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domingo, 22 de octubre de 2017

Que me entierren donde quieran






A mí lo mismo me da
que me entierren donde quieran,
aquí, allí o acullá
o donde el mundo se quiebra.

Para hacer crecer la siembra,
¡cavad en la oscuridad 
despojada de bandera, 
desprovista de reyerta, 
vacía de ventolera!

¡Mirad la flor del trigal!
Nadie la vio tan señera, 
tan fresca, viva y veraz.
¡Dejadla tal como está!
si no queréis verla muerta.

A mí lo mismo me da
que me velen en euskera,
en murciano o en catalán,
que me enciendan cien mil velas.

Con tal de morirme en paz
que me entierren como quieran.

viernes, 20 de octubre de 2017

Diálogo de besugos



Hay quien escribe, y como oveja que bala, desprendida y generosa, se olvida de su berrido. Blao en cambio, camoto, egoísta y atrevido, al igual que la burra al trigo, vuelve sobre lo mismo.

Y así en cuanto a su eufemismo de ayer tan mal disimulado, en el que implícitamente este menda aludía a quienes optan por prohibir el sacrificio de ciertos animales, hoy quisiera mostrar sin tapujos y alegorías la verdad de su insinuación velada. Dime de qué presumes y te diré de qué careces. Por ejemplo, ante la extinción del castor, debido a la comercialización de sus pieles, o la de los elefantes por su marfil, los hay que honorablemente defienden su protección. Pero no sé por qué, ¡carambolas de la vida!, el efecto conseguido es justamente el contrario. El tiro por la culata. A mayor represión, menos ética, o mayor astucia en sortear ordenanzas y preceptos.

En un determinado país de la edad media, sus gobernantes, para exterminar a los ratones que pululaban por doquier hasta la saciedad, gratificaban con dinero la entrega de dichos roedores. ¿Resultado? Las familias se afanaron en criarlos a escondidas para aliviar así sus miserables vidas. Esta especie se multiplicaría por tanto hasta el infinito, contrariamente a los pronósticos y deseos de las autoridades.

Otro sí: Los defensores, por ejemplo del entendimiento, no hacen sino adiestrarse para la contienda. Enarbolan sus fervientes ganas de diálogo con tal arrogancia que humillan a su interlocutor con este o aquel mandamiento de las Tablas de su Ley, provocando así premeditadamente su recíproco amotinamiento. Efecto igualmente no logrado. Ley de Murphy.

Total, un diálogo de besugos al que hoy asistimos cansados ya de tan perverso y maquiavélico juego. ¡Oh Política mía, si bella e perduta, quién te ha visto y quién te ve!

Y lo peor de este asunto es que aun, no queriendo, el resto del mundanal nos vemos también involucrados en esta danza endiablada y canibalesca que a todos nos está volviendo majara.

jueves, 19 de octubre de 2017

Pluma a remojo




Ganas me han dado de tirar mi cálamo a la acequia. Y como quien devuelve las llaves de su casa al banco por no poder pagar la hipoteca, así pondré esta noche mi pluma a remojo, al relente, para que la luna la cargue de ajustada tinta, inspiración y cristalina certeza. Como mis pies de ojo de gallo.

Nunca quise espantar yo a nadie con el gusano de las narices (se trata de un spot contra el consumo de banderas). Y ni mucho menos convertirme en paladín de revoluciones y utopías. Que no hablaba yo de esclavitudes, ni lucha de clases, barricadas, patrioterismos, del sexo de los ángeles y demás plusvalías.

¡Maldita esta pluma mía que no me obedece y que escribe lo contrario de lo que siento y digo! Compramos abrigos de visón para salvar a estos miserables mamíferos. Eufemismo mal disimulado.

Yo tan sólo, conmovido por aquel que se fingió vivo por no disgustar a su amantísima, quise compadecerme y empatizar con la existencial tragedia en la que vivo muerto en un mundo de sonambulistas vivos.

Voz escondida, entre malentendidos, sorderas y mentiras. Entre verdades a medias. Andamos por un camino de reverberaciones ocultas, palabras, (unas apócrifas, otras reveladas), pero igualmente mal escritas, callosas, endurecidas, manoseadas, repetidas, banderas, trapos mojados, apedreados por el granizo y la ventisca de una tarde, como la de ayer, tormentosa, de inseguridades y egoísmos a porrillos.

domingo, 15 de octubre de 2017

La luna por el suelo




La luna por el suelo,
se arrastra, cierva herida,
en noche desteñida
buscando su consuelo.

Cipreses como credos,
suplican de rodillas
a un dios de apostasías,
tullido y chapucero.
Al bueno del sendero
se le acabó la huída.
Tampoco al jardinero
le quedan ya semillas.

Amor, querida mía,
echáronte del cielo.
No encuentra su guarida
la luna por el suelo.

viernes, 13 de octubre de 2017

Café y lágrimas




Aún teniendo razones sobradas, no es ella la que llora esta mañana. No siente nada. Es feliz en su estado cataléptico. Las pesadas lágrimas que sin darse cuenta, mientras desayuna, caen a la taza del café, no son suyas, son sólo de su cuerpo inanimado. Y no por ello deberían dolerle menos, al contrario. Cuando lloran las piedras y gimen los caminos sin que su corazón de tierra y sus pasos se conmuevan, es que algo gordo está pasando por el alma estúpida de esta mujer insensible y confiada, que no se da cuenta de las garras de la alimaña que por dentro la estrangulan.

Cuando se desmorona un edificio cogiendo desprevenidos a sus moradores, éstos se sienten en cierta manera agradecidos. Murieron sin darse cuenta, sin saborear la dulce amargura de su adiós definitivo. Recompensados por no haber sido doble su pena: el de la espera agónica y desesperada, y su consumación irremediable, dolorida y destructora.

De no haberse desproveído tan temprano el ser humano de su animalidad, hoy, como aquel gato del Gazpachero, que supo ponerse a cubierto antes que la tormenta arreciara, nuestra mujer estaría también a salvo. Su cuerpo le habría prevenido de los peligros.

No hay mayor peligro ni peor remedio que el que tenemos encima sin ser sabedores de su desdicha.