jueves, 13 de marzo de 2025

El desván


 

Te detienes frente al cuadro Muchacha en la ventana. Quieres saber lo que el pintor de los sueños rotos trató de expresar a través de la mirada oculta de esta mujer de espaldas. Tal vez no fuera la playa de Cadaqués lo que la hermana de Dalí viera en aquel momento.

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Mujer asomada al ventanuco del desván. Allá lejos: los montes del puerto de La Cadena. La niebla poco a poco se desvanece, y da paso a formas más cercanas y precisas. Un almendro acampa solo y seco cerca de la rambla. Una hilera de pinos mansos junto al camino de Los Ladrones. Las colinas de la Cordillera Sur se reflejan las unas sobre las otras cual celosas hermanas. Abajo, un gato negro, tendido al resol de la acera, duerme sus inolvidables tropelías de la noche anterior.

De todos los lugares de la casa, el desván es el lugar más tranquilo, acogedor y sin enredos; de ahí tal vez su encanto. Recatada cámara a la que se sube desde la planta baja por siete peldaños de hierro en forma de U empotrados a la pared. El desván huele a sándalo. Sólo una manta en el suelo y dos cojines. No en vano, por etimología, desván viene de vacío, vano, vanidad. Ninguna alusión pictórica o familiar. Sólo un cuenco tibetano sobre una mesita revestida con un pequeño mantel de ganchillo. Un pequeño foco entubado en una pequeña teja de barro adosada a uno de los tabiques de la estancia. Luminosidad carente de borrachos colores que ofusquen y turben la tumbada serenidad de la muchacha. Los únicos tonos: el oscuro de las chapas de caoba que recubren media habitación, el yeso blanco de la otra media, y el ocre marrón del terrazo del suelo. A pesar de la ordinariez y pobreza de este habitáculo, la joven se siente colmada, tanto por lo que esconde en su interior, como por lo que desde la ventana contempla fuera.

Nada más entrar en el desván, un generador de corriente se pone en marcha. La joven viene aquí a cargar pilas, a tenderse al sol que se cuela por la claraboya, (claire-voie), a dejarse penetrar por la voluptuosidad de este rincón. Libre de tensiones y problemas, sin necesidades y ambiciones. El ambiente es un tanto sagrado, dotado de una especie de halo místico. La mujer se descalza, se despoja de sus vestiduras. Se queda casi en cueros. Los gritos y algaradas del polideportivo a dos pasos de su casa no hieren sus oídos. Lo mismo ocurre con los patines de los niños que corretean en la plaza sobre las baldosas ruidosas. Se oyen, pero no molestan. La materialidad de las cosas se percibe de la misma manera que en otro sitio; pero sin connotación conflictiva alguna. Los pocos objetos de esta estancia exhalan paz y bondad. Aquí la muchacha se acomoda como criatura en el útero de su madre, como estrella en la estera zen del universo. Aquí, a solas consigo misma, bebe de la cálida luz del sol. En suculento bocado etílico se alimenta del verde clorofílico del panorama. Su cara en contacto con la tibia melosidad de la brisa que se cuela por el vano de la ventana. El monte, el mar, el calor tibio de un sol sin barreras la abrazan lúbricamente. En este coito vespertino, todo su ser, alma, cuerpo, voluntad y cerebro, se siente amada y amante, una y todo con la naturaleza, los hombres, los animales, la tierra.

El jadeo de su respiración cada vez es más insistente y acelerado. El ondulado allá de la sierra, caricia dulce para su cósmica mirada. La sinuosidad de las nubes, fina piel que envuelve su cuerpo. La transparencia del aire, el vino del sol, el verde del monte son elixir para su joven corazón agitado. Y no sólo es su corazón el que late cada vez más deprisa, es su vientre el que bombea bocanadas de amor en ascuas. Es todo su cuerpo al unísono el que se contrae y se dilata, el que in crescendo bufa suspiros divinos como un buey en medio del mercado. Y no le importa ser penetrada por el dardo dorado del hijo de Venus. El dios cupido entra ahora al desván, y enciende de azules los pliegues calientes de su virginidad vestida.

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Y si tú, agradecido lector, vieras a esta joven asomada a la ventana del desván de su casa, no te darías cuenta de que el almendro que antes ella viera solo y seco junto a la rambla, está ahora lleno de flores blancas, porque las cosas importantes ocurren sin que uno siquiera se de cuenta.



lunes, 10 de marzo de 2025

Sin respuesta de Dios




Su escribir hoy no son letras retóricas, ni versos ni profecías apócrifas, sino sólo cuidar de este niño cantándole una canción: Es tu risa en los ojos / la luz del mundo. Esta mañana de su pluma sólo brota el texto sagrado de una sonrisa, el amanecer de una vida.

Colgado está del rostro de un niño que han dejado a las puertas de su casa. Hoy no hará otra cosa, se olvidará de su mal genio, de las pirañas del Nilo, de los filisteos y de los mercaderes del Reino. Atento sólo a desbrozar las malezas que obstruyan la inocente mirada, la liberadora sonrisa de este diminuto tesoro abandonado por la madratra de una guerra que presagia ser mundial. Descorrerá los visillos que cieguen el correr manso y limpio de las aguas que nacen de su corazón limpio. Espantará las alimañas y las hienas, el rumor de las balas, los aletazos de los gavilanes que acechan, y convertir quieren en llanto y espanto el sonreír divino del amanecer de esta primavera que debiera ser fértil tras las últimas lluvias de marzo. 

Y escuchad bien, jefes de los Estados del mundo, capitanes y falsos adivinos, vosotros que abomináis del juicio, contrariáis a la naturaleza, que pervertís el derecho, y edificáis con sangre riberas y plazas, desolláis la piel del cordero y quebrantáis los huesos de toda la tierra que no es vuestra, sino de todos: No os atreváis a quebrar la flor de este chiquillo menor que un grano de avena, porque entonces no habrá para vosotros respuesta alguna de Dios. (Miqueas, 3)

viernes, 7 de marzo de 2025

Vocación de desdicha

 

Vocación de desdicha

La escritura, más que cualquier principio socrático o manual de auto ayuda, me vale para conocerme. Eso es lo que me decías: A través de la escritura consigo entender a mi enemigo. Conforme plasmo en el papel lo que pienso, mis letras no sólo me desvelan mi propio yo, sino que además me llevan a identificarme con mi mayor adversario. Y me llegaste hasta decir que Dios, en lugar de decir yo soy el verbo, debió decir somos lo que escribimos. Y no parabas de elogiar lo que escribías como el no va más. La escritura me ayuda a ser yo mismo, a entender el mundo, a respetar la naturaleza.

Escribir para ti suponía como un aprendizaje filosófico, un acto de introspección, un momento revelador y místico. Y decías que la palabra, debido a su espontaneidad, era inconsistente. Y rematabas con extrema pedantería tus asertos con una serie de latinajos incomprensibles como verba volant, scripta manent, litterae praevalent verbis. Creías que así dabas más credibilidad, certeza y autoridad a lo que decías.

Por eso cuando me volviste a repetir una vez más que la escritura te ayudaba a vivir, que gracias a ella te sentías vivo, quise convencerte de tu engaño, de que no sólo vivías de la limosna de tus padres, sino que la pobreza también acampaba en tu mente, como un granero vacío en tiempos de sequía.

Pero entendí, por el poco valor que mostrabas por las palabras, que yo jamás te convencería de lo contrario. No me quedó más remedio que hacerte llegar por escrito lo que yo pensaba. Pero sabiendo de la poca fiabilidad que en mí depositabas, me limité tan sólo a transcribirte una frase de Margaritte Duras: la escritura es una vocación de desdicha.


miércoles, 5 de marzo de 2025

De acampada



Vacaciones. Lleváis acampados una semana. Esta mañana madrugáis más que el sol. Se acabaron las provisiones. Necesitáis huevos frescos, algo de companaje, embutidos, frutos secos... En excursión amena, por una senda perdicera, monte arriba, vais al Collado Tornero: un grupo de catorce casas apuñadas en lo alto de una roca. Todas ellas con su cortina de trapo en la puerta. A este lugar sólo tienen acceso el ganado y las mulas o alguien como vosotros, amigos de la naturaleza. Troncos de madera bien apilados a la entrada de estas humildes casucas, en invierno incomunicadas por la nieve.

Una viejecita desdentada con un pañuelo negro en la cabeza y ademanes de niña buena os recibe hospitalaria. El abuelo, sentado en el poyo de la puerta, no sabemos si aburrido por su vejez, o tal vez orgulloso rumiando su anterior ajetreada vida de segador por los campos de la Mancha. Sus caras transpiran tranquilidad y un acomplamiento acompasado con el ritmo natural del apacible entorno. El tiempo aquí no tiene prisa, ni anda de dos en dos sumando horas a todo trapo como allá en la ciudad de vuestros trajines y tareas. Os invitan a sentaros. Uno de vuestros hijos lleva en sus manos un muñeco de ETE. La viejita del pañuelo al ver al pequeño extraterrestre suspira de miedo: ¡Jesús, qué bicho! Delante de donde estáis se extiende un pequeño bancal de pimientos. En medio brotan pequeñas matas de tabaco. Todo aquí tiene su razón de ser. El abuelo comenta: ¡Ea, gracias a esta matas de tabaco los pimientos no se estropean! Después de pagarles la docena de huevos y los garbanzos os regalan un par de cebollas y un calabacín como un melón de grande. La abuela dice que guradéis los chícharos en un tarro con una cabeza de ajo dentro para que no se echen a perder.

De vuelta hacéis un descanso para contemplar desde lo alto todo el valle del Vado. Por los cerros de enfrente escucháis los cantares de los mozos que andan atareados transportando troncos con sus caballerías río abajo. Vuestro hijo pequeño, siete años, se las apaña para coger de la cola una lagartija. El otro de nueve, se refresca la cabeza bajo el caño del agua que se abre paso entre las piedras madre.

A la noche, sentados junto a la tienda de campaña contempláis el cielo ataviado con sus joyas más resplandecientes: la luna juega alegre a la comba con Venus, las estrellas saltan de chopo en chopo, jovenzuelas, se miran unas a otras con sonrisa dulce y sosegada. Tocan con sus zapatillas de ballet las puntas de los árboles. Melodías gratificantes al tintineo de las hojas desprenden tenues gotas de agua de la suave lluvia caída durante la tarde. Los hijos y su madre se metieron a la casita de tela a dormir. La excursión de la mañana los rindió antes de la cuenta.

Tú permaneces fuera, seducido por un corro de estrellas alrededor de la luna. Se te va el tiempo soñando porvenires y venturas. Montado en el carro de la Osa Mayor buscas senderos para llegar al jardín de las Anémonas, allá donde Adonis anda en amores con Afrodita. Faltará una media hora para salir el sol. El alba tenue y la suave brisa, el lejano rebullir de los animales, (cerdos, pájaros, gallos, cabras, conejos, gatos...) se desperezan, se alegran de encontrarse un día más con el rayar de la alborada. De no ser un poco cohibido y timorato hubieses corrido tras las estrellas a la caza de los sueños de la luna por los Campos Elíseos de la Vía Láctea. Pero prefieres entrar dentro de la tienda con los tuyos y tu mujer. Mejor una paloma y dos gorriones en la mano, que cientos de Venus volando.

domingo, 2 de marzo de 2025

La tumba del tiempo


Hace ya cinco años. Un accidente laboral partió en dos el volante de mi cuerpo. Estaba yo soldando aquella maldita viga de hierro que aguantaba la cubierta de un almacén del polígono norte, cuando mi pie derecho resbaló. Caí al suelo desde una altura de cuatro metros. Mi frente vino a dar contra el borde de un tablón. Y asi fue como la corteza motora de mi cerebro quedó rota para siempre. Mis pies dejaron de recibir las órdenes que desde mi cabeza yo les enviaba para que se pusieran en movimiento. El médico fue muy descriptivo:
Nos hemos cargado la dirección. El volante de su cuerpo ha quedado aplastado como una manguera de riego por el peso de un tractor. A partir de ahora necesitará usted una silla de ruedas.
Desde entonces, mis manos fueron mis pies. Y gracias a ellas movía yo el carro de ruedas, mis extremidades inferiores. Un hombre a un sillón pegado. Veintinueve años. Era joven. Me sobrepuse, superé aquel mal trago. Me jubilaron por incapacidad. Empecé a cobrar una pequeña pensión que me permitía llegar a final de mes. Mi agarrotamiento muscular me impedía desplazarme por las dependencias de un cuarto piso donde yo por aquel entonces vivía. Tuve que mudarme a una vivienda en planta baja. Entre escollos y mareas me desenvolvía como hábil práctico de barco. Y en mi silla-móvil iba desde el baño a la cocina, desde el patio al dormitorio, nunca mejor dicho, como Pedro por su casa.

Todo transcurría con normalidad, (entre comillas), hasta que otro accidente me golpeó de nuevo. Acababa de llegar a casa. Eran las siete de la tarde. A las cinco había salido al bar de la esquina. Tenía por costumbre jugar allí al dominó con unos pensionistas. De regreso pasé por el Mercadona, me coge al paso, compré una barra de pan, algo de fruta y unos tarros de guisos precocinados. Todo transcurría, nunca mejor dicho, sobre ruedas; pero no es bueno cantar victoria antes de tiempo. Al ir a coger la canasta del pan, debido al impulso de mi cuerpo, y no tener echado el freno a las ruedas, el carro se volcó hacia el lado opuesto. Silla y yo nos venimos al suelo. Arrugué hasta las córneas de los ojos tratando de alargar un palmo mis manos y hacerme con la silla de ruedas. Imposible. El móvil, que siempre acostumbro a llevar en uno de los bolsillos laterales del carro, también salió despedido. No pude pues llamar a Puri, mi vecina la del primero, para que me echara una mano.

El accidente en sí, desde el punto de vista físico no fue lo peor. Lo más preocupante fue el sentir mi inutilidad, la pobreza de verme tendido en el suelo sin poder levantarme. Por aquel tiempo acababa yo de ver ver Buried, esa película en la que Ryan Reynolds se despierta enterrado en un ataúd. Y no sé lo que es peor, si estar encerrado a oscuras en un cajón de madera, que el puñado de horas que estuve recluido en la cocina de mi casa sin que nadie pudiera socorrerme. Claro que grité y grité. Pedí ayuda con todas mis fuerzas. El día antes la Puri me dijo que se iba unos días a casa de su madre. Mis voces por muy fuertes que sonaran no traspasaban el ruido de los frigoríficos de la pescadería de enfrente de nuestro edificio. Cada cierto tiempo demandaba yo ayuda a cajas destempladas. Nada me comunicaba con nada.

Sólo el reloj de mi muñeca me mantenía unido al tiempo, ese tiempo me hacía seguir vivo. El susto alteró también mi estómago. Las tres horas primeras de mi postergamiento contuve a raya los esfínteres de mis intestinos. Luego, no aguantando más, me dije que le den por saco, me oriné encima. El café de la tarde también descompuso mi cuerpo, me hice de vientre. Se hizo de noche. Yo miraba el reloj. Las horas pasaban, y la esperanza de que alguien me echara una mano se desvanecía por completo. Dicen que la mierda de uno no huele, ¡mentira cochina! Yo echaba ascos y pestes por todos los poros de mi alma.

El legañoso clarear del alba me sorprendió postrado entre las heces y la orina de mi soledad emponzoñada. Hasta ahora, la silla de ruedas había sido mi bastón, mi camino, mi compañera, pero ¡cuán equivocado estaba! La silla de rueda a dos pasos de mí me negaba su compañía. Me sentí completamente solo y abandonado. Si hubiese podido le hubiese escupido a la cara como se hace con el peor de los amigos que se resiste a prestarte ayuda. Miré de nuevo el reloj, mi único consuelo. Tuve que limpiar con mi barbilla la esfera de excrementos untada. Era la hora del dominó con los amigos pensionistas. Habían transcurrido 24 horas desde mi caída. Y yo aún andaba metido y pintado en cuadro tan abyecto como indigno.

Los amigos de la partida del bar me echaron en falta. Después de no encontrar pareja para la partida, vinieron a casa a buscarme. Pero en lugar de llevarme con ellos al bar, me trajeron a este hospital. El doctor que me asiste no las tiene todas consigo. Me dice que, más allá de tener roto el volante cerebral de mi cuerpo, lo que le preocupa ahora es el estado de mi hipotálamo. El escáner refleja una lesión en la zona que regula los ritmos biológicos, así como la sensación del tiempo y la percepción del día y de la noche. Yo al escuchar al médico en seguida me puse en guardia. Y lo primero que se me ocurrió fue mirar el reloj que aún conservo en mi muñeca. Las enfermeras insistieron en que me lo quitara. Me resistí: 
¡Ni hablar! Puede que la silla de rueda me haya abandonado, pero no permitiré que el reloj me deje solo ni un segundo. Y es más, si algo me pasara, les pido por favor que coloquen este reloj en marcha al pie de mi tumba. Quisiera escuchar su tic tac por toda la eternidad.