Señor Blao, el borrador de su autoría sufre parálisis literaria, parece un viejo con su cadera rota, una tortuga escayolada con torniquetes de estaño. Como jefe de estación de esta esplendorosa empresa de incunables y antologías, sin mácula a lo largo de sus dos siglos de historia literaria, no puedo ordenar la salida a la luz de obra tan trastocada, pobre, oscura y rasposa.Es inútil. Estoy ante una mole de carne inconmovible, con la caja fuerte de su cerebro cerrado a cal y canto. Con un golpe seco se deshace del libro, y me lo devuelve asqueado. Con todo, no me resigno. Como gato panza arriba defiendo el provocador parto de mi obra, el proyecto en el cual tengo puesto todas mis esperanzas. ¡Ay quien fuera David Uclés, el escritor de las arcas llenas. Cancelaría la hipoteca, me sobraría dinero para alumbrar el desierto de las farolas muertas! Pero tendré que esperar hasta que los tigres desalmados del banco me despellejen con la subida de sus intereses. ¿Quién sustentará entonces con su alpiste a los pájaros soñadores de mi casa vacía?
Sabe usted muy bien que lo del poco poderío de mi libro es una simple excusa. No es frágil su trama y mucho menos el motor de sus estampas. Mi manuscrito está vivo, en marcha sobre unos raíles firmes, muy bien amueblado, esperando que los lectores se suban en él, se embeban de las maravillas de un delicioso viaje a lo largo de sus aventureras páginas, cargadas de sorpresas y ambrosías, de sobresaltos infinitos.Insisto de nuevo. Suplicante propongo ahora al señor Libretas:
¿Y sí consiguiéramos que un afamado prologuista, un encomiable serendípico de la Real Academia, elogiara la perfecta ingeniería de mi libro-locomotora, que resaltara el ingenioso significado y alegoría de su atrevido diseño. Además, don Eulogio, su prestigiosa editorial, engrandecida por el proemio de académico tan ilustrado, enaltecida y sustanciosamente lucrada se vería.El señor Libretas no se da por vencido:
Su trabajo, ya de por sí, bastante pesado, quedaría muy “cabezón”, como bolo palabrero difícil de digerir. Vuelvo al símil, señor Blao, no se ofenda: mucha locomotora para los vagones de sus esmirriadas letras.Por la ventana del despacho del director de Ediciones d´Errata, veo como las aves de mi engreído e iconográfico escribir se pierden convertidas en carbonilla. Don Eulogio Libretas levanta sus posaderas para airear las sudoraciones acumuladas de su trasero contra la redondez aplastada del cojín de cuero que con resistencia supina asiento mullido le presta.
Esta vez soy yo el que, parodiando su meliflua analogía ferroviaria, intervengo sobresaltado para evitar que el humo de sus despropósitos enturbie y ahogue mis ganas de sacar a la luz el borrador de mi libro:
Hoy día la mayoría de los lectores... son consumidores de literatura fácil, se apean en la primera estación, les produce vértigo nada más mirar el índice de una obra profunda. Prefieren el apeadero de las multinacionales, donde en sus andenes sirven basura finamente encuadernada con piel de rata. La fuerza que hace andar a un tren son sus calderas de vapor, esa gruta incandescente que nace de la negra oscuridad creadora del carbón. Dice usted que mi libro-tren no dice nada. ¡Cuánto más cosas dijera, mayor sería la dificultad de los lectores en entender! ¿Acaso le hace falta a la noche callada palabras para encender de pasión y transmitir a los enamorados su misterio?
Sí, -me responde don Eulogio- eso es precisamente lo que le sobra a su libelo, ¡Originalidad! ¿A quién se le ocurre pintar una estilizada locomotora entrando por la portada de un libro a través de un túnel de 120 páginas, un riguroso silencio en negro, para luego ver la máquina aparecer por su contraportada?




