viernes, 21 de febrero de 2025
Gorrión electrocutado
No era lo mismo ruiseñorear lo que te daba la gana, (un salmo, el ángelus, maitines o una nana), que responsar tu propia defunción, atrapado por los cables eléctricos de aquel pentagrama incinerario. No era lo mismo celebrar la vida que antes de morir tenías y gozabas, ponértela por montera, que cantar electrocutado al dictado industrial de las Moiras insaciables.
Antes que el huevo del destino te alumbrara, mil y un día fuiste alma suelta y libre. Nada más nacer, pusieron delante de ti una partitura. El alba te inspiraba, y a la sombra de los días componías tus mejores melodías. Fuiste feliz antes que la sed y el hambre ulceraran los repliegues de tu orondo buche sensitivo. Antes que la fatalidad te etiquetara como consumo, jaula y mercancía, canción alegre fuiste a todas horas. Ya soplaran vientos, pintaran bastos, inviernos, dictaduras o calaveras, eras tú tu propio canto, cantando entre los cañaverales del río tu alegría.
Después de que murieras el canto libre se hizo esclavo. Los pinos del parque fenecieron, privados de tus trinos saludables. El hombre pisoteó la luna, y el planeta dejó de ser jardín y estrella, las plantas de biogás te secaron los ojos, enlodaron las plumas sonoras de tu pecho, la tierra pasó a ser cloaca, alpiste envenenado. Hoy ya no cantas. Eres especie extinta, garrapatea, una minúscula y repentina nota carbonizada entre los hilos de un pentagrama chamuscado, allá arriba en las alturas de un cielo gris inalcanzable.
jueves, 30 de enero de 2025
El vientre de los deseos
Cuando ella te dijo soy la parra-virgen, quiero cubrir el vientre de tus deseos, colmar de verde el hambre de tus hojas, perfumar el tálamo de tus fantasías..., se adentró en tus raíces..., y os desramasteis como el vino de las uvas.
Y en aquel tiempo, los pasos de vuestra alma a su morada primera se detuvieron. Tú removías con el arado los surcos de la huerta, y ella daba de beber a una flor primera que por vivir se desvivía. A la entrada de la casa, mirando al mediodía, junto a un hogar con chimenea, siempre os recibía aquel reloj de sol. Y una mañana en la que os quisisteis demasiado, le quitasteis su varilla, para que las horas se detuvieran haraganeando amor eternamente.
La vida fue para vosotros un fotograma. Siempre frente a aquel reloj parado. Los dos convertidos en estatua viva en la escena fija de aquel paraíso edénico. Reloj sin agujas, vientre y parra virgen. Y por encima de los tejados, hacia los cielos trepando por las rugosas paredes, las hojas incansables de vuestros sueños.
Una tarde, al caer el sol, el ángel exterminador puso en marcha el tiempo, ajustó en su sitio el nomon, puso con su espada aquel reloj en marcha. Y el destino, el azar, los mayas, Ptolomeo, o lo que fuese, os llevó por otro camino. El sol se posó en vuestras caras. Os convertisteis en historia sepia y cuarteada. Empezaron a contar los segundos. Tocaron arrebato los minutos, el invierno, los lumbagos. Y los dos, abrazados, mirando de nuevo el sur, a la espera del dulce ocaso.
viernes, 22 de noviembre de 2024
Último adiós
Último día en la huerta. Frente al amanecer. Aquí, volví a nacer hace más de cuatro lustros cuando me jubilé y me vine a vivir a este apartado rincón callado. No nace uno cuando lo pare madre, puede hacerlo también en la flor de la vida, cuando accede a un mayor conocimiento. Y algunos, más tardíos, sólo vienen al mundo cuando fallecen.
Y antes de mudarme a la ciudad, la tierra removida desde sus entrañas me mira compañera y con trémula ternura, al igual que el sol saliente, por encima de las moreras que dan al paso de regantes. El mudo aroma del galán me niega su perfume, malhumorado por mi marcha. Amarillea de tristeza el verde de los naranjos. Y ya no sé quién llora, si soy yo, o es la higuera, el nogal, la madreselva o el hinojo.
Durante todo este tiempo viví en este próvido lugar el susurro de la noche, la danza de los cipreses al son de la brisa de la tarde, el bálsamo del laurel, el vuelo confiado de las tórtolas al mediodía, las sombras de la parra sobre la pared blanca del cuarto de aperos... Ellos me enseñaron a leer la huerta. Más aprendí de la madre tierra, que durante todos los largos años de mi laborioso noviciado. Desventajado discípulo fui de magistrales lecciones sin sustancia por boca de licenciados, eméritos laureados. No era capaz entonces de dar con los lindos senderos por donde el alba, la estrella polar, o la primavera se paseaban y fluían. Perdido navegaba sin orientación alguna. Sin distinguir un pimiento de un tomate, un conejo de una gallina. No sabía de lunas, ni de puntos cardinales. Privado anduve durante sesenta años sin saber de la sabia ingeniería de los pájaros; ciego, ante el purpúreo ocaso de un atardecer apasionado; apático, ante el brillo de la eterna mirada del olivo; indiferente al repunte gozoso de las yemas del almendro. Arisco al meloso azul del aire; sordo a la música de la acequia, al amarillo de los vinagrillos. Por mí corría el tiempo insípido al igual que corren los días frente a la tumba de los muertos.
Esta mañana, me levanté raudo a la par del gallo y el lucero. Cogí este cuaderno como si fuera una caja de las tantas que poco a poco hemos ido llenando para mudarnos al centro. Intento meter en ella todo lo que durante estos años he ido acumulando: el olor del orégano, los colores encendidos del otoño, el sabor grato y áspero de las nueces y el membrillo, el sembrado de la alfalfa, el sudor y la recogida de las patatas, y hasta los desengaños tras el granizo y la filoxera. Todo lo he querido guardar en esta caja. Vano intento. Una solemne tontería. No nació este cálido y generoso trozo de tierra para ser encerrado entre rejas cual un criminal confeso. ¿De qué me serviría coger una a una todas las granadas del árbol, los racimos de la uva, encerrar los cuatro gatos que fieles me han acompañado besándome los pies durante mi carnal y descansada estancia en este sensual roal bendito? Las gallinas y las flores se asfixiarían metidos en el avaricioso baúl de mis pertenencias. Todo debe quedar aquí, florecer donde fue plantado. ¿O es que acaso si me llevara conmigo todas las flores del rosal de la entrada no me odiarían por arrancarlas de su paraiso? Nunca más cierto aquel lema de Proudhon, la propiedad es un robo, sino referido a la naturaleza. Nunca, de las muchas patatas que arranqué, de las coles que planté, ninguna se me resistió, todas ellas se me entregaron dadivosas. Justo es que yo no le arrebate ahora a esta tierra el derecho a seguir luciendo su fértil manto donde ella quiera.
Y lo que al principio creí que este último adiós me iba a resultar lastimoso y triste, heme aquí que me siento reconfortado y agradecido. El separarme de este huerto en nada me sabe a pérdida; al contrario, esta pequeña parcela de tierra me enseñó a vivir libre y desprendido. Ninguno de mis preceptores anteriores con sus títulos e ínfulas y acumulados méritos supo hacerlo. La huerta me enseñó a ver en un solo punto de la circunferencia el universo entero. Una vulgar calabaza alberga dentro de sí el agua, el sol, el tiempo, el carbono..., todo lo que la vida precisa.
martes, 12 de noviembre de 2024
Mar, amor y muerte
Mi madre le ha dicho esta tarde a mi padre de ir a la playa. Por casualidad se han sentado frente al espigón, en la misma roca que yo estuve llorando a lágrima viva la pérdida de aquella chica que se alejó de mi vida como el destello fugaz de un meteorito en una noche de verano.
El llanto de mi madre se alimenta de la sal del agua; y mi llanto y el suyo y el de Belisa confluyen en la misma ola, un largo abrazo de amor que se desliza perdiéndose en el horizonte del infinito de la tarde. En su delirio mi madre toca el agua con su mano y de pronto siente un escalofrío muy grande por todo su cuerpo, siente en la misma piel del agua mi propio cuerpo sepultado bajo el agua de la albufera.
domingo, 27 de octubre de 2024
Sé que me estoy muriendo
Estamos en otoño, tiempo para el ensimismamiento.
Las hojas-amarillas-muertas alfombran los alcorques de las moreras de la plaza Y ante esta visión no sé si esperpéntica, simbólica o romántica, el muerto en vida divaga sobre su propia muerte. Ya lo dijo no sé quién: para aprender a vivir, antes hay que morir un montón de veces.
Un día atroz. Llueve a cántaros. Siempre llueve cuando las campanas tocan a muerto. Las nubes se han conjurado, escupen chispas. Un día malo para morir. No hay día bueno para diñarla. La muerte es una injusticia. No hay muerte de calidad, muerte digna, ni buena muerte, ni santa compaña, ni leches. Los ojos se le salen al aprendiz de muerto de sus cuencas. Le falta el aire. Pide ayuda con voz desgarrada. Quieren ahogarme. Alguien le pone una careta de oxígeno. Desesperado la tira contra el suelo. Verrà la morte e avrà i tuoi occhi. (Cesare Pavese). Su ululante mano busca un enlucido donde agarrarse. No hay clavo ni pared alguna. Cual segador tras la dura jornada se limpia con los huesos del dorso de la mano el sudor frío que le quema la cara. Clama a los cuatro vientos sé que me estoy muriendo. Pero no quiere irse. Intenta levantarse, huir, escapar del sepulcro-cama, atravesar a nado hasta la otra orilla del río Segura. ¿No veis que me arrastra el Hades? ¿Nadie me va salvar de esta piraña que me come por los pies? Pegadme un tiro, antes que mi carne se muera por las dentelladas de esta mortal alimaña.
Y después de muerto, por favor, desenterrarme. Me da miedo la oscuridad. Dejadme mejor secar al viento como los pimientos choriceros.
martes, 22 de octubre de 2024
Desde los barrotes de la buhardilla
Desde los barrotes de la buhardilla observa trascender el tiempo. El tiempo huye hacia las nubes etéreas. Siente en la distancia, en el espacio que le une al horizonte desdibujado-color-plata-plomizo, el latir de su corazón prisionero al compás de la respiración de las cañas del río que cubren con su verde el silencio del amanecer.
Desde la terraza de la buhardilla lanza sus ojos hacia los límites sinuosos de las montañas-murallas del pueblo. El tiempo, compañero callado, impasible, le hermana con la historia, sus coetáneos. Compañero inseparable de conciencia, viajes y trastadas. El tiempo le sumerge en el masoquismo placentero de este calabozo. Si se librara de su secuestrador el tiempo, irremediablemente de bruces daría con la muerte, a no ser que el fin del tiempo fuese la puerta de la vida, pero esto es otro cantar: el canto de la fe y la esperanza. Se mantiene en la duda. Quisiera por mucho tiempo, seguir siendo hijo de esta Tierra. Que su respiración se confunda con la función clorofílica de las cañas del río allá abajo en el barrio de Santa Rita, que su corazón tiemble con el resoplar del viento entre sus hojas.
Es el tiempo su dueño, marca su edad y su memoria. Su existencia se le hace necesaria como un Dios por encima de todas las cosas. A pesar de estas tajantes afirmaciones, no está seguro de nada. Duda e ignora todo acerca de la naturaleza del tiempo, de la naturaleza de la misma Naturaleza y de la naturaleza de su limitada naturaleza como ser humano. Sin el tiempo no estaría vivo. El mismo día que vino al mundo se quedó a vivir con él. Desde entonces el tiempo mueve cada uno de sus pasos. Es su alma, el aire que respira. Aunque su compañía no siempre le resulta grata, sobre todo cuando le muestra su cara más fea, y le hace llorar de rabia. Pero prefiere su presencia respetuosa y callada a la nada de su existencia. No es un extraño. Pero de tanto verlo, ni lo siente, ni lo nota. Ni siquiera sabe si existe. Pero si no lo tuviera, seguro que la tierra que vive desaparecería bajo sus pies sedientos.
domingo, 13 de octubre de 2024
La exuberancia triunfal de la parra muda
Lleva más de un mes tentándole la escritura. Impertinente le sigue el lápiz y su cuaderno. Y él, ¡ni caso! … Y pasan los días sin dar un palo al agua.
¿Inapetencia, tedio, vacío? Y se entretiene con cualquier cosa; pero nada le llena. Precisamente este abandono, que para otros podría ser desapego y calma, para él es frustración y desgana. Le cansa el escribir. Un pimiento le importa que la tierra reviente, que el sol se muera. Todo le es ajeno. Tampoco se encabrita, (¡que ya es decir!), viendo la estupidez de un cómico besamanos en el salón de un acrónico trono real en un día arrogante llamado Hispanidad.
El escritor está harto. Harto de contemplar auroras prometedoras, atardeceres románticos. Harto de mirar el rojo de la buganvilla, el vuelo prudente de la tórtola, la paciencia de los gatos, de sus relatos sin fuste, de la sabiduría de los cipreses, de la triunfal exuberancia de la parra muda… de la sumisa fidelidad de su perro longaniza…
Alguien viendo al escritor tan deprimido acude en su ayuda. Le viene a decir que sepas que la escritura podría devolverte el ánimo. Y este consejo amigo le sabe a cursi tontería. Y se dice para sí: ¡Será más bien al contrario! Ánimo es lo que necesito para escribir, ánimo y tener algo que decir. Y visto lo visto no se me ocurre nada que merezca la pena.
martes, 28 de mayo de 2024
Spain is different
Mojácar a finales de la década de los setenta.
Frente al mar busco una piedra. Desisto. Todas aplanadas, limadas por las eternas olas, sin base alguna sobre la que poder sentarme. Lo hago a culo pelado sobre la arena. Estoy entre el mar y la montaña. Al mar lo llaman El Cantal. Y a la montañas, Mojácar. Este pueblo de inmaculada cal blanca esconde en sus entrañas sustratos de negra estampa: hambre, angustia y paro. Rastros morenos y curtidos por el sufrimiento, reclamo humillante de un turismo avasallador. Gentes que un día tuvieron que salir para Alemania y Francia en busca de trabajo. Y ahora de nuevo, a su regreso ven como aquellos mismos extranjeros son los campeadores de su añorada tierra natal. Desposeídos de sí mismos.
Mojácar, aldea embrujada y moruna, saludable y maldita. En ella guiris, allende de los mares, se sienten a gusto, parecen sus amos. Empinadas calles a lomo de un borrico. Cantidad de casas en ruinoso estado. Sus cimentaciones fallan por el salitre y la humedad de la montaña. Tiendas de suvenires, innumerables puestos regentados por los lugareños ofrecen al visitante llaveros, ceniceros abanicos y sombreros de paja… Todos estos objetos están marcados con el emblema del Indalo, amuleto que los nativos de esta tierra eligieron para protegerse de la enfermedad y de su mala suerte.
Llaman a este recodo de playa El Puntazo. Y al igual que el agua vierte fuera toda la porquería, plásticos y basura que el mar escupe sobre la arena, yo me dedico a escribir para sacar también de mí lo que me recome por dentro. Levanto mi vista de este cuaderno de grafías sangrantes. Y junto a mí descubro a mi adorada Venus con sus dos senos felices frente a la brisa de la tarde. Abrazo a mi compañera y ambos nos sumergimos en el mar azul y bravo de la Mojácar negra, blanca y mora.
sábado, 25 de mayo de 2024
La margarita de la suerte
Durante un largo tiempo te rondó la escritura impertinente con su pluma florida de mentiras y promesas. No tuviste suerte. La última vez, lo hiciste para escribir una esquela de la que nunca tuviste respuesta. Te invito, amor, a tomar un café en el Nelson. ¡Qué mal te salieron aquellas palabras escritas! ¿Motivos de agenda? ¿Paradero desconocido? ¿Excusas falsas? O a lo mejor, te faltaron agallas para ser más explícito y convincente, y hacerte oír por aquella chica de tus sueños. Tus palabras nunca dieron fe a tus deseos. Tu verbo jamás se hizo carne. Nadie acudió al conjuro de aquel tu primer escribir estéril.
Desde entonces, desengañado, no diste pie con bola. Ferido de ausencia y llagado de las telas del corazón quedaste cual El Caballero de la Triste Figura.
Las hojas de tus letras se morían antes de nacer. Arrojaste pues el teclado al río. Y con los folios de tus borradores prendiste fuego a los rastrojos y la hojarasca. Cambiaste tu escritura por el campo.
Y te detienes ahora en el olivar. Repasas y remiras las diminutas flores de sus uvas esperanzadoras. Cuentas los albaricoques que hay en el árbol. Acaricias el amarillo de los dientes de león que salen complacidos a tu encuentro. Una trinidad divina de pinos se retoza bajo el azul del cielo. Llenas un capazo de restos de rábanos y zanahorias para las gallinas.
El sol de la mañana enjalbega de luces los surcos de la tierra recién labrada. Gorriones alegres e inquietos corretean en busca de las semillas tras la última siega. El campo es amplio. Ociosa tu mirada. Te distraes suspendido, perezosamente atrapado allá a lo lejos, abducido por la sequedad del monte Horeb. Paz y silencio. La paz y el silencio que nunca te regaló tu escribir repelente, doloroso y yermo, te amodorra ahora el alma. Un sol blanco te engandula la mente. Plácidas cabezadas. Y el vacío a destiempo de un sueño dulce te hipnotiza. Poco a poco convertido quedas en tierra fértil. Y te entregas sin resistencia alguna a perder el tiempo mirando una lagartija paciente como una piedra. La lagartija aguarda a una mariposa. Y tú al igual que ellas, quieto esperas por ver si te sorprenden deshojando la margarita de la suerte.
martes, 30 de abril de 2024
De la miaja de la nada
Tu mayor asombro no es ver surgir del espíritu creador del ser humano una obra realmente bella y maravillosa, sino contemplar extasiado cómo de una diminuta y humilde semilla, cual de una simple paleta, brotan verdes, amarillas flores, luces que pronto inundarán de rojos reventones esta barraca de cañas que son tus ojos pitarrosos. En lo inesperado está el encanto y la sorpresa.
Lo normal es que de una mente ingeniosa resulte un motor que vuela, un submarino, un puente, un rascacielos, un molinillo de café o una bicicleta. Pero lo realmente extraordinario es que en un mísero y oscuro trozo de huerta nazcan y luzcan generosos y ricos manojos de tomates, sabrosa ensalada que al mediodía será merecido sustento para robustecer tu vista en declive. El mundo entero anda falto de vitamina A.
No es sobrecogedor ver fluir de las manos del demiurgo un universo infinito, un mar de estrellas de difícil comprensión y alcance. El milagro está más bien en contemplar el adolescente beso con el que Apolo enciende el primor de una mata de tomates. Ver cómo una bandada de soles se alza y resucita del vientre humilde y oscuro de una virgen al alcance de todos. He ahí donde está el origen de la conversión humana. Si la tierra es capaz de producir esta maravilla, ¿por qué los humanos nos ocupamos en enmerdar aún más esta preciosidad que se nos dio en prenda?
Es normal ver cómo del poder de un emperador emergen palacios y templos, reinos y grandes ejércitos de terracota. Pero lo realmente admirable y milagroso es ver cómo de la miaja de la nada crecen lustrosos los tomates de la huerta.
martes, 16 de abril de 2024
Dios al teléfono
Para justificar mi negativa te dije: Es que yo no creo. Soy alérgico a los absolutos. Y al vislumbrar a través del auricular la extrañeza en tus ojos amarillos caí en la cuenta de mi orgullosa desconsideración. Además de escueto y tajante reconozco que mi aserto fue poco razonado. Yo mismo me escandalicé de mis propias palabras. Por lo que medio en broma de inmediato corregí: yo sólo creo a solas, en la intimidad. Y así fue como me declaré ante ti como un ateo creyente que reclamaba el derecho, (tal vez, cobarde y torpe), a seguir manteniendo en silencio mi duda ante la trascendencia.
Desde hace años me he mantenido al margen de estos encuentros relacionados con el compromiso de la fe. Han pasado ya muchas lunas, pascuas y semanas de pasión desde aquella llamada tuya anónima y desconocida. Y nuestra pretérita conversación telefónica, una vez remansada en la serenidad objetiva del tiempo, vuelve hoy de nuevo sin la presión de tu invitación perentoria. Y lo primero que me viene a la cabeza es esta consideración que te hago llegar vía email:
¿Acaso para seguir vivo, para que mi vida tenga sentido, necesito creer en Dios? Lo mío ahora es la tierra, el monte, el río, el clima, la paz, las flores, el camino, la sostenibilidad del planeta… ¡Pero, vale, mi amigo desconocido y anónimo, creamos en algo, pero algo concreto, razonable y sensato…! Entonces mi fe ya no serías tú. La fe sólo sería una herramienta para aceptar la duda de tu existencia. La fe sería como la pértiga, el asidero del que se vale el funambulista para sortear su ineludible salto al vacío.
martes, 23 de enero de 2024
La higuera maldita
Esta mañana de pleno invierno mi sorpresa es ver los brotes tempranos de la morera. Y he querido de inmediato, (antes que este efecto impactante, de mi corazón y de mi mente se borrara), escribir sobre la imperiosa inercia de la naturaleza que no se arruga a pesar de la inclemencia humana que se empeña genocidamente por arrasar el planeta, su flora y sus gentes. Me pongo manos a la obra, sentado en mi ordenador, frente a la ventana por donde se cuela el vigor joven de los diminutos verdes del árbol, tratando de trasladar mi sentimiento intempestivo a la pantalla.
Pero no siempre uno escribe lo que quiere. Y vuelvo al principio para releer el resultado de mi redacción intencionada, y me encuentro con que nada de lo escrito responde a lo que yo apenas una hora antes había contemplado con esa esperanza placentera de ver por fin concluida tanta barbarie.
viernes, 12 de enero de 2024
Dolido de placer
Dolido estoy de ti, de tu infidelidad y de mis celos. Dolido de los poemas de tu pelo y de tu cara. Dolido de las estrofas de tu labio en rojo consonante. Dolido de ver sin ver el monte venus, tu sinuosa cima de esperanza azul y blanca. Dolido del brillo de tus orejas torneadas. Dolido de enjugar el barro de mis pies en el agua de tu azarbe, sin consuelo. Dolido de la canción del aire entre las cuerdas de los cipreses en el si bemol agudo de tu cuello en otro cuello.
Dolido de tu andar seguro y cimbreante entre los amarillos del trigo, la manzanilla y el olor lejano y cálido del membrillo. Estoy dolido y cansado de ver cómo me la pegas con tu nuevo amante. Dolido estoy, mujer, de las caricias que me niegas, del arte de tus manos de aromas y semillas en tierra extraña. Dolido de verme henchido de palabras sin estambres. Dolido de ver tus ojos en los míos, vacíos de margaritas al sol del mediodía. Dolido por tanta belleza, de los besos del geranio en otra boca. Dolido de tus romanzas, del polen de tu música en otro oído.
Dolido de ver tu casa ocupada por otro huésped. Dolido de placer por la ternura de tu cielo en los largueros de otra cama que ya no es mía. De nadie. Sólo tuya.
domingo, 8 de octubre de 2023
Vendo huerta
A estas alturas de su vida, como quien atraviesa un piélago profundo y no quiere hundirse en sus fangosas aguas, el huertano decide desprenderse de todo lo que en peligro pondría su paso al más allá. No es bueno morir de apego, en la abundancia. Mejor abandonarse, como decía el poeta, ligero de equipaje.
Más de veinte años ha vivido feliz disfrutando y penando de su encantada tierra, una pequeña parcela, cerca de una acequia enamorada, que aún salmodia saltarina sedientos y acuosos besos por su mozo-novio-el río. Las tórtolas y los gorriones, las chicharras, el susurro reluciente y callado del batir de las hojas del nogal, la siesta anticipada de un gato-zen a la sombra de una morera, atrio y baldaquino del agro-templo, los aromas adobados en verde azul de la hierba buena, el romero, el azahar, el sagrado silencio de los cipreses,… todo lo que por aquí crece y baila, su soledad sorda y querida canta.
Y el labriego decide, como esos ancianos y sabios elefantes, abandonar con todo el dolor alegre de su corazón, este locus amoenus, lugar plácido y tranquilo donde los haya. El hortelano cuelga ahora un cartel, estrella anunciadora, de una de las ramas de la sempiterna olivera que dice Vendo huerta.
Amontonaba la basura-fénix el labriego debajo de la higuera, la que linda con la caseta del perro, junto al extasiante galán de noche. En el invierno los naranjos se dormían muy temprano a la espera de la primavera. Y en verano las gallinas despertaban al alba perezosa. Esta mañana, como siempre, como lo seguirá haciendo hasta que le salga un comprador, fiel, capazo a capazo ha vaciado casi todo el pozo de la basura que el tiempo y el agua, transformaron en fértil abono, savia futura alrededor de cada árbol. Cada árbol tiene su propia alma, su originalidad y su peculiar firmeza. Él los llama por su nombre y ellos agradecidos le responden. Estos árboles le sobrevivirán, y esa es su envidia y orgullo. Ellos serán los que mañana le hablarán a sus futuros dueños. Los árboles como las naciones tienen su particular lengua materna. Las flores de sus yemas explosionadas hablarán a los ojos de quienes asombrados escucharán sus sinfonías en el auditorio de un abril esplendoroso. En verano, estos mismos árboles generosos serán alimento, sombra y refrigerio para sus nuevos huéspedes. Y en invierno, cuando el frío pesimismo de la escarcha se adueñe de sus mentes, la meditación y el silencio de sus troncos en oración contemplativa transferirán inteligencia y conciencia a otros moradores.
Ya no se siente con fuerza el huertano. Mantener la belleza de su huerto requiere empeño y brío. Ganas le sobran. Pero le faltan años. Piensa que a estas alturas de su vida él no está a la altura de lo que la tierra le pide: sudor y tiempo. Decide pues vender la huerta.
martes, 5 de septiembre de 2023
Cuando tú faltes
Cuándo tú faltes ¿qué será de esta tierra que has gozado?
¿Qué será del nogal y de su acogedora sombra sobre tu cuerpo cansado?
¿Qué será del albaricoquero pasión, de la danza de los cipreses, siempre atentos al silencio de lo alto?
¿Quién dará de comer al perro y las gallinas, quién labrará la huerta, quién guiará la enredadera por el encañado del camino?
¿Quién podará la olivera y colectará la paz de su reluciente oliva?
¿Quién colocará un tutor para que no cojee la infante lima?
¿Qué será del rojo de la buganvilla, del eterno azul de la alfalfa y la berenjena, del amarillo de la calabaza, de la flor estelar de la cebolla, del verde siempre joven de los naranjos..., si no hay nadie que los riegue cuando se pongan tristes?
¿Quién escuchará el canto de la acequia?
¿Qué será del azahar y la hierba buena? ¿Quién olerá su melodía? ¿Qué de las perlas del rocío de las coles, del oro bruñido de las panochas, de los ocres y morados de la parra en el crepuscular otoño?
¿Quién arrancará de la tierra las patatas antes de que se agusanen?
¿Quién, quién, quién…?
¡No llores por la huerta, hermano! Ella siempre tendrá a su lado alguien que la quiera. Un gorrión que le cante, un nido de merlas en las ramas de una morera. Un caminante que la envidie, que la mire y que la sueñe, un cielo azul que la abrace.
Llora más bien, por ti, huertano, que no sabes, si cuando faltes, alguien llevará flores a tu tumba.
jueves, 3 de agosto de 2023
La calor
Cuando como a una pasa la calor me acartona y me aplasta, cojo el abanico de esta libreta y me hago aire sobre la quemazón inclemente de un sol en plancha. Acuno palabras de vapor de agua sobre mi piel crispada.
Hay quienes cuando les pica el culo se rascan; a mí cuando me suda el alma, juego a los naipes colocando en fila palabras desbaratadas sobre la mesa de mi mal oficio.
Fiel a mi horóscopo de libra básico y adaptativo yo siempre me amoldé sin resistencia alguna al plan salvífico que la naturaleza me ofrece a través de la rotativa inclemente y loca de su cambio climático.
Cuando Hobbes me embiste con la inhumanidad de sus perros filosóficos, intranspirantes, o cuando como ahora la calor infernal atenaza mis dedos y estrangula mi mollera, los renglones de este cuaderno, bien deberían como barras de hielo refrescar de mi sudor su llama, ser vascular asiento, defensor de desesperanzas, descalabros, desencuentros… y de todo aquello que principie con des, como violencia de género, mujeres asesinadas, come mierdas y otros pectorosos y barbados pactos.
La noche pasada fue horrible, la calor insoportable. Imposible los sueños. Por mucho que yo ahora escriba que el fresco sopla cual vaso de horchata helada por mi garganta de sudor reseca, el termómetro hoy no bajará de los cuarenta. No todo lo que uno escribe es verdad, que el quod scripsi, scripsi del Prefecto Pilatos no ha de cumplirse por narices imperiales. Y es que, como decía también Ovidio, otro romano, (y Nasón por más señas): de las palabras escritas con las calores del estío no han de nacer las violetas. ¡Y más, con estos sudores de tinta que aprietan y me tienen cogida la sesera por los huevos!
Hoy, por más que me empeño, las pocas letras que de mí salen, se derriten como cera. La canícula salvaje de esta tarde tropical las convierte al momento en ceniza y humo. Fuego fundido rezuman las treintaitrés iletradas vértebras de mi cerebro-espinazo, negándome las mieles del arte literario.
Las tórridas temperaturas no siempre fueron propicias para la escritura. Dios hizo la calor, no para escritores y poetas, sino para las furtivas culebras roedoras de aquella cándida cierva de la que se enamorara Francesco Petrarca.
martes, 13 de junio de 2023
Cuanto más feo más hermoso
No se practica el sexo con el cerebelo, el occipital o las meninges. Tampoco hay que olvidar el dicho aquel: cuando la cabeza chica calienta, cabeza grande no piensa.
Esta noche te sientes perdidamente enamorada del alma de tu marido, pero quisieras verlo en el cuerpo de otro hombre más fornido. Andas pues dividida en dos amores. Amas locamente el alma encendida de tu pareja, pero a la vez rechazas su cuerpo un tanto afeado y frío. La fidelidad de por vida que un día le prometiste te dice que es difícil encontrar las dos cosas al mismo tiempo. Te conformas. Hacéis el amor.
Su trato es correcto, atento, cordial, aunque su físico no es del todo tal como quisieras. Adoras su interior; pero su cara, sus patizambos ojos, sus enclenques y extraviados brazos no te resultan del todo acogedores, atractivos. La naturaleza se explayó en dotarlo bello por dentro, pero descuidó planchar debidamente su exterior vestimenta. La camisa de sus huesos desnutridos le queda un tanto desajustada. A tu hermana le ocurre lo mismo, pero de manera contraria. Su marido es un cachas, pero su corazón es un desastre. Al suyo le falta alma; al tuyo, cuerpo. Uno anda sobrado de fondo. El otro escaso de forma.
Si tú, mujer, fueras hombre ¿desearías que se enamoraran de tu hermosa virilidad o de la sabiduría de tu mente? Y es que en los tiempos que corren no es verdad el dicho aquel de que el hombre como el oso, cuanto más feo más hermoso.
sábado, 10 de junio de 2023
El bastidor de Penélope
Sentada estás frente al corazón menopaúsico de la noche. Tienes mucho calor. Y sientes frío. Las mantas de la cama no abrigan las varices sombrías de tu deshilvanada y tiesa carne.
Tu barca sin su mástil se quedó varada. Estás sola. Sola, porque así lo desea tu naturaleza estéril. El sol se desparrama en flores y capullos a través de la ventana atravesada por tu vista indiferente.
Sobre el asiento de la silla baja, el bastidor desesperado, tal como lo dejaste aquella tarde enamorada de bordados de colores cálidos y ensoñadores en la que le dijiste que sí a tu hercúleo Ulises. La sombrilla, tras la puerta se desespera. No hay senderos de romero al trote azul de tus idas y venidas. No duermes y tampoco estás despierta. Miras la cortina arrepentida de tu castidad baldía, y te sientes triste y rota en las cenefas alicaídas de sus colgaduras.
miércoles, 24 de mayo de 2023
Lluvioterapia
23 de mayo. 18:30.
Tarde de lluvia fina aquí donde tú estás en lo alto de Las Balsas de Molina de Segura.
Mientras que allá en Cartagena la Dana se ceba anegando ramblas y jardines, sótanos y avenidas, castigando campos y plantaciones, tú te alegras por las tomateras revestidas por el brillo del agua que trepan alegres por su barraca de cañas en el Partior de las 25 tahúllas. Y te sientes partido en dos: entre el dolor ajeno y tu gozo al ver florecer de blancos y amarillos calabacines, zarzamoras y pimientos. No entiendes por qué la tristeza de unos, el llanto de los demás, puede ser al mismo tiempo tu canto. Te sientes culpable de ser feliz. La misma lluvia que se lleva por delante un trozo del alma de quien tenía su amor guardado en la tierra, es el agua que a ti ahora te alivia y calma.
La limpieza del exterior traída por la lluvia entra por tus ojos que se ensanchan claros al contemplar las hojas lavadas de la morera cuyas lágrimas son perlas para las bocas de unas muchachas que ahora ves pasar y se detienen bajo el árbol a degustar el ya morado de su fruto recién nacido. Y de pronto, no sabes si es tu vista cansada o tal vez estés equivocado y confundas los labios de estas dos jóvenes con el rojo de un beso invisible y apetecido, ardiente y deseado. Beso que se desborda llegando generoso y sobrado hasta el corazón de tus labios. El placer de las muchachas es también tuyo y del universo entero, lo mismo que es tuyo el dolor del agricultor que perdió sus melones allá por los campos de Cartagena.
La lluvia que hace crecer el sembrado, da de beber a gorriones y gusanos, gavilanes y palomas, es también alimento para los sentidos del alma. Pluvioterapia mística.
jueves, 13 de abril de 2023
El CO2 es un gas contaminante
Hoy
Dentro de cincuenta años, cuando este verde huerto en el que vivo sea un pastizal de rastrojos quemados por el efecto invernadero, y ningún cítrico quede en pie en toda la zona del levante, hubiese querido que García-Gallardo se arrepintiera de su palabras, dichas hoy precisamente a unos estudiantes: el CO2 no es un gas contaminante. No creo que el de VOX, como tampoco yo, ni los gorriones, ni las ranas de la acequia vivamos ya para entonces.
Ayer
Ayer llovió con gracia. Al igual que Micifuz me paré a ver la lluvia. Me acomodé tranquilo en el portal del porche junto al gato. Los dos veíamos el límpido brillo renaciente de las pequeñas hojas del limonero. El olivo, de tan florecido, parecía una sábana blanca blandiendo alegre sus plumeros blancos. El granado recibía sereno el agua caída del inocente cielo. Ni pulgones, ni cochinillas… Las telarañas con su pelusilla viscosa no enmarañaban el polen, las gemas de los pequeños brotes del manzano. El almendro tras su sacramental primavera expelía su recio aroma embobando a mariposas y abejas. Las cuatro gallinas correteaban felices entre la hierba, la tierra mojada en busca de lombrices y caracoles. Y en alguna parte del mundo dos gorriones acaramelados hacían carantoñas para sobrevivir eternamente entre los ramajes de una morera. ¡Ojalá siga lloviendo tan plácidamente durante muchos lustros!
Hoy no llueve. Ni ayer. Hace más de cuarenta años que no veo el alma del agua. Y tras aquellas apologéticas mentiras del negacionista climático ya nunca más fue posible el vierge, le vivace et le bel aujourdui cantado hace tiempo por Mallarmé.