martes, 24 de febrero de 2026

Héroes anónimos



A bordo del tiempo, escorados en los acantilados previos a la transición, sentados frente al mar de su pasado, los héroes anónimos evocan sus batallas olvidadas. Desde el final de la guerra civil española, los héroes anónimos no perdían la esperanza que el sentido solidario de los países democráticos de nuestro entorno intervendría en la restauración de la normalidad de nuestro país escorado, dejado de la mano de los dioses del Destino.

No fue así; y nació la resistencia sin nombre, pero decidida, organizada, sistemática de todo un pueblo frente a los coletazos de una oligarquía que se resistía a perder sus parcelas de poder. La consolidación de la democracia en España no vino de la mano de ningún rey o patricio alguno. Ese tipo de bichos sólo prolifera arrimándose al sol que más calienta. El resurgimiento de la democracia en nuestro país se debió sobre todo a ese poder telúrico, oculto, profundo y sufrido, capaz de transformar el mundo desde sus cimientos, levadura y epicentro de cuya eclosión resurgió la llama de las libertades. 

La historia se mueve hacia su perfección, más bien debido al esfuerzo humilde de los héroes invisibles, que cual manto de tierra fértil da origen al humus invisible: carbono, hierro, luz y coraje capaz de hacer germinar el fruto verde de las plantas. Pues bien, en España, la Transición se debió a ese movimiento, ese tiempo oscuro que casi nadie menciona, porque si aflorara, las personas que con su silencio combativo lo ejercieron, dejarían de ser héroes anónimos. 

Los héroes anónimos no reivindican nada, sólo evocan desde la sabiduría de su silencio elocuente. Su alma no tiene nombre ni apellidos. Y es mejor que sea así. No hay donante más encomiable que aquel que se da y se entrega para desaparecer. Esta es la condición para que la obra prospere, continúe y trascienda, y no se enquiste en su propio protagonismo. Como ese aire, pneuma y espíritu: no se ve, pero que es capaz de cambiar la rosa de los vientos. 

Son ya las siete de la tarde. El sol se despide de los héroes anónimos, sepultados bajo las aguas de la Transición, no sin antes, en el hoy del ayer conmemorativo, hacer mención a aquellos, camaradas que, en buena lid y asambleados, crearon las condiciones objetivas para que actualmente caminemos en democracia, tras aquellos duros años de resistencia contra la dictadura y el fascismo. 



sábado, 21 de febrero de 2026

A oscuras en la Cañada


 

Había una ciudad a oscuras cuyos habitantes tan bien gobernados y arancelados eran, que sus alamines hasta por mirar lo que no veían les cobraban una tasa a los buenos de sus vecinos. (Alcaides sin cabeza).

Me detengo frente al edificio de la Real Casa de Correos. Al caer de la estatua de un rey a caballo. Un hombre bien plantado yergue su acicalada estampa delante de la puerta del Sol de Madrid. Corona con gorra su testa al estilo tirolés. Melena lacia, barba recortada, viste chaquetilla corta, torera, pantalones rayado en sus laterales con los colores patrios. Botas negras hasta las corvas, abrillantadas con betún de judea. Parece un macero con uniforme de gala en fiestas de san Isidro. Lleva en su mano desplegada un cuadernillo a modo de cepillo limosnero. Parece un recaudador al servicio del alcalde de la Villa. Tal vez no lo sea, pero por sus aires garroneros, a mí me lo parece.

Antes de dirigirme a saludar al lotero ambulante de mi compadre, que vende cupones caducados en la entrada del Corte Inglés de Preciados, me detengo unos segundos frente al emblemático reloj de la torre para saber la hora. El supuesto guindilla, nada más verme, corre hacia mí, me acorrala con su inquisitoria presencia. Y, como buen koldo y contable, arranca una hoja del talonario, un albarán, un recibo con firma y sello, donde dice que, según normativa municipal número tal..., todo aquel que mire el emblemático reloj de la Puerta del Sol, está obligado a pagar a las arcas del erario municipal la estipulada cantidad de dinero...

Para dicho propósito embolsatorio cuelga este hombre, mitad funcionario, mitad jeta, una cartera de cuero repujada con el emblema del escudo de la ciudad, un oso y un madroño, símbolos del poderío y del pillaje de la villa capitalina.

La mirada gendarmeril y el gesto amenazante del madero municipal se clavan en mis bolsillos vacíos como si yo fuera el mismísimo rey de Gales. Ignora este sabueso cobrador que yo vengo de estirpe egregia y gitana, que vivo en la Cañada Real y que soy pupilo, para más inri, del tío Antón el de los cupones pelados. Que a mí no me la dan con queso. Y en tono cortés, conforme reza mi apellido, contesto al simulado guindilla en respetuosa rebeldía:

Si hasta por mirar lo que no vemos, la luz que no tenemos, nos cobráis, oh infelices de vosotros, que no sabéis ni p´a lo que vale un peine en un candil sin mariposa ni aceite... 

miércoles, 18 de febrero de 2026

Runa




Tengo yo una estantería llena de nombre muertos. Gobanilla, coscoletas, clóchinas, resbalaor, regatilla... Apenadas estas palabras, tras vagar durante un tiempo por calles mudas y desiertas, no encontraban a nadie que las abrazara, que las llamara. Las guardo en la biblioteca de mis recuerdos como muñecas rotas. Se murieron desconsoladas. Pues nadie las acunaba, nadie las decía.

En mi infancia las palabras, cuando por primera vez las escuchaba, me sorprendían. Mi mente y mi corazón saltaban de gozo al verlas. Hoy, me encuentro por casualidad con una mujer desolada husmeando entre las ruinas de su casa devastada por las bombas enemigas, siempre enemigas, se mire por donde se mire, se llamen como se llamen, vengan de donde vengan, las disparen emperadores, fanáticos, vasallos, mercenarios, el cambio climático, danas, imbéciles, locos o lunáticos... Lleva esta niña, esta mujer, este anciano, todo el mundo parlante lleva una palabra en su boca. Runa es su nombre.

Hoy me encontré con la palabra runa. En la Azulada de mi infancia utilizábamos este nombre para referirnos a los escombros amontonados, tras el derribo infortunado de una casa vieja. Llevaba siglos y siglos sin escucharla. Me agacho, la recojo con mucho cuidado. Esperanzado, le doy cobijo, la guardo en la biblioteca de mi casa, por ver si un día, como quien pone a secar sus lágrimas en el tendedero de la terraza, el sol tuviera a bien limpiar, blanquear las manchas de su tristeza.



domingo, 15 de febrero de 2026

Libro locomotora



En un sillón de cuero escarlata con sus dos orejeras empinadas, repantigado está don Eulogio Libretas, el propietario de Ediciones d`Errata. Con ojos ariscos emborrona el manuscrito que acabo de entregarle para su publicación, como quien espantado se asusta de un escarabajo. Más que sentado, parece estar empollando el huevo gigante de un avestruz. Escucho el bullir de las grasas de su ilustrada barriga. Sólo el atrofiado murmullo de sus palabras cansinas farfulla por el tubo de escape de su boca apolillada:
Señor Blao, el borrador de su autoría sufre parálisis literaria, parece un viejo con su cadera rota, una tortuga escayolada con torniquetes de estaño. Como jefe de estación de esta esplendorosa empresa de incunables y antologías, sin mácula a lo largo de sus dos siglos de historia literaria, no puedo ordenar la salida a la luz de obra tan trastocada, pobre, oscura y rasposa.
Es inútil. Estoy ante una mole de carne inconmovible, con la caja fuerte de su cerebro cerrado a cal y canto. Con un golpe seco se deshace del libro, y me lo devuelve asqueado. Con todo, no me resigno. Como gato panza arriba defiendo el provocador parto de mi obra, el proyecto en el cual tengo puesto todas mis esperanzas. ¡Ay quien fuera David Uclés, el escritor de las arcas llenas. Cancelaría la hipoteca, me sobraría dinero para alumbrar el desierto de las farolas muertas! Pero tendré que esperar hasta que los tigres desalmados del banco me despellejen con la subida de sus intereses. ¿Quién sustentará entonces con su alpiste a los pájaros soñadores de mi casa vacía?
Sabe usted muy bien que lo del poco poderío de mi libro es una simple excusa. No es frágil su trama y mucho menos el motor de sus estampas. Mi manuscrito está vivo, en marcha sobre unos raíles firmes, muy bien amueblado, esperando que los lectores se suban en él, se embeban de las maravillas de un delicioso viaje a lo largo de sus aventureras páginas, cargadas de sorpresas y ambrosías, de sobresaltos infinitos.
Insisto de nuevo. Suplicante propongo ahora al señor Libretas:
¿Y sí consiguiéramos que un afamado prologuista, un encomiable serendípico de la Real Academia, elogiara la perfecta ingeniería de mi libro-locomotora, que resaltara el ingenioso significado y alegoría de su atrevido diseño. Además, don Eulogio, su prestigiosa editorial, engrandecida por el proemio de académico tan ilustrado, enaltecida y sustanciosamente lucrada se vería.
El señor Libretas no se da por vencido:
Su trabajo, ya de por sí, bastante pesado, quedaría muy “cabezón”, como bolo palabrero difícil de digerir. Vuelvo al símil, señor Blao, no se ofenda: mucha locomotora para los vagones de sus esmirriadas letras.
Por la ventana del despacho del director de Ediciones d´Errata, veo como las aves de mi engreído e iconográfico escribir se pierden convertidas en carbonilla. Don Eulogio Libretas levanta sus posaderas para airear las sudoraciones acumuladas de su trasero contra la redondez aplastada del cojín de cuero que con resistencia supina asiento mullido le presta.

Esta vez soy yo el que, parodiando su meliflua analogía ferroviaria, intervengo sobresaltado para evitar que el humo de sus despropósitos enturbie y ahogue mis ganas de sacar a la luz el borrador de mi libro:
Hoy día la mayoría de los lectores... son consumidores de literatura fácil, se apean en la primera estación, les produce vértigo nada más mirar el índice de una obra profunda. Prefieren el apeadero de las multinacionales, donde en sus andenes sirven basura finamente encuadernada con piel de rata. La fuerza que hace andar a un tren son sus calderas de vapor, esa gruta incandescente que nace de la negra oscuridad creadora del carbón. Dice usted que mi libro-tren no dice nada. ¡Cuánto más cosas dijera, mayor sería la dificultad de los lectores en entender! ¿Acaso le hace falta a la noche callada palabras para encender de pasión y transmitir a los enamorados su misterio?
Sí, -me responde don Eulogio- eso es precisamente lo que le sobra a su libelo, ¡Originalidad! ¿A quién se le ocurre pintar una estilizada locomotora entrando por la portada de un libro a través de un túnel de 120 páginas, un riguroso silencio en negro, para luego ver la máquina aparecer por su contraportada?

martes, 10 de febrero de 2026

Manténgase a la espera


 
Vivía yo entonces en Belleville, un barrio cosmopolita y modesto de la banlieu parisina. Día a día, observaba una diminuta mancha de humedad que se extendía rauda por mi habitación. Me acordé de Las caras de Bélmez, de los hermanos de La casa tomada de Cortázar, del sótano oscuro que tanto miedo me daba, donde mis abuelos guardaban sus cachivaches y enredos. Un miedo innombrable se apoderó de mí. Escuché como si de las paredes brotara un quejido, como un desgarro. Sentí aquel crujido cual amenaza cruel de un desmoronamiento. Y antes de que los muros de aquella humilde chambre se desplomaran y me aplastaran, salí corriendo. No paré hasta regresar a España. No me despedí siquiera de mi patrona Jacqueline, aquella buena mujer, ya entrada en años, que había tenido la amabilidad de alquilarme aquel habitáculo por el tercio del sueldo que yo ganaba como garçon de cuisine en un colegio de estudiantes situado en pleno Boulevard de Sain-Germain de la ciudad de París.

Hace ya más de cuarenta años de mis tiempos de espagnol de merde. Y esta misma mañana, un nuevo contratiempo inexplicable, como aquel de mis tiempos de emigrante por tierras galas, me ha sucedido aquí en mi casa de Azulada, donde dulcemente vivo jubilado con un gato, y en compañía de unos cuantos libros que aún mantienen despierto mi sentir y entendimiento. Y ando al igual que entonces, por una insignificancia, confundido y preocupado.

Al ir esta mañana, según mi costumbre, a poner la cafetera en la vitro-cerámica, saltan los plomos de la luz. Reviso las conexiones eléctricas. Todas están en perfecto estado. Enchufo el microondas, la tostadora, pongo en marcha el pequeño radiador que en estos días de frío atroz me congela hasta el alma. No hay manera. Cada vez que mis asustadizos dedos se acercan a cualquier pulsador de corriente, los automáticos se disparan como arcabuces que sobrecogen mis oídos en días de arcas cerradas. Pero en lugar de huir, como en aquella ocasión de friega-platos por París, cojo ahora el móvil, y llamo a la empresa suministradora para contratar más potencia, y no verme privado de mi café matutino.

Compruebo que el móvil no tiene batería. Acudo a Luci, mi vecina del 2. A, para ver si desde su móvil pudiera llamar a un agente de mi compañía. Sin yo darme cuenta, me coge el teléfono una mediadora. Le cuento mi problema. De inmediato, al otro lado del teléfono, una señorita muy atenta, se pone a mi disposición diciéndome a cada momento: se lo solucionamos enseguida..., no hay problema..., no se preocupe. Tanta es la amabilidad de la joven que atiende mi llamada, que acepto, sin reparar en nada, todas sus ventajosas propuestas con tal de salir cuanto antes del apagón que me tiene desconcertado.

La joven no me dice su nombre. A cada paso me recita como un mantra: no se preocupe, señor, estamos para servirle. Sospecho de tanta gentileza. Por naturaleza no suelo ser muy desconfiado, aunque prefiero la naturalidad al elogio interesado y sin fundamento. Me advierte que debo responder con un escueto a todas sus formulaciones, pero sin hacer comentario alguno, puesto que la conversación, por medidas de seguridad, -añade-, va a ser grabada. Este último término me sabe a ultimátum, a encerrona. Ella a continuación empieza a leer como un papagayo, de carretilla y sin pausa. Me cuesta trabajo entender lo que tan apresuradamente tararea. Me vuelve a recitar su cacareado mantra no hay problema. Que responda que a todo. Y así lo hago. ¡Ay obedientia tutior, cuántos perjuicios ocasionaste a pobres mentes de corazones cándidos!

Acabada la entrevista telefónica, por la ventana del patio de luces del edificio, gracias a la generosidad de Luci, extiendo un cable desde su cocina a la mía para provisionalmente disponer de corriente, hasta que mi desaguisado se solucione. Ya en mi apartamento, una vez enchufado el móvil, accedo tranquilamente a leer los correos que la empresa suministradora acaba de enviarme. Y me doy cuenta que la empresa con la que acabo de hablar no es la que yo creía, (con la que mantengo mi contratación desde hace años). Y compruebo que, además de haberles proporcionado todos mis datos bancarios, en ningún mensaje de los que me envían hacen mención alguna al aumento de potencia. Sólo se limitan a detallar detenidamente la cuenta y el destinatario del cobro de la nuevas facturas a remitir a mi cargo. Las prisas y mi nerviosismo fueron la causa de que yo llamara a otra compañía. En menesteres en los que uno se encuentra muy apurado, la competencia es perversa, y a la caza está de clientes incautos.

Lo peor vino después. Inmediatamente, al comprobar mi error, llamo de nuevo a la empresa fantasma para decirle que quiero ejercer mi derecho de desistimiento a la contratación realizada hace tan sólo unos minutos. No me es posible. Me responde una melodía horrible e interminable. Si antes su diligencia para atender mi nueva contratación fue excelente, ahora para darme de baja, la espera se me hace más larga que un día sin pan. El disco rayado no cesa: Manténgase a la espera... Manténgase a la espera. Y así hasta la enésima vez. La callada por respuesta entre músicas interminables y agotadoras. Por fin, tras largas esperas escuchando una y otra vez, la misma cantinela desesperante Manténgase a la espera, consigo hablar con un hombre que insiste e insiste, que me advierte, me reprende y no comprende ¿Cómo se atreve usted a desperdiciar la ocasión de concertar con otros lo que nosotros le ofrecemos a mitad de precio? ¿Acaso usted prefiere pagar más dinero por servicios de peor calidad? Ni siquiera deja que me disculpe, que todo ha sido una equivocación por mi parte: Yo creía... No me deja hablar. Este hombre, entre robot e implacable mole, no se apea de su argumento. Por más que le ruego que desista, no para de comerme la oreja. Y dale con la burra al trigo -le replico cabreado. Prefiero dilapidar toda mi fortuna, antes que seguir aguantando su impertinencia. Este hombre lo único que pretende es aburrirme para que no me desdiga del contrato que erróneamente convine con ellos. Colgué pues para no seguir oyendo las desgracias que este señor me aventura con la interminable ristra de trámites y papeleo que he de llevar a cabo si me desvinculo de ellos, no sin antes decirle con voz firme y decidida: La ley me reconoce el derecho de anular mi consentimiento. Adiós muy buenas, nos vemos en el juzgado.

Al día siguiente recibo un correo de la avispada comercializadora: Nos ponemos en contacto con usted para decirle que su solicitud de desistimiento ha sido aceptada. Estamos encantados de haberle atendido. Estamos a su disposición para ayudarle en lo que necesites.

Lo que más me jode de esta historia es tener que ponerse borde para que a uno le hagan caso. Y es que bien lo dice el refrán: El que no llora, no mama.