martes, 18 de mayo de 2010

Política poética




Quebrado como una rama después de la tormenta estaba el pensionista, entre la realidad más doliente de la política vergonzosa y pesimista de los últimos días y el idealismo de la poética de siempre.

Y se animaba con Miguel Hernández:
Pintada, no vacía: pintada está mi casa del color de las grandes pasiones y desgracias
¿Acaso no es la vida -se decía sumiso el jubilado- ese cable tenso en mi cabeza que se rompe entre el polo positivo, vitalicio de la sociedad del bienestar, y el otro extremo, el negativo, el positivismo anegado de frustraciones y promesas incumplidas? La vida es una ironía, una mentira. Un manzano con flores muy bonitas que nunca darán fruto.

Y siente el pobre hombre un calambrazo en sus haberes congelados, y se le ha metido entre ceja y ceja un cuerno ardiente, ese clavo del capital que nunca pierde, y que dobla a Zapatero, a Obama, y al mismísimo sursum corda que se tercie.

Cuando el fiel marque el justo centro entre la balanza de la realidad y el deseo, la poesía y la política, lo prometido y lo cumplido, lo que somos y lo que decimos, entonces ese día, como decía Camus en L`envers et l`endroit, podremos construir la obra que soñamos.

Y terminó el jubilado de leer la Canción última del hombre que acecha:
Dejadme la esperanza
Pero para entonces al árbol de la esperanza cansado de esperar se le secó la savia.



Imagen: Mihály Munkacsy. Milton, ciego dicta a su hija "El Paraíso perdido"

lunes, 17 de mayo de 2010

Gotas como panes de piedra

Llevamos ya varias tardes con la misma tristeza reconfortante, inconstante y sincera. Las mismas nubes descarriadas con sus espirales que surgen y se levantan marrones, blancas y grises, de improviso, unas sobre otras, trepadoras. Y unas gotas como panes de piedra se oyen en el tejado como cucarachas aplastadas. Las persianas de la casa repican su miedo al viento inesperado que surge a ráfagas entre la discordia y la calma.

De pronto una de estas ventoleras vuelca la maceta de áloe que preside la entrada. La lluvia entre compases de espera estalla intermitente, inestable y fuerte sobre las lenguas verdes de la planta que ahora muerde puntillosa la tierra. Antes se elevaba agradecida hacia un cielo que ahora no sabe llover como Dios manda; pero sí tirar contra el suelo las ínfulas provocadoras del engreísmo vegetal y humano que se rebela contra la inconstancia climática y social, superficial y vertiginosa de una lluvia fugaz, furiosa e indivina, que más que regar la tierra, la vapulea y la agrieta traicionera.

Y el sol aparece y desaparece. Tampoco sabe comportarse. Está nervioso. Lo mismo luce con fuerza, que se oscurece de pronto. Entre tanto cambio puñetero yo no sé a qué atenerme, si reír o llorar, o quedarme indiferente ante el fatalismo indeciso y voluble de un tiempo desapacible.

jueves, 13 de mayo de 2010

Paraísos perdidos

"... los únicos paraísos son los que hemos perdido..."
Albert Camus


Cuando te fuiste te busqué en ti misma, en el fondo del río, en el monte, en el armario donde aún guardo un tallo verde de tu pelo negro. Y sólo pude hallarte en el paraíso perdido de tu recuerdo eterno.

Tu recuerdo, la única propiedad que conservo en estado puro. "The breath of eternity on your lips". Los días, la primavera, la niñez y las sombras alargadas de la tarde se fueron contigo "¡Juventud nunca vivida / quién te volverá a soñar!" (Machado). Se evaporó la lluvia aquella de nuestra juventud agazapada bajo el tablado de la música. Y tu olor, y el parpadeo de tus labios en mis orejas, retozonas como gorriones en celo, también se fueron. Y tu amor, mi paraíso.

Mis dedos, a pesar de llevarte también el piano de tu carne, el respirar de las flores y las partituras del lenguaje de los pájaros, aún conservan intacta la memoria de tu melodía. Y mis manos aún teclean en el aire la canción de Springsteen. Your smell lingers in the air. Cuanto más viejas y asermentadas son las falanges de mis articulaciones quebradas por los años sin días, sin luna, más real y vivo es el recuerdo de tu piel y tu caricia sobre mi nuca doblada y coja.

Si me dieran a elegir entre tu recuerdo eterno y aquella sensación caliente, (ahora distante y fría), de mi dedos en tus hendiduras sagradas, escogería el recuerdo que guardo intacto de aquel tu quejido infinito que rompió el tímpano del placer de mis sentidos.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Westfalia

¿Es posible la victoria sin la rivalidad de dos enemigos que la alimentan con insidias, dolor y afrentas? ¡Por consenso!

La historia le habló de treguas, amnistías, tratados como el de Westfalia, aquel que diera fin a la guerra de los ochenta años. Y se empeñó en pactos y componendas.

Hoy sólo recuerda las heridas que lleva sobre sobre su cuerpo humillado. Nunca entendió a los que le decían te perdono pero no te olvido. Nadie es amigo de contiendas. Él tampoco. Y puso su ponderación, su palabra, la única arma en la que creía, sobre la Mesa. Pero salió trasquilado, con más enemigos que antes de firmar el final de la batalla. Una palabra lleva a la otra y también a su contraria. Y se enzarzaron perdido el juicio las dos palabras.
Mi palabra contra la tuya.
Y de nuevo la pelea. Ortodoxia y Cristiandad contra Reforma y Modernidad. La presunción de los vencedores, su marcialidad, la arrogancia; la aniquilación de los vencidos. Otros treinta años de guerra.

En este mundo de dualidades y confrontaciones sustanciales declararse pacifista, suscribir un armisticio, tal vez sea una negación, un pecado, por llamar de algún modo a la tenaza que atiza el fuego con un apretón de manos. ¿O acaso fue su cobardía, su amarillismo el que le que le obligara a firmar aquel tratado puritano, más cercano a la hipocresía y a la insensatez, que a la naturaleza propia de las cosas?

lunes, 10 de mayo de 2010

Caracolea el agua

El hombre no encuentra fanal alguno con el que encender su cuerpo apagado. Hoy sale casi al alba a regar la huerta. Entre las ortigas de su indiferencia la acequia revolotea malhumorada cantos de sed y pena. Los naranjos lloran cuando los besa el agua. Las bombillas de las berenjenas no azulean sus ojos tristes. Hoy a este hombre le recome el fruto de una palabra, el rencor de la acequia. No siente ganas de ver como caracolea el agua. El viento le hace cosquillas en el sobaco a las cañas, pero sus jopos alicaídos no sonríen al aire que se espanta de su rigidez desagradecida. Desde sus pies anegados los ecos de la trifulca de anoche con su mujer le recomen hasta los cojones del alma. El agua no quiere bañar su herida.

El hombre ve a los pájaros en el brazal y los confunde con los erizos y las ratas. Las plumas de ayer esta mañana no reverberan el arco iris cuando levantan su vuelo. No es oro el amarillo de la flor de la calabaza que trepa por la voluptuosa nuca de la morera. Robín es la color en su mugrienta mirada. Hoy el rosal, la palmera y la buganvilla le pinchan como el estoque en la cerviz de un toro. Todas las habitaciones de su casa están a oscuras. Hasta el azahar y el orégano le pinchan su corazón negro.

La mujer sale al encuentro del hombre que vuelve cansado de regar la huerta. Si el hombre tuviera valor para mirarla de frente, vería como la mujer contempla sus manos grandes y rudas, lino para su cara, caricia para su vientre. Si el hombre tuviera valor para mirarle a la cara, vería que sus ojos de hembra se van detrás de su cuerpo entero, vería como sus senos de plata se enredan en su corazón de piedra.

Con cara de oración sincera le dice la mujer al hombre:
“¿Qué fue lo que nos hizo discutir anoche?
El hombre se quita el sombrero de paja, se limpia el sudor de afrentas y broncas de su frente culpable y cansada, y suplicante le contesta a la mujer:
“No me acuerdo, corazón, cualquier cosa que no me importe más que nuestra reconciliación redimida”.