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lunes, 27 de abril de 2026

La flor del conocimiento


Entendí que merecen tal tormento
aquellos pecadores que, carnales,
someten la razón al sentimiento.


(Dante. Canto V. El infierno)


La razón del romero, bien arraigada a la tierra, me sorprendía por su juicio, reciedumbre y espesura. En cambio el sentimiento de un simple insecto volador seguía siendo para mí un ser misterioso que me engatusaba sobremanera, era impulsivo e insinuante, ardiente e inesperado; la presencia del sentir de una abeja, lo mismo me atraía que me descontrolaba. Y en tal alto grado yo estima le tenía al sentimiento, que cada primavera entablábamos una endiablada amistad. Si la razón era el imbatible romeral arraigado a la certeza del suelo contundente, a mí en cambio me gustaba jugar a ser un bello insecto loco y volador, puro sentimiento, una abeja apasionada del azul y del aroma, de la carnalidad de una flor del romeral, en medio del jardín de nuestra acogedora tierra. Razón y sentimiento en pleno duelo.

Y, al contrario que Dante en el infierno, entendí muy pronto que no sería mejor, ni tampoco bueno, que yo, una impúdica abeja, me dejara llevar por la razón, pues de ser así, yo no me comería ni un torrao, y mi sed y mis vuelos jamás se saciarían del balsámico y nectario acento del romero.

Cada vez que yo, desde mi razón quería posar mis transparentes alas y mi hambrienta lengua sobre los arbustos infernales y leñosos del romero, mi inteligencia se nublaba. Y privada me sentía de su miel y de su ambrosía. En cambio, si me dejaba llevar por mi pecaminoso sentimiento, al instante se abrían de par en par las puertas de mi alma pura, y colmaba yo de esta manera mi instinto, mi sed y mis ganas de libar de su amor tan florido y placentero. 

Comprobé pues, al fin, que el camino más directo y eficaz para llegar a la flor del conocimiento no era la cordura de la razón, sino el dulce sentir atolondrado de mi más volátil sentimiento.

martes, 21 de abril de 2026

De paseo por el cementerio

 


Los pinos que dan acceso al camposanto, grandes y frondosos, forman un espléndido pórtico lleno de frescor y tranquilidad. Los madrugadores que transitan por este paseo, unos caminan, hacen deporte, y otros, como tú, vais simplemente a visitar a vuestros muertos. Todos unidos en vuestra soledad, y la mirada recogida hacia el hondón de vuestro ser más íntimo. Cual esquifes solitarios, os dirigís al piélago de vuestra propia y querida tumba.

Ya en el cementerio, te sorprendes al ver a tu madre. Hace ya varios años que no vienes por estos pagos. Tu pecho se oprime. Se te paraliza el alma y tu corazón palpita sobresaltado a cien por hora. Por un momento sobrecogido quedas por la mirada estéril de su retrato desde el mármol gris e impasible de su lápida. Como ella quería: sin flores, ni jarrones. Mujer inteligente y estoica. El sobresalto te impide rezar por ella. Luego, ya más sereno, te recompones, comprendes y acatas.

La brisa matutina que baja del cerro del castillo acaricia tu cuerpo con olor a perpetuidad. Caminas sonámbulo, fuera de ti, entre epitafios, cruces y mausoleos. Algunos, más afanosos y engreídos que otros, pero todos ellos: fúnebres, fríos, inertes. En silencio, gritas fuerte para que te oigan tus propios oídos taponados por la pavura y el respeto: 
¡Muerte, muerte, / los vivos y los muertos / corremos la misma suerte! 
Por tus ojos humedecidos pasan ahora rostros y semblantes conocidos. De sus nichos marchitados por el olvido se escapan energías vivientes que despiertan el sentido vivo de tu muerte. Vivos y muertos metidos estáis en la misma urna. Por un momento te ves a ti mismo vivo en el mundo de los muertos; y muerto, en el mundo de los vivos. La muerte esta mañana te parece lo más normal de la vida, de sentido común, lo más democrático.

Y además de tus padres y abuelos, te encuentras también con caras vecinas; otras anónimas. Retratos de hombres que recuerdas haber visto en tu infancia, sentados en el sillón de la barbería de tu padre. Recostados hacia atrás frente al espejo de su estampa en pausa, espumadas sus caras con el blanco jabón, bañadas por la suavidad de una brocha de finas cerdas que lamían con fruición los tiesos pelos de las barbas de recios labradores de manos anchas, trabajadores sencillos, comerciantes complacientes, empleados, amigos… Y descubres que estos semejantes, (y empleas a propósito esta palabra), son también, tu yo en sí, que no es entendido sino en la comprensión de los otros

La vida avanza en la confluencia de todas las fuerzas dispersas que desde el nacimiento andan hacia su meta. Y en esta gran marcha, fundidos, sumando grupos sanguíneos idénticos, polos opuestos, caracteres dispares, creencias distintas, camináis todos hacia un mismo horizonte, hacia la unidad universal de la Nada, ese cenit en el que cielo y tierra se confunden en una cosa, en un solo punto. Y sientes tu cuerpo tan íntimamente conjuntado con tu mente en blanco, que llegas a la conclusión que es tu alma la que por tu cuerpo exánime, siente, tiembla y ama.

lunes, 13 de abril de 2026

Estatua de amor y mármol


 
Si yo te preguntara de qué te arrepientes, me contestarías: de agachar la mirada cuando con algún conocido de improvisto me encuentro. ¿Por qué esa manía tuya de no querer ser visto, pasar desapercibido por personas por ti ya conocidas? Cuando te diriges por ejemplo a un sitio habitual, siempre lo haces por calles distintas, para evitar así cruzarte con quienes por allí acostumbran pasar a menudo. Todo lo repetido, cualquier cara o cosa, nada más ser descubierta, por muy bella y gozosa que sea, enseguida te resulta tediosa y aburrida. Es más, al instante, por repetida e iterativa, la sientes odiosa. En cambio, esta misma persona, si por ti fuera observada a través de la intermediación de cualquier espejo, material transportador y lúcido, tal vez no sentirías rechazo alguno por ella. Ver sin ser visto. ¿Timidez, fetichismo, demencia o cobardía?

Será por eso que esquivas tu mirada. Endureces tus ojos de manera estúpida, hasta el punto de mirarme ahora con desgana. Y lo único que consigues con este mirar disuasorio, es que tú mismo me miras como a un animal huidizo y sin alma. Para volver a mirar con mirada clara, tal vez necesitemos nacer de nuevo, dejar de mirarnos, o mirarnos de otra manera. ¿Por qué ayer, nada más verme, te seduje tanto, y hoy ya no te resulto tan atractiva, y procuras escaparte de mis ojos?

Últimamente, poco a poco, notas que la manera del proceder de tus sentimientos está cambiando de raíz, de forma extraña. Sientes más aprecio y te identificas más con tus contactos virtuales (vía internet, redes sociales, plataformas), que con la presencia presencial y física de la persona con la que quieres estar. Ya nada es como antes. Andas como quien se hunde por tierras movedizas. Nada es consistente. Tiempos vertiginosos. Intentas cohesionar lo que sucede hoy con lo que sucederá mañana, y todo un mundo de locuras y despropósitos te cae encima como losa de camposanto.

Y te preguntas: ¿si no será este modo mediador y extracorpóreo en el que te ves abocado, la manera más común de amarse la humanidad en el futuro? Los medios virtuales están troquelando, no sólo nuestros hábitos de comportamiento, sino también el modo de ser de nuestro corazón, de nuestra propia conciencia. Y esta manera normalizada de llegar a sentir la amistad, las cosas, el amor... tal como ahora mismo lo hacemos, vis a vis, cara a cara, cuerpo a cuerpo, ¿acaso mañana no será - te preguntas-, un proceder raro, y hasta contra natura? El instinto básico de nuestra comunicación más profunda y gozosa, hoy se basa en nuestra unión física. Por medio de nuestro contacto corporal llegamos a lo más profundo de nuestro ser y entendimiento.

Pero puede que mañana no resulte ser así. A los enamorados sólo les bastará ver sus caras en una mera imitación o copia, para sentir su amor, los dos fundidos, en un sólo mineral de mármol cristalizado.

sábado, 4 de abril de 2026

Sábado de gloria



Deberíamos agradecer a los dioses que a los humanos no se nos concediera como a ellos la gracia de la inmortalidad. Precisamente gracias a esta no-facultad-virtual podemos disfrutar de cada momento con esa intensidad y frescura que sólo el instante nos proporciona. Si fuésemos eternos, privados seríamos del tan divino don del ahora. El aburrimiento, por ser repetidamente conocido, sería nuestro tedioso hábitat; y nosotros, incapaces de gozarnos con su prístino deleite.

Y al hilo de este herético pensamiento, una amiga hoy me habla de la oquedad y del resquebrajamiento de las palabras conforme pasa el tiempo diluyéndonos. Y para su consuelo o el mío añade: Y este nuestro pasar nos da la oportunidad de aprender a ser, a vivir de otra manera. ¡Vivamos pues este divino instante! El momento es lo más parecido a la eternidad. Dice Boecio en su Consolatio philosophiae: El ahora que pasa hace el tiempo; mientras que el ahora estable, el ahora que permanece, hace la eternidad.

En este sábado de Gloria inmerso estoy en un mar de dudas. Pasa el tiempo, ¿o somos nosotros más bien los que pasamos atormentados debido al tiempo que corre a la desbandada? Sea lo que sea, esta mañana, el rojo pasión amanecido de una pequeña flor en la maceta de mi terraza me ha sorprendido con su resurrección gloriosa.

jueves, 2 de abril de 2026

La cara oculta de la Luna



Estoy a las faldas del monte Haemus, en la misma orilla del mar de la Serenidad. Mi asesor turístico me recomendó esta bahía de la Luna como lo mejorcito para pasar unos días alejado de las habituales fatalidades del planeta. Un enorme desierto de arena negra tiñe de ceniza todo lo que mis ojos alcanzan. 


Elegí la parte oculta de este satélite por su exotismo. Pero esto no es lo que yo creía. Nada de esa claridad lunar prometida, ni músicas estelares. Aquí el único canto cósmico que oigo es el monótono ronroneo de la niebla que todo lo inunda. Aquí no hay peces ni gorriones. Todo es gris y borroso. 

Vine confiado en que por fin aquí encontraría el oasis soñado, que fliparía con la lluvia de estrellas, con los besos de las sirenas del espacio, las auroras boreales... Y sólo veo una gran depresión tosca y rocosa. ¡Echo tanto de menos, el aire, el agua, una ducha...! 

Antes de venir, cautivado por las bellezas que pensaba encontrar acá, dejé escrito que me incineraran en el mar de la Fecundidad, al sureste de la Luna, donde los vulcanólogos dicen que se encuentran los mayores yacimientos de pirita, la fuente del fuego planetario, donde poetas y novios tienen contratadas sus tumbas millonarias. Pues bien me retracto, mi última voluntad es que me entierren junto aquella plantación de alcachofas que dejé allí en la Tierra. 

Aquí no silban las chicharras, no oigo el croar de las ranas en los remansos de la acequia, no alegra mis ojos el negrear de la uva. Esta no es la Luna con la que soñé. Esta Luna no tiene alas, no mueve mareas, no levanta pasiones, no hace crecer al sembrado, ni tampoco su gélido destello inexistente saca brillo a los tomates ni a las berenjenas. 

Yo vine a la Luna para saciarme de sus senos de plata, para ver la hoguera encendida de mis deseos cumplidos, pero aquí nunca llueve, no crecen acelgas ni espinacas. Estoy deseando volver a la tierra y tomarme allá con vosotros un café con anís en el bar de la esquina.

jueves, 26 de marzo de 2026

En busca de nuestra animalidad




No conocía a nadie salvo a su gato

No sé si esto que me pasa será una rareza mía, o tal vez sea cosa común al resto de los mortales que como yo andamos cumplidos los ochenta. Cuando nacemos empieza nuestro crecimiento hacia el encuentro de nuestra humanidad. Pero una vez alcanzada cierta edad nos parecemos más a los simios aquellos de donde venimos. Personalmente tengo la impresión de que voy para atrás, hacia aquella era en la que los humanos éramos unos vulgares homínidos, gozosos y acoclados en medio de la naturaleza, atontados. Y así me sorprendo. Cada vez más me parezco a los gatos, a las tórtolas, a los perros y a los gorriones. Como ellos, soy más reservado en el habla. Prefiero la escucha y la observación tranquila. Despreocupado. Es como si los humanos, llegado un momento tras haber consumido al completo nuestra humanidad, intentáramos regresar, encaminarnos hacia la reconquista de nuestra animalidad perdida.

Los muertos siempre rebullen en mi interior. Una turbamulta de manchas negras cabalgan por el firmamento de la tarde. Nubes de plomo se cuelan por mi retina, el agujero negro que engulle a mis animales queridos. Además de las almas de los polluelos muertos por la escarcha, veo a la bella alondra de las cuevas de la rambla, con quien como hormiga subterránea conviví un tiempo en amor y compañía. Veo también el rosal de la entrada de mi huerto, donde un gato ingenuo se posa todas las mañanas, y amable me muestra las flores de sus versos. Dibujaba y componía poemas para mi animalidad dormida. Era amigo de los gorriones y los perros. Un día amaneció muerto por un disparo de escopeta equivocado. Recuerdo que aquella mañana llovía. Siempre llueve cuando alguien se muere.

Miro ahora al Levante, por donde a las gallinas les rinde más el día. Ellas son de acostarse temprano. No entiendo que mi gato muriera tan joven, apenas cumplido los cinco años. ¡Arriba gatos de la tierra, en pie felínica legión! Cada vez me siento más animal. Un hombre en busca de su animalidad.




miércoles, 28 de enero de 2026

Ser virgen está de moda


Dice Pausanias en el Banquete de Platón:
El amor no se dirige sólo a los cuerpos, sino a las almas, y ama a aquellos en quienes la inteligencia empieza a manifestarse.
Confundir amor con juventud o vejez es un reduccionismo fácil y falso. El amor es imparable, no conoce muros ni fronteras, se eleva traspasando las cumbres más altas, y consigue alcanzar profundidades insospechadas. Para los amantes no sólo el cuerpo o la edad es lo que importa. Su nobleza y su verdad es lo que cuenta. Basta que uno de ellos, no sobrepase los veinte para que el vigor de este pase al sexagenario, y los dos en este sistema de múltiples vasos comunicantes alcancen la media aritmética, los cuarenta cuadrados, la edad perfecta y bella de su prudencia lograda.

¿Entonces? Santa envidia -diría el viejo. O el amor quizá esté en la mente. Y ya se sabe que en cuestiones de años, la mente nos sorprende y miente. Que he visto yo abuelos que peinan canas y se sienten emprimaverados. Y al contrario, muchachos aún sin bozo con calvas de momias antediluvianas, licántropos menopáusicos a cuatro patas.

Pero el sexo, que hasta ayer fue sostén y acicate de la supervivencia de la especie humana, hoy resulta no ser tan imperativo y necesario. Según estudios proyectivos, (demografía, fertilidad, disponibilidad económica, recursos naturales, etc.) el algoritmo matemático resultante indica que, tras un tiempo de orgías, bacanales y optimismo, parece ser que vienen días de castidad modélica, de frigidez y pesimismo. Ante situaciones de miedo, desesperanza, catástrofes y porvenires inciertos solemos inhibirnos, retroceder, no aventurarnos por caminos no trillados.

Lux, el álbum de la contradicente Rosalía y la película reciente de Los domingos de Alauda Ruiz dan clara muestra de lo que hablamos, así como la proliferación de movimientos neocatemunales dentro de la iglesia católica caracterizados por su conservadurismo y posiciones sectarias, excluyentes y fundamentalistas. ¿Cuáles son los motivos íntimos que a una muchacha de 17 años, en pleno hervor, guapa y buena estudiante, llevan a desprenderse de las delicatessen de un mundo pletórico de bondades y placeres para convertirse en una monja de clausura?

Ante las respuestas inviables de un mundo absurdo y loco, hay quienes prefieren retornar al enamoramiento divino, volver al refugio de su clarividente soledad compensatoria. No creo que esta decisión, a todas luces respetuosa, les exonere del compromiso de dar la cara, responder a toda realidad injusta que requiere, (no sólo desde el punto de vista evangélico), una actitud de compromiso, acercamiento, empatía y solidaridad, más que de huida y escape. Ni en la séptima morada, (la unión plena y definitiva con Dios), debería sentirse a gusto el creyente, a menos que estuviera hermanado con los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren. (Concilio vaticano II).

Y volviendo al dios Dioniso, al dios de la fertilidad, no entiendo yo, ni sé de otra religión, decálogo ni credo que no sea la de amar sin fin al ser humano, de carne y mente fabricado, y así, desde la mortal cópula de un momento de pasión, elevar a inmortalidad deseo tan sublime y tan sagrado. ¡Me gustaría tanto que Virgilio, igual que a Dante, nos condujese a todos al Paraíso de Dioniso, y allí tomarnos eternamente un café o una rueda de churros con chocolate!

 

viernes, 9 de enero de 2026

Roscones con habas



Fui a la biblioteca para donar unos libros a cambio de ver colgada mi egolatría en el altar de sus estanterías. Y al salir de tan letrada y transparente basílica, me quedé impresionado del gesto modesto de un hombre cualquiera. Vestía bien, pulcro, sin colorido ni afeites. No olía a desodorante de salvia. No parecía ningún estrafalario, uno de esos chiflados excéntricos a quienes no les importa hacer el ridículo en plena calle mayor, después de unas festividades hartas de luces beodas y roscones con habas.

Me acordé de aquella otra escena de una biografía, Il Poverello d’Assisi, que yo leía en mi infancia piadosa, en la que se contaba el arrebatado impulso de Pietro Bernardone, un joven radical y convencido que renunciaba a su herencia y a su fortuna en favor de los desheredados. Y en plena plaza de Asís, (el que mañana se llamará Francisco), se despoja de todas sus ropas y pedrerías, quedándose completamente desnudo ante un obispo escandalizado, delante de su acaudalado padre ofendido, frente a nobles, mujeres, niños y curiosos, (tal como lo viera Giotto, aquel pintor florentino de la baja Edad Media), sin importarle nada el qué dirán. Todo un performance comprometido y realista, en aquel pretérito y recatado siglo XIII, al estilo descarado de esas atrevidas mujeres en topless de hoy, que reivindican la igualdad de género o cualquiera otra causa justa.

El hombre anónimo, que al principio me referí, ese que vestía formal y no se diferenciaba de ningún otro hombre, se detuvo bajo un árbol de la acera, se acobijó bajo su sombra. Dejó el móvil en el suelo, miró a lo lejos con parsimonia el horizonte, como si visualizara una presencia invisible, sagrada, y así ser contemplado y querido por esa visión callada y protectora que él creía que le amaba. Se situó correctamente en el espacio, en su sitio debido, como hacen los animales antes de disponerse a dormir, y hacemos también los humanos, que nos giramos sobre nosotros mismos, hasta encontrar esa postura digna y equilibrada antes de emprender una acción importante, como el soñar en medio de una noche oscura con ansias en amores inflamadas. Y una vez que este hombre normal se aseguró bien que su posición era la correcta, se descalzó, al igual que Moisés lo hiciera al pisar el monte santo, colocó sus zapatos en perfecta simetría junto a él, hincó sus rodillas en la dura baldosa, echó su cuerpo adelante, de manera que vino a tocar con su cabeza el suelo. Contemplé con cierto recelo su inusual postura: su cuerpo, en ángulo agudo abatido sobre la superficie, la Línea de Tierra, el duro pavimento de este mundo atravesado por la verticalidad de la proyección de la luz del mediodía. Y vi su figura proyectada sobre las cristaleras de la Biblioteca municipal de la que yo acababa de salir. Admiré su noble gesto de inteligente humildad. Humildad postrada, pero engrandecida y llena de espiritualidad. Un gesto impropio de un hombre normal de nuestra época.

No miré la hora en mi reloj, pero debería ser cerca del mediodía, esa hora misteriosa que los españoles llamamos siesta. Lo supe por la posición del sol, que caía perpendicular sin dejar que sombra alguna enturbiase ese momento. Ese momento sublime del día, quizá le trajera algún recuerdo, una indicación misteriosa. Y en medio de la calle aquella, entre los peatones a lo suyo, los niños alborozados con los juguetes que ayer unos reyes tuneados les pusieron al pie de una chimenea apagada, las amas de casa subiendo malhumoradas la cuesta de enero, la Avenida del Chorrico..., yo me maravillé de ver a este hombre libre, sin retraimiento alguno. Y me acordé de Adil, un viejo amigo que había venido a pasar con su mujer y sus tres hijos unos días a nuestra casa de la huerta. Al yo preguntarle cómo es que él sabía en todo momento dónde debía debía mirar y colocarse para sus adoraciones diarias del Salah, sacó su móvil y me mostró una aplicación. En la pantalla aparecía una circunferencia de la que de su centro, una flecha, después de oscilar unos instantes, se detenía, apuntaba un punto preciso. Y Adil, señalando por encima de la palmera que da allá por donde el sol cada día se levanta, me dijo: 
Allí donde la aguja señala ese punto del hemisferio solar, allí está la Meca mía, el Belén vuestro, la luna de Buda, el Muro de los lamentos de los judíos, y este templo al aire libre de una Tierra dadivosa espléndida para todos.
Y tanto entonces, cuando mi amigo argelino me reveló la generosa sacralidad de la tierra en aquel punto concreto en el que él se postraba para hacer sus adoraciones diarias, como ahora, al salir yo del templo de los libros, y ver a este otro hombre normal, de rodillas sobre el asfalto, agradeciendo no sé a quién, ni por qué, ni qué cosa, recobro yo el sentido del sinsentido de este tiempo y de este mundo que se ha roto completamente, que ha perdido la conciencia y la cordura, el derecho natural, su vínculo entre el pasado, el presente y el futuro, su discernimiento, ¡Ay pobres de nosotros, que ya no sabemos distinguir el bien del mal! Y como aquel poeta de Tierra baldía yo también me pregunto hoy: 
¿Por qué las raíces de los árboles ya no arraigan, ni sus ramas, ni sus hojas crecen hacia el sol que las alimenta y las guía?

domingo, 28 de diciembre de 2025

Próspero año nuevo



Mi fe anda resentida y quebrada. Apresado estoy por un pesimismo trágico. Tengo la sensación que la cadena de mi generación y aquella otra que me sucederá se ha roto definitivamente. El mutuo eslabón de nuestro engarce se ha quebrado. Entre mi pasado y el futuro no vislumbro continuidad alguna. En estos idus vertiginosos que corren, no preveo conexión entre lo bien que nos fue el ayer, y lo mal que le irá el mañana a nuestros hijos. O tal vez por suerte no ocurra así, y todo se deba a esta estúpida nostalgia de mi supina vejez agorera y engreída. Los mayores somos dados a consagrar nuestros tiempos viejos, a contar en altavoz nuestra idílicas batallas, como si quisiéramos dejar constancia en la historia que nuestros tiempos y costumbres fueron mucho mejor que los que les deparará el futuro a nuestros jóvenes. Tomás Moro lo dijo bien claro: La tradición no es la adoración de unas cenizas, sino la transmisión de una llama.

Quizá no hayamos sabido transmitir bien el legado a nuestros herederos. Trato simplemente de exponer esta intuición mía llena de dolor: abandono, miedo, inseguridad, desesperanza... Sospecho un porvenir amenazador y tenebroso, como si algo irremediable se estuviera fraguando. Mi mundo ya no será el mundo. Todo será peor y distinto. El bienestar de nuestros hijos no será mejor que el nuestro. Días adversos y apocalípticos se avecinan, no sólo en política, sino en todos los ámbitos de la vida.

Mi padre, hombre alegre y optimista, en estas fechas de fin de año solía escribir con letras de jabón en los cristales de su barbería: Les deseo, señores clientes, un próximo y próspero año nuevo. Yo tampoco pues debería admitir que nada de lo que fuimos desaparecerá del todo.  

Existe en las cosas, en el mundo, en la sociedad, en la cultura en general un poder profundo, una fuerza creadora, ese élan vital del que hablaba Bergson, que nace del interior, y que se abre paso como instinto irreductible. O con palabras también de Teilhard de Chardin, (L´Étofee des choses): ese tejido de las cosas donde la materia camina hacia una mayor conciencia, hacia el Punto Omega, donde materia y espíritu convergerán en una nueva humanidad universal, climática y cósmica. 

viernes, 20 de junio de 2025

Mirar el fuego



Hay quienes con sólo mirar el fuego, oler una rosa, contemplar el tejer de una araña, ver parir una cabra, se les abre el culo, que es lo mismo que decir, pero de forma más relamida, que se les deshincha de gozo el alma.

Pues bien, a mí me pasa lo mismo cuando veo mi nombre escrito aunque sea en el mármol de mi tumba. Hay quienes presumimos de nuestro nombre en las tapas de un libro, al pie de unos versos, en las redes sociales. Y cual narcisos ante el espejo de una charca se nos desparraman las carnes y nos relamemos de gusto, saboreando cada una de nuestras letras impresas en la fragilidad de un papel o en la vulnerabilidad digital de una pantalla. Presumimos de amigos miles, que ni conocemos ni sabemos cómo se llaman.

Mi amigo no es escritor, ni siquiera grafitero, es un analfabeto confeso, por eso no siente esas ganas infinitas de inmortalizarse en unos grafemas para él ininteligibles y perecederos. Aunque le diesen hechas ya sus letras de molde, ni sabría siquiera ponerlas en orden. Mi amigo la única inmortalidad que conoce, que vive y que siente como un orangután que se come feliz un plátano a media mañana en medio de la selva virgen, es vivir el presente sin hipotecas ni avales. 

Mi amigo se escandaliza de aquellos que en aras de la perpetuidad, los anales de la historia, la memoria...  nos privamos, o al menos no nos gozamos con observar el impecable tejido de una araña, presenciar el parto de una cabra, oler una rosa, contemplar, abrigados en una noche de frío, los sueños del fuego, frente a la chimenea de un mundo que se autoconsume a sí mismo.

miércoles, 28 de mayo de 2025

Olor a higuera



Salí a caminar por los sotos filosóficos del río, allá por donde antiguamente, a su paso por Molina, el tren hermanaba Murcia (capital) con la ciudad de Caravaca. Esta ruta, hoy convertida en Vía Verde para peregrinos devotos, atléticos senderistas, viandantes solitarios...., la utilizo yo también de vez en cuando para ponerme en paz conmigo mismo, aclarar mi vista ante la actual confusión beligerante, desenredar mis pensamientos... Y me paré a contemplar esta monumental higuera que me sorprendió afable con sus buenos días. Y quise yo encontrar un adjetivo que mejor definiera el olor a higuera. Pero la vi tan subida y ebria del resplandeciente cielo, que me contagió su borrachera..., y no supe a qué olían sus apacibles hojas.

El calor adelantado de la última semana de mayo pintaba brillante el verde turgente de sus nutridos pámpanos. Y el aroma original que exhalaban sus ramas, cargadas de alas, polvoreaba mis narices curiosas. El olor no era nuevo, me traía recuerdos de infancia, de cuando acompañaba a mi abuelo al malecón, por senderos de sisca, huerta y agua..., hasta que llegábamos a un pequeño trozo de tierra de rento, donde otra higuera nos recibía, nos abrazaba como madre que espera a sus hijos sudorosos de regreso a casa con la cántara de agua dispuesta y fresca. Él con su legón al hombro, y yo, con mis cuatro años apenas, agarrado de su mano maternal. Y lo mismo que el fuego, ayer de la tahona, exhalaba bendito su olor a pan, cuando pasaba por delante del horno del callejón ancho, hoy el aroma de la higuera... lo siento, pero por más que lo intento, no consigo dar con el nombre que mejor se preste para definir su viva esencia. Y rebusqué en vano por mi memoria aromas distintos, apropiados, específicos que atrapados quedaron entre los pliegues acartonados de mi cerebro a lo largo de mi áspera y a la vez perfumada vida. Si dulce decía, no me cuadraba; si amargo, me sobrepasaba; si agrio, me excedía. Y así un buen rato.... Hasta que aburrido me dije:
Los muertos huelen a muerto. La vida huele a vida. Y esta higuera en verdad a lo que huele es a higuera. Y este olor que siento es el que mejor le sienta. Las cosas huelen a lo que son.

 

lunes, 19 de mayo de 2025

El niño y la flor


Ignoro si a vosotros, a mí me ha ocurrido esta mañana recién levantado. Sin todavía tiempo para una experiencia desfavorable, suaves lágrimas brotan de mis ojos. No soy yo quien llora, es mi cuerpo el que lo hace por su cuenta. ¡Tendrá sus motivos! -digo yo. Y al ver mi cuerpo, envuelto con su barnizado llanto de aguas tristes, me contagio y solidarizo, y lo abrazo, y me dice agradecido: Noto como si yo fuera una máquina que se ha quedado sin fuel. Y necesito purgarme a base del combustible del llanto para seguir viviendo. Desahogo de un cuerpo reprimido que siente la ternura de un dolor desconocido, invisible y no, por ello, menos cruel. La inconsciencia lo hace, si cabe, más agradable o dolorido.

Salgo al jardín y veo en los ojos de una flor dos gotas de rocío. No sé si congraciarme de su belleza o llorar con ella su tristeza. Y un niño a contracorriente y aburrido, camino de la escuela, se detiene delante de la flor. Los dos, misericordes, se miran. Y como no estoy loco, no le pregunto al pequeño ni a la rosa por qué lloran... ¿o tal vez ríen? Y sin preguntar yo nada, no tardaron en responderme que ellos tampoco lo sabían. Que le preguntara a la esfinge de Tebas. Así lo hago. Y el león alado a la puertas del templo de Luxor me dice:
Aquí soy yo quien hago las preguntas. Con todo, dada vuestro confusión e interés, haré una excepción: El grado de madurez de las cosas y las personas consiste en no distinguir el llanto, de la alegría; la vida, de la muerte.
Luego quise confirmar la respuesta de la Esfinge, y me dirigí al museo donde Alberto Greco exponía alguna de sus creaciones. Me paré a contemplar El niño con sombrero sentado sobre una piedra delante de la flor. Y le pregunté al artista si la flor y el pequeño Claudio lloraban o reían. Depende, -me dijo- de cómo los contemple quien los mire. Y vi su cara como si acabara de salir de una fecunda relación carnal. Y noté que mi pregunta le satisfizo sobremanera, como si él mismo quisiera que su obra siguiera alimentando la imaginación de los admiradores de su obra. No olvidemos que Alberto Greco, el poeta de lo vivo (así lo llamaban), antes de morir pintó sobre su mano izquierda la palabra Fin, y sobre la pared: Esta es mi mejor obra.

viernes, 21 de febrero de 2025

Gorrión electrocutado


 
No era lo mismo ruiseñorear lo que te daba la gana, (un salmo, el ángelus, maitines o una nana), que responsar tu propia defunción, atrapado por los cables eléctricos de aquel pentagrama incinerario. No era lo mismo celebrar la vida que antes de morir tenías y gozabas, ponértela por montera, que cantar electrocutado al dictado industrial de las Moiras insaciables.

Antes que el huevo del destino te alumbrara, mil y un día fuiste alma suelta y libre. Nada más nacer, pusieron delante de ti una partitura. El alba te inspiraba, y a la sombra de los días componías tus mejores melodías. Fuiste feliz antes que la sed y el hambre ulceraran los repliegues de tu orondo buche sensitivo. Antes que la fatalidad te etiquetara como consumo, jaula y mercancía, canción alegre fuiste a todas horas. Ya soplaran vientos, pintaran bastos, inviernos, dictaduras o calaveras, eras tú tu propio canto, cantando entre los cañaverales del río tu alegría.

Después de que murieras el canto libre se hizo esclavo. Los pinos del parque fenecieron, privados de tus trinos saludables. El hombre pisoteó la luna, y el planeta dejó de ser jardín y estrella, las plantas de biogás te secaron los ojos, enlodaron las plumas sonoras de tu pecho, la tierra pasó a ser cloaca, alpiste envenenado. Hoy ya no cantas. Eres especie extinta, garrapatea, una minúscula y repentina nota carbonizada entre los hilos de un pentagrama chamuscado, allá arriba en las alturas de un cielo gris inalcanzable.


jueves, 30 de enero de 2025

El vientre de los deseos




Cuando ella te dijo soy la parra-virgen, quiero cubrir el vientre de tus deseos, colmar de verde el hambre de tus hojas, perfumar el tálamo de tus fantasías..., se adentró en tus raíces..., y os desramasteis como el vino de las uvas.

Y en aquel tiempo, los pasos de vuestra alma a su morada primera se detuvieron. Tú removías con el arado los surcos de la huerta, y ella daba de beber a una flor primera que por vivir se desvivía. A la entrada de la casa, mirando al mediodía, junto a un hogar con chimenea, siempre os recibía aquel reloj de sol. Y una mañana en la que os quisisteis demasiado, le quitasteis su varilla, para que las horas se detuvieran haraganeando amor eternamente.

La vida fue para vosotros un fotograma. Siempre frente a aquel reloj de sol anclado. Los dos convertidos en estatua viva en la escena fija de aquel paraíso edénico. Reloj sin agujas, vientre y parra virgen. Y por encima de los tejados, hacia los cielos trepando por las rugosas paredes, las hojas incansables de vuestros sueños.

Una tarde, al caer el sol, el ángel exterminador puso en marcha el tiempo, ajustó en su sitio el nomon, puso con su espada aquel reloj en marcha. Y el destino, el azar, los mayas, Ptolomeo, o lo que fuese, os llevó por otro camino. El sol se posó en vuestras caras. Os convertisteis en historia sepia y cuarteada. Empezaron a contar los segundos. Tocaron arrebato los minutos, el invierno, los lumbagos. Y los dos, abrazados, mirando de nuevo el sur, a la espera del dulce ocaso.

viernes, 22 de noviembre de 2024

Último adiós


Último día en la huerta. Frente al amanecer. Aquí, volví a nacer hace más de cuatro lustros cuando me jubilé y me vine a vivir a este apartado rincón callado. No nace uno cuando lo pare madre, puede hacerlo también en la flor de la vida, cuando accede a un mayor conocimiento. Y algunos, más tardíos, sólo vienen al mundo cuando fallecen.

Y antes de mudarme a la ciudad, la tierra removida desde sus entrañas me mira compañera y con trémula ternura, al igual que el sol saliente, por encima de las moreras que dan al paso de regantes. El mudo aroma del galán me niega su perfume, malhumorado por mi marcha. Amarillea de tristeza el verde de los naranjos. Y ya no sé quién llora, si soy yo, o es la higuera, el nogal, la madreselva o el hinojo.

Durante todo este tiempo viví en este próvido lugar el susurro de la noche, la danza de los cipreses al son de la brisa de la tarde, el bálsamo del laurel, el vuelo confiado de las tórtolas al mediodía, las sombras de la parra sobre la pared blanca del cuarto de aperos... Ellos me enseñaron a leer la huerta. Más aprendí de la madre tierra, que durante todos los largos años de mi laborioso noviciado. Desventajado discípulo fui de magistrales lecciones sin sustancia por boca de licenciados, eméritos laureados. No era capaz entonces de dar con los lindos senderos por donde el alba, la estrella polar, o la primavera se paseaban y fluían. Perdido navegaba sin orientación alguna. Sin distinguir un pimiento de un tomate, un conejo de una gallina. No sabía de lunas, ni de puntos cardinales. Privado anduve durante sesenta años sin saber de la sabia ingeniería de los pájaros; ciego, ante el purpúreo ocaso de un atardecer apasionado; apático, ante el brillo de la eterna mirada del olivo; indiferente al repunte gozoso de las yemas del almendro. Arisco al meloso azul del aire; sordo a la música de la acequia, al amarillo de los vinagrillos. Por mí corría el tiempo insípido al igual que corren los días frente a la tumba de los muertos.

Esta mañana, me levanté raudo a la par del gallo y el lucero. Cogí este cuaderno como si fuera una caja de las tantas que poco a poco hemos ido llenando para mudarnos al centro. Intento meter en ella todo lo que durante estos años he ido acumulando: el olor del orégano, los colores encendidos del otoño, el sabor grato y áspero de las nueces y el membrillo, el sembrado de la alfalfa, el sudor y la recogida de las patatas, y hasta los desengaños tras el granizo y la filoxera. Todo lo he querido guardar en esta caja. Vano intento. Una solemne tontería. No nació este cálido y generoso trozo de tierra para ser encerrado entre rejas cual un criminal confeso. ¿De qué me serviría coger una a una todas las granadas del árbol, los racimos de la uva, encerrar los cuatro gatos que fieles me han acompañado besándome los pies durante mi carnal y descansada estancia en este sensual roal bendito? Las gallinas y las flores se asfixiarían metidos en el avaricioso baúl de mis pertenencias. Todo debe quedar aquí, florecer donde fue plantado. ¿O es que acaso si me llevara conmigo todas las flores del rosal de la entrada no me odiarían por arrancarlas de su paraiso? Nunca más cierto aquel lema de Proudhon, la propiedad es un robo, sino referido a la naturaleza. Nunca, de las muchas patatas que arranqué, de las coles que planté, ninguna se me resistió, todas ellas se me entregaron dadivosas. Justo es que yo no le arrebate ahora a esta tierra el derecho a seguir luciendo su fértil manto donde ella quiera.

Y lo que al principio creí que este último adiós me iba a resultar lastimoso y triste, heme aquí que me siento reconfortado y agradecido. El separarme de este huerto en nada me sabe a pérdida; al contrario, esta pequeña parcela de tierra me enseñó a vivir libre y desprendido. Ninguno de mis preceptores anteriores con sus títulos e ínfulas y acumulados méritos supo hacerlo. La huerta me enseñó a ver en un solo punto de la circunferencia el universo entero. Una vulgar calabaza alberga dentro de sí el agua, el sol, el tiempo, el carbono..., todo lo que la vida precisa.

martes, 12 de noviembre de 2024

Mar, amor y muerte




Mi madre sabe que yo estaba muy enamorado, no solo de Belisa, también de los niños, las flores. Pero a mí, sobre todo siempre me entusiasmó el mar. El agua fue para mí el mejor bálsamo en los momentos duros. ¡Mar, amor y muerte se parecen tanto! Nunca me hubiera imaginado que al otro lado de la muerte hubiera tanta agua. Mi cuerpo se parece ahora a esos barcos misteriosamente desaparecidos en medio del océano.

Mi madre le ha dicho esta tarde a mi padre de ir a la playa. Por casualidad se han sentado frente al espigón, en la misma roca que yo estuve llorando a lágrima viva la pérdida de aquella chica que se alejó de mi vida como el destello fugaz de un meteorito en una noche de verano.

El llanto de mi madre se alimenta de la sal del agua; y mi llanto y el suyo y el de Belisa confluyen en la misma ola, un largo abrazo de amor que se desliza perdiéndose en el horizonte del infinito de la tarde. En su delirio mi madre toca el agua con su mano y de pronto siente un escalofrío muy grande por todo su cuerpo, siente en la misma piel del agua mi propio cuerpo sepultado bajo el agua de la albufera.

domingo, 27 de octubre de 2024

Sé que me estoy muriendo



Estamos en otoño, tiempo para el ensimismamiento.

Las hojas-amarillas-muertas alfombran los alcorques de las moreras de la plaza Y ante esta visión no sé si esperpéntica, simbólica o romántica, el muerto en vida divaga sobre su propia muerte. Ya lo dijo no sé quién: para aprender a vivir, antes hay que morir un montón de veces.

Un día atroz. Llueve a cántaros. Siempre llueve cuando las campanas tocan a muerto. Las nubes se han conjurado, escupen chispas. Un día malo para morir. No hay día bueno para diñarla. La muerte es una injusticia. No hay muerte de calidad, muerte digna, ni buena muerte, ni santa compaña, ni leches. Los ojos se le salen al aprendiz de muerto de sus cuencas. Le falta el aire. Pide ayuda con voz desgarrada. Quieren ahogarme. Alguien le pone una careta de oxígeno. Desesperado la tira contra el suelo. Verrà la morte e avrà i tuoi occhi. (Cesare Pavese). Su ululante mano busca un enlucido donde agarrarse. No hay clavo ni pared alguna. Cual segador tras la dura jornada se limpia con los huesos del dorso de la mano el sudor frío que le quema la cara. Clama a los cuatro vientos sé que me estoy muriendo. Pero no quiere irse. Intenta levantarse, huir, escapar del sepulcro-cama, atravesar a nado hasta la otra orilla del río Segura. ¿No veis que me arrastra el Hades? ¿Nadie me va salvar de esta piraña que me come por los pies? Pegadme un tiro, antes que mi carne se muera por las dentelladas de esta mortal alimaña.

Y después de muerto, por favor, desenterrarme. Me da miedo la oscuridad. Dejadme mejor secar al viento como los pimientos choriceros.

martes, 22 de octubre de 2024

Desde los barrotes de la buhardilla




Desde los barrotes de la buhardilla observa trascender el tiempo. El tiempo huye hacia las nubes etéreas. Siente en la distancia, en el espacio que le une al horizonte desdibujado-color-plata-plomizo, el latir de su corazón prisionero al compás de la respiración de las cañas del río que cubren con su verde el silencio del amanecer.

Desde la terraza de la buhardilla lanza sus ojos hacia los límites sinuosos de las montañas-murallas del pueblo. El tiempo, compañero callado, impasible, le hermana con la historia, sus coetáneos. Compañero inseparable de conciencia, viajes y trastadas. El tiempo le sumerge en el masoquismo placentero de este calabozo. Si se librara de su secuestrador el tiempo, irremediablemente de bruces daría con la muerte, a no ser que el fin del tiempo fuese la puerta de la vida, pero esto es otro cantar: el canto de la fe y la esperanza. Se mantiene en la duda. Quisiera por mucho tiempo, seguir siendo hijo de esta Tierra. Que su respiración se confunda con la función clorofílica de las cañas del río allá abajo en el barrio de Santa Rita, que su corazón tiemble con el resoplar del viento entre sus hojas.

Es el tiempo su dueño, marca su edad y su memoria. Su existencia se le hace necesaria como un Dios por encima de todas las cosas. A pesar de estas tajantes afirmaciones, no está seguro de nada. Duda e ignora todo acerca de la naturaleza del tiempo, de la naturaleza de la misma Naturaleza y de la naturaleza de su limitada naturaleza como ser humano. Sin el tiempo no estaría vivo. El mismo día que vino al mundo se quedó a vivir con él. Desde entonces el tiempo mueve cada uno de sus pasos. Es su alma, el aire que respira. Aunque su compañía no siempre le resulta grata, sobre todo cuando le muestra su cara más fea, y le hace llorar de rabia. Pero prefiere su presencia respetuosa y callada a la nada de su existencia. No es un extraño. Pero de tanto verlo, ni lo siente, ni lo nota. Ni siquiera sabe si existe. Pero si no lo tuviera, seguro que la tierra que vive desaparecería bajo sus pies sedientos.

domingo, 13 de octubre de 2024

La exuberancia triunfal de la parra muda


 

Lleva más de un mes tentándole la escritura. Impertinente le sigue el lápiz y su cuaderno. Y él, ¡ni caso! … Y pasan los días sin dar un palo al agua.

¿Inapetencia, tedio, vacío? Y se entretiene con cualquier cosa; pero nada le llena. Precisamente este abandono, que para otros podría ser desapego y calma, para él es frustración y desgana. Le cansa el escribir. Un pimiento le importa que la tierra reviente, que el sol se muera. Todo le es ajeno. Tampoco se encabrita, (¡que ya es decir!), viendo la estupidez de un cómico besamanos en el salón de un acrónico trono real en un día arrogante llamado Hispanidad.

El escritor está harto. Harto de contemplar auroras prometedoras, atardeceres románticos. Harto de mirar el rojo de la buganvilla, el vuelo prudente de la tórtola, la paciencia de los gatos, de sus relatos sin fuste, de la sabiduría de los cipreses, de la triunfal exuberancia de la parra muda… de la sumisa fidelidad de su perro longaniza…

Alguien viendo al escritor tan deprimido acude en su ayuda. Le viene a decir que sepas que la escritura podría devolverte el ánimo. Y este consejo amigo le sabe a cursi tontería. Y se dice para sí: ¡Será más bien al contrario! Ánimo es lo que necesito para escribir, ánimo y tener algo que decir. Y visto lo visto no se me ocurre nada que merezca la pena.

martes, 28 de mayo de 2024

Spain is different


Mojácar a finales de la década de los setenta.

Frente al mar busco una piedra. Desisto. Todas aplanadas, limadas por las eternas olas, sin base alguna sobre la que poder sentarme. Lo hago a culo pelado sobre la arena. Estoy entre el mar y la montaña. Al mar lo llaman El Cantal. Y a la montañas, Mojácar. Este pueblo de inmaculada cal blanca esconde en sus entrañas sustratos de negra estampa: hambre, angustia y paro. Rastros morenos y curtidos por el sufrimiento, reclamo humillante de un turismo avasallador. Gentes que un día tuvieron que salir para Alemania y Francia en busca de trabajo. Y ahora de nuevo, a su regreso ven como aquellos mismos extranjeros son los campeadores de su añorada tierra natal. Desposeídos de sí mismos.

Mojácar, aldea embrujada y moruna, saludable y maldita. En ella guiris, allende de los mares, se sienten a gusto, parecen sus amos. Empinadas calles a lomo de un borrico. Cantidad de casas en ruinoso estado. Sus cimentaciones fallan por el salitre y la humedad de la montaña. Tiendas de suvenires, innumerables puestos regentados por los lugareños ofrecen al visitante llaveros, ceniceros abanicos y sombreros de paja… Todos estos objetos están marcados con el emblema del Indalo, amuleto que los nativos de esta tierra eligieron para protegerse de la enfermedad y de su mala suerte.

Llaman a este recodo de playa El Puntazo. Y al igual que el agua vierte fuera toda la porquería, plásticos y basura que el mar escupe sobre la arena, yo me dedico a escribir para sacar también de mí  lo que me recome por dentro. Levanto mi vista de este cuaderno de grafías sangrantes. Y junto a mí descubro a mi adorada Venus con sus dos senos felices frente a la brisa de la tarde. Abrazo a mi compañera y ambos nos sumergimos en el mar azul y bravo de la Mojácar negra, blanca y mora.