Desde su ventana interior los escritores me enseñaron a mirar las cosas detenidamente, me permitieron acercarme a ellas con clarividencia y profundidad. Me descubrieron y desvelaron la sabiduría que hay dentro de todo aquello que los escritores odiaron y amaron, pensaron, soñaron e imaginaron. Los libros me dieron a comer de su mano, me mostraron dadivosos el color, el arco iris, la disposición, la intensidad, la luz, el sonido, el aroma, los latidos… de un mundo posible e imposible, real e inventado, el todo, la naturaleza entera convertida en libro. Y hasta me conmovieron y contagiaron con el sentimiento, de una vieja y simple silla, de una flor olvidada, de un embalse azotado por la sequía; porque el pantano y las plantas, los ríos, sus cañas.... también ríen y lloran.
Hoy, día del libro, no me canso de agradecer, de admirar la clarividencia que poseen los escritores para transmitirme a través de sus libros la emoción de una foto, el desgarro de una tos, el lamento de un grito, la cordura de un guijarro, su cohesión, el equilibrio, la gravedad y las buenas intenciones de una nube desolada entre los abismos de los Alpes suizos.
Y por La montaña mágica hoy me siento deslumbrado, sorprendido por la totalidad desnuda de la esencia de las cosas. Desde la lejana distancia de una habitación a solas, donde amurallado y a refugio me hallo, esta mañana, Thomas Mann me habla, me embriaga, abre mi corazón al ensalmo inédito e insospechado de sus letras. Tiene este libro, aun mediando entre él y yo el espacio infinito y opaco de un tiempo inmensurable…, la virtud de conectarme con el alma de la vida.
Hoy, día del libro, no me canso de agradecer, de admirar la clarividencia que poseen los escritores para transmitirme a través de sus libros la emoción de una foto, el desgarro de una tos, el lamento de un grito, la cordura de un guijarro, su cohesión, el equilibrio, la gravedad y las buenas intenciones de una nube desolada entre los abismos de los Alpes suizos.
Y por La montaña mágica hoy me siento deslumbrado, sorprendido por la totalidad desnuda de la esencia de las cosas. Desde la lejana distancia de una habitación a solas, donde amurallado y a refugio me hallo, esta mañana, Thomas Mann me habla, me embriaga, abre mi corazón al ensalmo inédito e insospechado de sus letras. Tiene este libro, aun mediando entre él y yo el espacio infinito y opaco de un tiempo inmensurable…, la virtud de conectarme con el alma de la vida.
Un buen libro es un talismán, milagroso regalo, que me hace vibrar, sentir, conocer, amar toda la belleza, que a veces la dura realidad trata de robarme.
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