lunes, 4 de diciembre de 2023

Como un bendito en plena siesta



Sentado al sopor del mediodía leyendo estoy Walden, una especie de ensayo de Henry David Thoreau acerca de los sometimientos infundados y aberrantes a los que los humanos nos sometemos inútilmente. Este pensador norteamericano, (mitad Séneca y mitad Greta Thunberg), narra su experiencia, tras haber permanecido dos años aislado en el bosque, en una cabaña construida por él mismo. Thoreau, alejado del caos de la ciudad, quiere conocer de primera mano las sensaciones y enseñanzas que se derivan de una vida vivida en un peculiar entorno completamente natural y sin la mediación ofuscadora de una civilización atiborrada, derrochadora y sin sentido.

Al igual que los antiguos anacoretas que esperaban encontrar a Dios en la tranquila soledad del desprendimiento, el escritor y a la vez protagonista se adentra en prados desolados, en la espesura de los bosques a la escucha de los mensajes del viento, de los consejos de la madre tierra o de las indicaciones del sol y las estrellas; pero no por los mismos motivos de abnegación y renuncia espiritual de aquellos eremitas del desierto de la Tebaida, pues sospecho que al Robinson de Walden le gustaría vivir bien como a todo hijo de vecino, pero sin las incomodidades y estridencias de la enredosa acumulación y el hartazgo vomitivo. 

Con sólo leer la introducción de Walden, me hago a la idea de lo que su autor quiere decirme: que la Tierra no se desintegre por el mal uso que hacemos de ella y que, además, no seamos tan imbéciles para llegar a convertirnos en máquinas, en una deuda ajena, aes alienum. Hay que estar atento y ser respetuoso con la naturaleza, si queremos que la naturaleza siga alimentándonos y dándonos cobijo, que no es necesario labrar y trabajar sesenta hectáreas de legumbres, si tenemos suficiente con un plato de garbanzos al día. ¿Quién nos hizo siervos de la gleba? Y a colación de la inutilidad de poseer infructuosamente fincas innumerables, me viene al recuerdo aquella conversación que mantuve un día con mi vecino Mariano, relacionada con una reyerta entre dos huertanos, originada por una discusión sobre el linde de sus propiedades, y que acabó con uno de ellos muerto en el suelo por un disparo de escopeta. Y me comentaba mi amigo Mariano: ¡Ay que ver, Juan, cuán grande es la estupidez humana! ¡Si para morir sólo necesitamos dos palmos de tierra donde ser sepultados! Y dado que yo no mido ni media vara, le contesté: eso serás tú, pues a mí con medio palmo me sobra.

El escritor-naturalista quiere arrojar por la borda del barco de su existencia todo el lastre que le impide gozar de la vida en su jugo. Él mismo nos muestra la razón por la que se embarcó en esta empresa tan original como estrafalaria, sostenible, ecologista y peculiar: No quería vivir lo que no era vida. Quería vivir profundamente y libar toda la médula de la vida, vivir tan fuerte y espartano como para prescindir de todo lo que no era vida, vivir sólo para hacer frente a los hechos esenciales de la vida, y no descubrir al morir que no había vivido. Sigo leyendo: Veo jóvenes, conciudadanos míos, cuya desgracia estriba precisamente en haber heredado granjas, casas, corrales, ganado y aperos, pues es más fácil proveerse que despojarse de ellos… La vida de los más sabios ha sido siempre más sencilla y sobria que la de los pobres.

Frases como estas exigen por mi parte una consideración de profundo calado socio-filosófico. Compruebo que, debido a este circunstancial momento pesado del día, no estoy a la altura de su comprensión. Los ojos se me cierran por el dulce adormecimiento de la lectura en hora tan cargadamente plácida. Dejo el libro sobre el banco de madera de este bucólico rincón de la huerta donde el destino hace tiempo vino generosamente a plantarme de un golpe insospechado y fortuito. No quiero sumergirme en la adormidera de las palabras escritas de Walden, por muy bien que me caigan sus advertencias llenas de estoica sabiduría. Dejo pues el libro al igual que Thoreau dejó la polis para adentrarse en las olas apacibles de otro mundo más llevadero y sostenible.

Alzo la vista a mi alrededor. Y me da vergüenza darme cuenta de lo que me dicen las abstraídas palabras de Henry Thoreau, teniendo yo ahora mismo los reflejos del sol, entre los morados de la parra virgen desparramada, acariciándome de arriba abajo todo el cuerpo. Miro las hojas del granado, ayer negras por la roya, y cargada de piojos, y hoy, tras la suave lluvia del amanecer, limpias como una patena. Puras. La inmortalidad de los cipreses rompe con el cuchillo de sus puntales el denso plomo azul del cielo que los recorta invulnerables. Perlas de agua aún anidan felices entre las hojas nacientes del maíz, que ya levanta casi un palmo del suelo. Perlas de agua penden risueñas de las hojas de las tomateras. También lloran de placer con sus gotas de cristal líquido los amarillos incombustibles de los dompedros que adornan el sendero y los rincones que rodean el banco donde estoy sentado.

Abandono por tanto Walden. Leo y escucho mejor lo que la naturaleza en su jugo me dice de tú a tú, sin mediación de libro alguno… y me repantigo en el banco, hasta quedarme dormido como un bendito en plena siesta.

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