miércoles, 20 de mayo de 2026

El árbol caído


 
No tiene donde ir, pero es que hoy no quiere ir a ninguna parte. Hoy triste está, y decepcionado. No se siente bien en ningún sitio. Nada es consistente. Todo le da vueltas: los cedros del Líbano que con tanta admiración cultivó en su conciencia, devorados los descubre esta mañana por innumerables hongos que cubren su tronco firme. El perfume de su noble corteza, desde su planta hasta su cabeza, hoy cubierto está por el ocre amarillo y seco de su corrupción supuesta. Este mismo árbol que ayer fue su ídolo, ante cuyos frutos y sombra se arrodillaba y veneraba..., ¡se dejaba llevar por su copa encumbrada, guía y bandera de sus pasos perdidos por salones y plazas, mentideros y callejones de incertidumbre, pasajes oscuros!..., hoy, revestido está de hongos y plaga. Fue siempre fortaleza y muralla contra invasores e intrusos, vientos mal intencionados, dique y contención contra fuegos codiciosos que querían arrasar la estabilidad de su hacienda, la cordura de sus principios. Confundido y extrañado por imagen tan oscura y decrépita. Y como quien, después del paso terrible de una dana, se asoma a su huerto, a sus conejeras y gallineros, plantaciones, ideales y sueños de toda una vida, hoy contempla malhumorado y dolorido la caída de aquel árbol que ayer su estela ondeante señalaba el futuro, hacia cielo prometedor y expectante.

Aquel cándido ciervo de ayer tan esperanzado, hoy precisamente, día en el que todo el país habla de la inculpación de un expresidente de nuestra democracia, este hombre está triste y decepcionado. Y un viejo estoico de principio de nuestra era, se le acerca y le dice para animarle: Amigo, mejor es confiar y ser engañado, que vivir una vida de sospechas constantes.

martes, 19 de mayo de 2026

Pájaro libre encerrado en su jaula

 



Las palabras no mienten, y si mienten es porque no las decimos como se merecen. Lo cierto es que que en este mundo babélico mentimos más que hablamos. ¿O acaso, los ultraderechistas que ayer en las elecciones de Andalucía predicaban que el pájaro puede ser libre, encerrado en su jaula, decían la verdad?

En mis tiempos como maestro de educación infantil, comprobé que los niños daban a las palabras un sentido único, un significado autonómico, independiente y desligado de cualquier otra referencia que no fuera la palabra que ellos ponían en sus bocas. Y me puse a pensar, si no sería mucho mejor que las palabras no tuvieran vuelta de hoja, ni otras acepciones que no fuera la univocidad, su condición única y esencial.

Una mañana observé que dos pequeños reñían por una misma palabra: la palabra papá. No podían entender que el papá de uno fuese también el papá del otro. ¡No, es mi papá papá! -decía uno; y el otro, amenazante, respondía al instante gritando furioso con las mismas palabras a su contrincante: ¡No es el tuyo, es el mío, es mi papá! Los pequeños daban a esta palabra tal poder que, sólo con nombrarla, adquiría para ellos un uso exclusivo, intransferible, inequívoco e incompatible con cualquier otro padre que no fuera el suyo. Un nombre para cada cosa, y cada cosa para su nombre. Y si las cosas y sus padres no hubiesen tenido nombre, pues mucho mejor, nada, fuera de ellas, existiría. Y así se acabarían por fin las disputas en el aula.

Recuerdo que para hacer entrar en razón a aquellos niños enzarzados en su pelea, y que, (debido a su corta edad), no podían comprender el sentido universal y abstracto de la palabra papá, quise hacerles ver que el padre de un niño podía llevar bigote; el padre de otro, ser calvo; que el de más allá, ser rubio, alto, gordo; y que cada niño tenía su papá particular, y que todos los padres por separado podían ser el padre de sus compañeros.

Aquellos niños no admitían el nombre papá desligado de su propia realidad. Ellos consideraban la palabra papá como una unidad unívoca, una unidad lingüística, inseparable de sus vidas. Esta palabra, para ellos, no tenía sentido, separada de la imagen que ellos tenían de sus progenitores. La honradez de las palabras, su unicidad intransferible era su prioridad, su conocimiento concreto. Y fue entonces cuando me puse a pensar, si no nos hubiera ido mucho mejor a los humanos no alcanzar nuestro pensamiento abstracto, aquel que nos define como personas racionales, capaces de digerir conceptos universales, y así jamás poder decir una cosa contraria y distinta de lo que pensamos. Y si nos servimos de las mismas palabras para negar y afirmar lo mismo y lo contrario: el pan al hambriento, indigestar a los pródigos y opulentos; si proclamamos la palabra libertad a voz en grito para cortarles las alas a los que soltarse quieren de sus cadenas, nos metemos en un lío, mentimos como bellacos. Las palabras, separadas de la cosa a las que hacen referencia, son un exabrupto. No en vano los escolásticos definían la verdad como la adecuación de la cosa con el intelecto

¿O es que acaso, los ultraderechistas que ayer en las elecciones de Andalucía cantaban que el pájaro encerrado en su jaula puede ser libre, decían la verdad? Hay pájaros tontos y muertos de hambre, ¡haylos, engañados y estúpidos! que preferimos vivir presos con nuestras cadenas, y recluidos bajo las órdenes de nuestro embustero carcelero y caudillo.



sábado, 16 de mayo de 2026

De vuelta a casa



Camina el hombre por la senda de la acequia. Y al igual que una madre, afectada por la peste negra, el hombre tiene también que abandonar por fuerza su huerto, su casa, sus hijos.., para no contaminar y echar a perder todo lo que allí limpio relucía como los chorros del río. Intenta ahora el hombre en sus pensamientos volver a la tierra, que por unos años fue la sede de sus sueños cumplidos para así, tras su irremediable pérdida, recuperar la estabilidad de su emoción quebrada y rota. Tuvo que tapar su boca y morir ahogado para no acabar matando todo lo que allí a su vera feliz vivía.

Corre ahora el hombre después de muerto, esperanzado bajo la sombra de los cipreses que van su antigua casa. Él esperaba que a su encuentro estos árboles nostálgicos entonarían al aire romanzas y fantasías, escalas musicales desde el do grave de una tierra festoneada de flores silvestres, al do alto de un cielo sin nubes, con las puertas abiertas a su regreso, y que su cuerpo, balanceado por ver de nuevo su casa, bailaría al trote veloz y acompasado por el gorjeo de un par de tórtolas que al vuelo le reconocerían a su paso. Pero los cipreses ariscos, la higuera maldita, el nogal indiferente, y hasta su melosa gata, siempre atenta a su llegada, todos ellos, esquivos, distantes y desagradecidos, pasaron del hombre como pasan las nubes calladas en verano sobre los páramos desiertos. El hombre esperaba ver allí con la misma alegría lo que con tanto dolor dejara, cuando un día tuvo que recluirse en la oscuridad de su tumba, por culpa de aquella cuarentena, la sempiterna morada de los muertos. 

A su regreso, todo está igual, todo en su sitio, pero aún así, al hombre no le pareció lo mismo. Sí: el mismo azarbe, las mismas plantas, el mismo cauce, las mismas cañas; sí: el mismo verde reluciente y fresco; pero no son las cosas las que hablan, sino tal como a su manera el hombre las escucha y las siente. Las flores de la madreselva exhalan su perfume amarillo, pero él ya no huele su aroma. Él mismo plantó el laurel, donde ahora sigue estando. Lo regó y lo abonó, lo vio crecer con ese aire victorioso de los grandes corredores tras cruzar triunfales la línea de meta, pero el arbusto no le devuelve al hombre el dulce, recio y acostumbrado aroma de bienvenida. Lo mismo le ocurre con las flores del azahar de los naranjos, que le saben a estéril y desolado invierno. Y salvaje es también el comportamiento de su perro que se arroja contra él con uñas y dientes, dolido por el abandono de su amo. Y así es como este hombre lloró más, cuando de pensamiento y deseo, volvió a su antigua casa, que cuando tuvo que irse de allí deprisa y corriendo, de su huerto y de sus cosas.

Uno vuelve siempre
A los viejos sitios en que amó la vida
Y entonces comprende
Como están de ausentes las cosas queridas.


(Armando Tejada)

miércoles, 13 de mayo de 2026

Somos tiempo




Agradecido al reloj de sol, me levanté aquella mañana. Al fin y al cabo mi existencia (Dasein) a su tic-tac acompasado se debía. Heidegger lo pudo decir de otra manera, pero no más claro: nuestro problema no es la verdad, sino la metafísica del tiempo. Y como debía corresponder a su puntual acompañamiento si quería aquí seguir viviendo, elegí como sitial suyo el rincón más visto de la casa de mi huerto.

Puse la mirada del sol al sur más distinguido. Fue él mismo quien me dijo:
¡Ponme hacia el mediodía! Es allí donde me sacio, me cargo de luz y vida, desde donde doy cuerda al corazón de los mortales. Y ya verás ¡qué felices serán nuestros días!
Y fue así que viví más de medio siglo por su péndulo impulsado. Sentí el placer de los segundos, su instante intenso, el hálito infinito..., hasta que una noche de tinieblas, los enemigos del reloj demolieron el ser y el tiempo con piedras e improperios, destrozaron el cuadrante circular de mi alborada, el crepúsculo preñado de mañanas, el futuro tañer de mis latidos, su campana.

Mis enemigos creían ser eternos arrancándole al reloj su gnomon, la batuta de su paso, el índice de mi aquí y de mi ahora, la sombra segmentada del eje de la tierra. Yo me fui, sin mi reloj y sin mi vida, pero allí quedaron, (ya lo dijo Juan Ramón Jiménez en su Viaje definitivo), los pájaros cantando, y los naranjos continuaron luciendo su verde a lo ancho y a lo largo de un cielo enjalbegado.

lunes, 11 de mayo de 2026

El tiempo de las cosas



El tiempo de las cosas suelen durar un poco más que aquellos seres queridos que perdimos. El recuerdo parece ser un acto involuntario. Por eso esta mañana, sin ton ni son, acude a mi memoria su cara; pero ella no viene a mí tal como ella era, sino transportada en una foto antigua. No es la viva imagen que yo, cuando ella estaba viva, siempre veía: hacendosa, atenta, cómplice y siempre con sus hijos y nietos condescendiente, amable y sonriente.

Algo debo yo tener trastocado en mi cabeza, cuando al recordar aquellos seres queridos que me precedieron en esta vida, de ellos sólo recuerdo el rostro de sus retratos, más que el semblante que yo de ellos veía cuando estaban vivos. Ella, hoy, cuando la memoria de mis genes instintivamente la reclama, sólo acude a mí, pintada en una estampa, sentada en su sofá de papel acartonado, siempre cosiendo, bordando las telas que ella tejía para abrigar y proteger a sus hijos y nietos.

La única manera que conocía ella para escapar de la muerte eran sus hilos y dedales. Siempre que yo regresaba a casa, allí estaba siempre concentrada en su tejer penelopiano. Ningún género de punto se le resistía: el de cruz, la cadeneta, el del diablo, el de la espiga. Tan feliz y abstraída la veía, sentada al caer de la ventana, con el ganchillo y la lana... No sé si quería terminar lo que cosía, o más bien atrapar con sus hilvanes la eternidad. A sus pies: el canasto de los hilos y madejas. Sobre su halda: un entramado de caminos, desde el alfa hasta la omega, todos ellos conectados como una red de carreteras al centro de la ciudad de san Agustín. El tiempo suspendido. La luz inundando de paz la estancia, su adolescencia labriega y penosa, desmajolando cepas, recogiendo aceituna, segando mieses, su juventud lúdica y cantarina, cantando sus amores de casada, sus cuatro partos, rumiando con sabia y dulce ironía en su interior la vida, el mundo en su más profundo y beatífico sentido, su Aleph infinito, el punto de todos los puntos. Feliz y extasiada, trascendiendo su aceptada mortalidad, alma queriendo retomar su vuelo para confundirse con el infinito.

Ella se murió, pero los retales de su tejer penelopiano aún perduran acobijando a sus nietos. El tiempo de las cosas suele durar, pero sólo un poco más que aquellos seres queridos que perdemos. Su recuerdo me devuelve esta mañana el rostro trucado de mi madre en un papel de fotografía, que a lo sumo durará un poco más de lo que yo dure en esta tierra.