domingo, 27 de noviembre de 2022

La distancia es la belleza del alma



Esta mañana, escrita con tu propia letra te encuentras en tu Diario con esta frase: La distancia es la belleza del alma. La grafía es tuya, pero no crees que seas tú el autor de palabras que no encajan con tus ideas. Máxima tan enajenada parece más bien salida de un delirante astronauta, un poeta corto de vista, o tal vez fuese el mismo Van Gogh quien la dijera tras pintar, desde la ventana de su manicomio, allá por tierras galas, el óleo de su Noche estrellada. Así pues, fuera de contexto, no encuentras en dicha frase sentido alguno. Y en el caso de que hubieras sido tú quien profiriera tan sibilina sentencia, quieres saber el motivo que te llevó a expresarte de manera tan incomprensible. Así pues tratas de hacerte una composición de lugar, imaginar el escenario, la orografía y el caldo útil que diera luz a tan enigmático pensamiento.

Es más de media noche. Estamos en agosto. Tumbado en la hamaca te recreas rastreando allá a lo lejos en la Nebulosa del Águila, (a unos 6.500 millones de años luz), Los Pilares de la Creación. Te sientes perdido en la inmensidad del firmamento, atrapado en esa gran distancia infinita que te ciega, te confunde y te aniquila. Eres un búho de escayola. En medio de tanta penumbra, y desde tan lejos te es imposible palpar hermosura alguna, a no ser que la belleza sea ese oscuro bulto de tu jamás logrado avistamiento.

Desde la distancia, a tu edad, no ves ni un pimiento. A ti te gusta tocar, abrazar apretado, sentir en tus manos el calor de las cosas, arrimarte al fuego de la carne que amas.

lunes, 21 de noviembre de 2022

Para salir hay que entrar


El otro día fui a sacarme la muela del juicio. La dentista, en lugar de tirar para fuera tratando extraer la pieza dañada, me extrañó que lo hiciera para dentro, como si quisiera introducir aún más el dolor en mis encías con sus alicates en ristre. Con tal fuerza presionaba mi molar hacia sus propias raíces que sentí la muela casi anclada más allá de mi resentido y juicioso encéfalo. Fue entonces cuando me acordé de mi amigo carpintero. Un día en el que un tornillo clavado en la madera se me resistía a ser quitado. Me dijo: se hace así, Juan. Y antes de girar el destornillador para la izquierda –sentido de sacar-, lo hizo a la derecha –sentido de meter. Y como entendido era también mi amigo en asuntos de deportes, añadió: los atletas cuando se disponen a lanzar cualquier objeto, disco o jabalina, antes de lanzarla hacia adelante, se echan primero hacia atrás. Y es que para salir hay que entrar, y para encontrarse hay que perderse. ¿Cómo ascender si antes no hemos descendido? (José Ángel Valente)


lunes, 7 de noviembre de 2022

En busca de la verdad de las letras del Nombre


En las letras de 'rosa' está la rosa
y todo el Nilo en la palabra 'Nilo'

Luis Borges. El Golem

Me acuerdo de mis tiempos de estudiante. La azorada inquietud por entender lo que me decían las palabras me incitaba a buscar en el diccionario la esencia perfumada, (eso yo pensaba), que dentro de ellas habría. En un principio fueron términos picarones los que me empujaron a buscar la definición de las cosas. Por aquel entonces yo no sabía nada de vulvas, penes y gametos, de setas y demás complejos. Satisfacer sólo quería mi natural instinto. No tuve éxito, dada la brevedad y esquematismo de aquellos vocabularios de bolsillo. Recurrí por tanto a otros libracos más eruditos y específicos, al Espasa, al Larousse, a la enciclopedia Germánica… También fue en vano. Así que probé con el María Moliner, pues siendo esta bibliotecaria mujer, creí, tal vez, que sería más comprensible con las núbiles ganas del saber encriptado que se me negaba. Pero tampoco.

Más tarde, más joven, en mi edad de bronce, cuando conceptos inteligibles, (como Dios, el tiempo, el alma, o las estrellas del cielo), se resistían a mi corta razón, al igual que se resiste el día en medio de la noche más oscura, cual zorro hambriento por el desierto del Sahara, rebusqué por todas las bibliotecas del mundo un atisbo de luz. Devoto y confiado visité la de Nínive, hasta me colé en la biblioteca oculta del Vaticano a cuyos archivos sólo tienen acceso los papas… Las cirílicas explicaciones de estos santos incunables tampoco consiguieron del todo satisfacer mis ansias. Con todo debo confesar que sólo con buscar en el listado interminable de todos los nombres creados la primera letra de la palabra cuyo significado no entendía, ya mis glándulas se activaban, discendas y muy interesadas, cual las de mi perro babeante, nada más acercarle yo una tibia rellena de ternera. Y cuando mi mente y con ella mi nesciencia, parecía, (sólo parecía), trastocarse en sapiencia divina, gracias a la docta aclaración de aquellos libros sagrados, enseguida de nuevo volvía a emborronarse la verdad de los nombres que yo trataba de asir esperanzado. Un muñeco de trapo, un reloj sin cuerda, un dios de barro, letras escritas en el agua eran las voces que yo siempre oía, por más vocablos y páginas pontificales y rabínicas que pasaran mis dedos hurgadores por todos los revelados diccionarios del mundo.

Ha pasado de aquello muchos años. Y hoy con aventajar Google, la Encarta y la Wikipedia a cualquier diccionario de los de antes, a los que yo acudía dispuesto a calmar aquella mi delirante sed de conocimiento, sigo sin comprender que en las letras de 'rosa' está la rosa, y que todas las aguas del Nilo están en la palabra 'Nilo'. Y aunque parezca increíble y contradictorio, el automatismo, la inmediatez con la cual los servidores virtuales me abastecen hoy con esa voz tan suya, metalizada, impersonal e instantánea, no endulzan mis tragaderas igual que cuando yo era joven, su acelerada rapidez ahogan el presente. Y me atrevería a decir que los podcasts de ahora, o como demonios se llamen esas escuchas llenas de consonantes impronunciables, sus explicaciones llegan a mis entendederas peor que antes, pues apenas siento placer en sus respuestas. Al menos, cuando era adolescente, el tiempo que tardaba en rebuscar en el diccionario las perlas escondidas de los términos que anhelaba, tiempo tenía para poner yo de mi parte imaginación e ingenio en las palabras que se resistían a mi entendimiento. 

Hoy no es lo mismo. Será que soy un viejo nostálgico, o tal vez esté, igual que cuando era estudiante, en ese momento en que la espera es la antesala ideal y necesaria para degustar feliz y sosegado la verdad desconocida del Nombre de las cosas.

Y, hecho de consonantes y vocales,
habrá un terrible Nombre, que la esencia
cifre de Dios y que la Omnipotencia
guarde en letras y sílabas cabales.

Luis Borges. El Golem

miércoles, 2 de noviembre de 2022

Yo era Gregor Samsa



¿Quién no ha soñado alguna vez con una ciudad en la que no ha estado nunca?

A mí me pasa muy a menudo con Praga. Me desenvuelvo y conozco esta ciudad como la palma de mi mano. De esta ciudad guardo buenos amigos. No olvidaré lo que un día, me dijo Vaclav Havel en uno de mis sueños, cuando fui a verlo a la cárcel de san Wenceslao, en el corazón mismo de la Plaza Carlos: Aquí en la prisión me siento libre. Escribiendo encuentro sentido a la vida. Otra de las personas con quien con frecuencia veo también, cuando visito Praga, es Franz Kafka. Recuerdo que la última vez que estuve con él, estaba consolando a una niña que había perdido su muñeca: Tu muñeca, pequeña, se ha ido de viaje. No llores, ya verás, mañana, recibirás una carta suya.

O como en aquella otra ocasión. Estábamos en pleno invierno. Yo iba camino del Ayuntamiento a regular mi onírica estancia en dicha ciudad. De pronto empezó a diluviar a cántaros. Y como generalmente mis sueños siempre me sorprenden estando a cubierto y tranquilo en la cama, iba yo desprovisto de sombrilla alguna con la que protegerme. El estirado padre de Kafka regentaba cerca de la plaza de la Ciudad Vieja una tienda de ropa, en la que además vendían sombreros, bastones, chubasqueros. Allí mismo, me compré un paraguas. Después pregunté por Franz. Su padre me dijo que su hijo hacía un momento que había salido a dar una vuelta con su buen amigo Max Brod, que no sabía cuándo regresaría, que a lo mejor nunca. A este hijo mío le cuesta Dios y ayuda aguantar detrás de un mostrador de telas. Nada más me descuido, desaparece como el Guadiana.

Al salir de la tienda de telas del señor Herman, continuaba lloviendo. Abrí el paraguas y de entre sus pliegues vi saltar el escarabajo de Gregor Samsa. Y no fue esto lo peor y más desagradable, ver una cucaracha correr y dar saltos alrededor de mí como si yo fuera la propia mierda de la que se alimentaba, no. Me detuve delante de ella, quise aplastarla. Antes la fulminé con la mirada. Pero el que se asustó fui yo al verme retratado en los ojos de aquel horrible insecto. Yo era Gregor Samsa.

Desde entonces tengo prohibido a Morfeo que me haga soñar con Praga.

sábado, 29 de octubre de 2022

Madre mía tan bella y perdida


La siguiente conversación auto-fingida (entre una hija y su madre), escrita en estos días de los muertos, quizá se deba a que acabo de leer El paseo repentino de Vila-Matas, cuento, según este autor, el más interesante de su libro Hijos sin hijos. Y no es que el tema de la paternidad me preocupe mucho o poco, que me preocupa, y muy mucho, como debería preocuparme también el saber que, al fin y al cabo, todos somos hijos de un padre, o como en este caso, de una madre, aunque nuestros progenitores duerman ya el sueño eterno. Oh mia patria si bella e perduta. (Nabucco. Verdi).

La hija ve a la madre muy convencida y firme en sus ideas y tradiciones:
Madre, tú estás tan segura de todo…
La madre mira con desdén a la hija, como si esta fuese una estúpida:
Yo no estoy segura de nada. Dudo de mis huesos que apenas me sostienen, dudo de mi alma y del dios que la creara, dudo hasta del sol que me alumbra. Su luz es ya tan débil para mi vista cansada… ¿No ves que no puedo andar? ¡Hija, acércame ya de una vez el bastón y llévame al balcón a ver los geranios!
La hija, como siempre, al pié del cañón, coge con delicadeza a la madre del brazo. La madre no para de hablar. Se lamenta:
¿Verdad, hija, que soy engreída y mala?
¡Qué va! Lo que tienes es mucho carácter.
Cuando me muera y me presente allá en el Juicio Final, no sé lo que va a ser de mí. ¡La libreta de mi vida está llena de borrones!
La madre para de hablar. Y este parón se le hace interminable a la hija, como si la madre se dispusiera a traspasar ya el umbral del tiempo. Al rato la hija rompe el frío cristal del mortal silencio que consume a las dos mujeres como agua en un cazo puesto a fuego lento:
Un poco dura, madre, sí que eres. Irónica, susceptible, diría yo.
¿Y eso que quiere decir?
Nada. Como si estuvieras siempre por encima de todo el mundo, dispuesta a no reconocer que tú también eres parte de la vulgaridad y de las limitaciones que nos definen al resto de la familia. Pero no te preocupes, eso sólo es una manera de expresar tus sentimientos. Tú eres así, y ya está. O sea, que no te tomo en cuenta las veces que me has dicho que soy una perfecta imbécil, incapaz de memorizar y cantar una canción como Dios manda, que no sé freír un huevo con puntillas como a ti te gustan, que no sé, que no sé…
Tratando de consolar a la madre de su congoja, a la hija se le ha olvidado acercarle el cayado.
¿No pensarás quedarte ahí parada, hecha una inútil toda la vida, sin acercarme el bastón?
La hija está harta de las maneras de su madre, de su senil egoísmo, siempre tirándole chinas con su cara increpadora y larga.
Eso es lo que soy para ti: una carga. ¡Con lo que yo he hecho por vosotros!
La madre en su delirio, lo mismo se muestra intransigente que tierna y desvalida:
Hija, no te mueras, ¿qué sería entonces de mí? ¡Te quiero tanto!
La madre esta noche, también se acuesta llorando. Su culpa le aprisiona el alma por la que le escurre el llanto como un regato reseco y arrepentido de bregar por riscos y cañaverales. Más aliviada ahora, apenas le da tiempo a decir a la hija:
El viernes que viene es primero de mes y vendrá don Francisco a confesarme.

miércoles, 26 de octubre de 2022

Hacia el punto omega


 
La otra cara de la Catedral Antigua es un libro documento y testimonio, recién salido a la luz (septiembre 2022). Lleva la autoría de Pedro Castaño, cura obrero, casado con Rosa Murcia y padre de dos hijos (Pablo y María José).

Las sociedades conservan las reliquias de su pasado arquitectónico con gran celo, como si en ello les fuera la vida. Guardan, como oro en paño, fósiles, columnas, cariátides, templos,… de su ayer histórico. Y muestran orgullosos a las generaciones futuras el vestigio de su otrora glorioso como seña referencial de su identidad más preclara. Pero su belleza y valor no sólo radica en la silenciosa belleza de sus piedras esculpidas, en el trazo laborioso de sus cimentaciones y estructuras, en el armazón artesanal de sus sillares… Su grandeza se debe, sobre todo, al eco de las voces, a los tiernos ayes de sus amores, a las reyertas, a los sueños y lágrimas que aún rezuman sus ruinas. De ahí, creo yo, que arranca el interés de los pueblos por conocer y respetar sus monumentos: ese querer escuchar las palabras aún calientes, que dentro de sus estancias se vertieron, sus incorruptibles afanes, cada una de sus iniciativas y tareas que se llevaron a cabo, descubrir su mítica significación, conservarlas con primor para que el olvido jamás detenga la estrella de su esperanzador destino interminable.

La antigua catedral en ruinas de santa María de Cartagena se convierte por sí misma en testigo y denuncia de una injusticia institucional digna de ser reparada. Pero se hacía necesario que alguien nos desvelara el contenido y la simbología de este icono catedralicio derruido y bombardeado por los sublevados franquistas. Y eso es lo que trata de hacernos ver la Otra cara de la catedral antigua. Este exhaustivo documento, desde su singular aporte eclesial, histórico y valiente, contribuye a la Reconstrucción de la Memoria Histórica, memoria socavada y sometida al silencio interesado de quienes siempre pretendieron medrar al amparo de la desinformación y la mentira.

Otra cara… lleva la autoría de Pedro Castaño Santa que de forma apasionada, pero no por ello alejada de la cruda realidad de los últimos coletazos, (1967-1978), de un sistema tiránico y represor, recoge y describe al detalle las acciones ejemplares que desde el compromiso de la fe se llevaron a cabo en la parroquia de Santa María la Antigua, enclavada en un barrio de casas viejas y llenas de humedad, calles empinadas, callejones lúgubres, transitadas por hombres y mujeres de extracción sufrida y humilde. Durante gran parte de este tiempo, Pedro fue el responsable de esta comunidad cristiana. Nadie como él para dar pormenorizada cuenta de una serie de actividades muy reveladoras que, junto a otras reivindicaciones llevadas a cabo por otras opciones ideológicas, culturales y políticas del momento, contribuyeron al advenimiento de la democracia en nuestro país.

De manera, articulada, testimonial y sugerente el texto discurre a través de las distintas acciones e iniciativas que se llevaron a cabo dentro de las desvencijadas paredes de esta Vieja Catedral. Los locales de esta Parroquia fueron sede de la HOAC (Organización católica contraria al Régimen de Franco); cobijo de múltiples reuniones clandestinas; lugar donde se fraguó la primera huelga de La Bazán. Aquí se concibió el periódico de concienciación obrera el P’alante, la librería Espartaco. Fue también punto de encuentro de sacerdotes progresistas y de los curas obreros, almacén de distribución de la ZYX, (editorial al servicio de la promoción cultural del pueblo). En los salones de esta parroquia se reunían también entusiastas jóvenes trabajadores pertenecientes a VOJ (Vanguardia Obrera) que luego se convertiría en la ORT. Fue Comedor Comunitario, Guardería laboral, Centro de Formación…

En el Prólogo de este Documento el mismo Castaño Santa nos dice cuál es el motivo de su publicación: dejar constancia por escrito de todo lo que supuso el intenso y vivo movimiento que salió de los viejos, ruinosos y abandonados muros de esta catedral, en los tiempos impetuosos que forzaron y fueron preparando la transición española a la democracia y la puesta en práctica en la iglesia del nuevo espíritu impulsado por el Concilio Vaticano II.

La catedral vieja de Cartagena no nos revelaría toda la belleza que guarda entre sus ruinas si no supiéramos lo que dentro de estas paredes tuvo lugar. La importancia y el valor de este singular complejo van más allá de su reclamo turístico, de su antigüedad y estética. Y así como, cuando contratamos los servicios de una agencia aseguradora distinguimos entre los bienes relativos al continente y aquellos otros referidos a su contenido, en este trabajo se atiende a la virtualidad emblemática de su interior, al espíritu combativo y militante que junto a estos viejos pilares prendieron durante unos años muy importante de nuestro país de la mano de una generación que supo estar a la altura de las exigencias de aquella encrucijada histórica.

Con La otra cara de la Catedral Antigua Pedro Castaño nos desvela de manera descriptiva, pedagógica y alentadora la parte oscura, trascendente y emotiva de unas ruinas, el nervio vivo de una piedra angular y consciente, para que así, materia y espíritu, cuerpo y alma, cielo y tierra, (esa eterna tensión en la que se desvive la especie humana y el universo entero), logren por fin aunarse y fundirse en plena evolución, luz y armonía, ese punto omega del que hablara el jesuita y paleontólogo Theilhard de Chardin.


domingo, 23 de octubre de 2022

El muchacho de las algas


Un viejo con gorra de tela, blusa gris y brío adolescente, nada más llegar a la estación, se ofrece a cargar con tu maleta hasta el autobús. Un euro de propina. Después de hora y media de viaje llegas al aeropuerto. En el mostrador 125 recoges la carta de embarque. Buscas la puerta B26, vuelo 907. Son las tres de la tarde. El comandante saluda por megafonía a los 210 pasajeros. Te hubiera gustado ver su cara, asegurarte de su temple y profesión. Voláis a una altura de 30.000 metros, con una temperatura exterior de 30 grados F. Te ha tocado por compañero de asiento un señor cuya barriga flotante cae casi sobre tus mismas narices. Andas despistado con los usos horarios.

A pesar de las muchas horas desde que saliste de Barajas, en tu reloj son las tres y cuarto, justo la misma hora que marcan los monitores que cuelgan del techo central del avión. O sea que el tiempo no ha pasado, o ¿acaso el tiempo es un truco, un conejo sacado de la chistera de un mago? A este paso –le comentas al gordo que tienes al lado– llegaremos a Yucatán antes de haber salido de Madrid. En la tele ponen una peli de perros. Después de casi diez horas de vuelo, turbulencias, de idas y venidas al aseo, ¡por fin, en Cancún! Bochorno insoportable. Sudor. Humedad asfixiante.

El hotel Bahía Maya es un racimo de balcones abiertos al Caribe mejicano. El ocre, el azul y el amarillo de su estrambótica fachada destacan alegres sobre el blanco de la arena. Te despiertas a las tres de la mañana, desorientado, como el que se levanta después de una larga siesta. Los resplandores de una tormenta se cuelan por las mosquiteras de la puerta de doble hoja de la habitación. La cama es un gran poyete de obra. Antes de amanecer, ya estás en la playa. Quieres ver salir el sol. Dos pares de pelicanos, como cuatro dioses mayas, planean sobre el mar tranquilo. Un muchacho, no más de 18 años, recoge en montones equidistantes las negras algas de la playa. Huevos gigantes, verdes, cuelgan de una palmera. Son cocos –te dice el muchacho gorra azul, piel oscura, pantalones blancos y camisa a cuadro-servilleta de cocina. Le preguntas por dónde saldrá el sol. Te dice: ahorita con estas nubes no creo que salga. Su ahorita te suena a eterno. Aquí todo parece más grande. Grande el mar, grande el cielo al que no alcanzas a delimitar con tu mirada. Grande son los cirros que allá a lo lejos apuntalan la bóveda del cielo.

Grandes, también los cocodrilos. Troncos secos, vegetación exuberante, extensos charcos de agua escoltan tu cauteloso andar. Mamá cocodrilo se llama Adelita. Está tumbada en medio del camino que va hacia el manglar. Cauteloso detienes tus pasos. El muchacho de las algas te dice que Adelita sólo se pone furiosa si alguien pasa cerca de los huevos enterrados que ella guarda fervorosa. Sólo los humanos –añade– nos enfurecemos sin necesidad. El muchacho trae consigo un cubo con las sobras de la carne de pollo del almuerzo. Da una palmada, y los cocodrilos saltan como delfines hacia la comida.

Cada mañana es nueva y diferente. Hoy amanece encapotado. Gotas pesadas como el plomo caen aisladas sobre la arena. El muchacho de las algas, antes que el sol bese sus laboriosas algas, ya está rastreando la arena.

-Ayer, no te vi.
-Libré. Descanso un día a la semana. Esa libreta que llevas ¿para qué es?
-Para escribir.
-¿Y qué escribes?
-Todo lo que veo y me impresiona. Por ejemplo: ¿cómo te llamas?
-Roberto.
-Pues mira, ahora escribo en ella tu nombre.
En sus ratos libres el muchacho se dedica a buscar culebras. Lleva una rodeada al brazo. ¿Sabías que Cancún en lengua maya quiere decir nido de serpientes? Te la ofrece para que la cojas para que la sientas y compruebes que es inofensiva. Si no le haces nada, ella no te hará nada. Las nubes cada vez son más compactas. El cielo sigue encabronado por el sur.

Si este muchacho fuese más expresivo y no sólo contestase a tus preguntas con la receptividad educada de sus tiernos ojos negros, le preguntarías cuál es su país. El muchacho de las algas esquiva tus pensamientos como si supiera lo que pasa por tu mente curiosa. Roberto sube el rastrillo a la altura de su pecho, templa sus dientes, ves mover los dedos crispados de la mano que le queda libre, como si fuera un tenista derrotado tecleando los hilos de su raqueta. Y el muchacho de las aguas te confía su secreto: Mi verdadero nombre es Tukul, soy de Chiapas.. Aquí estoy de paso. Un clandestino, un ilegal más camino a Estados Unidos. Si los dueños de este hotel supieran quien soy no me hubieran dado trabajo, me delatarían.

Sábado. Has sacado la tumbona a la terraza frente a los arrecifes que allá lejos atrincheran el mar. Hoy los peces sonríen, el océano está en calma. Lo notas, porque los arrecifes no cortan el golfo de Méjico con sus espumas gigantes. Anoche, la luna acariciaba El Caribe, por eso sus aguas hoy son sedosas como el zumo de papaya, anaranjado, dulce y jugoso de tu desayuno. Esta mañana no bajas a la playa a conversar con el muchacho de las algas. Respetas su miedo. De haber hablado con él, le hubieses preguntado por el subcomandante Marcos, guerrillero zapatista, por el obispo de los indígenas, Samuel Ruiz. Hubieseis hablado de la opresión del pueblo maya, de la enfermedad de su madre, de la pobreza de sus hermanos, de su padre muerto por los Federales en la batalla de Ocosingo... y de tantas cosas odiosas… 

Alzas tu vista, y allá abajo, ves el muchacho de las algas barriendo la arena de las duchas. Y ves también ahorita como uno de los inspectores se acerca a Roberto. Luego, los dos muy serios, se dirigen a la oficina del gerente del Hotel Bahía Maya.


martes, 18 de octubre de 2022

La librera de Demos


 
El mejor homenaje a la muerte de nuestra amiga Justi, sería no olvidar las palabras que ella misma allá, a finales del 2009, cuando el Ayuntamiento de Molina reconocía a Justina Giménez su trabajo como divulgadora de la cultura, nos dijo en aquel momento: 
... que este reconocimiento a la librería Demos y a mí como librera, suponga un soplo de aire fresco y un nuevo impulso que nos ayude a seguir siendo ese lugar de encuentro de buenas gentes amantes de la libertad y de los libros. Una Librería al servicio de las personas de este pueblo, un elemento de difusión y divulgación de libros, para que estos sigan siendo una herramienta que nos permita soñar, gozar, crecer como personas, formar parte de una cultura solidaria, igualitaria y liberadora, y, sobre todo, comprometida con los más débiles de nuestra sociedad.

viernes, 14 de octubre de 2022

Homo ex machina



Quise yo en mi cumpleaños hacer un marro al tiempo, ocultar a las estrellas la fiesta del aniversario de mi nacimiento. No es fácil engañar a las constelaciones que guían y miden nuestro vagar por el universo. Al dios Cronos, al igual que a una madre, es muy difícil convencer que no somos sus hijos. Todo lo que se menea bajo el sol es contabilizado, cronometrado. Nada escapa al ojo del Gran Hermano. Su mirada de águila almacena todos y cada uno de los datos que configuran nuestra existencia. Somos hechura de una gran computadora que reduce a algoritmos hasta nuestra individual conciencia.

En estos días de agostamiento planetario en el que está en juego nuestra subsistencia, y ante los muchos consejos y advertencias institucionales de no derrochar aliento alguno, no malgastar el agua, no derramar el vino, no desaprovechar el fuego, gestionar, racionar, racionalizar, ralentizar, someter a hibernación los sueños, las calculadoras, el gas, el llanto de los perros, los fondos de inversión, el sonreír de las palomas, (todo menos la proliferación militar y armamentista), quise yo, como digo, sisarle un cacho, tan sólo un año de mi vida, al tiempo. Llevado por este pensamiento de reserva y contención, al igual que esos árboles que sólo se podan cada dos años, quise dejar este dos mil veintidós a cero, no contabilizarlo en mi haber, mentir al tiempo mi tiempo, para así alargar cuatros estaciones más el trayecto de mi vida.

Esta mañana, repito, quise situarme fuera del poder de la gran máquina computacional que registra y convierte en tiempo cada movimiento, pasar de puntillas por el espacio del Universo, situarme fuera del tiempo. Me pasé de listo, porque al momento Facebook me dio los buenos días: Juan, felicidades, hoy es tu cumpleaños. Y heme aquí ahora que me veo encadenado, sintiendo que yo no soy real, sino una imagen creada por un robot al que yo mismo le había vendido antes, sin saberlo ni quererlo, mi memoria, el historial de mi vida, mis gustos y aberraciones, mi perfil, mi futuro y hasta mi alma. No hay un estornudo, ni un pedo, ni un beso que de mí culo o de mi corazón salga, que registrado no quede en el hipotálamo computacional de un generador informático. Me pasé de rosca. Y enredado estoy en los circuitos neuro-científicos de estas redes que me han convertido en un subproducto virtual, artificial inteligencia, hecho a su semejanza. Y ya no sé si soy yo o soy la máquina.


sábado, 8 de octubre de 2022

El Rastro



Es domingo. Hace frío en Madrid. Una vieja balancea con su pie el pedal de un organillo. Yo, de esta humilde pincha discos, si fuera la Ayuso de los madriles de España, me hubiese puesto un clavel rojo en el pelo, pero el horno no está para bollos para mujer tan sencilla. Tonadillas se alzan al aire con sabor a azucarillo de verbenas, a chotis agarraos. La gente nos arremolinamos de puesto en puesto tratando de saciar nuestra particular búsqueda. Ojos ansiosos, miradas indefinidas tras un chollo. No sabemos lo que buscamos. Afanes casposos, pintorescos, recoveros, más felices en el intento que en lograr nuestro propósito. Necesitamos algo que no es necesario. Y lo que es necesario, lo desechamos.

Una policía con su cola rubia, que arranca del cogote de su gorra de plato, saluda con sus buenos días castizos a la organillera, dándole su municipal aprobación. La música socarrona contesta: ¡anda y qué te ondulen! La policía ahora acelera el paso. Atrapar quiere a un carterista. La calle en cuesta de Curtidores sonríe a una multitud contenta por tanto derroche. Un pañuelo ajusta la cabeza de la viejecita, triste al ver su platillo, vacío de calderilla. Rodeado tiene el cuello con una larga bufanda con los colores del Atletic, la misma que utilizaba su padre, de quien heredó también este carromato musiquero. ¿Cómo habrá podido traer esta mujer desde la Cañada Real su melodioso instrumento rodado, repleto de tantos cuplés y sentires encontrados? Amores, infidelidades, reyertas, celos, repudio, reencuentros, soledades…

Veo a la organillera seria y silenciosa en medio del apretado y feliz tumulto, y se me hace un nudo en la garganta. Me acuerdo de mi sufrida abuela cosiendo a máquina, cuidando de su marido enfermo, cantando aquello: eres mi vida y mi muerte, / te lo juro, compañero, / no debía de quererte / y sin embargo te quiero. Con una mano empuja la costura bajo la aguja incesante, y con la otra, da vueltas a la rueda negra. Coordinación a tope. Ritmo, canción y pena. Éste compra muebles usados, aquel vende despertadores a deshoras, el coleccionista de monedas y cucharas, el que oferta sombreros, el voceador de esencias. Yo compro un reloj roto de pared para sujetar las ramaleras al caballo del tiempo. Todos, ojeadores y vendedores, anticuarios y timadores, desocupados y turistas formamos los canelones de la misma noria que, desde el Cascorro hasta las puertas de Toledo, voltea el agua de los días, mostrando sus antiguallas de añoranza, vino viejo en odres nuevos, pellejos tragando quina por sus agujeros. Todo cambia menos el color amargo de la alegría, el dulce llanto de una sonrisa, las heridas de un amor querido y prisionero.

Crecimiento cero. Tal vez haya sido un acierto querer encontrar, esta mañana de invierno entre los desperdicios que tiré, lo que ahora voy buscando por el Rastro de Madrid.