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lunes, 5 de noviembre de 2018

El gato, mi madre, la noche y yo




Mi madre ve cómo la noche se adentra en su casa. Un gato en el portal vigila la entrada. Las sombras de las moreras de la calle despiden su negrura sobre el balcón. Estrellas, pocas, con desgana entre las nubes espesas se asoman a la salita. El gato sigiloso ceremonial y elegante se sumerge sin miedo en el corazón de la noche. Los ingenuos gorriones sueñan con la generosidad del trigo. Un frío que pela se palpa en la humedad de los barrotes de la verja. Yo, mientras, escribo para espantar como mi madre a la noche. El olor a leña quemada de la estufa del taller de Eulalio, el ebanista de al lado, se cuela por la ventana. El momento es triste. Veo el tiempo, eternidad pesada e inamovible que se ensaña con mi madre que me dice:
Hijo, ¿a mis años, qué pinto yo aquí? Soy un pasmarote. ¡La muerte sería un alivio!
Me hubiese gustado responder a mi madre: ¡Pues muérete! Y ella como si adivinara mis palabras no dichas, me fulmina con su mirada, como quien con rabia responde callado a una impertinencia. Y siento cómo la noche con su garganta llena de sombras me engulle a mí también. No soy un hombre, tampoco un niño, ni un pájaro, ni siquiera soy la noche, esta sombra con la que ahora entre sueños me confundo. Sólo soy el miedo de mi madre, sus dudas y temores. La escarcha de los cristales se extiende sobre mi piel avivada por el frío. La noche espesa y tosca con sus anteojeras de esparto cubre mis ojos. Son mis ojos la noche, dos capazos vacíos llenos de sombras. Noche desnuda. Y la bruma helada que viene de El Carche ahuyenta las estrellas. La luna me da la espalda y no deja que las luciérnagas de mis alas inquietas se columpien, se relajen en el remanso de las aguas de mi infancia. Y mi mirada oxidada, vestida de negro, herida queda contra el cuchillo de los cristales de la noche.

Los ojos del gato atraviesan la negrura del callejón de la calle España. Sus aullidos no me dejan dormir. Los gorriones descansan desde el anochecer, alérgicos al negro helado de las tinieblas. El gato, contemplativo, acurrucado en la repisa de la ventana, quieto mira ahora con sus dos tizones encendidos la infinitud oscura. Mi madre insiste:
¡Hijo, No te quedes ahí parado sin hacer nada, mientras yo me voy al negro infierno de la noche!
Pero yo ya no puedo hacer nada. Estoy dormido.

miércoles, 30 de mayo de 2018

Las vendedoras del ocaso






Esta tarde han venido a casa dos jóvenes muy bellas, llenas de vida. Vendedoras de algo que no tienen: fraude, óbitos e infortunios. Trabajan en una agencia de seguros. Se han salido con la suya. Imbécil les he comprado por adelantado mi muerte, con lápida incluida e indemnización al canto en caso de ser aplastado por un rayo.

Cuanto mayor soy, más me cuesta librarme de la sombra de mi pasado. La memoria es inversamente proporcional a la distancia de los días que evoco. Y así noto, conforme voy entrando en años, que mi niñez acude más fresca, viva, con mejor paladar que el hervido de bajocas y cebollas que cené anoche. En cambio, el dulce sabor de las rebanadas con pan vino y azúcar con las que mi abuela Pepa, hace sesenta años, me regalaba, todavía hoy rebosan de gusto en mi boca. Dime de qué te acuerdas y te diré la edad que tienes. Contradicciones del tiempo.

Trato con mis recuerdos vivir de nuevo el pasado. El pasado es eterno:
Si me dieran a elegir entre tu recuerdo eterno y aquella sensación caliente, (ahora distante y fría), de mi dedos en tus hendiduras sagradas, escogería el recuerdo que guardo intacto de aquel tu quejido infinito que rompió el tímpano del placer de mis sentidos.
Y ya no sé si el ayer, tan lejos lo veo, que parece ciencia ficción. Entre la verdad y la ficción apenas hay un paso. Tan suave es la línea que los separa que no sé dónde empieza la fantasía y dónde la realidad termina, dónde nace la vida y dónde mi muerte acaba. Y es que ambas carecen de fronteras. La frontera es un invento humano para defendernos del miedo. Fronteras, si las hubiera, no las pondría la naturaleza que pule sus extremos y barreras con el púrpura de la verja que cubre la tumba amiga.

Hoy me acordé de mis antepasados y quise hacer un árbol genealógico para localizar mis cromosomas, los de una línea y los de otra. Y tiempo tuve de ver a mis nietos revueltos con sus filamentos jugando a la comba. Quise separarlos, pero al no saber cuáles eran los ramajes lilas, los malvas, verdes y rojos, no pude.

Soy un pez que se muerde la cola, (símil no muy acertado). Mejor diré que quiero ser esa serpiente que a sí misma se engulle para no morir jamás.

Las dos muchachas jóvenes, las vendedoras del Ocaso, después de haber hecho bien su trabajo, se han ido cantando:
El que la hace, la hace cantando.
El que la compra, la compra llorando.
Y el que la gasta no la ve.
Yo en cambio he visto las agujas del reloj de mis días caminar al contrario. Firmo la póliza. Tiene guasa. Pago por algo que nunca llegaré a disfrutar. 

jueves, 24 de mayo de 2018

Un mal sueño






Me levanto cansado. Los sueños me han dejado rendido. Las neuronas gratinadas por el bochorno de la noche estallaron como misiles dentro del microondas de mi cerebro. No pude pegar ojo. Y en los pocos momentos que lo hice, me vi envuelto en batallas sin sentido. Por eso esta mañana, ando abatido cual soldado en plena campaña. Mi cabeza, completamente vacía, separada del cuerpo, no parece mi cabeza. El resto de mis miembros, dislocados. Desnucado, incapaz de pedalear. Me dirijo en bicicleta al trabajo.

A medida que pasa la mañana, poco a poco voy librándome, o mejor dicho, centrándome en el sueño. Irónico el sol saluda por el borde de la montaña, suavemente se desliza por las tejas rojas del alero de las casas, hasta tocar mis hombros con las sombras de sus manos luminosas. Allá en las olimpiadas de Barcelona, López Zubero y José Manuel Moreno celebran con champán sus estrenadas medallas de oro. Últimos de Julio. 1992.

En cambio, el sueño al que me refiero no sé en qué época tuvo lugar. Planos de canto, superpuestos en el tiempo acuchillaban la orbital esfera de mi vida. Difícil adivinar a qué puntual cronología de mi pasado hacía mención el sueño. Los sueños, siempre con su aureola tonta de intemporalidad presumida.

Estaba, yo no sé, si recolectando tomates por los viveros de Marruecos, cortando limones por la huerta de Alguazas o recogiendo platos de las mesas del comedor del Colegio Mayor donde estudiaba. O puede que ya me encontrara en una de sus aulas impartiendo clases de Historia, esa asignatura por mí la más odiada. Desde que allá por el mayo francés escuchara aquel slogan Olvídense de todo lo ocurrido. Comiencen a soñar, siempre se me resistió esta disciplina con sus retrógrados ojos sobre su espalda. Y vi a Parménides y Heráclito batiéndose el cobre encima de una de aquellas mugrientas mesas alargadas del comedor. Allí también estaba la Conserje vestida de uniforme con un manojo de llaves que le colgaban del cinto. Me quedé rezagado recogiendo cubiertos llenos de pringue. Mis compañeros me habían dejado solo en esta tarea que debería haber sido compartida. Me sentí utilizado. Recogía las sobras de la comida, cortezas de naranja, raspas de pescado que depositaba en un cubo. Una monjita invisible tras un torno se encargaba entre ruidos de vajillas y sonrisas sofocadas y rezos susurrantes de devolver el brillo a cacerolas y tazones donados al Colegio por algún devoto de la Virgen Blanca, aquella imagen de alabastro que presidía el patio de nuestros recreos.

A todo esto la conserje o la monjita, (no me acuerdo), sin tener en cuenta el esfuerzo al que voluntariamente o por obligación sublimada yo devotamente me empleaba, apagó las luces del refectorio, dejándome en penumbras. Le grité a voces que encendiera las luces que aún no había acabado mi tarea. Ah bueno, perdona, -me contestó, pero sin encender de nuevo la luz. Luego oí como echaba el pasador de la puerta por fuera. Me quedé encerrado sin poder salir de allí. La llamé a gritos. Su única respuesta, unas carcajadas suyas, crueles y sarcásticas que resonaban cual las de la bruja del cuento de Hansel y Gretel tras las rejas de la jaula aquella.

Dentro del mismo sueño me quedé dormido. Aun así, el horror, el pavor de verme allí enclaustrado en aquel cilindro de madera que no cesaba de dar vueltas como una peonza, no desaparecían de mi cuerpo desarmado. Temblores epilépticos me apalearon, me dejaron estremecido. La sala del comedor se convirtió de pronto en un vagón vertiginoso y oscuro en medio del abismo, un mar siniestro, la celda de una prisión. Y a pesar de que yo dormía casualmente con una mujer no pude conseguir la calma. La mujer a la que en ningún momento pude ver la cara, se levantó para ir a ducharse y aliviar así el calor pegajoso e insoportable de aquella noche de verano. Volvió luego a acostarse a mi lado. Yo seguía soñando. Ella rozó su cuerpo con el mío. Sin pensarlo dos veces le sacudí un solemne guantazo en plena cara. Abrí los ojos desorbitados. A mi lado por supuesto ninguna mujer dormía. En aquellos años yo aún estaba soltero, era virgen. El sueño me dejó muy mal. Me sentía culpable. Me incorporé. Encendí un cigarro para tranquilizarme. Me dije: Sólo ha sido un sueño. No has estado con ninguna mujer. Tu voto de castidad  todavía te mantiene a salvo.

Mientras pedaleo camino al trabajo, taciturno y triste me pregunto cómo un simple sueño nacido de las telarañas del olvido pudo meterse tan hondo. ¿Quién podría ser la mujer a la que arreé tal sopapo? ¿La cara del mendigo con el que ahora me cruzo, esa joven esbelta tras la cual se van mis ojos, y que por poco hace que me caiga de la bicicleta, el acartonado rostro del viejo que ya ocioso ocupa el banco del jardín de Floridablanca?

Todos ellos podrían haber sido aquella persona del sueño a quien no pude ver la cara. Hasta yo, mintiéndome a mí mismo. Lo supe cuando llegué al instituto donde daba clases de Geografía e Historia. Nada más entrar en la sala de profesores, allí estaba ella, la mujer que me dejara a oscuras en el comedor. Me saludó muy amablemente, moviendo a modo de alegres campanillas las llaves que llevaba en la mano. Luego al ver mi cara de inquietud me dijo con sornas de cierta complicidad que no pasaron desapercibidas para el resto de los compañeros:
A ti hoy te pasa algo. ¿Te duele la cabeza? ¿O acaso has tenido un mal sueño?



martes, 15 de mayo de 2018

La Editorial







Hace ya más de quince años. Y sigue esperando. Miente, fue tan sólo antes de ayer. Y ya no espera nada. Para el caso es lo mismo. Nada más salir de aquella Editorial, Opekú supo que jamás aceptarían su novela.

Aun sólo faltando dos semanas para la entrada del verano, aquella mañana hacía un frío inusual. En una región, en la que casi siempre es primavera, muy mal le habrían de ir las cosas para tiempo tan desapacible. Además, un viento a rachas y descontrolado espantaba de las terrazas a los guiris que a esas horas acostumbran desayunar paparajotes con chocolate.

La editorial se encuentra en el cogollo de la capital, rodeada de museos, iglesias de estilo barroco, como la de San Juan de Dios, propiedad de la Diputación, la fachada de la Casa Consistorial con sus cuatro columnas estriadas, el Palacio episcopal, la Cocinilla de las hermanas Paúles y las entrañas enterradas de un rey sabio en la Capilla Mayor de una catedral rococó. Todo un espacio atemporal, inmutable, inconmovible. Tan sólo la alegría del aleteo de las palomas sobre las cabezas de Santa Teresa y San Hermenegildo del retablo de la catedral de Santa María rasgaba el velo de la eternidad muerta del casco viejo de la ciudad.

Opekú atravesó la Plaza de la Cruz. Pasó por delante del Colegio Mayor de los Padres Operarios, donde en sus aulas bizantinas él cursara el trívium, el cuadrivium y otras disciplinas veneradas. Justo a continuación, está la Editorial a la que esperanzado dirige sus pasos. Le recibe un joven, sonriente y agradable, rodeado por bardas repletas de enciclopedias, biografías de santos, encíclicas y misales. Su cara le lleva a otros tiempos en los que él también rodeado estuvo de libros sagrados, divinidades y credos.

Si Opekú es hoy aficionado a escribir, se lo debe a aquellos seguidores de Mosén Domingo y Sol, los preceptores de aquella su juventud devota que le castraron las ganas de leer, como a un gato sus órganos genitales. Le acusaban de herético, dándole a ver con el dedo de su ordeno y mando los títulos proscritos en el Índice Prohibido, los mismos libros que él, sin malicia leía, en aquella etapa de sus estudios de Humanidades. Algo bueno tendrán estas novelas –decía entonces Opekú-, cuando no me dejan siquiera echarles un vistazo. Y como se le privó de la lectura, no le quedaba otra, se puso por tanto a escribir.

Entró en la Editorial, ese bodegón de un barco viejo anclado en los bajos de un ancestro caserón. Opekú insinúa al joven con cara de Salzillo la posibilidad de dejarles un manuscrito para su publicación. Hablan del contrato, de la maquetación, de los derechos de autor, de las galeradas, de los trámites a seguir hasta su publicación definitiva. Luego cuando el escritor en ciernes cree zanjado el asunto, el joven muy amable, tras su mesa de palo santo policromada, comenta:
Pero antes debe decirnos el título de su libro, de qué trata, cuál fue su motivo al escribir, por qué ha elegido nuestra editorial…
No le costó enrollarse acerca de contenido de su novela. Casi de corrido el autor se ve sorprendido por sus propias palabras:
He pretendido con esta obra preguntarme por el sentido de la existencia, la inmortalidad, el más allá… “Las Puertas de Plutón”, tal sería el futuro nombre del libro. Una novela en la que su protagonista se cuestiona si tras la muerte nos aguarda otra vida, Y si llamo Puertas de Plutón a esta novela es por aquella entrada mítica al Reino del Hades, habitada por Cíclopes y Moiras. Una historia auto ficción, contada desde la credulidad agnóstica y el escepticismo creyente…
El muchacho, tal vez desconcertado por la contrariedad de las últimas palabras de Opekú, escurrió el bulto:
En este caso, deberá usted hablar con el gerente de nuestra Editorial.
Y al instante le señala a un señor mayor que tras una vidriera de colores pule las letras de oro de un pergamino. El hombre deja su tarea y viene a su encuentro. Lleva el gerente en la solapa de su chaqueta negra una medalla de San Patricio. Le da a atender a Opekú que ya sabe el motivo de su visita.
Serán los de arriba, -exclama alzando sus ojos al techo-, los que después de leer su manuscrito, aprueben su publicación.
Entendió Opekú el adverbio arriba, utilizado por el gerente con cierta unción, como una referencia al Consejo de Redacción de la Editorial tal vez reunido en el entresuelo del edificio, aunque por la expresión mística que vio en su mirada pensó más bien que se refería al mismísimo Espíritu Santo, aquella otra ave de la Gloria de Bernini, el Paráclito, poseedor del don del conocimiento. En todo caso Opekú intuyó que el gerente le aconsejaba que desistiera de su propósito. Y como si estuviera delante de Bukowski, el de quédate con la cerveza, esto es lo que creyó el escritor escuchar: Las bibliotecas del mundo bostezan hasta dormirse.

Aun así, Opekú insistió:
Un libro que se interroga sobre la inmortalidad, ¿acaso no debiera figurar entre las publicaciones de Editorial tan entregada a libros de espiritualidad, apologías y otras sanaciones piadosas?
El gerente, sin más, se retiró a sus menesteres, o sea: se empleó en seguir sacando brillo al oro de las letras de un códice grecolatino. Opekú no pudo seguir hablando de lo que en su cabeza rugía: que si le costaba menos creer que la increencia misma, que no trataba de convertir su increencia en dogma de fe, que si la fe era fe, debería ser atea, iconoclasta, polisémica y cosmopolita, que la fe no era sino un deseo, un salto al vacío, aquel “saber no sabiendo”, que aún a pesar de lo que la Editorial pensara las religiones del mundo tenían para él toda su consideración.

Quedaron por tanto a solas con Opekú el empleado de la Editorial y otro cliente que acababa de llegar. Éste último, al escuchar la proclama del autor de Las Puertas de Plutón, le miró como mira una carpa fuera del agua a quien le da captura. Opekú sacó entonces de su macuto dos copias manuscritas de su libro. Le entregó una al pasmado cliente y, otra al joven empleado de la Editorial. A este último además le dejó también su número de teléfono. Por si un caso, -le dijo.

Pos Data: 
En honor a la verdad, quien esto escribe no quiere pasar por alto el buen trato recibido durante el tiempo que el autor del manuscrito Las Puertas de Plutón permaneció en el despacho de aquella Editorial. Precisamente ese buen trato fue para Opekú la señal más clara de que rechazaban su obra. El que unos señores se desentendieran de tema tan transversal como es la vida y la muerte, asunto al que por oficio y vocación ellos se debían, le escandalizó sobremanera. Aun así sé de buena tinta que si algún día llamaran a Opekú para decirle que su manuscrito goza de su imprimátur, este escritor estaría dispuesto a renunciar a las ganancias por sus derechos de autor con tal de que esta Editorial ante notario le prometiera un cacho de ese cielo suyo que prometen.

miércoles, 25 de abril de 2018

Tres pasiones






Era la primera vez que entraba a Cartagena por el Hospital del Rosell. Hasta ahora, cada vez que desde Murcia venía a la ciudad departamental, los últimos diez kilómetros, los hacía desde El Albujón, pasando por Los Dolores, hasta desembocar en La Redonda. Desde allí esta gran plaza anfitrión me conducía a cada una de las zonas objeto de mi visita.

Cansado de ver las cosas desde el mismo ángulo, paso de la belleza que, por repetitiva, parece ya no serlo tanto. Mis ojos para salir de su ceguera y aburrimiento necesitan situarse desde otra posición. Por eso, cuando un mismo camino me ofrece nuevas panorámicas, agradezco al nuevo trazado de la carretera la oportunidad de contemplar en sus distintas variaciones la hermosura a mi alrededor olvidada.

Las modernas autovías nos descubren paisajes que, aun estando ahí siempre, hasta ahora habían permanecido ocultos. Estos recién estrenados ángulos de visión tienen la virtud de enriquecer nuestra mirada, ya no porque lo que ahora veamos sea más natural y variopinto, sino simplemente porque nuestra perspectiva es distinta.

Igual me ocurrió una mañana, al salir de casa. Vivía yo entonces en el barrio de santa Eulalia, enfrente de lo que hoy es la librería Ítaca. Nada más finalizar la calle de san Antonio, a la altura de la antigua Tabacalera, la demolición de un viejo edificio me permitió contemplar la torre de la catedral de otra manera. Me pareció más alta y esbelta. Me sentí como en otra ciudad. Esa misma torre, la que siempre fue guía de mis correrías de juventud, vista ahora desde un nuevo callejón demolido, me abrazaba de nuevo como si ella y yo no fuésemos ya los mismos. Esta nueva estampa, hasta ahora inédita, me hizo apreciar más si cabe el arte hasta ahora oculto de una de sus miradas para mí más señeras y emblemáticas. Pero no por ser distinta y nueva la situación desde la que contemplamos la misma realidad, su visión no siempre es agradable, pues en ocasiones puede reflejarnos su plano menos favorecido.

Así fue esa tarde de un cuatro de setiembre de 1992 mi llegada a Cartagena por su lado este, el que da al mar. Un cuchillo de asfalto recién afilado sobre la selva industrial del Valle de Escombreras sangraba recuerdos amargos de otrora cuando con militancia y ardor pateábamos esos frentes de guerra sembrándolos con cuajarones reivindicativos. Metidos en guaridas inmundas soportábamos el plomo y la silicosis de su mortífera atmósfera. Y herido fui de nuevo por el ocre corroído de los montes de La Unión. La amargura de nuestro antiguo sacrificio, amasado con el recuerdo de la explotación de aquellos mineros sepultados por el abatimiento de una muerte temprana, me hizo revivir con dolorida nostalgia la causa de nuestro joven compromiso.

Un viejo amigo de antiguas trincheras había sido ingresado en la Uci a causa de una angina de pecho. Nuestra visita por tanto a Cartagena de sobra estaba justificada. Al pasar por la Venta del Puerto, compramos unas morcillas y un pan de carrasca. Nuestro amigo, sentado bajo una espesa mimosa, nos recibió entre libros y cuadernos, recortes de periódicos y una taza de café. Angina, garganta, ángor, estrechez, angustia, pasadizo, ahogo, espasmo. Estas fueron las palabra que en tan sólo unos segundos escogió nuestro amigo para hacerme ver su mal trago pasado. Cinco días entre máquinas, sueros, controles y cuidados al silencio de la incógnita de un arrechucho al corazón. Le dije entonces:
Dolido en tu lucha baldía por la justicia, por acabar con la explotación y el hambre, tu corazón tal vez haya reventado. Sus válvulas dislocadas no han podido resistir la presión de tanto dolor y muerte. De ahí quizá la angustia a la que te refieres.
Y junto con Albert Camus nos preguntamos por el sufrimiento de los justos. La gran sensibilidad cósmica, política, humana y social, (no olvidemos que nuestro amigo era un artista) erosionaron los ventrículos, sede simbólica de su gran amor almacenado. Me esforcé, no muy convencido, en demostrarle que la luz del día sólo se manifiesta a través de la espesura de la noche. No le valió la metáfora a mi amigo. Y me dijo:
La naturaleza por su fidelidad innata nunca nos revela la malicia de la que carece. Es el hombre, su gestión política, con su quehacer social, somos nosotros los que podemos acabar con el hambre en Somalia, la guerra de Yugoslavia, la tiranía de América. Nunca las desgracias de uno debieran justificar las dichas de otros.
Recuerdo que le insistí que cuando la solución de los problemas no pasa por nosotros, deberíamos cavar en nuestro interior, recomponer armónicamente las piezas desavenidas que desordenadamente alteran su composición, y así una vez encajadas, ofrecerlas generosa y con transparencia a los que nos rodean, sin pretensión alguna, sino desde la presencia amorosa de los que se conocen sinceramente. Me sentí juzgado por su silencio y por mi credulidad tan mal disimulada. Sólo después de estar callado unos minutos, comentó:
Existen huidas en retroceso, son las más comunes, pero otras retiradas ya sean para adelante o hacia dentro lo único que pretenden es justificar nuestra cobardía.
Cumplidor de la estricta dieta a la que los médicos le habían sometido, mi amigo, siempre a gala de buen comiente, se abstuvo del placer de las longanizas y morcillas que junto con las demás viandas que con esplendidez su mujer nos obsequió. Comprendí entonces su gravedad.

Llegó la hora de despedirnos. Me entregó un ramillete de campanillas blancas y unos cuantos higos. En tres o cuatro ocasiones recurrimos al protocolo de los adioses y de los abrazos. Ora nos despedíamos en el jardín, ora lo hacíamos al salir de casa, junto al coche... No nos dábamos por satisfechos en ningún momento. Por último en silencio me entregó un par de folios doblados.

Ha pasado de aquello ya más de veinticinco años. Y hoy, último miércoles de abril de 2018, reordenando papeles viejos, me encuentro con aquel texto de Bertrand Russel que mi amigo me diera en aquella visita. Vuelvo a releerlo.
Tres pasiones, sencillas pero abrumadoramente intensas, han regido mi vida: el anhelo de amor, la búsqueda del conocimiento y una compasión insoportables por los sufrimientos de la humanidad….

lunes, 9 de abril de 2018

La bolsa, el colchón y la maleta



Las tensas cuerdas de pita amarraban fuertemente el colchón de franjas azules y blancas. La apretada soga hendía el colchón al igual que los hilos de tres grandes morcillas rellenas de arroz y cebolla. Visto de perfil, aquel enorme bulto parecía un caracol gigante, pero sin babas ni cuernos que alteraran la emoción de aquel momento especial: el exilio de casa, la primera partida del hogar de mi infancia. La pequeña etiqueta daba las señas precisas de mi destino: Seminario san José. Murcia.

Del tamaño de una octavilla padre recortó un trozo de cartón de una caja de zapatos que sacó de la covacha. Mi madre, sentada frente a la mesa del comedor, aquel mueble de patas torneadas que sólo utilizábamos en las grandes celebraciones, (muy pocas y parcas), se dispuso a escribir mi nombre, cual un preclaro notario que da fe de un acto trascendente capaz de cambiar la historia del tercero de sus cuatro hijos. La elegancia clara de su letra cantó mi nombre y apellidos como si madre fuese la contralmirante del puerto y yo, el barco presto para zarpar rumbo a un lugar tan feliz como incierto. Luego cogió aguja e hilo y cosió el cartón sobre el lomo más visible de aquel bulto enrollado. A fuerza de apretar toda la familia al unísono con nuestras manos y rodillas sobre aquella masa blanda y a la vez indómita, redujimos el colchón a la rueda contenida como si de un gran churro de borra se tratara.

El colchón no era de lana ni de pluma. Era de borra. A un fámulo como yo, no correspondía hacer ostentación alguna. Mis estudios iban a ser costeados por una buena señora sin descendencia, esposa de uno de los más acaudalados comerciantes de Azulada. Todavía los habían más pobres. Su colchón era, no ya de borra, sino de perfollas. E incluso habían compañeros que no tenían ni sábanas ni colchón, sujetos estaban a la caridad, esa otra señora a la que siempre se la espera, pero sin saber si acertará con su paradero.

Con ser el colchón lo más abultado de mi equipaje, no fue lo más importante para mí. Recuerdo, al hilo de la grandeza de lo pequeño, un gesto que a lo largo de mi vida siempre ha permanecido vivo como consejo y metáfora. Estaban unos compañeros prepotentes riéndose de mi baja estatura, cuando un tercero intervino en mi defensa. Sacó, este último, un pañuelo de su bolsillo, lo estiró alargándolo lo más que pudo hacia arriba sujetándolo sólo por su extremo inferior. Lo colocó empinado, haciéndonos ver como la punta se doblegaba por sí sola, lánguida, a pesar de su largura. Luego acortó el pañuelo, lo agarró por su base, de manera que el pañuelo mostraba diminuto apenas una de sus cuatro puntas, pasó varias veces su mano con fuerza como queriendo derribar la punta de aquel pañuelo sin conseguirlo. No dijo más. Todos entendimos. Yo por entonces aún no había leído al profeta Ezequiel: hasta los más altos cedros del Líbano caerán desplomados sobre montes, arroyos y valles.

Antes de doblar el colchón, mi padre, mi madre y mis hermanos, sin yo darme cuenta, introducirían algo, que sin apenas ocupar espacio, fue muy grande para mí. Sólo, cuando llegué a mi destino y desaté el colchón en medio de aquella soledad estrenada, supe qué es lo que era.

Además del colchón, me acompañó también, en aquel mi primer viaje, con solo diez años, a la capital de mis estudios, la “bolsa azul“. En un saco de tela recia madre iba metiendo camisas, calzoncillos, toallas, sábanas y pañuelos recién planchados y envueltos entre lágrimas disimuladas de dolor y alegría, ese compuesto característico que siempre colorea de nostalgia los grandes acontecimientos de nuestra historia. Esta misma bolsa azul luego yo la devolvería, cada quince días, en el coche de línea que salía de la Plaza de santo Domingo, carretera de Fortuna, Barinas, Pinoso..., hasta llegar al pueblo, también azul, la Azulada de mi niñez tan añorada como sentida. En aquella bolsa metía yo también la ropa sucia junto con mi murria y una esquela reveladora en la que comentaba a mis padres y hermanos las novedades de mi nueva estancia en aquel centro vocacional que tenía su enclave cerca de la vieja condomina. A la semana siguiente esta misma bolsa me era devuelta. Un viernes sí y otro no la recibía con gran esperanza y sorpresa. Nada más soltar el lazo corredizo que la anudaba por su boca, salían de su interior efluvios calientes a hogar, madre, padre, hermanos, mezclados entre manzanas, algún que otro chorizo, galletas y un paquete de libricos. Nunca faltaba la media docena de huevos reconstituyentes e imprescindibles para que mi cerebro no se disecara con tanto latín y disciplinas. Con ser feliz el acontecimiento de la llegada de la bolsa, lo que más ansiaba de ella era la carta que de mi casa ellos también me escribían, metida en una de las camisa que aún olían al calor de la plancha. Me contaban cosas de mis abuelos, sus oliveras del malecón, de la última nevada, de lo bien que le iban a mis hermanos en su trabajo, o de mi hermana entusiasmada con su novio, un buen muchacho, responsable y honesto que a la sazón vivía dos calles más abajo de la nuestra, en la calle san Pascual.

Junto a la bolsa y el colchón estaba también la maleta. Ésta era de madera compacta, pulimentada. Y como no tenía ruedas, como las de hoy que corren alegres y sueltas andenes, colegios y aeropuertos, probé delante de todos a cargarla sobre mis escuálidos hombros. A punto estuvo la maleta de caer al suelo rompiéndose la crisma. Madre dijo entonces:
Hijo, cuida bien esta maleta que es la misma que padre llevó a la mili. Con ella hizo también la guerra por los montes de Madrid. Ella es la que te habrá de llevar a consagrarte como dignatario de la iglesia.
De las tres cosas, el colchón, la bolsa y la maleta, además de aquel último cromo que antes de subir al autobús mis hermanos me regalaron para completar mi álbum de la liga de fútbol de aquel año mil novecientos cincuenta y tres, hoy, después de sesenta años ya no queda nada. Sólo una cosa guardo, imperceptible, que no tiene cuerpo ni forma, aquel sentimiento hermanado que mi familia metió en aquel hato y que siempre me acompañará vaya donde vaya.

sábado, 17 de marzo de 2018

El Castillo Olite




Pude haber llamado a esta entrada Montevida, Los árboles de la Ciencia, Orfanato, Valle Perdido, Emérita Escuela..., pero si la llamé Castillo Olite es porque hay correctores de estilo que aconsejan, (llevados por aquella máxima de que lo fundamental jamás debe ser nombrado), no poner título alguno que tenga que ver con lo que ya se dijo. 

Su casa distaba no más de media hora del valle perdido, un comedido bosque lleno de árboles, respiradero del sofoco de la ciudad y regocijo para caminantes y deportistas que escogían aquel natural gimnasio para su esparcido mantenimiento. Llegó a La Alberca, y antes de atravesar el pueblo, siguió hacia arriba por la carretera paralela a una rambla que descendía desde las montañas que oteaban el idílico caminar de sus pies aturdidos. Siempre que se ponía melancólico, como en aquella mañana ventosa en la que los días, peces escurridizos, se le escapaban de las manos, le daba por salir al monte. Dejó atrás la estación sericícola. Cruzó la casa de los forestales y su apretado vivero de cipreses en escala, para enseguida encontrarse con un deshabitado caserón que otrora fuera correccional para niños huérfanos, hijos de una fratricida guerra, arrancados del corazón de sus madres, por el hecho de haber tenido el honor de ser esposas de unos hombres leales a la República, allá por los años finales de la década de los treinta del siglo pasado.

Hoy a todos se les llena la boca para despotricar del fascismo. No hay nadie que no se confiese defensor ferviente de la democracia. Pero durante casi cuarenta años, a la mayoría le faltaron cojones (perdón por expresión tan machista) para quitarse de encima la ignominia de ser súbditos consentidos de una brutal dictadura regentada por un tal general Francisco Franco. Y aún así, a día de hoy, casi todos los ciudadanos de aquel país siguen asumiendo estructuras heredadas de aquel tiempo. Y no sólo alardean de ellas, sino que sin complejo alguno siguen prestando besamanos y pleitesía.

No era intención de quien esto escribe abrir heridas, como tampoco politizar el santuario edénico de un monte que era por igual pulmón, templo y refrigerio de unos y otros, ya fuesen judíos, moros o cristianos. La culpa la tuvo ese desvencijado reformatorio, que a pesar de estar en ruinas, sigue aún en pie con su quejoso respirar agónico con olores a ultratumba.

Cada vez que pasaba por aquí, de sus frías y desoladas oquedades, parecía escuchar la sacudida de los verduguillos con la que algunos de sus cuidadores aporreaban las pantorrillas de aquellos mustios zagales internos de aquel orfanato.

Subiendo por el Sequén, llegó hasta El relojero. Pasó de largo Los Teatinos, los frailes de la Luz. Dejó de lado el antiguo polvorín, la Casa del Monte, un viejo refugio convertido en oratorio para quienes buscan sentido y calma en medio de este disparatado mundo. Llegó a la explanada-mirador, a los pies mismos de la Cresta el Gallo. Una embriagadora espesura. Sus ojos se llenaron de un lúcido verde, manto que abrigaba y cubría a la par la vega que desde más allá de Molina y Alcantarilla se extendía por la falda de una cordillera que llegaba casi hasta el plácido mar que bañaba aquella región por su costado más blanco.

Quiso ser un árbol más de los muchos que en aquel momento le acompañaban. Pisó con fuerza la tierra. Afincarse quiso en su suelo. Respiró el limpio aire de lo alto. Llevaba como siempre consigo el periódico del día, asidero que le ceñía a una realidad más gráfica, contradictoria y papelera que real y consistente. Necesitaba de la lectura de la prensa para percatarse del mundo ilusorio que le rodeaba. ¡Como si no tuviera bastante con el recio perfume a resina que le envolvía, como si no le bastara el azul transparente de aquel oxígeno benevolente, el sentir de sus años tan idos como queridos! 

Hay quien se vale de un padrino para conseguir un favor. Él tenía a gala enorgullecerse de este monte del que no podía pasar sin venir visitar de vez en cuando. Le debía una al monte. Una, que para él fué determinante. Sacar la plaza de maestro, solventar la vida de su familia, dedicarse a la educación. Aquí también venía entonces, a esta bucólica biblioteca paradisiaca, repleta de textos y comentarios a cual mejor para preparar sus exámenes. Esos ribazos donde ahora se sentaba fueron pupitre y cátedra de su aprendizaje como docente. Sus condiscípulos fueron estos árboles; sus profesores, estas sabias y milenarias piedras; la flor del romero fue la lecitina para sus neuronas desmemoriadas; los cuarenta temas de la oposición, los mil y un canto de los pájaros que por allí aún anidan y sinfonean; su mejor dicasterio, la calma que por allí aún rezuma y se palpa.

Venía a menudo a este monte, escuela emérita, para agradecerle haber sido su preceptor y guía. Y cuando se encontraba perdido entre tanto desconcierto y desacierto, también volvía al monte. Él le hablaba y le hablaba. El monte no le decía nada; pero él sentía que le escuchaba. El fuerte aroma de los pinos y la nítida claridad de esta sierra le reconfortaban. Ella eran los latidos de su corazón exultante. Montevida.

domingo, 18 de febrero de 2018

La cortina




La tela sonrojada descubre enamorada el joven surco de sus senos virginales. Siento el placer de besarla como una reliquia. Con suave liturgia mis labios palpan minuciosamente el tejido. Y noto una sonrisa agradecida, revelación de emblandecida acogida. La cortina poseída por mi recuerdo, semen luminoso de fecundación, se desmembra, se desmelena, rezuma solazada por la voluptuosidad de mi tacto.

Cortina suave, manida. Su clara y menuda tela acaricia la piel descubierta de nuestros cuerpos. Nos adentramos hasta el cobertizo a través de un estrecho sendero por el que apenas caben nuestros pies en paralelo. La tierra mojada cruje y se queja bajo nuestras pisadas. Un manto de hojas negras por la humedad y el sol tórrido de un invierno desleal alfombran nuestra entrada. Un viejo chaquetón color cereza cuelga olvidado en los hierros de la ventana. Nadie, desde que murió su dueño, quiere deshacerse de esta prenda. Todos prefieren que permanezca allí, símbolo revelador y referencia de la existencia de quien hace años lo llevara encima. Esta fortuita provisionalidad perpetuada me produce esa lúgubre visión fatal, contradicción de ausencia y presencia ensambladas de los objetos muertos.

La puerta se niega a dejarnos pasar. El enquistamiento de su abandono ha fundido hoja y marco. A base de forcejeos y empujones finalmente logramos entrar. Dentro, una pequeña estancia de no más de tres metros, una cocina en bajo, un chinero aún con sus mantelillos de puntilla, tarros vacíos de conserva por el suelo, cagadas secas de gato, periódicos, montones de periódicos pasados, dan fe de la fecha en que esta casa era una tacita de plata. La cosa más burda y deteriorada, vista con la nostalgia de tiempos atrás, resulta entrañable y hasta bonita. El techo, cubierto de paneles, algunos de ellos desanclados a punto de caer. Las paredes, repletas de mosaicos con nombres, tal vez, de los nietos de los dueños de esta casa: Yolanda, Paloma, Gabriela.

Para el hombre que ilusionado me muestra el lugar, todo lo que aquí hay es de un valor incalculable. Noto en el agua contenida de sus ojos rabia contra los últimos inquilinos que aquí vivieron. Enseres desvencijados, cachivaches sin provecho, enredos inútiles, carcomidos y sin referencia alguna. Para mí no son nada. La relación que establecemos con las cosas depende del grado de emotividad vivido junto a ellas. Según sea el estado de ánimo de quien contempla algo, así será su mirada. El observador condiciona el fenómeno observado.

Por ejemplo, la cortina de raso amarillo que cuelga en el lateral derecho del salón. Hoy ondea palatinamente, casi con quijotesca ostentación. Es parte de otra cortina más grande que traje de la casa de mis abuelos. Quise rescatar el pasado trayéndome parte de aquella cortina a esta mi casa de ahora. Para unos será un colgajo raído sin estética alguna. Otros la contemplarán como un detalle para dar movimiento, coquetería, verticalidad a la estancia. Habrá quien en su colocación verá un cierto ingenio para romper la monotonía de un salón un tanto vacío. Los más pragmáticos deducirán que la cortina está ahí para evitar corrientes de aire y evitar así que la maceta de cintas, puesta al caer de la escalera, se eche a perder. Otros, llevados por su nostalgia hogareña, no dudarán en señalar que se ha querido recrear un rincón de intimidad para que cualquiera que entre se sienta cómodo. Todos puede que lleven razón.

Cada uno recoge su particular visión, pero nadie siente lo mismo que yo cuando veo caer majestuosamente los pliegues ondulados de la cortina recogiendo arabescos y manojos bordados de flores en el paño acogedor de sus pliegues. Sobre todo, cuando los distendidos bucles llegan al suelo y éstos se recogen en suave curvatura como enlomadas caderas de mujer. Una doble cinta hecha del mismo encaje sujeta cadenciosamente la cortina a la pared a través de una simple hebilla de latón. Las olas de tela  se ven de pronto voluntariamente sometidas en semicírculos de bravura distinguida sobre sus orlas concentradas. El cinturón que las amarra es como la brida que sujeta la desbocada marejada de su cascada en amarillos. El alfa desplegada de su caída en picado viene a ser recogida por la omega, yunta que las une en un artístico nudo.

Sé que la tela es vieja, que es raído su amarillo, pero para mí la cortina tiene un aire esbelto y atrevido cuyo rumbo es un destino de nuevos pliegues, que cual columnas apuntan a un suelo, o a un cielo, reposo y fortaleza, firme de ternura, nobleza y poderío. 

Hoy huelo la cortina. Todavía exhala bordados dulces olor a miel, higos y almendras con las que aquella viejecita me obsequiaba cada vez que iba a visitarla. Como si las cosas no fueran lo que son, sino lo que han sido. O mejor, mientras que para uno son lo que son, para otros, dejando de ser, devienen a ser en lo que fueron.

viernes, 8 de diciembre de 2017

El Día de la Virgen



Hace más de sesenta años. Yo era un zagal aún imberbe, y ya testigo ocular y beatífico de la coronación de la Virgen del Castillo, patrona de Azulada, mi pueblo natal.

Hoy, después de haber llovido tanto, o de no haber llovido nada, me es muy difícil separar sentimientos, emociones, creencias, tradición, nostalgias, ideas y recuerdos. Todo un paquete de contenidos revueltos, afines, devaluados, remozados, contradictorios, que como sequías en cadena o aluviones de tormenta caen calándome o astillándome los huesos. Tan embarullados sobre mí veo tal enjambre de reflexiones enredadas, que se me hace imposible desatar los nudos que me atenazan de dudas el alma. Confundo la muerte de mi madre con el amor a mi mujer, el nacimiento de mis hijos con los monaguillos que ayudan solícitos al obispo en sus labores litúrgicas, la tronada de los arcabuces con mis placeres reprimidos, mi compromiso político con la oración de los fieles, la mitra de monseñor con aquella seguidilla popular: el bonete del cura / va por el río / y el cura va diciendo / bonete mío.

La proclama engolada de un obispo encomiando en su homilía a la madre del Insumiso de Palestina, como señora, virgen y reina, a mi parecer es una falsa contribución al servicio histórico del papel que, tanto esta sencilla mujer como su hijo, debieron desempeñar allá por el siglo primero de nuestra era. Dado el fervor que se respira en el aire comprendo sus hiperbólicos requiebros en favor de la Virgen del Castillo. Me abstengo por supuesto entrar en su arrogante y caracolero estilo de oratoria arcaica, distante y vacía. Mito e Historia, dos tentaciones en detrimento de la realidad. Todo un sermón artificioso e inconscientemente represivo de lo que dentro de nosotros duerme: nuestra “ánima”, el lado femenino de nuestra conciencia sepultada. El amor de madre, su virginal pureza, la violencia de género, su intercesión, nuestra esclavitud filial, su castidad inmaculada, su hermosura, nuestro endiosado paternalismo machista, valores y contravalores de una determinada cultura, puestos al servicio de una psicología de remates a contra natura y de un dogma muy particular de un rejuvenecido nacional catolicismo, la nueva cristiandad reinventada y caduca.

El obispo arremete ahora duro, envalentonado contra el dragón de la secularización, contra los peligros del laicismo. Pero hoy su iglesia no tiene por qué quejarse: ha tomado el pueblo entero. El poder civil con sus mejores galas se entrega en matrimonio sagrado al celebrante rodeado de su corte pletórica y agradecida. Y en nombre del pueblo, el alcalde le entrega las arras, una corona ricas en oro y pedrerías, símbolo de la fatuidad humana. Desde este parque terrenal de las palomas, antonomasia de la ciudadanía azuladeña, nido y súcubo de todos los besos robados al milagro de la vida en este pueblo, monseñor extiende su pontifical cruzada. Al abrigo de la tupida y hermosa floresta de este jardín, altar natural para cualquier preciado sacrificio que se tercie, cual otro Recaredo, el prelado reza ahora en alto su credo, como si el tiempo no hubiese pasado, el mismo de Nicea, “creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica”. El clamor por la unidad, si viene de aquellos que la proclaman para defender sus privilegios contra la diversidad, el mestizaje, los “gentiles”, la secularización, la igualdad de género, el diálogo entre religiones, el matrimonio homosexual, la innovación celular..., para mí no es jugar limpio. Entre las sociedades legalmente constituidas tan sólo la Iglesia se muestra reticente en admitir algunos de los elementos que ya forman parte de nuestro acerbo multicultural: el despuntar de la mujer en la sociedad, la realidad del mundo gay, la lucha contra el sida, el aborto, la investigación molecular, el sacerdocio para casados. A veces, me he preguntado si la Iglesia no incurre contra el artículo 14 de nuestra constitución al discriminar a la mujer por razón de sexo para tareas pastorales y ministeriales reservadas sólo a los hombres. Pero esto es otra historia que sería de gafes querer remover precisamente hoy un día tan señalado y festivo. ¿O tal vez no?

Veo al obispo con toda su emoción contenida, a punto de llorar, cual doncel enamorado por su virgen a la que no puede poseer y por eso la quiere, la desea y la adora. El prelado montado en su catafalco mecánico, poco a poco asciende cual electricista de farolas fundidas bajo un cielo gris e incierto hasta colocarse a la altura de la cabeza descubierta de su Virgen. Con el miedo metido en su cuerpo por fin consigue cubrir su cabeza. Y de pronto pienso en el trasfondo esencial de esta ceremonia: la ancestral necesidad del ser humano por coronar la cima de su paraíso edénico: poseer, conocer estrenar, horadar, recuperar su sombra, el lado perdido, tocar la orilla que no vemos, que intuimos sin saber ni siquiera si existe.

Y en este cúmulo embarullado de deseos, arte, maldades y beldades que en mi interior se cuecen en este día, el Día de la Virgen, trato de desenmascarar mi particular fantasma, convertirlo en algo, en alguien, un proyecto, un amor, una mujer, un hombre, una idea, una cencellada al alba, una verdadera espiritualidad laica frente a una religión profana, mis hijos, cualquier cosa, un roal de limoneros..., para que, luego, cuando llegue la noche pueda dormir tranquilo en la selva de mis miedos e incertidumbres, abismo de inseguridades, libre de los lobos que en la vigilia no cesan de acosarme.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Los hombres también lloran






Hombres como varas llorábamos a lágrima viva. Nuestras mujeres en cambio, enteras como templos, afrontaban el momento con entereza, casi con hidalguía. Cuando la ternura la ejerce un hombre solemos decir: el pobre es tan frágil, su ánimo tan delicado, tan enfermizo es su carácter...

Los hombres fuimos muy débiles, perdimos la vergüenza. No pudiste contener tus suspiros, mentir y tragarte tus lágrimas, como deberían los hombres hechos y derechos. Desobedeciste el tradicional mandato: nene, los hombres no lloran. Sólo a las mujeres se les permite gemir cuando aman; a los hombres, si acaso, tan sólo jadear, que es de bragados el hacerlo; pero llorar, nunca.

En aquella celebración entre amigos, te perdió el recuerdo. Fue tal el menú servido en aquella cena, que el combinado de ingredientes tan explosivos, (solidaridad, nostalgia, la lucha, la clandestinidad, el sentirnos vivos y hermanados), hizo que hombres como picas nos meáramos por la pata abajo. Mientras, las mujeres... ¡ellas sí supieron estar a la altura! ¡Ellas han llorado ya tanto, que reservan sus lágrimas para momentos en los que las penas merecen realmente la pena...!

Tan fuerte fue la punzada de tu sentir, que para aliviar el escozor, te viste obligado a servirte un poco más del ungüento tranquilizador de la bebida. Tuviste que salir por la puerta de atrás para que no se te notara tu tibio andar enamorado, la palabra sincera de los requiebros apasionados, el gesto desinhibido de abrazos indiscriminados, besos repartidos a granel, ojos jugosos, bañados de bondades inocentes, deseos alcanzados, manos palpando sueños, bocas cantando salmos, labios babeando agradecidos la satisfacción placentera de una amistad inexpugnable contra las ideas más opuestas, leal ante las ingratitudes, tolerante con la heterodoxia, siempre allegada y nunca enjuiciadora.

Gracias a tu dulce embriaguez, pudiste disfrutar de los efectos balsámicos que la desatada ternura de las lágrimas regala a los hombre de vez en cuando. La miel gangosa de tu confuso y claro hablar, la transparencia de tus danzantes ojos, tu blandura emocional, tu dolor nostálgico, irremediable declinar, tu decir instintivo, la espontaneidad de tu inteligencia desencadenada. Nada por sublime o nefando que en sí pudiera pensarse o hacerse aquella noche, resistió tu manera ridícula y libre de comportarte.

En el mundo de las emociones los hombres somos más vulnerables que las mujeres. Ante cualquier revés, si desaparecen las barreras que bloquean nuestra hombría amurallada, nos achicharramos como mosquitos contra la pantalla de un reflector. Nos derretimos como magdalenas en un vaso de leche, nos deshacemos al más mínimo calentor humano. Por educación hipócrita somos dados a mirar para otro lado. Cuando por delante nuestro pasa la brisa de un beso, el aroma de una flor, el canto de un pájaro, el murmullo del agua ante los arañazos de unos espinos en su correr amoroso, la pasión de un atardecer..., los hombres nos mentimos a nosotros mismos. ¡Qué dulce es sentir el resbalar del llanto por la molicie cremosa de nuestras mejillas encendidas y, a la vez, apagadas por nuestra juventud en retirada!

Aquella noche, no lloraste  por la amistad vieja, ni por la trascendencia de tu hacer añejo, ni por las anécdotas sentidas, ni por los años perdidos. Al ver en tu casa, allí a los amigos, trenzando el rico tapiz de melancolías al trasluz de la noche cálida, no lloraste por nada, ni por nadie.  Me atrevo a decir que lloraste por tí. Cuando los hombres, en el cenit culinario de nuestro ágape, vemos la carne crecer de nuestros hijos, rompemos a llorar. Yo no sé si tu llanto era de tristeza o de alegría. Contradictoria metafísica la del llanto. Una herida honda y saludable: nuestros hijos, tu vigor varonil arrebatado.

viernes, 8 de septiembre de 2017

De la incapacidad de las cosas



En sus cosas el hijo pensaba
mientras madre las prendas tejía
Después de terminar el velillo para ver como quedaba, si no era de su agrado, la madre deshacía por completo el tapete, la colcha, el velillo o lo que entre manos tuviera, y se ponía a hilar, a bordar de nuevo. No le dolían prendas tener que volver a tejer el jersey o el chaleco, cuantas veces hiciera falta. La madre cultivaba toda clase de géneros de punto: el de cruz, la cadeneta, el del diablo, el de la espiga. ¡Había vivido tanto! El hijo ya no sabía, si madre quería terminar lo que cosía, o más bien prefiriera pasar toda la eternidad de aquella manera. ¡Tan feliz y abstraída la veía sentada al caer de la ventana con el ganchillo y la lana!

Cada vez que el hijo regresaba a casa, veía a la madre concentrada en su quehacer penelopiano. A su pies, el canasto de los hilos y madejas. Sobre su halda, un entramado de caminos, desde el alfa hasta la omega, todos conectados entre sí como una red de redes moderna. Parecía una santa, feliz y extasiada en su labor. El tiempo suspendido. La luz inundando de paz la estancia. Y ella, rumiando en su interior la vida, el mundo en su más profundo y beatífico sentido, su Aleph infinito, el punto que contiene todos los puntos. Y si por alguna perentoria razón la madre se veía obligada a dejar por un momento las agujas y el ovillo, a quejarse empezaba de su asma, de la hora, de los separatismos, de los ruidos de la calle, de la envidia, de su difunto marido. El hijo le decía entonces:
No me explico, madre, dejas las agujas, y el curso aburrido de las histéricas estrellas del universo comienza a dar vuelta por la esfera de tu cuerpo de horas, dolores y espasmos.
La única manera que conocía la madre para escapar de la muerte era entregarse a sus hilos y dedales. ¡Y qué engañada que estaba! Murió tejiendo de Turín su sábana.

Hoy, el hijo piensa en lo mismo. A lo largo de su trayectoria acumula en su haber más días y episodios que la Wikipedia entera, pero renglón alguno de sus cosas jamás de agradarle termina. Tal vez por ello de vivir no se cansa. Y así como a la madre convenía estar siempre ocupada en sus costuras para seguir viva, el hijo..., ¡pues igual! Sólo se siente vivo en sus asuntos, aunque bien sabe de la incapacidad que tienen las cosas de darle en el gusto. 

domingo, 3 de septiembre de 2017

La casa del Niño de Porcelana






Cuando hoy paso por la casa del “Niño Porcelana”, detengo mis pasos con parsimonia y deleite, no como cuando era un crío, que me faltaban pies, por si alguno de sus espíritus moradores me atrapaban en un descuido.

Me paro resuelto delante de su vieja fachada por ver si los sillares, los muros, la cúpula de teja vidriada, los balcones de hierro, los escudos de armas de este caserón aún transpiran susurros de misterio, ruidos de sables, amenazas, estampidas, cerrojos que chirrían, cadenas que zurren, vuelos de fantasmas, abrir y cerrar de baúles y cofres dorados repletos de pólvora y escopetones. Los objetos que desde las rendijas de la carcomida puerta de la entrada imaginaba en su interior, fueron para mis ojos de niño tan inverosímiles e inventados, como reales y ciertos. Quizá las cosas sean más inmunes al olvido, que la misma presencia física de los seres humanos. En los objetos continúan aún atrapados los sentimientos y las palabras de aquellas personas que, aun estando hoy muertas, en su día les dieron vida. Las cosas guardan con fidelidad el calor de las manos que las acariciaron, el odio tóxico del que fueron testigos, el latir exaltado de los corazones que vibraron a su lado, los gestos de quienes en ellos detuvieron sus ojos de terror o de encanto.

Aquellos objetos, reales o imaginarios son el aire que ahora encienden las llamas de mi memoria. Las cosas son como más permeables, más receptivas, se resisten más al olvido que las personas. Será, digo yo, porque sufren menos.

De pequeños, todos hemos deseado con ilusión ser torero, cruzado, aviador o fraile. Mi sueño: haber tenido el valor suficiente de entrar en esta casa y, cual El Guerrero del Antifaz, desenmascarar y acribillar a todos mis miedos allí dentro almacenados. Los secretos arcanos de esta casa, sus cortinas aterciopeladas, sus escaleras labradas, sus enormes luminarias de múltiples velas colgando de la techumbre sostenida por ángeles barrigudos, asexuados, con mofletes de carmín cuarteado, sus jónicas columnas disparando a discreción, tapices vivientes de rica pedrería, baldaquinos, estatuas y capiteles, monedas con efigies de emperadores y tiranos..., alimentaron buena parte de los horrores e insomnios de aquella mi infancia de los años cuarenta.

Mi imaginación, entonces, fue capaz de erigir en tenebroso castillo este caserón que, allá en las postrimerías del siglo XVIII, fuera episcopal residencia de un alto clérigo de Azulada.

Esta mañana necesito recurrir a la catártica contemplación de la mansión de mis espantos infantiles. Antes que el lunes que viene comiencen los albañiles a desescombrar la casa del “Niño de Porcelana”, detengo mi vida delante de esta fachada noble y vieja, señorial y andana, para comprobar si es cierto lo que recuerdo de su temible oscuridad.

Habrá valido la pena si encontrar así pudiera mi niñez asustada. Luego quedaría la otra parte personal de mi observación y búsqueda. Una vez recuperada y constatada la realidad-objeto de mis miedos, sólo bastaría reconstruir y amueblar de nuevo mi casa, pero con mi niño adulto dentro.

viernes, 18 de agosto de 2017

Los niños de siempre



Esta tarde, no quisiera sentirme amargado. Ante la verdad de la muerte quisiera comportarme con la sagacidad epicúrea de un experto catador de vinos. ¿El motivo de mi templanza? La temporalidad. Si eternos fuéramos, seríamos necesarios. Mi existencia, obligada. Inagotable por tanto mi maldición. La prescripción limitada del vivir efímero me obliga a beber con fruición y agradecimiento el néctar de los días contados. 

Cuando de pequeño montaba en la rueda de los caballitos, que por la feria ponían junto a mi calle, en la Placeta de San Cayetano, antes de terminar el pase, nos avisaban con un bocinazo su final dichoso. Era entonces, cuando esta última vuelta mejor me sentaba. Quería conservarla para siempre en mi carne danzante. Era entonces cuando me sentía el niño más feliz de toda la feria. En volandas sobre un caballo alado, daba mi última vuelta alrededor del universo. Con una mano suelta hacía balancear aquellos balones de trapo que colgaban como estrellas de la techumbre de los cristales de colores de aquel tío vivo. Lo bonito era montarme por última vez en aquella rueda de los caballitos.

Ya con la noche entrada, inicio el regreso postrero a la ciudad de Azulada. Al pasar la Cueva del Lagrimal me recibe desde lejos la media naranja iluminada, la estrella polar de mi caminar oscuro. Antes de llegar al pueblo, el Paseo de la Alameda, puerta feraz de la ciudad, romántico fielato de intimidades amorosas, me brinda el mejor paraje para un adiós. La luna asoma su media cabeza por el agujero de una nube. Con ojos de nácar me mira entristecida, para desaparecer al instante. La penumbra de la noche desnuda la timidez soleada de mi descenso.

Al llegar a la casa de mi madre, las farolas de la calle, las mismas que cuando era niño, vuelven a encenderse. Frente a la placeta, la rueda de los caballitos empieza de nuevo a dar vueltas. Pero ya no soy yo el que monta aquel mi caballito de colores galopantes y altaneros. Son otros niños, los niños de siempre.

Nota: Termino de redactar este relato en el mismo momento que me entero que en el atentado de Barcelona hay varios niños muertos. Y ya no sé si es inoportuno, casual o irreverente subir esta entrada a Blao.

domingo, 13 de agosto de 2017

El azul cárdeno del arándano





El cielo, un manto difuminado en distintos tonos de azul: azul diamante, azul fuego, azul para blanquear, azul de la carne, azul cuaresma, azul marino, azul celeste, azul tierra, azul cobalto, un gran bancal de lirios azules plantados en la sementera del cielo. El más dominante, el que se extiende triunfador entre todos los azules: el azul cárdeno del arándano.

La sequedad azulada de un cielo vacío entra por la ventana de la casa de tu madre. Un dolor morado en torrentera se derrama por la habitación, el quejido de un azul pálido de un cuerpo que se va, azul etéreo. Sientes pena de ti, azul de semana santa. Además del azul pasión, está el azul de la nada, el azul violáceo de la muerte. La insubstancialidad azulada de la tarde no es la razón de tu nostalgia. Lo que más te duele, tu azul pálido, es el el azul estéril del arándano mezclado con limón. El azul no molesta, es dócil, relaja, lo utilizan en los hospitales para amainar el dolor.

El azul desata los nudos de las nubes retorcidas, es lienzo del universo, pentagrama inspirado para el compositor, mar gruesa para el pirata, polvos para blanquear la ropa enfandida. La inanidad de este azul insumiso con que se viste la tarde, soporte opaco de tu etéreo e indefinido acento, tono apacible de tu ausencia en contrastes, azul ceniza, azulete de caparrosa, azul ya en desuso y desteñido.
Azulada tiene una iglesia,
la iglesia tiene una cúpula,
la cúpula, media naranja,
pintada de azul a estrías,
que aprietan con franjas blancas,
el corazón de tu madre
y a ti te parten el alma.
Tú ya no sabes si tu madre metaforiza, inventa, memoriza o evoca; pero en sus romances repentizados encuentras el doble sentido, la corazonada instintiva, interpretación de pensamientos azules camuflados con el limón de la infusión de arándanos. El pueblo de Azulada ha escogido como anagrama para su representación comercial, precisamente el curvo interlineado azul y blanco que ahora entra sigiloso, como una serpiente, nada más tú subir la persiana.

A madre le tiemblan las manos por el culebreo azulado de la serpiente que se desliza sigilosa por las dunas de su cuerpo. De pronto se derrama el vaso. La mancha del morado silencio de la infusión de arándano, cae sobre el tapete, se corre en avalancha envolviendo a una mariposa bordada en rojo. La serpiente persigue a la mariposa. La mariposa quiere volar a la aguja de la basílica, a lo más alto del azul del cielo. La serpiente con el dardo azul de su boca atrapa a la mariposa, incapaz de escapar del velillo de la mesa de camilla. Te levantas deprisa para limpiar el tapete. Es tarde. La culebra de un bocado, en un relámpago, engulle a la mariposa.

viernes, 14 de julio de 2017

Por las calles de Azulada




Chimeneas encendidas de producción y consumo emborronan la ladera donde se asientan innumerables plantaciones de fábricas y talleres. El humo negro de sus bocas pinta el cielo con mensajes indescifrables. Este pueblo me aprieta con la presión galopante de sus calles. A cada paso, a cada manzana freno el coche.

A la hora de entrar al trabajo, Azulada se convierte en un embudo. Todo hierve y se amontona, las calles abarrotadas de tráfico, la niñería entera camino de los colegios. El pueblo es un inclinado cuadro cartesiano de innumerables entradas y salidas. Callejones y travesías entrecruzadas en un gran embotellamiento empinado hacia un castillo sin almenas.

Desisto ir al trabajo en la cabra de mi Dyane rojo. Más fácil, andando. Azulada, parece una ciudad en plena reconstrucción tras el arrasamiento de una guerra. A las ocho de la mañana, todos corremos al mismo tiempo, con el mismo empeño, tras la misma presa: nuestro cuerpo en mercancía. Parecemos trashumantes huyendo de cualquier plaga medieval. Hago un esfuerzo por andar tranquilo. Miro las baldosas típicas en forma de pastillas de chocolate. Y me voy diciendo a mí mismo:
Aunque no las recuerdes, estas losetas que pisas, son las mismas por las que, de pequeño, hacías rozar una caña ahuecada, camino de la escuela de D. Miguel Golf. Oías el sonsonete redoblado que tanto gusto...
Las casas del pueblo están en constante remodelación. Levanto la vista y quiero recordar la antigua pared frontal que una excavadora en estos momentos destruye con avidez. Es la casa de los chupamocos. Quedan ya pocas casas de antigua hechura. Casi todas son de nueva remodelación. Allá donde sólo habían postigos por donde salían carros cargados de avíos y desesperanzas, mulas perezosas y mal alimentadas al campo de sus faenas, hoy se suceden en ristras comercios, cocheras: un bazar, una tienda de informática, una agencia inmobiliaria, un pequeño chiringuito todo a cien, hasta un salón de fisioterapia. Nada ya de las fachadas de cal blanca y azul con sus zócalos arrugados y grises. En la calle de mi madre sólo queda sin reconstruir la casa de los lunas. Miro al cielo y me pregunto, si tal vez, este cielo surcado por aires tan rápidos y fríos, hoy es el mismo.

A madre también le hace daño volver la vista atrás. A mi madre le duele recordar sobre mojado, sobre camino andado. Sufre por sus recuerdos. Cuando una persona ha amado mucho a alguien que ha muerto, mejor olvidar, para no seguir sufriendo con su ausencia. A madre no le gusta que le pregunte por su pasado. Para madre el atrás, como el futuro es muerte. Se esfumaron sus besos, las delicias del roce, las canciones y sus risas. Atrás quedaron atardeceres junto al brasero de picón, una juventud entre vendimias y recogidas de aceituna. Ya nunca volverán los olores a levadura fermentada de una artesa sobre la que una manta a cuadros abriga la masa bien masajeada.

Noto que madre no quiere regresar al cuarto hondo de su pasado, a la habitación trasera de la covacha. No quiere remover heridas: las enfermedades de sus hijos, la falta de dineros para acabar la semana, el agravio de no poder ver a su hija que anda por los madriles sirviendo en casa extraña de señoritos. En la caja vacía de puros donde padre guarda las perras no hay para reunir las veinticinco mil pesetas que los lilas le prestaron para poder comprar esta casa. El pasado para madre es un tormento. Por eso no aguanta que mi hermano venga contando historias de antes:
¡Para de hablar. Te inventas la mitad de las cosas, no sabes sino decir tontunas!
A mi hermano le rige estupendamente la memoria. Más me creo lo que él dice, que lo que madre olvidar desea. Mi hermano no para de hablar. Me habla de la casa en que nací como si la estuviera viendo. Me habla de dos árboles que teníamos en el corral, bajo cuya sombra jugábamos a la lima. Sobre dos cuadrados contiguos señalizados en la humedecida tierra, las propiedades de cada uno. Con adiestrado golpe lanzado desde el aire, con nuestros dos pies dentro de nuestro terreno, hincábamos una navaja en el cuadrado del contrincante y según como quedara el sentido de la lima (de carpintero) clavada en tierra, así marcábamos, en esa dirección, una recta que arrebataba al contrario una buena porción de su parte. El perdedor era aquel cuyo terreno era comido gracias a la pericia del adversario, o cuando éste, de tan escaso espacio que le quedaba, ya no podía meter sus pies en tan diminuta propiedad.

Yo apenas recuerdo nada de lo que de niño pudiera pertenecerme: un juguete, una pelota, un patín... Lo que más me duele ya no es, no guardar nada de entonces, sino no conservar el sentimiento de felicidad de aquellos entretenimientos. Es una desgracia nacer ya mayor como un galápago que sale de un huevo sin alas, como el vino sin color, agua seca, azúcar salada, árbol sin tierra. Es triste tener que creerme el recuerdo vacío de una infancia que mi hermano trata de llenar con aquel juego de la lima aquella en forma de navaja que me arrebató la dulzura de aquellos años.

Y es por esto que, ahora, pasado el tiempo, recurro en este blog a acontecimientos apócrifos para redefinirme. Relatos de caricias de madre en noches de altas fiebres para acallar mis sueños de terror. Cuentos oliendo a perfume de su seno, sentir la ternura de sus dedos sobre los remolinos de los pelos de mi cabeza, su mano caliente sobre mi corazón frío. No hay nada peor como sentirse huérfano de sí mismo...

Y escucho a mi hermano con atención por ver si sus palabras me devolvieran aquel mi niño perdido por las calle de Azulada.

martes, 2 de mayo de 2017

Un día cualquiera




Se despierta. Son las seis de la mañana. Siete horas durmiendo. Ya está bien, cuerpo. ¡Arriba! Se incorpora sin molestar a la que duerme a su lado. La mujer se acostó después. El hombre coge a tientas la ropa en un puñado, y termina de vestirse fuera de la habitación, en el baño. Hoy no quiere aparentar dejadez. Además... si vienen sus nietos y sus hijos, quiere estar presentable. Se afeita. Siempre le gustó quedar bien ante la gente. No es nada coqueto, pero guardar las apariencias, forma parte de su talante. Su mujer le dice a veces, bien que te acicalas para los demás, pero para mi, te da lo mismo ir como un adefesio. Antes de tomarse el café que ha dejado preparado en la máquina encendida, sale al porche. Desde aquí contempla la huerta, un trozo de tierra que da a su casa por la cara norte.Tiene plantado tres caballones de patatas, cuatro frutales, dos hileras de tomateras, unos cuantos rosales, una higuera y hierba..., mucha hierba que cortar. Le gusta ver, antes de que salga el sol, cómo el rocío engalana de perlas el rosal de rosas rojas que trepan vistosas por el cañizo que hace de valla entre lo suyo y lo del vecino.

Ya huele el aroma del café que le llama. Entra. Se lo sirve en una taza, siempre en la misma. Al hombre le sabe mejor lo cotidiano, que estrenar cualquier cosa. Los cambios le huelen a política que siempre deja las cosas donde allí estaban. Los de arriba, bien arriba. Los de abajo, aplastados como la grava del camino por donde los encumbrados cipreses crecen con su soberbia por montera. El hombre se siente más seguro en su monotonía consentida. Le añade al café unas gotas de coñac, un Gran Duque de Alba que le regalaron unos sobrinos allá por Navidad. Estamos en Mayo, y la botella no va ni por la mitad. También en la bebida, como en la vida es parco y vulgar este hombre. Un carajillo por la mañana. Y para comer, varios tragos de vino del porrón. Porrones, sí lleva ya sobre su espaldas. Sin ir más lejos, ayer se le rompió el último. Fue a dejarlo en la platera, y el pitorro, ¡zas! se hizo añicos.

Sentado, mientras se toma el café, no deja de mirar por la ventana. Las tomateras ya empiezan a trepar por las cañas que ayer les puso por tenderete. A ellas también les gusta aparentar. Veremos si son valientes e intrépidas, y no les ataca el bicho ese, como el del año pasado. ¡Coño, no me acuerdo de ese hongo que deja a las hojas mustias y cohibidas, arrugadas! Esta mañana el hombre no está para ejercicios de memotecnia. Ya me vendrá el nombre. No comparte aquello que un día dijera Octavio Paz: las cosas son el nombre. De ser así, los tomates, de atacarle ese bicho que ahora no se acuerda, no tendrían remedio. Hay que echarles azufre, pero del amarillo. Dicen que es menos tóxico. El hombre detiene ahora su vista en el nogal que tiende sus brazos verdes al tenue azul del alba. Reina la calma. Los pájaros aún duermen.

Encima de la mesa, Patria de Aramburu. Ante que el fragor del día empiece a rebullir, el hombre echa mano a la novela del escritor de San Sebastián. Se detiene plácidamente en la lectura. No más de una hora. Empieza el jaleo, se rompe la tranquilidad de la alborada. Irrumpe con fuerza el latir de la naturaleza. Viandantes que vienen a trabajar sus tierras, perros que ladran a los niños que hoy salen al aire libre. Es fiesta. Puente largo para los padres, no tienen escuela. Ruidos de tractores. Imposible seguir leyendo esta novela de recuerdos, recuerdos escritos tal como le vienen a los personajes del libro. Los recuerdos, ya se sabe, nos vienen cuando les da la gana, sin orden ni concierto. Unas veces oportunos, otras desacertados. Desagradables, ¡mejor no tenerlos! Allí en el País Vasco hubo un tiempo que todo el mundo andaba disgustado. Unos por una causa. Otros, por otra. La vida de este hombre ordinario no es tan convulsa como la de Bitori o Miren. Dos mujeres que viven la tragedia de Euskal Herria, un drama intestino, contradictorio, que enfrenta a hermanos y amigos por unos ideales, amores imposibles... Al cerrar el libro, este hombre recuerda las palabras del poeta: Que se callen ahora las escuelas y los credos.

Un día le dijo a este hombre, al que a veces le da por escribir, una amiga de vida rica, no en abundancia de bienes materiales. Los justos, los necesarios para cuidar de sus dos hijos pequeños. Pero, sí llena de experiencias, viajes, divorcios, aventuras, inquietudes, desengaños, ilusiones... por sí mismas sobradas para escribir un libro. Esta mujer le dijo: ¡a ver cuándo vas a escribir mis memorias! El hombre cualquiera, aunque eso sí un tanto aficionado a la escritura, le contestó: no hay mejor manera para de verdad conocerse uno bien por dentro y por fuera, que escribirse uno mismo. Y este consejo que este hombre un día le diera a su amiga, es al que ahora se entrega. Quiere verse escrito en esta crónica para así mejor conocerse y reafirmarse.

Luego de escribir hasta lo que aquí cualquiera pudiera leer, este hombre sigue con las tareas simples del día. Cogerá el carretón para transportar los desperdicios acumulados de toda la semana. Vivir fuera del núcleo urbano tiene sus ventajas, pero también sus inconvenientes. No hay alcantarillado. Y los contenedores de la basura están allá en la carretera que va hacia el pueblo más cercano, a más de doscientos metros de donde vive. ¡Ay carajo! Mientras cargado con el carretón hasta los topes va hacia el cruce, recuerda que hoy es Primero de Mayo. Este día siempre tuvo el hombre por costumbre bajar a la ciudad, a la manifestación. ¿Olvido consciente? ¡Tal vez! ¿Desilusión, decepción? ¡Pudiera ser! La rígida institucionalización de las cosas cada vez le atrae menos. El año pasado, ya volvió bajo de ánimo. Las mismas caras de los que viven de la cosa. Los cuatro o cinco nostálgicos de siempre. Estos últimos pensamiento le entristecen, le avergüenzan, (no quiere convertirse en un revisionista amargado). Son más propios de un pequeño burgués acomodado, recluido en su pequeño y rústico tugurio.

El día dará para poco más. Comer, dormir la siesta, limpiar el gallinero, cosas insustanciales, simples, pero que son de la simpleza de este hombre cualquiera, corazón y parte. Antes de dormirse encenderá la radio para salir de su vulgaridad y empatizar un poco con las las luces y sombras de las ondas de la jornada. Por supuesto estas nimiedades de un hombre cualquiera no llenarán los anales de la historia. Siempre, siempre lo mismo, ¡pero qué bueno es poder contarlo!

domingo, 12 de febrero de 2017

El romero de la abuela



Ser en la vida romero
(León Felipe)


El romero mide ya más de metro y medio.

El camino de piedra loca llega hasta el final de las moreras. A su derecha, un ajustado pasadizo se luce con un estrecho jardín donde, bajo la buganvila, crece el orégano ramificado y esparcido en la tierra. En uno de los extremos de este acceso, el más cercano a la barbacoa, el romero respira jovial el fuerte aroma de las flores de una madreselva que a su aire se enreda y se desata en verdes y amarillos por un tendido de alambres y de cañas.

Sentado, tras podar los naranjos, me tomo una cerveza con olivas en el banco de madera que está enfrente del romero. Mientras, lo contemplo y me sorprendo de su frondosidad y hermosura. Cuando lo trasplanté, no daba un duro por un raijo de un palmo apenas. ¡Y ahí está, parece un pincel! Puse el romero pegado a la madreselva, al caer de la ventana de la casa, para apagar los malos olores que pudieran salir del cuarto de baño. Y vuelvo ahora a mirar el romero y me congratulo al verle conversar con la madreselva, rodeado del runrún de un montón de abejas.

Durante las silenciosas horas de la siesta, los dos arbustos intercambian sus aromas como enamorados que de besarse no paran. Los pájaros mientras tanto, en el alero, aplauden con trinos sus arrumacos azules y blancos. Por aquí los pájaros, además de volar y cantar, ponen nidos y huelen a miel de romero y madreselva.

Hará ya más de diez años que puse ahí el romero. Recuerdo que lo traje del cementerio. Este romero tiene historia.

Cuando se acerca el día de todos los santos, acostumbramos a llevar flores a nuestros difuntos. Aquel año cogimos rosas, margaritas, violetas, unos pequeños tallos de espliego y de romero. Ya en el cementerio, en la capilla, donde está enterrada la abuela, metimos el ramo en un jarrón de cristal con agua, y lo pusimos en el centro del suelo de la ermita, al caer de su lápida y las de sus antepasados.

Al año siguiente, fieles a la costumbre de adecentar la capilla, por la festividad de los muertos, volvimos al cementerio. Me sentía feliz. El día era templado y alegre. A pesar del sentimiento de pérdida, que yo vi aquella mañana en las caras de los muchos que se dirigían al nicho de sus muertos, (unos privados de sus hijos, otros de sus maridos, aquellos de sus padres y nosotros de la abuela), noté en ellos también alivio y calma. Jamás hubiese imaginado que la muerte de nuestros antepasados pudiera tranquilizar de manera tan asumida la procesión que cada uno en nuestro interior llevábamos. Y silenciosamente contento limpiaba las cristaleras de la puerta de la ermita. Al pasar la bayeta por el mármol del pequeño altar, al sacudir el polvo de las fotos de los seres queridos, al enjuagar tarros, abrillantar las letras de oro de los nombres de los difuntos allí enterrados, me sentí felizmente unificado con ellos. Y en este afán de limpieza, me encontré a mí mismo purificado, como restituído, enganchado a ese eslabón de una cadena sucesoria del que casi siempre ando falto, desubicado, desarraigado. A nuestros antepasados, estas tareas de adecentamiento, tal vez no les repercutiera en nada; pero estoy convencido que a los que allí estábamos, aquella víspera de todos los santos, nos sentó de maravilla hacer lo que hacíamos. Nos sentimos hermanados a la historia, de tal manera uncidos a ella, que nuestras vidas individuales, sin los que nos habían precedido, jamás tendrían sentido.

Luego de dos horas de faenar adecentando la ermita, tocaba volver a casa. Antes debíamos tirar al contenedor los ramos, las macetas y las flores secas. Fue entonces cuando me sorprendí al ver que los viejos tallos del romero del año anterior habían retallado. Unos hilillos substanciosos y tiernos se dejaban ver en su extremo inferior. Me resistí por tanto a tirarlos a la basura. Así que me traje el romero y lo replanté, (no muy convencido de que rebrotara), ahí donde ahora lo miro y venero.

Me equivoqué. Hoy, después de dos lustros, da gusto ver el romero. Aquel romero que troceado y cortado di por rematado y consumido, lo veo ahora lucido y hermoso. No creo que el renacimiento de este arbusto se deba al año que estuvo sólo y abandonado en la ermita de la difunta abuela, allí velado y acompañado por los huesos sin vida de sus padres y hermanos muertos.

Cuando, aquí en la huerta, nos reunimos la familia junto a la barbacoa alrededor de una paella de arroz, no dejo pensar en la abuela, en la abuela y en esa cadena sucesoria interminable de la vida. Sobre todo, cuando corto unos tallitos de este romero y los echo al agua para condimentar la comida. No soy muy dado a ir más allá de los que mis ojos ven y me dicen. Pero, eso sí, cada vez que repito el ritual de aliñar con romero la paella, me acuerdo de la abuela y le doy las gracias al romero.

No acostumbro a delegar en seres invisibles lo que mis manos no alcanzan. Y cuando mi estado de ánimo me pide montarme alguna película para superar una tragedia, encontrar un objeto perdido, calmar un dolor, soldar una fractura, o encontrar una razón a lo que explicación no encuentro, prefiero agarrarme a un clavo ardiendo, antes que confiar en una fuerza superior y extraña. O lo que es lo mismo, cuando tengo necesidad de Dios, trascender la cotidianidad dolorida, liberar miserias, sentirme perdonado, salgo a la huerta, me acerco al romero de la abuela, acaricio sus tallos, restriego mis dedos por sus hojas dulces y jugosas, luego llevo mis manos a la nariz, huelo su perfume y conservo su aroma en mi memoria. Por supuesto, cada vez que hago esto, no veo a ningún ser sobrenatural ni trascendente, tampoco se me aparece san Judas Tadeo. Tener que acudir a Dios, teniendo delante de mí este romero, sería un pecado.

viernes, 16 de diciembre de 2016

El Niño santo azuladeño




Más bien a esta entrada debería haberla llamado La caja del sueño. Pero encabezamiento tan cursi no terminaba de convencerme. Además, si opté por el de El Niño santo azuladeño, (título con tan poco gancho, y sin venir a cuento con lo que yo soñé, (eso creo y creo mal), fue porque me vino impuesto para el texto de aquel sueño que yo entonces tuviera, y que ahora trato aquí de recordar.

Esa tarde noche, en la Plaza de la Basílica, una multitud entusiasmada bailaba alrededor del belén de don Carmelo Ortín. La voluntad de un sueño, como la de un muerto, es sagrada. Todo sueño por muy estrafalario y alocado que se presente, siempre tiene su sentido.

El sueño era irresistible, se obstinaba por ubicarme en Azulada, la ciudad donde yo había nacido, hacía ya más de sesenta años. Mis escritos calificados con la etiqueta de Azulada, bien podrían llamarse Antimemoria. Azulada no es mi alter ego, es más bien mi anti-yo, mi lado oscuro, ese nombre genérico en el que incluyo todo lo que tiene que ver conmigo: mi infancia, mi pueblo y mi debilidad por el queso frito con tomate: tres realidades en simbiosis redonda con las que me confundo de tal manera que jamás me reconozco en ellas.

Por encima de la penumbra, rota tan sólo por la cetrina luz de cuatro farolas que esquinaban el atrio, la luna se reflejaba en las olas blancas y azules de la media naranja de la iglesia. La cúpula se confundió y se creyó la luna. El frío amarillo de la calle me envolvía con dulzura, protegiéndome de la humedad de la noche. La luna, la noche y la media naranja desaparecieron bajo un mismo brillo dentro del mismo sueño, para encontrarse en el punto donde se dan cita todos los puntos del Universo. Un sueño con todos los sueños dentro, incluido el queso frito con tomate.

El sueño intentaba desnudarme, decirme quien era yo sin conseguirlo. El sueño iba de aquí para allá al ritmo de zambomba y villancicos, irreverente, sin respetar direcciones, saltándose la intimidad y transgrediendo la tradición apostólica:
Una mula endiablada
a mi niño santo
le endilgó una patada
que lo dejó manco.
Y yo lo mismo me veía cantando por bulerías a las lavanderas, al leñador del belén, a las palmeras del desierto, que al momento el sueño me transportaba a Montmartre, La Place du Tertre. Y allí, sin saber pintar, hacía retratos a turistas embobados bajo la nieve. Luego el sueño, entre baile y baile, un sequillo y una copita de vino viejo, me volvía a dejar en el atrio de la Iglesia Nueva de Azulada. Gran parte del sueño la pasé en esta explanada coreando hosannas y aleluyas alrededor del pesebre del Niño azuladeño. Después, el sueño decidió trasladarme por un tiempo a una de las aulas de la universidad de Harvard.

Asistía yo en Cambridge a un máster de Literatura Hispanoamericana. Una joven, en voz baja y al oído, se me acercó, pasó con suma ternura su mano abierta e intencionada por debajo de mi espalda, a la altura de la cintura, ese centro donde los siete puntos cardinales, (sí, siete, como siete son las maravillas infinitas del mundo), confluyen en su indeterminación más imprudente y apasionada. Y me dijo:
Eres lo mejor que me ha pasado. Nadie como tú me ha dicho con sus palabras lo feliz que yo me siento.
La joven creyó que uno de mis escritos, presentado en el Departamento, iba dirigido a ella. Tanto el texto como el nombre de la muchacha respondían al mismo nombre: Adonai. De ahí tal vez su confusión. Con todo, yo, aún así, me tomé sus palabras en serio:
¡Vale, al salir nos vemos, -le dije.
Yo iba con mi prometida. Hay algunos sueños que además de puñeteros, mienten demasiado. Van por libre. Por aquel entonces yo no salía con ninguna muchacha. Y menos, en aquella ocasión, que había quedado con Adonaya. Con todo, mi novia me advirtió:
Mientras tu hablas con tu compañera de máster, yo me acerco a la clínica de santa Teresa. Tengo que recoger unos análisis. Nos vemos donde está el coche. ¡No tardes!
No hay llamada más fuerte que la que un hombre, sin jamás haber oído, escucha a través de una mano de mujer sobre su carne sedienta y analfabeta de amores. Adonaya y yo, al salir de la Facultad nos volvimos a ver.

Recuerdo que yo llevaba un paquete enorme, no pesaba casi nada, pero muy incómodo de transportar. No debía deshacerme de él. Era un misterioso encargo. De su contenido, destinatario y remitente yo nada absolutamente sabía. A cada momento la caja se me caía al suelo. Así era difícil enamorar a nadie. Por si faltaba algo, una amiga se paró a hablar con Adonaya. Les pregunté si sabían donde paraba el Parking metter más cercano. Tan embebidas estaban en su divertida charla que me contestaron con un ignorante corte de hombros. Me sentí de más, vacío y ridículo. Las dejé allí plantadas. Luego, ellas, al verme desorientado subir la calle con la enorme caja de regalo dando tumbos, me imaginé que se reían de mi. No me volví para no acertar en mi sospecha. Durante más de hora y media estuve buscando el coche en vano. Tampoco apareció mi novia. Pasado un tiempo o mil años, (los sueños no cuentan los días) el sueño me retomó de nuevo.

Pasé por las ruinas megalíticas de Stonenhenge, atravesé Rodas, la Anticira con sus treinta y dos ruedas de bronce, contemplé la gran clepsidra de la Torre de los Vientos de Atenas. Acampé a la sombra de un castillo romántico junto a la ribera del Rhin. En Estrasburgo vi como la misma muerte tocaba las horas del reloj de su catedral. En todos estos viajes recuerdo que yo llevaba siempre conmigo la gran caja, envuelta en papel de regalo, un papel azul festoneado de estrellas blancas. En más de una ocasión estuve tentado de deshacerme de la caja, pero como quien se llama Culebra y no puede renunciar de su apellido, ni una sola vez en todo el sueño se me ocurrió desentenderme de tan enigmática caja.

Llegué por fin al centro de una plaza. Un gran fortificación circular arrancaba de su base para culminar en forma de observatorio astronómico allá en un nítido cielo azul. Accedí a su interior. Por una escalerilla de caracol llegué a lo más alto de su lugar geométrico, una cámara ovalada desde la cual puede contemplar toda la ciudad, la Azulada de todos los pueblos: la isla de Pascua, Florencia, París, Rajasthan, el Patio de los Relojes de Madinat al-Zahra... Desde su centro, allá abajo en la plaza, vi también como partían, sin confundirse, todas las avenidas del mundo. En línea recta las calles de todas las urbes del Planeta se dirigían en paralelo, en igualdad de condiciones hacia la diáspora, detrás del monte Arabí, la antípoda del origen, ese lugar donde gentil y judío significan lo mismo.

Luego, le pregunté a uno de los cuatro ángeles que sostenían los puntos cardinales del firmamento:
¿Alguien de vosotros me puede decir qué hago yo ahora con esta caja? La llevo conmigo a lo largo de este sueño que ya se me hace eterno. ¿A quién se la entrego, la tiro, la abro...?
Quien me contestó fue el ángel que iba vestido de amarillo, el que sostenía el Sur:
Tú mismo. Pero yo de tí jamás abriría esta caja. No hay nada peor que abrir una caja de regalo para quedarse sin su sorpresa.

martes, 18 de octubre de 2016

E pur si muove




Aún los veo cabalgando
a lomos de una vieja moto,
despreciando la lluvia y el viento,
mensajeros del alba
y de la primavera,
como dos paladines los recuerdo.
(Juan Abenza)

Alain y Antoine creyeron que el mundo amanecería en aquella vieja estación. Desde el día en que los dos amigos decidieron pasar la noche en un vagón de la vieja gare du Prado, el horizonte de sus vidas quedó señalizado por una gran encrucijada que dividía la tierra en dos partes: la autopista del sol, la A7; o un tren de mercancías. Ambos caminos les llevarían a París. Tanto Antoine como Alain, vivían en Tolón, eran compañeros de liceo. Uno, pensaba graduarse en la Universidad de la Provenza como especialista en Historia de la Medicina. Al otro, a Antoine, le iban los números, los números y el reparto justo. Este último acababa de echar los papeles para matricularse en la Escuela Superior de Ciencias Económicas y Políticas de Nanterre.

Los amigos querían llegar en autoestop hasta las mismas puertas de la Sorbona. Querían conocer a los líderes de aquel movimiento universitario que le había plantado cara al capitalismo. En aquellos primeros días del mes de mayo del 68, su gran deseo era sumarse a las reivindicaciones obreras y estudiantiles que conmovían a toda Francia. Este era el momento, y no otro, en el que sus sueños de paz, justicia y cultura comenzarían a fraguarse. Haber dejado pasar el tren que la historia les ponía en sus manos, sería traicionar a sus conciencias. Nunca se lo perdonarían. Estaban obligados a tomar partido en aquella noble causa. No podían decir que no al dulce fuego de la revolución y el amor que la primavera de sus años jóvenes con pasión y premura les demandaba.

Los apenas 70 kilómetros que separan las ciudades de Tolón y Marsella, le llevaron toda la jornada. El recorrido que va desde La Ciotat hasta Cassis lo hicieron a pie. Nadie les paraba. Menos mal que el dueño de una camioneta, que surtía pescado a los principales hoteles de la Côte d'Azur los llevó hasta Marsella. Bajaron en la misma Place de Pologne, muy cerca de la estación del Prado. El día había sido duro. Los jóvenes estaban muy cansados. Eran ya casi las ocho de la tarde. El sol hacía rato que había dejado de alumbrar las pisadas de su agrietados pies. Antes de que la noche con sus cuchillos negros les cegara su orientación, debían encontrar un refugio. Desde el Boulevard d’Athènes, bajaron hasta la Canaebière para buscar el service de accueil que una buena mujer les había indicado. Por fin encontraron el Hogar de Les petits frères des Pauvres, pero el albergue ya estaba lleno y cerrado.

Entre las rocas del poniente y la parte antigua de la ciudad, el viento oprimía la vasta superficie del mar. La corriente de aire, desplegada en forma de pasillo, azotaba el cuerpo tambaleante de los dos jóvenes. En aquellas condiciones, imposible pasar la noche al raso. Caminaron pues hasta el Vieux Port, por ver si por allí encontraban unos soportales, un rincón bajo el cual cobijarse. Antoine, nada más divisar a lo lejos los herrumbrosos andenes de la estación exclamó satisfecho: 
Allí mismo. Ese no es un mal sitio para pasar la noche.
La verdad es que sí, -respondió Alain
Accedieron al recinto de las naves, una especie de arsenal donde los jóvenes dedujeron que los trenes averiados permanecerían en aquellas vías muertas, olvidados, esperando ser reparados. Al fondo, junto al muro que separa la estación de los altos apartamentos ahumados, estaba también aquella otra hilera arrinconada de vagones en desuso. Para no levantar sospechas, Alain decidió que debían entrar en el último convoy, el más alejado de las dependencias principales. Se quitaron las botas. Extendieron sus cuerpos rendidos sobre las carcomidas tablas del pavimento, colocaron los macutos bajo sus cabezas. Antoine, más resuelto y a la vez confiado, no tenía dificultad en coger el sueño. Por muy adversas y desconocidas que fuesen las condiciones que le rodearan, al momento se dormía como un tronco. A Alain, sin embargo, más fantaseador, aún siendo de carácter tranquilo y comedido, su dormir siempre fue complicado. Le costaba coger el sueño. Más de una hora, estuvo mirando por las ranuras de las tablas del cajón donde estaba tendido. Se entretenía en pensar cosas agradables, por ver si así, relajándose, se quedaba dormido. Ora se veía a sí mismo, como doctor, enrolado en una expedición de ayuda al tercer mundo, ora se imaginaba como miembro de un equipo de investigación tratando en desarrollar una vacuna contra el sida. Y mientras, Alain soñaba despierto, Antoine soñaba dormido haber hallado la fórmula distributiva del Producto Interior Bruto.

De pronto, Alain sintió que el suelo sobre el que estaba tendido, en medio de una algarabía de ruidos chirriantes, comenzaba a desplazarse como una carreta de bueyes por un camino de piedras de rambla. Alarmado traqueteó el cuerpo dormido de Antoine:
Despierta, Antoine, este vagón se mueve. Parece ser que estamos en plena marcha. ¿A dónde nos llevará este trasto?
Antoine con la templanza que a uno le queda, tras ser interrumpido violentamente mientras duerme, le dijo al sobresaltado Alain:
Vaya donde vaya este tren, no te preocupes, de nuestro objetivo no nos apartará. Hacia el mar no creo que se dirija. Así que allá donde nos lleve, más cerca estaremos de nuestro destino.
Han pasado ya más de cuarenta años de esta anécdota. Pues bien, a día de hoy, aquel tren que jugó al despiste con los dos amigos, aún se mueve, como se mueve la tierra alrededor del sol, como sigue moviéndose, a la luz tamizada de los años, aquella vieja-moto de Zaval hacia el jardín de las hespérides o a ese dignus amore locus de Petronio, al que uno siempre va, aunque nunca llegue. Pero, ¿qué más da? En la esperanza está ya la recompensa.