lunes, 29 de junio de 2026

Quien no encuentre su niño difícilmente llegará a ser hombre


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Azulada es el topónimo que utilizo para referirme a la ciudad que me vio nacer. Azulada es también el título de un libro de búsqueda, un monólogo interior que, como dice Ángel Salcedo en su Presentación, responde a las preguntas de un yo perdido, alma errante que todos, tarde o temprano vamos elaborando para ir cerrando las cuentas no saldadas de otros tiempos.

Encontrar quiere Noel, el protagonista de esta novela, al supuesto amante de su mujer. Para ello recurre a una serie de cartas en las que, una tierra caliente y fértil, la Azulada noble, leal y fidelísima, asentada en un campo de gules, sobre ondas de azur y plata, es también la co-protagonista de esta historia, cuya trama es sólo relleno y soporte de una serie de cuestiones incontestables que a sí mismo se hace el remitente de estas epístolas, un hombre un tanto rucio, confuso, fáustico y de sí mismo desconfiado, acerca de su yo desarraigado y esquizofrénico, sobre el paraíso de su infancia pérdida. Quiere Noel, León, o como se llame el relator de estas 79 epístolas, dar con su Ítaca añorada, descubrir la Dulcinea de su amor, su soberana y alta señora, su mujer Mariana, abrazar la Azulada griega, la Azulada hebrea, la romana, la musulmana, la Azulada de todos…, detener el tiempo, vencer a la muerte, ese dolor ingente de no poder ver más a su pueblo, contemplar cómo sus raíces se extinguen, observar que el azul de su cielo, sus apostasías y credos, su niñez, (y con su niñez, su ser al completo), se desvanecen cual las nubes, como las sombras del sueño de Job, quebrantado por la polilla. De la mañana a la tarde son destruidos. Y mueren sin haber adquirido sabiduría. ( Job 4:13-21).

Quien no encuentre su niño difícilmente llegará a ser hombre.

lunes, 22 de junio de 2026

Quién el hombre, quién es la mujer y el sastre



Cosido a los días y atado al tiempo desgasto el traje de la carne que estrené hace ya algún tiempo. Comienzo el verano lo mismo que contemplé a mi madre cuando los funerarios cerraron la tapa de su ataúd. Los días pasan, se esfuman y desaparecen, ya nunca más volverán las estaciones del año. Nadie puede retornar el pasado. Si los días corren hacia adelante ¿cómo el tiempo quedó atrás sepultado entre las ruinas pretéritas de mi recuerdo efímero? Los científicos han podido retrotraerse al origen de la cosmogénesis  y presenciar la inauguración primigenia del universo, detectando hasta los ecos de las ondas del primer estallido del bing-bang.

Esta mañana en la casa de mi vecino andan los albañiles muy temprano –a las ocho en punto- dando fuertes martillazos para abrir un hueco, para hacer una escalera que comunique el sótano con el piso de arriba. El iceberg de sus vidas quiere emerger a su inalcanzable horizontalidad. 

La calma sosegada de este lunes perezoso se quiebra y se resquebraja con la martilla del tiempo, coyuntura que descuartiza a trallazos la silenciosa capa del subsuelo de mi conciencia. Estos furibundos ruidos podrán sobrevivir miles y miles de año, una eternidad viajando por el espacio sideral de un tiempo infinito; en cambio yo no podré conservar ni tan siquiera en un diminuto espejo un poco de luz de este azulado lunes de junio que se me escapará como tantos otros lunes, martes, miércoles, jueves...

¡Con tantos conservantes para vencer la caducidad de los alimentos que disponemos! ¿no habrá alguno capaz de clavar en la cruz del árbol de mi vida la eternidad de este momento? Diligente y laborioso me afano, construyo grano a grano la casa mi cuerpo de arena. ¿Para qué? Si luego al atardecer, la pleamar con sólo una insignificante ola me desvestirá de toda esperanza.

Y hoy le agradezco a mi hermano lo que me dijo un día: ¿Sabes en qué se diferencia el hombre de los animales? No supe qué responder. Y él mismo me contestó: Que el hombre tiene esperanza.


viernes, 19 de junio de 2026

Infierno blanco


"Más de una flor despliega con pesar su perfume dulce como un secreto en las soledades profundas". (Baudelaire)

Tengo veintiún años. Hace ya más de diez días que mis padres, mi novia, mis amigos, todo el pueblo rastrea mi cuerpo; no saben nada de mi. Tampoco yo.

Metido en esta recámara oculta, burbuja vacía a la que científicos cuánticos han extraído el aire de mi conciencia, no siento mi pérdida. En este atardecer helado bajo este puente abrigado ni me busco, ni me huyo. La vida sin mi. ¡Ausente! (abs-ente, sin esencia). No lloro como mis padres mi extravío, porque los pobres de Dios no tienen dineros para comprar lágrimas, ni dátiles, ni coca, ni risas, esos racimos jugosos de granos sanguinolentos que la crisis vende junto a la tapia del camposanto. El miedo me ha traído a este rincón inhóspito, el miedo de no saber andar mi propio camino. Y quise poner en marcha mi enquistamiento con jugo de amapolas blancas.

Correos electrónicos dan la vuelta cada segundo al mundo cual perros policías con mi nick en el hocico husmeando el dulce aroma de mi desaparición. Pasquines blancos sobre los mástiles apagados de las farolas me buscan por las calles de la ciudad dormida. 

Madre no se aparta del teléfono, agarrada está como un náufrago a la esperanza de un politono. La foto de mi primera comunión vaga descarriada por las esquinas, en los postes del semáforo del cruce, en la tapadera de los inodoros públicos. Mi novia en el cristal de sus ojos lleva escrito un SMS, un grito. Ella mejor que nadie sabe el por qué de mi bajada a este infierno blanco.

Ojalá pudiera yo desde aquí gritarle a los que me buscan que dejen de seguirme, que mi camino no lleva a ningún sitio. Nadie puede encontrarme sin yo ante haber dado conmigo mismo.

lunes, 15 de junio de 2026

Celos de mi hermana



Y recuerdo, hoy, el beso que la amiga de mi hermana le dio a su gato. Pegui, (que así se llamaba la amiga de mi hermana), sin apartar ella, también engatusada, su vista de mi cara, con tanto cariño besó la trompa del gato, que noté como si ella misma me dijera: 
Si tú fueras gato, yo haría lo mismo contigo.
Con todo, yo, por aquel entonces, apenas un niño de siete años, no me di por aludido; aunque sí pensé que, cuando fuera mayor, nunca me casaría con alguien que se llamase Pegui, y se atreviera besar en la boca a su perro o a su gato. Y tampoco me cambiaría por su gato, por mucho que Baudelaire dijera que los gatos eran amigos de la ciencia y la sensualidad, y que, cuando duermen, sueñan que son místicos, majestuosos y eternos.

Las amigas de mi hermana no eran de mi especie. No sé si los demás hermanos pensarían lo mismo de sus hermanas. No digo yo que fuesen alimañas, ni tampoco que yo tuviera celos de mi hermana, y que la quisiera sólo para mí. Ni siquiera la amiga de mi hermana se parecía a un pato lindo y afable como los patitos de Andersen. Y ahora que digo pato, me viene a la memoria que a la amiga de mi hermana, en aquella época le gustaba mucho jugar con los renacuajos de la acequia. Y cuando mi madre algunas veces, pocas, nos preguntaba: ¿Niños, qué queréis para merendar? La amiga de mi hermana siempre respondía: Señora, para mi, un bocadillo de foie-gras. A mí, ya en aquel tiempo, me gustaban más los mejillones en escabeche.

Luego le pregunté a mi hermana por qué yo le había caído tan bien a su amiga. Ella pasó de mí, como siempre, tratándome como un niño pequeño que no sabía nada de chicas ni de amores. Por supuesto: yo no era nada sabihondo, tampoco sabía de las adelantadas maneras de las amigas de mi hermana para encariñar y querer tanto a cualquiera. Aunque en aquel tiempo, aún siendo yo pequeño, sí sabía de la habilidad de las niñas, no de fingir, por supuesto, (no era yo tan malicioso); pero sí me extrañaba del amor tan sabio y tempranero que Pegui, la amiga de mi hermana, pudiera tener por un alelado impúber niño como yo.