jueves, 11 de junio de 2026

Soy mi cuerpo


Soy mi cuerpo. Y mi cuerpo está triste y está cansado. Me dispongo a dormir una semana, un mes; no me hablen. (Jaime Sabines)

El marido de la señora Jesusa, el Jesuso como lo llaman por aquí, hace más de treinta años que anda entremezclao por estos huertos de naranjos y limoneros.

Si te acercas por el día, amigo lector, lo encontrarás con la picaza dándole mandobles a las costras del bancal. Lleva consigo un transistor que cuelga de la rama de un árbol. Siempre con música de pasodobles y fandangos. Las mangas de la camisa a cuadro, siempre la misma, le llegan hasta los puños, y cubre su testa calva con un sombrero viejo de paja.

Tras la comida y su malta con anís, el Jesuso saca a pastar cuatro cabras al otro lado de la rambla casi hasta que el sol se va, acompañado de su foxterrier el “rajoy”. Y luego a la noche, si te asomas por el ventanuco que da a la cocina, lo verás sentado frente a una cena frugal, hervido de pan y cebolla, un rin-ran. Y después, si a la Jesusa se le olvida cerrar la puerta de la alcoba, te sorprenderás al ver con qué apaño y arrojo se abraza a las carnes tibias de la señora Jesusa que aún huelen a menta poleo.

El verde de los naranjos, los ribazos y cañares, las sendas, las merlas y los brazales, la palmera, el partidor, las berzas y los rosales forman con el Jesuso todos una misma cosa.

Y es cierto, porque el Jesuso hasta hoy, él mismo se ve confundido con el canto de la chicharra, con la sonrisa del alba, la calidez de la tarde, la nobleza del nogal y con aquella acequia que los lugareños piropean la “subirana” porque de verdad es majestuosa.

El Jesuso hasta hoy tan a gusto y entretenido está en las cosas que le ocupan, que se olvidó de su cuerpo. Su cuerpo para él son sus cabras, su mujer, los árboles, la placidez de la tarde. Soy el azul de la flor de la violeta -le dice a su mujer- soy la caricia y el beso de los pétalos de tu rosa, uña y carne con el azahar y el rocío.

Pero el Jesuso esta mañana, sin saber nadie por qué, al ir a ordeñar las cabras, se queda en blanco, abstraído, a solas consigo mismo. Los ojos cerrados como si estuviera durmiendo el vacío de su soledad encriptada. Lleva ya más de doce horas sin abrir la boca. La Jesusa llama al médico. Este dice que es cosa del siquiatra.

Y tú lector oliscón que presencias la escena por los parajes de este cuento, antes de escuchar el diagnóstico del especialista formulas tu propia conclusión que no es profana: Al Jesuso no le ocurre ni más ni menos que ha comprendido de sopetón que él es sólo su cuerpo. Todas las demás cosas en las que él entretenía su tiempo han desaparecido, eran cortinas de humo, subidones místicos. Y no se hace a estar a solas con su alma. De ahí le viene esta pinza, su inhibición y total desasimiento.
Quiero dormir un mes, un año, dormirme. Y si hablo dormido no me hagan caso, si digo algún nombre, si me quejo. Quiero que hagan de cuenta que estoy enterrado, y que ustedes no pueden hacer nada hasta el día de la resurrección. (Jaime Sabines)

domingo, 7 de junio de 2026

El último concilio




Aunque rompimos sus estatuas,
aunque las arrojamos de sus templos,
no por ello murieron del todo nuestros dioses. 
(Cavafis)


Les habla Rodríguez de los Santos, corresponsal de “Las Ondas del Globo”. En este día trascendental me dirijo a todos ustedes a través del satélite “Regina Coelorum”.

La tarde en Roma es espléndida. Un sol suave derrama una pátina dorada sobre las cabezas de más de un millón de fieles que abarrotan enfervorizados la Plaza de San Pedro. Asistimos al mayor acontecimiento histórico de nuestra era: la clausura del Concilio Vaticano III.

Durante cuatro meses príncipes de la Iglesia, obispos y teólogos han reflexionado y rezado sobre lo humano y lo divino.

En estos momentos concluyen los cánticos que preceden a la proclamación de un nuevo Magisterio. Enseñanzas rejuvenecidas que junto a las de la Tradición, Nova et Vétera, serán a partir de hoy firme columna donde el cristiano fundamentará su fe.

Con santo aplomo e inspirada unción su Santidad el Papa se dispone a dar lectura del Acta Conciliar:

Oigamos en directo sus palabras:
Oh Dios, tú que conoces los corazones de hombres y mujeres, concede a este servidor tuyo, a quien elegiste como Pastor del Rebaño de tu Iglesia, acierto y sabiduría para transmitir al mundo entero la nueva doctrina que nos has revelado en este concilio que hoy clausuramos: 
Os traigo una Buena Nueva. “Ecclesia delenda est”. La Iglesia a partir de hoy nunca más será tropiezo de cristianos y gentiles. “El que hace daño a un niño más le vale que le pongan alrededor del cuello una piedra de molino y sea arrojado a lo profundo del mar”. (Evangelio de Mateo, 18,5).
Consciente de la trascendencia de nuestra determinación, la Iglesia Católica, por voluntad conciliar, ha decidido desaparecer como institución dentro del panorama religioso de nuestro tiempo. La iconoclasia y la apostasía ya no tendrán ningún sentido. Tanto el Dogma, el Infierno, la Ortodoxia como el Fanatismo, a partir de este momento, carecerán de toda base metafísica. Así pues nuestra herejía deja expedita la senda al verdadero conocimiento de Dios. “Si encuentras a Dios, mátalo” (Maestro Eckart). Nacimos para desaparecer, dar paso al Advenimiento del Hijo del Hombre.

A través de su peregrinar por el mundo, la Iglesia instituida, para ser camino de salvación, se ha convertido no pocas veces en pozo de perdición. (Sal. 55.23). Ha llegado la hora de inmolarnos. Y este Concilio, el último de nuestra Iglesia, es el altar propicio donde sacrificar nuestra subsidiaria existencia. La Parusía está cerca. Nosotros ya no somos necesarios. Nunca más nuestros credos serán banderas de guerra, confrontación y odio entre las diversas culturas que enriquecen la tierra. Esta es la mejor derrota que podemos infligir al Maligno: nuestra propia muerte, nuestra desaparición como Iglesia. 
Nacimos a la Iglesia por el Bautismo de las sagradas aguas. Esfumémonos ahora, diluyámonos bajo estas misma aguas para que al fin el mundo, libre de su ennegrecido velo, pueda contemplar "facie ad faciem” el verdadero rostro de Dios. (I, Corintios, 13, 12).
Podéis ir en paz, la Iglesia ha terminado.
Los periodistas y fieles que aquí nos encontramos no damos crédito a las palabras que el Santo Padre, entre lacónico y apodíctico, acaba de proferir.

El Papa abandona ahora el altar mayor. Se desprende de su tiara. Se quita el Pescatorio, el anillo que hasta hoy le ha distinguido como cabeza visible de la Iglesia, se desviste de todos sus capisallos, hasta de sus prendas más íntimas, camiseta y calzoncillos. Y es el primero en echar andar, desnudo por un mundo emancipado de religiosidades. Desaparece confundido entre la muchedumbre que abandona la plaza en respetuoso acatamiento.

Antes de finalizar esta retransmisión, tan sólo una advertencia, mis queridos radioyentes: Abrid bien los ojos, pues tal vez haya llegado ya la hora del Anticristo.

Desde la Ciudad del Vaticano, Rodríguez de los Santos, corresponsal de “Las Ondas del Globo”.


jueves, 4 de junio de 2026

Niño feo


Ves a una mujer cargada con sus tres hijos entrando en su casa medio derruida, pobre, cochambrosa. Uno de sus hijos, no sabes si el más pequeño, pero sí el más desvalido, va montado en un mugriento carrito de bebé. El niño te mira huraño. Tal vez porque así tú le miraras. Le devuelves la mirada, arrastrado por la deformidad de su aspecto. Su cara llena de manchas como hematomas, tatuados con tristeza supina en su rostro. El niño tal vez no sea tan niño, sino que, debido a su despareja anatomía, aparenta ser mayor. La tristeza nos adentra veloz en la vejez. ¿Qué habrá descubierto este niño en tu mirada para mirarte de manera tan poco amigable? Te cuestionan sus ojos tristes, como si te dijeran: ¿y tú qué miras? El niño aún no tiene edad para increparte de manera tan despreciable. Ver a un niño amargado resulta extraño, incompatible. Ese mismo contratiempo sentiste el otro día en el desayuno, cuando al morder la tostada de mermelada, creyendo que era dulce, impregnada estaba de sal. No es la sal ni la azúcar el motivo de nuestra extrañeza, sino su inesperado sabor.

Cuando llegaste a casa, dejas las llaves, la bolsa de la compra, el macuto, todo lo que traes, y te descalzas para ponerte las zapatillas. Y notas que llevas aún contigo una carga de la que no puedes desprenderte: es la mirada salobre, inusual y desabrida de la inocencia de un niño inculpado que no deja de atormentarte. Fue entonces cuando comprendiste lo que el niño te dijo con su mirada distante y fría: 
No soy feo ni malo, es así, como tú me miras. El rechazo que viste en mis ojos no fue mío, sino el tuyo.

domingo, 31 de mayo de 2026

L’Espagne libre


 
Fue en España donde nuestra generación aprendió que uno puede tener razón y ser derrotado, que la fuerza puede destruir el alma y que hay veces en que el coraje no tiene recompensa. Esto es, sin duda, lo que explica por qué tanta gente, el mundo entero, siente el drama de España como una tragedia personal»… (Albert Camus: «Prefaci», L’Espagne libre, 1946).

No es fácil sacar fuerzas de flaqueza cuando al desvalido no le queda ni siquiera el resuello. De nada vale decir al rayo no hagas ruido que no aguanto yo tu relámpago. Sólo soy dueño de este privilegiado presente primaveral. Mañana, Dios proveerá. La triste dulzura de este momento compensación es necesaria de mi subsistencia agorera y tambaleante. Jodidos, pero estamos vivos. El que no se consuela es porque no quiere. Y en estos tiempos convulsos y amargos viene Luis García Montero a decirnos que al mal tiempo, buena cara, que la alegría es una forma de resistencia. Porque el amor y la amistad justifican la vida y son un argumento decisivo para la esperanza. Y muy sonriente me adherí al susodicho deseo del poeta granadino. Pero... de pronto paso del azul esperanza de ayer al verde-hierba-vahído de hoy. La esperanza era verde y se la comió el burro. Y antes de iniciar el sol su camino, las tinieblas le arrebataron su sino a la estrella madre de un firmamento resquebrajado, mugriento y malherido.

Frente al azul de esta mañana, pájaros en Babia buscan contentos, y a su aire, entre las hojas de las moreras de los sotos del río algodones para sus nidos sin saber que, al llegar la tarde, las ventoleras de las cumbres sobrevenidas del norte sin piedad arrasarán a sus crías. 


jueves, 28 de mayo de 2026

Entre Poiesis y Pictoria




Si Pictoria pintaba un almendro, y deleitaba a Lorenzo, el hijo de don Diego de Miranda, con sus vistosas flores, Poiesis inundaba a este vate novato con el perfume de los versos de sus ramas. Si Pictoria endulzaba la mirada absorta del hijo del hidalgo del verde gabán sobre el mar con la serenidad de las aguas de su pincel agudo y detallado, en cambio Poiesis sumergía al vástago de Miranda en las aguas fascinantes de sus coralinos colores. El mismo Quijote dijo al padre de Lorenzo, cuando se cruzó con él, los dos caminando por los campos de la Mancha: la poesía, señor don Diego, a mi parecer es como una doncella tierna y de poca edad y en todo estremo hermosa. Deje, vuesa merced, caminar a su hijo Lorenzo por donde su estrella le llama.

Al muchacho, poeta en ciernes, que andaba loco a todas todas horas leyendo a Virgilio, Horacio y Homero, le dieron a escoger entre Poiesis y Pictoria, y el joven Lorenzo, eligió la Poesía, porque no se le daba muy bien pintar, y mucho menos estudiar leyes o empuñar un arma. Y sobre todo, porque la poesía, (según decía el hijo de don Diego), era el arte que mejor lo colmaba y más directamente le mostraba la esencia de las cosas. Y el hijo del rico hidalgo vestido de paño fino verde, jironado de terciopelo leonado, cual otro Dante, se dejó llevar por Virgilio, a quien Lorenzo consideraba su maestro y modelo. O de li altri poeti onore e lume. (Oh luz y honor de todos los poetas). El único que podría librar al hijo de don Diego de Miranda de la guerra, de la bestia del Infierno, y no tener que estudiar derecho, tal como su padre entendía y quería. Y Lorenzo replicaba a su padre: la poesía, por encima del derecho y de las armas, salvarán al mundo de su bancarrota. La pluma, padre, es más poderosa que la espada. 

Antes de decidirse Lorenzo por Poiesis, al aspirante poeta alguien le dijo que una imagen valía mil palabras. Y el hijo don Diego de Miranda, embebido de poemas, respondió que, cuando leía, por ejemplo La Divina Comedia, y veía las ilustraciones de un tal Gustavo Doré, aún siendo estos dibujos oníricos, frenéticos y muy fascinantes, prefería los endecasílabos de Alighieri. Y así fue como se dejó conducir por el autor de la Eneida:
Por lo que, por tu bien, pienso y decido
que vengas tras de mí, y seré tu guía,
y he de llevarte por lugar eterno.
Dante sumergía al aficionado a la poesía en las muchas posibilidades y sugerencias múltiples, no dichas, sólo evocadas, sugerentes, y que luego Lorenzo completaba haciendo suyas las del Florentino. Sin embargo los grabados de Gustave de Doré, aún cautivando con su onírica imaginación endiablada, (fiera incluida), no transportaban al joven hijo de don Diego de Miranda más allá de la física observable de un dibujo encorsetado en un papel, por muy dorado que fuese el marco de sus atinadas ilustraciones.