viernes, 17 de julio de 2026

La transustanciación del agua


A las 17 horas de ayer martes, la policía rural, a su paso por el partidor del agua encontró ahogado a un hombre anónimo sobre el lecho de una acequia de la Huerta. Nada sabemos del por qué de este accidente, sólo que el infortunado vestía camisa blanca y calzaba botas negras.

Vive ahora este hombre junto a unos esplendorosos arbustos de romero en el último remate de un camino que huele a eternidad efímera, a caducidad fértil y próspera. La estrepitosa muerte de su mujer, una buena moza de ojos azules, dejó hecho jirones su corazón. Y se instaló en esta casa al frescor de dos moreras al mediodía. Y se acomodó entre naranjos y vinagrillos a dos metros de un cauce por donde los del Heredamiento de Aguas dan riego todos los martes del año a los arrendatarios de estas tierras. Y viendo que aquí se estaba bien, y el tiempo no corría, el hombre como abeja expectante detuvo sus andares tristes y se sentó sobre el tronco de un viejo árbol desmochado a la espera que los azules del romero le sonrieran.

Tiene este huertano cara de peonadas amargas, bigote en punta, de persona recelosa y huraña, orejas peludas de incomprensión y desengaño; pero cuando se detiene delante de la acequia, su rostro se relaja, y sus neuronas en torbellino se apaciguan, y hasta su arrogante mostacho se ablanda como mantequilla sobre las tostadas de un frugal desayuno; y cada vez que contempla el agua abriéndose paso entre sus pocos caballones de patatas, tomates y calabacines, su ánimo se embelesa y su cuerpo se derrite como cirio pascual ante el Santísimo.

El hombre se vino a vivir en este trozo de tierra, creyendo que en este ameno lugar daría caza al júbilo resucitado de sus días conyugales. Este hombre, un simple agricultor, nunca escuchó a Leibniz decir: Siempre es posible alcanzar lo que se espera, de lo contrario ni siquiera la esperanza existiría. Pero su esperanza se hace esperar, es esquiva y se le escapa como liebre perseguida por zorro rabioso y hambriento. Y a los siete años, esperando ver azulear a su mujer muerta en las flores del romero, un martes de riego, (jornada-eucaristía del agua), el hombre, cansado de esperar, se atavió con su mejor sombrero de paja, camisa sin cuello, limpia y blanca sobre su piel trabajada y rugosa, y sobre los hombros, su azada de hoja firme y deseos infecundos, y se encaminó a la feria del agua.

Y delante de la acequia, cual ceremonioso oficiante, se detiene para contemplar cómo el agua empapa de savia todo el regadío de la huerta. Y beber quiere él también, como la tierra sedienta y desesperada, comulgar de festín tan santo y suculento. Y sin escuchar nunca aquel poema de Alfonsina Storni, suspira como ella nada más ver la acequia: ¡Agua, agua, agua, mi alma seca, de seca se rasga!

Luego la acequia miraría cara a cara al hombre. El agua lo llamó por su nombre; o tal vez fuera el agua, quien por boca de su difunta mujer, le dijera: Ven conmigo, amado, y gocémonos hasta saciarnos. Y embobado por el reclamo azul y verde del fluir continuo y comunero del agua-olor-romero, este hombre dejó caer su cuerpo plácido a su morada postrera. No hay nada que la muerte no cure.

lunes, 13 de julio de 2026

Tres en uno en cuatro días


 
En pocos días hemos enterrado de seguido a tres o cuatro vecinos de mi calle. Se nos fue el Moratones, luego don Hipócrates el farmacéutico, al día siguiente doña Solomillo, la mujer del carnicero de la esquina... Todos ellos amigos muy queridos. Se ve que la Parca, al estar la gasolina por las nubes, (el estrecho de Ormuz está cerrado a cal y canto, a cañonazos y treguas de papel mojado), empeñada está en cortar Átropos por lo sano el hilo divino de nuestras vidas. ¡Ay la desventurada guerra usurera, indichosa, incivil e inacabable! Ahorrarse quiere la tan atareada Muerte en viajes y kilometraje. ¡Tres en uno en cuatro días!

Y así cuando aparco el coche en retirada de un cacho de mis días andados, cada vez más apreciados y escasos, echo siempre una ojeada sobejo los alrededores de donde vivo, (la feliz orilla de un río que de fluir amaneceres nunca cesa), por debajo de los coches, por los portales de las viviendas, entre las rendijas de mi alma en pena, por si viera a la Parca, y así sacudirla desde mi balcón de flores como a una estera, o espantarla, desesperado, como a intrusa rata indeseada. La muerte es terca y callada como una mula. Llevo una cabeza de ajos siempre conmigo por si acaso.

Siento que me estoy perdiendo el futuro. En estos años de involución y atascos, de marmotas interminables, el futuro tal vez sea aquellos años que ya viví en tiempos pasados. Ojalá pudiera decir lo mismo de mi muerte y regresar siempre por estos pagos.

Uno vuelve siempre
a los viejos sitios en que amó la vida...
(Canción de las simples cosas. Armando Tejada)


lunes, 29 de junio de 2026

Quien no encuentre su niño difícilmente llegará a ser hombre


20


Azulada es el topónimo que utilizo para referirme a la ciudad que me vio nacer. Azulada es también el título de un libro de búsqueda, un monólogo interior que, como dice Ángel Salcedo en su Presentación, responde a las preguntas de un yo perdido, alma errante que todos, tarde o temprano vamos elaborando para ir cerrando las cuentas no saldadas de otros tiempos.

Encontrar quiere Noel, el protagonista de esta novela, al supuesto amante de su mujer. Para ello recurre a una serie de cartas en las que, una tierra caliente y fértil, la Azulada noble, leal y fidelísima, asentada en un campo de gules, sobre ondas de azur y plata, es también la co-protagonista de esta historia, cuya trama es sólo relleno y soporte de una serie de cuestiones incontestables que a sí mismo se hace el remitente de estas epístolas, un hombre un tanto rucio, confuso, fáustico y de sí mismo desconfiado, acerca de su yo desarraigado y esquizofrénico, sobre el paraíso de su infancia pérdida. Quiere Noel, León, o como se llame el relator de estas 79 epístolas, dar con su Ítaca añorada, descubrir la Dulcinea de su amor, su soberana y alta señora, su mujer Mariana, abrazar la Azulada griega, la Azulada hebrea, la romana, la musulmana, la Azulada de todos…, detener el tiempo, vencer a la muerte, ese dolor ingente de no poder ver más a su pueblo, contemplar cómo sus raíces se extinguen, observar que el azul de su cielo, sus apostasías y credos, su niñez, (y con su niñez, su ser al completo), se desvanecen cual las nubes, como las sombras del sueño de Job, quebrantado por la polilla. De la mañana a la tarde son destruidos. Y mueren sin haber adquirido sabiduría. ( Job 4:13-21).

Quien no encuentre su niño difícilmente llegará a ser hombre.

lunes, 22 de junio de 2026

Quién el hombre, quién es la mujer y el sastre



Cosido a los días y atado al tiempo desgasto el traje de la carne que estrené hace ya algún tiempo. Comienzo el verano lo mismo que contemplé a mi madre cuando los funerarios cerraron la tapa de su ataúd. Los días pasan, se esfuman y desaparecen, ya nunca más volverán las estaciones del año. Nadie puede retornar el pasado. Si los días corren hacia adelante ¿cómo el tiempo quedó atrás sepultado entre las ruinas pretéritas de mi recuerdo efímero? Los científicos han podido retrotraerse al origen de la cosmogénesis  y presenciar la inauguración primigenia del universo, detectando hasta los ecos de las ondas del primer estallido del bing-bang.

Esta mañana en la casa de mi vecino andan los albañiles muy temprano –a las ocho en punto- dando fuertes martillazos para abrir un hueco, para hacer una escalera que comunique el sótano con el piso de arriba. El iceberg de sus vidas quiere emerger a su inalcanzable horizontalidad. 

La calma sosegada de este lunes perezoso se quiebra y se resquebraja con la martilla del tiempo, coyuntura que descuartiza a trallazos la silenciosa capa del subsuelo de mi conciencia. Estos furibundos ruidos podrán sobrevivir miles y miles de año, una eternidad viajando por el espacio sideral de un tiempo infinito; en cambio yo no podré conservar ni tan siquiera en un diminuto espejo un poco de luz de este azulado lunes de junio que se me escapará como tantos otros lunes, martes, miércoles, jueves...

¡Con tantos conservantes para vencer la caducidad de los alimentos que disponemos! ¿no habrá alguno capaz de clavar en la cruz del árbol de mi vida la eternidad de este momento? Diligente y laborioso me afano, construyo grano a grano la casa mi cuerpo de arena. ¿Para qué? Si luego al atardecer, la pleamar con sólo una insignificante ola me desvestirá de toda esperanza.

Y hoy le agradezco a mi hermano lo que me dijo un día: ¿Sabes en qué se diferencia el hombre de los animales? No supe qué responder. Y él mismo me contestó: Que el hombre tiene esperanza.