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viernes, 15 de marzo de 2019

Asamblea de Barrio



No hay cerrojo tan formidable como el que nos presenta el infinito cuando se abre.
(Víctor Hugo) 


No sé por qué le pusimos el nombre de Forja. Tal vez por el férreo, incandescente y empeño colectivo que todos pusimos en su realización. De haber leído El hombre que ríe de Víctor Hugo, a lo mejor le hubiésemos llamado a la operación Cerrojo Formidable. Dos horas antes, como reos en capilla a la espera de su momento más trágico, las cuatro personas que habíamos sido elegidas para llevar adelante el asalto nos dimos cita en un lugar protegido. Debíamos ultimar nuestro cometido, resolver imprevistos, recordar y coordinar las diferentes responsabilidades, calentar motores, garantizar la seguridad, El cuartel de la Guardia Civil lo teníamos tan sólo a dos manzanas. Nos enfrentábamos ante un hecho de cuyo resultado dependía la educación de nuestros hijos.

La misión, en pleno corazón de la noche, sin violencia y desperfecto alguno, era trepar hasta el tejado, para desde allí descender al interior y sustituir la cerradura de la puerta por otra de la cual nosotros tuviéramos la llave. La asamblea había acordado ocupar aquellos nuevos locales que tanto anhelábamos y que considerábamos propiedad del barrio por lo mucho que por él habíamos luchado.

¿Nuestras herramientas? Las imprescindibles: un par de linternas, una escoba, un diamante, un juego de atornilladores, una pastilla de plastilina gris, un octavo de pintura de aluminio, una escalerilla de cuerda, un par de arneses y un rollo de cinta adhesiva.

Nos citamos a la una y media de la noche. El primer paso sería desactivar el alumbrado eléctrico de la zona. Sabíamos que este dispositivo se ponía en marcha cuando la luz solar dejaba de proyectarse sobre un cuadro provisto de células foto-eléctricas que interferían la conexión, originando con ello el corte del alumbrado. De esta manera, si éramos capaces de alimentar con una linterna encendida dicho mecanismo, las farolas no se encenderían. Podríamos trabajar a oscuras sin ser vistos por nadie el tiempo que durase nuestro trabajo.

En caso de que no pudiésemos alcanzar la azotea, pondríamos en ejecución el plan B. Con el diamante cortaríamos el vidrio de la pequeña ventana que da al patio. Llevábamos con nosotros otro cristal de repuesto de las mismas medidas. Desde allí, luego de haber ajustado con plastilina el cristal al marco, nos adentraríamos en el edificio. Esta opción era más fácil, menos arriesgada, pero por ser más escandalosa y expuesta, sólo deberíamos llevarla a cabo, de fracasar la primera. El balcón de la casa del vigilante no distaba más de siete metros del epicentro de lo que debería ser nuestro campo de acción. Cuidado, el máximo. A la más mínima seríamos descubiertos. No levantar sospecha era nuestro propósito. La operación tendría que resultar limpia. Ningún desperfecto, no dejar pista alguna. Evitar futuras represalias. Todo debía parecer un milagro. Limpieza, seguridad y éxito, éstas fueron las tres palabras claves con las que nos conjuramos antes de dirigirnos a la Plaza de las Viñas, lugar donde tenía su enclave nuestro objetivo.

No fue necesario poner en marcha la segunda opción. Una vez escalado el tejado, desmontamos una de las cuatro claraboyas, la que en perpendicular caía justo encima mismo del hall. Ayudados de la misma escala marinera con la que hicimos el ascenso nos deslizamos hasta situarnos justo delante de la cancela. Sustituimos entonces la cerradura de la puerta principal por una nueva que nosotros a tal efecto traíamos en una de nuestras mochilas. Mientras que unos ajustaban la nueva cerradura, igualándola, incluso con unos retoques de pintura de aluminio a fin de que se pareciese lo más posible a la que habíamos inutilizado, otro trepó para atornillar la tapa de la claraboya por la que habíamos entrado y desamarrar la escala marinera utilizada. Luego, desde dentro, abrimos la puerta, salimos a la calle. Cerramos por fuera como verdaderos dueños de aquella propiedad. La luna nos sonrió cómplice. Finalmente nos encaminamos a retirar la linterna encendida que habíamos sujetado con cinta adhesiva al dispositivo del alumbrado. Las farolas del barrio volvieron a encenderse. Nuestras caras reflejaron el gozo por el deber cumplido. Antes de las cuatro de la madrugada la operación había terminado.

Al día siguiente un coro de niños y niñas acompañados de sus padres estrenaban los nuevos locales de su Escuela Infantil. A esa misma hora la cadena SER leía literalmente el siguiente comunicado que habíamos hecho llegar a todos los medios de comunicación:
Desde las nueve de la mañana, día 20 de enero de 1981, un grupo de padres acompañados de sus hijos hemos ocupado los locales de la nueva Escuela Infantil de Los Rosales de El Palmar. Después de haber agotado por nuestra parte todas las vías de solución por la vía administrativa y, conforme a las resoluciones tomadas mayoritariamente en Asamblea de Barrio, desde hoy empezamos a utilizar todas las dependencias de esta Escuela Infantil...

martes, 12 de marzo de 2019

No quiero a nadie






No quiero a nadie en el mundo, palabras éstas dichas por el Gato, cargadas de odio desgarraron el sagrado tímpano de mi educación atocinada. Una cincuentena de padres y madres reunidos en asamblea debatíamos aquella noche de un octubre templado de 1980 el Proyecto Educativo. La temperatura era agradable. Aun estando ya en otoño, parecía primavera. Las ventanas abiertas. Mientras los asistentes hablábamos del tipo de escuela que queríamos, el hijo de la Josefa no hacía sino incordiar dando golpes contra las puertas del Centro. En un principio creímos que para librarnos de sus pueriles asonadas, lo mejor era pasar de sus chiquilladas. Pero su provocación iba en aumento. Encaramado como un mono entre las rejas nos interpelaba desde fuera con un guirigay entre etílico e inteligible, nos sacaba la lengua, arrugaba dubitativo el entrecejo cual un oteador de gamusinos. Luego, no sé cómo, logró entrar donde estábamos. Cogió una silla y cual un niño bueno se colocó en la primera fila. Sin perder detalle se puso a escuchar la de cosas sublimes que decíamos en aquel momento: frente a una escuela autoritaria, sin participación, acrítica y clasista queremos una escuela participativa que permita el desarrollo integral del niño….

De pronto, el Gato empezó a extrañarse de tan sabios razonamientos. Nuestras elucubraciones pedagógicas, cual si fuesen chuzos de punta contra su delicado cerebro, dieron fin a su aplicado comportamiento. Las facciones de su discente cara pasaron a ser los bufidos de un félido escaldado que del agua fría huye. Ora retrocedía a gritos encorvándose dando saltos como los canguros, ora avanzaba solemnemente entre sillas y mesas, creyéndose un elefante. Alguien fue en busca de la madre, la señora Josefa, esa mujer sufrida con cara de niña buena que vendía iguales en las puertas de la Arrixaca. Tal vez ella sabría cómo hacer para que el hijo nos dejara tranquilos y así nosotros poder continuar con nuestros sesudos racionamientos en favor de la infancia.

Al entrar la Josefa y viendo completamente drogado al hijo, se abalanzó sobre él amarrándolo con sus manos. No sería la primera vez que la madre lo veía en tales circunstancias, pues instintivamente, sabiendo de lo que se trataba, de un tirón le quitó un tubo de pegamento que llevaba escondido debajo de la camisa. Los dos se enzarzaron en una pelea. El Gato empezó a dar patadas como un loco contra una estantería. Todos los libros se vinieron abajo, Montesori, Piaget, Paulo Freire, entre otros muchos pedagogos ilustres. Luego vino la calma, él se acurrucó en un rincón del aula. La madre salió con el tubo de la cola impacto. La asamblea reanudó su trabajo, pero no era lo mismo. Las brillantes ideas la libertad como práctica educativa, gestión democrática, igualdad de oportunidades, enseñanza individualizada, valores, centros de interés… no llovían como antes. Ninguno ya dimos pie con bola.

El Gato se apoltronó en un rincón al lado de una papelera. En ella vi yo que ansioso buscaba algo. De entre las basuras sacó una bolsa de plástico, se la esclafó en la cara y se puso a inhalar con los ojos en blanco como un alucinado. Resoplaba escandalosamente. El espectáculo se hacía insoportable. Uno de los padres, agarró fuertemente al muchacho y en volandas los plantó de un golpe en la calle. Fue entonces cuando el zagal empezó a vociferar con grandes gritos: no quiero a nadie en el mundo. No quiero vivir más. Y acto seguido cogió una gran piedra y rompió los cristales de todas las ventanas de... nuestro Proyecto Educativo. ¿Quién será capaz de ponerle los cascabeles al gato? Ya, nadie. El hijo de la Josefa, después de pasar por la cárcel, hace más de veinte años que cría malvas en el cementerio parroquial.

jueves, 7 de marzo de 2019

David contra Goliat



Más de una vez me tocó presenciar aquellos trastornos. En el momento menos esperado intempestivamente se apoderaba de él una fuerte sacudida. Blandía desordenadamente sus brazos y sus pies en todas las direcciones hasta caer al suelo retorciéndose como un guiñapo. Con todas nuestras fuerzas nos abalanzábamos sobre su cuerpo para impedir que los bruscos movimientos desatados le ocasionaran alguna herida o quebradura. No había manera. Imposible contener furia tan desencadenada. Debíamos también nosotros protegernos. Le echábamos entonces el colchón de la cama encima para contener a modo de escudo sus convulsiones epilépticas. Y así, a duras penas, reteníamos y amortiguábamos los golpes de sus miembros en agitación continua.

Una fuerza irresistible, como un rayo abrasador que ciegamente ambiciona su descarga, veía yo salir de las entrañas de mi hermano. ¿Os acordáis de El Horla, aquel relato de Guy de Maupassant, en el que un extraño ser invisible se apodera del protagonista volviéndole loco? Pues bien, contra ese mismo engendro se las veía mi hermano. En el interior de su boca babeante, los dientes castañeaban como redobles de un tambor. Cuando su oprimida lengua era atrapada por el martilleo de sus dientes, hilillos de sangre serpenteaban por su barbilla. Los ojos en blanco, vacíos de visión, espantaban a cualquiera de los presentes, impresionados por su aspecto onírico y alucinado. Sus bramidos aumentaban, se agigantaban llegando a alcanzar tonalidades que iban de la vesania de una fiera en abierto combate, a los aullidos y lamentos de un animal acosado y sin escapatoria. Recuerdo que una de las veces, el trastorno le sobrevino en el momento en que estaba afeitándose, no con rastillo ni máquina eléctrica, sino con la mejor navaja barbera que disponía nuestro padre. Menos mal que el ataque le sobrevino desplomando su cuerpo hacia atrás; de lo contrario podría haberse hecho un corte de envergadura en la cara.

Todavía retumban en mis oídos los gritos y alaridos de mi madre. Cada vez que ocurría el acceso, aunque estuviese en el rincón más apartado, empezaba a vociferar yendo de aquí para acá, nerviosa y excitada sin saber qué hacer. Sólo al mencionar simplemente la palabra ataque, una gran tristeza y desconsuelo se apoderaba de toda la familia, sobre todo de mi madre. En casa, todos evitaban pronunciar aquella palabra maldita. Maldita para todos, excepto para mi hermano y para mí. Él, porque perdía la conciencia en el momento del ataque, y los golpes de aquella fiera no los sentía; y yo, porque disfrutaba viendo a mi hermano salir siempre victorioso de aquella contienda contra aquel espectro salvaje.

Donde los demás veían enajenación, miedo, delirio, estrago, dolor y angustia, yo me maravillaba contemplando cómo mi hermano se deshacía de aquel enemigo que desde dentro acuchillarle quería. Siendo yo unos años menor, siempre su actitud fue para mí un acto de valentía. Mi hermano era mi héroe. Me enorgullecía verlo combatir de aquella manera contra las iras de Apolo, hijo de Zeus, al que según Homero le complacía herir desde lejos a los mortales en sus momentos de cólera. Siempre consideré a mi hermano como un laureado vencedor, capaz de traspasar cualquier tornado de fuego. Cual paloma incólume siempre salía airoso y vivo de entre las llamaradas devoradoras de aquel volcán innombrable. David contra Goliat.

martes, 22 de enero de 2019

El mendigo ilustrado








Albañil sin recurso pide una ayuda reza el cartón escrito con letras mayúsculas. No me habría sorprendido esta estampa de no ser porque el hombre leía absorto un libro.

Cada vez que voy a la ciudad ando por cierto lugares en los que la mendicidad forma parte de su paisaje. Tal vez debido al tufo del consumo que sus establecimientos provocan, o a la sensibilidad que algunas calles despiertan en los que por allí deambulan, esta profesión prolifera más en unas zonas que en otras. No conozco un Mercadona que a sus puertas no haya alguien pidiendo. ¡Qué tendrán las puertas de los bancos, de las iglesias y de los mercados! A un panal de rica miel dos mil moscas acudieron… Taumaturgos gatos a las puertas de una pescadería. He visto mendigos tocando el acordeón, pordioseros acompañados de mascotas, pobres con los brazos en cruz, arrodillados, madres amamantando, jóvenes tullidos, malabaristas Pero hasta hoy jamás había visto alguien pidiendo limosna y que al mismo tiempo leyera un libro.

Por eso esta mañana al ver a este pobre albañil, y habiendo yo sido también trabajador de la construcción en mis jóvenes años proletarios, siento una profunda empatía por este pobre y a la vez hombre ilustrado. ¿Y por qué no decirlo? También vergüenza por creer que esta casta menesterosa habría de ser, por fuerza, analfabeta. A favor de estas gentes, elocuente estirpe, sarpullido de una sociedad que cuece algo en su organismo que nos dice que hay cosas que no van bien, tengo que decir que siempre me cayeron bien por su iluminismo, protesta, descaro y libertad.

Pero aquí no acaba la escena que yo esta mañana he visto al ir al banco a sacar parte de mi pensión para aguantar la cuesta de este tieso final de enero. Tenía yo curiosidad por saber qué libro estaría leyendo este menesteroso lector a las puertas de Bankia. ¿El Capital? ¿Lo último de Yanis Varoufakis? ¿La crisis ninja y otros misterios de la economía actual?

Tuve suerte. Al salir del banco con mi faltriquera repuesta, el mendigo ya no estaba. Pero sí la caja sobre la que sentado antes leía. El libro cerrado sobre las tablas de madera. Las letras del título miraban al cielo rasgado de una mañana de nubes y vientos desapacibles y fríos. Era el libro de la Sagrada Biblia. Me acordé de la cita de los evangelios: Pedid, y se os dará. Ironías de la vida.


miércoles, 26 de diciembre de 2018

Código de barras en la gobanilla






Llevado por la ilusa confianza de que el resuello de los días me acompañaría siempre, nunca hasta hoy daté y firmé nada mío. No tuve necesidad. Pero hoy, contra la costumbre, rubrico y pongo fecha a este cuerpo de mis entretelas. Lo hago movido por la imagen, que un tal Lobatón ha subido a Facebook. En ella se ve a un hombre ya mayor con camiseta del Barça y zapatillas de casa, a quien confundo conmigo. Lleva puesto el mismo jerseys amarillo de rayas blancas que yo visto. Al pie de su imagen leo con curiosidad y con no menos desconcierto y sorpresa:
A este señor lo han visto por los alrededores del Arabí, la cueva de su pasado atávico. No sabe su nombre. Lo único que recuerda es que tiene un loro que se llama Umbra. Si alguien, por favor, lo conoce (tanto al papagayo como a su dueño) que llame a la comisaría de Azulada.
Por eso hoy, en las postrimerías de este dieciocho que se escapa, quiero dejar bien claro quién soy yo, qué pie calzo, qué ropa luzco, a quién voto y a qué dioses no venero. Tatúo en mi muñeca con tinta de sangre mi código de barras imperecedero e imperdible. Subrayo en rojo la cifra inconfundible de mi identidad en mi gobanilla derecha. No quiero que me pase (si es que no me ha pasado ya) lo mismo que a este pobre señor de Facebook a quien todo el mundo busca sin saber de quién se trata.

En este rápido, fatigoso y líquido tiempo en el que vivimos, mi pisar muy pronto se diluye. No como aquellos andares de otrora, sólidos y compactos. Su rastro era personal, único, intransferible. Repito, en otros tiempos, ningún suceso, persona o cosa necesitaba de apuntalamiento, refrendo o autoría alguna. Imposible era perderse. Pero, hoy, con estas prisas, ¡hasta de mí llegué a olvidarme!

lunes, 5 de noviembre de 2018

El gato, mi madre, la noche y yo




Mi madre ve cómo la noche se adentra en su casa. Un gato en el portal vigila la entrada. Las sombras de las moreras de la calle despiden su negrura sobre el balcón. Estrellas, pocas, con desgana entre las nubes espesas se asoman a la salita. El gato sigiloso ceremonial y elegante se sumerge sin miedo en el corazón de la noche. Los ingenuos gorriones sueñan con la generosidad del trigo. Un frío que pela se palpa en la humedad de los barrotes de la verja. Yo, mientras, escribo para espantar como mi madre a la noche. El olor a leña quemada de la estufa del taller de Eulalio, el ebanista de al lado, se cuela por la ventana. El momento es triste. Veo el tiempo, eternidad pesada e inamovible que se ensaña con mi madre que me dice:
Hijo, ¿a mis años, qué pinto yo aquí? Soy un pasmarote. ¡La muerte sería un alivio!
Me hubiese gustado responder a mi madre: ¡Pues muérete! Y ella como si adivinara mis palabras no dichas, me fulmina con su mirada, como quien con rabia responde callado a una impertinencia. Y siento cómo la noche con su garganta llena de sombras me engulle a mí también. No soy un hombre, tampoco un niño, ni un pájaro, ni siquiera soy la noche, esta sombra con la que ahora entre sueños me confundo. Sólo soy el miedo de mi madre, sus dudas y temores. La escarcha de los cristales se extiende sobre mi piel avivada por el frío. La noche espesa y tosca con sus anteojeras de esparto cubre mis ojos. Son mis ojos la noche, dos capazos vacíos llenos de sombras. Noche desnuda. Y la bruma helada que viene de El Carche ahuyenta las estrellas. La luna me da la espalda y no deja que las luciérnagas de mis alas inquietas se columpien, se relajen en el remanso de las aguas de mi infancia. Y mi mirada oxidada, vestida de negro, herida queda contra el cuchillo de los cristales de la noche.

Los ojos del gato atraviesan la negrura del callejón de la calle España. Sus aullidos no me dejan dormir. Los gorriones descansan desde el anochecer, alérgicos al negro helado de las tinieblas. El gato, contemplativo, acurrucado en la repisa de la ventana, quieto mira ahora con sus dos tizones encendidos la infinitud oscura. Mi madre insiste:
¡Hijo, No te quedes ahí parado sin hacer nada, mientras yo me voy al negro infierno de la noche!
Pero yo ya no puedo hacer nada. Estoy dormido.

miércoles, 30 de mayo de 2018

Las vendedoras del ocaso






Esta tarde han venido a casa dos jóvenes muy bellas, llenas de vida. Vendedoras de algo que no tienen: fraude, óbitos e infortunios. Trabajan en una agencia de seguros. Se han salido con la suya. Imbécil les he comprado por adelantado mi muerte, con lápida incluida e indemnización al canto en caso de ser aplastado por un rayo.

Cuanto mayor soy, más me cuesta librarme de la sombra de mi pasado. La memoria es inversamente proporcional a la distancia de los días que evoco. Y así noto, conforme voy entrando en años, que mi niñez acude más fresca, viva, con mejor paladar que el hervido de bajocas y cebollas que cené anoche. En cambio, el dulce sabor de las rebanadas con pan vino y azúcar con las que mi abuela Pepa, hace sesenta años, me regalaba, todavía hoy rebosan de gusto en mi boca. Dime de qué te acuerdas y te diré la edad que tienes. Contradicciones del tiempo.

Trato con mis recuerdos vivir de nuevo el pasado. El pasado es eterno:
Si me dieran a elegir entre tu recuerdo eterno y aquella sensación caliente, (ahora distante y fría), de mi dedos en tus hendiduras sagradas, escogería el recuerdo que guardo intacto de aquel tu quejido infinito que rompió el tímpano del placer de mis sentidos.
Y ya no sé si el ayer, tan lejos lo veo, que parece ciencia ficción. Entre la verdad y la ficción apenas hay un paso. Tan suave es la línea que los separa que no sé dónde empieza la fantasía y dónde la realidad termina, dónde nace la vida y dónde mi muerte acaba. Y es que ambas carecen de fronteras. La frontera es un invento humano para defendernos del miedo. Fronteras, si las hubiera, no las pondría la naturaleza que pule sus extremos y barreras con el púrpura de la verja que cubre la tumba amiga.

Hoy me acordé de mis antepasados y quise hacer un árbol genealógico para localizar mis cromosomas, los de una línea y los de otra. Y tiempo tuve de ver a mis nietos revueltos con sus filamentos jugando a la comba. Quise separarlos, pero al no saber cuáles eran los ramajes lilas, los malvas, verdes y rojos, no pude.

Soy un pez que se muerde la cola, (símil no muy acertado). Mejor diré que quiero ser esa serpiente que a sí misma se engulle para no morir jamás.

Las dos muchachas jóvenes, las vendedoras del Ocaso, después de haber hecho bien su trabajo, se han ido cantando:
El que la hace, la hace cantando.
El que la compra, la compra llorando.
Y el que la gasta no la ve.
Yo en cambio he visto las agujas del reloj de mis días caminar al contrario. Firmo la póliza. Tiene guasa. Pago por algo que nunca llegaré a disfrutar. 

jueves, 24 de mayo de 2018

Un mal sueño






Me levanto cansado. Los sueños me han dejado rendido. Las neuronas gratinadas por el bochorno de la noche estallaron como misiles dentro del microondas de mi cerebro. No pude pegar ojo. Y en los pocos momentos que lo hice, me vi envuelto en batallas sin sentido. Por eso esta mañana, ando abatido cual soldado en plena campaña. Mi cabeza, completamente vacía, separada del cuerpo, no parece mi cabeza. El resto de mis miembros, dislocados. Desnucado, incapaz de pedalear. Me dirijo en bicicleta al trabajo.

A medida que pasa la mañana, poco a poco voy librándome, o mejor dicho, centrándome en el sueño. Irónico el sol saluda por el borde de la montaña, suavemente se desliza por las tejas rojas del alero de las casas, hasta tocar mis hombros con las sombras de sus manos luminosas. Allá en las olimpiadas de Barcelona, López Zubero y José Manuel Moreno celebran con champán sus estrenadas medallas de oro. Últimos de Julio. 1992.

En cambio, el sueño al que me refiero no sé en qué época tuvo lugar. Planos de canto, superpuestos en el tiempo acuchillaban la orbital esfera de mi vida. Difícil adivinar a qué puntual cronología de mi pasado hacía mención el sueño. Los sueños, siempre con su aureola tonta de intemporalidad presumida.

Estaba, yo no sé, si recolectando tomates por los viveros de Marruecos, cortando limones por la huerta de Alguazas o recogiendo platos de las mesas del comedor del Colegio Mayor donde estudiaba. O puede que ya me encontrara en una de sus aulas impartiendo clases de Historia, esa asignatura por mí la más odiada. Desde que allá por el mayo francés escuchara aquel slogan Olvídense de todo lo ocurrido. Comiencen a soñar, siempre se me resistió esta disciplina con sus retrógrados ojos sobre su espalda. Y vi a Parménides y Heráclito batiéndose el cobre encima de una de aquellas mugrientas mesas alargadas del comedor. Allí también estaba la Conserje vestida de uniforme con un manojo de llaves que le colgaban del cinto. Me quedé rezagado recogiendo cubiertos llenos de pringue. Mis compañeros me habían dejado solo en esta tarea que debería haber sido compartida. Me sentí utilizado. Recogía las sobras de la comida, cortezas de naranja, raspas de pescado que depositaba en un cubo. Una monjita invisible tras un torno se encargaba entre ruidos de vajillas y sonrisas sofocadas y rezos susurrantes de devolver el brillo a cacerolas y tazones donados al Colegio por algún devoto de la Virgen Blanca, aquella imagen de alabastro que presidía el patio de nuestros recreos.

A todo esto la conserje o la monjita, (no me acuerdo), sin tener en cuenta el esfuerzo al que voluntariamente o por obligación sublimada yo devotamente me empleaba, apagó las luces del refectorio, dejándome en penumbras. Le grité a voces que encendiera las luces que aún no había acabado mi tarea. Ah bueno, perdona, -me contestó, pero sin encender de nuevo la luz. Luego oí como echaba el pasador de la puerta por fuera. Me quedé encerrado sin poder salir de allí. La llamé a gritos. Su única respuesta, unas carcajadas suyas, crueles y sarcásticas que resonaban cual las de la bruja del cuento de Hansel y Gretel tras las rejas de la jaula aquella.

Dentro del mismo sueño me quedé dormido. Aun así, el horror, el pavor de verme allí enclaustrado en aquel cilindro de madera que no cesaba de dar vueltas como una peonza, no desaparecían de mi cuerpo desarmado. Temblores epilépticos me apalearon, me dejaron estremecido. La sala del comedor se convirtió de pronto en un vagón vertiginoso y oscuro en medio del abismo, un mar siniestro, la celda de una prisión. Y a pesar de que yo dormía casualmente con una mujer no pude conseguir la calma. La mujer a la que en ningún momento pude ver la cara, se levantó para ir a ducharse y aliviar así el calor pegajoso e insoportable de aquella noche de verano. Volvió luego a acostarse a mi lado. Yo seguía soñando. Ella rozó su cuerpo con el mío. Sin pensarlo dos veces le sacudí un solemne guantazo en plena cara. Abrí los ojos desorbitados. A mi lado por supuesto ninguna mujer dormía. En aquellos años yo aún estaba soltero, era virgen. El sueño me dejó muy mal. Me sentía culpable. Me incorporé. Encendí un cigarro para tranquilizarme. Me dije: Sólo ha sido un sueño. No has estado con ninguna mujer. Tu voto de castidad  todavía te mantiene a salvo.

Mientras pedaleo camino al trabajo, taciturno y triste me pregunto cómo un simple sueño nacido de las telarañas del olvido pudo meterse tan hondo. ¿Quién podría ser la mujer a la que arreé tal sopapo? ¿La cara del mendigo con el que ahora me cruzo, esa joven esbelta tras la cual se van mis ojos, y que por poco hace que me caiga de la bicicleta, el acartonado rostro del viejo que ya ocioso ocupa el banco del jardín de Floridablanca?

Todos ellos podrían haber sido aquella persona del sueño a quien no pude ver la cara. Hasta yo, mintiéndome a mí mismo. Lo supe cuando llegué al instituto donde daba clases de Geografía e Historia. Nada más entrar en la sala de profesores, allí estaba ella, la mujer que me dejara a oscuras en el comedor. Me saludó muy amablemente, moviendo a modo de alegres campanillas las llaves que llevaba en la mano. Luego al ver mi cara de inquietud me dijo con sornas de cierta complicidad que no pasaron desapercibidas para el resto de los compañeros:
A ti hoy te pasa algo. ¿Te duele la cabeza? ¿O acaso has tenido un mal sueño?



martes, 15 de mayo de 2018

La Editorial







Hace ya más de quince años. Y sigue esperando. Miente, fue tan sólo antes de ayer. Y ya no espera nada. Para el caso es lo mismo. Nada más salir de aquella Editorial, Opekú supo que jamás aceptarían su novela.

Aun sólo faltando dos semanas para la entrada del verano, aquella mañana hacía un frío inusual. En una región, en la que casi siempre es primavera, muy mal le habrían de ir las cosas para tiempo tan desapacible. Además, un viento a rachas y descontrolado espantaba de las terrazas a los guiris que a esas horas acostumbran desayunar paparajotes con chocolate.

La editorial se encuentra en el cogollo de la capital, rodeada de museos, iglesias de estilo barroco, como la de San Juan de Dios, propiedad de la Diputación, la fachada de la Casa Consistorial con sus cuatro columnas estriadas, el Palacio episcopal, la Cocinilla de las hermanas Paúles y las entrañas enterradas de un rey sabio en la Capilla Mayor de una catedral rococó. Todo un espacio atemporal, inmutable, inconmovible. Tan sólo la alegría del aleteo de las palomas sobre las cabezas de Santa Teresa y San Hermenegildo del retablo de la catedral de Santa María rasgaba el velo de la eternidad muerta del casco viejo de la ciudad.

Opekú atravesó la Plaza de la Cruz. Pasó por delante del Colegio Mayor de los Padres Operarios, donde en sus aulas bizantinas él cursara el trívium, el cuadrivium y otras disciplinas veneradas. Justo a continuación, está la Editorial a la que esperanzado dirige sus pasos. Le recibe un joven, sonriente y agradable, rodeado por bardas repletas de enciclopedias, biografías de santos, encíclicas y misales. Su cara le lleva a otros tiempos en los que él también rodeado estuvo de libros sagrados, divinidades y credos.

Si Opekú es hoy aficionado a escribir, se lo debe a aquellos seguidores de Mosén Domingo y Sol, los preceptores de aquella su juventud devota que le castraron las ganas de leer, como a un gato sus órganos genitales. Le acusaban de herético, dándole a ver con el dedo de su ordeno y mando los títulos proscritos en el Índice Prohibido, los mismos libros que él, sin malicia leía, en aquella etapa de sus estudios de Humanidades. Algo bueno tendrán estas novelas –decía entonces Opekú-, cuando no me dejan siquiera echarles un vistazo. Y como se le privó de la lectura, no le quedaba otra, se puso por tanto a escribir.

Entró en la Editorial, ese bodegón de un barco viejo anclado en los bajos de un ancestro caserón. Opekú insinúa al joven con cara de Salzillo la posibilidad de dejarles un manuscrito para su publicación. Hablan del contrato, de la maquetación, de los derechos de autor, de las galeradas, de los trámites a seguir hasta su publicación definitiva. Luego cuando el escritor en ciernes cree zanjado el asunto, el joven muy amable, tras su mesa de palo santo policromada, comenta:
Pero antes debe decirnos el título de su libro, de qué trata, cuál fue su motivo al escribir, por qué ha elegido nuestra editorial…
No le costó enrollarse acerca de contenido de su novela. Casi de corrido el autor se ve sorprendido por sus propias palabras:
He pretendido con esta obra preguntarme por el sentido de la existencia, la inmortalidad, el más allá… “Las Puertas de Plutón”, tal sería el futuro nombre del libro. Una novela en la que su protagonista se cuestiona si tras la muerte nos aguarda otra vida, Y si llamo Puertas de Plutón a esta novela es por aquella entrada mítica al Reino del Hades, habitada por Cíclopes y Moiras. Una historia auto ficción, contada desde la credulidad agnóstica y el escepticismo creyente…
El muchacho, tal vez desconcertado por la contrariedad de las últimas palabras de Opekú, escurrió el bulto:
En este caso, deberá usted hablar con el gerente de nuestra Editorial.
Y al instante le señala a un señor mayor que tras una vidriera de colores pule las letras de oro de un pergamino. El hombre deja su tarea y viene a su encuentro. Lleva el gerente en la solapa de su chaqueta negra una medalla de San Patricio. Le da a atender a Opekú que ya sabe el motivo de su visita.
Serán los de arriba, -exclama alzando sus ojos al techo-, los que después de leer su manuscrito, aprueben su publicación.
Entendió Opekú el adverbio arriba, utilizado por el gerente con cierta unción, como una referencia al Consejo de Redacción de la Editorial tal vez reunido en el entresuelo del edificio, aunque por la expresión mística que vio en su mirada pensó más bien que se refería al mismísimo Espíritu Santo, aquella otra ave de la Gloria de Bernini, el Paráclito, poseedor del don del conocimiento. En todo caso Opekú intuyó que el gerente le aconsejaba que desistiera de su propósito. Y como si estuviera delante de Bukowski, el de quédate con la cerveza, esto es lo que creyó el escritor escuchar: Las bibliotecas del mundo bostezan hasta dormirse.

Aun así, Opekú insistió:
Un libro que se interroga sobre la inmortalidad, ¿acaso no debiera figurar entre las publicaciones de Editorial tan entregada a libros de espiritualidad, apologías y otras sanaciones piadosas?
El gerente, sin más, se retiró a sus menesteres, o sea: se empleó en seguir sacando brillo al oro de las letras de un códice grecolatino. Opekú no pudo seguir hablando de lo que en su cabeza rugía: que si le costaba menos creer que la increencia misma, que no trataba de convertir su increencia en dogma de fe, que si la fe era fe, debería ser atea, iconoclasta, polisémica y cosmopolita, que la fe no era sino un deseo, un salto al vacío, aquel “saber no sabiendo”, que aún a pesar de lo que la Editorial pensara las religiones del mundo tenían para él toda su consideración.

Quedaron por tanto a solas con Opekú el empleado de la Editorial y otro cliente que acababa de llegar. Éste último, al escuchar la proclama del autor de Las Puertas de Plutón, le miró como mira una carpa fuera del agua a quien le da captura. Opekú sacó entonces de su macuto dos copias manuscritas de su libro. Le entregó una al pasmado cliente y, otra al joven empleado de la Editorial. A este último además le dejó también su número de teléfono. Por si un caso, -le dijo.

Pos Data: 
En honor a la verdad, quien esto escribe no quiere pasar por alto el buen trato recibido durante el tiempo que el autor del manuscrito Las Puertas de Plutón permaneció en el despacho de aquella Editorial. Precisamente ese buen trato fue para Opekú la señal más clara de que rechazaban su obra. El que unos señores se desentendieran de tema tan transversal como es la vida y la muerte, asunto al que por oficio y vocación ellos se debían, le escandalizó sobremanera. Aun así sé de buena tinta que si algún día llamaran a Opekú para decirle que su manuscrito goza de su imprimátur, este escritor estaría dispuesto a renunciar a las ganancias por sus derechos de autor con tal de que esta Editorial ante notario le prometiera un cacho de ese cielo suyo que prometen.

miércoles, 25 de abril de 2018

Tres pasiones






Era la primera vez que entraba a Cartagena por el Hospital del Rosell. Hasta ahora, cada vez que desde Murcia venía a la ciudad departamental, los últimos diez kilómetros, los hacía desde El Albujón, pasando por Los Dolores, hasta desembocar en La Redonda. Desde allí esta gran plaza anfitrión me conducía a cada una de las zonas objeto de mi visita.

Cansado de ver las cosas desde el mismo ángulo, paso de la belleza que, por repetitiva, parece ya no serlo tanto. Mis ojos para salir de su ceguera y aburrimiento necesitan situarse desde otra posición. Por eso, cuando un mismo camino me ofrece nuevas panorámicas, agradezco al nuevo trazado de la carretera la oportunidad de contemplar en sus distintas variaciones la hermosura a mi alrededor olvidada.

Las modernas autovías nos descubren paisajes que, aun estando ahí siempre, hasta ahora habían permanecido ocultos. Estos recién estrenados ángulos de visión tienen la virtud de enriquecer nuestra mirada, ya no porque lo que ahora veamos sea más natural y variopinto, sino simplemente porque nuestra perspectiva es distinta.

Igual me ocurrió una mañana, al salir de casa. Vivía yo entonces en el barrio de santa Eulalia, enfrente de lo que hoy es la librería Ítaca. Nada más finalizar la calle de san Antonio, a la altura de la antigua Tabacalera, la demolición de un viejo edificio me permitió contemplar la torre de la catedral de otra manera. Me pareció más alta y esbelta. Me sentí como en otra ciudad. Esa misma torre, la que siempre fue guía de mis correrías de juventud, vista ahora desde un nuevo callejón demolido, me abrazaba de nuevo como si ella y yo no fuésemos ya los mismos. Esta nueva estampa, hasta ahora inédita, me hizo apreciar más si cabe el arte hasta ahora oculto de una de sus miradas para mí más señeras y emblemáticas. Pero no por ser distinta y nueva la situación desde la que contemplamos la misma realidad, su visión no siempre es agradable, pues en ocasiones puede reflejarnos su plano menos favorecido.

Así fue esa tarde de un cuatro de setiembre de 1992 mi llegada a Cartagena por su lado este, el que da al mar. Un cuchillo de asfalto recién afilado sobre la selva industrial del Valle de Escombreras sangraba recuerdos amargos de otrora cuando con militancia y ardor pateábamos esos frentes de guerra sembrándolos con cuajarones reivindicativos. Metidos en guaridas inmundas soportábamos el plomo y la silicosis de su mortífera atmósfera. Y herido fui de nuevo por el ocre corroído de los montes de La Unión. La amargura de nuestro antiguo sacrificio, amasado con el recuerdo de la explotación de aquellos mineros sepultados por el abatimiento de una muerte temprana, me hizo revivir con dolorida nostalgia la causa de nuestro joven compromiso.

Un viejo amigo de antiguas trincheras había sido ingresado en la Uci a causa de una angina de pecho. Nuestra visita por tanto a Cartagena de sobra estaba justificada. Al pasar por la Venta del Puerto, compramos unas morcillas y un pan de carrasca. Nuestro amigo, sentado bajo una espesa mimosa, nos recibió entre libros y cuadernos, recortes de periódicos y una taza de café. Angina, garganta, ángor, estrechez, angustia, pasadizo, ahogo, espasmo. Estas fueron las palabra que en tan sólo unos segundos escogió nuestro amigo para hacerme ver su mal trago pasado. Cinco días entre máquinas, sueros, controles y cuidados al silencio de la incógnita de un arrechucho al corazón. Le dije entonces:
Dolido en tu lucha baldía por la justicia, por acabar con la explotación y el hambre, tu corazón tal vez haya reventado. Sus válvulas dislocadas no han podido resistir la presión de tanto dolor y muerte. De ahí quizá la angustia a la que te refieres.
Y junto con Albert Camus nos preguntamos por el sufrimiento de los justos. La gran sensibilidad cósmica, política, humana y social, (no olvidemos que nuestro amigo era un artista) erosionaron los ventrículos, sede simbólica de su gran amor almacenado. Me esforcé, no muy convencido, en demostrarle que la luz del día sólo se manifiesta a través de la espesura de la noche. No le valió la metáfora a mi amigo. Y me dijo:
La naturaleza por su fidelidad innata nunca nos revela la malicia de la que carece. Es el hombre, su gestión política, con su quehacer social, somos nosotros los que podemos acabar con el hambre en Somalia, la guerra de Yugoslavia, la tiranía de América. Nunca las desgracias de uno debieran justificar las dichas de otros.
Recuerdo que le insistí que cuando la solución de los problemas no pasa por nosotros, deberíamos cavar en nuestro interior, recomponer armónicamente las piezas desavenidas que desordenadamente alteran su composición, y así una vez encajadas, ofrecerlas generosa y con transparencia a los que nos rodean, sin pretensión alguna, sino desde la presencia amorosa de los que se conocen sinceramente. Me sentí juzgado por su silencio y por mi credulidad tan mal disimulada. Sólo después de estar callado unos minutos, comentó:
Existen huidas en retroceso, son las más comunes, pero otras retiradas ya sean para adelante o hacia dentro lo único que pretenden es justificar nuestra cobardía.
Cumplidor de la estricta dieta a la que los médicos le habían sometido, mi amigo, siempre a gala de buen comiente, se abstuvo del placer de las longanizas y morcillas que junto con las demás viandas que con esplendidez su mujer nos obsequió. Comprendí entonces su gravedad.

Llegó la hora de despedirnos. Me entregó un ramillete de campanillas blancas y unos cuantos higos. En tres o cuatro ocasiones recurrimos al protocolo de los adioses y de los abrazos. Ora nos despedíamos en el jardín, ora lo hacíamos al salir de casa, junto al coche... No nos dábamos por satisfechos en ningún momento. Por último en silencio me entregó un par de folios doblados.

Ha pasado de aquello ya más de veinticinco años. Y hoy, último miércoles de abril de 2018, reordenando papeles viejos, me encuentro con aquel texto de Bertrand Russel que mi amigo me diera en aquella visita. Vuelvo a releerlo.
Tres pasiones, sencillas pero abrumadoramente intensas, han regido mi vida: el anhelo de amor, la búsqueda del conocimiento y una compasión insoportables por los sufrimientos de la humanidad….

lunes, 9 de abril de 2018

La bolsa, el colchón y la maleta



Las tensas cuerdas de pita amarraban fuertemente el colchón de franjas azules y blancas. La apretada soga hendía el colchón al igual que los hilos de tres grandes morcillas rellenas de arroz y cebolla. Visto de perfil, aquel enorme bulto parecía un caracol gigante, pero sin babas ni cuernos que alteraran la emoción de aquel momento especial: el exilio de casa, la primera partida del hogar de mi infancia. La pequeña etiqueta daba las señas precisas de mi destino: Seminario san José. Murcia.

Del tamaño de una octavilla padre recortó un trozo de cartón de una caja de zapatos que sacó de la covacha. Mi madre, sentada frente a la mesa del comedor, aquel mueble de patas torneadas que sólo utilizábamos en las grandes celebraciones, (muy pocas y parcas), se dispuso a escribir mi nombre, cual un preclaro notario que da fe de un acto trascendente capaz de cambiar la historia del tercero de sus cuatro hijos. La elegancia clara de su letra cantó mi nombre y apellidos como si madre fuese la contralmirante del puerto y yo, el barco presto para zarpar rumbo a un lugar tan feliz como incierto. Luego cogió aguja e hilo y cosió el cartón sobre el lomo más visible de aquel bulto enrollado. A fuerza de apretar toda la familia al unísono con nuestras manos y rodillas sobre aquella masa blanda y a la vez indómita, redujimos el colchón a la rueda contenida como si de un gran churro de borra se tratara.

El colchón no era de lana ni de pluma. Era de borra. A un fámulo como yo, no correspondía hacer ostentación alguna. Mis estudios iban a ser costeados por una buena señora sin descendencia, esposa de uno de los más acaudalados comerciantes de Azulada. Todavía los habían más pobres. Su colchón era, no ya de borra, sino de perfollas. E incluso habían compañeros que no tenían ni sábanas ni colchón, sujetos estaban a la caridad, esa otra señora a la que siempre se la espera, pero sin saber si acertará con su paradero.

Con ser el colchón lo más abultado de mi equipaje, no fue lo más importante para mí. Recuerdo, al hilo de la grandeza de lo pequeño, un gesto que a lo largo de mi vida siempre ha permanecido vivo como consejo y metáfora. Estaban unos compañeros prepotentes riéndose de mi baja estatura, cuando un tercero intervino en mi defensa. Sacó, este último, un pañuelo de su bolsillo, lo estiró alargándolo lo más que pudo hacia arriba sujetándolo sólo por su extremo inferior. Lo colocó empinado, haciéndonos ver como la punta se doblegaba por sí sola, lánguida, a pesar de su largura. Luego acortó el pañuelo, lo agarró por su base, de manera que el pañuelo mostraba diminuto apenas una de sus cuatro puntas, pasó varias veces su mano con fuerza como queriendo derribar la punta de aquel pañuelo sin conseguirlo. No dijo más. Todos entendimos. Yo por entonces aún no había leído al profeta Ezequiel: hasta los más altos cedros del Líbano caerán desplomados sobre montes, arroyos y valles.

Antes de doblar el colchón, mi padre, mi madre y mis hermanos, sin yo darme cuenta, introducirían algo, que sin apenas ocupar espacio, fue muy grande para mí. Sólo, cuando llegué a mi destino y desaté el colchón en medio de aquella soledad estrenada, supe qué es lo que era.

Además del colchón, me acompañó también, en aquel mi primer viaje, con solo diez años, a la capital de mis estudios, la “bolsa azul“. En un saco de tela recia madre iba metiendo camisas, calzoncillos, toallas, sábanas y pañuelos recién planchados y envueltos entre lágrimas disimuladas de dolor y alegría, ese compuesto característico que siempre colorea de nostalgia los grandes acontecimientos de nuestra historia. Esta misma bolsa azul luego yo la devolvería, cada quince días, en el coche de línea que salía de la Plaza de santo Domingo, carretera de Fortuna, Barinas, Pinoso..., hasta llegar al pueblo, también azul, la Azulada de mi niñez tan añorada como sentida. En aquella bolsa metía yo también la ropa sucia junto con mi murria y una esquela reveladora en la que comentaba a mis padres y hermanos las novedades de mi nueva estancia en aquel centro vocacional que tenía su enclave cerca de la vieja condomina. A la semana siguiente esta misma bolsa me era devuelta. Un viernes sí y otro no la recibía con gran esperanza y sorpresa. Nada más soltar el lazo corredizo que la anudaba por su boca, salían de su interior efluvios calientes a hogar, madre, padre, hermanos, mezclados entre manzanas, algún que otro chorizo, galletas y un paquete de libricos. Nunca faltaba la media docena de huevos reconstituyentes e imprescindibles para que mi cerebro no se disecara con tanto latín y disciplinas. Con ser feliz el acontecimiento de la llegada de la bolsa, lo que más ansiaba de ella era la carta que de mi casa ellos también me escribían, metida en una de las camisa que aún olían al calor de la plancha. Me contaban cosas de mis abuelos, sus oliveras del malecón, de la última nevada, de lo bien que le iban a mis hermanos en su trabajo, o de mi hermana entusiasmada con su novio, un buen muchacho, responsable y honesto que a la sazón vivía dos calles más abajo de la nuestra, en la calle san Pascual.

Junto a la bolsa y el colchón estaba también la maleta. Ésta era de madera compacta, pulimentada. Y como no tenía ruedas, como las de hoy que corren alegres y sueltas andenes, colegios y aeropuertos, probé delante de todos a cargarla sobre mis escuálidos hombros. A punto estuvo la maleta de caer al suelo rompiéndose la crisma. Madre dijo entonces:
Hijo, cuida bien esta maleta que es la misma que padre llevó a la mili. Con ella hizo también la guerra por los montes de Madrid. Ella es la que te habrá de llevar a consagrarte como dignatario de la iglesia.
De las tres cosas, el colchón, la bolsa y la maleta, además de aquel último cromo que antes de subir al autobús mis hermanos me regalaron para completar mi álbum de la liga de fútbol de aquel año mil novecientos cincuenta y tres, hoy, después de sesenta años ya no queda nada. Sólo una cosa guardo, imperceptible, que no tiene cuerpo ni forma, aquel sentimiento hermanado que mi familia metió en aquel hato y que siempre me acompañará vaya donde vaya.

sábado, 17 de marzo de 2018

El Castillo Olite




Pude haber llamado a esta entrada Montevida, Los árboles de la Ciencia, Orfanato, Valle Perdido, Emérita Escuela..., pero si la llamé Castillo Olite es porque hay correctores de estilo que aconsejan, (llevados por aquella máxima de que lo fundamental jamás debe ser nombrado), no poner título alguno que tenga que ver con lo que ya se dijo. 

Su casa distaba no más de media hora del valle perdido, un comedido bosque lleno de árboles, respiradero del sofoco de la ciudad y regocijo para caminantes y deportistas que escogían aquel natural gimnasio para su esparcido mantenimiento. Llegó a La Alberca, y antes de atravesar el pueblo, siguió hacia arriba por la carretera paralela a una rambla que descendía desde las montañas que oteaban el idílico caminar de sus pies aturdidos. Siempre que se ponía melancólico, como en aquella mañana ventosa en la que los días, peces escurridizos, se le escapaban de las manos, le daba por salir al monte. Dejó atrás la estación sericícola. Cruzó la casa de los forestales y su apretado vivero de cipreses en escala, para enseguida encontrarse con un deshabitado caserón que otrora fuera correccional para niños huérfanos, hijos de una fratricida guerra, arrancados del corazón de sus madres, por el hecho de haber tenido el honor de ser esposas de unos hombres leales a la República, allá por los años finales de la década de los treinta del siglo pasado.

Hoy a todos se les llena la boca para despotricar del fascismo. No hay nadie que no se confiese defensor ferviente de la democracia. Pero durante casi cuarenta años, a la mayoría le faltaron cojones (perdón por expresión tan machista) para quitarse de encima la ignominia de ser súbditos consentidos de una brutal dictadura regentada por un tal general Francisco Franco. Y aún así, a día de hoy, casi todos los ciudadanos de aquel país siguen asumiendo estructuras heredadas de aquel tiempo. Y no sólo alardean de ellas, sino que sin complejo alguno siguen prestando besamanos y pleitesía.

No era intención de quien esto escribe abrir heridas, como tampoco politizar el santuario edénico de un monte que era por igual pulmón, templo y refrigerio de unos y otros, ya fuesen judíos, moros o cristianos. La culpa la tuvo ese desvencijado reformatorio, que a pesar de estar en ruinas, sigue aún en pie con su quejoso respirar agónico con olores a ultratumba.

Cada vez que pasaba por aquí, de sus frías y desoladas oquedades, parecía escuchar la sacudida de los verduguillos con la que algunos de sus cuidadores aporreaban las pantorrillas de aquellos mustios zagales internos de aquel orfanato.

Subiendo por el Sequén, llegó hasta El relojero. Pasó de largo Los Teatinos, los frailes de la Luz. Dejó de lado el antiguo polvorín, la Casa del Monte, un viejo refugio convertido en oratorio para quienes buscan sentido y calma en medio de este disparatado mundo. Llegó a la explanada-mirador, a los pies mismos de la Cresta el Gallo. Una embriagadora espesura. Sus ojos se llenaron de un lúcido verde, manto que abrigaba y cubría a la par la vega que desde más allá de Molina y Alcantarilla se extendía por la falda de una cordillera que llegaba casi hasta el plácido mar que bañaba aquella región por su costado más blanco.

Quiso ser un árbol más de los muchos que en aquel momento le acompañaban. Pisó con fuerza la tierra. Afincarse quiso en su suelo. Respiró el limpio aire de lo alto. Llevaba como siempre consigo el periódico del día, asidero que le ceñía a una realidad más gráfica, contradictoria y papelera que real y consistente. Necesitaba de la lectura de la prensa para percatarse del mundo ilusorio que le rodeaba. ¡Como si no tuviera bastante con el recio perfume a resina que le envolvía, como si no le bastara el azul transparente de aquel oxígeno benevolente, el sentir de sus años tan idos como queridos! 

Hay quien se vale de un padrino para conseguir un favor. Él tenía a gala enorgullecerse de este monte del que no podía pasar sin venir visitar de vez en cuando. Le debía una al monte. Una, que para él fué determinante. Sacar la plaza de maestro, solventar la vida de su familia, dedicarse a la educación. Aquí también venía entonces, a esta bucólica biblioteca paradisiaca, repleta de textos y comentarios a cual mejor para preparar sus exámenes. Esos ribazos donde ahora se sentaba fueron pupitre y cátedra de su aprendizaje como docente. Sus condiscípulos fueron estos árboles; sus profesores, estas sabias y milenarias piedras; la flor del romero fue la lecitina para sus neuronas desmemoriadas; los cuarenta temas de la oposición, los mil y un canto de los pájaros que por allí aún anidan y sinfonean; su mejor dicasterio, la calma que por allí aún rezuma y se palpa.

Venía a menudo a este monte, escuela emérita, para agradecerle haber sido su preceptor y guía. Y cuando se encontraba perdido entre tanto desconcierto y desacierto, también volvía al monte. Él le hablaba y le hablaba. El monte no le decía nada; pero él sentía que le escuchaba. El fuerte aroma de los pinos y la nítida claridad de esta sierra le reconfortaban. Ella eran los latidos de su corazón exultante. Montevida.

domingo, 18 de febrero de 2018

La cortina




La tela sonrojada descubre enamorada el joven surco de sus senos virginales. Siento el placer de besarla como una reliquia. Con suave liturgia mis labios palpan minuciosamente el tejido. Y noto una sonrisa agradecida, revelación de emblandecida acogida. La cortina poseída por mi recuerdo, semen luminoso de fecundación, se desmembra, se desmelena, rezuma solazada por la voluptuosidad de mi tacto.

Cortina suave, manida. Su clara y menuda tela acaricia la piel descubierta de nuestros cuerpos. Nos adentramos hasta el cobertizo a través de un estrecho sendero por el que apenas caben nuestros pies en paralelo. La tierra mojada cruje y se queja bajo nuestras pisadas. Un manto de hojas negras por la humedad y el sol tórrido de un invierno desleal alfombran nuestra entrada. Un viejo chaquetón color cereza cuelga olvidado en los hierros de la ventana. Nadie, desde que murió su dueño, quiere deshacerse de esta prenda. Todos prefieren que permanezca allí, símbolo revelador y referencia de la existencia de quien hace años lo llevara encima. Esta fortuita provisionalidad perpetuada me produce esa lúgubre visión fatal, contradicción de ausencia y presencia ensambladas de los objetos muertos.

La puerta se niega a dejarnos pasar. El enquistamiento de su abandono ha fundido hoja y marco. A base de forcejeos y empujones finalmente logramos entrar. Dentro, una pequeña estancia de no más de tres metros, una cocina en bajo, un chinero aún con sus mantelillos de puntilla, tarros vacíos de conserva por el suelo, cagadas secas de gato, periódicos, montones de periódicos pasados, dan fe de la fecha en que esta casa era una tacita de plata. La cosa más burda y deteriorada, vista con la nostalgia de tiempos atrás, resulta entrañable y hasta bonita. El techo, cubierto de paneles, algunos de ellos desanclados a punto de caer. Las paredes, repletas de mosaicos con nombres, tal vez, de los nietos de los dueños de esta casa: Yolanda, Paloma, Gabriela.

Para el hombre que ilusionado me muestra el lugar, todo lo que aquí hay es de un valor incalculable. Noto en el agua contenida de sus ojos rabia contra los últimos inquilinos que aquí vivieron. Enseres desvencijados, cachivaches sin provecho, enredos inútiles, carcomidos y sin referencia alguna. Para mí no son nada. La relación que establecemos con las cosas depende del grado de emotividad vivido junto a ellas. Según sea el estado de ánimo de quien contempla algo, así será su mirada. El observador condiciona el fenómeno observado.

Por ejemplo, la cortina de raso amarillo que cuelga en el lateral derecho del salón. Hoy ondea palatinamente, casi con quijotesca ostentación. Es parte de otra cortina más grande que traje de la casa de mis abuelos. Quise rescatar el pasado trayéndome parte de aquella cortina a esta mi casa de ahora. Para unos será un colgajo raído sin estética alguna. Otros la contemplarán como un detalle para dar movimiento, coquetería, verticalidad a la estancia. Habrá quien en su colocación verá un cierto ingenio para romper la monotonía de un salón un tanto vacío. Los más pragmáticos deducirán que la cortina está ahí para evitar corrientes de aire y evitar así que la maceta de cintas, puesta al caer de la escalera, se eche a perder. Otros, llevados por su nostalgia hogareña, no dudarán en señalar que se ha querido recrear un rincón de intimidad para que cualquiera que entre se sienta cómodo. Todos puede que lleven razón.

Cada uno recoge su particular visión, pero nadie siente lo mismo que yo cuando veo caer majestuosamente los pliegues ondulados de la cortina recogiendo arabescos y manojos bordados de flores en el paño acogedor de sus pliegues. Sobre todo, cuando los distendidos bucles llegan al suelo y éstos se recogen en suave curvatura como enlomadas caderas de mujer. Una doble cinta hecha del mismo encaje sujeta cadenciosamente la cortina a la pared a través de una simple hebilla de latón. Las olas de tela  se ven de pronto voluntariamente sometidas en semicírculos de bravura distinguida sobre sus orlas concentradas. El cinturón que las amarra es como la brida que sujeta la desbocada marejada de su cascada en amarillos. El alfa desplegada de su caída en picado viene a ser recogida por la omega, yunta que las une en un artístico nudo.

Sé que la tela es vieja, que es raído su amarillo, pero para mí la cortina tiene un aire esbelto y atrevido cuyo rumbo es un destino de nuevos pliegues, que cual columnas apuntan a un suelo, o a un cielo, reposo y fortaleza, firme de ternura, nobleza y poderío. 

Hoy huelo la cortina. Todavía exhala bordados dulces olor a miel, higos y almendras con las que aquella viejecita me obsequiaba cada vez que iba a visitarla. Como si las cosas no fueran lo que son, sino lo que han sido. O mejor, mientras que para uno son lo que son, para otros, dejando de ser, devienen a ser en lo que fueron.

viernes, 8 de diciembre de 2017

El Día de la Virgen



Hace más de sesenta años. Yo era un zagal aún imberbe, y ya testigo ocular y beatífico de la coronación de la Virgen del Castillo, patrona de Azulada, mi pueblo natal.

Hoy, después de haber llovido tanto, o de no haber llovido nada, me es muy difícil separar sentimientos, emociones, creencias, tradición, nostalgias, ideas y recuerdos. Todo un paquete de contenidos revueltos, afines, devaluados, remozados, contradictorios, que como sequías en cadena o aluviones de tormenta caen calándome o astillándome los huesos. Tan embarullados sobre mí veo tal enjambre de reflexiones enredadas, que se me hace imposible desatar los nudos que me atenazan de dudas el alma. Confundo la muerte de mi madre con el amor a mi mujer, el nacimiento de mis hijos con los monaguillos que ayudan solícitos al obispo en sus labores litúrgicas, la tronada de los arcabuces con mis placeres reprimidos, mi compromiso político con la oración de los fieles, la mitra de monseñor con aquella seguidilla popular: el bonete del cura / va por el río / y el cura va diciendo / bonete mío.

La proclama engolada de un obispo encomiando en su homilía a la madre del Insumiso de Palestina, como señora, virgen y reina, a mi parecer es una falsa contribución al servicio histórico del papel que, tanto esta sencilla mujer como su hijo, debieron desempeñar allá por el siglo primero de nuestra era. Dado el fervor que se respira en el aire comprendo sus hiperbólicos requiebros en favor de la Virgen del Castillo. Me abstengo por supuesto entrar en su arrogante y caracolero estilo de oratoria arcaica, distante y vacía. Mito e Historia, dos tentaciones en detrimento de la realidad. Todo un sermón artificioso e inconscientemente represivo de lo que dentro de nosotros duerme: nuestra “ánima”, el lado femenino de nuestra conciencia sepultada. El amor de madre, su virginal pureza, la violencia de género, su intercesión, nuestra esclavitud filial, su castidad inmaculada, su hermosura, nuestro endiosado paternalismo machista, valores y contravalores de una determinada cultura, puestos al servicio de una psicología de remates a contra natura y de un dogma muy particular de un rejuvenecido nacional catolicismo, la nueva cristiandad reinventada y caduca.

El obispo arremete ahora duro, envalentonado contra el dragón de la secularización, contra los peligros del laicismo. Pero hoy su iglesia no tiene por qué quejarse: ha tomado el pueblo entero. El poder civil con sus mejores galas se entrega en matrimonio sagrado al celebrante rodeado de su corte pletórica y agradecida. Y en nombre del pueblo, el alcalde le entrega las arras, una corona ricas en oro y pedrerías, símbolo de la fatuidad humana. Desde este parque terrenal de las palomas, antonomasia de la ciudadanía azuladeña, nido y súcubo de todos los besos robados al milagro de la vida en este pueblo, monseñor extiende su pontifical cruzada. Al abrigo de la tupida y hermosa floresta de este jardín, altar natural para cualquier preciado sacrificio que se tercie, cual otro Recaredo, el prelado reza ahora en alto su credo, como si el tiempo no hubiese pasado, el mismo de Nicea, “creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica”. El clamor por la unidad, si viene de aquellos que la proclaman para defender sus privilegios contra la diversidad, el mestizaje, los “gentiles”, la secularización, la igualdad de género, el diálogo entre religiones, el matrimonio homosexual, la innovación celular..., para mí no es jugar limpio. Entre las sociedades legalmente constituidas tan sólo la Iglesia se muestra reticente en admitir algunos de los elementos que ya forman parte de nuestro acerbo multicultural: el despuntar de la mujer en la sociedad, la realidad del mundo gay, la lucha contra el sida, el aborto, la investigación molecular, el sacerdocio para casados. A veces, me he preguntado si la Iglesia no incurre contra el artículo 14 de nuestra constitución al discriminar a la mujer por razón de sexo para tareas pastorales y ministeriales reservadas sólo a los hombres. Pero esto es otra historia que sería de gafes querer remover precisamente hoy un día tan señalado y festivo. ¿O tal vez no?

Veo al obispo con toda su emoción contenida, a punto de llorar, cual doncel enamorado por su virgen a la que no puede poseer y por eso la quiere, la desea y la adora. El prelado montado en su catafalco mecánico, poco a poco asciende cual electricista de farolas fundidas bajo un cielo gris e incierto hasta colocarse a la altura de la cabeza descubierta de su Virgen. Con el miedo metido en su cuerpo por fin consigue cubrir su cabeza. Y de pronto pienso en el trasfondo esencial de esta ceremonia: la ancestral necesidad del ser humano por coronar la cima de su paraíso edénico: poseer, conocer estrenar, horadar, recuperar su sombra, el lado perdido, tocar la orilla que no vemos, que intuimos sin saber ni siquiera si existe.

Y en este cúmulo embarullado de deseos, arte, maldades y beldades que en mi interior se cuecen en este día, el Día de la Virgen, trato de desenmascarar mi particular fantasma, convertirlo en algo, en alguien, un proyecto, un amor, una mujer, un hombre, una idea, una cencellada al alba, una verdadera espiritualidad laica frente a una religión profana, mis hijos, cualquier cosa, un roal de limoneros..., para que, luego, cuando llegue la noche pueda dormir tranquilo en la selva de mis miedos e incertidumbres, abismo de inseguridades, libre de los lobos que en la vigilia no cesan de acosarme.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Los hombres también lloran






Hombres como varas llorábamos a lágrima viva. Nuestras mujeres en cambio, enteras como templos, afrontaban el momento con entereza, casi con hidalguía. Cuando la ternura la ejerce un hombre solemos decir: el pobre es tan frágil, su ánimo tan delicado, tan enfermizo es su carácter...

Los hombres fuimos muy débiles, perdimos la vergüenza. No pudiste contener tus suspiros, mentir y tragarte tus lágrimas, como deberían los hombres hechos y derechos. Desobedeciste el tradicional mandato: nene, los hombres no lloran. Sólo a las mujeres se les permite gemir cuando aman; a los hombres, si acaso, tan sólo jadear, que es de bragados el hacerlo; pero llorar, nunca.

En aquella celebración entre amigos, te perdió el recuerdo. Fue tal el menú servido en aquella cena, que el combinado de ingredientes tan explosivos, (solidaridad, nostalgia, la lucha, la clandestinidad, el sentirnos vivos y hermanados), hizo que hombres como picas nos meáramos por la pata abajo. Mientras, las mujeres... ¡ellas sí supieron estar a la altura! ¡Ellas han llorado ya tanto, que reservan sus lágrimas para momentos en los que las penas merecen realmente la pena...!

Tan fuerte fue la punzada de tu sentir, que para aliviar el escozor, te viste obligado a servirte un poco más del ungüento tranquilizador de la bebida. Tuviste que salir por la puerta de atrás para que no se te notara tu tibio andar enamorado, la palabra sincera de los requiebros apasionados, el gesto desinhibido de abrazos indiscriminados, besos repartidos a granel, ojos jugosos, bañados de bondades inocentes, deseos alcanzados, manos palpando sueños, bocas cantando salmos, labios babeando agradecidos la satisfacción placentera de una amistad inexpugnable contra las ideas más opuestas, leal ante las ingratitudes, tolerante con la heterodoxia, siempre allegada y nunca enjuiciadora.

Gracias a tu dulce embriaguez, pudiste disfrutar de los efectos balsámicos que la desatada ternura de las lágrimas regala a los hombre de vez en cuando. La miel gangosa de tu confuso y claro hablar, la transparencia de tus danzantes ojos, tu blandura emocional, tu dolor nostálgico, irremediable declinar, tu decir instintivo, la espontaneidad de tu inteligencia desencadenada. Nada por sublime o nefando que en sí pudiera pensarse o hacerse aquella noche, resistió tu manera ridícula y libre de comportarte.

En el mundo de las emociones los hombres somos más vulnerables que las mujeres. Ante cualquier revés, si desaparecen las barreras que bloquean nuestra hombría amurallada, nos achicharramos como mosquitos contra la pantalla de un reflector. Nos derretimos como magdalenas en un vaso de leche, nos deshacemos al más mínimo calentor humano. Por educación hipócrita somos dados a mirar para otro lado. Cuando por delante nuestro pasa la brisa de un beso, el aroma de una flor, el canto de un pájaro, el murmullo del agua ante los arañazos de unos espinos en su correr amoroso, la pasión de un atardecer..., los hombres nos mentimos a nosotros mismos. ¡Qué dulce es sentir el resbalar del llanto por la molicie cremosa de nuestras mejillas encendidas y, a la vez, apagadas por nuestra juventud en retirada!

Aquella noche, no lloraste  por la amistad vieja, ni por la trascendencia de tu hacer añejo, ni por las anécdotas sentidas, ni por los años perdidos. Al ver en tu casa, allí a los amigos, trenzando el rico tapiz de melancolías al trasluz de la noche cálida, no lloraste por nada, ni por nadie.  Me atrevo a decir que lloraste por tí. Cuando los hombres, en el cenit culinario de nuestro ágape, vemos la carne crecer de nuestros hijos, rompemos a llorar. Yo no sé si tu llanto era de tristeza o de alegría. Contradictoria metafísica la del llanto. Una herida honda y saludable: nuestros hijos, tu vigor varonil arrebatado.

viernes, 8 de septiembre de 2017

De la incapacidad de las cosas



En sus cosas el hijo pensaba
mientras madre las prendas tejía
Después de terminar el velillo para ver como quedaba, si no era de su agrado, la madre deshacía por completo el tapete, la colcha, el velillo o lo que entre manos tuviera, y se ponía a hilar, a bordar de nuevo. No le dolían prendas tener que volver a tejer el jersey o el chaleco, cuantas veces hiciera falta. La madre cultivaba toda clase de géneros de punto: el de cruz, la cadeneta, el del diablo, el de la espiga. ¡Había vivido tanto! El hijo ya no sabía, si madre quería terminar lo que cosía, o más bien prefiriera pasar toda la eternidad de aquella manera. ¡Tan feliz y abstraída la veía sentada al caer de la ventana con el ganchillo y la lana!

Cada vez que el hijo regresaba a casa, veía a la madre concentrada en su quehacer penelopiano. A su pies, el canasto de los hilos y madejas. Sobre su halda, un entramado de caminos, desde el alfa hasta la omega, todos conectados entre sí como una red de redes moderna. Parecía una santa, feliz y extasiada en su labor. El tiempo suspendido. La luz inundando de paz la estancia. Y ella, rumiando en su interior la vida, el mundo en su más profundo y beatífico sentido, su Aleph infinito, el punto que contiene todos los puntos. Y si por alguna perentoria razón la madre se veía obligada a dejar por un momento las agujas y el ovillo, a quejarse empezaba de su asma, de la hora, de los separatismos, de los ruidos de la calle, de la envidia, de su difunto marido. El hijo le decía entonces:
No me explico, madre, dejas las agujas, y el curso aburrido de las histéricas estrellas del universo comienza a dar vuelta por la esfera de tu cuerpo de horas, dolores y espasmos.
La única manera que conocía la madre para escapar de la muerte era entregarse a sus hilos y dedales. ¡Y qué engañada que estaba! Murió tejiendo de Turín su sábana.

Hoy, el hijo piensa en lo mismo. A lo largo de su trayectoria acumula en su haber más días y episodios que la Wikipedia entera, pero renglón alguno de sus cosas jamás de agradarle termina. Tal vez por ello de vivir no se cansa. Y así como a la madre convenía estar siempre ocupada en sus costuras para seguir viva, el hijo..., ¡pues igual! Sólo se siente vivo en sus asuntos, aunque bien sabe de la incapacidad que tienen las cosas de darle en el gusto. 

domingo, 3 de septiembre de 2017

La casa del Niño de Porcelana






Cuando hoy paso por la casa del “Niño Porcelana”, detengo mis pasos con parsimonia y deleite, no como cuando era un crío, que me faltaban pies, por si alguno de sus espíritus moradores me atrapaban en un descuido.

Me paro resuelto delante de su vieja fachada por ver si los sillares, los muros, la cúpula de teja vidriada, los balcones de hierro, los escudos de armas de este caserón aún transpiran susurros de misterio, ruidos de sables, amenazas, estampidas, cerrojos que chirrían, cadenas que zurren, vuelos de fantasmas, abrir y cerrar de baúles y cofres dorados repletos de pólvora y escopetones. Los objetos que desde las rendijas de la carcomida puerta de la entrada imaginaba en su interior, fueron para mis ojos de niño tan inverosímiles e inventados, como reales y ciertos. Quizá las cosas sean más inmunes al olvido, que la misma presencia física de los seres humanos. En los objetos continúan aún atrapados los sentimientos y las palabras de aquellas personas que, aun estando hoy muertas, en su día les dieron vida. Las cosas guardan con fidelidad el calor de las manos que las acariciaron, el odio tóxico del que fueron testigos, el latir exaltado de los corazones que vibraron a su lado, los gestos de quienes en ellos detuvieron sus ojos de terror o de encanto.

Aquellos objetos, reales o imaginarios son el aire que ahora encienden las llamas de mi memoria. Las cosas son como más permeables, más receptivas, se resisten más al olvido que las personas. Será, digo yo, porque sufren menos.

De pequeños, todos hemos deseado con ilusión ser torero, cruzado, aviador o fraile. Mi sueño: haber tenido el valor suficiente de entrar en esta casa y, cual El Guerrero del Antifaz, desenmascarar y acribillar a todos mis miedos allí dentro almacenados. Los secretos arcanos de esta casa, sus cortinas aterciopeladas, sus escaleras labradas, sus enormes luminarias de múltiples velas colgando de la techumbre sostenida por ángeles barrigudos, asexuados, con mofletes de carmín cuarteado, sus jónicas columnas disparando a discreción, tapices vivientes de rica pedrería, baldaquinos, estatuas y capiteles, monedas con efigies de emperadores y tiranos..., alimentaron buena parte de los horrores e insomnios de aquella mi infancia de los años cuarenta.

Mi imaginación, entonces, fue capaz de erigir en tenebroso castillo este caserón que, allá en las postrimerías del siglo XVIII, fuera episcopal residencia de un alto clérigo de Azulada.

Esta mañana necesito recurrir a la catártica contemplación de la mansión de mis espantos infantiles. Antes que el lunes que viene comiencen los albañiles a desescombrar la casa del “Niño de Porcelana”, detengo mi vida delante de esta fachada noble y vieja, señorial y andana, para comprobar si es cierto lo que recuerdo de su temible oscuridad.

Habrá valido la pena si encontrar así pudiera mi niñez asustada. Luego quedaría la otra parte personal de mi observación y búsqueda. Una vez recuperada y constatada la realidad-objeto de mis miedos, sólo bastaría reconstruir y amueblar de nuevo mi casa, pero con mi niño adulto dentro.

viernes, 18 de agosto de 2017

Los niños de siempre



Esta tarde, no quisiera sentirme amargado. Ante la verdad de la muerte quisiera comportarme con la sagacidad epicúrea de un experto catador de vinos. ¿El motivo de mi templanza? La temporalidad. Si eternos fuéramos, seríamos necesarios. Mi existencia, obligada. Inagotable por tanto mi maldición. La prescripción limitada del vivir efímero me obliga a beber con fruición y agradecimiento el néctar de los días contados. 

Cuando de pequeño montaba en la rueda de los caballitos, que por la feria ponían junto a mi calle, en la Placeta de San Cayetano, antes de terminar el pase, nos avisaban con un bocinazo su final dichoso. Era entonces, cuando esta última vuelta mejor me sentaba. Quería conservarla para siempre en mi carne danzante. Era entonces cuando me sentía el niño más feliz de toda la feria. En volandas sobre un caballo alado, daba mi última vuelta alrededor del universo. Con una mano suelta hacía balancear aquellos balones de trapo que colgaban como estrellas de la techumbre de los cristales de colores de aquel tío vivo. Lo bonito era montarme por última vez en aquella rueda de los caballitos.

Ya con la noche entrada, inicio el regreso postrero a la ciudad de Azulada. Al pasar la Cueva del Lagrimal me recibe desde lejos la media naranja iluminada, la estrella polar de mi caminar oscuro. Antes de llegar al pueblo, el Paseo de la Alameda, puerta feraz de la ciudad, romántico fielato de intimidades amorosas, me brinda el mejor paraje para un adiós. La luna asoma su media cabeza por el agujero de una nube. Con ojos de nácar me mira entristecida, para desaparecer al instante. La penumbra de la noche desnuda la timidez soleada de mi descenso.

Al llegar a la casa de mi madre, las farolas de la calle, las mismas que cuando era niño, vuelven a encenderse. Frente a la placeta, la rueda de los caballitos empieza de nuevo a dar vueltas. Pero ya no soy yo el que monta aquel mi caballito de colores galopantes y altaneros. Son otros niños, los niños de siempre.

Nota: Termino de redactar este relato en el mismo momento que me entero que en el atentado de Barcelona hay varios niños muertos. Y ya no sé si es inoportuno, casual o irreverente subir esta entrada a Blao.

domingo, 13 de agosto de 2017

El azul cárdeno del arándano





El cielo, un manto difuminado en distintos tonos de azul: azul diamante, azul fuego, azul para blanquear, azul de la carne, azul cuaresma, azul marino, azul celeste, azul tierra, azul cobalto, un gran bancal de lirios azules plantados en la sementera del cielo. El más dominante, el que se extiende triunfador entre todos los azules: el azul cárdeno del arándano.

La sequedad azulada de un cielo vacío entra por la ventana de la casa de tu madre. Un dolor morado en torrentera se derrama por la habitación, el quejido de un azul pálido de un cuerpo que se va, azul etéreo. Sientes pena de ti, azul de semana santa. Además del azul pasión, está el azul de la nada, el azul violáceo de la muerte. La insubstancialidad azulada de la tarde no es la razón de tu nostalgia. Lo que más te duele, tu azul pálido, es el el azul estéril del arándano mezclado con limón. El azul no molesta, es dócil, relaja, lo utilizan en los hospitales para amainar el dolor.

El azul desata los nudos de las nubes retorcidas, es lienzo del universo, pentagrama inspirado para el compositor, mar gruesa para el pirata, polvos para blanquear la ropa enfandida. La inanidad de este azul insumiso con que se viste la tarde, soporte opaco de tu etéreo e indefinido acento, tono apacible de tu ausencia en contrastes, azul ceniza, azulete de caparrosa, azul ya en desuso y desteñido.
Azulada tiene una iglesia,
la iglesia tiene una cúpula,
la cúpula, media naranja,
pintada de azul a estrías,
que aprietan con franjas blancas,
el corazón de tu madre
y a ti te parten el alma.
Tú ya no sabes si tu madre metaforiza, inventa, memoriza o evoca; pero en sus romances repentizados encuentras el doble sentido, la corazonada instintiva, interpretación de pensamientos azules camuflados con el limón de la infusión de arándanos. El pueblo de Azulada ha escogido como anagrama para su representación comercial, precisamente el curvo interlineado azul y blanco que ahora entra sigiloso, como una serpiente, nada más tú subir la persiana.

A madre le tiemblan las manos por el culebreo azulado de la serpiente que se desliza sigilosa por las dunas de su cuerpo. De pronto se derrama el vaso. La mancha del morado silencio de la infusión de arándano, cae sobre el tapete, se corre en avalancha envolviendo a una mariposa bordada en rojo. La serpiente persigue a la mariposa. La mariposa quiere volar a la aguja de la basílica, a lo más alto del azul del cielo. La serpiente con el dardo azul de su boca atrapa a la mariposa, incapaz de escapar del velillo de la mesa de camilla. Te levantas deprisa para limpiar el tapete. Es tarde. La culebra de un bocado, en un relámpago, engulle a la mariposa.

viernes, 14 de julio de 2017

Por las calles de Azulada




Chimeneas encendidas de producción y consumo emborronan la ladera donde se asientan innumerables plantaciones de fábricas y talleres. El humo negro de sus bocas pinta el cielo con mensajes indescifrables. Este pueblo me aprieta con la presión galopante de sus calles. A cada paso, a cada manzana freno el coche.

A la hora de entrar al trabajo, Azulada se convierte en un embudo. Todo hierve y se amontona, las calles abarrotadas de tráfico, la niñería entera camino de los colegios. El pueblo es un inclinado cuadro cartesiano de innumerables entradas y salidas. Callejones y travesías entrecruzadas en un gran embotellamiento empinado hacia un castillo sin almenas.

Desisto ir al trabajo en la cabra de mi Dyane rojo. Más fácil, andando. Azulada, parece una ciudad en plena reconstrucción tras el arrasamiento de una guerra. A las ocho de la mañana, todos corremos al mismo tiempo, con el mismo empeño, tras la misma presa: nuestro cuerpo en mercancía. Parecemos trashumantes huyendo de cualquier plaga medieval. Hago un esfuerzo por andar tranquilo. Miro las baldosas típicas en forma de pastillas de chocolate. Y me voy diciendo a mí mismo:
Aunque no las recuerdes, estas losetas que pisas, son las mismas por las que, de pequeño, hacías rozar una caña ahuecada, camino de la escuela de D. Miguel Golf. Oías el sonsonete redoblado que tanto gusto...
Las casas del pueblo están en constante remodelación. Levanto la vista y quiero recordar la antigua pared frontal que una excavadora en estos momentos destruye con avidez. Es la casa de los chupamocos. Quedan ya pocas casas de antigua hechura. Casi todas son de nueva remodelación. Allá donde sólo habían postigos por donde salían carros cargados de avíos y desesperanzas, mulas perezosas y mal alimentadas al campo de sus faenas, hoy se suceden en ristras comercios, cocheras: un bazar, una tienda de informática, una agencia inmobiliaria, un pequeño chiringuito todo a cien, hasta un salón de fisioterapia. Nada ya de las fachadas de cal blanca y azul con sus zócalos arrugados y grises. En la calle de mi madre sólo queda sin reconstruir la casa de los lunas. Miro al cielo y me pregunto, si tal vez, este cielo surcado por aires tan rápidos y fríos, hoy es el mismo.

A madre también le hace daño volver la vista atrás. A mi madre le duele recordar sobre mojado, sobre camino andado. Sufre por sus recuerdos. Cuando una persona ha amado mucho a alguien que ha muerto, mejor olvidar, para no seguir sufriendo con su ausencia. A madre no le gusta que le pregunte por su pasado. Para madre el atrás, como el futuro es muerte. Se esfumaron sus besos, las delicias del roce, las canciones y sus risas. Atrás quedaron atardeceres junto al brasero de picón, una juventud entre vendimias y recogidas de aceituna. Ya nunca volverán los olores a levadura fermentada de una artesa sobre la que una manta a cuadros abriga la masa bien masajeada.

Noto que madre no quiere regresar al cuarto hondo de su pasado, a la habitación trasera de la covacha. No quiere remover heridas: las enfermedades de sus hijos, la falta de dineros para acabar la semana, el agravio de no poder ver a su hija que anda por los madriles sirviendo en casa extraña de señoritos. En la caja vacía de puros donde padre guarda las perras no hay para reunir las veinticinco mil pesetas que los lilas le prestaron para poder comprar esta casa. El pasado para madre es un tormento. Por eso no aguanta que mi hermano venga contando historias de antes:
¡Para de hablar. Te inventas la mitad de las cosas, no sabes sino decir tontunas!
A mi hermano le rige estupendamente la memoria. Más me creo lo que él dice, que lo que madre olvidar desea. Mi hermano no para de hablar. Me habla de la casa en que nací como si la estuviera viendo. Me habla de dos árboles que teníamos en el corral, bajo cuya sombra jugábamos a la lima. Sobre dos cuadrados contiguos señalizados en la humedecida tierra, las propiedades de cada uno. Con adiestrado golpe lanzado desde el aire, con nuestros dos pies dentro de nuestro terreno, hincábamos una navaja en el cuadrado del contrincante y según como quedara el sentido de la lima (de carpintero) clavada en tierra, así marcábamos, en esa dirección, una recta que arrebataba al contrario una buena porción de su parte. El perdedor era aquel cuyo terreno era comido gracias a la pericia del adversario, o cuando éste, de tan escaso espacio que le quedaba, ya no podía meter sus pies en tan diminuta propiedad.

Yo apenas recuerdo nada de lo que de niño pudiera pertenecerme: un juguete, una pelota, un patín... Lo que más me duele ya no es, no guardar nada de entonces, sino no conservar el sentimiento de felicidad de aquellos entretenimientos. Es una desgracia nacer ya mayor como un galápago que sale de un huevo sin alas, como el vino sin color, agua seca, azúcar salada, árbol sin tierra. Es triste tener que creerme el recuerdo vacío de una infancia que mi hermano trata de llenar con aquel juego de la lima aquella en forma de navaja que me arrebató la dulzura de aquellos años.

Y es por esto que, ahora, pasado el tiempo, recurro en este blog a acontecimientos apócrifos para redefinirme. Relatos de caricias de madre en noches de altas fiebres para acallar mis sueños de terror. Cuentos oliendo a perfume de su seno, sentir la ternura de sus dedos sobre los remolinos de los pelos de mi cabeza, su mano caliente sobre mi corazón frío. No hay nada peor como sentirse huérfano de sí mismo...

Y escucho a mi hermano con atención por ver si sus palabras me devolvieran aquel mi niño perdido por las calle de Azulada.