sábado, 31 de enero de 2026

Tinta viva


 

Tengo yo por por costumbre a primera hora de la mañana y resguardado de miradas basculantes y del bullicio callejero escribir mis flatulencias en el cuarto de baño. Cómodamente sentado sobre la taza del inodoro, las emanaciones salen por su propia inercia sin apenas esfuerzo y apreturas.

Pero hoy al enterarme de lo que le aconteciera a Catalina Segunda tendré que buscarme otro rincón más seguro y recóndito para seguir expulsando mis excreciones literarias.

Y es que a esta reina de Rusia, a la amiga por excelencia de Diderot y Voltaire, la encontraron muerta una mañana esclafada en su letrina real.

Sí, ya sé que no es lo mismo palmarla de un retortijón de barriga encima la taza de un retrete que espicharla por plagiar las Catilinarias de Cicerón en una letrina romana.

Aunque, puestos a morir, conozco yo a un escritor que ha muerto muchas veces escribiendo. Que las Moiras no son asquerosas ni tiquismiquis; lo mismo te acorralan en el delta del Bramaputra que en el desagüe de la lavadora. Y a este escritor en concreto del que ahora no acierto su nombre, la muerte le quitó un día la pluma y con ella le atravesó su corazón con tinta viva.

miércoles, 28 de enero de 2026

Ser virgen está de moda


Dice Pausanias en el Banquete de Platón:
El amor no se dirige sólo a los cuerpos, sino a las almas, y ama a aquellos en quienes la inteligencia empieza a manifestarse.
Confundir amor con juventud o vejez es un reduccionismo fácil y falso. El amor es imparable, no conoce muros ni fronteras, se eleva traspasando las cumbres más altas, y consigue alcanzar profundidades insospechadas. Para los amantes no sólo el cuerpo o la edad es lo que importa. Su nobleza y su verdad es lo que cuenta. Basta que uno de ellos, no sobrepase los veinte para que el vigor de este pase al sexagenario, y los dos en este sistema de múltiples vasos comunicantes alcancen la media aritmética, los cuarenta cuadrados, la edad perfecta y bella de su prudencia lograda.

¿Entonces? Santa envidia -diría el viejo. O el amor quizá esté en la mente. Y ya se sabe que en cuestiones de años, la mente nos sorprende y miente. Que he visto yo abuelos que peinan canas y se sienten emprimaverados. Y al contrario, muchachos aún sin bozo con calvas de momias antediluvianas, licántropos menopáusicos a cuatro patas.

Pero el sexo, que hasta ayer fue sostén y acicate de la supervivencia de la especie humana, hoy resulta no ser tan imperativo y necesario. Según estudios proyectivos, (demografía, fertilidad, disponibilidad económica, recursos naturales, etc.) el algoritmo matemático resultante indica que, tras un tiempo de orgías, bacanales y optimismo, parece ser que vienen días de castidad modélica, de frigidez y pesimismo. Ante situaciones de miedo, desesperanza, catástrofes y porvenires inciertos solemos inhibirnos, retroceder, no aventurarnos por caminos no trillados.

Lux, el álbum de la contradicente Rosalía y la película reciente de Los domingos de Alauda Ruiz dan clara muestra de lo que hablamos, así como la proliferación de movimientos neocatemunales dentro de la iglesia católica caracterizados por su conservadurismo y posiciones sectarias, excluyentes y fundamentalistas. ¿Cuáles son los motivos íntimos que a una muchacha de 17 años, en pleno hervor, guapa y buena estudiante, llevan a desprenderse de las delicatessen de un mundo pletórico de bondades y placeres para convertirse en una monja de clausura?

Ante las respuestas inviables de un mundo absurdo y loco, hay quienes prefieren retornar al enamoramiento divino, volver al refugio de su clarividente soledad compensatoria. No creo que esta decisión, a todas luces respetuosa, les exonere del compromiso de dar la cara, responder a toda realidad injusta que requiere, (no sólo desde el punto de vista evangélico), una actitud de compromiso, acercamiento, empatía y solidaridad, más que de huida y escape. Ni en la séptima morada, (la unión plena y definitiva con Dios), debería sentirse a gusto el creyente, a menos que estuviera hermanado con los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren. (Concilio vaticano II).

Y volviendo al dios Dioniso, al dios de la fertilidad, no entiendo yo, ni sé de otra religión, decálogo ni credo que no sea la de amar sin fin al ser humano, de carne y mente fabricado, y así, desde la mortal cópula de un momento de pasión, elevar a inmortalidad deseo tan sublime y tan sagrado. ¡Me gustaría tanto que Virgilio, igual que a Dante, nos condujese a todos al Paraíso de Dioniso, y allí tomarnos eternamente un café o una rueda de churros con chocolate!

 

viernes, 23 de enero de 2026

Las semillas que plantamos



Los recuerdos son las semillas del eterno retorno 
(Nietche)

Hace tiempo que unos cuantos amigos enterraron los restos de sus tiernos días vividos bajo la sombra estirada de la torre de una catedral de provincia. El eco de las campanas, cantando las horas canónicas de su tímida juventud festiva, sepultado quedó por el murmullo de unas aguas mansas frente a los molinos de un río. Como despedida, antes de separarse los amigos, plantaron un esqueje de vid que les trascendiera y convirtiera en sombroso parral de dorados racimos de uva su futuro.

Los muchachos luego, cual dice el refrán, (cada mochuelo a su olivo), alzaron por separado a sus asuntos el vuelo. Como el ciervo huiste, / habiéndome herido; / salí tras ti y eras ido. Y el piular del ruiseñor les causó pena, triste llanto dolorido, cual el de aquellos polluelos implumes que fueron por la serpiente del edén despojados de su nido. Los pájaros plegaron sus alas cubiertas de tristeza y de rocío sobre el manto alejado y mudo del olvido. Si te he visto no me acuerdo. Los pétalos de su plumaje brillo cayeron al vacío. Pobres, destetados del abrazo de una amistad apenas renacida.

Flores desvestidas de su canto y su donaire, tuvo a bien el viento esparcir la semilla de su juventud enclaustrada sobre una tierra acogedora y fértil de recuerdos inmemoriales.

Al cabo de los años, la casualidad del destino (o el desatino) reúne de nuevo a los viejos amigos. Los jóvenes de entonces se congregan ahora esperanzados en el mismo jardín de su pasado, donde ayer de consuno plantaran aquel injerto de vid prometedora. Y quieren significar este grato sentimiento vívido y motivado por su fraternal rencuentro. Quieren resucitar el tiempo perdido, rescatar el fruto de las semillas que en su divina juventud plantaron. Tan fuerte es su nostalgia sentida, que los amigos, como el mago aquel del cuento de Fierabrás, quieren unir el presente y el pasado en un solo cuerpo, fundir el ayer y el ahora en un mismo instante. El tiempo es relativo. Todo pasa y todo queda, que decía Machado.

Y así es como quedaron sobrecogidos los amigos al contemplar que el tiempo, su solaje y el abono hicieron florecer sobre un tallo de la parra el canto de la dulce filomena, aquel ruiseñor que a Juan de la Cruz le sabía a éxtasis placentero:

Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía
y luego me darías
allí tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día.


martes, 20 de enero de 2026

Valor de cambio


Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. (Discurso de Don Quijote a los cabreros)


Rumores recaudadores llegaron a mis orejas de malva virgen. Me hablaron de mi jubilación:
De seguir más tiempo cobrando tu pensión injusta debido a tu longevidad matusalénica, seguro que el sistema quebrará, y ya no quedará ni un céntimo para los que han de nacer mañana.
Y escuché además que, (¡ingratos después haberles dado yo la vida!), no cesaban de reprocharme:
Tardas en estirar la pata más de lo debido, ¿por qué no te has muerto ya, tortuga del pleistoceno? Por tu culpa nuestros nietos dejarán de tener acceso gratuito, a la salud, a la escuela, al paro, y hasta, para cruzar la calle, tendrán que depositar a los pies de la estatua de Adam Smith el óbolo que encienda sus pasos por las sombras de la noche de su pobre caminar en bancarrota y fiado.
Los herederos académicos del padre del capitalismo seguían calentando mi oreja yerma con su brutal filosofía rentista. Y a bocajarro me estamparon que yo solito con los honorarios de mi pensión me había comido casi la totalidad del pastel que era sustento de todos.

Hoy día todo el mundo para demostrar cualquier cosa, por ejemplo, que las brevas no son uvas, acuden a la economía, esa razón suprema y única que predica que todo lo que se mueve alrededor del sol se reduce al dinero. Y los rumores vestidos de contable con birretes y manguitos de chupatintas me demostraron con números sobre la mesa que yo era una carga para las arcas públicas. La esfinge recaudatoria al ver en mi cara un cierto gesto de reprobación, al instante me demostró que yo ya había cobrado en mis años de jubilado el cuádruple de lo que yo había cotizado en mi vida laboral al erario público, y que al haber consumido yo mi cuota alícuota, que me olvidara de mi paguita. No hizo falta que los guardianes del tesoro público me llamaran ladrón para sentirme yo culpable por haberme zampado casi todo el presupuesto de la tarta nacional.

En cuestiones de dinero mi mente deambula por un universo de cifras y nebulosas que nunca lograré entender. No me explico que el billete de papel que yo le doy al carnicero, al instante se convierta en una carrillada de ternera. Ni siquiera sé por qué cinco menos una son seis y tú te llevas las cuatro que sobran. Y por más que le pregunto a Bezos, a los dueños de Apple, a los amos de Google, al astronauta de Tesla, al dios Pluto de Amazon... de dónde sacaron los trillones de sus ganancias, o en qué lavadora pusieron a limpiar sus sucios harapos para que el dinero por sí mismo, sin mediación laboral alguna, de la noche a la mañana se multiplique indefinidamente. Nadie da duros a cuatro pesetas.

Y así es como yo les dije a los fiscales del dinero público que si querían cuadrar sus cuentas que le preguntaran a los magos de la fortuna, que una noche pusieron sus billetes a la luz de la luna, y a la mañana siguiente se encontraron que las estrellas del cielo les había dejado el ciento por uno. Pues eso: que fueran con el cuento ese del justo reparto al rey Midas, a ver si este trilero de los cuartos podría poner apaño a las cuentas del Estado.

viernes, 16 de enero de 2026

Y después de la revolución qué



Jorge llegó a la política cuando el partido todavía estaba legalizado. Incluso fue apaleado y encarcelado cuando, en aquellos tiempos de absolutismo, monarquía y dictadura, el compromiso político era levadura para transformar el mundo.

La valentía, su afilado verbo, su solidaridad y empatía, muy pronto colocaron a Jorge como presidente del CSNID (Comité del Salvamento Nacional para la Instauración de la Democracia). Atraído por su obrero fervor de clase, un coetáneo suyo, un tal Roberto, le dijo que quería alistarse como militante en las filas de su Movimiento. Mejor, no, -le dijo Jorge-, que más haces tú por el pueblo, no interviniendo en política, que ostentando insignia alguna.

Mientras Jorge estuvo al cargo de la institución revolucionaria, fue honesto hasta donde pudo o hasta donde poderes soterrados le dejaron. Supo emplear a cada cual para lo que valía. Y siempre quiso tener a Roberto a su lado, no como mandatario, sino como complemento, como contra partida. Jorge acostumbraba a decir a Roberto: 
Siempre serás la luz de mi buen ver y proceder político, no supeditado a otros idearios revisionistas, contrarios al verdadero sentido de una revolución al servicio de la gente. Si yo soy el alma de la revolución, tú serás su cuerpo, su armadura.
Pero en la vida no hay que ser siempre desconfiado. Y Jorge, el dirigente comprensivo, no pudo por mucho tiempo dejar de recompensar a Roberto con una cartera en su Directorio. Pongamos por ejemplo: secretario del negociado de cultura nacional. Robert desempeñó el cargo a la perfección, cual diestro aspirante a torero, elevando la tauromaquia de la política a su más alto rango: pan y circo.

Y así fue como el rata de Roberto se subió muy raudo al toro de la revolución, se unció fuertemente a sus cuernos y le cogió el gusto a la bestia. Y como buen espada se arrimó tanto al toro del poder, que Jorge al ver su arrojo, los quiebres, su valentía, se sintió incómodo, y hasta cierto punto temió que los triunfos y cortes de orejas de su pupilo acabaran con su vida. Como así fue. Jorge acabó siendo guillotinado por su más leal y protegido amigo.

Y antes de sentir vergüenza de ser ahorcado en plena plaza de la Revolución, Jorge por iniciativa propia, se apeó del burro del poder. El ex-presidente, antes de fraile había sido cocinero, No le importó por tanto ser luego peón de cualquier cosa. Encontró trabajo como friegaplatos en un mesón del polígono de Los abogados.

Muy pronto Roberto también se dio cuenta que su labor como guardián de la revolución no se ajustaba del todo a las ideas de su arrojo torero. Y tal vez, llevado por el ejemplo del ahorcamiento de Jorge, o tal vez convencido por el dicho de aquellos que decían que los que hacen las revoluciones no son las personas más adecuadas para ostentar luego el poder del nuevo sistema instaurado, dejara también, tras su cantado y próximo linchamiento, su puesto libre para el siguiente candidato, que ya se encargaría el nuevo mandatario dejar justo las cosas como antes de la Revolución estaban.

Hoy por casualidad Danton y Robespierre se han encontrado en las colas del paro. Este último demandando un puesto de monosabio en cualquier plaza de toros que se tercie. Y Danton trabajando de conserje en el Ateneo Libertario de una capital de provincias.

Y así acaba esta historia que quiso mostrar, sin conseguirlo, las contradicciones internas que toda Revolución conlleva en sus alforjas de buenas intenciones llenas. Hacer la revolución cuesta, pero más cuesta mantener y gestionar la justicia en esta ínsula de nuestro mundo baratario, más lleno de dones que de piedras, a decir de nuestro amigo Sancho. (Don Quijote de la Mancha. II Parte. Cap. XLV).