sábado, 16 de mayo de 2026

De vuelta a casa



Camina el hombre por la senda de la acequia. Y al igual que una madre, afectada por la peste negra, el hombre tiene también que abandonar por fuerza su huerto, su casa, sus hijos.., para no contaminar y echar a perder todo lo que allí limpio relucía como los chorros del río. Intenta ahora el hombre en sus pensamientos volver a la tierra, que por unos años fue la sede de sus sueños cumplidos para así, tras su irremediable pérdida, recuperar la estabilidad de su emoción quebrada y rota. Tuvo que tapar su boca y morir ahogado para no acabar matando todo lo que allí a su vera feliz vivía.

Corre ahora el hombre después de muerto, esperanzado bajo la sombra de los cipreses que van su antigua casa. Él esperaba que a su encuentro estos árboles nostálgicos entonarían al aire romanzas y fantasías, escalas musicales desde el do grave de una tierra festoneada de flores silvestres, al do alto de un cielo sin nubes, con las puertas abiertas a su regreso, y que su cuerpo, balanceado por ver de nuevo su casa, bailaría al trote veloz y acompasado por el gorjeo de un par de tórtolas que al vuelo le reconocerían a su paso. Pero los cipreses ariscos, la higuera maldita, el nogal indiferente, y hasta su melosa gata, siempre atenta a su llegada, todos ellos, esquivos, distantes y desagradecidos, pasaron del hombre como pasan las nubes calladas en verano sobre los páramos desiertos. El hombre esperaba ver allí con la misma alegría lo que con tanto dolor dejara, cuando un día tuvo que recluirse en la oscuridad de su tumba, por culpa de aquella cuarentena, la sempiterna morada de los muertos. 

A su regreso, todo está igual, todo en su sitio, pero aún así, al hombre no le pareció lo mismo. Sí: el mismo azarbe, las mismas plantas, el mismo cauce, las mismas cañas; sí: el mismo verde reluciente y fresco; pero no son las cosas las que hablan, sino tal como a su manera el hombre las escucha y las siente. Las flores de la madreselva exhalan su perfume amarillo, pero él ya no huele su aroma. Él mismo plantó el laurel, donde ahora sigue estando. Lo regó y lo abonó, lo vio crecer con ese aire victorioso de los grandes corredores tras cruzar triunfales la línea de meta, pero el arbusto no le devuelve al hombre el dulce, recio y acostumbrado aroma de bienvenida. Lo mismo le ocurre con las flores del azahar de los naranjos, que le saben a estéril y desolado invierno. Y salvaje es también el comportamiento de su perro que se arroja contra él con uñas y dientes, dolido por el abandono de su amo. Y así es como este hombre lloró más, cuando de pensamiento y deseo, volvió a su antigua casa, que cuando tuvo que irse de allí deprisa y corriendo, de su huerto y de sus cosas.

Uno vuelve siempre
A los viejos sitios en que amó la vida
Y entonces comprende
Como están de ausentes las cosas queridas.


(Armando Tejada)

miércoles, 13 de mayo de 2026

Somos tiempo




Agradecido al reloj de sol, me levanté aquella mañana. Al fin y al cabo mi existencia (Dasein) a su tic-tac acompasado se debía. Heidegger lo pudo decir de otra manera, pero no más claro: nuestro problema no es la verdad, sino la metafísica del tiempo. Y como debía corresponder a su puntual acompañamiento si quería aquí seguir viviendo, elegí como sitial suyo el rincón más visto de la casa de mi huerto.

Puse la mirada del sol al sur más distinguido. Fue él mismo quien me dijo:
¡Ponme hacia el mediodía! Es allí donde me sacio, me cargo de luz y vida, desde donde doy cuerda al corazón de los mortales. Y ya verás ¡qué felices serán nuestros días!
Y fue así que viví más de medio siglo por su péndulo impulsado. Sentí el placer de los segundos, su instante intenso, el hálito infinito..., hasta que una noche de tinieblas, los enemigos del reloj demolieron el ser y el tiempo con piedras e improperios, destrozaron el cuadrante circular de mi alborada, el crepúsculo preñado de mañanas, el futuro tañer de mis latidos, su campana.

Mis enemigos creían ser eternos arrancándole al reloj su gnomon, la batuta de su paso, el índice de mi aquí y de mi ahora, la sombra segmentada del eje de la tierra. Yo me fui, sin mi reloj y sin mi vida, pero allí quedaron, (ya lo dijo Juan Ramón Jiménez en su Viaje definitivo), los pájaros cantando, y los naranjos continuaron luciendo su verde a lo ancho y a lo largo de un cielo enjalbegado.

lunes, 11 de mayo de 2026

El tiempo de las cosas



El tiempo de las cosas suelen durar un poco más que aquellos seres queridos que perdimos. El recuerdo parece ser un acto involuntario. Por eso esta mañana, sin ton ni son, acude a mi memoria su cara; pero ella no viene a mí tal como ella era, sino transportada en una foto antigua. No es la viva imagen que yo, cuando ella estaba viva, siempre veía: hacendosa, atenta, cómplice y siempre con sus hijos y nietos condescendiente, amable y sonriente.

Algo debo yo tener trastocado en mi cabeza, cuando al recordar aquellos seres queridos que me precedieron en esta vida, de ellos sólo recuerdo el rostro de sus retratos, más que el semblante que yo de ellos veía cuando estaban vivos. Ella, hoy, cuando la memoria de mis genes instintivamente la reclama, sólo acude a mí, pintada en una estampa, sentada en su sofá de papel acartonado, siempre cosiendo, bordando las telas que ella tejía para abrigar y proteger a sus hijos y nietos.

La única manera que conocía ella para escapar de la muerte eran sus hilos y dedales. Siempre que yo regresaba a casa, allí estaba siempre concentrada en su tejer penelopiano. Ningún género de punto se le resistía: el de cruz, la cadeneta, el del diablo, el de la espiga. Tan feliz y abstraída la veía, sentada al caer de la ventana, con el ganchillo y la lana... No sé si quería terminar lo que cosía, o más bien atrapar con sus hilvanes la eternidad. A sus pies: el canasto de los hilos y madejas. Sobre su halda: un entramado de caminos, desde el alfa hasta la omega, todos ellos conectados como una red de carreteras al centro de la ciudad de san Agustín. El tiempo suspendido. La luz inundando de paz la estancia, su adolescencia labriega y penosa, desmajolando cepas, recogiendo aceituna, segando mieses, su juventud lúdica y cantarina, cantando sus amores de casada, sus cuatro partos, rumiando con sabia y dulce ironía en su interior la vida, el mundo en su más profundo y beatífico sentido, su Aleph infinito, el punto de todos los puntos. Feliz y extasiada, trascendiendo su aceptada mortalidad, alma queriendo retomar su vuelo para confundirse con el infinito.

Ella se murió, pero los retales de su tejer penelopiano aún perduran acobijando a sus nietos. El tiempo de las cosas suele durar, pero sólo un poco más que aquellos seres queridos que perdemos. Su recuerdo me devuelve esta mañana el rostro trucado de mi madre en un papel de fotografía, que a lo sumo durará un poco más de lo que yo dure en esta tierra.

miércoles, 6 de mayo de 2026

La mirada de los demás



Ayer me preguntaste cuál fue el día más triste de mi vida. Contesté: cuando dejaste de mirarme. Cuando dejaste de mirarme me quedé ciego. Me derrumbé, caí en un pozo tenebroso. Te perdí, y perdido también quedé de mí. No es cierto que siempre hay luz después del túnel. Mastiqué el eco de tus ojos idos como si fueran cristales sangrando mi vista. Observé tus labios desiertos de aquellos azules y verdes que jamás volverían a alimentar mi mirada, tu despedida para siempre. Luego encontré tus ojos abandonados en un vertedero.

Y tras el portazo de tu adiós definitivo me puse a escribir, quería retener la belleza de tus ojos, atrapar su luz, pintar la tranquilidad de tu mirada desorbitada, recrearme, contaminarme con la suavidad almibarada de tu contemplación cinemascópica, palpar el vértice oculto de tu vientre y el mío con el anzuelo de tus colores extásicos, verter mis lágrimas en el cáliz de tu dichosa calma.

Busqué en el Libro de Oro de la Poesía de la Lengua Castellana los mejores poemas, y no di con verso alguno que calmara mi dolor, no encontré tiempo, ni modo de verbo alguno que pudiera remontar mi vuelo tras el tuyo, ajeno y distante. Y tiré la pluma y los pinceles contra la puerta tras la que desapareciste abandonándome, dejándome solo. Debería haber sido yo el que se fuera. Sin tu mirada, yo ya nunca fui. Viví solamente el tiempo que duró tu mirada sobre mi cuerpo a oscuras. Bien claro me lo dijo un día Auster: sólo vivirás dentro de la mirada de los demás.

domingo, 3 de mayo de 2026

Conócete a ti mismo


 
Por motivos de trabajo, (movilidad laboral), Isidro de Anta necesitó cambiar de domicilio. La sociedad en la que trabajaba como contable decidió cerrar la sucursal en la que este señor prestaba sus servicios desde su juventud. Y como sus jefes no querían prescindir de él, le ofrecieron el mismo puesto que hasta ese momento desempeñaba, pero en otra ciudad muy alejada de su habitual residencia.

Para formalizar su traslado, Isidro se dirige a una agencia inmobiliaria de la ciudad a la que su empresa había decidido ubicar al señor de Anta. Después de explicar a la señorita que le atiende el motivo de su compra, le muestran una vivienda con las características propias de su peculiar demanda. Pero para sorpresa de don Isidro, la vivienda que le ofrecen parece ser la misma en la que hasta ese momento él mismo había vivido. De Anta repasó con detenimiento cada una de las estancias y los detalles particulares de la nueva casa. Hace memoria por ver si estaba equivocado. Y le ruega a la dependienta que por favor le muestre a través del Maps la ubicación exacta de la nueva casa que le ofertan. Después de observar minuciosamente las imágenes de la calle, la fachada, cada una de las estancias interiores, el baño con el toallero de madera, las cenefas ribeteadas de azul de la cocina, el reluciente poto de la galería... Estaba claro. No tiene duda alguna: aquella casa es exactamente su casa de antes, la misma casa en la que él mismo ha vivido hasta la fecha sin percatarse de la casa, y ni siquiera de él mismo, su habitual morador olvidadizo.

No crea el lector de este cuento que su autor quiere aprovechar esta historia como una soflama contra aquellos osados usurpadores que por necesidad imperiosa se ven obligados a ocupar viviendas ajenas y que no son de su propiedad. A decir verdad, a don Isidro de Anta no le hubiera importado compartir su nueva casa con gente que careciera de techo alguno bajo el cual dormir y cobijarse. Puesto que era soltero y siempre había vivido solo. Hubiera incluso agradecido compartir su nueva propiedad con quien fuera, incluso con él mismo dentro.

Lo que que más le preocupó de este incidente al protagonista de esta pequeña historia es haber vivido durante más de veinte años consigo mismo, con alguien al que jamás había tenido la oportunidad de conocer como su único y propio dueño.