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viernes, 18 de agosto de 2017

Los niños de siempre



Esta tarde, no quisiera sentirme amargado. Ante la verdad de la muerte quisiera comportarme con la sagacidad epicúrea de un experto catador de vinos. ¿El motivo de mi alegría? La temporalidad. Si eternos fuéramos, seríamos necesarios. Mi existencia, obligada. Inagotable, por tanto mi maldición. La prescripción limitada del vivir efímero me obliga a beber con fruición y agradecimiento el néctar de los días contados. 

Cuando de pequeño montaba en la rueda de los caballitos, que por la feria ponían junto a mi calle, en la Placeta de San Cayetano, antes de terminar el pase, nos avisaban con un bocinazo su final dichoso. Era entonces, cuando esta última vuelta mejor me sentaba. Quería conservarla para siempre en mi carne danzante. Era entonces cuando me sentía el niño más feliz de toda la feria. En volandas sobre un caballo alado, daba mi última vuelta alrededor del universo. Con una mano suelta hacía balancear aquellos balones de trapo que colgaban como estrellas de la techumbre de los cristales de colores de aquel tío vivo. Lo bonito era montarme por última vez en aquella rueda de los caballitos.

Ya con la noche entrada, inicio el regreso postrero a la ciudad de Azulada. Al pasar la Cueva del Lagrimal me recibe desde lejos la media naranja iluminada, la estrella polar de mi caminar oscuro. Antes de llegar al pueblo, el Paseo de la Alameda, puerta feraz de la ciudad, romántico fielato de intimidades amorosas, me brinda el mejor paraje para un adiós. La luna asoma su media cabeza por el agujero de una nube. Con ojos de nácar me mira entristecida, para desaparecer al instante. La penumbra de la noche desnuda la timidez soleada de mi descenso.

Al llegar a la casa de mi madre, las farolas de la calle, las mismas que cuando era niño, vuelven a encenderse. Frente a la placeta, la rueda de los caballitos empieza de nuevo a dar vueltas. Pero ya no soy yo el que monta aquel mi caballito de colores galopantes y altaneros. Son otros niños, los niños de siempre.

Nota: Termino de redactar este relato en el mismo momento que me entero que en el atentado de Barcelona hay varios niños muertos. Y ya no sé si es casual o inoportuno subir esta entrada a Blao.

domingo, 13 de agosto de 2017

El azul cárdeno del arándano





El cielo, un manto difuminado en distintos tonos de azul: azul diamante, azul fuego, azul para blanquear, azul de la carne, azul cuaresma, azul marino, azul celeste, azul tierra, azul cobalto, un gran bancal de lirios azules plantados en la sementera del cielo. El más dominante, el que se extiende triunfador entre todos los azules: el azul cárdeno del arándano.

La sequedad azulada de un cielo vacío entra por la ventana de la casa de tu madre. Un dolor morado en torrentera se derrama por la habitación, el quejido de un azul pálido de un cuerpo que se va, azul etéreo. Sientes pena de ti, azul de semana santa. Además del azul pasión, está el azul de la nada, el azul violáceo de la muerte. La insubstancialidad azulada de la tarde no es la razón de tu nostalgia. Lo que más te duele, tu azul pálido, es el el azul estéril del arándano mezclado con limón. El azul no molesta, es dócil, relaja, lo utilizan en los hospitales para amainar el dolor.

El azul desata los nudos de las nubes retorcidas, es lienzo del universo, pentagrama inspirado para el compositor, mar gruesa para el pirata, polvos para blanquear la ropa enfandida. La inanidad de este azul insumiso con que se viste la tarde, soporte opaco de tu etéreo e indefinido acento, tono apacible de tu ausencia en contrastes, azul ceniza, azulete de caparrosa, azul ya en desuso y desteñido.
Azulada tiene una iglesia,
la iglesia tiene una cúpula,
la cúpula, media naranja,
pintada de azul a estrías,
que aprietan con franjas blancas,
el corazón de tu madre
y a ti te parten el alma.
Tú ya no sabes si tu madre metaforiza, inventa, memoriza o evoca; pero en sus romances repentizados encuentras el doble sentido, la corazonada instintiva, interpretación de pensamientos azules camuflados con el limón de la infusión de arándanos. El pueblo de Azulada ha escogido como anagrama para su representación comercial, precisamente el curvo interlineado azul y blanco que ahora entra sigiloso, como una serpiente, nada más tú subir la persiana.

A madre le tiemblan las manos por el culebreo azulado de la serpiente que se desliza sigilosa por las dunas de su cuerpo. De pronto se derrama el vaso. La mancha del morado silencio de la infusión de arándano, cae sobre el tapete, se corre en avalancha envolviendo a una mariposa bordada en rojo. La serpiente persigue a la mariposa. La mariposa quiere volar a la aguja de la basílica, a lo más alto del azul del cielo. La serpiente con el dardo azul de su boca atrapa a la mariposa, incapaz de escapar del velillo de la mesa de camilla. Te levantas deprisa para limpiar el tapete. Es tarde. La culebra de un bocado, en un relámpago, engulle a la mariposa.

jueves, 10 de agosto de 2017

Vírgenes de hierro en bicicleta




Guardaba aquel cerrajero artístico sus mejores obras en el sótano de un viejo inmueble destinado, tiempo atrás, a un gran almacén de ferretería que allá por el siglo pasado, tenía su abuelo, en la calle Los Maristas, muy cerca de un Colegio de paga para niños de papá. La única vez que este artífice forjador me invitó a ver sus esculturas de bronce, una colección de muchachas en bicicleta, vino a mi recuerdo la frase final con la que Montresor cierra el cuento de Allan Poe, El tonel de amontillado:
Contra la nueva mampostería volví alzar la antigua pila de huesos. Durante medio siglo, ningún mortal los ha perturbado.
Mi amigo, (le llamo amigo, como podría llamarlo enemigo, o mejor, ni llamarlo), cogiéndome del brazo, antes de iniciar el camino hacia donde su artístico interés, no sé porqué, me llevaba, me dijo ufano:
Ya verás, Blao, como jamás en tu vida habrás contemplado colección tan hermosamente labrada y fundida.
Me nombró por un nombre que no se correspondía con el mío. A mi se me dio lo mismo. Vivo ya más de nueve lustros conmigo, y puedo decir, con seguridad a no equivocarme, que aún no me conozco del todo, a pesar de los muchos seudónimos con los que firmo las caricaturas que me piden vecinos y parroquianos. Durante mis más de cincuenta tacos, tan sólo aquella mañana, me había encontrado con aquel loco de manos nudosas, pies patizambos y melena gris y desgreñada y ojos de telarañas. Salía yo precisamente del colegio de Los Maristas, donde impartía clases de dibujo a jóvenes que les importaba un comino si la Mona Lisa, humilde, altanera, depilada o sin su bigote en las cejas, lloraba, reía, o del mundo displicente pasaba.

Tal vez el artista herrero me confundiera con algún perista con quien quisiera contrastar o tasar el valor de sus creaciones. Más de una vez me han dicho que, por mi apariencia ilustradamente vulgar y anodina, me parezco a Erik el Belga con gafas ahumadas, o a cualquier otro ladrón de guante blanco capaz de llevarse del Campo de Marte la mismísima Torre Eiffel.

Desde El Paseo del Malecón, pasando por el Arco de Verónicas, llegamos a la calle del Plano san Francisco, muy cerca de la plaza Martínez Tornel. Alli nos detuvimos ante los bajos de un antiguo comercio que aún conservaba en el frontispicio de su fachada el rótulo con el apellido ilegible, a medio caer, de su antiguo dueño. Según me dijo el forjador de vírgenes en bicicleta, aquel viejo almacén, a lo largo de años inmemoriales de riadas y sequías, había pertenecido a su familia. Y aún más, -añadió dándose el pisto-, la estatua que preside la sartén del Malecón corresponde a un tal José María Muñoz, primo segundo de mi bisabuelo que quiso pasar a la historia costeándose él mismo en vida su propia estatua. Sin dejar ni un momento de llevarme amistosamente secuestrado con su largo brazo por encima de mis hombros acobardados y diminutos, llegamos por fin al rellano de lo que parecía un destartalado garaje.

Antes de acceder a la tenebrosa cámara donde este hombre tenía su arsenal de arte en hierro forjado, bajamos tres cuerpos de escalera de peligroso descenso, no sólo por la pendiente, sino por la oscuridad que cubría todo el ambiente ralo y con un olor nauseabundo a óxido. Inmerso en aquel mar de tinieblas, con mi mano derecha yo me guiaba palpando la pared. Noté como si los muros transpirasen vapor o rezumaran un pringue sonoro y húmedo. Se lo hice así saber al artista, cuyo nombre no cito, porque repito, a él, yo no le conocía de nada. Por encima de nosotros, has de saber, -me dijo-, corre el río Segura su remate hacia Guardamar. Las maderas crujían bajo mis pies, no sé si de alegría al no sentirse solas, o de espanto, al verse pisoteadas por el gran miedo que yo albergaba. Y de nuevo acudió a mi memoria aquel texto del escritor de los horrores por antonomasia, extraído de El Hundimiento de la casa Usher:
Era una noche impetuosa, pero espantosamente bella, de una rareza singular en su terror y en su belleza.
Menos mal que el artista me llevaba aún cogido como gato a su ratón preferido entre sus garras. Yo, solo, no me hubiese atrevido a llegar hasta la puerta estrecha y blindada con plancha doble de acero. Daba acceso aquella entrada a la nave donde yo me suponía que el repujador me mostraría sus obras de las que nada más verme al salir del colegio de los Maristas me comentó como su Colección hermosamente labrada en hierro de vírgenes en bicicleta en poses distintas. Tres ruidosas vueltas de llave hicieron falta para que el candado cediera bajo el impulso fuerte y nervioso de sus dedos de forjador curtido, al igual que Ronald Trump, por el fuego y la furia. Mientras me enseñaba orgulloso la llave, insistía: Dicen que nadie construye ni fabrica estatuas y esculturas para esconderlas en una bodega. Pues aquí me tienes, querido Blao, tan celoso soy de mis obras, que enclaustradas como amantes las tengo, protegidas con este cinturón de castidad frente a todo violador que intente arrebatármelas, -añadió dando una fuerte palmada contra la puerta de acero que resonó a gong tibetano por todo el hueco de la escalera. Antes que el eco del porrazo de su mano finalizara, me dijo:
Sabes que te aprecio más que la mejor cara de mujer que jamás haya labrado. Tanto es mi cariño que te retendría conmigo en caso de perder mis Vírgenes de Hierro.
Luego abrió la puerta. Aún faltaba un escalón para hacer pie en aquella lóbrega estancia donde ancladas en el pavimento, deberían estar sus vírgenes de hierro. El cerrajero me empujó hacia adentro. Cerró la puerta, y quedé allí encerrado. Yo ya no vi nada. Sólo cinco barras desenroscadas en el suelo. Alguien se habría llevado sus vírgenes, o tal vez la negrura de mis miedos me impediría verlas. Este escultor de metales pesados, además de celoso, hubiese sido un mal detective. Antes de introducirme en aquel antro, el ya suponía que había sido yo, el que le robara sus Vírgenes en bicicleta. por lo que a continuación me dijo:
Ahí dentro permanecerás como rehén, hasta que no aparezcan mis muñecas de hierro.
No me gustan las moralejas, pero yo tenía que vengarme de aquel artista avaricioso. Alcé la voz para que mis palabras atravesaran la puerta blindada y llegaran como cuchillos a su corazón de artista cicatero:
Érase una vez un ladrón al que le dieron la oportunidad de robar de entre dos viviendas sólo en una de ellas. La una estaba cerrada. La otra abierta. ¿En cuál de ellas entraría usted, viejo escultor cancerbero?
Sin dejar que, desde el otro lado, el celoso forjador de vírgenes me contestara, continué con mi razonamiento a grito pelado:
En la cerrada, imbécil. La otra, hasta el más tonto de los ladrones sabría que era una emboscada.

Nota: Y si algún lector estimado no entendió por qué, al principio de esta entrada, se aludió a una frase de El tonel de amontillado, sepa que ya va para cincuenta años los que llevo en este sótano encerrado.

miércoles, 2 de agosto de 2017

A qué huele un ditirambo




Para qué quiere leer Platón Las siete reglas del Buen Verso de Cristiano Ronaldo, si el filósofo no quiere ser poeta. Odia al nuevo y renacido poeta lusitano por su misantropía y futlilidad. Lo detesta por su egolatrismo, irracionalidad y entropía, por no dar la cara a sus aficionados cuando pierde en la cancha del juzgado. Lo aborrece por su clavel encendido en el ojal de su chaqueta, por sus pajaritas de lunares, por sus puñetas de gemelos de plata, por sus bíceps de betún engominado.

Aunque eso sí, Platón se desvive, se desgañita y esgarra por los mismos gustos que el poeta. Ambos firman antologías, participan en certámenes, fuman yerba por las orejas, llenan ateneos y librerías. Recorren ágoras y avenidas con versos de amor subido, líricas soflamas como sudaderas. Se anuncian en las redes y, hasta en plazas de toros recitan versos de pie quebrado. Los semáforos de la ronda-centro declaman sus regates y estrofas a peatones, vehículos y mascotas. Los jugadores de la petanca, los alumnos de la escuela de baile, hasta los caballeros de la orden de los lanzadores de huesos de oliva llevan serigrafiado en sus dorsales los mejores hexámetros de Homero. Ya lo dijo Zuckerberg el siglo que viene será yotubero o no será.

Pero tanto Platón como el resto del círculo de poetas, (incluido Ronaldo) no han probado, no saben a qué huele un ditirambo. Será que ambos son del mismo club, el equipo del mercado. Dime lo que más odias y te diré cual es el mejor sueño que duermes.

El frontispicio del edificio de Hacienda saluda a los contribuyentes con la célebre frase de Quevedo Segundo: La cartera es la lengua del alma. Trastorno esquizoide de la poesía enlatada -llama Platón-, a esta manada tuitera que se extiende urbi et orbi corriendo tras el dinero desde la senectud hasta la infancia. A mayor glamour poético y negocio coplero, menor la enjundia de sus versos.

Nunca como hoy cantaron tanto los poetas, -repite Platón desde su cueva-, sin haber cantado nada. Según Platón, ser poeta en un mundo engañosamente racionalizado por la cultura de la pasta es una mierda. Los poetas, según el filósofo griego, dicen muchas cosas bellas, pero jamás llegan a comprenderlas.

Platón le dice esta noche después de cenar al futbolero:
Siendo yo un hombre tan dado a las soledades de las sombras, ¿por qué odiaré tanto a  poetas como tú, mi amigo Ronaldo?
Cristiano, que a la sazón escucha muy pegado a la rendija de la luz de la caverna, el foso de reptiles de la Agencia Tributaria, le contesta al filósofo de Grecia con una de Las siete reglas del Buen Verso de su autoría:
O que incomoda as pessoas é o meu brilho, insetos só atacam lâmpadas que brilham.

domingo, 30 de julio de 2017

Jamón para musulmanes en 7 TV



No es precisamente esta cadena de televisión mi preferida. A decir verdad, casi ninguna ya es de mi devoción. Me manejo mejor por medios inmanipulados, sin mediación interesada, incluso ajenos y despreocupados de la propia información que emiten, y de la que dicen ser sus voceros más veraces y objetivos. Además, anoche hacía un calor insoportable. Me apetecía dejar mi cuerpo al fresco y en blanco sobre un sillón en la terraza, sin dejar que nada turbara o ensuciara mi mente, sólo la oscuridad luminosa de un cielo en calma. Me entró sueño. Entré en casa y encendí la tele. Ritual al que, como buen somnífero, siempre acudo antes de ir a dormir.

Y me encontré con Carlos Fuentes, un fraile televisivo, con apariencia de buen hombre, amigo de componendas, abierto a las opiniones más diversas y contrapuestas, dispuesto también a encarar situaciones abusivas y con un cierto calado social; pero desde un buenismo amarillo y neutro, sin profundizar en las causas que propician ciertas injusticias, y mucho menos, señalar caminos de solución. Para este clérigo de buenas formas, la reflexión basta. Para mí, no es suficiente. La reflexión debe ser secundada por el compromiso y la acción, si no queremos quedarnos paticojos. Ver, juzgar y actuar.

Este franciscano progre, cada sábado noche, presenta en 7 Televisión Región de Murcia Cita con Carlos Fuentes. Anoche desde el hotel Nelva se hablaba de inmigración, acogida, solidaridad. El Programa ya estaba terminando, por lo que cualquier juicio que yo pueda hacer sobre lo que allí se dijera carece de valor. Mi opinión por tanto sólo tiene como asiento mi ignorancia, que no es poca. A veces el excesivo conocimiento de las cosas, amancebado y engreído de sí mismo, cae en el mayor de los equívocos y despropósitos. Y es entonces cuando hay que dejar vía libre el instinto y a la intuición. Aunque no es mi intención entrar ahora en propedéuticas, filosofías, teorías del conocimiento o de qué color son las berenjenas cuando pintan bastos.

Lo único que yo quería decir, es que al final del programa, un programa, repito, de integración, multiculturalidad, respeto, convivencia..., se sirvió, por parte de un pulcro camarero del hotel Nelva, una suculenta fuente repleta de jamón. Nada que reprochar a este generoso gesto gastronómico, no exento de tributo publicitario y coste como retribución a la mencionada cadena televisiva por parte de alguna reconocida firma comercial. No entiendo de financiación ni de sumisiones por patrocinios ni mecenazgos a proyectos de interés público o de otra índole que tengan que ver con la generación y promoción de los derechos más elementales del género humano como son la libre circulación, la igualdad, la no discriminación por raza, sexo, idioma, religión, opinión política.Todos estos derechos deberían estar garantizados de por sí, sin necesidad de recurrir a la misericordia divina. Pero lo que si me escandalizó (¡ay pobre e inocente de mi), es que a cámara fija y en primer plano, con alevosía y provocación no encubierta, le restregaran por los morros a unos cuantos musulmanes que en el plató allí estaban, y que respetuosa y humildemente habían participado en el Programa, aquellos insinuantes, refinados, sebosos e incitantes cortes de jamón porcino de pata negra.