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viernes, 2 de diciembre de 2016

La Divinidad del Texto





El hijo de Pura la Mendicanta, Antón Cortés Gálvez, tiene la sensación de que escribe para la eternidad. O lo que es lo mismo: se perpetúa en sus letras. Su vida de ayer son hoy las páginas de su Diario que ahora tengo en las manos.

Antón cumple condena en la cárcel de Sangonera. Viejos colegas le tendieron una trampa. Le cayeron siete años y ocho meses por hacerse con 700 gramos de cocaína en una cita marrullera.

Cuando supe de su internamiento, fui a verle al módulo 3. Le propuse que se inscribiera en un taller de lecto-escritura que acabábamos de iniciar. Me dijo que no tenía estudios, que no sabía leer ni escribir. Ni la o con un canuto -añadió. Le convencí. Aceptó. Muy pronto Antón cogió el ritmo del grupo. Cada vez lo veía más entusiasmado. En sólo medio año, fue capaz de construir por sí solo su primera redacción. El tema fue sugerido. Se trataba de que los alumnos escribieran algo relacionado con su vida personal. Aún conservo como un tesoro de apreciado valor ético y de gran sinceridad su trabajo. Decía así:
No quiero a nadie. Detesto a todo el mundo. Al que más aborrezco es a mí mismo. Yo soy el último eslabón de una cadena de despropósitos. Odio a esta sociedad que no sabe descubrir la bondad de sus delincuentes. Los peores a veces somos las personas más cándidas. Hay quienes tenemos cara de asesinos, parecemos monstruos; pero la verdad es que somos niños, niños perdidos en un laberinto que gente mala construyó para nosotros. La bondad no siempre está en la honradez, en el deber cumplido; sino que a veces se esconde en lo más hondo de este infierno donde vivo.
El Diario de Antón, me lo entregó ayer su madre, la Pura, después del entierro de su hijo.

Antón tenía la manía de anotar en su Diario todo lo que le aconteciera, especialmente, lo relacionado con su infancia. Lo hacía restrospectivamente, dándole a su estilo un carácter retroactivo muy parecido al de Proust en su Búsqueda del tiempo perdido. Recuerdo que una vez, al término de nuestras sesiones del taller, me dijo:
Escribo parar ordenar los recuerdos, recuperar mi conciencia, recobrar ese trozo de infancia que perdí trapicheando, esnifando pegamento, rateando por los alrededores del barrio donde viví mis primeros quince años de mi maldita existencia.
Me preocupaba que escribiera tanto sobre su infancia. No quería yo que se cebara con una etapa no muy agradable de su vida. Notaba en él tanta avidez, como si su escribir fuera el aire que respiraba. Y en parte así era. Antón veía como de sus letras resurgían rescatados sus años de niño. A él no le importaba haber vivido al límite de la ley, fuera de los cánones permitidos, al margen de la normalidad, asaltando casas, robando coches, conducir drogado y sin carné. Era su libertad de entonces. Y quiso refugiarse en sus escrituras para recuperar así su libertad robada, devolver a su infancia su natural ternura. Él creía en el poder regenerador de la escritura. Así me lo dio a entender en uno de nuestros largos paseos por el patio. Comentábamos en aquella ocasión un artículo aparecido por aquellas fechas en El País: La Divinidad del Texto según George Steiner:
Maestro, sólo accedo al significado indeleble de las cosas a través de lo que escribo. Lo que no consigo plasmar en un texto, al momento se evapora, no existe.
Antón ya vino tocado a la cárcel. Sus dos últimos años aquí en el centro los pasó en la enfermería. Parecía un espárrago. Sudaba más de la cuenta. Se cansaba con sólo escoger la escoba cuando le tocaba limpieza. Tosía a cada momento. Fiebre alta. Diarreas. En resumen, Antón Cortés Gálvez, el hijo de Pura la Mendicanta, murió de sida un verano del dos mil once, a los veintisiete años. Tan sólo le faltaban seis meses para cumplir su pena.

La madre vino ayer a recoger sus pertenencias, entre ellas, este Diario que ahora tengo en mis manos. La Pura, al ver el cuaderno, me dice:
Mire, yo no sé leer, sólo sé sufrir y pedir limosna ¡Quédeselo! Más es suyo que mío. Usted le enseñó a escribir.
En esta tarde de otoño, una lluvia fina resbala por los cristales de la biblioteca de esta lóbrega cárcel de Murcia. Y siento, tras la pérdida de uno de mis mejores alumnos, un cierto alivio, un consuelo necesario mientras leo su Diario:

Jueves, 22 de abril

Si hoy decido escribir este diario, es para hacerle guiños al futuro. Estas letras salvarán del abismo el presente de aquel niño que fui, escurridizo y tunante, hijo de una familia marginada. Utilizaré mis escritos como arma para restañar aquella mi infancia loca y desternillada. Mi pasado convertido en diario será base, fundamento y espoleta del avenir del mañana, mi reinserción plena.

Sábado, 3 de marzo

Viví mi infancia, allá por los ochenta, en Los Rosales, un barrio postergado de la capital. Ya de pequeño, empecé robando para mi madre, una pobre mujer que no tenía con qué alimentar a sus hijos. Éramos cinco hermanos. Mi padre: un marido alcohólico, chapero y maleante, que sólo volvía a casa para apalear y acostarse con mi madre. Luego, se quedaba a dormir sus borracheras en el sofá horas y horas interminables.

Martes, 7 de septiembre

Aquella noche, los vecinos celebraban una de sus habituales asambleas en el salón de la Asociación del Barrio. Hacía mucho calor. El verano se resistía a dejarnos y dar paso al fresco relajante, propio del mes de setiembre. Tendría yo entonces no más de cinco años. Las puertas del local estaban abiertas. Desde la calle yo veía como aquellas sesudas personas hablaban sobre la necesidad de montar una escuela infantil. Querían acorralar en un húmedo bajo comercial a los críos desarrapados que al aire libre merodeábamos a nuestras anchas importunando el relax de los mayores. Metí mi cabeza a través de los barrotes de la ventana. Recuerdo que estuve, gritando cada cinco minutos: “¡Mierda para ustedes!” Me causaba tanto placer ver los rostros consternados de los asistentes, que cada dos por tres volvía a increparlos con la misma retahíla: “¡Una mierda para vosotros!”. Así estuve por lo menos más de una hora, hasta que cerraron todas la puertas y ventanas del local.

Lunes, 22 de diciembre

Estábamos cerca de la Navidad. En el colegio celebraban un teatro de títeres. Representaban, lo recuerdo muy bien, el cuento de Hansel y Gretel. Yo me las arreglé para hacerme un hueco junto a la tarima, al caer del escenario. Y cada vez que un muñeco quedaba al alcance de mi mano, yo intentaba atraparlo. No era fácil. A punto estuve de coger al muñeco del padre, aquel hombre sin escrúpulos que abandonó a sus dos hijos en el bosque. Sólo conseguí hacerme con su gorra de cartón. Tampoco pude apoderarme del guiñol de la madrastra. Pero quien no se me escapó fue la vieja, aquella bruja que quería encerrar a los dos hermanos en la cuadra, engordarlos, y después comérselos. Cuando de pronto vi encima de mí la bola grasienta de aquel panzudo conserje. Me quitó el títere de la bruja. Luego me levantó en volandas, y como quien espanta de su nariz pringosa a un avispero de moscas, me echó fuera del recinto del colegio...

Silencio. Han tocado silencio. Son ya las 10 de la noche: la hora de abandonar mi trabajo como educador de este centro. En el Módulo 3 de la cárcel de Sangonera, el funcionario de turno realiza el último de los cuatro recuentos del día. Toma nota: un recluso menos. Falta Antón Cortés Gálvez.


sábado, 26 de noviembre de 2016

La guadaña afilada del tiempo




Estaba convencido que su escritura no era original ni creativa. Sus escritos: un comentario, el eco de libros con los que se alimenta. Y ese pasar por el tamiz suyo las sugerencias de letras ajenas le daban larga vida, se re-creaba, volvía a nacer. Y así en la lectura se reencarnaba hasta querer morirse para librarse del infierno de la vida. Pero el burlador del tiempo jugaba con él. Lo mismo le daba esperanza que le alargaba el sufrimiento.
El ardor de la esperanza sobrepasa la apatía de la desesperación... Pero, ¿qué tenía yo que ver con la esperanza? Era aquél, como digo, un pensamiento apenas formado; muchos así tiene el hombre que no llegan a completarse jamás.
Llovía al atardecer de un otoño invernal al paso de una procesión de muertos por doquier: Rita, Fidel, Marcos Ana, Antonio el de Filo... Todos de distinto corte; pero todos con su respiración igualmente cercenada. Los pies del lector: sobre un brasero eléctrico, bajo una mesa de camilla. Y sus ojos en pos de los horrores de otro pobre más, sentenciado allá por la Inquisición en un calabozo de Toledo.

Antes de leer El pozo y el péndulo, él creía en la inmortalidad; pero no en la infinitud del sufrimiento. El verde de las acelgas nunca desaparecería, las hojas del perejil jamás se evaporarían en el óxido de la nada corroída. Los glaciares tampoco se desmoronaban, convirtiendo en desierto los cascos polares. Sentía el planeta interminable, inagotable, festín sempiterno de un cumpleaños sin diciembres elevado al infinito. Antes de leer aquel cuento, nunca le pasó por la cabeza que la tierra un día podría desmayarse para siempre y que sus habitantes como pobres gorriones se quedarían sin su canto, sin agua, y sin su grano.

El lector, en la soledad apacible de su casa, confortablemente recluido, absorbe este cóctel combinado de inestabilidad y sosiego, permanencia, eternidad, trasiego y muerte. Y piensa que debe estar loco para ser tan insensible y sentirse solazado con las torturas y el horror que Allan Poe describe en este cuento. Tan cruelmente su autor detalla, analiza y se regala con el tormento, que parece una computadora infinitesimal, una resonancia magnética del dolor y de los miedos. Nadie como el autor de El cuervo para pormenorizar lo que el espanto, el vacío, el terror y la angustia pueden provocar en la conciencia y en el cuerpo humano. Y ese arte en conducir la trama y el suspense hacen que el lector se apresure sin pestañear al desenlace. Sea cual sea el final, el lector está deseando quitarse de encima tanto suplicio insufrible, ¡que acabe por fin esta historia! Allan Poe con su poderío esquizofrénico, saber, magia y misterio consigue infundir al lector la misma ansiedad y tensión que sufre, tanto él como su protagonista. Todos estamos locos. A todos la guadaña afilada del péndulo del tiempo nos devolverá la cordura.
La muerte hubiera sido para él un alivio, ¡ah, inefable!
Abrigado por la calma anónima, de un noviembre sin sobresaltos, el lector disfruta aterrorizado leyendo El pozo y el péndulo. Todo lo que le rodea, excepto el texto, rebosa quietud inmensa. Como si el tiempo se detuviera. En medio de tanta paz interior, casi palpa el fruto de la eternidad, esa rebanada de miel inagotable, lamida por los labios infantiles de un hombre gozoso con el aquí y su ahora. Y tan feliz se siente, que se cree inmortal. Pero al ver el leve dibujo del agua resbalar sobre los cristales, vuelve de nuevo a la temporalidad. Todo lo que empieza, acaba. La vida es tiempo, tiempo que corre y que le acorrala, tiempo que un día convertirá por desgaste y rotación a la Tierra en polvo, en nada; pero no será en balde, habrá valido el tiempo para, (¡menos mal!), dar fin al tormento, al hambre, o al menos tomar conciencia de la libertad arrebatada. La penetrante calma concentrada de la desesperación se esconde bajo las faldas de una mesa de camilla de la sala de estar de una vivienda de la calle san Pancracio de una pequeña ciudad de provincias.

El tiempo nos entretiene con la amargura de nunca atrapar el instante. Dicen que sólo existe el aquí y el ahora. ¡Mentira! Precisamente el ahora es lo que se le va de las manos a este otro protagonista, a modo de meta-cuento, parecido al reo aquel de la Inquisición de Toledo. El momento, como el agua, se le escurre y se pierde entre las piedras de sus riñones dolidos y asustados por el vértigo del péndulo. Y al hacer el lector un esfuerzo para retener con todas su fuerzas este pensamiento, es cuando sus neuronas le abandonan. Se ve obligado a dejar la lectura, huye de la fijación de estos escalofriantes párrafos, secuencias de dolor y espanto. Quiere salvarse, no sucumbir bajo las aguas irretornables de la eternidad de las letras, tortura de palabras procesales, que le mantienen atado al potro, a la mesa-camilla de los tormentos.

Quiere el lector zafarse de tanto horror y misterio, suposiciones y suspenses. Esta cansado de tanto Pit y de tanto Pendulum. No sabe si lo que el condenado está sufriendo es real o imaginario. Aunque ¿qué más dan ambos conceptos, entidades o supuestos, si en el ánimo del lector producen la misma sensación? Este desconocimiento es precisamente la causa de su fatiga. El hombre necesita un respiro, dejar la lectura, tomar el aire fresco. La lluvia ha cesado. Se levanta, sale de la casa.

Desde hace ya más de quince años, cuando su mujer murió a causa de un edema agudo de pulmón, se vino a vivir a este bloque de viviendas protegidas de la barriada de san Pancracio. El hombre deambula ahora por la acera, aspira el aire húmedo de la noche. Se siente reconfortado en medio de la oscuridad serena. Después de quedarse viudo, no tiene a su lado mucha gente a la que escuchar. Tal vez por ello nuestro lector se quedara medio teniente. A partir de entonces se refugió en sus paseos, en la lectura como medio de comunicación, necesidad ésta imprescindible para todos los seres humanos, ya sean éstos sordos, prostáticos, ciegos o psicóticos.

Este otro protagonista, en paralelo al cuento de Allan Poe, conoce al dedillo el Mercado, el pequeño jardín de Las Serrerías, el patio del Instituto, sabe andar por estos alrededores con los ojos cerrados. La lluvia ha mojado la calle. De las moreras que circundan la plaza de Correos hay arremolinadas hojas secas, caídas, esparcidas por el suelo. No oye en tiempo real sus pisadas contra las hojas trituradas por las suelas de sus zapatos. El chasquido crujiente de las hojas aplastadas, debido a las prótesis auditivas que lleva tras sus orejas, medio cubiertas por la melena descuidada que le cuelga como velillo de lana, le llega en diferido. Tiene dificultad de significar al instante tanto el origen como el motivo de cualquier sonido. Sus pisadas por tanto se las atribuye a un extraño que escondido anda a su lado. Se gira, se revuelve para averiguar de donde vienen esos tristes crujidos de la hojarasca pisada. Oye sus pasos como si fueran otros pies distintos a los suyos los que caminaran. Mira a su alrededor, no ve a nadie.
No es que temiera contemplar cosas horribles, pero me horrorizaba la posibilidad de que no hubiese nada que ver.
Disimuladamente acelera el paso. Regresa, de nuevo a casa. Le trae más soportar con sus pies calientes el miedo imaginario de Allan Poe, que el miedo real desconocido.

Y de nuevo, ya instalado bajo la cubierta atrincherada de su domicilio, retoma la lectura de El pozo, allí donde poco antes la había dejado:
Supliqué, fatigando al cielo con mis ruegos, para que el péndulo descendiera más velozmente. Me volví loco, me exasperé e hice todo lo posible por enderezarme y quedar en el camino de la horrible cimitarra. Y después caí en una repentina calma y me mantuve inmóvil, sonriendo a aquella brillante muerte como un niño a un bonito juguete.
Y en este mismo momento, junto a la dulce sonoridad de las dos últimas palabras -bonito juguete-, oye el lector un extraño golpeteo. Mira a la puerta de entrada, (recordemos que el hombre vive solo). Para calmarse con la presencia amiga de su voz en alto, exclama: ¿hay alguien? Recorre el pasillo, mira por la ventana. Efectivamente, no hay nadie. Hasta que por fin ve un folio doblado en el suelo. Se alivia. Piensa que ese ha sido el motivo del chasquido que acaba de oír. El papel, tal vez empujado por el aire que viene de la chimenea, se cayera de la mesa. Se agacha para recogerlo. Y se da cuenta de una frase, una nota de las varias que el lector acostumbra a escribir como comentarios o reflexiones de sus lecturas:
Mientras no atravieses, no apures todo el sufrimiento, no podrás alcanzar el imposible placer de lo desconocido.
El lector ha llegado ya a la página más torturadora e irresistible del cuento. La afilada cuchilla del péndulo a punto está de seccionar el corazón del reo. Y en este instante más álgido de la desesperación y el miedo, una penetrante calma invade el espíritu del condenado. Luego vendrán las innumerable ratas salvajes a aumentar más, si cabe, este suplicio interminable, pero, ¡oh divina paradoja!, estos animales, con sus hocicos fríos y repugnantes serán los que desaten a la víctima de sus ataduras.

En este instante, es verdad, ahora sí. Llaman a la puerta. Es el vecino. Literalmente se cuela en la casa. Trae una botella de champán. Es su cumpleaños y viene a brindar con el lector. Éste, agradecido le felicita. Y al echarle la mano, ve en su vecino al mismo General Lasalle, aquel que librara a Toledo de la Inquisición.


lunes, 21 de noviembre de 2016

La Convalecencia




Cuando no es por hache es por be. Lo cierto es que a partir del día en que Felipe Mortisano entró a formar parte del Jubitata Club, se encamina cada vez más a sitios como este. El que hoy se hable tanto de envejecimiento activo, saludable y sostenible, se deberá sin duda a las calorías que gastamos para llegar a estas instituciones, -dice para sí quien se hace acompañar de un bastón de avellano que le regalara su nieto por su setenta cumpleaños el once del mes pasado.

El señor Felipe no sabía, al menos no sospechaba, que los hospitales estuviesen tan abarrotados. De un tiempo a esta parte, este hombre encorvado, de pelo ralo y orejas caídas, (no olvidemos que ya va para los ochenta), se ve inmerso en una espiral de consumo, un consumo sanitario, relacionado sobretodo con la calidad de vida. Mientras se dirige al hospital de La Convalecencia, continúa conversando consigo mismo:
A los médicos, se les llena la boca con el ripio calidad de vida ¡como si esta frase fuese un abracadabra que espantara a la muerte de un plumazo!
Mortisano, últimamente, cuando no es invitado a una muestra de prótesis de cadera de tercera generación, es seleccionado para graduarse la vista, para ser objeto de un tacto rectal y así cerciorarse que no es víctima de un cáncer de próstata, o como la última consideración que han tenido los de Amplifón de citarlo el lunes que viene para hacerle una audiometría sin coste alguno. O aquella otra, no hará más de un mes: Palmolive le avisó para una revisión dental. Hace poco, también recibió la visita de un empleado de la funeraria con la que mantiene una póliza más de nueve lustros. Le ofrecieron por sus largos años de asegurado unos servicios como primicia: ser usuario de un horno crematorio climatizado, biodegradable y provisto de tecnologías muy avanzadas.

Este otoño, Felipe Mortisano se fatiga más de la cuenta. Se detiene ahora unos minutos para reponerse en un banco de piedra del Paseo del Malecón, frente al Palacio Almudí; pero sus pensamientos no descansan. Lía un cigarrillo con la habitual parsimonia placentera que le adorna la expresión absorta de su cara embelesada. Lo enciende. Tiembla, no sabemos si su mano, o el cigarro deslumbrado por la llama de la cerilla. Desde la Plaza de la Paja donde vive, hasta el barrio de san Juan, que es donde está el Hospital que tiene asignado, Felipe hace recuento de las múltiples propuestas que últimamente le vienen haciendo. Entre calada y calada y el rechinar estertóreo de su respiración entrecortada, recuerda ahora la última recibida, la de un clérigo. Traía el cura consigo unos papeles, a los que sólo faltaba una firma.
A cambio de la ridícula suma de ciento cincuenta euros, -mastica el enviado divino sus frases como si fuesen turrón blando-, podrá usted acceder a la otra vida debidamente preparado, incluido bula, extremaunción y santos óleos. Se trata, señor Mortisano, tan sólo de un piadoso estipendio. Y si además, antes de morir, solicita ser enterrado en uno de los nichos propiedad de nuestra Santa Madre la Iglesia, tendrá un descuento, cuya cantidad será destinada a una misa en sufragio de su alma.
Más de una vez este mismo señor Mortisano, cuando alguien le sacó el tema de su muerte, cortó en seco a su interlocutor, como ahora hace con el zampabollos del eclesiástico que tiene delante:
Yo no pienso morirme, monseñor, a mí me mataréis entre todos.
Felipe da la última chupada a su cigarrillo, endereza su cuerpo, haciendo palanca con su tutor de avellano. Y continúa camino calle Martínez Tornel, como lo hiciera con su cruz a cuesta Jesús el Nazareno a su paso por la Glorieta un viernes santo. Al cruzar el puente de Los Peligros, la bocina de un coche le advierte que el semáforo lo tiene en rojo. Y a Felipe le viene a los oídos el bronco repiqueteo de los tambores y las pitadas de las Burlas ancestrales de Semana Santa.

Felipe Mortisano llega por fin a los soportales del hospital de La Convalecencia. ¿El motivo? Una broncoscopia. La médico de cabecera se cebó con él:
Si no deja, señor Felipe, el tabaco, el tabaco le dejará a usted, más pronto que tarde.
En el reloj de la catedral son y media. Está citado a las diez menos cuarto. Por fin Felipe atraviesa la puerta del hall del centro sanitario. Alguien que estuviera a su lado, aún le oiría murmurar el ultimo vituperio que sale de sus indignados labios:
En momento de crisis, los pensionistas fácil pasto somos de las multinacionales.
Y si se cebó la doctora de cabecera con su bendita picadura de tabaco, ahora el especialista que le trata, al palparle el estómago, descubre una hernia cerca de sus partes. Lo envía a rayos para que le hagan una exploración más exhaustiva. Allí, sentado aguarda ahora su turno. Sus acartonados dedos no cesan de acariciar la empuñadura de su bastón tallado por las jóvenes manos de su nieto. Felipe Mortisano no deja su mente en blanco. Piensa que la vida es un esperar no sé qué y un no sé cuándo. Menos mal que una señorita se sienta a su lado, una chica tremendamente bella. Y Mortisano deja al momento sus tristes filosofías y se recrea en su esbelto cuerpo, un bello amanecer en calma tras una noche de tormenta. No cesa de contemplarla. Felipe sólo puede ver a medias la cara de la muchacha. Frente despejada, festoneada por unos rizos de púrpura que alfombran la tersura de su piel abrillantada. Los ojos, ¡ay qué ojos! Negros. La boca un pozo, pero no de terror, como el de Allan Poe, sino como aquel otro de agua fresca de la mujer Samaritana de los Evangelios. En ellos quiere zambullirse ahora Mortisano, sin que ella se dé cuenta, no sea que la chica se avergüence, los cierre y él no pueda apagar la sed que le atormenta. Felipe sigue pensando: aunque no me importaría que los cerrara, así yo dentro de ellos para siempre clausurado me quedaría.

La otra mitad del rostro de la muchacha, desde la nariz hasta la barbilla, lo lleva cubierto con una mascarilla de un verde suave. Felipe Mortisano se entretiene en averiguar qué habrá tras esa suave gasa: ¿cómo serán sus labios, su boca, sus dientes? La muchacha, de pronto, como si adivinase los interrogantes del señor que tiene a su lado, al instante se quita la mascarilla. Abre su bolso de mano, saca un diminuto espejo y un lápiz de carmín. Con la elegancia natural de una tarde cárdena de otoño se pinta los labios de un rojo carmesí a tono con el color de su pelo. La carnosidad y frescura de tan tierna boca ribeteada ahora por la sinuosidad de dos líneas jugosas y frescas, aún más cautivan a Mortisano. Para Felipe no hay nada más sexy que el momento del cómo una mujer lleva a cabo su atuendo, aseo y embellecimiento íntimo. Si antes, los ojos de esta muchacha fueron los orificios de luz de un puente por donde tuvo acceso el señor Mortisano al más precioso de los estanques de Unamuno allá por Castilla, ahora son estos labios encendidos el brocal de un aljibe en medio de un campo andaluz sembrado de amapolas.

Esta instantánea de la muchacha, siendo tan breve, pues enseguida volvió las chica a ponerse la mascarilla, es tan intensa y llamativa que lleva a Mortisano a la siguiente consideración:
Las mujeres, cuando se ponen guapas no lo hacen para engordar las pruebas de un juez cavernícola acusándolas de zorras o provocadoras. Tampoco lo hacen para agradar a sus esposos o parejas. Ni tampoco para seducir a un viejo verde como yo. Se arreglan para sentirse bien con ellas mismas, para saberse hermosas, para verse sanas ¿Acaso esta muchacha no se pinta los labios para ahuyentar los venenos que un mal día le entraron por la boca, y la tienen a muerte sentenciada?
El especialista, que acaba de ver a la chica, deja escrito en su historial clínico: Joven, 27 años. Alergia extrema. Estado grave. Recomendable: cuidados paliativos, así como sedación terminal.

Finalizada la consulta, el médico acompaña a la muchacha hasta la puerta, se despide de ella cariñosamente. La joven pregunta algo que nadie de los que están en la sala acierta a oír, el médico parpadea nervioso y sin decir palabra se limita a responder a la chica con un encogimiento de hombros. Felipe no anda fino de oído, lee los gestos más que los sonidos, sabe interpretar el silencio respetuoso del doctor.

Felipe sigue ahora con la vista a la muchacha, la ve pensativa y dudosa hacia la salida del hospital. Y cuando ya por fin la muchacha desaparece del todo, se levanta Felipe Mortisano de donde está sentado. Lleno de rabia, de un manotazo brusco, como quien se desprende de un ciempiés, lanza su garrote al suelo. Se sitúa en el centro. Eleva los brazos, quiere decir algo. Los pacientes, que llenan la sala, escuchan estupefactos las palabras que salen de la boca de Felipe Mortisano:
¡No es justo que esta muchacha, con tan sólo veintitantos años, dentro de cuatro semanas se vaya al otro mundo; y a mi, un decrépito octogenario, quieran retenerme aquí a base de exploraciones sin cuento! ¡Señores, no es justo!

jueves, 17 de noviembre de 2016

Yo no quiero ser poeta


La mujer adoraba la poesía, se enamoraba de lo último que leía, o tal vez de los rapsodas, sus autores. El marido sospechaba. Y por eso los celos de don Gabriel..., y ese querer demostrar a su joven esposa que él también podía ser poeta.

Y porque la quería, y no quería que se la quitara un vate de pacotilla, don Gabriel se matricula en un Taller de Poesía. Pronto aprende a rimar cabos de palabras, medir dáctilos, distinguir una vaca de un terceto, llamar la atención de una dama, aderezar el ritmo y su acento, seducir al lucero del alba.

Y una semana antes del cumpleaños de su señora, el marido cual sembrador de piedras, escribe letra por letra en una cartulina perfumada de jazmines transgenéricos un poema de regalo. Las palabras se le resisten, no florecen, revotan en el papel como en un frontón de púas retorcidas. Luego de tres horas de sudar tinta sin acierto, don Gabriel arruga con rabia el papel perfumado y lo tira a la basura.
Yo no quiero ser poeta. ¿De qué sirve regalar cuatro frases mojadas y contrahechas? ¡Misóginos los poetas, impotentes y egoístas, vanidosos que esconden su esterilidad en metáforas pulidas, cazadores de mujeres desprevenidas! Tras los versos no veo nada. Prefiero invitarla a salir, dar un paseo en la noche, ver como la lengua del mar besa la arena dormida y, luego, los dos imitar apretujados el abrazo de la luna en las hojas del naranjo rebosante de azahar.
Y fue cuando al día siguiente fue a hablar con el literato de papel primalight que dirigía el Taller de Literatura:
Señor, desapúnteme, que ya no quiero ser poeta. Yo no pago por mentir a una mujer soñadora. Yo, como aquel otro Gabriel de Hernani, maldigo la poesía. Prefiero enamorar a mi esposa con las cosas de la tierra.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Consideraciones sobreañadidas al Desvirgado





Todo aquel que no haya leído Agripino-el-desvirgado absténgase de acceder a estas Consideraciones sobreañadidas. Y si los que lo hicieron, advirtieron las intenciones tácitas de su autor, tampoco les será necesario que lean lo que a continuación dice este entrometido comentarista. La presente aclaración sólo va dirigida a quienes no se dieron cuenta del texto implícito del cuento arriba mencionado.

Y vaya también por delante, en aras de la verdad, que los incidentes que allí se relataron no son invención de Blao. La fuente de su plagiadora inspiración fue una nota por él leída en twiter, y firmada por alguien que más o menos así decía:
¿Tuviste sexo conmigo un febrero de 1991? Teníamos 16 años. Yo te dije que era virgen. Era carnaval. Recuerdo que hacía calor, la música era mala. Te invité a pasear, nos sentamos en un banco. Nos besamos. Fue sublime. Quisiera volver a verte....
Y quiere este comentador advenedizo echar en cara a su autor, además de su desvergüenza por haber copiado la idea-madre que dio vida a su cuento, el no haber sabido expresar las razones inconscientes que le movieron a escribir aquel relato.

Si la chica del Pabellón deportivo leyera hoy este tweet de socorro, tras cinco lustros de aquel su primer encuentro, ¿qué sentirá? ¿rechazo, vergüenza, arrepentimiento? ¿Se delataría? ¿Correrá a ver al muchacho de ayer que hoy la reclama con tanta insistencia?

Aquel interés detectivesco y morboso que movió a Agripino a buscar su virginidad perdida, en la misma medida lleva a este aficionado analista a defender, cual caballero andante, la intimidad de Silbina, que así es como se llama la chica, según cuenta, sin reparo ni delicadeza alguna, el tuitero original.

El que escribió el cuento no sabe, no es muy entendido en psicología femenina. La mujer, al leer esta nota se ve sí misma como una cosa perdida en manos de su dueño. Y no quiere Silbina ser jarrón sexista de ningún coleccionista de trofeos amorosos. Y es por eso que el texto de Agripino el desvirgado, que debió ser baluarte contra toda sutileza machista, sólo llega a ser un panfleto contestatario en pro de la igualdad de genero. Y si es que a su autor se le escaparon en aquel cuento expresiones tan duras como ¡hijo de la gran puta, cabrón de mierda! y otras por el estilo, (que no es preciso abundar, dado el puritanismo elocuente del que hace gala dicho autor), sólo son un camuflaje para ocultar su velada homofobia. Dime de qué presumes y te diré de qué adoleces, -dice el refrán.

Se puede buscar una aguja en un pajar; pero nunca a una mujer. Las mujeres, como los hombres, no se pierden contra su voluntad, ni uno se las lleva al huerto. Ambos saben ir por ellos mismos al río, a los Baños de Mula, o a donde se tercie o les venga en gana. Andar tras la mujer puede resultar ofensivo, tanto para la fémina, como peligroso para el posesivo varón que la busca. Y viceversa.

Una mujer, un hombre, no es un móvil que alguien dejó olvidado, y no recuerda donde lo dejó. Y ese mismo alguien vuelve a llamar ahora desde otro teléfono al número de su móvil extraviado para así sentirse congratulado por los amores perdidos, los de antaño, los de hoy, o el que tal vez pueda sumar a su cuenta de conquistas tras esta ultima llamada. ¡El móvil!, una buena metáfora donde cual cada puede meter su objeto más deseado. Y es que el tal zahorí o buscador de sexo, además de poseer teléfono fijo, tiene también varios móviles o smartphones, o como diablos se llamen a esos soportes inteligentes capaces de encontrar a la mismísma invisible Trinidad.

Hay hombres que les gustaría que sus mujeres llevaran, en lugar de un piercing, un chip en una de sus orejas, para así tenerlas localizadas en todo momento. Tanto Agripino, como Luciano, (el personaje real que originó esta historia), o como este mismo comentarista que os habla, todos andamos persiguiendo como locos aquella chica que nos robara la inocencia de nuestros años mozos.

En medio tanto alarde y apología de género, tal vez el autor de Agripino el desvirgado, en el fondo no está limpio de un cierto machismo velado. Y al hilo de esta afirmación a la ligera, recuerda ahora el comentarista aquellas manifestaciones contra la droga de los años de su juventud. En el barrio donde vivía, a las afueras de la gran urbe, la gente estaba harta de las consecuencias letales y nefastas de la droga. Pues bien, (¡qué contrasentido!), este comentarista se sorprendía de ver al frente de aquellas protestas con sus pancartas gritando a los traficantes más señalados de la ciudad.

A este crítico del Desvirgado se le ocurre además aludir a dos de los gentilicios que allí en el cuento aparecieron: Agripino y Cenicienta. Aunque haya quien diga que los nombres carecen de importancia, no es este el caso. Tan sólo su evocación transportan al lector a un mundo de desfachatez o de valores.

El nombre de Agripino no es casual, intencionalmente está dentro de la reivindicación de su autor por la cultura de género. Y tiene que ver con las connotaciones perversas de aquella otra Agripina de Roma. Así como a aquella no le dolieron prendas para manipular y asesinar, al Agripino de ahora tampoco se le ocurre pensar, si con su actitud indagatoria de copulaciones jóvenes pueda tal vez abrir ajenas y viejas heridas.

Tampoco es fortuito el encantador nombre de Cenicienta, nombre que ha sido denostado por lo que de vasallaje y sumisión representa. Como dice Ada Colau: no queremos ser princesas, queremos ser mujeres libres y felices.

Y para no extenderse más, el que escribe estas Consideraciones sobreañadidas al Desvirgado se pregunta, si no hubiera sido mejor otro final tanto para Cenicienta como para Agripino. Un desenlace más amistoso, un abrazo redoblado ante el bendito destino que, a quienes unió en un principio, los mantuviera casados hasta el infinito de su cariñosa vejez. Pero no, el autor dejó bien claro en su cuento que con las mujeres no se juega. Y si es que algún Trump de turno se atreviera a dárselas con ellas de trilero, que se atenga a las consecuencias; puede que se quede sin el pan y sin el perro.