viernes, 9 de abril de 2021

El amor no es la panacea



Hacía tan sólo media hora que el espejo en calma del mar iluminaba, embellecía su cara. El canto de la brisa reverberaba de miel su piel de amor mojada… Solitaria una palmera protegía su cuerpo desnudo sobre el oro encendido de la arena. Todo era placer. Nada enturbiaba el horizonte. Dos gaviotas sonreían cómplices desde el faro las caricias de la joven pareja acaramelada.

No otra cosa desean los amantes, sino seguir queriéndose siempre como lo hacen ahora. Ella, loca de amor, se mete, atrevida y confiada, en el mar. Olvida que no sabe nadar. El amor no suple la ignorancia. Suave el agua lame de abajo arriba cada rincón de su hermoso cuerpo. Ella, agradecida inclina su cabeza. Se mete toda entera bajo el agua. La joven se deja llevar por su ardiente locura, se sumerge en el rincón más profundo de sí misma, esa bodega de la que hablaba la mística abulense: Metióme el Rey en la bodega del vino… para que allí sin más tasa pueda salir rica.

Apenas hacía tan sólo un instante, la muchacha tumbada era feliz en la playa. Exultante, decía al joven: El amor lo puede todo. Él, cauto, o tal vez más esperanzador, añadía: El amor lo mismo mata que resucita.

Ella creía que el amor la salvaría. Pero sus brazos no le responden, su respiración se descontrola. El amor no es la panacea. La muchacha hace un último esfuerzo. Intenta apurar el oxígeno de la bombona vacía de sus pulmones. Pierde el sentido. Se rebela con todas sus fuerzas contra lo que parece su final:

¿Encerrarme en mí misma como ese horripilante gusano que ávido y estúpido construye su casa para morir en ella? ¿Tirar por la borda los mil y un besos que aún me quedan por dar a mi chico? ¡No! ¿Acabar antes de tiempo, recrearme tontamente en la nostalgia de un ayer todavía iniciado? ¿Ahogarme? teniendo sólo veinte años y estando enamorada… ¡ni hablar!
La joven, ajena ya a la transitoriedad del tiempo, se detiene en su última escena vivida. Momento único en el que, traspasado el túnel, se ve abrazada eternamente al agua, convertida en pez, en estrella, en nada… fundiéndose con el azul del cielo de un joven valiente que la sujeta fuerte del brazo sacándola a la superficie.

Cuando vinieron los de Protección Civil, multitud de curiosos rodeaban a la accidentada. Las dos gaviotas que desde el faro contemplaban la movida, no pudieron ver si la muchacha aún respiraba.

martes, 6 de abril de 2021

Sobran las palabras



Era la primera vez que te ocurría. Te dio por reír. Te sentiste como un payaso de circo parodiando a un tonto al que se le enreda la mui y no atina a decir lo que quiere. Luego, cuando comprobaste que la cosa iba en serio, y que tanto tu boca como tus órganos fonadores no conseguían dar correctamente con las palabras necesarias para que el camarero te sirviera el segundo plato, te apuraste de verdad. El mozo, acostumbrado a verte cada día como una persona seria, que asiduamente después de su trabajo acudías a comer a su restaurante, por tu decir chistoso, ininteligible, pensó que el vino se te había subido a la cabeza. Sonrió y educadamente volvió a preguntarte: ¿Y de segundo, señor?

Por más que te empeñabas en decir que de segundo querías una carrillada de cerdo con patatas fritas, de tu analfabeta boca seguían saliendo palabras desordenadas, incomprensibles hasta para el más políglota de los intérpretes de Babel, un tal Félix Tezanos. El camarero seguía perplejo. No entendía nada. Tú te sentiste peor que él; y para salir del enredo, quisiste decir que te trajera lo de siempre. Ni por esas. El barullo verbal era el mismo. En una servilleta de papel intentaste escribir carrillada, con letras grandes… pero el camarero sólo pudo leer el mismo galimatías que tu boca farfullaba. En este caso, oralidad y escritura tampoco se correspondían. El mozo seguía parado delante de ti, sin saber lo que te apetecía de segundo. Con un gran pellizco en tu cara y gruñendo como un cerdo le dejaste claro lo que querías. Luego, de postre, lamiendo con la lengua tus labios gustosos, al tiempo que hacías temblar insistentemente un plato, pediste un flan. Te entendió perfectamente. Mientras tanto le echabas un ojo a los titulares del periódico: Lo que dice y no dice la encuesta del CIS.

Terminaste de comer. Con un continuado deslazamiento de los dedos índice y pulgar de tu mano derecha pediste la cuenta. El camarero comprendió a la primera. Pagaste.

De vuelta a casa, te esforzabas en leer en voz alta los anuncios de publicidad que colgaban de las farolas a tu paso. Eran tiempos de elecciones en la Comunidad de Madrid. Isabel Díaz Ayuso contra todos. Todos contra Ayuso, menos los de Vox. Carteles sembrados de palabras y palabras. Palabras muertas, coleando como rabos de lagartijas sin cerebro, desnucadas. Las leías, pero no llegabas a comprender su significado. 

Fue entonces cuando cambiaste el rumbo de tus pasos. En lugar de regresar a casa, te dirigiste hacia Malasaña, para acabar luego a las tantas de la madrugada, completamente ebrio, por los baretos de Ponzano. Si te liaste a copas fue por ver si venía la cordura a tu boca descarriada a tu sesera aún más grillada. Después de haber leído en el restaurante el desbarajuste de los sondeos electorales: Los votantes de Vox prefieren a la candidata del PP, Isabel Díaz Ayuso, más que a su propia candidata, Rocío Monasterio, querías saber si en un mundo sin palabras, sin encuestas, la comprensión no sería más fácil, más íntima, más cierta y sincera.

Después de tu noche loca, el taxi te dejó en Alcorcón, en la misma puerta de tu casa. La llave del piso se te resistía. Tu mujer habría bloqueado la cerradura por dentro. Este simple gesto te bastó para descubrir el más oscuro de los misterios que te mantuvo pedo todo el día: tus rencillas con tu esposa. Y con todas las fuerzas para que Alcorcón entero te oyera, gritaste: Isabel, mi querida Ayuso, no dejes a tu hombre aquí  tirado como un perro en medio de la calle.

sábado, 3 de abril de 2021

Tu padre no es mejor que el mío

 



Leyendo a Héctor Abad me sorprendo de su facilidad para contar su vida. Su naturalidad me seduce. El autor construye el texto sin afectación alguna. Me atrae su fluidez y llaneza. Supongo que esta habilidad es la que todo escritor desearía para sí.

Los hay que, nada más ponerse a escribir, buscan y rebuscan palabras, metáforas sugerentes, giros novedosos y originales que dejen patidifusos a sus lectores. Y en este intento floriturero, lo que de por sí debiera resultar simple y sencillo, acaba siendo complejo y por tanto desdeñado. ¿Por qué no decir simplemente cómo que son las cosas, y no esmerarse tanto? ¡Que al final nuestro escrito acaba hecho una mierda! Resulta difícil hacer fácil lo fácil. Aconsejado por Flaubert en encontrar la palabra justa, algunos escritores se desvían precisamente de esa justeza. Y debido a ese afán de perfección literaria, se hacen repelentes. Repito, en cuanto a la forma, Héctor Abad me resulta genial por su manera espontanea de involucrarme en su lectura.

Independientemente de que El olvido que seremos me haya llegado al alma, y sin cuestionar por supuesto la noble figura de su padre, como hombre honesto, consecuente y auténtico, me atrevería a decir que el padre de este autor no es mejor que aquel otro, un simple albañil, fresador o carpintero. Si el padre de Héctor fue profesor de universidad, investigador, hombre comprometido, aquellos otros no lo fueron menos, pues en tiempos de penurias sacaron adelante a su familia y también combatieron contra la tiranía y pelearon por el restablecimiento de las libertades. Si el padre de Héctor Abad llevó a sus hijos a los mejores colegios de Colombia, si su madre era sobrina de obispos y cancilleres, emprendedora y adelantada a su tiempo, la mujer del albañil o del picapedrero no lo fueron menos, compartiendo las tareas de la casa con su trabajo en la fábrica, remendando calcetines y culeras de una prole de hijos que, si aprendieron a leer y a escribir fue porque después de sus trabajos le quitaban horas al sueño. Que conste que no es mi intención confrontar dos realidades, que aunque distintas sociológicamente, ambas persiguieron el mismo objetivo: la mejor crianza y educación para sus hijos.

Y en cuanto al contenido de este libro, (la adoración que un hijo siente por su padre), no deja de sorprenderme, y me apasiona por vocación y profesión.
Si quieres que tu hijo sea bueno, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz…
Era muy indulgente (se refiere a su padre), con nuestras debilidades si las consideraba irremediables como una enfermedad.
Hace tan sólo unos días la hija de aquel otro albañil, barrendero o tonelero recordaba también la figura de su padre: lo estoy viendo con su boina liando un cigarro, charlando con los vecinos, tomando el sol en la calle. Teníamos un trozo de tierra. Un día me dijo, toma, hija, este es el melocotón más grande que había en el árbol, lo he guardado para ti. Antes no nos decíamos te quiero, pero el cariño sí que lo sentíamos.

El protagonista de El olvido que seremos, está muy orgulloso de su padre. ¡Cualquiera lo estaría con un padre que hasta el mismo día en que cayó asesinado por los paramilitares en pleno centro de Medellín, dedicó toda su vida a la defensa de la igualdad social y los derechos humanos!

El libro, además de parecerme buena literatura, es toda una lección magistral de Pedagogía, no sólo recomendado para padres e hijos, sino también para estudiantes de estas disciplinas.

Lo que yo ya no sé si este excesivo buenismo de los padres se corresponde con el principio freudiano de que los hijos deben matar (metafóricamente) al padre, puesto que los padres, aun sin querer, o tal vez por nuestro desorbitado paternalismo, anulamos la auto-afirmación emergente de los hijos.

La adoración que los hijos sienten por el padre es casi instintiva. A lo largo de mi trabajo como maestro no he conocido a ningún hijo que no estuviera contento con el padre que le tocó en suerte. ¡Y mira que los he conocido duros, hasta indeseables! Recuerdo un alumno que su padre era un humilde trabajador que se ganaba la vida acarreando comestibles por los campos para sacar adelante a la familia. Y el hijo, al no estar satisfecho de la baja condición del padre, siempre que le preguntaba por la profesión de su padre, me respondía que era jefe de policía. También hubo aquel otro niño que su padre estaba en la cárcel por abusar de una menor. Pues bien, cuando le preguntaban por su padre, siempre me decía lo mismo. Mi padre está en Alemania, trabajando como responsable de una importante sección en la Volkswagen. La imagen sublimada del padre mítico y necesario que todo ser indefenso necesita para sobrevivir.

A la par y como contrapunto de la ternura filio-parental que respira esta novela autobiográfica, estoy viendo la serie Homeland en la que la hija de un terrorista repudia a su padre, abandona la casa familiar, incluso se cambia el nombre y los apellidos, rompe con todo lo que huele a su padre. Lo odiaba con toda el alma, con una facilidad y una constancia que ya se las quisiera el amor.

Y acabo con un remate final, tal vez fuera de parva, pero que en nada se contradice con el buen gusto que me ha dejado la lectura de El olvido que seremos: No es mejor el padre de Abad Faciolince que cualquier padre de cualquier otro hijo. Igual que no es mejor nuestro Dios que aquellos otros dioses de civilizaciones distintas, antiguas y lejanas a la nuestra.

Si un buen libro es aquel en el que nos vemos reflejados, aquel que nos interpela y cuestiona, que nos llena de amores, que nos acompaña en nuestros recuerdos por los mismos caminos de incredulidades y de fe de nuestra infancia y juventud, éste sin duda, El olvido que seremos, es para mí un buen libro.


miércoles, 31 de marzo de 2021

Entre el Gólgota y el Olimpo

 

 

Un día tuve que escoger entre Dios y mi papá, y escogí a mi papá. (El olvido que seremos. Héctor Abad)

Tú también tuviste que elegir entre los evangelios y tu madre. Si alguien viene a mí, y no aborrece a su madre,... no puede ser mi discípulo. (Lucas 14:25).

Y escogiste a Dios, apartándote de la mujer, de la naturaleza, de los colores del día…, despreciando el sabor de la dulce manzana del Paraíso.

A ti por aquel entonces nadie te había hablado del Panta rei de Heráclito, tampoco del Deus et omnia de Francisco de Asís, ni que todas las cosas son una, y que precisamente de la lucha constante de los opuestos brotaba la armonía y el conocimiento.

Vida y muerte, oxímoron, talismán, locus amoenus, recurso de poetas y místicos para decir que lo negro es blanco, que el sol sale a media noche, que la nieve quema, el llanto alegre, el felix culpa del pregón pascual, que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia, o aquella otra sublime verdad que de la fealdad y de la contrahechura nace la belleza más santa para que una tal Esmeralda, hermosa y gitana, se enamore del jorobado Cuasimodo según cuenta Víctor Hugo en Nuestra Señora de París.

El cielo y la tierra, el bien y el mal, la luz y la sombra se juegan en estos días de Semana Santa su dual existencia. Los rivales saben de ante mano que el partido acabará en tablas, pues de este fraternal empate depende su entreverada y mutua permanencia en la liga de las esencias. De la contradicción por antonomasia entre la vida y la muerte, crucifixión y resurrección, nace la armónica amalgama de la cuadratura del círculo. Gólgota y Olimpo son un mismo monte por el que tú, pobre Sísifo, te las ves y te las deseas para llegar a la cima de tu eternal deseo.

Y al hilo de esta esperanza te enteras que unos científicos de la Universidad Illinois acaban de detectar células en el cerebro humano después de la muerte. Y te dices: ¡Por fin hemos localizado el gen de la inmortalidad! Sigues leyendo el contenido de esta investigación para quedar de nuevo desilusionado: Estas células tan sólo sobreviven unas cuantas horas más después que el corazón haya dejado de latir.

domingo, 28 de marzo de 2021

Cambio de hora



Podemos cambiar de hora

A las dos que sean las tres

Alargar el día

Acortar la noche

Pero nunca conseguiremos

Que la luz y la sombra

Dejen de ser lo mismo


viernes, 26 de marzo de 2021

Lirios que alumbran de azul la noche




Se derrumbó el imperio maya. Fue derrotada la Armada Invencible. Mataron a Dios. Murió Mafalda. Cayeron las Torres Gemelas… Estos hechos, aun siendo graves, no impidieron que los lirios cada primavera alumbraran de azul la huerta, que los niños al salir del cole corrieran en busca de su merienda, que el novio suspirara por acabar su jornada para ir a abrazar a su amada con un beso de rojo intenso.

Hoy es distinto. Se hace larga la agonía. Más de un año con esa sensación de que no hay luz después del túnel. La inflexión, el declive, la bancarrota… Lanzados vamos hacia el abismo. Nuestro mundo tiene los días contados. Y no es sólo un sentimiento la causa de este bajón. Es la razón. Datos empíricos dicen que al reloj de nuestro planeta ya no le queda cuerda. El sol se enfría. Los mares se llenan de plásticos. Las reservas de agua del planeta escasean. El aire cada día se hace más irrespirable. Los glaciares se derriten. La polución. El calentamiento global… ¿Quién viendo su casa arder, no escaparía deprisa buscando un sitio seguro para librarse de este fuego apocalíptico? Más o menos es lo que nos aconsejó Stephen Hawking al advertirnos que sólo nos queda un milenio en este planeta, que dejemos de mirar nuestros pies y nos dispongamos a buscar otro mundo posible más allá de las estrellas.

Desde marzo del año pasado en que se declaró la pandemia estoy que no vivo. ¡Nos faltaba este capeador virus que ya cuenta con la friolera de casi tres millones de muertos! Los niveles de salud mental se disparan. Nos estamos volviendo locos. Este mal bicho además de quitarnos el cuerpo nos machaca el espíritu. El miedo y la congoja, la inseguridad, el estrés... se expanden como la grama por los pedregales del alma. ¡Cuán grande es nuestra fragilidad! Nosotros ¡que nos creíamos la leche! somos más endebles que una pluma azotada por el viento.

¿O será que me estoy haciendo viejo? Y lloro por no poder abrazar a mis nietos. Y a continuación, como si nada, dormito en el sofá viendo cómo la España de Luis Enrique se deja empatar por la infantería pesada de los hoplitas.

Mientras tanto, abajo en la plaza, un hombre, como si no hubiera pasado nada, pregunta a uno de sus vecinos, si por casualidad ha visto a su madre. El hombre tiene las manos untadas de sangre. Lleva bajo el brazo un bulto liado en un trapo. Es la cabeza de su madre a la que este perturbado acaba de quitar la vida.

¡Claro! que en lugar de venirme abajo con recuerdos tan luctuosos y macabros, de gemir como un nostálgico, podría sobreponerme, o consolarme al menos, escuchando por ejemplo a Juan Ramón Jiménez: 
Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros 
cantando; 
 y se quedará mi huerto, con su verde árbol, 
 y con su pozo blanco.
Pero, ¿para qué? ¿Acaso los lirios que alumbran de azul la noche de mis sueños, seguirán mañana derramando su semen caliente en nuestro estéril jardín?


martes, 23 de marzo de 2021

Pagar quise yo a la muerte


Pagar quise yo a la muerte
Haciendo un pacto con ella:
Antes de llegar el día
Ella muerte me daría.

Mi suerte en cambio sería,
Tras mi partida funesta,
Mirar lo que pasaría
Desde mi tumba abierta.

¡Me hacía tanta ilusión,
Después de haber fenecido,
Saber si el curso del río
Andaría su camino!

¡Si aquel almendro florido
Que hoy ríe junto al molino
Mañana tendría su aroma,
O si su fruto podrido
También moriría conmigo!

Dispuesto a pagar estaba
Lo que la muerte quisiera
Con tal de seguir yo viendo
Cómo el vaivén de la noria
Continuaba su canto
Embelesando a los pájaros,
Y si a mis hijos la vida
Los mantendría asombrados…

La muerte que nunca miente
Me dijo sabia y prudente:
"Te aconsejo, mi inquilino:
Vive ahora este momento
Si quieres después de muerto
Saborear tu destino".

domingo, 21 de marzo de 2021

Murcia, qué mal te veo

 


Más grande será la caída. Y entonces los dioses nos concederán la gracia de saber lo que vale un peine. Por sus vergüenzas los conoceremos. No hay mal que por bien no venga. ¿Qué remedio? El que no se consuela es porque no quiere, ya lo dice el refranero.

Y cuando veamos del todo sus vilezas en la poltrona, claveteada a base de pactos contra natura, deshacerse en pedazos, tal vez nos demos cuenta de la hiel que esconden sus entrañas. Hasta el punto de que hay quienes creen que López Miras y los tres díscolos de Cs debieran ser juzgados por cohecho y corrupción, porque han comprado voluntades pagadas con cargos públicos.

Murcia, qué hermosa eres, y qué mal te veo. No está bien decir cuanto peor, mejor, pero cuando un amasijo de gerifaltes gestionan lo público en contra de lo público (aberrante, ¿no?)… Y entre  concertados y conciertos dejen nuestro sistema educativo para el arrastre... Hemos puesto al zorro a cuidar la gallinas, y tal vez muy pronto no nos quede ni un huevo. Porque es mucho tiempo, (ya va para más de 20 años), que ni echamos de menos un buen zarangollo para todos… O como cantaba Víctor Jara en A desalambrar: que la tierra es nuestra, / tuya y de aquel, / de Pedro, María, de Juan y José.

Tal vez, tal vez... esta mala racha nos venga bien para despejar el campo, abrir de una vez los ojos, aprender a separar la cizaña del trigo, saber de una puñetera vez con quién nos jugamos los cuartos, esos votos que van siempre a parar al corral de nuestro esquilmador insaciable.

sábado, 20 de marzo de 2021

Una dulce mentira




Un día alguien me dijo:
No entiendo nada de lo que dices.
Contesté:
Yo tampoco.
Y añadió mi entrañable censor:
Tengo entendido que has cambiado a Dios por la poesía.
Me defendí:
¿Acaso Dios no es una metáfora?
Resolutivo y solemne sentenció mi interlocutor:
Sí. Pero Dios no es una metáfora más. ¡Es la Metáfora!
Ahora era yo el que no comprendía tan extraña definición divina. Y para que me explicara mejor su fe, le pregunté:
¿Algo en lo que creemos, pero al no saber de qué se trata, recurrimos a una imagen para hacernos una idea…?
Y viendo mi amigo en mis palabras una cierta ironía o resistencia a admitir su punto de vista, quiso dar por terminada nuestra conversación:
¡Más o menos!
Luego me quedé pensando: ¿Acaso no soy yo el que fabrico mis propias creencias, las deposito en el altar de mis supuestas verdades, y me arrodillo ante ellas cual fiel devoto necesitado de una dulce mentira? 

miércoles, 17 de marzo de 2021

El cántico de Zacarías


Hoy se levantó Zacarías con una rueda de molino en cada oreja.

El conjuro, que el Ángel le echó el otro día al viejo por haber desconfiado que de un surco estéril nacerían estrellas de madrugada, se ha cumplido.

No hay mal que por bien no venga, ni cañas en el desierto sacudidas por el viento. Mudos sus oídos, oyen mejor lo que le dice una renaciente huerta de verdes-esperanza.

Escucha escéptico, el turiferario de inciensos fatuos, el crecer de los tallos frágiles y atrevidos, enhiestos y temerarios de una mata de habas.

Flores vergonzosas asoman sus cabizbajos ojos, campanas de auroros batiendo luminosas sus alas al rescate de las ánimas-plagas de un purgatorio. 

Hojas espadas defienden nidos endebles, palomas blancas, granos en ciernes, cantando a coro su Benedictus.

 


lunes, 15 de marzo de 2021

Cosas veredes

 

Descubrí que cada gallo tiene una España y que la lleva debajo de sus plumas. Diario de un loco. (Nikolái Gogol)

Dos perros se escriben cartas. El protagonista quiere entablar conversación con uno de ellos para sonsacarle cosas de su ama, una señorita, hija de su jefe de la cual anda el loco prendado.
Anda, cuéntame todo lo que sepas sobre tu señorita, dime cómo es, y yo te juro que no se lo diré a nadie… Si pudiera ver cómo se pone una media blanca como la nieve sobre aquella pierna...
Pero el perro como buen político no dice nada. No quiere comprometerse como uno que yo me sé al ser preguntado por Évole si era de izquierdas o de derechas. Sabe el perro por Villarejo que por la boca muere el pez. Muchos son los protagonistas en la literatura que se disfrazaron de animales para comunicar mejor con las personas: El conejo blanco de Alicia, por ejemplo.

Sigo leyendo el Diario de un loco de Gogol:
Todo esto sucede porque la gente cree que el cerebro de una persona está en su cabeza; pero no es así, es el viento quien lo trae del Mar Caspio…Quizá ignore yo mismo quien soy.
Llevas toda la razón, Nikolái. El conocimiento que tenemos de las cosas no nos llega directamente, sino como un reflejo: como si a través de la mediación conociésemos mejor. Nos damos a conocer equívocamente, por no decir que falseamos instintivamente nuestra imagen; nos disfrazamos con las máscaras de los demás. Ya lo dijo el empirista Berkeley: Somos tal cual nos ven.

El loco diagnosticado no es loco, está loco. La locura no se da en grado absoluto. Todo demente tiene momentos de cordura. Y estos momentos tal vez sean los más lúcidos:
¡Qué cosas tan raras suceden en España!
Más supe yo de mi patria por lo que me contaron italianos y franceses que lo que yo mismo conocí siendo nativo y vivir siempre en este país.

Está el loco del diario de Gogol muy preocupado. El trono de nuestro país anda sin rey. Y por culpa de este vacío real el escritor de Almas muertas no puede conciliar el sueño.

Cuatro meses después, por fin una mañana se levanta eufórico el diarista:
¡Hoy es un gran día! ¡En España hay un rey!... Y este rey soy yo.
Después de terminar de leer Diario de un loco, me di cuenta del poder misterioso de la literatura. Es capaz de hacernos creer que España y la Conchinchina son el mismo país, o que el agua de las letras es el vino de la vida. Ser también sorprendidos por el cuento El príncipe y el mendigo, de Mark Twain. ¡Un loco que se creyó ser Fernando VIII! Y así dar cumplimiento al sueño de nuestra mayor locura: hablar como los animales, descubrir dentro del lobo un corazón de cordero o encontrar en la más sumisa de las reses al mayor tránsfuga político.

Para acabar este desmadrado comentario a la lectura de Diario de un loco, permitirme amañar a Gogol diciendo: cuando Murcia aspira rapé, Madrid entera estornuda.  

sábado, 13 de marzo de 2021

Sacar el carro del pedregal



Andaba yo hasta el otro día recreándome con La isla misteriosa, pero al saltar a la prensa la noticia de una moción de censura contra el Presidente de nuestra Comunidad, de inmediato aparqué la lectura de Julio Verne. Como dijo Óscar Wilde: la realidad supera la ficción. No necesitaba yo saber de qué manera unos náufragos, tras la desaparición de la isla donde se encontraban, podrían ponerse a salvo, teniendo yo delante de mis narices enredo, este otro, tan ingenioso y relevante, capaz de asombrar a toda la piel de zapa de nuestra carpetovetónica región pimentonera.

No me arrepiento haber cambiado mi visionaria aventura verniana por esta otra epopeya en la que me hallo como feliz carpín dorado zambullido en el río Segura. Todo tipo de intrigas se dan cita en este vodevil donde no faltan ni escasean el atraco, la traición, los celos, las simonías, el amor, las destituciones, los súbitos nombramientos, sobornos y tamallazos, naipes habilidosos, regalos envenenados... Llevo dos días, -me avergüenza decirlo- disfrutando de lo lindo.

La función no ha terminado. Mi ingenioso Julio Verne tendrá que esperar.

Por el camino que vamos, la política es un cadáver. ¡Lástima! ¿Seremos capaces de sacar el carro del pedregal?

viernes, 12 de marzo de 2021

Mejor así como estamos



 A veces en nuestra vida actuamos sin saber. Y es así, como nuestro organismo se quita de encima algún infortunio que otro.

Por ejemplo tiene el Sortijas, que así es como yo llamo a Jacob, el hijo de mi hermano, la costumbre de entretenerse con el móvil a todas horas. Y en lugar de discutir con su padre o comerle la oreja a su hermano por asuntos de herencia, mi sobrino el Sortijas se mete en su cuarto con su Hitman GO, que según tengo entendido es un juego de estrategia que le permite a uno escapar de sus enemigos y esconderse para que no le vean, ni le molesten.

Sin ir más lejos, la otra tarde fui a visitar a mi hermano. Era su cumpleaños. Me apetecía darle un abrazo. Mi cuñada se lió a discutir con su hijo Jacob de mala manera. Le recriminaba no estar con todos a la hora de la tarta. Jacobo se defendió de tal manera de las acusaciones de su madre, que sus argumentos se me quedaron grabados por su originalidad y coherencia:
Mamá, no creas que quiero justificarme por esta tonta manía de perder el tiempo. Pero he de reconocer que, cuando cojo el smartphone, me veo libre de las cosas malas que me cargan y se me pasan por la cabeza.
La madre ni corta ni perezosa contesta al hijo:
¡Cargas, hijo, las que yo llevo contigo, que no das un palo al agua!  Se te va la vida sobando el móvil.
El hijo tampoco se muerde la lengua:
Si tú haces yoga o taichí para no pelearte con tu marido… pues yo lo mismo: juego a ser el Agente 47 para no reñir con mi hermanísimo Esaú. Y si el papá se va a la huerta, coge el legón y se pone a cavar como un loco los olivos que no tenemos, es para no pensar en los años que nos quedan por pagar la hipoteca de la casa. Así que no vengas camelándome con tus moralinas de madre sacrificada. El sacrificado, ¡yo! que tengo ya veintiocho tacos y no sé lo que es un curro. Que sepas que el móvil me ayuda a desconectar de este mundo ingrato que me acosa como serpiente a pájaro enjaulado. Y en tal situación de alivio me veo, cuando juego a rescatar a todas las princesas de la red, que me siento en paz y relajado, como ese Jacob de Ribera durmiendo a pierna suelta en el Prado, libre de las monsergas catonianas de su madre Rebeca y de la tirria de su hermano Esaú que quiere quitarle el plato de sus lentejas. 

Mi sobrino el Sortijas, que bien pudiera haber sido un buen profesional de la psicología, remató su argumentación a la manera salomónica: 

¿Sabes, madre, dónde estaría yo ahora si no estuviera jugando aquí con el móvil? metido en la cárcel por trapichear con cristal o kentamina, o tal vez tirado en una cuneta por un ajuste de cuentas. Pues mejor así como estamos. ¿No te parece, mamá?

martes, 9 de marzo de 2021

La novia del canónigo penitenciario

                        


La recargada arquitectura exterior de la catedral acoge solemne a una madre que, acompañada de su hija, acude como cada domingo a misa de doce. Dentro del templo, las dos mujeres se arrodillan frente al altar mayor, en uno de los bancos, firmes escuadrones, que rinden honores en el patio de armas de un cuartel sagrado. Luces indirectas surgen de los repliegues de las columnas que sostienen las tres naves y una bóveda coronada de ángeles asexuados. Luces que, en lugar de aclarar dudas y conciencias, tiñen de sombras las caras enhiestas de la feligresía, sobre todo el bello y joven rostro de la hija, poco acostumbrada a este tipo de espectáculos.

La madre, absorta con los ojos cerrados, anda sumida en certezas que no entiende, se siente enraizada en la tradición de sus antepasados con rezos de ultratumba.

La función litúrgica recae en el celebrante, maestro y diestro de la simulación de un sacrificio inexplicable. Digo función, velada o teatro, basándome en las palabras que una hija irónica dirige ahora a su madre: Mamá, después ¿quién sale?

El comportamiento de quien oficia la misa es confuso y contradictorio. Juega con sus manos, ora alzándolas como palomas al Cristo que preside el presbiterio, ora extendiéndolas con su índice acusador a una feligresía cada vez más desentendida e indiferente a este tipo de pláticas y recomendaciones fuera de época. Lo mismo hace con el tono de su voz: a veces casi no se le oye; y otras, se pone a gritar como un energúmeno. Este hombre de Dios, en el gran escenario del altar mayor, se siente ungido con el don de lenguas, lenguas irrebatibles que dentro de la mansión catedralicia silban cual los ecos salidos de un gran pozo de serpientes. El sacerdote dirige dardos encendidos contra los fieles que asisten a misa.
Sois una puñetera mierda, incapaces de dar un solo paso por vosotros, pobres imbéciles que vais por el mundo errando por vericuetos inmundos y senderos torcidos. El placer de vuestros pecados es el candado que os cerrará las puertas del cielo.
Después de aquel accidente, este hombre, (hace más de cuarenta años mató accidentalmente a su novia), anda con el corazón destrozado y la mente alocada. Emocionalmente es un hombre roto. De ahí, sus homilías salidas de madre. En aquel día le enseñó a la novia la escopeta con la que solía salir a cazar con su padre. El arma se disparó y vino a dar en el pecho de su prometida. Ella murió en el acto. Y él decidió redimir su culpa, metiéndose a cura.

Hoy, aquel joven enamorado, es un canónigo penitenciario que delira sermoneando a sus fieles. Lo mismo se enfurece con profecías apocalípticas, que se ensalza ahora místicamente como como lo hiciera san Agustín en sus Confesiones:
Me hiciste, oh Dios, para ti y mi corazón anda inquieto hasta no dar contigo.
La joven hija, cansada de aguantar este sinsentido, a punto está de decir a su madre que la esperará fuera, en la cafetería de la plaza; pero al escuchar las últimas palabras del reverendo: Porque mi alma vacía sólo la llenas, oh tú, mi amado… decide seguir al lado de su madre.

Si hasta lo que llevamos de misa, la hermosa joven ha visto en el oficiante a un incendiario Torquemada, a partir de ahora, su cara se muestra radiante cual la de un Jesús de su Magdalena, enamorado.

El canónigo sigue con su subida prédica llena de lirismo. De pronto, sus ojos se detienen sobresaltados en la joven muchacha. Fuera de sí y a voz en grito exclama: ¡Cielo santo, es ella, mi novia muerta y ahora resucitada! El canónigo, pletórico como quien acaba de encontrarse consigo mismo, no cesa de alegrarse, entonando enfervorizado aquellos versos del poeta de Fontiveros:
¡Oh feliz dicha la mía
que volviste a juntar
amado con amada,
amada en el amado
transformada!
El hombre de Dios desciende decidido las gradas del atar, se dirige al banco donde la joven muchacha recibe el beso del canónigo penitenciario. Los besos no mienten. Y éste que ahora se dan el canónigo y la muchacha son los mismos besos que encendían sus almas cuando estaban enamorados. 




viernes, 5 de marzo de 2021

Julio Cortázar y Ernesto Cardenal


Dios me libre de ser yo el loquero de Julio Cortázar. Tampoco, de cualquier otro escritor, ni tan siquiera de Kafka. Que cada cual va sobrado con su particular terapia. De mentes angustiadas nacieron grandes obras. Y así, gracias al exorcismo de sus creaciones, muchos artistas se ven libres de sus demonios meridianos.

Después de leer el relato desconcertante y contrapuesto de Cortázar Apocalipsis de Solentiname, veo como el de Rayuela, a partir de una experiencia autobiográfica, ricamente contada entre encuentros y abrazos de poetas y de amigos, místicos y revolucionarios, políticos y diplomáticos, (Sergio Ramírez, Ernesto Cardenal, Roque Dalton, Martínez de la Riva…), pasa de repente a un dantesco desenlace histórico-fatalista.

Cortázar, en su visita, allá por el año 1976, a la comunidad de Solentiname, refugio y vivero de artistas, escritores, defensores de la justicia, teólogos de la liberación, cristianos de base, impresionado por unas pinturas que descubre en un rincón, hechas por los mismos campesinos para sufragar sus gastos, decide fotografiarlas:
… todas tan hermosas…vaquitas enanas en prados de amapola, la choza de azúcar donde va saliendo la gente como hormigas; el caballo de ojos verdes contra un fondo de cañaverales, el bautismo en una iglesia que no cree en la perspectiva y se trepa o se cae sobre sí misma, el lago con botecitos como zapatos y en último plano un pez enorme que ríe con labios de color turquesa.
Luego, Cortázar vuelve a París. Revela el carrete; y ya en su apartamento de Montparnasse se dispone cómodamente a ver las fotos a través de un proyector. Pero no comprende lo que ve. No son vaquitas, ni prados de amapolas, ni chozas de azúcar, ni cañaverales, son fotos de miedo y muerte: un muchacho con un agujero de pistola en la frente, un fondo confuso de casas y de árboles, cuerpos tendidos boca arriba, contra un cielo desnudo y gris, ráfagas de caras ensangrentadas y pedazos de cuerpos…

El escritor se encuentra dividido y cuestionado por la belleza de aquellas pinturas intensas, llenas de fantasía y deseos de libertad, que fotografió allá en Nicaragua, frente al realismo de la represión somocista que ahora aparece secuenciada en su pantalla. El arte y la historia enfrentados a muerte. Todo un sinsentido. Una locura, una equivocación. Cortázar se refugia en el baño. Llora, vomita. No resiste horror tan espeluznante. ¿Cómo fotos tan bellas, bucólicas, de colores tan vivos y esperanzadores, misteriosamente han podido convertirse en un infierno de escenas trágicas y apocalípticas?

La parte escondida del iceberg de la sensibilidad y conciencia del escritor sale a flote. Tal vez por ello, Cortázar, nada más empezar el cuento, conmovido por la amistad de Ernesto Cardenal y también por el entusiasmo revolucionario que ha visto en Solentiname por cambiar las estructuras represoras de una Nicaragua tan violentamente dulce, se pregunte apesadumbrado: ¿te parece que el escritor tiene que estar comprometido?

miércoles, 3 de marzo de 2021

Mímesis




Mejor llamar a las cosas por su nombre y no tener que inventarnos identidades vicarias y supuestas. Tampoco, palabrejas raras para inflar una realidad de por sí hermosa.

Quise jugar con aquel niño y cambiarle su nombre. Lo llamaba como no se llamaba. Cabreado, él protestaba. ¡No! Ese no soy yo. Y volvía a llamarle de nuevo con otro nombre que tampoco era el suyo. Le decía que estos nuevos nombres que intentaba ponerle eran incluso más bonitos, sonaban, se ajustaban mejor a su bondad y manera de ser. El niño tal vez sintiese que mi boca destripadora quería despojar, absolver, engullir, su cuerpo tal como había visto hacer a una madre hámster con su ratoncito indefenso. El niño se enfadó tanto que se puso a llorar a cántaros.

Ni que decir tiene que yo en ningún momento quise incordiar al niño. Mi propósito era que el pequeño se sintiera mejor, como quien siendo pobre y harapiento estrena un traje nuevo.

La cara del niño presentaba un aspecto desagradable como el patito feo del cuento de Andersen. No tanto su cara, sino su piel, su aspecto externo, sólo su orografía. Por dentro estaba lleno de sorpresas, como aquella perla de Steinbeck escondida en el fondo del mar. A pesar de tener el niño todo el rostro salpicado de costras, espinillas y picaduras de viruela, su mirada brillaba, lucía transparente, reflejaba como el agua clara su inocencia. Pero para ello tendría yo que mirarlo con otros ojos que no tengo.

El niño, a diferencia de mi orgullo y aires de grandeza, se veía bien a sí mismo. Yo para ser yo, había ocasiones que me disfrazaba, imitaba a aquellos a lo que quería parecerme. Me mentía. El niño al contrario, si dejaba de llamarse como se llamaba, se sentiría perdido y no querido, abandonado, incluso de sí mismo. Su ética, aún no manchada por la edad, no le permitía engañarse a sí mismo. Autenticidad en estado puro. Yo en cambio me avergonzaba hasta de mi sombra.

No contento con la realidad del niño, yo intentaba modificar, esculpir, pintar, adornar, escribir, nombrar su condición con abalorios añadidos a su propia hechura. El niño tenía toda la cara pintada de viruela. Su rostro desfigurado era la miniatura de un cráter lunar erosionado. De ahí mi manía de querer cambiar su nombre por otros, como sol brillante, luna nueva, fuente clara… Para que el pequeño no sufriera.

Más sufría yo viendo al niño, que él contemplándose desnudo a pleno día sin pudor alguno. Si el niño una mañana amaneciera y descubriera en el espejo un rostro que no fuera el suyo, por muy bello que este fuera, sin su propio nombre, se moriría.

domingo, 28 de febrero de 2021

Justicia de puñetas y de apaños

 


¿Martes o miércoles? ¡Qué más da un día u otro, si esta senda o aquel retoño todos van a dar a la irremediable charca de la fatalidad de una justicia domesticada donde venados, ratas y jaguares son los amos del corral!

Un niño ayer, hoy en prisión. Desde que su vecino, un viejo cascarrabias con bigote a lo húsar, le quitara su balón en una tarde de amaneceres interminables, desconfía de todo el mundo. Se hizo malo.

Un juez mira su agenda. Hoy verá si concede el tercer grado penitenciario a un niño ayer, hoy recluso. Este juez es un borde. No cree en la rehabilitación social. Según él, los ladrones siempre vuelven al lugar del hurto. Actuará por tanto en contra del informe favorable de la Junta de Vigilancia de un permiso de salida de tres días a favor del interno niño-de-ayer-hoy-sin alas, con pena privativa de libertad por haber chamuscado los cojones a su vecino del cuarto. El juez pone en orden los papeles de la propuesta elaborada por el equipo directivo de la cárcel, sin siquiera leerlos. Los mete en su cartera con esa seguridad de quien desde su balanza institucionalizada se erige en la verdad absoluta del sistema. El género humano, para este togado hobbiano, es malo por naturaleza, salvo aquellos que fueron ungidos por la dinastía, el poder o el dinero. Este juez, condenando a todo el mundo, se cree el salvador de la humanidad.

Nada más salir de su casa, el magistrado se tropieza con una pareja y un niño. Tan feliz y desenvuelta esta joven familia deambula por la calle, que en lugar de ser martes o miércoles, para ellos parece ser domingo de un sol radiante. La pelota del pequeño se estrella contra el portafolio de tan distinguido juez. El juez con toda la mala leche de un amargado antológico coge la pelota y la lanza al interior de un terreno en obras. Hoy no es sábado ni jueves. Tampoco domingo para un niño que se ha quedado sin su sueño.

Hoy es un mal día con muchas erres en su faltriquera. La historia se repite. Pero no de la misma manera para Un-Dargarín, Un-Bárcenas, Un Rato o Un Emérito a buen recaudo. Todo legal y muy bien construido. Un desajustado poema. Esta retórica caterva de ripios libres, este fin de semana dormirán fuera de su celda, por haber colaborado con una justicia partidista, de puñetas y de apaños.

Y el niño de ayer, hoy mayor, desde el talego determinista de su pobre condición, entonará un poema concatenado de Gabriela Mistral que su maestra de párvulos le enseñara una dulce mañana de recreos infantiles:
Una rata corrió a un venado
y los venados al jaguar,
y los jaguares a los búfalos,
y los búfalos al mar…




jueves, 25 de febrero de 2021

El Palacio de la Música


John Kennedy Toole, el autor de La conjura de los necios, recurría a la música para huir de sus fantasmas. No pudo ser. Se suicidó antes de ver publicada su obra.

Francisco Umbral dice que la música no huele. Tal vez el de Mortal y rosa quiso fustigar nuestras orejas con sus ironías y provocaciones, no exentas por ello de lirismo. 

La música ha sido para unos, caldo de gestación. Antes de nacer ya escuchaban en la barriga de sus madres a Mozart y Vivaldi. Stephen King mientras escribe tiene por costumbre escuchar algún clásico del heavy metal. Otros quieren ser amortajados deleitando su sedado tránsito violáceo con el vuelo fúnebre de campanas, estallidos de cañones o con el celeste tañido de las arpas imperiales. Tienen dicho a sus feudos que en sus exequias hagan sonar los dulces violines de plata de arcángeles y querubines. Hasta Paul Dones, el de Jarabe de palo, recientemente nos ha conmovido a todos cantándose a sí mismo, en su despedida última, la canción de Antonio Vega El sitio de mi recreo:
Silencio, brisa y cordura
Dan aliento a mi locura
Hay nieve, hay fuego, hay deseo
Ahí donde me recreo
.
Conozco yo a una maestra que tuvo de alumno un niño con problemas. Su madre lo llevaba al aula protegiendo su cabeza con un casco de motorista. Su manía era darse cabezazos contra cualquier cosa hasta sangrarse. La tutora, un hada buena, tuvo el acierto de elegir como compañero de clase para este niño un canario timbrado, de cantar alegre y fraguado. El niño, al oír el canto trinado y circular del pájaro, dejó de darse coscorrones.

Yo diría que casi todo el mundo, en su fuero interno, alguna vez ha pensado en la música preferida que encienda de un blanco confortable el tránsito desolado de su barca hacia la póstuma orilla del río del Olvido, ese umbral desconocido o túnel telúrico y ceniciento.

Otros, en cambio disparamos nuestra incendiaria rabia contra el templo de la Música, rompemos sus cristales modernistas y armoniosos para no escuchar el aroma de sus ventanales en pro de la concordia. Preferimos seguir atrapados, ensordecidos en un mundo absurdo de ruidos, controversias y mentiras.

El infierno en llamas no es otra cosa que esa fila trece, que decía Cortázar, donde hay una especie de pozo de aire donde no entra la música.



martes, 23 de febrero de 2021

Amor en entredicho

 


Hay quienes piensan, sosteniendo su cabeza con las manos, llevándoselas a la frente, a la cara. Otros meditan contemplando, de rodillas o de pie, con los ojos abiertos o cerrados, arrepentidos o cantando. Dice Sylvia Plath: Escribir es un acto religioso: es un ordenar, un reformar, un volver a aprender.

Yo también, sin pretenderlo, pienso, me repienso y me interpelo cuando escribo. Mis palabras me delatan cuando miento.

Hoy, he sabido que un prestigioso y multipremiado escritor, (cuyas obras siempre admiré por el valor de su palabra, por su compromiso en favor de la convivencia, su tesón contra el fanatismo, por sus reflexiones sobre las relaciones humanas, la interculturalidad…), ha sido denunciado por su hija:
En mi niñez, mi padre me pegaba, maldecía y me humillaba. La violencia fue creativa: me arrastró desde el interior de la casa y me echó fuera. No era una pérdida pasajera de control ni una bofetada aquí o allá, sino una rutina de abuso sádico.
Ya soy mayorcito. No debería tapar mis vergüenzas con los tropiezos ajenos. Sé de alguna manera que mis conductas no siempre van pareja con mis prédicas. Ya lo dijo don Quijote: Plega a Dios, Sancho, que así sea, porque del dicho al hecho hay gran trecho. No se trata ya de dudar de mi amor hacia mis hijos, sino de saber si ellos por mí se sienten, de la misma manera, queridos.

Y a mi memoria vienen aquellas palabras que Oscar Wilde puso en boca de Gilbert en uno de sus libros de Ensayos: Es muy difícil no ser injusto con aquello que se ama.

sábado, 20 de febrero de 2021

Los sordos oyen



Los poetas, llevados de su lirismo, atribuyen a los sentidos funciones distintas a las que por naturaleza y oficio, éstos deberían ceñirse. Y así en su Azul, Rubén Darío dice que el clarín suena rojo, que hay quienes ven con el paladar y otros que oyen hasta por la nariz.

Recuerda hoy el maestro sus tiempos de docente en los que proponía a los alumnos ejercicios para estimular su imaginación. Escuchaban alguna composición musical. Si en Pedro y el lobo de Prokófiev, el abuelo es el fagot; el pájaro, la flauta; los cazadores, el bombo… Ellos debían pintar libremente lo que la música les sugería. La música, -les decía- son vuestros ojos. Debéis pintar lo que ven vuestros oídos.

Luego, al contemplar sus trabajos, el maestro se sorprendía con las ricas analogías que ellos hacían con la melodía y la lluvia, el color y las distintas creaciones que con sus dibujos ponían cara a sus penas y alegrías, a sus miedos y ataduras… Eran ellos los que le hacían ver al maestro las variadas maneras que tiene una composición musical de hablar y hacerse entender. La música era color, pero no solamente eso, (verde, rojo o amarillo), era también fastidio, indiferencia, grito, liberación, alivio, nube y río. La música olía, era caricia y mar, aire, campo y sentimiento. Los árboles cantaban; una paloma con sus alas dirigía la orquesta; y Cruella de Vil se convertía en la más tierna defensora de los animales. Los niños le enseñaron al maestro a escuchar con el corazón, a hablar con los ojos, a mirar con el alma.

El viejo maestro, hoy encerrado en su rincón, no sabe si, debido a sus años o a la pandemia, se relaciona poco. El poder de sus sentidos ha disminuido. Se ha quedado como sordo, ciego y mudo, se siente pobre y desvalido. Lo que no quiere decir, que haya perdido la facultad de hablar, oler, ver y escuchar. Al contrario comprende que la pobreza es precisamente el camino más certero para disfrutar de la abundancia, del esplendor de las cosas. El viejo maestro entiende, siente ahora el mundo de aquella otra manera sorprendente, simple y mágica que en sus tiempos de maestro le enseñaron sus alumnos. Los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los muertos viven. (Lucas 7:22)

Habla con el alba cada mañana. Los atrevidos brotes de la vieja morera, los vástagos del rosal, las luces amarillas de los vinagrillos y las margaritas… le dicen que la primavera está al llegar. Al mediodía, el sol y el viejo maestro se disputan la sombra. Luego, hacen las paces y almuerzan juntos. En la siesta, suave la tarde unge su piel que se dilata agradecida. La noche abriga y abraza al hombre que, antes de irse a la cama, se despide de cada uno de los árboles que engalanan su vista. El hospitalario nogal, el luciente naranjo, el oleoso aguacate, el sufrido almendro, el ciprés místico..., todos, cada uno a su manera, le susurran al viejo maestro palabras de aliento, reposo y dulces sueños.

Cuando el viejo maestro nada oye del mundo con sus mascarillas puestas, cuando todos le dan la espalda, cuando todo ocurre tan deprisa que la vida se le escapa… la naturaleza siempre está ahí. Siempre le habla. Viejo y huerta se gozan, mutuamente se comunican, se ríen y compadecen de sus ocasos y abriles, de sus alegrías y escarchas.



miércoles, 17 de febrero de 2021

El fantasma de la calle Génova






Estos políticos son la leche. Se creen que mudándose de casa, el fantasma del castillo de la calle Génova dejará de molestarles. Que no, mis tribunos imperiales, que aunque la mona se vista de seda, mona se queda y el casado casa quiera, el hábito no hace al monje.

Cuenta la leyenda que allá por el siglo doce, había un castillo cuya custodia había sido encomendada a un célebre maestre de la orden del Temple, una asociación monástica, militar y católica cuya alta misión consistía en defender los santos lugares, así como sus principios, legados, tradiciones y pertenencias.
 
En una noche de tormenta, el capitán responsable de la defensa del castillo, recibió la visita de un extraño personaje. Este señor, aunque bien parecido, puesto que vestía impecable y bien peinado, tenía un aspecto un tanto siniestro. Nuño Mesón, que así se llamaba el responsable guardián del Castillo, dijo al visitante que tapaba su cara con un pañuelo negro a la usanza bandolera, quién era y cuál era el motivo de su requerimiento. El extraño y al parecer un tanto filósofo y enredador forastero, contestó escueto y a la manera socrática: Yo soy su muerte.

A la mañana siguiente el Señor Nuño Mesón, cagado de miedo, dio la orden a sus tropas y feudos de levantar de inmediato el campamento y plantarlo en otro sitio inexpugnable y a prueba de terremoto alguno.

martes, 16 de febrero de 2021

Vivir a conciencia





¿Acaso el nogal milenario del plantón del Covacho de Nerpio, no se hubiese recreado con el aire y con la luz del sol, sabiendo que un día acabaría derrumbado y cubierto con un catafalco de madera como si fuese un muerto?


Estaba triste y desazonado. Entró en las redes, abrió su muro por si alguien había dejado algún comentario. Quería salir de la soledad que esa noche lo sacudía como una campana sin badajo en medio del desierto. El día se había llevado por delante su conciencia, la percepción de haber vivido. Necesitaba el apoyo de sus followers que lo sacaran del bajón, del vacío en el que se encontraba. Quería deleitarse, alimentar su estima, remontar su ánimo, aunque fuese virtualmente, con los me gustas de sus seguidores, esas estúpidas bolitas que utilizamos para simplificar e intercambiar nuestras emociones, y que se desvanecen enseguida.

Nadie allí había, ningún chat, ninguna ventana, ningún comentario amigo con el que aliviar su aislamiento, y sentir que estaba vivo. Pillado está por las redes. Enmadrado como un bebé a su chupete sin alimento, un agrietado pezón de plástico. Lleva ya un tiempo que, aunque sean muchas las notificaciones aprobatorias a sus ocurrencias tuiteras, en ellas sólo encuentra mera formalidad desprovista de intimidad, afecto y consistencia. No encuentra a nadie que le haga sentir la vida. Vivía sin vivir, que es lo mismo que estar muerto.

De pronto un sonsonete rojo le alerta de que alguien ha dejado en su bandeja de entrada un correo. Se lanza como un loco a dicho email. Lo abre con ansiedad, esperanzado. Se queda de piedra. El remitente es un amigo suyo, fallecido hace tres años. Piensa pasar del correo. En su momento debió eliminar de sus favoritos a todos sus conocidos muertos. Es más difícil matar a un muerto que a un vivo. Le da pena, pena, o respeto ¿Por qué no dejar que viva al menos en la lista de mis contactos?

Tal vez sea un virus. Pulsó varias el enter para eliminar el correo. La tecla no le obedece. Opta entonces, pase lo que pase, por abrirlo. ¿Qué miedo puedo tener a un muerto? Y como quien juega a la guija, increpa al supuesto difunto: ¡Muéstrate quien quiera que seas! Dime ¿qué quieres?

Y es ahora su viejo amigo muerto quien le escribe y le dice con más claridad incluso que cuando estaba vivo:
De haber antes yo sentido esta privación del ser en la que ahora me encuentro, de haber sabido que mi vida tendría un final, hubiese vivido más a conciencia. Saber que uno es mortal es un privilegio. Gracias a este don, el licor de la vida es más embocado, tiene como más cuerpo y personalidad. Dice Joan Margarit: "Pensé que me quedaba todavía tiempo para entender la honda razón de dejar de existir".


sábado, 13 de febrero de 2021

La Lorente




Alguien me dice que la Lorente está ingresada en una residencia. Ha perdido la memoria por completo. No me explico cómo una persona puede ser otra, siendo exactamente la misma. No necesitó remilgos ni adornos para ser ella misma. Recuerdo una vez que hicimos un viaje a Roma representando a nuestro sindicato en algún congreso internacional. Ella ligó más que yo, sin tener que esmerarse mucho. Y hasta anduvo de manitas y arrumacos con un lusitano recio, guapo y combativo, como ella se merecía. Una gran luchadora, albañila, concejala, socialista. Sé que desvelando este secreto, no le falto al honor; al contrario, la invisto de dignidad obligada y merecida.

Hay vivencias y sentimientos que las escribo aquí para que no se me olviden. Después de visitar a mi amiga, me pongo a vestir de letras lo que esta buena compañera de años me ha transmitido esta tarde. No quiero que su vida desaparezca sin más. Irrevocablemente todos estamos llamados a escaparnos de nosotros algún día. Pero nadie que tenga la suerte de estar vivo, merece ser borrado de ninguna agenda, antes de palmarla. Por eso quiero clavar con el martillo de mi escritura en este Diario el recuerdo de mi amiga para que no se lo lleve el diablo de su amnesia y tampoco los demonios de mi olvido.

En un momento de la visita, en cuanto noto que ella no se entera de nada, ni por aludida se da a ninguna referencia o anécdota de nuestro mutuo pasado, he temido ser contagiado por la fuerza de la desintegración de sus neuronas. He querido animarla, revivir con ella viejas alegrías, evocar antiguas experiencias, viajes comunes, contiendas, compromisos compartidos. Ninguna respuesta han obtenido mis intentos, evocaciones y tanteos. ¡Imposible que esta mujer no recuerde nada! Su cuerpo es el mismo; idéntica su cara; su sonrisa, la de siempre, tras el monte de la Cresta el Gallo, en el balcón de su casa de la calle Floridablanca, subida en la carroza del Ayuntamiento, repartiendo juguetes y pitos a los murcianos en el Entierro de la Sardina. La nube azulblanca que en otro tiempo se asomaba despejada y segura, sin dejarse arrastrar por la mentira cristalina de las estrellas fugaces, los rigores del mediodía, las trampas del enemigo, la patronal, la policía.... hoy está apagada. Es la misma, delante de mí está como antaño, delante los dos de la Fontana de Trevi, tirando monedas al agua por ver cambiado el destino del mundo, dulce y arreglada, sonriente en el bar de la residencia donde tomamos unas cañas; pero ella confunde la cerveza con la leche, pues remoja las patatas fritas con la cerveza como si fueran galletas.

Al llegar a casa, me paso hasta bien entrada la noche bloqueado en su mirada atenta, pero vacía. Insisto, era ella. Allí, intacta estaba, sin ser condicionada por el tiempo, ni por su nuevo emplazamiento. La he visto como recién nacida. Incluso me llegó a decir:
Yo sólo sé que estoy aquí, y veo que unos vienen, otros van, yo no los conozco de nada: pero no sufro, estoy tranquila. Soy como una montaña quieta y sorteada por las nubes. Nada me inquieta. Tampoco mi vida pasada. Lo único que me importa es que me queráis, que estéis conmigo.
Tal vez mi amiga hoy es más libre que nunca, Suelta como el viento del desierto sin nada, rastrojos o escudos que la retengan. Y es que somos prisioneros de la memoria. El olvido es como la puerta abierta al infinito despejado. Y ahora, aquí, en esta noche, separados los dos por el río de la ciudad, me imagino a la Lorente eternamente feliz y lozana, tomándose a todas horas su cerveza con galletas.


(El Color de los Días. Junio. 2014. Pág. 244. Editorial Tirano Banderas)   


viernes, 12 de febrero de 2021

El huerto de los callaos



Su vida es un pentagrama de ruidos esparcidos a lo largo del día. Nada más levantarse, le chirría la cama, sus muelles como lechones aúllan pidiendo café para todos. Cuando mal-oye el chasquido de la verja de la casa de al lado, sabe que es la hora que su vecino sale echando chispas hacia las colas del paro. Este injusto chirrido se funde con el alarido de la cafetera. La frenada del camión de los barrenderos le advierte que olvidó bajar la bolsa de la basura. El gruñido de las escaleras, el golpe de la puerta de cristales, el escape del agua de la cisterna del váter, el jadeo suplicante de la perra, las voces del bar, el correr de los niños a la escuela, el crepitar de los carros de la compra sobre las baldosas hambrientas, el gemir de las mujeres camino del mercado, el rozamiento de la tierra sobre su eje degastado…, todos estos ruidos, sables blandiendo sus tapiadas orejas, latidos de su cronometrada, ininteligible y acallada conciencia.

El ruido mayor es el suyo, el que lleva dentro. Hijo es del ruido. Un ronroneo, murmullo de abejorros anidan en sus oídos. Este zumbido no le viene de fuera. El jaleo que bulle fuera, no le molesta tanto. Es el de dentro, de donde arranca el fastidioso aleteo que invade su cabeza aguijoneada por alfileres de punta. Los ruidos exteriores, aun siendo más penosos, le son más suaves, son como sordinas que adormecen los suyos.

Más tarde, la tórrida la luz del mediodía incrementará sus resuellos interiores. Con su calma la noche no suaviza el incesante murmullo del trasiego de los demonios desgañitados que revientan la caja de su cuerpo tembloroso. Al contrario, encapsulado en su soledad, son más hirientes y perceptibles. Ruidos interminables. Compases rutinarios y precisos. Todos estos ruidos han llegado a formar parte consustancial de su vida. Sin ellos, atónito, sin aire se quedaría. No en vano al camposanto llaman el huerto de los callaos. Los ruidos, como saetas de un reloj, marcan puntualmente los pasos de su existencia. El ruido es el conductor y acompañante de su quehacer diario. Su vida es un monólogo rutinario que va de un ruido a otro. Si algún día las notas del ruido no llegaran a ejecutar su hipoacúsica sinfonía, este hombre estaría fuera del contexto. El silencio de la muerte. Dejaría de existir. El ruido es su vida.

Un ciego se apoya en su objeto familiar y conocido para no perderse en el camino…, pues él, lo mismo. Se agarra a sus ruidos para no caerse. Oye al de la tele, al vocero del pueblo, al cura, al picapleitos, al último mesías, al más ocurrente de los tuiteros…, pero no entiende lo que dicen. Todos hablan, pero no dicen nada. Muita parra, pouca uva. Por eso de un tiempo a esta parte sólo escucha a los árboles, las flores, a su perro, a los pájaros, a las nubes. ¿O será que los humanos no sabemos expresarnos? Una cadena de ruidos le mantiene unido a este mundo. La música no ha nacido para él. Escuche a Mozart, a Malher o Juanito Valderrama..., todo le sabe a lata. Berrido tras berrido.

El hombre parece acostumbrado. Asume su ruidosa condición. El día que deje de oír, el no-tiempo empezará entonces a contar. Cuando el tren que pasa frente a su casa deje de silbar, habrá dejado él también de viajar. El ruido, como nuestro sudor no nos apesta. Son los ruidos ajenos, los excrementos del otro lo que nos pone nerviosos. A los nuestros de sobra vamos acostumbrados.

Ya antes el otorrino un día le habló de la posibilidad de acabar con estos ruidos atormentadores: podemos hacer que desaparezcan, pero para ello tendríamos que extirpar por completo el oído.

Nació con parte del nervio acústico destrozado. De ahí sus pitidos interminables. Y este estado inaudible de aturdimiento y mareos, contradictoriamente le ha reportado un repliegue sobre sí mismo, un ahondamiento, un saber estar bien consigo a solas en medio de tanta incomprensión. A sus ruidos debería estar este hombre eternamente agradecido. Ellos le han proporcionado un mayor conocimiento.

Pero esta mañana se ve desbordado. Le han citado en el hospital. Todos los que allí están hablan y hablan pero él no los entiende. ¿O serían ellos los que tal vez hablen una lengua equivocada? Diálogo de besugos. Por culpa de la pandemia todos llevan mascarillas insonoras, opacas. Él además de no oír, tampoco puede leer en sus labios lo que dicen. Esclafado con sus gafas empañadas, sólo ve fantasmas. Visten de blanco. ¡Si pudiera al menos oír lo que los ojos de los médicos dicen! Ellos se encogen de hombros: ¿qué podemos hacer para que usted nos entienda? Nosotros no tenemos culpa de que usted no se entera de nada. Y lo malo es que llevan razón, toda la razón. Su mente es una olla de sonidos no cifrados. Ruidos sin aclarar, no traducidos, inexplicables. El ambiente todo es una nebulosa. Los cuadros que adornan la sala dejan de ser visibles. Todo le da vueltas. Lo peor para él no es que lo tomen por sordo, sino que lo traten además como tonto. Se agarra con fuerza al asiento del sillón. Sus brazos, sus puños quieren escaparse del caos de su cuerpo, de la presión de su cabeza a punto de estallar, dando golpes a las paredes, los armarios, las puertas, abofetear a toda esa gente que lo trata como a un imbécil.

Luego le pasan unos impresos para que los firme, sin darle tiempo a leerlos, ¿para qué? Y allí donde hicieron una cruz, quieren que él estampe su firma de aceptación. No lo hace. Se levanta de golpe, coge los papeles, se quita las gafas empañadas, y se toma todo el tiempo del mundo para leer lo allí escrito:
Por la presente autorizo a los doctores….que lleven a cabo las operaciones quirúrgicas necesarias para tratar de eliminar… Reconozco además que en el transcurso de dichas intervenciones pueden surgir imprevistos que hagan peligrar…
El hombre termina de leer, se coloca lentamente sus gafas, deja de manera brusca los papeles encima de la mesa. Y le dice, como salido de un trance, al equipo médico:
De ninguna manera, señores. No quiero ser intervenido. Prefiero seguir escuchando la mierda que se cuece acá, que quedarme sordo por toda una eternidad.

lunes, 8 de febrero de 2021

Big Brother

 



Lo invisible, por su naturaleza y virtud, todo lo palpa y lo llena, nada es ajeno a su mirada.

Si eres tú, mi mirón indiscreto Big Brother, el que apalancado tras la pantalla de este escritorio observas cada una de las letras que pienso y pulso en este teclado impresionable y supersensible, sábete, mi gran hermano, que te detesto como a un enjambre de avispas. No hay nada que más me moleste que ser blanco a todas horas de la flecha de tus ojos perspicaces.

Tuve yo de pequeña un dios temible que como juez omnipresente me espiaba durante el día y la noche. Todo aquello que hiciera de palabra, pensamiento, obra y omisión, no escapaba de su vista. Es tu ángel de la guardia, siempre va contigo, para que no te pierdas -me decían las monjitas. Tal vez, desde entonces tengo la manía de no aguantar a ningún oliscón a mi alrededor. No lo puedo remediar, me aturullo, me pongo nerviosa. De tal manera me siento acosada, que careciendo mis actuaciones de la libertad que precisan, todo me va de mal en peor.

El otro día instalé en mi ordenador una agenda personal, me ayuda a recordar aquellas cosas imprescindibles, que si llamar al de la calefacción, asistir a la cena con las amigas del trabajo, quedar con mi primo el asesor para que me ayude con lo de la declaración de hacienda… Cada vez son más las cosas que se me olvidan. Ya no porque me falle la memoria, es que inconscientemente, mi responsabilidad quiere verse libre de tanta carga. Y, si escribo primo, de inmediato me sale mi árbol genealógico, y si escribiera renta, me saldrían los mejores paraísos fiscales donde esconder la fortuna que no tengo.

Otra cosa también que me fastidia más que un moscardón detrás de la oreja es que cada vez que entro a Google para informarme de cualquier cosa, me piden que me identifique: Si desea continuar, consienta y acepte. Lo que interpreto como un cheque en blanco para que dispongan de mi intimidad a su capricho. Y lo peor del caso es que dicen, que es por mi bien, para personalizar mi perfil, para evitar fraudes y garantizar mi seguridad. ¡Mentirosos!

Por ejemplo, si ahora mismo apunto en mi agenda la visita programada que tengo con el óptico el martes que viene..., antes de terminar, me llueven a manta multitud de estilos de gafas, de cerca, de lejos, bifocales, anti vaho, ahumadas, progresivas...

Para colmo. Quería yo sorprender a mi amante con una cena original. Mi novio se llama Juanete. Estaba yo poniéndole un wasap a mi madre para que me dijera cómo hace ella el queso frito con tomate. Juanete, porfa, -le dije a mi amigo-, ¿me acercas el boli? Y antes de que él me lo trajera, me aparece en la pantalla un anuncio publicitario: si el dedo gordo del pie se te tuerce debido a un abultamiento de una de sus falanges, en menos de 24 horas te mandamos el corrector ajustado para tu juanete.

No acaba aquí la cosa. Tal vez tú, pájaro mirón de mi escritorio al descubierto, te diste cuenta, (incluso antes de yo misma saberlo), que estaba preñada. De lo contrario ahora no estaría como una loca tras una farmacia en busca de un test de embarazo.

Y lo que más me joroba de todo este asunto es que no sé si el que me ha dejado embarazada es mi novio el Juanete, o acaso, hayas sido tú, mi omnipresente Big Brother. ¡Con tu eterna impertinencia de estar siempre encima de mí, cualquiera diría...!

viernes, 5 de febrero de 2021

El dios enano



El máximo, mayor que el cual nada puede haber, siendo simple y absolutamente mayor de lo que puede ser comprendido por nosotros, por ser la verdad infinita, no es alcanzado por nosotros más que incomprensiblemente. (Nicolás de Cusa. 1401-1464)

Astrea tiene cinco años. La pequeña está enamorada de una pequeña estrella. La llama su muñeco de trapo. Cada noche, a través del morse de los parpadeos de su diminuta estrella, la niña habla y se abraza con un dios enano a su medida. El Dios Mínimo.

El Dios de su madre en cambio, es una lista larga de nombres prepotentes, interminables. El Dios Máximo.

La madre, antes de acostarse, le reza al Dios Alá. Adora al Dios de Spinoza. Venera al Dios de Tagore, al labrador y al picapedrero. Confía en el Dios de Buda y su lucero. Se arrodilla ante el Dios de las orquídeas y de los insectos de Darwin.

Inclina reverente su cabeza ante el sol y sus planetas, el Dios, deus sive natura. Deposita las ofrendas de sus días contados a los pies del Dios azteca, la serpiente emplumada, vencedora de la muerte. Se declara seguidora del dios ágape de los cristianos, del dios homo-mulier factum est.

En el altar de la montaña sagrada, trono y magistratura del Dios de los judíos, cumple a diario sus preceptos. El shabat.

Se postra devota y fiel ante el dios armónico de Einstein, ante la belleza divina de los cipreses de Van Gogh. Dirige sus oraciones hacia el camino del Tao. Se despoja de sus ínfulas religiosas delante del dios cósmico y galáctico de Ernesto Cardenal. En el dios escondido de Lutero guarda la nada de su necia inteligencia.

Aburrida y cansada la niña de tantos dioses imposibles, desde su sabia ignorancia se pregunta: 

¿Tendrá acaso mi madre, un corazón tan grande como para adorar a tantos dioses? ¡Yo con mi muñeco de trapo tengo bastante!

martes, 2 de febrero de 2021

Como cortezas de la naranja

 



Las letras unas veces son sabrosas, otras infumables. A su aire van de aquí para allá, sentando bien a unos, disgustando a otros. Son libres. Pero quien las escribe condicionado está por el trazo congénito de sus grafías mal nacidas, enfrentadas, culturales momentáneas, temperamentales.

El escritor dice: soy lo que escribo. Pero él sabe que miente. Unas veces es el que no quiere ser y, otras, se cree superior a sí mismo. Y cuando consigue ser él… sus palabras no le acompañan. Las palabras del escritor siempre apuntan a otra cosa. El escritor falla más que una escopeta de feria. Por la mañana, es más verso que prosa; al mediodía, de la razón es su prisionero; por la tarde, las nubes son sus alas separadas de su cuerpo. De noche se acuesta enamorado, pero al despertar se extraña de estar junto a la mujer equivocada.

Tampoco es deseo del que escribe ser siempre como el murallón del puerto, inconmovible ante un mar atormentado, o cerrado al bello y calmo atardecer rojo y rasgado por los vientos. Que es de carne y hueso, y en el invierno se enciende, y en el calor se arrebata. Es impredecible, vulnerable. Hoy amarillo y tierno, de su Angélica, prendado, y, mañana, bermellón y airado, enemigo de su amada, como el Orlando de Ariosto, unas veces furioso y otras, enamorado. 

Y así, según beba de esta fuente o de aquella, será desgraciado o dichoso, siempre arrastrado por las circunstancias, por el medio mediatizado. 

Para acabar luego huérfano de sus propias letras, como las cortezas de la naranja, puestas a secar para el fuego.

sábado, 30 de enero de 2021

Vida y obra

 



Con motivo del lío que se llevan unos y otros (negacionistas y partidarios) con el affaire de que varios manuscritos de Jaime Gil de Biedma hayan tenido la gloria de ser acogidos en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes, me viene, no sé si al pensamiento o a mi conciencia mojigata, el clásico debate entre la vida y la obra de los que por oficio se dedican a escribir. Sabemos de autores cuya buena creación y mala conducta no anduvieron siempre de la mano. Biedma en concreto confiesa en Retrato del artista, (1956), haber mantenido experiencias homosexuales con menores en la prostitución de Manila.

También hubo otros. Lord Byron y sus relaciones incestuosas. El Celine pro nazi. Rousseau abandona a sus hijos. Escritores defraudadores al fisco. Escritores suicidas, asesinos. Las infidelidades conyugales de Sartre. El sadomasoquismo de Joyce. Los hijos bastardos de Shakespeare... La profesión no exonera del mal a los maestros de la escritura.

La ética y la estética, no es que estén reñidas, sino que cada una de estas dos categorías tiene su propio campo y finalidad. Pero los lectores tendemos a meter en el mismo saco el esplendor literario de nuestro autor preferido y la catadura de su moral. Y si acaso unos, los más ortodoxos, se rasgan las vestiduras y se oponen a la consagración de las obras literarias de aquellos autores que con su vida particular transgredieron el orden moral constituido, vienen otros, como García Escudero, el director del Cervantes, a defender a Biedma:
Cuando aprendamos a amarnos a nosotros mismos lejos del fango, a estar orgullosos de poetas como Jaime, dejaremos sin voz a muchos demonios de tres al cuarto. No conviene sacar los hechos de su contexto, sino aprender hacia el futuro de las desigualdades del pasado. Jaime fue una persona decente.
No es lo mismo leer un libro que está premiado y leer ese mismo libro, sabiendo que su autor es un pervertido. Y así los lectores al no distinguir entre la vida y la obra de nuestro autor preferido, al enterarnos de sus escándalos, nos llevamos las manos a la cabeza. El eterno debate. Ética versus Estética.

Pero, yo por más que me caiga mal un escritor, ya sea imperialista o nietzscheano, revisionista o conservador, gay o un putero, si su lectura me agrada, no por ello dejaré de leerlo.

jueves, 28 de enero de 2021

Intertextualidad




Casualidad, plagio, suplantación de identidad… ¿o mera coincidencia…?

Hoy leyendo un poema de José Bergamín, me he quedado de piedra. Nada de este escritor de la generación del 27 había leído yo hasta hoy. ¡Y se parecen tanto sus versos a unos que yo escribí hace más de veinte años…! Y me miro por ver si son suyas mis manos, si son suyos sus ojos y mi cara, o tal vez sean mis letras las que un día de sol y aforismo el autor de El cohete y la estrella escribiera. Y en esta columna ut infra traigo las dos composiciones: gozosamente la de Bergamín (la de la izquierda), y modestamente la mía (la de la derecha). Son como dos gotas de agua.

No quiero, cuando me muera,                      No me esperéis, oh cielos,
nada con el otro mundo:                               luego cuando yo muera.
quiero quedarme en la tierra.                       Juro no ir a veros
Quedarme sólo en la tierra                           aunque tal vez quisiera.
sin paraíso ni infierno                                  No habrá dios que me muera.
ni purgatorio siquiera.                                  Pienso quedarme quieto.
Quedarme como se quedan,                         firme pisando tierra,
sobre el suelo humedecido                          ver como en el majuelo
del bosque, las hojas muertas                      crece la sementera.

Es como si en el fondo de cada individuo habitara una memoria colectiva, un mismo sentimiento, una misma idea que pasa como genoma invisible de unos a otros. Y esta fuerza nos hermana a todos, físicamente nos globaliza, sin que por ello debamos ser conscientes de su transmisión y existencia. Y así equivocadamente damos por nuestro lo que por naturaleza es de todos. No hablo de cosas raras ni del misterioso azar.

Que no sólo escribió El Quijote, Cervantes. También, Avellaneda. Y la Divina Comedia, aun siendo de Dante, ¿quién se atrevería a decir que en su creación no tuvo nada que ver Beatriz? Y confío, si el tiempo no fenece, como afirman los anti-milenaristas, que otros lo sigan haciendo para disfrute de las generaciones venideras, ya que la inspiración es patrimonio universal, un gran y divino embalse del que bebe todo el mundo. ¿O acaso sabemos de algún mortal al que se le haya privado soñar el sueño que otro antes soñara?

domingo, 24 de enero de 2021

Entre comillas


Partiendo de la premisa de que todo concurso es una estrategia mercantilista, sobra decir que no soy partidario de ninguna competición, llámese ésta culinaria, de costura, albañilería… También meto en este saco nuestro sistema liberal y desajustado, competitivo y excluyente por el que nuestra sociedad se rige, se mata y se desvive. ¿Acaso nuestra sociedad no es una carrera donde sólo triunfan los más fuertes, los cuerdos, los más sanos? Tampoco descarto, en este orden de cosas, esos certámenes literarios, cuyo interés es el incremento de ventas de un determinado bestseller en manos de un consejo de administración, la mayoría de las veces, ajeno al arte o a la literatura.

Me resisto a participar en eventos de esta clase. ¿El motivo? Tal vez, no acabar con el rabo entre las patas, ese orgullo de no querer ser derrotado. Y aun así, confieso haber participado en algún que otro concurso. No puedo acallar al homo faber, utilitario y ambicioso que llevo dentro, frente a ese otro ser que me dice que el corazón humano es la base y el motor que mueve el mundo.

Y así, cuando, el otro día, se me ofreció ser miembro de un jurado de un concurso literario, me vinieron de nuevo las dudas, pero dadas las afinidades que me unen a la institución convocante, una asociación de familiares y personas con trastornos de salud mental, no podía decirles que no. Los premios establecidos, lejos de ser crematísticos, eran más bien simbólicos, encaminados a fomentar la lectura y la escritura creativa. La escritura como medio de expresión de conocimientos y emociones es una herramienta que nos permite liberarnos de los males que por dentro nos debilitan y corroen. La escritura es capaz de sacar a la superficie nuestro propio subconsciente. En la escritura puede encontrar el náufrago ese barco que a salvo lo lleve a la orilla de la bonanza, la curación y la dicha.

26 cuentos fueron los que concurrieron. Todos ellos me sorprendieron gratamente. Creaciones nacidas de un estado de conciencia altamente sensible, noble y solidaria. Su lectura me ha enseñado que nadie como un hambriento puede resolver mejor la pobreza y el justo reparto del trigo que producen nuestros campos. Nadie como un herido puede curar a un lisiado. Nadie como un cojo para liderar una carrera, nadie como un sordo para valorar una melodía. Me sorprendieron, repito, por su sabiduría natural y profunda, por su alto nivel de autoconocimiento, por su empatía, por la enseñanza de que el mejor antídoto que conoce el ser humano para vencer el mal es la práctica del bien. Y así he visto en cada uno de estos cuentos la respuesta a este mundo veleidoso y, a veces, egoísta y competitivo, que se deja llevar por los laureles y la apariencia. La escritura hace sabio y bueno a quien la ejercita. La escritura de alguna manera endulza la exclusión y el dolor. Dice Paul Austen, que escribir es un acto de supervivencia.

Si de la abundancia del corazón habla la boca, de las letras de todos los que han participado en este Concurso literario Entre comillas, yo he saboreado la grandeza de sus almas.



jueves, 21 de enero de 2021

El peso triste de la lluvia

 



Después de cenar, al poner el lavavajillas, fue cuando a la mujer se le ocurrió la idea de deshacerse del marido. Ya lo dijo Agatha Christie: los mejores crímenes de mis novelas se me han ocurrido fregando platos.

La mujer mira cómo llora el cristal de la ventana. Llueve con aplomo. Lluvia pesada y persistente, incapaz de horadar la dureza de un remordimiento sin culpa. Que no se arrepiente el cuchillo del matachín por degollar a un cerdo. A pesar del gesto adusto y la tristeza abisal, a la mujer se la ve tranquila. Parece una estatua viviente. Esa serenidad inmóvil en la que queda el silencio tras el estruendo explosivo de un disparo. La impasibilidad de una conciencia irreversible, acorazada.

La mujer hace ya un tiempo que puso la olla en el fuego. Espera que hierva el agua para echar cuatro puñados de arroz: dos para ella, y dos para el marido. El vicio de la costumbre: dos cubiertos, dos cepillos de dientes, dos tiques para el bus. Un cajón para los calzoncillos del hombre; otro, para sus bragas. Un café con leche para ella; un solo para él.

Detiene ahora el vuelo un pájaro. Se posa en el pasamano de la barandilla del balcón. Sigue lloviendo con la misma compungida cadencia. Los regueros que caen del alero del tejado estallan sus lágrimas al explosionar contra la acera. La mujer, aun así, está como paralizada en el tiempo, tiempo a su vez cataléptico, que pareciera haberse también detenido, espantado por lo ocurrido.

El gorrión se sacude ahora el agua de las alas con alegría, parece el único ser de la creación que no se ha enterado de lo que pasa. Frente a la bruma de la mañana, la mujer mira sin mirar nada. El pájaro, ajeno a lo sucedido, parece contento. O tal vez no: que siendo la avecilla sabedora de lo ocurrido, lo encajaría como un necesario ajuste de cuentas. Cada vez que el gorrión se sacude de encima el peso triste de la lluvia, la mujer se siente aliviada. Sus aleteos le saben a redención y a justicia. El paréntesis de las caderas jóvenes de la mujer se dilata.

El gris que entra desde fuera se apodera de la estancia. La humedad reina en la casa. La penumbra ceniza invade también la cocina. El vapor del agua chorrea por los azulejos. Un chisporroteo de burbujas dentro de la olla pide ser detenido. A la mujer se le ha ido el santo al cielo. Ensimismada con la lluvia, se le ha olvidado que ha de tener la comida preparada para que, cuando el hombre vuelva de la taberna, lo tenga todo dispuesto, como a él le gusta: la silla pegada a la mesa, la cortina corrida, la perra Agripina, encadenada en el patio. Y ella, perfumada y con los labios pintados de fresa, recién duchada, esperándole con las piernas abiertas, sentada encima de la barra de la cocina.

Al narrador le gustaría ahora detenerse en las causas que han contribuido a configurar este determinado ambiente-clímax que acabar de describir y que por otro lado no se ajusta como él quisiera a las circunstancias que han dado lugar al hecho que quiere contar. Pero no. Le resultaría morboso extenderse en los detalles: que si a la mujer le resultó fácil clavar las tijeras en la carótida del marido, que por qué no hay ni un vestigio de sangre por ningún sitio… O por qué la cabeza del marido, después de una semana sigue sin ser hallada. Todo está limpio y ordenado como le gustaba al marido.

Mejor que el lector se pregunte el porqué de la lluvia, por qué una mujer se alía con el destino para deshacerse del hombre, o por qué la canción de Aretha Franklin: estás en la carretera todo el tiempo, todo lo que puedes esperar es un poco de respeto cuando llegas a casa, sigue sonando una y otra vez sin que nadie se atreva a parar esa música vindicadora.

El agua hierve. La mujer echa un puñado de arroz, luego el otro. Dos policías acaban de entrar en la cocina. Uno de ellos, respetuosamente cual pontífice que corona a su Virgen, le pone las esposas. El otro pregunta:
¿Mujer, dónde tienes a tu marido?
Ahí lo tenéis, -contesta ella-, decapitado y metido en el friegaplatos.
Sigue lloviendo. Una lluvia eterna.