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miércoles, 28 de enero de 2026

Ser virgen está de moda


Dice Pausanias en el Banquete de Platón:
El amor no se dirige sólo a los cuerpos, sino a las almas, y ama a aquellos en quienes la inteligencia empieza a manifestarse.
Confundir amor con juventud o vejez es un reduccionismo fácil y falso. El amor es imparable, no conoce muros ni fronteras, se eleva traspasando las cumbres más altas, y consigue alcanzar profundidades insospechables. Para los amantes no sólo el cuerpo o la edad es lo que importa. Su nobleza y su verdad es lo que cuenta. Basta que uno de ellos, no sobrepase los veinte para que el vigor de este pase al sexagenario, y los dos en este sistema de múltiples vasos comunicantes alcancen la media aritmética, los cuarenta cuadrados, la edad perfecta y bella de su prudencia lograda.

¿Entonces? Santa envidia -diría el viejo. O el amor quizá esté en la mente. Y ya se sabe que en cuestiones de años, la mente nos sorprende y miente. Que he visto yo abuelos que peinan canas y se sienten emprimaverados. Y al contrario, muchachos aún sin bozo con calvas de momias antediluvianas, licántropos menopáusicos a cuatro patas.

Pero el sexo, que hasta ayer fue sostén y acicate de la supervivencia de la especie humana, hoy resulta no ser tan imperativo y necesario. Según estudios proyectivos, (demografía, fertilidad, disponibilidad económica, recursos naturales, etc.) el algoritmo matemático resultante indica que, tras un tiempo de orgías, bacanales y optimismo, parece ser que vienen días de castidad modélica, de frigidez y pesimismo. Ante situaciones de miedo, desesperanza, catástrofes y porvenires inciertos solemos inhibirnos, retroceder, no aventurarnos por caminos no trillados.

Lux, el álbum de la contradicente Rosalía y la película reciente de Los domingos de Alauda Ruiz dan clara muestra de lo que hablamos, así como la proliferación de movimientos neocatemunales dentro de la iglesia católica caracterizados por su conservadurismo y posiciones sectarias, excluyentes y fundamentalistas. ¿Cuáles son los motivos íntimos que a una muchacha de 17 años, en pleno hervor, guapa y buena estudiante, llevan a desprenderse de las delicatessen de un mundo pletórico de bondades y placeres para convertirse en una monja de clausura?

Ante las respuestas inviables de un mundo absurdo y loco, hay quienes prefieren retornar al enamoramiento divino, volver al refugio de su clarividente soledad compensatoria. No creo que esta decisión, a todas luces respetuosa, les exonere del compromiso de dar la cara, responder a toda realidad injusta que requiere, (no sólo desde el punto de vista evangélico), una actitud de compromiso, acercamiento, empatía y solidaridad, más que de huida y escape. Ni en la séptima morada, (la unión plena y definitiva con Dios), debería sentirse a gusto el creyente, a menos que estuviera hermanado con los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren. (Concilio vaticano II).

Y volviendo al dios Dioniso, al dios de la fertilidad, no entiendo yo, ni sé de otra religión, decálogo ni credo que no sea la de amar sin fin al ser humano, de carne y mente fabricado, y así, desde la mortal cópula de un momento de pasión, elevar a inmortalidad deseo tan sublime y tan sagrado. ¡Me gustaría tanto que Virgilio, igual que a Dante, nos condujese a todos al Paraíso de Dioniso, y allí tomarnos eternamente un café o una rueda de churros con chocolate!

 

viernes, 9 de enero de 2026

Roscones con habas



Fui a la biblioteca para donar unos libros a cambio de ver colgada mi egolatría en el altar de sus estanterías. Y al salir de tan letrada y transparente basílica, me quedé impresionado del gesto modesto de un hombre cualquiera. Vestía bien, pulcro, sin colorido ni afeites. No olía a desodorante de salvia. No parecía ningún estrafalario, uno de esos chiflados excéntricos a quienes no les importa hacer el ridículo en plena calle mayor, después de unas festividades hartas de luces beodas y roscones con habas.

Me acordé de aquella otra escena de una biografía, Il Poverello d’Assisi, que yo leía en mi infancia piadosa, en la que se contaba el arrebatado impulso de Pietro Bernardone, un joven radical y convencido que renunciaba a su herencia y a su fortuna en favor de los desheredados. Y en plena plaza de Asís, (el que mañana se llamará Francisco), se despoja de todas sus ropas y pedrerías, quedándose completamente desnudo ante un obispo escandalizado, delante de su acaudalado padre ofendido, frente a nobles, mujeres, niños y curiosos, (tal como lo viera Giotto, aquel pintor florentino de la baja Edad Media), sin importarle nada el qué dirán. Todo un performance comprometido y realista, en aquel pretérito y recatado siglo XIII, al estilo descarado de esas atrevidas mujeres en topless de hoy, que reivindican la igualdad de género o cualquiera otra causa justa.

El hombre anónimo, que al principio me referí, ese que vestía formal y no se diferenciaba de ningún otro hombre, se detuvo bajo un árbol de la acera, se acobijó bajo su sombra. Dejó el móvil en el suelo, miró a lo lejos con parsimonia el horizonte, como si visualizara una presencia invisible, sagrada, y así ser contemplado y querido por esa visión callada y protectora que él creía que le amaba. Se situó correctamente en el espacio, en su sitio debido, como hacen los animales antes de disponerse a dormir, y hacemos también los humanos, que nos giramos sobre nosotros mismos, hasta encontrar esa postura digna y equilibrada antes de emprender una acción importante, como el soñar en medio de una noche oscura con ansias en amores inflamadas. Y una vez que este hombre normal se aseguró bien que su posición era la correcta, se descalzó, al igual que Moisés lo hiciera al pisar el monte santo, colocó sus zapatos en perfecta simetría junto a él, hincó sus rodillas en la dura baldosa, echó su cuerpo adelante, de manera que vino a tocar con su cabeza el suelo. Contemplé con cierto recelo su inusual postura: su cuerpo, en ángulo agudo abatido sobre la superficie, la Línea de Tierra, el duro pavimento de este mundo atravesado por la verticalidad de la proyección de la luz del mediodía. Y vi su figura proyectada sobre las cristaleras de la Biblioteca municipal de la que yo acababa de salir. Admiré su noble gesto de inteligente humildad. Humildad postrada, pero engrandecida y llena de espiritualidad. Un gesto impropio de un hombre normal de nuestra época.

No miré la hora en mi reloj, pero debería ser cerca del mediodía, esa hora misteriosa que los españoles llamamos siesta. Lo supe por la posición del sol, que caía perpendicular sin dejar que sombra alguna enturbiase ese momento. Ese momento sublime del día, quizá le trajera algún recuerdo, una indicación misteriosa. Y en medio de la calle aquella, entre los peatones a lo suyo, los niños alborozados con los juguetes que ayer unos reyes tuneados les pusieron al pie de una chimenea apagada, las amas de casa subiendo malhumoradas la cuesta de enero, la Avenida del Chorrico..., yo me maravillé de ver a este hombre libre, sin retraimiento alguno. Y me acordé de Adil, un viejo amigo que había venido a pasar con su mujer y sus tres hijos unos días a nuestra casa de la huerta. Al yo preguntarle cómo es que él sabía en todo momento dónde debía debía mirar y colocarse para sus adoraciones diarias del Salah, sacó su móvil y me mostró una aplicación. En la pantalla aparecía una circunferencia de la que de su centro, una flecha, después de oscilar unos instantes, se detenía, apuntaba un punto preciso. Y Adil, señalando por encima de la palmera que da allá por donde el sol cada día se levanta, me dijo: 
Allí donde la aguja señala ese punto del hemisferio solar, allí está la Meca mía, el Belén vuestro, la luna de Buda, el Muro de los lamentos de los judíos, y este templo al aire libre de una Tierra dadivosa espléndida para todos.
Y tanto entonces, cuando mi amigo argelino me reveló la generosa sacralidad de la tierra en aquel punto concreto en el que él se postraba para hacer sus adoraciones diarias, como ahora, al salir yo del templo de los libros, y ver a este otro hombre normal, de rodillas sobre el asfalto, agradeciendo no sé a quién, ni por qué, ni qué cosa, recobro yo el sentido del sinsentido de este tiempo y de este mundo que se ha roto completamente, que ha perdido la conciencia y la cordura, el derecho natural, su vínculo entre el pasado, el presente y el futuro, su discernimiento, ¡Ay pobres de nosotros, que ya no sabemos distinguir el bien del mal! Y como aquel poeta de Tierra baldía yo también me pregunto hoy: 
¿Por qué las raíces de los árboles ya no arraigan, ni sus ramas, ni sus hojas crecen hacia el sol que las alimenta y las guía?

domingo, 28 de diciembre de 2025

Próspero año nuevo



Mi fe anda resentida y quebrada. Apresado estoy por un pesimismo trágico. Tengo la sensación que la cadena de mi generación y aquella otra que me sucederá se ha roto definitivamente. El mutuo eslabón de nuestro engarce se ha quebrado. Entre mi pasado y el futuro no vislumbro continuidad alguna. En estos idus vertiginosos que corren, no preveo conexión entre lo bien que nos fue el ayer, y lo mal que le irá el mañana a nuestros hijos. O tal vez por suerte no ocurra así, y todo se deba a esta estúpida nostalgia de mi supina vejez agorera y engreída. Los mayores somos dados a consagrar nuestros tiempos viejos, a contar en altavoz nuestra idílicas batallas, como si quisiéramos dejar constancia en la historia que nuestros tiempos y costumbres fueron mucho mejor que los que les deparará el futuro a nuestros jóvenes. Tomás Moro lo dijo bien claro: La tradición no es la adoración de unas cenizas, sino la transmisión de una llama.

Quizá no hayamos sabido transmitir bien el legado a nuestros herederos. Trato simplemente de exponer esta intuición mía llena de dolor: abandono, miedo, inseguridad, desesperanza... Sospecho un porvenir amenazador y tenebroso, como si algo irremediable se estuviera fraguando. Mi mundo ya no será el mundo. Todo será peor y distinto. El bienestar de nuestros hijos no será mejor que el nuestro. Días adversos y apocalípticos se avecinan, no sólo en política, sino en todos los ámbitos de la vida.

Mi padre, hombre alegre y optimista, en estas fechas de fin de año solía escribir con letras de jabón en los cristales de su barbería: Les deseo, señores clientes, un próximo y próspero año nuevo. Yo tampoco pues debería admitir que nada de lo que fuimos desaparecerá del todo.  

Existe en las cosas, en el mundo, en la sociedad, en la cultura en general un poder profundo, una fuerza creadora, ese élan vital del que hablaba Bergson, que nace del interior, y que se abre paso como instinto irreductible. O con palabras también de Teilhard de Chardin, (L´Étofee des choses): ese tejido de las cosas donde la materia camina hacia una mayor conciencia, hacia el Punto Omega, donde materia y espíritu convergerán en una nueva humanidad universal, climática y cósmica. 

viernes, 20 de junio de 2025

Mirar el fuego



Hay quienes con sólo mirar el fuego, oler una rosa, contemplar el tejer de una araña, ver parir una cabra, se les abre el culo, que es lo mismo que decir, pero de forma más relamida, que se les deshincha de gozo el alma.

Pues bien, a mí me pasa lo mismo cuando veo mi nombre escrito aunque sea en el mármol de mi tumba. Hay quienes presumimos de nuestro nombre en las tapas de un libro, al pie de unos versos, en las redes sociales. Y cual narcisos ante el espejo de una charca se nos desparraman las carnes y nos relamemos de gusto, saboreando cada una de nuestras letras impresas en la fragilidad de un papel o en la vulnerabilidad digital de una pantalla. Presumimos de amigos miles, que ni conocemos ni sabemos cómo se llaman.

Mi amigo no es escritor, ni siquiera grafitero, es un analfabeto confeso, por eso no siente esas ganas infinitas de inmortalizarse en unos grafemas para él ininteligibles y perecederos. Aunque le diesen hechas ya sus letras de molde, ni sabría siquiera ponerlas en orden. Mi amigo la única inmortalidad que conoce, que vive y que siente como un orangután que se come feliz un plátano a media mañana en medio de la selva virgen, es vivir el presente sin hipotecas ni avales. 

Mi amigo se escandaliza de aquellos que en aras de la perpetuidad, los anales de la historia, la memoria...  nos privamos, o al menos no nos gozamos con observar el impecable tejido de una araña, presenciar el parto de una cabra, oler una rosa, contemplar, abrigados en una noche de frío, los sueños del fuego, frente a la chimenea de un mundo que se autoconsume a sí mismo.

miércoles, 28 de mayo de 2025

Olor a higuera



Salí a caminar por los sotos filosóficos del río, allá por donde antiguamente, a su paso por Molina, el tren hermanaba Murcia (capital) con la ciudad de Caravaca. Esta ruta, hoy convertida en Vía Verde para peregrinos devotos, atléticos senderistas, viandantes solitarios...., la utilizo yo también de vez en cuando para ponerme en paz conmigo mismo, aclarar mi vista ante la actual confusión beligerante, desenredar mis pensamientos... Y me paré a contemplar esta monumental higuera que me sorprendió afable con sus buenos días. Y quise yo encontrar un adjetivo que mejor definiera el olor a higuera. Pero la vi tan subida y ebria del resplandeciente cielo, que me contagió su borrachera..., y no supe a qué olían sus apacibles hojas.

El calor adelantado de la última semana de mayo pintaba brillante el verde turgente de sus nutridos pámpanos. Y el aroma original que exhalaban sus ramas, cargadas de alas, polvoreaba mis narices curiosas. El olor no era nuevo, me traía recuerdos de infancia, de cuando acompañaba a mi abuelo al malecón, por senderos de sisca, huerta y agua..., hasta que llegábamos a un pequeño trozo de tierra de rento, donde otra higuera nos recibía, nos abrazaba como madre que espera a sus hijos sudorosos de regreso a casa con la cántara de agua dispuesta y fresca. Él con su legón al hombro, y yo, con mis cuatro años apenas, agarrado de su mano maternal. Y lo mismo que el fuego, ayer de la tahona, exhalaba bendito su olor a pan, cuando pasaba por delante del horno del callejón ancho, hoy el aroma de la higuera... lo siento, pero por más que lo intento, no consigo dar con el nombre que mejor se preste para definir su viva esencia. Y rebusqué en vano por mi memoria aromas distintos, apropiados, específicos que atrapados quedaron entre los pliegues acartonados de mi cerebro a lo largo de mi áspera y a la vez perfumada vida. Si dulce decía, no me cuadraba; si amargo, me sobrepasaba; si agrio, me excedía. Y así un buen rato.... Hasta que aburrido me dije:
Los muertos huelen a muerto. La vida huele a vida. Y esta higuera en verdad a lo que huele es a higuera. Y este olor que siento es el que mejor le sienta. Las cosas huelen a lo que son.

 

lunes, 19 de mayo de 2025

El niño y la flor


Ignoro si a vosotros, a mí me ha ocurrido esta mañana recién levantado. Sin todavía tiempo para una experiencia desfavorable, suaves lágrimas brotan de mis ojos. No soy yo quien llora, es mi cuerpo el que lo hace por su cuenta. ¡Tendrá sus motivos! -digo yo. Y al ver mi cuerpo, envuelto con su barnizado llanto de aguas tristes, me contagio y solidarizo, y lo abrazo, y me dice agradecido: Noto como si yo fuera una máquina que se ha quedado sin fuel. Y necesito purgarme a base del combustible del llanto para seguir viviendo. Desahogo de un cuerpo reprimido que siente la ternura de un dolor desconocido, invisible y no, por ello, menos cruel. La inconsciencia lo hace, si cabe, más agradable o dolorido.

Salgo al jardín y veo en los ojos de una flor dos gotas de rocío. No sé si congraciarme de su belleza o llorar con ella su tristeza. Y un niño a contracorriente y aburrido, camino de la escuela, se detiene delante de la flor. Los dos, misericordes, se miran. Y como no estoy loco, no le pregunto al pequeño ni a la rosa por qué lloran... ¿o tal vez ríen? Y sin preguntar yo nada, no tardaron en responderme que ellos tampoco lo sabían. Que le preguntara a la esfinge de Tebas. Así lo hago. Y el león alado a la puertas del templo de Luxor me dice:
Aquí soy yo quien hago las preguntas. Con todo, dada vuestro confusión e interés, haré una excepción: El grado de madurez de las cosas y las personas consiste en no distinguir el llanto, de la alegría; la vida, de la muerte.
Luego quise confirmar la respuesta de la Esfinge, y me dirigí al museo donde Alberto Greco exponía alguna de sus creaciones. Me paré a contemplar El niño con sombrero sentado sobre una piedra delante de la flor. Y le pregunté al artista si la flor y el pequeño Claudio lloraban o reían. Depende, -me dijo- de cómo los contemple quien los mire. Y vi su cara como si acabara de salir de una fecunda relación carnal. Y noté que mi pregunta le satisfizo sobremanera, como si él mismo quisiera que su obra siguiera alimentando la imaginación de los admiradores de su obra. No olvidemos que Alberto Greco, el poeta de lo vivo (así lo llamaban), antes de morir pintó sobre su mano izquierda la palabra Fin, y sobre la pared: Esta es mi mejor obra.

viernes, 21 de febrero de 2025

Gorrión electrocutado


 
No era lo mismo ruiseñorear lo que te daba la gana, (un salmo, el ángelus, maitines o una nana), que responsar tu propia defunción, atrapado por los cables eléctricos de aquel pentagrama incinerario. No era lo mismo celebrar la vida que antes de morir tenías y gozabas, ponértela por montera, que cantar electrocutado al dictado industrial de las Moiras insaciables.

Antes que el huevo del destino te alumbrara, mil y un día fuiste alma suelta y libre. Nada más nacer, pusieron delante de ti una partitura. El alba te inspiraba, y a la sombra de los días componías tus mejores melodías. Fuiste feliz antes que la sed y el hambre ulceraran los repliegues de tu orondo buche sensitivo. Antes que la fatalidad te etiquetara como consumo, jaula y mercancía, canción alegre fuiste a todas horas. Ya soplaran vientos, pintaran bastos, inviernos, dictaduras o calaveras, eras tú tu propio canto, cantando entre los cañaverales del río tu alegría.

Después de que murieras el canto libre se hizo esclavo. Los pinos del parque fenecieron, privados de tus trinos saludables. El hombre pisoteó la luna, y el planeta dejó de ser jardín y estrella, las plantas de biogás te secaron los ojos, enlodaron las plumas sonoras de tu pecho, la tierra pasó a ser cloaca, alpiste envenenado. Hoy ya no cantas. Eres especie extinta, garrapatea, una minúscula y repentina nota carbonizada entre los hilos de un pentagrama chamuscado, allá arriba en las alturas de un cielo gris inalcanzable.


jueves, 30 de enero de 2025

El vientre de los deseos




Cuando ella te dijo soy la parra-virgen, quiero cubrir el vientre de tus deseos, colmar de verde el hambre de tus hojas, perfumar el tálamo de tus fantasías..., se adentró en tus raíces..., y os desramasteis como el vino de las uvas.

Y en aquel tiempo, los pasos de vuestra alma a su morada primera se detuvieron. Tú removías con el arado los surcos de la huerta, y ella daba de beber a una flor primera que por vivir se desvivía. A la entrada de la casa, mirando al mediodía, junto a un hogar con chimenea, siempre os recibía aquel reloj de sol. Y una mañana en la que os quisisteis demasiado, le quitasteis su varilla, para que las horas se detuvieran haraganeando amor eternamente.

La vida fue para vosotros un fotograma. Siempre frente a aquel reloj parado. Los dos convertidos en estatua viva en la escena fija de aquel paraíso edénico. Reloj sin agujas, vientre y parra virgen. Y por encima de los tejados, hacia los cielos trepando por las rugosas paredes, las hojas incansables de vuestros sueños.

Una tarde, al caer el sol, el ángel exterminador puso en marcha el tiempo, ajustó en su sitio el nomon, puso con su espada aquel reloj en marcha. Y el destino, el azar, los mayas, Ptolomeo, o lo que fuese, os llevó por otro camino. El sol se posó en vuestras caras. Os convertisteis en historia sepia y cuarteada. Empezaron a contar los segundos. Tocaron arrebato los minutos, el invierno, los lumbagos. Y los dos, abrazados, mirando de nuevo el sur, a la espera del dulce ocaso.

viernes, 22 de noviembre de 2024

Último adiós


Último día en la huerta. Frente al amanecer. Aquí, volví a nacer hace más de cuatro lustros cuando me jubilé y me vine a vivir a este apartado rincón callado. No nace uno cuando lo pare madre, puede hacerlo también en la flor de la vida, cuando accede a un mayor conocimiento. Y algunos, más tardíos, sólo vienen al mundo cuando fallecen.

Y antes de mudarme a la ciudad, la tierra removida desde sus entrañas me mira compañera y con trémula ternura, al igual que el sol saliente, por encima de las moreras que dan al paso de regantes. El mudo aroma del galán me niega su perfume, malhumorado por mi marcha. Amarillea de tristeza el verde de los naranjos. Y ya no sé quién llora, si soy yo, o es la higuera, el nogal, la madreselva o el hinojo.

Durante todo este tiempo viví en este próvido lugar el susurro de la noche, la danza de los cipreses al son de la brisa de la tarde, el bálsamo del laurel, el vuelo confiado de las tórtolas al mediodía, las sombras de la parra sobre la pared blanca del cuarto de aperos... Ellos me enseñaron a leer la huerta. Más aprendí de la madre tierra, que durante todos los largos años de mi laborioso noviciado. Desventajado discípulo fui de magistrales lecciones sin sustancia por boca de licenciados, eméritos laureados. No era capaz entonces de dar con los lindos senderos por donde el alba, la estrella polar, o la primavera se paseaban y fluían. Perdido navegaba sin orientación alguna. Sin distinguir un pimiento de un tomate, un conejo de una gallina. No sabía de lunas, ni de puntos cardinales. Privado anduve durante sesenta años sin saber de la sabia ingeniería de los pájaros; ciego, ante el purpúreo ocaso de un atardecer apasionado; apático, ante el brillo de la eterna mirada del olivo; indiferente al repunte gozoso de las yemas del almendro. Arisco al meloso azul del aire; sordo a la música de la acequia, al amarillo de los vinagrillos. Por mí corría el tiempo insípido al igual que corren los días frente a la tumba de los muertos.

Esta mañana, me levanté raudo a la par del gallo y el lucero. Cogí este cuaderno como si fuera una caja de las tantas que poco a poco hemos ido llenando para mudarnos al centro. Intento meter en ella todo lo que durante estos años he ido acumulando: el olor del orégano, los colores encendidos del otoño, el sabor grato y áspero de las nueces y el membrillo, el sembrado de la alfalfa, el sudor y la recogida de las patatas, y hasta los desengaños tras el granizo y la filoxera. Todo lo he querido guardar en esta caja. Vano intento. Una solemne tontería. No nació este cálido y generoso trozo de tierra para ser encerrado entre rejas cual un criminal confeso. ¿De qué me serviría coger una a una todas las granadas del árbol, los racimos de la uva, encerrar los cuatro gatos que fieles me han acompañado besándome los pies durante mi carnal y descansada estancia en este sensual roal bendito? Las gallinas y las flores se asfixiarían metidos en el avaricioso baúl de mis pertenencias. Todo debe quedar aquí, florecer donde fue plantado. ¿O es que acaso si me llevara conmigo todas las flores del rosal de la entrada no me odiarían por arrancarlas de su paraiso? Nunca más cierto aquel lema de Proudhon, la propiedad es un robo, sino referido a la naturaleza. Nunca, de las muchas patatas que arranqué, de las coles que planté, ninguna se me resistió, todas ellas se me entregaron dadivosas. Justo es que yo no le arrebate ahora a esta tierra el derecho a seguir luciendo su fértil manto donde ella quiera.

Y lo que al principio creí que este último adiós me iba a resultar lastimoso y triste, heme aquí que me siento reconfortado y agradecido. El separarme de este huerto en nada me sabe a pérdida; al contrario, esta pequeña parcela de tierra me enseñó a vivir libre y desprendido. Ninguno de mis preceptores anteriores con sus títulos e ínfulas y acumulados méritos supo hacerlo. La huerta me enseñó a ver en un solo punto de la circunferencia el universo entero. Una vulgar calabaza alberga dentro de sí el agua, el sol, el tiempo, el carbono..., todo lo que la vida precisa.

martes, 12 de noviembre de 2024

Mar, amor y muerte




Mi madre sabe que yo estaba muy enamorado, no solo de Belisa, también de los niños, las flores. Pero a mí, sobre todo siempre me entusiasmó el mar. El agua fue para mí el mejor bálsamo en los momentos duros. ¡Mar, amor y muerte se parecen tanto! Nunca me hubiera imaginado que al otro lado de la muerte hubiera tanta agua. Mi cuerpo se parece ahora a esos barcos misteriosamente desaparecidos en medio del océano.

Mi madre le ha dicho esta tarde a mi padre de ir a la playa. Por casualidad se han sentado frente al espigón, en la misma roca que yo estuve llorando a lágrima viva la pérdida de aquella chica que se alejó de mi vida como el destello fugaz de un meteorito en una noche de verano.

El llanto de mi madre se alimenta de la sal del agua; y mi llanto y el suyo y el de Belisa confluyen en la misma ola, un largo abrazo de amor que se desliza perdiéndose en el horizonte del infinito de la tarde. En su delirio mi madre toca el agua con su mano y de pronto siente un escalofrío muy grande por todo su cuerpo, siente en la misma piel del agua mi propio cuerpo sepultado bajo el agua de la albufera.

domingo, 27 de octubre de 2024

Sé que me estoy muriendo



Estamos en otoño, tiempo para el ensimismamiento.

Las hojas-amarillas-muertas alfombran los alcorques de las moreras de la plaza Y ante esta visión no sé si esperpéntica, simbólica o romántica, el muerto en vida divaga sobre su propia muerte. Ya lo dijo no sé quién: para aprender a vivir, antes hay que morir un montón de veces.

Un día atroz. Llueve a cántaros. Siempre llueve cuando las campanas tocan a muerto. Las nubes se han conjurado, escupen chispas. Un día malo para morir. No hay día bueno para diñarla. La muerte es una injusticia. No hay muerte de calidad, muerte digna, ni buena muerte, ni santa compaña, ni leches. Los ojos se le salen al aprendiz de muerto de sus cuencas. Le falta el aire. Pide ayuda con voz desgarrada. Quieren ahogarme. Alguien le pone una careta de oxígeno. Desesperado la tira contra el suelo. Verrà la morte e avrà i tuoi occhi. (Cesare Pavese). Su ululante mano busca un enlucido donde agarrarse. No hay clavo ni pared alguna. Cual segador tras la dura jornada se limpia con los huesos del dorso de la mano el sudor frío que le quema la cara. Clama a los cuatro vientos sé que me estoy muriendo. Pero no quiere irse. Intenta levantarse, huir, escapar del sepulcro-cama, atravesar a nado hasta la otra orilla del río Segura. ¿No veis que me arrastra el Hades? ¿Nadie me va salvar de esta piraña que me come por los pies? Pegadme un tiro, antes que mi carne se muera por las dentelladas de esta mortal alimaña.

Y después de muerto, por favor, desenterrarme. Me da miedo la oscuridad. Dejadme mejor secar al viento como los pimientos choriceros.

martes, 22 de octubre de 2024

Desde los barrotes de la buhardilla




Desde los barrotes de la buhardilla observa trascender el tiempo. El tiempo huye hacia las nubes etéreas. Siente en la distancia, en el espacio que le une al horizonte desdibujado-color-plata-plomizo, el latir de su corazón prisionero al compás de la respiración de las cañas del río que cubren con su verde el silencio del amanecer.

Desde la terraza de la buhardilla lanza sus ojos hacia los límites sinuosos de las montañas-murallas del pueblo. El tiempo, compañero callado, impasible, le hermana con la historia, sus coetáneos. Compañero inseparable de conciencia, viajes y trastadas. El tiempo le sumerge en el masoquismo placentero de este calabozo. Si se librara de su secuestrador el tiempo, irremediablemente de bruces daría con la muerte, a no ser que el fin del tiempo fuese la puerta de la vida, pero esto es otro cantar: el canto de la fe y la esperanza. Se mantiene en la duda. Quisiera por mucho tiempo, seguir siendo hijo de esta Tierra. Que su respiración se confunda con la función clorofílica de las cañas del río allá abajo en el barrio de Santa Rita, que su corazón tiemble con el resoplar del viento entre sus hojas.

Es el tiempo su dueño, marca su edad y su memoria. Su existencia se le hace necesaria como un Dios por encima de todas las cosas. A pesar de estas tajantes afirmaciones, no está seguro de nada. Duda e ignora todo acerca de la naturaleza del tiempo, de la naturaleza de la misma Naturaleza y de la naturaleza de su limitada naturaleza como ser humano. Sin el tiempo no estaría vivo. El mismo día que vino al mundo se quedó a vivir con él. Desde entonces el tiempo mueve cada uno de sus pasos. Es su alma, el aire que respira. Aunque su compañía no siempre le resulta grata, sobre todo cuando le muestra su cara más fea, y le hace llorar de rabia. Pero prefiere su presencia respetuosa y callada a la nada de su existencia. No es un extraño. Pero de tanto verlo, ni lo siente, ni lo nota. Ni siquiera sabe si existe. Pero si no lo tuviera, seguro que la tierra que vive desaparecería bajo sus pies sedientos.

domingo, 13 de octubre de 2024

La exuberancia triunfal de la parra muda


 

Lleva más de un mes tentándole la escritura. Impertinente le sigue el lápiz y su cuaderno. Y él, ¡ni caso! … Y pasan los días sin dar un palo al agua.

¿Inapetencia, tedio, vacío? Y se entretiene con cualquier cosa; pero nada le llena. Precisamente este abandono, que para otros podría ser desapego y calma, para él es frustración y desgana. Le cansa el escribir. Un pimiento le importa que la tierra reviente, que el sol se muera. Todo le es ajeno. Tampoco se encabrita, (¡que ya es decir!), viendo la estupidez de un cómico besamanos en el salón de un acrónico trono real en un día arrogante llamado Hispanidad.

El escritor está harto. Harto de contemplar auroras prometedoras, atardeceres románticos. Harto de mirar el rojo de la buganvilla, el vuelo prudente de la tórtola, la paciencia de los gatos, de sus relatos sin fuste, de la sabiduría de los cipreses, de la triunfal exuberancia de la parra muda… de la sumisa fidelidad de su perro longaniza…

Alguien viendo al escritor tan deprimido acude en su ayuda. Le viene a decir que sepas que la escritura podría devolverte el ánimo. Y este consejo amigo le sabe a cursi tontería. Y se dice para sí: ¡Será más bien al contrario! Ánimo es lo que necesito para escribir, ánimo y tener algo que decir. Y visto lo visto no se me ocurre nada que merezca la pena.

martes, 28 de mayo de 2024

Spain is different


Mojácar a finales de la década de los setenta.

Frente al mar busco una piedra. Desisto. Todas aplanadas, limadas por las eternas olas, sin base alguna sobre la que poder sentarme. Lo hago a culo pelado sobre la arena. Estoy entre el mar y la montaña. Al mar lo llaman El Cantal. Y a la montañas, Mojácar. Este pueblo de inmaculada cal blanca esconde en sus entrañas sustratos de negra estampa: hambre, angustia y paro. Rastros morenos y curtidos por el sufrimiento, reclamo humillante de un turismo avasallador. Gentes que un día tuvieron que salir para Alemania y Francia en busca de trabajo. Y ahora de nuevo, a su regreso ven como aquellos mismos extranjeros son los campeadores de su añorada tierra natal. Desposeídos de sí mismos.

Mojácar, aldea embrujada y moruna, saludable y maldita. En ella guiris, allende de los mares, se sienten a gusto, parecen sus amos. Empinadas calles a lomo de un borrico. Cantidad de casas en ruinoso estado. Sus cimentaciones fallan por el salitre y la humedad de la montaña. Tiendas de suvenires, innumerables puestos regentados por los lugareños ofrecen al visitante llaveros, ceniceros abanicos y sombreros de paja… Todos estos objetos están marcados con el emblema del Indalo, amuleto que los nativos de esta tierra eligieron para protegerse de la enfermedad y de su mala suerte.

Llaman a este recodo de playa El Puntazo. Y al igual que el agua vierte fuera toda la porquería, plásticos y basura que el mar escupe sobre la arena, yo me dedico a escribir para sacar también de mí  lo que me recome por dentro. Levanto mi vista de este cuaderno de grafías sangrantes. Y junto a mí descubro a mi adorada Venus con sus dos senos felices frente a la brisa de la tarde. Abrazo a mi compañera y ambos nos sumergimos en el mar azul y bravo de la Mojácar negra, blanca y mora.


sábado, 25 de mayo de 2024

La margarita de la suerte


 
Durante un largo tiempo te rondó la escritura impertinente con su pluma florida de mentiras y promesas. No tuviste suerte. La última vez, lo hiciste para escribir una esquela de la que nunca tuviste respuesta. Te invito, amor, a tomar un café en el Nelson. ¡Qué mal te salieron aquellas palabras escritas! ¿Motivos de agenda? ¿Paradero desconocido? ¿Excusas falsas? O a lo mejor, te faltaron agallas para ser más explícito y convincente, y hacerte oír por aquella chica de tus sueños. Tus palabras nunca dieron fe a tus deseos. Tu verbo jamás se hizo carne. Nadie acudió al conjuro de aquel tu primer escribir estéril.

Desde entonces, desengañado, no diste pie con bola. Ferido de ausencia y llagado de las telas del corazón quedaste cual El Caballero de la Triste Figura.

Las hojas de tus letras se morían antes de nacer. Arrojaste pues el teclado al río. Y con los folios de tus borradores prendiste fuego a los rastrojos y la hojarasca. Cambiaste tu escritura por el campo.

Y te detienes ahora en el olivar. Repasas y remiras las diminutas flores de sus uvas esperanzadoras. Cuentas los albaricoques que hay en el árbol. Acaricias el amarillo de los dientes de león que salen complacidos a tu encuentro. Una trinidad divina de pinos se retoza bajo el azul del cielo. Llenas un capazo de restos de rábanos y zanahorias para las gallinas.

El sol de la mañana enjalbega de luces los surcos de la tierra recién labrada. Gorriones alegres e inquietos corretean en busca de las semillas tras la última siega. El campo es amplio. Ociosa tu mirada. Te distraes suspendido, perezosamente atrapado allá a lo lejos, abducido por la sequedad del monte Horeb. Paz y silencio. La paz y el silencio que nunca te regaló tu escribir repelente, doloroso y yermo, te amodorra ahora el alma. Un sol blanco te engandula la mente. Plácidas cabezadas. Y el vacío a destiempo de un sueño dulce te hipnotiza. Poco a poco convertido quedas en tierra fértil. Y te entregas sin resistencia alguna a perder el tiempo mirando una lagartija paciente como una piedra. La lagartija aguarda a una mariposa. Y tú al igual que ellas, quieto esperas por ver si te sorprenden deshojando la margarita de la suerte.

martes, 30 de abril de 2024

De la miaja de la nada


 
Tu mayor asombro no es ver surgir del espíritu creador del ser humano una obra realmente bella y maravillosa, sino contemplar extasiado cómo de una diminuta y humilde semilla, cual de una simple paleta, brotan verdes, amarillas flores, luces que pronto inundarán de rojos reventones esta barraca de cañas que son tus ojos pitarrosos. En lo inesperado está el encanto y la sorpresa.

Lo normal es que de una mente ingeniosa resulte un motor que vuela, un submarino, un puente, un rascacielos, un molinillo de café o una bicicleta. Pero lo realmente extraordinario es que en un mísero y oscuro trozo de huerta nazcan y luzcan generosos y ricos manojos de tomates, sabrosa ensalada que al mediodía será merecido sustento para robustecer tu vista en declive. El mundo entero anda falto de vitamina A.

No es sobrecogedor ver fluir de las manos del demiurgo un universo infinito, un mar de estrellas de difícil comprensión y alcance. El milagro está más bien en contemplar el adolescente beso con el que Apolo enciende el primor de una mata de tomates. Ver cómo una bandada de soles se alza y resucita del vientre humilde y oscuro de una virgen al alcance de todos. He ahí donde está el origen de la conversión humana. Si la tierra es capaz de producir esta maravilla, ¿por qué  los humanos nos ocupamos en enmerdar aún más esta preciosidad que se nos dio en prenda?

Es normal ver cómo del poder de un emperador emergen palacios y templos, reinos y grandes ejércitos de terracota. Pero lo realmente admirable y milagroso es ver cómo de la miaja de la nada crecen lustrosos los tomates de la huerta.

martes, 16 de abril de 2024

Dios al teléfono




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La fe engaña a los hombres, pero da brillo a su mirada. Tagore

Ayer me llamaste para decirme que te gustaría que asistiera a la presentación de tu libro: La mónada de Dios. Y agradecí tu gentileza. Luego escuché de tu boca la palabra fe. Y te comenté que sustancialmente no estoy en contra de aquellos que creen en ti, pero que prefería seguir siendo coherente con mi distanciamiento de todo ese tipo de eventos interesados por la existencia de divinidad alguna.

Para justificar mi negativa te dije: Es que yo no creo. Soy alérgico a los absolutos. Y al vislumbrar a través del auricular la extrañeza en tus ojos amarillos caí en la cuenta de mi orgullosa desconsideración. Además de escueto y tajante reconozco que mi aserto fue poco razonado. Yo mismo me escandalicé de mis propias palabras. Por lo que medio en broma de inmediato corregí: yo sólo creo a solas, en la intimidad. Y así fue como me declaré ante ti como un ateo creyente que reclamaba el derecho, (tal vez, cobarde y torpe), a seguir manteniendo en silencio mi duda ante la trascendencia.

Desde hace años me he mantenido al margen de estos encuentros relacionados con el compromiso de la fe. Han pasado ya muchas lunas, pascuas y semanas de pasión desde aquella llamada tuya anónima y desconocida. Y nuestra pretérita conversación telefónica, una vez remansada en la serenidad objetiva del tiempo, vuelve hoy de nuevo sin la presión de tu invitación perentoria. Y lo primero que me viene a la cabeza es esta consideración que te hago llegar vía email:
¿Acaso para seguir vivo, para que mi vida tenga sentido, necesito creer en Dios? Lo mío ahora es la tierra, el monte, el río, el clima, la paz, las flores, el camino, la sostenibilidad del planeta… ¡Pero, vale, mi amigo desconocido y anónimo, creamos en algo, pero algo concreto, razonable y sensato…! Entonces mi fe ya no serías tú. La fe sólo sería una herramienta para aceptar la duda de tu existencia. La fe sería como la pértiga, el asidero del que se vale el funambulista para sortear su ineludible salto al vacío.

                 

martes, 23 de enero de 2024

La higuera maldita



Esta mañana de pleno invierno mi sorpresa es ver los brotes tempranos de la morera. Y he querido de inmediato, (antes que este efecto impactante, de mi corazón y de mi mente se borrara), escribir sobre la imperiosa inercia de la naturaleza que no se arruga a pesar de la inclemencia humana que se empeña genocidamente por arrasar el planeta, su flora y sus gentes. Me pongo manos a la obra, sentado en mi ordenador, frente a la ventana por donde se cuela el vigor joven de los diminutos verdes del árbol, tratando de trasladar mi sentimiento intempestivo a la pantalla.

Pero no siempre uno escribe lo que quiere. Y vuelvo al principio para releer el resultado de mi redacción intencionada, y me encuentro con que nada de lo escrito responde a lo que yo apenas una hora antes había contemplado con esa esperanza placentera de ver por fin concluida tanta barbarie. 

Y heme aquí con mi ilusión truncada y estéril como aquella maldita higuera, frente a la cual un día se paró un palestino de bien queriendo comer de su fruto, pero el maldito árbol, aun estando poblado de infinitas hojas, seco estúpidamente estaba.

viernes, 12 de enero de 2024

Dolido de placer



Dolido estoy de ti, de tu infidelidad y de mis celos. Dolido de los poemas de tu pelo y de tu cara. Dolido de las estrofas de tu labio en rojo consonante. Dolido de ver sin ver el monte venus, tu sinuosa cima de esperanza azul y blanca. Dolido del brillo de tus orejas torneadas. Dolido de enjugar el barro de mis pies en el agua de tu azarbe, sin consuelo. Dolido de la canción del aire entre las cuerdas de los cipreses en el si bemol agudo de tu cuello en otro cuello.

Dolido de tu andar seguro y cimbreante entre los amarillos del trigo, la manzanilla y el olor lejano y cálido del membrillo. Estoy dolido y cansado de ver cómo me la pegas con tu nuevo amante. Dolido estoy, mujer, de las caricias que me niegas, del arte de tus manos de aromas y semillas en tierra extraña. Dolido de verme henchido de palabras sin estambres. Dolido de ver tus ojos en los míos, vacíos de margaritas al sol del mediodía. Dolido por tanta belleza, de los besos del geranio en otra boca. Dolido de tus romanzas, del polen de tu música en otro oído.

Dolido de ver tu casa ocupada por otro huésped. Dolido de placer por la ternura de tu cielo en los largueros de otra cama que ya no es mía. De nadie. Sólo tuya.

domingo, 8 de octubre de 2023

Vendo huerta



A estas alturas de su vida, como quien atraviesa un piélago profundo y no quiere hundirse en sus fangosas aguas, el huertano decide desprenderse de todo lo que en peligro pondría su paso al más allá. No es bueno morir de apego, en la abundancia. Mejor abandonarse, como decía el poeta, ligero de equipaje.

Más de veinte años ha vivido feliz disfrutando y penando de su encantada tierra, una pequeña parcela, cerca de una acequia enamorada, que aún salmodia saltarina sedientos y acuosos besos por su mozo-novio-el río. Las tórtolas y los gorriones, las chicharras, el susurro reluciente y callado del batir de las hojas del nogal, la siesta anticipada de un gato-zen a la sombra de una morera, atrio y baldaquino del agro-templo, los aromas adobados en verde azul de la hierba buena, el romero, el azahar, el sagrado silencio de los cipreses,… todo lo que por aquí crece y baila, su soledad sorda y querida canta.

Y el labriego decide, como esos ancianos y sabios elefantes, abandonar con todo el dolor alegre de su corazón, este locus amoenus, lugar plácido y tranquilo donde los haya. El hortelano cuelga ahora un cartel, estrella anunciadora, de una de las ramas de la sempiterna olivera que dice Vendo huerta.

Amontonaba la basura-fénix el labriego debajo de la higuera, la que linda con la caseta del perro, junto al extasiante galán de noche. En el invierno los naranjos se dormían muy temprano a la espera de la primavera. Y en verano las gallinas despertaban al alba perezosa. Esta mañana, como siempre, como lo seguirá haciendo hasta que le salga un comprador, fiel, capazo a capazo ha vaciado casi todo el pozo de la basura que el tiempo y el agua, transformaron en fértil abono, savia futura alrededor de cada árbol. Cada árbol tiene su propia alma, su originalidad y su peculiar firmeza. Él los llama por su nombre y ellos agradecidos le responden. Estos árboles le sobrevivirán, y esa es su envidia y orgullo. Ellos serán los que mañana le hablarán a sus futuros dueños. Los árboles como las naciones tienen su particular lengua materna. Las flores de sus yemas explosionadas hablarán a los ojos de quienes asombrados escucharán sus sinfonías en el auditorio de un abril esplendoroso. En verano, estos mismos árboles generosos serán alimento, sombra y refrigerio para sus nuevos huéspedes. Y en invierno, cuando el frío pesimismo de la escarcha se adueñe de sus mentes, la meditación y el silencio de sus troncos en oración contemplativa transferirán inteligencia y conciencia a otros moradores.

Ya no se siente con fuerza el huertano. Mantener la belleza de su huerto requiere empeño y brío. Ganas le sobran. Pero le faltan años. Piensa que a estas alturas de su vida él no está a la altura de lo que la tierra le pide: sudor y tiempo. Decide pues vender la huerta.