sábado, 8 de diciembre de 2018

Antimemoria






Fede, joven de veinticinco años, sufre depresión. Él no sabe lo que le pasa. Tampoco nadie lo entendería. ¡Es todo tan absurdo! Acaba de terminar la carrera de Medicina. Ha sacado el número uno como internista en el Reina Sofía. Con tan poco recorrido académico es ya jefe de un Departamento de la Facultad. Pero el otro día a punto estuvo de quitarse la vida. Su padre, antes de que el hijo se arrojara desde el séptimo piso de la casa familiar, pudo llegar a tiempo. Sujetó fuertemente los pies de Fede, evitando que su hijo, subido ya en el poyete de la ventana, se lanzara al vacío.

Desde entonces, Federico López-Acuña acude al psicólogo. El especialista le aconseja que al menos durante diez minutos cada día escriba una cosa que le haya ocurrido y que merezca la pena ser guardada. A Fede le cuesta trabajo hacer memoria. Sus olvidos lo retienen reducido a la nada. Nada recuerda de su primer viaje de estudio a Mallorca, nada de aquel primer beso que le diera a su compañera de curso cuando estudiaba Medicina en la universidad de Espinardo, nada de aquel conejo blanco que le regalaran sus padres al cumplir los cuatro años. Y si acaso se acordara de haber sido distinguido, hace tan sólo nueve meses, con el primer premio de fin de carrera, tal recuerdo le sabría también a nada, porque a partir de haber tocado el cielo de su laureada distinción, todo empezó a venírsele abajo. Nada más alcanzar la gloria de sus éxitos, como astro incandescente que se agota, Federico se ve a sí mismo convertido en una estrella enana, inapreciable, hasta llegar a extinguirse de un porrazo. Pasó, en menos de lo que canta un gallo, del amarillo aureola y resplandeciente al frígido color rojo de su propia asfixia y declive. Del Paraíso de las vivencias empoderadas a los Infiernos de la desilusión y el tedio.

El psicoanalista define como Antimemoria este estado de amnesia de su paciente. Superada la cresta de su triunfo apoteósico todo quedó reducido al silencio del hundimiento más absoluto. Un mundo sin fronteras ni límites, donde a Federico López-Acuña se le hace imposible reconocerse. Y es a partir de aquí como el joven intenta de nuevo redefinirse como un ser que se hace a sí mismo a partir de la inmaterialidad de sus propias invenciones y mentiras.

Federico Acuña plasmará por escrito, reconstruirá de nuevo su personalidad más positiva con retales inciertos, relatos y patrañas rebuscadas según el consejo de su terapeuta. Cuando la antimateria del olvido entra en contacto con la materia del recuerdo se establece un desorden de tal naturaleza en la mente que Federico López-Acuña es capaz de afrontar su vida de nuevo. Sólo así conseguirá Fede salir ileso de su tentativa de suicidio. Nada mejor para realzar el trasfondo desconocido de algo real, que alumbrarlo a base de fabulación y trampa. Nunca más que ahora la mentira fue más verdad que el mismísimo dios Mitra, nuestro lado más inquietante y oscuro.


domingo, 2 de diciembre de 2018

Elecciones en otoño y otros versos




Esta mañana, estaba yo bien temprano hablando con el Otoño de tonterías en versos que nada tiene que ver con lo que realmente pasa en el mundo.
El verde del sauce verde / se aproxima hacia su muerte, / se ha tornado en amarillo, / ocre enfermo y sin el brillo / que consiguió enaltecerme / en mis albores de niño…
Mientras que allá en Argentina los G20 (las potencias más ricas del Planeta) sudan la gota gorda por salvarnos la vida, yo me entretengo reforzando mi autismo haciendo poesía:
Ya no suenan en la plaza / los ecos y la algarada / de los niños y su risa. / Es el tiempo a toda prisa / el que tapa con su capa / la suave luz de la brisa.
Para recobrar la empatía me voy a la Prensa y me entero que Nuestra Madre Loreto busca un puerto seguro donde dejar 12 inmigrantes que nadie quiere en sus costas. Hipócrita (yo también) y escandalizado regreso a mi cómoda y egocéntrica escritura:
He cerrado las ventanas / de mi casa con aldabas. / El viento que sopla fuerte / no quiero que me reviente / con su furia las hogazas / de mi tierno pan caliente.
Y me acuerdo de pronto que hoy en Andalucía más de seis millones de personas tienen en sus manos la oportunidad de elegir su suerte. Ojalá hoy llueva, ya de una vez, café para todos. Hablando de café, vuelvo al mío, esas estrofas solas y con azúcar que no riman y se hielan:
La noche pronto se cierne / sobre la mar blanca y verde. /Apenas ya nadie sale / a navegar porque sabe / que en otoño la corriente / nuestros ensueños deshace.
Se me olvidaba... dejé cerrada la puerta de casa para que el bello amanecer de hoy no me importunara.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

No sé nada de ti




Recuerda el marido que en uno de sus primeros encuentros con su mujer de ahora, antes de ser novios de hecho, ella le describió a su pareja ideal. No le habló en concreto de nadie. El joven para responder a esa idea suya, se esforzó, en el periodo de la conquista, por ajustar su imagen y su carácter lo más preciso a la idiosincrasia que la mujer le dibujó. Así fue como el muchacho entró en el corazón de su prometida, maquillando su figura, disimulando su nimiedad, retocando su avinagrado gesto, afeitando sus patillas al gusto de alguien a quien jamás había visto en su vida. Hasta llegó a cubrir su cabeza con un hongo por sombrero. Un récord en restauración. Todo un proceso de reconversión personal al que se sometió con éxito. Puesto que la mujer al final accedió a su petición de casamiento. Todos a fin de cuentas acabamos pareciéndonos al patrón que los demás formulan y esperan de nosotros.

La trasfiguración del marido duró un tiempo, los primeros años de casados. Hasta que un día inesperado aquella imagen del hombre ideal que la mujer le describiera tiempo atrás se metió entre las sábanas de la pareja. La fusión creada se esfumó. Todo el trabajo que el hombre hizo por remodelar su figura a un perfil determinado e impuesto se vino abajo. Tiempos de rutina, inapetencia, aburrimiento vinieron en el matrimonio. A partir de entonces siempre que el marido intentaba hacer el amor con ella, la veía abrazada y suspendida de las caricias de aquel otro hombre poetizado por la que ella suspiraba en sus años jóvenes. No te pareces en nada al hombre con el que yo me casé, -llegó a decir un día la mujer al marido.

El colmo de esta situación ambigua en la pareja tuvo lugar aquella noche en la que el marido oyó gemir el nombre de otro hombre que no era el suyo mientras los dos hacían el amor. La efusiva situación del momento en el que el marido gozaba habiendo penetrado dentro de ella le impidió hacer mención alguna a equivoco tan inoportuno. El hombre dijo para sí: La tergiversación de un nombre no altera el producto final.

Pero desde entonces el marido se empeñó en dar con el paradero de un rival sublimado por la mente insaciable de su mujer. En el juego amatorio de su relación con la mujer necesitaba el hombre de aquel otro hombre en el que su mujer piensa cada vez que están en la cama. Sin esta presencia figurada imposible culminar cualquier amor.

El marido ante esta realidad, para él cruda e inaguantable, (puesto que sigue queriendo a su mujer con locura), acude a los consejos de un amigo para que este le ayude a encontrar al amor soñado de su mujer:
Nada sé de este hombre. ¿Quién puede ser? Si lo supiera, acabaría por ser él. Todo quedaría resuelto.
El amigo manda a hacer leches al amigo:
Al que con tanta avidez persigues, nunca darás alcance, es un aborto de tu calenturienta imaginación. Es más fácil atrapar tu propia sombra que dar caza a ese tal supuesto rival del que me hablas.

domingo, 25 de noviembre de 2018

Fluir pantagruélico




Al sentir el aroma del café, nota el correr de la vida por los ríos de su cuerpo. Cuando habla de la vida en abstracto se le presenta vacía. Duda de ella como de los ovnis y de los gnomos. Él, tan trascendente, hasta del Dios Absoluto, que dicen está en todas partes, tiene sus dudas, pues su metafísica presencia-ausencia nada le dice. La vida más bien se le muestra en el cuerpo desnudo del huerto que tiene delante, paisaje para el reposo de sus besos que dijera Juan Ramón refiriéndose a Zenobia, a sus codos, márgenes y muslos.

La vida es ver caer una hoja, escuchar crujir su chasquido en este otoño lluvioso, oír el viento, el lento palpitar del latido de la aurora. La vida es tocar y arrimarte a la carne caliente de quien duerme a tu lado. La vida es levantarte de madrugada, sentir como el aire fresco de la mañana alienta y se dirige al Llano. La vida es contemplar complacido el corazón de las coles cubiertas de rocío junto a la acequia, percibir el ladrido de un perro allá en la lejanía cual aguda campana del tiempo que suena a infinitud, a llamada de alerta y tránsito. La vida es sentirse agraciado por la oportunidad de vivir las cosas al menudeo, oler el respirar sosegado de una flor, saborear el agridulce de una mandarina recién cogida del árbol.

La vida es palpar unas callosas manos, la recia y noble dureza de las penas y alegrías, sus querencias, el sinsabor de la cosecha plagada por la araña roja, el pulgón y la rosquilla. La vida no es aferrarse al presente inútil y esquivo. ¿A quién se le ocurriría en esta fluorescente alborada apuntalar y clavetear las nubes en su fluir pantagruélico?

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Efecto serpiente



Recuerdo allá, en mis años jóvenes, un campamento de montañeros por el alto Tajo. Durante unas vacaciones de verano participé en un club senderista. Las marchas exigían que ajustara mi paso al grupo, pero mi falta de entrenamiento hacía muy difícil caminar al compás del resto. Cuando la cabeza llegaba al final de un punto en el que se detenía para reponer fuerzas, yo aún no había llegado. Y en cuanto lo hacía, todos se ponían de nuevo en marcha. Recuerdo que llamaban a esta práctica el efecto serpiente, serpiente que a mí me privaba de disfrutar del paisaje.

Por las abruptas montañas de la Muela del Conde y los Altos de la Campana caminaba ausente, atento a la respiración, sin poder detenerme a contemplar el ruido jocoso del agua del río, que cual ninfa exultante exhibía la hermosura de sus pechos espumosos, y así saciar la sed de mi corazón fatigado. Caminante castrado y cojo, obsesionado por dar alcance a los que me precedían, hacía la ruta, máquina sin ojos, sin alma, indiferente a la belleza de aquel señorío natural. Mis ojos eran los pies, mis pulmones eran los pies, los pies, mi fatiga. Mis pies con sus ojos embarrados lo eran todo. ¡Maldita sea! Y a mi memoria venían aquellas palabras del Éxodo: ¡Detente, porque el lugar donde estás es sagrado!

¿De qué le sirve a mi vivir avanzar sino sabe por dónde ni a dónde va? Si el amanecer no es consciente de su belleza, si la flor no lo es de su perfume, ni la canción de su melodía… Si la generosidad de aquellos hermosos lugares no era digna de ser admirada, ¿para qué entonces seguir caminando, si no podía detenerme a contemplar la dulzura que arrebatadamente me tentaba?

Y siento, después de cinco lustros de aquello, un deseo ardiente de no haber podido solazarme correteando pausado por las encrucijadas crujientes de tus frondosas sierras, las hendiduras de tus muslos calientes, beber de tus arroyos, admirar el monumento reflexivo de tus encinares, oler la fragancia de tus bellotas bruñidas, sentir el frescor de la sombra de tus rincones.  Pero ahora que lo pienso, ¿para qué? Tú, como la Ítaca de Kavafis, no eras para mi más que otra metáfora.