lunes, 4 de julio de 2022

Infancia desnutrida y reseca


 
Cuando empieza a llover hay que dejar todo lo que uno lleva entre manos, pararse frente a la ventana, o incluso salir al portal de la casa y ponerse a contemplar la lluvia como si fuera lo único en el mundo que importa. E incluso si te coge durmiendo y oyes la lluvia aporrear los cristales de tu ventana, debes ser muy ingrato si no te levantas a contemplar este milagro, aunque sean las cinco de la madrugada.

Cada vez que llueve se le desinflaman al niño los granos de pus que le salieron en la barriga cuando era pequeño. ¡No veáis cómo aquellos bultos relucientes de hinchados le apretaban la carne vacía por dentro! Y en el momento en que la nube descargaba su cuba de agua por el callejón de su casa, de repente sus dolores, las bambollas del hambre, el berrinche de su padre, el malhumor de su madre… la rambla se los llevaba. Aquel gris iluminado del agua era una bendición.

El niño de ayer, aquel de las bambollas puñeteras en su estómago, hoy, ya mayor, se levanta nada más oír llover, y ve a su padre, a su abuelo, a la familia entera risueña y sabedora que la lluvia hará crecer el cereal y habrá pan en el amasador, mantecados y tortas de miel para todo el año. Y aquella humedad del agua como levadura hacía crecer sueños, fermentaba las ilusiones del niño hasta hacerlas florecer como rosetones en medio de la torta secreta que la abuela preparaba en la cocina.

Una noria de plata empaña el cristal de la ventana. El niño con el dedo de su mano dibuja soles y lunas que lloran de alegría al ver la lluvia tan sana que cae de madrugada. Y es que el agua de hoy ha curado las llagas del niño de ayer que lloraba su infancia desnutrida y reseca.

jueves, 30 de junio de 2022

En casa del herrero, cuchillo de palo


El tejón, el de la cueva del tasugo, recomendaba el otro día en su blog la lectura de Les gratitudes, una historia emotiva y a la vez desoladora de Delphine de Vigan. Marie, una de las narradoras de la novela, describe la vejez de Michka Seld, una anciana que progresivamente pierde el habla. El tejón acostumbra a embelesarnos con fotos de la naturaleza, a cuyo pie siempre inserta un hermoso y poético comentario. La entrada a la que me refiero (Envejecer. 13/5/22) viene acompañada de una cita desveladora y muy bien traída del libro de esta escritora francesa acerca del vacío producido en las persona mayores por el olvido de las palabras.
Envejecer es aprender a perder. Asumir, todas o casi todas las semanas, un nuevo déficit, una nueva degradación, un nuevo deterioro. Un día ya no puedes correr, ni caminar, ni inclinarte, ni agacharte, ni estirarte, ni encorvarte, ni darte la vuelta de un lado, ni del otro, ni hacia delante, ni hacia atrás, ni por la mañana, ni por la noche, ni nada de nada. Solo puedes conformarte, una y otra vez. Perder la memoria, perder los referentes, perder las palabras. Perder el equilibrio, la vista, la noción del tiempo, perder el sueño, perder el oído, perder la chaveta. Perder lo que te han dado, lo que te has ganado, lo que te merecías, aquello por lo que luchaste, lo que pensabas que nunca perderías.
Y me acordé de lo que hace tan sólo unas semanas a mí también me aconteciera. Y no es que me acordara, puesto que lo me pasó está presente a todas horas en mi conciencia, como esa marca que al rojo vivo se le hace a un animal y que consigo siempre lleva sobre su laborioso lomo.

Me acordé –repito-, de lo que hace unas semanas a mí me pasó. Queriendo yo decir algo a mi pareja, mis palabras no se ajustaban a lo que yo quería decir. En mi cabeza tenía claro lo que quería transmitirle, pero mi pronunciación era inteligible. Un barullo de sílabas pésimamente combinadas, palabras sin sentido, mal ordenadas salían de mi boca. Me sentí ridículo; ridículo y descorazonado; decepcionado y loco, sobre todo loco, al no poder llamar a las cosas por su nombre. Mi lengua de trapo, no es que no encontrara la palabra justa para concretar mi deseo, sino que era incapaz de la articulación debida, un perfecto borracho de las palabras. Y así, desposeído del don del habla, me vi perdido, desorientado, (como Michka, la viejecita de Les gratitudes de Delphine de Vigan), en un desierto ilimitado, sin señal alguna de referencia. Mi voz estrangulada por el yugo de la derrota. Viéndome en tal estado de confusión, rota toda posibilidad de comunicación alguna, como un Sísifo atribulado e impotente, fui a urgencias. Me diagnosticaron disartia, afasia nominal. Y siendo yo logopeda, mi frustración fue aún mayor. Cura te ipsum. En casa del herrero, cuchillo de palo.

¿Cómo podría yo seguir existiendo en un mundo en el que las cosas no tenían nombre? Y no sólo eso, sino además a veces cuando oía una palabra, entendía justo la contraria. Un ejemplo: en estos momentos escuchando estoy a los miembros de la Otan en Madrid alardear de la paz, repetir y cacarear la palabra paz por activa y por pasiva, pero a mis oídos sólo llegan los estruendos de la palabra guerra. Si uno no quiere, dos no se pelean. De seguir así la sin razón acabará no sólo conmigo, sino con el propio mundo en el que vivo.

Y fue entonces, al ser desposeído de la correcta capacidad de hablar, cuando me di realmente cuenta de la importancia del silencio.

lunes, 27 de junio de 2022

Triste hermosura

 


Cuando esta mañana de madrugada he salido al campo a orinar, me pongo a espiar a la luna. Me la encuentro sangrando, abrazada al ciprés que se levanta guardián y altivo al pie del pozo ciego. Junto a ellos, una nube con forma de tarta de vainilla y nata cubre (o tienta) su timidez. 

La luna al verme se espantó avergonzada, y siguió navegando por las olas apacibles del alba en busca quizá de otro ciprés que le diera consuelo. A voz en grito susurrando le pregunté a la luna por qué lloraba, que se posara en mis brazos que yo la deseaba tanto que mi amor curaría sus heridas y por supuesto también las mías. Antipática la luna desoyó mi ruego. O tal vez no, que lo que más le dolía a la luna era su propia belleza, al no poder detenerse, gozar y compartir con nadie su blanca hermosura. 

Yo no sabía que si la luna detenía su vuelo, caería en picado rompiéndose en mil pedazos, y como las flores cortadas del camino, dejaría de adornar el cielo.

sábado, 25 de junio de 2022

Lloran las paredes de mi casa

 


Hoy se ha despertado la pared de mi casa manchada de sangre. La casa se retuerce, se resquebraja. La pared llora la muerte de dieciocho personas que han muerto este viernes al entrar en mi casa. Y yo su inquilino, sigo tan campante como si no hubiese pasado nada. Me avergüenzo de que las cosas, los muros y las fronteras muestren más sentimientos que la especie humana.

lunes, 20 de junio de 2022

Annabel Lee

 


Me encontré a Allan Poe abrazado a una botella de coñac casi vacía. Aparté la botella. Me miró sin abrir los ojos y me espetó con palabras que se le caían de los labios como babas epilépticas:
Tranquilo, nunca bebo de día.
Escupió una brizna de tabaco. Abrió luego sus ojos de vinagre. Y me dijo:
Es la noche mi droga. Hay quienes beben para olvidar, yo bebo para ver a la estrella y colmar mi espíritu.
Le incriminé con cierta ironía:
Ya lo veo..., ¡aclarando tus ojos en los tinteros de alcohol!

Y él me replicó arrugando su bigote: 

No te montes, muchacho, no te me montes, que los mejores hombres se encuentran siempre en los peores sitios. Siempre me cautivaron las luciérnagas, esas diminutas lucecillas del campo. Es en la oscuridad donde mejor distingo, me aclaro y me maravillo de su bella inocencia. ¡Son tan jóvenes, sensibles, trémulas y esquivas…!  Cuando bebo, más cuerdo me siento y mejor las distingo. La noche desnuda de hipocresías mi arrogancia. El día me encandila. Sólo puedo verlas de noche. Lo mismo que este asqueroso bar guarda y da abrigo a lo más cochambroso de la ciudad, la noche cubre con su perdón y misericordia el descaro y la maldad de mis tropelías. Si me adentro en la noche es para ser el primero en saciarme con el amanecer de Annabel Lee.
Luego al ver en mi cara la extrañeza y curiosidad por tratar de saber quién era la tal Annabel a la que se refería, tartamudeó unos versos que por su énfasis gótico y delirio enturbiado entendí que serían suyos:
Hace muchos, muchos años
en un reino junto al mar
vivió una doncella…
Ambos éramos niños…
Pero amábamos con un amor que era más que amor.
Luego lo mismo me hablaba, de Lolita, la de Nabokov, que se retractaba de ser Allan Poe. Hasta me dijo, o eso entendí yo, que él era el mismísimo Humbert Humbert, y que la tal Annabel había muerto tras el parto de un hijo suyo.

viernes, 17 de junio de 2022

Mujer azul


 
Para Degas la muchacha era un vestido azul, perdida en el multicolor zoco de la vida.

Andrómeda está muy bella, es elegante: pechos firmes, piernas de bailarina y talle de avispa airosa, brazos en alto, dicharachera y danzante. La primera vez que Edgar echó en falta a su sobrina fue un fin de semana. Sábado y domingo estuvo Andrómeda sin aparecer por la casa del pintor. Luego el lunes por la mañana por fin se presentó, y tal fue la alegría de Edgar de volver a verla que se creyó a pie juntillas lo que Andrómeda le contó, que había sido raptada por un ovni, un arrebato en toda regla del que no recordaba nada.

Desde entonces, su tío bien se fija qué blusa se pone Andrómeda, para que si se perdiera de nuevo, poder encontrarla por el color de sus vestimentas. Esta vez, es la segunda vez que la sobrina lleva toda una noche fuera de casa. Degas sabe que se puso el vestido azul. Andrómeda es una joven muy pulcra y cuando trabaja no se le ocurre ponerse un vestido cualquiera. Por eso la sobrina nada más salir de casa, en los aseos mismos del supermercado, se cambia de ropa, la blusa azul, por esa otra roja chillona de puntitos de plata dejando toda su bella espalda desnuda al descubierto.

Edgar, obsesionado por el azul, trabajo le cuesta dar con su sobrina. Por fin tras avatares daltónicos y demás confusiones cromáticas, la encuentra acompañada de un hombre con ojos de lagarto y cejas muy pobladas, al salir de El Picadero, esa pensión junto a la estación del norte. Y disculpándose dice Andrómeda a su tío Edgar:
Te presento a mi raptor el extraterrestre. El ovni lo tiene aparcado en la constelación de Casiopea.
Edgar Degas, al percatarse que su sobrina va vestida ahora de granate putón, añade:
¿Pero tú no llevabas puesto el vestido azul, o es que me estoy quedando ciego?
Sí, pero como pintor usted bien sabe que las radiaciones del espectro lumínico del ovni invierten las ondas cromáticas, ya comprende: colores fríos por calientes...

sábado, 11 de junio de 2022

El Sahara Occidental

 



España considera la propuesta marroquí de autonomía presentada en el 2007 como la base más sólida, seria, creíble y realista para la resolución de este diferendo.
(De la carta de Pedro Sánchez a Mohamed VI. Madrid. 14 de marzo. 2022)

Cuando la política deja de ser un sentimiento, un compromiso, y se convierte sólo en una estrategia geopolítica al servicio de intereses oscuros, es que ha llegado el tiempo de pasar de ella o de reinventarla. Si el sapo se estancara en su proceso de metamorfosis, jamás príncipe alguno vendría a enamorarse del croar de una rana.

viernes, 3 de junio de 2022

Ni una más


Desde aquel día, siendo yo apenas una niña, en el que un malnacido me rompiera la cabeza con sus puños violadores, no he derramado ni una sola lágrima. Tras tanto llanto por haber sido ultrajada por aquel hijo puta, mis lagrimales quedaron sin pena y sin agua. Y tanto tardó el practicante en coserme aquella herida, que a mi alma tiempo le dio para escaparse del cuerpo por aquel maldito agujero. A partir de entonces, cuando a mi lado alguien se quejaba por cualquier cosa, ya no sentía nada. Ni yo misma notaba dolor alguno por mi preñez forzada. Me pasó lo mismo que a esos soldados que, al volver de la guerra, tanta muerte y horrores vieron, oyeron y padecieron, que sus ojos y sus oídos quedaron sordos, ciegos, insensibles y vacíos. La fuente de mis afectos, (mi alma en este caso), rota quedó para siempre. La crueldad y la insensibilidad vinieron a formar parte habitual de mi conducta. Pues nadie en su sano juicio haría lo que yo hice, cuando di a luz al bebé fruto de aquella violación. Cubrí su diminuto cuerpo inocente con una toalla, hasta dejar de oír su respiración. Luego cuando en el juicio me condenaron a veinte años de prisión tampoco sentí nada. ¿Qué podía sentir una niña como yo a quien le quitaron un día el alma de una puñalada?

martes, 31 de mayo de 2022

Nuestra adhesión a la Otan



Imagine all the people
Living life in peace

Tiempos bélicos. Necesitas de un enemigo para poder vivir de manera equilibrada, hasta cómoda y feliz, diría yo. Incluso si no fuera así, si por desgracia no tienes a tu lado alguien con quien pelearte, deberías buscarlo, y hasta pagar por él si fuera menester. No puedes seguir viviendo en paz contigo, si no estás en guerra con tu vecino. Si vis pacem para bellum. ¡Acabas de celebrar, España, con bombo y platillos tu adhesión a la Otan! Homo hómini lupus. Y te vanaglorias de tu alma guerrera. Somos capaces de cantar con Lennon y Yoko Ono el Imagine, y al mismo tiempo marcar el paso con el himno de la Sagrada guerra (Svyashchénnaya Voyná): De pie, gran patria de pie hacia la mortal batalla. Lo malo, no es tener un enemigo, sino no saber dar con el que más nos conviene.

viernes, 27 de mayo de 2022

Time out



Quisieras poder decir lo que te pasa: si te tiemblan las manos, si te sudan los pies y los sobacos, si los casi cuarenta grados de esta tarde calcinarán las meninges de tu cerebro, si el hombre aquel repantigado que pasa la siesta en una hamaca bajo el porche de su casa, y que no para de mirarte, estará en paz con su mujer o con hacienda, consigo mismo o con su suegra. Quisieras tú saber si antes de nacer ya existías. Quisieras que te pasara algo en este momento para poder sentirlo, para saber si estás vivo. Prueba sería de este tu vivir feo, incoloro y desvaído. El calor de las cuatro de una tarde de verano te retiene catalépsico. No te zumban los oídos, y los latidos de tu corazón acalorado ni pulsan ni tienen sentido.

Desde donde estás ves pasar por el carril del tío liebre un gato lento, lleva cargado todo el cambio climático sobre su lomo escuálido. A estas horas ni un alma se atrevería a salir a la calle. El sol mantiene sellada todas las puertas y ventanas de la huerta. El gato -alma en pena- se detiene global delante de tus narices, te mira y te dice:
Cuídate, amigo, ponte a la sombra si no quieres morir como los pámpanos del mundo retorcido bajo el que te achicharras.
El gato te mira de nuevo. En sus ojos, no sabes, si ves su muerte o la tuya. Y añade maulando el misino como si sus palabras salieran del pozo de las siete tumbas: 
Lo bonito sería saberte muerto, pero con la esperanza de volver a recobrar el sentido.

martes, 24 de mayo de 2022

El ladrón del cementerio

 


La tarde en la que se presentó en la Biblioteca de Molina de Segura El ladrón del cementerio le dije a José María López Conesa Leeré tu libro. Y este es el breve apunte, muy personal y a pelo, sin más pretensiones y arreglos, tal cual surgía conforme de un tirón devoraba yo la novela de mi amigo del alma y de tareas literarias, como a él generosamente le gusta llamarme. Tal vez por ello este comentario parezca no ser objetivo e imparcial por la amistad que nos une, pero de ningún modo pretende ser adulador o falso.

Envidio la naturalidad con la que algunos escritores como José María se manejan con los diálogos. No parecen conversaciones contrahechas, impostadas, escritas sobre el papel frío, sino espontáneas, frescas, como sacadas de la realidad natural, coloquial y comunicativa, frutas apetecibles, frases sazonadas recién cogidas del árbol. Llaneza y fluidez literaria.

El escritor deja entrever su sentido más experimentado de la vida: Un hijo es un engorro, aunque no puedes dejar de quererlo. Vivía por voluntad propia en compañía de su mujer. Como si el resto de los maridos viviéramos, José María, encadenados a nuestras parejas. (?)

Y con ese mañana te lo cuento, ese estilo suyo tan clásico, tanto en el narrar como en su describir detallado y concreto que embebe, boca sedienta, que deja al entretenido lector interesado, enganchado al libro. Y en el relato pormenorizado de lo que paso a paso cuenta, Conesa me recuerda a esos grandes narradores de nuestra literatura española, (llámense Quevedo, Lope, Galdós, Unamuno…) que nos sumergen de manera dulce y a la vez ansiosa, curiosa, tranquila, y a veces irónica y trágica, sin calzador alguno, en la trama y lectura que, cual río apacible nos arrastra al mar de la felicidad de las letras, bálsamo, desahogo y paz, o como él mismo dice en el Prólogo, agrado y relax para estos horribles tiempos que nos están sacudiendo.

Al igual que Flaubert, (para quien la palabra era el alma de las cosas), anda López Conesa tras el significado justo de lo que escribe: saneé el frutal a la vez que perdí la salud. Sus palabras selectas (bien elegidas), y con solera. Unas huelen a ilustración, a siglo de oro; otras, a huerta, a campos de La Mancha. Palabras viejas sacadas del carcomido baúl para que se airén y no se corquen: torva idea, voseo, infundios, ventribaja, bebían los vientos, enjarretarse, los ojos le hacían chiribitas, férvido amor, quebrancía, magín, el jazminero y su aroma penetrante y dulzón,…

Y una extrañeza que a la vez me despista y también me encanta: no me explico cómo aparentemente personas buenas, humildes y honradas, (algunos personajes de su novela), pueden convertirse en seres alocados y perversos. A no ser que el autor haya querido dejarnos un velado y profundo mensaje: no somos ni buenos ni malos por entero, sino que estamos hechos de una hermosa y bipolar mezcla: mitad, tierra; y la otra mitad, cielo.

Tanto Amelia (la novia de Cintín, el protagonista de la novela), como su hermana Milagros, (la antagonista), al igual que el mismo Cintín, o el ilustre médico don Diego, personajes todos ellos que en un principio nos dan a entender una cosa, resultarán ser luego lo contrario. Amelia: coqueta y casquivana, acabará siendo la más honrada y buena moza de su novio, enamorada. Así como el propio Cintín, cuerdo, ilusionado y buen estudiante pasará un tiempo hundido, apático y confuso. Lo mismo que el académico doctor, un eminente y servicial profesor de universidad, será condenado como un taimado ladrón de huesos. Los contrastes y las contradicciones son siempre buen alimento y recurso para escribir textos elocuentes, reparadores, ricos en humanidad, psicología, comprensión y conocimiento.

En El ladrón del cementerio, a pesar de sus necrófilos y negros asuntos, priman sobre todo los colores bellos, aromas cautivadores propios de los cuentos con final feliz, alentadores jardines donde en medio de tanta sisca, ogros, dragones y hierba mala, renacen y abundan las flores del bien.

El López Conesa escritor se me ha revelado en su libro tal cual como lo conozco en su vida real. Un hombre, calmo, respetuoso, ponderado, sencillo, culto, sensible, noble y enamorado, de elevados ideales, azote y denuncia del desorden establecido. En definitiva, un ser humano por antonomasia, como su Cintín-emblema, el novio fiel, el hermano agradecido, el compañero querido e inolvidable.


jueves, 19 de mayo de 2022

El tonel de las Danaides


¡Lástima que aquella mañana un sueño de abril me despertara! Soñaba que una joven bien parecida venía hacia mí. Una vez en mi presencia, me dijo que si podía hablar conmigo un momento. Recuerdo que yo iba todo manchado de estiércol. Acababa de dar de comer a las gallinas. Le dije pues: Espéreme un momento mientras me lavo las manos. Enseguida estoy con usted. Pero antes de que yo terminara de asearme, me desperté. Quise volver al sueño para que la mujer me contara lo que quería decirme. Y allí, en el mismo sitio, vi que la joven estaba esperándome. Pero no me dijo nada. Tampoco hizo falta. Con sólo ver lo que hacía (con un cazo echaba agua a un tonel agujereado), comprendí que los trenes del sueño ninguno de ellos repiten su trayecto. Condenado estoy por tanto a no lograr nunca lo que quiero.

martes, 17 de mayo de 2022

Camino de imperfección



Hubo en su vida un momento, un momento eterno y santo, en el que abjuró de toda forma, impureza y veleidad. Tiempo de juventud atesorada. Su convencimiento, entrega y afrontamiento eran su más pura esencia, desprovista de tibiezas, hojarascas y presunción. Fue fiel a rajatabla. Consagrado cumplidor, todo un talibán, sin dudar ni un segundo de su verdad atornillada que ajustaba el andamiaje de todas las piezas de su ser, cual una brizna de hierba, inquebrantable.

Hoy, en cambio, aquella su sazonada fidelidad inamovible a las tablas virtuosas de su adorado credo le parece una herejía. Es más transigente con el vicio y las malas formas de la gente. En las maneras pecaminosas se ve a sí mismo retratado, camino de imperfección que le lleva como rata al vertedero a fundirse con el bien.

No extrañéis, dulces amigos, que esté mi frente arrugada; yo vivo en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas. (Antonio Machado. Proverbios y Cantares.)

Mañana su dolor será más grande cuando muera y tal vez con él desaparezcan también su Dios y sus sueños.

sábado, 14 de mayo de 2022

Espinosa Pardo. Historia de un confidente



En todo lo que López Mengual escribe siempre encuentro una bendita ocurrencia, esa dosis de humor fresco, pedagógico e histriónico con el que el mercero y escritor, (como a él le gusta llamarse), acostumbra a rebozar sus leyendas. Y aunque su última novela, Espinosa Pardo Historia de un confidente, pertenezca al más puro estilo endiablado, tampoco está exenta de ese salero suyo tan sugerente:
La mujer bella de Antolín y contradictoriamente fiel.
Su primer trabajo de carpintero fue lijar un ataúd.
Que mal huele la mierda de los comunistas.
Los problemas en Murcia son dos: La sequía y Hernández Ros…
Cuando nos despedimos de la casa, el perro seguía ladrando…
El autor huele a las mil maravillas, sabe cuando una sencilla anécdota o un hecho revelador pueden convertirse en un brillante-texto-plato, fuerte y suculento, para un lector afortunado en busca de emociones trepidantes. Paco tiene bien abiertos los ojos, tanto como su escucha. Siempre diáfano, pegado como un niño boquiabierto a la realidad de las cosas más simples, ¡simples! y, por ello, importantes ineludibles y esenciales a la vida. Es una esponja, una ventana, requisito imprescindible para todo escritor. Desde su mostrador de hilos y dedales, agujas y retales teje de colores epopeyas y fabulaciones de verdad. Suya es la virtud homérica para recrear las que la gente espontáneamente le cuenta, y nos las ofrece, tal cual, con la misma sabiduría popular que les fueron dichas:

        Pragmatismo, decía el PSOE. Decid mejor: renuncia, 
        gallinas le respondíamos nosotros.

Este es un libro que no pretende ser un documento histórico, es una novela testimonio, según palabras de López Mengual. En ella nos cuenta las andaduras innumerables y contradictorias y complejas, (nada simples, esta vez), de Espinosa Pardo, un hombre, ángel y diablo, frío y tierno, capaz de romper a trallazos el piano de su padre, por abandonar éste a su madre y, al mismo tiempo, ordenar matar a su mejor amigo, Antonio Cubillo. El mismo José Luís Espinosa nos dice, asumiendo su personalidad desquiciada, o tratando más bien de disculparse: 
Si en uno de los dos platos de una balanza colocásemos a los que han muerto por mi culpa y, en el otro, a los que mi intervención les ha evitado morir, la diferencia sería brutal. Aunque nadie lo crea, he ahorrado mucho dolor. 
López Mengual se interesa por esos personajes, vencedores de duras batallas, pero que acaban siempre perdiéndolas: Evito en lo posible las figuras planas. Me atraen los malos que en un momento dado realizan una buena acción. Para este escritor la realidad es la mejor ficción. Y la vida inverosímil, de película, de un sindicalista y sicario, matón y socialista, agente de seguridad, soplón y revolucionario, convencido que la justicia acabará por implantarse en el mundo… ¿acaso no es una ficción como una catedral? La verdad, lo que aquel hombre contó en pocos minutos me resultó una historia tan fantasiosa que la creí falsa.

Mientras leía Espinosa Pardo quise abstenerme de cualquier consideración política. Dejarme llevar sólo por la curiosidad literaria, apartándome de las distintas opciones estratégicas que durante la transición, momento histórico en el que la novela transcurre, se debatían en aquel tiempo: Socialismo o comunismo; ruptura o reforma; lucha armada, guerra de guerrillas… ¿Fue realmente modélica nuestra transición tan cacareada? La tragedia de la política representada en un escenario cuyos protagonistas son unos trepas, unos mangantes, o una cofradía de nostálgicos desengañados, no me interesa. Me quedo con la pasión, la combatividad generosa de tantos militantes, descalzos y sin alforjas, que hicieron posible la democracia en nuestro país. Y si acaso escritores memoristas y de buen cuño, como López Mengual, nos traen al recuerdo conductas tan bien explicitadas, vergonzosas e incoherentes, como las de unos contestatarios, izquierdistas o republicanos que por la mañana rinden pleitesía al Rey Borbón, almuerzan al mediodía con Fidel Castro o con Gadafi, y por la tarde asisten al velatorio de Sánchez Bravo, paisano nuestro y ejecutado por Franco, bien venidos sean, si contribuyen con sus ejemplarizantes letras a fomentar la honradez, no ya política, sino sobre todo humana de aquellos que nos gobiernan.

Y volviendo a la catadura literaria del libro Espinosa Pardo subrayo su originalidad en sintonizar el tiempo real del que escribe con el tiempo en el que transcurre la historia que se cuenta, dando así lugar a lo que entiendo por metanovela, ese recurso innovador en el que López Mengual, a modo de cameo, se cuela en su propia novela, dándonos a conocer el proceso que le llevó a la construcción de su libro.

Otro recurso literario, o nemotécnico, de Mengual para que lectores como yo, no muy dados al historicismo, no nos perdamos entre la vasta trama de las cloacas del Estado, es establecer pilares, puntos de apoyo, alusiones circulares, por ejemplo, a los Grapos de Benidorm, al comisario Conesa, al periodista García Cruz, al alcalde Vivas de Molina, al diputado Bordes Vila, a Felipe González y su coro del restaurante del Puente Viejo… Y por mucho que se repitan estos hitos, son muy de agradecer, cual esa puerta que se abre infinidad de veces, extendiendo el ángulo de su luz y visión, cual una música, siempre la misma, pero diversificando y mejorando su melodía, elevándose sobre su propio epicentro, como esas muñecas rusas que conforme vamos destapando aparecen más grandes y hermosas.

Por último, constatar el sano oficio de López Mengual de relacionar su relato con otras obras célebres de la literatura universal o con las mejores cintas del cine clásico. Y así revistiendo sus historias con el mismo halo que aquellas que menciona, las convierte en leyendas incorruptibles y eternas, pero sin alardear de escritor, pues como él mismo dice con sabia modestia: ese es un traje que me queda demasiado grande.

domingo, 8 de mayo de 2022

Palabra y pensamiento


Serían las dos y media de la madrugada cuando me desperté y no vi a mi lado a mi mujer. Me levanté, fui al salón y allí estaba ella, sentada en el sofá viendo la tele. Quise decirle que ya era muy tarde, que se viniera conmigo a la cama; pero palabras sin sentido, sílabas mal ordenadas salían de mi boca. En mi cabeza tenía claro lo que quería decir, pero mi vocalización no se ajustaba ni a mi voluntad, ni a mi humor, tampoco a mi pensamiento, y mucho menos a su lingüística debida. Mi pronunciación era inteligible, no sólo a mí, sino también para mi mujer, que empezó a reírse como si yo tratara de gastarle una broma. Ella creería que yo me expresaba a posta e incorrectamente, por pura diversión. Me sentí ridículo al comprobar que mi distorsión prosódica era a mí ajena. Regresé muy humillado y malhumorado a la cama, viendo que no era dueño de mi determinación. Y allí acostado estuve bastante tiempo comprobando que era verdad lo que me pasaba. 

A conciencia y muy decididamente, me puse luego a visualizar en mi cabeza un objeto, por ejemplo, una manzana. Y al instante procuraba traducir la imagen de esta fruta en palabras, esforzándome en emitir en perfecto orden cada una de las sílabas que conformaban dicho vocablo: ¡man-za-na! Pero no era esta palabra la que salía de mi boca, sino otra que no tenía nada que ver con ella. Me puse muy nervioso. ¿Qué será ahora de mí, -exclamé-, si además de sordo, me veo privado del poder de la comunicación? Nada más constatar mi desvarío babélico, y sintiéndome impotente para articular lo que mi mente pretendía, sentí un enorme malestar físico: mareos, retortijones de barriga, respiración acelerada, escalofríos… Con todo no me desanimé y seguí ejercitando mi vocalización, por ver si podía superar lo que tal vez sólo fuera un episodio sin importancia. Había oído yo decir que los tartamudos no se atrancan al cantar, ya que esta actividad está relacionada con sus emociones más profundas. Me puse pues yo también a pensar en algo cercano, emotivo y muy querido: el nombre de mi mujer, el de mis hijos, en la palabra lluvia, madre… Pero tampoco. Por mucho que de viva voz yo me esforzaba, por ejemplo, en decir la palabra cho-co-la-te, las sílabas seguían saliendo de mi boca, igual de mal trabadas e inconexas que antes. 

 Fue entonces cuando mi desesperación tocó fondo. Perdí la razón. Comprendí entonces que hablar no consiste sólo en emitir ordenadamente las palabras, sino en hacer corresponder palabra y pensamiento.


viernes, 11 de febrero de 2022

Dónde estás que no te veo



... y además, en Ulthar había quienes habían visto las huellas de los dioses. (En busca del sol poniente. Lovecraft)

 

Aquel Dios al que admirabas y adorabas, y sobre todas las cosas amabas ¿dónde se habrá metido? No lo ves por ninguna parte ¿O es que acaso todo fue una ilusión vacía, un espejismo de tu juventud onírica y ardiente, generosa y crédula, idealista y pasajera?

Horas y horas interminables conversabas con él. Todo se lo contabas: tus fracasos, tus aciertos, tus pecados y esperanzas, tus amores… Pero a ti sólo te llegaba su silencio. Tú creías ingenuamente que te oía. Quien calla otorga, te decía don Eulogio, tu maestro espiritual. Y tú insistías, sin llegar a ver jamás su infinita y omnipresente estampa. Nunca dudabas. De nuevo, tu guía del alma: la fe mueve montañas. Seducido por el foco sagrado de su luz radiante, imposible de ser asida, inalcanzable, te empeñabas en tocar inútilmente con tus manos su divino rostro. A punto estuvieron tus confiados dedos en descorrer el velo que cubría su cara, pero sólo alcanzaste ver tu propio ceño fruncido, reflejado en su nula respuesta, en su espantada.

Estuviste mucho tiempo en riguroso silencio, a la espera de su voz, aguardando su aparición milagrosa, queriendo tocar su cuerpo. Te asomabas al alba. Es cierto que cuando lo hacías, sentías esa calma infinita, recién estrenada que toda madrugada ofrece a cualquier mirada por muy ofusca y pobre que sea. Al mediodía, deslumbrado por la verticalidad certera de los rayos de un sol nutriente sobre tus famélicos flancos, colmado te veías por el manjar de sus dádivas fructíferas. Al caer la tarde, cansado te entregabas a sus brazos balsámicos, acogedores. Esperabas que ese Dios en el que creías con todas tus fuerzas, fisioterapeuta divino, masajeara la fatiga de tus huesos derrotados tras la dura jornada. También en la noche, (sobre todo en la noche), ese túnel repleto de sombras, de perros aulladores, acudías sin falta en su busca. Tal vez, (no lo sabes), él estuviera presente en todas las horas del día, desde Laudes hasta Completas, desde el orto hasta el poniente.

Y hoy, al cabo de muchos años, orgulloso le dices a quien nunca vino a verte:

Te juro por Dios, (siento decírtelo), teniendo como tengo la vida, las flores de las habas recién abiertas al cielo azul de la huerta, el aire, el canto de los pájaros, el color encendido del ocaso, el crujir de los cipreses, el murmullo del agua del río, el aroma del romero, el sabor del apio y del hinojo, la mujer que quiero,… la verdad, mi Dios, que no te necesito.

sábado, 5 de febrero de 2022

Bocanear



Cuando llamas bocanadas a tus exhalaciones escritas, te referirás, -supongo-, a esa manera instantánea, impulsiva de decir lo que por dentro te recome, lo que te comprime, aquello que de gozo o de tristeza te consuela, o se te atraganta. El estallido excretor que, cual botella de dióxido de carbono, explota liberando el gas que por dentro a punto está de hacer saltar el corcho de tus vísceras en mil pedazos.

Bocanear, (de bocanadas), es salir de tu ostracismo, una manera de confirmar tu existencia, convencerte que estás vivo. Dar alas a las ratas de tus obsesiones, sacarlas de su escondrijo. El aullido del lobo en medio de la noche aterradora. El chacal no puede aguantar por más tiempo el fulgente silencio de una luna que carece de luz propia. Sólo existe lo que se dice. Luego debes escribirte, ladrar a diario. Necesitas desdoblar tu vida en un espejo de papel, si quieres seguir vivo.

Nunca olvidarás la expresión vacía de los ojos de aquella muchacha. Estabais los dos en la barra de un bar, en medio del bullicio de un coro de clientes dicharacheros que hablaban y hablaban sin decir ni una palabra que mereciera la pena. Ella te hizo esta confidencia:
Cuando al levantarme por la mañana, me miro en el espejo, y no me veo reflejada en el cristal, me entra tal miedo por todo el cuerpo, que me convierto en el fantasma de mi propia persona.
Una vida, sin compulsar su veracidad en otra fuente distinta a la propia, no existe, es una paranoia. Para vivir es necesario escapar de nuestra subjetividad, salir de nuestro yo dormido, convertir en pan el trigo estéril de nuestro solipsismo. Pero aún así te preguntas:
¿Acaso escribir no es sumergirte aún más en la espiral de tu propio egoísmo, en la tautología cacofónica de tu engatusamiento subjetivo?
¿Qué te sugeriría el subir un comentario a la red y que allí, en la nebulosa de las redes sociales, nadie te dijera ojos claros tienes, que nadie hiciera ni un clic en tu entrada? Yo dudaría de que hubieras subido dicho mensaje. Necesitamos contrastar nuestra en-sidad con el ser, con el en sí de otra persona. El dos sin el uno es una entelequia. En pregunta sin respuesta no hay pregunta. ¿Acaso un átomo, solo en el universo, sin cruzarse con otro, podría tener constancia de su existencia? Un ejemplo: un desempleado, tras cuarenta años de guardar cola en la Oficina de Empleo y no encontrar colocación alguna, llegó a la siguiente conclusión: O una de dos: o yo no existo o el Sef es una mierda.

domingo, 30 de enero de 2022

La nieve no es blanca


Hace un frío que pela. El mundo vuelve a ser como cuando eras niño. Los cristales de la ventana cubiertos están de escarcha. Con un paño húmedo limpias las costras de hielo que no te dejan ver los tejados amanecidos del pueblo, todos ellos cubiertos de nieve.

Te tomas un café, y más te sabe su calor que su sabroso aroma. Esta mañana, todo huele a antaño. Un recio perfume a olivera quemada inunda todas las estancias de la casa. En la habitación de abajo duerme tu madre. La pobre está muy malica. No habla, no se mueve.

La mujer que la cuida, para que te hagas una idea de lo poco que queda de tu madre, levanta las mantas y te enseña la parte inferior de su cuerpo: cuatros varas unidas en su centro por unas deshuesadas rodillas. Tusojos vagan por las arrugas de su acartonada geografía. Un gran pañal la envuelve casi entera. Y no sé por qué te imaginas a una cigüeña portando un bebé por encima de la Capilla del Fraile, la cumbre más alta de la Sierra Salinas, la que linda con el más allá. Tullida y muda, inmóvil y acuclillada yace en su cama de hierro, parihuela que es a la vez mausoleo, estandarte y trono de la procesión final de esta santa reliquia camino de su santuario.

Sobre el techo resquebrajado de la sala se reflejan sombras de fuego. Tu madre sueña o piensa que anda perdida por barrancos y umbrías. Por la bóveda de una gruta mesolítica ánimas ancestrales aparecen y desaparecen, se apagan, huyen, se encienden y lloran. Tú sólo ves el resplandor avivado de la llama de los ojos nublados de tu madrea que huyen espantados de los fantasmas de la nada.

La nieve sobre los tejados de Azulada no es blanca, tiene el mismo color de la mirada de tu madre. La nieve sobre los tejados de Azulada no es blanca, ni está helada, que quema porque la frente de tu madre está enrojecida por el miedo de la soledad, por la fiebre de su trance. La nieve sobre los tejados de Azulada no es blanca, ni está helada, ni se derrite, ni rezuma gotas de agua como la Cueva del Lagrimal donde tu madre se cree que está encerrada. De ella ya no queda ni una gota de lo que fue su brioso genio y rocío. La nieve sobre los tejados de Azulada no es blanca, es azul, azul como el pueblo que la vio nacer, azul como el cielo que le abre sus puertas.

miércoles, 26 de enero de 2022

De cómo perder la razón leyendo a Lovecraft



Leyendo estoy Viajes al otro mundo de Lovecraft. Y tan inmerso me veo en las aventuras oníricas de Adolph Carter, que temo perder la razón. Me veo descolocado, desposeído de mí. Y sin dejar de ser yo, me siento también desdoblado en otros seres que van vagando por espacios siderales. Me descubro a mí mismo convertido en una extraña criatura con alas y zarpas, escamas y hocico, ojos de águila, olfato de can, pies de gamo…, navegando por el vacío de la inconmensurable nada. Me veo aquí y allá, en el pasado y en el futuro. Desatado de toda dimensión, vuelo fuera de cualquier coordenada espacial. Desprovisto de identidad, sin forma, sin envoltura alguna, pero al mismo tiempo fragmentado, revestido de todas las formas posibles. No sé si tengo calor o frío, si he nacido o estoy muerto, soñando o dormido. Es como si mis sentidos tradicionales, (la vista, oído, el tacto,…) fuesen sustituidos, reemplazados por herramientas extrasensoriales más útiles, capaces de captar la realidad ulterior de todo lo que me rodea. Soy ángel y diablo, dueño del bien y del mal. Y aunque este mi nuevo estado, resituado en planos y ángulos inimaginables, sin barreras, ni leyes físicas represoras sea mejor al que antes tuviera, siento un pánico horrible, tiemblo de miedo y angustia.

Tanta es mi confusión que suspendo la lectura. Injusto y desagradecido quiero librarme de estas nuevas oportunidades que mi impresionable conciencia me ofrece. Prefiero seguir siendo esclavo de mis carencias y necesidades. No quiero volverme loco en manos de este escritor, harto de absenta, tan sagaz como caótico, capaz de conducirme a un rincón perdido del cosmos del que regresar ya no pueda. Este escritor sin duda debe ser muy bueno para con su fuerza y realismo, habilidad y persuasión literarias, hacerme atravesar paredes, abrir puertas incólumes, traspasar abismos infinitos, espacios siderales, llegar al límite de esa última línea donde acaba el todo y empieza la nada. La sola posibilidad de verme convertido en un gato, un perro, una lombriz o un elefante… provoca en mí tal espanto que intento escapar de tanto poderío imaginativo. Fantasía asaz abultada se me hace insostenible.

De seguir leyendo, llegaría a sentir yo lo mismo que Adolph Carter, podría ser al mismo tiempo muchas cosas a la vez. Y al igual que la monja bilocada de Franco podría yo estar en Lima resucitando muertos, y también a la misma hora, en el Palacio Real de El Pardo, ayudando al Dictador a firmar penas de muertes contra los republicanos. Cansado de tantas dimensiones infinitas, insospechadas, de tantos abismos ilimitados, hastiado de tantas sensaciones, más allá de las que pudiera experimentar, siento miedo y espanto. Aparto pues mi vista del libro. Puedo incluso admitir que el tiempo no sea algo físico y real, sólo un concepto ideado a mi apaño para entender y organizar mis tareas y responsabilidades, pero de ahí a admitir que todo lo que fue, es y será, existe simultáneamente, me parece muy fuerte, es mucho para las capacidades que me fueron dadas. Si así fuera, la Ciudad de Dios de san Agustín estaría a la vuelta de la esquina y nosotros sus habitantes, seríamos inmortales.

No puedo dejar de ser quien soy. Y al igual que Carter le suplico al sueño que me lleve, que me ayude a encontrar el camino que me devuelva a mi estado primigenio. Este estado de confusión en el que me hallo, ni el más yogui de los iluminados sería capaz de sobrellevar. Y así como el día se convierte en noche, yo no quiero ser un sembrado de muchas variantes, devorado por una plaga de saltamontes y langostas. Quiero, (a pesar de ser un pobre hombre), seguir siendo él mismo que era antes de empezar a leer Viajes al otro mundo.

viernes, 21 de enero de 2022

El reloj de bolsillo de mi abuelo

 



Me sentí muy halagado, cuando de entre todos los nietos heredé yo el reloj de nuestro abuelo. Si él supiera hoy, tras llevar muerto más de sesenta años, que lo he perdido, seguro que no me lo hubiera regalado. Y en ese extravío, ¡paradojas del destino!, tan identificado estaba yo con su reloj de bolsillo, que encontré la ganancia de haber también desaparecido.

Nacer al tiempo me hacía un desgraciado. Pronto me cansé de ser aquel reloj de plata, encadenado a su chaleco gris, y siempre obligado como un lacayo al servicio de su impertinencia de saber la hora del almuerzo o la de su muerte. Nunca me fue nada grato controlar los tiempos de nadie, y menos de quien a través de mi padre, me pusiera en marcha, con aquella su eterna manía de darme cuerda, rotando con el índice y el pulgar, sus alfareros dedos progenitores, la diminuta rueda sobre el mediodía de mi circunferencia fluorescente.

Por eso cuando me vi a mí mismo, en medio de aquella noche pelada y sin luna, convertido en un reloj de sol sin sol y sin minutero, empotrado y olvidado en la pared en ruina de un universo a oscuras que había perdido su varilla, el nomon que daba vida a cada momento del día, me sentí feliz. Y siendo sólo la ausencia de un trozo de hierro hueco, saeta oxidada por la escarcha y la herrumbre de la inamovible soledad de un tiempo muerto, sin rotaciones ni planetas, sin estrellas y fanales, ni prometidos umbrales, repito, me sentí orgulloso. A pesar de lo siniestro y tétrico del lugar y momento tan abismal y calamitoso, a pesar de ya no ser yo el puntero indicador que le robaba a la eternidad su tiempo, me sentí bien de haber dejado de ser quien era. ¡Cuántas veces había yo deseado librarme de tener que llevar la cuenta mortal de la vida de mi abuelo! Responsabilidad muy onerosa para mi corta edad.

Si antes fui directorio de avisos, agendas, llamadas, deberes y encomiendas, docto e iluminado catedrático de ciencias exactas e ingeniero de caminos encendidos de andares seguros, ahora, habiendo dejado de ser la batuta que orquestaba los caminos de Apolo, el horario de las comidas de mi abuelo, habiendo incluso dejado de ser la sombra de la luz, me sentí tan dichoso, como quien después de muerto hace su entrada triunfal en el paraíso, esa dulce monotonía, aplastante y eterna serenidad de la que un día, cuando nací, yo ya formaba parte, cuando las partes y el todo eran una misma cosa. Y los relojes eran un contrasentido, un absurdo en medio de un espacio sin movimientos, sin carreras, sin nada que medir, sin pulsación alguna que contabilizara la tensión sanguínea del abuelo.

Hasta que por fin, tras mi desgraciada vida, conseguí convertirme en un farol fundido sin gas y con las pilas apagadas. Me sentí, (insisto y recalco), como en la Gloria, tras haber recuperado mi prístina esencia, carne de dios enlatada, engullida por las fauces celestiales del vacío, el más digno de los lugares posibles del universo infinitesimal e interminable. Del reloj-tapas-abiertas de mi abuelo salieron las veinticuatro campanadas de mi extinta vida. Miré con detención cada hora. Y en cada una de ellas vi brillar el eco callado de un no-tiempo sideral vago e inexistente. Y me sumergí en las aguas abismales de los ochenta y seis mil cuatrocientos instantes infinitos que configuraban el dulce negocio de mi antigua estancia por siempre recuperada. 

Perdido el reloj que me regalara el abuelo, libre estoy ya de preocuparme por su muerte (o por la mía), o por la hora de su visita al otorrino.

lunes, 17 de enero de 2022

La caverna de Saramago



Después de leer cualquier célebre novela constato que todo en ella se reduce a un relato muy simple, y a veces hasta insustancial y anodino; pero no por ello desprovista de interés y significado. La finalidad de la literatura, no consiste sólo en contar, sino sobre todo en cómo se las ingenia el que escribe para transmitirnos lo que cuenta. Más que el ruido y los enredos de lo que leo, es su melodía la que me cautiva.

Es muy fácil contar lo que se ve, cubrir una noticia, relatar un hecho, lo difícil y bonito es conseguir que el lector capte el calor de una mano, el hierático gesto de una orden, la dulce humedad de un beso, el odio de una ingratitud, la calma de la tarde, el desgarre de una pérdida, la soledad de una noche, la claridad de un amanecer. Por supuesto no todo depende del buen hacer del que escribe, sino también de la capacidad de reacción y del estado de ánimo que tenga el lector en ese momento. La belleza literaria puede que exista fuera de mi apreciación personal, pero si no consigue deleitarme, es como si no existiera.

No soy quién para opinar si La caverna de Saramago es una buena novela. Lo único que digo es que su trama es tan sencilla que parece hasta vulgar. Una familia de alfareros ve cómo su oficio carece de futuro, y son absorbidos por un gran centro comercial que irremediablemente devora sus vidas. Al final de la novela, sus principales actores, (Cipriano Algor, Marcial Gacho y Marta), optan por escaparse y huir del devastador influjo del Centro, y así reconstruir sus vidas, alejados de la aburrida e incierta seguridad que el Centro les promete.

No hay más. Entonces, ¿por qué soy capaz de llegar al final del libro? Me identifico con el mensaje de su autor. Sí. Pero, ¿acaso debería congratularme por ello? Para ampliar mi conocimiento y derribar las fronteras de mis centrípetos ángulos de visión y conciencia debiera también simpatizar con aquellos libros e ideas a mí ajenas. Al menos, confrontarlas crítica y juiciosamente con las de mi parecer. Al margen de mi desacuerdo con la manera desenfrenada y consumista que, como sociedad, estamos gestionando la sostenibilidad del planeta, y de coincidir o no con las posiciones de Saramago y sus ideas políticas, lo que más me ha conmovido de su lectura es el alma de sus personajes: su melancolía, su resignación, la limitación de sus esperanzas, su manera de ver la vida, la ternura elemental de sus amores, el instintivo proceder de un perro, la frialdad mercantilista de unos agentes del capital, el vivir sereno, el triste y hondo sentimiento de impotencia ante la inevitable expansión de los tentáculos de un progreso enlatado e impersonal, el envejecimiento, esa carrera inconsciente hacia una sociedad cada vez más anónima y conformista, más inmersa en una soledad más sola…

Un libro para mí es bueno si me hace reír, llorar, identificarme con los gozos, los desamores, las desesperanzas o las expectativas de sus protagonistas. Más me seducen los temores, las alegrías de los personajes de una novela, que su propio hacer azaroso y variopinto. Todo libro en el fondo es una pregunta cuya respuesta debe ser dada, más por el lector, que por quien la formula. Por supuesto yo no tengo la clave de cómo escapar de esta caverna en la que nos vemos como felices prisioneros. Pero sí sé que, tal como vamos, éste no es el camino.



jueves, 13 de enero de 2022

Un pelo blanco en el bigote


 
No se cansaba de inventarse historias. Él decía que escribía para ahondar en su propio conocimiento. Sólo cuando escribo, -llegó a decir un día- consigo saber quién soy. Pero yo sé que mentía como un bellaco. Más bien se ocultaba en las vidas de otros para evitar encontrase consigo mismo. Lo sé porque yo misma soy un disfraz, una tapadera, una creación suya.

Un día se fijó detenidamente en mí. Debí gustarle cantidad, puesto que se apropió del tono de mi voz, de la expresión de mi mirada, del negro de mis ojos, tomó mi sonrisa, se vistió con la suavidad de mi piel… Me robó hasta aquel anillo de oro que heredé de mi abuela, lo fundió para colocárselo como pendiente en su peluda oreja. Y no contento con haberme robado el físico, los chorizos de la orza, el peinado, mis zapatillas preferidas…, sino que además me estampó de por vida en un borrador de poca monta.

Aquel escritor era más bien un ladrón de existencias ajenas. Una solución podría haber sido denunciarlo por plagio. Pero ¿quién hubiese creído a un insignificante personaje de novela tan ridícula?

Aquella mañana, el escritor, al mirarse frente al espejo, descubrió una cana, (¡la primera en su bigote!). Y tan dado era a inventarse historias, que en aquel pelo blanco vio esa ruta de plata que le llevaría a la casita del bosque donde allí estaría yo esperando a mi creador. Tan enamorado de mí, creí que él estaba, que no dudé en verle aparecer enseguida. ¡Por fin sería rescatada de este texto-jaula de negros renglones! Pero al escritor le horrorizaba envejecer; cogió pues las pinzas, y se quito aquel pelo blanco de su bigote. Arrancada aquella cana, desapareció el camino de mi liberación. Y aquí sigo encerrada en letras tan rancias que no lee ni dios.


domingo, 9 de enero de 2022

No es el río el que canta o llora

 


No llueve. Hace un día hermoso. Ayer llovía, y era igual de espléndido. La hermosura no va con el clima, ni con el azul calmo de la mañana. Son mis ojos la piedra filosofal que convierte en oro las tiernas hojas del manzano. Y allá donde la flor blanca dice que el día viste su más bello traje de novia, la mirada triste y envidiosa se tiñe de la fea orfandad de la noche desterrada de la luz.

Así, que no es el río el que canta o llora. No son las nubes condolidas las que vierten sus lágrimas sobre la alfalfa seca. Tampoco nave de catedral alguna se desgañita en plañiderías al ver en su altar-mayor sangre inocente sacrificada en honor de un dios-caballo-de-moda. Las piedras, las cosas no sienten, ni siquiera los apesadumbrados cipreses del camposanto rezuman tristeza. La melancolía nace del alma de los deudos. Las cosas no tienen corazón, lacrimales ni glándulas.

Y recuerdo a un señor mayor ensotanado y con gafas de culo de vaso. Don Jenofonte Varela, entusiasmado como un adolescente, tartamudeaba aquellos versos de la Eneida de Virgilio. Desde su célibe cátedra don Jeno se enfurecía contra el capricho de los dioses patrios e interesados. Van sólo a su dinástico apaño –decía. Y dolorido, nos hablaba del gemir orgásmico de la reina de Cartago contra un Eneas empeñado en seguir su viaje a Italia, dejando abandonada, cautiva y preñada a Dido, su amante. Y alzando la voz como un ciervo en celo, el doctor Varela retenía en el aire los términos latinos capta ac deserta con aplomo y virulencia, cual un harrijasotzaile en plena faena, al tiempo que decía: ¿Por qué, demonios se ha de suicidar la reina Dido, siendo tan grande el amor que siente por Eneas?

Se esforzaba don Jeno por explicarnos además que hay momentos de dolor tan fuerte en la vida, que hasta la naturaleza entera se deshace compasiva y solidaria en llantos por las desgracias de los humanos: 
Hasta los cimientos de las columnas de Hércules, hasta los pilares de la tierra y las estrellas del universo tiemblan y se conmueven, al ver cómo Eneas se retuerce de pena por la devastación de su pueblo. ¿No veis las lágrimas de compasión que brotan de las mismísimas piedras del templo de Juno? Y una y otra vez don Jeno no se cansaba de repetir: Sunt lacrimae rerum, sunt lacrimae rerum...
De vez en cuando don Jenofonte Varela detenía sus comentarios, y absorto se ponía a contemplar el deslizar dulce del agua por la piel virgen de las hojas de sexualidad abiertas y desplegadas de las moreras de la calle. Yo, un adolescente apenas, me escandalizaba de tener docente tan salido y alocado. Este hombre está como una cabra, –le susurraba yo a mi compañero de pupitre.

Reconozco que, entonces, hilvanar concordancias, ordenar el retorcido hipérbaton, descifrar las múltiples referencias míticas, medir hexámetros y dáctilos... para mí era un hueso duro de roer. Príncipes, ablativos agentes, verbos en pasiva, dioses y reinas se amontonaban en mi cabeza como piezas de ajedrez sin saber en qué casilla colocar sujetos y predicados, a tirios y troyanos.

Hoy al cabo de los años, vuelvo de nuevo a Virgilio sin presión académica alguna, y siento lo mismo que aquel mi viejo profesor de latín sentía al ver tras la ventana del aula temblar de amor las hojas de las moreras que daban al Paseo Teniente Flomesta. Y arrogante e inquisitivo, hoy me pregunto: ¿Será que hay una edad idónea para la poesía, y otra para hacer el amor, donde la poesía ya no tiene cabida, precisamente por estar uno enamorado?

martes, 4 de enero de 2022

El mantón de manila de Isabel la Católica

 


De un tiempo a esta parte sueño hasta en el filo de una cabezada. El sueño aún siendo breve e insignificante deja en mí una larga y profunda huella, un poso enorme, como si para gestarse necesitara un millón de años. Onírico iceberg que asoma tan sólo un poco teniendo escondida su mayor parte.

Tras la comida de ayer, (unas manitas de cerdo en salsa, con su pimienta negra, acompañadas de unas patatas fritas), pronto me ahondé en ese feliz letargo propio de césares y epulones. Soñé que regresaba de no sé dónde. Tal vez viniera del huerto lejano de mi juventud en flor, pues traía yo aires perfumados de seguridad y arrojo, esa manera escénica de encubrir mi falta de adaptación a un mundo hostil por desconocido. Lo que la vida es incapaz de tejer en su momento, el sueño se encarga luego de reconstruir y dar forma a carencias y recuerdos olvidados.

Al entrar en la barbería todos me miraron con amable curiosidad. El local estaba de bote en bote, lleno de clientes. Y lo que en parte debió alegrarme por las ganancias que a mi padre le reportaría aquella dura jornada, me entristeció más bien, por no estar yo allí a su lado, como buen hijo, para ayudarle, bañando barbas, recortando patillas, o simplemente sacudiendo con el cepillo la espalda de pelos de los parroquianos cuando se levantaban del sillón antes de encaminarse con sus caras y cabezas aseadas a sus casas. Deduje que sería sábado, ya tarde. Los hombres del campo regresaban cada quince días al pueblo para aviarse de comida, arreglar asuntos, errar mulas, reparar herramientas, echar una cana al aire, o simplemente ir a cortarse el pelo. Mi padre en ese momento atareado estaba afeitando a uno de los clientes que confiado y dormido resoplaba su rural cansancio frente al filo de una navaja recién vaciada. Vi su cara reflejada en el espejo dándome complacido la bienvenida. Yo quería atravesar cuanto antes aquel salón, el lugar de escarnio de mi padre. Me daba tanta vergüenza verlo enfrascado casi hasta pasada la madrugada, aguantando resuellos y malos olores de vastos labradores, mientras que yo me dedicaba a deshojar la margarita en la capital estudiando para algo grande y de provecho.

Alfonso, el hijo de Virtudes la villenera, esperaba su turno en la larga fila que llegaba hasta la calle emborronada por la noche cerrada. Nada más verme se levantó para saludarme. El Pelao, el hijo del fragüero, también estaba allí, aunque no para afeitarse. Él siempre estaba allí, pero para empaparse del periódico del que no quitaba ojos, se lo bebía hasta rebañar sus letras como si fueran el aceite sobrante de un buen moje de tomate. Al igual que yo me zampaba las manitas de cerdo..., pues él lo mismo. Hasta las esquelas de los muertos del diario Arriba se aprendía de memoria.

Todos estos detalles que cuento, aun siendo relevantes para revestir de realismo mi sueño, no son sustanciales al mismo. Lo realmente importante, la enjundia, el motivo central del sueño, se reduce tan sólo a las pocas palabras que mi vecino Alfonso me abocó como primicia: ¿Sabes que Isabel la Católica estuvo aquí ayer tarde en Azulada y que le regaló a Cristóbal Colón un mantón de Manila?

Nada más regresar del sueño, intento descifrar lo que tales palabras quisieron decirme. No sé si me habló en sorna, en sentido figurado, o tal vez Alfonso se valiera de un artificio literario para darme a entender qué es lo que se traía la reina con aquel navegante apuesto. ¿Acaso la reina Isabel, entre los pliegues del mantón, enviaba a Colón una esquela de amor para verse en algún idílico rincón de esta emblemática ciudad?

Antes de la cabezada, ingenuo de mí, yo nada sabía del romance de Isabel con el intrépido aventurero de islas y corales. Tampoco que eligieran Azulada como escondite para retozarse como amantes bajo el frondoso árbol que hay junto al paseo de la bandera. A la historia de España siempre se le escapan los detalles más sabrosos. Si alguna vez volviera a este mismo sueño, no dejaré de preguntar al Arco de los Reyes Católicos de Azulada qué hay de cierto en todo esto.

viernes, 31 de diciembre de 2021

San Silvestre toma pan y vete


 
31 de diciembre. 2021. En una plaza cualquiera, un viejo olivo da cobijo a una docena de jubilados. Algunos, de pie, sonríen de boca para fuera. Otros, sentados en el banco que rodea al árbol, callan, miran. Más bien se dejan mirar por el tenue sol que rebaña la piel gastada de sus rostros cetrinos. El que lleva gorra de paño oscuro, entre caladas al cigarro que cuelga de sus labios apretados, carraspea, arrancar quiere el aire que sus pulmones cicateros le niegan. El de las manos atrás, parece tranquilo; pero no es verdad. De su cabeza no se le va su parienta, la que enterró de covid no hace ni siquiera un año. Una señora con su carro de la compra, camina sacando cuentas de lo que cuesta alimentar una familia en paro. En sus caderas, posa el jubilado, (al parecer tranquilo), su mirada entretenida, condescendiente y limpia. El de más allá, el que cojea, ayudado de su bastón saluda desde la acera de enfrente con su garrota temblorosa a la concurrencia. Salió de mañana temprano de casa, sacudido por una esposa quejica e indolente. Pajarillos incautos revolotean guardando la distancia. A todos se les ve disimuladamente contentos. Incluso el de la camisa a cuadros, con quien los demás se ceban, no se toma a mal las bromas que le gastan por su vestir vaquero. Parecen chiquillos de escuela en el escaso recreo que les queda. Dos de ellos se dan cuenta de mi presencia embozada. Cuchichean. No saben que, cautivado por la amarga placidez de una escena en cuarentena, detengo apesadumbrado el paso, pensando que este fin de año tampoco podré ver a los nietos recluidos, allá en Madrid, por la pandemia.

Sigo parado, finjo contemplar el escaparate de una añosa tienda de telas descoloridas. Maniquís extraños, con mascarillas quirúrgicas; y, en sus manos de polietileno, frascos de gel hidroalcohólico. El sol, que rebota en las cristaleras, me refleja la llegada de otro contertulio con su bolsa de orina escondida entre sus entubados pantalones de pana. Conversa malhumorado con el que lleva en la mano una carta de desahucio por impago del alquiler. A duras penas oigo lo que hablan, pero, por sus gestos de intolerancia, noto un cierto cabreo, no exento de sabia aceptación, resignación en la que le va la vida. Uno de ellos se lleva las manos a sus partes con un gesto de dolor contenido: la reciente biopsia que ayer le hicieron para descartar un cáncer de vejiga.

Desde la azotea de mi curiosidad espero que algo importante ocurra. No pasa nada. O lo que es lo mismo, eso es lo importante: que no pase nada. Todo sigue su curso final en esta plaza de un barrio viejo de una ciudad cualquiera. En la plaza hay un tobogán amarillo. Está desocupado. Son las diez de la mañana. Los niños no tienen clase, están de vacaciones. Y en medio de la calle confinada, la extraña normalidad de unas fiestas resentidas, pasadas por la bancarrota y el escepticismo, hace aguas, mientras un perro callejero se mea a las puertas de una iglesia cerrada y con sistema de alarma en el frontispicio gótico de su fachada. Junto a la  extraña normalidad de un tobogán precintado, solo y vacío, unos viejos jubilados se dan cuenta que, tal vez el año que viene, cada uno de ellos ande ya por el pasadizo del otro lado. Como también saben que es mentira que Año nuevo vida nueva.

Hubiera querido poner un poco de poesía en este relato de fin de año. Pero hay historias que no admiten componendas. Tan sólo me consuela sospechar que, cuando llegue la siguiente primavera, los nietos de estos abuelos escribirán las iniciales de sus nombres enamorados dentro de un corazón grabado sobre la corteza de esta vieja olivera.

martes, 28 de diciembre de 2021

De tu te conmigo


Intento escaparme de ti, de tu-te-conmigo. Arrancar la estrella fugaz de tu hermoso cuerpo, de la nube eterna con la que estoy envuelto.

Me alejo al descampado aquel, donde el eco del silencio rompió la piedra con el mudo sufrir de mi cincel certero; y allí estás tú con tu reverberación, tu brisa, tu abierta llaga, agradecida.

Me retiro tras la montaña y el río, al valle de las amapolas… Y el peristilo de tu presencia opiácea me emborracha. Soy abeja a tu romero, enredada. No hay sitio al que yo vaya, y tú no tengas allí tu tienda tendida y abierta.

Olvidarte quiero, borrar tu nombre de mi agenda, tu teléfono de mi móvil, tus entradas de mis favoritos; ignorarte, que de mi página salgas para siempre y desaparezcas. Oruga que te confundes con el verde de las hojas de la col que me alimenta. Como el carmen et error de Ovidio, eres mi poema equivocado, amores que matan. 

Eres indestructible, ese reluciente y pulcro lamparón de aceite, ese buen dios ateo que no se quita ni con tierra blanca. Eres mi epígono, soy tu fardo. Cuanto más intento descargar tu peso, mi espalda más cansada la siento. Mi alma, doblada y torcida, corre al abrevadero. Tu sangre sacia mis venas desencaminadas. Eres la espina de este tozudo cardo borriquero. Como el caballo Bucéfalo, sólo se deja montar por Alejandro Magno. Vivir sería cabalgar sin ti, pero no puedo.  


jueves, 23 de diciembre de 2021

Somos un libro


 

En Tristes, Ovidio habla a su libro como si éste fuese su mejor amigo. Confía en él como si fuese él mismo: Cuídate mucho de defenderme, por muy mordaces que sean las acusaciones… No te avergüences de los borrones: el que los vea pensará que han sido hechos con mis propias lágrimas. El poeta latino considera su obra como la extensión de sí mismo. Es su tarjeta de identidad. Y allí donde Ovidio quisiera estar y no puede, será el libro su portavoz, su emisario, su sentir y su defensa. 

El beso que la novia estampa en la carta antes de echarla al buzón de correos es como si besara en cuerpo y alma a su amante. La carta, ella y el novio son el lugar de encuentro en el que los tres se funden en una sola cosa. Aire, cielo y tierra. Pluma, tinta y alma. Y cuando ella reciba la contestación, la joven guardará el sobre bajo la cabecera para dormir extasiada y abrazada por los brazos de las letras de su amante. Los dos en un solo cuerpo. De la misma manera, pero al contrario, Hipatía se retuerce de dolor como si fuese ella misma la que se quema viendo arder la biblioteca de Alejandría. Ella era también sus libros. 

Ayer fui a FNAC a comprar El universo en un junco. Y mientras la dependienta me envolvía el libro de Irene Valero en un papel de regalo, le pregunté, sólo por curiosa y tonta vanidad, si tenían Esta sombra no es mía. La joven me dijo que no. Me sentí como si me echaran de la tienda a escobazos. Y al no ser leído, sumergido estoy en la nada. No existo.

lunes, 20 de diciembre de 2021

Aristóteles y Platón frente a una tarrina de rosas blancas

 


Si la coctelera del tiempo y el espacio fuese agitada por algún galáctico barman, experto en combinar órbitas, sueños y estrellas, tal vez una tarde pudiéramos encontrarnos al pasado y al presente tomando café en el Paseo Rosales de Molina de Segura.

La muerte de Paco y Pepa, a pesar de ocurrir, una en el ochenta del siglo pasado, y la otra en el dos mil veinte, las dos se vieron las caras el mismo día. Los cementerios en los que ambos están enterrados, aún estando distanciados a más de mil kilómetros, se encuentran en el mismo lugar. No es frecuente esta casualidad. Tal distorsión y anomalía, aparentemente en contra de toda ley físico-cronológica, tal vez se deba a una señal reveladora. Loveckrfat, en su cuento La llave de plata, dijo algo parecido: Existen repliegues en el tiempo y en el espacio, en la fantasía y en la realidad que sólo un soñador puede adivinar. Pero si aún así alguien tiene alguna duda al respecto, que le pregunte a Einstein.

El hombre recuerda la muerte de su madre y de su padre, al que no conoció por haber muerto éste antes que él naciera. De su padre sólo sabe que murió al caerse de un andamio estando trabajando en el extranjero. Como era emigrante, y nadie reconoció su cuerpo, lo depositarían en el osario común de algún pueblo de la periferia de Lión. Hoy, aún sabiendo que su padre no está allí, y que su madre convertida estará en nada, decide llevarles una tarrina de rosas blancas. El cementerio se encuentra cuesta arriba, en lo alto de un montículo. No hay ningún camposanto que para llegar a él, aunque su acceso esté escoltado por una corte de cipreses haciendo el pasillo al muerto, su entrada sea fácil. Al llegar, se fija en el letrero de la pared frontal de la ermita: Esta capilla es propiedad de… El hombre, sabe que los restos de su padre están en el foso de un cementerio en el que cabe cualquiera, y que los de su madre, estando como estará derretida en polvo, carece de derecho alguno. Por tanto ironiza para sí sabiamente:

¡Como si los muertos dispusieran de propiedad alguna! Mi madre todo me lo donó en vida, hasta de su casa del pueblo se deshizo. Los muertos no son dueños ni de ellos mismos. Ni tan siquiera los vivos somos poseedores de las cosas que almacenamos. Son las cosas la que nos poseen a nosotros hasta anonadarnos y dejarnos sin aliento. La tierra es la única y eterna dueña de nuestra dilapidada, escasa o abultada, fortuna.
En medio de tales pensamientos, las flores que trae el hombre, las primeras flores que han brotado este año en la huerta, las coloca en una tarrina delante de la lápida de la madre y del padre, aunque este último no esté allí enterrado.

Gracias al agitado movimiento de la coctelera del barman del universo, vidas separadas en el tiempo y en el espacio pueden coincidir en algún momento. Por eso el hijo no se sorprende cuando ve al padre y a la madre abrazándose detrás de la tarrina de rosas blancas. El presente le roba al ayer un hálito de vida. Conmutados los cables del tiempo, de repente al hombre se le encienden las luces de la razón, y es capaz de trascender y ver en medio de las cenizas del pasado dónde está y no está su padre, dónde su madre y con quién descansa abrazada para siempre. Y el hombre al instante siente como una revelación, cae en la cuenta, se adentra de la universalidad y representatividad de los conceptos, y descubre, como Aristóteles lo hiciese en su día, en el nombre de su padre y de su madre a todos los padres y madres del universo. Y aquellas diferencias entre la realidad y las apariencias, la materia, la forma, por las que Platón se desvivía, al momento le resultan definitiva y definitoriamente resueltas y claras.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Castos y cibernéticos


Quisiera escribir un corto, cuyo título sería Los enamorados cibernéticos.

Antes de ponerme a escribir, advierto a sus protagonistas que lleven mucho cuidado, que no todo lo que deambula por los andurriales oscuros y enmascarados de las redes sociales es trigo limpio, que puede uno, en menos que canta un gallo, salir escaldado, y allá, donde creía que le iban a servir cabrito frito, le dieran, engañado, un gato asado.

Un hipotético hombre, desde la lejanía invisible, enganchado está de una supuesta mujer. Ésta, en el otro extremo del cable de la fibra óptica, colgada hasta las cachas también lo está de quien ella presume ser su anónimo dulcineo. Ambos, desde la contigüidad platónica de la distancia, transitan por internet sin orden ni concierto, en sentido contrario, sin cinturón ni cortafuegos de seguridad... Los enamorados, extásicos online, ajenos son al tiempo, al verano y al invierno. E incluso me atrevería a decir, viéndolos tan atortolados, que el sexo particular de su carnal pareja, escondida allá en la nube de su servidor bidireccional, les importa un bledo. La ley de la gravedad no va con ellos. Son capaces de lanzarse desde la cumbre del salto de la novia, a más de cincuenta metros de altura, sin antivirus alguno, sin temor a desnucarse contra las rocas del río. Perennes son sus hojas, y sus flores, siempre vivas. ¿Qué más da estambres o carpelos si se quieren a matar? 

Sugiero además a los personajes de mi posible cuento que concierten una cita para conocerse mejor, y luego no vengan las madres mías. Pero se niegan a verse las caras. Los dos son muy testarudos. Creen que la realidad emborronaría la belleza idealizada que almacenada tienen en la sesera. A sus almas se le da lo mismo carne que pescado. Ambos se alimentan de las chispas asexuadas que saltan de las ventanas de par en par abiertas del ordenador de sus casas. Con tal de seguir enamorados, prefieren ser ciegos a la verdad. Descartan por tanto concederse una cita lúbrica, fuera de la intimidad virtual donde, a todas horas, el uno del otro extasiado está. ¿Acaso –me dicen–, merece la pena malgastar nuestra vida en un amor vilipendiado tirándonos el uno al otro los trastos a la cabeza? ¡Mejor así como estamos!

Tal vez ellos crean que, consumado el deseo de verse en carne y hueso acostados, la mutua veneración que se tienen se apagaría al momento. Dispuestos están por tanto a la inmolación de no verse nunca en cuerpo real, para así seguir siempre enamorados.

sábado, 11 de diciembre de 2021

Dónde fue a parar el carro del profeta Elías

 


La escritura nos hace ver la verdadera dimensión de una realidad que no supimos ver a primera vista. Escribo para poner en valor lo vivido, -me dijiste. Y vi en tu cara el reflejo de tu ayer rejuvenecido. Luego yo, borde y envidioso, para chafar las ínfulas que pendían de la mitra de tu mente acrisolada, te cité a André Bretón: El acto de escribir está dentro de la categoría de las vanidades.

Dejamos atrás el óxido corrosivo de siete décadas y pico, plagas bíblicas sobre el lomo de nuestra conciencia zaherida por el rayo de un Júpiter, a la vez, inclemente y bueno. Nos sentamos alrededor de una mesa redonda sin esquinas y mezquinas intenciones, cubierta con un mantel blanco y sin arrugas. Un ramillete de amigos nos congregamos en Santomera. Veníamos del jardín de la pureza, aquella nuestra imberbe e inocente adolescencia de la que nunca quisimos emanciparnos, la Razón Pura de nuestra existencia, con la sola intención de averiguar el desvío acertado del derrotero del carro del profeta Elías.

El hecho de convocarnos, recurriendo a un almuerzo, fue pretexto feliz para regresar al santuario del manjar de nuestros jóvenes años. El festín se grabó en la tábula rasa de mi feliz olvido. La experiencia resultó ebria y deleitosa, como quien se encuentra de nuevo con la Venus de la que siempre estuvo enamorado. Las nubes de nuestro acné juvenil no nos permitieron mirar frente a frente a la mujer de nuestros sueños. Y ahora, al cabo de siete décadas, libres y desinhibidos, queríamos dar con la Dulcinea de aquellos besos que otrora no dimos.

Ya ni me acuerdo de la pasta gansa que comimos, ni del pastón que nos costara la fiesta. Lo que sí recuerdo son los dulces violines de plata, que nada más salir el sol, arándanos encasullados por el alba, entonaron el dum sumus juvenes. Fuentecillas de agua clara, mirtos llenos de color, naranjos endulzados de abejas deshicieron la tristeza, la boira-cerumen, el sinsentido monjil, controvertido, alegre, consentido, beato y pervertido de un bullanguero reclutamiento perdido en la lejanía tras el viento de los años.

Alguien brindó, que no lo sé, evocando a Jorge Manrique, cualquiera tiempo pasado fue mejor, pues yo absorto estaba enzarzado en zamparme las costillas de cordero que se resistían al postizo de mis dientes estridentes y veganos. Bebimos del blanco y rojo de las copas de nuestro ayer retomado, caldo de rico orujo, ron pampero, bajo la bóveda encendida de una tarde exploradora, cantarina y espléndida sobre la grupa de un caballo blanco y silla de montar.

Llegué luego a casa y quise, según me dijiste, poner en valor lo vivido, esculpir la grata velada sobre el muro de mi selecta colección encriptada, para que no se durmieran mis sueños. Pero pronto y presto quedéme amodorrado bajo las mantas de las cenizas de mi ayer dichoso y despojado. Como el carro de Elías, desapareció su estela tras el torbellino del día.

miércoles, 1 de diciembre de 2021

Dos elegías al mismo tiempo



Grandes obras literarias se debieron a la encarcelación o al confinamiento. La Divina Comedia: Dante, desterrado de Florencia. Los Miserables: exilio de Víctor Hugo en la isla de Jersey. De profundis: Oscar Wilde: penal de Reading. Inglaterra. Marcos Ana, Isabel Allende...

Y tanto otros, como Publio Ovidio Nasón, de quien en estos días estoy leyendo su Tristia (Las tristes). ¿Acaso el dolor es mayor fuente de inspiración que las aguas templadas del placer? Nada más empezar a degustar la dulce cadencia de su primer verso tristissima noctis imago (la tristísima imagen de aquella noche), al margen de que yo comparta las posibles razones que pudieran llevar a este hombre al exilio, considero su castigo como un atentado a la libertad de expresión, y siento su elegía como propia y escucho como mía su tristeza.

Allá por el siglo primero de nuestra era, Ovidio es condenado a vivir en un pueblo frío e inhóspito, situado en la periferia del Imperio. A día de hoy, aún no sabemos cuáles fueron las verdaderas causas de tal condena. El poeta en sus escritos alude a que tal vez el motivo fuese Ars amatoria, aquel otro libro suyo que, según algunos, incitara al libertinaje (lascivia fecit). A un hombre como él, acostumbrado a la molicie de una Roma frívola, sensual y ociosa, se le hace insoportable vivir alejado del feriado ambiente de la Urbe, privado de su amante esposa, sus admiradores/as, su público... Ovidio confiesa ser víctima de su propio ingenio, y suplica al emperador que le sea levantado tan horrible castigo. Y sin pudor alguno así se exculpa: crede mihi, distant mores a carmine nostro / -vita verecunda est, Musa iocosa mea- / magnaque pars mendax operum est et ficta meorum. (Créeme, mis costumbres son distintas de mi poesía / -mi vida es honesta, mi Musa divertida- / y gran parte de mis obras es falsa y fingida). Y luego de leer este último verso, pienso que este tal Ovidio pudiera ser sincero y un gran poeta, pero como persona me parece un tanto flojo, por sus pataletas al parecer aduladoras y serviles hacia el emperador aquel que tanta desventura le infligiera.

Y en tanto yo veía cómo por los ojos del poeta sus lágrimas se derramaban: y así como mi estado es lamentable, de la misma forma lo es mi poesía, adaptándose lo escrito a su materia, Almudena Grandes, mujer coraje, alejada era también de este mundo, fulminada por un cáncer. Hay quienes mueren de pie, otros mientras lo hicieron como supieron o como pudieron. Y acto seguido leo un tuit de García Montero, pareja de la célebre y combativa escritora fallecida, que me sabe también a elegía, a llanto y canto, a pérdida y poético extrañamiento:
Supongo que estar hundido es un modo de seguir enamorado y de empezar una nueva vida con el amor de siempre.