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domingo, 12 de febrero de 2017

El romero de la abuela



Ser en la vida romero
(León Felipe)


El romero mide ya más de metro y medio.

El camino de piedra loca llega hasta el final de las moreras. A su derecha, un ajustado pasadizo se luce con un estrecho jardín donde, bajo la buganvila, crece el orégano ramificado y esparcido en la tierra. En uno de los extremos de este acceso, el más cercano a la barbacoa, el romero respira jovial el fuerte aroma de las flores de una madreselva que a su aire se enreda y se desata en verdes y amarillos por un tendido de alambres y de cañas.

Sentado, tras podar los naranjos, me tomo una cerveza con olivas en el banco de madera que está enfrente del romero. Mientras, lo contemplo y me sorprendo de su frondosidad y hermosura. Cuando lo trasplanté, no daba un duro por un raijo de un palmo apenas. ¡Y ahí está, parece un pincel! Puse el romero pegado a la madreselva, al caer de la ventana de la casa, para apagar los malos olores que pudieran salir del cuarto de baño. Y vuelvo ahora a mirar el romero y me congratulo al verle conversar con la madreselva, rodeado del runrún de un montón de abejas.

Durante las silenciosas horas de la siesta, los dos arbustos intercambian sus aromas como enamorados que de besarse no paran. Los pájaros mientras tanto, en el alero, aplauden con trinos sus arrumacos azules y blancos. Por aquí los pájaros, además de volar y cantar, ponen nidos y huelen a miel de romero y madreselva.

Hará ya más de diez años que puse ahí el romero. Recuerdo que lo traje del cementerio. Este romero tiene historia.

Cuando se acerca el día de todos los santos, acostumbramos a llevar flores a nuestros difuntos. Aquel año cogimos rosas, margaritas, violetas, unos pequeños tallos de espliego y de romero. Ya en el cementerio, en la capilla, donde está enterrada la abuela, metimos el ramo en un jarrón de cristal con agua, y lo pusimos en el centro del suelo de la ermita, al caer de su lápida y las de sus antepasados.

Al año siguiente, fieles a la costumbre de adecentar la capilla, por la festividad de los muertos, volvimos al cementerio. Me sentía feliz. El día era templado y alegre. A pesar del sentimiento de pérdida, que yo vi aquella mañana en las caras de los muchos que se dirigían al nicho de sus muertos, (unos privados de sus hijos, otros de sus maridos, aquellos de sus padres y nosotros de la abuela), noté en ellos también alivio y calma. Jamás hubiese imaginado que la muerte de nuestros antepasados pudiera tranquilizar de manera tan asumida la procesión que cada uno en nuestro interior llevábamos. Y silenciosamente contento limpiaba las cristaleras de la puerta de la ermita. Al pasar la bayeta por el mármol del pequeño altar, al sacudir el polvo de las fotos de los seres queridos, al enjuagar tarros, abrillantar las letras de oro de los nombres de los difuntos allí enterrados, me sentí felizmente unificado con ellos. Y en este afán de limpieza, me encontré a mí mismo purificado, como restituído, enganchado a ese eslabón de una cadena sucesoria del que casi siempre ando falto, desubicado, desarraigado. A nuestros antepasados, estas tareas de adecentamiento, tal vez no les repercutiera en nada; pero estoy convencido que a los que allí estábamos, aquella víspera de todos los santos, nos sentó de maravilla hacer lo que hacíamos. Nos sentimos hermanados a la historia, de tal manera uncidos a ella, que nuestras vidas individuales, sin los que nos habían precedido, jamás tendrían sentido.

Luego de dos horas de faenar adecentando la ermita, tocaba volver a casa. Antes debíamos tirar al contenedor los ramos, las macetas y las flores secas. Fue entonces cuando me sorprendí al ver que los viejos tallos del romero del año anterior habían retallado. Unos hilillos substanciosos y tiernos se dejaban ver en su extremo inferior. Me resistí por tanto a tirarlos a la basura. Así que me traje el romero y lo replanté, (no muy convencido de que rebrotara), ahí donde ahora lo miro y venero.

Me equivoqué. Hoy, después de dos lustros, da gusto ver el romero. Aquel romero que troceado y cortado di por rematado y consumido, lo veo ahora lucido y hermoso. No creo que el renacimiento de este arbusto se deba al año que estuvo sólo y abandonado en la ermita de la difunta abuela, allí velado y acompañado por los huesos sin vida de sus padres y hermanos muertos.

Cuando, aquí en la huerta, nos reunimos la familia junto a la barbacoa alrededor de una paella de arroz, no dejo pensar en la abuela, en la abuela y en esa cadena sucesoria interminable de la vida. Sobre todo, cuando corto unos tallitos de este romero y los echo al agua para condimentar la comida. No soy muy dado a ir más allá de los que mis ojos ven y me dicen. Pero, eso sí, cada vez que repito el ritual de aliñar con romero la paella, me acuerdo de la abuela y le doy las gracias al romero.

No acostumbro a delegar en seres invisibles lo que mis manos no alcanzan. Y cuando mi estado de ánimo me pide montarme alguna película para superar una tragedia, encontrar un objeto perdido, calmar un dolor, soldar una fractura, o encontrar una razón a lo que explicación no encuentro, prefiero agarrarme a un clavo ardiendo, antes que confiar en una fuerza superior y extraña. O lo que es lo mismo, cuando tengo necesidad de Dios, trascender la cotidianidad dolorida, liberar miserias, sentirme perdonado, salgo a la huerta, me acerco al romero de la abuela, acaricio sus tallos, restriego mis dedos por sus hojas dulces y jugosas, luego llevo mis manos a la nariz, huelo su perfume y conservo su aroma en mi memoria. Por supuesto, cada vez que hago esto, no veo a ningún ser sobrenatural ni trascendente, tampoco se me aparece san Judas Tadeo. Tener que acudir a Dios, teniendo delante de mí este romero, sería un pecado.

viernes, 16 de diciembre de 2016

El Niño santo azuladeño




Más bien a esta entrada debería haberla llamado La caja del sueño. Pero encabezamiento tan cursi no terminaba de convencerme. Además, si opté por el de El Niño santo azuladeño, (título con tan poco gancho, y sin venir a cuento con lo que yo soñé, (eso creo y creo mal), fue porque me vino impuesto para el texto de aquel sueño que yo entonces tuviera, y que ahora trato aquí de recordar.

Esa tarde noche, en la Plaza de la Basílica, una multitud entusiasmada bailaba alrededor del belén de don Carmelo Ortín. La voluntad de un sueño, como la de un muerto, es sagrada. Todo sueño por muy estrafalario y alocado que se presente, siempre tiene su sentido.

El sueño era irresistible, se obstinaba por ubicarme en Azulada, la ciudad donde yo había nacido, hacía ya más de sesenta años. Mis escritos calificados con la etiqueta de Azulada, bien podrían llamarse Antimemoria. Azulada no es mi alter ego, es más bien mi anti-yo, mi lado oscuro, ese nombre genérico en el que incluyo todo lo que tiene que ver conmigo: mi infancia, mi pueblo y mi debilidad por el queso frito con tomate: tres realidades en simbiosis redonda con las que me confundo de tal manera que jamás me reconozco en ellas.

Por encima de la penumbra, rota tan sólo por la cetrina luz de cuatro farolas que esquinaban el atrio, la luna se reflejaba en las olas blancas y azules de la media naranja de la iglesia. La cúpula se confundió y se creyó la luna. El frío amarillo de la calle me envolvía con dulzura, protegiéndome de la humedad de la noche. La luna, la noche y la media naranja desaparecieron bajo un mismo brillo dentro del mismo sueño, para encontrarse en el punto donde se dan cita todos los puntos del Universo. Un sueño con todos los sueños dentro, incluido el queso frito con tomate.

El sueño intentaba desnudarme, decirme quien era yo sin conseguirlo. El sueño iba de aquí para allá al ritmo de zambomba y villancicos, irreverente, sin respetar direcciones, saltándose la intimidad y transgrediendo la tradición apostólica:
Una mula endiablada
a mi niño santo
le endilgó una patada
que lo dejó manco.
Y yo lo mismo me veía cantando por bulerías a las lavanderas, al leñador del belén, a las palmeras del desierto, que al momento el sueño me transportaba a Montmartre, La Place du Tertre. Y allí, sin saber pintar, hacía retratos a turistas embobados bajo la nieve. Luego el sueño, entre baile y baile, un sequillo y una copita de vino viejo, me volvía a dejar en el atrio de la Iglesia Nueva de Azulada. Gran parte del sueño la pasé en esta explanada coreando hosannas y aleluyas alrededor del pesebre del Niño azuladeño. Después, el sueño decidió trasladarme por un tiempo a una de las aulas de la universidad de Harvard.

Asistía yo en Cambridge a un máster de Literatura Hispanoamericana. Una joven, en voz baja y al oído, se me acercó, pasó con suma ternura su mano abierta e intencionada por debajo de mi espalda, a la altura de la cintura, ese centro donde los siete puntos cardinales, (sí, siete, como siete son las maravillas infinitas del mundo), confluyen en su indeterminación más imprudente y apasionada. Y me dijo:
Eres lo mejor que me ha pasado. Nadie como tú me ha dicho con sus palabras lo feliz que yo me siento.
La joven creyó que uno de mis escritos, presentado en el Departamento, iba dirigido a ella. Tanto el texto como el nombre de la muchacha respondían al mismo nombre: Adonai. De ahí tal vez su confusión. Con todo, yo, aún así, me tomé sus palabras en serio:
¡Vale, al salir nos vemos, -le dije.
Yo iba con mi prometida. Hay algunos sueños que además de puñeteros, mienten demasiado. Van por libre. Por aquel entonces yo no salía con ninguna muchacha. Y menos, en aquella ocasión, que había quedado con Adonaya. Con todo, mi novia me advirtió:
Mientras tu hablas con tu compañera de máster, yo me acerco a la clínica de santa Teresa. Tengo que recoger unos análisis. Nos vemos donde está el coche. ¡No tardes!
No hay llamada más fuerte que la que un hombre, sin jamás haber oído, escucha a través de una mano de mujer sobre su carne sedienta y analfabeta de amores. Adonaya y yo, al salir de la Facultad nos volvimos a ver.

Recuerdo que yo llevaba un paquete enorme, no pesaba casi nada, pero muy incómodo de transportar. No debía deshacerme de él. Era un misterioso encargo. De su contenido, destinatario y remitente yo nada absolutamente sabía. A cada momento la caja se me caía al suelo. Así era difícil enamorar a nadie. Por si faltaba algo, una amiga se paró a hablar con Adonaya. Les pregunté si sabían donde paraba el Parking metter más cercano. Tan embebidas estaban en su divertida charla que me contestaron con un ignorante corte de hombros. Me sentí de más, vacío y ridículo. Las dejé allí plantadas. Luego, ellas, al verme desorientado subir la calle con la enorme caja de regalo dando tumbos, me imaginé que se reían de mi. No me volví para no acertar en mi sospecha. Durante más de hora y media estuve buscando el coche en vano. Tampoco apareció mi novia. Pasado un tiempo o mil años, (los sueños no cuentan los días) el sueño me retomó de nuevo.

Pasé por las ruinas megalíticas de Stonenhenge, atravesé Rodas, la Anticira con sus treinta y dos ruedas de bronce, contemplé la gran clepsidra de la Torre de los Vientos de Atenas. Acampé a la sombra de un castillo romántico junto a la ribera del Rhin. En Estrasburgo vi como la misma muerte tocaba las horas del reloj de su catedral. En todos estos viajes recuerdo que yo llevaba siempre conmigo la gran caja, envuelta en papel de regalo, un papel azul festoneado de estrellas blancas. En más de una ocasión estuve tentado de deshacerme de la caja, pero como quien se llama Culebra y no puede renunciar de su apellido, ni una sola vez en todo el sueño se me ocurrió desentenderme de tan enigmática caja.

Llegué por fin al centro de una plaza. Un gran fortificación circular arrancaba de su base para culminar en forma de observatorio astronómico allá en un nítido cielo azul. Accedí a su interior. Por una escalerilla de caracol llegué a lo más alto de su lugar geométrico, una cámara ovalada desde la cual puede contemplar toda la ciudad, la Azulada de todos los pueblos: la isla de Pascua, Florencia, París, Rajasthan, el Patio de los Relojes de Madinat al-Zahra... Desde su centro, allá abajo en la plaza, vi también como partían, sin confundirse, todas las avenidas del mundo. En línea recta las calles de todas las urbes del Planeta se dirigían en paralelo, en igualdad de condiciones hacia la diáspora, detrás del monte Arabí, la antípoda del origen, ese lugar donde gentil y judío significan lo mismo.

Luego, le pregunté a uno de los cuatro ángeles que sostenían los puntos cardinales del firmamento:
¿Alguien de vosotros me puede decir qué hago yo ahora con esta caja? La llevo conmigo a lo largo de este sueño que ya se me hace eterno. ¿A quién se la entrego, la tiro, la abro...?
Quien me contestó fue el ángel que iba vestido de amarillo, el que sostenía el Sur:
Tú mismo. Pero yo de tí jamás abriría esta caja. No hay nada peor que abrir una caja de regalo para quedarse sin su sorpresa.

martes, 18 de octubre de 2016

E pur si muove




Aún los veo cabalgando
a lomos de una vieja moto,
despreciando la lluvia y el viento,
mensajeros del alba
y de la primavera,
como dos paladines los recuerdo.
(Juan Abenza)

Alain y Antoine creyeron que el mundo amanecería en aquella vieja estación. Desde el día en que los dos amigos decidieron pasar la noche en un vagón de la vieja gare du Prado, el horizonte de sus vidas quedó señalizado por una gran encrucijada que dividía la tierra en dos partes: la autopista del sol, la A7; o un tren de mercancías. Ambos caminos les llevarían a París. Tanto Antoine como Alain, vivían en Tolón, eran compañeros de liceo. Uno, pensaba graduarse en la Universidad de la Provenza como especialista en Historia de la Medicina. Al otro, a Antoine, le iban los números, los números y el reparto justo. Este último acababa de echar los papeles para matricularse en la Escuela Superior de Ciencias Económicas y Políticas de Nanterre.

Los amigos querían llegar en autoestop hasta las mismas puertas de la Sorbona. Querían conocer a los líderes de aquel movimiento universitario que le había plantado cara al capitalismo. En aquellos primeros días del mes de mayo del 68, su gran deseo era sumarse a las reivindicaciones obreras y estudiantiles que conmovían a toda Francia. Este era el momento, y no otro, en el que sus sueños de paz, justicia y cultura comenzarían a fraguarse. Haber dejado pasar el tren que la historia les ponía en sus manos, sería traicionar a sus conciencias. Nunca se lo perdonarían. Estaban obligados a tomar partido en aquella noble causa. No podían decir que no al dulce fuego de la revolución y el amor que la primavera de sus años jóvenes con pasión y premura les demandaba.

Los apenas 70 kilómetros que separan las ciudades de Tolón y Marsella, le llevaron toda la jornada. El recorrido que va desde La Ciotat hasta Cassis lo hicieron a pie. Nadie les paraba. Menos mal que el dueño de una camioneta, que surtía pescado a los principales hoteles de la Côte d'Azur los llevó hasta Marsella. Bajaron en la misma Place de Pologne, muy cerca de la estación del Prado. El día había sido duro. Los jóvenes estaban muy cansados. Eran ya casi las ocho de la tarde. El sol hacía rato que había dejado de alumbrar las pisadas de su agrietados pies. Antes de que la noche con sus cuchillos negros les cegara su orientación, debían encontrar un refugio. Desde el Boulevard d’Athènes, bajaron hasta la Canaebière para buscar el service de accueil que una buena mujer les había indicado. Por fin encontraron el Hogar de Les petits frères des Pauvres, pero el albergue ya estaba lleno y cerrado.

Entre las rocas del poniente y la parte antigua de la ciudad, el viento oprimía la vasta superficie del mar. La corriente de aire, desplegada en forma de pasillo, azotaba el cuerpo tambaleante de los dos jóvenes. En aquellas condiciones, imposible pasar la noche al raso. Caminaron pues hasta el Vieux Port, por ver si por allí encontraban unos soportales, un rincón bajo el cual cobijarse. Antoine, nada más divisar a lo lejos los herrumbrosos andenes de la estación exclamó satisfecho: 
Allí mismo. Ese no es un mal sitio para pasar la noche.
La verdad es que sí, -respondió Alain
Accedieron al recinto de las naves, una especie de arsenal donde los jóvenes dedujeron que los trenes averiados permanecerían en aquellas vías muertas, olvidados, esperando ser reparados. Al fondo, junto al muro que separa la estación de los altos apartamentos ahumados, estaba también aquella otra hilera arrinconada de vagones en desuso. Para no levantar sospechas, Alain decidió que debían entrar en el último convoy, el más alejado de las dependencias principales. Se quitaron las botas. Extendieron sus cuerpos rendidos sobre las carcomidas tablas del pavimento, colocaron los macutos bajo sus cabezas. Antoine, más resuelto y a la vez confiado, no tenía dificultad en coger el sueño. Por muy adversas y desconocidas que fuesen las condiciones que le rodearan, al momento se dormía como un tronco. A Alain, sin embargo, más fantaseador, aún siendo de carácter tranquilo y comedido, su dormir siempre fue complicado. Le costaba coger el sueño. Más de una hora, estuvo mirando por las ranuras de las tablas del cajón donde estaba tendido. Se entretenía en pensar cosas agradables, por ver si así, relajándose, se quedaba dormido. Ora se veía a sí mismo, como doctor, enrolado en una expedición de ayuda al tercer mundo, ora se imaginaba como miembro de un equipo de investigación tratando en desarrollar una vacuna contra el sida. Y mientras, Alain soñaba despierto, Antoine soñaba dormido haber hallado la fórmula distributiva del Producto Interior Bruto.

De pronto, Alain sintió que el suelo sobre el que estaba tendido, en medio de una algarabía de ruidos chirriantes, comenzaba a desplazarse como una carreta de bueyes por un camino de piedras de rambla. Alarmado traqueteó el cuerpo dormido de Antoine:
Despierta, Antoine, este vagón se mueve. Parece ser que estamos en plena marcha. ¿A dónde nos llevará este trasto?
Antoine con la templanza que a uno le queda, tras ser interrumpido violentamente mientras duerme, le dijo al sobresaltado Alain:
Vaya donde vaya este tren, no te preocupes, de nuestro objetivo no nos apartará. Hacia el mar no creo que se dirija. Así que allá donde nos lleve, más cerca estaremos de nuestro destino.
Han pasado ya más de cuarenta años de esta anécdota. Pues bien, a día de hoy, aquel tren que jugó al despiste con los dos amigos, aún se mueve, como se mueve la tierra alrededor del sol, como sigue moviéndose, a la luz tamizada de los años, aquella vieja-moto de Zaval hacia el jardín de las hespérides o a ese dignus amore locus de Petronio, al que uno siempre va, aunque nunca llegue. Pero, ¿qué más da? En la esperanza está ya la recompensa.



domingo, 14 de agosto de 2016

El rincón de la tranquilidad solitaria




Quantum lenta solent inter viburna cupressi. (Virgilio)

Mido mis días con aquel árbol que hace tres años replanté a principios de setiembre. ¡Tan diminuto...!, que no sabía si era una mata lechera, un ciprés o un pino. Y como había nacido entre cardos y piteras, quise mejorar su hábitat. ¿O tal vez lo cambiara, para así contemplarlo a mi gusto?

Contraviniendo la costumbre de florecer donde somos plantados, con mimo lo saqué de tan insípido erial. A unos treinta metros de la ventana de la casa, hice un hoyo. Lo planté en el ángulo del jardín que da al mediodía, frente a la ventana del salón, donde acostumbro a ver pasar el tiempo que los dioses del ocio me regalan a cada instante.

Lo puse aquí en ese recodo precioso que me resguarda del frío en invierno y me procura fresca brisa en verano. No había nada mejor para un ciprés como aquel pequeño espacio de paz y reposo, ese rincón de la tranquilidad solitaria. Nombre tan apacible se lo puso mi nieta, un día de agosto en que los dos, protegidos por la sonrojada sombra del parral, partíamos almendras, alejados de los murmullos de la casa. Para mí que la niña, con sólo tres años, era incapaz de nombrar de manera tan mística y filosófica dicho lugar, por lo que impulsado por mi meticulosa manía de las palabras, le pregunté:
Dime, pequeña: ¿Y por qué llamas a este sitio rincón de la tranquilidad solitaria?
Ella, al comprobar que yo no entendía el significado de su clarividente expresión, abrió sus ojos como dos flores contrariadas por la indiferencia de los viandantes a su aroma. Y me miró insistentemente, cual un semáforo en ámbar y me dijo:
¡Abuelo, pues porque le da el sol!
Desde entonces, todo el mundo de la casa, amigos y vecinos llaman a este lugar el rincón de la tranquilidad solitaria.

Pero volvamos al ciprés aquel, hace años trasplantado. Antes de cualquier otra cosa, que por necesidad o hábito los humanos nos ocupamos nada más levantarnos, me dirijo al árbol. Si alguien me oyera.., debo parecer un tonto. Doy los buenos días al ciprés. Me detengo en su presencia. Lo miro y remiro por los cuatro costados, como si quisiera notar en él algo distinto. Y en realidad así es. Siempre descubro nuevas hojas, un verde recién nacido. Me sorprende la parte más alta por su frescura, por sus ganas indefinidas de alcanzar las nubes del sol. Y veo que, de su sombra proyectada sobre la tierra, emana un infinito silencio.

Hoy envidio al ciprés. Crece sano. Mido mis fuerzas con él. Y en lugar de alegrarme pensando en que me sobrevivirá aquel que con tanto esmero aboné y regué durante toda mi vida, siento envidia, mucha envidia de que un simple árbol me gane la partida de la existencia. El árbol nota mi malhumor. Y oigo como si me dijera:
¡No me mires con rencores,
mírame como miran los labradores!
Y siento que mis cuidados y desvelos por el árbol han sido hasta ahora un engaño, proyección inútil de mi anhelada e imposible inmortalidad. Conforme veo al ciprés más alto, veo mi muerte más cerca. O como dijo Borges: El árbol de mi muerte era un ciprés. Y ganas me dan de arrancar el árbol de cuajo de este rincón de plácemes y bucolías. De nuevo miro al árbol, y no para de recomerme la envidia. ¡Lo veo tan contento!

El ciprés, los pájaros, mis gallinas y los conejos del tío liebre son más felices que yo. Ellos no saben que tienen que morir.

domingo, 7 de agosto de 2016

Nada vivo tiene remedio



Después de leer El Beso de Chejov, comprendí que la vida es una mala pasada. (Oscuridad radiante)

Antes de cruzarme con el capitán Riabovich, ya sabía yo de uvas agraces y de frutos bellos y exquisitos, letales y venenosos, como el manzanillo de arena, capaz de causar la muerte a todo aquel que confiado bajo sus hojas se cobija.

Debido a nuestra maniquea y connatural esencia, nos percatamos del bien y del mal, como elementos inseparables de una misma situación, relato o experiencia. Siempre en conflictividad permanente. Y esta condición dualista me hace sentir la vida también como una buena pasada, un exultante río, cuya desembocadura pudiera ser una quimera, un mar de sombras. Laguna de Estigia. Un frente sin horizonte. Un horizonte sin cenit. Un cénit estrangulado. Un beso a oscuras.

Un beso a oscuras, al menos, es un beso. Nuestro cometido: encontrar y ver esos labios, esa dulce cara, esos brazos cariñosos, ese aroma misterioso y distinguido, por ser a la vez inviolable y desconocido. Aunque de antemano, tras el viaje, no me figuro ningún paisaje en perspectiva, ninguna reserva de hotel en ciudad celestial e ignota.

Pero de ahí, a desatarme en furia, convertirme en látigo, esclavo, desazón, o en grito, cual un Prometeo encadenado, de eso, ¡ni hablar! Pues como dijo Roberto Bolaño:
El mundo está vivo y nada vivo tiene remedio y ésa es nuestra suerte.

lunes, 4 de julio de 2016

Las flores del don pedro





(A raíz de un comentario al Principito de Saint-Exupéry)

No es lo mismo leer por ejemplo Es tan misterioso el país de las lágrimas, junto a tu pareja después de haber hecho el amor, que descubrir esta frase cuando el hambre te atormenta, no tienes nada que llevarte al corazón, o estás completamente solo en medio de la marabunta.

Consumidas las soflamas subidas del alma y apagado el sonoro crepitar de las flores del don pedro, cualquier lectura teñida de nostalgia nos hace caer en un profundo pozo de tristeza, en medio del desierto, y a los pies del motor averiado y chamuscado de nuestro cuerpo. Creo a veces que con los años, con los traqueteos y lecciones de la vida, con mis aciertos y fracasos estoy en la cima de la historia dorada de la vida.

Y heme aquí de nuevo con el motor de mi orgullo tragando tierra. Aún no he abandonado La Vanidad, ese segundo planeta, ese mueble inútil con el que a diario decoro mi diminuta casa. Si a alguien se le ocurriera visitarme, se sorprendería de mi estupidez amueblando mis interiores con cosas tan inútiles. Pues al lugar donde me llevan mis pasos, como dice el propio Principito: Es demasiado lejos y no puedo llevar este cuerpo que pesa demasiado.

jueves, 16 de junio de 2016

No te mientas a ti mismo




Después de haber leído No te mientas a tí mismo, Opekú se sorprendió, al comprobar que nada de lo allí escrito, se parecía a lo que él tenía pensado para La burra de Balaam, una revista de humanidades de la que él era asiduo colaborador. ¿Cómo fui capaz de escribir semejantes estupideces, más propias del peor de los Coelhos tras su peculiar camino de Santiago?

Lamentándose por haberse dejado llevar por su irreflexiva ligereza, reescribió de nuevo el artículo. Opekú añadió al texto corregido una nota subrayada en verde fluorescente que decía:
Las palabras a veces me llevan por senderos que repudio. Y es tanta su explosión y virulencia, que a veces no sólo a mí me escandalizan, sino que pueden llegar a herir las creencias de venerables y apóstatas.
Y al enterarse Opekú que yo era uno sus lectores más escrupulosos y timoratos, tuvo a bien comunicarme las contradicciones en las que a veces se veía al redactar sus escritos. Esta vez, -me decía-, antes de que las palabras salieran de mi pluma, he procurado, amigo lector, traspasarlas por mi conciencia. Pero aún así, no sé si he logrado ser sincero conmigo mismo.

Y esta fue la misiva que recibí de Opekú de la que me siento muy honrado por su confidencialidad y franqueza:
Regreso yo también, caído del caballo de Damasco, por los mismos caminos de vuelta. Y voy dando tumbos desde mi ateísmo primigenio a la religiosidad otrora de mi maternal infancia.

La muerte me acerca a los Castillos de Kafka, a las Moradas de santa Teresa, al Minotauro del El Laberinto, a los postulados insolubles, esos argumentos infumables y enigmáticos que a la Esfinge de la Inteligencia siempre le estarán vedados. ¿O tal vez su evidencia los convierta en irrebatibles?

Y así, en tan sólo transcurrir unos minutos, puedo llegar a ser tan versátil y diferente, que logro ser llanto y risa, sequedad y lluvia. Lo mismo levanto los puños como un venado en plena berrea, que agacho el cuello como una gallina hipnotizada. Y tan distinto me siento, que no me reconozco. Y ni siquiera conciencia tengo de mentirme a mí mismo, por haber sido, unas veces, monje: otras, libertino; otras, terrateniente y okupa, creyente y anarquista, desahuciado y banquero. Y lo mismo aplaudo a Oswaldo Reynoso, cuando dice que declararse agnóstico es una cagada, (lo más sincero sería llamarse ateo), que me decanto por las palabras de Dostovski: veo el sol, y si no lo veo, sé que brilla.

Con los años, la altivez de mi mente se desmorona, se recluye y me abandona. Mis neuronas ya no se renuevan ni encienden. Y la robustez de mi antigua resistencia se deja llevar por el sentimentalismo. La prístina clarividencia vuelve a su fragilidad natural, innata y misteriosa. Y busca mi corazón tonto los arrumacos y cariñitos de cualquier cosa, con tal de endulzar esta amargura y el sin sentido de las postrimerías que (más pronto que tarde) me sumergirán a las Lagunas de Estigia.

Después de acabar de leer la carta de Opekú, volví a mirar dentro del sobre, una manía que tengo de buscar donde ya sé que no hay nada. Y allí, en un post-it, encontré esta última anotación:
Tal vez, dentro de la psicología de la vejez, haya que destacar como nota distintiva, la religiosidad como complemento y compensación al desengaño, la frustración y la experiencia. La loca razón de la creencia. O con las mismas palabras de aquel otro escritor que dijera: "Credo, pero no sé en qué".

miércoles, 8 de junio de 2016

Te tienes a ti





Arrojado violentamente de mí casa por no sé qué furias, me dirigí a ese lugar donde todos nos encaminamos, cuando no tenemos ningún sitio en el que refugiarnos. Y llegué a esta gran explanada desde donde Murcia, al fondo, en la distancia, se divisa rendida como un lienzo, cual otra Breda de Velázquez, desparramada entre los azules y el verde. Y absorbido fui por el túnel de luz que brota de la sombra de este suntuoso recinto a donde precisamente yo no iba, aquella mañana de un lunes ácido, camino de no sé donde.

De aquí para atrás, cada vez que me sentí desilusionado, aburrido, triste, o perdido, siempre tuve un rincón donde meterme, un hogar, un nido donde calentar los huevos de mi gélido desaliento.

Pero ahora, a mis años, ni la casa de mi madre, ni la de mi abuela, ni los brazos de aquella amiga con quien yo dulcemente me desahogaba, están ahí para darme el aliento. Desaparecieron. A todos ellos se los llevó la nada. Se convirtieron en almorranas, privación, polvo y olvido.

Antes siempre tuve al alcance mi juventud animosa, aquel manantial incesable de planes, viajes y sueños. E incluso, este monte perdido sobre cuya frondosidad tendido yo lavaba la mugre de mis días nefastos, arrasado también ha sido por el tiempo ladrón y asesino. Ni el aroma de sus pinos quemados por la frustración y el desengaño, ni la fresca y jugosa soledad de ayer, ni el gris ceniza de este suelo calcinado por la incredulidad y el sinsentido de un realismo sin sustancia y adocenado, son ya alivio y regazo para mi cuerpo calloso y, como la ciudad, también rendido.

Y cuando más desconsolado y solo yo estaba, delante de la vega aquella, pintada de azules y verdes por las aguas del Segura, viniste tú, precisamente la menos indicada, a decirme:
Te tienes a ti, ¡que no es poco!


domingo, 5 de junio de 2016

El cobijo




Desaparecer, pasar inadvertido, para no estorbar y que no me estorben, y resultar luego, de tanto irme, ser quien no soy, y de mi mismo una aguja perdida en un pajar que ni siquiera es mio. (Opekú)

Salí aquella mañana por el carril bici, ese camino verde asfaltado, que circula por donde antaño corriera el chicharra, el tren traqueteado y lento de mi mocosa infancia. Un parque en paralelo pedaleaba a mi vera. Todos los de por aquí conocen este sitio como el cobijo: un ajardinado espacio de toboganes, balancines y caballitos de muelles fijos. No falta el clásico quiosco de chuches y golosinas.

Alrededor de un ovalado estanque, niños serpentean dibujando su juguetona sombra sobre las aguas mansas. En equilibrio, hacen huir sus cuerpos, pajarillos acróbatas, para que no caigan al fondo. Paré a refrescar mi fatiga, a beber agua de la Fuente del Mirlo. Me asomé, también yo a la balsa, pero sin jugar con mi sombra, es muy pesada, no fuera que la perdiera abajo entre el musgo y la hojarasca.

Y de pronto, como reclutado para una batalla, descubro, entre siete cubos salientes de acero corten, un enfurecido cañón apuntando a lo alto. Esto debe ser una obra de ingeniería en honor a la victoria de un gran rey, según se desprende de la diminuta frase calada que leo en su peana: Exultet: et pro tanti Regis victoria. Llevado por la curiosidad, busco la entrada a este inexpugnable carro de combate parecido a un búnker. Atravieso una puerta de cristal enmarcado con una cruz de madera que me da la bendición a modo de bienvenida. En el ático, un hombre de forzado porte amable, me sonríe con su dentadura postiza. Lo noto en la frialdad de sus dientes protésicos. Me da, espléndido, una tarjeta con un número, como quien reparte boletos para visitar el cielo de balde.

Dentro estoy ya de este gran cajón contemporáneo. Parece un museo, una pinacoteca vacía de colores. Sólo el blanco se cuela del exterior por unos rectángulos de un metro en vertical por veinticinco centímetros de base. Catorce llagas de luz sobre sus paredes laterales. Un zócalo de mármol negro de dos metros de altura festonea a lo largo las heridas de la luz. En frente, los siete cubos alocados, que antes viera por fuera, ahora cóncavos e invertidos: siete soles alambicados agujereando un escenario a modo de presbiterio. El lugar es fresco. Una escultura gigante, simulando ser de papiroflexia, sobresale de la pared como si se sujetara en la nada de un retablo impoluto. Su cara me suena a un sueño que tuve de niño, cuando dormía en casa de mis abuelos. Es la misma imagen de la persona que se me apareció aquella noche a los pies de la cama. A lo largo de mi dilatada vida aún no he conseguido poner nombre a dicho rostro.

Tan extraño me veo en este lugar, que no me reconozco a mi mismo. La platea poblada de bancos también vacíos, como la mañana de un domingo, poco a poco va recibiendo en sus asientos a la gente. Por su vestimenta festiva, las sonrisas, el olor a gel de baño y desodorante amañado, parece ser que a donde yo vine no es un lugar común, sino muy singular y señalado. ¿Dios mío ¿dónde me habré metido? El señor, que afuera repartía gratis las entradas, ahora viste de blanco. Perece un tribuno de la antigua Roma, que recibe con el mismo sonreír obligado a los que poco a poco van llegando.

Yo vine aquí sin que nadie me invitara, vine huyendo de mi mismo para encontrarme. Ya lo dijo no sé quien: estoy más presente cuanto más de mí me alejo. El murmullo de los invitados no deja un hueco libre en el aire embrollado. Siempre consideré la escritura el mejor camino para dar conmigo. Una mujer me mira de reojo mientras escribo. Deduzco por su extrañeza como si me dijera:
Buen hombre, ya todo está escrito. No hay nada más que añadir a lo que Jesús el de Palestina un día escribiera con el dedo en el suelo.
Y me muestra el libro que porta a modo de devocionario para confirmar lo que pienso. Me quedo con las ganas de responder a la señora que está sentada a mi lado:
Por cierto, señora, todavía se ha descifrado lo que su maestro un día escribiera en el suelo delante de escribas y fariseos.
La mujer se santigua ahora escandalizada. El aforo ya está al completo. No conozco a nadie. Nadie me conoce. Intentar salir yo ahora sería como un desplante, además de una distracción y alboroto que profanaría liturgia tan concurrida. Y así metido como en un embudo entre esta aglomeración expectante, para no extorsionarme, me hago a la idea de que no existo. Sigo desaparecido desde hace más de una hora que llegué hasta esta tan espectacular edificación.

El recinto, que hasta ahora ha permanecido casi en penumbra, se enciende de golpe por las iluminarias invisibles que destellan sus rayos y lanzadas por detrás de las catorce cruces. La gente, los fieles, los espectadores, los invitados, el rebaño, que yo ya no sé como llamarles, tienden todos sus cabezas hacia el altar, como impulsados por un mismo resorte innato. Desde unos altavoces invisibles, escucho:
¡Guarden silencio, por favor, el sorteo está a punto de comenzar! 
El murmullo se convierte ahora en un ¡aaahhh! bobalicón y confiado, para ir menguando en un callado suspiro. Un estallido de móviles flamean sus disparos para inmortalizar y dar fe de este relamido instante.

La misma voz, que hace poco llamaba al silencio, desde el ambón situado a la derecha del plató, se deja de nuevo oír ante la expectación de todos:
El número premiado ha sido...
La mujer que está a mi lado, la del libro de oraciones, me da un suave codazo de complicidad. Se levanta exultante. Y exclama en voz alta para que todos la oigan:
¡Bingo, Bingo. Lo tengo. Me ha tocado!

sábado, 12 de marzo de 2016

Entre lo fantástico y lo normal







Desde aquellos años de estudio en que su tutor le aconsejara que debía ir al psicólogo, en más de una ocasión el viejo alumno se ha dicho si acaso el profesor aquel no estuviera en lo cierto, y anduviera el joven, hoy ya mayor, falto un poco de cordura. O tal vez no.

El discípulo no es que ocasionara conflicto alguno entre sus compañeros y superiores, quebrantara el reglamento, o tuviera cualquier otro altercado que motivara su expulsión del centro; al contrario, su trato era respetuoso. Eso sí: parco, un tanto huraño, y no muy dado a la palabrería. Al estudiante le cansaba el lenguaje. No sabemos si ya de joven padeciera problemas de audición o autismo que le hicieran sentir aversión al mundo oral, conversaciones que le pudieran resultar un tanto ininteligibles y onerosas.

Nuestro sujeto, más que solazarse en las tertulias y juegos que sus amigos siempre tienen en danza, prefiere en los ratos libres y recreos entregarse a la lectura. Todo aquello que tiene que ver con el hablar, le cuesta. Él más bien se entretiene con los personajes de las novelas que lee. En Rojo y Negro de Stenddal se identifica con un contradictorio Julien Sorel rodeado de amores tumultuosos. En Memorias de un loco vive con Flaubert un mundo imaginario a su medida frente a la hipocresía y el formulismo del medio donde la bola del destino lo tiene anclado. Nuestro esquivo protagonista se encuentra solo en un planeta numerosamente habitado. Y en el ensimismamiento de la lectura se siente en cambio a sí mismo como un ser comunicativo en medio de todo el mundo. Frente a la pusilanimidad, el aburrimiento y la simulación puritana de unas costumbres ramplonas, nuestro joven se recrea con el vibrante realismo de Balzac, Emile Zola, Dostieveski, Dickens. Otras veces se refugia en su diario, donde cuenta sus experiencias, resume películas que ve en tardes de pellas, anota impresiones, e incluso se atreve a opinar de lo que no conoce contra todo aquello que le resulta insoportable en aquel rebaño de gente ñoña y acomodaticia. E incluso, para huir de sí mismo, se adentra en su mundo interior y construye otra realidad que le sea más favorable.

Tal vez el tutor, al notar en nuestro sujeto un cierto solipsismo, y para que el muchacho se abra a una relación más fluida y saludable, le diga y amoneste ahora que si su comportamiento huidizo no mejora, el próximo curso no será admitido en aquella institución en la que se prepara, precisamente, para ser un buen comunicador.

Por supuesto nuestro elemento no fue a especialista alguno. En aquel tiempo la psicología como ciencia era poco conocida. Y si en raras ocasiones esta rama del conocimiento terapéutico era esgrimida contra algunos jóvenes díscolos que rompían el canon de la normalidad, el único motivo de rectores y profesores que la proponían, era mantener a la tropa bien alineada. La discordancia, la divergencia y el espíritu crítico eran desacatos a la Regla.
Obedientia tutior. El que obedece no se equivoca -le dice el tutor arriba mencionado, señalando con el dedo índice de su mano maestra a la mente del discípulo cabizbajo. 
Cuidar la salud mental -como se dice hoy- era un lujo al alcance de pocos, y menos de nuestro sujeto, hijo de padres que apenas el sueldo llegaba para sacar adelante a la chiquillería de hermanos que allá habían quedado en el pueblo esperando el favor de alguna otra mujer rica y devota como la viuda de Codorniu quien a este pobre fámulo le había caído en suerte favoreciéndole con generosos estipendios.

El estudiante aquel de los años atrás, tildado entonces por sus superiores de sujeto un tanto anormal y diferente, hoy agradece las palabras de Samanta Schweblin:
Tal vez vivimos en el espacio de lo fantástico y de la anormalidad. Yo trato de buscar alguna normalidad. Me interesa el concepto de normalidad, pero, la normalidad para mi, es un punto inexistente. En cada individuo, hay un oscilar entre el aislamiento y el relacionamiento, entre la locura y lo normal, entre lo real y lo irreal.

jueves, 10 de marzo de 2016

Corintios 2:9




Nunca antes oí la voz humana y cualquier sonido extraño y nuevo que se entrometa con el silencio solemne de estas soledades ensoñadas me ofende el oído y parece una nota en falso. (El diario de Adán y Eva. Mark Twain)

Aquellos que dijeron que ella estaba mal, tullida y sorda como una tapia o embobada, estaban equivocados. También dijeron que su amigo, con la edad se había convertido en un caracol misántropo. Más viejos, ariscos y desmemoriados ellos estaban que la piedra que matara a Goliat. Todos estaban ciegos y sordos a la nueva realidad en la que ella a gusto estaba, en el terruño que el destino y la jubilación por sinfonía le deparara.

Ella quería contarle a su amigo no sé que cosa. Y como tenía dificultad en desplazarse, unos parientes la llevaron a casa del amigo. Tal vez ese algo que ella quería decirle a su amigo fuese un pretexto. Verle quería tan sólo, antes de que la mácula del tiempo, yunque de ensordecedores silencios, emborronara y quebrara aquel tiempo feliz que a los dos la música y el trabajo los uniera. Se vieron.

En la entrada de la casa del amigo, en un viejo artilugio de madera aún cuelgan aquellas palabras que años atrás ella le regalara:
No tanques la porta
No rodes la clau
No pases el forrellat
Ni la balda
Y la caden a... per terra
per a qui entre qui vulga
per a viure y conviure
Desde entonces el amigo llama alarma a la tabla que labrara con las frases, el pasador y las llaves que ella le diera aquel día. Si no quieres que te quiten nada, compártelo todo. También guarda este amigo el manuscrito que los dos transcribieran: un repertorio de canciones infantiles recogido de la tradición, del recuerdo de padres y abuelos, y rescatado así mismo de la boca de unos niños como gorriones sobre la flor de la avena. Libro al que titularon A la pitiflor, otra manera de hacer saber a los maestros que la letra con música entra.

Ella está sorda, lo mismo que su amigo. Pero los dos se oyen de maravilla. Y lo que es más, se entienden y se sienten.

Le cuenta ella ahora al amigo que la otra tarde, en la misma ambulancia que junto con otros pacientes regresaba a su domicilio, después de haber estado cuatro horas conectada a la máquina que le limpia los riñones, quedó completamente feliz:
Escuché una música jamás oída. Era tan bonica que no pude ocultar mi alegría ante los compañeros. Por su gesto extraño advertí que ellos no oían nada. Y viniendo como venía la melodía del exterior recreándolo todo, dejé de mostrar satisfacción alguna para no ser considerada como una tonta. 
El amigo, al ver a ella absorbida por la dulzura de aquellas notas, le insiste que trate ahora de tatarear, de definir, de recordar, pon nombre al menos -le dice- a lo que tan sublime oíste para poder yo así también deleitarme. Ella sólo acierta a decir al amigo:
Cosas que jamás oído alguno oyera.

jueves, 25 de febrero de 2016

Matar a Prometeo



Hubo un tiempo,
en el que rechazaba a mi prójimo
si su fe no era la mía.
Ahora mi corazón es capaz
de adoptar todas las formas:
es un prado para las gacelas
y un claustro para los monjes cristianos,
templo para los ídolos
y la Kaaba para los peregrinos,
es recipiente para las tablas de la Torá
y los versos del Corán.
Porque mi religión es el Amor.
Da igual a dónde vaya la caravana del amor,
su camino es la senda de mi fe.
          ( Ibn Arabi. Poeta, místico sufí)


En el coloquio final de un acto público, Islam, ¿Paz o Violencia?, celebrado ayer por el Ateneo de Molina de Segura, un interviniente se presentó como no cristiano. Vivimos tiempos en los que el mundo para existir ya no precisa de Dios. De acuerdo con los actuales logros de la ciencia, tal vez al interviniente, delante de tanta gente entendida que llenaba el aforo, le pareciera poco racional y científico, llamarse cristiano. Pero sé por él mismo, que su confesión no fue motivada por vergüenza alguna, ni tampoco su pedantería progresista fue la que le llevó a proferir apostasía tan santa. Fue más bien su peculiar sentido de la fe y de la ética el que le hizo decir: yo no soy cristiano, que es lo mismo que si con el poeta musulmán, el murciano Ben Arabí del siglo XII, hubiera dicho: Ahora mi corazón es capaz de adoptar todas las formas.

Y esta mañana cuando el interviniente hace memoria de su profana apología, sus propias palabras le vuelven a venir y le increpan:
¿Acaso alguien puede renegar de la leche con la que de pequeño fue amamantado?
A los de su edad, el cristianismo les marcó a fuego (¡Oh llama de amor viva, / que tiernamente hieres / de mi alma en el más profundo centro.) Con hierros incandescente fueron tatuados, cual adeenes, los lomos de su carne lacerada, como un buey lo es con la divisa de su amo. Tocado fue con el dardo de una cruz en tiempos de nacionalcatolicismos y cristiandades. Luego con los años tomó distancia de su endiosado yomismo. Y metido ya en un mestizaje de civilizaciones y culturas, quiso aprender a salvar, a distinguir, a separar su fe de las 4.200 religiones que pueblan el planeta. Y comprendió que para ser bueno no es necesario ser seguidor de ningún santón ni venerable. Y de acuerdo con las leyes de la ciencia y de la conciencia, de la solidaridad y de la especie humana, contra los mandamientos de la Iglesia y frente a las suras del profeta, se dijo: si acaso no fuera mejor que los hombres aprendiéramos a vivir sin el mito de los dioses.

Según Mujàmmad, 99 son los nombres de Dios. ¿Tantos? Tal vez porque su inefabilidad sea innombrable. Ningún nombre es capaz de definir la Nada, ese Deus abscónditus, ese sitial vacío, la nichts del teólogo, esa barca sin nadie en medio de un mar en calma llena de dudas.

Cuando Dios se convierte en una interferencia en la relación entre los humanos que aún no han superado el aforismo de Plauto: Homo homini lupus, tal vez haya llegado el momento de matar a Prometeo, el recadero de las bondades divinas.

Y al hilo de mitos y misticismos, recuerda ahora el interviniente el pasaje de los Hermanos Karamazov de Dostoievski en los que Kolia, un muchacho, dialoga con Alexis, un monje que ha vivido anteriormente en un monasterio:
 Me han dicho que eres un místico. Pero esto no importa. El contacto con la realidad te curará.
 ¿De qué me he de curar?  -preguntó Alexis un tanto sorprendido.
 Pues te has de curar de Dios y... y de todo eso.
Luego el Debate del acto promovido por el Ateneo de Molina terminaría con un relato de guerras  y confrontaciones intermitentes entre civilizaciones, culturas e intereses que de manera espúrea toman el nombre innombrable de Dios para arrimar el agua a sus sardinas.



sábado, 2 de enero de 2016

Concierto de año nuevo



Me pareció el quince recién consumido un vivir desparejo allá en la edad de piedra: aquellos días en los que los grilletes del calendario, encadenado me retuvieron en el pasado. El tiempo transcurrió sin sustancia, sólo a base de telarañas y recuerdos. El dolor de las horas pesó sobre el presente en un sin vivir vivido. Y así en lugar de haber sembrado panes y estrellas, resplandores y alboradas, transité por el año fenecido, atascado en cada una de las letras de la palabra desterrado. Avancé pues entonces desubicado, más hacia la caverna del ocaso, en vez de regresar a este futuro ajado de un concierto de año nuevo.

Y tras la resaca familiar y agonizante del día anterior, me despertó el impoluto tocado de los músicos de la Filarmónica de Viena. Y en medio de la concurrencia bien comida y complacida, bajo las perlas de la falsa alegría de las luminarias del Musikverein, el oro de los metales, el barnizado de los instrumentos de madera, la manicura estilizada de la joven del arpa, el gris formal de las corbatas de los hombres, el apagado y largo vestir de las mujeres en minoría, la lujosa techumbre, rica en frisos, cariátides y angelitos pintados de lujuria mundanal y etérea, allí me vi tan abrumado por el aroma de orquídeas muertas, que me sentí como un friqui exiliado en otro nuevo año bobalicón, banal y ombligofágico en el que sólo tenían entrada los centum cuadraginta signati guapos de la biblia.

Los timbales, el violín, los bailarines, los manirenitos niños cantores sin pecado concebidos y hasta el bendito director de Maris Jahnsonss me impulsaron a coger la batuta de mi lápiz y dejar aquí constancia de que la música no siempre es la mejor herramienta de futuro, sobre todo si ésta viene, con apariencia de frescura y belleza, de la mano de imaginación tan floral y dulzona como complaciente y descomprometida.

Y fue entonces, cuando una diminuta araña se paró  precisamente en los términos frescura y belleza. El bichito en desacuerdo con ellos empezó a devorar estas dos palabras. Y mientras la araña emborronaba con sus patas la estólida pulcritud de los vocablos, a mi recuerdo vinieron aquellos versos de Antonio M. Figueras en Nadie pierde siempre:
He visto a muchos héroes
pasar las tardes muertas
por el cementerio de Arlington.
Y sólo me conformo
con descansar los ojos
por debajo de la cintura
del tiempo.
Me ocurrió como aquella otra vez cuando, después de morir mis padres, fui a la Azulada donde nací. Y me sentí perdido por las calles de un pueblo tan conocido para mí como ignorado.


viernes, 4 de diciembre de 2015

Apágame los ojos




Y dale con la burra al trigo -decía mi madre cada vez que yo me metía el dedo en la nariz para hurgar y desollinar mis mocos de niño bobo. Y vuelven ahora mis manos a las mismas palabras, a los mismos relamidos mocos: que si el amor, que si la muerte, que si la soledad, las nubes, el mar, las aves, la tierra, el arte, la mujer... Siempre escribo lo mismo. Y es que tal vez no haya otra cosa. O todo sea igual. Y ni siquiera eso.

Aquella mañana de primeros de diciembre, operaban a la hija de mi hermano. Y mientras ella estaba abajo en el quirófano, yo esperaba en la habitación 512 de la ultima planta del hospital. Desde la ventana, mi vista se paseaba por la extensa terraza del edificio de enfrente. La pared de la casa de al lado se extendía hacia arriba unos tres metros en vertical sobre el ras de la azotea. Toda ella pintada de blanco. Formaba un gran rectángulo. Parecía la pantalla iluminada de un cine de verano. El sol, a esas horas tempranas de aquel lunes de invierno, vivaqueaba límpido sobre el encerado de la pared. Mis ojos, de pronto, se detuvieron en una sombra alargada y cilíndrica que jugaba en espiral arremolinada sobre la empinada pantalla de cal blanca. La claridad del día hacía más visible el movimiento ascendente de la sombra con visos de humo. Digo humo, porque al hacer frío, deduje que alguna chimenea encendida sería la causa de aquel reflejo humeante en el que yo me embelesé, mientras esperaba a que subieran a mi sobrina a la habitación. Tiempo estuvieron mis ojos oteando por los tejados próximos, por si descubría la presunta chimenea que me diera explicación de aquella columna de humo proyectado en la que absorto entretenía mi espera. Más de media hora estuve intentando averiguar el origen de aquella sombra. Transcurrido aquel tiempo, la sombra, tal como había venido, desapareció sin presentación ni credencial alguna. Y yo me quedé entonces con la duda de que tal vez aquella sombra tampoco era real.

Sólo una sombra, sin nada detrás o delante, arriba o abajo. El truco del mago: nada por aquí, nada por allá. La escritura tal vez no sea nada sin esa vida exterior de la que se alimenta. Vida y letra si no van unidas son sólo humo. Hasta que, como dice Vicente Huidobro, no logremos hacer florecer la rosa en el poema, estaremos dale que dale a la zambomba de los versos inútiles, de la prosa imposible. Mi verso es un canto fatuo de notas falto. Ni siquiera es humo.

Reza el principio tomista de la existencia: Omne autem quod movetur ab alio movetur, (todo lo que se mueve, movido es por algo). La de tonterías y latinajos que a uno le pueden venir a la cabeza, cuando sin hacer nada, dedica su espera a contemplar un atisbo de humo, olvidándose incluso de lo que espera. Y fue entonces cuando me acordé de aquella sombra perdida que no era de nadie. Por más que le hicieron las pruebas del ADN, y las del carbono 14, no pudieron identificar, ni encajar dicha sombra con ningún objeto creado.

Y ya que hablo de humo, me viene a mi loca cabeza el fuego. El fuego, sí: aquella hoguera de la Biblia que ardiera sin consumirse; y ante la cual ni siquiera Moisés pudo mantener sus ojos abiertos. ¿Para qué Dios mandaría entonces encender aquella hoguera? Y es ahora Rainer María Rilke quien responde:
Apágame los ojos: puedo verte;
ciérrame los oídos: puedo oírte;
y aun sin pies puedo andar en busca tuya,
sin boca, puedo conjurarte.
Ampútame los brazos, y te agarro,
como con una mano, con el corazón mío;
detén mi corazón, y latirá el cerebro;
y si arrojas el fuego en mi cerebro,
te llevaré sobre mi sangre.

sábado, 14 de noviembre de 2015

De luto está la torre



Hay sucesos que por su horror y crueldad nos sobrecogen de tal manera que nos dejan en estado de shock. Uno de ello el de hoy, el de los atentados de París.

No llego a comprender la capacidad de maldad que los humanos albergamos en la cueva de nuestro infierno interior. Tampoco sé cuáles son las causas que nos mueven a ser verdugos y asesinos de nuestros semejantes. Cada día me pregunto por qué el hombre no es bueno conforme a su naturaleza. Y yo mismo sabiamente me respondo: la libertad. Pues bien ¡maldita sea hoy esa libertad que nos define y asiste! Mejor nos hubiera ido haber sido sólo guijarros o grava de rambla inmunda:
Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
(Lo Fatal. Rubén Darío)

sábado, 5 de septiembre de 2015

Cipreses en el camino




Puede que hayas sido mi amor, mi todo, mi cielo, el trigo con el que amasé los panes y los días, con quien reí mis penas, fuiste mi puesta de largo, pero tú ya no soy yo. Tú, por conocida y usada, eres una extraña, esa chaqueta que me queda larga, deshilachada. Antes, hilos de luna eran los tirantes de tu sujetador. Hoy estás muerta. En mis madrugadas jóvenes me confundí contigo, te acariciaba y creía estar tocando mi cuerpo. Mis besos eran tus labios; tu boca, el agua de mi sed. Y ahora, al sentirme solo soy yo, está tronando y llueve a mares.

A mis soledades voy,
de mis soledades vengo...


Hoy mis dedos te miran y en ellos no veo gorriones, peces, ni palomas. Las rayas de mi suerte, si ayer estaban en tus manos, hoy el surco de mi arado son mis huellas escritas sin las letras de tus pasos encofrados. Dice García Márquez que el secreto de una buena vejez es un pacto honrado con nuestra soledad. Hoy a mis años, he visto como del árbol callado y quieto nacía una paloma. Alcé el cuello para coger tu vuelo. Y el crujir de mis cervicales espantó a la mariposa que allí había. Solos y quietos quedamos yo y el árbol. Y desde esta ausencia instalada y silenciosa contemplo feliz el campo como lo hacen los cipreses y la tórtola, como mira el agua el ribazo, como los ojos del lagarto anacoreta siguen del camino su espinazo.

Ahora la soledad es mi centro. Y al volver al centro de mi total esencia siento la tranquilidad que traigo de mis antepasados, esa paz que de ellos guardo. Y es lo que toca: ser ciprés en el camino, o simplemente camino, por si acaso tú mañana con tus huellas de nuevo volvieras hacerme sentir que existo. 


martes, 14 de julio de 2015

A la luz de una sonrisa




Década de los sesenta. Los rayos del sol acuchillan las espaldas de una colla de obreros. Carretillas de cemento humean sudor y camaradería alrededor de montones de arena y vigas de hierro. Picos, palas y garbillos en manos descarnadas son súplicas de un jornal escaso al brillo de un brindis de copas vacías. La cántara de agua a la sombra de una pila de bloques no para de correr de galillo en galillo. Juan y Antonio se conocen en esta obra abierta en canal en sus cimientos cual animal presto a ser inmolado. Se trata de levantar un nuevo templo en Azulada. Quiere el cura llamar San José Obrero a esta iglesia en construcción en la otra punta del pueblo conforme se va a la estación del chicharra. En tiempos de nacionalcatolicismos y dictaduras, nombre tan subversivo no es el apropiado para un Patriarca de la Iglesia. Decide pues el párroco, un tal don Joaquín Guillamón, cambiar la advocación de obrero por artesano para espantar las sospechas de los meapilas de la Curia. Las horas extraordinarias que en esta obra se echan, no se cobran, son, a requerimiento de este reverendo, el gratuito estipendio de los trabajadores a favor del carpintero que lo fuera de aquel Nazareth de Galilea.

Juan, el peón, arrima ladrillos, prepara el hormigón. Antonio es el oficial, subido en el andamio, levanta la pared central del altar mayor. Antonio se caga en la hostia cada vez que Juan se retrasa con el material, pero el alma de Antonio es limpia e inocente como la misma patena. Eso sí, el muchacho es fuerte como un mulo, noblote y confiado, pero un poco extraño y retraído. Muy bueno para las destrezas, escarchas e insolaciones del duro oficio, pero un tanto lento para las resoluciones de cabeza. Desde entonces viene la amistad de Juan y Antonio. Luego, sus vidas correrán caminos distintos. Juan marcha a la capital en pos de un mejor destino sin tanto tufo a grava, arena y yeso. Y Antonio, de pronto, movido tal vez por estar cerca de lugar tan sagrado, cosa inesperada en joven tan terrenal y vitalista, siente la necesidad de meterse a fraile.

Nunca Juan comprendió la súbita vocación de Antonio. De albañil a eremita de tomo y lomo. Pero el prior no aprueba las aspiraciones de Antonio, piensa que las razones del novicio para escoger aquel medio de vida se deben más bien a un apaño personal: esconder sus raras maneras dentro de la celda de un cenobio. Su superior piensa que si Antonio, por su carácter extraño, tiene problemas para desenvolverse en el mundo, mayores serán sus dificultades en la vida monástica.

Antonio es expulsado del convento, consigue, gracias a la mediación del cura de San José Artesano, el puesto de guardián del santuario de la Virgen de Azulada. Desde este humilde peldaño de menor cuantía, donde el latín, la teología, y el sano juicio no son requisito para lograr la unión con Dios, intenta Antonio cumplir religiosamente su nueva misión para la que no precisa del trivium, ni del cuatrivium, ni retener en su mollera las reglas de san Benito, así como tampoco cumplir con el reglamento de la estricta observancia. Saber rezar el rosario, leer la sabatina, hacer escobas, ayudar a misa y tocar las campanas le basta para alcanzar el cielo.

¿De por qué Antonio optó por este oficio de santero? Juan no tiene ni idea. Siempre respetó la actitud del amigo. Tampoco sabe Juan qué puede haber en una amistad que, sin tener nada en común, el lazo que une a los amigos es indisoluble.

Hace más de siete años que Juan no ve a su amigo. La verdad es que, a estas alturas de su memoria grifada, Juan no recuerda bien si son siete o setenta veces siete los años que no ha visto a Antonio. Cada vez que Juan va a Azulada acostumbra hacer una visita al amigo. Conoce a este hombre desde que ambos coincidieran como albañiles en la parroquia de san José Artesano, aquellos meses del verano de los sesenta en el pueblo de Azulada.

Desde que le dijeron que Antonio está ingresado en el Asilo de ancianos, Juan lleva meses queriendo ir a ver a su antiguo compañero de peonadas tórridas y sedientas. De hoy no pasa –se dice esta mañana. La piedad dormida en Juan vuelve a refrescar su memoria. Y recuerda que a su amigo le encantaban el vuelo de las palomas, la sonrisa de los pájaros con su piar al alba, la soledad y el aire libre copulando por los alrededores del pequeño campo, su porciúncula reveladora, donde a las afueras del pueblo vivía en compañía de cuatro gallinas, los caracoles, el romero, el silbar de los árboles y un par de cabras. Nadie en esta vida puede seguir vivo sin estar apegado a algo, aunque sea a una piedra, una maceta o a un perro. Y Antonio estaba apegado al canto de las criaturas: al sol, la luna, las estrellas, el viento, el fuego, la noche, las flores y las hierbas.

Y cae ahora Juan en la cuenta que la soledad y el aire libre de la naturaleza al abrazarse enamorados tal vez fuesen el lazo que en su juventud uniera a los dos amigos.

Otras veces vino Juan a Azulada. No se marchaba del pueblo sin subir al santuario y visitar al amigo. Unas veces lo encontraba barriendo la iglesia, enseñando el camarín de la Virgen a unos visitantes, leyendo cualquier libro viejo de oraciones; y cuando no: haciendo esteras, baleos y caracoleras de esparto. Recuerda que en una de estas visitas sorprendió al amigo en plena discusión con una pareja de jóvenes, unos novios, que habiéndose casado sólo por lo civil, subieron al santuario a ofrecer el ramo de la boda a la Virgen. Antonio se negaba a que la pareja dejara a los pies de la Patrona de Azulada su ofrenda de rosas blancas.

Hay quienes presumen de ser amigos de un ministro, un nóbel, un académico, o simplemente de hacerse una foto con un torero o una cantante. Juan está orgulloso de conservar aún la amistad con Antonio, una persona anónima, sencilla, un sentimental de cojones y a la vez cazurro como un animal, noble como un caballo, tímido como una salamanquesa y transparente como el cristal. Y emprende viaje a Azulada, quiere acortar distancias, sorprender al amigo con un regalo. Hace meses que compró para él una versión impresa en piel de oveja del Cántico de las Criaturas.

Y llega Juan cargado con su petulancia compasiva al Asilo de los Desamparados, donde Antonio permanece ingresado. Está ansioso en desplegar su amistad desinteresada ante un hombre de quien no espera nada, tan sólo su abrazo. Al portero de la Residencia le pregunta por Antonio, el que fuera albañil de san José Artesano y guardián del santuario de Azulada.
Pasa, ahí sentado está en el pasillo.
Atraviesa Juan un pequeño andén que da acceso al comedor. Es la hora de la cena. Varios ancianos se pasean, unos en su silla de ruedas, otros sentados aguardan. Juan detiene su mirada delante de cada uno. No reconoce a Antonio. Vuelve a preguntar a una cuidadora. La mujer coje de la mano a Juan, lo lleva delante de quien sentado en un sillón dormita cabizbajo y eleva la voz:
¡Antonio, tienes visita!
Juan, frente al hombre que al reclamo de la cuidadora levanta ahora la cabeza, mira con recelo y duda sostenida la cara de quien no se acuerda. No viene a su memoria la antigua fisonomía del amigo. Si Juan no reconoce a Antonio, éste, aún menos recuerda a quien ahora tiene delante. Juan arruga sus ojos como manos que quieren del río mítico de la vida sacar el oro que necesitan, rescatar una amistad que se le resiste. Antonio estira sus labios, deja escapar de su boca una alegre mueca de reconocimiento agradecido. Y es entonces, a la luz de esta sonrisa de Antonio, cuando Juan reconoce por fin a quien fuera su compañero de andamio y fatigas en aquella iglesia de la Azulada de los sesenta.

jueves, 9 de julio de 2015

Trapería de Molina




Jueves último de junio. Una ola de calor sacudía las aceras de la Avenida Madrid, enfrente de los Jugados de Molina. El sol levantaba ampollas de los adoquines del parque de la Cerámica. Conocía esta zona, ya que dos manzanas más allá estaba La Bodega, donde de vez en cuando me abastecía de una barra de pan, una lata de sardinas y hasta de un tarro de comino para los gases de mi flatulento estómago. En aquella tarde tórrida de primeros de verano, iba yo a llenar mi garrafa de vino de un gran tonel situado en la parte más fresca del fondo de aquella tienda de barrio.

La flor nacida del sudor de una e-speranza, los vivos colores de la fachada del nuevo local que encontré, dos manzanas antes, detuvieron mi andar acalorado. Precisamente en ese momento inauguraban el negocio aquel, o lo que fuera. Del interior salía una música en vivo orquestada por un trío de chicas que amenizaban con sus canciones y guitarras a la concurrencia con un ritmo alegre y seductor. Me abrí paso como pude y entré. Al ver a los que allí habían, sin haberlos visto nunca en mi vida, me parecieron buena gente. No es que disponga de un resorte natural para predecir el buen rollo que pueda surgir con quien jamás he tenido trato, pero con sólo ver su cara, puedo adivinar que mi relación con ellos será cordial. Unas botellas de cervezas, zumos, patatas fritas, avellanas y panchitos repartidas sobre una larga mesa provisional, revestida de un mantel de papel verde limón, me animaron más aún a traspasar el umbral de aquel establecimiento.

A pesar de estar roto el aire acondicionado, todos disfrutaban de la velada. El ambiente, sin ser vulgar ni distinguido, por su naturalidad, buen gusto y decoración resultaba original y atípico en el mejor sentido de esta palabra. Gente buscadora de nuevos incentivos para superar el vivir viciado y vacío en una sociedad hipócrita, ordinaria e injusta.

Ya metido en aquel asunto cuyo fin desconocía, me sentí muy pronto uno más de los invitados. Al principio creí que se trataría de una tienda de regalos un tanto exótica por la variedad de artículos inusitados, extraños y sugerentes que allí habían. Por fin eché mano de un folleto informativo a mi alcance, y me di una mediana idea de donde estaba: Una tienda fruto del quehacer y la ilusión de una Asociación llamada Traper@s de Emaús, cuya actividad se centraba en la recogida, transporte, almacenaje y reciclaje de muebles, ropa, electrodomésticos, libros, menaje, y tantos otros residuos de los que nos desprendemos sin pensar que su adecuada reutilización puede ser todavía provechosa para quienes carecen de tales enseres. Me pareció una buena causa sin duda, pero, a mi entender, siempre crítico y quisquilloso, esta institución precisaba de un contenido menos paternalista y más reivindicativo con los derechos inalienables de las personas. Sólo me bastó oír las palabras de uno de los representantes de este colectivo en la presentación del acto para saber que andaba equivocado:
Somos hijos de una mala madre, un sistema perverso que se olvida de sus hijos más necesitados. Estamos comprometidos en la lucha contra la pobreza y la exclusión social.
Acabada la inauguración eché un vistazo a los objetos que allí se exhibían. Dudé en hacerme con un libro, pero me paré delante de un espejo incrustado en un precioso marco tallado en madera de haya. Lo pagué y abandoné la Trapería.

Desde ese día, hace hoy de ello cuarenta años, este espejo siempre estuvo conmigo en mi casa. Me sentía bien cuando en él me miraba. Cada vez que lo hacía, me veía yo a mi también dichoso y rodeado de tantos y tantos otros rebuscadores de pan y justicia alrededor de los contenedores del mundo, tratando de equilibrar el desigual reparto de los bienes de la Tierra.

He perdido muchas cosas a lo largo de mi vida: mis padres, el recuerdo, un hermano muerto, un diario de adolescente que he quemado poco a poco a través de mis apostasías, cansancio y desilusiones. Pero lo que más siento es haber perdido aquel espejo que un día compré en una Trapería de Emaús de Molina de Segura. Desde entonces no soy feliz.


jueves, 4 de junio de 2015

Noche clara




Tuvo la suerte ayer de compartir la mañana con el club de lectura de la Once de Murcia. Aprendió un montón de todos ellos. Las palabras de los miembros de este taller de lectura, vestidas con sus mejores galas, revolotearon llenas de sentido ante la ventana de su despertar escéptico. Palabras, hasta hoy para él podridas y enceladas, nacidas de ojos ensimismados y ciegos, le revelaron desnudas el verdadero discurso del lenguaje. Que personas faltas de visión tuvieran el don de hacerle oír y ver, mejor que cualquier otro afamado académico de la Lengua, la película del mundo que se proyectaba sobre la pantalla de la cueva sorda de sus penumbras, fue todo un misterio. Misterioso contrasentido. La paradoja como paradigma de la vida. Mirar y ver no es lo mismo. Los ciegos ven lo que los demás a mirar sólo alcanzan. Lo esencial es invisible a los ojos.

Sabía él de la edad de las palabras, que unas nacían y morían según a la Rae le apeteciera, sabía él de las mentiras de frases hechas y demás floripondios literarios, sabía él de la distorsión de las imágenes, que no siempre se corresponden con su mirada, pero no sabía lo que esconden las palabras hasta que no supo de su color, del aroma del verbo lúcido que brota como agua clara de la fuente viva de unos ojos apagados. Oscura lucidez.

El arco iris de sus dulces voces nacidas de sus invidentes ojos, de la bella paz de sus caras y luminosas bocas, al tocar con su cálido frescor el duro conducto de sus oídos enmudecidos, encendió las luminarias del caos de su universo íntimo. Traslúcida ceguera. Y no menos nítida sordera.

Luego sobrevendría la orgía, el festín compartido entre vinos, morteruelos y postres de fruta. Entonces comprendió el hombre que, desde la soledad de unos ojos que miran ausentes y atentos hacia dentro, es posible escuchar la melodía, armoniosamente desatada en un cosmos orquestado, en el que las sombras, el silencio y la noche son inseparables de la luz estrellada del placer de los días.

jueves, 7 de mayo de 2015

La casa de los abuelos








Desde la altura de su digno y alto enclave, el Templo de Debod, hoy domingo, me seduce con su mirada milenaria, mientras paseo mis horas libres por el Parque del Oeste. Y la persistencia de este escueto y maravilloso encuadre incorrupto a través de culturas, siglos y trasiegos me trae, tal vez por ello, la casa de los abuelos al recuerdo.

La casa sigue igual, pero no huele a pan y miel como antes. Dos sillas en la entrada con el respaldo de cuero negro; sus patas torneadas simulan los pies de una esfinge; y hasta los asientos están recubiertos por los mismos cojines cuyas fundas la abuela adornara con punto de cruz hace años. El mismo cuadro sobre la pared del comedor: un hule barnizado de verde en el que veo inmóvil un velero cruzar el Puente de la Torre de Londres. Allí, bajo el hueco de la escalera, está también la mecedora con la manta de cuadros rojos y azules sobre su respaldo de rejilla. Y aún estando todo en su sitio, y todas las estancias debidamente amuebladas como antaño, veo la casa vacía. El tiempo se ha encargado de arrancar el alma de todos aquellos objetos, otrora para mi tan reveladores. Junto a la chimenea, muerto está el alto pedestal de madera con su maceta hueca y desprovista de flores. Muerto el perchero, aunque de él aún cuelguen una gorra del abuelo, un garrote y un paraguas. Y quieta y muerta en el pasillo, también, aquella pequeña bicicleta en la que todos los nietos aprendimos a montar un día.

De no haber nada en la casa, no hubiera tenido yo tanta sensación de vacío. Pero descubro debajo de la cama las zapatillas de la abuela; y en la cocina, la platera con sus vasos, fuentes y tazas de loza blanca, y aún más siento el abandono y la desolación de la casa, antes tan colmada de dicha, y ahora tan triste y descorazonada. No hay mayor sentimiento de vacío que ver una habitación cargada de objetos cuyos amos murieron hace tiempo.

Y al ver la luz de la tarde colarse por el hueco del pórtico de Debod, me acuerdo también de la sala cuya ventana asomaba al patio, la más fresca de la casa; pero el cálido frescor que en mis años de niño allí sentí, tampoco ahora es el mismo. Incluso veo que sus paredes lloran por no oír las toses del abuelo, cuando allí se refugiaba a fumar un par de cigarros tras el almuerzo.

Luego salgo al patio por la puerta falsa. En el centro, sigue en pie el aljibe alicatado de azulejos salteados de azul y blanco por cuyas juntas afloraba el musgo. Su verde, aún siendo vivo y tierno, también está muerto y aburrido, al no ser pisoteado por los nietos cuando en el verano nos empinábamos para beber del caldero. Y el agua con su luna bañada en amarillos y la tarde reflejada en este estanque que rodea la casa de Debod acuden a mis oídos con el mismo repiqueteo alegre de aquel pozal contra las paredes del pozo. El abuelo entonces, cuando los nietos llegábamos en tropel y sudorosos de jugar en la calle, salía solícito a nuestro encuentro, nos daba a beber del cuenco grande de sus manos labriegas, y nos decía: 
Venid pajaritos, bebed de este agua, bendición del cielo que cuesta poco y no emborracha.
Luego nos señalaba el tubo que bajaba el agua de lluvia del tejado a través de un sistema de filtros, que el mismo allí nos mostraba como obra de su mejor invento.

La enredadera también es la misma; sigue testaruda con su trepar aferrado a la pared que linda con la casa de la tía Pascuala. En la entrada del corral, la puerta clara pintada de azul, por la que los gatos se colaban cada vez que la abuela se ponía a cocinar en el fogón de fuera, sigue incólume cual estos dos arcos impertérritos delante del edificio de Debod. También los gatos venían cada vez que el abuelo se sentaba en el celemín a comerse una sardina de aquellas que chafaba con el canto de la puerta entre trago y trago levantando el porrón del vino, sin derramar una gota con aquel arte del que presumía como si fuese el mejor acróbata de un circo.

Y así como este Templo nubio se levanta ahora ante mi vista como lo estuvo durante siglos en el valle de Asuán, la casa de los abuelos renace dentro de mi exactamente como en mis años de niño. Todo sigue igual. Pero una sombra invisible recubre de soledad todo lo que alberga. Una pátina inmaterial envuelve las cosas robándoles su brillo, reduciendo a la quietud más muda sus formas, bellezas, geometrías y ondulaciones. Aquella antigua vitalidad de los objetos, su más viva realidad, convertidos ahora en nada. Y no es la nada indiferente con la fría ausencia de aquella casa la que me desgarra el alma y me sumerge en el fondo de un mar oscuro de recuerdos ahogados y marchitos, es sobre todo ver las cosas delante de mi, intactas como antes, pero ¡ay dolor! desprovistas de su gracia.

Fue necesario que unos mecenas rescataran de las orillas del Nilo la Casa de Debod, para que las aguas de este lago gris y artificial me traigan al recuerdo ahora la añoranza de la casa de los abuelos. ¡Pero pobres recuerdos, ecos mudos y mustios! Ya no cantan las cortinas con sus festones de seda, ni las aguas de ningún río besan las hieráticas piedras de este monumento en memoria del dios Amón. Y vuelvo a encender la lámpara del techo del dormitorio de los abuelos. Aquellos antiguos destellos que sobre la paredes antes me sugirieron lunas, estrellas, barcos y cometas, ahora sólo pintarrajean sombras, ratones furtivos en busca de musarañas.

Las cosas para seguir vivas necesitan la mirada y el cariño de aquellos que las cuidaron y quisieron.