martes, 1 de abril de 2025

Paz de plomo

 



El pintor no tiene firma. Ni tonalidad, ni paleta. Tiene hasta la risa frágil. Flojo es de pincel. Ni siquiera se echó una querida. Su representante le dice si acaso vistieras como un adefesio, si hubieses troceado a cachitos a tu perro, y con su sangre, ribeteado de rabia los cuernos de la luna...

El pintor ya se sintió como un palo de fregona hace dos años cuando presentó su última colección El color de la noche. No vendió ni un cuadro. Él se engaña a sí mismo diciendo que es un incomprendido, que se la refanfinflan los galeristas, los marchantes, los revisionistas picassianos, los críticos sin criterio, los tasadores trileros, las señoritas de terciopelo y purpurina, a media tarde. Lechuguinos que no saben que el buen arte se adquiere en la taberna del polígono industrial La polvorista, que las artes no se compran ni se venden al por mayor al mediodía, viendo pasar el tiempo con una mano detrás y otra delante, viviendo la vida padre.

Por eso el brocha frustrado y débil atrincherado está en su taller resentido, diciendo yo no pinto para complacerme, ser consumo veleidoso de miradas blandengues, catadores de oleos y barnices pasados por agua de borrajas, lo que yo quiero es plasmar mi alma en el encerado sideral del infinito distópico de mis calcetines con troneras. Y que se la casque el mundo, que se distraiga el vulgo con sus guerras preventivas y con su paz de plomo.

El pintor lleva un tiempo que ni pinta ni canta. Ahora lo que le toca es esperar su turno en la carnicería para hacerse con su envoltorio de carne molida.

domingo, 30 de marzo de 2025

La esposa del escritor único



Había oído yo de algún libro cuya trama y desenlace determinaba la existencia de una persona extraña, alejada de la novela. Como si su autor fuese el titiritero que con sus hilos y letras moviera los monigotes de su teatrillo, pero fuera de la caverna de su manuscrito. Quería que lo que él contaba fuese vinculante, que tuviese lugar y consistencia en la misma vida real, más allá de sus libros. Sus novelas, sólo un pretexto. Su intención era que sus letras fuesen la fragua, el manantial, el horno donde cocer el auténtico pan de la vida. El verbo hecho carne. No es el profeta el que adivina el futuro. El futuro es creado por el oráculo. No fue Napoleón el que por su propia voluntad, un 7 de septiembre de 1812 se le ocurrió invadir Rusia, sino que fue la lectura de Vidas Paralelas de Plutarco lo que al corso le impulsó a ello. La historia está condicionada en parte por la habilidad del escritor que la cuenta. Tampoco fue César quien conquistó Las Galias, sino el Senado quien le encomendara tan magna proeza en momentos tan críticos para el Imperio Romano.

No hay mejor película que ver, ni libro que leer que aquel en el que nos vemos reconocidos, motivados para seguir vivos. Recuerdo una vez durante la representación de una determinada obra de teatro que un espectador se sintió fuertemente conmovido por una escena. En medio de la sala se levantó y se puso a gritar como un poseso: ¡Ese soy yo, ese soy yo! Por fin he dado conmigo. Gracias, hermanos Lumière, por ayudarme a ser yo mismo. Primacía de la letra sobre la esencia misma de lo real. Decía Freud que donde estaba el ello, debe advenir el yo. Los libros son los planos sobre los que se construye la historia, la biografía, nuestras vidas.

En cierta ocasión un escritor fue invitado al cumpleaños de su editor. Hasta aquel momento la mujer y este escritor jamás habían coincidido, no se conocían de nada. Dio la coincidencia, que la que luego sería su futura esposa, trabajaba como empleada del catering que servía la cena-homenaje al patrocinador de su último libro. Digo bien, el último, el último y el único, pues después de esta circunstancia que cuento, jamás, se le ocurrió a este hombre escribir libro otro alguno. Ella y él aún no se conocían presencialmente, aunque por lo que luego pasó, de alguna manera, sí. Allá, en el horno donde se cuecen los panes de nuestras biografías, ya estaban sus vidas calentándose al calor del fuego de su amor venidero.

Eran como una veintena de comensales. Él tan sólo conocía a dos de ellos: al editor, su patrocinador ocasional, y a su secretaria; pero al estar éstos en la otra punta de la mesa, y ser él un tanto tímido, se sintió más solo que la una. Sólo pudo hablar con la camarera que de vez en cuando le decía: ¿Necesita el señor algo más, prefiere carne o pescado? En una de sus idas y venidas para preocuparse por sus preferencias culinarias, el escritor único tuvo el descaro de fijarse detenidamente en el bello rostro de la sirvienta. ¡Milagrosa casualidad! Era la misma joven que con pelos y señales él describía en su novela: La misma forma del musitar suave de su voz dulce y cadenciosa, el color azabache de sus ojos persuasivos, la modestia sonrojada de su cara. La misma hermosura que irradiaba tanto su cuerpo como su alma en su novela era la que ahora le mostraba en persona. Todo en ella era igual a la muchacha que él había intentado dibujar en su último libro.

Repito, después de aquella sorprendente coincidencia este escritor ya no necesitó escribir más. Lo tuvo claro desde el principio. La cortejó. Quedaron en verse después de aquella cena afortunada. Él iría a esperala después que ella acabara su faena. Salieron, hasta que logró hacerla su esposa. Fueron marido y mujer durante cinco años. El esposo nunca comentó cuál fue la razón de su opción por ella. Tampoco hizo falta, tan fuerte y sincero era su amor... Hasta que un día la mujer le dijo sin venir a cuento: ¿Querido, qué viste en mí aquel día del cumpleaños de tu editor para enseguida pedirme en matrimonio? Con todo el cariño que por ella había tenido desde el día que se conocieron en aquella cena homenaje, el marido contestó con total sinceridad: Vi en ti, mi amor, el mejor retrato, la mejor definición de la mujer estrella de mi último y único libro de mi vida.

Y malditas palabras. Ella, ninguneada y menospreciada, le dijo de malas maneras al escritor unigénito: Pues bien, mi escritor circunstancial y único, quédate con la joven aquella de las letras de tu novela, que ésta de carne y hueso se va a otros brazos que de verdad la quieran. Adiós para siempre.

jueves, 27 de marzo de 2025

Los conejillos de Cortázar


No es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto. (Bestiario. Cortázar).
¿Cómo es posible que en tan poco tiempo la hija de mi vecina, la mujer del hombre de la furgoneta blanca, haya crecido tan deprisa? Veo ahora a la zagala delante de mí, acompañada de un apuesto muchacho. Ayer mismo la madre la llevaba en brazos dándole de mamar. Las cosas no pueden cambiar así de la noche a la mañana. Desde el principio de nuestra era, filósofos, biólogos y políticos vienen diciendo que la naturaleza no da saltos, que actúa lentamente, que para asfaltar un simple socavón en la Avenida de Los Castaños, o construir una residencia de ancianos en Molina de Segura, hace falta remover Roma con Santiago. ¡Y ni con esas! Y no como hoy, que una chiquilla recién nacida, a los dos días amanece ya crecida y reluciente como los pepinos de la huerta que no hay dios que de la noche a la mañana los reconoca. O que una España tranquila se levante esta mañana deprisa comprando papel del váter y corriendo desconsolada a refugiarse en la estación de autobuses, en el Mudem o en cualquier otro refugio inexistente, antes que la guerra anunciada por Europa nos acribille como conejos en su madriguera, perseguidos por el miedo y las bombas nucleares.

Todo va muy deprisa como las cabras locas que se pisan unas a otras. Menos este cuerpo mío inamovible, sentado sobre este banco del paseo, encima de una acequia soterrada que serpentea paralela al desvío. El desvió cruza el pueblo por el extrarradio que da al río. Los arboles sonríen a un abril que se retrasa espantado por los detractores del cambio climático. Me distraigo frente al sol tibio leyendo Carta a una señorita en París, antes que un conflicto bélico impesable me arrase tal como anuncia Hadja Lahbib la comisaria de la UE. Tres cosas irrenunciables me quedan de lo que me queda de vida: un buen desayuno con pan-aceite-y-sal, un café bien cargado mirando pasar la primavera trasluciente de la hija de mi vecina Andrea y el gusto por la lectura.

La hija de mi vecina me saluda atenta como si yo fuera el mismísimo autor visionario de la historia que estoy leyendo. Levanto mis ojos del libro para contestar sus buenos días. Ella, rauda cambió su biberón de leche por el joven que bien acompaña su pubertad recién estrenada. Aquí todo el mundo corre. Corren los niños a la escuela. Antes de llegar al colegio ya serán mayores, menos yo que permanezco ya mayor desde hace tiempo apoltronado en este banco fijo de madera. Por cierto, la madre de la muchacha que cambió su biberón por el beso de un muchacho, también se llama Andrea, como la dueña remilgada del apartamento de Buenos Aires que una señorita le dejó prestado al caótico y alocado protagonista del cuento que estoy leyendo. Extiendo mi mano sobre la página trece para que no se me escapen los vomitados conejitos de este relato tan absurdo, simbólico y sugerente. A duras penas mis dedos leñosos, púrpuras y crepusculares pueden sostener el libro. Me senté aquí enfrente de mi casa, sentado en este banco de madera que hace sonar mis huesos como campana de ánimas.

Miro ahora los árboles-botella del paseo que, en tan solo dos o tres veranos, se han llenado de gloria y fuerza como los bueyes de la fábula de Esopo. Escucho el tempranero jugar de los pájaros entre el verde de sus hojas cantarinas, el abrazo dulce e interminable de dos jóvenes que han preferido hacer novillos y librarse de las monsergas y los drones de la profesora de Ética. A mi alrededor todo el mundo cambia, el relax se hace desvelo, el status quo de un mundo estable se tambalea. Miro también mis pies quietos al caer de un insensible y solitario banco de madera. 

También se apagaron mis sueños correteros como los conejitos de Cortázar. Sus noches no tienen luz, ni farolas, ni estrellas, ni árboles de botella. Unos locos de la guerra quieren arrancarlos de cuajo y encerrarlos en el oscuro rincón de un armero.

martes, 25 de marzo de 2025

Mi querido erizo



Aquel día tú no debías estar para nadie. Ser sólo para mí. No te encontré en la jaula de colores. Salí perdido a tu encuentro. Nada más levantarme, crucé la calle, atravesé la Plaza Vieja camino del río. Había días que me pasaba tres pueblos, subía montañas, cruzaba puentes y aduanas y, sin ni siquiera dar un paso, esperaba que con sólo extender el brazo, mi mano y la tuya, mi gana y tus labios, se fundirían en un beso. Mi obsesión era dar contigo. Estar los dos a solas. ¿Tan difícil es que el agua y la sed se encuentren en un mismo vaso? Los dos beberíamos hasta hartarnos, como se sacia el río del mar cuando desemboca en el estuario. ¡Me costaba tanto dar contigo estando tan cerca! ¿Quién diría que habiendo nacido pegados el uno al otro acabaríamos estorbándonos como el gato y el perro. Yo maullando tu amor. Tú mordiendo mi odio. Por eso me costaba tanto dar contigo, mi querido erizo. Quedé desolado como quien pierde su anillo de boda. En ese anillo de boda llevaba yo grabado en oro un erizo blanco con espinas suaves de color crema. Hubiese llorado lo mismo, si en lugar de ser tú mi alma gemela, un erizo blanco, hubieses sido el perro verde del loco de la colina. Para el caso era lo mismo estar loco por un perro feo que por un erizo por muy guapo o blanco que tú fueras.

Pasé cerca de un coto. Pregunté atrevido a tres cazadores, que junto a unas brasas asaban cuatro sardinas para su almuerzo. Les dije si habían visto un erizo desorientado. El desorientado es usted -me contestó con tino y descortés el primer cazador, el que parecía más listo por su cara de lelo, al tiempo que relamía con fruición exagerada la raspa de un arenque chamuscado. ¿Acaso no sabes, muchacho, que está prohibido caminar por este coto propiedad del marqués de los siete mundos reconquistados? Y al comprobar el segundo cazador, (el que estaba sentado sobre la piedra más alta), en mi cara compungida mi gesto dividido por haber perdido la costilla de mi erizo, se dirigió a mí más amable que el primero, como si hubiese cazado en ese momento un jabalí de renombre con apellido y con mote incluido: Si al menos usted nos mostrara una fotografía de su erizo perdido, tal vez podríamos ayudarle. Yo le repondí que no era menester, que con mirarme bien le bastaría, que los dos éramos idénticos, y que, según mi modesto parecer, todos los erizos éramos iguales, ariscos por fuera y muy tiernos por dentro. ¡Quía, -intervino el tercer y último de los cazadores, el de la pelliza con solapas de piel de borrego, el que parecía más lelo por su cara de listo-, míreme usted bien, yo también soy un erizo. Y entre nosotros los erizos nadie es igual a otro, porque todos somos lo mismo. ¿Sabe usted por qué no se diferencia en nada un jabalí de otro? Porque no conocemos bien a estos animales. Lo mismo pasa con los gavilanes. Y señalando con un fuerte manotazo en el pecho al primero de los cazadores que zampándose estaba las cinco sardinas que quedaban, añadió: ¿Acaso sabría usted distinguir al gavilán del marqués de los siete mundos, de este otro gavilán que, mientras aquí charramos perdiendo el tiempo por un erizo, a lo tonto tonto nos está birlando el almuerzo?

domingo, 23 de marzo de 2025

La lengua del corazón



Desde mi estado de sordo severo, no pretendo, (después de haberme llenado de alegría que Sorda, la película de Eva Libertad, recibiera la Biznaga de oro en el festival de Málaga), contraponer el mundo de los sordos frente al de los oyentes. Conviene aunar estas dos realidades. Y que los unos y los otros, sordos analfabetos, sordos ocurrentes, orgánicos, oyentes absolutistas, oyentes metafóricos y excluyentes, construyamos todos juntos, con la ventajas de unos y las desventajas de otros, esa inclusiva torre, la Babel del Mutuo Entendimiento.

Dicen que los sordos somos malpensados y recelosos, que tenemos mala leche, que somos huraños y antisociales. Puede ser. Lo que pasa es que no prestamos mucha atención a maledicencias y engaños. Los duros de oído, por lo general somos personas de carácter tranquilo, tal vez distantes e indiferentes; pero sólo en apariencia, por obligación. Aguantamos impertérritos las desatadas iras de oyentes monoteístas e hipertensos. Nuestra sordera da a nuestro rostro un cierto aire de desinterés y ausencia. Indiferencia que no es insensibilidad, frialdad o desacato a nuestro interlocutor. Si damos esa impresión es porque respetuosamente no queremos entrometernos ni malmeter en asuntos extraños que no están muy claros a nuestras entendederas. Decía Tagore es fácil hablar claro cuando no va a decirse toda la verdad. Por eso tal vez callamos. Tenemos las orejas ensordecidas, pero nuestro ojos están siempre abiertos a las palabras mudas que salen del corazón del otro. Somos capaces de empatizar con la mirada. Los ojos no mienten.

Cuando la palabra no existe, ¿las cosas no son? Eso dicen algunos lacanianos, semióticos y lingüistas. Cuando la palabra, por accidente, imposición, nacimiento o voluntad, no nace de nuestras gargantas, aun es posible acudir al gesto, al plante, al silencio, a la lengua del corazón. Crear, inventar, construir instrumentos útiles y expresiones válidas que sustituyan o acompañen a la palabra allá donde ella no puede llegar. Cuando la palabra no existe, las cosas pueden empezar a ser, puesto que la palabra, y más si ésta es mal dada, más que puente y vehículo de comunicación, es dardo, mentira y espada.

Al principio fue el Verbo. La palabra reverdeció el planeta, llenó de semillas la pradera... Pero cuando la palabra, como elemento electro-sonoro, pierde el poder de recrear y producir un mundo edificante, caemos en pérdida, y por reacción los no oyentes nos refugiamos en las ideas, nos convertimos en seguidores de Platón. Escuchamos desde nuestra caverna a través de las sombras. Reivindicamos unos nuevos paradigmas que saquen a esta sociedad y cultura de su letargo sonoro. Sólo los que se ven privados de la palabra son conscientes de su importancia. Echamos de menos el agua cuando calurosos y llenos de sudor no disponemos de un buen botijo a mano. Cuando la palabra no tiene la carga vitalizadora de generar entusiastas en pos de una meta. Cuando la palabra, vacía de contenido, se devalúa y es arrojada y no percibida, eco perdido entre valles inexistentes, nada toma cuerpo, todo es etéreo. Ni las ideas ya siquiera son comunicables. 

En el bullir caliente de una noche amorosa resurge clamoroso el sonido junto a una  oreja lasciva que deletrea jadeante un te quiero, vida mía, no hay sordo/a que se resista. Por fortuna para los sordos la palabra no se reduce a un complejo sonoro que a través del tímpano llega al nervio auditivo, la palabra toma también forma a través de la insinuación, del tacto, todo un lenguaje de signos suficientes, un cordial abrazo en el que las palabras sobran.

Pero, entiéndanme. Ya lo dije al principio. Y lo repito de nuevo . No ha sido mi intención con esta entrada engrandecer a unos a costa de las limitaciones de otros. Eso sería tener por parte mía mala baba.