(Con motivo del Manifiesto en defensa de los derechos fundamentales en internet)
Decimos que escribimos para no morir. Pero lo hacemos para engordar el ego. Tenemos la manía de poner nuestro nombre en el libro, en el árbol, en las paredes de la calle, en el pan, en el pañuelo, en el colgante del cuello. Y nos sentimos orgullosos. La letras trascienden la realidad, inmortalizan el presente, canturreamos monaguillos de un entierro. Y moribundos nos aferramos al viático de nuestros textos, flotadores agujereados de un naufragio asegurado. Creemos que en el infinito de las esencias se fundirán intransferibles nuestros manuscritos. Y rubricamos ilusos con copyright blindado nuestra propiedad perecedera. ¡Como si Caronte se dejara sobornar por nuestra firma de barro!
Y donde decíamos que nuestros escritos salvaban a la humanidad de su precariedad y materialismo, convenimos en ratificar ahora que al arte es un producto. Y pasamos bandeja. Y el aroma de la palabra viene a ser potingue envasado de olores plastificados.
¡Fénix ingenuos! Ignoramos que Átropos es inseducible y frío. Nos ahogaremos como las piedras del río. E incluso en el caso de que fuésemos el mismísimo Homero, la Odisea será libre; pero nuestra cenizas irían para tres mil años ya calcinadas. Ulises no tiene cuenta bancaria donde lector incauto abone derechos de autor.
“La propiedad intelectual es una farsa que se fundamenta en un mito romántico (el autor) al que la sociedad burguesa ha dado estatuto jurídico. Desde esta posición mantenida por un confuso magma entre surrealista, postestructuralista y situacionista se tiende a postular el plagio como máximo momento de resistencia al capitalismo en el ámbito de la cultura”. (H. Schwartz, la cultura de la copia)
En la era digital, todo es copia. Nihil novi sub sole. Hasta la misma palabra es sustituto de la realidad que evoca. Y esto tan a la ligera dicho, no es un desprecio a la digitalización artística; al contrario: la copia elevada al rango de la originalidad misma. Entronizada la reproducción y el plagio al edén de la creación literaria, jardín donde confluyen democrática y solidariamente todas las aportaciones que a lo largo de la historia se hicieron. Y se harán. Porque el arte no es una mercancía acabada, y mucho menos interesada. Es un proceso de humanización permanente al servicio de la fruición y el sentir y el pensamiento.
Múltiples conexiones luminosas nacidas de la naturaleza, del acervo hereditario, de la imaginación y la conciencia universal nos hermanan como sociedad enriquecida y amalgamada. No hay creación que salga de la nada. Nadie quien con su mirada, su pluma o su canción se recree en una flor, o absorba su perfume, podrá decir que es suyo el rocío, la lluvia, o el aire.
Estar a favor del software libre no es menospreciar el esfuerzo del autor que parió sus obras como si fuesen sus hijos. Reconocer su trabajo es de justicia. Pero su oficio como su obra no debieran ser piedra de rivalidades y egoísmos, no así al menos fue concebido el arte, sino como panel, lienzo, muro de placeres y preguntas, grafiti de colaboración y complicidades. Sin la lectura de otros, la obra del escritor quedaría inconclusa. ¿Y quién pagaría entonces los derechos del lector que se deja las cejas en hojas de otros?
El autor irrumpe en primera persona, propone al lectorado el misterio de la especulación narrativa, reparte la tarta, macedonia globalizada; pero tanto la fruición como el reconocimiento han de ser compartidos, no sólo por los comensales, sino por aquellos que sin estar en la mesa, intervinieron también en su elaboración a lo largo de la transmisión de milenarios cromosomas, imaginación, sociedad y naturaleza.
Y ahora que viene a cuento me acuerdo de mi amigo, aquel librero que se hizo pasar por cuervo ingenuo. Y en el copyright de sus“Fábulas de Entretiempo” escribió:
“Todos los que lean o escuchen estas fábulas tienen el derecho de copiarlas, reproducirlas por cualquier medio, decir que las han hecho ellos, cantarlas si les parece y, por supuesto, en caso de placer o necesidad... ”
* Molínea. Décimo sexto encuentro. Molina de Segura. Octubre 2009
viernes 4 de diciembre de 2009
Copyleft *
miércoles 2 de diciembre de 2009
Nicolás Guillén
Quisiera
hacer un poema que tuviera
todo el sabor de unas buenas migas
No sé si "hacer migas"quiere decir lo mismo que "amigar". Tampoco sé si amigar es un verbo "con papeles", legal o por la rae reconocido. Lo que sí sé que ayer las migas del almuerzo en compañía de su nieto me sentaron divinas, amistosas.
En una cocina en bajo, al alcance de cualquiera, y todos, la lumbre "carbón ardiente y piedra de horno" reavivó el silencio de una paz culpable y convirtió en abril el duro invierno. Mientras las llamas rojas bailaban jóvenes en azul y en amarillo, afuera, el aire y el frío gritaba amor.
Tu vientre sabe más que tu cabeza. Tal vez por eso estas migas con el nieto de Sóngoro cosongo me sentaron a camino, selva y trigo, a negro benbón, a níscalos tiernos, a sapato nuebo, a mulata, vino y son.
domingo 29 de noviembre de 2009
Cainismo

Madre agoniza. No es vieja mi vieja. Pero cuarenta años son muchos para quien ha sufrido demasiado.
Seis de marzo. Nueve de la mañana. Enfrente del hospital, un colegio. Desde la ventana de la habitación 166 donde se desangra mi madre veo la entrada de los niños a la escuela. Despedidas cariñosas. Y de nuevo ese amor que no tuve escupe envidia endiablada sobre mi cara huérfana. Una desgracia no tener madre; pero es peor, aún teniéndola, no recibir nunca su caricia.
Perforación de intestino dice el médico. Seis troneras revientan su tripa y un líquido purulento infecta los ríos de su cuerpo. No es la peritonitis lo que a mi madre mata, es mi quijada en el pecho de su hija.
Desde el accidente de mi hermana madre se vino a bajo. Pensé que, muerta mi hermana, madre y yo... La vida termina en seis. De los ojos de mi madre surten dedos acusadores que me señalan como verdugo.
Madre siempre quiso que su hija, mi hermana parapléjica, muriese antes que ella. Nunca confió en que yo podría seguir cuidándola.
Seis años tenía también mi hermana cuando murió atropellada. Todas las tardes mientras madre limpiaba las oficinas del banco, yo paseaba el cuello retorcido de mi hermana, sus manos de al revés, su risa congelada, su baba infeliz, su cuerpo de nervios desatados, espasmos compulsivos, su tronco epidémico sin meninges. La responsabilidad de cuidar de una niña paralítica superaba mi corta edad.
No esperé a que el semáforo se pusiera en verde. Nadie supo luego si fui yo el que empujó su silla de ruedas hacia el paso de cebra para que el coche la despidiera en medio de la carretera. El vehículo que venía detrás no pudo evitar el encontronazo. Mi hermana murió en medio de la calzada. Apenas sufrió, pues vi que su eterna sonrisa congelada no abandonó su cara.
Tras la desaparición de mi hermana, madre nunca me preguntó por las causas del accidente. Tampoco vinieron los besos deseados, programados. Los besos que con tanto mimo yo sembré aquella tarde no florecieron. Hay cosas que entre una madre y un hijo sólo se dicen en el silencio del instinto, en la muda intuición clarividente de dos personas que soportan la misma carga. No fue necesario que yo le dijera a madre que mi intención era aliviar su pena, lograr que sus ojos me miraran, impedir que mi hermana nos matara. Mi hermana era el muro; y yo su pala demoledora.
Se huele a muerto en esta habitación del hospital. Oigo detrás de mí: “¡Qué guapa está tu madre, tranquila, relajada, sin esas arrugas que despierta en vida le sombreaban el alma!”.Y de nuevo la incomprensión ajena me remueve las tripas.
No puedo besar su cara. La tiene llena de tubos, de cables, de dudas. Ventilación mecánica. Consigo tocar su frente. Y le digo:
"Vive que te necesito, "yo que solamente he nacido". Tienes que darme los besos que nunca tuve, rebanadas de pan con miel, esa merienda que nunca me diste".Las motas del sudor de su muerte se pegan en mis labios. Siento en la boca un dolor frío. Huelo a boquerones podridos. No aguanto el estertor de su agonía, su mirada lejana, indiferente, vacía de perdón y entendimiento.
Abandono la habitación y me dirijo a la capilla del hospital. La iglesia está vacía, helada, como la cara de mi madre. Miro al Cristo crucificado que cuelga de la pared principal y le grito:
"Oh Dios, yo no soy cliente tuyo, soy un fratricida, pero mi madre sí cree en ti. Estás obligado a curarla."Vuelvo a la habitación número 166. Los ojos de madre antes de cerrarse para siempre me miran, me llaman, me besan.... y me devuelven el amor que me robó mi hermana.
viernes 27 de noviembre de 2009
Por detrás
Hoy sigo el consejo del analista:
"Escribe lo que ves y cuenta sin reprimirte lo que sientes. Como la defecación la escritura es un alivio."Si me miro de cara, el espejo me da la espalda. Y el trasero debo mostrar al cristal para verme de frente. ¡Y dale con la burra al trigo! Y así hasta siete veces mareado, sin conseguir que el espejo me devuelva el perfil que quiero.
Este vidrio es un prodigio, tiene ojos en la nuca o no sabe lo que digo: si me enfoca por detrás, me refleja por delante, como un sexador de pollos, o como el juez que para pillar al que robó el fuego olímpico pregunta a Dios por los clavos perdidos de Cristo, o como la luna misma que sabe si está preñada sin mirar al nomon del sol dormido.
Y el analista al leer esta desesperada reseña que me interpreta al revés, me calma:
"No te calientes la cabeza: hay quienes con ver mis manos saben los hijos que tengo o qué almorcé esta mañana. No busques las cuatro patas al espejo, (que si sombras, incosciencia, hipocresías), que el espejo además de tetraplégico, convexo y plano, es sobre todo eso: un rematado salido que busca metértela por el ano, o como dijo Maradona: que le den al jodido, o donde dije digo, digo Diego".
jueves 26 de noviembre de 2009
Espantajo

Si quieres dar a conocer tu nombre, un exabrupto, la mejor presentación. Si quieres que hablen de ti, habla tu mal de ellos. La rueda del mundo de tanto girar hacía la luz se olvidó del sur. Por cierto el orgasmo de las tinieblas es el mediodía. Y el insecto no busca el destello. La sombra es quien lo encandila. Contracorriente es el rumbo; la extravagancia, la norma; y la metáfora, una insidia.
El poeta tenía los ojos cóncavos. Todo lo que miraba distorsionado veía. La simetría rota en formas desproporcionadas, figuras alargadas, contrahechas, rechonchas, grotescas, estrafalarias. El antihéroe es la estrella. Los dioses llevan rabos y cuernos, y una cabeza de ajos debajo de la corona. Las hojas del laurel se la comió el burro de Goya. Lo absurdo se viste de gala, y engatusa al estilista con estilete prosaico que debe escribir mordaz, ofender y provocar si quiere que los demás le oigan.
Lo natural no es belleza. Harto está el poeta de los colores básicos y busca en la alcantarilla de su universo la sombra tergiversada con artificioso verbo. Ya no canta la bondad de los amores. Escandaliza, provoca y atrapa con acromática afasia el estaño de las aguas. El cloruro son sus versos ácidos; los madrigales de su música, arañazos; y el azul de su palabra, una argolla al cuello de una botella ahogada de ron en el vikipedia.
Es más famoso quien mata con una ballesta a su padre que la hija de la vecina que lleva lustros al cuidado de su madre inválida. Lo poético es escribir pohesía con hache muda, ser alcohólico, espantajo, pastillero, un bukowski, mujeriego y cascarrabias; caricaturizar es el método, la ironía. Despotricar (de potro) contra la corrupción para esconder la vileza, y firmar con mis heces este blog para que el lector se espante y así hasta mañana que vuelva a leerme.
miércoles 25 de noviembre de 2009
Erase una vez

Erase una vez un país donde corrían tiempos de ilusión y primavera. Todos los sueños tenidos en los confines de este prodigioso lugar se cumplían al momento. Bastaba con que cualquiera de sus habitantes tuviera un sueño para que al instante deseo y realidad, como la claridad y el día, fuesen una misma cosa.
Si alguien soñaba con el agua, al momento una fuente cristalina nacía bajo sus pies, saciaba su sed, llenaba el cauce de los ríos, lubrificaba la piel de las ranas, alimentaba peces y plantas, movía ruedas de molino y pintaba de verde la campiña.
Si alguien soñaba con el aire, al instante una gran bocanada de azul transparente limpiaba sus pulmones, daba alas a los pájaros, izaba cometas y birlochas, conducía por rutas de corales a veleros de surco abierto, transmitía músicas, polinizaba el huerto y llenaba con forma de caballo alado el globo de aquel niño de la plaza.
Si alguien soñaba con el fuego, de repente el frío, las escarchas y el invierno, los temores, el temblor y las culebras, despavoridos todos, con el rabo entre las patas, se alejaban tras el cerro de los riscos, los quebrantos.
Si alguien soñaba con el barro, con la arena, por sorpresa de su vientre brotaba el trigo, los tomates, la canela, el adobe, los hijos y las horas, el hogar y la bahía.
Hasta que llegó el fatídico día en que un sueño rebelde se negó a ser estrella.
Y fue entonces que la tierra dejó de dar vueltas alrededor del sol.
Quien esto les cuenta bien sabe lo que dice. Soy un asteroides inerte y apagado en medio de la noche, calcinado.
martes 24 de noviembre de 2009
Sentido
Desde el día en que supe que tras una ilusión se esconde un revés, los sueños se me atragantaron. Ya no sueño con historias, imágenes ni amaneceres místicos. Sólo de vez en cuando sueño con letras perdidas, inconexas que durante el día me afano en construir una palabra decente con ellas.
Que hago yo, solo en el campo,
que hago yo solo en el campo,
Yo no enamoro ni canto,
yo no canto ni enamoro (1)
Anoche soñé con la ese, la e, la ene.... Siete letras. La irracionalidad del sueño me impidió unir todas las grafías que dieran texto y significado al vacío, a la hora cero, al otoño nublado, a la tristeza del árbol, al llanto de un puente ahogado de letras.
"¿Cual sería esa palabra de la cual yo era una sílaba"? (2)Nada más despertar, antes de que las letras se escaparan, o ellas (mejor dicho) me olvidaran, las guardé en la caja de los ansiolíticos para que luego en el mar de ojos de la noche de los siete candelabros apagados combatir el insomnio de las sombras sin sentido.
(1) El cantar tiene sentido. Amancio Prada
(2) Arenas movedizas. Octavio Paz
lunes 23 de noviembre de 2009
Sólo fue un sueño

Ayer mismo terminé de leer "Las manos cortadas" de Luisgé Martín. Y esta noche ya he soñado que iba en el taxi de Osvaldo. Viajábamos al Parque Nacional Rapa Nui. Osvaldo quería sorprenderme con los Moáis, las legendarias estatuas que pueblan la isla ancestral y misteriosa de Pascua.
Pero aquella ilusión de otras veces: visitar ciudades, un idioma extranjero, otras costumbres, ser sorprendido por la originalidad de un paisaje, otras miradas, colores jamás vislumbrados, había desaparecido. La belleza no existe sino emborronada con la maldad innata. Y el revolucionario más honrado es al mismo tiempo un déspota marido, maltratador infiel. Y así los hay piratas con corazón de oro, y capitalistas generosos, devotos de la justicia social y al mismo tiempo avariciosos.
Los sueños son para transgredir la realidad, sobre todo cuando la realidad es insoportable y no deseada. Soñar al fin y al cabo es optar por otra vida mejor que la que nos tocó vivir. Pero cuando sabes que soñar sólo es un sueño, el sueño es aburrido, además de mentiroso.
Menos mal que luego mi desengaño se convirtió en ejercicio para el propio conocimiento y el perdón ajeno.
jueves 19 de noviembre de 2009
Arimatea
Tu hijo Renato ha muerto hace cinco años. Una moto, una farola, una colisión mortal: piezas claves de un jaque mate indiscriminado. Y como brote extinguido de tu propio tallo, desgarrado lo entierras en un nicho de alquiler, prestado. Pasado un tiempo, más metido en harina, compras una tumba donde fijar tu residencia familiar póstuma.
Cumplido el plazo legal para remover el cadáver, decides trasladar a tu hijo al nuevo panteón de tu propiedad. Quedas con el encargado del cementerio para un lunes, temprano. A primera hora, al trasluz de un sol recién levantado, el desenterrador con su picoleta en alto resquebraja la hornacina. Y los reflejos del amanecer quedan rotos como espejo apedreado por la honda de una mala nube atravesada. Los dos en silencio, padre y sepulturero, sacáis el ataúd del nicho. Con gesto mudo el hombre te insinúa ahora si abre la tapadera. Y expectante accedes en silencio, quieres ver, no sabes si llevado de tu curiosidad o por el amor, lo que queda de aquella yema que se perdió sin retallar en aquel accidente tan temprano, palabra antes de ser escrita, ya de sangre pintarrajeada.
El sepulturero de aspecto rudo y de nombre Arimatea, con su mono y sus guantes toscos y agujereados, ceremonioso cual regidor que descorre la cortinilla de una placa conmemorativa, destapa la caja. El sepulturero se encoje de hombros, mira al padre. Dentro no hay nada. "No es posible" decís los dos sobrecojidos. Hay muertos que se descomponen como la espuma, voces que nunca se dijeron, llantos de ceniza. Pero a pesar de los años siempre queda algún rastro de lo que fueron los cuerpos: un muñón de pelos, la hebilla de un zapato, un fémur, una cadena, una corona de espinas, el eco etéreo de una letra incombustible. Porque no hay explicación para la desaparición total de un ser que fue palabra y vida.
Esperanza y desilusión es lo que sientes al ver el ataúd vacío del verbo de tu hijo desaparecido:
Esperanza:
"Si el féretro está desocupado tal vez no muriera mi hijo"Desilusión:
"Roto todo vínculo externo, físico, con mi hijo, no hay tenencia, y por tanto imposible es su querencia"Y fue entonces cuando viste el abismo entre tu hijo y su nombre. Y te acordaste del poeta:
"Que mi palabra sea la cosa misma creada por mi alma nuevamente"
miércoles 18 de noviembre de 2009
Determinismo

Son las seis de la mañana. Me levanto como un resorte con la luz apagada. Autómata llevado de un impulso incontrolado y ciego. Soy un reloj puesto en hora por una mano invisible que al alba me despierta a toque de determinismo y campana. A tientas me dirijo al baño. Y meo. Y mientras orino me pregunto: ¿por qué acostumbro a vestirme a oscuras; y en cambio me desvisto con la luz encendida? Desestimo la respuesta. Es muy temprano para despejar contradicciones y demás filosofías, sobre todo en tiempos de crisis.
Luego abro el grifo del lavabo y pongo mis dos palmas suplicantes debajo del chorro del agua fría. Me restriego la cara, las orejas, desentapono mis narices y me enjuago la boca, los dientes, gargajeo y me mojo el pelo. Esta rutinaria ablución matutina abre mis ojos. Miro al espejo y caigo en la cuenta, descubro esa mano oculta, ese misterioso tercer hombre que me mantiene programado como un despertador que no falla.
No es de alcurnia divina quien me puso a punto y en hora. Es la vejiga, mi incontinencia urinaria la que me tira de la cama todas las mañana. Y como siempre, otra vez víctima soy de mis propios deshechos acumulados que tiran de mi como buey de un carro.
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