lunes, 11 de mayo de 2026

El tiempo de las cosas



El tiempo de las cosas suelen durar un poco más que aquellos seres queridos que perdimos. El recuerdo parece ser un acto involuntario. Por eso esta mañana, sin ton ni son, acude a mi memoria su cara; pero ella no viene a mí tal como ella era, sino transportada en una foto antigua. No es la viva imagen que yo, cuando ella estaba viva, siempre veía: hacendosa, atenta, cómplice y siempre con sus hijos y nietos condescendiente, amable y sonriente.

Algo debo yo tener trastocado en mi cabeza, cuando al recordar aquellos seres queridos que me precedieron en esta vida, de ellos sólo recuerdo el rostro de sus retratos, más que el semblante que yo de ellos veía cuando estaban vivos. Ella, hoy, cuando la memoria de mis genes instintivamente la reclama, sólo acude a mí, pintada en una estampa, sentada en su sofá de papel acartonado, siempre cosiendo, bordando las telas que ella tejía para abrigar y proteger a sus hijos y nietos.

La única manera que conocía ella para escapar de la muerte eran sus hilos y dedales. Siempre que yo regresaba a casa, allí estaba siempre concentrada en su tejer penelopiano. Ningún género de punto se le resistía: el de cruz, la cadeneta, el del diablo, el de la espiga. Tan feliz y abstraída la veía, sentada al caer de la ventana, con el ganchillo y la lana... No sé si quería terminar lo que cosía, o más bien atrapar con sus hilvanes la eternidad. A sus pies: el canasto de los hilos y madejas. Sobre su halda: un entramado de caminos, desde el alfa hasta la omega, todos ellos conectados como una red de carreteras al centro de la ciudad de san Agustín. El tiempo suspendido. La luz inundando de paz la estancia, su adolescencia labriega y penosa, desmajolando cepas, recogiendo aceituna, segando mieses, su juventud lúdica y cantarina, cantando sus amores de casada, sus cuatro partos, rumiando con sabia y dulce ironía en su interior la vida, el mundo en su más profundo y beatífico sentido, su Aleph infinito, el punto de todos los puntos. Feliz y extasiada, trascendiendo su aceptada mortalidad, alma queriendo retomar su vuelo para confundirse con el infinito.

Ella se murió, pero los retales de su tejer penelopiano aún perduran acobijando a sus nietos. El tiempo de las cosas suelen durar, pero sólo un poco más que aquellos seres queridos que perdimos. Su recuerdo me devuelve esta mañana el rostro trucado de mi madre en un papel de fotografía, que a lo sumo durará un poco más de lo que yo dure en esta tierra.

miércoles, 6 de mayo de 2026

La mirada de los demás



Ayer me preguntaste cuál fue el día más triste de mi vida. Contesté: cuando dejaste de mirarme. Cuando dejaste de mirarme me quedé ciego. Me derrumbé, caí en un pozo tenebroso. Te perdí, y perdido también quedé de mí. No es cierto que siempre hay luz después del túnel. Mastiqué el eco de tus ojos idos como si fueran cristales sangrando mi vista. Observé tus labios desiertos de aquellos azules y verdes que jamás volverían a alimentar mi mirada, tu despedida para siempre. Luego encontré tus ojos abandonados en un vertedero.

Y tras el portazo de tu adiós definitivo me puse a escribir, quería retener la belleza de tus ojos, atrapar su luz, pintar la tranquilidad de tu mirada desorbitada, recrearme, contaminarme con la suavidad almibarada de tu contemplación cinemascópica, palpar el vértice oculto de tu vientre y el mío con el anzuelo de tus colores extásicos, verter mis lágrimas en el cáliz de tu dichosa calma.

Busqué en el Libro de Oro de la Poesía de la Lengua Castellana los mejores poemas, y no di con verso alguno que calmara mi dolor, no encontré tiempo, ni modo de verbo alguno que pudiera remontar mi vuelo tras el tuyo, ajeno y distante. Y tiré la pluma y los pinceles contra la puerta tras la que desapareciste abandonándome, dejándome solo. Debería haber sido yo el que se fuera. Sin tu mirada, yo ya nunca fui. Viví solamente el tiempo que duró tu mirada sobre mi cuerpo a oscuras. Bien claro me lo dijo un día Auster: sólo vivirás dentro de la mirada de los demás.

domingo, 3 de mayo de 2026

Conócete a ti mismo


 
Por motivos de trabajo, (movilidad laboral), Isidro de Anta necesitó cambiar de domicilio. La sociedad en la que trabajaba como contable decidió cerrar la sucursal en la que este señor prestaba sus servicios desde su juventud. Y como sus jefes no querían prescindir de él, le ofrecieron el mismo puesto que hasta ese momento desempeñaba, pero en otra ciudad muy alejada de su habitual residencia.

Para formalizar su traslado, Isidro se dirige a una agencia inmobiliaria de la ciudad a la que su empresa había decidido ubicar al señor de Anta. Después de explicar a la señorita que le atiende el motivo de su compra, le muestran una vivienda con las características propias de su peculiar demanda. Pero para sorpresa de don Isidro, la vivienda que le ofrecen parece ser la misma en la que hasta ese momento él mismo había vivido. De Anta repasó con detenimiento cada una de las estancias y los detalles particulares de la nueva casa. Hace memoria por ver si estaba equivocado. Y le ruega a la dependienta que por favor le muestre a través del Maps la ubicación exacta de la nueva casa que le ofertan. Después de observar minuciosamente las imágenes de la calle, la fachada, cada una de las estancias interiores, el baño con el toallero de madera, las cenefas ribeteadas de azul de la cocina, el reluciente poto de la galería... Estaba claro. No tiene duda alguna: aquella casa es exactamente su casa de antes, la misma casa en la que él mismo ha vivido hasta la fecha sin percatarse de la casa, y ni siquiera de él mismo, su habitual morador olvidadizo.

No crea el lector de este cuento que su autor quiere aprovechar esta historia como una soflama contra aquellos osados usurpadores que por necesidad imperiosa se ven obligados a ocupar viviendas ajenas y que no son de su propiedad. A decir verdad, a don Isidro de Anta no le hubiera importado compartir su nueva casa con gente que careciera de techo alguno bajo el cual dormir y cobijarse. Puesto que era soltero y siempre había vivido solo. Hubiera incluso agradecido compartir su nueva propiedad con quien fuera, incluso con él mismo dentro.

Lo que que más le preocupó de este incidente al protagonista de esta pequeña historia es haber vivido durante más de veinte años consigo mismo, con alguien al que jamás había tenido la oportunidad de conocer como su único y propio dueño.

lunes, 27 de abril de 2026

La flor del conocimiento


Entendí que merecen tal tormento
aquellos pecadores que, carnales,
someten la razón al sentimiento.


(Dante. Canto V. El infierno)


La razón del romero, bien arraigada a la tierra, me sorprendía por su juicio, reciedumbre y espesura. En cambio el sentimiento de un simple insecto volador seguía siendo para mí un ser misterioso que me engatusaba sobremanera, era impulsivo e insinuante, ardiente e inesperado; la presencia del sentir de una abeja, lo mismo me atraía que me descontrolaba. Y en tal alto grado yo estima le tenía al sentimiento, que cada primavera entablábamos una endiablada amistad. Si la razón era el imbatible romeral arraigado a la certeza del suelo contundente, a mí en cambio me gustaba jugar a ser un bello insecto loco y volador, puro sentimiento, una abeja apasionada del azul y del aroma, de la carnalidad de una flor del romeral, en medio del jardín de nuestra acogedora tierra. Razón y sentimiento en pleno duelo.

Y, al contrario que Dante en el infierno, entendí muy pronto que no sería mejor, ni tampoco bueno, que yo, una impúdica abeja, me dejara llevar por la razón, pues de ser así, yo no me comería ni un torrao, y mi sed y mis vuelos jamás se saciarían del balsámico y nectario acento del romero.

Cada vez que yo, desde mi razón quería posar mis transparentes alas y mi hambrienta lengua sobre los arbustos infernales y leñosos del romero, mi inteligencia se nublaba. Y privada me sentía de su miel y de su ambrosía. En cambio, si me dejaba llevar por mi pecaminoso sentimiento, al instante se abrían de par en par las puertas de mi alma pura, y colmaba yo de esta manera mi instinto, mi sed y mis ganas de libar de su amor tan florido y placentero. 

Comprobé pues, al fin, que el camino más directo y eficaz para llegar a la flor del conocimiento no era la cordura de la razón, sino el dulce sentir atolondrado de mi más volátil sentimiento.

viernes, 24 de abril de 2026

Yo no quiero ser poeta


 La mujer adoraba la poesía, se enamoraba de lo último que leía, o tal vez de los rapsodas, sus autores. El marido sospechaba. Y por eso los celos de don Gabriel..., y ese querer demostrar a su joven esposa que él también podía ser poeta.


Y porque la quería, y no quería que se la quitara un vate de pacotilla, don Gabriel se matricula en un Taller de Poesía. Pronto aprende a rimar cabos de palabras, medir dáctilos, distinguir una vaca de un terceto, llamar la atención de una dama, aderezar el ritmo y su acento, seducir al lucero del alba.

Y una semana antes del cumpleaños de su señora, el marido cual sembrador de piedras, escribe letra por letra en una cartulina perfumada de jazmines transgenéricos un poema de regalo. Las palabras se le resisten, no florecen, rebotan en el papel como en un frontón de púas retorcidas. Luego de tres horas de sudar tinta sin acierto, don Gabriel arruga con rabia el papel perfumado y lo tira a la basura.
Yo no quiero ser poeta. ¿De qué sirve regalar cuatro frases mojadas y contrahechas? ¡Misóginos los poetas, impotentes y egoístas, vanidosos que esconden su esterilidad en metáforas pulidas, cazadores de mujeres desprevenidas! Tras los versos no veo nada. Prefiero invitarla a salir, dar un paseo en la noche, ver como la lengua del mar besa la arena dormida y, luego, los dos imitar apretujados el abrazo de la luna en las hojas del naranjo rebosante de azahar.
Y fue cuando al día siguiente fue a hablar con el literato de papel primalight que dirigía el Taller de Literatura:
Señor, desapúnteme, que ya no quiero ser poeta. Yo no pago por mentir a una mujer soñadora. Yo, como aquel otro Gabriel de Hernani, maldigo la poesía. Prefiero enamorar a mi esposa con las cosas de la tierra.