Entonces apareció el zorro. Qué buscas? –Busco a los hombres –dijo el principito. Los hombres –dijo el zorro– tienen fusiles y cazan. Es muy molesto.
No todas las lecturas que hice de un mismo libro fueron siempre la misma; sobre todo la de los libros emblemáticos que, perpetuados vivos a través del tiempo, su impresión me fue siempre novedosa y distinta. Me pasa lo mismo con el alba, el mar y los árboles..., siempre me hablan con palabras nuevas. Sólo a cierta edad, no sé si llevado de la petulancia de haber vivido mucho, o de la rica experiencia que me regala la vida, me encuentro más predispuesto a la consideración de miradas calladas y lecturas silenciosas que nunca hice de ciertos libros.
A lo largo de mi vida, he leído El principito varias veces, y el impacto de su lectura no siempre fue idéntico. El ánimo del instante, la química de mi organismo, la bondad o adversidad de las circunstancias... intervinieron de manera diferente en mi digestión lectora. Nada es igual en cada momento. Hasta las losetas de la terraza sobre la que ahora se posan mis pies, cada día me sugieren representaciones diferentes.
Unas veces, El principito me pareció un cuento para niños, un tratado de pedagogía infantil, un libro de auto-ayuda, aconsejable para padres, y también de obligada lectura en las escuelas de Magisterio. En alguna otra ocasión, consideré el libro de Saint-Exupéry como un buen recetario filosófico: principios para entender el mundo, el sentido de la vida, el valor de las cosas, el comportamiento humano. Y desde el punto de vista literario, me resultó ser una pequeña gran novela, (no más de treinta páginas), bella e interesante. Su estructuración del tiempo en ocho días, así como la descripción de los ocho planetas visitados por el niño de los cabellos de oro daban coexistencia a un relato total y sugerente, diálogos entrecortados, hilvanados, y hasta sin sabias respuestas intencionadas, enriquecidas con transparentes metáforas: (El agua es como una música. Los cascabeles se convierten en lágrimas. Las estrellas ríen dulcemente. Su risa era como una fuente en el desierto).
Un relato, una novela, si esta es buena, va más allá de lo que cuenta. Un cordero invisible, dibujado dentro de una caja, sugiere todo tipo de especulaciones que no veríamos si el cordero hubiese sido pintado fuera, en la tapa de su estuche. Si en mis anteriores lecturas fui yo el que se acercó al libro, he querido esta mañana que fuese El Principito y el zorro los que vinieran a mí.
Y esta última lectura que ahora hago puede que no coincida tampoco con lo que quiso contar su autor. Y aquí radica el mérito de los libros clásicos: son como fuentes vivas de las que a todas horas emana fresca, limpia y variada el agua. Y quisiera que fuese el pequeño príncipe y el zorro quienes con sus palabras (Capítulo XXI) abrieran la mente de mis sentimientos: Los hombres de la tierra cultivan cinco mil rosas en un jardín y no encuentran la que buscan. Tampoco pretendo hacer comentario alguno. Me limito pues al sano placer sin más de su lectura.
¡Y qué manía la de los mayores de querer explicarlo todo! ¿Para qué tantos análisis y quebraderos de cabeza? Los zorros tienen cuatro patas. Y ¡basta! No es necesario hacer un máster de veterinaria para demostrar las extremidades de un cánido. Puede que si lo hiciésemos, el zorro, harto de tanta clasificación y verborrea, perdiera su brillante pelaje. Lo que el zorro y el principito quieren es hacer amigos. Las personas serias siempre tienen necesidad de dar explicaciones, pero nunca han olido una flor ni han mirado jamás una estrella.


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