martes, 5 de octubre de 2021

El enigma de la escritura

 


A veces ni él mismo entiende lo que sus torcidos e inconscientes dedos escriben. Y vuelve a la tierra de sus letras por ver si éstas, ya de él emancipadas, le desvelaran lo que quisieron decirle. Odia el escritor los simbolismos, las banderas y los crucifijos, esa relación entre significante y significado, siempre a medio camino entre la realidad y sus analogías, la insuficiencia del rito. El espejo nunca es imagen de la fuente de su origen. La terca opacidad de la escritura.

Hay quienes tienen por costumbre no leer sus escritos. Él no consigue librarse de ellos, siempre regresa a ellos tratando de aclarar sus sombras, escapar de sus dudas, dar con lo que escribir nunca supo. Un borrón ilegible. Soy lo que escribo –dice ostentoso. Será por eso que siempre vuelve a sus manuscritos, por ver si de una vez consiguiera salir de su ignorancia, limitaciones y yerros.

El Minotauro, por ejemplo, es un tema por él repetido. El minotauro es su daimonium, el animal a él asignado por las fuerzas ocultas del destino. Servirse de los mitos denota poca imaginación. Un déjà vu. Escribir es otra cosa, más bien es salir de sí, construir otra realidad, que con la que vivimos y soportamos, ¡bastante tenemos!

Perdido por el laberinto de sus letras oscuras, el que escribe se identifica y consuela con este bicho, mitad humanidad y mitad fiereza. Y se dirige a él victimizándose, para entre los dos aunar fuerzas y así poder escapar de sus comunes incertidumbres y extravíos. Pero es inútil. Sus textos tienen ojos de pescado, cristales convexos que nunca dicen lo que sienten.

Aquellos nostálgicos que predican que las letras nos libran de las cadenas, que refuerzan nuestra humanidad y compromiso, tal vez no sean sino sacerdotes de un dios inexistente.

viernes, 1 de octubre de 2021

Piano en off




Junto a la pared anónima de un pequeño estudio solitario, un túmulo callado y unos íntimos cuadernos por escribir se erigen escoltados por una estantería de libros muertos, tonterías y suvenires. ¿Cuál será la melodía de este piano opaco y estas libretas abiertas como pantanos en busca de tierras que regar?

Muñecas de trapo, cerámicas, carpetas, relojes sin latidos, un espejo indefinido, partituras imposibles de ser interpretadas acompañan en silencio a este Samick de brazos caídos, pulimentado en negro plañidero. De su cajón oscuro y vacío un trébol de cuatro hojas quiere salir fuera. ¿Qué culpa tendrá el minotauro haber sido concebido por un rey avaro, una reina tonta y una vaca de madera?

Algo nuevo, un motivo, resonancia y cuerda alas debieran dar a la gandula inspiración torpe y desentonada, muda y triste, moralizante y ñoña de quien frente a un piano y a un ordenador desenchufado se desgañita inútilmente por escribir el sursum corda de unas letras esquivas y componer el más bello cantar. Pero, como las golondrinas de Bécquer contra los cristales rotos de una imaginación pseudo-romántica y fría, ¡esas no volverán!

Y que la música de tal creación, lluvia friki de un mayo baboso, humedeciera, brotar hiciera de luces, colores y estrellas el verde de este gris-desierto en el que se consume sin esperanza un monstruo amordazado entre las cuatro paredes de un laberinto en blanco y negro que se alimenta de un ayer recluido, inconcluso, en bancarrota y en otoño permanente.

Que un piano se hizo para tocar y no para deshojar la rosa del El principito o seguir apoltronado y callado en los sótanos que un rey allá en Creta construyera para ocultar sus cuernos vergonzosos. Y que los dedos sordos, contradictorios e ignorantes de esta bestia acorralada, mitad ángel y mitad diablo, fueran la sonata auxiliadora y matutina que despertara al sol de sus cenizas, arias como volcanes, y que le hiciesen entonar al monstruo sumiso y derrotado del hijo de Pasifae, cual la Norma de Bellini: In mia mano alfin tu sei.

miércoles, 29 de septiembre de 2021

Más allá de Dios


Dios pudo haber sido más cuidadoso en la creación del mundo, y no dejarlo como lo dejó, con esos agujeros de magma, allá en Cumbre Vieja, por donde se escapan los sueños de toda una vida. Y en lugar de emplear sólo siete días, y a destajo, para su conclusión… ¡Pues que se hubiese tomado todo el tiempo que precisara, para eso era inmortal y tenía toda la eternidad por delante y a sus anchas!
Dios es inexplicable. Y sin pretensión alguna de sentar cátedra, para aquellos que consideraron o no que fue una vulgar ocurrencia expresarme de la anterior guisa, lean algunos de los epigramas de Johannes Angelus Silesius:
Dios es una pura nada, no lo toca ningún aquí ni ahora: cuanto más buscas asirlo, más Él se te sustrae.
Debo marchar aun más allá de Dios, hacia un desierto.
La rosa es sin porqué, florece porque florece.
(El peregrino. Angelus Silesius. 1624-1677)
Por tanto, a quienes acerca del deus abscónditus opinaron de un modo u otro, nada pues tengo que decir; sólo darles las gracias.


jueves, 23 de septiembre de 2021

En las cumbres el día es hermoso

 



El firmamento será siempre azul
y la Tierra reverdecerá en primavera.
Pero tú, hombre, ¿cuánto vivirás?
¡No tienes ni un siglo para gozar
de todas las vanidades putrefactas
de esta Tierra!
(Li-Tai-Po. Poeta chino. 701-762 d. C.)

Ante la erupción del volcán de Cumbre Vieja conmovido estoy por tanto terror y a la vez tanta belleza. También estoy avergonzado por la calma consentida que estas escenas me producen. No sabía yo que la belleza explosionada y el estallido de una montaña en llamas pudiera causar tanto dolor, vacío, admiración y sometimiento frente al poderío imparable de la naturaleza. Jamás hubiese sospechado ver en un infierno imágenes tan sabias como hermosas. Las bocas de lava, cual Leviatán antediluviano, me dicen cuan insignificante es el ser humano frente a la inmensidad del universo. Y así como cualquier otro infortunio ocasionado por otras fuerzas ajenas a la Tierra, (las guerras, el poder, la avaricia, la insensatez humana…) me encabrita y rebela, estos desmanes geológicos en cambio, aplanado me dejan por su irremediabilidad física. Y descubro dentro de mí un amor excepcional por este nuestro planeta que grita y llora. Y me veo a mí mismo como aquellos otros terrícolas de la edad de piedra, cuando ante tales accidentes cosmogónicos, desvalidos suplicaban, (no sé a quién), protección y ayuda. Y en medio de tantos temblores y turbulencia, danas y coladas, asolamiento, destrucción y columnas de fuego, cual los primeros habitantes del planeta, me siento espectador en éxtasis escuchando el latir de la tierra. ¡Y qué arrogancia y aberración la mía haberme creído ser parte insustituible del universo! Perdido me hallo en medio de una galaxia en expansión continua. 

Y me viene a la memoria aquella frase que Mahler añadió a su partitura La canción de la tierra. El compositor, como se sabe, aquejado por la muerte de su hija, infunde todo su dolor en su música, un dolor que al final de su novena sinfonía se hace esperanzador, dulce y relajado: En las cumbres el día es hermoso.

lunes, 20 de septiembre de 2021

Yo no soy la del espejo




Nada de original y extraordinario había en lo que Aurora me contó. Durante los años de mi profesión, varias veces he tenido que tratar este trastorno de enajenación. Serpientes bicéfalas, confundidas, que no saben a cuál de sus dos mentes hacer caso.

Lo peor que le pudo pasar a Aurora no es que aquella mañana no se viera en el espejo del aseo. Eso ya le había ocurrido en otra ocasión. Lo más grave, según ella me dijo, es que esta vez, la imagen que en el cristal se reflejaba no era la de ella, pertenecía a otra mujer. Y no sólo sucedió aquella mañana, sino que a partir de entonces, cuando se asomaba al espejo, siempre era la misma persona con quien allí Aurora se encontraba.
¿Quién es en realidad esa persona que no soy yo? Doctor, ayúdeme a dar con este sujeto-okupa. Sufro mucho. Si no doy con ella, le juro que estoy dispuesta a cometer un crimen, a deshacerme de ella sea como sea.
Aurora tiene en su haber una incógnita que despejar. Quiere saber quién es esa otra persona que se le ha metido con tan mala uva entre ceja y ceja, y que la pone a parir. Aurora no la aguanta. Y además se siente avergonzada por ese odio injustificado e inconmensurable que siente.
Sé que no soy esa que se me aparece en el espejo, no la conozco de nada. ¿Qué hay dentro de mí para sentir tanta aversión? Hago lo posible por quitarme esa fijación, pero no hay manera. Esa mujer me está robando el alma.
Aurora es mujer voluntariosa, tiene muy bien ajustado su nivel de autoestima. Está dispuesta a trabajarse para quitarse de encima este extrañamiento que la despoja de su propia esencia. Yo espero que lo consiga. Otros, en situaciones más graves, superaron esta enajenación, esta locura. Trato de ayudarla para que encuentre a esa inquilina, su doble transportado, que habita dentro de ella y que se ha convertido en su peor enemiga.

Aurora tendrá que poner nombre, descubrir, cuales son los aspectos, los detalles que más le repelen de la persona que ocupa su lugar en el espejo. Luego deberá reforzar su identidad, reconocerse, reafirmarse como individuo diferenciado, aceptarse, quererse... Para así por fin librarse de esa repugnante intrusa.

El hijo de Aurora acaba de llamarme por teléfono:
Hemos encontrado a mi madre muerta en el suelo, frente al espejo del cuarto de baño, en medio de un charco de sangre.
Estoy en el aseo. Necesito refrescarme la cara para quitarme de encima la asfixia que me ha producido esta noticia. ¿Y qué es lo que veo en el espejo que hay encima del lavabo? En mi lugar encuentro la cara de Aurora.

jueves, 16 de septiembre de 2021

Ginés Pagán



Me entero que ha muerto Ginés Pagán, el cura de la Garapacha. Y me viene al recuerdo aquella ventana abierta en medio de un patio oscuro, allá por la segunda mitad del siglo pasado. Su cuarto estaba enfrente del mío, una planta más abajo. Desde mi ventana yo veía la suya iluminada. Ginés, muy avanzada la noche, con sus codos hincados sobre la mesa de estudio y sus dos manos en las sienes, absorto, parece el pensador de Rodín. Consulta, rumia libros, subraya apuntes en actitud detenida y hambrienta. Era bueno y muy inteligente. Yo envidiaba, no sólo su listeza, sino su modesta y eterna sonrisa, su agradable compañía. Nunca hacía aspavientos de su saber. De ahí tal vez mi admiración.

Signos de los tiempos llamábamos a esa nueva conciencia y sacudida que empezaba a expandirse como el viento húmedo que precede a la lluvia anhelada y que hace crecer con fuerza el trigo. En Barcelona, Bilbao, Madrid y otras ciudades españolas, se sucedían manifestaciones pidiendo la libertad sindical. De vez en cuando, Pagán nos hablaba del cambio, que irresistible se abría paso frente a la intolerancia y un ejército de ultramontanos que se oponía a todo tipo de modernización dentro de la iglesia católica. Ginés tenía la generosidad de recopilar aquellas reflexiones y textos innovadores. Nos los hacía llegar para alimentar así nuestra esperanza de ver un cielo y una tierra nueva. (Apocalipsis 21:1)

Como homenaje a su memoria tan sólo me referiré a un hecho del que Ginés Pagán fue sustancial protagonista. Reconozco no ser buen recopilador de historias. Los detalles se me olvidan, pero el eco-impacto de aquel acontecimiento, como el Big Bang, siempre llega a mí sentir, como las olas del mar que no dejan de sonar día y noche. Era la primera acción en la que yo participaba solidariamente por una reivindicación justa. Aquel año (1965) en el que las revueltas obreras eran sofocadas por la dictadura, y estudiantes y trabajadores detenidos, en el Seminario Mayor de Murcia, (aunque parezca mentira), tenía lugar una inolvidable huelga, una insurrección en toda regla.

Se avecinaban tiempos de aggiornamento. Un profesor mayor y desfasado imparte su asignatura ante un alumnado insatisfecho. Ginés Pagán respetuosamente se pone de pie y rebate con fundamento teológico las enseñanzas inmovilistas del catedrático. El profesor, escandalizado, al terminar la clase, denuncia ante el rector del seminario el rebelde comportamiento de tan insolente discípulo. Exige un correctivo como Dios manda. Inmediatamente el rector convoca a todos los seminaristas en la capilla. Desde el altar mayor sentencia: Desde este mismo momento Ginés Pagán Lajara acaba de ser expulsado del Seminario.

Las historias emocionantes subliman o desvirtúan mi sentido de lo real. Y como mi retentiva flaquea, para no errar el blanco, pido ayuda a un compañero para que me refresque aquel ayer reivindicativo:

Quien ahora pormenoriza lo sucedido es Juan Abenza, un viejo condiscípulo a quien recurro para que homologue y verifique mi recuerdo en la reconstrucción de aquel incidente:

La consigna corrió de banco en banco con susurros más leves que el vuelo de una mosca: "Huelga de silencio hasta que el asunto no se resuelva". Durante toda la cena sólo se oyó el golpeteo habitual de tenedores, cuchillos y cucharas al rozarse con los platos. El silencio continuó durante el recreo de la noche hasta la hora de recogerse en las habitaciones.

A la mañana siguiente, acudimos a la capilla. Comenzó la misa, desarrollándose de forma habitual hasta el rezo del padrenuestro. Al llegar a la frase "así en la tierra como en el cielo", Antonio López Baeza, hombre sensible y poeta de gran hondura mística, se vio presa de un ataque de histeria a consecuencia de aquel ambiente de tensión. Y comenzó a gritar con voces distorsionadas: "¡así en la tierra como en el cielo!, ¡así en la tierra como en el cielo! La huelga de silencio continuó.
 
A media mañana nos anunciaron que el asunto estaba resuelto y que Ginés Pagán regresaría de nuevo al seminario.
Ha pasado de aquello la tira de años. De los que participaron en aquellos hechos, unos siguen en la institución, otros se dieron de baja. A todos ellos mi respeto y, sobre todo, a Ginés Pagán mi reconocimiento por su valentía en defender sus ideas frente a la tiranía de los dogmas engañosos, en unos tiempos convulsos en los que protestar era cosa de héroes.

Luego los historiadores del tardofranquismo hablarán con razón de la importancia de los movimientos renovadores de la iglesia en la conquista de las libertades en nuestro país. Lo mismo quisiera yo que, también mañana, hablen así de los clérigos de hoy. Aunque a mí ya nada me vaya en ello.

lunes, 13 de septiembre de 2021

La semilla de Onán



Si el amor es ciego, da lo mismo amar a Maritornes, a Beatriz o a Dulcinea, aquella virtuosa dama de sin par y sin igual belleza de la que hablara don Quijote. Y su lascivia no le viene a Onán de unas piernas-cariátide, unas sinuosas caderas, cuello de cisne, labios ardientes, pechos explosivos, piel melocotón… La bodega de la ambrosía del segundo hijo de Judá es su irrefrenable codicia, un amor cortés que pierde aceite, sin más molla ni trasfondo.

No es la voz seductora de Tamara, sus manos de nácar, su mirada transgresora, sus movimientos ondulantes, la soledad in crescendo de una viudez privada de hijos, abocada a la pobreza y al desprecio, la que empuja a Onán a yacer con la mujer de su hermano muerto, hace tan sólo unos días, envenenado por una serpiente; es sólo su propio amor centrípeto, sin recorrido, sin fruto, contrario a la ley del levirato. El donjuán amante de Tamara se resiste a dejar descendencia, a ser la semilla de su hermano. Y como un gato juega con un ratón hasta descuartizarlo, para luego no comérselo y dejarlo abandonado a la voracidad de las hormigas, así Onán se desentiende del eterno femenino de Tamara para congraciarse en sus fatuas berreas de cérvido eunuco, semilla desenterrada, arrojada al cubo de la basura.

¿A quien ama un hombre cuando se enamora de una mujer, sino a sí mismo? A Onán, más que el mutuo placer en sí, lo que le interesa es no dar hijo alguno a Tamara para quedarse con la primogenitura de su difunto hermano.

El amor, aunque parezca que viene de fuera, provocado por la hermosura inocente, limpia y jugosa de la mejor manzana del Edén, en realidad nace del fondo de su egoísmo. Calixto no puede seguir vivo sin el beso de Melibea. Y es que el amor cuando nos revela su grandeza, ya es tarde. Los amantes de Teruel, hace ya la tira de años que ambos de la mano andan sepultados en su Mausoleo.

Y así fue también, tanto Onán como Narciso, que los dos murieron ahogados en las aguas de su propio espejo. (Gn 38.8)

martes, 7 de septiembre de 2021

Palmira no me quiere


Sucedió una tarde estúpida. El pétalo de una margarita dice al joven Simón que Palmira, la hija del tonelero de la ciudad, no me quiere. Y hoy, después de 25 años, el muchacho de ayer, hoy convertido en alcancía y consumo, encuentra prensada entre las páginas de un libro, (Rojo y negro de Stendhal), la corola disecada de aquella flor desagradecida. El hallazgo fortuito de esta bella estampa estilizada y su amarga melancolía endurecen más aún los callos de su pesimismo. Simón reflexiona acerca de la decrepitud del tiempo, la inutilidad de los días vividos sin el amor de su juventud recién estrenada. Aquel no de Palmira, convirtió a este hombre en un desesperanzado escéptico. Duda de la bondad del amor. El amor para él es como la ley de Murphy (si algo malo puede pasar, pasará).

Los pensamientos le vienen, arremolinados, sin orden ni concierto, cavilaciones no sujetas al mandato de la lógica. Simón siempre creyó que regulaba su razón, que gobernaba cada uno de sus actos; pero no es así. Es su desmadrado saber, faro y guía de su mala suerte. Las cartas del amor no le vinieron bien dadas. Ya en su primera partida le dieron calabazas.

Por ello tal vez, esta mañana enmarañada de un otoño a destiempo, y avivado por aquel mal recuerdo de despecho, Simón amanece un poco poeta. Se siente solo. Es un cínico, duda de todas las bondades que le rodean: casa, familia, y hasta de su gato de compañía. Tal vez su cinismo lo haya heredado de esta sociedad sin referentes en la que vive. La gente ya no se enamora, viven juntos... y punto. Hasta enamorarse está mal visto, si no que se lo digan al obispo de Solsona del que dicen que está poseído por el diablo porque anda en amores con una feligresa.

¿Será que el mundo ha dejado de tocar la última melodía que en su violín guardaba? Son tantas las batallas a pelear en este agónico y convulso mundo, que el planeta anda sin barrer. Ya se pueden morir de asfixia tóxica todos los delfines del océano, derretirse los polos de la tierra, crecer de nuevo los bigotes del tirano… que nadie dará un palo al agua. Ya no quedan causas nobles, ni brigadas internacionales en las que alistarse. Medusa convirtió en piedra corazones y conciencias.

Simón vuelve al libro de Stendhal: coge la flor. Se le deshace entre las manos. Ya no huele a rosas ni a lavanda. Anda el antiguo verde de aquel pétalo, fosilizado, sin que un sol le haga hervir de gozo las meninges.

Antes el amor se llamaba amor. Hoy lo llaman cualquier cosa. Hasta el amor que ayer mismo era un misterio lleno de sorpresas, hoy yace tirado en el suelo sobre un jergón de garrapatas en aquel cuadro La nihilista que Paul Wermart pintara allá por el año 1882.



martes, 31 de agosto de 2021

La puerta que nunca abrimos


Las pisadas resuenan en la memoria
Bajo el paso que nunca dimos,
Hacia la puerta que nunca abrimos
En el jardín de las rosas.

(T. S. Eliot Elliot. Cuatro cuartetos)
Bien, basta ya de ponernos trascendentales. Que si la palabra cargada de futuro, que si es llave, vida y conocimiento… Seamos sinceros. Hablemos ya de una vez del no-poder de la palabra. Se ha dicho que la palabra mueve montañas, que derriba barreras, pacifica, hermana hombres y mujeres, que es puerta y ventana, lengua del alma… Palabras, palabras, habladurías... La palabra es prisionera de ella misma.

Me lamento de la imprecisión y facundia de quien escribe. Cuanto más éste rebusca y embellece sus palabras, más afeadas las encuentro. Menos ajustadas, según el decir irrealizable de Flaubert. En lugar de ser sorprendido con temas de enjundia, asuntos que levanten ampollas, testimonios que me hagan saltar del cómodo sillón en el que cabeceo mi vivir degenerativo, más frustrado me veo. Cuanto más se esfuerza el escritor por deleitarme con la sonoridad amorfa de su decir engolado, más solo y vacío me siento. Cansado estoy de mis oídos, acúfenos enmudecidos por cacofonías sobradas, que si la nieve es blanca, que si el sol sale por allí, la luna por acá, que si el curso natural de los ríos y su sabido desembocar en un mar esperado e indiferente. Quería el escritor con su hacer creativo, divergente y hasta iconoclasta convencerme que su palabra, una vez dicha, deja de ser ella misma para convertirse en lo que dice. ¡Vamos! lo del gato Schrödinger, que el misino estaba vivo y muerto al mismo tiempo. Quiere el escritor que yo sea el coro de su tragedia griega, parte interesada, protagonista, personaje imprescindible de las historias que se inventa. ¡Patrañas!

Quien sea capaz de decir cosas como aquellas que dijera Cortázar una puerta de ópalo y diamante desde la cual se empieza a ser eso que verdaderamente se es y que no se quiere y no se sabe y no se puede ser, es que no sabe lo que dice o no dice lo que sabe o es que sabe un mogollón, como es el caso del autor de Rayuela.

Las palabras, nada más salir de nuestra su boca, se convierten en humo. Tirar quisiera yo ahora del mantel de mis lecturas, y mandar a hacer leches el mito aquel que dice que Prometeo le robó a Zeus el fuego creador de su verbo. Esta mañana desayuno ostras con granada y cava; pero el maldito molusco, palabra-puerta-cerrada, se resiste a ser abierto. Yo hubiese querido, con sólo leer la palabra amor, haberme corrido de placer, sentir en mi carne la herida del ruiseñor de Óscar Wilde, degustar el interior de esta jugosa almeja que ni siquiera me han servido en el almuerzo.

¿Y qué decir de aquellos que viven de la palabra? Políticos, curas y abogados, noveleros... La palabra ni los vive, ni los regenera. Y de nuevo viene Cortázar con su hablar mágico, surrealista a darme o quitarme la razón, que no lo sé: No podré renunciar jamás al sentimiento de que ahí, pegado a mi cara, entrelazado en mis dedos, hay como una deslumbrante explosión hacia la luz, irrupción de mí hacia lo otro o de lo otro en mí, algo infinitamente cristalino que podría cuajar y resolverse en luz total sin tiempo ni espacio.

Y es que a mí me pasa lo que en el juego del ahorcado: nunca llegaré a completar la palabra que a leer me fue dada. Siempre acabo colgado de su soga.

miércoles, 25 de agosto de 2021

Lágrimas verdes

 


De lo que le aconteció a Flori aquel día de calores insoportables en el que Messi rompió a llorar a cántaros en su despedida del Barsa.
Mundo loco. Calores que matan, o la verdad por un tubo caleidoscópico. Flori lleva un tiempo en el que las coordenadas de la lógica se le superponen en el cerebro de su particular manicomio, y no atina a saber si ahora es antes, después o nunca; o si lo que cuenta es real o soñado. Pero entre estas letras y ella no hay trampa ni cartón. Otra cosa es que esta entrada responda o no a la verdad de los quereres y decires de este hagiógrafo de pacotilla. La verdad infundida es por el ministerio interesado del morbo, la rentabilidad de la mentira más creíble.

Flori trabaja a tiempo parcial limpiando las letrinas del Camp-Nou. Ella ni siquiera está segura de ser azulgrana. Nació siendo del Barsa, o tal vez su alma fuera culé antes de ser engendrada. Lo único cierto es que su madre la parió en la cárcel de mujeres de Alcalá de Henares. Luego, en cuanto salió del trullo quiso pasarse al púrpura trapicheo de los billetes verdes, y casi se la come un venado, al intentar alquilar sus nalgas por una misión noble. Y en su particular esquizo-sesera hoy cuece al mismo tiempo causas pías e indecentes, un tofu para dar de comer a su amante, un inmigrante que vino por el mar turbio desde los cielos famélicos de Bangladesh.

¿A quién engañaría la muchacha si dijera que sus palabras no huelen a garbanzos requemados, y que los huevos que puso a cocer en el cazo reventaron, y que toda la casa okupa de Lavapiés en la que vive con su negro huele a podrido? Ella también cuenta que el otro día vio a Messi en una rueda de prensa. Y quedó prendada de sus lágrimas verdes, de sus ojos escurridizos, esas aceitunas dulces, rellenas, a reventar de binladens a 500 pavos la pieza. ¿Y sus pies? Más rápidos que los de Ulises en busca de la pasta gansa. El quiebre de sus caderas. Su infinitesimal regate. Ella dice que Lionel al terminar la rueda de prensa fue al aseo donde ella pasaba la bayeta a los lingotes de oro de la grifería del baño, que la cogió de la cintura y le dijo: ¡Movámonos, nena, hagamos el ocho infinito con nuestros cuerpos! Luego, si hicieron el amor, ella no se acuerda. Pero es tan fuerte lo que por el crack futbolero siente, que se inventaría un sueño así, al igual que aquel otro cuerdo-loco de la Mancha se sacó de la manga su virtuosísima Dulcinea.

Flori volvió en sí. Lionel por supuesto allí no estaba, ni en las duchas, ni en el aroma a linimento de su atrofiada mente pituitaria. De nuevo me ha engañado el sueño, -exclamó toda desilusionada. Y siguió con su tarea. Y al ir a limpiar la tapadera del váter, ¡bendita casualidad! se encontró el pañuelo empapado de las lágrimas verdes con el que Messi secó su reptiliano y bursátil llanto.

Ella no deja de abrazar al bengalí, al tiempo que le dice:
 ¿Por qué no sacamos a la reventa entre los socios del club el moquero del argentino?
Su novio dice ahora a su amantísima Flor:
Mi amor, te estás volviendo loca.
Luego lo que sigue de esta entrada, ya lo dijo en su día la retorcida prensa:
Limpiadora de la sede del Club de Fútbol Barcelona se hace con el kleenex con el que Messi enjugó sus lágrimas en su despedida. Una de las plataformas más prestigiosas de la red ha puesto a subasta el célebre pañuelo de papel. Se sabe que un laboratorio médico ha llegado a pagar un millón de dólares. Su intención es utilizar su valor de clonación para…


domingo, 22 de agosto de 2021

Es hora de partir

 


Si él estuviera muerto y la viera ahora bajar los escalones del porche de la casa, sus ojos se le abrirían de alegría como dos palomas salidas de sus jaulas. Un esguince mal curado la obliga a inclinar su cuerpo, como si su carga hubiese sido mal colocada sobre la bodega de su espalda cansada. El barco de su cuerpo, a pesar de haber sido repintado y calafateado un millón de veces, él lo reconoce al instante. Ella se dirige al gallinero. Piensa hacer para la cena zarangollo de calabaza.

Y la descubre ahora como aquella vez, que jugó con ella a ver quién llegaba antes al espigón del pequeño puerto de santa Lucía. Entonces sus cuerpos volaban desde el castillo de los patos hacia la lonja del pescado, en busca de la mejor fritura, salmonetes, chipirones, boquerones, todos ellos ejemplares muy pequeñitos para ser degustado en su totalidad con la fruición que sólo sabe el deseo. Luego, frente al mar, recostados sobre un montón de redes apiladas, amodorraban sus tibios cuerpos eterizados por el fresco olor a espuma, a cebo y barca, a sexo y coral rosado. Ella con su guitarra, y él con su flauta, al ritmo de las olas, cantaban nanas a los peces de La Algameca.

Hace ya más de cuarenta años desde que los dos se vieran, al salir ella de Santa María la Vieja de una asamblea obrera. La luna sudaba amor en el muelle. Él escucha en la cama (era ya de más de media noche) a Víctor Jara, aquel músico al que le cortaron la lengua y sus dedos para que no pudiera cantar ni tocar la guitarra: La sonrisa ancha / La lluvia en el pelo / No importaba nada / Ibas a encontrarte con… Llamaron a la puerta. Era la luna llena con sus alas de plata la que subiendo por el callejón de la Concepción llegó hasta el balcón de su casa.

Hoy su cuerpo como el barco de Teseo ha sido reparado ya muchas veces, de tal manera que aquellos que antes la conocieron, si se la encontraran ahora, dirían que no es ella misma. Para él es la de siempre, la de antes. La amiga de los mineros, de los gorriones y de las trece rosas. Lleva las mismas sandalias de cuero. Peina melena revoloteada de azabache intenso, recogida con una cinta color púrpura. Y aunque ahora calce zapatillas, vista delantal a cuadro, y su pelo como la nieve revolotee por su cabeza (aun de niña traviesa), no ha cambiado nada. Ha sido operada del menisco, pero sus piernas todavía vuelan. Él sigue pensando, al igual que aquel poeta de Buenos Aires, que quiere una mujer que vuele, que le abrace con sus piernas de pluma, y que le haga ver las nubes y las estrellas.

Desde donde él está, tras el cristal ahumado de sus ojos de tierra, no sabría a dónde la mujer camina. Balancea sus brazos como péndulos de un reloj de pared al que le quedan no sabe cuánta cuerda. Él, desde hace mucho, anda sin marcar la hora. Confunde los tiempos y los modos, los vivos con los muertos. Vive y sólo ya conjuga el modo infinitivo. Y al rato la ve de nuevo pasar con una calabaza y dos huevos que ha cogido del gallinero. Sabe la cena que le aguarda, zarangollo, medio vaso de vino y una buena rebanada de pan para rebañar el aceite. Y de postre, un pastel de calabaza.

Ahora la ve pasar de una estancia a otra como si buscara algo que no encuentra. Se detiene frente a la repisa de la cocina del salón, como esa embarcación anclada en el varadero para ser reparada. Parece como si  buscara algo que le faltara para seguir navegando. Echa mano a la flauta de madera con la que el marido tras la jornada se despedía del día. La música, el mejor responso, la mejor respuesta-recambio a las dudas de la vida. Y escucha la mujer salir de los agujeros de la flauta dulce aquella canción con la que el marido decía adiós al tren de la tarde: Es hora de partir y de decirnos el adiós...

martes, 17 de agosto de 2021

Con el tiempo y una caña



Resaca por los pinchos morunos y las patatas con ajo de anoche. Cena en familia. Carrasperas y retorcijones de barriga. Espoleado por los calores pegajosos de la noche, te echas en los brazos del amanecer, por ver si la brisa tenue del alba aliviara tus sudores nocturnos y tu garganta irritada…, y así digerir mejor lo que por el claror brumoso del levante vislumbras para este día. Te restriegas los ojos. Miras a tu alrededor, y le dices con voz desperezada al rosal que te cuente sus espinas. Una copa transparente de flores mustias y por las avispas carcomida es lo que de mí puedo decirte. Los tuyos duermen. La buganvilla arquea reverenciosa tus pasos hacia gallinero. Viertes aquí las pocas sobras del festín de la víspera, que traes en el negro cubo de los desperdicios. El jazminero te da los buenos días con su blanco aroma aún adormecido.

Después de pasar por alto el plantío de los pepinos, aquejados por manchas chamuscadas y amarillas, sigues el camino que te indican los enhiestos cipreses. Escuchas sus gemidos. Lloran la muerte de aquel ciervo de cuernos hermosos y brillantes que cuenta Ovidio en sus Metamorfosis. Desde entonces se volvieron lastimeros. Llegas al terreno de las calabazas. Sus hojas lánguidas, llorosas y caídas te piden limosna. Con el mismo cubo de la basura coges agua del bidón. Socorres sus palmas suplicantes, cual si tú fueras la misma Samaritana del Guercino del Thyssen-Bornemisza. Las avispas duermen perezosas en la cavidad de las tejas del alero de la barbacoa, apiñadas y felices. Tan sólo hace dos días, una de ellas, la más oliscona, te mordió en la misma punta de tu nariz ciceroniana. Fuiste a urgencias con tu cara de pan de carrasca. El galeno te confundió con el paisano de Bergerac. Los corticoides del urbason hicieron su milagro hipocrático, quedaste enseguida desembarazado de tu inflamación, restaurado de nuevo, con tu habitual gesto enfurruñado y curiosón. Las avispas tienen memoria. Si vuelves al mismo sitio, volverán a morderte, –te dice la más pequeña de las totaneras. Y añade la muy enterada: las avispas no pican, muerden. Por si acaso, a pesar de ser tú un incrédulo en cuanto al cerebro de estos insectos, (como al de otros tantos voladores de cielos aun más altos), das un rodeo, por si las muy cabronas te embistieran de nuevo.

Haces un respiro en este tu diario de verano agosteño y de calores histérico-históricos. Te detienes ahora en la higuera metabólica. Coges la caña amañada con el arte instrumental heredado de tu abuelo. (Aplastaba él uno de sus extremos, lo abría en forma de trípode. Con una pequeña piedra mantenía abierta sus garras). Tú, ahora, nada más encarar y girar suavemente la caña a tu higo preferido, te adueñas limpiamente del dulce fruto de esta higuera pajarera.

Sales luego por el camino de atrás de regantes. La huerta entera está en trance. Es hora de laudes. Tiempo para la alabanza ecológica y el recato místico. Canta el gallo, y allá por las 25 tahúllas canta también una rana de las pocas que quedan desde que entubaron la acequia Subirana. Te escandalizas al ver dos gatos madrugadores romper con sus maullidos el toque claustral de queda. Corren los felinos tras su frágil presa, un pobre ratón colorao que merodea por los cajones de las palomas del vecino. Paciencia, -les dices-, no os arrebatéis, amigos, con el tiempo y una caña hasta los verdes se alcanzan.

sábado, 14 de agosto de 2021

El verano no es tiempo propicio para la poesía

 


43º a la sombra. El calor abrasador del mediodía recalca la pesadez en su cuerpo. Desplomado como una cornamusa a la que se le sale el alma por los sobacos. Tiene el hombre esparto seco en la boca. Sus pies huelen a estiércol caliente. Apenas se nota el pulso. Sólo tiene fuerzas para alcanzar un par de folios de la mesa.

Siempre que se viene abajo y se deshincha, se pone a sacar de sí, (estrujándose), escurriendo sus sudores, el tedio, sacudiéndose las moscas, aborreciendo el termómetro que le derrite la inspiración. Quiere escribir poesía para airearse, venirse arriba, ¡como si ello fuese lo mismo que hacer un sudoku, beber un trago de cerveza, jugar a las tres en raya o tocar la chirimía!

Alza la vista el hombre de concordancias y metáforas consumido, tratando de sobreponerse. Sus ojos se entusiasman con una palmera que le recibe con sus palmas refrescantes, desplegadas. Precisamente esta misma palmera, hace ya varios años, que el picudo rojo se la merendó de un plumazo. 

E intenta detener con un poema los oros de su reflejo, creando un sol en calma, unos versos-savia, que sinteticen la luz refrigerada. No hay manera. Tan imposible como sacar agua de una piedra. Y cuanto más mira el frescor resplandeciente de la fecundidad de sus uvas humedecidas, menos a la imaginación le viene la dulce brisa de su esplendoroso talle.

Lleva, en medio de este infierno, tirados mil folios al fuego de la canícula. Ninguna estrofa le hace sentir la temperatura ambiente. El mercurio sigue marcando 43 grados a la sombra. No consigue aligerar sus calores. Y ante tal imposibilidad, el incompetente y deshidratado poeta, al acordarse de lo que un día le dijera aquella su amiga de letras que se llevó la Covid a principios de este año, a la prosa se va; pero la poesía llega a ti, no basta con buscarla, aparca al instante la pluma. El verano no es tiempo propicio para las musas. 

miércoles, 11 de agosto de 2021

La belleza no es fácil


Hoy quise que las nubes me dijeran por qué no estaban allí arriba, enamoradas, besando el cielo. Le pregunté también al viento por qué corría tras no sé de qué cosa, o acaso le perseguía la nada de su muerte quieta. Miré luego por las inmediaciones del valle del Guadalentín al sol tórrido y a las holgazanas piedras, los dos tumbados a la sombra de la torre de un castillo en ruina. Que me dijeran, les dije, lo que sus ojos dormidos veían. Ninguno de ellos, tan haraganeados estaban en lo que no hacían, abrió sus bocas. Un viejo río de fango con su sordo canto acompañaba el sueño de los arraclanes. Le pregunté a los fósiles de los peces soñadores, a sus aguas vacías, a dónde desembocar fueron. Tampoco ellas me dijeron nada.

Dejé de preguntar y preguntarme; y vino entonces a donde yo estaba un pobre y desolado árbol seco, sin hojas, cansado, sediento que se ahogaba. Y ahora era él quien me interpelaba enfurecido: 
Decidme por qué he de morir yo en medio de estos sequerales. 
Y me vino, no sé por qué, aquello que un día dijera Ezra Pound: Partisano, la belleza no es fácil

Luego, sin entender yo mismo lo que decía, le contesté al pino malhumorado: 
La hermosura es tu tristeza.

domingo, 8 de agosto de 2021

Cardo borriquero


La hija está de vacaciones a más de mil kilómetros de la casa materna. Sorprendida por una flor que ha visto por tierras lejanas envía a la madre por wasap una foto: ¡Mamá, mira qué preciosidad!

En el corral, la madre cultiva, desde tiempo inmemorial, estas mismas plantas, unos cardos borriqueros de aspecto grotesco y birrioso, pero que, después de haber sido cosechado el fruto de sus alcachofas, renacen flores exquisitas de un azul intenso y aterciopelado, iguales como las que acaba de enviarle la hija.

La madre se sorprende que la hija, durante todo el tiempo que ha tenido delante de sus narices estas mismas flores, no se haya fijado en ellas: Tiene gracia la cosa -dice la madre-, que mi hija haya tenido que desplazarse hasta la Conchinchina para darse cuenta de lo que junto a ella siempre aquí tuvo… Y remata la madre: A veces uno ha de alejarse de sí, para enterarse de la belleza que a su lado alberga.

martes, 3 de agosto de 2021

Hay libros y libros


Sé que todas las comparaciones son odiosas. Y que todo escrito, cualquiera sea su autoría o su temática tiene su pedigrí, su idiosincrasia. Y lo que para uno es blanco, para otro puede ser negro. La importancia de un libro depende del cristal con el que cada cual lo lee, o también del espejo en el que uno reflejado se ve en lo que allí se cuenta.

Hay libros, que aunque me ilusionan, me divierten, me dicen tantas cosas… Pero no me llevan más allá de lo que dicen. Son en sí tan completos y acabados que me dejan igual que antes. Como esas conferencias que, tras haber dado cuenta el ponente de su magnífica sabiduría, al llegar el turno de preguntas, nadie pide la palabra. El auditorio queda mudo, apabullado. Espanta la elocuencia repleta de tanto brillo que encandila a los presentes. Y al no poder aportar nadie nada de su cosecha, piensa que está de más o que sobra lo que diga, pues todo ya quedó dicho.

La maestra de Educación Infantil le dio a elegir al niño entre una circunferencia y otra igual, a la que sólo le faltaba una pequeña línea para terminar de redondearla. También le dio una ficha donde aparecía una cara con todas sus pertenencias: ojos, cejas, nariz, boca… Y otra, a la que le faltaban los ojos. ¿Cuál de ellas, pensáis vosotros que escogerá el niño?

Hay también otros libros, sin ser tan perfectos y, académicamente, no tan bien escritos, que me resultaron sugerentes, provocadores, abiertos, sin final, espontáneos. Y estimularon de tal manera mi imaginación sutilmente espoleada, que me forzaron, me llevaron a seguir leyendo, subrayando, incluso me impulsaron a escribir a mí también. Al ser tan grande el chorro de pensamientos, insinuaciones, interrogantes… no pude menos, para que mi cabeza no explotara, que sacarlos fuera, como aquel que, tras la tormenta se pone inmediatamente a achicar agua, para no verse desbordado por tal aluvión de agua, y, en mi caso, de ideas, auto alusiones, interrogantes y sugerencias.

La importancia de un libro varía según sea su lector puntual. Depende incluso del estado de ánimo del lector. Libros para el calor y para el frío, para el optimismo y la acedía, para caminar o el reposo... Libros que en otra época pasé de largo, y cuando vuelvo ahora a ellos, me han sabido a gloria.

Y respondiendo a la pregunta de antes: ¿Qué actividad escogería el niño de las sugeridas por su maestra? No lo sé. Pero si yo fuera, elegiría la que me permitiera dar vía libre a mi creatividad. 

Así que nadie se lleve las manos a la cabeza si yo me recreo este verano leyendo Las mil y una noches, ese cuento inacabado, circular e infinito, (según Goytisolo), y que le valió a Sherezade librarse de la muerte a manos de un rey llamado Shariar.

 

sábado, 31 de julio de 2021

El falso anillo de boda



Hasta el sol, que hace brillar de vida a quienes esperáis, pasa de mí. He llegado incluso a dudar de mi existencia. Dicen que un tremendo golpe seco de mi cabeza, contra una de las rocas del fondo del río Sambre, dejó mi cerebro completamente a oscuras. Vago por el ocre incierto de un campo de batalla sembrado de esqueletos. Además de no oír, me pregunto, si tal vez también me habré quedado ciego. No. Los ciegos sois vosotros, que ni siquiera levantáis la mirada para decirme hola, y que cubrís vuestros besos con telas manchadas de culpa. Y si a este ocultamiento vuestro y falsa indiferencia mía, añado la mirada fatídica de una hilandera atropellada y tendida en el suelo, del cuadro que preside esta estancia, y que me mira como si yo fuera ese cuervo incómodo que cabalga a lomos de un caballo exterminador que intenta aplastarla viva... 

Yo diría que el marido de Berta, después de estrangularme con los hilos de la rueca de Paula, fue el que me arrojó al río.

Estoy como en otro plano. Ni aquí, ni allí. En medio, que es lo mismo que decir que no estoy en ningún sitio. ¡Y qué raro! Yo, sordo de nacimiento, que nunca supe entender el lenguaje secreto de las cosas, escucho vuestras conversaciones. Parece como si hubiese recobrado milagrosamente el oído.

Paula le dice a Berta que cuando el marido de ésta última le comunicó lo que había ocurrido, no se lo creía. ¡Imposible, si este fin de semana estuvimos juntos en la casa de la playa! Mi mujer se da cuenta de que tengo los ojos abiertos. Con suma delicadeza se acerca y me cierra los párpados como queriendo evitar mi mirada acusadora.

Repito, los muertos sois vosotros que ignoráis mi estado, que calláis vuestro delito, que hacéis el amor, escondidos bajo la mugre de sábanas ajenas. El forense dijo que la muerte fue por ahogamiento. ¡Mentira! Paula me la pegaba con el marido de Berta. Se deshicieron de mí a conciencia. 

Vivir es un accidente -escucho ahora con total impunidad a mi asesino-, sólo la muerte es eterna. Y acto seguido pasa su mano exculpadora por la frente, cual un otro Arquímedes satisfecho al salir de la bañera. Si pudiera ahora hablar le diría a este hombre, que hasta ayer consideré mi amigo... pero así, estando como estoy, con esta mordaza que me han puesto para que no se me desencaje la mandíbula y no diga a nadie cómo se desarrollaron los hechos, se me hace imposible…, además ¿de qué serviría decirle que lo perdono o que lo maldigo?

Intento sacarme ahora el anillo de boda que llevo puesto. En los doce años de casado, nunca me lo quité ni un momento. Quiero dárselo en recuerdo a mi hija Paulina. Mis manos, estando como están, también paralizadas, no consiguen llegar a las de la pequeña. Será cosa de ir acostumbrándome a esta nueva situación catapléjica. Además, el hinchamiento amoratado de mi dedo anular, no me deja desprenderme de la alianza. En el fondo, me alegro, no sea que a la pequeña le acarreé la misma mala suerte que a sus padres.

Llegan dos hombres vestidos de negro con una mesa de ruedas. Antes de cerrar la caja donde estoy metido, le dicen a Paula que dispone de unos minutos para despedirse de mí. Los de la mutua se retiran por discreción. Siento sobre mi frente un gélido beso descolorido y adúltero. Me dejo ahora llevar por los camilleros a no sé dónde. ¿Qué puedo hacer, si no? Continúo con los ojos cerrados. Paula esquiva mi mirada. Muerto, veo y escucho mucho mejor que cuando estaba vivo. Y tal vez por ello entiendo que soy parte de esta composición macabra que pintara el sarcástico Pieter Bruegel. Ahora estoy más vivo que antes. Aquí, para siempre representado en este museo del Prado, en este jardín escalofriante, donde la muerte acampa victoriosa e implacable, conocedora del secreto que calláis.

miércoles, 28 de julio de 2021

Triste apostasía

 


El doctor Agnus, era una persona optimista, maravillosa, sobre todo antes de que yo lo conociera. Sus clases de Religión y Sociedad, -según palabras de uno de sus antiguos discípulos-, se parecían a una partida de cartas entre colegas cuyas reglas se ceñían a la inspiración, al azar o a la cábala, más que a la lógica de unos silogismos basados en la ciencia. La gracia, el ars docendi, de este catedrático de teología dogmática de la universidad de Salamanca, era la de un torero en tarde de éxitos, ovaciones y orejas. A veces hablaba de Dios con la contundencia de un Oráculo; otras, sumido en un tartamudeo poco convincente, dejaba sin probar sus propias afirmaciones. Eso sí, siempre, pisando la arena de la realidad de un mundo que le fascinaba. Podía sentir el mismo ardor por las enseñanzas del sermón de la montaña, que por la novena sinfonía de Mahler o por una de las verónicas o chicuelinas de Dámaso González.

Mi primer encuentro con el profesor Agnus fue casual. Coincidimos en una visita guiada al Coliseo Romano. Luego quedamos en vernos. Y como nuestros puntos de vistas, lo mismo eran cóncavos que convexos, intimamos sin más, nos sentimos como cómplices necesarios de las mismas dudas.

Su apostasía, por llamar de alguna manera a ese vuelco secular en las creencias de mi amigo, no ocurrió de la noche a la mañana. Yo creo que fue el mismo Dios el que, como a Pablo de Tarso, pero en sentido contrario, tiró del caballo al profesor Agnus. Su caída no fue de golpe. Como las grandes transformaciones individuales e históricas se produjo de manera gradual, insospechada y silenciosa.

Supongo que, a base de alimentar su ateísmo con dosis de responsabilidad y compromiso, llegaría a este convencimiento. Incluso yo diría que su mutación, (conversión a la contra), todavía ha llegado a realizarse del todo. Mi amigo no dispone de la fe suficiente, como para dar por terminado este proceso al que yo llamaría, personal. Sé que ésta palabra no es la que se ajusta mejor a este cambio, cambio que yo preferiría llamar sobrenatural. Y si lo callo es por no soliviantar a mi amigo con conceptos pietistas que le sobrepasan, dado su actual agnosticismo practicante.

Aquel día me extrañó ver a mi amigo más triste, sobre todo desde que tomó la decisión de prescindir de Dios. Antes de que me contara lo de su pérdida de fe, lo encontraba siempre alegre, confiado, cariñoso con todo el mundo, con esa sonrisa beatífica propia de los que tienen todas sus deudas, saldadas; y sus interrogantes, resueltos. Por lo que un día vine a preguntarle por su tristeza sobrevenida. Y esto fue lo que me contestó:

Desde el momento que comprendí que Dios (por definición y debido a su infinita autosuficiencia divina), pasaba de mí, me sentí apenado, no correspondido. Tal vez sea esta la razón de mi tristeza: saber que a Dios yo le importo un comino. No creer resulta más doloroso que la propia alegría de una fe tonificante. ¿Acaso, esos cipreses que ves tú, ahora en tu huerta,  doblarse y suspirar por el cielo esquivo, sabrán de la existencia de Dios?
Y si ahora traigo yo aquí el recuento de mi vieja amistad con este hombre, es porque el mismo profesor Agnus acaba de llamarme para que volvamos a vernos en Roma. Nuestro cometido esta vez será visitar el Panteón de Agripa, (el templo de todos los dioses), para luego celebrar nuestra vieja amistad frente a una lasaña de carne y espinacas en una de las suculentas trattorías del Trastévere.


domingo, 25 de julio de 2021

Una tierra nueva



A tan sólo tres días de aquello que dijiste: soy el lugar que habito, ¡ay cómo deseas ser, ahora, de otro sitio! Permanecer aquí con este viento incendiario, (estos calores que derriten el seso, mi voluntad y las piedras), sólo me acarrearía morir abrasado, desventuras y sequía. En otro lugar, tal vez en otro mundo, en otro pueblo, en otra casa –te lamentas–, encontraría lo que busco: sentirme en paz...

Piensas en otros montes, otros mares, otras brisas, otros verdes, otra tierra que te diera lo que aquí no tienes. Pero, de nuevo vuelves a ser tentado por ese precepto de responsabilidad que de pequeño te inculcaron: debes florecer allí donde has sido plantado. Ese es el problema, that is the question. Y cual otro Hamlet, desbordado por el mar de tus propias dudas, allí donde antes estabas seguro y tranquilo, ahora te sientes un náufrago, un desterrado.

Frente al maldito bochorno de una tarde pegajosa, sin una pizca de aire que avente la paja incrustada en tu carne rejoneada por los alfileres del calor y el aburrimiento, sigues quejándote: Yo no veo, como dice el salmista bíblico, verdes praderas, fuentes tranquilas, ríos de agua viva en los que refrescar mis huesos calcinados… No veo de mis brazos cansados brotar flores, sabrosas cosechas, ni copiosos pastos.

Cavafis bien claro te lo dijo un día de ventiscas y granizo: No hay tierra nueva, amigo, ni mar nuevo, pues la ciudad te seguirá a donde quieras que vayas. Volverás a las mismas calles. La ciudad es siempre la misma. No busques otra, no la hay.

Pero, tú, zahorí confiado en alumbrar agua en un desierto, erre que erre, como Juan el del Apocalipsis, sigues buscando, a la espera de ver aparecer un cielo nuevo y una tierra nueva.

jueves, 22 de julio de 2021

Eres el lugar que habitas


 
Eres el lugar que habitas, este trozo de tierra en la que hoy amaneces. La palmera son tus ojos deleitándote, viendo desde la altura cómo el sol se desgrana en oros y parabienes. Eres el parral que cubre los miedos de tu sombra titubeante y sin nombre. Los espigados ajos de semillas abiertas son el hisopo exorcista de tus sapos y culebras. El nogal son tus manos oferentes, extendidas que, cual la femme au vase de Picasso, agasaja con una copa de vino de nueces, voluntariosa, al visitante. El laurel y el galán son tus pies, cual los de Odiseo, en busca de un destino sembrado de aromas florecidos. Cada uno de los siete naranjos que de azahares endulzan la huerta son los compases de aquella otra melodía que, de tan misteriosa y sublime, resucitó en músicas a Isabela de Oliva. Las calabazas, cantimploras de agua, sacian tu andar peregrino… El orégano y la menta, motor y esencia para tus pulmones astillados. El llanto alegre de los cipreses por las nubes delirantes, la abeja libidinosa y rampante, el rojo encendido del granado, los macheados colores del donpedro triunfante…

De tanto contemplar y querer ser este sublimado y asonantado paisaje, viniste a ser el cuadro que mirabas. De tanto desear lo que no eras dejaste de ser tú mismo. Dejaron de oler las rosas, se extinguió el sabor del hinojo en tus labios insípidos. Tu boca ya no era tu boca, tampoco sentías ya los besos de la mujer amada, tu idílica esposa. Al dejar de ser, viniendo a ser esa riqueza extasiada, tu mirada ya no te pertenecía, no sentía tu alma el calor del suelo que de comer te daba. Dejaste de amar, pues preferiste ser sólo amor absoluto y sobrado.

Embobado y poético de tanto mirar se te nubló, se te vació la vista, dejaste de ser. No se puede repicar las campanas y estar en misa al mismo tiempo. Bueno es dejar que las cosas sean lo que son, a no ser que quieras que ellas ocupen tu lugar, o tú mismo convertirte en la camisa que llevas puesta.

lunes, 19 de julio de 2021

Dolor fusión

 


Se amaban fuertemente. Un mismo dolor les ataba. Como la venda a la herida. Puntos de sutura sobre la carne rajada. Eran un nudo imposible de soltarse. Si la mujer era el llanto; el hombre, el desconsuelo. Ella, la amargura; él, un cristo a su cruz clavado. Los dos, un lazo apretado de luto duelo. Y no era el amor lo que arrastraba a uno a los brazos del otro, era el dolor, un dolor cocido a fuego lento, que fundía el yerro de su debilitada resistencia, para acabar los dos fundidos sobre la parrilla de su propio yacer abatido. Los dos son la misma llaga sangrando a todas horas, hemorragia que cual pila auto recargable se abastece de su interminable tormento.

La pareja había contribuido conjuntamente en aquella involuntaria insensatez que tuvo como desenlace un accidente del que resultó desnucado y parapléjico el hijo. Aquel día, ambos consintieron que el muchacho, aún a pesar de la tormenta, cogiera la moto. A las tres de la tarde de aquel fatídico viernes, tres de abril, la yamaha patinó a causa de la lluvia acumulada en un bache de la carretera que iba al Monte Perdido. Tan sólo con que uno de ellos hubiera dicho: ¡Con el mal tiempo que hace, ni hablar!, aquello no hubiese ocurrido. El hijo no estaría ahora babeando y retorciendo el cuello con sus ojos extraviados como un torpe monigote anclado a su silla de ruedas.

Para librarse de la navaja permanentemente hendida en sus entrañas, pensaron divorciarse. Más difícil hubiera sido entonces, para cada uno de ellos, sobreponerse por separado a su terrible y particular sentimiento. Decidieron, por tanto, aguantar unidos la desgracia, como si el dolor compartido fuese a resultar más liviano.

En la cama unen sus cuerpos, si cabe, con más pasión que antes. El dolor es su yunta. Creían que hacer el amor les reportaría fuerzas para afrontar su cruda realidad. Flor de pasión. Pero cuando los dos, rendidos, terminan de expresarse de mil maneras su ardiente atracción carnal, más desolados y abatidos se hallan. Su tristeza es mayor.

La mujer le dice ahora al hombre:
No hay amor que acabe con nuestro dolor y abatimiento: nos aleja aun más de la felicidad que añoramos.
El hombre, para consolar a su esposa, que no deja de llorar, añade:
De alguna manera, mujer, deberíamos agradecer a esta pena el permanecer juntos en esto. Solos, difícil sería seguir adelante.


viernes, 16 de julio de 2021

Escapar quiso la calabaza



Escapar quiso la calabaza del bancal y de su casa. Anhelaba ser estrella.

Orgullosa se afligía por su condición rastrera. Maldecía ser pulpa tibia amarillenta para hambrientos paladares sin gusto. Desagradecida, apostató de su tierra, madre buena que cama y leche verde le diera. Ambrosía -decía- quiero ser de dioses, emperadores y reinas.

Una noche, sin que el hortelano la viera, trepó la cerca. Llegar a los palacios del cielo y allí, en el Olimpo azul de la montaña, se postraría, inmolándose en cuerpo y alma por sus idolatradas deidades.

La calabaza, tan fuerte sentía el deseo de ofrecerse en dulce pudin divino, que se soñó a sí misma alada y togada, completamente de blanco, cual virgen vestal ungida alimentando el sagrado fuego eterno. Pero al despertar del sueño viose a sí misma estrangulada entre los alambres de la valla. Antes de morir por su enamorada insolencia, tiempo tuvo de exclamar:
¿Por qué, diantre, siempre, la encadenada y triste realidad ha de imponerse a la libre imaginación danzante?

martes, 13 de julio de 2021

Política, ciencia y compromiso

 


Días pasados, Pablo Iglesias impartió una conferencia telemática en la Universidad Complutense de Madrid, dirigida a un grupo de doctorandos, interesados por la asesoría política. Su clase en concreto tenía como título: Relación entre el sistema mediático y el sistema político. El expresidente de Podemos aparecía por primera vez sin su acostumbrada coleta. Su nuevo corte de pelo le confería como otra personalidad, la suya, la de profesor universitario.

Después de leer algunos términos de su intervención que la prensa hizo públicos, de repente, sin saber por qué, me vino la siguiente pregunta: ¿Es la política una ciencia o un compromiso? Este interrogante no tenía nada que ver con el contenido de su disertación. Además, mi duda rezumaba cierta desilusión y despecho. Estaba viciada de inicio. Me sentí desengañado al deducir, tal vez erróneamente, de algunas frases del interviniente, que la política consiste más bien en una táctica que se aprende en una Facultad ad hoc, lo mismo que lo haría un aprendiz de cerámica en su escuela de artes y oficios.

En ocasiones, debo reconocer, que mis comentarios no se corresponden con lo que ojeo o escucho; de ahí mis desaciertos y prejuicios. Y así mis opiniones, al no ajustarse a la lógica de una correcta interpretación de lo que oigo y veo, se convierten en arrebatos, emociones originadas por la amalgama de unas vibraciones extrañas surgidas tal vez del subconsciente o de experiencias mías pasadas no muy bien asimiladas.

Y seguí preguntándome: ¿Estaré yo anclado en un pasado libertario, tiempos aquellos de mis años jóvenes en los que creía que sólo el pueblo debía ser el agente y motor de las grandes transformaciones históricas?

Tanto Marx como Lenin, ninguno de ellos, trabajó como peón. Cierto. Al contrario, lideraban grupos de influencia. Eran vanguardia y élite. Al fin de cuentas es la burguesía la que lleva a cabo las revoluciones. El pueblo demasiado ocupado está por dar de comer a los suyos. Ni su tiempo ni su conciencia, amañada por los medios y los centros de poder, permite a las clases bajas dedicarse a otras tareas, (reuniones, repartir propaganda, crear comités, reorganizar asambleas, preparar mítines, respaldar huelgas...), que no sean su propia subsistencia. Y recuerdo, al hilo de este asunto, aquel cuento de Chejov, (En el campo). Estefanía, mujer cargada de hijos y de miseria le dice a una señora de clase alta, que a ellos, los pobres, no les queda otra, sino robar.

Hoy como ayer me sigue atormentando la misma vieja contradicción: ver cómo la base, (es el término que empleábamos en mis tiempos pre-revolucionarios), sigue puenteada, instrumentalizada. Burros de carga. ¿A dónde habrán ido a parar aquellos mis ideales de emancipación obrera? Nostalgias de viejo.

Y así, cuando oigo decir a Pablo Iglesias que el sentido común de época se configura en los medios de comunicación y que el trabajo del director de comunicación, de un político es identificar los marcos y cambiarlos o modificarlos para adaptarlos al mensaje que quiere dar el dirigente en cuestión, la política me sabe a mera estrategia. ¿O es que acaso los viejos militantes obreros de ayer, armados de valor y generosidad, (más que de ciencia), no se esforzaban por estar presentes en aquellas instituciones, centros de trabajo, barrios, plataformas, medios que, por su significación, consideraban influyentes para conseguir sus objetivos?

Repito me sentí desengañado, no ya por la persona de Pablo Iglesias, sino por el efecto que sus ideas, revueltas con mis antiguos recuerdos y conclusiones apresuradas, me ocasionaron. Y sentí como si el pueblo se apeara de su viejo protagonismo, claudicara, se desentendiera de su compromiso-palanca para transformar la sociedad, delegando sus competencias en unos técnicos diplomados, futuros doctores.

De todos es sabido el actual cariz conservador de algunos espacios de nuestra sociedad en los que la bestia del apocalipsis parece hacerse un hueco. El mismo Pablo Iglesias dice que los cañones mediáticos del poder son hoy muy fuertes. Recuerdo aquellos viejos militantes que decían que, cuando las condiciones objetivas no eran favorables al cambio, nosotros mismos teníamos que crear esas condiciones, levantarnos en contra del destino determinista de la historia.

Me resisto por tanto a admitir que la acción política sea sólo una fórmula, un algoritmo, como si los cambios de paradigmas dependieran sólo del licenciado de turno, capaz de despejar la equis de una ecuación compleja. No todo en la vida es ciencia. No es que venga yo a decir ahora, como dijera el temible y sanguinario Goebbels, que cuando oigo la palabra inteligencia echo mano a la pistola. La política es cordura, formación, juicio, análisis, estudio… De acuerdo. Pero, sobre todo y además, es conciencia, sensibilidad, sentido de justicia, solidaridad…

De ahí que al escuchar algunos términos de la conferencia de Pablo Iglesias, me viniera la pregunta con la que inicié este comentario: ¿La política es una ciencia o un compromiso?



sábado, 10 de julio de 2021

Mis escritores preferidos

 


El otro día me preguntaron en Molina Fibra por mis escritores preferidos. Los nervios de la entrevista televisada, así como mis pocas tablas en tales menesteres, impidieron precisar mi respuesta. Lo hago aquí y ahora, sin micro, más sosegado y a capela:

Me encanta el pesimismo psicológico de Dostoievski. Me deleita la impaciente intimidad de Stefan Zweig. Envidio la pintura de los cuentos de Chejov; de una simple anécdota es capaz de crear una historia sorprendente. Siempre me vengo arriba con los místicos y filoménicos amores de Juan de Yepes.

Hay otros escritores además, con los que, (aunque de otra manera), también levito por su realismo sucio y descarado, por ejemplo: Bukoski y Baudelaire. Alivian mis acedías, oxigenan el tufo encabronado de mis malos humores Machado, Lorca y Juan Ramón Jiménez. Cortázar me relaja con su Maga, con sus gatos, con el jazz de sus letras delirantes. Kafka me introduce en la cuarta dimensión de la literatura. Me apasiona nuestro Miguel Hernández con el rayo de su verso militante. Quevedo y Valle Inclán, con sus despechos, ironías y desplantes. Allan Poe, Maupassant me llevan a desasirme con sus intrigas liberadoras.

Azorín late conciso en los campos y voluntades espectrales de mi atávica infancia. 

Y, sobre todo, el que me superrechifla es Cervantes. Al Quijote le debo enamorarme, tanto de su pastora Marta, la inamorable, como de Dulcinea, su inolvidable, con ellas dos quisiera desposarme. 

Y en la Odisea de Homero, ¿cómo no? deseo ser ese hombre que no soy y que, cual su Ulises a la deriva, viajo buscando mi añorada Ítaca, mi Azulada perdida.

miércoles, 7 de julio de 2021

Paradojas del amor

 



Te sorprendiste cuando la humillaste delante de aquellos amigos. No recuerdas lo que te llevó a tratarla de aquella manera. Nunca hasta ese momento se te había ocurrido mofarte de ella, y menos, delante de terceros. Si vuestra relación siempre se había basado en el respeto y en el amor ¿por qué, de repente, parapetándote en tus compañeros, la ridiculizaste cobardemente?

A partir de aquel incidente, la rama del árbol, que a los dos os mantuvo unidos veintitantos años, se quebró para siempre. De la noche a la mañana, un simple percance pasó a ser comportamiento habitual entre vosotros. Y así siempre que querías vengarte de ella, te contenías y aguardabas el momento para, desde la trinchera inviolable que te confería tu racional ironía, cargar contra ella y dejarla, eso sí educada e inteligentemente, en ridículo delante del sursuncorda. Más daño hace aquel que desde el maquiavelismo y la cordialidad ofende, que aquel otro que se enzarza abiertamente contra su enemigo con insultos y puñales.

En aquella ocasión, repito, te sorprendiste al notar en tus desconsideradas palabras un cierto efecto que consiguió hacerte más daño a ti que a ella. Y sentiste que entre vosotros se abría una brecha irreversible, una ruptura imposible de restañar. Hay líneas que si se sobrepasan, ya no cabe vuelta atrás.

Sin embargo tú la seguías queriendo. Pero una fuerza contraria a tus sentimientos te alejaba cada vez más de ella. Estabais constantemente tirándoos los trastos a la cabeza. Y precisamente el amor que le profesabas era lo que te impedía compartir con ella tus pensamientos y emociones. Paradojas del amor. El cuerpo, vuestros cuerpos, lo que en un principio siempre fue encuentro, coito y lazo, se convirtió en un obstáculo. Llegó el tiempo que ni siquiera discutíais. La carne no os incitaba. Ya nada teníais que deciros.

Tal vez si no hubierais estado casados, hoy seguiríais siendo los mejores amigos del mundo. Recuerdo que una vez me confesaste que vuestra separación no se debió a ningún acto premeditado. Tu primer dardo lanzado contra ella surgió desde la espontaneidad más inocente y pueril. Una simple broma. Pero no hay nada espontáneo que no se fragüe en el horno de la consideración más profunda, en el cocido silencio de la determinación más incomprendida y descerebrada. Nada ocurre por casualidad. Hasta el rebuzno de aquel burro de Iriarte, que hizo sonar la flauta por casualidad, escrito estaba en el reloj universal del destino.

Dejasteis de salir solos a pasear, a tomar unas cervezas. Os daba miedo quedaros frente a frente en medio de ese abismo cuyas orillas, la tuya y la de ella, cada vez, estaban más lejanas, invisibles. Cada uno echó por su camino. Aun así pienso, como dice Lawrence Durrel en su novela Justine, que vuestro amor salió ganando con la pérdida del objeto amado como si vuestros cuerpos se interpusieran en el camino del verdadero amor.

martes, 29 de junio de 2021

Quiénes somos





Estaba el último hombre de la tierra en su casa. De repente llaman a la puerta...

Con el párrafo anterior don Celestino pretendía sacudir la conciencia de los alumnos. Luego, éstos deberían continuar el relato según su imaginación les dictara.

La literatura, como la poesía, las religiones y las artes en su conjunto, tratan de encontrar respuesta al milagro de la existencia. ¡Y qué manía la nuestra de hacer preguntas donde sólo hay vida que mana y fluye como un río de estrellas en medio de un mundo de casualidades y sinergias!

Quiere el maestro don Celes, al igual que Gauguin, con su enigmático cuadro (D'où venons nous), que sus discípulos por medio de la escritura se aproximen al misterio de la vida, el tiempo, la muerte, de dónde venimos, a dónde vamos, quiénes somos…

Existen preguntas que no tienen respuestas. Tampoco Paul Gauguin comprendió nunca la muerte prematura de su joven hija Aline. 

Decidme, ¿acaso sabéis vosotros por qué esta mañana lucen de azul intenso las flores del cardo, y los tomates de la huerta se pintan de rojo, de la noche a la mañana? Y si lo sabéis, por favor, ¡no decírmelo! Desaparecería para mí el encanto de tan hermoso colorido.

lunes, 21 de junio de 2021

La exuberancia de dos panochas entristecidas

Entre las hebras del hinojo estilizado y transparente, una caña de maíz une las cabezas de dos panochas, cubriendo con su pelo el beso sonrojado y suculento de sus bocas. Salió, sin que nadie la plantara, la vara del panizo al borde de la senda, donde la correhuela y las collejas inundan de maleza su conciencia. Lo mismo brotaría esta tristeza invasora que les corroe, como la carcoma chirriante de la vieja cama donde duerme el hortelano que las contempla. Detrás de tanta belleza, ¿cómo puede anidar tanta amargura?

Les pesa la tarde bella y soleada. No comprenden, estando ellas inquietas y disgustadas, cómo un rayo de sol, entre las sombras verdes de la parra virgen, subraya de luz intensa el rojo de una flor junto a la valla. Y así como el agua clara y el aceite espeso no se avienen, tampoco la tristeza y la calma se amigan y armonizan en medio de una huerta de ambrosías y de aromas. La irritación y la armonía son incompatibles. Pero a ellas, las panochas, atacadas por lombrices minadoras, se les revuelven las tripas. Cuanto más agradable y fértil es su abrazo en compañía apiñada, cuánto más confortable es su estancia en este pequeño y lujoso paraíso de frescores y parrales, bajo el techo azul y protector donde los ángeles gorriones y las tórtolas enamoradas acampan a su aire, mayor es su bajón, y ellas mismas más apestadas y despreciadas de sí se sienten.

El sol vespertino de comienzo de verano, feliz y fuerte como un Apolo renacido y luminoso, convierte el morado de los dompedros en blancas mariposas desvestidas del color prístino de sus encantos. Afeada es la belleza, acicalada de tanta luz y brillo. Y en medio de su amargura, el orégano y la hierbabuena consolar quieren a las panochas. Pero cuanto más hermosas se le muestran las azucenas, los lirios y sus cálidos olores, mayor es su desconsuelo. Y le suplican las mazorcas a la tarde dadivosa:

¡Quitad de encima de nosotras tanta magnificencia! ¡Cuánta mayor es vuestra generosidad y exuberancia, más presentimos nuestra humillación y podredumbre!


jueves, 17 de junio de 2021

Las flores del recuerdo y sus espinas


Presentación El color de los días
Mudem. Molina de Segura 16/06/2021

A pesar de la dificultad suscitada por las medidas anti-covid, os estoy enormemente agradecido que hayáis tenido la amabilidad de asistir a esta presentación. A la Editorial Tirano Banderas, a la concejalía de cultura… a sus trabajadores…

Tanto Emilia como Antonio ya han dado buena cuenta del libro. Lo que quisiera yo ahora es haceros participe de una pequeña reflexión que, aunque no haga referencia directa al contenido de El color de los días, sí tiene que ver con el formato de diario en el que está escrito. La forma y el fondo, estética y ética, mística y política, utopía y praxis.... esa tensión constante en la que se mueve mi conciencia en busca de aunar estos extremos.

Dice Ricardo Piglia, escritor argentino, que la literatura no puede tener otra materia que la propia experiencia vivida. Toda escritura, en cierto modo, es autobiográfica. Somos un libro, a decir de Mallarme. Yo más bien, en lugar de escribir, me escribo cual un ombligólatra onanista.

En este libro trato de rescatar mi ayer a través del recuerdo. El recuerdo según Ortega y Gasset: hace resonar de nuevo el alma de nuestro pasado.

Me perdonaréis la licencia de salirme de parva, y no circunscribirme al tema del libro. El color de los días, está ahí. Si tiene que decir algo, será cosa suya o de sus lectores. Por tanto sólo me limitaré a decir algo de lo que pienso acerca del recuerdo.

¿Si el recuerdo fuese un árbol –me pregunto– qué frutos cosecharía? Las semillas del ayer. Me imagino el recuerdo como un viaje de regreso a unos acontecimientos vividos en un tiempo determinado; pero al llegar (¿desilusión o sorpresa?), me encuentro con otra cosa, una realidad distinta, otras flores: Las flores del recuerdo, las flores de la Historia. ¿Y cómo no? también con sus espinas.

Más importante que nuestra propiedad, (y me atrevería a decir, que nuestra propia vida), es el recuerdo. No recordar, es la muerte. Por eso quise entretenerme, jugar con mi ayer, darle la vuelta al calcetín de mis días, corregir los errores de la historia. Y allá donde el almanaque dice que un día asesinaron a cinco abogados laboralistas, arrancar de cuajo esta hoja del calendario y poner las agujas del reloj a otra hora más feliz y no tan funesta.

La memoria es el sacramento de la historia, (respeto y veneración), pero a veces el recuerdo distorsiona los hechos, y lo que antes fuera sacramento, se convierte, unas veces en realidad trascendida, (el mito), y otras en sacrilegio, manipulación interesada. De ahí la célebre frase: La historia la escriben los vencedores.

Trato con mis recuerdos vivir de nuevo el pasado y tengo la sensación de vivir la eternidad del ayer. Por eso, si me dieran a elegir entre el recuerdo y el momento histórico de la decrépita realidad que mi memoria evoca, sin duda me quedaría con el recuerdo. Decidme, ¿acaso una persona sin memoria es alguien? Y si no ¡miremos a los ojos vacíos y sin alma de quien la perdió!

Las sombras del tiempo, en lugar de licuar y desdibujar aquel viejo presente vivido, iluminan a través del recuerdo, dan nueva realidad al pasado. Y así decimos que el tiempo cura, aclara las cosas, las pone en su sitio. Los recuerdos son resurrección y regreso de nuestro ayer consumido. No siendo real el recuerdo, mejor dicho, no siendo material, responde, (como los sueños), a la irrefutable veracidad con más tino y acierto que el acontecimiento al que alude. Los recuerdos son el antídoto para que los peces de la cotidianidad efímera no se escurran como el agua del colador de los dedos de nuestros días.

Por eso quise yo clavar con el martillo de mi escritura en este Diario esa otra realidad, si cabe, más visible, más lúcida que aquella que viviera entonces, para que no sea devorada por los demonios del olvido, para que los escardadores del tiempo no echen a perder sus dulces manzanas.

Si recordar es vivir, me puse yo a recopilar estas memorias para que no se marchitaran aquellos jóvenes deseos libertarios de nuestros años de militancia obrera, para que el río de aquellas aguas generosas de combatividad y cambio, restauración de libertades y amnistías, siguiera su curso sin parar, fluido y limpio. Y así cuando reescribía y reorganizaba estas memorias para su publicación me parecía no sólo vivir dos veces, sino tres, puesto que en este libro están también los latidos de toda una generación.

El recuerdo, es el último recurso que dispone la esposa para continuar teniendo entre sus brazos a su marido difunto y por ello se abraza desesperada al olor de sus camisas. La mujer sabe que el pasado no volverá... pero es lo único que le queda. ¿Acaso el recuerdo, por pensar en pretérito, ya no es tiempo? O la esperanza, ese presente proyectándose en el futuro inmediato ¿tampoco es nuestra? 

La memoria renace victoriosa de las cenizas de la realidad frágil y pasajera. Y así el recuerdo es como el aroma de aquel pañuelo que nos regalara a través de un beso nuestra primera novia y cuyo perfume a su piel encantadora todavía permanece en nuestra nunca extinta pituitaria.

Un abuelo en vida deja dicho que cuando muera, su camión, (el abuelo era transportista), será para uno de sus nietos. El abuelo muere. El mencionado nieto reclama lo que le prometió el abuelo. Los demás nietos protestan. Piensan que ellos también tienen derecho al camión. ¡Sí, pero me lo dejó a mí! Los demás nietos insisten: En ese caso debería haberlo dejado por escrito.

Conforme escribía El color de los días me agarraba a sus letras como el enlucido a la pared. Las escribía para que al releerlas, me devolvieran aquel pasado lleno de combatividad y esperanzas, no sólo el mío, sino también el vuestro.

Pero convertir a los seres de carne y sangre en letras de papel, me preguntaba si no sería rebajar su condición. Y así el autor del libro se lamenta (pág 247).
Detrás de las palabras de este Diario no encuentro ningún lirio abierto. Hoy, sólo veo el azul desvaído de mi ayer volatizado, errante y cubierto de polvo; y grito para que me oigan los diaristas de todo el mundo: Escribir no es nada, escribir no nos devolverá el pasado. Y le pregunto al poeta Ovidio: ¿Por qué de las palabras escritas no nacen las violetas?
Y esta vez, es Marguerite Duras quien me dice: Escribir no es nada. Ingenuo, como Sísifo, cargaba yo con el fardo de mi diario sabiendo o no queriendo saber, que jamás alcanzaría la cima de pretensión tan sublime como imposible.

La evocación de recuerdos a veces también es causa de tortura. Para algunos echar la vista atrás es remover la basura en la que vivieron. No es bueno seguir viviendo, respirando de los malos olores de nuestro pasado. En este caso: cerremos las puertas a los fantasmas del ayer.

Y ya para acabar, sólo dar lectura a este cuento que escribí hace años, tras escuchar la nana del Galapaguito de García Lorca.

El hijo le dice a su madre que sufre Alzheimer:

Madre, soy yo tu hijo. ¿Es que no me reconoces?

La madre responde:

Jamás en mi vida tuve yo hijo alguno.

Ante tal respuesta, el hijo queda vacío de si, desposeído de aquel parto que lo trajera, hace cuarenta y cuatro años a este mundo. El hijo intenta reanimar a la madre. Si lograra rescatarla de su amnesia, también se salvaría el hijo. Y para liberar a la madre del fondo de su olvido, le canta aquella misma nana con la que ella dormía al hijo cuando este apenas era un bebé:
Este galapaguito
no tiene mare;
lo parió una gitana,
lo echó a la calle.
No tiene mare, sí;
no tiene mare, no:
no tiene mare,
lo echó a la calle.
Acto seguido, la madre recupera la memoria, vuelve en sí, sus palabras cobran sentido. Dice la madre:

 Sí, ahora caigo. Tú eres el hijo de aquel carpintero que te hizo una cuna. No parabas de llorar, mi niño bueno.



domingo, 13 de junio de 2021

Buscaba tu nombre

 



Buscaba tu nombre por cada día de mis tiempos idos, por todos los rincones de mi geografía transitada y conocida. Sin tu nombre ¿cómo podría yo gozarme con tu belleza? Sin embargo, ¡qué contradicción! Mi corazón, no teniéndote, no paraba de latir.

Y cuanto más me esforzaba por acordarme de cómo te llamabas, y las letras de tu nombre andaban desaparecidas por el sumidero de mi cabeza, con más claridad te veía.

No es verdad que los nombres son el alma de las cosas, pues sin tu nombre, más me deleitaba yo con tu presencia. Las letras de tu nombre eran precisamente las que me impedían encontrarte. Palabras estorbo y trampa, nube, cortina y humo.

Y fue entonces cuando por fin me acordé como te llamabas. Cogí una a una las letras de tu nombre y las arranqué de la tapadera de tu cuerpo para disfrutarte realmente cual eras.

miércoles, 9 de junio de 2021

Desde el cristal limpio de tu ventana





Hubo un día una mujer que me desvistió de mi encarnadura, me desplumó de mi ropaje, caretas y disfraces añadidos, que nada tenían que ver conmigo. Me quitó los años, mis vicios y manías, mis prejuicios y creencias, mi religión y mi saldo y, hasta de las ganas de ser mejor que nadie, me privó. Me privó también de la maldad, de mi inocencia y apatía, de mis gafas de miope, de las manchas, de mis culpas. Me dejó en cuero; se destripó además a sí misma para ver si en ella y en todo lo creado hubiera algo que mereciera la pena. Se entregó a mi como la noche al día. Buscaba la humanidad que dentro de mi anidaba y, también, la verdadera esencia de todas las cosas que pueblan el universo.

Y fue entonces cuando despojado de todas mis sombras, me encontré con mi conciencia, ese conocimiento sentido, sagrado y sabio de unidad y de armonía que nos coloca a todos en igualdad y en cercanía, ese centro equidistante en el que ninguno de los puntos del círculo interior del género humano, siendo distintos, en nada se diferencian unos de otros. El sur y el norte, el poniente y el levante, sin dejar de mirar cada uno donde corresponde, ninguno al otro le da la espalda.

Entré en su casa, de par en par abierta a la claridad azul de la mañana y al rojo candente del ocaso. Me miró más allá o más acá, que no lo sé, de mi apariencia. La vi serena y tranquila como si dentro de ella habitara ya la eternidad. Y antes que yo traspasara el umbral, ella desde el cristal limpio de su ventana, me abrazó y me quedé a vivir con ella para siempre.