viernes, 24 de abril de 2026

Yo no quiero ser poeta


 La mujer adoraba la poesía, se enamoraba de lo último que leía, o tal vez de los rapsodas, sus autores. El marido sospechaba. Y por eso los celos de don Gabriel..., y ese querer demostrar a su joven esposa que él también podía ser poeta.


Y porque la quería, y no quería que se la quitara un vate de pacotilla, don Gabriel se matricula en un Taller de Poesía. Pronto aprende a rimar cabos de palabras, medir dáctilos, distinguir una vaca de un terceto, llamar la atención de una dama, aderezar el ritmo y su acento, seducir al lucero del alba.

Y una semana antes del cumpleaños de su señora, el marido cual sembrador de piedras, escribe letra por letra en una cartulina perfumada de jazmines transgenéricos un poema de regalo. Las palabras se le resisten, no florecen, rebotan en el papel como en un frontón de púas retorcidas. Luego de tres horas de sudar tinta sin acierto, don Gabriel arruga con rabia el papel perfumado y lo tira a la basura.
Yo no quiero ser poeta. ¿De qué sirve regalar cuatro frases mojadas y contrahechas? ¡Misóginos los poetas, impotentes y egoístas, vanidosos que esconden su esterilidad en metáforas pulidas, cazadores de mujeres desprevenidas! Tras los versos no veo nada. Prefiero invitarla a salir, dar un paseo en la noche, ver como la lengua del mar besa la arena dormida y, luego, los dos imitar apretujados el abrazo de la luna en las hojas del naranjo rebosante de azahar.
Y fue cuando al día siguiente fue a hablar con el literato de papel primalight que dirigía el Taller de Literatura:
Señor, desapúnteme, que ya no quiero ser poeta. Yo no pago por mentir a una mujer soñadora. Yo, como aquel otro Gabriel de Hernani, maldigo la poesía. Prefiero enamorar a mi esposa con las cosas de la tierra.

martes, 21 de abril de 2026

De paseo por el cementerio

 


Los pinos que dan acceso al camposanto, grandes y frondosos, forman un espléndido pórtico lleno de frescor y tranquilidad. Los madrugadores que transitan por este paseo, unos caminan, hacen deporte, y otros, como tú, vais simplemente a visitar a vuestros muertos. Todos unidos en vuestra soledad, y la mirada recogida hacia el hondón de vuestro ser más íntimo. Cual esquifes solitarios, os dirigís al piélago de vuestra propia y querida tumba.

Ya en el cementerio, te sorprendes al ver a tu madre. Hace ya varios años que no vienes por estos pagos. Tu pecho se oprime. Se te paraliza el alma y tu corazón palpita sobresaltado a cien por hora. Por un momento sobrecogido quedas por la mirada estéril de su retrato desde el mármol gris e impasible de su lápida. Como ella quería: sin flores, ni jarrones. Mujer inteligente y estoica. El sobresalto te impide rezar por ella. Luego, ya más sereno, te recompones, comprendes y acatas.

La brisa matutina que baja del cerro del castillo acaricia tu cuerpo con olor a perpetuidad. Caminas sonámbulo, fuera de ti, entre epitafios, cruces y mausoleos. Algunos, más afanosos y engreídos que otros, pero todos ellos: fúnebres, fríos, inertes. En silencio, gritas fuerte para que te oigan tus propios oídos taponados por la pavura y el respeto: 
¡Muerte, muerte, / los vivos y los muertos / corremos la misma suerte! 
Por tus ojos humedecidos pasan ahora rostros y semblantes conocidos. De sus nichos marchitados por el olvido se escapan energías vivientes que despiertan el sentido vivo de tu muerte. Vivos y muertos metidos estáis en la misma urna. Por un momento te ves a ti mismo vivo en el mundo de los muertos; y muerto, en el mundo de los vivos. La muerte esta mañana te parece lo más normal de la vida, de sentido común, lo más democrático.

Y además de tus padres y abuelos, te encuentras también con caras vecinas; otras anónimas. Retratos de hombres que recuerdas haber visto en tu infancia, sentados en el sillón de la barbería de tu padre. Recostados hacia atrás frente al espejo de su estampa en pausa, espumadas sus caras con el blanco jabón, bañadas por la suavidad de una brocha de finas cerdas que lamían con fruición los tiesos pelos de las barbas de recios labradores de manos anchas, trabajadores sencillos, comerciantes complacientes, empleados, amigos… Y descubres que estos semejantes, (y empleas a propósito esta palabra), son también, tu yo en sí, que no es entendido sino en la comprensión de los otros

La vida avanza en la confluencia de todas las fuerzas dispersas que desde el nacimiento andan hacia su meta. Y en esta gran marcha, fundidos, sumando grupos sanguíneos idénticos, polos opuestos, caracteres dispares, creencias distintas, camináis todos hacia un mismo horizonte, hacia la unidad universal de la Nada, ese cenit en el que cielo y tierra se confunden en una cosa, en un solo punto. Y sientes tu cuerpo tan íntimamente conjuntado con tu mente en blanco, que llegas a la conclusión que es tu alma la que por tu cuerpo exánime, siente, tiembla y ama.

sábado, 18 de abril de 2026

La belleza del sol a media noche



Son las nueve de la noche. Después de cenar, intento dormir a mis nietos. Se resisten, dan vueltas y vueltas en la cama. La luz de una farola impertinente se cuela por la habitación. Bajo las persianas, corro las cortinas. Me acurruco en medio de ellos. Los noto inquietos, reacios a coger el sueño. Ellos, ¡con tantas ganas de vivir!, a lo mejor relacionan el dormir con perder el alma de sus vidas.

Soy incapaz de retener cualquier cuento tradicional al detalle. Soy corto de retentiva. Mi memoria siempre anduvo escasa. Y más ahora, por culpa del señor GPT, a quien, cuando no me acuerdo de lo que quiero, acudo devoto fidelísimo a su altar clarividente. Envidio a las personas mayores de antes. No tenían Internet. Por ejemplo mi abuelo: se sabía de cabo a rabo el Juan Tenorio de Zorrilla. Órgano que no se usa, -me decía-, se atrofia, o dicho en refrán marinero: Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente. Por eso, cuando ahora pretendo recordar un cuento para dormir a estas dos criaturillas, me siento incapaz. Y he de recurrir a la movediza y difusa inventiva de un cuento sacado de mi angosta y menesterosa mollera.

Y en tono, entre misterioso, solemne y engolado les cuento un cuento sacado de mi caletre. Veo a los pequeños, más pendientes de la tonalidad misteriosa y encumbrada de mi voz, que de la hilarante lógica de una torpe narración sin sentido. Mis nietos, dos gotas de rocío, en medio de la noche clara, escuchan mis palabras con sus cuatro ojos como platos.
Había una vez un niño que quiso llegar al sol. Cada vez que se lo proponía, se veía obligado a abandonar su propósito. A pesar de las piruetas que hacía con las alas, que le había prestado su amigo Peter Pan, nunca podía llegar el sol. La belleza del astro rey le quemaba tanto...

jueves, 16 de abril de 2026

Huellas



50 aniversario de la huelga de la construcción. Murcia. 1976


Huellas sin rostros me dicen, amigo,
nadie mañana hablará de nosotros
.
Quiebro con fuerza urgente este olvido.
Loa sin nombres a obreros gloriosos.

Quiero que sepa el mundo dormido
que su conciencia y el pan de sus hijos
fue ayer la lucha, la huelga y el alma.
Quieren poner su rocío al alba.

Puños en ristre, redondas y calles,
todos unidos, en justo combate.
bridas pusisteis al gran capital,
huellas que no olvidaremos jamás.


lunes, 13 de abril de 2026

Estatua de amor y mármol


 
Si yo te preguntara de qué te arrepientes, me contestarías: de agachar la mirada cuando con algún conocido de improvisto me encuentro. ¿Por qué esa manía tuya de no querer ser visto, pasar desapercibido por personas por ti ya conocidas? Cuando te diriges por ejemplo a un sitio habitual, siempre lo haces por calles distintas, para evitar así cruzarte con quienes por allí acostumbran pasar a menudo. Todo lo repetido, cualquier cara o cosa, nada más ser descubierta, por muy bella y gozosa que sea, enseguida te resulta tediosa y aburrida. Es más, al instante, por repetida e iterativa, la sientes odiosa. En cambio, esta misma persona, si por ti fuera observada a través de la intermediación de cualquier espejo, material transportador y lúcido, tal vez no sentirías rechazo alguno por ella. Ver sin ser visto. ¿Timidez, fetichismo, demencia o cobardía?

Será por eso que esquivas tu mirada. Endureces tus ojos de manera estúpida, hasta el punto de mirarme ahora con desgana. Y lo único que consigues con este mirar disuasorio, es que tú mismo me miras como a un animal huidizo y sin alma. Para volver a mirar con mirada clara, tal vez necesitemos nacer de nuevo, dejar de mirarnos, o mirarnos de otra manera. ¿Por qué ayer, nada más verme, te seduje tanto, y hoy ya no te resulto tan atractiva, y procuras escaparte de mis ojos?

Últimamente, poco a poco, notas que la manera del proceder de tus sentimientos está cambiando de raíz, de forma extraña. Sientes más aprecio y te identificas más con tus contactos virtuales (vía internet, redes sociales, plataformas), que con la presencia presencial y física de la persona con la que quieres estar. Ya nada es como antes. Andas como quien se hunde por tierras movedizas. Nada es consistente. Tiempos vertiginosos. Intentas cohesionar lo que sucede hoy con lo que sucederá mañana, y todo un mundo de locuras y despropósitos te cae encima como losa de camposanto.

Y te preguntas: ¿si no será este modo mediador y extracorpóreo en el que te ves abocado, la manera más común de amarse la humanidad en el futuro? Los medios virtuales están troquelando, no sólo nuestros hábitos de comportamiento, sino también el modo de ser de nuestro corazón, de nuestra propia conciencia. Y esta manera normalizada de llegar a sentir la amistad, las cosas, el amor... tal como ahora mismo lo hacemos, vis a vis, cara a cara, cuerpo a cuerpo, ¿acaso mañana no será - te preguntas-, un proceder raro, y hasta contra natura? El instinto básico de nuestra comunicación más profunda y gozosa, hoy se basa en nuestra unión física. Por medio de nuestro contacto corporal llegamos a lo más profundo de nuestro ser y entendimiento.

Pero puede que mañana no resulte ser así. A los enamorados sólo les bastará ver sus caras en una mera imitación o copia, para sentir su amor, los dos fundidos, en un sólo mineral de mármol cristalizado.