martes, 25 de agosto de 2026

La sura del relámpago



Tu cerrazón te nubla el alma. Contra mi amor no hay Corán que valga. Te arrodillas ante una aleya, y altivo lanzas una granada en el atrio de cualquier embajada. Renuncias a mi abrazo en favor de tu maldita yihad. ¡Si al menos no hubieras sembrado en mi vientre lo que cobarde no te atreves a recoger! No eres trigo limpio, eres un maldito sarraceno, ¿No te das cuenta que tus creencias no pesan más que un grano de arena? ¡Cuando te emborrachas de doctrina dejas de ser un hombre! (Helen).

Los ojos de Helen, encendidos, cortantes como el viento, arrastraron su furia a lo largo del cuerpo impasible de su compañero. Gibrail no sintió como su mirada le apuñalaba el rostro. El látigo de sus palabras no consiguieron quebrantar su fe. Gibrail nada respondió. Entornó místicamente sus predestinados ojos y se puso a recitar con voz desafiante la sura del relámpago: El fin de los infieles será el fuego.

Helen, al comprobar su endiablada locura, giró brusca sobre sus pies desengañados, y sin agregar nada más, abandonó para siempre a Gibrail.

Podría olvidar el móvil, las llaves, perder el monedero, dejarse parte de la compra en el supermercado, pero Helen nunca dejaría su mochila olvidada en ninguna parte. Por esa obsesión suya de no separarse nunca de su apreciado macuto, todos pensaréis que la chica llevaba en él algo imprescindible, importante. Pues no, -le dijo la primera vez que Gibrail bromeó acerca de su inútil despropósito de ir siempre cargada con su macuto vacío-, lo llevo para meter en él lo que voy buscando. Más me interesa guardar lo que me falta, que lo que tengo. Cuando me veas, Gibrail, liviana, sin mi mochila a la espalda, sabrás que por fin encontré lo que buscaba.

Ahora es Gibrail el que sigue contando esta historia.

Ningún ácido podrá borrar el ensalmo que me produjo la primera vez que vi a Helen, salvo el santo temor de Alá, el compasivo, el misericordioso, que yo yo por entonces tenía. Me senté en el asiento exterior, el que daba al pasillo. En el otro, en el de la ventanilla, no había nadie. Eran las siete de la mañana. Me dirigía a rezar a la mezquita. ¿Está libre? -me dijo, todavía jadeando por la carrera que se había dado para no perder el autobús. Sin responder me levanté para dejarla pasar. En ese momento el chófer maniobraba para salir del andén. La muchacha llevaba su macuto inconfundible de tela verde. Mientras lo colocaba en el maletero superior del asiento tuvo que apoyar sin querer una de sus manos en mi hombro para no perder el equilibrio. Recuerdo el olor a nardos que se escapó por la abertura de su blusa al querer apartar su pecho para que no chocara contra mi cara.

Este encuentro en el autobús se repitió varias veces, hasta que le regalé aquel osito de trapo que ella gustosa cosió al bolsillo exterior de su macuto. Desde entonces Helen se vino a vivir conmigo. Luego nos separamos. Ella pensó que yo había tenido algo que ver con la explosión de un coche bomba en la embajada de Estados Unidos en Nairobi.

Han pasado cinco años de aquello. Desde entonces no había sabido nada de Helen. Pero ayer, entre los hierros retorcidos del atentado de la estación de Atocha, vi tirado en el suelo su macuto (inconfundible) de tela verde, lo reconocí por aquel osito que yo le regalé aquel día en que nos fuimos a vivir juntos. Me acordé de sus palabras, cuando me veas, Gibrail, liviana, sin mi mochila a la espalda, sabrás que por fin encontré lo que buscaba. Luego, en el periódico, reconocí la foto de su cara entre los desaparecidos.

Acorralado por la policía estoy en una vivienda de Leganés. Me dispongo en este momento a activar el cinturón bomba que llevo adosado a mi cuerpo. Cuando encontréis mi cuerpo destrozado por los efectos de la metralla... no recéis por Gibrail, el mártir de Alá, llorad más bien por Helen, asesinada por mi fanatismo.

martes, 18 de agosto de 2026

Contando muertos


Llevo un tiempo recontando muertos. Recuerdo que un día, en sus últimos meses de vida, le dije a mi madre que estuviera bien atenta para que no se enredara con sus parientes vivos y sus parientes muertos. Y es que aquella mañana vino a visitarla su hermana Josefa, y así de sopetón le dijo mi madre: Pero, hermana, ¿tú no te habías muerto ya la semana pasada? Mi tía se quedó tiesa como un palo. Tiesa y ofendida, como si las palabras de mi madre, puñal en el corazón hendido de mi tía Josefa, la mataran en aquel mismo instante.

Y ese consejo que yo un día diera a mi madre, que contara bien a sus muertos para evitar equivocaciones, hoy para mí no tengo. De un tiempo a esta parte, veo morir a vecinos míos, ¡más de la cuenta, tantos!, que no doy a basto para distinguirlos y memorizarlos a todos. Y a tal efecto, para no confundirme como mi madre entonces, he habilitado en el cuarto más grande de mi casa un memorándum en una de sus paredes. Allí voy poniendo en un recuadro los nombres de todas aquellas personas que se me van adelantando en ese mi particular viaje postrero que el destino me tiene preparado. Allí reposan el Sebo, el Cachisporra, el Capidengue, mi primo el Pintao, el Rompestaca...

Hace un mes, por ejemplo, puse la esquela del Parreño. Todos los atardeceres su hija aún acude sin falta a la casa de su padre muerto, con el solo propósito de dar de comer al gato que todavía vive, y que fue mascota y compañía, durante muchos años, de su querido papá. Son tantos los muertos que llevo empapelados en esta habitación, que casi ya no me queda espacio para encuadrarlos a todos.

Hoy mismo, por ejemplo, al querer entrar en la calle donde vivo, me encuentro con una cinta de esas que pone la policía para acordonar una zona de peligro. Me cortan el paso, ¡el paso a mi propia casa en la que vivo! Y me he sentido ofendido, como se sintió un día mi tía Josefa por las palabras que mi madre le dijera. Le pregunto al guardia, y me dice que, más abajo, un fuerte olor a muerto es el motivo. No respeto la cinta, y corro deprisa hacia mi casa, no vaya a ser que el muerto sea yo mismo. Por supuesto, no se trata de mí, sino del Panrollo, ese hombre enjuto que educadamente siempre me saludaba cada vez que me cruzaba con él, montado en su bicicleta camino de no sé dónde. Vivía solo. Al parecer llevaba muerto ya unos días.

Por fin consigo llegar a casa. Subo a la habitación a colocar la reseña y los datos de este último finado de los muchos que llevo ya anotados, y descubro que, tras la inscripción del Panrollo, sólo me queda un recuadro en la pared.

Es por eso, que que a partir de hoy decido no seguir contando más muertos. Al menos deberé respetar ese espacio último para mí. Así que desde aquí mismo hago el siguiente suplicatorio a mis queridos convecinos que me quedan: A partir de este momento, queda prohibido morirse nadie, al menos hasta que yo no lo haga.


lunes, 10 de agosto de 2026

Flor cadáver



Sólo me queda rezar; pero la razón no me deja. Cuando creía, me sobraba la fe, y ahora que soy escéptico ¡cuánto la echo de menos! Y así no hay manera de quitarme este dolor de encima. Vivo en compañía de cuatro gallinas, un nogal, un gato y un perro: las pocas creencias que conservo.

Salgo a dar una vuelta por los alrededores, por ver si los naranjos en flor de la acera, los rosales salpicados de pujantes brotes, el amarillo de los vinagrillos a los pies de una mota junto a la acequia... por ver si la brisa de la tarde.... me quitara esta pena que llevo dentro un montón de días. Me acompañan el gato y el perro. Quiero poner nombre a mi pena, para que mi confusión acabe de una vez. No hay mayor angustia que aquella que desconocemos. No logro saber su origen, ni su por qué, tampoco consigo ponerle cara. ¡Si al menos lograra localizarla, saber cómo se llama, a qué huele, de qué mal se alimenta ..., podría abordar esta pena, tocarla y tratar de curarla, librarme de su herida! Pero la muy ladina y terca se esconde, ha puesto en su rostro un tablacho que no deja que mis ojos de agua la reconozcan y reconduzca su adolorido caudal allá donde ella pueda restablecerse.

El gato y el perro, sabios y compasivos, nada más verme salir de casa, los dos se me han unido en mi escapada, queriendo consolar mi tristeza. Llorar juntos rebaja las penas. Mal de muchos, consuelo de... Los tres, atontolinados, paseamos juntos entre verjas ensortijadas de madreselvas, geranios que asoman su rubor por recatadas y humildes celosías. Me detengo y agacho para arrancar la mata de una osada corregüela que quiere estrangular con sus hilos y trompetas una pequeña palmera, recién nacida libre a la vera del camino. Por cierto, esta mala hierba echa unas flores preciosas; campanitas veteadas, unas; sonrojadas, otras. Los dos animales, creyendo ambos que voy a perecer de un mal paso, se apretujan contra mí: el gato desliza suave el rabo por los tristes tobillos de mis pies atribulados; y el perro lame con su lengua caritativa mis desconsoladas manos sudorosas.

De vuelta, entro en la casa. Lo animales: de nuevo a lo suyo, merodean felices entre el atardecer y el ocaso. Yo me hago un café para retrasar un poco más los malos sueños de la noche. Y en el poso de la taza se me antoja ver una flor tan esbelta y cruel, como aquella que allá en Varsovia, llaman flor cadáver. Y me pregunto: ¿Cómo, de flores tan hermosas, pueden emanar olores tan nauseabundos con intenciones tan perversas?

jueves, 6 de agosto de 2026

Llanto reprimido




Junio. 1989

Anoche mismo, estando viendo al grupo de teatro La Cubana en el auditorio de Molina de Segura, me entero de la muerte de Pepe Ros. Esta mañana llamo a Maricarmen Lorente y juntos nos desplazamos a Cartagena. El entierro es a las once. Llegamos a Santa Florentina. La misa ya había empezado. Telesforo, Pepe Lafuente y Luís Capilla presidían la ceremonia. Baste recordar que Pepe Ros fue uno de los pioneros de la organización del movimiento obrero en Cartagena. Su ámbito de presencia, movilización y compromiso, (entre otros: el ciudadano, el apostólico, -HOAC-, el político…), fue el mundo de los trabajadores de la construcción, los albañiles. Participó en la creación del P'alante, periódico clandestino cuyo fin era avivar la conciencia obrera y contribuir al derrocamiento de la cruel dictadura de Franco. Animador, líder, militante, entusiasta y combativo fueron las principales características que observé en muchas de las ocasiones que coincidí con él en asuntos relacionados con la lucha política y sindical. Sus aportaciones siempre se caracterizaban por su firmeza. Su vinculación directa con las masas, (según la terminología de la época), le conferían autenticidad. Persuadía por su sensibilidad y espíritu de clase. Transmitía seguridad. Todo ello, junto con su espontáneo humor y camaradería, configuraba su personalidad claramente definida.

Me ha impactado su inesperada muerte, el misterio y el simbolismo de su vida, su cuerpo desplomado en los asientos del coche con las llaves en la mano, desaparecido... El forense dice que la causa de su muerte ha sido un infarto. Buscaba con pasión, -comenta un amigo suyo-, un rincón siempre negado de felicidad terrena para los últimos. Se entregó a la defensa y promoción de los pobres. Y es ahora, cuando Pepe ya no está entre nosotros, que entiendo que forma parte de esa especie de hombres vitales, geniales, contradictorios que hay que quererlos primero para poder comprenderlos. Con Pepe se nos ha marchado un buen trozo de la historia y de la visión del Movimiento Obrero de Cartagena.

Una de las últimas veces que estuve con Pepe Ros fue a las puertas del ayuntamiento de Cartagena. Me parece que por aquel entonces él era concejal socialista de esta Ciudad Departamental. Recuerdo que yo participaba con otros camaradas en una manifestación anti-OTAN. Nuestro saludo fue un abrazo fuerte. Noté que, sin mediar palabra, Pepe Ros se soltó de mí y siguió hacia adelante con lágrimas en los ojos. Hoy en su entierro no hago sino preguntarme por el por qué de aquel llanto reprimido.

sábado, 1 de agosto de 2026

No esté usted triste


El principito apareció en la Tierra, y después desapareció... Si entonces un niño viene hacia ustedes, si ríe, si tiene cabellos de oro, si no responde cuando se le interroga, adivinarán que es él. Entonces, ¡sean gentiles! No me dejen así tan triste: escríbanme rápido que él ha vuelto…
Cumpliendo con el deseo que el autor del Principito hace a sus lectores en el último párrafo de su libro, se me ocurrió de inmediato escribirle la siguiente nota:
Señor Antoine de Saint-Exupéry, no esté usted triste, alégrese. Yo he visto a su pequeño Príncipe precisamente ahora mismo. He levantado mis ojos y lo he visto allá en lo alto, sonriéndome como un dulce rebaño de cascabeles entre las estrellas alegres del cielo. Llevaba un fanal en su mano. Y parecía el fanal la misma mirada de una flor encendida. A su lado estaba también el cordero. El cordero no tenía bozal ni estaba atado. Estaba suelto y llevaba la soga rodeada al cuello como quien adorna su garganta con campanitas de plata tañendo libre al viento. Para su tranquilidad le digo pues, señor de Exupéry, que no sufra: el cordero no se ha comido la flor; al contrario, tanto su Principito como la flor y el cordero jugaban a la comba con las estrellas en el firmamento, un mundo sin vallado ni fronteras.

Nota: Texto escrito el mismo día en que desde Marruecos entraron a Ceuta más de cincuenta mil inmigrantes.