En pocos días hemos enterrado de seguido a tres o cuatro vecinos de mi calle. Se nos fue el Moratones, luego don Hipócrates el farmacéutico, al día siguiente doña Solomillo, la mujer del carnicero de la esquina... Todos ellos amigos muy queridos. Se ve que la Parca, al estar la gasolina por las nubes, (el estrecho de Ormuz está cerrado a cal y canto, a cañonazos y treguas de papel mojado), empeñada está en cortar Átropos por lo sano el hilo divino de nuestras vidas. ¡Ay la desventurada guerra usurera, indichosa, incivil e inacabable! Ahorrarse quiere la tan atareada Muerte en viajes y kilometraje. ¡Tres en uno en cuatro días!
Y así cuando aparco el coche en retirada de un cacho de mis días andados, cada vez más apreciados y escasos, echo siempre una ojeada sobejo los alrededores de donde vivo, (la feliz orilla de un río que de fluir amaneceres nunca cesa), por debajo de los coches, por los portales de las viviendas, entre las rendijas de mi alma en pena, por si viera a la Parca, y así sacudirla desde mi balcón de flores como a una estera, o espantarla, desesperado, como a intrusa rata indeseada. La muerte es terca y callada como una mula. Llevo una cabeza de ajos siempre conmigo por si acaso.
Siento que me estoy perdiendo el futuro. En estos años de involución y atascos, de marmotas interminables, el futuro tal vez sea aquellos años que ya viví en tiempos pasados. Ojalá pudiera decir lo mismo de mi muerte y regresar siempre por estos pagos.
Uno vuelve siempre
a los viejos sitios en que amó la vida...
a los viejos sitios en que amó la vida...
(Canción de las simples cosas. Armando Tejada)




