jueves, 11 de diciembre de 2025

Elogio de la mentira



¡Ay lo que yo daría con ser sincero y decir a bocajarro lo que me sale del forro. Aborrezco a quienes se atreven y le sobran agallas para decir a degüello: 
La mentira es la verdad, lo negro es blanco, Franco vive, el socialismo roba, el culpable es inocente, la solidaridad y el reparto justo... !al paredón! 
Y aquellos que dicen la verdad con la mentira de sus vidas emputecidas, y ponen sus tripas como punta de lanza en sus bocas y plumas deslenguadas, siempre subidos en la cresta de su orgullo, tienen negro el corazón, los pies rotos, sucia la garganta, sus almas huecas, y se merecen, (perdón por el figurado exabrupto), que con una caña rajá le den por el culo. ¡Ay, cuánto los odio! Cuanto más mienten, mejor escriben y hablan los puñeteros. Y como cartas trucadas juegan con las palabras y los medios. Y nosotros: unos pobres lilas de tres al cuarto, poca monta y corto alcance que nos chupamos el dedo. 

Los mayores atascos históricos se producen por conducir por caminos equivocados.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Mujer fatal

 


Escribir es sobre todo leer. La lectura es su motor. Al levantarme lo primero que hago es ir derecho a la agenda de mis costumbres, al borrador de lo que luego será la definición del relato definitivo que configure la vida de la que me alimento y me sustentará durante el resto del día. Y como el espada que, para rematar a su animal, (y no se deja), prueba hendir su estoque de otra forma, con otro pase, así hago yo con el lápiz esta mañana. Pero no hay manera. Cada vez que vuelvo al cuaderno nunca logro decir lo que quiero. La imposibilidad real de dar plena cobertura a mi pensamiento.

Y recurro, (para cubrir esta carencia), a la lectura como su activación más eficaz. Y lo hago ahora acudiendo a Circe. Pero este cuento del Bestiario de Cortázar, lleno de suspense y de misterio, me ha dejado aún más noqueado. Leo deprisa, prisa que no es mía, sino provocada por el arte de la escritura de su autor. Y espero urgente encontrar un final feliz (o apenado); pero que sea sobre todo esclarecedor.

Siempre admiré en Cortázar esa manera suya tan arrebatadora y misteriosa de escribir, y que a simple vista parece espontanea e improvisada, pero intuyo que no es así, sino estudiosamente trabajada, y desde el punto de vista literario, tan atractiva como para encandilarme. Circe en concreto me somete a un ritmo trepidante, y cuya tensión va en aumento conforme avanzo en su lectura.

Y me encuentro con un desenlace un tanto ambiguo y confuso, como si el autor dejara a merced de mí enjuiciar como hechicera y diablesa a la pobre Delia Mañara. Bastante tenía yo con no saber qué escribir esta mañana, como para además adivinar cuál sería el final exacto que en su mente tendría Cortázar para concluir su espectral, kafkiana y fatídica historia, y que la deja en abierto para que sea el lector quien la cierre a su criterio. Que no siempre la partera de una escritura fue la lectura de una buena obra. Al menos en mi caso no ha sido así, que aún sigo bloqueado por su acelerada intriga. 

viernes, 5 de diciembre de 2025

Horror vacui


 

"dans une épouvantable sensation d´éternité, en laquelle semblait expirer la chambre" (Mallarmé)

Era el veranillo de los membrillos. Acostado allí en la cama, tan a gusto, como si a pata suelta durmiera. Imposible -pensé- que alguien pudiera dejar este mundo de forma tan apacible, en plena siesta. Con un brazo, el derecho, en ángulo recto sobre la almohada, como quien coge cerezas a media tarde. Y con la mano izquierda extendida, parecía alisar la sábana tratando de avivar su perfume.

No le vi la cara. Me bastó detener la vista en su cuerpo relajado, mirar sus piernas dulcemente dobladas, sus hombros recostados sobre el colchón blando y hundido, para suponer que descansaba como un bendito. El matamoscas de plástico verde aún seguía a su lado, sobre la cabecera.

Hasta que no vi llorar a las paredes de la habitación, no me di cuenta de que estaba muerto. Lágrimas como goteras chorreaban las escayolas del techo. ¡Cuántas veces me había dicho: yo soy mi casa!

El día antes, cuando le pregunté por sus oliveras, con ojos arbequinos me sonrió de boca a boca.

Luego, me pasé al otro lado de la cama para comprobar mejor su estado, el rigor de la muerte. Y fue entonces cuando noté en sus ojos esa sensación espantosa de eternidad, su horror al vacío. El temor a la nada es mucho mayor que el miedo a cualquier otra cosa.

viernes, 28 de noviembre de 2025

50 Aniversario de la Democracia en España


 
En estos días malos en el que como cangrejos, en lugar de ir p'lante vamos p'trás, ganas me dan de bajarme del carro de las distopías que nos lleva a un pasado trasnochado, telúrico, irracional y represivo. 

A este mundo nuestro que tanto trabajo le costó alzar el vuelo, hoy le pesan los pies y le huele el alma a cagada de gato. Y aquella democracia conseguida a base, de huelgas obreras y estudiantiles, asambleas de base, asociaciones vecinales, comisarías, torturas y muerte, hoy las mismas fuerzas del mal, las que antaño nos mantuvieron amordazados, quieren de nuevo poner grilletes, diques y cadenas al instinto de todo ser viviente que tiende por naturaleza a su desarrollo y perfección. Falsos predicadores, vestidos con los mismos capisallos de nuestros fantasmas de ayer, los mismos que atiborraron sus barrigas y carteras gracias al sistema que ahora dicen demoler. Se introdujeron como gusanos y explosivos en el interior de nuestro organismo político para hacerlo saltar por los aires y sobre sus ruinas erigirse ellos como los nuevos emperadores de una nueva era, un nuevo orden, como aquellos regímenes fascistas que sembraron de mártires las calles de nuestras ciudades.

Dicen que la experiencia es la maestra de la vida, fuente del conocimiento y guía para iluminar nuestros pasos por el buen camino. Pero por ahora cabezotas y empecinados pretenden quebrar los pies al destino. Ojalá, gracias a la resistencia de la cordura y el buen sentido jamás nunca lo consigan.

lunes, 10 de noviembre de 2025

La mujer del minero


 
Su alma blanca era el pico que arrancaba de la piedra la plata negra que enriquecía a sus amos. La mina saciaba de sed y de cal su llanto por sacar adelante a los suyos. Los senos del cauce eran los besos yermos del agua que lavaba las impurezas del mineral rescatado. Una de las vagonetas escaló al cielo abierto su pena, el nombre de todas las penas: un marido descuartizado por el grisú y los trallazos de la explosión y su estruendo, gritos callados. Todas las liebres del monte, los gorriones y hasta los árboles huyeron despavoridos a la cueva de los ecos mudos.

Y el aire y el prado se inundó del olor a muerte, explosión y metano. Y las campanas de la torre del humilde pueblo minero tañeron, sin parar todo el día, duelos, tarantas y soleás. Y el dolor de la esposa escribió allá en lo alto, en el redondel agrietado de la luna, palabras de sangre y humo: y los cuernos de la luna se dilataban o contraían, gemían al ritmo del corazón de la mujer que buscaba la voz de su marido muerto, pájaro enjaulado, entre los escombros de una vagoneta escoltada por la triste solidaridad de sus compañeros de galería. Y hasta el nervio de las piedras latía al viento las cuerdas de sus violines en sol menor, compungidos.

Las lágrimas de la mujer eran ojos de lluvia sin agua, sin párpados. Murciélagos en tropelía, espantados por olor del grisú y su estruendo, volaron hacia el barranco. La naturaleza entera era el espejo de la soledad de la mujer ensimismada. Y le daba lo mismo que las flores del coche fúnebre reventaran de compasión o de rabia. Nada lograba sacarla de su tristeza acuchillada y absorta. Ella quería volver a estar con su marido. Sólo tenía ojos para saber si el humo que aun salía de la chimenea sabría escribir en el cielo, sobre las nubes blancas, las letras del nombre de su marido.