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martes, 24 de enero de 2017

La letra mata





Yo cuando oigo la palabra cultura
saco el revólver. (Goering)


Le pregunté por qué llevaba esa ristra de ajos colgada al cinto.

Allá por el otoño año mil quinientos cuatro, exactamente el once de octubre vino a casa mi vecino. Lo recuerdo muy bien porque aquel día cumplía yo los treinta justos. No sé a qué vino. Lo único que recuerdo es que este hombre se tomaba a raja tabla las ordenanzas del reino. Mi vecino tenía un sexto sentido para detectar todo lo que se moviera fuera del orden establecido. Era cazador, inquisitorial y un poco pelota.

Fernando II atraído por el naturalismo de la época estaba en contra de toda representación gráfica. En una de sus últimas proclamas con motivos de la investidura como Corregidor del Conde de la Puebla de Molina, le oí decir en persona a nuestro señor el rey de Aragón:
¿Para qué sirve la palabra escrita? No necesita el mundo emuladores ni malabarismos literarios, libreros ni linotipistas. No enrollemos en mentiroso papel de tinta la palabra, que ella misma se basta para decirnos lo que quiere. La palabra a secas: la verdad.
Al poco tiempo mandó encarcelar a los que ejercieran cualquier oficio que tuviera que ver con la lectura. Todos aquellos que eran sorprendidos leyendo cualquier garabato, pliego o facsímil, al momento eran arrestados. ¡Nada de códigos intermediarios que pudieran desvirtuar la realidad pura y sincera! Transparencia, observación directa, mirada limpia, esos eran ahora los principios básicos de la nueva filosofía del Consejo de Cámara del monarca.

La letra Mata, así llamaba ya todo el mundo a la nueva ordenanza. Por eso mi vecino llevaba siempre su plateada cabeza de ajos a la cintura, para levantar la caza y disparar a bocajarro con su ristra en alto contra todo tipo de letra impresa que al camino le saliera.

Y es que según el preámbulo de dicha disposición real, las letras alteraban peligrosamente la sustancia blanca del cerebro. Cito textualmente:
El nervio óptico, debido a la forma helicoidal de los signos escritos, irrumpe en el hipotálamo produciendo una fuerte conmoción hormonal. Esta alteración genera una sustancia llamada “tontomina”, que es la responsable de dañar la cepa neuronal que regula el aparato motor... Todo sujeto, a corto plazo, de persistir en su afán lector, está predestinado a convertirse en un tetraplégico mental ... con las consecuencias drásticas que para el desarrollo....
Junto a la promulgación de este decreto se aprobó también un paquete de ayudas complementarias para compensar las pérdidas que se derivaran de su aplicación. Para compensar la restricción lectora los Concejos programaron actividades gastronómicas al aire libre, maratones, festivales de baile. Las bibliotecas se transformaron en campos de bolos, donde la tradición y el folclore, cual soldados de terracota, se exhibían sin explicación textual alguna, mudos ante las mentes aléxicas de los visitantes. Los métodos de enseñanza de los preceptores cambiaron por completo. En las escuelas se pasó de una educación, cuyo pilar básico hasta entonces había sido la enseñanza de los elementos básicos de la escritura, a otra más experimental e innovadora, cuya principal característica era la repetición cantada de Las Partidas del Rey. En las iglesias y catedrales ni siquiera se leían los evangelios. Los fieles recitaban a coro y de memoria Los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo. Ni que decir tiene que la dulce cantinela producía un efecto mántrico tanto en la feligresía como en el conjunto de la población. Gracias a esta nueva reglamentación y costumbre, desaparecieron las apuestas de gallos, los duelos de honor, así como la camorra entre escuderos y harapientos. La serenidad más absoluta se adueñó de los barrios y juderías. Niños, jóvenes y mayores, en lugar de calentarse la mollera y divagar leyendo libros de caballerías, a Amadis de Gaula o La Celestina, se afanaban en sus labores entre capullos y gusanos de seda. La Corona como alternativa a la supresión de la lectura, subvencionó con cien ducados a fondo perdido a las familias que se dedicaran a la sericicultura.

El caballo de batalla más duro fue requisar lápices y punzones, así como suprimir todo tipo material de serigrafía. Gran parte del presupuesto del reino se destinó a la investigación e implementación de un nuevo sistema telepático basado en el lenguaje directo: asentimiento facial, levantamiento del brazo, golpes de mangas, izamiento de los pulgares con los dos puños cerrados, señales de humo, movimientos de cabeza, entre los que destacaban aquellos que se ejecutaban de arriba abajo según modelo previamente presentado en escena por dos mimos cualificados de La escuela imperial de Marca y Pauta.

El vecino, que no había hecho nada más que entrar en mi casa, cogió el portante y se largó. Yo en un primer momento no vi razón para que se fuera de forma tan repentina. Pero luego, al ver en el poyete de la cocina hecho trizas el libro Los diálogos de Platón, supe el motivo. Antes de irse, sin que nadie se diera cuenta, lo descuartizó de un rápido y certero mandoble con su ristra de ajos. Olvidé esconder el libro antes de que apareciera mi vecino por el portal. ¡Con sus iluminados comentarios encendía yo el fuego con el que alimentaba la olla de mis días, pábulo de mis llamas y entretelas. Con sus páginas yo calentaba el puchero de mi frugal sustento!

Y este insignificante descuido de no guardar en su acostumbrado escondite del caramanchón los escritos del filósofo de la caverna fue el culpable de todos los males que desde entonces sufro y trago en este tan retirado como celiaco y apestoso campo de reclusión en el que actualmente patabajo me desjarreto.

Resultó que al vocero de mi vecino le faltaron pies para salir como un rayo de mi casa. Se apresuró con su ilustrado cante al puesto de guardia más cercano. Sabía yo del vecino su tino, pero desconocía este su confidencial mal oficio que entre manos se llevaba con el cuerpo de guardia del Corregidor.

No tardaron los alabarderos en venir con una orden de registro a mi casa. No la necesitaron. Abrieron la puerta de un puntapié. Me sorprendieron en el retrete leyendo El asno y la perrita faldera. Desde la promulgación de la ley seca La letra mata, yo había restringido mi desaforado vicio lector a la más recóndita intimidad. Nada de provocaciones en la barbería, ni cuando salía a pastorear a mis cabras por la ribera del río, ni cuando esperaba en casa del herrero que calzaran a mi mula aceitunada. Ni siquiera leía en la cama minutos antes de dormirme, costumbre que desde niño había heredado de mi madre, a la sazón también empedernida lectora. Mi predisposición genética cara me costó. Antes de que me diera tiempo a limpiarme el culo, uno de los guardias disparó a bocajarro. El libro Las Fábulas de Esopo saltó por lo aires, mató a la Perra, y el Asno salió dando coces a tomar viento fresco a otro país más ilustrado. Yo, con la mierda aún en el ojete, pude salir ileso, aunque me detuvieron allí mismo, sin ni siquiera darme tiempo a cubrir mis asustadizas vergüenzas que colgaban temblequeando como dos nueces pasadas a punto de caer del árbol a finales de otoño.

Luego el Gran Mestre y Corregidor me amonestaría acerca de los negativos efectos de mi contumaz dependencia. Me advirtió que de seguir con tan depravada ansiedad lectora, no sólo perdería mi ganado, mi mula y hacienda, sino que se me secaría el cerebro y lo que es más, ponía en serio peligro la salud de los ciudadanos. Gracias al diagnóstico de compulsivo lector, enfermedad heredada y avalada por un suculento informe pericial, en lugar de enviarme a galeras, dispusieron matricularme en un curso de desintoxicación literaria. Durante cinco veces a la semana, de cuatro de la tarde a diez de la noche, durante todo un año, son muchos días de abstinencia lectora, una cuaresma eterna. Previamente me metían en una caja de cristal para ver si mis meninges pululaban aún restos de signos gráficos que pudieran perturbar mi cerebro o contagiar así a la honrada ciudadanía. A la vista de que los resultados siempre daban colillas de trazos helicoidales tuve que soportar flagelaciones y desorejamientos. En una de estas palizas, sin yo darme cuenta, me colocaron dentro del oído una campanilla, parecida a la tapa de una diminuta almeja que reflejaba a lo lejos cada uno de mis desplazamientos. Y así fue como luego me descubrieron enfrascado en la lectura de un nuevo libro.

Una mañana el caballo desbocado de mi libresco y maldito chute se apoderó de mis instintos. No pude resistirme. Salí a la calle. El camello de turno me ofreció Don Quijote de la Mancha. Yo sabía que la sustancia que me ofrecía era de gran pureza. Y allí mismo debajo del puente, sin pararme en recatos y culpas me coloqué, me puse como un bendito refocilándome con aquella novela.

El Corregidor me citó por segunda vez y me acusó de quebrantar las ordenanzas de nuevo. El chivato de mi oído le había dado el cante mientras yo ido y absorto leía las pírricas aventuras del caballero de la Triste Figura. Y de nuevo a la cárcel. La condena fue de por vida. Trabajos forzados en la antigua Biblioteca del Reino. Un campo de concentración ubicado en las sabanas más heladas al norte del país.

Aquí soy el último de una bancada formada por más de quinientas personas. Nuestro trabajo consiste en defecar constantemente toda la basura que nuestro intestino grueso es capaz de sintetizar. Con toda la documentación escrita que los servicios del reino requisan, se elabora un bolo alimenticio, el Index prohibitorum, una especie de sopa de letras almacenada en unos grandes toneles metálicos. Durante las veinticuatro horas del día los reclusos, todos violadores de la ley La letra mata, estamos conectados a través de una sonda colectiva a estos tanques enormes repletos de este misterioso nutriente. Son miles los litros de líquido diarreico que evacuamos a la hora. En un proceso de profilaxis exhaustiva, esta sustancia es posteriormente transformada en abono para árboles, en este caso moreras, que crecen rápidas, como un suspiro. Luego las hojas de estos árboles son alimento a su vez para los gusanos de seda que las familias agraciadas por la ayuda de la Corona crían en sus casas por cien ducados al mes como contrapartida.

Pero lo que no saben los artificieros reales que promulgaron el decreto La letra mata, según me cuenta mi compañero de suplicio en la cadena, y que a su vez fue escribano contumaz y confeso escribano de Cámara, es que los gusanos de seda, al ser alimentados con detritus de documentación escrita, con el tiempo adquirirán un nuevo gen capaz de elaborar ellos mismos nuevos códigos de comunicación impresa. Y algunas de estas larvas, en lugar de recogerse humildemente sobre sí mismas, y de hacer el capullo de seda, cual era su determinación cromosomática, en actitud hiperactiva y desafiante se emplearán en trazar con la punta de su rabadilla los signos gráficos de la tradicional comunicación escrita que las Ordenanzas reales casi habían conseguido eliminar por completo.

Y hasta tal punto mi compañero está seguro de lo que me cuenta es verdad, que ha llegado a decirme que Don Quijote de la Mancha no lo escribió el tal Avellaneda, sino que dentro de unos años lo hará de forma más sublime un ingenioso gusano de seda que se llamará Miguel de Cervantes.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Agripino el desvirgado




En el siglo pasado, allá por los sesenta, con apenas doce años, el hijo de Toribio el talabartero, perdió la cartera del cole. Dentro llevaba la bolsa de trapo con cremallera que su madre le había cosido, con sus lápices de colores, aún sin desvirgar. Portaba también las Fábulas de Samaniego, el Libro de Lectura, un compás y la recién comprada Enciclopedia Álvarez que aún olía a imprenta. El curso acababa de empezar. Un dineral se gastó el padre. No le dolieron los cuartos a Toribio, pues sabía, que gastar en la educación de su hijo Agripino podría suponer salir de pobres, y así, un día cambiar la humilde alpargatería, (un cuchitril en la estrecha vivienda familiar), por un establecimiento de lujo con zapatos de charol, hebillas de plata, piel de cocodrilo, lustrosos, con suelas de cuero para caballeros, de alto tacón para señoritas, en los escaparates de cristal de una de las calles principales del pueblo de Azulada.

Agripino, aquella tarde, al salir de la escuela se entretuvo con el Juli y el Amadeo jugando a las chapas en el campico de La libertad. Y fue allí donde echó en falta sus enseres de estudiante. Agripino, después del gran esfuerzo económico de sus padres, no podía regresar así como así a casa sin la cartera. El muchacho sabe además que su padre ha dejado a deber parte del material escolar. Narsio el de la Librería le fió el resto. No te preocupes, Toribio, ya me lo pagarás después de la cogida de la oliva.

De tiempos inmemoriales, cuando se trata de recuperar lo perdido, la gente siempre recurre a sus estratagemas. Agripino aún recuerda aquellos bandos del convocaor, aquel hombre con gorra de plato, y tambor de madera, que lo mismo anunciaba una muerte, leía el precio de las sardinas y las verduras del mercado, comunicaba la pérdida de una cabra o unas llaves extraviadas por los aledaños de la iglesia. De vuelta a casa, entristecido y temeroso por la presumible bronca del padre, al pasar por la puerta de la emisora del pueblo, al muchacho se le ocurre poner para que radien por las ondas, el siguiente anuncio:
Si alguien encuentra una cartera de colegial en cuyo interior los cuadernos escolares vienen a nombre de Agripino Azorín, tenga la bondad de hacerla llegar al domicilio del alpargatero de la calle San Ramón, número...
En aquella ocasión la suerte favoreció al Agripino. Al llegar a casa, la cartera ya estaba allí.

El tiempo ha volado. Aquel Agripino de los años sesenta es ya todo un señor. Este hombre regenta una zapatería de postín en la plaza Mayor de Azulada, pico esquina con la calle Real. La Cenicienta lleva por nombre. El señor Agripino de hoy, el Agripinito de ayer, no sabe por qué razón le viene ahora a la cabeza la noche aquella, en la que junto con sus amigos el Juli y el Amadeo, los tres hicieron una escapada al pueblo vecino para, entre otras cosas, ver al Dúo Dinámico.

Noche de verano. Hacía un calor insoportable. Se habilitó el pabellón de deportes para el concierto. El aforo, al completo, de bote en bote. Los amigos se dispersaron. Agripino, en medio de tanta gente, se sintió solo. Salió fuera a tomar el aire. Una joven con faldas de pliegues y una blusa de tirantes verdes sobre una camiseta blanca con suaves flores amarillas le pidió un cigarrillo. La noche calenturienta de agosto lucía tirantes sobre sus hombros desnudos. Desde los cráteres de sus orejas la luna colgaba también los mismos pendientes anacarados que la muchacha.
No fumo, -contestó el muchacho-, pero vayamos a tomar algo a la cantina del coso.
De acuerdo -dijo la chica. Se me hacía insoportable tanto fervor musical ahí dentro.
La noche, la luna, los tragos, las miradas, el roce, el calor, la música, las luces de colores que se escapaban por las vidrieras del Pabellón inyectaban en los muchachos un subidón inaudito... Y aquella suave brisa de un beso tímido y candoroso al principio, llegó a convertirse de pronto en un huracán apasionado. En una de las duchas del recinto, aquella pareja de desconocidos, sin saber saber cómo, acabó haciendo el amor. El Agripino quedó como un flan, deshecho como una pasa. Su cuerpo: una casa incendiada que de pronto se ve libre del fuego que le derrite. De la muchacha nada recuerda el chico, ni siquiera su nombre. Y se pregunta hoy el señor Agripino cómo puede pasar, que después de una experiencia sin igual, como la de aquel verano, hoy después de treinta años, no recuerde nada de la joven que le hiciera pasar rato tan agradable.

Si Agripino hoy dice no acordarse de nada de aquella experiencia de sus años mozos, no es verdad. Esta tarde, una mujer visita el establecimiento Zapaterías la Cenicienta que el hijo de Toribio el alpargatero tiene en la calle Real de Azulada. Busca unos zapatos para lucirlos en la boda de su sobrina. El dueño le aconseja, le ayuda incluso a calzarse unos de color beige satinados que tiene de oferta. Con delicadeza profesional e hipocrática, Agripino al coger con la mano el pie de la clienta, se da cuenta de una pequeña cicatriz en forma de estrella que la mujer lleva en el tobillo. Y le viene ahora, de improviso, a la memoria aquella señal que la muchacha del concierto del Dúo Dinámico, llevaba en la mano. Son casi parecidas.

Agripino, esa noche no consigue quedarse dormido. Aquella señal del tobillo de la mujer que la tarde antes se presentó en su tienda le da vueltas en su cabeza. Y aquellas viejas canciones del Dúo Dinámico no cesan de bailar en sus oídos despiertos:
El final del verano.... llegó .. y tu partirás.
Yo no sé... hasta cuando ...este amor... recordarás.
Pero sé... que en mis brazos...yo... te tuve ayer
.
El hombre se levanta de la cama, enciende el ordenador, y al igual que un día al pasar por la emisora parroquial pusiera aquel anuncio por el que pudo recuperar su cartera de colegial, abre ahora su cuenta de Facebook y envía en abierto la siguiente notificación:
En los años sesenta yo tenía 17 años. Una noche hice el amor con una chica en las duchas del pabellón deportivo de un pueblo del Levante. Fue mi primera vez. Desde entonces jamás he sabido de aquella muchacha. Tal vez a ella le ocurra lo mismo. Aparte del placer de aquel momento, sólo recuerdo una cicatriz que en forma de cruz o de estrella llevaba en el dorso de su mano derecha. Si eres tú, no dudes en ponerte en contacto conmigo. Quisiera agradecerte en persona, físicamente, aquel tu gesto tan generoso de darme la oportunidad de haber perdido la virginidad. Nos vemos.
Tan sólo un día bastó para que el numerito rojo de un nuevo mensaje le avisara a Agripino que su llamada había tenido contestación. El texto decía:
¡Hijo de la gran puta! De haber sabido que eras tú quien hiciste el amor aquella tu dulce noche, jamás me habría casado contigo. Llevo durmiendo a tu lado, más de treinta años sin saber que, cuando yo apenas era una chiquilla, me la pegaste conmigo misma. Y tu mientras, durante todo ese tiempo, sin darte cuenta que en la mano llevo marcada una estrella. Mi desvirgado esposo, cuando esta noche vuelvas de tu flamante zapatería, no esperes encontrar en casa a tu Cenicienta. Adiós para siempre, hasta nunca, Agripino de mierda.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Plaza de la Cerámica




Después de aquel cuento Calores-que-matan, en el que una mujer atormentada (Juanita Plesim), cree haber matado a su marido, el escritor quiere reconvertir las mismas circunstancias de absurdo y estío de aquella historia, en este otro relato, no más cuerdo y justificado, en el que, entre otras cosas, un perro ufano se ve obligado a morder a un apesadumbrado peatón empobrecido.

Relatos ambos, igual de extraños. Los dos forjados en el yunque de las altas temperaturas en el que la inspiración chamuscada de quien escribe se alumbra y cuece a 44 grados, bajo la sombra de un parral en pleno agosto entre alucinaciones y calimas.

Y al igual que aquella esposa se convirtió, llevada de los nervios, en parricida imaginario por culpa de una fuerte ola de calor, Juan Corriente, que así se llama el hombre de este nuevo despropósito que aquí comienza, se dirige, bañado en sudores, a una de las oficinas que la Administración municipal tiene repartidas por una ciudad de la vega de un río que se resiste a morir a los pies de un mar cada vez más contaminado.

Los pormenores de locura, soborno, desesperación y desatino que envolvieron aquel incidente delante del local de la Policía, son los mismos que ahora se repiten en esta otra historia llamada simplemente Plaza de la Cerámica. El autor, incapaz de llamar la atención con un título más original, cual acostumbran los malabaristas del cuento, que engatusan a sus lectores con epígrafes lo sobradamente atractivos como para arrastrar al más reacio y perezoso al panal de sus letras, se limita a bautizar esta historia con las cuatro primeras palabras que dan comienzo a su relato.

Plaza de la Cerámica. Mediodía. Un calor insoportable. La estilizada chimenea de la antigua tejera, cañón de escopeta descargada, apunta a un cielo azul intenso, de nubes suaves. Hace tiempo que esta fábrica dejó de escupir por la corona de su torre destronada humos y peonadas, jornales enjutos que alimentaban a una docena de familias mal nutridas, al tiempo que la desagradecida explotación ladrillera embarraba los pulmones de los hombres que a diario encendían honestamente sus calderas. En el centro de la plaza, la sombra del asta empinada de la chimenea proyecta las horas del día sobre los pequeños bajos comerciales, algunos, todavía sin vender, que flanquean la esfera del reloj de la plaza. La fachada de la consejería de Bienestar Social, revestida de mampostería rústica, mira al poniente. Enfrente, según salimos por la puerta principal, un carromato a modo de churrería. Una zagala con dos hermosos rosetones en su cara brillante y enardecida da vueltas al contenido de un enorme recipiente de aluminio colocado sobre las estrébedes de una bombona de butano. La boca de la olla humea sabor a chocolate. Tiene la muchacha los ojos húmedos de la alegría, el color de las pupilas del amor.

A pesar de lo avanzado de la mañana, el sol aún no da de lleno sobre la gran cristalera rectangular que reviste el exterior de la segunda planta del edificio municipal. Un perro aseado y de buen porte, al parecer un fox terrier de pelo duro, aguarda postrado junto a una de las cuatro columnas del pórtico por el que ahora asoma un Juan Corriente envuelto con su timidez circunspecta y decidida. Este hombre, cual reza su apellido, es una persona del montón. Trabaja durante doce horas al día por un contrato de seis horas a la semana. Con lo que gana no tiene para llegar a fin de mes. Es padre de dos hijos pequeños. Y aunque, del restaurante donde trabaja, de las sobras se lleva la comida para la madre y los niños, le descuentan por este concepto y por el alquiler de cuchitril donde se alojan, propiedad también el dueño del negocio hostelero, doscientos y pico euros. A Juan Corriente, a pesar de andar todo el día fregando cacerolas y sartenes las cuenta no le salen. A fecha de hoy, el trabajador, en concepto de vivienda, comestibles y otros anticipos, le debe a su patrón más de lo que de éste percibe. Hoy es su día libre. Decide ir a ver a la trabajadora social por ver si pudiera saldar sus deudas con una pequeña ayuda de los servicios sociales.

Dentro, en el hall, el ambiente es fresco y acogedor. Un busto preside la entrada, tal vez el de un benefactor del pueblo, que bien pudiera ser el antiguo dueño de La Cerámica que donara sus destartalados terrenos al municipio a cambio de no sé qué prebenda, o ¿por qué no, -se pregunta Juan Corriente-, su actual jefe?, que también se las da de hombre pródigo con aquellos menesterosos que le rentan tranquilidad e indulgencias a su alma de perdón necesitada. Tanto el bigote poblado que le cae satisfecho por la comisura de los labios, como los labrados rizos de tribuno que le cubren las orejas, le llevan a Corriente a sacar la conclusión: un mismo aire de suficiencia y mecenazgo conmiserativos rodea el áurea de todas estas esculturas que, cual el semblante de su emprendedor restaurador, tienen el mismo rictus a la vez altisonante y melindroso.

El agente de seguridad le indica al usuario el ascensor: ¡Primera planta a la derecha! Cinco mesas llenas de expedientes se reparten una alargada sala. Las paredes están cubiertas de carteles que aluden, desde la violencia de género, al programa de las fiestas patronales, a como donar sangre, o a qué teléfonos llamar en caso de que alguien quiera dejar de fumar. Juan Corriente tiene que esperar su turno. Le faltan más de diez puestos para ser atendido. Está cansado. Cierra los ojos. Alguien que mirara su cara, adivinaría lo que en estos momentos sueña este hombre vulgar: tener lo justo sin tener que recurrir a vender su sangre para reclamar lo que es suyo. Pero en estos tiempos de crisis, la dignidad y los derechos laborales son carnaza para los buitres. Juan Corriente se ha quedado dormido. Sueña que es un pequeño granjero, cuida de sus gallinas. Luego regala los huevos que recoge entre bomberos, guardias de tráfico, jardineros y demás operarios que componen la corporación municipal al completo.

La funcionaria de la mesa C vocea varias el número que Juan Corriente sacó de la máquina al entrar a las oficinas. Se despierta. Y en lugar de dirigirse a exponer su solicitud, se dirige escaleras abajo. Sale confundido del edificio municipal, como si una indisposición intestinal lo arrastrara rápido a un lugar más recatado e íntimo donde él pueda evacuar su indigestión, el esperpento de su situación laboral incomprensible y paradójica. Y el mismo cinismo de aquel Arbeit macht frei, (el trabajo te hará libre), que recibía a las víctimas del campo de concentración de Auschwitz, la misma desvergüenza y sinsentido que a gitanos, judíos, masones y librepensadores le costó la vida, es el que ahora hace correr a Juan Corriente como un loco puertas afuera. Antes de salir, deja el impreso de su solicitud de ayuda sin rellenar en la peana del busto del principal patrocinador de la ciudad.

En el pórtico, el fox terrier de pelo duro aún sigue allí, tan elegante y pulcro. Juan Corriente, aturdido como va, sin querer, le pisa el rabo al perro. El can se revuelve y le muerde a Corriente en el zapato.

Y el cuento acaba bien o mal, según se mire, como aquel otro de Chejov (El camaleón). Y así dependiendo quien fuera el dueño del perro, o el agredido peatón incauto, terminará esta historia: con un perro galardonado, o un Juan Corriente en los calabozos, por atreverse a pisar el rabo al lustroso perro del primer teniente de Alcalde.

viernes, 19 de agosto de 2016

Calores que matan




El calor a veces desencadena estados extraños de ánimo, tan extraños y aterradores que nos llevan a dar por hecho lo no sucedido, y por sucedido lo que nunca aconteció. Un espejismo mental: esa desviación cerebral del conocimiento que nos obliga a ver y apreciar lo que no percibimos y a notar lo contrario de lo que sentimos. Y las locas temperaturas de hoy son suficientes para confundir al mismísimo sursum corda y dar de comer a las mil furias de todos los diablos del infierno. El calor, la agresividad y la violencia muchas veces van de la mano. En El extranjero de Camus, el motivo de que a Meursault se le dispare el revólver y mate a un hombre junto a las rocas ardientes de la playa, según el fiscal, se debe a los miasmas abrasadores del sol.

Juanita Plesim, antes de entrar en comisaria, mira el termómetro de la farmacia de la esquina. Dos de la tarde. Un calor insoportable. 42 grados. La mujer, de unos treinta y ocho años y con el pelo revuelto, traspasa la puerta de cristales de las oficinas de la policía municipal. El guardia de información está ocupado. Mientras tanto, la mujer espera de pie, nerviosa, delante del mostrador. Viste Juanita chándal azul con franjas blancas, calza sandalias y no lleva nada en las manos, tan sólo un pañuelo rojo con el que no para de limpiarse el sudor de la cara. El rojo de la tela, en lugar de apagar el fuego de su rostro, lo colorea aún más. Se nota que la mujer está irritada.

De negro riguroso, el agente uniformado mira atentamente el ordenador. El oficial lleva en el hombro el escudo de la ciudad. Un sol amarillo amanece sobre el fondo oscuro de su camisa, por encima de las torres y el león que custodia el castillo del emblema del municipio. Detrás de la mesa, una mampara de cristal separa una trastienda. En su interior, la gran mesa rectangular, de la que sólo se ve un extremo. Al fondo: una estantería sin libros, con tres o cuatro copas de trofeos encima, el retrato del rey en el centro y dos banderines a los lados con los colores de la bandera de España. Por la parte de atrás de la mesa, manojos de hilos eléctricos cuelgan embrollados. Por estos cables circula caliente la información de los niveles de contaminación, el estado del orden y la seguridad, la fluidez del tráfico, la limpieza de la ciudad. Todo lo que a estas horas se cuece en la ciudad aparece chorreando sudor en las bandejas de estos ordenadores. Estos datos desembocan en las siete pantallas, que en vertical se yerguen como llamas frente a la atenta mirada de los que ahora habrían de estar perplejos a sus señales e indicaciones. Nadie mira estos estadillos.

Estamos en el ecuador del verano. Sólo dos agentes en la sala contigua, ajenos a las pantallas, mascullan en estado de somnolencia cosas irrelevantes, que si turnos, vacaciones, juegos olímpicos y medallas. El ambiente es sofocante. El aire acondicionado está roto. Un achicharrado tedio inunda las instalaciones. Los pocos números que ahora permanecen de guardia están aburridos, aplanados. Son más bien hombres de acción. Y ahora lo único que hacen es beber agua a cada instante de sus botellas de plástico. La inactividad para ellos es una derrota. No saben estar parados. Cuando no una multa, una carrera, un atestado. Y así como el calor a la mujer la enciende y la saca de quicio, a los guardias los deja rendidos. Más duro es no tener trabajo, o como decía el Quijote a Sancho: me desmayo de ayuno cuando tú estás perezoso y desalentado de puro harto. Ni siquiera una llamada por incendio, un parto en una apartada calle, o un ratero tirando del bolso de una jubilada. Aquí tan sólo se oye el calor, un calor rojo, criminal, paralizador y asfixiante.

Adiós, Luís, felices vacaciones, -dice, ahora, uno de ellos a un colega de paisano, que abandona las dependencias, sin mirar a nadie. El compañero levanta una mano en forma de saludo. En la otra lleva una botella de Lanjarón. Sale deprisa, deseoso de abandonar el curro. Antes, irá a la casa de su madre, se despedirá de ella. Hasta que no regrese de las islas no volverá a verla. Luego, Luís recogerá al niño de casa de los padres de su mujer. Juanita, su mujer, trabaja en Media Markt. Lleva todo el mes acumulando días para disfrutarlos en Canarias junto al niño y su marido. Mañana salen para Fuerteventura. Después, más tarde, cuando afloje el calor, Luis se pasará por la agencia de viajes a recoger los billetes.

Juanita Plesim sigue de pie ante el policía de puerta. El agente permanece cómodamente sentado en su emperifollado sillón de respaldo estilizado, con cabezal acolchado incluido. Son muchas las hora que permanece de esta guisa, por lo que el comisario le permitió tal licencia almohadillada. En su solicitud, el agente alegó problemas cervicales. La mujer está a tan sólo medio metro del agente. Éste asoma su coronilla pelada por el borde superior de la pantalla del ordenador. El agente, al que tan sólo le faltan dos meses para jubilarse, sin levantar la vista del asunto que ahora le lleva con el ordenador, dice disgustado entre dientes:
¿Quién será a estas horas en las que ni las chicharras cantan? ¡Con estos calores, ni siquiera Gloria Fuertes se le ocurriría hacer un verso al verano!
Juanita no está para metáforas. Con todo, el aspecto del agente sobre el catafalco estrafalario le sugiere el de una cigüeña en lo alto del nido de un campanario. Ella sigue esperando, hasta que el policía-pájaro termine de poner su huevo. El agente está de espaldas a la mampara. Al ser de cristal su estructura, la mujer ve reflejado en ella el verde del ordenador en el que aparecen los naipes de un solitario. En este momento un sonsonete alerta al jugador que ha perdido la partida: A usted ya no le quedan más movimientos. El agente con el dedo índice de su mano derecha da un fuerte golpe en el enter del teclado, con la misma puntería y enfado como si disparara a un atracador fugitivo. El policía deja asomar ahora su cabeza de pájaro viejo sobre el semblante contrariado de la ciudadana que espera atormentada. Levanta su vista y al ver a la mujer, exclama sorprendido y a la vez lastimoso:
De saber que eras tú, Juanita ....
Entre sollozos, vergüenza y rabia, la mujer interrumpe al agente:
Vengo a denunciarme. Acabo de estrangular a mi marido.
El policía no da crédito a las palabras de la mujer.
¡Estás loca! Si tu Luís acaba de salir ahora mismo por esa puerta. Ha pasado justo por delante de ti. Dice que tenía prisa, tenía que recoger a Juanito de casa de tus padres, que mañana mismo los tres os vais a Canarias.
Una absurda carcajada con ecos de burla sale de los labios prejubilosos del agente. Su risa llena de escepticismo las oficinas de la policía. Los agentes de la trastienda dejan de beber agua.  Hasta el león del emblema de la solapa del guardia se lleva las patas a las orejas. Nadie quiere escuchar las locuras asfixiantes de la señora Plesim.

domingo, 31 de julio de 2016

La muchacha ciega






No era mi compasión la que me hacía sentir un cierto embrujo y admiración, pues en mis sentimientos ni una pizca de pena hacia ella había. Más bien la pena era mía, al comprobar que yo viendo, no veía lo que ella miraba. Tal vez la muchacha, por ser ciega de nacimiento, no notara su ceguera. Para quien nunca ha visto luz alguna, no hay sombras ni eclipses que se interpongan entre la luna y el sol. Tanto la noche como el día, para ella serían el amanecer y el ocaso, la tormenta y la calma, el aceite y el vino.

Y vi en sus ojos cerrados: el mundo, como un mar abierto; y en su cenit: sus cejas como arco iris, dos alas avivando sus sueños de alondra. Sus labios, tremendamente hermosos, como los de María Belucci, la Magdalena de La Pasión de Cristo. Y aún siendo ciega, en su rostro yo vi el cremoso verde del áloe, el amarillo del trigo, el dulce gris de los pájaros cantores. Nunca destellos más intensos vi yo en otros ojos por mucho que vieran.

Su inocente cara me miró como el agua, que de alegrar no cesa cada tarde a quienes a pasear salen por los sotos del río. A un sordo, a un manco, a un cangrejo patizambo yo le notaría a la legua su malhumor y desencanto. Y vi en ella a mi futura compañera. Me sedujo su candor y aplomo, su hermosura y armonía. Me enamoré nada más verla. Y a partir de entonces sus dos faros apagados en medio de la noche oscura encendieron los huesos de mi amor por ella.

Y yo mismo me preguntaba para ahuyentar mis dudas: ¿cómo puedo yo casarme con una muchacha ciega? Y a mi mismo me decía que no era piedad, ni ternura lo que por ella sentía, sino amor, amor de hombre, llama viva que mi vela encendía. Era su gesto apacible, su piel translúcida, salvajemente blanca, sus manos, racimos de plata, su nariz inocente y perfecta, sus cabellos negros sobre hombros angelicales. Me enamoré de su iluminada ceguera, de su modesta divinidad escondida, de la habilidad de sus musicales dedos tocando la concertina.

Y despejadas mis duda, fui a hablar con sus padres. Me contestó la madre. El padre, desde que supo que su hija había nacido ciega, se quedó mudo, como aquel otro Zacarías del Templo, por no creer que su esposa a sus años se había quedado embarazada. La madre me contaría que los médicos habían dicho que la muchacha, al llegar a una cierta edad, tal vez muriera, que su organismo no resistiría los cambios de la juventud.

Aún a pesar de todo, no me rendí. Nos casamos. La quise ciega, la amé ciega, la deseé ciega. Fui muy feliz durante unos años junto a mi oscuridad encendida.

Luego heredé de mis padres una considerable fortuna. Me habían hablado de un tratamiento pionero en Japón que curaba el tipo de ceguera que padecía mi esposa. Nos trasladamos a Tokio, al Institute Riken. Permanecimos allí aproximadamente un mes, el tiempo que duró la intervención, un novedoso implante de células madre en sus ojos desiertos. Recuperó la vista. Regresamos a casa.

A partir de entonces, todo fue distinto, otro cantar, más bien un canto de ánimas, un de profundis. Cada vez que yo veía que ella miraba a otro hombre, a una mujer, a una flor, me sumía en la tristeza. Tanta pasión ponía ella en todo lo que por primera miraba, que yo pensaba que de su amor para mi nada quedaría.

Mientras fue ciega, ningún engaño hubo entre nosotros. Pero le bastó ver, para notar yo en su cara que me mentía. Cada vez que la miraba, una luz adúltera en sus ojos yo veía. Y aquel que fue capaz de casarse con una muchacha ciega, cuando por fin consiguió ver, no pudo seguir viviendo con ella. Nos separamos.

lunes, 11 de julio de 2016

Radiografía de tórax




Y no es que yo quisiera tener un amor para mi sólo. Pero su amor era tan grande que en él cabía todo el mundo. Todo el mundo, menos yo.

Leticia no dejaba de pensar en el hijo de Vicenta, el Natalio, el pastor de Las Quebradas. Acaban de encontrarle en la vesícula una piedra de cuatro centímetros, -me decía. La médica de cabecera había remitido al Natalio al cirujano. Leti tampoco paraba de hablarme de Pepita, la mujer del chófer del director de Abengoa. La semana pasada habían enterrado a su marido. Un tumor en el cerebro -remataba en seco para hacer más impactante lo que me contaba. Y si es que en la cabeza o en el corazón de Leti algún hueco aún quedaba, era para pensar en cada uno de los vecinos que vivían en su calle, la calle de don Maximino.

Si alguna tarde coincidíamos para dar un paseo por las afueras del pueblo, camino de la granja del Perucho, a retirar los cuartillos de leche que allí apalabrados teníamos, fuera quien fuera con quienes nos cruzábamos, objeto era también de su atención y detenimiento. Leticia parecía una abeja enfrascada en cualquier flor que amaneciera. Y todos los que se cruzaban con ella, aunque jamás en su vida los hubiera visto, gustoso polen eran de su agrado. Las amapolas, el vinagrillo, el aire invisible que respirábamos eran tema de su consideración. Hasta el conflicto de la conservera, que mantenía en huelga, ya más de una semana, a sus operarios por el impago de las cinco últimas nóminas, era más de la incumbencia de Leti, que la de los propios afectados.

Y si yo, alguna vez en nuestros andares por el carril del Perucho, retenía con mis ojos su cara en mi rostro, al momento la dirigía, (Leti de mí la apartaba), para enfocarla en cualquier cosa, ya fuese la alfalfa azotada por la lluvia del día anterior, el jilguero que piaba a sus crías extraviadas desde el parral, o las manzanas caídas alrededor de un frutal abandonado. Lo nuestro, lo suyo, lo mío, le era ajeno. El hoy y sus gentes, su calle, esa es mi vida, -volvía a repetirme. Pareciera que ella ansiaba encontrarse con alguien para no vérselas conmigo. Más interés mostró por el rebaño del Natalio, con quien en ese momento nos tropezamos, que por lo que yo pudiera decirle acerca de mis sentimientos. Y, como si Leti adivinara las intenciones de mi alma, me interrumpió al momento para decirme:
¡Ahí tienes al pobre Natalio, lleva en sus riñones una bomba adosada, una piedra como una casa, y no se separa de sus cabras ni un minuto!
Y no es que Leticia pasara de mí. Atribuía yo sus esquinazos al excesivo interés que por mi tal vez escondiera. Pues nunca se opuso a que yo la acompañara. Aquellos encuentros esporádicos, se convirtieron en norma. Todas las tardes, a eso de las cinco, sin previo acuerdo, coincidíamos los dos en la uve de en medio, esa cuña que distribuye los dos caminos que van al Campo de Arriba. Nosotros dejábamos el carril del tío Liebres, y tomábamos el que iba a parar a la lechería del Perucho. Yo alargaba este trayecto lo más que podía. Y lo que debía durar no más de un cuarto de hora, lo prolongábamos y reteníamos hasta el infinito del atardecer, ese momento mágico, en que los azules tenues de la jornada nos envolvían con dulces pliegues de arrullo y ternura.
Si Leti es capaz de querer a tantas personas a la vez y al mismo tiempo, -pensaba yo entonces-, ¿cuánto no podría amarme a mí, si conseguía ser su exclusivo merecedor? Una muchacha que se desvive hasta por las piedras del camino, ¿qué no hará conmigo?
Si Leti andaba comprometida con las necesidades de los que la rodeaban, yo de alguna manera debía demostrarle que mi piedad por los demás era aún más grande que la suya. Esta sería la única manera para que ella se fijara en mi. Si Leti preocupada estaba por las personas concretas, yo debería demostrarle que interesado estaba por la humanidad entera.

Recuerdo que aquella tarde le comenté las palabras que el catedrático de Física Médica nos había dicho en clase:
Dejemos de mirar abajo, al suelo, a nuestros zapatos, miremos más bien al cielo. Para no más allá de cien años, los humanos tendremos que buscarnos otra tierra, allá arriba, entre las estrellas.
Que nuestro planeta dentro de un siglo fuera inhabitable, para ella tal vez bastara para olvidarse de sus amores pequeños y terrenales. Y añadí, mirándola fijamente:
Vente conmigo, Leti. ¡Vayamos los dos en busca de esa estrella sustituta!
Y al tiempo que yo hablaba, levantó ella sus brazos por encima de la cabeza. El reflejo de la luz del atardecer, aún vivo y persistente, resaltaba el dorado de sus cabellos. Soltó el lazo azul que sujetaba la madeja de su pelo, y dejó caer su melena sobre sus hombros agradecidos. Yo interpreté aquel gesto como un sí incuestionable. Y al ver la hermosa elasticidad de sus sobacos desnudos, mis esperanzas por ella se auparon aún más, como un alazán saltando sobre su mayor obstáculo. Pero ella, tal vez no leyera en mi mirada mis deseos. De nuevo volvió a replegar su melena en un discreto jopo sobre su anacarada nuca.

La idea de que yo tal vez para ella suponía un mero soporte, el colchón donde ella dejara adormecer sus filantropías, empezó a tomar fuerza en mis pensamientos. Incluso pensé no acudir más a nuestra tácita y añorada cita. Y aún a pesar de que un día le había dicho que lo que más me gustaba era verla tan generosa y dispuesta con los demás, aquella virtud que yo entonces le atribuí, se convertía ahora, de golpe y porrazo, en un claro rechazo hacia ella. Me sentía como un títere entre sus manos. Y parecía escuchar en sus silencios: ¡qué tonto es este mi perrito, que no aguanta ver a su dueña atenta y misericordiosa con quienes de verdad la necesitan!

Cuando, al día siguiente, coincidía con ella, de nuevo mi desprecio se tornaba en deseo. Y me resistía a dejar de verla. Yo la quería. Lo que no sabía es, si ella me quería de la misma manera. Es cierto, yo amaba a Leticia; pero no, si sus manos suaves, sus ojos buenos, sus gráciles movimientos de cintura, sus piernas alegres fueran para otros. Yo no sabía si ella estaba colada por mi. De hecho a las claras nunca me lo dijo. Pero no hacía falta. Si no, ¿cómo mantener aquellas quedadas anónimas durante casi un año?

¿Amor? Nunca pude estar seguro si lo que Leti sentía era amor. O tal vez sólo me quisiera por lo que yo pudiera ser en el futuro, un cirujano capaz de extirpar los cálculos de todos los riñones enfermos de su calle, de la ciudad, del mundo entero. Y así como un vecino quiere a su alcalde porque le ha condonado la deuda que no puede pagar al ayuntamiento, así como la feligresa quiere al cura que le ha perdonado su adulterio, así como el padre de familia aprecia al maestro por haber enseñado a leer y escribir a su hijo, tal vez así, de la misma manera caballerosa, Leticia me quisiera a mi por estudiar Medicina.

Una de aquellas tardes, le propuse a Leti cambiar de itinerario. En lugar de vernos como siempre en la uve del camino de Enmedio, lo haríamos, donde comienza la rambla del Comadrón. Escogí esta ruta por ser la más despoblada. Por allí probablemente a nadie encontraríamos. Dando un pequeño rodeo, llegaremos por el lado de atrás hasta llegar a las vaquerizas del Perucho. Le dije además que tenía algo muy importante que enseñarle.

Al día siguiente nos vimos los dos en el sitio convenido. Por la mañana, yo había asistido como de costumbre a las clases en la Facultad. Me pasé primero por los laboratorios. Y de la estantería de las radiografías modelos de las cuales aprendíamos a leer pólipos y tumores, escogí la que mejor interpretara el cáncer de pulmón. El sol de la tarde, (recuerdo que estábamos a mediados de julio), aún caía a plomo sobre nuestras cabezas. Nos sentamos sobre dos piedras junto al camino. La sombra de un ciprés esponjoso de aromas y resinas refrescaba nuestros cuerpos. Leti masajeó dos o tres veces con su mano derecha mi espalda doblada y tímida. Al rato, con cierta expectación y cautela, añadió:
Bueno, muéstrame eso que ayer me comentaste.
Abrí el sobre que conmigo traía. Saqué la radiografía y sin mirar ni siquiera la cara de Leti, dije con voz apagada:
Aquí tienes. Este es mi tórax.
Y nada más ver como Leticia pasaba sus dedos compasivos por las nubes de aquellos pulmones enfermos y mentirosos, supe de verdad lo que ella me quería.

jueves, 19 de mayo de 2016

Los árboles también hablan






Intentaba yo convencerle de que los árboles también hablan.
¡Estás loco! Imposible. Los árboles no tienen boca, ni labios ni lengua.
Me extrañó que aquel niño, con sólo cinco años, fuera ya tan mayor, y que su cabeza fabricara argumentos tan trigonométricos y funcionales.
¿Es que acaso los pájaros no hablan, cuando en las mañanas de abril pían y se enamoran revoloteando unos alrededor de los otros?
¡Tonterías! -me dijo el niño, riéndose de mis fantasías de clorofila barata.
Yo me resistía a creer que dentro de la magia congénita, la figuración y el animismo infantil pudiera caber tanta suspicacia. Intenté por tanto ser más didáctico, buscando un símil afín a su sicología:
Hasta los coches dicen a los humanos lo que piensan. Con sus bocinas nos advierten: ¡Apártate, muchacho, súbete a la baldosa! ¿No ves que puedo atropellarte y dejarte sin una pierna?
Y sólo cuando el niño sintió que podría quedarse cojo, lo noté más abierto a mis palabras. Así que seguí  abundando por tanto en mi teoría de que los árboles no son mudos:
¿No has oído nunca la música que brota del ruido de un motor en plena marcha? El motor de una moto chirría hasta calarse por la carbonilla acumulada en su bujía. Y la máquina elocuente nos dice con su renquear lastimero que ya es hora de que la llevemos al taller para que a la pobre y tullida moto la pongan allí a punto. 
El niño, tal vez motivado por el ejemplo de la moto, abrió sus ojos como platos. Lo noté más receptivo. Y me contestó:
A mí me encanta todo lo que se mueve y circula. Cuando sea mayor, quiero ser como Karl Benz. Pero no un mecánico de coches contaminantes impulsados por derivados de un petroleo corrosivo. Inventaré vehículos cuyos gases no envenenen el aire que respiramos.
Noté las defensas racionales del niño menos cerebrales, como más proclives a las fabulaciones propias de su edad. Y me dije: este es el momento. Y quise aprovechar esta disposición suya para convencerle que los árboles también hablan. Y pareció que el niño adivinara entonces mi pensamiento, para enseguida contradecirme:
Pero de ahí a decir como tú que los coches del futuro correrán por las avenidas sonriendo, saludando y hablando con todos los peatones que se encuentran al cruzar un semáforo, no llego.
Y sólo al ver ya tanta oposición en el niño, cuando perdí el control y subí el tono de mi voz acusadora:
Eres capaz de contemplar entusiasmado una peli en la que hablan delfines, ardillas y hasta las hormigas, y no admites que un árbol pueda darte los buenos días cuando el amanecer despierta sus hojas al sol ¿Acaso, niño listo y futuro inventor del futuro inmaculado, no has visto en otoño llorar a las moreras cuando sus hojas abandonan y dejan triste al árbol a merced de los fríos del invierno?
Fue entonces cuando el niño calló. Interpreté su silencio como un acercamiento. Esta afinidad me llevó a confiarle un secreto. La tarde anterior un viento huracanado había extirpado de mi cuerpo una de mis mejores ramas. Y del lugar, donde antes arrancaba uno de mis favorito brazos, hendía una herida de savia acongojada:
¿Ves esta llaga que aún supura llantos de dolor y perdida debajo de mi sobaco izquierdo? Son mis palabras compungidas que al mundo hablan.
El niño entonces se acercó a mi tronco. Rodeó con sus tiernas manos mi apenada corteza. Y su abrazo fue tan grande, que mi elocuente herida sanó de repente.

domingo, 3 de abril de 2016

Más días que chocolate



Yo sé de un perro que estuvo sin comer desde que unos falangistas, allá por el 39 se llevaron a su dueño a la cárcel de Porlier. El amo, al cabo de unos meses murió fusilado frente a las tapias del cementerio de la Almudena. Me figuro que lo mismo el can acabaría muriéndose de hambre.

Ignoro si los animales ayunan por lástima, por desconfianza, para purgarse o por soledad. Tal vez lo hagan por temor a que luego les falte la comida. Un perro que yo tuve no probaba bocado si yo no estaba delante. Los animales y las personas gestionamos nuestro alimento de manera distinta.

Y al hilo de esta historia de chuchos y hombres, recuerdo al padre aquel, que antes de partir a la vendimia francesa, le dejó a su hija pequeña una pastilla con veinticinco onzas de chocolate.
Hija, mía, no estés tristes, papá volverá pronto. Sólo serán tres semanas. Cada día te comes una onza. Y ya verás como antes de que se te acaben, tu padre estará aquí contigo.
El tiempo en las manos de la niña era un cociol con agujeros. Los días al principio bailaban contentos como los muchachos de la Gallina ciega de Goya. A la semana de haber partido el padre a Montpellier, la pequeña ya se había comido todas las onzas de chocolate. Y acabadas las chocolotinas, los días duraban años. La niña, viendo que su padre no volvía, se puso triste, tan triste, llorona y enrabietada como la mujer del Guernica, aquella cuyos ojos eran sus propias lágrimas dibujadas.

Una vez terminada la vendimia, pasadas las tres semanas, el padre regresó de Francia. La niña se lanzó a los brazos del padre comiéndoselo a besos, al tiempo que le decía:
Papá las onzas del chocolate corrieron más que los días. La próxima vez, mejor me llevas también a la vendimia. La pastilla de chocolate, al verme tan apenada, se apiadó y me dio a comer todas las onzas que le quedaban. Estando contigo, seguro que las onzas no se atreverán a llevarte la contraria. 

domingo, 21 de febrero de 2016

Me hubiese gustado ser fiscal





No quiero que os llevéis a engaño. Os lo diré bien claro desde el principio. No soy un detective, tampoco un fiscal, sólo soy un perro, un boxer. Ando al cuidado de una fábrica de conservas. Mi comida es sana y abundante: triturados y frituras caducadas de tomates y verduras. ¡Claro que echo de menos los despellejos de ternera con los que que a mi vecina, una presumida foxterrier, la ceban los dueños del mesón que está justo al cruzar la carretera! Pero, gafes del oficio. ¡Qué le voy hacer! Una cosa lleva a la otra. Aunque eso no quita que, cuando huelo a gordo, me dé una vuelta por donde almuerzan las obreras... Casi siempre pillo algún que otro zancarrón.

Pero no desvariemos. A un perro, que ni puede hablar, y mucho menos escribir, no se le ocurre profanar una página en blanco sólo para comadrear acerca de la mejor y más saludable dieta para canes. Yo he venido aquí para otra cosa. Diréis que lo que voy a contaros es colateral, que mi obligación no es otra que mantener alejados de estos lugares a cualquier sabueso que se acerque por aquí. Pero el problema es grave; sino fuera así, no me tomaría la libertad de entrometerme donde no me llaman.

Perdonad, oigo pisadas, tengo que fruncir el ceño, ladrar fuerte, encarar mis fauces... No ha sido nada, un despistado. El pobre se las pira, patadas va dándose en el culo. No creáis que me apetece asustar así a la gente, y menos a éste que ni siquiera ha hecho nada. Pero..., guerra preventiva obliga, señores. Los neandertales con su ladrar licántropo, bien nos lo advirtieron: quien da primero, da dos veces.

Bueno, al grano, perdón, al hueso. Porque de eso trata, del hueso del jefe de esta empresa, un descarado imperialista de tomo y lomo que precisaría de toda una auditoría más grande que la del caso Gürtel. Eso será en otra ocasión. Hoy: a lo que urge y aquí me trae. No sé de números, no sé de letras, está mal decirlo, pero tengo unos ojos marrones que siempre miran al frente, no se me escapa nada, centro mi mirada con tal precisión que soy capaz de detectar el invisible rayo láser que hace mover las máquinas cerradoras, las puertas del garaje, la cinta transportadora, puedo, con tan sólo levantar un poco mis agudas orejas, olfateo el tenue filmar óptico de una cámara de vídeo.

El aseo de las trabajadoras es una de las dependencias más confortables y profilácticas de esta empresa: jabón a punto, secadora de manos, azulejos de primera, papel celulosa, pomos dorados, lavabo y ducha de porcelana.... ¡No me explico como en un ambiente tan desinfectado hayan tenido que colocar este artilugio! Dicen, que para eliminar gusarapos y cucarachas. Es lo que el jefe dice a la representante del comité de empresa. Pero eso es imposible. Lo sé muy bien, porque en mis horas libres me paso gran parte del día dormitando por los alrededores de este regalado recinto. A ningún perro se le escaparían, y menos a un boxer, insectos tan apetitosos. Este asqueroso voyeur bien sabe que no es así. Mi vista no me engaña, tampoco mi hocico. Lo que este obseso ha colocado encima de la puerta del baño, no es ni más ni menos que una micro-cámara oculta conectada a un pequeño monitor que tiene en su despacho para grabar y obscenamente deleitarse con las íntimas imágenes tomadas de sus empleadas.

Bueno, ya está todo dicho. Ahora falta que me ayudéis, para ver si entre todos podemos arreglar esto. Por favor, no delatarme. Mis almuerzos de zancarrones están en juego. Aunque, pensándolo bien, me da igual, tan sólo soy un perro, no me creerán. Os juro que, en ocasiones como ésta, me hubiese gustado ser fiscal.

domingo, 10 de enero de 2016

Mi hermano Mario




Me llamo Fran. Mario es mi hermano menor. No somos mellizos por los pelos. Nos llevamos tan sólo el tiempo que va del relámpago al trueno. Cuando él vino al mundo, mis padres, tan atareados estaban con sus cosas, que apenas se dieron cuenta. Tampoco me echaron a mí mucho en falta que digamos. Fui yo el que más bien cargué con la presencia de Mario. Mi hermano siempre va conmigo. Seguro que si lo dejara solo, no podría sobrevivir, desaparecería como la llama de una vela a la intemperie. Soy el mayor por edad, pero no por el trato que recibo. Cuando no es mi padre, es mi madre. Todas las culpas son para mí. Las culpas, y los recados. Que si Fran, baja la basura. ¡Fran, que no se te olvide llevarle a la abuela las pastillas del mareo! Fran, esta tarde al salir de clase pásate por la panadería… Incluso la abuela, la que más debería saber que sólo soy un niño, no para de recordarme que ya no tengo edad para estar todo el día en la calle como un zángano jugando al tranco, que debería ayudar a mi padre en la serrería, acompañar a mi madre al mercado. Dice que a su hija María ya le cuesta subir el carro de la compra por la cuesta de la calle de Abajo, la que va a la del Paso. Exactamente en el número 4 de esta misma calle, vivimos nosotros, en el tercer piso B del bloque de viviendas protegidas que patrocinó, allá por la década de los cincuenta, la diputación, cuando era su Presidente don Agustín Virgili Quintanilla.

Abuela no para de sermonearme: Tu padre no puede acarrear él solo los troncos, bajar al foso de la sierra ya le resulta pesado. Ya es hora, Fran, de que vayas aprendiendo su oficio, si no quieres que tu padre pierda un dedo en la circular. La infancia de mi abuela debió ser muy dura para para retar al destino de manera tan cruel ¡Como si yo fuera el que acelerara las ruedas del tiempo! Yo le replico: abuela, no le meta usted prisa al tiempo. Lo mío ahora son los amigos, la escuela, completar el álbum de la liga, mis partidas a las chapas en la Placeta de san Cayetano. Y así, todos los días, dale que te pego. Cuando no es mi abuela, es mi padre; cuando no es mi padre, es mi madre; cuando no es mi madre, es Perico de los palotes. El único que no se mete conmigo es mi hermano Mario. Lo quiero un montón, como si lo hubiera parido. Más que quererlo, lo añoro, lo necesito para jugar con él en las tardes de lluvia, en mis largas horas de aburrimiento. El caso es que todas las broncas son para mí. Estoy hasta las pelotas –diría yo; pero soy tan sólo un crío de ocho años que, para amainar sus furias no debería recurrir a palabras tan duras. En cambio, con mi hermano Mario nadie se mete. Bueno nadie, no. Porque yo bien que cargo contra él. El otro día sin ir más lejos, madre echó en falta de su monedero la calderilla que el carnicero le devolvió, tras comprar un cuarto de libra de esas morcillas de cebolla que tanto gustan a padre. No llegarían a más de cincuenta céntimos, lo justo para ir yo a comprar enseguida en el quiosco del Cachiporra el último número del Guerrero del Antifaz. Por más que yo me defendiera de las acusaciones de madre, diciéndole que yo no había sido, que había sido Mario, no valieron mis excusas. No empieces ya, Fran con tus historias. Ahora mismo te vas a tu cuarto. Y te quedarás allí sin salir a la calle –me dijo malhumorada. Menos mal que Mario, al momento, vino conmigo a la habitación. Estuvimos los dos leyendo cuentos toda la tarde, hasta que mamá me levantó el castigo. Mario siempre está a mi lado en mis ratos malos. En cambio siempre lo inculpo de mis diabluras. Él es mi escudo cuando las iras de los demás se ensañan contra mí. Sin ir más lejos, la otra noche Mario y yo nos quedamos a dormir en casa de la abuela. Me meé en la cama. A la mañana siguiente la abuela me dijo: a tu edad, Fran, ya deberías tener más cuidado y no mojar las sábanas. Y antes de que terminara ella de hablar, ya estaba yo incriminando a mi hermano: Ha sido Mario, abuela. Mi abuela cada vez que yo nombro a Mario, mira para otro lado, como si Mario no fuera también nieto suyo.

Cuando estoy solo porque mis amigos me han dejado plantado, Mario siempre me compaña. Cuando estoy triste, porque Sigrid la novia del Capitán Trueno no me hace caso, mi hermano siempre acude a mi lado. Nunca me falla. Por ejemplo, el sábado pasado un carro cargado de tablones esperaba en la puerta de la serrería. Un carpintero le había encargado a mi padre que los cortara y alienara a una cierta medida para el artesonado de una almazara que están construyendo a las afueras del pueblo. Yo estaba en el tejado esperando que algún pájaro picara en el cepo que acababa de poner, cuando oí los gritos de madre que me llamaban a que fuera a ayudar a padre. Tanto era mi embeleso por ver atrapado a algún gorrión en la trampa, que le supliqué a Fran que bajara él y que ayudara a padre en mi lugar.

Mario es mi alivio, es mi excusa, mi sustituto. Siempre lo tengo a mano. Puedo contar con él en cualquier momento. Si tuviera que enumerar de las trifulcas y rapapolvos de las que me ha librado, no acabaría nunca. Le estoy muy agradecido.

Pero como todo lo que empieza acaba, a estas alturas del relato, supongo que los lectores ya se habrán dado cuenta de que Mario es fruto de una invención mía, una estratagema para eludir la responsabilidad que los mayores tratan de cargar sobre mis espaldas débiles y ligeras. Necesitaba escaparme de las broncas de mis padres, de mi abuela, de los deberes de la escuela, de la soledad de ser hijo único, de lo poco que soy tenido en cuenta por Sigrid, por Zoraida, la amiga del Guerrero del Antifaz cuando paso a su lado por las páginas de mis tebeos.

Creo que estoy creciendo muy deprisa. O tal vez quiera desprenderme ya de los sueños de mi infancia. Al menos eso creí yo hasta ayer mismo. Estaba subido como acostumbro en el tejado del bloque de las cincuenta viviendas de Virgili, viendo como se apareaban las nubes. Y oí por el patio de luces que me llamaba madre:
Pero Fran, ¡cuántas veces  tengo que decirte que bajes! Acaba de venir tu hermano Mario y no quiere irse sin saludarte.



martes, 24 de noviembre de 2015

Juego de nubes




Juegan los jóvenes a darle nombre a las nubes. Algodones desparramados hacen cabriolas por el cielo revuelto en una tarde otoñal de pellas. Y al igual que un curioso, sentado ocioso en el banco del parque, cura su aburrimiento tratando de adivinar la profesión de los viandantes, así los jóvenes juegan a poner nombre a las nubes según su forma.

Han dejado plantada a la profe de historia. El pasado para ellos no cuenta. Prefieren escamotear la fuente de su destino: no parecerse a Calixto y Melibea, no ser devorados por la muerte de la inocencia. Cuesta abajo, por los sotos de la hijuela se dirigen tímidos y pudorosos a la ribera del río. La joven descansa su espalda sobre uno de los chopos que se asombra de ver como se pierde el agua tras el recodo del molino de la luz. La morena cabeza del zagal reposa sobre el regazo de la muchacha. Sus miradas cubren la totalidad del firmamento. Y cual aquel otro hacedor del mundo se sienten los dos creadores del universo identificando a cada nube con cualquier cosa posible.

El jubilado del jardín se entretenía diciendo que aquel, por sus pasos firmes y decididos, era bombero; y este otro, militar, por sus brazos a ritmo campanado; y aquel, electricista, por su cuello estirado; y este otro, camionero, por su abultada barriga; y aquella rapaza lozana que ahora pisa el proscenio de su voluptuosa mirada, le recuerda a su mujer, la que murió hace años por primavera. Los jóvenes en esta tarde de novillos, avergonzados de hablar de lo que realmente los dos en el fondo desean, disimulan sus quereres y su esencia en este subliminal entretenimiento de conferir a las nubes sus más sinceros anhelos, de transportar allá arriba su terrenal existencia.

Esa es un cisne-dice la muchacha. Aquella un caballo -dice el joven. La de más allá, esa que tiene unas cresta grillada se parece al director del Instituto. Esta del peinado suelto, la que ahora besa al ciprés se parece... Y deja el muchacho esta frase en suspensivos, no queriendo espantar a la nube.

Y luego que las nubes dieron vida a todo aquello que en la tierra se movía o respiraba, fue cuando por el sur apareció el señor de los vientos. Eolos barre con su cetro todas las nubes del cielo. Sin embargo no ocurrió cual vaticinara Perez Galdós: 
Las nubes se movieron y todo se tornó en caricatura.
Al contrario:

En el preciso momento que las formas de las nubes desaparecieron en la diafanizad del alto azul, el cuerpo entero de la muchacha se derramó en el cristal transparente de los ojos del muchacho. Y al deshacerse su forma, libre de nubes que la sujetaran, la sintió toda dentro de si, sin perímetros ni fronteras que limitaran su belleza difundida. La sintió, como se siente el agua en el cuerpo sediento, como se filtra el riego por un sembrado avaricioso de avena, como se sentiría un mundo en su totalidad inmenso, sin cuchillas ni alambradas, si de verdad acogiera a todo aquel que llamara a su puerta.

martes, 10 de noviembre de 2015

Amor gaseoso



Ya están en la Fuente Clara. Los jóvenes han dejado sus bicicletas junto a los chopos del partidor. La fuente colma de agua a un pueblo desparramado sobre el verde de las faldas de la sierra. Las burbujas de arena que el agua empuja son diminutas, minúsculos globos de aire, que asoman limpias y despacio. El estanque muestra su cristalina cavidad gozosa. El agua nace sin gritos ni espasmos desde la piedra parturienta. El nacimiento y los tejados rojos de las casas viejas besan la tarde. El atardecer y el agua se recrean y comparten su fluida calma con los dos jóvenes que han detenido su paseo en la parte más alta del monte. Las chicharras, el viento y las comadrejas apagan sus voces; desde sus escondites son testigos silenciosos de una declaración de amor. Las hojas plateadas de los álamos reflejan su amarillo sobre la cara relampagueante del muchacho y la muchacha. El sol tibio ribetea ardiente los dos cuerpos en cuyo interior sus corazones bombean acalorados la sangre que los enciende. El aire envuelve el temblor de sus respiraciones sobresaltadas.

En este momento un grupo de extrañas aves se dirige al sur. Miran de soslayo a la pareja sin querer interrumpirla, pero es tan apetecible este paraje, que la que hace de guía decide pararse en las puntas del más grande de los álamos que bordean la fuente. Estos pajarracos provistos de una gran pico afilado, una vez acomodados y camuflados, se embelesan escuchando el eco tímido de la voz del muchacho que rompe el lento manar del agua:
Desde que perdí mis ojos y los guardé en tu regazo, no puedo dormir. Ya se que no soy nada original, pero no encuentro otra manera de decir que te quiero. Y si tengo la suerte de que no rechaces mi amor, te ruego que te dispongas a participar en esta sencilla ceremonia de nuestro mutuo compromiso para así lograr recobrar mi sueño.
El joven toma con dulzura las manos de la muchacha. Coge del bolsillo posterior de su mochila una minúscula cajita de plata en cuyo interior se deja ver un inmaculado trozo de lino blanco. Sus palabras resuenan bajo la bóveda sagrada de la catedral del cielo:
Una gota de tu sangre se ha de mezclar con la mía. Las dos formarán una sola gota. Yo seré tuyo y tú serás mía.
En el estuche, en una pequeña funda de plástico esterilizado, hay también dos pequeños alfileres, dos diminutas dagas coronadas, que en su puño cada una lleva su respectiva perla de color: una azul y la otra verde. Con la misma unción y majestuosidad con la que hasta ahora el joven se ha comportado, coge el alfiler rematado en verde y sin pestañear, apretándose la yema de su dedo corazón, de un golpe seco, aguijonea con la aguja el extremo carnoso de la punta de su dedo. Una gruesa gota de sangre mancha el lino extendido en aros concéntricos, al igual que las burbujas del estanque que salen a la superficie librándose de la presión que las sepulta. La marca sanguinolenta se agranda poco a poco hasta dibujar sobre el delicado trozo de gasa un corazón emborronado.

La mancha de sangre rezuma vigor y masculinidad, el brillo de su rojo enardecido pronto se colorea con el ocre de las hojas de los álamos. Una pequeña brisa se despereza suave. El muchacho, al ver el silencio conmovido de su amiga, piensa que el ritual está ya en su cenit. Toma el otro alfiler, el rematado con la gema verde, y antes de que la gota de su sangre se coagule estéril, coge la mano derecha de ella, al tiempo que le pincha en su dedo anular. El agua de la fuente gime contenida. Es tan grande y gaseoso el amor de la muchacha que no puede contener su fuerza, su pasión se le escapa, no cabe en la minúscula caja del joven. Gaseoso también es el humo que asciende y se enardece queriéndose igualar con los cipreses, pero no se consolida en nada. Tal vez sepa la joven que cuesta menos y es más fácil amar al género humano en su totalidad que querer a un ser individual, de carne y hueso, con sus aciertos y errores, verle diariamente deambular por las habitaciones del domicilio conyugal y comer con él año tras año del mismo pan.

La muchacha se aleja ahora unos pasos del joven, y subida en el pilón de piedra que marca la mayor altura de este monte, antes que su sangre se junte en el lino con la del joven, sacude su dedo ensangrentado hacia el espacio diciendo solemne:
La sangre que corre por mis venas es vino sagrado que solo los dioses del infinito han de beber.
De pronto la muchacha es golpeada en la cabeza por una de las aves que presenciaban la escena, y cae desplomada. En un instante todo su cuerpo es rodeado por las demás aves que beben su sangre. Y antes que su cuerpo quede vacío como un odre seco, aún le da tiempo a decir:
¡Que mi sangre sea fecundada por las corrientes del agua y del aire que surcan estas sierras y laderas hasta llegar a la culminación del horizonte. Que mi sangre regenere, se confunda y sea saciado alimento de toda la humanidad en su conjunto!
El agua mientras tanto sigue atenta su curso monte abajo, deteniéndose ahora alrededor de un pequeño arbusto, olvidándose de su universal compromiso de colmar la sed de todo un pueblo.

miércoles, 21 de octubre de 2015

El defraudador caracolero




José Colmenero tiene un pequeño criadero de caracoles, caracoles babosos, rayaos, serranos... que luego reparte por bares, mesones y restaurantes. Tiene gancho este negocio por sus aplicaciones gastronómicas para todo tipo de salsas, arroz caldoso, rellenos con queso y tomate y sobre todo como arreglo para los gazpachos de Azulada. Cada cierto tiempo, José Colmenero, debido a sus pingües ganancias, se ve obligado a regular con Hacienda su actividad emprendedora. Aquel lunes, después de haber estado todo el domingo él y su mujer pateando toda la Sierra Salinas a la caza del caracol despistado, espera el señor Colmenero su turno en la consulta de su asesor fiscal para tramitar sus impagos al fisco. El último pago vence tan sólo dentro de dos días.

Sentado enfrente de él: un hombre bien trajeado. Su cara, sus sobacos despiden ese olor raro e indefinido de los desodorantes, tan contrarios a la manera de concebir José el aseo personal. Tal vez movido por un instinto oculto de rechazo a este tipo de manierismo profiláctico, nada más el señor Colmenero oler a su vecino, se dispone a martillear repetidamente sus rodillas, una contra otra, como llevado de un impulso nervioso incontrolado. José bien sabe que aquel hombre pulcro, ordenado, perfecto y con aquella pose tan imperial y estática, no aguantará por mucho tiempo el desarreglo de los movimientos inquietantes de sus piernas temblorosas.

Siempre que José Colmenero se encuentra con personas con un tic parecido, por ejemplo, los guiños del molt honorable Jordi Pujol o los parpadeos del opusino ministro del interior, o el arqueo contorsionista de los músculos faciales de cualquier embaucador que se le pone por delante, no sólo no comprende nada de lo que le dicen, sino que se le hace imposible permanecer frente a ellos. Y así como ellos no pueden detener las sacudidas de sus contorsiones y relampagueos febriles, tampoco Colmenero, por más que lo intente, aguanta por mucho tiempo su presencia. A José le crispan todos aquellos que para hablar se esconden tras los malabarismos camuflados de sus espasmos atróficos.

Y así fue como aquel hombre impoluto y encorbatado que precedía a José Colmenero en la sala de espera del asesor financiero, impacientado por tanto contoneo convulso, se levantó enseguida de su asiento y abandonó el despacho sin resolver sus cuitas tributarias. Luego, José intentaría dejar de hacer el payaso. Pero no fue capaz. Sus rodillas, como muñecos manipulados por una mano invisible, no cesaban de temblequear. También el señor Colmenero tuvo que abandonar la consulta sin tampoco tramitar sus asuntos.

Con sus pies renqueando como un tullido, José se dirige ahora a la perfumería que hay a continuación de la casa donde vive acompañado de su buena mujer y de sus no menos deliciosos moluscos enredados en aromáticos tallos de tomillo. Y antes que el olor del desodorante de su vecino de la consulta se esfume de su escocida pituitaria, pide a la dependienta que por favor le dé a oler uno a uno de todos los perfumes que tiene. Después de probarlos, compra aquel que más se parece al del desodorante del hombre con quien apenas hace una hora ha coincidido en el bufete del asesor fiscal.

A la mañana siguiente, en el ritual de sus abluciones diarias, Colmenero rocía cada uno todos los rincones de su cuerpo, incluido los agujeros invisibles de su organismo, con el perfume elegido el día anterior. Y comprueba Colmenero para su alivio, que aquellas pulsaciones eléctricas que antes sacudían sus rodillas como alas de gallinas tras la lluvia, poco a poco van desapareciendo. Colmenero es buen pagador nacional y no olvida sus obligaciones fiscales. Y de nuevo encontramos a José en la sala de espera de la Gestoría de la calle España. Para su sorpresa, allí también está el mismo individuo emperifollado del desodorante de ayer. Y nada más ver este hombre a José Colmenero, todos los miembros de su cuerpo empiezan a moverse cual los filamentos de una bombilla que se funde, al igual que el día anterior lo hiciera el caracolero.

Al final no sabemos como acaba esta absurda historia de contra réplicas y diretes e identidades supuestas. Tampoco sabemos si el impoluto vecino del señor Colmenero es un famoso y esquivo imputado por el Tribunal Supremo, un célebre banquero o un simple jubilado preferentista de Bankia. Suponemos que Colmenero será sancionado con una abultada multa, sabiendo como sabemos que su plazo de pago expira hoy mismo. A él poco le importa, debido a su boyante negocio, pagar con demasía sus tributos. Lo que sí le repatea, y mucho, es figurar en la lista pública de morosos del alcabalero Montoro. ¿Qué sería entonces de sus pobres caracoles? ¡Se avergonzarían de su amo! Y los clientes del holding caracolero más importante de la ladera del Arabí, al ver el nombre de su proveedor en el cancel de los proscritos de la plaza del ayuntamiento, cancelarían los servicios de semejante defraudador al fisco. Y lo que es peor: nosotros nos veríamos obligados a degustar los gazpachos sin estos tan suculentos gasterópodos. Que no es lo mismo almorzar un domingo pan y aceite a solas, que tortas empringadas con sabor a caracoles con toda la familia, incluido los primos segundos del Cerro de los Santos.

miércoles, 29 de julio de 2015

Agencia del Tiempo





Y dijo Adán, al igual que J. L. Borges, cuando fue creado por aquel Dios que lo engendrara y lo convirtiera en un libro de hojas bordes y perecederas: Me duele una mujer en todo el cuerpo. (Opekú)


Ayer fui al Banco del Tiempo. Me dirigí a la chica vestida de azul interino que cuadraba su imperecedero rostro en el justo centro de la ventanilla de Información. Y al ver ella mi cara cansada, mis brazos caídos, mi espalda de dromedario con sus esperanzas corcovadas, antes que yo abriera la boca, me dijo:
Sé lo que usted quiere y busca. ¡Vaya a la mesa 7!
Allí me extrañó ver a un muchacho, tan sólo tendría 17 años, pero con el mismo rictus fatigoso que mi cara acartonada. El mirar de sus ojos apresurados al futuro era el mismo mirar de mis ojos estancados en el pasado. Más que aguardar cola, su cuerpo tirado estaba sobre un mostrador de granito insobornable. Después de ser despachado, me tocó el turno. El señor responsable de aquella sección muy amablemente me dijo, mientras cerraba en el ordenador la operación anterior:
Usted dirá.
No sé, tal vez, me haya equivocado y no sea éste el lugar para gestionar la solicitud que hasta aquí me ha traído.
Creo que está usted en el sitio correcto. El caso del muchacho que le ha precedido, aunque no lo parezca, es tan parecido al suyo que diría que son la misma persona. En concreto, el joven, que a usted le ha llevado a engaño, ha venido expresamente a cancelar el compromiso de vida que tenía firmado con nosotros. Ha retirado todo el saldo que tenía concedido y acumulado en nuestro banco. Suicidio vital llamamos nosotros a este tipo de operación. No se alarme, señor, nuestra crueldad no llega a tanto. El muchacho ha decidido unilateralmente dilapidar de una sola vez sus sesenta años de vida que aún le restan. Pero hablemos más bien de lo que usted le preocupa. ¿En qué puedo ayudarle?
Aquel hombre con su predisposición refinada, su corbata impecable, recién afeitado, sus cejas depiladas y sus manos de cera virgen, me pareció más bien un embalsamador de momias vivientes. En aquella oficina todo olía a museo cuyas telarañas los servicios de limpieza se encargaban de quitar cada mañana con el almidonado abrillantador de la extratemporalidad más impoluta.
Quisiera un aval para andar tan sólo una hora por las calles de una ciudad en la que viví mis años mozos, allá por los setenta de una primavera de alondras y mariposas cuyo volar cimbreaba sobre los relojes lentos de las iglesias y ayuntamientos.
El hombre maniquí, sin apartar sus ojos momificados del plasma celeste de un monitor sabio y todopoderoso, tecleó unos segundos el número de mi tarjeta. Luego me miró como lo hace un perro cada atardecer cuando su amo va a llevarle la comida:
Veamos. El coste de una hora, según su base imponible, cargas e intereses y teniendo en cuenta su edad, sesenta años cumplidos, asciende a un descuento en su capital vitalicio...
¿De qué cantidad estamos hablando, -le interrumpí, al ver que el hombre me liaba con la letra pequeña de su turbia aclaración.
Depende de las variantes y las posibilidades relativas del cliente en cuestión. Cuantificar en cifras el coste de esta operación no es fácil. Unos, salen ganando. Gracias a este servicio han podido rehacer su vida. Otros en cambio, víctimas de su ansiedad existencial, como el muchacho al que antes me he referido, la prisa por el disfrute rápido, instantáneo y concentrado de sus años dará con ellos en la estacada. 
Tantas eran mis ganas de volver a transitar, aunque sólo fuese una hora, por las calles de mi juventud, que firmé el contrato con la Agencia del Tiempo. El hombre, tras estampar también su firma, me dijo con ese tono acaramelado de quien tiene la sartén de nuestros días por el mango:
El recuerdo, así como regresar al pasado, puede resultar a veces mortal, como aquel que vuelve a donde nunca estuvo y se queda allí atrapado en la red estéril de su triste memoria
No llegué a comprender el sentido de las palabras últimas del empleado. Ya en el activo y con el aval del banco en mi poder, me dispuse a disfrutar de la hora concedida.

El primer minuto fue para ir a ver a una chica que en mi adolescencia quise tener por novia y no pude. Con mis diecisiete años otra vez cumplidos quise aprovechar ahora este instante que la Agencia del Tiempo me concedía para reconquistarla de nuevo. Aquella muchacha la había llevado yo en mi cuerpo durante toda la vida como una herida sin cerrar. Este era el momento para ir a su casa y restañar aquel dolor que yo traía allá desde los setenta cuando la vi por primera vez. Crucé apresurado la calle Almenara, a la altura con la del Pintor Sobejano. Un coche me tiró al suelo. Otros dijeron que fui yo el que me lancé voluntariamente sobre sus ruedas. Y perdí la vida en aquel empeño fallido de intentar recuperar lo que el tiempo ya otra vez me había quitado.


lunes, 22 de junio de 2015

Tu Juanita bien vale un coche






Decir a Juanita que lo nuestro no tenía futuro, dar el salto a su adiós definitivo me costaba trabajo. No tenía el valor de decírselo. Pensé que una carta de despedida, sin tener que soportar ambos la vergüenza y el fracaso, sería la mejor forma de resolver mi separación. La carta la tenía escrita hacía más de dos meses. Si Julia, mi nueva novia, se enteraba que yo seguía saliendo con Juanita, me quedaría sin el pan y sin el perro. De hoy no pasa, -me dije.

Dejé el coche mal aparcado. Sólo me llevaría cinco minutos: entrar al estanco del Garrampón y comprar un paquete de cigarrillos. Luego me dirigiría a la calle de Correos, y allí en el buzón de la entrada echaría el sobre. No quería retardar más aquella carta. Me quemaba en el bolsillo. Juanita no se merecía que yo la estuviera engañando por más tiempo con Julia.

Juanita era una perita en dulce. Nada había en ella que no fuera perfecto. Esa perfección plana, monolítica y light, sin curvas excitantes. Boca de labios finos, piel cristalina, manos estáticas, pechos cerezas de Napoleón, ojos de muñeca, pies estándar, andares de princesa del Peloponeso. Suyo era mi corazón y sus uñas esmaltadas de nácar. Míos eran sus escasos besos. Suyos mis requiebros y sus alergias al vino y a las aceitunas. Aburridas y mías sus tardes de telenovela y salsa rosa. Suyos sus cabellos dorados a botellazos de oxigenada, suyas sus gafas de sol y pasta que me negaban la luz de mis sueños. Hasta el coche que yo llevaba también era de ella. Todo en Juanita era dádiva, esa dádiva congénita y por ende tan poco de agradecer. Tan todo era ella, que nada de Juanita quedaba a la insinuación, a la complicidad o al misterio. A cualquier hora pegada a mi la tenía, cual cagada de mosca que ni siquiera la notas.

Mis gustos en aquella época no eran muy procaces, exigentes y relamidos. La consumación instantánea de mis deseos muy pronto me dejaba insatisfecho. Yo no sé lo que tiene la conquista que, si no es aguerrida, costosa o ardiente, su triunfo sabe a poco. Me apetecían platos más convulsos, agridulces y mordientes. Los quereres son como el jamón, se adoban con sal y pimienta, y se curan con los fríos de la reyerta, los esquives de la ausencia y la pasión de los vientos.

Julia, mi nueva chica, tenía, en cambio, los labios carnosos, corajuda de temperamento, manos acariciadoras y escrutadoras, pelo excesivamente negro, natural y corto. Inestable e impredecible. Las uñas de los dedos de sus pies de rojo intenso, del mismo color que las tardes de Lo que el viento se llevó. Trabajaba en una de las jamonerías que el Pozo tiene a la salida de la carretera de Alhama. No tenía coche, pero sus ojos eran los faros más luminosos del mejor auto de lujo; y sus caderas, la mejor caja de cambios que he conocido.

Cuando volví a las inmediaciones del estanco del Garampón, no encontré el C-4. En su lugar, un adhesivo amarillo pegado en el suelo con reflejos fluorescentes quemó mi vista:
1959FBV  retirado por la grúa.
Desde el estanco del Garrampón, andando hasta el depósito municipal, hay más de una hora. Aquel día, salvo a la tarde, que recogería a Julia a la salida de su trabajo, no tenía nada que hacer. Así, que me puse en camino hacia el aparcamiento municipal de Los Álamos donde supuse que el coche estaría retenido.

El encargado del depósito tenía cara de ex-presidiario, cabeza grande, ademanes brutos, ojos inexpresivos, oreja peludas y un vulgar tatuaje, (corazón atravesado por una flecha), en la parte izquierda de su pecho, al desnudo, por las calores propias de aquel garito en el que estaba enclaustrado. Sus dedos pulgar e índice sellados de anillos cogieron mi deneí. Miró la foto. Luego alzó sus ojos de bellota y se quedó dudando de mi identidad. Oí que murmuraba:
¡Y a mi que más me da que la cara de este payo no se corresponda con los datos de la dueña de este coche! Los papeles son los que mandan. Y ambos papeles están en regla.
Pagué la tasa por retirar el vehículo. Firmé la liquidación. El hombre del ramplero corazón tatuado añadió:
En el número 107 tiene usted su coche. Ya puede sacarlo.
Cuando llegué al 107, la plaza estaba vacía. Allí no estaba el coche. Volví al cajero. El hombre se encogió de hombros. Y me dijo de nuevo:
Lo que manda son los papeles. Y yo tengo aquí este justificante firmado por usted como que ha pagado el recibo por haber retirado el C-4.
Fue inútil discutir con aquel bulto de carne, capaz de trapichear con vehículos fantasmas. Coches, conductores, personas, clientes, a él nada le importaban; sólo se arrodillaba ante los papeles o ante la guita de un posible soborno para lucrarse a mi costa.
Los papeles son los que cantan –repetía el hombre una y otra vez sin venir a razón. ¿Por qué tengo que fiarme de usted, si tengo los recibos y las fotocopias que me dicen lo contrario? No hay mayor prueba que ha retirado usted el coche que este papel firmado de su propia mano.
Malhumorado y harto de escuchar la cantinela de este hombre disfrazado de apisonadora, abandoné el depósito municipal. Volví de nuevo a las inmediaciones del estanco del Garrampón para comprobar si tal vez me hubiese confundido, y no fuese el C-4 el coche retirado por la grúa. En el trayecto tuve tiempo de recordar algunas de las cosas que en la carta le decía a Juanita:
Juanita, he llegado a esta determinación, movido precisamente por el amor que te tengo. Si seguimos juntos, más tarde o más temprano esta llama que nos une se apagará. Y para que ello no ocurra, y siempre dentro de mi te lleve encendida, prefiero separarme de ti ahora que las lumbres de tus ojos aún iluminan mi alma.
Y así, repasando la carta que aún llevaba en el bolsillo de la chaqueta, llegué a donde mal estacionado había dejado el coche.

Para mi sorpresa, el coche estaba allí. Y dentro, al volante, estaba también Juanita. Y oí salir de su boquita de pera en dulce:
Sube, hombre, o ¿acaso no sabías que tu Juanita bien vale un coche?




sábado, 13 de junio de 2015

La vecina encinta





Catorce años hace ya que las alas del viento de un día de otoño aciago agitaron alocadamente las cabezas de un hombre de ojos atronadores y de una mujer de corazón torcido. El hombre era más bien un cuerpo sin alma y la mujer una pobre trastornada mental. Vivían ambos como matrimonio corriente y comedido en un barrio periférico de una gran ciudad donde la confusión y el hacinamiento proliferan como lo hacen los escarabajos en la humedad de las alcantarillas.

La mujer, desesperada por no tener un hijo que su carne estéril le negaba o porque el hombre no bien la preñaba, se moría de envidia, cada vez que, desde su terraza, veía en el patio de la casa contigua, a su vecina tomar el grávido sol con su barriga cada día más pronunciada, fruto de su feliz emparejamiento con un hombre mucho mayor que ella. Tan sólo hacía siete meses y medio que la joven vecina había sido tomada en matrimonio por este buen hombre, pero al parecer bastante desentendido de los pormenores del embarazo de su señora, ya que andaba todo el día fuera de casa con su carreta de mulas transportando hasta los topes cal viva y piedras de canto para el arreglo de caminos y veredas por los pueblos de alrededor. 

El abultamiento del vientre de la vecina día a día iba a más. La locura de la mujer de corazón torcido iba también en progresivo aumento. Sin dejarse ver, tras la persiana de cañas de su azotea, ésta no cesaba de espiar ni un momento a su vecina encinta. Era tal la obsesión que por su gestación sentía, tal era el apego y la intranquilidad que por la embarazada mostraba, que llegó incluso a sufrir en su barriga los malestares propios del estado de su vecina. Los antojos, los vómitos, las sacudidas y mareos, más los padecía ella en su cuerpo marchito, que la recién casada en su fresca y predestinada carne. El hombre de ojos atronadores llegó hasta decirle un día:
 ¿Mujer, no estarás tú también embarazada? 
Las palabras del hombre sin alma iluminaron como rayo destructor la también torcida mente de la mujer. Los dos en complicidad perversa se miraron y sin mediar palabra, hombre y mujer, se pusieron de acuerdo en su perversa maquinación. Luego pronto vinieron los simulacros: se abastecieron de fajas asfixiantes, pañales enredadores, compraron un moisés ricamente engalanado con encajes de medias lunas como alfanjes, elaboraron un pequeño andador con viejas incrustaciones zodiacales de plata, tejieron sábanas de muselina con estrellas de púrpura ensangrentada, consiguieron un melodioso sonajero por el que se escapaba el triste canto de los faunos recluidos en la espesura del bosque, hasta, para el día del acristianamiento, bordaron una blanca caperuza rígidamente almidonada de velas encendidas como hogueras en noche de brujas. 

Muy pronto llegó el día en que los dolores del parto de la joven vecina traspasaron la persiana de cañas y alertaron al hombre de ojos atronadores. A este le faltó tiempo para lanzarse desde su terraza a la alcoba de la parturienta, clavó un afilado cuchillo en la abultada barriga de la joven y con sumo cuidado sacó viva y plañidera a una preciosa niña de sus entrañas sanguinolentas. Luego el hombre se deshizo de la verdadera madre muerta. No la enterró en su jardín como hacen los asesinos corrientes, porque por supuesto no tenía jardín, así que se vio obligado a trocearla como si fuese un ternero sacrificado y tirarla poco a poco sin ser visto al cubo de la basura. 

Al cabo de un tiempo, la mujer de corazón torcido, a la que yo, engañada, tuve por madre unos años, muy arrepentida me contó la verdad de estos hechos. Luego esta desgraciada mujer me tomó una manía horrible, hasta que al poco murió de culpa. Mientras tanto el hombre de ojos atronadores se vio atraído por el bosque y me llevó consigo a su espesura, una cabaña escondida en el corazón de la selva, obligándome todos los días a devolverle con horribles trabajos y humillaciones las gracias por mi vida.