miércoles, 23 de septiembre de 2026

Los colores del agua



Llueve. La lluvia atempera los nervios, del alma templa sus vientos, disuelve los terrones de un mal pronto avinagrado. Llueve suave desde la madrugada. Veo caer el agua, y la siento azul. Azul es el manto que se derrama y cubre la tierra ocre y vasta. Azules son las flores del jazminero que adoba el aire dulce que aspiro. El agua pule de verde la alfalfa recién esmaltada. La palmera resurge brillante y limpia cual doncella tras su ducha inmaculada. Y el amarillo de una hoguera de dátiles diminutos y chispeantes, soles que abrazan el tronco de sus tirabuzones, me seduce con su arrebatador encanto trenzado. El verde de la parra, transparente y terso, sacude el vino verde de sus hojas. A través del tendón de sus pámpanos leo el futuro de sus copiosos racimos. El transparente color del agua dibuja de verde el limonero, la higuera y el almendro. El azul de la lluvia que no cesa, y el verde que nace de los cipreses orantes y agradecidos, ese es el color cuajado de la mañana. ¡Ay si yo fuese capaz de pintar con estas letras el amarillo de la flor de la calabaza, milagro del azul y el agua! Perlas de agua cuelgan quietas de la reja de la ventana. Perlas de agua anidan felices entre las hojas nacientes del maíz que se alza pujante apuntando maneras. Perlas de agua penden risueñas de las hojas de las tomateras. También lloran de placer, con sus gotas de perlas blancas sobre el rojo incombustible, los dompedros que colorean el reborde del sendero que va al aljibe. Si yo fuera lluvia azul, roja, verde y amarilla, quisiera que fuese mi boca el arcoiris, y mis labios calientes, violetas de púrpura virgen, azul y blanca, para regar a manta tu cuerpo, con los colores del agua.



viernes, 18 de septiembre de 2026

Sólo me queda rezar



A todo lo inefable que a través de mi infancia
y que aún sin nombre y como el agua brilla...
Ofrenda. Rainer María Rilke

Al hombre, ya entrado en años, sólo le queda rezar, pero la razón se lo impide. Y así no encuentra manera de arrancar su dolor que, cual vela de penitencial romería, por entero le consume. Un dolor particular que para sí mismo calla por vergüenza y por no presumir de víctima. 

Ayer cuando creía, le sobraba la fe. Y hoy, que no cree, la echa mucho de menos. Y se declara agnóstico para no ser tachado de imbécil. ¡Ay, cuánto añora al Dios de su fervorosa infancia! 

Esta mañana, sentado en un banco del paseo, lamía su increencia como perro sarnoso que cura sus incurables heridas. Al sol del mediodía calentaba su cuerpo escéptico y frío, viendo pasar muchachas felices, llenas de hermosura e ilusión. Mujeres y hombres satisfechos bebían cervezas en las terrazas y cafeterías. Niños bamboleaban al cielo los globos y alegrías de su alma dulce y tierna. Disfrutaban de lo lindo correteando hacia el parque de la fuente donde las palomas les esperan con sus marros y arrullos. 

Y a esto, delante del hombre de avanzada edad, se detiene una pareja de jóvenes, camisa blanca, corbata negra, pantalón bien planchado, piel sonrojada, pulcramente vestidos. De su fervoroso cuello cuelga una etiqueta ribeteada del color del amanecer en la que reza algo, que sus ojos cansados no atinan a leer. Son sus credenciales. Deduce que estos muchachos deben ser algo así como mormones o predicadores, evangelistas al servicio de alguna religión yanki. Respetuoso los atiende. Y a la pregunta que a bocajarro le hacen, (¿es usted creyente?), escuetamente responde: No lo sé. Los jóvenes, escandalizados y virtuosos, abren a la par sus azules ojos. Y el hombre, de haber tenido a mano en ese momento el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa, les hubiera leído aquel pasaje en el que el poeta portugués así expresaba sus dudas acerca de Dios:
¿Dónde está Dios, aunque no exista? Quiero rezar y llorar, arrepentirme de crímenes que no he cometido, disfrutar de ser perdonado por una caricia maternal… Poder llorar cosas impensables... Una infancia nueva y una cama pequeña donde acabe por dormirme, entre cuentos que arrullan... Y todo esto muy grande, muy eterno, definitivo para siempre, de la estatura única de Dios, allá en el fondo triste y somnoliento de la realidad última de las cosas…Un regazo o una cuna o un brazo caliente alrededor de mi cuello… El ruido de la lumbre en el hogar…Un calor en el invierno… Un extravío suave de mi conciencia… De un padre sé el nombre; me han dicho que se llama Dios, pero el nombre no me da idea de nada. A veces, de noche, cuando me siento solo, le llamo y lloro, y me hago una idea de él a la que poder amar… Si un día viniese Dios a buscarme y me llevase a su casa y me diese calor y afecto… Vé a buscar, oh Viento, a mi Madre. Llévame por la Noche a la casa que no he conocido…Vuelve a darme, oh Silencio, mi alma y mi cuna y la canción con que dormía.

Este hombre dubitante y cargado de años, sentado en un banco del paseo del pueblo, mientras espera a su mujer salir de la panadería, piensa que la poesía, bien pudiera ser el sustituto de Dios, su oración de entrega y abandono, al sentir que todas las puertas del cielo, inexplicablemente se cierran a su indescifrable clamor.   

   

sábado, 12 de septiembre de 2026

El otro lado


 
El recuerdo: sacramento de la historia, realidad trascendida.

El recuerdo no consiste sólo en acordarse de alguien, de la Carmen, de Josema, de Eusebio... (los protagonistas de esta novela). El recuerdo, como alguien dijo, es algo vivo y vivificante que permite al otro ser él mismo.

Cuenta Piglia en Respiración artificial que la literatura no puede tener otra materia que la experiencia vivida. Toda escritura en cierto modo es siempre autobiografía. Ojalá pudiera desprenderme de los fantasmas de mis personajes, despistarlos, alejarme de sus circunstancias..., pero obligado (o agradecido), estoy) a vivir con sus sombras y sus luces. Otra cosa sería, si fuese buen escritor, viviría entonces fuera de la caverna y sin el amparo de quienes  me rodean.

Un libro puede ser de historia, de información, de estudio, de aventuras o leyendas, pero yo hubiese querido escribir un libro, no de verdades, conceptos y vaguedades, sino un libro-pregunta.

El otro lado es la historia de un hombre que, ante la enfermedad terminal de un ser querido, se enfrenta a la gran pregunta humana sobre la muerte, la misma pregunta que un día se hiciera Lord Byron: ¿Hay placer en los bosques sin senderos, hay éxtasis en la orilla solitaria? No hay nada más trascendente en la vida que nuestra propia muerte.

En definitiva, el argumento oculto del libro El otro lado no es otro que la inmortalidad, otra paradoja, como mi existencia, que se debate entre el instinto de placer y muerte.

Con sana y no malintencionada curiosidad en más de una ocasión me han preguntado si creo en el más allá. No lo tengo claro. Soy paradójico. ¿Quién no lo es? Soy pánico, que no panteísta, aunque lo sea. Me encanta Rabrindanat Tagore. Acusadme de buenismo, de rousonaiano, pero también soy cartesiano, heidegierniano, heraclitiano. Agnóstico y creyente. Un mar de dudas. Un proyecto a medio hacer. Y en ese proceso estoy. Y si es que me dieran a elegir entre Dios y aquellos, a vosotros, a quienes quiero... ¡Me costaría tanto dejaros! 


viernes, 4 de septiembre de 2026

Arde la huerta



Las matas y el romero mal sobreviven a los calores con la exigua humedad que transpira el cálamo y la cántara. Las tomateras y los naranjos acobardados están bajo la sombra humeante de las palabras sofocadas en esta noche negada de verde, bravura y semen. ¡Otra cursilada más de un yo artificioso y pedante! Lo dijo Cortázar:
La escritura, la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo, la sustitución de lo insustituible.
Y decir que en esta tórrida hora, las matas abrasadas, los calabacines resecos, los frutos pansidos del ciruelo son una cicatriz callada en el vientre del bancal que llora, y que no se cierra, y que se extiende hasta llegar al mismísimo chancro de la tierra, es una metáfora cruel e inapropiada. Y el no saber cómo llamar a las fuerzas desatadas del fuego, si verano, sangre, incendio, irresponsabilidad, ceniza o lava, no es una extravagancia literaria más. Es que arde la huerta.

La luna llena emborronada y sin savia chamusca el crepitar de la hierba seca. Los tallos de la junza aplauden inconscientes con sus castañuelas de niña loca, al ver encendida la huerta en medio de la noche oscura. No saben los lazos de la niña loca distinguir la lluvia, de la sequía; el fuego, del agua metálica de una cuba municipal, aunque a la junza le vaya la vida en ello. Las alarmas amarillas del camión de los bomberos afean con sus faros el cañaveral y la sisca calcinadas. La tierra golpeada por el incandescente martillo de Vulcano se arrastra en su desgracia llevando su estertor hasta los portales de la casa.

El crepitar de las llamas levantó del sueño al hombre de la Huerta Arriba. Y se acercó el huertano al lugar de la quema embarrada con su alma rota y su cosecha diezmada.



lunes, 31 de agosto de 2026

La acequia



Para que se fuera haciendo a la idea, y no la cogiera la muerte de sopetón, le comenté yo engreído a mi madre, ya muy entrada en años:
Más temprano que tarde todos nos vamos yendo...
Y ella me dijo, como la acequia le dice al agua, que se pierde entre las cañas desmemoriadas:
El miedo, hijo, siempre va conmigo. Y lo mismo que el gato lleva el rabo entre las patas, no pasa un día, nublado o raso, que yo no me acuerde de la muerte.
Y para quedar bien o pedir perdón por mi osadía, le referí yo a mi madre, si cabe aún más petulante que antes, lo que dijera aquel poeta de salud escasa:
Tratemos, madre, bien a la muerte para que cuando llegue el día, a su vez ella nos dispense un buen trato.
Han pasado varios lustros de aquello, y cuando en esta tarde veo nadar a los patos por la acequia, algo mío veo que se fue también con ella: el murmullo de sus besos, el canto de la corriente, el agua de sus ojos tiernos. Mientra, yo sigo buscando su rastro.