viernes, 6 de febrero de 2026

Querido abecedario


Ver un Mundo en un Grano de Arena
y un Cielo en una Flor Silvestre;
tener el Infinito en la palma de tu mano
y la Eternidad en una hora.

(William Blake)


Quiso el amador (armador) de letras elogiar el mérito de cada una de las grafías de nuestro querido abecedario. Quiso agradecer a vocales y consonantes sus recurrentes servicios a la hora de crucigramear palabras, el arte de construir todo un mundo interminable de posibilidades semánticas. Ya lo dijo Borges: un punto contiene todos los puntos del universo. Por lo que este tejedor verbal, sin estar muy seguro de ello, pensó que todas las letras del abecedario estarían en cada una de ellas. Una manera ilusoria de calmar sus ansias irrealizables de hacerse con el infinito. Obligado se puso pues a la obra. Pero nunca veía el final de la magia algorítmica de su intento combinatorio. Así pues se dispuso a elogiar una por una las letras del alfabeto. Empezó por la J.

La Jota:
De aspecto bravo y corajudo, es seria y altiva esta letra; pero sólo en apariencia. Recia y fuerte, tanto por su grafía como por su elocuente rugir. Despista su ronco y áspero crujido, su estirada desenvoltura. Su atractivo y desgarbado aparejo es sólo un pretexto para encubrir su timidez y bajura. Es persona que sabe de su humilde condición. Se agacha por debajo de su línea de flotación y nacencia. Y compensa este hundimiento, sabio conocimiento, con el coqueto detalle de cubrir su cabeza con una despuntada corona para hacernos agradable su presencia. Su modesto nacimiento no está reñido con la nobleza y la elegancia de su porte y galanura. Ella sabe de exilio e islámicas xenofobias, pero no por ello se hunde, sino que se levanta y se rehace con valerosa dignidad de sus cenizas. Y hasta canta y baila con ese aire voluntarioso que le da el firme convencimiento de que la vida es un manojo de llantos y alegrías, una mezcla de aire y tierra. 

Tiene carácter la jodida. Es original, de difícil carraspeo, y a la vez sencilla. Es vocal y consonante, fuerte y suave, zona abierta entre extremos que se tocan. Es verja, arado que labra la tierra, y a la vez, lazo, jugo y yugo de culturas uncidas, diversas, mal avenidas que se enriquecen, se quieren y se complementan. 

La jota, como la vida misma, unas veces es irritante, insultante y temerosa, y otras, (las más), es coyunda, servicial ajuntaera, gozo que salva y que hace emerger la vida del caballón soterrado de su fecunda bajeza...

martes, 3 de febrero de 2026

Sólo es nuestro lo que perdimos

 



A veces me pierdo por textos distintos, que no tienen nada que ver con lo que en ese momento estoy leyendo. Sí, distintos; porque son otros los temas que me sorprenden y atiendo. El libro que un autor escribe no es el mismo que el lector tiene en sus manos. Y me extraño como se extrañaría una rata que en lugar de un ratón pare un encantador minino.

En el libro que ahora tengo en mis manos, (Tras el cristal), de un tal Platero Nogués, se cuentan las incidencias de una mujer encerrada dentro de una gran caja transparente, en plena Avenida de la Gran Vía, y a la vista de todo el mundo. Y esta lectura me transporta a mi infancia.

Vivía yo tres manzanas más allá de aquel fotógrafo. Tenía su estudio en la calle nueva. Me cogía de paso siempre que iba a ver a mi abuela. En la puerta de la casa del retratista, una placa de metal con letras doradas decía Fotos Tani. Dentro de un escaparate de cristal, colgado a media altura de la fachada como reclamo para clientes, exhibía sus mejores retratos. Y cada vez que por allí yo pasaba, me detenía en una de sus fotos: la de una niña vestida de primera comunión, con su cestita de flores, sus calcetines blancos, su blusa de lana recién estrenada con todos sus botones abrochados. La contemplaba una y otra vez; y veía que sus ojos me miraban directamente, como agarrándome. Al notar su insistencia, cambiaba mi ángulo de visión y me colocaba en el otro extremo de la fotografía, y observaba para mi sorpresa, que la niña no me quitaba los ojos de encima.

Al principio todo fue un juego, un juego de niños que me tuvo enredado mucho tiempo. Yo escapaba rápidamente de su mirada, me colocaba en otra posición, pero no había manera. Sin ella moverse un ápice, sus ojos de papel bromuro enseguida me daban alcance. Y su mirada se posaba fija en mí, como si aquella fotografía estuviera viva. De haber sido yo un poco mayor hubiese creído que todo aquello se debía a la refracción de la luz a través de aquella caja de cristal, pero dada mi corta edad, yo por aquel entonces no comprendía las leyes físicas de la óptica. Y así fue como prendado quedé por el insistente mirar de aquella niña tranquila y hambrienta, con ojos como panes benditos en las fiestas de san Blas. Y revestí mis sueños con sus penetrantes ojos, su barbilla y sus labios de satén bien configurados, su amelocotonada faz, la seria inocencia de su edad, su estampada frente luminosa, su cuidadoso peinado.

Mis padres luego se marcharon como todos los veranos al sur de Francia, y allí estuvieron casi tres meses trabajando en la recogida de la fruta. Yo me quedé en casa de mi abuela, separado con todo el dolor del alma de la niña del retrato. Cuando mis padres regresaron, de nuevo ya en casa, lo primero que hice fue ir a ver la foto de la niña, me pasé por la puerta del Tani el retratista. Pero para entonces la niña ya no estaba en la caja de cristal de aquel escaparate. Y a aquella niña perdida de mi infancia le debo hoy mi identidad. Hasta entonces yo no era algo diferente de mi madre, de mis hermanos, de mis amigos. Fueron los ojos vivientes del retrato de esta niña, los que posándose como una mariposa en la flor tierna de mi corazón naciente, me definieron como ser diferenciado del resto del mundo. Ya lo dijo Pedro Salinas: 

Cuando tú me elegiste 
-el amor eligió- 
salí del gran anónimo 
de todos, de la nada.

Y tras el paréntesis de este recuerdo de mi niñez, regreso de nuevo a la lectura del libro Tras el cristal de Platero Nogués, donde precisamente leo aquella cita tan nombrada de Borges: Sólo es nuestro lo que perdimos.

sábado, 31 de enero de 2026

Tinta viva


 

Tengo yo por por costumbre a primera hora de la mañana y resguardado de miradas basculantes y del bullicio callejero escribir mis flatulencias en el cuarto de baño. Cómodamente sentado sobre la taza del inodoro, las emanaciones salen por su propia inercia sin apenas esfuerzo y apreturas.

Pero hoy al enterarme de lo que le aconteciera a Catalina Segunda tendré que buscarme otro rincón más seguro y recóndito para seguir expulsando mis excreciones literarias.

Y es que a esta reina de Rusia, a la amiga por excelencia de Diderot y Voltaire, la encontraron muerta una mañana esclafada en su letrina real.

Sí, ya sé que no es lo mismo palmarla de un retortijón de barriga encima la taza de un retrete que espicharla por plagiar las Catilinarias de Cicerón en una letrina romana.

Aunque, puestos a morir, conozco yo a un escritor que ha muerto muchas veces escribiendo. Que las Moiras no son asquerosas ni tiquismiquis; lo mismo te acorralan en el delta del Bramaputra que en el desagüe de la lavadora. Y a este escritor en concreto del que ahora no acierto su nombre, la muerte le quitó un día la pluma y con ella le atravesó su corazón con tinta viva.

miércoles, 28 de enero de 2026

Ser virgen está de moda


Dice Pausanias en el Banquete de Platón:
El amor no se dirige sólo a los cuerpos, sino a las almas, y ama a aquellos en quienes la inteligencia empieza a manifestarse.
Confundir amor con juventud o vejez es un reduccionismo fácil y falso. El amor es imparable, no conoce muros ni fronteras, se eleva traspasando las cumbres más altas, y consigue alcanzar profundidades insospechadas. Para los amantes no sólo el cuerpo o la edad es lo que importa. Su nobleza y su verdad es lo que cuenta. Basta que uno de ellos, no sobrepase los veinte para que el vigor de este pase al sexagenario, y los dos en este sistema de múltiples vasos comunicantes alcancen la media aritmética, los cuarenta cuadrados, la edad perfecta y bella de su prudencia lograda.

¿Entonces? Santa envidia -diría el viejo. O el amor quizá esté en la mente. Y ya se sabe que en cuestiones de años, la mente nos sorprende y miente. Que he visto yo abuelos que peinan canas y se sienten emprimaverados. Y al contrario, muchachos aún sin bozo con calvas de momias antediluvianas, licántropos menopáusicos a cuatro patas.

Pero el sexo, que hasta ayer fue sostén y acicate de la supervivencia de la especie humana, hoy resulta no ser tan imperativo y necesario. Según estudios proyectivos, (demografía, fertilidad, disponibilidad económica, recursos naturales, etc.) el algoritmo matemático resultante indica que, tras un tiempo de orgías, bacanales y optimismo, parece ser que vienen días de castidad modélica, de frigidez y pesimismo. Ante situaciones de miedo, desesperanza, catástrofes y porvenires inciertos solemos inhibirnos, retroceder, no aventurarnos por caminos no trillados.

Lux, el álbum de la contradicente Rosalía y la película reciente de Los domingos de Alauda Ruiz dan clara muestra de lo que hablamos, así como la proliferación de movimientos neocatemunales dentro de la iglesia católica caracterizados por su conservadurismo y posiciones sectarias, excluyentes y fundamentalistas. ¿Cuáles son los motivos íntimos que a una muchacha de 17 años, en pleno hervor, guapa y buena estudiante, llevan a desprenderse de las delicatessen de un mundo pletórico de bondades y placeres para convertirse en una monja de clausura?

Ante las respuestas inviables de un mundo absurdo y loco, hay quienes prefieren retornar al enamoramiento divino, volver al refugio de su clarividente soledad compensatoria. No creo que esta decisión, a todas luces respetuosa, les exonere del compromiso de dar la cara, responder a toda realidad injusta que requiere, (no sólo desde el punto de vista evangélico), una actitud de compromiso, acercamiento, empatía y solidaridad, más que de huida y escape. Ni en la séptima morada, (la unión plena y definitiva con Dios), debería sentirse a gusto el creyente, a menos que estuviera hermanado con los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren. (Concilio vaticano II).

Y volviendo al dios Dioniso, al dios de la fertilidad, no entiendo yo, ni sé de otra religión, decálogo ni credo que no sea la de amar sin fin al ser humano, de carne y mente fabricado, y así, desde la mortal cópula de un momento de pasión, elevar a inmortalidad deseo tan sublime y tan sagrado. ¡Me gustaría tanto que Virgilio, igual que a Dante, nos condujese a todos al Paraíso de Dioniso, y allí tomarnos eternamente un café o una rueda de churros con chocolate!

 

viernes, 23 de enero de 2026

Las semillas que plantamos



Los recuerdos son las semillas del eterno retorno 
(Nietche)

Hace tiempo que unos cuantos amigos enterraron los restos de sus tiernos días vividos bajo la sombra estirada de la torre de una catedral de provincia. El eco de las campanas, cantando las horas canónicas de su tímida juventud festiva, sepultado quedó por el murmullo de unas aguas mansas frente a los molinos de un río. Como despedida, antes de separarse los amigos, plantaron un esqueje de vid que les trascendiera y convirtiera en sombroso parral de dorados racimos de uva su futuro.

Los muchachos luego, cual dice el refrán, (cada mochuelo a su olivo), alzaron por separado a sus asuntos el vuelo. Como el ciervo huiste, / habiéndome herido; / salí tras ti y eras ido. Y el piular del ruiseñor les causó pena, triste llanto dolorido, cual el de aquellos polluelos implumes que fueron por la serpiente del edén despojados de su nido. Los pájaros plegaron sus alas cubiertas de tristeza y de rocío sobre el manto alejado y mudo del olvido. Si te he visto no me acuerdo. Los pétalos de su plumaje brillo cayeron al vacío. Pobres, destetados del abrazo de una amistad apenas renacida.

Flores desvestidas de su canto y su donaire, tuvo a bien el viento esparcir la semilla de su juventud enclaustrada sobre una tierra acogedora y fértil de recuerdos inmemoriales.

Al cabo de los años, la casualidad del destino (o el desatino) reúne de nuevo a los viejos amigos. Los jóvenes de entonces se congregan ahora esperanzados en el mismo jardín de su pasado, donde ayer de consuno plantaran aquel injerto de vid prometedora. Y quieren significar este grato sentimiento vívido y motivado por su fraternal rencuentro. Quieren resucitar el tiempo perdido, rescatar el fruto de las semillas que en su divina juventud plantaron. Tan fuerte es su nostalgia sentida, que los amigos, como el mago aquel del cuento de Fierabrás, quieren unir el presente y el pasado en un solo cuerpo, fundir el ayer y el ahora en un mismo instante. El tiempo es relativo. Todo pasa y todo queda, que decía Machado.

Y así es como quedaron sobrecogidos los amigos al contemplar que el tiempo, su solaje y el abono hicieron florecer sobre un tallo de la parra el canto de la dulce filomena, aquel ruiseñor que a Juan de la Cruz le sabía a éxtasis placentero:

Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía
y luego me darías
allí tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día.