No tienes ganas de nada, ni de leer, ni de escribir, ni de sacar tu cuerpo a la calle para desempolvar tu desaliento. ¿Para qué? si todo es tedio y huele a fango y se acercan gobiernos malos por doquier. Lo mismo de siempre: caer, levantarte... y volver a caer. Votar y perder.
Los árboles de la plaza, quietos, se reprimen, sin abrir su boca al dióxido contaminante de los coches. El perro del vecino, nada más oler tu sudor a hueso rancio, sin ni siquiera verte, empieza a ladrar como un descosido. Y no te enfadas con el pobre can, que sigue obediente su natural instinto, sino con su dueño que te niega el saludo, porque no eres de su cofradía. Homo homini lupus. ¿Para qué empezar otro día? Si no hay nada nuevo que ver, si el contenedor de la puerta de tu casa huele a refrito chamuscado. Y ves a un joven rebuscando en su interior. Si no fuera por su musculosa edad, te habrías confundido con él, de aquellos tus andariegos tiempos de franciscana mendicidad impostada. Dentro de una bolsa de basura, el muchacho ha encontrado un desodorante spray. Prêt à emporter, sin aluminio. Rocía con gracia y recato sus ingles y sobacos. Recicl-arte. Y encesta el envase de un triple al balcón de la mujer de la esquina, que con asco y mirada felina le recrimina aseo tan gorrino.
Recuerdas que estamos en otoño. Y te reafirmas aún más en tu abatimiento. La luz mengua, y la oscuridad con tufos reaccionarios se infiltra por todos los rincones del huerto. Amanece tarde y la noche, antes de que te des cuenta, te cubre por entero. La especie humana, el mundo animal y el vegetal, la naturaleza entera de tantos siglos y eras de vivir apegados, palpitan y sienten de igual manera. Si un cordero gruñe, si las nubes llueven muerte, tú también rabias y berreas. Si la palmera es atacada por el picudo naranja, las gallinas dejan de poner huevos. Y así entiendes que el tiempo no sólo es tiempo, sino también estación arancelaria, bulliciosa y mal presentimiento. Y no sólo el ser humano es vulnerable al gris del cielo. Las hojas de la morera se sienten mustias y tristes, lágrimas ocres y amarillas cuando caen derrotadas al suelo. Y el sol y la luna también se deprimen al unísono, y lloran cuando se ven tensionados por la oblicuidad decadente de su posición forzada, y hasta los mejores días de la política de los tiempos de Platón y Aristóteles, cuando llegan los días de octubre y noviembre, se tornan nefastos, lúgubres y pesimistas.
Recuerdas que estamos en otoño. Y te reafirmas aún más en tu abatimiento. La luz mengua, y la oscuridad con tufos reaccionarios se infiltra por todos los rincones del huerto. Amanece tarde y la noche, antes de que te des cuenta, te cubre por entero. La especie humana, el mundo animal y el vegetal, la naturaleza entera de tantos siglos y eras de vivir apegados, palpitan y sienten de igual manera. Si un cordero gruñe, si las nubes llueven muerte, tú también rabias y berreas. Si la palmera es atacada por el picudo naranja, las gallinas dejan de poner huevos. Y así entiendes que el tiempo no sólo es tiempo, sino también estación arancelaria, bulliciosa y mal presentimiento. Y no sólo el ser humano es vulnerable al gris del cielo. Las hojas de la morera se sienten mustias y tristes, lágrimas ocres y amarillas cuando caen derrotadas al suelo. Y el sol y la luna también se deprimen al unísono, y lloran cuando se ven tensionados por la oblicuidad decadente de su posición forzada, y hasta los mejores días de la política de los tiempos de Platón y Aristóteles, cuando llegan los días de octubre y noviembre, se tornan nefastos, lúgubres y pesimistas.
Y las próximas elecciones del 20N no caen precisamente en primavera, sino en las mismas puertas del invierno. Ya lo dijo Bertolt Brecht: ¡Qué tiempos estos en los que hablar de árboles es casi un crimen, porque supone callar sobre tantas atrocidades!




