
Tu hijo Renato ha muerto hace cinco años. Una moto, una farola, una colisión mortal: piezas claves de un jaque mate indiscriminado. Y como brote extinguido de tu propio tallo, desgarrado lo entierras en un nicho de alquiler, prestado. Pasado un tiempo, más metido en harina, compras una tumba donde fijar tu residencia familiar póstuma.
Cumplido el plazo legal para remover el cadáver, decides trasladar a tu hijo al nuevo panteón de tu propiedad. Quedas con el encargado del cementerio para un lunes, temprano. A primera hora, al trasluz de un sol recién levantado, el desenterrador con su picoleta en alto resquebraja la hornacina. Y los reflejos del amanecer quedan rotos como espejo apedreado por la honda de una mala nube atravesada. Los dos en silencio, padre y sepulturero, sacáis el ataúd del nicho. Con gesto mudo el hombre te insinúa ahora si abre la tapadera. Y expectante accedes en silencio, quieres ver, no sabes si llevado de tu curiosidad o por el amor, lo que queda de aquella yema que se perdió sin retallar en aquel accidente tan temprano, palabra antes de ser escrita, ya de sangre pintarrajeada.
El sepulturero de aspecto rudo y de nombre Arimatea, con su mono y sus guantes toscos y agujereados, ceremonioso cual regidor que descorre la cortinilla de una placa conmemorativa, destapa la caja. El sepulturero se encoje de hombros, mira al padre. Dentro no hay nada. "No es posible" decís los dos sobrecojidos. Hay muertos que se descomponen como la espuma, voces que nunca se dijeron, llantos de ceniza. Pero a pesar de los años siempre queda algún rastro de lo que fueron los cuerpos: un muñón de pelos, la hebilla de un zapato, un fémur, una cadena, una corona de espinas, el eco etéreo de una letra incombustible. Porque no hay explicación para la desaparición total de un ser que fue palabra y vida.
Esperanza y desilusión es lo que sientes al ver el ataúd vacío del verbo de tu hijo desaparecido:
Esperanza:
"Si el féretro está desocupado tal vez no muriera mi hijo"
Desilusión:
"Roto todo vínculo externo, físico, con mi hijo, no hay tenencia, y por tanto imposible es su querencia"
Y fue entonces cuando viste el abismo entre tu hijo y su nombre. Y te acordaste del poeta:
"Que mi palabra sea la cosa misma creada por mi alma nuevamente"