viernes, 2 de enero de 2026

Tras la publicación de un libro



Tras la prístina y vívida alegría de sacar a la luz Me olvidé de tu nombre, hoy, apenas unas semanas después de su publicación, vengo a verter aquí mi tristeza por haber parido un manuscrito que me deja insatisfecho. Librera Depresión Posparto. Y cuando creí que este libro sería el sursuncorda, reconozco ahora que no merece la pena detenerme en su descripción. Y no es único este sentimiento. Me pasa casi siempre con todo lo que hago. Nunca mis propósitos se ajustaron del todo a su resultado. Ya lo dijo no sé quién: el ser humano es un proyecto a medio hacer.

Y para evitar que lector alguno menosprecie mi libro, lo hago yo en persona. ¡Cuán embustera y soberbia es mi humildad! Dentro de ella encubro mi orgullo pretencioso y mezquino. Siempre que el summum Verum, Bonum et Pulchrum de los escolásticos sale a mi encuentro, una inmensa fragilidad y derrota me invade por entero. Frente a la idealizada concepción platónica de lo sublime me siento un ser despreciable. Toda grandiosidad, ricura y excelencia pone aún más de manifiesto mi planfetaria esencia. Y esa belleza, bondad y autenticidad, imposible de emular, tiene como fatal consecuencia mi irremediable rechazo.

Nunca conseguiré tallar, transferir en palabras escritas lo que quiero, ni expresar lo que pienso. Imposible envasar, encorsetar un sentimiento inmaterial en un conjunto físico de letras que, como los conejillos de Cortazar en su Carta a una señorita en París, se escurren y desaparecen entre los renglones de mis textos.

¿Acaso alguien podría apoderarse del trémulo resplandor de la luna en una noche de pasión, o envasar toda el agua del Pacífico en un minúsculo dedal? El querer meter a la fuerza en unas cuantas páginas el brillo, el suave titilar de una estrella, mi amor por las palabras, por el nombre de las cosas, evidencia aún más mi alevosía escriturera.

Y al hilo me viene ahora aquella pugna entre el escalador y los Alpes. Había una vez un montañero em-peñado en llegar a la cumbre, al pico más alto del Mont Blanc. El alpinista, cada vez que a punto estaba de conseguir su proeza, la montaña se crecía, haciendo imposible que el escalador coronara su cima. En tan desigual carrera, el poder creciente e infinito de la montaña dejaba siempre a su rival rendido, infausto y malhumorado. Al final el montañero acabó muriendo de acrofobia.

Grandes escritores, acosados por esta misma quemazón, dejaron escribir de por vida. Citemos a Pavese, (sólo a modo de metáfora). Debido a su impotencia de hacer feliz a Constance Dowling se quitó de en medio, no sin antes exclamar: escribir es una mierda, no escribiré jamás. Ellos fueron osados y no como otros que, cual turiferarios de nuestro propio ego, conservamos el corpus sagrado de nuestros textos cual momias embalsamadas en el sarcófago dorado de las estanterías desconsoladas de nuestra casa.


domingo, 28 de diciembre de 2025

Próspero año nuevo



Mi fe anda resentida y quebrada. Apresado estoy por un pesimismo trágico. Tengo la sensación que la cadena de mi generación y aquella otra que me sucederá se ha roto definitivamente. El mutuo eslabón de nuestro engarce se ha quebrado. Entre mi pasado y el futuro no vislumbro continuidad alguna. En estos idus vertiginosos que corren, no preveo conexión entre lo bien que nos fue el ayer, y lo mal que le irá el mañana a nuestros hijos. O tal vez por suerte no ocurra así, y todo se deba a esta estúpida nostalgia de mi supina vejez agorera y engreída. Los mayores somos dados a consagrar nuestros tiempos viejos, a contar en altavoz nuestra idílicas batallas, como si quisiéramos dejar constancia en la historia que nuestros tiempos y costumbres fueron mucho mejor que los que les deparará el futuro a nuestros jóvenes. Tomás Moro lo dijo bien claro: La tradición no es la adoración de unas cenizas, sino la transmisión de una llama.

Quizá no hayamos sabido transmitir bien el legado a nuestros herederos. Trato simplemente de exponer esta intuición mía llena de dolor: abandono, miedo, inseguridad, desesperanza... Sospecho un porvenir amenazador y tenebroso, como si algo irremediable se estuviera fraguando. Mi mundo ya no será el mundo. Todo será peor y distinto. El bienestar de nuestros hijos no será mejor que el nuestro. Días adversos y apocalípticos se avecinan, no sólo en política, sino en todos los ámbitos de la vida.

Mi padre, hombre alegre y optimista, en estas fechas de fin de año solía escribir con letras de jabón en los cristales de su barbería: Les deseo, señores clientes, un próximo y próspero año nuevo. Yo tampoco pues debería admitir que nada de lo que fuimos desaparecerá del todo.  

Existe en las cosas, en el mundo, en la sociedad, en la cultura en general un poder profundo, una fuerza creadora, ese élan vital del que hablaba Bergson, que nace del interior, y que se abre paso como instinto irreductible. O con palabras también de Teilhard de Chardin, (L´Étofee des choses): ese tejido de las cosas donde la materia camina hacia una mayor conciencia, hacia el Punto Omega, donde materia y espíritu convergerán en una nueva humanidad universal, climática y cósmica. 

viernes, 19 de diciembre de 2025

Radiografía de un itinerario


 
Sale a caminar de vez en cuando, (cada vez menos). Casi siempre toma la misma ruta. Desde su casa, calle san Ignacio, pasa por encima de unas murallas en ruinas, encajonadas en grandes ataúdes de cristal. Saluda a la Dama de Molina, esa mujer subida en el pedestal, cabeza de hierro trenzado su melena. La mujer hierática nunca le dice nada. Atraviesa el desvío, y se incorpora ávido como un felino a la Vía Verde, por donde antiguamente corría el tren de Murcia destino a Caravaca.

Y nada más atravesar la carretera que va a Alguazas, un cañar le sale al encuentro. Se aprovisiona de una caña a la medida de su talla: que le ayude y acompañe en su andadura matutina. Con ella, cual director de orquesta, marca el compás de sus pasos en silencio, la partitura interior del tic-tac de su cuerpo a campo abierto. Abre las compuertas de sus pulmones para oxigenarse con los aires cargados de aromas a carrascales, esparto y romero que vienen de la sierra de La Pila. Mentalmente va contando sin parar: Un, dos, tres, cuatro. Solo su respirar cifrado y el sonido hueco de la caña sobre la tierra compacta. Mantra numérico, jaculatoria, tutorial, soporte y bastón de su marcha por los cuatro puntos cardinales del espacio-tiempo de sus días alrededor de este mundo.

Su propósito es llegar hasta el puente ferroviario en desuso, y sobre las maderas de su pavimento hace resonar el pautado golpeteo de sus pasos concienciados en un da capo musical indefinido. Y allí, en la mitad del trayecto, se detiene unos minutos, apoyado sobre las barandillas, viendo bajar presurosas las aguas del Segura, entre malezas y meandros, en su fluir eterno hasta llegar a un mar que lo aguarda con sus brazos extendidos. Y siempre el mismo sentimiento: entre la máxima de Heráclito y los versos de Jorge Manrique. La inmensidad irrevocable de la naturaleza a través de los rugidos del agua del río contra los escollos de la maleza en sus orillas, le devuelve, le contagia, le descubre la gran poquedad de su condición efímera, trascendente y pasajera.

Deshace luego lo andado, para regresar a su punto de salida. De regreso, y antes de traspasar de nuevo la carretera que viene de Alguazas, alza la vista para contemplar a lo lejos el itinerario que le queda. Y allá en la lontananza, divisa dos torres de una vieja fábrica de conservas, (todavía en pie), que expelen sendos chorros de humo blanco contra un cielo escandalizado. Y sin perder su ritmo marcial auto impuesto, procura localizar su ubicación. Siempre estas dos chimeneas se le mostraron lejanas; jamás consiguió verlas cara a cara. Las vueltas del camino, el deslumbramiento de sus ojos por los rayos de un sol insolente, o su vista cansada nunca le permitieron verlas de cerca. Hoy ha tenido suerte. Delante de él: dos grandes chimeneas cuadradas escupen icónicas bocanadas de espuma blanca rociando el cielo de la mañana.

Llega a su casa. Deja la caña en la que apoyó el peso de su peregrinar cansado por estos pagos, en el rincón de la entrada, junto a otras tantas que le acompañaron en rutas anteriores. Y escucha como desde su oquedad vacía, todas las cañas al unísono exhalan y entonan su respirar zen, el murmullo de los pasos de su alma a su morada primera, tal cual la pastora Marcela evocara en El Quijote de Cervantes.

martes, 16 de diciembre de 2025

Nathaniel Hawthorne



Es la primera vez que leo a Nathaniel Hawthorne. Sólo sabía algo de este escritor estadounidense del siglo XIX por aquella película, La letra escarlata de Roland Joffé, cuyo argumento está sacado de una novela del mismo Hawthorne. El otro día, por casualidad, cayó en mis manos una antología de este novelista, seleccionada por José Martínez Torres, y publicada por la Universidad Nacional Autónoma de Mexico. 2008. Y me detuve en unos de sus relatos, en concreto, en Wakefield: Un hombre, sin aparente motivo alguno, deja a su mujer y su tranquilo hogar. Su intención es regresar a los pocos días. Los pocos días se convierten en veinte años, distanciado no muy lejos de su domicilio conyugal, (sólo a dos calles), desde donde se detiene todos los días y observa desde el anonimato a su mujer. A él lo dan por muerto, y la mujer se refugia resignadamente en su viudez. Durante este tiempo Wakefield se debate en volver, o no volver a su casa. Y esta duda se hace crónica, y a la vez frágil y enfermiza, se cosifica. Hasta que por fin una mañana abre la puerta de su casa, como si todo fuese igual que antes, como si sólo hubiesen pasado unas horas desde su marcha.

El comportamiento del protagonista de este relato me trajo el recuerdo aquel otro día de mi pasado: yo también actué de forma parecida, aunque no con la misma serenidad e inconsciencia, sino arrebatado por una discusión familiar, cuyo motivo, hoy tras haber pasado varios años de aquello, casi apenas recuerdo el por qué. ¿Deseos de ser tenido en cuenta? ¿Culpabilizar a mi pareja por algo en concreto que me sentara mal? ¿Hacerme el víctima? Cogí el coche, y me desplacé no más de 100 kilómetros de casa, rumbo a una playa solitaria. El tiempo de mi escapada apenas duró un día. Y alejado en aquella esclarecedora soledad, frente al mar, maestro de tantas cosas, pronto pude comprender la tontería por mí cometida. Y regresé de nuevo a casa, al igual que Wakefield, como si no hubiera pasado nada, pero doblegada y vencida mi pueril altanería. Estas cosa se hacen sólo una vez. Pues si las repites, la huida deberá ser definitiva y debidamente meditada y justificada, si no quieres arrepentirte y ser prisionero de tu incongruencia. Con el tiempo la rutina en las relaciones de pareja suele debilitar los lazos que atan dulcemente nuestra convivencia. Salí cabreado, sin premeditación juiciosa. No dejé nota alguna, tal vez para engrandecer aun más la alarma de mi desaparición. Me sobrestimé como protagonista insustituible de una situación por mí solo controlada. Pensé erróneamente que sin mí, la vida, tanto la de mi mujer como la de mis hijos, sería imposible. Imbécil orgullo del hombre alfa.

A Hawthorne le gusta jugar con el tiempo. ¡Como si el tiempo fuese un muelle o una cinta elástica que la pudiéramos encoger o alagar a nuestro capricho! Este misterioso escritor, cual un demiurgo, domador del espacio y de lo relojes del universo, tras sumergir y abrumar al lector por los túneles de posibilidades absurdas y azarosas, vuelve al final de su relato a dejar las cosas como antes, devolverlas su estado natural que les corresponde.

Tanto la escritura, la lectura, como cualquier otra rama del arte, tienen la virtud de enfrentarnos ante el espejo de nuestras propias contradicciones, y así revelarnos nuestra real condición humana, y ayudarnos a ser más sincero con nosostros mismos.

viernes, 12 de diciembre de 2025

Ropa vieja


 
Y al igual que la tierra sedienta, que a base del agua recogida en bidones grandes de lluvias anteriores, alimenta las pocas matas de tomates que plantadas tiene en dos caballones sobrios y anhelantes, y espera que sobrevivan al calor intrépido, inesperado y crujiente de estos tiempos locos e inhóspitos, trato yo, también de venirme arriba en estos días yermos que atravieso, y el cerebro parece ser que se me seca y agota ante tanto despropósito.

Estoy esperando que me envíen para su publicación las últimas pruebas del manuscrito Me olvidé de tu nombre. Se trata de una recopilación de viejos textos sobre la importancia, insignificancia, la relevancia, (y al mismo tiempo), impotencia y frustración, que el hecho de escribir me reporta. Todos ellos son ropa vieja, rescate de comentarios personales de épocas pasadas. Con ellos pretendo hacer un guiso nuevo, al igual que hacía mi madre con el cocido sobrante de la comida de los domingos. A la semana siguiente, sobre-freía los garbanzos, las patatas y la poca carne que había quedado, y nos sorprendía a la familia con un nuevo manjar, tan exquisito como el anterior. Pues con el mismo ánimo recopilo estos textos para reconfortar mi apetito. Pero me temo, que no con tanto acierto como ella.

Sé que este manuscrito no tiene un cuerpo único. Está hecho de retazos incongruentes, a destiempo, sin continuidad alguna, ni tema que los aglutine y cohesione. Todos ellos tan sólo tienen en común la palabra, el único ingrediente que los unifica y sustenta.

Y en este tiempo de espera, antes de que el libro Me olvidé de tu nombre salga publicado, mis ojos se detienen expectantes en una cita por sorpresa de John Gardner, (el autor de Grendel), que me tomo como autocrítica adelantada y primera:
Generalmente, el escritor que se preocupa más de las palabras que de la historia (personajes, acción, escenario, ambiente) no consigue crear ese sueño vívido y continuo: se estorba demasiado a sí mismo; embriagado de poesía, no distingue el grano de la paja.
Y de nuevo un servidor, y las matas de tomates que planté la primavera pasada, volvemos a caer en el desánimo. Desánimo que a su vez renueva en mí la fuerza necesaria para seguir adelante.