Nuestro cerebro, al verse dañado o carecer de algún elemento que le permitía conseguir ciertos objetivos, suele delegar en otras áreas de su ámbito aquellas mismas habilidades de las que se creía privado. Nuestro instinto de supervivencia tiene la fuerza, la inteligencia y la solidaridad de adaptarse a situaciones calamitosas, insuperables. Algunos animales, por ejemplo las lagartijas, son capaces de reconstruir totalmente su cola seccionada. Y al igual, el Firmamento. En circunstancias difíciles, la naturaleza en general, dispone de una fuerza interior capaz de sobrevivir a las adversidades más inverosímiles. El manco acudirá a sus pies para llevarse el pan a su boca. Y así un perro ciego utilizará su nariz para alcanzar la chuleta de carne que su vista le niega. Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera.
Tengo por costumbre para dormirme poner la radio. Y anoche precisamente escuché la noticia: Hay vida en Marte. No así exactamente, sino que habían detectado en el interior de este planeta ciertos movimientos térmicos, (concentración de cloruro de hidrógeno). La existencia de estos gases emergentes sugieren la posibilidad de vida microbiana en el planeta rojo. Y por analogía, me acordé de aquella frase de Armstrong al pisar por primera vez la Luna: un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad.
Y así en medio del pesimismo consustancial en el que vivimos, hoy me levanto esperanzador. Y quisiera confiar en la fuerza, (cosmogénesis), generadora y subsidiaria del Cosmos, que desde el Alfa hasta su Omega, y por encima de cualquier demoledor egoísmo a su alrededor, el Universo se expande animoso, mientras en la Tierra, aquí en nuestro hermoso y fértil planeta azul, sus habitantes nos despellejamos los unos a los otros hasta, de seguir como vamos, sospecho que los terrícolas nos extinguiremos para siempre.




