viernes, 18 de septiembre de 2026

Sólo me queda rezar



A todo lo inefable que a través de mi infancia
y que aún sin nombre y como el agua brilla...
Ofrenda. Rainer María Rilke

Al hombre, ya entrado en años, sólo le queda rezar, pero la razón se lo impide. Y así no encuentra manera de arrancar su dolor que, cual vela de penitencial romería, por entero le consume. Un dolor particular que para sí mismo calla por vergüenza y por no presumir de víctima. 

Ayer cuando creía, le sobraba la fe. Y hoy, que no cree, la echa mucho de menos. Y se declara agnóstico para no ser tachado de imbécil. ¡Ay, cuánto añora al Dios de su fervorosa infancia! 

Esta mañana, sentado en un banco del paseo, lamía su increencia como perro sarnoso que cura sus incurables heridas. Al sol del mediodía calentaba su cuerpo escéptico y frío, viendo pasar muchachas felices, llenas de hermosura e ilusión. Mujeres y hombres satisfechos bebían cervezas en las terrazas y cafeterías. Niños bamboleaban al cielo los globos y alegrías de su alma dulce y tierna. Disfrutaban de lo lindo correteando hacia el parque de la fuente donde las palomas les esperan con sus marros y arrullos. 

Y a esto, delante del hombre de avanzada edad, se detiene una pareja de jóvenes, camisa blanca, corbata negra, pantalón bien planchado, piel sonrojada, pulcramente vestidos. De su fervoroso cuello cuelga una etiqueta ribeteada del color del amanecer en la que reza algo, que sus ojos cansados no atinan a leer. Son sus credenciales. Deduce que estos muchachos deben ser algo así como mormones o predicadores, evangelistas al servicio de alguna religión yanki. Respetuoso los atiende. Y a la pregunta que a bocajarro le hacen, (¿es usted creyente?), escuetamente responde: No lo sé. Los jóvenes, escandalizados y virtuosos, abren a la par sus azules ojos. Y el hombre, de haber tenido a mano en ese momento el Libro del desasosiego de Fernando Pessoa, les hubiera leído aquel pasaje en el que el poeta portugués así expresaba sus dudas acerca de Dios:
¿Dónde está Dios, aunque no exista? Quiero rezar y llorar, arrepentirme de crímenes que no he cometido, disfrutar de ser perdonado por una caricia maternal… Poder llorar cosas impensables... Una infancia nueva y una cama pequeña donde acabe por dormirme, entre cuentos que arrullan... Y todo esto muy grande, muy eterno, definitivo para siempre, de la estatura única de Dios, allá en el fondo triste y somnoliento de la realidad última de las cosas…Un regazo o una cuna o un brazo caliente alrededor de mi cuello… El ruido de la lumbre en el hogar…Un calor en el invierno… Un extravío suave de mi conciencia… De un padre sé el nombre; me han dicho que se llama Dios, pero el nombre no me da idea de nada. A veces, de noche, cuando me siento solo, le llamo y lloro, y me hago una idea de él a la que poder amar… Si un día viniese Dios a buscarme y me llevase a su casa y me diese calor y afecto… Vé a buscar, oh Viento, a mi Madre. Llévame por la Noche a la casa que no he conocido…Vuelve a darme, oh Silencio, mi alma y mi cuna y la canción con que dormía.

Este hombre dubitante y cargado de años, sentado en un banco del paseo del pueblo, mientras espera a su mujer salir de la panadería, piensa que la poesía, bien pudiera ser el sustituto de Dios, su oración de entrega y abandono, al sentir que todas las puertas del cielo, inexplicablemente se cierran a su indescifrable clamor.   

   

sábado, 12 de septiembre de 2026

El otro lado


 
El recuerdo: sacramento de la historia, realidad trascendida.

El recuerdo no consiste sólo en acordarse de alguien, de la Carmen, de Josema, de Eusebio... (los protagonistas de esta novela). El recuerdo, como alguien dijo, es algo vivo y vivificante que permite al otro ser él mismo.

Cuenta Piglia en Respiración artificial que la literatura no puede tener otra materia que la experiencia vivida. Toda escritura en cierto modo es siempre autobiografía. Ojalá pudiera desprenderme de los fantasmas de mis personajes, despistarlos, alejarme de sus circunstancias..., pero obligado (o agradecido), estoy) a vivir con sus sombras y sus luces. Otra cosa sería, si fuese buen escritor, viviría entonces fuera de la caverna y sin el amparo de quienes  me rodean.

Un libro puede ser de historia, de información, de estudio, de aventuras o leyendas, pero yo hubiese querido escribir un libro, no de verdades, conceptos y vaguedades, sino un libro-pregunta.

El otro lado es la historia de un hombre que, ante la enfermedad terminal de un ser querido, se enfrenta a la gran pregunta humana sobre la muerte, la misma pregunta que un día se hiciera Lord Byron: ¿Hay placer en los bosques sin senderos, hay éxtasis en la orilla solitaria? No hay nada más trascendente en la vida que nuestra propia muerte.

En definitiva, el argumento oculto del libro El otro lado no es otro que la inmortalidad, otra paradoja, como mi existencia, que se debate entre el instinto de placer y muerte.

Con sana y no malintencionada curiosidad en más de una ocasión me han preguntado si creo en el más allá. No lo tengo claro. Soy paradójico. ¿Quién no lo es? Soy pánico, que no panteísta, aunque lo sea. Me encanta Rabrindanat Tagore. Acusadme de buenismo, de rousonaiano, pero también soy cartesiano, heidegierniano, heraclitiano. Agnóstico y creyente. Un mar de dudas. Un proyecto a medio hacer. Y en ese proceso estoy. Y si es que me dieran a elegir entre Dios y aquellos, a vosotros, a quienes quiero... ¡Me costaría tanto dejaros! 


viernes, 4 de septiembre de 2026

Arde la huerta



Las matas y el romero mal sobreviven a los calores con la exigua humedad que transpira el cálamo y la cántara. Las tomateras y los naranjos acobardados están bajo la sombra humeante de las palabras sofocadas en esta noche negada de verde, bravura y semen. ¡Otra cursilada más de un yo artificioso y pedante! Lo dijo Cortázar:
La escritura, la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo, la sustitución de lo insustituible.
Y decir que en esta tórrida hora, las matas abrasadas, los calabacines resecos, los frutos pansidos del ciruelo son una cicatriz callada en el vientre del bancal que llora, y que no se cierra, y que se extiende hasta llegar al mismísimo chancro de la tierra, es una metáfora cruel e inapropiada. Y el no saber cómo llamar a las fuerzas desatadas del fuego, si verano, sangre, incendio, irresponsabilidad, ceniza o lava, no es una extravagancia literaria más. Es que arde la huerta.

La luna llena emborronada y sin savia chamusca el crepitar de la hierba seca. Los tallos de la junza aplauden inconscientes con sus castañuelas de niña loca, al ver encendida la huerta en medio de la noche oscura. No saben los lazos de la niña loca distinguir la lluvia, de la sequía; el fuego, del agua metálica de una cuba municipal, aunque a la junza le vaya la vida en ello. Las alarmas amarillas del camión de los bomberos afean con sus faros el cañaveral y la sisca calcinadas. La tierra golpeada por el incandescente martillo de Vulcano se arrastra en su desgracia llevando su estertor hasta los portales de la casa.

El crepitar de las llamas levantó del sueño al hombre de la Huerta Arriba. Y se acercó el huertano al lugar de la quema embarrada con su alma rota y su cosecha diezmada.



lunes, 31 de agosto de 2026

La acequia



Para que se fuera haciendo a la idea, y no la cogiera la muerte de sopetón, le comenté yo engreído a mi madre, ya muy entrada en años:
Más temprano que tarde todos nos vamos yendo...
Y ella me dijo, como la acequia le dice al agua, que se pierde entre las cañas desmemoriadas:
El miedo, hijo, siempre va conmigo. Y lo mismo que el gato lleva el rabo entre las patas, no pasa un día, nublado o raso, que yo no me acuerde de la muerte.
Y para quedar bien o pedir perdón por mi osadía, le referí yo a mi madre, si cabe aún más petulante que antes, lo que dijera aquel poeta de salud escasa:
Tratemos, madre, bien a la muerte para que cuando llegue el día, a su vez ella nos dispense un buen trato.
Han pasado varios lustros de aquello, y cuando en esta tarde veo nadar a los patos por la acequia, algo mío veo que se fue también con ella: el murmullo de sus besos, el canto de la corriente, el agua de sus ojos tiernos. Mientra, yo sigo buscando su rastro.

martes, 25 de agosto de 2026

La sura del relámpago



Tu cerrazón te nubla el alma. Contra mi amor no hay Corán que valga. Te arrodillas ante una aleya, y altivo lanzas una granada en el atrio de cualquier embajada. Renuncias a mi abrazo en favor de tu maldita yihad. ¡Si al menos no hubieras sembrado en mi vientre lo que cobarde no te atreves a recoger! No eres trigo limpio, eres un maldito sarraceno, ¿No te das cuenta que tus creencias no pesan más que un grano de arena? ¡Cuando te emborrachas de doctrina dejas de ser un hombre! (Helen).

Los ojos de Helen, encendidos, cortantes como el viento, arrastraron su furia a lo largo del cuerpo impasible de su compañero. Gibrail no sintió como su mirada le apuñalaba el rostro. El látigo de sus palabras no consiguieron quebrantar su fe. Gibrail nada respondió. Entornó místicamente sus predestinados ojos y se puso a recitar con voz desafiante la sura del relámpago: El fin de los infieles será el fuego.

Helen, al comprobar su endiablada locura, giró brusca sobre sus pies desengañados, y sin agregar nada más, abandonó para siempre a Gibrail.

Podría olvidar el móvil, las llaves, perder el monedero, dejarse parte de la compra en el supermercado, pero Helen nunca dejaría su mochila olvidada en ninguna parte. Por esa obsesión suya de no separarse nunca de su apreciado macuto, todos pensaréis que la chica llevaba en él algo imprescindible, importante. Pues no, -le dijo la primera vez que Gibrail bromeó acerca de su inútil despropósito de ir siempre cargada con su macuto vacío-, lo llevo para meter en él lo que voy buscando. Más me interesa guardar lo que me falta, que lo que tengo. Cuando me veas, Gibrail, liviana, sin mi mochila a la espalda, sabrás que por fin encontré lo que buscaba.

Ahora es Gibrail el que sigue contando esta historia.

Ningún ácido podrá borrar el ensalmo que me produjo la primera vez que vi a Helen, salvo el santo temor de Alá, el compasivo, el misericordioso, que yo yo por entonces tenía. Me senté en el asiento exterior, el que daba al pasillo. En el otro, en el de la ventanilla, no había nadie. Eran las siete de la mañana. Me dirigía a rezar a la mezquita. ¿Está libre? -me dijo, todavía jadeando por la carrera que se había dado para no perder el autobús. Sin responder me levanté para dejarla pasar. En ese momento el chófer maniobraba para salir del andén. La muchacha llevaba su macuto inconfundible de tela verde. Mientras lo colocaba en el maletero superior del asiento tuvo que apoyar sin querer una de sus manos en mi hombro para no perder el equilibrio. Recuerdo el olor a nardos que se escapó por la abertura de su blusa al querer apartar su pecho para que no chocara contra mi cara.

Este encuentro en el autobús se repitió varias veces, hasta que le regalé aquel osito de trapo que ella gustosa cosió al bolsillo exterior de su macuto. Desde entonces Helen se vino a vivir conmigo. Luego nos separamos. Ella pensó que yo había tenido algo que ver con la explosión de un coche bomba en la embajada de Estados Unidos en Nairobi.

Han pasado cinco años de aquello. Desde entonces no había sabido nada de Helen. Pero ayer, entre los hierros retorcidos del atentado de la estación de Atocha, vi tirado en el suelo su macuto (inconfundible) de tela verde, lo reconocí por aquel osito que yo le regalé aquel día en que nos fuimos a vivir juntos. Me acordé de sus palabras, cuando me veas, Gibrail, liviana, sin mi mochila a la espalda, sabrás que por fin encontré lo que buscaba. Luego, en el periódico, reconocí la foto de su cara entre los desaparecidos.

Acorralado por la policía estoy en una vivienda de Leganés. Me dispongo en este momento a activar el cinturón bomba que llevo adosado a mi cuerpo. Cuando encontréis mi cuerpo destrozado por los efectos de la metralla... no recéis por Gibrail, el mártir de Alá, llorad más bien por Helen, asesinada por mi fanatismo.