lunes, 26 de octubre de 2026

Triste está el árbol



No tienes ganas de nada, ni de leer, ni de escribir, ni de sacar tu cuerpo a la calle para desempolvar tu desaliento. ¿Para qué? si todo es tedio y huele a fango y se acercan gobiernos malos por doquier. Lo mismo de siempre: caer, levantarte... y volver a caer. Votar y perder. 

Los árboles de la plaza, quietos, se reprimen, sin abrir su boca al dióxido contaminante de los coches. El perro del vecino, nada más oler tu sudor a hueso rancio, sin ni siquiera verte, empieza a ladrar como un descosido. Y no te enfadas con el pobre can, que sigue obediente su natural instinto, sino con su dueño que te niega el saludo, porque no eres de su cofradía. Homo homini lupus. ¿Para qué empezar otro día? Si no hay nada nuevo que ver, si el contenedor de la puerta de tu casa huele a refrito chamuscado. Y ves a un joven rebuscando en su interior. Si no fuera por su musculosa edad, te habrías confundido con él, de aquellos tus andariegos tiempos de franciscana mendicidad impostada. Dentro de una bolsa de basura, el muchacho ha encontrado un desodorante spray. Prêt à emporter, sin aluminio. Rocía con gracia y recato sus ingles y sobacos. Recicl-arte. Y encesta el envase de un triple al balcón de la mujer de la esquina, que con asco y mirada felina le recrimina aseo tan gorrino.

Recuerdas que estamos en otoño. Y te reafirmas aún más en tu abatimiento. La luz mengua, y la oscuridad con tufos reaccionarios se infiltra por todos los rincones del huerto. Amanece tarde y la noche, antes de que te des cuenta, te cubre por entero. La especie humana, el mundo animal y el vegetal, la naturaleza entera de tantos siglos y eras de vivir apegados, palpitan y sienten de igual manera. Si un cordero gruñe, si las nubes llueven muerte, tú también rabias y berreas. Si la palmera es atacada por el picudo naranja, las gallinas dejan de poner huevos. Y así entiendes que el tiempo no sólo es tiempo, sino también estación arancelaria, bulliciosa y mal presentimiento. Y no sólo el ser humano es vulnerable al gris del cielo. Las hojas de la morera se sienten mustias y tristes, lágrimas ocres y amarillas cuando caen derrotadas al suelo. Y el sol y la luna  también se deprimen al unísono, y lloran cuando se ven tensionados por la oblicuidad decadente de su posición forzada, y hasta los mejores días de la política de los tiempos de Platón y Aristóteles, cuando llegan los días de octubre y noviembre, se tornan nefastos, lúgubres y pesimistas. 

Y las próximas elecciones del 20N no caen precisamente en primavera, sino en las mismas puertas del invierno. Ya lo dijo Bertolt Brecht: ¡Qué tiempos estos en los que hablar de árboles es casi un crimen, porque supone callar sobre tantas atrocidades!

jueves, 22 de octubre de 2026

Flor de almendro



Los colores dulces del alba empiezan a pintar el día.

No hay nada como los colores para describir las esencias de las cosas, su sentido más poético, real y profundo.

El color, es la mejor metáfora. Esta última frase no es mía. Se la robé, no me acuerdo, si a un pintor, a un sepulturero o a un poeta.

En El color que cayó del cielo de Lovecraft los moradores de un determinada ciudad ven caer una gran piedra junto al pozo de una casa. Su color es indescriptible, inexplicable, nada parecido a la rueda de los colores existentes. Es un color nuevo, nada que ver con lo que la ciencia óptica y el ojo humano conocen.

Esta mañana, al contemplar esta flor de almendro en la huerta donde vivo, no me he podido creer que el odio siga acampando en nuestros corazones.



sábado, 17 de octubre de 2026

El día en que las izquierdas perdieron el don de gentes


 

Cada día, los sacerdotes examinan minuciosamente el Dharma y cantan sin cesar sutras complicados. Sin embargo, antes de hacerlo, deberían aprender cómo leer las cartas de amor enviadas por el viento, y la lluvia, la nieve y la luna. (La Nube loca).

Anoche, sentado delante del  oráculo de los conjuros, y antes de que acabara el plazo para presentar las coaliciones al 29N, vi como un pedazo de luna quedaba atrapado entre las espinas de una rosa. Y en el botiquín de mi alma no encontré moquero alguno que mis lágrimas secara, ni tiritas ni gasas que las heridas de mi confusión y desaliento curaran. ¿Hasta dónde debe alcanzar la eclosión de una desgracia, la maledicencia de una profecía para que los políticos de corazón se enteren de lo que vale un peine?

¿Acaso la vida no es eso, esperar la muerte, ver cómo morimos mientras vivimos? La vida es una vela. Vivir es sentir la luz de esa llama que se consume poco a poco. O como decía Celine: un cabo de luz que acaba en la noche.

En toda historia, pronóstico o fabulación mediada o sentenciada por la esfinge, por muy triste y oscuro que sea su vaticinio, hay una luz que, aunque no vislumbremos su llama, siempre queda la esperanza de que la lumbre prenderá, una vez que hayamos traspasado el túnel.


lunes, 12 de octubre de 2026

Españolear

 


Hispanizar, colonizar, conquistar, son verbos transitivos de dominación y prepotencia. Hablar de descubrimiento tampoco es cierto. La viña ya echaba uvas antes de que Noé catara por primera vez el vino. Es el alba la que me despierta todas las mañanas y no al contrario; que no huelo yo la flor si antes el rosal no me alarga su mano.

Celebrar la fiesta de la Hispanidad no es hacer un paréntesis en nuestra historia, y volver a los tiempos en los que el cardenal Gomá nos advertía en su “Apología” de los peligros de perder las esencias del alma española. 

Celebrar la Hispanidad no es pasar por alto los 60 millones de indígenas que murieron durante la conquista de América.

La defensa de la Hispanidad en el pasado siempre estuvo en boca de los defensores del inmovilismo más arcaico. Hispanidad no es decir que no hay otro credo que no sea el nuestro. Tampoco convocar actos de reparación y desagravios en favor de la monarquía.

Hispanidad no es una españolada, que no es presumir ni españolear, ni andar por ahí diciendo que la mayor cosa después de la creación del mundo fue el descubrimiento de las Indias.

La Hispanidad no es una cesta de votos. Recurrir al tremendismo, enarbolar la abstracción vacía de los valores patrios, cacarear la unidad en lo universal y no aceptar los hechos diferenciales de cada nacionalidad o región, volver de nuevo al lugar común de aquel “espíritu nacional” de infeliz memoria.

La Hispanidad no es un patrimonio en manos de la reacción o el catolicismo. Hispanidad no es regresar a un régimen de cristiandades, en el que Catolicismo era la religión oficial del Estado. Según el Artículo 16.3 de nuestra Constitución, España es hoy un estado aconfesional. Y deberíamos cuidar las ostentaciones y alardes que en materia de religión pudieran o herir otras sensibilidades de nuestra multicultural ciudadanía. 

La Fiesta Nacional, hoy bien debería ser una efemérides para alegrarnos del mutuo enriquecimiento étnico, inclusivo, integrador y mestizo, un acto de justicia, de reconciliación, pedir perdón y contribuir con el reparto distributivo desde una política de inmigración más humana frente a los desafueros cometidos en el pasado y consolidar las base de un nuevo mundo para todos.


martes, 6 de octubre de 2026

Carrera de relevos



Lo terrible no es malo, sino el principio de lo bueno.

El día se cierra en alaridos espesos de nubes negras. A estas horas, a la tarde ya no le quedan fuerzas para hacerse con la poca luz que le queda. Pronto será de noche, verdadero vacío de un cielo perdido, la vida truncada de una joven muchacha. El firmamento duerme ayuno de estrellas. Y en la curva de un camino luce impávida la mentira de una farola irresponsable que no ha podido evitar que el cuerpo de la joven quede atrapado en un accidente de tráfico. ¡Maldita sea! La pobre criatura desnucada contra el arcén de la vía.

No se retrasa la noche en esta tardía tarde paradójica y trágica de octubre en la que una muchacha para vivir necesita que otra joven se esclafe los sesos contra el asfalto asesino. En la antesala del quirófano dos jóvenes (una inconsciente, casi muerta, y la otra muy expectante y nerviosa), aguardan al equipo médico de trasplantes.

Siempre en todo lo que se extingue existió un principio creador. No viviría la vida, si la muerte no hubiese muerto. Otra vida ¡bendita sea! No llueve siempre a gusto de todos. La familia de la joven donante y la receptora, (ambas separadas en habitáculos distintos por razones de protocolo), respetan los distintos y contradictorios sentimientos que anidan en sus corazones palpitantes. Pero los rostros de todos ellos expresan la misma generosidad y calma, la quietud que brota del sufrimiento inevitable de unos, y de la esperanza vigorosa de otros. Sentencia ambivalente y absurda, la del destino de una carrera de relevos en la que el testigo es la muerte (o/y la vida). ¡Qué más da, si vida y muerte son los extremos del mismo vector divino! La sonrosada habichuela del inmaculado órgano extraído del amasijo de carne de la accidentada se dirige en viático parpadeante a su nueva ubicación y abrigo, al cuerpo de la joven viva.

El cirujano dice a la hemodialésica enferma que ha tenido una suerte enorme. La fortuna es ambivalente, lo mismo puede ser buena que mala. El ensalmador le dice a los padres de la hija accidentada que el monitor con su latido de muerte cerebral aconseja desconectar ya a la joven, y que guarden en su recuerdo el merecido consuelo: la muerte de su hija no será en balde, que los riñones de su hija muerta seguirán funcionando vivos en el cuerpo siempre de otra joven.

Dios no juega a los dados. Pero siempre que se sienta a jugar al mus con los mortales se guarda en la manga las diez de últimas, la inesperada sorpresa de la contradicción complementaria, el principio de la no dualidad, la anihilación de los contrarios: que el bien y el mal, la vida y la muerte, sean lo mismo.

La vida y la muerte no existen como estrellas apagadas, separadas, en esta en noche cerrada. Muerte y vida son una misma cosa, y no son posibles, desencarnadas la una de la otra. La una era la otra, como dice García Lorca en la Casida de las palomas oscuras.