Sólo me queda rezar; pero la razón no me deja. Cuando creía, me sobraba la fe, y ahora que soy escéptico ¡cuánto la echo de menos! Y así no hay manera de quitarme este dolor de encima. Vivo en compañía de cuatro gallinas, un nogal, un gato y un perro: las pocas creencias que conservo.
Salgo a dar una vuelta por los alrededores, por ver si los naranjos en flor de la acera, los rosales salpicados de pujantes brotes, el amarillo de los vinagrillos a los pies de una mota junto a la acequia... por ver si la brisa de la tarde.... me quitara esta pena que llevo dentro un montón de días. Me acompañan el gato y el perro. Quiero poner nombre a mi pena, para que mi confusión acabe de una vez. No hay mayor angustia que aquella que desconocemos. No logro saber su origen, ni su por qué, tampoco consigo ponerle cara. ¡Si al menos lograra localizarla, saber cómo se llama, a qué huele, de qué mal se alimenta ..., podría abordar esta pena, tocarla y tratar de curarla, librarme de su herida! Pero la muy ladina y terca se esconde, ha puesto en su rostro un tablacho que no deja que mis ojos de agua la reconozcan y reconduzca su adolorido caudal allá donde ella pueda restablecerse.
El gato y el perro, sabios y compasivos, nada más verme salir de casa, los dos se me han unido en mi escapada, queriendo consolar mi tristeza. Llorar juntos rebaja las penas. Mal de muchos, consuelo de... Los tres, atontolinados, paseamos juntos entre verjas ensortijadas de madreselvas, geranios que asoman su rubor por recatadas y humildes celosías. Me detengo y agacho para arrancar la mata de una osada corregüela que quiere estrangular con sus hilos y trompetas una pequeña palmera, recién nacida libre a la vera del camino. Por cierto, esta mala hierba echa unas flores preciosas; campanitas veteadas, unas; sonrojadas, otras. Los dos animales, creyendo ambos que voy a perecer de un mal paso, se apretujan contra mí: el gato desliza suave el rabo por los tristes tobillos de mis pies atribulados; y el perro lame con su lengua caritativa mis desconsoladas manos sudorosas.
De vuelta, entro en la casa. Lo animales: de nuevo a lo suyo, merodean felices entre el atardecer y el ocaso. Yo me hago un café para retrasar un poco más los malos sueños de la noche. Y en el poso de la taza se me antoja ver una flor tan esbelta y cruel, como aquella que allá en Varsovia, llaman flor cadáver. Y me pregunto: ¿Cómo, de flores tan hermosas, pueden emanar olores tan nauseabundos con intenciones tan perversas?



.jpg)
.jpg)