martes, 10 de febrero de 2026

Manténgase a la espera


 
Vivía yo entonces en Belleville, un barrio cosmopolita y modesto de la banlieu parisina. Día a día, observaba una diminuta mancha de humedad que se extendía rauda por mi habitación. Me acordé de Las caras de Bélmez, de los hermanos de La casa tomada de Cortázar, del sótano oscuro que tanto miedo me daba, donde mis abuelos guardaban sus cachivaches y enredos. Un miedo innombrable se apoderó de mí. Escuché como si de las paredes brotara un quejido, como un desgarro. Sentí aquel crujido cual amenaza cruel de un desmoronamiento. Y antes de que los muros de aquella humilde chambre se desplomaran y me aplastaran, salí corriendo. No paré hasta regresar a España. No me despedí siquiera de mi patrona Jacqueline, aquella buena mujer, ya entrada en años, que había tenido la amabilidad de alquilarme aquel habitáculo por el tercio del sueldo que yo ganaba como garçon de cuisine en un colegio de estudiantes situado en pleno Boulevard de Sain-Germain de la ciudad de París.

Hace ya más de cuarenta años de mis tiempos de espagnol de merde. Y esta misma mañana, un nuevo contratiempo inexplicable, como aquel de mis tiempos de emigrante por tierras galas, me ha sucedido aquí en mi casa de Azulada, donde dulcemente vivo jubilado con un gato, y en compañía de unos cuantos libros que aún mantienen despierto mi sentir y entendimiento. Y ando al igual que entonces, por una insignificancia, confundido y preocupado.

Al ir esta mañana, según mi costumbre, a poner la cafetera en la vitro-cerámica, saltan los plomos de la luz. Reviso las conexiones eléctricas. Todas están en perfecto estado. Enchufo el microondas, la tostadora, pongo en marcha el pequeño radiador que en estos días de frío atroz me congela hasta el alma. No hay manera. Cada vez que mis asustadizos dedos se acercan a cualquier pulsador de corriente, los automáticos se disparan como arcabuces que sobrecogen mis oídos en días de arcas cerradas. Pero en lugar de huir, como en aquella ocasión de friega-platos por París, cojo ahora el móvil, y llamo a la empresa suministradora para contratar más potencia, y no verme privado de mi café matutino.

Compruebo que el móvil no tiene batería. Acudo a Luci, mi vecina del 2. A, para ver si desde su móvil pudiera llamar a un agente de mi compañía. Sin yo darme cuenta, me coge el teléfono una mediadora. Le cuento mi problema. De inmediato, al otro lado del teléfono, una señorita muy atenta, se pone a mi disposición diciéndome a cada momento: se lo solucionamos enseguida..., no hay problema..., no se preocupe. Tanta es la amabilidad de la joven que atiende mi llamada, que acepto, sin reparar en nada, todas sus ventajosas propuestas con tal de salir cuanto antes del apagón que me tiene desconcertado.

La joven no me dice su nombre. A cada paso me recita como un mantra: no se preocupe, señor, estamos para servirle. Sospecho de tanta gentileza. Por naturaleza no suelo ser muy desconfiado, aunque prefiero la naturalidad al elogio interesado y sin fundamento. Me advierte que debo responder con un escueto a todas sus formulaciones, pero sin hacer comentario alguno, puesto que la conversación, por medidas de seguridad, -añade-, va a ser grabada. Este último término me sabe a ultimátum, a encerrona. Ella a continuación empieza a leer como un papagayo, de carretilla y sin pausa. Me cuesta trabajo entender lo que tan apresuradamente tararea. Me vuelve a recitar su cacareado mantra no hay problema. Que responda que a todo. Y así lo hago. ¡Ay obedientia tutior, cuántos perjuicios ocasionaste a pobres mentes de corazones cándidos!

Acabada la entrevista telefónica, por la ventana del patio de luces del edificio, gracias a la generosidad de Luci, extiendo un cable desde su cocina a la mía para provisionalmente disponer de corriente, hasta que mi desaguisado se solucione. Ya en mi apartamento, una vez enchufado el móvil, accedo tranquilamente a leer los correos que la empresa suministradora acaba de enviarme. Y me doy cuenta que la empresa con la que acabo de hablar no es la que yo creía, (con la que mantengo mi contratación desde hace años). Y compruebo que, además de haberles proporcionado todos mis datos bancarios, en ningún mensaje de los que me envían hacen mención alguna al aumento de potencia. Sólo se limitan a detallar detenidamente la cuenta y el destinatario del cobro de la nuevas facturas a remitir a mi cargo. Las prisas y mi nerviosismo fueron la causa de que yo llamara a otra compañía. En menesteres en los que uno se encuentra muy apurado, la competencia es perversa, y a la caza está de clientes incautos.

Lo peor vino después. Inmediatamente, al comprobar mi error, llamo de nuevo a la empresa fantasma para decirle que quiero ejercer mi derecho de desistimiento a la contratación realizada hace tan sólo unos minutos. No me es posible. Me responde una melodía horrible e interminable. Si antes su diligencia para atender mi nueva contratación fue excelente, ahora para darme de baja, la espera se me hace más larga que un día sin pan. El disco rayado no cesa: Manténgase a la espera... Manténgase a la espera. Y así hasta la enésima vez. La callada por respuesta entre músicas interminables y agotadoras. Por fin, tras largas esperas escuchando una y otra vez, la misma cantinela desesperante Manténgase a la espera, consigo hablar con un hombre que insiste e insiste, que me advierte, me reprende y no comprende ¿Cómo se atreve usted a desperdiciar la ocasión de concertar con otros lo que nosotros le ofrecemos a mitad de precio? ¿Acaso usted prefiere pagar más dinero por servicios de peor calidad? Ni siquiera deja que me disculpe, que todo ha sido una equivocación por mi parte: Yo creía... No me deja hablar. Este hombre, entre robot e implacable mole, no se apea de su argumento. Por más que le ruego que desista, no para de comerme la oreja. Y dale con la burra al trigo -le replico cabreado. Prefiero dilapidar toda mi fortuna, antes que seguir aguantando su impertinencia. Este hombre lo único que pretende es aburrirme para que no me desdiga del contrato que erróneamente convine con ellos. Colgué pues para no seguir oyendo las desgracias que este señor me aventura con la interminable ristra de trámites y papeleo que he de llevar a cabo si me desvinculo de ellos, no sin antes decirle con voz firme y decidida: La ley me reconoce el derecho de anular mi consentimiento. Adiós muy buenas, nos vemos en el juzgado.

Al día siguiente recibo un correo de la avispada comercializadora: Nos ponemos en contacto con usted para decirle que su solicitud de desistimiento ha sido aceptada. Estamos encantados de haberle atendido. Estamos a su disposición para ayudarle en lo que necesites.

Lo que más me jode de esta historia es tener que ponerse borde para que a uno le hagan caso. Y es que bien lo dice el refrán: El que no llora, no mama.

viernes, 6 de febrero de 2026

Querido abecedario


Ver un Mundo en un Grano de Arena
y un Cielo en una Flor Silvestre;
tener el Infinito en la palma de tu mano
y la Eternidad en una hora.

(William Blake)


Quiso el amador (armador) de letras elogiar el mérito de cada una de las grafías de nuestro querido abecedario. Quiso agradecer a vocales y consonantes sus recurrentes servicios a la hora de crucigramear palabras, el arte de construir todo un mundo interminable de posibilidades semánticas. Ya lo dijo Borges: un punto contiene todos los puntos del universo. Por lo que este tejedor verbal, sin estar muy seguro de ello, pensó que todas las letras del abecedario estarían en cada una de ellas. Una manera ilusoria de calmar sus ansias irrealizables de hacerse con el infinito. Obligado se puso pues a la obra. Pero nunca veía el final de la magia algorítmica de su intento combinatorio. Así pues se dispuso a elogiar una por una las letras del alfabeto. Empezó por la J.

La Jota:
De aspecto bravo y corajudo, es seria y altiva esta letra; pero sólo en apariencia. Recia y fuerte, tanto por su grafía como por su elocuente rugir. Despista su ronco y áspero crujido, su estirada desenvoltura. Su atractivo y desgarbado aparejo es sólo un pretexto para encubrir su timidez y bajura. Es persona que sabe de su humilde condición. Se agacha por debajo de su línea de flotación y nacencia. Y compensa este hundimiento, sabio conocimiento, con el coqueto detalle de cubrir su cabeza con una despuntada corona para hacernos agradable su presencia. Su modesto nacimiento no está reñido con la nobleza y la elegancia de su porte y galanura. Ella sabe de exilio e islámicas xenofobias, pero no por ello se hunde, sino que se levanta y se rehace con valerosa dignidad de sus cenizas. Y hasta canta y baila con ese aire voluntarioso que le da el firme convencimiento de que la vida es un manojo de llantos y alegrías, una mezcla de aire y tierra. 

Tiene carácter la jodida. Es original, de difícil carraspeo, y a la vez sencilla. Es vocal y consonante, fuerte y suave, zona abierta entre extremos que se tocan. Es verja, arado que labra la tierra, y a la vez, lazo, jugo y yugo de culturas uncidas, diversas, mal avenidas que se enriquecen, se quieren y se complementan. 

La jota, como la vida misma, unas veces es irritante, insultante y temerosa, y otras, (las más), es coyunda, servicial ajuntaera, gozo que salva y que hace emerger la vida del caballón soterrado de su fecunda bajeza...

martes, 3 de febrero de 2026

Sólo es nuestro lo que perdimos

 



A veces me pierdo por textos distintos, que no tienen nada que ver con lo que en ese momento estoy leyendo. Sí, distintos; porque son otros los temas que me sorprenden y atiendo. El libro que un autor escribe no es el mismo que el lector tiene en sus manos. Y me extraño como se extrañaría una rata que en lugar de un ratón pare un encantador minino.

En el libro que ahora tengo en mis manos, (Tras el cristal), de un tal Platero Nogués, se cuentan las incidencias de una mujer encerrada dentro de una gran caja transparente, en plena Avenida de la Gran Vía, y a la vista de todo el mundo. Y esta lectura me transporta a mi infancia.

Vivía yo tres manzanas más allá de aquel fotógrafo. Tenía su estudio en la calle nueva. Me cogía de paso siempre que iba a ver a mi abuela. En la puerta de la casa del retratista, una placa de metal con letras doradas decía Fotos Tani. Dentro de un escaparate de cristal, colgado a media altura de la fachada como reclamo para clientes, exhibía sus mejores retratos. Y cada vez que por allí yo pasaba, me detenía en una de sus fotos: la de una niña vestida de primera comunión, con su cestita de flores, sus calcetines blancos, su blusa de lana recién estrenada con todos sus botones abrochados. La contemplaba una y otra vez; y veía que sus ojos me miraban directamente, como agarrándome. Al notar su insistencia, cambiaba mi ángulo de visión y me colocaba en el otro extremo de la fotografía, y observaba para mi sorpresa, que la niña no me quitaba los ojos de encima.

Al principio todo fue un juego, un juego de niños que me tuvo enredado mucho tiempo. Yo escapaba rápidamente de su mirada, me colocaba en otra posición, pero no había manera. Sin ella moverse un ápice, sus ojos de papel bromuro enseguida me daban alcance. Y su mirada se posaba fija en mí, como si aquella fotografía estuviera viva. De haber sido yo un poco mayor hubiese creído que todo aquello se debía a la refracción de la luz a través de aquella caja de cristal, pero dada mi corta edad, yo por aquel entonces no comprendía las leyes físicas de la óptica. Y así fue como prendado quedé por el insistente mirar de aquella niña tranquila y hambrienta, con ojos como panes benditos en las fiestas de san Blas. Y revestí mis sueños con sus penetrantes ojos, su barbilla y sus labios de satén bien configurados, su amelocotonada faz, la seria inocencia de su edad, su estampada frente luminosa, su cuidadoso peinado.

Mis padres luego se marcharon como todos los veranos al sur de Francia, y allí estuvieron casi tres meses trabajando en la recogida de la fruta. Yo me quedé en casa de mi abuela, separado con todo el dolor del alma de la niña del retrato. Cuando mis padres regresaron, de nuevo ya en casa, lo primero que hice fue ir a ver la foto de la niña, me pasé por la puerta del Tani el retratista. Pero para entonces la niña ya no estaba en la caja de cristal de aquel escaparate. Y a aquella niña perdida de mi infancia le debo hoy mi identidad. Hasta entonces yo no era algo diferente de mi madre, de mis hermanos, de mis amigos. Fueron los ojos vivientes del retrato de esta niña, los que posándose como una mariposa en la flor tierna de mi corazón naciente, me definieron como ser diferenciado del resto del mundo. Ya lo dijo Pedro Salinas: 

Cuando tú me elegiste 
-el amor eligió- 
salí del gran anónimo 
de todos, de la nada.

Y tras el paréntesis de este recuerdo de mi niñez, regreso de nuevo a la lectura del libro Tras el cristal de Platero Nogués, donde precisamente leo aquella cita tan nombrada de Borges: Sólo es nuestro lo que perdimos.

sábado, 31 de enero de 2026

Tinta viva


 

Tengo yo por por costumbre a primera hora de la mañana y resguardado de miradas basculantes y del bullicio callejero escribir mis flatulencias en el cuarto de baño. Cómodamente sentado sobre la taza del inodoro, las emanaciones salen por su propia inercia sin apenas esfuerzo y apreturas.

Pero hoy al enterarme de lo que le aconteciera a Catalina Segunda tendré que buscarme otro rincón más seguro y recóndito para seguir expulsando mis excreciones literarias.

Y es que a esta reina de Rusia, a la amiga por excelencia de Diderot y Voltaire, la encontraron muerta una mañana esclafada en su letrina real.

Sí, ya sé que no es lo mismo palmarla de un retortijón de barriga encima la taza de un retrete que espicharla por plagiar las Catilinarias de Cicerón en una letrina romana.

Aunque, puestos a morir, conozco yo a un escritor que ha muerto muchas veces escribiendo. Que las Moiras no son asquerosas ni tiquismiquis; lo mismo te acorralan en el delta del Bramaputra que en el desagüe de la lavadora. Y a este escritor en concreto del que ahora no acierto su nombre, la muerte le quitó un día la pluma y con ella le atravesó su corazón con tinta viva.

miércoles, 28 de enero de 2026

Ser virgen está de moda


Dice Pausanias en el Banquete de Platón:
El amor no se dirige sólo a los cuerpos, sino a las almas, y ama a aquellos en quienes la inteligencia empieza a manifestarse.
Confundir amor con juventud o vejez es un reduccionismo fácil y falso. El amor es imparable, no conoce muros ni fronteras, se eleva traspasando las cumbres más altas, y consigue alcanzar profundidades insospechadas. Para los amantes no sólo el cuerpo o la edad es lo que importa. Su nobleza y su verdad es lo que cuenta. Basta que uno de ellos, no sobrepase los veinte para que el vigor de este pase al sexagenario, y los dos en este sistema de múltiples vasos comunicantes alcancen la media aritmética, los cuarenta cuadrados, la edad perfecta y bella de su prudencia lograda.

¿Entonces? Santa envidia -diría el viejo. O el amor quizá esté en la mente. Y ya se sabe que en cuestiones de años, la mente nos sorprende y miente. Que he visto yo abuelos que peinan canas y se sienten emprimaverados. Y al contrario, muchachos aún sin bozo con calvas de momias antediluvianas, licántropos menopáusicos a cuatro patas.

Pero el sexo, que hasta ayer fue sostén y acicate de la supervivencia de la especie humana, hoy resulta no ser tan imperativo y necesario. Según estudios proyectivos, (demografía, fertilidad, disponibilidad económica, recursos naturales, etc.) el algoritmo matemático resultante indica que, tras un tiempo de orgías, bacanales y optimismo, parece ser que vienen días de castidad modélica, de frigidez y pesimismo. Ante situaciones de miedo, desesperanza, catástrofes y porvenires inciertos solemos inhibirnos, retroceder, no aventurarnos por caminos no trillados.

Lux, el álbum de la contradicente Rosalía y la película reciente de Los domingos de Alauda Ruiz dan clara muestra de lo que hablamos, así como la proliferación de movimientos neocatemunales dentro de la iglesia católica caracterizados por su conservadurismo y posiciones sectarias, excluyentes y fundamentalistas. ¿Cuáles son los motivos íntimos que a una muchacha de 17 años, en pleno hervor, guapa y buena estudiante, llevan a desprenderse de las delicatessen de un mundo pletórico de bondades y placeres para convertirse en una monja de clausura?

Ante las respuestas inviables de un mundo absurdo y loco, hay quienes prefieren retornar al enamoramiento divino, volver al refugio de su clarividente soledad compensatoria. No creo que esta decisión, a todas luces respetuosa, les exonere del compromiso de dar la cara, responder a toda realidad injusta que requiere, (no sólo desde el punto de vista evangélico), una actitud de compromiso, acercamiento, empatía y solidaridad, más que de huida y escape. Ni en la séptima morada, (la unión plena y definitiva con Dios), debería sentirse a gusto el creyente, a menos que estuviera hermanado con los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren. (Concilio vaticano II).

Y volviendo al dios Dioniso, al dios de la fertilidad, no entiendo yo, ni sé de otra religión, decálogo ni credo que no sea la de amar sin fin al ser humano, de carne y mente fabricado, y así, desde la mortal cópula de un momento de pasión, elevar a inmortalidad deseo tan sublime y tan sagrado. ¡Me gustaría tanto que Virgilio, igual que a Dante, nos condujese a todos al Paraíso de Dioniso, y allí tomarnos eternamente un café o una rueda de churros con chocolate!