jueves, 9 de abril de 2026
Rumbo a Caronte
Mi querido amigo terrícola:
Estoy aquí en la Luna, pero por poco tiempo. Como sabrás soy natural del Planeta Nueve. Te recuerdo que entablamos amistad, allá en un camping de tu país donde mis padres decidieron pasar aquel año nuestras vacaciones en tu apreciada Tierra. Disfrutar de tu grata compañía, rodeado de aquel bello paisaje en medio de una vega fértil, abrazada por un río de aguas alibles y sedosas, fue para mí una experiencia inolvidable.
En este momento embuchado estoy en esta cápsula espacial, a la espera de que el transbordador Orión con sus propulsores de alta sensibilidad y detectores infrarrojos me catapulte rumbo a Caronte, el más alejado satélite del planeta Plutón. Sólo deseo que el legendario barquero del Olimpo consiga transportarme con éxito a la que por ahora ha venido a ser: la nueva estrella de mis sueños: Caronte. Te escribo a punto de despegar. A tu planeta tengo decidido no volver jamás. Hasta que la corrección de vuestra trayectoria no esté libre de virajes engañosos y limpia de abscisas con ejes imprecisos no me verás el pelo. Hasta que no reforméis vuestra constitución y, allá en su artículo 14, donde afirmáis que todos los terrícolas son iguales ante la ley, añadáis que el espacio del universo es patrimonio universal de todos los seres que habitan en él, no pienso ir a visitarte. Lo siento en el alma: mis padres, mis abuelos, casi toda mi familia, la mayoría de mis mejores amigos sois oriundos de vuestro planeta azul, en el que tuve la suerte de pasar los mejores días de mi infancia. Me resulta muy penoso prescindir de tu amistad física, pero, ¡qué le vamos hacer! Uno tiene sus principios.
Hace más de cinco meses que llegué a Selene, vuestro endiosado satélite. Te aconsejo que no se te ocurra embarcarte para acá. En todo nuestro sistema solar no hay un satélite más aburrido e inhóspito que este desplumado cascarón. Aquí todo está muerto. Tan sólo dos o tres veces me encontré con un par de alienígenas dando saltos como pingüinos embozados a la captura de insignificantes piedrecitas lunares. Me dijeron que pensaban montar en la Tierra un taller de alta orfebrería lunar, uno de esos interplanetarios shops de minerales terapéuticos. Me dijeron que estas piedras lunares se pagan muy bien por su gran poder contra irradiaciones, la gripe de Venus, dolores de cabeza, que había quienes con ellas se libraban de la contaminación cósmica, la lluvia ácida, la colisión de meteoritos. ¡Todo puro cuento! Hasta me hablaron de sus eficaces propiedades termales. Su ruindad comercial, sus inoportunos chistes contra los marcianos, así como su huera palabrería pronto dio al traste con nuestra débil relación. Estoy cansado de la Luna. Caronte es pues mi siguiente puerto astral, mi nueva hoja de ruta.
La Luna por la que en otro tiempo suspiré, se me rompió en mil pedazos. Aquella pecera, cristalina y reluciente, muy pronto desapareció ante mis tristes ojos. Estoy cansado de llevar este insoportable traje metalizado, cansado de luchar contra la ingravidez, los músculos siempre en tensión, como si se me fuera el cuerpo, y este sujetar a todas horas, como a perro rabioso mi propia masa, es demasiado. Estoy cansado de llevar esta papelera encasquillada como galería empotrada en mi cabeza, me produce costras, urticarias, tortícolis. Estoy cansado de tanta bruma pegajosa. Las cosas más comunes, beber agua, defecar, lavarme los dientes, se me hacen enredosas, complicadas. No, no te rías, si algún día nos vemos, te prometo contarte como me las arreglo para orinar y no mearme encima. ¡Ay, lo que añoro los días de aquel verano que pasamos juntos nadando, pescando, retozando bajo las refrescantes sombras de los chopos de aquel vuestro río de aguas dulces y peces de colores! ¡Todo aquí en la Luna es tan aburrido! Un día se me ocurrió acercarme a la estación permanente que los americanos tienen a los pies del monte Gagarin, para abastecerme de víveres y esterilizar mi indumentaria usada. Lo que debió ser un aliciente, una novedad, se convirtió en un fastidio. No me cayeron bien sus regidores. Su prepotencia, su marcialidad, sus distintivos patrios y excluyentes, su loca manía de enviar a la Tierra enormes sacas de polvo lunar... Me dijeron que con dicha arena querían construir una monumental pirámide en los jardines del Capitolio, para que el mundo entero supiera que el Águila Americana era la dueña en exclusiva de este satélite inhóspito. Por cierto la bandera de latón que en 1969 Armstrong clavó en la base de la Tranquilidad ha desaparecido. A raíz de este simple incidente el Pentágono ha creado el Comando Preventivo del Espacio, un órgano represor que en estos momentos merodea cráteres y acantilados en busca de supuestos terroristas, a los que entre otros cargos, además de la sustracción del emblema nacional, se les acusa de desarrollar armas de destrucción masiva. De paso que sepas, mi querido amigo, que en la zona oeste de la Luna, en el Océano de Las Tormentas, (Oceanus Procellarum), los americanos están construyendo una cárcel de máxima seguridad para evadir el control del derecho sideral, una cosa parecida a lo que ya en su tiempo hicieron los yanquis en tu Tierra querida, en la bahía de Guantánamo.
Para que te hagas una idea de cómo me entró esta locura de venirme para la Luna, te cuento. Estábamos toda mi familia pasando unos días de Semana Santa en la Fuente del Caño, en una casa alquilada, en los aledaños de una frondosa sierra poblada de pincarrascos, zarzamoras y espinares. No me acuerdo de casi nada, de aquellas noches al fresco de veladas alegres, tampoco de los embriagadores olores a resina, espliego y mejorana que bajaban del monte, ni de los madrigales que a dúo cantaban veraneantes amorosos. Me olvidé por completo del silbar de las chicharras en el tórrido mediodía, del croar de las ranas en los remansos de la acequia, del negrear de la uva, del refrescante beber del botijo a la sombra de aquel sicómoro de sabrosos higos toreros, del rojo embriagado del atardecer de agosto. La obsesión por la luna llenó de tal modo mi cabeza que ya no quedó sitio neuronal para otro recuerdo. Nunca olvidaré cuando, en medio de una de aquellas gozosas anochecidas mi padre me dijo: Vamos, hijo, cierra los ojos. Me dio la mano, y juntos fuimos por el sendero que bordea la pared de los elegantes álamos que venían del cauce... Una vez que llegamos a la mota donde la fuente dejaba resbalar dulce el agua, sin soltar ni un momento su protectora mano, añadió: Ya puedes abrirlos. Tan sólo tendría yo por entonces tres años. En aquellos días, todo lo que ante mis ojos amanecía era creación pura, arte natural, estreno placentero, descubrimiento y magia, fascinación y sorpresa. Lo que mi padre aquella noche me mostró excedió sobre cualquier otro misterio revelado. Y de pronto, la Luna como una era de paja recién trillada se me mostró generosa, llena de misterios, bella y hermosa, fresca, blanca, reluciente, más seductora y atractiva que cualquier otra maravilla del espacio cósmico. La Luna me engatusó para siempre. Desde aquella noche siempre soñé con venir a la Luna. Trabajé, vendí mi primogenitura, empeñé mi herencia, cambié todos mis bienes, enajené mis fincas, hasta de la memoria me desprendí, todo lo di por la Luna. Si yo no fuese hijo de mi padre ahora mismo le arrebataría a Aquiles su furia contra el dios Apolo y con sus mismas palabras tomadas de la Ilíada le diría bien alto: Tu me has engañado, tu el más funesto de los dioses, yo te castigaría si tuviera poder para ello. Perdona mi enfado, querido amigo, y que me perdone también mi padre, pero es tan doloroso mi desengaño...
Fue entonces cuando me puse en contacto con una inmobiliaria de origen americano que había abierto justo en la misma calle donde yo trabajaba como consultor informático. Se venden parcelas en la Luna, leí en uno de sus rótulos luminosos. En realidad se trataba de la firma Lunar Paradisi, cuya principal actividad consistía en vender terrenos de estrellas deshabitadas a precios asequibles a mi bolsillo. Y allí, la chica que me atendía, me dijo que su empresa había adquirido como propiedad la Luna. Yo extrañado le pregunté si las Naciones Unidas del Universo permitirían semejante enajenación. De eso se trata, -me dijo amablemente la señorita con su voz celeste-, según la disposición transitoria número cinco-seis-ocho-siete de dicha internacional, ningún estado puede apropiarse de satélite o estrella alguna, lo que no quiere decir que ningún particular pueda hacerlo, de hecho mi principal jefe de Connecticut, un tal Jaques Boosh, consiguió del Alto Tribunal Sideral que se le adjudicara como propiedad la Luna. Luego la registró legalmente a su nombre, y le puedo asegurar que, si usted compra cualquier parcela lunar, su transacción queda totalmente asegurada tanto a nivel jurídico, comercial, constitucional, como espacial y administrativo... Luego la empleada me enseñó un amplio plano ricamente detallado en papel cuché. Hice mi pago en efectivo, recibí una escritura de propiedad que me acreditaba como dueño indiscutible, así como un pequeño mapa con sus coordenadas exactas. Y me embarqué todo ilusionado a la Luna de mis sueños. Elegí este pedacito de Luna del que en estos momentos me dispongo a alejarme para siempre.
Muy pronto constaté que esta Luna con que la que yo de niño soñé, mi querido amigo, no era la Luna que en una cálida noche de San Lorenzo, en medio de una extraordinaria lluvia de estrellas, mi padre me mostró para mi feliz encantamiento. Y yo que esperaba que la Luna con sus alas de plata agitaría de placer mi corazón anhelante, me siento completamente desilusionado, cansado, frío y solitario. Yo vine a la Luna, tú bien lo sabes, amigo, porque en el fondo, a mí lo que me faltaba, era encontrar el amor de mi vida..., pero aquí sólo encontré cráteres apagados, montañas estériles, arena muerta.
Te escribo sentado en la misma puerta de este pequeño módulo espacial. Frente a mí se extiende hierático el vasto mundo de un universo oscuro, no sé qué es lo que habrá allá al otro lado, pero cada mar tiene su orilla. Tengo que dejarte. El lunamóvil acaba de llegar. Salgo para Caronte. Te mantendré informado. Adiós, mi querido terrícola.
Post Data: Toma nota de mi nuevo correo electrónco. He cambiado de servidor. Estoy hasta los mismísimos de SeleneServer. Mi nuevo correo es Caronte@panta.rei.
lunes, 6 de abril de 2026
Neuronas descerebradas
Fue la cosa más tonta… De puro tonta no quise decirla; la gente siempre atribuye los sucesos a causas profundas y trascendentales, sin reparar en que a veces nuestro destino lo fijan las niñerías, las «pequeñeces» más pequeñas...¿Cómo es es posible que una simple neurona desencaminada y rota en la cabeza de un idiota pueda acabar con un pueblo? Con lo fácil que hubiera sido cauterizar antes, sin daño colateral alguno, tan diminuta célula descarriada y loca. Pero por desgracia ya es tarde.
¿Quién salvará a este chiquillomenor que un grano de avena?¿De dónde saldrá el martilloverdugo de esta cadena?
(El niño yuntero. Miguel Hernández)
sábado, 4 de abril de 2026
Sábado de gloria
Deberíamos agradecer a los dioses que a los humanos no se nos concediera como a ellos la gracia de la inmortalidad. Precisamente gracias a esta no-facultad-virtual podemos disfrutar de cada momento con esa intensidad y frescura que sólo el instante nos proporciona. Si fuésemos eternos, privados seríamos del tan divino don del ahora. El aburrimiento, por ser repetidamente conocido, sería nuestro tedioso hábitat; y nosotros, incapaces de gozarnos con su prístino deleite.
Y al hilo de este herético pensamiento, una amiga hoy me habla de la oquedad y del resquebrajamiento de las palabras conforme pasa el tiempo diluyéndonos. Y para su consuelo o el mío añade: Y este nuestro pasar nos da la oportunidad de aprender a ser, a vivir de otra manera. ¡Vivamos pues este divino instante! El momento es lo más parecido a la eternidad. Dice Boecio en su Consolatio philosophiae: El ahora que pasa hace el tiempo; mientras que el ahora estable, el ahora que permanece, hace la eternidad.
En este sábado de Gloria inmerso estoy en un mar de dudas. Pasa el tiempo, ¿o somos nosotros más bien los que pasamos atormentados debido al tiempo que corre a la desbandada? Sea lo que sea, esta mañana, el rojo pasión amanecido de una pequeña flor en la maceta de mi terraza me ha sorprendido con su resurrección gloriosa.
Y al hilo de este herético pensamiento, una amiga hoy me habla de la oquedad y del resquebrajamiento de las palabras conforme pasa el tiempo diluyéndonos. Y para su consuelo o el mío añade: Y este nuestro pasar nos da la oportunidad de aprender a ser, a vivir de otra manera. ¡Vivamos pues este divino instante! El momento es lo más parecido a la eternidad. Dice Boecio en su Consolatio philosophiae: El ahora que pasa hace el tiempo; mientras que el ahora estable, el ahora que permanece, hace la eternidad.
En este sábado de Gloria inmerso estoy en un mar de dudas. Pasa el tiempo, ¿o somos nosotros más bien los que pasamos atormentados debido al tiempo que corre a la desbandada? Sea lo que sea, esta mañana, el rojo pasión amanecido de una pequeña flor en la maceta de mi terraza me ha sorprendido con su resurrección gloriosa.
jueves, 2 de abril de 2026
La cara oculta de la Luna
Estoy a las faldas del monte Haemus, en la misma orilla del mar de la Serenidad. Mi asesor turístico me recomendó esta bahía de la Luna como lo mejorcito para pasar unos días alejado de las habituales fatalidades del planeta. Un enorme desierto de arena negra tiñe de ceniza todo lo que mis ojos alcanzan.
Elegí la parte oculta de este satélite por su exotismo. Pero esto no es lo que yo creía. Nada de esa claridad lunar prometida, ni músicas estelares. Aquí el único canto cósmico que oigo es el monótono ronroneo de la niebla que todo lo inunda. Aquí no hay peces ni gorriones. Todo es gris y borroso.
Vine confiado en que por fin aquí encontraría el oasis soñado, que fliparía con la lluvia de estrellas, con los besos de las sirenas del espacio, las auroras boreales... Y sólo veo una gran depresión tosca y rocosa. ¡Echo tanto de menos, el aire, el agua, una ducha...!
Antes de venir, cautivado por las bellezas que pensaba encontrar acá, dejé escrito que me incineraran en el mar de la Fecundidad, al sureste de la Luna, donde los vulcanólogos dicen que se encuentran los mayores yacimientos de pirita, la fuente del fuego planetario, donde poetas y novios tienen contratadas sus tumbas millonarias. Pues bien me retracto, mi última voluntad es que me entierren junto aquella plantación de alcachofas que dejé allí en la Tierra.
Aquí no silban las chicharras, no oigo el croar de las ranas en los remansos de la acequia, no alegra mis ojos el negrear de la uva. Esta no es la Luna con la que soñé. Esta Luna no tiene alas, no mueve mareas, no levanta pasiones, no hace crecer al sembrado, ni tampoco su gélido destello inexistente saca brillo a los tomates ni a las berenjenas.
Yo vine a la Luna para saciarme de sus senos de plata, para ver la hoguera encendida de mis deseos cumplidos, pero aquí nunca llueve, no crecen acelgas ni espinacas. Estoy deseando volver a la tierra y tomarme allá con vosotros un café con anís en el bar de la esquina.
miércoles, 1 de abril de 2026
Color de semana santa
El color, la luz, es la sustancia de la vida. Y así decimos, que cuando las cosas pierden su color, es que se están muriendo.
Son las ocho y media de un sábado de abril, vísperas de Semana Santa. Intento dormir a mis hijos con un cuento:
Érase una vez un país donde corrían tiempos de color y primavera. Todos los sueños tenidos en los confines de este prodigioso lugar se cumplían al momento. Bastaba con que cualquiera de sus habitantes tuviera un sueño para que al instante deseo y realidad, como la claridad y el día, fuesen una misma cosa. Si alguien soñaba con el agua, de repente una fuente cristalina nacía bajo sus pies, saciaba su sed, llenaba el cauce de los ríos, lubrificaba la piel de las ranas, alimentaba los peces y las plantas, movía ruedas de molino y pintaba de verde la campiña. Si alguien soñaba con el aire, al instante una gran bocanada de azul transparente limpiaba sus pulmones, daba alas a los pájaros, izaba cometas y birlochas, conducía por rutas de corales a veleros de surco abierto, transmitía músicas, polinizaba el huerto y llenaba con forma de caballo alado el globo de aquel niño de la placeta. Si alguien soñaba con el fuego, al momento el frío, las escarchas y el invierno, el temor y las culebras, despavoridos todos, con el rabo entre las patas, se alejaban tras el cerro de los riscos, los quebrantos. Si alguien soñaba con el barro, con la arena, por sorpresa, de su vientre brotaba el trigo, los tomates, la canela, los hijos y las horas, el hogar y la bahía.Abril, 1981. El color de los días.
Hasta que llegó el fatídico día en que un sueño rebelde se negó a ser estrella. Y fue entonces que la tierra dejó de dar vueltas alrededor del sol. Quien esto os cuenta, hijos míos, bien sabe lo que dice. Vuestro padre es ahora un asteroides inerte y apagado, en medio de la noche, sin rumbo y calcinado.
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