Las palabras no mienten, y si mienten es porque no las decimos como se merecen. Lo cierto es que que en este mundo babélico mentimos más que hablamos. ¿O acaso, los ultraderechistas que ayer en las elecciones de Andalucía predicaban que el pájaro puede ser libre, encerrado en su jaula, decían la verdad?
En mis tiempos como maestro de educación infantil, comprobé que los niños daban a las palabras un sentido único, un significado autonómico, independiente y desligado de cualquier otra referencia que no fuera la palabra que ellos ponían en sus bocas. Y me puse a pensar, si no sería mucho mejor que las palabras no tuvieran vuelta de hoja, ni otras acepciones que no fuera la univocidad, su condición única y esencial.
Una mañana observé que dos pequeños reñían por una misma palabra: la palabra papá. No podían entender que el papá de uno fuese también el papá del otro. ¡No, es mi papá papá! -decía uno; y el otro, amenazante, respondía al instante gritando furioso con las mismas palabras a su contrincante: ¡No es el tuyo, es el mío, es mi papá! Los pequeños daban a esta palabra tal poder que, sólo con nombrarla, adquiría para ellos un uso exclusivo, intransferible, inequívoco e incompatible con cualquier otro padre que no fuera el suyo. Un nombre para cada cosa, y cada cosa para su nombre. Y si las cosas y sus padres no hubiesen tenido nombre, pues mucho mejor, nada, fuera de ellas, existiría. Y así se acabarían por fin las disputas en el aula.
Recuerdo que para hacer entrar en razón a aquellos niños enzarzados en su pelea, y que, (debido a su corta edad), no podían comprender el sentido universal y abstracto de la palabra papá, quise hacerles ver que el padre de un niño podía llevar bigote; el padre de otro, ser calvo; que el de más allá, ser rubio, alto, gordo; y que cada niño tenía su papá particular, y que todos los padres por separado podían ser el padre de sus compañeros.
Aquellos niños no admitían el nombre papá desligado de su propia realidad. Ellos consideraban la palabra papá como una unidad unívoca, una unidad lingüística, inseparable de sus vidas. Esta palabra, para ellos, no tenía sentido, separada de la imagen que ellos tenían de sus progenitores. La honradez de las palabras, su unicidad intransferible era su prioridad, su conocimiento concreto. Y fue entonces cuando me puse a pensar, si no nos hubiera ido mucho mejor a los humanos no alcanzar nuestro pensamiento abstracto, aquel que nos define como personas racionales, capaces de digerir conceptos universales, y así jamás poder decir una cosa contraria y distinta de lo que pensamos. Y si nos servimos de las mismas palabras para negar y afirmar lo mismo y lo contrario: el pan al hambriento, indigestar a los pródigos y opulentos; si proclamamos la palabra libertad a voz en grito para cortarles las alas a los que soltarse quieren de sus cadenas, nos metemos en un lío, mentimos como bellacos. Las palabras, separadas de la cosa a las que hacen referencia, son un exabrupto. No en vano los escolásticos definían la verdad como la adecuación de la cosa con el intelecto.
¿O es que acaso, los ultraderechistas que ayer en las elecciones de Andalucía cantaban que el pájaro encerrado en su jaula puede ser libre, decían la verdad? Hay pájaros tontos y muertos de hambre, ¡haylos, engañados y estúpidos! que preferimos vivir presos con nuestras cadenas, y recluidos bajo las órdenes de nuestro embustero carcelero y caudillo.

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