jueves, 12 de marzo de 2026

El escondite de los recuerdos



Después de haber vivido, intento recordar, y todo lo encuentro revuelto, como el agua turbia del río tras el aporte de las tierras de los montes mineros, después de las la últimas lluvias de un mes de marzo atípico. El presente que vivo, al instante sumergido queda en un solo elemento, convertido en una abstracción en la que entre lo real y lo imaginario nada distingo. Lo vivido y su memoria forman un solo cuerpo. Digamos que la memoria es lo virtual; y lo real: lo analógico. Y así voy por la vida dándome trompicones entre postes y farolas como un pobre borracho insatisfecho. Puede que a Baudelaire, la realidad nada le importara; pero la realidad le hacía sentir ser quien era. Lo que se puede ver al sol es siempre menos interesante que lo que ocurre detrás de un vidrio. (Las ventanas).

Una vez vivido, veo el tiempo como un agujero negro. En ese agujero negro o luminoso vive la vida, sueña la vida, sufre la vida. Cuando del recipiente de los acontecimientos que anteriormente me sucedieron, intento sacar un recuerdo, éste se me presenta convertido y homologado, unido a una fábula, a un sueño no tenido. Después de haber vivido, ya nada de lo que viví tiene consistencia. Estoy más en el allá que en el aquí metido. La vida es la escuela preparatoria para que entrar nos deje Caronte en la ciudad de los muertos.

Ayer lo pasé fatal. No recuerdo el motivo. Sólo sé que necesitaba saber el nombre de aquel pequeño libelo que sobre las ventajas de la música escribimos al alimón una compañera y un servidor, en nuestros jóvenes años de docencia. ¿Dónde diantres se esconden las cosas que olvidamos? Sabemos del querer de unos ojos dulces, de una mirada apasionada, pero desconocemos las razones por las que ciertas personas con tanto desinterés o cariño nos amaron.

Aún no acordándome del título de aquel trabajo, sé que en algún lugar de mi cerebro o de mi corazón seguirá aguardándome, al igual que espera paciente y ansioso un gato el regreso de su amo. Busco el original por todos los rincones de la casa. Y no me duele no encontrar aquel manuscrito cuya elaboración nos costó todo un curso académico; lo que más rabia me da es no acordarme del nombre aquel que por título le pusimos.

Si me preguntaras ahora: ¿De las cosas que yo podría perder, cuál de ellas más me apenaría? La cabeza, esa sería sin duda mi respuesta. Las veces que que en clase de religión me preguntaban en qué lugar del cuerpo se encontraba el alma, nunca supe responder. Siempre dudaba, no sabía si en mi corazón o en mi cerebro. O tal vez mi alma estuviera en aquella primera chica que me diera calabaza. De aquella sí me acuerdo. Me acuerdo más de lo que nunca fue mío que aquello que atesoré.

De un tiempo a esta parte, confundo los nombres. Llamo Tere a la Puri; Puri a la vecina; a mi vecina, don Pedro; a don Pedro, don Gil el de lo pies pajizos.

¡Albricias, por fin me acordé del título! A nuestro trabajo aquel de fin de carrera le pusimos de nombre A la Pitiflor.

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