Lo terrible no es malo, sino el principio de lo bueno.
El día se cierra en alaridos espesos de nubes negras. A estas horas, a la tarde ya no le quedan fuerzas para hacerse con la poca luz que le queda. Pronto será de noche, verdadero vacío de un cielo perdido, la vida truncada de una joven muchacha. El firmamento duerme ayuno de estrellas. Y en la curva de un camino luce impávida la mentira de una farola irresponsable que no ha podido evitar que el cuerpo de la joven quede atrapado en un accidente de tráfico. ¡Maldita sea! La pobre criatura desnucada contra el arcén de la vía.
No se retrasa la noche en esta tardía tarde paradójica y trágica de octubre en la que una muchacha para vivir necesita que otra joven se esclafe los sesos contra el asfalto asesino. En la antesala del quirófano dos jóvenes (una inconsciente, casi muerta, y la otra muy expectante y nerviosa), aguardan al equipo médico de trasplantes.
Siempre en todo lo que se extingue existió un principio creador. No viviría la vida, si la muerte no hubiese muerto. Otra vida ¡bendita sea! No llueve siempre a gusto de todos. La familia de la joven donante y la receptora, (ambas separadas en habitáculos distintos por razones de protocolo), respetan los distintos y contradictorios sentimientos que anidan en sus corazones palpitantes. Pero los rostros de todos ellos expresan la misma generosidad y calma, la quietud que brota del sufrimiento inevitable de unos, y de la esperanza vigorosa de otros. Sentencia ambivalente y absurda, la del destino de una carrera de relevos en la que el testigo es la muerte (o/y la vida). ¡Qué más da, si vida y muerte son los extremos del mismo vector divino! La sonrosada habichuela del inmaculado órgano extraído del amasijo de carne de la accidentada se dirige en viático parpadeante a su nueva ubicación y abrigo, al cuerpo de la joven viva.
El cirujano dice a la hemodialésica enferma que ha tenido una suerte enorme. La fortuna es ambivalente, lo mismo puede ser buena que mala. El ensalmador le dice a los padres de la hija accidentada que el monitor con su latido de muerte cerebral aconseja desconectar ya a la joven, y que guarden en su recuerdo el merecido consuelo:
la muerte de su hija no será en balde, que los riñones de su hija muerta seguirán funcionando vivos en el cuerpo siempre de otra joven. Dios no juega a los dados. Pero siempre que se sienta a jugar al mus con los mortales se guarda en la manga las diez de últimas, la inesperada sorpresa de la contradicción complementaria, el principio de la no dualidad, la
anihilación de los contrarios: que el bien y el mal, la vida y la muerte, sean lo mismo.
La vida y la muerte no existen como estrellas apagadas, separadas, en esta en noche cerrada. Muerte y vida son una misma cosa, y no son posibles, desencarnadas la una de la otra.
La una era la otra, como dice García Lorca en la Casida de las palomas oscuras.