domingo, 7 de junio de 2026

El último concilio




Aunque rompimos sus estatuas,
aunque las arrojamos de sus templos,
no por ello murieron del todo nuestros dioses. 
(Cavafis)


Les habla Rodríguez de los Santos, corresponsal de “Las Ondas del Globo”. En este día trascendental me dirijo a todos ustedes a través del satélite “Regina Coelorum”.

La tarde en Roma es espléndida. Un sol suave derrama una pátina dorada sobre las cabezas de más de un millón de fieles que abarrotan enfervorizados la Plaza de San Pedro. Asistimos al mayor acontecimiento histórico de nuestra era: la clausura del Concilio Vaticano III.

Durante cuatro meses príncipes de la Iglesia, obispos y teólogos han reflexionado y rezado sobre lo humano y lo divino.

En estos momentos concluyen los cánticos que preceden a la proclamación de un nuevo Magisterio. Enseñanzas rejuvenecidas que junto a las de la Tradición, Nova et Vétera, serán a partir de hoy firme columna donde el cristiano fundamentará su fe.

Con santo aplomo e inspirada unción su Santidad el Papa se dispone a dar lectura del Acta Conciliar:

Oigamos en directo sus palabras:
Oh Dios, tú que conoces los corazones de hombres y mujeres, concede a este servidor tuyo, a quien elegiste como Pastor del Rebaño de tu Iglesia, acierto y sabiduría para transmitir al mundo entero la nueva doctrina que nos has revelado en este concilio que hoy clausuramos: 
Os traigo una Buena Nueva. “Ecclesia delenda est”. La Iglesia a partir de hoy nunca más será tropiezo de cristianos y gentiles. “El que hace daño a un niño más le vale que le pongan alrededor del cuello una piedra de molino y sea arrojado a lo profundo del mar”. (Evangelio de Mateo, 18,5).
Consciente de la trascendencia de nuestra determinación, la Iglesia Católica, por voluntad conciliar, ha decidido desaparecer como institución dentro del panorama religioso de nuestro tiempo. La iconoclasia y la apostasía ya no tendrán ningún sentido. Tanto el Dogma, el Infierno, la Ortodoxia como el Fanatismo, a partir de este momento, carecerán de toda base metafísica. Así pues nuestra herejía deja expedita la senda al verdadero conocimiento de Dios. “Si encuentras a Dios, mátalo” (Maestro Eckart). Nacimos para desaparecer, dar paso al Advenimiento del Hijo del Hombre.

A través de su peregrinar por el mundo, la Iglesia instituida, para ser camino de salvación, se ha convertido no pocas veces en pozo de perdición. (Sal. 55.23). Ha llegado la hora de inmolarnos. Y este Concilio, el último de nuestra Iglesia, es el altar propicio donde sacrificar nuestra subsidiaria existencia. La Parusía está cerca. Nosotros ya no somos necesarios. Nunca más nuestros credos serán banderas de guerra, confrontación y odio entre las diversas culturas que enriquecen la tierra. Esta es la mejor derrota que podemos infligir al Maligno: nuestra propia muerte, nuestra desaparición como Iglesia. 
Nacimos a la Iglesia por el Bautismo de las sagradas aguas. Esfumémonos ahora, diluyámonos bajo estas misma aguas para que al fin el mundo, libre de su ennegrecido velo, pueda contemplar "facie ad faciem” el verdadero rostro de Dios. (I, Corintios, 13, 12).
Podéis ir en paz, la Iglesia ha terminado.
Los periodistas y fieles que aquí nos encontramos no damos crédito a las palabras que el Santo Padre, entre lacónico y apodíctico, acaba de proferir.

El Papa abandona ahora el altar mayor. Se desprende de su tiara. Se quita el Pescatorio, el anillo que hasta hoy le ha distinguido como cabeza visible de la Iglesia, se desviste de todos sus capisallos, hasta de sus prendas más íntimas, camiseta y calzoncillos. Y es el primero en echar andar, desnudo por un mundo emancipado de religiosidades. Desaparece confundido entre la muchedumbre que abandona la plaza en respetuoso acatamiento.

Antes de finalizar esta retransmisión, tan sólo una advertencia, mis queridos radioyentes: Abrid bien los ojos, pues tal vez haya llegado ya la hora del Anticristo.

Desde la Ciudad del Vaticano, Rodríguez de los Santos, corresponsal de “Las Ondas del Globo”.




jueves, 4 de junio de 2026

Niño feo


Ves a una mujer cargada con sus tres hijos entrando en su casa medio derruida, pobre, cochambrosa. Uno de sus hijos, no sabes si el más pequeño, pero sí el más desvalido, va montado en un mugriento carrito de bebé. El niño te mira huraño. Tal vez porque así tú le miraras. Le devuelves la mirada, arrastrado por la deformidad de su aspecto. Su cara llena de manchas como hematomas, tatuados con tristeza supina en su rostro. El niño tal vez no sea tan niño, sino que, debido a su despareja anatomía, aparenta ser mayor. La tristeza nos adentra veloz en la vejez. ¿Qué habrá descubierto este niño en tu mirada para mirarte de manera tan poco amigable? Te cuestionan sus ojos tristes, como si te dijeran: ¿y tú qué miras? El niño aún no tiene edad para increparte de manera tan despreciable. Ver a un niño amargado resulta extraño, incompatible. Ese mismo contratiempo sentiste el otro día en el desayuno, cuando al morder la tostada de mermelada, creyendo que era dulce, impregnada estaba de sal. No es la sal ni la azúcar el motivo de nuestra extrañeza, sino su inesperado sabor.

Cuando llegaste a casa, dejas las llaves, la bolsa de la compra, el macuto, todo lo que traes, y te descalzas para ponerte las zapatillas. Y notas que llevas aún contigo una carga de la que no puedes desprenderte: es la mirada salobre, inusual y desabrida de la inocencia de un niño inculpado que no deja de atormentarte. Fue entonces cuando comprendiste lo que el niño te dijo con su mirada distante y fría: 
No soy feo ni malo, es así, como tú me miras. El rechazo que viste en mis ojos no fue mío, sino el tuyo.

domingo, 31 de mayo de 2026

L’Espagne libre


 
Fue en España donde nuestra generación aprendió que uno puede tener razón y ser derrotado, que la fuerza puede destruir el alma y que hay veces en que el coraje no tiene recompensa. Esto es, sin duda, lo que explica por qué tanta gente, el mundo entero, siente el drama de España como una tragedia personal»… (Albert Camus: «Prefaci», L’Espagne libre, 1946).

No es fácil sacar fuerzas de flaqueza cuando al desvalido no le queda ni siquiera el resuello. De nada vale decir al rayo no hagas ruido que no aguanto yo tu relámpago. Sólo soy dueño de este privilegiado presente primaveral. Mañana, Dios proveerá. La triste dulzura de este momento compensación es necesaria de mi subsistencia agorera y tambaleante. Jodidos, pero estamos vivos. El que no se consuela es porque no quiere. Y en estos tiempos convulsos y amargos viene Luis García Montero a decirnos que al mal tiempo, buena cara, que la alegría es una forma de resistencia. Porque el amor y la amistad justifican la vida y son un argumento decisivo para la esperanza. Y muy sonriente me adherí al susodicho deseo del poeta granadino. Pero... de pronto paso del azul esperanza de ayer al verde-hierba-vahído de hoy. La esperanza era verde y se la comió el burro. Y antes de iniciar el sol su camino, las tinieblas le arrebataron su sino a la estrella madre de un firmamento resquebrajado, mugriento y malherido.

Frente al azul de esta mañana, pájaros en Babia buscan contentos, y a su aire, entre las hojas de las moreras de los sotos del río algodones para sus nidos sin saber que, al llegar la tarde, las ventoleras de las cumbres sobrevenidas del norte sin piedad arrasarán a sus crías. 


jueves, 28 de mayo de 2026

Entre Poiesis y Pictoria




Si Pictoria pintaba un almendro, y deleitaba a Lorenzo, el hijo de don Diego de Miranda, con sus vistosas flores, Poiesis inundaba a este vate novato con el perfume de los versos de sus ramas. Si Pictoria endulzaba la mirada absorta del hijo del hidalgo del verde gabán sobre el mar con la serenidad de las aguas de su pincel agudo y detallado, en cambio Poiesis sumergía al vástago de Miranda en las aguas fascinantes de sus coralinos colores. El mismo Quijote dijo al padre de Lorenzo, cuando se cruzó con él, los dos caminando por los campos de la Mancha: la poesía, señor don Diego, a mi parecer es como una doncella tierna y de poca edad y en todo estremo hermosa. Deje, vuesa merced, caminar a su hijo Lorenzo por donde su estrella le llama.

Al muchacho, poeta en ciernes, que andaba loco a todas todas horas leyendo a Virgilio, Horacio y Homero, le dieron a escoger entre Poiesis y Pictoria, y el joven Lorenzo, eligió la Poesía, porque no se le daba muy bien pintar, y mucho menos estudiar leyes o empuñar un arma. Y sobre todo, porque la poesía, (según decía el hijo de don Diego), era el arte que mejor lo colmaba y más directamente le mostraba la esencia de las cosas. Y el hijo del rico hidalgo vestido de paño fino verde, jironado de terciopelo leonado, cual otro Dante, se dejó llevar por Virgilio, a quien Lorenzo consideraba su maestro y modelo. O de li altri poeti onore e lume. (Oh luz y honor de todos los poetas). El único que podría librar al hijo de don Diego de Miranda de la guerra, de la bestia del Infierno, y no tener que estudiar derecho, tal como su padre entendía y quería. Y Lorenzo replicaba a su padre: la poesía, por encima del derecho y de las armas, salvarán al mundo de su bancarrota. La pluma, padre, es más poderosa que la espada. 

Antes de decidirse Lorenzo por Poiesis, al aspirante poeta alguien le dijo que una imagen valía mil palabras. Y el hijo don Diego de Miranda, embebido de poemas, respondió que, cuando leía, por ejemplo La Divina Comedia, y veía las ilustraciones de un tal Gustavo Doré, aún siendo estos dibujos oníricos, frenéticos y muy fascinantes, prefería los endecasílabos de Alighieri. Y así fue como se dejó conducir por el autor de la Eneida:
Por lo que, por tu bien, pienso y decido
que vengas tras de mí, y seré tu guía,
y he de llevarte por lugar eterno.
Dante sumergía al aficionado a la poesía en las muchas posibilidades y sugerencias múltiples, no dichas, sólo evocadas, sugerentes, y que luego Lorenzo completaba haciendo suyas las del Florentino. Sin embargo los grabados de Gustave de Doré, aún cautivando con su onírica imaginación endiablada, (fiera incluida), no transportaban al joven hijo de don Diego de Miranda más allá de la física observable de un dibujo encorsetado en un papel, por muy dorado que fuese el marco de sus atinadas ilustraciones.

sábado, 23 de mayo de 2026

Invisible vejez



En el pueblo donde vivo, un grupo apenas perceptible, pero valiente y constante de yayoflautas, se juntan los jueves de cada semana en la plaza del Ayuntamiento, reclamando pensiones, residencias, apoyo y acompañamiento para la olvidada tercera edad. Esta mañana coincido con ellos, y tras sus reivindicativas palabras, concluye el acto con un minuto de silencio, otra forma también invisible de hacerse notar y estar presente. Luego desaparecemos como si nada. De la noche a la mañana nos hemos convertidos en unos putos viejos. A nadie le importamos. Lo que no se ve, no existe, ni se le atiende ni se le quiere.

Mejor hablemos de mí. De un tiempo a esta parte noto que la gente no me ve. Y me pregunto si no me habré convertido en algo etéreo, en humo, en nada. Y me siento insustancial, intrascendente. Y me toco y me miro en los espejos de los escaparates cada vez que salgo a tomar el sol por del Paseo Rosales, por ver si tal vez fuera verdad que soy una mera ilusión. ¡Con lo que en otros tiempos me hubiese encantado ser invisible! Hoy, sin embargo me resulta humillante, doloroso.

Recuerdo en mis años jóvenes haber leído un relato cuya tema consistía en las ventajas de ser invisible. Debido a no se qué invento o artificio refractario de la luz, el protagonista de aquella historia se convertía en un ser invisible, condición que le reportaba inmensos beneficios y oportunidades múltiples. Sólo los dioses gozan del don de la invisibilidad. Cualidad tan divina como provechosa, estar sin estar en todos los lugares y guisos, le permitía al sujeto de esta historia actuar de manera impune, beneficiarse y salir airoso de circunstancias adversas. Esta virtud de no ser notado, ni visto por nadie, en aquellos tiempos, fue por mí muy envidiada, la deseaba con todas mis fuerzas. Gracias a ella, dada a mi vergüenza congénita, yo podría pasar desapercibido, detenerme complacido, sin ser mirado mirar cualquier bello cuerpo por mí deseado. En la catequesis de mi infancia se me dio a conocer un dios enriquecido con una serie de atributos, (omnipotencia, infalibilidad, omnisciencia eternidad, omnipresencia). Y si de todos estos atributos y connotaciones divinas, a mí por aquel entonces me hubiesen dado a elegir con cuál de ellas quedarme, sin duda alguna hubiese escogido el don de la invisibilidad: estar en todo los sitios que yo quisiera, y encima no dejarme ver por nadie. ¡Ay lo que yo hubiera dado por ser dueño y señor, tan solo de una pizca de dicha gracia! Me hubiese ahorrado un montón de broncas, pescozones y carreras en aquella mi niñez de hambre, cuando saltaba la valla de bancales ajenos en busca de algún racimo de uva o un puñado de habas. Cual abeja dulzona a la caza de la miel de romero corría yo tras el logro de algún huevo del gallinero de mi vecino el recovero.

Poder tan omnímodo, al protagonista de este relato que hoy recuerdo, con el tiempo le resultó aburrido y no tan placentero. Añora pues el apretado abrazo de los amigos, el contacto físico, los besos, las relaciones carnales, la caricia en su piel de la suave brisa del atardecer, el masaje del fisio de los martes. Por lo que decide regresar a su estado primigenio, dejar de ser invisible. Pero no es posible. Quien alcanzó el cielo de la invisibilidad, ya no se le permite volver a ser mortal.

Y, ahora, a mis años, aquel gran regalo de la invisibilidad, ¡en mala hora me ha sido dado! Hoy lo detesto, me desagrada no ser tenido en cuenta. Lo invisible ni existe, ni vive, ni se le espera. Ser viejo es un estorbo arrinconado, que no se vea, que no hiera sensibilidades ni conciencias. Y lo peor, no es que los demás me miren como si no me vieran, es que nadie sabe mejor que yo, que a todas luces casi ya no existo.

Y yo seguía tocando con mis manos mi cara desolada para reconocerme, pasaba mis manos por mi cabeza rala de canas, pero yo tampoco veía mi vejez. Y mientras en este ridículo punto del planeta unos cuantos viejos peleones reclamábamos este jueves a las puertas de nuestro ayuntamiento ser tenidos en cuenta, en otros lugares de nuestra noble ciudad, corporaciones y ediles homenajeaban a los gerentes de la sanidad privada, que se benefician de los laboriosos y traspasados ahorros de una pléyade de pensionistas, en detrimento de nuestra querida sanidad pública hoy tan esquilmada.

Y el viejo yayoflauta que mi lado estaba en esta exigua, pero loable y aguerrida concentración de los jueves en la plaza del ayuntamiento de Molina de Segura me dice para consolarme: amigo no es la cantidad lo que importa, lo importante es que la llama no se extinga.