sábado, 8 de mayo de 2010

Juntamento General Extraordinario

No sé de cuentas, tampoco si cuadran, si son ciertas, o si los números que presentaron escondían sustracciones de manos interesadas y ocultas (?). Tampoco conozco a fondo los motivos distintos o contrapuestos que nos mueven a unos y a otros, regantes de nuestra querida huerta, en esta revuelta sobre la modernización del riego. Lo que sí sé es que la Mesa no dio la talla. Y ante preguntas indagatorias escurrieron el bulto, postergaron las respuestas. Apagaban con amagos el fuego de su incompetencia que sobre sus cabezas caía.

Me dejé llevar más del cómo que del qué. Y sus maneras esquivas, y apoltronadas no me convencieron. Y sentí pena de la angustia, la zozobra de unos dirigentes en blanco, acorralados, que se presentaron al Juntamento sin documentación ni argumentos. Y persistían en sus trece sin dejar el cargo ante la multitudinaria presión de los asistentes.

Inculpar de saboteadores a un grupo de comuneros por pedir explicación a sus representantes no es jugar honrado. Y acusarlos encima de ser ellos los culpables de que los gastos finales se encarecieran un 46% sobre su precio de origen es vileza, no es sensato. La verdad no tiene precio. ¡Algo tendrá que ver el Heredamiento por dar lugar a estos acontecimientos desatados que retardan la puesta en marcha de un sistema actualizado de riegos! ¡Tendrá que responder el Sindicato por no haber sabido adelantarse con su gestión honrada y valiente ante tanto mentidero, repito, yo no sé si cierto o torticero!

Más de seis horas tardé en depositar el voto. Y a mi vecino de la cola interminable le comento:
Este voto por su peso y por su aguante vale casi tanto como aquel otro con el que en el 76 tumbamos la dictadura.
A pesar del olor a rancio de unos estatutos que postergaban la información, los ruegos y las preguntas, y no permitieron justificación previa del voto (un turno a favor o en contra de las Actas por aprobar), a pesar de la temperatura sicológica del ambiente, del cansancio, de las provocaciones incontenidas, el Juntamento se llevó a cabo. Y esto sí es un éxito de todos. A partir de hoy el curso de las aguas en el Heredamiento de Molina de Segura será limpio, fluido y nuevo. Eso espero.

jueves, 6 de mayo de 2010

Sindicalismo



Cuando mi amigo me dice que en España hay casi trescientos mil liberados, no sé si se refiere a la fortaleza del movimiento obrero en sí, o tal vez le apene la excesiva burocratización, funcionarización o entreguismo de las Centrales sindicales.

El que a los liberados hoy se les acuse de nepotismo, profesionalización, enchufados, parásitos, adictos al régimen..., sobre todo por la tropa conservadora, codiciosa de coger las ramaleras de los bueyes del poder, no se debe, creo yo, a su labor delegada, mal o bien llevada, o criticada con razón, sino a la contextura propia del mundo obrero al que representan, hoy desfigurado hasta el extremo, que no se parece en nada a aquel concepto de Clase de los años setenta, y mucho menos a las definiciones marxistas de los mejores tiempos de la revolución industrial en la que anidaban polluelos tan nobles y entusiastas como solidaridad, justicia, internacionalismo, militancia desinteresada, libertad, defensa de los oprimidos, los nadies, los últimos. El capitalismo nos ha ganado la batalla, nos ha comido hasta el tuétano el coco. Aquellos nidos acabaron destrozados por el vendaval contra el ribazo.

Si empezamos a meternos con los delegados sindicales, con los diputados, con los porteros del edificio, con el guardia jurado de nuestra urbanización estamos en nuestro derecho;¡pero cuestionémonos también nosotros! -le digo a mi compañero. Sobra el tópico tenemos los representantes que nos merecemos. Y es verdad. Voy a poner un ejemplo, el mio propio. Ya puestos: ¡al carajo el pudor! otra reminiscencia burguesa. Soy un romántico sindicalista llegado al movimiento obrero en los años en el que las libertades sindicales eran perseguidas. Una huelga, una octavilla, una manifestación, un mitin, una caja de resistencia, un plante... eran castigados con cárcel. No habían convenios. Y si los había, eran firmados por la CNS, sindicato vertical facista.

Desde las libertades soy afiliado a la UGT. Pago religiosamente mi cuota cada trimestre. Incluso me degrava Hacienda por ello, ¡manda huevos!. Hasta ahí llega mi compromiso. Este año ni siquiera he ido a la manifestación del Uno de Mayo. ¿Para qué? me justifico. Del sindicato recibo cartas, convocatorias de asambleas, la revista, información, almanaques, pegatinas, ofertas de vacaciones, en las compras, balnearios. Paso de cualquier comunicación. Hace tiempo que no asisto a ninguna reunión. Pero no cambio los sindicatos por ninguna otra representación obrera. No es sólo nostalgia de tiempos pasados. El enfermo sabe que tiene cáncer, pero no se deja morir, sino que acude esperanzado a las sesiones de radioterapia. El mundo obrero necesita urgente una operación quirúrgica. Y los sindicatos, reciclarse, o yo me vuelvo loco.

Hoy me pedía el cuerpo recrearme con el azahar de la primavera, el verde recién nacido de la lluvia, oxigenarme con el limpio azul que tras el viento de ayer germinó limpio en el cielo, pero mi amigo me interpeló con su purismo de que si el excesivo número de delegados era una sangría que el estado no se podía permitir en estos tiempos de crisis en el que las centrales se manifiestan a favor de Garzón y no lo hacen en cambio para defender el derecho al trabajo de cuatro millones de parados.

Y no acaba aquí la cosa. Esta mañana los griegos convocados por sus sindicatos se levantan en huelga, y muere una mujer en cinta. Y a mi me recome la cabeza la Europa del Capital y me sangra el corazón que sean siempre los mismos los que llevan las de perder. Me cuentan que allá en Francia los nietos de Georges Marchais votan al Le Pen, como si me dijeran que aquí en España los hijos de Camacho o los nietos de los mineros de La Camocha votarán por la Falange. Y en esta aldea global en la que vivo no distingo, ni entiendo el berenjenal en el que estoy metido.

martes, 4 de mayo de 2010

Poder telúrico

Primavera del 2010. A bordo de un barco urbano escorado en los caladeros previos a la Democracia. Unos amigos frente al mar en el salón de una casa en la playa, el descanso del guerrero. Hablamos de lo divino, de lo humano, de política, esa rara avis hoy tan defenestrada y hundida; y tan necesitada de ser rescatada, sobre todo en estos momentos de crisis, caldo de cultivo, a huevo de la explosión de un nuevo facismo. Nuestra conversación animada por la ausencia de un compañero muerto, marido de nuestra anfitriona, se detiene en la franja temporal de los cincuenta a los setenta, esa silenciosa derrama olvidada por los analistas de la historia.

Los vencidos de la guerra, convencidos, y moralmente estimulados por la solidaridad de los pueblos democráticos del entorno, resistieron hasta los cincuenta. A partir de esta fecha la esperanza en la Restauración desaparece organizadamente. Y surge un letargo asistemático, sin siglas, disfrazado y a veces hasta diluido en las mismas instituciones franquistas. Y este rescoldo permanecerá anónimo hasta el sesenta y siete, por poner una fecha que coincide con aquella ley raquítica para la Reforma sobre el asociacionismo político impulsada por los tecnócratas de aquel entonces y que fue el pórtico de lo que hoy todos llaman el periodo de la Transición en España.

Los amigos aquí reunidos fuimos partisanos de aquellas clandestinidades y algaradas juveniles. Y aún veo ahora en sus caras el resplandor de las llamas de aquel coraje militante reflejado a contraluz en los cristales de la sinceridad del vino compartido.

Una vez la Transición ultimada, los partidos en la brecha acuñarían sus batallas, ocuparían sus escaños, rentabilizarían sus victorias ayudados, entre otras coyunturas, del marco (la moneda) social demócrata. No es el resentimiento el que le lleva decir ahora al que tiene la palabra que la etapa de los cincuenta a los setenta aún permanece en la penunbra, sino una constatación. Tampoco es un contestatario el que a continuación afirma que en la Transición quedaron muchos cabos sueltos y que si no se ataron del todo es porque era imposible hacerlo en aquellas circunstancias. Entre Ruptura y vuelta a las andadas decidimos la Reforma; pero ahora sí es el momento de saldar las cuentas -dice otro-, de resarcir a los muertos, de terminar de reconstruir del todo la Memoria. La madurez de nuestra democracia lo permite y también así lo demanda -añade un tercero.

La historia de nuestro país en aquellos años (yo pienso que siempre) se hizo a ritmo binario: (1) Un impulso fáctico (los poderes registrados) movidos por la fotosíntesis política, a plena luz del día. (2) Y el otro, telúrico por su soterramiento y parecido con el humus, el abono de la tierra. Los dos movimientos sin saber ellos mismos de su compenetración combinada hacen germinar el grano que luego será el pan dorado de los derechos para todos tras las primeras elecciones democráticas allá en junio del setenta y siete.

Estos dos compases, el telúrico y el fáctico, aunque sean hijos de la misma melodía por definición no van de la mano. Pueden coincidir en el tiempo. Y a veces uno de ellos tiene su especial relevancia. Pues bien en España el periodo que va de los cincuenta a los setenta responde más al movimiento telúrico, amorfo, sin nombres ni apellidos, patria de los héroes oscuros. Y esto dicho así, aunque parezca una reivindicación para que los historiadores nos desvelen los nombres y apellidos que configuraron este movimiento, no lo es, ni lo intenta. Al menos por lo que a mi respecta, pues pienso que el alma de las revoluciones no tiene género ni calificativo, por su esencia es pueblo. Y así debe permanecer incólume por su generosidad desinteresada, ajena al protagonismo. Pues como dijo el otro, por definición nació para desaparecer en favor de la misma evolución histórica.

Ya es tarde. Alguien dice nos vamos, mañana tenemos que trabajar. Y el mar se despide de nosotros con un beso de azul intenso, invisible, telúrico, pero determinante y real.

lunes, 3 de mayo de 2010

Él era su camisa

Él era la camisa que llevaba, el perfume del masaje de afeitar, sus calcetines subidos un palmo y medio, su corbata de neones. Era su voz cuidada cuando desde la cercanía de su proximidad distante, mecánica y fría, ella le oía decir ausente hola, cariño, buenos días. Y él engolaba aún más el saludo con un beso ritual, más pegado a la oreja que al corazón de su esposa; y preocupado que tras el beso no se le arrugase la camisa, cual maniquí de escaparate se iba con un adiós remilgado y cortés. Él era todo su atuendo, su cartera, su bigote recortado, un elegante faisán. Y más pendiente estaba de su móvil, de las llamadas de fuera, que de su mujer que le decía tenemos que hablar, Germán.

Hubo un tiempo en que Germán, además de su camisa bien planchada y de su reloj de pulsera, fue, sobre todo para ella un hombre guapo, elegante, de andares soñadores y bucólicos y ¿por qué no decirlo? apetecible con su culo prieto y bien formado; pero de todo se cansa una, si ese uno, más que mirar al mar, siempre anda preocupado de su ombligo, de su llavero y de la gomina del pelo.

El desenlace se veía. Se separaron por la cosa más ridícula. Germán una mañana no encontraba su camisa. Y él sin su camisa, sin sus llaves, sus zapatillas de andar por casa, o sin su sillón preferido, no era nadie.

Y ella se quedó con su camisa, sin su coche pulcramente cada dos por tres por su ex marido aseado; y Germán, sin ser él mismo.

sábado, 1 de mayo de 2010

y III.- Sobre "El guardián entre el centeno"

El Guardián entre el centeno no es el libro que yo hubiera escrito. No es que no me haya gustado, (me lo he leído de un tirón); pero hoy la tinta que gasto no es negra, sino del color de la ficción. El realismo con su tragedia me sobrepasa, me atemoriza y me quema. Me siento más cómodo (¡o infelice!) subido en las parihuelas de la palabra incruenta que me lleva en volandas a la abstracción, a la metáfora eludente, a la lírica inconcreta, descomprometida y etérea donde pongo a retozar mis sueños al sol amarillo; y vuelo, y me pierdo en el vodevil farandulero de la invención más hilarante ¡Bastante tenemos ya con las sequedades y crudezas que a diario y sin sembrar cosechamos a capazos! Huyo de cualquier lectura cuya espada ponga mi cuerpo esquivo contra la pared de una verdad no querida. Reconozco, aunque no del todo, que para mí el leer es un placer de fabulaciones en vivo. Y cuando un libro retrata mi cobardía sentida o la osadía vana de mi espontaneidad forzada, (la imagen real de mi osamenta), tiro el libreto hacer puñetas.

Hay libros sugerentes, trascendentes, simbólicos y hasta ultrasónicos; pero El Guardián entre el centeno no va más allá de lo que dice. Es realista, hablado en directo, vomitado por un joven indigesto y resentido que pudiera ser yo mismo. Y esa mordacidad objetiva de que todo es una mierda, para mi asombro, me engancha, y aún me mete más en la cloaca de la honesta hipocresía que arrasa, oferta y ganga en la lista de la compra. Me pasó lo mismo cuando leí Viaje al fin de la noche de Celine, a Mishima y a otros escritores malditos de ideología dudosa con los cuales no me llevo bien, pero que me molan más que el desierto a un camello.

El libro avanza de tropiezo en tropiezo, hasta que por fin Holden encuentra a Antolini, un profesor bondadoso y campechano en quien confía; pero tampoco resulta. ¿Por qué los hombres buenos a simple vista, luego resultan ser los más perversos? Y de nuevo la solución es el problema. Y tras la quema plañidera de este último desengaño por parte de Holden, llega el lector al desenlace, que intuye, por la inercia de la novela, fatal.
No quiero asustarte, pero te imagino con toda facilidad muriendo noblemente de un modo o de otro por una causa totalmente inane.
Salinger juega siempre a la provocación y al despiste: el libro acaba inesperadamente en rosa gracias a la pequeña Phoebe, su hermana. La infancia siempre redentora.

De pronto me sentía feliz viendo a Phoebe girar y girar...¡Cuánto me habría gustado que la hubieran visto así!
Y es que Salinger asustado de que tal vez su texto, deprimente y obtuso, anime a los jóvenes al suicidio, tuerce el ritmo de los acontecimientos y culmina con una guinda de fresa su tarta dulce de cianuro literario.