lunes, 10 de agosto de 2026

Flor cadáver



Sólo me queda rezar; pero la razón no me deja. Cuando creía, me sobraba la fe, y ahora que soy escéptico ¡cuánto la echo de menos! Y así no hay manera de quitarme este dolor de encima. Vivo en compañía de cuatro gallinas, un nogal, un gato y un perro: las pocas creencias que conservo.

Salgo a dar una vuelta por los alrededores, por ver si los naranjos en flor de la acera, los rosales salpicados de pujantes brotes, el amarillo de los vinagrillos a los pies de una mota junto a la acequia... por ver si la brisa de la tarde.... me quitara esta pena que llevo dentro un montón de días. Me acompañan el gato y el perro. Quiero poner nombre a mi pena, para que mi confusión acabe de una vez. No hay mayor angustia que aquella que desconocemos. No logro saber su origen, ni su por qué, tampoco consigo ponerle cara. ¡Si al menos lograra localizarla, saber cómo se llama, a qué huele, de qué mal se alimenta ..., podría abordar esta pena, tocarla y tratar de curarla, librarme de su herida! Pero la muy ladina y terca se esconde, ha puesto en su rostro un tablacho que no deja que mis ojos de agua la reconozcan y reconduzca su adolorido caudal allá donde ella pueda restablecerse.

El gato y el perro, sabios y compasivos, nada más verme salir de casa, los dos se me han unido en mi escapada, queriendo consolar mi tristeza. Llorar juntos rebaja las penas. Mal de muchos, consuelo de... Los tres, atontolinados, paseamos juntos entre verjas ensortijadas de madreselvas, geranios que asoman su rubor por recatadas y humildes celosías. Me detengo y agacho para arrancar la mata de una osada corregüela que quiere estrangular con sus hilos y trompetas una pequeña palmera, recién nacida libre a la vera del camino. Por cierto, esta mala hierba echa unas flores preciosas; campanitas veteadas, unas; sonrojadas, otras. Los dos animales, creyendo ambos que voy a perecer de un mal paso, se apretujan contra mí: el gato desliza suave el rabo por los tristes tobillos de mis pies atribulados; y el perro lame con su lengua caritativa mis desconsoladas manos sudorosas.

De vuelta, entro en la casa. Lo animales: de nuevo a lo suyo, merodean felices entre el atardecer y el ocaso. Yo me hago un café para retrasar un poco más los malos sueños de la noche. Y en el poso de la taza se me antoja ver una flor tan esbelta y cruel, como aquella que allá en Varsovia, llaman flor cadáver. Y me pregunto: ¿Cómo, de flores tan hermosas, pueden emanar olores tan nauseabundos con intenciones tan perversas?

jueves, 6 de agosto de 2026

Llanto reprimido




Junio. 1989

Anoche mismo, estando viendo al grupo de teatro La Cubana en el auditorio de Molina de Segura, me entero de la muerte de Pepe Ros. Esta mañana llamo a Maricarmen Lorente y juntos nos desplazamos a Cartagena. El entierro es a las once. Llegamos a Santa Florentina. La misa ya había empezado. Telesforo, Pepe Lafuente y Luís Capilla presidían la ceremonia. Baste recordar que Pepe Ros fue uno de los pioneros de la organización del movimiento obrero en Cartagena. Su ámbito de presencia, movilización y compromiso, (entre otros: el ciudadano, el apostólico, -HOAC-, el político…), fue el mundo de los trabajadores de la construcción, los albañiles. Participó en la creación del P'alante, periódico clandestino cuyo fin era avivar la conciencia obrera y contribuir al derrocamiento de la cruel dictadura de Franco. Animador, líder, militante, entusiasta y combativo fueron las principales características que observé en muchas de las ocasiones que coincidí con él en asuntos relacionados con la lucha política y sindical. Sus aportaciones siempre se caracterizaban por su firmeza. Su vinculación directa con las masas, (según la terminología de la época), le conferían autenticidad. Persuadía por su sensibilidad y espíritu de clase. Transmitía seguridad. Todo ello, junto con su espontáneo humor y camaradería, configuraba su personalidad claramente definida.

Me ha impactado su inesperada muerte, el misterio y el simbolismo de su vida, su cuerpo desplomado en los asientos del coche con las llaves en la mano, desaparecido... El forense dice que la causa de su muerte ha sido un infarto. Buscaba con pasión, -comenta un amigo suyo-, un rincón siempre negado de felicidad terrena para los últimos. Se entregó a la defensa y promoción de los pobres. Y es ahora, cuando Pepe ya no está entre nosotros, que entiendo que forma parte de esa especie de hombres vitales, geniales, contradictorios que hay que quererlos primero para poder comprenderlos. Con Pepe se nos ha marchado un buen trozo de la historia y de la visión del Movimiento Obrero de Cartagena.

Una de las últimas veces que estuve con Pepe Ros fue a las puertas del ayuntamiento de Cartagena. Me parece que por aquel entonces él era concejal socialista de esta Ciudad Departamental. Recuerdo que yo participaba con otros camaradas en una manifestación anti-OTAN. Nuestro saludo fue un abrazo fuerte. Noté que, sin mediar palabra, Pepe Ros se soltó de mí y siguió hacia adelante con lágrimas en los ojos. Hoy en su entierro no hago sino preguntarme por el por qué de aquel llanto reprimido.

sábado, 1 de agosto de 2026

No esté usted triste


El principito apareció en la Tierra, y después desapareció... Si entonces un niño viene hacia ustedes, si ríe, si tiene cabellos de oro, si no responde cuando se le interroga, adivinarán que es él. Entonces, ¡sean gentiles! No me dejen así tan triste: escríbanme rápido que él ha vuelto…
Cumpliendo con el deseo que el autor del Principito hace a sus lectores en el último párrafo de su libro, se me ocurrió de inmediato escribirle la siguiente nota:
Señor Antoine de Saint-Exupéry, no esté usted triste, alégrese. Yo he visto a su pequeño Príncipe precisamente ahora mismo. He levantado mis ojos y lo he visto allá en lo alto, sonriéndome como un dulce rebaño de cascabeles entre las estrellas alegres del cielo. Llevaba un fanal en su mano. Y parecía el fanal la misma mirada de una flor encendida. A su lado estaba también el cordero. El cordero no tenía bozal ni estaba atado. Estaba suelto y llevaba la soga rodeada al cuello como quien adorna su garganta con campanitas de plata tañendo libre al viento. Para su tranquilidad le digo pues, señor de Exupéry, que no sufra: el cordero no se ha comido la flor; al contrario, tanto su Principito como la flor y el cordero jugaban a la comba con las estrellas en el firmamento, un mundo sin vallado ni fronteras.

Nota: Texto escrito el mismo día en que desde Marruecos entraron a Ceuta más de cincuenta mil inmigrantes.

 

lunes, 27 de julio de 2026

Un cordón de hormigas


Esta mañana caminas monte arriba. Quieres adentrarte en el oro maíz de la sierra de La cresta el gallo. Siempre que sales a caminar, te ciñes a un mismo ritmo, un compás de cuatro por cuatro que marcas en tu interior de manera sincronizada: ¡Un, dos, tres, cuatro! ¡Un, dos...! La tierra polvorosa salpica tus pies sudorosos, los rodea de reflejos, pequeñas nubes de polvo translúcido y ceniciento. La cuesta empinada posiciona tu cuerpo en paralelo al terreno que pisas, en sudorosa e inclinada adoración reverente. El silencio de tu ascenso, atento sólo a tus pasos, trae a tu memoria otros caminos. Ninguno de ellos supuso un triunfo definitivo. Todos quedaron en pura tentativa. Y no porque no fuese fructífera tu andadura, sino por el hecho de que caminar es un ejercicio de desasimiento, dejar atrás parte de ti, un proceso siempre en marcha, nunca un logro, nunca una meta, a no ser que la meta sea el mismo camino. Andar, andar, atravesar, pasar.

A lo largo de tu vida viajaste por muchos senderos, callejeaste pueblos, atravesaste mares, campos y vericuetos; pero tienes la impresión de no haber culminado nunca nada. Te prepararon para ser pastor de almas, y ejerciste de revolucionario y sindicalista; estudiaste para maestro, y trabajaste de peón; optaste por ser célibe, y tienes mujer y dos hijos. Y aún a pesar de estas, (sólo aparentes), contradicciones, crees que nada es distinto porque la opción fue la misma: no engañarte a ti mismo. Experiencias todas que a pesar de la renuncia que comportaban, enriquecían tu conciencia.

Todos los caminos se reducen a caminar. Ens et unum convertuntur. De ahí su parecido. ¿Acaso la esencia del camino es otra? ¿Acaso puede ser otra la canción (Ami la vie est belle), que ahora se te escapa a pleno pulmón, nada más ver y embeberte el azul y el verde que crece y se derrama exultante desde la Fuensanta hasta más allá de Monteagudo?

Haz lo que haces, y hazlo bien. No pretendas otra cosa, pues como decía Cavafis: No hallarás otra tierra ni otro mar. / La ciudad irá en ti siempre. Volverás / a las mismas calles. Hay lugares por los que pasas y te suenan a otros que ya recorriste hace tiempo. No es que tu camino no sea el que has elegido, es que cualquier camino que tomes te parecerá equivocado, porque mientras caminas no haces otra cosa que caminar. Aquí viene bien decir que todos los caminos llevan a Roma. O como dijo el maestro a su discípulo: el camino está en la casa y en la casa está el camino.

Después de la larga marcha, te sientas a descansar. Pero en tu interior aún resuena la cadencia rítmica de tu caminar recién detenido: un, dos, tres, cuatro.... Junto a tus pies: una hilera de puntitos negros serpenteantes. Un cordón de hormigas, todas ellas caminan en perfecta formación, van y vienen. Te sorprende el hilo fluido de su rápido caminar, una cinta móvil y continua, tan seguida y tan uniformada que la ves fija y estable. Pero observas a una hormiga, aislada del resto del pelotón, desorientada, como borracha de tanto chupar la roca abrasada. Una gota del sudor de tu frente cae y se se derrama sobre los ojos emborronados de la hormiga que no encuentra su camino, ha perdido el ritmo, el norte y su sentido. La mirada perdida de la hormiga no es sola suya. Tú te restriegas los ojos, te levantas y emprendes tu camino de vuelta hacia el Valle perdido.

miércoles, 22 de julio de 2026

Politesse



Sentado ahí en el banco, enfrente de donde vive, un hombre se entretiene leyendo a Lèvi-Strauss:
¿Qué hacer para calmar a todas aquellas personas y circunstancias que distorsionan mi anhelada tranquilidad invulnerable...?
Espera a su mujer para ir los dos al mercado que ponen los sábados, no más allá de cuatro calles de su casa. A su lado: el carro de la compra, disimulador de su quehacer y espera. La gente pasa cerca de él: una madre a pie ligero con una cesta en la mano, seguida de un niño con su sueño interrumpido, un hombre con un carretón destartalado rebuscando en los contenedores de la basura; pasa también un hombre con su perro, o mejor: el perro conduce al hombre, pues éste, (su amo), va detrás de su mascota, si cabe más fiel que iría el mismo perro tras el hombre. Entre párrafo y párrafo levanta la vista de la página del libro Tristes trópicos:
… la civilización no es más que esa civilización frágil que preservábamos...
Intenta saludar de palabra a los que pasan, y con un gesto de su mirada procura ser amable con ellos. Ninguno le responde. Natural. Si no me conocen de nada, ¿por qué deberían decirme? ¡Señor, muy buenas! Y vuelve desilusionado cual vendedor de sonrisas apagadas a la lectura del célebre antropólogo francés:
...cuánto menores eran las posibilidades de las culturas humanas para comunicarse entre sí y por lo tanto corromperse por mutuo contacto...
Se congracia con los transeúntes que pasan a su vera, suplicándoles su consideración, haciéndose notar. ¿Acaso le preocupan sus cuitas? ¿O sólo intenta saludarles para que aprecien su orgullosa actitud lectora?

¡Y qué manía la de este individuo ser tenido en cuenta, como si él fuera un nativo nambikwara del Amazonas, o alguien que mereciera la pena ser objeto de estudio! Si le saludaran, existiría. No hay nada más humillante que ser tratado como un cero a la izquierda, ser invisible como aquellos indígenas de los que habla Lèvi:
¿Indios? los ataban a las bocas de los cañones y los despedazaban vivos. Así acabaron con ellos, hasta el último.
Si al menos le dijeran ¡Hola! ¿Acaso a los mayas les importó un pimiento que alguien, aunque fuese un enólogo de renombre como el autor del libro que tiene en sus manos, al cabo de miles de años se acordara de ellos? Los calores no sientan bien a la lectura entrecortada de este hombre. Las letras se le amontonan. Y de sus ojos pasan a su cerebro como kilopondios de plomo sugiriéndole nada más que tonterías. Lo único que quiere este hombre esta mañana es ver salir por la puerta de su casa a su mujer, que le haga señas, y vayan los dos a comprar tomates y calabazas al mercado de los sábados antes de que apriete el calor con sus tenazas de fuego.

Ve ahora a dos tórtolas a una distancia prudente y respetable la una de la otra. Una acaba de refugiarse en la espesura de un frondoso árbol de botella bajo cuya sombra se protege del inusual calor madrugador. La otra, desde la cima de la farola donde se encuentra, inicia también su vuelo al corazón de la espesura del árbol. Los pájaros también sienten la necesidad de hacerse ver y notar entre ellos, pero de manera más natural, sin tanto enredo y politesse como la que este lector desbarra esta mañana mientras espera a su mujer.