sábado, 24 de abril de 2010

Flor de un día

La vida: esperar lo que no queremos, cual la sombra de la jacarandá siempre separada del tronco. Vivimos a la contra, evitamos no herirnos con las puntas de la palmera, en lugar de solazarnos con la brisa de sus brazos. Y este vivir a la defensiva, gato que hasta del agua huye, nos hace pusilánimes, y aún más oneroso el fardo de nuestros días; pero no lo suficiente. Pues me resisto a tirar por la borda los pequeños deseos: un café cargado de azules y granas al alba, tres cabezadas después del comer honrado, y a la tarde: mirar por la ventana sentado por si alguien viene, y poder abrirle la puerta.

Cansado estoy del cactus arisco. ¡Para una flor efímera! ¿merece la pena aguantar sus pinchos todo el año?

Y ese alguien, al verme tan resuelto y decidido a desprenderme del cactus y tirarlo a la basura, dice:
¡Déjalo vivir sin más, no le prives de morir dulcemente pensando que a la primavera siguiente otra flor le hará olvidar sus penas de hoy cantando!

jueves, 22 de abril de 2010

Electra


Antes que los demonios invadan la habitación, la madre, como catapulta, con la agilidad de un rayo, se lanza a la estancia donde su hija duerme un sueño azul. La coge entre sus brazos y se la lleva a su cama. El cuerpecito de la niña queda como diluido, perdido entre los repliegues de una madre canguro, hámster engullidor de su propia cría. Piensa que su hija es su propio cuerpo, que las cosas no deben repetirse sin necesidad, que “non bis in unum”; así que estrella contra el suelo el “realtime processing” de la cacofónica vida de la niña.

En ese momento el diminuto dispositivo electrónico que su hija tiene insertado detrás de la oreja se dispara como se dispara el alma tras la muerte. Su hija con su silbante ring-ring-ring es un despertador a deshoras; luego el sonido de la alarma se hace más débil, “the program aborted”.

La madre se da la vuelta en la cama. Duerme tranquila sin la pesadilla de que sus hijos fueron la equivocación de un proyecto averiado.

martes, 20 de abril de 2010

El violinista entre la paja

En esto que bajaba yo por las escaleras (aquel día me sentía pletórico y eludí el ascensor) cuando vi a mi vecina atareada en la entrada de su piso. Se le había encasquillado la llave en la cerradura. Tenía el pasador descorrido y bloqueado, y no atinaba a sacar el llavín de su sitio. Las prisas, además de ser malas para el tráfico, (mi vecina es conductora de autobús) no son maestras de ningún oficio. Y el de cerrajero requiere precisión y paciencia. La claridad del día y mi buen ánimo, como digo, sacaron a relucir esa oculta disponibilidad vecinal de la que raras veces hago gala. Luego de darle los buenos días le ofrecí mi ayuda:
¡Déjame hacer a mi, a ver si hay suerte!
Con tacto y tiento cogí la llave hasta que conseguí desbloquear el cerrojo. Luego saqué la llave y como el torero que brinda a su amada la pantoja la oreja del bicho muerto, se la entregué acompañada de un guiño al tiempo que autofaroleando le decía, (repito, aquella mañana yo estaba inspiradísimo):
¡A las puertas para que se abran hay que tratarlas como a las mujeres, con delicadeza y cariño!
Y esta mañana cuando leo a Salinger que tilda de cursilada como un pino aquella frase que leyó un día la mujer es como un violín y que hay que ser un buen músico para arrancarle las mejores notas, me avergüenzo, me arrepiento de ser tan poco original y tan mal galán con mi vecina. Y ya no siento lo que dije, sino que desde entonces las puertas de su casa permanecen cerradas para mi a cal y canto; aunque bien pensado, paso de mi vecina como el sol por el cristal sin romperlo ni mancharlo.

lunes, 19 de abril de 2010

Domund viviente

Recuerdo de niño el privilegio de los enchufados de la escuela: repartir la leche americana, llenar los tinteros de los pupitres, cerrar al final de las clases las ventanas, apagar las luces, o cuando el maestro se ausentaba apuntar en la pizarra a los que hablaran...

Nunca me apenó ser excluido de esta tareas de responsabilidad señalada, no porque no las deseara, sino porque acarreaban el rechazo y la burla consiguientes de los demás compañeros.

En el mercado de los sábados una peregrinación de hombre y mujeres cargados con sus carros de la compra se agolpan alrededor de los puestos de verduras. En tiempos de crisis todos miramos la peseta. Los hay que se acercan a última hora. Los vendedores antes de volver a cargar en sus furgones y camionetas plátanos y tomates recalentados por el sol de todo el día ofrecen más baratas sus manzanas y hortalizas. Hay quienes, ambulantes y por libre, venden cabezas de ajos, cerillas, calcetines y amores de segunda mano. El mercado de los sábados del pueblo es todavía un acto cultural, viva representación festiva y colorista, lugar de charla, encuentro y ágora como se dice ahora. Churros calientes. Campo abierto a la publicidad donde los ocativilleros reparten propaganda del mejor merendero, la parcela ideal. Un hombre vestido de payaso regala entradas para el circo de la tarde. El mercado de la Compañía es el termómetro de la Bolsa de Molina, mitin y pancarta, púlpito y algarada, plante de cuchicheos, y sobre todo oración de súplica en esta mañana de abundante clamor y carestía:

Mientras un negro entre la gente agolpada se abre paso como puede con una gorra en la mano.
¡Por favor. Por mis hijos: Para comer. Por favor!
Y entre aquellos honores con que el maestro distinguía a sus preferidos, hoy después de cincuenta años me acuerdo de aquel otro favor del que privado me vi en mi etapa escolar, y que ahora por fin consigo: tener en mis manos el busto de aquel chinito de los domunds de mi infancia. Un niño aupado por su madre se acerca al negro, coge con respeto su cabeza como si fuese la hucha de mis años de ensueño y deposita en su cara el óbolo de un beso.

sábado, 17 de abril de 2010

Palabras para todo


Veo en la CNN una entrevista que le hacen a alguien cuya profesión y pormenores me callo. El invitado viste cortado a lo clásico. Nada lo remarca, sólo la escueta perfección masculina de la indefinición más absoluta: Afectación: (salvo su neutra uniformidad) ninguna. Seriedad en el planchado de la ralla de los pantalones; las hombreras, erguidas; zapatos negros. Y el resto de los atuendos: sin veleidades ni adornos, de color oscuro. Una excepción: la corbata que lleva. Si su cuerpo es un mar de alquitranes cubierto, su corbata es una espada de colores cortada a tiras, un alfanje que le cuelga del cuello por franjas verdes de color pepino. Intuyo que este toque diferente y singular en su vestimenta no es suyo. Fue su mujer las que además de aconsejarle la corbata ajustada, también le hizo el nudo, no del todo apretado, para que por su conducto interior aspirara todo el fuel contaminado del océano de su conversación sistemática.

Mueve las piernas, las cruza, de vez en cuando las estira con elegancia, alternando, como si fuesen ellas las que marcan los temas y su tiempo. Y sus manos son aspas pausadas de un molino llevadas por la brisa del ritmo de su conversación (iba a decir fluida) mejor: insulsa y pesada. Desde la seguridad de su anodina prestancia frente al atril de su verbo irrevocable, ilustrado habla y habla. Es todo un recetario. Tiene palabras para todo. Y esto que para otros es virtud y triunfo, embobamiento y gobierno; para mi es duda y cansancio.