jueves, 5 de noviembre de 2026

Vida en Marte

 



Nuestro cerebro, al verse dañado o carecer de algún elemento que le permitía conseguir ciertos objetivos, suele delegar en otras áreas de su ámbito aquellas mismas habilidades de las que se creía privado. Nuestro instinto de supervivencia tiene la fuerza, la inteligencia y la solidaridad de adaptarse a situaciones calamitosas, insuperables. Algunos animales, por ejemplo las lagartijas, son capaces de reconstruir totalmente su cola seccionada. Y al igual, el Firmamento. En circunstancias difíciles, la naturaleza en general, dispone de una fuerza interior capaz de sobrevivir a las adversidades más inverosímiles.  El manco acudirá a sus pies para llevarse el pan a su boca. Y así un perro ciego utilizará su nariz para alcanzar la chuleta de carne que su vista le niega. Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera.

Tengo por costumbre para dormirme poner la radio. Y anoche precisamente escuché la noticia: Hay vida en Marte. No así exactamente, sino que habían detectado en el interior de este planeta ciertos movimientos térmicos, (concentración de cloruro de hidrógeno). La existencia de estos gases emergentes sugieren la posibilidad de vida microbiana en el planeta rojo. Y por analogía, me acordé de aquella frase de Armstrong al pisar por primera vez la Luna: un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad.

Y así en medio del pesimismo consustancial en el que vivimos, hoy me levanto esperanzador. Y quisiera confiar en la fuerza, (cosmogénesis), generadora y subsidiaria del Cosmos, que desde el Alfa hasta su Omega, y por encima de cualquier demoledor egoísmo a su alrededor, el Universo se expande animoso, mientras en la Tierra, aquí en nuestro hermoso y fértil planeta azul, sus habitantes nos despellejamos los unos a los otros hasta, de seguir como vamos, sospecho que los terrícolas nos extinguiremos para siempre.

martes, 3 de noviembre de 2026

Somos agua


Bajando en prolongada pendiente por un escaramuzado camino entre arbustos y pinos, llegamos a una pequeña playa. Las montañas rodeaban, protegían el espejo ondulante del inmenso mar. Nos sumergimos en la infinitud envolvente de sus aguas. Nuestros cuerpos desnudos formaron un todo con la naturaleza. Las puertas del placer se nos abrieron de par en par. ¡Somos agua! -exclamamos llenos de optimismo. Agua sensual y transparente. Relajados. El agua acariciaba, nos invadía. Su dulzura se apoderó de nosotros. Baño generoso.

Completamente en cueros salimos del agua. Nos tendimos sobre la cálida molicie de la arena. Nuestros cuerpos abandonados y sin resistencia, engullidos por el fecundo falo de la tierra, base y soporte de nuestra existencia orgásmica. Cópula, agua y tierra, vectores pletóricos de belleza se rindieron, se soltaron, quedaron libres. Nos sentimos felices, colmados, calmados por la inocente promiscuidad erótica del momento. Nuestro placer interior se descorchó en risas burbujeantes, desinhibidas, cantos de acción de gracias a la vida. La risa, intimidad, plenitud vital, potencia creadora del cosmos, comportamiento natural de los dioses. Dios rió y aparecieron las aguas. Y de las aguas, todos los seres vivos. Y los dioses y nosotros en perfecta armonía.

Luego nuestros cuerpos resucitados, de pie, en posición erguida quisieron tocar el cielo con sus manos. Tarea inútil. Vimos que no éramos pájaros, que no podíamos volar.

Nos tumbamos de nuevo sobre la tierra. Y con el tiempo comprobamos, que al ser nosotros agua, podíamos diluirnos en vapor, y llegar a ser nubes voladoras. El que no se consuela es porque no quiere. Aquí paz y después gloria.

jueves, 29 de octubre de 2026

Un minuto de silencio

 


Un minuto de silencio se ha convertido en la liturgia secular obligada ante un hecho luctuoso, impactante. Religiosidad laica. El corazón solidario de una sociedad no encuentra otra manera de manifestar su dolor, y empatía, su incomprensión y disconformidad, sino a través de la callada por respuesta. Lágrimas contenidas. Un instante infinito de reflexión profunda. Ritual, Oración. Solidaridad. No lo sé. Elegía. Conciencia. Increpación. Pregunta. Tal vez. Compasión. Un minuto de silencio para comprender que somos parte de un conjunto, y que cuando algunos de sus miembros sufren y mueren sin merecerlo, algo también en nosotros padece y se resquebraja. Un minuto de silencio para que las palabras no deshagan los secretos que la realidad encierra. ¿Dónde estabas tú o Dios? Dios no estaba, porque Dios, si está, está dentro de cada uno de nosotros.

lunes, 26 de octubre de 2026

Triste está el árbol



No tienes ganas de nada, ni de leer, ni de escribir, ni de sacar tu cuerpo a la calle para desempolvar tu desaliento. ¿Para qué? si todo es tedio y huele a fango y se acercan gobiernos malos por doquier. Lo mismo de siempre: caer, levantarte... y volver a caer. Votar y perder. 

Los árboles de la plaza, quietos, se reprimen, sin abrir su boca al dióxido contaminante de los coches. El perro del vecino, nada más oler tu sudor a hueso rancio, sin ni siquiera verte, empieza a ladrar como un descosido. Y no te enfadas con el pobre can, que sigue obediente su natural instinto, sino con su dueño que te niega el saludo, porque no eres de su cofradía. Homo homini lupus. ¿Para qué empezar otro día? Si no hay nada nuevo que ver, si el contenedor de la puerta de tu casa huele a refrito chamuscado. Y ves a un joven rebuscando en su interior. Si no fuera por su musculosa edad, te habrías confundido con él, de aquellos tus andariegos tiempos de franciscana mendicidad impostada. Dentro de una bolsa de basura, el muchacho ha encontrado un desodorante spray. Prêt à emporter, sin aluminio. Rocía con gracia y recato sus ingles y sobacos. Recicl-arte. Y encesta el envase de un triple al balcón de la mujer de la esquina, que con asco y mirada felina le recrimina aseo tan gorrino.

Recuerdas que estamos en otoño. Y te reafirmas aún más en tu abatimiento. La luz mengua, y la oscuridad con tufos reaccionarios se infiltra por todos los rincones del huerto. Amanece tarde y la noche, antes de que te des cuenta, te cubre por entero. La especie humana, el mundo animal y el vegetal, la naturaleza entera de tantos siglos y eras de vivir apegados, palpitan y sienten de igual manera. Si un cordero gruñe, si las nubes llueven muerte, tú también rabias y berreas. Si la palmera es atacada por el picudo naranja, las gallinas dejan de poner huevos. Y así entiendes que el tiempo no sólo es tiempo, sino también estación arancelaria, bulliciosa y mal presentimiento. Y no sólo el ser humano es vulnerable al gris del cielo. Las hojas de la morera se sienten mustias y tristes, lágrimas ocres y amarillas cuando caen derrotadas al suelo. Y el sol y la luna  también se deprimen al unísono, y lloran cuando se ven tensionados por la oblicuidad decadente de su posición forzada, y hasta los mejores días de la política de los tiempos de Platón y Aristóteles, cuando llegan los días de octubre y noviembre, se tornan nefastos, lúgubres y pesimistas. 

Y las próximas elecciones del 20N no caen precisamente en primavera, sino en las mismas puertas del invierno. Ya lo dijo Bertolt Brecht: ¡Qué tiempos estos en los que hablar de árboles es casi un crimen, porque supone callar sobre tantas atrocidades!

jueves, 22 de octubre de 2026

Flor de almendro



Los colores dulces del alba empiezan a pintar el día.

No hay nada como los colores para describir las esencias de las cosas, su sentido más poético, real y profundo.

El color, es la mejor metáfora. Esta última frase no es mía. Se la robé, no me acuerdo, si a un pintor, a un sepulturero o a un poeta.

En El color que cayó del cielo de Lovecraft los moradores de un determinada ciudad ven caer una gran piedra junto al pozo de una casa. Su color es indescriptible, inexplicable, nada parecido a la rueda de los colores existentes. Es un color nuevo, nada que ver con lo que la ciencia óptica y el ojo humano conocen.

Esta mañana, al contemplar esta flor de almendro en la huerta donde vivo, no me he podido creer que el odio siga acampando en nuestros corazones.