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miércoles, 21 de junio de 2017

El tironero de Wissin






Para este hombre, la vida es una ristra de dátiles picoteados y podridos. Un redrojo de uva, al que sólo le queda un maldito orujo. Y esto es lo que hoy reza en la orden del día de la prisión de Antrópolis:
Ahmed Joussef Wanake, 31 años, huérfano, descendiente de esclavos subsaharianos, ciudadano del estado de Pensildraver, será ejecutado esta mañana 24 de febrero del 2011 a las siete y media en punto en esta penitenciaría del Estado.
Joussef, o mejor, Rocket, como lo conocimos por sus pequeñas y centelleantes uñas. Hará unos quince años que empezó de tironero engañando a bobos admiradores de atardeceres pálidos. Robaba casi siempre en uno de los jardines que dan a los malecones de la desembocadura del río Tena, tan sólo a cien metros de donde yo vivo desde siempre con mi mujer y mi hija. Tengo que decir que, durante sus diabluras de ladronzuelo, nunca se le ocurrió estafar a los vecinos. Es más, su presencia por los alrededores del barrio, nos libró, en más de una ocasión, de maleantes y chorizos venidos de fuera.

Los delincuentes, nostálgicos de su quehacer meticuloso, nunca se olvidan de los pormenores de su primer delito. Seguro que Rocket recordará el resuello feliz de sus escapadas, resguardado tras el bello murallón del puente, donde, al trasluz de tardes de sueños y amaneceres, contabilizaba sus estipendios, escasas sisas a confiados turistas, y que luego repartirá con el tullido de su abuelo Wanake, con quien vive en un pequeño tugurio, caridad de la parroquia de san Patricio.

Luego, lo demás, a este pobre infortunado le vino sin querer: la muerte accidentada de aquel niño, tras un insignificante robo en una gasolinera de un cruce de carreteras, a la entrada de Wisin, nuestra bonita ciudad resguardada por su hermosa bahía, sembrada de sabrosas freidurías con sus ricos salmonetes y doradas. El reconfortante clima que aquí se vive, al abrigo de los montes que la protegen, junto con sus casinos y salas de fiestas, convierten esta zona en uno de los lugares más atractivos y frecuentados de toda la costa oriental del país.

En atropellada carrera, aquella mañana Rocket blandía en su mano derecha una afilada navaja, y en la otra, un miserable botín de no más de 35 dólares. Fue un error o una fatalidad que en su alocada huida un estúpido niño se le atravesara como raspa de pescado delante de sus narices. Ni él ya se acuerda, ni nosotros nunca supimos, si aquel pinchazo mortal fue intencionado. Sólo valieron las palabras del imbécil madero que lo atrapó: por fin te agarré, rata asquerosa. Todas las noches antes de coger el sueño en su diminuta celda de la trena de Antrópólis, Rocket se dice a sí mismo:
¡Pero qué importa ya; las cosas son como fueron!
En sus muchos años de cárcel, según me cuenta un funcionario de Antrópolis con el que coincido por las mañanas en el bar donde acostumbro a tomar café, Rocket, ha tenido tiempo para descubrir su vocación perdida: la pintura. Lástima que el paisaje que tiene ahora delante, sea tan escaso, espectral, tan poco sugerente. Pero, dentro, en su corazón, en su mente, se extiende infinito un diáfano horizonte lleno de palomas; las oye zurear por los rincones de todo su cuerpo. Como todos los artistas, él también tiene su manía particular: andar todo el día dibujando palomas, que luego, malhumorado, destruye al instante, porque las muy putas no vuelan.

Rocket le dice al capellán de la cárcel, la única persona con la que de vez en cuando entabla alguna conversación:
No soy muy original que digamos; así como un carnicero sólo piensa en solomillos, o un sordo sueña en estéreo, ¿qué va ha hacer, pater, un prisionero como yo? ¡Pues pintar palomas!
El ya no se acuerda si el sol es de oro, si de su seno caen dorados sus rayos, o si las mujeres liban amores cuando sale la luna ¡Son tantos los años de reclusión! Tampoco, en sus días de libertad, vio ese asombroso rayo verde del sol del que le habla su compañero de celda. Rocket le cuenta ahora al capellán:
¡Ay si yo tuviera la suerte un día de contemplar ese misterioso rayo verde!
El cura trata de explicar a Rocket las causas naturales del rayo verde:
No te engañes, hijo, no hay nada sobrenatural en ese rayo. Y ese efecto embriagador, que tu amigo le atribuye al sol, es sólo es una sublimación anímica y subjetiva de sus deseos de libertad. Se trata, Rocket, de un simple caso de refracción lumínica. Las partículas suspendidas en el aire, la combinación cromática, las nubes, el espectro de las radiaciones ondulatorias del ambiente, el color de las empinadas crestas de las olas del mar, todo eso, combinado con la luz solar, es el rayo verde.
Rocket insiste:
No debe ser un espejismo, cuando mi compañero, después de haber visto el milagroso rayo verde, ya no ansía otra cosa. Henchido para siempre ha quedado de su resplandor. Y las penurias de la cárcel ya no le afectan. ¡Nunca vi yo un hombre tan feliz en medio de tantas cadenas!
Rocket en cambio, cuando se pone a pintar, nunca consigue lo que quiere. Por eso se deshace de todos sus bocetos. El capellán, para animarle, le dice ahora:
Recuerda que tus cuadros son soló figuraciones. La paloma, que te empeñas en pintar, ave es de tu esperanza. Mejor así, que no fruto de la mentira.
Un día camino de las duchas los grilletes le torcieron un tobillo. De regreso a su celda y maldiciendo de dolor, Rocket se pone a pintar como un loco la paloma de su vida, la primera y la última, como él la llama. Pero esa paloma que con tanta fuerza la siente, no se deja atrapar por el enmarañado carbón que él tan finamente le tiende. ¡Mira que la he mirado al detalle! Cada vez que, durante su hora diaria, sale al patio, y ve alguna volar, la guarda dentro de sí. Pero, luego, cuando quiere dejarla sobre el nido del lienzo, no puede; insatisfecho entonces, ladra como un perro hambriento: ¡Eso es lo que es el cielo, una meada de fetos, comadreja inmunda, sin parir nunca mi paloma deseada! Y estrujándola la tira irritado al cubo de la basura.

Rocket para sus cosas, siempre fue puntual como un reloj. Lo sé muy bien, porque desde el balcón de mi casa, cuando de pequeño se dedicaba al tironeo, siempre lo veía actuar de la misma forma, en el mismo momento, justo cuando el sol se ponía allá enfrente de la bahía, donde el mar y la sierra se confunden en un beso. Rocket fue y vino siempre a las mismas horas, siempre las mismas rutinas, los mismos clientes incautos.

Nunca para orientarse precisó de indicador alguno, pero esta noche, víspera de su muerte, el engranaje de su reloj interior se ha encasquillado. No ha dormido apenas. Espera con ahínco el preludio del día. Los carceleros no deben tardar en venir. Y se pregunta: ¿Y si el sol se hubiese perdido en su recorrido, desviándose en busca de otros planetas a los que abrigar, despechado tal vez por terrícolas desagradecidos, preocupados más por ver si hay vida en Marte, que por rematar la de un pobre afroamericano ajusticiado a muerte?

Rocket acaba de ver el dulce aroma del alba ahogado y mustio en el agujero del retrete, junto a sus orines, estancado en la fosa séptica de sus dudas, en la agonía de su ridícula esperanza, en el correr fecal hacia el pozo negro de un despertar fatídico. Su alma es la piedra desgastada de un viejo mechero que ya no prende el encendido de su cuerpo. La descarga, los dos mil voltios que dentro de poco escupirá la silla eléctrica dentro de sus pobres vísceras, los ha olido, los ha visto escondidos debajo de su camastro, embutidos en un pelotón de carne quemada.

Al condenado hoy lo despiertan antes del amanecer. Ver salir el sol ha sido su última voluntad. Ver si es posible la contemplación gozosa del verde milagro. El alcaide de Antrópolis accede, movido por el original gesto poético del recluso. Le han dejado subir a la torre más alta de la penitenciaría. Alumbrado por las linternas de los dos picoletos que lo empanadillan, con sus argollas a rastras, el reo trepa hasta el último tramo de la escalerilla que conduce al repetidor de la emisora del centro. Jirafa altiva, estira su cuello, ahuyenta nubes, pide prestado a los olmos de la avenida más cercana sus empinados ojos. Tan sólo un desvanecido borrador, oscuro, allá a lo lejos. Fracasado cazador sin presa. El sabe que en los sueños es posible que un buscador de setas, el pescador de perlas, un espalda mojada, un sin papeles, un tironero de bolsos, un ratero con suerte, encuentre en el fondo de la bahía, en el escondite de un bosque, entre los escombros de una casa derribada, la tinaja de sus monedas de oro. También sabe, por el capellán, que la fe mueve montañas, que la religión a veces nos regala mentiras consecuentes, tan lógicas, que parecen verdades.

Ahora, en lo alto de la azotea de la cárcel, desesperado de ver que el sol se retrasa más de la cuenta, grita impaciente como bestia herida ante la aquiescencia resignada de sus celadores:
¿Por qué, joven madrugada, tímida mujer estrecha, te cuesta tanto trabajo abrirte de piernas al sol? ¿Hasta cuándo vas a estar ataviada con tu vestido de noche, túnel de ciegos murciélagos incrustados en la pedrería oscura de tus prestadas lentejuelas fluorescentes? ¡Desnuda quisiera verte! Y por ende luminosa. Y que, el nunca visto rayo verde del sol, te montara, te cubriera, te macheara hasta quedar fecunda y llena como la fértil palmera por la inflorescencia invisible de un polvo enriquecido donde una paloma blanca ...
Los guardianes, por respeto, por piedad, o por costumbre, no se atreven a cerrar la boca loca de un reo al que tan sólo le queda una hora para ser ejecutado.

Unas gotas de lluvia se han paralizado a medio caer. Rocket, también calla. Como puede, se empina ansioso como un cohete, y mira por encima del sembrado de antenas que crecen como cruces de cementerio sobre los tejados cercanos. Las manos vacías de un viento suave le acarician la cara. Parece como si las estrellas, esta noche, hubiesen prolongado su permanencia en el cielo. Han detenido su paso; y en lugar de parecer, como todas las noches, tomates negros estampados contra el firmamento, ahora son un dulce rebaño de palomas, paciendo alegres entre los veneros del cielo. Siendo ya alborada, aún se dejan ver humildes y seductoras, más que otras veces, que la excesiva polución luminosa de la gran ciudad las hizo frías, ácidas, irreconocibles y distantes.
¡Ah, si yo fuese el ágil tironero de mis tiempos de Wissin! las atraparía de un plumazo, las escondería en mi seno y, allá, frente al resplandor del agua, resguardado tras el bello murallón del Tena, tranquilo, muy tranquilo, las estrujaría contra las heridas de mi alma, hasta convertirme como ellas en palomas del cielo.
Uno de los guardianes trata de calmarlo en su delirio:
Vamos, Joussef, que el sol ya ha salido.
Rocket, al que tan sólo le quedan diez minutos para la electrocución, arrastra sus pies desilusionado, como santo en procesión de viernes santo, sin haber podido ver el relámpago verde, aquel rayo del que tanto le ha hablado su compañero de celda. ¡Maldito embustero! El viejo gallo de la granja de la penitenciaría, al verle pasar, le brinda su aguerrido quiquiriquí: ¡a tu salud, ajusticiado! En el estanque del pabellón de los funcionarios, las ranas cantan o lloran, no se sabe. El aire mueve o sacude, tampoco se sabe, los jopos de las magnolias del jardín de la residencia del director de la cárcel.

Joussef ya está sentado en la silla eléctrica. Acaban de colocarle el negro capuchón. En la sala de ejecución todos miran el reloj. En su despacho el alcaide recibe frente al ordenador la letal y última disposición del gobernador. Pero, de golpe, todo el sistema eléctrico de la cárcel deja de funcionar.

Fuera de la penitenciaría, ni el mismo Heráclito se creería lo que en estos momentos está pasando. Todas las aguas de los ríos se han detenido. Estados Unidos, Canadá, Italia, medio mundo, se ha quedado a oscuras. Semáforos, trenes, todo el tráfico terrestre, marítimo, de golpe, paralizado. Cadenas de televisión, rotativos, puertas de garajes, aire acondicionados, faros, alarmas de seguridad, aspiradoras, cafeteras, grúas, frigoríficos, ascensores... Todo el mundo quieto como estatuas vivas.

Los fusibles de casi todos los generadores eléctricos del país se han fundido. Y como efecto dominó han hecho la de Dios es Cristo. En el Capitolio los Senadores dicen: tal vez una barra de uranio enriquecido...

Quillas, hélices, turbinas, motores, todo mecanismo que por obra de Edison, a la sazón también inventor de la silla eléctrica, bajo el sol se mueve, ha quedado en suspenso. ¿El gusano Blaster, el rayo verde, la Yihad, Bin Ladhen? ¡Quién sabe! Lo cierto es que la mujer del Presidente hoy no podrá utilizar la regadera eléctrica para rociar el vivero de bombas de racimo que con tanto esmero cultiva su marido en los jardines de la Casa Blanca.

En ese mismo momento, siete y media en punto de la mañana, el funcionario encargado de accionar los interruptores de la silla eléctrica, colocado detrás de Rocket, recibe la señal de dar cumplimiento a la pena de muerte. La sentencia es ejecutada. Joussef aún no sabe, que a esta misma hora, un apagón general de luz, a parte de dejar a 50 millones de personas en la más siniestra oscuridad, ha inutilizado el mecanismo de su mortal ejecución. Su condena se ha cumplido sin llegar a consumarse. Digamos, que Rocket no ha visto el Rayo Verde, pero ha vuelto a nacer.

martes, 13 de junio de 2017

La metafísica del volcán arrepentido



La pluma es la lengua del alma
(Cervantes).

No sé si existe el alma. Lo que si sé es que la siento cuando escribo. Oigo el aleteo transparente de su su tinta azul en mi conciencia, escucho el golpeteo crujiente de los peces de sus letras sobre el papel-río absorbente de mi cuerpo. Y así como el niño se concentra escuchando Pasito a pasito de Luis Fonsi, yo, como me encuentro, es escribiendo, y vuelvo a mí mismo, me calmo y me contengo como un niño autista. Y los giros circulares de mis grafías-remolinos me envuelven, me arrullan con la melodía de sus grafemas encendidos. A ellos me abrazo como flotador-madre-llama-nave ardiendo en medio del mar tenebroso de los fantasmas reales que me acosan. Y en los renglones pautados de mis cuadernos-borradores me siento seguro en medio de la babélica borrasca.

Y ese fantasma, el más grande de todos, soy yo mismo, mi destino, el destino, o ese cocodrilo que habita en mi, sin ni siquiera saber cómo se llama. ¡Y qué manía de dar nombre a los espectros! ¿Por qué nombrar lo que no conozco, si ni a las claras se me aparece? ¿Por qué habría yo de dar nombre a Dios, llamar de alguna manera a un poema, si ese Poema son todos los poemas, es el poema eterno, el de Lorca, el de Miguel Hernández, el de Witman, el de Machado, el de Storni, el tuyo, el mío y el de nadie, el de sor Juana Inés de la Cruz? El repiquetear de cualquier muchacha sobre las baldosas de la acera bajo mi ventana, todos sus andares me llevan a la misma palabra-mujer que nunca encuentro. No sé cual es su nombre, no la conozco, ¡ay que ver qué soledad sin su dulce taconeo!

Al día de hoy, ningún verso (de vértere) me devolvió la joven que amo y me vuelve loco.Y vuelvo a la escritura para ver si en mis letras encuentro al menos el brillo del sol en sus cabellos. O me encuentro. Tal vez yo sea el ánima, el ánimus, esa sospecha-duda-acierto-linterna apagada que llevo dentro sin saberlo. Lapsus cálami. Mástil quebrado de mi asidero. Y la simple sospecha de que el subconsciente sea Dios, que Dios viva y hable en mi subconsciente, (Césare Pavese), convierte (de vértere) en creación el verbo en subjuntivo-futuro de difícil cumplimiento. Y entonces, ¿para qué buscar en las palabras lo que ellas por sí mismas nunca podrán delimitar-abarcar-definir, esa grandeza infinita que dicen llevar en la escritura de su vientre concebido?

La escritura me devuelve la razón y la cordura que a veces el habla en su confusión arrebatada y presurosa me niega, me traiciona y hasta en ridículo me deja, al no disponer yo de argumentos para demostrar la verdad de mi corazón aligerado y en caliente. Mi verdad son mis sentimientos. Y esta verdad en ebullición puesta en mis labios inconscientes necesita del reposo, del equilibrio, de la estabilidad que me proporciona la palabra sobre el papel pensada. Y así al traspasar mis emociones y corazonadas a Blao, como un secador las airea, las selecciona, absorbe sus impurezas, las acrisola y las ordena plasmadas, inmaculadas, limpias de polvo y paja las deja, para enseguida regalármelas como trigo de cenizas estelares convertidas en vertedero (de vértere) y ganga.

La escritura, ¡gracias, escritura!, revelación sagrada de mi conciencia en falso, soterrada y confusa. Y mi locura irreflexiva y andariega se vuelve loca con razón o sin fundamento. Y así confundido y avergonzado, escandalizado de mí mismo voy enseguida en busca de mi refugio, este teclado de letras en hilera, crucigrama de posibilidades eternas, a ponerme a salvo en la tormenta de los improperios que salen desmadejados, encabronados de mis propios labios, arrebatado en llamas.

¿Y como un volcán podrá ponerse a salvo de su propia erupción, si no es retrocediendo? Y allí en la soledad de si mismo, de su abismo, de nuevo volverá a sorprenderse al ver su alma convertida en incandescente pregunta. ¿Quién soy yo? ¿Quién eres tú que no me dejas sitio para ser yo y viceversa? La metafísica del volcán arrepentido que vuelve a su interior para saber y remediar la tragedia del fuego que entre el subsuelo de sus rocas le recome, y abrasa. Y así encontrar el sentido íntimo de mi ser en ascuas. Este torbellino que me engulle en embudo- succión irremediable contra las leyes imperturbables de la Física.

sábado, 10 de junio de 2017

Piedras rodadas



Fuensanta Muñoz Clares en su blog Jardín de Floridablanca, habla así de su nieta de origen etíope:
Que es negra es una evidencia maravillosa, aunque yo ya no la veo ni negra ni blanca ni de ningún color; simplemente es mi nieta Werkines, especial como todas las criaturas, igual que todas las criaturas.
Estamos tan cómodamente instalados en nuestra fe y tradición que todo aquello que nos viene de fuera nos descoloca, nos pone nerviosos.

Un buen amigo a quien respeto, mirando al crucifijo que presidía la sala, donde Vicente García presentaba aquella tarde Piedras rodadas, su último libro de poesía, se extrañó que aquella imagen cristiana estuviera allí aún clavada en la pared.

Luego otro, tras haber visto a dos muchachos besarse en medio de la calle, comentaba tal conducta inusual.

Y siendo aquella tarde, la palabra poética, daga sin filo, de Vicente García, la protagonista de la tertulia, quise yo tener en consideración y abrazar de buena gana sin otra guerra que / pedir la paz y la palabra, / o recrear la paz en la palabra, / sin otra guerra que el poema.

Pero sin renunciar a lo que en mi mente polvorienta hervía. Con cuidado, sin patrioterismos ni sables, sin cruzadas ni banderas, sin armas, (que las carga el diablo). El arte como el infierno está lleno de buenas intenciones.
¿Por qué nuestro buen Papa Francisco no le regala a Abdelfatah el Sisi un (su) crucifijo? Mejor si se queda también Egipto con nuestro Cristo mítico, y así repartimos culpa, gloria y sufrimiento. Al fin y al cabo, tanto su cruz ansada como nuestro lignum crucis, ambos son símbolos de la inmortalidad. ¿No fuimos nosotros los que le copiamos su Osiris asesinado y resucitado? Asumimos su teología. Plagiamos incluso su teofagia eucarística. Los devotos de Osiris también se comían el cuerpo de su dios en forma de pan y bebían el vino de su sangre.
Habla Vicente Garcia en su Poema infinito (no este o aquel poema, sino todos) que el silencio hablado da su fruto. Mejor debiera callarme a contraluz y en comunión en la esperanza. Dice Paul Eluard, a quien el autor cita al principio de su libro Piedras rodadas: Oídme. / Hablo para los pocos hombres que se callan. / Los mejores. Y confiado en la mudez de mi sordera, cantar quisiera callado con Neruda: Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera.

Y en relación al beso homofóbico de aquel otro contertulio amigo, mejor también guardar silencio, quedarme solamente con la hermosura del beso, más allá de cualquier circunstancia intoxicada que pudiera inventar esta mala boca mía. Como dijo también el otro aquel argelino de Hipona.: Ama y haz lo que quieras.
Muchacha -¡mi palabra-,
desnuda, como piedra
rodada entre diamantes,
reposando en tu belleza.
 (Eres libro de agua. Vicente García Hernández)

martes, 6 de junio de 2017

Una estatua no es nada.





Yo era un niño. Apenas cinco años. Ya entonces corría en pos de las palomas en aquel parque de los domingos de mi infancia nunca olvidada. Mi abuelo, coetáneo de la estatua homenajeada, quiso estar también en aquel acto. Me llevó con él, tal vez para disimular su presencia entre aquella gente bobalicona, fácil tropa de cualquier sargento chusquero. Mi abuelo también era serio, pero no tan estúpido como para andar tras los pasos de ningún muerto por muy celebrado que fuera.

Antes que la Autoridad diera por levantado y descubierto aquel busto, tomó la palabra un poeta de ojos achispados y atada coleta gris tras sus orejas de murciélago:
A partir de ahora, cada vez que al pasar por estos jardines contemplemos el monumento de este buen hombre, el aliento de sus poemas seguirá respirando en nuestros sueños.
Por supuesto, yo aún no había oído decir a José Hierro aquello de quién puede congelar en estatua una vida. A pesar de mi corta edad no estaba aún tan lelo como hoy para confundir la realidad con una simple mole de bronce moldeada. Jamás una estatua podrá apropiarse de los labios, la boca y los ojos de otra persona, aunque sea la misma a la que representa. Eso es lo que por aquellos días yo creía. Una estatua no es nada. Tan sólo el tren de cercanías de los gorriones para poder llegar a su nido. Lo mismo que un poema es también muy poca cosa. Como tampoco es algo la muerte cuando se acerca, salvo un poema de mal gusto.

Al poeta le temblaban las manos. El papel en sus dedos tiritaba de miedo, debido a la mugre de sus inocentes mentiras. Hacía viento. O tal vez el poeta estuviese nervioso, porque ni él mismo creyera lo que estaba leyendo. Luego dijo: cuento tantas estatuas como hombres. Y al citar a Erasmo, y ver yo las caras inexpresivas de los presentes, me dije: Ahora, macho, sí sé que no estás mintiendo.

Cuando acabó de leer sus versos en presencia del reducido corro de hombres serios, el poeta miró con insistencia a los presentes como pidiéndoles por favor que aplaudieran:
¡Batid vuestras palmas, oyentes testaferros de la palabra, malditos calaveras, si queréis que mis versos surtan efecto!
Los poemas, como los jopos de las cañas de la acequia, necesitan del aplauso de la brisa y del agua para seguir vivos. Tal vez el público esperase algo más espectacular, algo, que fuera más que un poema. Y hasta que no vieran aparecer a la misma celebridad en persona, posada sobre aquel túmulo de granito, pensarían que aún no era el momento de los vítores y aplausos. Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas! / Hacedla florecer en el poema. (Vicente Huidobro).

Luego, el alcalde con su varita de mando se dispuso a desvirgar aquel bulto tapado con un paño rojo de festones dorados que colgaban de la columna rectangular de mármol gris veteado en negro. Yo supuse que aquello iría de magia. Ahora saldrá un conejo blanco -pensé. Las cortinillas se descorrieron. Cayó deslizándose el lienzo que cubría lo que allí se ocultaba; y para mi decepción, en lugar de aparecer el conejo, un par de peces metidos en una pecera, o una paloma revoloteando, lo que debajo de aquel manto rojo había era un mazacote de cabeza como hecha a mordiscos de rata, aún mucho más seria que el resto de las personas que presenciaban el acto.

Ya entrado en años, recuerdo, la erección de aquella estatua de mi niñez, no con aquella desilusión, sino al contrario, emocionado, menos suspicaz, más tierno y confiado que entonces. Hasta el punto que el tenue silbido del aire, el simple pisar de una hormiga, el bronco cloquear de las gallinas, un simple manojo de cebollas, hoy me saben y me suenan al tic tac de cualquier corazón en marcha. 

viernes, 2 de junio de 2017

La culequera





Antes de que las pestañas del sol desplegaran su arco matutino por la cresta del cerro, ya tenía Pascualico su tonel de agua cargado hasta los topes. Durante los meses de julio y agosto, el hijo de Pascual “el cantero” repartía agua por las laderas de la sierra del Gallo. Su viejo remolque de azul repintado trepaba recodos en busca de secas gargantas, señoritingos de la ciudad que habían escogido la sombra de nuestros castaños como recreo para sus vacaciones.

Cuando apretaba el invierno, en la misma motocarro de azul descolorida, Pascualico acarreaba sacos de cal por las obras de los alrededores. No tenía trabajo fijo. Lo mismo portaba costales de aceitunas a la almazara, capazos de uva a la bodega, que hacía chapuzas allá donde lo llamaran. Cuidaba además con tiento filial de su padre inválido. La descarga inesperada de un cartucho en la cantera donde trabajaba despatarró al viejo como cucaracha aplastada por el pisotón de una mula. Sentado quedó para siempre en su silla de anea.

Nuestra casa estaba llena de goteras. Yo era un chaval de quince años. La reparación del tejado y mis nuevos estudios en la capital debilitarían nuestra economía familiar. Por lo que, para ahorrarnos los jornales del peón, mi padre decidió que yo mismo le arrimara las calderetas de masa al hijo del cantero. Y así, entre teja y ladrillo, fue como hice amistad con este buen amigo. Se cagaba en la hostia como un carretero, pero su alma relucía limpia como una patena. De aquel tiempo, recuerdo su mirar siempre en flor. A pesar de su rudo hablar, de la costra agrietada de sus talones y de sus orejas como asas de orza cosidas a su pelambrera, Pascualico era un romántico de los pies a la cabeza, y no ya porque él alardeara conmigo de sus conquistas con las mujeres, sino porque yo así me lo imaginaba, siempre enramado a sus exuberantes senos.

Un día, al terminar el trabajo me invitó a su casa. Nos adentramos por un camino de chinas de rambla. La falda del monte se dobló de repente, y un boquete en forma de madriguera se abrió a nuestro paso. Allí vivía con su padre el tullido, tres gallinas y un viejo foxterrier que salió a besarnos los pies con la misma unción de un cofrade con su cristo más devoto. Con gesto cariñoso y sin decir palabra Pascualico le colocó bien la gorra a su viejo que dormitaba ajeno al murmullo de las chicharras de la tarde bajo el tendido de una parra. En un rincón del corral, dos de sus gallinas estaban muy aplicadas empollando huevos. Pascualico cogió a la más joven y le metió la cabeza en un balde de agua fría, varias veces, tan sólo unos segundos, para que no se ahogara. Me dijo que lo hacía para quitarle la culequera. Es para bajarle la temperatura, se aplasta como una piedra y deja de poner la muy calentona.

Luego llegó septiembre. Empecé mis estudios en la universidad. El olor al guiso de coliflor de la fonda donde me hospedaba, el cambio de altura, la separación de los castaños de la sierra del Gallo, o tal vez la luz amarilla del flexo sobre mis ojos atiborrados de fórmulas incomprensibles, fueran la razón de mi desazonada urticaria. Empecé a sentir un picor insoportable en mis genitales. A cada momento y sin atender a urbanidades protocolarias mis escrotos sarnosos eran zarandeados por mis manos electrizantes delante de quien fuera. Cuanto más me rascaba, mayor era mi excitación. Por la noche aún se cebaba más la indecente irritación. Era tanto mi escozor que ni cataplasmas de arcilla o refriegues de jabón de coco sobre mis cataplines en sangre viva amainaban mis picores.

Lo que desbordó el vaso de mis huevos escocidos fue aquel día que tuve que salir a la pizarra para demostrar delante de toda la clase el desarrollo interactivo de la atracción de las partículas de corto alcance. ¡Ahí va el filosero!, oí decir en voz baja a una de las traviesillas del último banco, precisamente aquella por la que incomprensiblemente mis huesos se deshacían cada vez que me cruzaba con ella. Y me acordé de aquella tarde en que mi amigo Pascualico le quitó la culequera a una de sus gallinas.

Al salir de clase, me armé de valor. Mi modestia me impide seguir. Lo que sí os puedo decir, es que mi quemazón desapareció por completo. Mis testículos quedaron sanados al instante, libres de sarna quedaron, rayados y limpios como una era barrida de polvo y paja. Y, mis queridos lectores, si queréis saber la razón, tendréis que preguntárselo a la que ahora es mi mujer, aquella guapa zagala del último banco de la que os hablaba antes.