martes, 18 de agosto de 2026

Contando muertos


Llevo un tiempo recontando muertos. Recuerdo que un día, en sus últimos meses de vida, le dije a mi madre que estuviera bien atenta para que no se enredara con sus parientes vivos y sus parientes muertos. Y es que aquella mañana vino a visitarla su hermana Josefa, y así de sopetón le dijo mi madre: Pero, hermana, ¿tú no te habías muerto ya la semana pasada? Mi tía se quedó tiesa como un palo. Tiesa y ofendida, como si las palabras de mi madre, puñal en el corazón hendido de mi tía Josefa, la mataran en aquel mismo instante.

Y ese consejo que yo un día diera a mi madre, que contara bien a sus muertos para evitar equivocaciones, hoy para mí no tengo. De un tiempo a esta parte, veo morir a vecinos míos, ¡más de la cuenta, tantos!, que no doy a basto para distinguirlos y memorizarlos a todos. Y a tal efecto, para no confundirme como mi madre entonces, he habilitado en el cuarto más grande de mi casa un memorándum en una de sus paredes. Allí voy poniendo en un recuadro los nombres de todas aquellas personas que se me van adelantando en ese mi particular viaje postrero que el destino me tiene preparado. Allí reposan el Sebo, el Cachisporra, el Capidengue, mi primo el Pintao, el Rompestaca...

Hace un mes, por ejemplo, puse la esquela del Parreño. Todos los atardeceres su hija aún acude sin falta a la casa de su padre muerto, con el solo propósito de dar de comer al gato que todavía vive, y que fue mascota y compañía, durante muchos años, de su querido papá. Son tantos los muertos que llevo empapelados en esta habitación, que casi ya no me queda espacio para encuadrarlos a todos.

Hoy mismo, por ejemplo, al querer entrar en la calle donde vivo, me encuentro con una cinta de esas que pone la policía para acordonar una zona de peligro. Me cortan el paso, ¡el paso a mi propia casa en la que vivo! Y me he sentido ofendido, como se sintió un día mi tía Josefa por las palabras que mi madre le dijera. Le pregunto al guardia, y me dice que, más abajo, un fuerte olor a muerto es el motivo. No respeto la cinta, y corro deprisa hacia mi casa, no vaya a ser que el muerto sea yo mismo. Por supuesto, no se trata de mí, sino del Panrollo, ese hombre enjuto que educadamente siempre me saludaba cada vez que me cruzaba con él, montado en su bicicleta camino de no sé dónde. Vivía solo. Al parecer llevaba muerto ya unos días.

Por fin consigo llegar a casa. Subo a la habitación a colocar la reseña y los datos de este último finado de los muchos que llevo ya anotados, y descubro que, tras la inscripción del Panrollo, sólo me queda un recuadro en la pared.

Es por eso, que que a partir de hoy decido no seguir contando más muertos. Al menos deberé respetar ese espacio último para mí. Así que desde aquí mismo hago el siguiente suplicatorio a mis queridos convecinos que me quedan: A partir de este momento, queda prohibido morirse nadie, al menos hasta que yo no lo haga.


lunes, 10 de agosto de 2026

Flor cadáver



Sólo me queda rezar; pero la razón no me deja. Cuando creía, me sobraba la fe, y ahora que soy escéptico ¡cuánto la echo de menos! Y así no hay manera de quitarme este dolor de encima. Vivo en compañía de cuatro gallinas, un nogal, un gato y un perro: las pocas creencias que conservo.

Salgo a dar una vuelta por los alrededores, por ver si los naranjos en flor de la acera, los rosales salpicados de pujantes brotes, el amarillo de los vinagrillos a los pies de una mota junto a la acequia... por ver si la brisa de la tarde.... me quitara esta pena que llevo dentro un montón de días. Me acompañan el gato y el perro. Quiero poner nombre a mi pena, para que mi confusión acabe de una vez. No hay mayor angustia que aquella que desconocemos. No logro saber su origen, ni su por qué, tampoco consigo ponerle cara. ¡Si al menos lograra localizarla, saber cómo se llama, a qué huele, de qué mal se alimenta ..., podría abordar esta pena, tocarla y tratar de curarla, librarme de su herida! Pero la muy ladina y terca se esconde, ha puesto en su rostro un tablacho que no deja que mis ojos de agua la reconozcan y reconduzca su adolorido caudal allá donde ella pueda restablecerse.

El gato y el perro, sabios y compasivos, nada más verme salir de casa, los dos se me han unido en mi escapada, queriendo consolar mi tristeza. Llorar juntos rebaja las penas. Mal de muchos, consuelo de... Los tres, atontolinados, paseamos juntos entre verjas ensortijadas de madreselvas, geranios que asoman su rubor por recatadas y humildes celosías. Me detengo y agacho para arrancar la mata de una osada corregüela que quiere estrangular con sus hilos y trompetas una pequeña palmera, recién nacida libre a la vera del camino. Por cierto, esta mala hierba echa unas flores preciosas; campanitas veteadas, unas; sonrojadas, otras. Los dos animales, creyendo ambos que voy a perecer de un mal paso, se apretujan contra mí: el gato desliza suave el rabo por los tristes tobillos de mis pies atribulados; y el perro lame con su lengua caritativa mis desconsoladas manos sudorosas.

De vuelta, entro en la casa. Lo animales: de nuevo a lo suyo, merodean felices entre el atardecer y el ocaso. Yo me hago un café para retrasar un poco más los malos sueños de la noche. Y en el poso de la taza se me antoja ver una flor tan esbelta y cruel, como aquella que allá en Varsovia, llaman flor cadáver. Y me pregunto: ¿Cómo, de flores tan hermosas, pueden emanar olores tan nauseabundos con intenciones tan perversas?

jueves, 6 de agosto de 2026

Llanto reprimido




Junio. 1989

Anoche mismo, estando viendo al grupo de teatro La Cubana en el auditorio de Molina de Segura, me entero de la muerte de Pepe Ros. Esta mañana llamo a Maricarmen Lorente y juntos nos desplazamos a Cartagena. El entierro es a las once. Llegamos a Santa Florentina. La misa ya había empezado. Telesforo, Pepe Lafuente y Luís Capilla presidían la ceremonia. Baste recordar que Pepe Ros fue uno de los pioneros de la organización del movimiento obrero en Cartagena. Su ámbito de presencia, movilización y compromiso, (entre otros: el ciudadano, el apostólico, -HOAC-, el político…), fue el mundo de los trabajadores de la construcción, los albañiles. Participó en la creación del P'alante, periódico clandestino cuyo fin era avivar la conciencia obrera y contribuir al derrocamiento de la cruel dictadura de Franco. Animador, líder, militante, entusiasta y combativo fueron las principales características que observé en muchas de las ocasiones que coincidí con él en asuntos relacionados con la lucha política y sindical. Sus aportaciones siempre se caracterizaban por su firmeza. Su vinculación directa con las masas, (según la terminología de la época), le conferían autenticidad. Persuadía por su sensibilidad y espíritu de clase. Transmitía seguridad. Todo ello, junto con su espontáneo humor y camaradería, configuraba su personalidad claramente definida.

Me ha impactado su inesperada muerte, el misterio y el simbolismo de su vida, su cuerpo desplomado en los asientos del coche con las llaves en la mano, desaparecido... El forense dice que la causa de su muerte ha sido un infarto. Buscaba con pasión, -comenta un amigo suyo-, un rincón siempre negado de felicidad terrena para los últimos. Se entregó a la defensa y promoción de los pobres. Y es ahora, cuando Pepe ya no está entre nosotros, que entiendo que forma parte de esa especie de hombres vitales, geniales, contradictorios que hay que quererlos primero para poder comprenderlos. Con Pepe se nos ha marchado un buen trozo de la historia y de la visión del Movimiento Obrero de Cartagena.

Una de las últimas veces que estuve con Pepe Ros fue a las puertas del ayuntamiento de Cartagena. Me parece que por aquel entonces él era concejal socialista de esta Ciudad Departamental. Recuerdo que yo participaba con otros camaradas en una manifestación anti-OTAN. Nuestro saludo fue un abrazo fuerte. Noté que, sin mediar palabra, Pepe Ros se soltó de mí y siguió hacia adelante con lágrimas en los ojos. Hoy en su entierro no hago sino preguntarme por el por qué de aquel llanto reprimido.

sábado, 1 de agosto de 2026

No esté usted triste


El principito apareció en la Tierra, y después desapareció... Si entonces un niño viene hacia ustedes, si ríe, si tiene cabellos de oro, si no responde cuando se le interroga, adivinarán que es él. Entonces, ¡sean gentiles! No me dejen así tan triste: escríbanme rápido que él ha vuelto…
Cumpliendo con el deseo que el autor del Principito hace a sus lectores en el último párrafo de su libro, se me ocurrió de inmediato escribirle la siguiente nota:
Señor Antoine de Saint-Exupéry, no esté usted triste, alégrese. Yo he visto a su pequeño Príncipe precisamente ahora mismo. He levantado mis ojos y lo he visto allá en lo alto, sonriéndome como un dulce rebaño de cascabeles entre las estrellas alegres del cielo. Llevaba un fanal en su mano. Y parecía el fanal la misma mirada de una flor encendida. A su lado estaba también el cordero. El cordero no tenía bozal ni estaba atado. Estaba suelto y llevaba la soga rodeada al cuello como quien adorna su garganta con campanitas de plata tañendo libre al viento. Para su tranquilidad le digo pues, señor de Exupéry, que no sufra: el cordero no se ha comido la flor; al contrario, tanto su Principito como la flor y el cordero jugaban a la comba con las estrellas en el firmamento, un mundo sin vallado ni fronteras.

Nota: Texto escrito el mismo día en que desde Marruecos entraron a Ceuta más de cincuenta mil inmigrantes.

 

lunes, 27 de julio de 2026

Un cordón de hormigas


Esta mañana caminas monte arriba. Quieres adentrarte en el oro maíz de la sierra de La cresta el gallo. Siempre que sales a caminar, te ciñes a un mismo ritmo, un compás de cuatro por cuatro que marcas en tu interior de manera sincronizada: ¡Un, dos, tres, cuatro! ¡Un, dos...! La tierra polvorosa salpica tus pies sudorosos, los rodea de reflejos, pequeñas nubes de polvo translúcido y ceniciento. La cuesta empinada posiciona tu cuerpo en paralelo al terreno que pisas, en sudorosa e inclinada adoración reverente. El silencio de tu ascenso, atento sólo a tus pasos, trae a tu memoria otros caminos. Ninguno de ellos supuso un triunfo definitivo. Todos quedaron en pura tentativa. Y no porque no fuese fructífera tu andadura, sino por el hecho de que caminar es un ejercicio de desasimiento, dejar atrás parte de ti, un proceso siempre en marcha, nunca un logro, nunca una meta, a no ser que la meta sea el mismo camino. Andar, andar, atravesar, pasar.

A lo largo de tu vida viajaste por muchos senderos, callejeaste pueblos, atravesaste mares, campos y vericuetos; pero tienes la impresión de no haber culminado nunca nada. Te prepararon para ser pastor de almas, y ejerciste de revolucionario y sindicalista; estudiaste para maestro, y trabajaste de peón; optaste por ser célibe, y tienes mujer y dos hijos. Y aún a pesar de estas, (sólo aparentes), contradicciones, crees que nada es distinto porque la opción fue la misma: no engañarte a ti mismo. Experiencias todas que a pesar de la renuncia que comportaban, enriquecían tu conciencia.

Todos los caminos se reducen a caminar. Ens et unum convertuntur. De ahí su parecido. ¿Acaso la esencia del camino es otra? ¿Acaso puede ser otra la canción (Ami la vie est belle), que ahora se te escapa a pleno pulmón, nada más ver y embeberte el azul y el verde que crece y se derrama exultante desde la Fuensanta hasta más allá de Monteagudo?

Haz lo que haces, y hazlo bien. No pretendas otra cosa, pues como decía Cavafis: No hallarás otra tierra ni otro mar. / La ciudad irá en ti siempre. Volverás / a las mismas calles. Hay lugares por los que pasas y te suenan a otros que ya recorriste hace tiempo. No es que tu camino no sea el que has elegido, es que cualquier camino que tomes te parecerá equivocado, porque mientras caminas no haces otra cosa que caminar. Aquí viene bien decir que todos los caminos llevan a Roma. O como dijo el maestro a su discípulo: el camino está en la casa y en la casa está el camino.

Después de la larga marcha, te sientas a descansar. Pero en tu interior aún resuena la cadencia rítmica de tu caminar recién detenido: un, dos, tres, cuatro.... Junto a tus pies: una hilera de puntitos negros serpenteantes. Un cordón de hormigas, todas ellas caminan en perfecta formación, van y vienen. Te sorprende el hilo fluido de su rápido caminar, una cinta móvil y continua, tan seguida y tan uniformada que la ves fija y estable. Pero observas a una hormiga, aislada del resto del pelotón, desorientada, como borracha de tanto chupar la roca abrasada. Una gota del sudor de tu frente cae y se se derrama sobre los ojos emborronados de la hormiga que no encuentra su camino, ha perdido el ritmo, el norte y su sentido. La mirada perdida de la hormiga no es sola suya. Tú te restriegas los ojos, te levantas y emprendes tu camino de vuelta hacia el Valle perdido.