miércoles, 20 de marzo de 2019

Nunca es primavera para quien tiene frío





A la una del mediodía en cualquier repecho de la resinosa carne de tu piel ácida el sol se relaja con adormideras de complacencia desocupada. Pero Afrodita tiene frío.

El aire enfervorizado de tibieza, divina pereza, purifica con el aceite sagrado, beatífica mansedumbre, las paredes recónditas de la buhardilla de tu femineidad arisca, agachada, aterida y laica. El cielo, desde el ventanuco de tu inconsciencia es una gran placa de azul oscuro, infernal, infranqueable que esconde la desnudez de su belleza a tus ojos desaboridos y opacos.

La cordillera de religiosidad enrarecida bordea con su verde-mirada-cobre la huerta que se desmelena coqueta y provocadora. En vano se empavona la primavera. Las curvas desatadas de acequias y limoneros son muslos de frescor y transparencia, onduladas hechuras, caderas al viento de una mujer lozana y ebria de azahares íntimos, cerrados por la impotencia de la indigencia. En la casa del pobre nunca es primavera.

Tierra caliente erizada, pechos macizos, muslos abiertos, dientes largos a tu frigidez desconsolada. La primavera te espera bajo la sombra de dos moreras a la puerta de tu casa desangelada. Ya es primavera, pero tú, desposeída y triste, estás en otra cosa.

domingo, 17 de marzo de 2019

Flores que huelen a pescado







En su día, el crimen cometido por Louis Althusser, ideólogo y divulgador marxista no logró enturbiar mi admiración y agradecimiento hacia este pensador que definió su filosofía como materialismo del encuentro. Sus textos alimentaron mis años jóvenes de ideas entusiastas en pro de la justicia y el compromiso político. Sus escritos eran la fuente de donde toda una generación, -la del mayo del 68-, bebíamos ilusionados por ver la manera de cambiar el mundo.

Este reconocido filósofo francés, director de estudios de la Escuela Normal Superior francesa, aquel tercer domingo de noviembre de 1980, se auto acusaba de haber matado a su esposa. Las autoridades, en un principio, no creyeron al profesor. El médico que le atendió, al percatarse del estado atolondrado de Louis, ordenó de inmediato su internamiento psiquiátrico. El cuerpo de su esposa no presentaba señales de violencia alguna; pero la autopsia reveló que la mujer había sido estrangulada.

Me abstuve ya en aquel tiempo, hace ahora casi cuarenta años, de hacer comentario alguno contra la honorabilidad de este intelectual. No sólo yo. La reserva internacional fue casi unánime. Nadie podía imaginar que de cabeza tan lúcida pudiera brotar comportamiento tan macabro. Desconocía yo las razones que habían llevado al pensador y crítico francés a cometer dicho asesinato. ¿Locura, limpieza política, despecho pasional, discrepancias sexuales? No se sabe. Se ocultan las razones. El guión patriarcal de aquellos años así lo pide. Tampoco recuerdo voces contra la violencia de género a raíz de aquel suceso. Quería yo con todas mis fuerzas que dicho uxoricidio no se hubiese producido, o que en su caso, se debiera a un enajenamiento incontrolado y por tanto no imputable a su autor. Deseaba que su criminal arrebato nada tuviera que ver con la estructura argumental de su doctrina filosófica. Era tal mi fe en sus planeamientos que no podía concebir que razonamiento y oscuridad fueran de la mano, que la verdad y la maquinación pudieran caminar juntas. Así que ya entonces me hice la pregunta que hoy aún no he sabido responder:
¿Cómo es posible que existan flores que a pesar de su belleza huelan a pescado podrido?  

viernes, 15 de marzo de 2019

Asamblea de Barrio



No hay cerrojo tan formidable como el que nos presenta el infinito cuando se abre.
(Víctor Hugo) 


No sé por qué le pusimos el nombre de Forja. Tal vez por el férreo, incandescente y empeño colectivo que todos pusimos en su realización. De haber leído El hombre que ríe de Víctor Hugo, a lo mejor le hubiésemos llamado a la operación Cerrojo Formidable. Dos horas antes, como reos en capilla a la espera de su momento más trágico, las cuatro personas que habíamos sido elegidas para llevar adelante el asalto nos dimos cita en un lugar protegido. Debíamos ultimar nuestro cometido, resolver imprevistos, recordar y coordinar las diferentes responsabilidades, calentar motores, garantizar la seguridad, El cuartel de la Guardia Civil lo teníamos tan sólo a dos manzanas. Nos enfrentábamos ante un hecho de cuyo resultado dependía la educación de nuestros hijos.

La misión, en pleno corazón de la noche, sin violencia y desperfecto alguno, era trepar hasta el tejado, para desde allí descender al interior y sustituir la cerradura de la puerta por otra de la cual nosotros tuviéramos la llave. La asamblea había acordado ocupar aquellos nuevos locales que tanto anhelábamos y que considerábamos propiedad del barrio por lo mucho que por él habíamos luchado.

¿Nuestras herramientas? Las imprescindibles: un par de linternas, una escoba, un diamante, un juego de atornilladores, una pastilla de plastilina gris, un octavo de pintura de aluminio, una escalerilla de cuerda, un par de arneses y un rollo de cinta adhesiva.

Nos citamos a la una y media de la noche. El primer paso sería desactivar el alumbrado eléctrico de la zona. Sabíamos que este dispositivo se ponía en marcha cuando la luz solar dejaba de proyectarse sobre un cuadro provisto de células foto-eléctricas que interferían la conexión, originando con ello el corte del alumbrado. De esta manera, si éramos capaces de alimentar con una linterna encendida dicho mecanismo, las farolas no se encenderían. Podríamos trabajar a oscuras sin ser vistos por nadie el tiempo que durase nuestro trabajo.

En caso de que no pudiésemos alcanzar la azotea, pondríamos en ejecución el plan B. Con el diamante cortaríamos el vidrio de la pequeña ventana que da al patio. Llevábamos con nosotros otro cristal de repuesto de las mismas medidas. Desde allí, luego de haber ajustado con plastilina el cristal al marco, nos adentraríamos en el edificio. Esta opción era más fácil, menos arriesgada, pero por ser más escandalosa y expuesta, sólo deberíamos llevarla a cabo, de fracasar la primera. El balcón de la casa del vigilante no distaba más de siete metros del epicentro de lo que debería ser nuestro campo de acción. Cuidado, el máximo. A la más mínima seríamos descubiertos. No levantar sospecha era nuestro propósito. La operación tendría que resultar limpia. Ningún desperfecto, no dejar pista alguna. Evitar futuras represalias. Todo debía parecer un milagro. Limpieza, seguridad y éxito, éstas fueron las tres palabras claves con las que nos conjuramos antes de dirigirnos a la Plaza de las Viñas, lugar donde tenía su enclave nuestro objetivo.

No fue necesario poner en marcha la segunda opción. Una vez escalado el tejado, desmontamos una de las cuatro claraboyas, la que en perpendicular caía justo encima mismo del hall. Ayudados de la misma escala marinera con la que hicimos el ascenso nos deslizamos hasta situarnos justo delante de la cancela. Sustituimos entonces la cerradura de la puerta principal por una nueva que nosotros a tal efecto traíamos en una de nuestras mochilas. Mientras que unos ajustaban la nueva cerradura, igualándola, incluso con unos retoques de pintura de aluminio a fin de que se pareciese lo más posible a la que habíamos inutilizado, otro trepó para atornillar la tapa de la claraboya por la que habíamos entrado y desamarrar la escala marinera utilizada. Luego, desde dentro, abrimos la puerta, salimos a la calle. Cerramos por fuera como verdaderos dueños de aquella propiedad. La luna nos sonrió cómplice. Finalmente nos encaminamos a retirar la linterna encendida que habíamos sujetado con cinta adhesiva al dispositivo del alumbrado. Las farolas del barrio volvieron a encenderse. Nuestras caras reflejaron el gozo por el deber cumplido. Antes de las cuatro de la madrugada la operación había terminado.

Al día siguiente un coro de niños y niñas acompañados de sus padres estrenaban los nuevos locales de su Escuela Infantil. A esa misma hora la cadena SER leía literalmente el siguiente comunicado que habíamos hecho llegar a todos los medios de comunicación:
Desde las nueve de la mañana, día 20 de enero de 1981, un grupo de padres acompañados de sus hijos hemos ocupado los locales de la nueva Escuela Infantil de Los Rosales de El Palmar. Después de haber agotado por nuestra parte todas las vías de solución por la vía administrativa y, conforme a las resoluciones tomadas mayoritariamente en Asamblea de Barrio, desde hoy empezamos a utilizar todas las dependencias de esta Escuela Infantil...

martes, 12 de marzo de 2019

No quiero a nadie






No quiero a nadie en el mundo, palabras éstas dichas por el Gato, cargadas de odio desgarraron el sagrado tímpano de mi educación atocinada. Una cincuentena de padres y madres reunidos en asamblea debatíamos aquella noche de un octubre templado de 1980 el Proyecto Educativo. La temperatura era agradable. Aun estando ya en otoño, parecía primavera. Las ventanas abiertas. Mientras los asistentes hablábamos del tipo de escuela que queríamos, el hijo de la Josefa no hacía sino incordiar dando golpes contra las puertas del Centro. En un principio creímos que para librarnos de sus pueriles asonadas, lo mejor era pasar de sus chiquilladas. Pero su provocación iba en aumento. Encaramado como un mono entre las rejas nos interpelaba desde fuera con un guirigay entre etílico e inteligible, nos sacaba la lengua, arrugaba dubitativo el entrecejo cual un oteador de gamusinos. Luego, no sé cómo, logró entrar donde estábamos. Cogió una silla y cual un niño bueno se colocó en la primera fila. Sin perder detalle se puso a escuchar la de cosas sublimes que decíamos en aquel momento: frente a una escuela autoritaria, sin participación, acrítica y clasista queremos una escuela participativa que permita el desarrollo integral del niño….

De pronto, el Gato empezó a extrañarse de tan sabios razonamientos. Nuestras elucubraciones pedagógicas, cual si fuesen chuzos de punta contra su delicado cerebro, dieron fin a su aplicado comportamiento. Las facciones de su discente cara pasaron a ser los bufidos de un félido escaldado que del agua fría huye. Ora retrocedía a gritos encorvándose dando saltos como los canguros, ora avanzaba solemnemente entre sillas y mesas, creyéndose un elefante. Alguien fue en busca de la madre, la señora Josefa, esa mujer sufrida con cara de niña buena que vendía iguales en las puertas de la Arrixaca. Tal vez ella sabría cómo hacer para que el hijo nos dejara tranquilos y así nosotros poder continuar con nuestros sesudos racionamientos en favor de la infancia.

Al entrar la Josefa y viendo completamente drogado al hijo, se abalanzó sobre él amarrándolo con sus manos. No sería la primera vez que la madre lo veía en tales circunstancias, pues instintivamente, sabiendo de lo que se trataba, de un tirón le quitó un tubo de pegamento que llevaba escondido debajo de la camisa. Los dos se enzarzaron en una pelea. El Gato empezó a dar patadas como un loco contra una estantería. Todos los libros se vinieron abajo, Montesori, Piaget, Paulo Freire, entre otros muchos pedagogos ilustres. Luego vino la calma, él se acurrucó en un rincón del aula. La madre salió con el tubo de la cola impacto. La asamblea reanudó su trabajo, pero no era lo mismo. Las brillantes ideas la libertad como práctica educativa, gestión democrática, igualdad de oportunidades, enseñanza individualizada, valores, centros de interés… no llovían como antes. Ninguno ya dimos pie con bola.

El Gato se apoltronó en un rincón al lado de una papelera. En ella vi yo que ansioso buscaba algo. De entre las basuras sacó una bolsa de plástico, se la esclafó en la cara y se puso a inhalar con los ojos en blanco como un alucinado. Resoplaba escandalosamente. El espectáculo se hacía insoportable. Uno de los padres, agarró fuertemente al muchacho y en volandas los plantó de un golpe en la calle. Fue entonces cuando el zagal empezó a vociferar con grandes gritos: no quiero a nadie en el mundo. No quiero vivir más. Y acto seguido cogió una gran piedra y rompió los cristales de todas las ventanas de... nuestro Proyecto Educativo. ¿Quién será capaz de ponerle los cascabeles al gato? Ya, nadie. El hijo de la Josefa, después de pasar por la cárcel, hace más de veinte años que cría malvas en el cementerio parroquial.

jueves, 7 de marzo de 2019

David contra Goliat



Más de una vez me tocó presenciar aquellos trastornos. En el momento menos esperado intempestivamente se apoderaba de él una fuerte sacudida. Blandía desordenadamente sus brazos y sus pies en todas las direcciones hasta caer al suelo retorciéndose como un guiñapo. Con todas nuestras fuerzas nos abalanzábamos sobre su cuerpo para impedir que los bruscos movimientos desatados le ocasionaran alguna herida o quebradura. No había manera. Imposible contener furia tan desencadenada. Debíamos también nosotros protegernos. Le echábamos entonces el colchón de la cama encima para contener a modo de escudo sus convulsiones epilépticas. Y así, a duras penas, reteníamos y amortiguábamos los golpes de sus miembros en agitación continua.

Una fuerza irresistible, como un rayo abrasador que ciegamente ambiciona su descarga, veía yo salir de las entrañas de mi hermano. ¿Os acordáis de El Horla, aquel relato de Guy de Maupassant, en el que un extraño ser invisible se apodera del protagonista volviéndole loco? Pues bien, contra ese mismo engendro se las veía mi hermano. En el interior de su boca babeante, los dientes castañeaban como redobles de un tambor. Cuando su oprimida lengua era atrapada por el martilleo de sus dientes, hilillos de sangre serpenteaban por su barbilla. Los ojos en blanco, vacíos de visión, espantaban a cualquiera de los presentes, impresionados por su aspecto onírico y alucinado. Sus bramidos aumentaban, se agigantaban llegando a alcanzar tonalidades que iban de la vesania de una fiera en abierto combate, a los aullidos y lamentos de un animal acosado y sin escapatoria. Recuerdo que una de las veces, el trastorno le sobrevino en el momento en que estaba afeitándose, no con rastillo ni máquina eléctrica, sino con la mejor navaja barbera que disponía nuestro padre. Menos mal que el ataque le sobrevino desplomando su cuerpo hacia atrás; de lo contrario podría haberse hecho un corte de envergadura en la cara.

Todavía retumban en mis oídos los gritos y alaridos de mi madre. Cada vez que ocurría el acceso, aunque estuviese en el rincón más apartado, empezaba a vociferar yendo de aquí para acá, nerviosa y excitada sin saber qué hacer. Sólo al mencionar simplemente la palabra ataque, una gran tristeza y desconsuelo se apoderaba de toda la familia, sobre todo de mi madre. En casa, todos evitaban pronunciar aquella palabra maldita. Maldita para todos, excepto para mi hermano y para mí. Él, porque perdía la conciencia en el momento del ataque, y los golpes de aquella fiera no los sentía; y yo, porque disfrutaba viendo a mi hermano salir siempre victorioso de aquella contienda contra aquel espectro salvaje.

Donde los demás veían enajenación, miedo, delirio, estrago, dolor y angustia, yo me maravillaba contemplando cómo mi hermano se deshacía de aquel enemigo que desde dentro acuchillarle quería. Siendo yo unos años menor, siempre su actitud fue para mí un acto de valentía. Mi hermano era mi héroe. Me enorgullecía verlo combatir de aquella manera contra las iras de Apolo, hijo de Zeus, al que según Homero le complacía herir desde lejos a los mortales en sus momentos de cólera. Siempre consideré a mi hermano como un laureado vencedor, capaz de traspasar cualquier tornado de fuego. Cual paloma incólume siempre salía airoso y vivo de entre las llamaradas devoradoras de aquel volcán innombrable. David contra Goliat.