viernes, 3 de febrero de 2012

Gabán de coca



¡Ay, chavalote, si yo te contara: toda una odisea! -me dijo Félix el madero.

De don José Cortés yo apenas sabía nada. Lo poco que hoy conozco de sus andanzas lo sé por Félix, el funcionario del pabellón 3, donde ahora paso mis días a la sombra. Con lo que este baranda me cuenta bastaría para llenar los toneles de tinta de los archivos de la Dirección General de Seguridad. Y lo que son las cosas: de este tío de guante blanco, allí, ni un papel, ni rastro. Y mi menda: entre barrotes empapelado hasta las cejas.

La vida de don José, como la tuya y la mía, como la de cualquiera de los que nos pudrimos aquí, tiene la virtud y la enjundia de poder erigirse en leyenda. Con sólo una diferencia: mientras nuestra existencia no se concretará en nada, ni siquiera en memoria de trullo, la de don José se convertirá en historia para la ciudadanía. El día de mañana nuestros tataranietos podrán ver en la sala de Juntas del Banco su cara enjuta en óleo pintada, su ceño astuto, su nariz de águila, su prócer papada de berenjena estriada, su cabeza de alcancía junto a los cuadros de los demás presidentes que regirán las finanzas del País de Las Zacatolias.

Don José Cortés apenas me miró a los ojos durante los años que fuimos por casualidad vecinos, allá en el pueblo. Su rostro siempre fue esquivo; no sólo conmigo, sino hasta con el lucero del alba. Tan sólo se entretenía con quien podía sacarle las entrañas. La opacidad de sus sentimientos, su reserva, rallaba en el misterio. Las razones mudas de sus actos olían siempre a reivindicación y reyerta, instrumentalización y revancha. Sus maquinaciones derrotaban siempre al adversario. Sus competidores, descolocados y confundidos, no sabían con que armas rebatir al futuro banquero.

Don José fue un murciélago de la economía. Se inició con el estraperlo de tabacos. Luego vendrían los préstamos de la administración central sin interés alguno, evasiones, venta de armas, blanqueos, fugas de capital y falsos avales firmados en la noche confidencial de las finanzas globalizadas y oscuras. Don José, con tan sólo treinta años, llegaría a ser el primer Presidente del Banco de Las Zacatolias.

Y esa oscuridad no desvelada (la que me subyugaba cada vez que con él me cruzaba), fue precisamente la que me metió en la trena.

No entendí aquel verso de Cavafis llevarás por doquier a cuesta tu ciudad, hasta que tras varios años sin saber nada don José Cortés, a dos mil kilómetros de distancia de nuestro pueblo, me lo encontré en la cafetería del aeropuerto de Tocumen.

Siempre tuve por norma no intimar mucho con quienes al hablar no te miran directamente a los ojos. Repito, esta extrañeza y esquivez de algunos, en vez de espantarme, siempre me atrajo. Y esa mañana yo sí estuve allí, en el lugar equivocado. Y me detuve con don José Cortés el tiempo justo para caer atrapado como una rata en el cebo de sus manos viscosas.
Con el frío que corre, un poco desarropado te veo. Ponte este abrigo. Luego allí en Las Zacatolias, me lo devuelves.
Y cogí rápido el vuelo que me llevaría hasta la cárcel. ¿Mi delito? Aceptar un gabán confeccionado con coca diluida.

Luego en la comisaría, cuando el inspector introdujo el abrigo en un barreño de agua y vi los cuatro kilos de droga emanar de la pana como albinos termes cremosos, comprendí mi arresto.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Luna cascabelera



Siempre ansioso tras lo oculto, lo lejano, lo desconocido. Tal vez en otro tiempo te dieran el cromo aquel que hoy te falta para completar el álbum de tus peces de colores. Y de ahí ese afán loco de buscar por todas partes lo que perdiste, la manzana de oro que aquel ofidio te robó en el jardín de las promesas rotas.

Recuerdas ahora el viaje para recuperar la llave perdida de los siete cofres de los altillos del cielo. Hasta la otra cara de la luna llegaste, a su lado oscuro. Y dijiste:
Lo escondido, sólo escondiéndome, podré hallarlo.
Y te perdiste en la Luna. Estuviste en las mismas faldas del monte Haemus, muy cerca del mar de la Serenidad. Fuiste allá para saciarte con el fulgor de su boreal aurora, para beber la luz de sus senos transparentes, para embriagarte con la música de sus sirenas, y sumergir tu cuerpo desnudo en el río de sus poemas infinitos.

Pero la Luna se te rompió en mil pedazos, como aquella pecera, cristalina y reluciente, cuando de niño quisiste llenarla de estrellas. Nada de Parnaso, ni del canto cósmico del que habla Ernesto Cardenal. Ni música estelar tras el fondo sonoro del universo. Ni claridad lunar. Ni alas de plata agitando tu corazón enamorado. Nada de poesía. Sólo cráteres apagados, montañas de arena fría.

Creíste en la Luna como testigo y confidente, cómplice y garante de las declaraciones de amor que le hiciste. Y viste que la Luna no levantó las llamas de tu pasión, no hizo aullar al perro de tu carne hambrienta. No fructificó el grano de tu siembra.

Por eso hoy, tras esta desilusión lunar no te cansas de decir a la mujer de tus sueños:
Te odio tanto como te amo.

sábado, 28 de enero de 2012

Tiempo y eternidad


La lectura, como El Dorado, es el lugar mítico de mis pesquisas. Y como aquellos antiguos exploradores en busca del oro, yo me dirijo al río mágico de las palabras, por ver si encuentro el término apropiado que defina de una vez lo que desde que nací voy buscando, el sagrado talismán que me libre de mi contingencia.

Por eso cuando Javier me invitó a la Tertulia, y me dijo llévate el libro que estés leyendo, pensé que allí se iba hablar de ese deseo infinito de querer hallar a través de la lectura respuesta a los interrogantes clásicos. No lo dudé. Y cual otro Marlow, (el marinero de El corazón de las tinieblas a la caza del marfil), me puse en camino hacia el Casino de Molina.
La Tertulia de los jueves tiene ese viejo sabor entre ilustrado y liberal de los ateneos de antaño. Y en los contertulios yo noto ese aire, entre desinteresado y afanado de quienes tienen la mente abierta, el oído atento y la modesta actitud de querer enriquecerse con el saber del otro.

La conversación, fluye como el agua, libre y caprichosa, afortunada o con desatino, según sea el tiempo, el cauce o los ánimos de los participantes. Y lo que pareciera ser banal por celebrarse en el Casino, sociedad eminentemente recreativa, se convierte a veces en esencial. Que el hábito no hace al monje, como tampoco las verdades son credos o mentiras, ya se digan en el púlpito o en un lupanar.
El sabueso de los Baskerville de Conan Doyle era el libro que en ese momento yo tenía a medio leer. Y con Sherlock Holmes como compañero me presenté en la Tertulia.

La reunión ya había empezado. Tiempo y eternidad de A. K. Coomaraswamy era el libro que estaban comentando. Y en las caras de los presentes vi, en unos escepticismo, y en otros, credulidad. El tema por su complejidad y abstracción daba para eso y mucho más. Si el tiempo y la eternidad son antónimos, y la vida es tiempo, ¿qué será entonces la eternidad? ¿Cabe la eternidad en el instante? ¿Es la eternidad una especulación, y el tiempo la única realidad perceptible para nosotros?

Yo puse cara de no querer saber si muerte e inmortalidad eran lo mismo, o si el tiempo era el ladrón de la eternidad, o viceversa. Y me acordé del niño que una vez me dijo casi llorando en la escuela que él no quería ir al cielo como su abuelo que acababa de fallecer. Lo que en realidad quiso decirme el niño es que él no se quería morir.

El debate derivó en la fe, en el deseo generalizado de perpetuarnos en el tiempo. Cada uno de los que estábamos en la Tertulia no nos poníamos de acuerdo en la manera de hincar el diente a ingrediente tan duro a nuestra mollera. Yo viendo nuestra impotencia para resolver tal peliagudo enigma, me acordé del detective que llevaba en el bolsillo, aquel que dijo una vez que no hay nada más engañoso que un hecho obvio. Saqué de mi macuto el libro de Doyle, lo puse en la mesa para que todos lo vieran. Y luego medio en broma y medio en serio pregunté a los contertulios cual el inocente niño de mis años de escuela:
¿Y por qué no contratamos al protagonista de este libro, al héroe Sherlock Holmes que solucionó casos aparentemente imposibles, para resolver este problema de la eternidad y el tiempo?

jueves, 26 de enero de 2012

La culpa fue del espejo





La culpa la tuvo aquella luna empotrada en la portería de la casa de Cristina. Allí estaba el espejo rectangular y cristalino con sus manos abiertas en la pared, enclavado como un cristo mítico frente a las puertas del ascensor de la gloria. Yo sin darme cuenta, en lugar de entrar al ascensor, traspasé confundido su virtual abertura reflejada en la luna, un iluminado plano de blancura intensa parecido a esa puerta de cuarterones del cuadro de las Meninas en cuyo translúcido vano encontramos a un caballero de capa negra.

Ella me había llamado por teléfono dos horas antes pidiendo ayuda. Le dije que no tardaría. Un ataque de ansiedad y las dudas por separarse de su marido reclamaban mi presencia. Y camino de su casa maquinaba mi estrategia, diré mas bien, comportamiento.

Que se desahogue, la escucharé, seré su colchón, amortiguaré el golpe de su bajón amoroso. No es necesario hacer el amor con una mujer para librarla de su pena. Bastará charlar un rato con ella.
Aunque sinceramente, como sé que nadie va a leer este relato, no tengo reparos en confesar que, si por casualidad se daba la ocasión de acostarme con Cristina para que sus nervios se calmaran, pues santas pascuas, que a nadie le amarga un dulce.

Cristina vivía en el primero derecha. La ventana del salón daba a una plaza amplia y soleada, resguardada al tráfico y lejos del tumulto de los transeúntes de una ciudad rampante y peregrina. Yo ya había estado antes en su casa en un par de ocasiones: aquella vez que la operaron del menisco, y otra con motivo de su cumpleaños en la que nos invitó a un trozo de tarta a unos cuantos compañeros del trabajo.

Pero al llegar a la portería, aquel maldito espejo me deslumbró de manera que fui engullido por su resplandor como una inocente palomilla. Yo no sé a donde el caballero del cuadro de Velázquez llegaría, tras subir o bajar aquellas escaleras del fondo del lienzo, tras ser pintado por el artista. Lo que sí sé es donde yo vine a caer, tras atravesar equivocado aquel espejo del recibidor de la casa de Cristina. Absorbido materialmente por la atracción centrípeta de la luna de cristal, me vi de pronto tendido en un cuarto oscuro de paredes de estaño. Y fue tan fuerte y veloz mi especular caída que escuché como el estruendo de un avión al chocar contra la barrera del sonido: una sarta de mandobles sobre mi cuerpo magullado en el suelo de un sueño de quimeras hecho añicos. Y delante de mí: la furia desencadenada de un hombre disfrazado de espejo, encabritado y celoso, el marido de Cristina, o al mismísimo mayordomo del palacio don José Nieto Velázquez, que no paraban de apalearme con sus palabras de plasma y espuma en medio de un puñado de cristales rotos.

lunes, 23 de enero de 2012

El poder del ahora (III)



No debería importarme estar equivocado porque la verdad del otro o mi mentira en nada afectan a mi esencial identidad. Seguiré siendo el mismo, aunque estemos mi enemigo y yo, los dos, en la ignorancia acomodados. Y este estar por encima de cualquier conocimiento, aún estando hasta el cuello en la misma falsedad metido ¿acaso no sería un desacato a la inteligencia?

Elevar a los altares el placer que proporciona ser idiota, estar de la ciencia al margen, desconectado de la sintonía histórica, alejado del compromiso solidario y colectivo, sería como darle la espalda a un amigo que a punto está de caerse al precipicio.

Tampoco podría admitir que el dolor es el único combustible que hace arder la llama de la conciencia. Es cierto que Oscar Wilde, de no haber sufrido las mordeduras de la cárcel, de su pluma no hubiese salido su famoso De profundis; pero de ahí a decir que el sufrimiento es la fuente de la clarividencia... ¿Y por qué no decir al contrario, como Dante: l'amor che move il Sole e l'altre stelle?

Por más que quisiera, no puedo dejar de ser tierra, cultura, lenguaje, y circunstancia. Soy hijo de la memoria, de la utopía y de la historia. Y en cuanto a que la espera reduce la calidad de vida, ¿la vida acaso no es otra cosa que esperar la muerte? Vivo sin vivir en mi / y de tal manera espero / que muero porque no muero. (Teresa de Ávila).

Y en esa dulce, y sobre todo larga espera, encontrar el goce.

No debería ser el secreto de la vida morir antes de morir. Eso sería morir dos veces. Con una, ya tengo bastante. Prefiero al igual que el poeta, que me mueran.

Y luego una vez muerto, como dice César Vallejo, que vengan todos los hombres de la tierra, rodeen mi cadáver y exclamen: ¡Vuelve a la vida, hermano, te amamos tanto! Entonces yo me incorporaría lentamente, y emocionado echaría a andar. Masa.

P. D. La ironía y acidez que puedan desprenderse de estas ideas-sentimientos, (arriba expresados), no tienen nada que ver con el acierto o desacierto de Tolle. Son más bien fruto de mi desasosiego por alcanzar el bien y la paz. Precisamente eso era lo que mi amigo me deseó al enviarme El_Poder_del_Ahora.