraba como un antepasado de lo poco que quedaba de una UGT exiliada, represaliada, expoliada y defensora de los trabajadores más indefensos. ¿Qué es lo que esconden estas personas que dentro de sí llevan como dos almas diferentes y fieles a dioses antagónicos? Su figura mítica era un icono, tras cuyo personaje cabían lo mismo embustes creíbles que verdades como puños.

Precisamente en estos días, hace diez años que la banda terrorista ETA anunciaba el cese definitivo de la violencia. En la década de los sesenta la lucha armada, como instrumento válido para combatir abusos y dictaduras, era todavía una opción, sobre todo en algunos miembros de organizaciones de orientación trotskista (y no tan trotskistas) (FELN, FRAP, GRAPO, GAL, MPAIAC…). Aún resuenan en mis oídos aquellas palabras (1972) de un compañero de celda: ¿Tú te crees que estos comunistas amigos tuyos, van a derribar a Franco, engordando sus blanquecinas barrigas aquí sentados a la sombra? Mi compañero de talego era otro de tantos que en aquel tiempo aun pensaba que las guerras se ganan utilizando las mismas armas del enemigo a batir.

La reconstrucción de la vida azarosa de José Luís Espinosa, envuelta entre ideales encontrados, puede suscitar en algunos, la creencia de que los que se dedican a la política son mala hierba, algo sucio. ¿Hasta qué punto una persona que consagra su vida a procurar el bien de los ciudadanos puede regentar un prostíbulo en Vallecas y grabar a los policías que acuden allí por si luego necesita algo de ellos? Más allá del morbo de una vida rodeada de situaciones rocambolescas cuenta también el sentimiento de un hombre que se entrega a causas justas, pero que a su vez es traicionado por esas mismas personas que encarnan esos ideales. Habré hecho cosas malas, pero he salvado muchas vidas, -se justifica José Luís Espinosa.

Los nobles revolucionarios clásicos se distinguen precisamente de los pseudopolíticos, trepas y oportunistas, en que aquellos eran capaces de conmovernos. Tras haber visto Historia de un espía, no dejo de pensar, que detrás de todo hombre taimado y tortuoso queda siempre algo de esa nobleza y bondad que todos guardamos dentro de nosotros.

jueves, 21 de octubre de 2021

Sueños ilegales

 


…todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.


Calderón de la Barca

Hablan los románticos e idealistas de la realidad de los sueños y su importancia. Yo aquí me refiero al sueño como esa actividad inconsciente de la que, mientras dormimos, somos sujetos involuntarios de escenas sin consistencia real alguna, sin orden ni concierto. Otra cosa muy distinta son las ilusiones y deseos, esa cuerda que hace arrancar el motor de nuestro cuerpo y lo mantiene en marcha hacia yo qué sé qué fin o qué umbral por descubrir. Los sueños, en su sentido orgánico y fisiológico son sólo sombras de hechos que jamás tuvieron lugar. Y al no tener correspondencia objetiva, ni corresponderse tampoco con lo sucedido, todo aquello que se derive de ellos, no debería ser imputable. Los sueños, así como sus consecuencias, deberían estar fuera de toda responsabilidad jurídica. Por ejemplo, ¿podríamos censurar a un sonámbulo por mearse en el cazo donde su mujer puso durante la noche los garbanzos a remojo? 

Y si no que se lo digan a quien una noche soñó que había sido el marido de Rocío Jurado, la gran folclórica de Chipona. A la mañana siguiente, ni corto ni perezoso, se levantó todo convencido, como viudo de la tal señora, y se encaminó presuroso al Registro de la Propiedad para reivindicar como herencia suya la finca de la Yerbabuena, donde, según él, había residido en vida con la cantante. En la actualidad, este supuesto soñador ilegal, cumple condena en la cárcel de Botafuegos, en Algeciras, por suplantación de identidad.

domingo, 17 de octubre de 2021

Están solos los floridos senderos



Te vas Alfonsina con tu soledad
¿Qué poemas nuevos fuiste a buscar?
Una voz antigua de viento y de sal
Te requiebra el alma y la está llevando
Y te vas hacia allá como en sueños
Dormida, Alfonsina, vestida de mar.
          (Mercedes Sosa)


Estoy frente al mar. Sus olas están cabreadas. No por ello su gesto contradictorio y altivo deja de seducirme. Me pasa lo mismo cuando veo a una mujer que llora. La hermosura triste de su rostro me encanta. Las facciones airadas dejan al descubierto su belleza más natural y profunda.

Esta mañana el mar se muestra tal cual es, sin pudores, sus vergüenzas. El mar no es hoy la blanda cama donde la luna pasó la noche acurrucada bajo sus sábanas de plata. Están solos los floridos senderos. (La caricia perdida. Alfonsina Storni)Huele el mar a catarsis y cáncer, a gris tumultuoso, aceite pringoso de barcos viejos junto al varadero. Y ese gesto ceñudo de sus olas me permite ver la belleza de su intimidad más profunda.

Hoy el mar no es el balcón de un beso de contemplación afortunado. Y me acuerdo de Alfonsina Storni y la comprendo. Como comprendo a aquel enamorado de la luna que al verla escondida debajo del cobertor del agua, allá que capuzó su dolor y su locura para yacer eternamente con ella.

martes, 5 de octubre de 2021

El enigma de la escritura

 


A veces ni él mismo entiende lo que sus torcidos e inconscientes dedos escriben. Y vuelve a la tierra de sus letras por ver si éstas, ya de él emancipadas, le desvelaran lo que quisieron decirle. Odia el escritor los simbolismos, las banderas y los crucifijos, esa relación entre significante y significado, siempre a medio camino entre la realidad y sus analogías, la insuficiencia del rito. El espejo nunca es imagen de la fuente de su origen. La terca opacidad de la escritura.

Hay quienes tienen por costumbre no leer sus escritos. Él no consigue librarse de ellos, siempre regresa a ellos tratando de aclarar sus sombras, escapar de sus dudas, dar con lo que escribir nunca supo. Un borrón ilegible. Soy lo que escribo –dice ostentoso. Será por eso que siempre vuelve a sus manuscritos, por ver si de una vez consiguiera salir de su ignorancia, limitaciones y yerros.

El Minotauro, por ejemplo, es un tema por él repetido. El minotauro es su daimonium, el animal a él asignado por las fuerzas ocultas del destino. Servirse de los mitos denota poca imaginación. Un déjà vu. Escribir es otra cosa, más bien es salir de sí, construir otra realidad, que con la que vivimos y soportamos, ¡bastante tenemos!

Perdido por el laberinto de sus letras oscuras, el que escribe se identifica y consuela con este bicho, mitad humanidad y mitad fiereza. Y se dirige a él victimizándose, para entre los dos aunar fuerzas y así poder escapar de sus comunes incertidumbres y extravíos. Pero es inútil. Sus textos tienen ojos de pescado, cristales convexos que nunca dicen lo que sienten.

Aquellos nostálgicos que predican que las letras nos libran de las cadenas, que refuerzan nuestra humanidad y compromiso, tal vez no sean sino sacerdotes de un dios inexistente.

viernes, 1 de octubre de 2021

Piano en off




Junto a la pared anónima de un pequeño estudio solitario, un túmulo callado y unos íntimos cuadernos por escribir se erigen escoltados por una estantería de libros muertos, tonterías y suvenires. ¿Cuál será la melodía de este piano opaco y estas libretas abiertas como pantanos en busca de tierras que regar?

Muñecas de trapo, cerámicas, carpetas, relojes sin latidos, un espejo indefinido, partituras imposibles de ser interpretadas acompañan en silencio a este Samick de brazos caídos, pulimentado en negro plañidero. De su cajón oscuro y vacío un trébol de cuatro hojas quiere salir fuera. ¿Qué culpa tendrá el minotauro haber sido concebido por un rey avaro, una reina tonta y una vaca de madera?

Algo nuevo, un motivo, resonancia y cuerda alas debieran dar a la gandula inspiración torpe y desentonada, muda y triste, moralizante y ñoña de quien frente a un piano y a un ordenador desenchufado se desgañita inútilmente por escribir el sursum corda de unas letras esquivas y componer el más bello cantar. Pero, como las golondrinas de Bécquer contra los cristales rotos de una imaginación pseudo-romántica y fría, ¡esas no volverán!

Y que la música de tal creación, lluvia friki de un mayo baboso, humedeciera, brotar hiciera de luces, colores y estrellas el verde de este gris-desierto en el que se consume sin esperanza un monstruo amordazado entre las cuatro paredes de un laberinto en blanco y negro que se alimenta de un ayer recluido, inconcluso, en bancarrota y en otoño permanente.

Que un piano se hizo para tocar y no para deshojar la rosa del El principito o seguir apoltronado y callado en los sótanos que un rey allá en Creta construyera para ocultar sus cuernos vergonzosos. Y que los dedos sordos, contradictorios e ignorantes de esta bestia acorralada, mitad ángel y mitad diablo, fueran la sonata auxiliadora y matutina que despertara al sol de sus cenizas, arias como volcanes, y que le hiciesen entonar al monstruo sumiso y derrotado del hijo de Pasifae, cual la Norma de Bellini: In mia mano alfin tu sei.

miércoles, 29 de septiembre de 2021

Más allá de Dios


Dios pudo haber sido más cuidadoso en la creación del mundo, y no dejarlo como lo dejó, con esos agujeros de magma, allá en Cumbre Vieja, por donde se escapan los sueños de toda una vida. Y en lugar de emplear sólo siete días, y a destajo, para su conclusión… ¡Pues que se hubiese tomado todo el tiempo que precisara, para eso era inmortal y tenía toda la eternidad por delante y a sus anchas!
Dios es inexplicable. Y sin pretensión alguna de sentar cátedra, para aquellos que consideraron o no que fue una vulgar ocurrencia expresarme de la anterior guisa, lean algunos de los epigramas de Johannes Angelus Silesius:
Dios es una pura nada, no lo toca ningún aquí ni ahora: cuanto más buscas asirlo, más Él se te sustrae.
Debo marchar aun más allá de Dios, hacia un desierto.
La rosa es sin porqué, florece porque florece.
(El peregrino. Angelus Silesius. 1624-1677)
Por tanto, a quienes acerca del deus abscónditus opinaron de un modo u otro, nada pues tengo que decir; sólo darles las gracias.


jueves, 23 de septiembre de 2021

En las cumbres el día es hermoso

 



El firmamento será siempre azul
y la Tierra reverdecerá en primavera.
Pero tú, hombre, ¿cuánto vivirás?
¡No tienes ni un siglo para gozar
de todas las vanidades putrefactas
de esta Tierra!
(Li-Tai-Po. Poeta chino. 701-762 d. C.)

Ante la erupción del volcán de Cumbre Vieja conmovido estoy por tanto terror y a la vez tanta belleza. También estoy avergonzado por la calma consentida que estas escenas me producen. No sabía yo que la belleza explosionada y el estallido de una montaña en llamas pudiera causar tanto dolor, vacío, admiración y sometimiento frente al poderío imparable de la naturaleza. Jamás hubiese sospechado ver en un infierno imágenes tan sabias como hermosas. Las bocas de lava, cual Leviatán antediluviano, me dicen cuan insignificante es el ser humano frente a la inmensidad del universo. Y así como cualquier otro infortunio ocasionado por otras fuerzas ajenas a la Tierra, (las guerras, el poder, la avaricia, la insensatez humana…) me encabrita y rebela, estos desmanes geológicos en cambio, aplanado me dejan por su irremediabilidad física. Y descubro dentro de mí un amor excepcional por este nuestro planeta que grita y llora. Y me veo a mí mismo como aquellos otros terrícolas de la edad de piedra, cuando ante tales accidentes cosmogónicos, desvalidos suplicaban, (no sé a quién), protección y ayuda. Y en medio de tantos temblores y turbulencia, danas y coladas, asolamiento, destrucción y columnas de fuego, cual los primeros habitantes del planeta, me siento espectador en éxtasis escuchando el latir de la tierra. ¡Y qué arrogancia y aberración la mía haberme creído ser parte insustituible del universo! Perdido me hallo en medio de una galaxia en expansión continua. 

Y me viene a la memoria aquella frase que Mahler añadió a su partitura La canción de la tierra. El compositor, como se sabe, aquejado por la muerte de su hija, infunde todo su dolor en su música, un dolor que al final de su novena sinfonía se hace esperanzador, dulce y relajado: En las cumbres el día es hermoso.

lunes, 20 de septiembre de 2021

Yo no soy la del espejo




Nada de original y extraordinario había en lo que Aurora me contó. Durante los años de mi profesión, varias veces he tenido que tratar este trastorno de enajenación. Serpientes bicéfalas, confundidas, que no saben a cuál de sus dos mentes hacer caso.

Lo peor que le pudo pasar a Aurora no es que aquella mañana no se viera en el espejo del aseo. Eso ya le había ocurrido en otra ocasión. Lo más grave, según ella me dijo, es que esta vez, la imagen que en el cristal se reflejaba no era la de ella, pertenecía a otra mujer. Y no sólo sucedió aquella mañana, sino que a partir de entonces, cuando se asomaba al espejo, siempre era la misma persona con quien allí Aurora se encontraba.
¿Quién es en realidad esa persona que no soy yo? Doctor, ayúdeme a dar con este sujeto-okupa. Sufro mucho. Si no doy con ella, le juro que estoy dispuesta a cometer un crimen, a deshacerme de ella sea como sea.
Aurora tiene en su haber una incógnita que despejar. Quiere saber quién es esa otra persona que se le ha metido con tan mala uva entre ceja y ceja, y que la pone a parir. Aurora no la aguanta. Y además se siente avergonzada por ese odio injustificado e inconmensurable que siente.
Sé que no soy esa que se me aparece en el espejo, no la conozco de nada. ¿Qué hay dentro de mí para sentir tanta aversión? Hago lo posible por quitarme esa fijación, pero no hay manera. Esa mujer me está robando el alma.
Aurora es mujer voluntariosa, tiene muy bien ajustado su nivel de autoestima. Está dispuesta a trabajarse para quitarse de encima este extrañamiento que la despoja de su propia esencia. Yo espero que lo consiga. Otros, en situaciones más graves, superaron esta enajenación, esta locura. Trato de ayudarla para que encuentre a esa inquilina, su doble transportado, que habita dentro de ella y que se ha convertido en su peor enemiga.

Aurora tendrá que poner nombre, descubrir, cuales son los aspectos, los detalles que más le repelen de la persona que ocupa su lugar en el espejo. Luego deberá reforzar su identidad, reconocerse, reafirmarse como individuo diferenciado, aceptarse, quererse... Para así por fin librarse de esa repugnante intrusa.

El hijo de Aurora acaba de llamarme por teléfono:
Hemos encontrado a mi madre muerta en el suelo, frente al espejo del cuarto de baño, en medio de un charco de sangre.
Estoy en el aseo. Necesito refrescarme la cara para quitarme de encima la asfixia que me ha producido esta noticia. ¿Y qué es lo que veo en el espejo que hay encima del lavabo? En mi lugar encuentro la cara de Aurora.

jueves, 16 de septiembre de 2021

Ginés Pagán



Me entero que ha muerto Ginés Pagán, el cura de la Garapacha. Y me viene al recuerdo aquella ventana abierta en medio de un patio oscuro, allá por la segunda mitad del siglo pasado. Su cuarto estaba enfrente del mío, una planta más abajo. Desde mi ventana yo veía la suya iluminada. Ginés, muy avanzada la noche, con sus codos hincados sobre la mesa de estudio y sus dos manos en las sienes, absorto, parece el pensador de Rodín. Consulta, rumia libros, subraya apuntes en actitud detenida y hambrienta. Era bueno y muy inteligente. Yo envidiaba, no sólo su listeza, sino su modesta y eterna sonrisa, su agradable compañía. Nunca hacía aspavientos de su saber. De ahí tal vez mi admiración.

Signos de los tiempos llamábamos a esa nueva conciencia y sacudida que empezaba a expandirse como el viento húmedo que precede a la lluvia anhelada y que hace crecer con fuerza el trigo. En Barcelona, Bilbao, Madrid y otras ciudades españolas, se sucedían manifestaciones pidiendo la libertad sindical. De vez en cuando, Pagán nos hablaba del cambio, que irresistible se abría paso frente a la intolerancia y un ejército de ultramontanos que se oponía a todo tipo de modernización dentro de la iglesia católica. Ginés tenía la generosidad de recopilar aquellas reflexiones y textos innovadores. Nos los hacía llegar para alimentar así nuestra esperanza de ver un cielo y una tierra nueva. (Apocalipsis 21:1)

Como homenaje a su memoria tan sólo me referiré a un hecho del que Ginés Pagán fue sustancial protagonista. Reconozco no ser buen recopilador de historias. Los detalles se me olvidan, pero el eco-impacto de aquel acontecimiento, como el Big Bang, siempre llega a mí sentir, como las olas del mar que no dejan de sonar día y noche. Era la primera acción en la que yo participaba solidariamente por una reivindicación justa. Aquel año (1965) en el que las revueltas obreras eran sofocadas por la dictadura, y estudiantes y trabajadores detenidos, en el Seminario Mayor de Murcia, (aunque parezca mentira), tenía lugar una inolvidable huelga, una insurrección en toda regla.

Se avecinaban tiempos de aggiornamento. Un profesor mayor y desfasado imparte su asignatura ante un alumnado insatisfecho. Ginés Pagán respetuosamente se pone de pie y rebate con fundamento teológico las enseñanzas inmovilistas del catedrático. El profesor, escandalizado, al terminar la clase, denuncia ante el rector del seminario el rebelde comportamiento de tan insolente discípulo. Exige un correctivo como Dios manda. Inmediatamente el rector convoca a todos los seminaristas en la capilla. Desde el altar mayor sentencia: Desde este mismo momento Ginés Pagán Lajara acaba de ser expulsado del Seminario.

Las historias emocionantes subliman o desvirtúan mi sentido de lo real. Y como mi retentiva flaquea, para no errar el blanco, pido ayuda a un compañero para que me refresque aquel ayer reivindicativo:

Quien ahora pormenoriza lo sucedido es Juan Abenza, un viejo condiscípulo a quien recurro para que homologue y verifique mi recuerdo en la reconstrucción de aquel incidente:

La consigna corrió de banco en banco con susurros más leves que el vuelo de una mosca: "Huelga de silencio hasta que el asunto no se resuelva". Durante toda la cena sólo se oyó el golpeteo habitual de tenedores, cuchillos y cucharas al rozarse con los platos. El silencio continuó durante el recreo de la noche hasta la hora de recogerse en las habitaciones.

A la mañana siguiente, acudimos a la capilla. Comenzó la misa, desarrollándose de forma habitual hasta el rezo del padrenuestro. Al llegar a la frase "así en la tierra como en el cielo", Antonio López Baeza, hombre sensible y poeta de gran hondura mística, se vio presa de un ataque de histeria a consecuencia de aquel ambiente de tensión. Y comenzó a gritar con voces distorsionadas: "¡así en la tierra como en el cielo!, ¡así en la tierra como en el cielo! La huelga de silencio continuó.
 
A media mañana nos anunciaron que el asunto estaba resuelto y que Ginés Pagán regresaría de nuevo al seminario.
Ha pasado de aquello la tira de años. De los que participaron en aquellos hechos, unos siguen en la institución, otros se dieron de baja. A todos ellos mi respeto y, sobre todo, a Ginés Pagán mi reconocimiento por su valentía en defender sus ideas frente a la tiranía de los dogmas engañosos, en unos tiempos convulsos en los que protestar era cosa de héroes.

Luego los historiadores del tardofranquismo hablarán con razón de la importancia de los movimientos renovadores de la iglesia en la conquista de las libertades en nuestro país. Lo mismo quisiera yo que, también mañana, hablen así de los clérigos de hoy. Aunque a mí ya nada me vaya en ello.

lunes, 13 de septiembre de 2021

La semilla de Onán



Si el amor es ciego, da lo mismo amar a Maritornes, a Beatriz o a Dulcinea, aquella virtuosa dama de sin par y sin igual belleza de la que hablara don Quijote. Y su lascivia no le viene a Onán de unas piernas-cariátide, unas sinuosas caderas, cuello de cisne, labios ardientes, pechos explosivos, piel melocotón… La bodega de la ambrosía del segundo hijo de Judá es su irrefrenable codicia, un amor cortés que pierde aceite, sin más molla ni trasfondo.

No es la voz seductora de Tamara, sus manos de nácar, su mirada transgresora, sus movimientos ondulantes, la soledad in crescendo de una viudez privada de hijos, abocada a la pobreza y al desprecio, la que empuja a Onán a yacer con la mujer de su hermano muerto, hace tan sólo unos días, envenenado por una serpiente; es sólo su propio amor centrípeto, sin recorrido, sin fruto, contrario a la ley del levirato. El donjuán amante de Tamara se resiste a dejar descendencia, a ser la semilla de su hermano. Y como un gato juega con un ratón hasta descuartizarlo, para luego no comérselo y dejarlo abandonado a la voracidad de las hormigas, así Onán se desentiende del eterno femenino de Tamara para congraciarse en sus fatuas berreas de cérvido eunuco, semilla desenterrada, arrojada al cubo de la basura.

¿A quien ama un hombre cuando se enamora de una mujer, sino a sí mismo? A Onán, más que el mutuo placer en sí, lo que le interesa es no dar hijo alguno a Tamara para quedarse con la primogenitura de su difunto hermano.

El amor, aunque parezca que viene de fuera, provocado por la hermosura inocente, limpia y jugosa de la mejor manzana del Edén, en realidad nace del fondo de su egoísmo. Calixto no puede seguir vivo sin el beso de Melibea. Y es que el amor cuando nos revela su grandeza, ya es tarde. Los amantes de Teruel, hace ya la tira de años que ambos de la mano andan sepultados en su Mausoleo.

Y así fue también, tanto Onán como Narciso, que los dos murieron ahogados en las aguas de su propio espejo. (Gn 38.8)

martes, 7 de septiembre de 2021

Palmira no me quiere


Sucedió una tarde estúpida. El pétalo de una margarita dice al joven Simón que Palmira, la hija del tonelero de la ciudad, no me quiere. Y hoy, después de 25 años, el muchacho de ayer, hoy convertido en alcancía y consumo, encuentra prensada entre las páginas de un libro, (Rojo y negro de Stendhal), la corola disecada de aquella flor desagradecida. El hallazgo fortuito de esta bella estampa estilizada y su amarga melancolía endurecen más aún los callos de su pesimismo. Simón reflexiona acerca de la decrepitud del tiempo, la inutilidad de los días vividos sin el amor de su juventud recién estrenada. Aquel no de Palmira, convirtió a este hombre en un desesperanzado escéptico. Duda de la bondad del amor. El amor para él es como la ley de Murphy (si algo malo puede pasar, pasará).

Los pensamientos le vienen, arremolinados, sin orden ni concierto, cavilaciones no sujetas al mandato de la lógica. Simón siempre creyó que regulaba su razón, que gobernaba cada uno de sus actos; pero no es así. Es su desmadrado saber, faro y guía de su mala suerte. Las cartas del amor no le vinieron bien dadas. Ya en su primera partida le dieron calabazas.

Por ello tal vez, esta mañana enmarañada de un otoño a destiempo, y avivado por aquel mal recuerdo de despecho, Simón amanece un poco poeta. Se siente solo. Es un cínico, duda de todas las bondades que le rodean: casa, familia, y hasta de su gato de compañía. Tal vez su cinismo lo haya heredado de esta sociedad sin referentes en la que vive. La gente ya no se enamora, viven juntos... y punto. Hasta enamorarse está mal visto, si no que se lo digan al obispo de Solsona del que dicen que está poseído por el diablo porque anda en amores con una feligresa.

¿Será que el mundo ha dejado de tocar la última melodía que en su violín guardaba? Son tantas las batallas a pelear en este agónico y convulso mundo, que el planeta anda sin barrer. Ya se pueden morir de asfixia tóxica todos los delfines del océano, derretirse los polos de la tierra, crecer de nuevo los bigotes del tirano… que nadie dará un palo al agua. Ya no quedan causas nobles, ni brigadas internacionales en las que alistarse. Medusa convirtió en piedra corazones y conciencias.

Simón vuelve al libro de Stendhal: coge la flor. Se le deshace entre las manos. Ya no huele a rosas ni a lavanda. Anda el antiguo verde de aquel pétalo, fosilizado, sin que un sol le haga hervir de gozo las meninges.

Antes el amor se llamaba amor. Hoy lo llaman cualquier cosa. Hasta el amor que ayer mismo era un misterio lleno de sorpresas, hoy yace tirado en el suelo sobre un jergón de garrapatas en aquel cuadro La nihilista que Paul Wermart pintara allá por el año 1882.



martes, 31 de agosto de 2021

La puerta que nunca abrimos


Las pisadas resuenan en la memoria
Bajo el paso que nunca dimos,
Hacia la puerta que nunca abrimos
En el jardín de las rosas.

(T. S. Eliot Elliot. Cuatro cuartetos)
Bien, basta ya de ponernos trascendentales. Que si la palabra cargada de futuro, que si es llave, vida y conocimiento… Seamos sinceros. Hablemos ya de una vez del no-poder de la palabra. Se ha dicho que la palabra mueve montañas, que derriba barreras, pacifica, hermana hombres y mujeres, que es puerta y ventana, lengua del alma… Palabras, palabras, habladurías... La palabra es prisionera de ella misma.

Me lamento de la imprecisión y facundia de quien escribe. Cuanto más éste rebusca y embellece sus palabras, más afeadas las encuentro. Menos ajustadas, según el decir irrealizable de Flaubert. En lugar de ser sorprendido con temas de enjundia, asuntos que levanten ampollas, testimonios que me hagan saltar del cómodo sillón en el que cabeceo mi vivir degenerativo, más frustrado me veo. Cuanto más se esfuerza el escritor por deleitarme con la sonoridad amorfa de su decir engolado, más solo y vacío me siento. Cansado estoy de mis oídos, acúfenos enmudecidos por cacofonías sobradas, que si la nieve es blanca, que si el sol sale por allí, la luna por acá, que si el curso natural de los ríos y su sabido desembocar en un mar esperado e indiferente. Quería el escritor con su hacer creativo, divergente y hasta iconoclasta convencerme que su palabra, una vez dicha, deja de ser ella misma para convertirse en lo que dice. ¡Vamos! lo del gato Schrödinger, que el misino estaba vivo y muerto al mismo tiempo. Quiere el escritor que yo sea el coro de su tragedia griega, parte interesada, protagonista, personaje imprescindible de las historias que se inventa. ¡Patrañas!

Quien sea capaz de decir cosas como aquellas que dijera Cortázar una puerta de ópalo y diamante desde la cual se empieza a ser eso que verdaderamente se es y que no se quiere y no se sabe y no se puede ser, es que no sabe lo que dice o no dice lo que sabe o es que sabe un mogollón, como es el caso del autor de Rayuela.

Las palabras, nada más salir de nuestra su boca, se convierten en humo. Tirar quisiera yo ahora del mantel de mis lecturas, y mandar a hacer leches el mito aquel que dice que Prometeo le robó a Zeus el fuego creador de su verbo. Esta mañana desayuno ostras con granada y cava; pero el maldito molusco, palabra-puerta-cerrada, se resiste a ser abierto. Yo hubiese querido, con sólo leer la palabra amor, haberme corrido de placer, sentir en mi carne la herida del ruiseñor de Óscar Wilde, degustar el interior de esta jugosa almeja que ni siquiera me han servido en el almuerzo.

¿Y qué decir de aquellos que viven de la palabra? Políticos, curas y abogados, noveleros... La palabra ni los vive, ni los regenera. Y de nuevo viene Cortázar con su hablar mágico, surrealista a darme o quitarme la razón, que no lo sé: No podré renunciar jamás al sentimiento de que ahí, pegado a mi cara, entrelazado en mis dedos, hay como una deslumbrante explosión hacia la luz, irrupción de mí hacia lo otro o de lo otro en mí, algo infinitamente cristalino que podría cuajar y resolverse en luz total sin tiempo ni espacio.

Y es que a mí me pasa lo que en el juego del ahorcado: nunca llegaré a completar la palabra que a leer me fue dada. Siempre acabo colgado de su soga.

miércoles, 25 de agosto de 2021

Lágrimas verdes

 


De lo que le aconteció a Flori aquel día de calores insoportables en el que Messi rompió a llorar a cántaros en su despedida del Barsa.
Mundo loco. Calores que matan, o la verdad por un tubo caleidoscópico. Flori lleva un tiempo en el que las coordenadas de la lógica se le superponen en el cerebro de su particular manicomio, y no atina a saber si ahora es antes, después o nunca; o si lo que cuenta es real o soñado. Pero entre estas letras y ella no hay trampa ni cartón. Otra cosa es que esta entrada responda o no a la verdad de los quereres y decires de este hagiógrafo de pacotilla. La verdad infundida es por el ministerio interesado del morbo, la rentabilidad de la mentira más creíble.

Flori trabaja a tiempo parcial limpiando las letrinas del Camp-Nou. Ella ni siquiera está segura de ser azulgrana. Nació siendo del Barsa, o tal vez su alma fuera culé antes de ser engendrada. Lo único cierto es que su madre la parió en la cárcel de mujeres de Alcalá de Henares. Luego, en cuanto salió del trullo quiso pasarse al púrpura trapicheo de los billetes verdes, y casi se la come un venado, al intentar alquilar sus nalgas por una misión noble. Y en su particular esquizo-sesera hoy cuece al mismo tiempo causas pías e indecentes, un tofu para dar de comer a su amante, un inmigrante que vino por el mar turbio desde los cielos famélicos de Bangladesh.

¿A quién engañaría la muchacha si dijera que sus palabras no huelen a garbanzos requemados, y que los huevos que puso a cocer en el cazo reventaron, y que toda la casa okupa de Lavapiés en la que vive con su negro huele a podrido? Ella también cuenta que el otro día vio a Messi en una rueda de prensa. Y quedó prendada de sus lágrimas verdes, de sus ojos escurridizos, esas aceitunas dulces, rellenas, a reventar de binladens a 500 pavos la pieza. ¿Y sus pies? Más rápidos que los de Ulises en busca de la pasta gansa. El quiebre de sus caderas. Su infinitesimal regate. Ella dice que Lionel al terminar la rueda de prensa fue al aseo donde ella pasaba la bayeta a los lingotes de oro de la grifería del baño, que la cogió de la cintura y le dijo: ¡Movámonos, nena, hagamos el ocho infinito con nuestros cuerpos! Luego, si hicieron el amor, ella no se acuerda. Pero es tan fuerte lo que por el crack futbolero siente, que se inventaría un sueño así, al igual que aquel otro cuerdo-loco de la Mancha se sacó de la manga su virtuosísima Dulcinea.

Flori volvió en sí. Lionel por supuesto allí no estaba, ni en las duchas, ni en el aroma a linimento de su atrofiada mente pituitaria. De nuevo me ha engañado el sueño, -exclamó toda desilusionada. Y siguió con su tarea. Y al ir a limpiar la tapadera del váter, ¡bendita casualidad! se encontró el pañuelo empapado de las lágrimas verdes con el que Messi secó su reptiliano y bursátil llanto.

Ella no deja de abrazar al bengalí, al tiempo que le dice:
 ¿Por qué no sacamos a la reventa entre los socios del club el moquero del argentino?
Su novio dice ahora a su amantísima Flor:
Mi amor, te estás volviendo loca.
Luego lo que sigue de esta entrada, ya lo dijo en su día la retorcida prensa:
Limpiadora de la sede del Club de Fútbol Barcelona se hace con el kleenex con el que Messi enjugó sus lágrimas en su despedida. Una de las plataformas más prestigiosas de la red ha puesto a subasta el célebre pañuelo de papel. Se sabe que un laboratorio médico ha llegado a pagar un millón de dólares. Su intención es utilizar su valor de clonación para…


domingo, 22 de agosto de 2021

Es hora de partir

 


Si él estuviera muerto y la viera ahora bajar los escalones del porche de la casa, sus ojos se le abrirían de alegría como dos palomas salidas de sus jaulas. Un esguince mal curado la obliga a inclinar su cuerpo, como si su carga hubiese sido mal colocada sobre la bodega de su espalda cansada. El barco de su cuerpo, a pesar de haber sido repintado y calafateado un millón de veces, él lo reconoce al instante. Ella se dirige al gallinero. Piensa hacer para la cena zarangollo de calabaza.

Y la descubre ahora como aquella vez, que jugó con ella a ver quién llegaba antes al espigón del pequeño puerto de santa Lucía. Entonces sus cuerpos volaban desde el castillo de los patos hacia la lonja del pescado, en busca de la mejor fritura, salmonetes, chipirones, boquerones, todos ellos ejemplares muy pequeñitos para ser degustado en su totalidad con la fruición que sólo sabe el deseo. Luego, frente al mar, recostados sobre un montón de redes apiladas, amodorraban sus tibios cuerpos eterizados por el fresco olor a espuma, a cebo y barca, a sexo y coral rosado. Ella con su guitarra, y él con su flauta, al ritmo de las olas, cantaban nanas a los peces de La Algameca.

Hace ya más de cuarenta años desde que los dos se vieran, al salir ella de Santa María la Vieja de una asamblea obrera. La luna sudaba amor en el muelle. Él escucha en la cama (era ya de más de media noche) a Víctor Jara, aquel músico al que le cortaron la lengua y sus dedos para que no pudiera cantar ni tocar la guitarra: La sonrisa ancha / La lluvia en el pelo / No importaba nada / Ibas a encontrarte con… Llamaron a la puerta. Era la luna llena con sus alas de plata la que subiendo por el callejón de la Concepción llegó hasta el balcón de su casa.

Hoy su cuerpo como el barco de Teseo ha sido reparado ya muchas veces, de tal manera que aquellos que antes la conocieron, si se la encontraran ahora, dirían que no es ella misma. Para él es la de siempre, la de antes. La amiga de los mineros, de los gorriones y de las trece rosas. Lleva las mismas sandalias de cuero. Peina melena revoloteada de azabache intenso, recogida con una cinta color púrpura. Y aunque ahora calce zapatillas, vista delantal a cuadro, y su pelo como la nieve revolotee por su cabeza (aun de niña traviesa), no ha cambiado nada. Ha sido operada del menisco, pero sus piernas todavía vuelan. Él sigue pensando, al igual que aquel poeta de Buenos Aires, que quiere una mujer que vuele, que le abrace con sus piernas de pluma, y que le haga ver las nubes y las estrellas.

Desde donde él está, tras el cristal ahumado de sus ojos de tierra, no sabría a dónde la mujer camina. Balancea sus brazos como péndulos de un reloj de pared al que le quedan no sabe cuánta cuerda. Él, desde hace mucho, anda sin marcar la hora. Confunde los tiempos y los modos, los vivos con los muertos. Vive y sólo ya conjuga el modo infinitivo. Y al rato la ve de nuevo pasar con una calabaza y dos huevos que ha cogido del gallinero. Sabe la cena que le aguarda, zarangollo, medio vaso de vino y una buena rebanada de pan para rebañar el aceite. Y de postre, un pastel de calabaza.

Ahora la ve pasar de una estancia a otra como si buscara algo que no encuentra. Se detiene frente a la repisa de la cocina del salón, como esa embarcación anclada en el varadero para ser reparada. Parece como si  buscara algo que le faltara para seguir navegando. Echa mano a la flauta de madera con la que el marido tras la jornada se despedía del día. La música, el mejor responso, la mejor respuesta-recambio a las dudas de la vida. Y escucha la mujer salir de los agujeros de la flauta dulce aquella canción con la que el marido decía adiós al tren de la tarde: Es hora de partir y de decirnos el adiós...

martes, 17 de agosto de 2021

Con el tiempo y una caña



Resaca por los pinchos morunos y las patatas con ajo de anoche. Cena en familia. Carrasperas y retorcijones de barriga. Espoleado por los calores pegajosos de la noche, te echas en los brazos del amanecer, por ver si la brisa tenue del alba aliviara tus sudores nocturnos y tu garganta irritada…, y así digerir mejor lo que por el claror brumoso del levante vislumbras para este día. Te restriegas los ojos. Miras a tu alrededor, y le dices con voz desperezada al rosal que te cuente sus espinas. Una copa transparente de flores mustias y por las avispas carcomida es lo que de mí puedo decirte. Los tuyos duermen. La buganvilla arquea reverenciosa tus pasos hacia gallinero. Viertes aquí las pocas sobras del festín de la víspera, que traes en el negro cubo de los desperdicios. El jazminero te da los buenos días con su blanco aroma aún adormecido.

Después de pasar por alto el plantío de los pepinos, aquejados por manchas chamuscadas y amarillas, sigues el camino que te indican los enhiestos cipreses. Escuchas sus gemidos. Lloran la muerte de aquel ciervo de cuernos hermosos y brillantes que cuenta Ovidio en sus Metamorfosis. Desde entonces se volvieron lastimeros. Llegas al terreno de las calabazas. Sus hojas lánguidas, llorosas y caídas te piden limosna. Con el mismo cubo de la basura coges agua del bidón. Socorres sus palmas suplicantes, cual si tú fueras la misma Samaritana del Guercino del Thyssen-Bornemisza. Las avispas duermen perezosas en la cavidad de las tejas del alero de la barbacoa, apiñadas y felices. Tan sólo hace dos días, una de ellas, la más oliscona, te mordió en la misma punta de tu nariz ciceroniana. Fuiste a urgencias con tu cara de pan de carrasca. El galeno te confundió con el paisano de Bergerac. Los corticoides del urbason hicieron su milagro hipocrático, quedaste enseguida desembarazado de tu inflamación, restaurado de nuevo, con tu habitual gesto enfurruñado y curiosón. Las avispas tienen memoria. Si vuelves al mismo sitio, volverán a morderte, –te dice la más pequeña de las totaneras. Y añade la muy enterada: las avispas no pican, muerden. Por si acaso, a pesar de ser tú un incrédulo en cuanto al cerebro de estos insectos, (como al de otros tantos voladores de cielos aun más altos), das un rodeo, por si las muy cabronas te embistieran de nuevo.

Haces un respiro en este tu diario de verano agosteño y de calores histérico-históricos. Te detienes ahora en la higuera metabólica. Coges la caña amañada con el arte instrumental heredado de tu abuelo. (Aplastaba él uno de sus extremos, lo abría en forma de trípode. Con una pequeña piedra mantenía abierta sus garras). Tú, ahora, nada más encarar y girar suavemente la caña a tu higo preferido, te adueñas limpiamente del dulce fruto de esta higuera pajarera.

Sales luego por el camino de atrás de regantes. La huerta entera está en trance. Es hora de laudes. Tiempo para la alabanza ecológica y el recato místico. Canta el gallo, y allá por las 25 tahúllas canta también una rana de las pocas que quedan desde que entubaron la acequia Subirana. Te escandalizas al ver dos gatos madrugadores romper con sus maullidos el toque claustral de queda. Corren los felinos tras su frágil presa, un pobre ratón colorao que merodea por los cajones de las palomas del vecino. Paciencia, -les dices-, no os arrebatéis, amigos, con el tiempo y una caña hasta los verdes se alcanzan.

sábado, 14 de agosto de 2021

El verano no es tiempo propicio para la poesía

 


43º a la sombra. El calor abrasador del mediodía recalca la pesadez en su cuerpo. Desplomado como una cornamusa a la que se le sale el alma por los sobacos. Tiene el hombre esparto seco en la boca. Sus pies huelen a estiércol caliente. Apenas se nota el pulso. Sólo tiene fuerzas para alcanzar un par de folios de la mesa.

Siempre que se viene abajo y se deshincha, se pone a sacar de sí, (estrujándose), escurriendo sus sudores, el tedio, sacudiéndose las moscas, aborreciendo el termómetro que le derrite la inspiración. Quiere escribir poesía para airearse, venirse arriba, ¡como si ello fuese lo mismo que hacer un sudoku, beber un trago de cerveza, jugar a las tres en raya o tocar la chirimía!

Alza la vista el hombre de concordancias y metáforas consumido, tratando de sobreponerse. Sus ojos se entusiasman con una palmera que le recibe con sus palmas refrescantes, desplegadas. Precisamente esta misma palmera, hace ya varios años, que el picudo rojo se la merendó de un plumazo. 

E intenta detener con un poema los oros de su reflejo, creando un sol en calma, unos versos-savia, que sinteticen la luz refrigerada. No hay manera. Tan imposible como sacar agua de una piedra. Y cuanto más mira el frescor resplandeciente de la fecundidad de sus uvas humedecidas, menos a la imaginación le viene la dulce brisa de su esplendoroso talle.

Lleva, en medio de este infierno, tirados mil folios al fuego de la canícula. Ninguna estrofa le hace sentir la temperatura ambiente. El mercurio sigue marcando 43 grados a la sombra. No consigue aligerar sus calores. Y ante tal imposibilidad, el incompetente y deshidratado poeta, al acordarse de lo que un día le dijera aquella su amiga de letras que se llevó la Covid a principios de este año, a la prosa se va; pero la poesía llega a ti, no basta con buscarla, aparca al instante la pluma. El verano no es tiempo propicio para las musas. 

miércoles, 11 de agosto de 2021

La belleza no es fácil


Hoy quise que las nubes me dijeran por qué no estaban allí arriba, enamoradas, besando el cielo. Le pregunté también al viento por qué corría tras no sé de qué cosa, o acaso le perseguía la nada de su muerte quieta. Miré luego por las inmediaciones del valle del Guadalentín al sol tórrido y a las holgazanas piedras, los dos tumbados a la sombra de la torre de un castillo en ruina. Que me dijeran, les dije, lo que sus ojos dormidos veían. Ninguno de ellos, tan haraganeados estaban en lo que no hacían, abrió sus bocas. Un viejo río de fango con su sordo canto acompañaba el sueño de los arraclanes. Le pregunté a los fósiles de los peces soñadores, a sus aguas vacías, a dónde desembocar fueron. Tampoco ellas me dijeron nada.

Dejé de preguntar y preguntarme; y vino entonces a donde yo estaba un pobre y desolado árbol seco, sin hojas, cansado, sediento que se ahogaba. Y ahora era él quien me interpelaba enfurecido: 
Decidme por qué he de morir yo en medio de estos sequerales. 
Y me vino, no sé por qué, aquello que un día dijera Ezra Pound: Partisano, la belleza no es fácil

Luego, sin entender yo mismo lo que decía, le contesté al pino malhumorado: 
La hermosura es tu tristeza.

domingo, 8 de agosto de 2021

Cardo borriquero


La hija está de vacaciones a más de mil kilómetros de la casa materna. Sorprendida por una flor que ha visto por tierras lejanas envía a la madre por wasap una foto: ¡Mamá, mira qué preciosidad!

En el corral, la madre cultiva, desde tiempo inmemorial, estas mismas plantas, unos cardos borriqueros de aspecto grotesco y birrioso, pero que, después de haber sido cosechado el fruto de sus alcachofas, renacen flores exquisitas de un azul intenso y aterciopelado, iguales como las que acaba de enviarle la hija.

La madre se sorprende que la hija, durante todo el tiempo que ha tenido delante de sus narices estas mismas flores, no se haya fijado en ellas: Tiene gracia la cosa -dice la madre-, que mi hija haya tenido que desplazarse hasta la Conchinchina para darse cuenta de lo que junto a ella siempre aquí tuvo… Y remata la madre: A veces uno ha de alejarse de sí, para enterarse de la belleza que a su lado alberga.

martes, 3 de agosto de 2021

Hay libros y libros


Sé que todas las comparaciones son odiosas. Y que todo escrito, cualquiera sea su autoría o su temática tiene su pedigrí, su idiosincrasia. Y lo que para uno es blanco, para otro puede ser negro. La importancia de un libro depende del cristal con el que cada cual lo lee, o también del espejo en el que uno reflejado se ve en lo que allí se cuenta.

Hay libros, que aunque me ilusionan, me divierten, me dicen tantas cosas… Pero no me llevan más allá de lo que dicen. Son en sí tan completos y acabados que me dejan igual que antes. Como esas conferencias que, tras haber dado cuenta el ponente de su magnífica sabiduría, al llegar el turno de preguntas, nadie pide la palabra. El auditorio queda mudo, apabullado. Espanta la elocuencia repleta de tanto brillo que encandila a los presentes. Y al no poder aportar nadie nada de su cosecha, piensa que está de más o que sobra lo que diga, pues todo ya quedó dicho.

La maestra de Educación Infantil le dio a elegir al niño entre una circunferencia y otra igual, a la que sólo le faltaba una pequeña línea para terminar de redondearla. También le dio una ficha donde aparecía una cara con todas sus pertenencias: ojos, cejas, nariz, boca… Y otra, a la que le faltaban los ojos. ¿Cuál de ellas, pensáis vosotros que escogerá el niño?

Hay también otros libros, sin ser tan perfectos y, académicamente, no tan bien escritos, que me resultaron sugerentes, provocadores, abiertos, sin final, espontáneos. Y estimularon de tal manera mi imaginación sutilmente espoleada, que me forzaron, me llevaron a seguir leyendo, subrayando, incluso me impulsaron a escribir a mí también. Al ser tan grande el chorro de pensamientos, insinuaciones, interrogantes… no pude menos, para que mi cabeza no explotara, que sacarlos fuera, como aquel que, tras la tormenta se pone inmediatamente a achicar agua, para no verse desbordado por tal aluvión de agua, y, en mi caso, de ideas, auto alusiones, interrogantes y sugerencias.

La importancia de un libro varía según sea su lector puntual. Depende incluso del estado de ánimo del lector. Libros para el calor y para el frío, para el optimismo y la acedía, para caminar o el reposo... Libros que en otra época pasé de largo, y cuando vuelvo ahora a ellos, me han sabido a gloria.

Y respondiendo a la pregunta de antes: ¿Qué actividad escogería el niño de las sugeridas por su maestra? No lo sé. Pero si yo fuera, elegiría la que me permitiera dar vía libre a mi creatividad. 

Así que nadie se lleve las manos a la cabeza si yo me recreo este verano leyendo Las mil y una noches, ese cuento inacabado, circular e infinito, (según Goytisolo), y que le valió a Sherezade librarse de la muerte a manos de un rey llamado Shariar.

 

sábado, 31 de julio de 2021

El falso anillo de boda



Hasta el sol, que hace brillar de vida a quienes esperáis, pasa de mí. He llegado incluso a dudar de mi existencia. Dicen que un tremendo golpe seco de mi cabeza, contra una de las rocas del fondo del río Sambre, dejó mi cerebro completamente a oscuras. Vago por el ocre incierto de un campo de batalla sembrado de esqueletos. Además de no oír, me pregunto, si tal vez también me habré quedado ciego. No. Los ciegos sois vosotros, que ni siquiera levantáis la mirada para decirme hola, y que cubrís vuestros besos con telas manchadas de culpa. Y si a este ocultamiento vuestro y falsa indiferencia mía, añado la mirada fatídica de una hilandera atropellada y tendida en el suelo, del cuadro que preside esta estancia, y que me mira como si yo fuera ese cuervo incómodo que cabalga a lomos de un caballo exterminador que intenta aplastarla viva... 

Yo diría que el marido de Berta, después de estrangularme con los hilos de la rueca de Paula, fue el que me arrojó al río.

Estoy como en otro plano. Ni aquí, ni allí. En medio, que es lo mismo que decir que no estoy en ningún sitio. ¡Y qué raro! Yo, sordo de nacimiento, que nunca supe entender el lenguaje secreto de las cosas, escucho vuestras conversaciones. Parece como si hubiese recobrado milagrosamente el oído.

Paula le dice a Berta que cuando el marido de ésta última le comunicó lo que había ocurrido, no se lo creía. ¡Imposible, si este fin de semana estuvimos juntos en la casa de la playa! Mi mujer se da cuenta de que tengo los ojos abiertos. Con suma delicadeza se acerca y me cierra los párpados como queriendo evitar mi mirada acusadora.

Repito, los muertos sois vosotros que ignoráis mi estado, que calláis vuestro delito, que hacéis el amor, escondidos bajo la mugre de sábanas ajenas. El forense dijo que la muerte fue por ahogamiento. ¡Mentira! Paula me la pegaba con el marido de Berta. Se deshicieron de mí a conciencia. 

Vivir es un accidente -escucho ahora con total impunidad a mi asesino-, sólo la muerte es eterna. Y acto seguido pasa su mano exculpadora por la frente, cual un otro Arquímedes satisfecho al salir de la bañera. Si pudiera ahora hablar le diría a este hombre, que hasta ayer consideré mi amigo... pero así, estando como estoy, con esta mordaza que me han puesto para que no se me desencaje la mandíbula y no diga a nadie cómo se desarrollaron los hechos, se me hace imposible…, además ¿de qué serviría decirle que lo perdono o que lo maldigo?

Intento sacarme ahora el anillo de boda que llevo puesto. En los doce años de casado, nunca me lo quité ni un momento. Quiero dárselo en recuerdo a mi hija Paulina. Mis manos, estando como están, también paralizadas, no consiguen llegar a las de la pequeña. Será cosa de ir acostumbrándome a esta nueva situación catapléjica. Además, el hinchamiento amoratado de mi dedo anular, no me deja desprenderme de la alianza. En el fondo, me alegro, no sea que a la pequeña le acarreé la misma mala suerte que a sus padres.

Llegan dos hombres vestidos de negro con una mesa de ruedas. Antes de cerrar la caja donde estoy metido, le dicen a Paula que dispone de unos minutos para despedirse de mí. Los de la mutua se retiran por discreción. Siento sobre mi frente un gélido beso descolorido y adúltero. Me dejo ahora llevar por los camilleros a no sé dónde. ¿Qué puedo hacer, si no? Continúo con los ojos cerrados. Paula esquiva mi mirada. Muerto, veo y escucho mucho mejor que cuando estaba vivo. Y tal vez por ello entiendo que soy parte de esta composición macabra que pintara el sarcástico Pieter Bruegel. Ahora estoy más vivo que antes. Aquí, para siempre representado en este museo del Prado, en este jardín escalofriante, donde la muerte acampa victoriosa e implacable, conocedora del secreto que calláis.