martes, 3 de marzo de 2026
Sordos tiempos de esperanza
Tengo la impresión que a los sordos no nos dejarán entrar en el reino de los cielos. Sus puertas están selladas para quienes somos alérgicos a la música celestial. Siendo la música, tal vez por su intangibilidad misteriosa, la expresión del arte en su más elevada categoría y esencia, (y nosotros incapaces de gozarnos y alimentar nuestras almas con fusas y garrapateas), está claro que nuestro final, al igual que lo fue nuestro comienzo, será sucumbir aislados, mudos y sepultados de por vida bajo el laberinto vestibular de nuestras cegadas orejas. La música son los ruidos que, cual perlas a los cerdos, se les dio a los duros de oído para así mejor escuchar las canciones del espíritu. Cuanto más soterrados estemos, mayor será nuestro grado de agudeza interior.
Y si no decidme, vosotros definidores y cancerberos de la suprema espiritualidad del arte: ¿aquel sordo-loco, cómo fue capaz de tocar el cielo con sólo acariciar las teclas de un clavicordio de piedra desafinado en el pórtico de la gloria de la catedral de su casa de Viena?
El arte es patrimonio de todo aquel que sabe sobrevivir en estos tiempos sordos de esperanza, de locuras y penumbras. Todos somos artistas. Y si no decidme, ¿acaso no es menester recordar hoy al labriego aquel que con su música callada, todas las mañanas caminaba kilómetros y kilómetros hasta llegar al desierto de su partitura en blanco. Allí cultivaba un arbusto solo y seco. Con el cubo de las notas muertas de su fe ciega, lo regaba cada día. ¡Ojalá, para nuestro deleite y alegría, de sus ramas sordas, mañana, brote la canción novena de su nueva sinfonía!
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