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Juan Martín Serrano
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viernes 27 de noviembre de 2009

Por detrás



Hoy sigo el consejo del analista:

"Escribe lo que ves y cuenta sin reprimirte lo que sientes. Como la defecación la escritura es un alivio."
Si me miro de cara, el espejo me da la espalda. Y el trasero debo mostrar al cristal para verme de frente. ¡Y dale con la burra al trigo! Y así hasta siete veces mareado, sin conseguir que el espejo me devuelva el perfil que quiero.

Este vidrio es un prodigio, tiene ojos en la nuca: si me enfoca por detrás, me refleja por delante, como un sexador de pollos, o como el juez que para pillar al que robó el fuego olímpico pregunta a Dios por los clavos perdidos de Cristo, o como la luna misma que sabe si está preñada sin mirar al nomon del sol dormido.

Y el analista al leer mi desesperado escrito, me calma:

"No te calientes la cabeza: hay quienes con ver mis manos saben los hijos que tengo o qué almorcé esta mañana. No busques las cuatro patas al espejo, (que si sombras, incosciencia, hipocresías), que el espejo además de tetraplégico, convexo y plano, es sobre todo eso: un rematado salido que busca metértela por el ano, o como dijo Maradona: que le den al jodido".

jueves 26 de noviembre de 2009

Espantajo


Si quieres dar a conocer tu nombre, un exabrupto, la mejor presentación. Si quieres que hablen de ti, habla tu mal de ellos. La rueda del mundo de tanto girar hacía la luz se olvidó del sur. Por cierto el orgasmo de las tinieblas es el mediodía. Y el insecto no busca el destello. La sombra es quien lo encandila. Contracorriente es el rumbo; la extravagancia, la norma; y la metáfora, una insidia.

El poeta tenía los ojos cóncavos. Todo lo que miraba distorsionado veía. La simetría rota en formas desproporcionadas, figuras alargadas, contrahechas, rechonchas, grotescas, estrafalarias. El antihéroe es la estrella. Los dioses llevan rabos y cuernos, y una cabeza de ajos debajo de la corona. Las hojas del laurel se la comió el burro de Goya. Lo absurdo se viste de gala, y engatusa al estilista con estilete prosaico que debe escribir mordaz, ofender y provocar si quiere que los demás le oigan.

Lo natural no es belleza. Harto está el poeta de los colores básicos y busca en la alcantarilla de su universo la sombra tergiversada con artificioso verbo. Ya no canta la bondad de los amores. Escandaliza, provoca y atrapa con acromática afasia el estaño de las aguas. El cloruro son sus versos ácidos; los madrigales de su música, arañazos; y el azul de su palabra, una argolla al cuello de una botella ahogada de ron en el vikipedia.

Es más famoso quien mata con una ballesta a su padre que la hija de la vecina que lleva lustros al cuidado de su madre inválida. Lo poético es escribir pohesía con hache muda, ser alcohólico, espantajo, pastillero, un bukowski, mujeriego y cascarrabias; caricaturizar es el método, la ironía. Despotricar (de potro) contra la corrupción para esconder la vileza, y firmar con mis heces este blog para que el lector se espante y así hasta mañana que vuelva a leerme.

miércoles 25 de noviembre de 2009

Erase una vez



Erase una vez un país donde corrían tiempos de ilusión y primavera. Todos los sueños tenidos en los confines de este prodigioso lugar se cumplían al momento. Bastaba con que cualquiera de sus habitantes tuviera un sueño para que al instante deseo y realidad, como la claridad y el día, fuesen una misma cosa.

Si alguien soñaba con el agua, al momento una fuente cristalina nacía bajo sus pies, saciaba su sed, llenaba el cauce de los ríos, lubrificaba la piel de las ranas, alimentaba peces y plantas, movía ruedas de molino y pintaba de verde la campiña.

Si alguien soñaba con el aire, al instante una gran bocanada de azul transparente limpiaba sus pulmones, daba alas a los pájaros, izaba cometas y birlochas, conducía por rutas de corales a veleros de surco abierto, transmitía músicas, polinizaba el huerto y llenaba con forma de caballo alado el globo de aquel niño de la plaza.

Si alguien soñaba con el fuego, de repente el frío, las escarchas y el invierno, los temores, el temblor y las culebras, despavoridos todos, con el rabo entre las patas, se alejaban tras el cerro de los riscos, los quebrantos.

Si alguien soñaba con el barro, con la arena, por sorpresa de su vientre brotaba el trigo, los tomates, la canela, el adobe, los hijos y las horas, el hogar y la bahía.

Hasta que llegó el fatídico día en que un sueño rebelde se negó a ser estrella.

Y fue entonces que la tierra dejó de dar vueltas alrededor del sol.

Quien esto les cuenta bien sabe lo que dice. Soy un asteroides inerte y apagado en medio de la noche, calcinado.

martes 24 de noviembre de 2009

Sentido


Desde el día en que supe que tras una ilusión se esconde un revés, los sueños se me atragantaron. Ya no sueño con historias, imágenes ni amaneceres místicos. Sólo de vez en cuando sueño con letras perdidas, inconexas que durante el día me afano en construir una palabra decente con ellas.

Que hago yo, solo en el campo,
que hago yo solo en el campo,
Yo no enamoro ni canto,
yo no canto ni enamoro
(1)

Anoche soñé con la ese, la e, la ene.... Siete letras. La irracionalidad del sueño me impidió unir todas las grafías que dieran texto y significado al vacío, a la hora cero, al otoño nublado, a la tristeza del árbol, al llanto de un puente ahogado de letras.

"¿Cual sería esa palabra de la cual yo era una sílaba"? (2)
Nada más despertar, antes de que las letras se escaparan, o ellas (mejor dicho) me olvidaran, las guardé en la caja de los ansiolíticos para que luego en el mar de ojos de la noche de los siete candelabros apagados combatir el insomnio de las sombras sin sentido.



(1) El cantar tiene sentido. Amancio Prada
(2) Arenas movedizas. Octavio Paz

lunes 23 de noviembre de 2009

Sólo fue un sueño


Ayer mismo terminé de leer "Las manos cortadas" de Luisgé Martín. Y esta noche ya he soñado que iba en el taxi de Osvaldo. Viajábamos al Parque Nacional Rapa Nui. Osvaldo quería sorprenderme con los Moáis, las legendarias estatuas que pueblan la isla ancestral y misteriosa de Pascua.

Pero aquella ilusión de otras veces: visitar ciudades, un idioma extranjero, otras costumbres, ser sorprendido por la originalidad de un paisaje, otras miradas, colores jamás vislumbrados, había desaparecido. La belleza no existe sino emborronada con la maldad innata. Y el revolucionario más honrado es al mismo tiempo un déspota marido, maltratador infiel. Y así los hay piratas con corazón de oro, y capitalistas generosos, devotos de la justicia social y al mismo tiempo avariciosos.

Los sueños son para transgredir la realidad, sobre todo cuando la realidad es insoportable y no deseada. Soñar al fin y al cabo es optar por otra vida mejor que la que nos tocó vivir. Pero cuando sabes que soñar sólo es un sueño, el sueño es aburrido, además de mentiroso.

Menos mal que luego mi desengaño se convirtió en ejercicio para el propio conocimiento y el perdón ajeno.

jueves 19 de noviembre de 2009

Arimatea



Tu hijo Renato ha muerto hace cinco años. Una moto, una farola, una colisión mortal: piezas claves de un jaque mate indiscriminado. Y como brote extinguido de tu propio tallo, desgarrado lo entierras en un nicho de alquiler, prestado. Pasado un tiempo, más metido en harina, compras una tumba donde fijar tu residencia familiar póstuma.

Cumplido el plazo legal para remover el cadáver, decides trasladar a tu hijo al nuevo panteón de tu propiedad. Quedas con el encargado del cementerio para un lunes, temprano. A primera hora, al trasluz de un sol recién levantado, el desenterrador con su picoleta en alto resquebraja la hornacina. Y los reflejos del amanecer quedan rotos como espejo apedreado por la honda de una mala nube atravesada. Los dos en silencio, padre y sepulturero, sacáis el ataúd del nicho. Con gesto mudo el hombre te insinúa ahora si abre la tapadera. Y expectante accedes en silencio, quieres ver, no sabes si llevado de tu curiosidad o por el amor, lo que queda de aquella yema que se perdió sin retallar en aquel accidente tan temprano, palabra antes de ser escrita, ya de sangre pintarrajeada.

El sepulturero de aspecto rudo y de nombre Arimatea, con su mono y sus guantes toscos y agujereados, ceremonioso cual regidor que descorre la cortinilla de una placa conmemorativa, destapa la caja. El sepulturero se encoje de hombros, mira al padre. Dentro no hay nada. "No es posible" decís los dos sobrecojidos. Hay muertos que se descomponen como la espuma, voces que nunca se dijeron, llantos de ceniza. Pero a pesar de los años siempre queda algún rastro de lo que fueron los cuerpos: un muñón de pelos, la hebilla de un zapato, un fémur, una cadena, una corona de espinas, el eco etéreo de una letra incombustible. Porque no hay explicación para la desaparición total de un ser que fue palabra y vida.

Esperanza y desilusión es lo que sientes al ver el ataúd vacío del verbo de tu hijo desaparecido:

Esperanza:

"Si el féretro está desocupado tal vez no muriera mi hijo"
Desilusión:

"Roto todo vínculo externo, físico, con mi hijo, no hay tenencia, y por tanto imposible es su querencia"
Y fue entonces cuando viste el abismo entre tu hijo y su nombre. Y te acordaste del poeta:

"Que mi palabra sea la cosa misma creada por mi alma nuevamente"

miércoles 18 de noviembre de 2009

Determinismo


Son las seis de la mañana. Me levanto como un resorte con la luz apagada. Autómata llevado de un impulso incontrolado y ciego. Soy un reloj puesto en hora por una mano invisible que al alba me despierta a toque de determinismo y campana. A tientas me dirijo al baño. Y meo. Y mientras orino me pregunto: ¿por qué acostumbro a vestirme a oscuras; y en cambio me desvisto con la luz encendida? Desestimo la respuesta. Es muy temprano para despejar contradicciones y demás filosofías, sobre todo en tiempos de crisis.

Luego abro el grifo del lavabo y pongo mis dos palmas suplicantes debajo del chorro del agua fría. Me restriego la cara, las orejas, desentapono mis narices y me enjuago la boca, los dientes, gargajeo y me mojo el pelo. Esta rutinaria ablución matutina abre mis ojos. Miro al espejo y caigo en la cuenta, descubro esa mano oculta, ese misterioso tercer hombre que me mantiene programado como un despertador que no falla.

No es de alcurnia divina quien me puso a punto y en hora. Es la vejiga, mi incontinencia urinaria la que me tira de la cama todas las mañana. Y como siempre, otra vez víctima soy de mis propios deshechos acumulados que tiran de mi como buey de un carro.

martes 17 de noviembre de 2009

Acequia entubada


Tuve en mis años mozos una novia que vivía en la orilla de la acequia. Al salir del trabajo los dos sentados frente a su cauce tejíamos de música y sueño su lento fluir a campo abierto. El murmullo de las cañas, nuestros besos y el juego de nuestros pies sumergidos y desnudos en la jugosa y libre corriente dilataban las horas tanto que, espacio y tiempo, acequia, atardecer y muchacha, confluíamos todo en lo mismo. Yo era lo que miraba. Mis ojos: los ojos del agua. Más allá del reflejo de las cosas no había nada.

Poco antes de casarnos ingenieros y operarios vendaron los ojos de la acequia. Camiones de graba enclaustraron, entubaron su lecho. Tapiaron porvenires y canciones. Asfalto, vigas y hierro enterraron planes de agua pasada. Sepultada la acequia las manos de la noria ya no pudieron sacar estrellas ni amaneceres de su regazo. Y se acabó nuestro amor.

Y esa es la pega del paroxismo del amor total y envolvente, que si lo alcanzas, y por hache o por be algún elemento del contexto se va a pique, nosotros también nos vamos con él. O no.

viernes 13 de noviembre de 2009

El calor de las palabras


Las palabras no son calientes ni frías. Como las piedras, su temperatura no viene de ellas; sino de los adentros de fuera. Y como el sol y la nieve transmiten su humor a un guijarro de por si inexpresivo y de tibieza cargado, así nosotros según nuestro estado de ánimo conferimos a lo que oímos su peculiar significado.

Yo no sé si cuando con su sonrisa burlesca me llamó gilipollas por dejar un momento la bolsa de la basura en el portal de su casa, utilizó este término con la confianza que dos colegas se dicen "y tú más" sin que su amistad resquebrajada quede por ello. Lo que sí sé es que aquella mañana el venablo gilipollas dirigido a mi por la insensata espontaneidad de mi vecino me sentó como un tiro. Y más cuando la bolsa de la basura estuvo en el descanso de la escalera sólo el tiempo que tardé en devolverle el paraguas que la noche antes olvidó en mi casa. Y ser increpado, en lugar de felicitado, fue lo que me dolió tanto. No sé si su descalificación fue malévola; pero injurioso y malévolo me resultó el batracio salido del charcal de su boca, y dañó de tal manera mi autoestima que desde ese momento miro para otro lado cada vez que sin querer en el ascensor coincidimos.

Y a refrendar este hecho viene ahora el recuerdo de aquella otra palabra empleada por mi madre en mis tiempos de infancia para referirse a mi habitación. La llamaba "leonera". Y tanto apreciaba yo mi cuarto con sus juguetes por en medio, los tebeos por el suelo, mi rincón, las cálidas sábanas, la caja de mis secretos, que aquella palabra dicha por mi madre me resultaba querida, tan querida para mí como horrible y desordenada para ella.

Y es que una palabra, no por ella misma, sino por su temperatura añadida, puede quemar como el hielo, o provocar con su sonrisa el desprecio.

jueves 12 de noviembre de 2009

Laicidad


Las editoriales nos muestran cada vez con más relevancia el nombre del autor que el título de los libros que publican. No vende una buena historia, un cuadro, una escultura, sino su creador. De hecho si me preguntan como se llama la última película de Amenabar no sabría decirlo, en cambio enseguida me vendría a los ojos de la memoria el bello rostro de Rachel Weisz. Y es que un nombre tiene la virtud de contaminar o inmortalizar una historia. Tampoco sé como se llama la última novela de Umberto Eco, pero sé que la leeré se llame como se llame.

Y esta fe ciega en el "autor" por encima de su obra me recuerda aquel argumento ex auctoritate al que recurría mi viejo para convencerme que lo que él decía, tuviese o no razón, iba a misa.

Cría fama y échate a dormir.

Conozco yo a un sommelier con una nariz de oro que sabe la denominación de origen de cualquier vino, en cambio se vanagloria de que nunca ningún caldo llegó a visitar su abstemio tonel gástrico. Y es que a veces esa manía de preguntarnos por la autoría de la belleza impide gozarnos con el placer de la misma. Y hablando de recuerdos tengo yo un amigo con el que salgo de viaje de vez en cuando. Y cuando pasamos por un mirador desde el que se ve el insondable mar, me hace parar el coche para extasiarse con su contemplación y preguntarse ¿quién será el artífice de semejante maravilla? Y mientras yo aprovecho sus dilatadas cogitaciones demiúrgicas para zambullirme en la hermosura de las aguas.

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