martes, 12 de junio de 2018

Qué triste sentirse solo





Qué triste sentirse sólo, 
solo sin nadie a mi vera, 
nadie que con un beso 
de miel y cielo me quiera. 

Qué triste sentirse solo 
llorando en la primavera 
cuando florece el deseo 
y no hay sol en la ribera. 

Qué triste sentirse solo 
sudado de sol y arena 
sangrando con pies errantes 
por los caminos de piedra. 

Qué triste sentirse solo, 
mirar tu cama desierta, 
sentir tu olor en mi carne
vacía de tu presencia. 

Qué triste sentirse solo 
por dentro y también por fuera 
y a nadie poder contar 
por qué mis sueños no vuelan.

Qué triste sentirse solo 
en esta noche tan negra 
cuando estrellas y luceros 
sin tu estar se desesperan. 

Qué triste sentirse solo 
sin poder gritar siquiera 
porque mi voz y mi lengua 
contigo sufren condena. 

Qué triste sentirse solo 
sin tus ojos de canela, 
canela en rama y rocio 
ya no rezuma mi vega. 

Qué triste sentirse solo, 
¿por qué te fuiste? Espera, 
¡no ves que la noche oscura 
me traga como una fiera¡ 

Qué triste sentirse solo. 
No se te ocurra, hechicera, 
volver que te mataría 
por causarme tanta pena.

martes, 5 de junio de 2018

Celos de la luna





Pertenezco a esa estirpe de afortunados que nada más oler una sábana se quedan dormidos como un lirón. Pero esta noche son las cuatro de la madrugada y no pego ojo. Es raro. No me duelen las muelas, ni tengo gases en la barriga. Tampoco estoy enamorado, y hace años que terminé de pagar el último recibo de la hipoteca. Vivo solo. No me quita el sueño un divorcio a la vista, ni los ronquidos a pata suelta de la mujer que no tengo me trepanan los sesos.

El amor es una quimera, el invento burgués de un tísico romántico que brindaba poemas al sol. El no creer en el alma tiene sus ventajas: no siento los zarpazos del amor en el espíritu. Por eso cuando llega Morfeo, inmediatamente me escondo en sus alas confiado y libre de las mordeduras del alma. Pero esta noche por más borregos que cuento no consigo conciliar el sueño.

La sombra de un amor inexistente de infidelidades falto arañan los ventanales de mi casa. Un paseo tal vez me ayude a relajarme. Salgo a dar una vuelta. La luna estampa sobre el parterre su luz meridiana, lanza flechas de plata en el corazón de la estatua del parque. Luces negras garabatean la fachada del edificio de atrás. La luna es un volcán de brasas, de un blanco hiriente: nubes cual puñales de cal hirviendo que atraviesan mis ojos de par en par encendidos. Para colmo sorprendo a la vieja de mi vecina más borracha que una cuba meando a la luz de la luna.

Esta noche va descocada la luna, no luce su mantón velado, que viste de picos pardos. Es tan sangrante su fuego que me arranca de cuajo el sueño a tiras. En esta noche la luna regala su amor de humo. Baila la luna muy apretada al ciprés. Oigo un ladrido allá a lo lejos por las afueras del pueblo: un perro le tira los tejos al disco de las tinieblas. Ahora la luna le da un beso largo, lascivo al caño de la fuente. Arrastra, estira su cuerpo desnudo por la superficie del agua. La novia de la noche le pone los cuernos hasta el lucero del alba.

Me encandilan sus destellos, me ciegan las curvas, la redondez de este satélite altivo. Me repatea el murmullo de la noche que se sacude las pulgas mirando a la luna llena debajo del sauce. En esta noche la luna no irradia, quema. Y no purifica su llama, que infecta y peca, pécora de mil patrañas, afiladas tentaciones, rayos de provocaciones ahogadas en la ciénaga de mis entrañas.

Esta luna no es mi luna. En esta noche la luna enciende las margaritas, hace temblar a las piedras, despunta la siembra del césped, alborota el manantial callado; y mi vigilia, mis sueños, se me escapan de las manos en este páramo insomne de copulaciones muertas.

Odio el blanco de esta noche. Restriega la luna su vientre de leche amarga sobre las empinadas farolas de la avenida mayor. Tanto arrumaco en esta impúdica luna me desvela, me da celos. Esta noche la luna enseña los pezones, cabezas de dos culebras, de sus dos senos de nieve. Detesto la blancura de sus dientes, su sonrisa seductora, el esmalte de sus uñas. En esta noche la luna no deja títere con cabeza. Incansable no cesa hasta hacerse enamorar por el último peatón de la oscuridad de la calle.

Desando el camino y después de tres horas de caminata en balde, casi al amanecer, vuelvo a mi casa más hastiado que cuando la dejé. Y allí, despelotada, me la encuentro a ella esperándome en mi lecho. Si no quieres amor, me marcho -me dice. Cuanto más la odio, más la quiero. La detesto porque la amo. Y es su ambigüedad morbosa la que alienta mi deseo. Palpo su piel de luna. Huele a melocotón. Me abrazo a su cuerpo ardiente. Pero antes de poseerla, de catarla, lo pienso bien y le digo mejor no hacerlo, mi luna, si queremos que lo nuestro dure.

Y es tan grande mi descanso, que al momento sumergido quedo en el más profundo sueño sin conocer por supuesto el amor para así poder seguir amando.

miércoles, 30 de mayo de 2018

Las vendedoras del ocaso






Esta tarde han venido a casa dos jóvenes muy bellas, llenas de vida. Vendedoras de algo que no tienen: fraude, óbitos e infortunios. Trabajan en una agencia de seguros. Se han salido con la suya. Imbécil les he comprado por adelantado mi muerte, con lápida incluida e indemnización al canto en caso de ser aplastado por un rayo.

Cuanto mayor soy, más me cuesta librarme de la sombra de mi pasado. La memoria es inversamente proporcional a la distancia de los días que evoco. Y así noto, conforme voy entrando en años, que mi niñez acude más fresca, viva, con mejor paladar que el hervido de bajocas y cebollas que cené anoche. En cambio, el dulce sabor de las rebanadas con pan vino y azúcar con las que mi abuela Pepa, hace sesenta años, me regalaba, todavía hoy rebosan de gusto en mi boca. Dime de qué te acuerdas y te diré la edad que tienes. Contradicciones del tiempo.

Trato con mis recuerdos vivir de nuevo el pasado. El pasado es eterno:
Si me dieran a elegir entre tu recuerdo eterno y aquella sensación caliente, (ahora distante y fría), de mi dedos en tus hendiduras sagradas, escogería el recuerdo que guardo intacto de aquel tu quejido infinito que rompió el tímpano del placer de mis sentidos.
Y ya no sé si el ayer, tan lejos lo veo, que parece ciencia ficción. Entre la verdad y la ficción apenas hay un paso. Tan suave es la línea que los separa que no sé dónde empieza la fantasía y dónde la realidad termina, dónde nace la vida y dónde mi muerte acaba. Y es que ambas carecen de fronteras. La frontera es un invento humano para defendernos del miedo. Fronteras, si las hubiera, no las pondría la naturaleza que pule sus extremos y barreras con el púrpura de la verja que cubre la tumba amiga.

Hoy me acordé de mis antepasados y quise hacer un árbol genealógico para localizar mis cromosomas, los de una línea y los de otra. Y tiempo tuve de ver a mis nietos revueltos con sus filamentos jugando a la comba. Quise separarlos, pero al no saber cuáles eran los ramajes lilas, los malvas, verdes y rojos, no pude.

Soy un pez que se muerde la cola, (símil no muy acertado). Mejor diré que quiero ser esa serpiente que a sí misma se engulle para no morir jamás.

Las dos muchachas jóvenes, las vendedoras del Ocaso, después de haber hecho bien su trabajo, se han ido cantando:
El que la hace, la hace cantando.
El que la compra, la compra llorando.
Y el que la gasta no la ve.
Yo en cambio he visto las agujas del reloj de mis días caminar al contrario. Firmo la póliza. Tiene guasa. Pago por algo que nunca llegaré a disfrutar. 

domingo, 27 de mayo de 2018

Esclavo de su propia víctima



Dice Octavio Paz hablando de los libertinos que éstos irremediablemente necesitan al otro. Y en ello va su condena. Dependen estas personas siempre de su objeto. Son esclavos de sus víctimas. Y a raíz de este pensamiento el recuerdo, no sé por qué, me llevó a los días que estando yo en la cárcel fui compañero de un tal a quien llamábamos Maturana.

No sólo es caprichoso el recuerdo, pues viene o no viene cuando le da la gana, sino que su presencia-ausencia a veces me sorprende, me coge descolocado. Y al ignorar yo cuál era el motivo de que tal recuerdo me visitara, quise averiguar si había relación entre lo que yo en aquel momento leía y la persona en concreto de aquel compañero de celda que después de tantos años a mi cabeza venía mientras yo me recreaba con La llama doble del Nobel de Literatura.

Llevo un tiempo obsesionado porque cada vez con más frecuencia olvido el nombre de las cosas. Ayer, por ejemplo, hablando con un amigo, a mi boca no venía cómo se llama esa mata que huele tan bien y que utilizamos para preparar el mojito cubano. Y a pesar de tener en mi casa una maceta con esa planta y acudir a ella y llevarme a la nariz unas hojitas de dicha hierba, para ver si con su olor acertaba yo a llamarla, su nombre se me resistía.

No hablo yo ahora de filosofías del pensamiento, de que si el lenguaje nos lleva al conocimiento o viceversa, me refiero en concreto a esa habilidad de la memoria de reconstruir el pasado que con la edad se deteriora. O lo que es lo mismo: los recuerdos me visitan a veces sin razón, desprovistos de referencia alguna o camuflados en mi propia mentira, es decir sin venir a cuento, como en el caso de aquel mi antiguo compañero de celda. Las sombras del pasado de tal manera desdibujan aquel presente vivido que llego a pensar que su recuerdo nada tiene que ver con lo que en realidad ocurriera entonces.

Estaba cumpliendo condena el tal Maturana en la Prisión Provincial por haber matado en un ataque de celos a su novio. Se citaron los dos en los bajos de unas viviendas a medio construir a la salida del Desvío que va la Capital. Luego se enzarzarían en una pelea de infidelidades mutuas, hasta que El Maturana no pudo contenerse, cogió una gran piedra que encontró a mano, y le partió la cabeza dejando allí mismo hecho un escabeche a su amante. No era malo este hombre. Siempre se ofrecía a prestarnos favores relevando a los demás reclusos en las tareas de limpieza, haciendo incluso la colada de nuestras prendas más íntimas, ser el recadero de todos, traernos del economato un cartucho de pipas. Jamás en mi vida había tenido yo la oportunidad de convivir tan cerca con asesino tan servicial. En la cabecera de su cama pegado en la pared tenía la foto de su novio. ¿Cómo es posible, -me preguntaba yo entonces-, que los ojos del Maturana quisieran tener siempre delante a quien un día le segó la vida, a no ser que quisiera de esta manera purgar su culpa? Y fue entonces cuando comprendí lo que Octavio Paz tal vez quiso decir con aquello de ser esclavo de su propia víctima. Un día incluso llegó a decirme el Maturana: Lo maté porque a rabiar le quería. Y es que en el nombre del amor el ser humano es capaz de todo.

jueves, 24 de mayo de 2018

Un mal sueño






Me levanto cansado. Los sueños me han dejado rendido. Las neuronas gratinadas por el bochorno de la noche estallaron como misiles dentro del microondas de mi cerebro. No pude pegar ojo. Y en los pocos momentos que lo hice, me vi envuelto en batallas sin sentido. Por eso esta mañana, ando abatido cual soldado en plena campaña. Mi cabeza, completamente vacía, separada del cuerpo, no parece mi cabeza. El resto de mis miembros, dislocados. Desnucado, incapaz de pedalear. Me dirijo en bicicleta al trabajo.

A medida que pasa la mañana, poco a poco voy librándome, o mejor dicho, centrándome en el sueño. Irónico el sol saluda por el borde de la montaña, suavemente se desliza por las tejas rojas del alero de las casas, hasta tocar mis hombros con las sombras de sus manos luminosas. Allá en las olimpiadas de Barcelona, López Zubero y José Manuel Moreno celebran con champán sus estrenadas medallas de oro. Últimos de Julio. 1992.

En cambio, el sueño al que me refiero no sé en qué época tuvo lugar. Planos de canto, superpuestos en el tiempo acuchillaban la orbital esfera de mi vida. Difícil adivinar a qué puntual cronología de mi pasado hacía mención el sueño. Los sueños, siempre con su aureola tonta de intemporalidad presumida.

Estaba, yo no sé, si recolectando tomates por los viveros de Marruecos, cortando limones por la huerta de Alguazas o recogiendo platos de las mesas del comedor del Colegio Mayor donde estudiaba. O puede que ya me encontrara en una de sus aulas impartiendo clases de Historia, esa asignatura por mí la más odiada. Desde que allá por el mayo francés escuchara aquel slogan Olvídense de todo lo ocurrido. Comiencen a soñar, siempre se me resistió esta disciplina con sus retrógrados ojos sobre su espalda. Y vi a Parménides y Heráclito batiéndose el cobre encima de una de aquellas mugrientas mesas alargadas del comedor. Allí también estaba la Conserje vestida de uniforme con un manojo de llaves que le colgaban del cinto. Me quedé rezagado recogiendo cubiertos llenos de pringue. Mis compañeros me habían dejado solo en esta tarea que debería haber sido compartida. Me sentí utilizado. Recogía las sobras de la comida, cortezas de naranja, raspas de pescado que depositaba en un cubo. Una monjita invisible tras un torno se encargaba entre ruidos de vajillas y sonrisas sofocadas y rezos susurrantes de devolver el brillo a cacerolas y tazones donados al Colegio por algún devoto de la Virgen Blanca, aquella imagen de alabastro que presidía el patio de nuestros recreos.

A todo esto la conserje o la monjita, (no me acuerdo), sin tener en cuenta el esfuerzo al que voluntariamente o por obligación sublimada yo devotamente me empleaba, apagó las luces del refectorio, dejándome en penumbras. Le grité a voces que encendiera las luces que aún no había acabado mi tarea. Ah bueno, perdona, -me contestó, pero sin encender de nuevo la luz. Luego oí como echaba el pasador de la puerta por fuera. Me quedé encerrado sin poder salir de allí. La llamé a gritos. Su única respuesta, unas carcajadas suyas, crueles y sarcásticas que resonaban cual las de la bruja del cuento de Hansel y Gretel tras las rejas de la jaula aquella.

Dentro del mismo sueño me quedé dormido. Aun así, el horror, el pavor de verme allí enclaustrado en aquel cilindro de madera que no cesaba de dar vueltas como una peonza, no desaparecían de mi cuerpo desarmado. Temblores epilépticos me apalearon, me dejaron estremecido. La sala del comedor se convirtió de pronto en un vagón vertiginoso y oscuro en medio del abismo, un mar siniestro, la celda de una prisión. Y a pesar de que yo dormía casualmente con una mujer no pude conseguir la calma. La mujer a la que en ningún momento pude ver la cara, se levantó para ir a ducharse y aliviar así el calor pegajoso e insoportable de aquella noche de verano. Volvió luego a acostarse a mi lado. Yo seguía soñando. Ella rozó su cuerpo con el mío. Sin pensarlo dos veces le sacudí un solemne guantazo en plena cara. Abrí los ojos desorbitados. A mi lado por supuesto ninguna mujer dormía. En aquellos años yo aún estaba soltero, era virgen. El sueño me dejó muy mal. Me sentía culpable. Me incorporé. Encendí un cigarro para tranquilizarme. Me dije: Sólo ha sido un sueño. No has estado con ninguna mujer. Tu voto de castidad  todavía te mantiene a salvo.

Mientras pedaleo camino al trabajo, taciturno y triste me pregunto cómo un simple sueño nacido de las telarañas del olvido pudo meterse tan hondo. ¿Quién podría ser la mujer a la que arreé tal sopapo? ¿La cara del mendigo con el que ahora me cruzo, esa joven esbelta tras la cual se van mis ojos, y que por poco hace que me caiga de la bicicleta, el acartonado rostro del viejo que ya ocioso ocupa el banco del jardín de Floridablanca?

Todos ellos podrían haber sido aquella persona del sueño a quien no pude ver la cara. Hasta yo, mintiéndome a mí mismo. Lo supe cuando llegué al instituto donde daba clases de Geografía e Historia. Nada más entrar en la sala de profesores, allí estaba ella, la mujer que me dejara a oscuras en el comedor. Me saludó muy amablemente, moviendo a modo de alegres campanillas las llaves que llevaba en la mano. Luego al ver mi cara de inquietud me dijo con sornas de cierta complicidad que no pasaron desapercibidas para el resto de los compañeros:
A ti hoy te pasa algo. ¿Te duele la cabeza? ¿O acaso has tenido un mal sueño?