lunes, 16 de marzo de 2026

Soledad confusa


Tomo este título de la dedicatoria de Góngora al duque de Béjar en su Soledad primera.
Pasos de un peregrino son, errante,
cuantos me dictó versos dulce Musa,
en soledad confusa,
perdidos unos, otros inspirados.
Decidí recluirme en la soledad de esta habitación última para confundirme feliz con la oscuridad y sacar lo mejor de su interior. Cuando me invade la tristeza y el hastío, el tedio y la desesperación recurro a la escritura, me aíslo. Y no siempre encuentro alivio.

En la soledad, lo mismo que en el silencio, es donde antes me encontraba más acompañado, era más conciliador y comprensivo con los demás, y mis oídos y mis ojos se abrían a lo ajeno, más atentos, más abiertos al pluralismo cultural, a la globalización, a la inclusión del otro, en palabras de Habermás, el padre de la Teoría Crítica, recientemente fallecido. La soledad del mar, del aire, la soledad del cuarto oscuro... eran mi compañía y entendimiento.

Aquella soledad dulce hoy me amarga, no es por mí deseada. No ando ahora por los senderos de la mística encumbrada en los que la soledad llenaba de sanadora poesía y soledad aquel mi vacío y extravío existencial que tanto sentía.

Hubo un tiempo en que me sentí seguro y cómodo en mi soledad voluntaria. Aquella soledad elegida no me desolaba, ni era confusa, dispersa, impuesta ni atiborrada. Me inspiraba. En ella me encontraba confortable y seguro. Me sabía a calma ¡Y qué solos y a gusto veía yo a los difuntos alejados del bullicio, durmiendo en el camposanto! Sumergido en mi soledad lo pasaba divinamente, en estrecho lazo unido a los vivos y a los muertos en medio de la naturaleza silvestre y virgen.

Y en estos días de concentraciones de No a la guerra, ni la soledad me acompaña, en ella no me encuentro, más bien me araña. Cuando las ideas ya no mueven el mundo, es preciso pasar a las formas, un nuevo estilo. Nuestra cultura está cambiando de base. Lo que no sé es lo que pasará si se deshumaniza hasta el punto que no hagamos nada por evitarlo. El si muove de Galileo es tan trepidante que el perder estabilidad es desalentador para aquellos que hemos sido educados en verdades inamovibles. Y busco la manera de librarme de la soledad. Y no hay manera. Me pongo a escribir, y las letras se me caen de las manos, al igual que a mi amigo el valeriano, se le cayó el acordeón un día antes de morir. Esta soledad de hoy no es la misma soledad que yo ayer tenía como amiga y compañera. La soledad sonora, la soledad oscura, la callada soledad que hablaba, y cual la aurora con sus dedos llenaba de luces y colores las palabras que con tanto orgullo yo escribía, hoy me ha traicionado. 

En tiempos de guerra, dicen, que la escritura debería ser un acto de rebeldía. Mis musas, hoy son insensibles y muy cobardes. Ante tanta locura, crimen y barbarie permanecen mudas como las piedras. 


jueves, 12 de marzo de 2026

El escondite de los recuerdos



Después de haber vivido, intento recordar, y todo lo encuentro revuelto, como el agua turbia del río tras el aporte de las tierras de los montes mineros, después de las últimas lluvias de un mes de marzo atípico. El presente que vivo, al instante sumergido queda en un solo elemento, convertido en una abstracción en la que entre lo real y lo imaginario nada distingo. Lo vivido y su memoria forman un solo cuerpo. Digamos que la memoria es lo virtual; y lo real: lo analógico. Y así voy por la vida dándome trompicones entre postes y farolas como un pobre borracho insatisfecho. Puede que a Baudelaire, la realidad nada le importara; pero la realidad le hacía sentir ser quien era. Lo que se puede ver al sol es siempre menos interesante que lo que ocurre detrás de un vidrio. (Las ventanas).

Una vez vivido, veo el tiempo como un agujero negro. En ese agujero negro o luminoso vive la vida, sueña la vida, sufre la vida. Cuando del recipiente de los acontecimientos que anteriormente me sucedieron, intento sacar un recuerdo, éste se me presenta convertido y homologado, unido a una fábula, a un sueño no tenido. Después de haber vivido, ya nada de lo que viví tiene consistencia. Estoy más en el allá que en el aquí metido. La vida es la escuela preparatoria para que entrar nos deje Caronte en la ciudad de los muertos.

Ayer lo pasé fatal. No recuerdo el motivo. Sólo sé que necesitaba saber el nombre de aquel pequeño libelo que sobre las ventajas de la música escribimos al alimón una compañera y un servidor, en nuestros jóvenes años de docencia contra aquel antipedadógico lema "la letra con sangre entra". ¿Dónde diantres se esconden las cosas que olvidamos? Sabemos del querer de unos ojos dulces, de una mirada apasionada, pero desconocemos las razones por las que ciertas personas con tanto desinterés o cariño nos amaron.

Aún no acordándome del título de aquel trabajo, sé que en algún lugar de mi cerebro o de mi corazón seguirá aguardándome, al igual que espera paciente y ansioso un gato el regreso de su amo muerto. Busco el original por todos los rincones de la casa. Y no me duele no encontrar aquel manuscrito cuya elaboración nos costó todo un curso académico; lo que más rabia me da es no acordarme del nombre aquel que por título le pusimos.

Si me preguntaras ahora: ¿De las cosas que yo podría perder, cuál de ellas más me apenaría? La cabeza, esa sería sin duda mi respuesta. Las veces que en clase de religión me preguntaban en qué lugar del cuerpo se encontraba el alma, nunca supe responder. Siempre dudaba, no sabía si en mi corazón o en mi cerebro. O tal vez mi alma estuviera en aquella primera chica que me diera calabaza. De aquella sí me acuerdo. Me acuerdo más de lo que nunca fue mío que aquello que atesoré.

De un tiempo a esta parte, confundo los nombres. Llamo Tere a la Puri; Puri a la vecina; a mi vecina, don Pedro; a don Pedro, don Gil el de lo pies pajizos.

¡Albricias, por fin me acordé del título! A nuestro trabajo aquel de fin de carrera le pusimos de nombre A la Pitiflor, cantarina jitanjáfora.

martes, 10 de marzo de 2026

El color de los días



https://rubencastillo.blogspot.com/2025/09/el-color-de-los-dias.html

Siempre he sentido una especial fascinación por los héroes invisibles. Es decir, por aquellas personas a las que, pese a la importancia de su vivir o a la condición egregia de sus logros, rodea un aura de anonimato. Se llaman Juan, Carmen, Pepe, Rosa, Aquilino, Mercedes o José Ignacio. Y rara vez salen en la tele (si es que alguna vez lo hacen), porque no juegan en el Real Madrid, no trabajan como tertulianos sabelotodo, no protagonizan escándalos mediáticos y no posan en la prensa afirmando ser expertos en nada. Son la pura discreción; y eso, hoy, no se aplaude. Son médicos que salvan vidas en el quirófano; son veterinarios que emplean sus días, y a veces sus noches, en la tarea de cuidar a los animales; son barrenderos que cumplen con pundonor y orgullo su tarea higiénica; son policías que no quieren multar, sino ayudar y proteger. Los hay. Son más de los que parece.


jueves, 5 de marzo de 2026

Del lado correcto de la historia


Expresión que suena a epitafio, a elegía, a sentencia lapidaria, incuestionable, irreversible, imposible de rebatir. Magister dixit. Claudicación. Vasallaje. Una manera de impedir cualquier debate, tapar la boca a quien quiere respirar por la nariz. ¡Oler a jazmín, y no a pólvora ni a fusil!

Trileros, unos y otros apelan al devenir histórico. La historia nos absolverá. Locos visionarios. Simplifican los hechos, recurren a la profecía como magisterio de verdades absolutas, reveladas. Tergiversan el futuro. El oráculo siempre lleva razón. Como aquella vez cuando la guerra de Irak: Dentro de aquella verdad de Las Azores escondida estaba también la mentira. Regalan cadenas por libertad: La hora de vuestra libertad está al alcance de vuestras manos. Refugiaos. No salgáis de casa. (Donald Trump).

Tratan de justificar lo injustificable, complicar lo evidente. Convertir quieren el edén en un nido de víboras. Echan mano al instinto más salvaje. Furia épica. Rugido del león. El ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Y vamos camino de la Tercera Guerra Mundial. ¡Cuánta razón tenía Stefan Zweig! Y ni siquiera nos avergonzamos de comportarnos como animales. Digo ¿animales? ¡Ellos no lo harían! Yo no sé de historia, pero no pondría al Destino como juez de esta contienda. La responsabilidad es sólo nuestra. Vendrán más años malos / y nos harán más ciegos / vendrán más años ciegos / y nos harán más malos. (Rafael Sánchez Ferlosio). Los humanos hace ya un tiempo que decidimos despojarnos de nuestra humanidad. ¡Arriba therians de la tierra, en pie famélica legión!

Y mientras, como decía Cortázar: muchos poetas siguen escribiendo con tiza en los paredones de las comisarías del norte y del sur, del este y del oeste de la horrible, hermosa tierra.

martes, 3 de marzo de 2026

Sordos tiempos de esperanza



Tengo la impresión que a los sordos no nos dejarán entrar en el reino de los cielos. Sus puertas están selladas para quienes somos alérgicos a la música celestial. Siendo la música, tal vez por su intangibilidad misteriosa, la expresión del arte en su más elevada categoría y esencia, (y nosotros incapaces de gozarnos y alimentar nuestras almas con fusas y garrapateas), está claro que nuestro final, al igual que lo fue nuestro comienzo, será sucumbir aislados, mudos y sepultados de por vida bajo el laberinto vestibular de nuestras cegadas orejas. La música son los ruidos que, cual perlas a los cerdos, se les dio a los duros de oído para así mejor escuchar las canciones del espíritu. Cuanto más soterrados estemos, mayor será nuestro grado de agudeza interior.

Y si no decidme, vosotros definidores y cancerberos de la suprema espiritualidad del arte: ¿aquel sordo-loco, cómo fue capaz de tocar el cielo con sólo acariciar las teclas de un clavicordio de piedra desafinado en el pórtico de la gloria de la catedral de su casa en Viena?

El arte es patrimonio de todo aquel que sabe sobrevivir en estos tiempos sordos de esperanza, de locuras y penumbras. Todos somos artistas. Y si no decidme, ¿acaso no es menester recordar hoy al labriego aquel que con su música callada, todas las mañanas caminaba kilómetros y kilómetros hasta llegar al desierto de su partitura en blanco. Allí cultivaba un arbusto solo y seco. Con el cubo de las notas muertas de su fe ciega, lo regaba cada día. ¡Ojalá, para nuestro deleite y alegría, de sus ramas sordas, mañana, brote la canción novena de su nueva sinfonía!