viernes, 16 de enero de 2026

Y después de la revolución qué



Jorge llegó a la política cuando el partido todavía estaba legalizado. Incluso fue apaleado y encarcelado cuando, en aquellos tiempos de absolutismo, monarquía y dictadura, el compromiso político era levadura para transformar el mundo.

La valentía, su afilado verbo, su solidaridad y empatía, muy pronto colocaron a Jorge como presidente del CSNID (Comité del Salvamento Nacional para la Instauración de la Democracia). Atraído por su obrero fervor de clase, un coetáneo suyo, un tal Roberto, le dijo que quería alistarse como militante en las filas de su Movimiento. Mejor, no, -le dijo Jorge-, que más haces tú por el pueblo, no interviniendo en política, que ostentando insignia alguna.

Mientras Jorge estuvo al cargo de la institución revolucionaria, fue honesto hasta donde pudo o hasta donde poderes soterrados le dejaron. Supo emplear a cada cual para lo que valía. Y siempre quiso tener a Roberto a su lado, no como mandatario, sino como complemento, como contra partida. Jorge acostumbraba a decir a Roberto: 
Siempre serás la luz de mi buen ver y proceder político, no supeditado a otros idearios revisionistas, contrarios al verdadero sentido de una revolución al servicio de la gente. Si yo soy el alma de la revolución, tú serás su cuerpo, su armadura.
Pero en la vida no hay que ser siempre desconfiado. Y Jorge, el dirigente comprensivo, no pudo por mucho tiempo dejar de recompensar a Roberto con una cartera en su Directorio. Pongamos por ejemplo: secretario del negociado de cultura nacional. Robert desempeñó el cargo a la perfección, cual diestro aspirante a torero, elevando la tauromaquia de la política a su más alto rango: pan y circo.

Y así fue como el rata de Roberto se subió muy raudo al toro de la revolución, se unció fuertemente a sus cuernos y le cogió el gusto a la bestia. Y como buen espada se arrimó tanto al toro del poder, que Jorge al ver su arrojo, los quiebres, su valentía, se sintió incómodo, y hasta cierto punto temió que los triunfos y cortes de orejas de su pupilo acabaran con su vida. Como así fue. Jorge acabó siendo guillotinado por su más leal y protegido amigo.

Y antes de sentir vergüenza de ser ahorcado en plena plaza de la Revolución, Jorge por iniciativa propia, se apeó del burro del poder. El ex-presidente, antes de fraile había sido cocinero, No le importó por tanto ser luego peón de cualquier cosa. Encontró trabajo como friegaplatos en un mesón del polígono de Los abogados.

Muy pronto Roberto también se dio cuenta que su labor como guardián de la revolución no se ajustaba del todo a las ideas de su arrojo torero. Y tal vez, llevado por el ejemplo del ahorcamiento de Jorge, o tal vez convencido por el dicho de aquellos que decían que los que hacen las revoluciones no son las personas más adecuadas para ostentar luego el poder del nuevo sistema instaurado, dejara también, tras su cantado y próximo linchamiento, su puesto libre para el siguiente candidato, que ya se encargaría el nuevo mandatario dejar justo las cosas como antes de la Revolución estaban.

Hoy por casualidad Danton y Robespierre se han encontrado en las colas del paro. Este último demandando un puesto de monosabio en cualquier plaza de toros que se tercie. Y Danton trabajando de conserje en el Ateneo Libertario de una capital de provincias.

Y así acaba esta historia que quiso mostrar, sin conseguirlo, las contradicciones internas que toda Revolución conlleva en sus alforjas de buenas intenciones llenas. Hacer la revolución cuesta, pero más cuesta mantener y gestionar la justicia en esta ínsula de nuestro mundo baratario, más lleno de dones que de piedras, a decir de nuestro amigo Sancho. (Don Quijote de la Mancha. II Parte. Cap. XLV).

martes, 13 de enero de 2026

Lágrimas de tinta



Las carnes del hijo, cual las de un inocente cordero, ardían sobre los carbones del altar de un dios farol y ateo. El dolor fue luego la negra musa de las letras de fuego de un padre malo.
Sólo el sufrimiento podrá lavar mi asesina osadía, y así degustar yo el vino de las uvas de mi redención comprimida. No hay mal que por bien no venga.
Si estas palabras las hubiera dicho otro que no fuera un patriarca de fe ciega y a machamartillo, lo calificaríamos de sado, masoca y loco. ¿Acaso un dios, por muy dios que sea, puede mandar a su fiel más devoto que mate a su propio hijo, que vaya contra el precepto natural de amarás a tu descendencia como a ti mismo? Después de haber clavado el cuchillo en el cuello virgen del hijo, ¿tendrá valor el patriarca Abraham de contemplar satisfecho (tras haber cumplido el divino mandato de un dios hereje), las carnes de Isaac crepitando sobre las purificadoras brasas de una contranatural y parricida  ofrenda?

El progenitor obediente quiso calmar su pena convirtiendo su malévolo pensamiento en un texto sapiencial:
¡Quién soy yo para contravenir tu voluntad con palabras carentes de sentido! La escritura no se hizo para ser leída, nació para que los escritores no se murieran por dentro y así pudiéramos expulsar todos los males y diablos de nuestro cuerpo.
Al santo varón en días yermos el cerebro se le secaba, y sus dedos engarrotados y congelados por la escarcha de la incomprensión y la impotencia, se negaban a trazar consonante o puntuación alguna. Abraham entraba en calor cogiendo la pluma. Y si no escribía lo que en su mente y corazón le escocía, o no le cuadraba, se ponía como un basilisco: la ley de la naturaleza manda cuidar de los hijos, proteger el rebaño, socorrer al desvalido... Y acudía a la escritura como un imbécil para reanimarse con sus letras. Buscaba giros y metáforas con el fin de verter en ellas todo el dolor de su culpa y su tristeza. Si Abraham hubiese tenido el mismo arte de escribir que Jeremías hubiera construido un acróstico con todas las letras del alefato hebreo para librarse de sus lamentos.

Dicen que el dolor nos adentra, que nos hace conscientes de nuestra verdadera condición humana, que la escritura es bálsamo para las heridas, que es capaz de unir a un hombre partido por la mitad. Pero por más que la autoría de tan sabio aserto sea del mismísimo don Miguel de Cervantes y Saavedra, está por demostrar su verdad. Consolación ilusa. El sufrimiento no calma, más bien enerva y subleva al escritor dolido. Del dolor tarde o temprano se sale, se sale porque se acaba. Muerto el perro se acabó la rabia.

Y aquel que escribir quería con lágrimas de tinta y sangre su espiritual catarsis, para de este modo verse inmune de culpa alguna, escucha ahora con rabia las lamentaciones de su compadre, el paciente Job: 
¡Consoladores molestos sois todos vosotros! Vuestras palabras están vacías. Por mucho que habléis, o escribáis, o convirtáis vuestro dolor en oración o en poesía, jamás cesará vuestro llanto.


viernes, 9 de enero de 2026

Roscones con habas



Fui a la biblioteca para donar unos libros a cambio de ver colgada mi egolatría en el altar de sus estanterías. Y al salir de tan letrada y transparente basílica, me quedé impresionado del gesto modesto de un hombre cualquiera. Vestía bien, pulcro, sin colorido ni afeites. No olía a desodorante de salvia. No parecía ningún estrafalario, uno de esos chiflados excéntricos a quienes no les importa hacer el ridículo en plena calle mayor, después de unas festividades hartas de luces beodas y roscones con habas.

Me acordé de aquella otra escena de una biografía, Il Poverello d’Assisi, que yo leía en mi infancia piadosa, en la que se contaba el arrebatado impulso de Pietro Bernardone, un joven radical y convencido que renunciaba a su herencia y a su fortuna en favor de los desheredados. Y en plena plaza de Asís, (el que mañana se llamará Francisco), se despoja de todas sus ropas y pedrerías, quedándose completamente desnudo ante un obispo escandalizado, delante de su acaudalado padre ofendido, frente a nobles, mujeres, niños y curiosos, (tal como lo viera Giotto, aquel pintor florentino de la baja Edad Media), sin importarle nada el qué dirán. Todo un performance comprometido y realista, en aquel pretérito y recatado siglo XIII, al estilo descarado de esas atrevidas mujeres en topless de hoy, que reivindican la igualdad de género o cualquiera otra causa justa.

El hombre anónimo, que al principio me referí, ese que vestía formal y no se diferenciaba de ningún otro hombre, se detuvo bajo un árbol de la acera, se acobijó bajo su sombra. Dejó el móvil en el suelo, miró a lo lejos con parsimonia el horizonte, como si visualizara una presencia invisible, sagrada, y así ser contemplado y querido por esa visión callada y protectora que él creía que le amaba. Se situó correctamente en el espacio, en su sitio debido, como hacen los animales antes de disponerse a dormir, y hacemos también los humanos, que nos giramos sobre nosotros mismos, hasta encontrar esa postura digna y equilibrada antes de emprender una acción importante, como el soñar en medio de una noche oscura con ansias en amores inflamadas. Y una vez que este hombre normal se aseguró bien que su posición era la correcta, se descalzó, al igual que Moisés lo hiciera al pisar el monte santo, colocó sus zapatos en perfecta simetría junto a él, hincó sus rodillas en la dura baldosa, echó su cuerpo adelante, de manera que vino a tocar con su cabeza el suelo. Contemplé con cierto recelo su inusual postura: su cuerpo, en ángulo agudo abatido sobre la superficie, la Línea de Tierra, el duro pavimento de este mundo atravesado por la verticalidad de la proyección de la luz del mediodía. Y vi su figura proyectada sobre las cristaleras de la Biblioteca municipal de la que yo acababa de salir. Admiré su noble gesto de inteligente humildad. Humildad postrada, pero engrandecida y llena de espiritualidad. Un gesto impropio de un hombre normal de nuestra época.

No miré la hora en mi reloj, pero debería ser cerca del mediodía, esa hora misteriosa que los españoles llamamos siesta. Lo supe por la posición del sol, que caía perpendicular sin dejar que sombra alguna enturbiase ese momento. Ese momento sublime del día, quizá le trajera algún recuerdo, una indicación misteriosa. Y en medio de la calle aquella, entre los peatones a lo suyo, los niños alborozados con los juguetes que ayer unos reyes tuneados les pusieron al pie de una chimenea apagada, las amas de casa subiendo malhumoradas la cuesta de enero, la Avenida del Chorrico..., yo me maravillé de ver a este hombre libre, sin retraimiento alguno. Y me acordé de Adil, un viejo amigo que había venido a pasar con su mujer y sus tres hijos unos días a nuestra casa de la huerta. Al yo preguntarle cómo es que él sabía en todo momento dónde debía debía mirar y colocarse para sus adoraciones diarias del Salah, sacó su móvil y me mostró una aplicación. En la pantalla aparecía una circunferencia de la que de su centro, una flecha, después de oscilar unos instantes, se detenía, apuntaba un punto preciso. Y Adil, señalando por encima de la palmera que da allá por donde el sol cada día se levanta, me dijo: 
Allí donde la aguja señala ese punto del hemisferio solar, allí está la Meca mía, el Belén vuestro, la luna de Buda, el Muro de los lamentos de los judíos, y este templo al aire libre de una Tierra dadivosa espléndida para todos.
Y tanto entonces, cuando mi amigo argelino me reveló la generosa sacralidad de la tierra en aquel punto concreto en el que él se postraba para hacer sus adoraciones diarias, como ahora, al salir yo del templo de los libros, y ver a este otro hombre normal, de rodillas sobre el asfalto, agradeciendo no sé a quién, ni por qué, ni qué cosa, recobro yo el sentido del sinsentido de este tiempo y de este mundo que se ha roto completamente, que ha perdido la conciencia y la cordura, el derecho natural, su vínculo entre el pasado, el presente y el futuro, su discernimiento, ¡Ay pobres de nosotros, que ya no sabemos distinguir el bien del mal! Y como aquel poeta de Tierra baldía yo también me pregunto hoy: 
¿Por qué las raíces de los árboles ya no arraigan, ni sus ramas, ni sus hojas crecen hacia el sol que las alimenta y las guía?

martes, 6 de enero de 2026

El trayecto lastimero del tiempo


El pasado nunca está muerto, ni siquiera ha pasado. (Faulkner)

A veces me detengo, y como los pavos, levanto mi cabeza para degustar y digerir mejor lo que estoy leyendo. Luego vuelvo al libro, y me quedo de nuevo embelesado. Me tiene atravesado el enigmático escribir de este hombre. ¡Me resulta tan sutil, tan apetitoso y sencillo y a la vez tan misterioso y extraordinario! Sus personajes, rostros sin acabar, a medio esculpir. Parece que han perdido el alma, y sus cuerpos vagan dando tumbos por cuadras, pajares, tabernas, sombras y sospechas por caminos solitarios, senderos de tierra, interminables, largos y entreverados en un tiempo indefinido y eterno. 

Desde la penumbra amargada y cortante de un año más, sigo leyendo. Llevo ya casi leído todo el libro de mi vida. Mentiría si dijera que no estoy interesado por la trama, en qué y cómo acabará esta novela. Pero la verdad es que su intríngulis es lo que menos me importa. De lo que estoy fascinado es de su ambiente, el halo misterioso en el que se desarrolla la historia. Nadie se fía de nadie. Un mundo lóbrego, de culpas y represiones, esclavitud y sumisiones. Un mundo, que aún a pesar de su oscuridad y pesadez, todos nos aferramos a él a la espera de que algo bueno pueda acontecer.  

Creo que lo único que recordaré de esta historia, como de tantas que cayeron bajo el asombro de mis ojos atentos, será el color y el aroma, desolado o límbico del tiempo. Dentro de tanta mierda atisbo algo de luz que, sin dar la cara, el escritor me muestra. Y es que lo que no se dice en una novela es lo mejor que leo de ella. Ese poder de los buenos escritores que nos dan a conocer la belleza de lo que escriben sin hacer mención a ella.

Con el tiempo me olvidaré de las historias que este autor cuenta, pero siempre recordaré el hálito de sus escritos. Tengo yo archivado las impresiones de mis libros leídos. Y catalogados los guardo en mi memoria por el olor y los colores, el impacto que sus lecturas me provocaron. Y este autor en concreto clasificado lo tengo por el blanco y negro de sus textos, y aunque no me acuerde de su nombre, siento al leerlo que el pasado siempre está a mi lado. Somos tiempo, ese tiempo fugaz y lastimero que se me va de las manos como la sonrisa del agua tras un día largo de lluvia mansa. 

viernes, 2 de enero de 2026

Tras la publicación de un libro



Tras la prístina y vívida alegría de sacar a la luz Me olvidé de tu nombre, hoy, apenas unas semanas después de su publicación, vengo a verter aquí mi tristeza por haber parido un manuscrito que me deja insatisfecho. Librera Depresión Posparto. Y cuando creí que este libro sería el sursuncorda, reconozco ahora que no merece la pena detenerme en su descripción. Y no es único este sentimiento. Me pasa casi siempre con todo lo que hago. Nunca mis propósitos se ajustaron del todo a su resultado. Ya lo dijo no sé quién: el ser humano es un proyecto a medio hacer.

Y para evitar que lector alguno menosprecie mi libro, lo hago yo en persona. ¡Cuán embustera y soberbia es mi humildad! Dentro de ella encubro mi orgullo pretencioso y mezquino. Siempre que el summum Verum, Bonum et Pulchrum de los escolásticos sale a mi encuentro, una inmensa fragilidad y derrota me invade por entero. Frente a la idealizada concepción platónica de lo sublime me siento un ser limitado e insignificante. Toda grandiosidad, ricura y excelencia pone aún más de manifiesto mi planfetaria esencia. Y esa belleza, bondad y autenticidad, imposible de emular, tiene como fatal consecuencia mi irremediable rechazo.

Nunca conseguiré tallar, transferir en palabras escritas lo que quiero, ni expresar lo que pienso. Imposible envasar, encorsetar un sentimiento inmaterial en un conjunto físico de letras que, como los conejillos de Cortazar en su Carta a una señorita en París, se escurren y desaparecen entre los renglones de mis textos.

¿Acaso alguien podría apoderarse del trémulo resplandor de la luna en una noche de pasión, o envasar toda el agua del Pacífico en un minúsculo dedal? El querer meter a la fuerza en unas cuantas páginas el brillo, el suave titilar de una estrella, mi amor por las palabras, por el nombre de las cosas, evidencia aún más mi alevosía escriturera.

Y al hilo me viene ahora aquella pugna entre el escalador y los Alpes. Había una vez un montañero em-peñado en llegar a la cumbre, al pico más alto del Mont Blanc. El alpinista, cada vez que a punto estaba de conseguir su proeza, la montaña se crecía, haciendo imposible que el escalador coronara su cima. En tan desigual carrera, el poder creciente e infinito de la montaña dejaba siempre a su rival rendido, infausto y malhumorado. Al final el montañero acabó muriendo de acrofobia.

Grandes escritores, acosados por esta misma quemazón, dejaron escribir de por vida. Citemos a Pavese, (sólo a modo de metáfora). Debido a su impotencia de hacer feliz a Constance Dowling se quitó de en medio, no sin antes exclamar: escribir es una mierda, no escribiré jamás. Ellos fueron osados y no como otros que, cual turiferarios de nuestro propio ego, conservamos el corpus sagrado de nuestros textos cual momias embalsamadas en el sarcófago dorado de las estanterías desconsoladas de nuestra casa.