lunes, 15 de octubre de 2018

Un perro llamado Sombra



Te odio y te deseo, te persigo y te detesto. Siento pánico de verme atraído por el vacío de tus patas siempre en polvorosa. Me arrastras como las aguas de un río tras la tormenta, como las olas del mar hacia el acantilado, me enredas como la tela de araña, como las tinieblas­. No te pareces ni al mar, ni al día, ni al color, ni a los árboles, eres mi ausencia, como la de Dios, como la de un año sin lluvia, sin primavera, un viejo sin asilo ni pensión, como la cabeza sin cuerpo del perro de Goya, devorador de la luz, del aire y el verde que me faltan. Siento envidia de ti. Siempre te veo como María Magdalena, abrazado a mi tronco exangüe y desarbolado.

No te deseo por ello la muerte. Quiero mantenerte en vilo, crucificado, atado a la soga de mi nombre, quiero conservarte siempre vivo para poder sacarte en procesión cada semana santa.

Si algún día los narcos te descuartizaran por la cocaína que les robaste, (han puesto precio a tu cabeza, 70.000 dólares), si te condenaran a muerte por separarte de tu amo, por secuestrarme, no lo dudes, pediría tu indulto, no quiero verme muerto. Antes te despellejaría para poder sacarte el corazón y trasplantarlo, todavía latiendo, en mi pecho y así poder querer como tú me amas. Prefiero que sigas siendo mi sombra a no ser nada.

martes, 9 de octubre de 2018

El Ángel de Salzillo




Don Cristóbal Beloso es profesor del Museo de una importante ciudad del sur del país. Este hombre de espaldas dobladas, pero de ojos refulgentes, dirige el Taller de Restauración del Museo, y a la vez, imparte cursos a quienes se interesan por aprender a mirar una obra de arte. Aprender a contemplar la belleza es saber vivir la vida, -les dice don Cristóbal a sus alumnos. Al profesor le gusta llamar a sus clases la “Escuela de la Mirada". Pero un día el cielo amanece nublado y en el museo echan en falta una escultura, la más valiosa de su precioso elenco. La prensa comenta:
El robo de “El Ángel de Salzillo” supone un gran revés para la comunidad. Esta imagen es de un valor incalculable. La última oferta hecha por un anónimo magnate americano supera los cinco millones de dólares. Una obra de tal calibre está fuera de toda especulación. Todos los que tuvimos la suerte de contemplar "El Ángel de la Oración del Huerto" sobrecogidos fuimos por su luz, prendados de la dulzura de su piel, hipnotizados por la frescura de su movimiento, la inocencia de su desnudez, la fortaleza de su alivio. Con la desaparición de esta escultura, la más representativa de la imaginería del barroco del siglo XVIII, el sol ha dejado de iluminar nuestra tierra. Ya no es posible el asombro. Y la vulgaridad acampa...
Las cadenas de televisión y la opinión en general se ensañan con la administración del Museo por no prevenir expolio tan execrable. Ante tal presión mediática el director del Museo rescinde el contrato a don Cristóbal y encubre su responsabilidad con el despido del ilustre profesor. Estas fueron las palabras del director:
Nadie por supuesto le acusa del robo del "Ángel", mi querido profesor; pero razones obvias me obligan a prescindir de sus servicios. Al fin de cuentas, usted fue la última persona que tuvo bajo su tutela “El Ángel”.
Es cierto. Don Cristóbal Beloso la víspera de la fatídica desaparición de "El Ángel" hizo llevar esta imagen al salón de actos del museo. El profesor quiere que sus alumnos aprecien "in visu" la lujuria de su belleza, la elegancia de su policromado. Para el profesor, "El Ángel" de Salzillo muestra, mejor que ninguna otra disertación académica, el arte como manifestación suprema del pensamiento y la conciencia.

El Profesor explica a sus alumnos:
Sueño y Vida se funden en el cuerpo desnudo de esta escultura. Por su carácter andrógino "El Ángel" es yin y es yan, la cuadratura del círculo. El lado izquierdo de su faz representa el rostro de un joven apuesto, mientras que el derecho pertenece a la cara de una mujer hermosa. Fuerza y sentimiento, virilidad y fecundidad, carne y alma unidos. Hasta que el hombre no deje de ser varón, y la mujer, hembra, hasta que los dos no sean una misma cosa, no podrán entrar en el Reino de los Cielos. El arte libera de la esclavitud al príncipe encadenado, abre las puertas de la libertad a la mujer enclaustrada. Aquel de vosotros que logre descubrir el secreto tallado de esta obra conocerá el significado de la existencia humana, la profunda realidad de la naturaleza, el alfa y la omega de la creación y el cosmos. El arte salva a la historia de su determinismo, al hombre de su imbecilidad y al mundo de su ceguera. Contemplación y conversión son sinónimos. Tras la contemplación de "El Ángel" nuestra mirada queda dilatada en la divinidad de su arrebatadora belleza.
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Han pasado diez años del robo de "El Ángel". La obra que prestigió al país durante más de doscientos años sigue sin aparecer. La libertad secuestrada. Cristóbal Beloso tras su salida del Museo quedó completamente abatido. Sus ojos, antes refulgentes por el resplandor de las obras que le avivaban el alma, son dos tizones apagados. Su espalda doblada parece una corvilla humillada. El arte era su vida. No sabe hacer otra cosa. Pero hay que seguir adelante. Puso un cartel en la puerta de su casa: "Se reparan antigüedades". Y en el sótano de su vivienda habilita un humilde taller donde repara pequeños objetos de valor. Así es como el profesor despedido empieza a sobreponerse: implanta apéndices en bustos mutilados, devuelve el color a bodegones oscuros, libra de la carcoma un sitial apolillado. A Cristóbal Beloso le llegan los más extraños enseres.

Esta mañana un campesino le trae liado en un una vieja arpillera el cuerpo de madera de una figura extraña. Por su mal estado don Cristóbal no sabe qué puede ser. El hombre le dice:
Encontré este artefacto en el palomar de mi terraza. Yo no entiendo de antiguallas, pero para a mí que este armatoste es algo muy valioso.
Don Cristóbal mira de arriba abajo lo que parece un santo de palo sacado de una hoguera. Y le dice al campesino:
Veremos qué puedo hacer. Vuelva dentro de quince días.
Don Cristóbal se pone a trabajar en el encargo del campesino. Tras un primer examen descubre que la pieza es de buena madera, resistente, un cedro tallado con forma de ángel de más doscientos años de antigüedad. Devolver a esta pobre figura mutilada su estado primigenio será su primer cometido. Repondré sus alas, dos élitros anclados en su espalda seráfica. Y deja secar el encolado. Mañana lijará los pliegues de su vestimenta horadada.

Al día siguiente, cuando el profesor baja al taller para seguir con su tarea, se queda paralizado. "El Angel" de nuevo ha desaparecido. Don Cristóbal no entiende. Luego, ya más calmado, exclama:
El arte es la verdad y la verdad es libre. Nadie es dueño de la libertad, ni siquiera el señor Bartholdi lo es de su Miss Liberty.

miércoles, 3 de octubre de 2018

Mi profe de Mates



Escandalizado y a la vez atraído vi como el cuerpo desnudo de mi madre se apretaba, se confundía, desaparecía entre los brazos, los muslos y los besos de un hombre que no era mi padre. Descubrí a mi madre con don Tomás, mi profesor particular de matemáticas. Sus carnes latían al unísono. Con impulsos de amor y ternura embravecidos, entre berreas y salmodias de placer sublime, deliciosos meandros y cascadas de néctar celeste sorprendí a los dos en el tabernáculo de Dionisio. Luego, bajo el palio profano de un beso largo vi como este dios borracho les daba a beber de su paradisíaco vino espumoso.

Yo no tenía derecho alguno para criminalizar el sexo consentido de mi madre. Lo normal en un arrebato amoroso es dejar fuera del tálamo toda razón o prejuicio que pueda impedir la consumación de acto tan culminante. El cuerpo tiene su propia alma, él es su alma. Piensa sin tener cabeza, siente sin tener corazón. El centro de decisión del cuerpo no está en instancias más altas, ni en la memoria, ni en el entendimiento, ni en la voluntad. El amor escapa a toda deliberación. Sus cuerpos se conocían sin abstracción mental alguna. Sin tener que acudir al alma, (los cuerpos eran sus almas), se acoplaban sin imperativo de psicología alguna. El cuerpo de mi madre no necesitaba nada ni nadie para ser él mismo. El cuerpo de mi madre, ¡claro que tenía sus razones!, pero en ningún momento impuestas por ética alguna que emanara de la mirada inoportuna, ignorante e incomprensible de un hijo con apenas nueve años. Eso no quita para que, desde que supe de la relación extramarital de mi madre, un disgusto y una pena ensombreciera mi trato con ella.

Cansado de esta situación absurda, de cargar con este secreto, ¿qué cabía hacer por mi parte? ¿Decírselo a ella? ¿Contárselo a mi padre?

La vida en mi casa seguía como si tal cosa, como si nada hubiese ocurrido. La paz que entre ellos reinaba parecía ser fruto de un armisticio obligado, pero a mi pipiolo entender todo era un descalabro atiborrado de hipocresía. Hasta que por fin un día, mientras desayunábamos, sin fijar mi vista en ninguno de los dos, dije en voz alta:
He pensado no seguir con las clases de mates. Nunca más iré a casa de don Tomás.
Vi luego como mis padres se miraron uno al otro para ver quién de los dos comentaba mi decisión. Fue mi madre la que tomó la palabra:
Hijo, es que don Tomás es tu verdadero padre.
Desde aquel momento siempre he tenido claro que la verdad más cierta puede uno encontrarla en un amasijo de engaños.

jueves, 27 de septiembre de 2018

Embalsamar el tiempo




Antes, nada más el cálamo ver la mirada de una flor suplicando con su rocío larga vida al rojo de sus pétalos trémulos…

Antes, nada más ver la cara de gozo y alivio de un coro de pájaros tocados de Ménière pisar tierra…, nada más ver a un bebé chupar el pecho de su madre…

Antes, nada más ver a la lluvia calmando la acidez de la tierra seca…, y a la tierra esponjosa dando las gracias generosa y atenta…

Antes, nada más sentir el azul del alba inundar de savia el día…, nada más ver una mariposa blanca a lomos de una lagartija lenta…

Antes, nada más ver el verde de la parra virgen sombrear sobre su tinta llena de ardorosos trinos…

Antes, nada más ver amanecer por la bocacalle a una gitana con su canasto de aromas y parabienes, y en sus orejas desplegadas la luna en paracaídas…, nada más ver en la espalda del ciprés a la chicharra inmolada en el altar de su canto…

Antes, nada más ver en la horquilla del naranjo a una merla con su hilo de oro en el pico hacer un nido… nada más ver el aplauso de las cañas al escuchar la sinfonía del río…

Antes, nada más la pluma ver sentir en la prisión de su pecho el aire rompiendo los barrotes de sus miedos…, nada más ver alegre el agua zumbar en el partior de las 25 tahúllas…

Antes, nada más ver el humo de sus rastrojos quemados confundirse con el blanco de las nubes cómplices, mentirosas y socarronas…, nada más ver a la noche sembrada de luminarias y palomas sorteando los agujeros negros de un mundo atiborrado de titulitis, sociedades patrimoniales y escarnios...

 Antes, nada más ver el fruto del granado colorear la huerta con su deslumbrante disco...

....

Hoy, en cambio la pluma empuñada no corre a guardar en el baúl de su cuaderno lo que ya no quiere ver. Hoy la pluma en ristre ha tenido una revelación:
Si todo es muerte y correhuela, ¡llenemos las copas del ahora, brindemos con el vino de la vida! en vez de embalsamar el tiempo con bagatelas y otras tonterías. 

domingo, 23 de septiembre de 2018

Marido y mujer





Para el marido casarse siempre fue un desahogo, distensión muscular, más que un acto de amor. La mujer cree que el éxito de la separación depende del grado de resistencia con que ella afronte el asunto en la cama. El someter al marido a una larga cura de abstinencia carnal, según ella, es la manera más eficaz de hacer ver al hombre que lo del divorcio va en serio. Aunque las dudas la recomen como queso agujereado por las ratas, debe manifestar ser una mujer convencida de su decisión. La mujer no aguanta más el tedioso estorbo de un hombre incapaz de luchar por nada. Su marido es un flojo, un hombre vacío, sin iniciativa. Cada vez que la mujer se mira en él, se ve a sí misma aniquilada, atada a un espigón del puerto. La mujer no ha nacido para cohabitar con un difunto. Ella necesita un hombre con sangre en las venas, que la desee, que la haga reír, que no recurra a ella como el que se lava los dientes; al menos a quien esto hace la boca le sabe a flúor. Su marido es un petardo, huele a caries.

A la mujer no le brilla la cara después de sentirse amada, como le pasa a su vecina cuando resplandeciente la oye cantar eufórica muchas mañanas. En el tono de sus canciones, en el sonrojado color de su rostro, en la dilatada expresión gozosa de todos sus movimientos la mujer descubre en su vecina la belleza natural que reflejan los enamorados largo rato, aun después de haber hecho el amor. Su marido no tiene la chispa para encender el fuego que a ella la quema por dentro. Lo que más le desagrada de su marido es la  tranquilidad con que se toma la vida, más que tranquilidad es su indiferencia, melsa y apatía. Vivir con el marido se reduce a estar con él. La mujer no tiene ninguna razón para seguir viviendo con una piedra con ojos. El marido no la incita, no es ardoroso, su ímpetu sexual se limita al momento de una penetración vertiginosa sin más irradiaciones que la encumbren embriagada a lo largo de la jornada. Para la mujer el sexo no es solo una máquina que se dispara puntualmente como el cucú de un reloj que no ve más allá de las saetas sobre las que está sentado. No es que la mujer no sea ardiente, que lo es, pero su sexualidad no es sólo su clítoris sino que anda repartida por toda la orografía de su cuerpo, y su cuerpo también piensa, su carne también siente, su piel se extiende más allá de su mera biología. Un apareado sexo sin una intención de querer abarcar, traspasar las lagunas de Estigia, escalar los montes de Venus, vislumbrar el misterio tras todo coito enamorado, se acaba en sí mismo, es efímero, no es para siempre. Hombres de usar y tirar hay de sobra en Platería, no son nada relevante. Para la mujer su marido es simplemente infumable.

Ya otras veces marido y mujer han tenido trifulcas como las de hoy, pero se esfumaron como nubes de verano en el fragor de la refriega verbal. De la boca caliente cual horno que despide llamaradas de muerte le llegan al marido las palabras de la mujer, veredicto inapelable. Él se agarra a un clavo ardiendo, se resiste a ser expulsado del paraíso conyugal. Es inútil. La sentencia es irrevocable:
Tenemos hasta el día de todos los santos, faltan diez días, los suficientes para que te traslades al piso de tu mamá. Los demás problemas de la separación ya los iremos resolviendo poco a poco.
Hasta que la mujer, embebida en sus propias palabras, no termina de hablar, no aparta su vista de los ojos de un hombre envilecido por el femíneo desprecio. Ella entonces, al observar el rostro del hombre abatido, se da cuenta de que lo dicho tiene efecto y consecuencia. Su etéreo balbuceo se consolida, cuaja en firme resolución. Sus palabras esta vez son lo que dicen. El hombre no encuentra punto de apoyo, su ser se desmorona por dentro como un aluvión de escombros, se siente débil para rebelarse contra el destino.

En la larga espera de la noche, el marido siente de manera más vívida y real el hecho revelador de su expulsión marital. Arrojado del edén conyugal en el que antes se veía confortablemente instalado se siente ahora desnudo y aborrecido bajo las sábanas de un lecho que debe dejar cuanto antes. No tiene más de dos semanas para abandonar su picadero. No piensa llevarse muchas cosas. Cuanto más cosas suyas personales queden aquí algo de él permanecerá junto a la mujer que todavía ama. Porque el marido ama a su mujer, a su manera, igual que pudiera querer a otra, a la vecina u a otra mujer cualquiera. El marido más bien se quiere a sí mismo. Sólo busca en su pareja el reconfortante de una compañía para sobrellevar su soledad mal entendida. El hombre debería haber nacido en la época en que los matrimonios se amañaban al margen de las consideraciones, preferencias y opciones individuales de los contrayentes.

Después del ultimátum de la mujer ya nada es como antes: la cama no es suya, la casa una pensión prestada y la comida un menú barato de un fonducho portuario. Será cosa de tomar las de villadiego, -dice para sí el marido.