Camina el hombre por la senda de la acequia. Y al igual que una madre, afectada por la peste negra, el hombre tiene también que abandonar por fuerza su huerto, su casa, sus hijos.., para no contaminar y echar a perder todo lo que allí limpio relucía como los chorros del río. Intenta ahora el hombre en sus pensamientos volver a la tierra, que por unos años fue la sede de sus sueños cumplidos para así, tras su irremediable pérdida, recuperar la estabilidad de su emoción quebrada y rota. Tuvo que tapar su boca y morir ahogado para no acabar matando todo lo que allí a su vera feliz vivía.
Corre ahora el hombre después de muerto, esperanzado bajo la sombra de los cipreses que van su antigua casa. Él esperaba que a su encuentro estos árboles nostálgicos entonarían al aire romanzas y fantasías, escalas musicales desde el do grave de una tierra festoneada de flores silvestres, al do alto de un cielo sin nubes, con las puertas abiertas a su regreso, y que su cuerpo, balanceado por ver de nuevo su casa, bailaría al trote veloz y acompasado por el gorjeo de un par de tórtolas que al vuelo le reconocerían a su paso. Pero los cipreses ariscos, la higuera maldita, el nogal indiferente, y hasta su melosa gata, siempre atenta a su llegada, todos ellos, esquivos, distantes y desagradecidos, pasaron del hombre como pasan las nubes calladas en verano sobre los páramos desiertos. El hombre esperaba ver allí con la misma alegría lo que con tanto dolor dejara, cuando un día tuvo que recluirse en la oscuridad de su tumba, por culpa de aquella cuarentena, la sempiterna morada de los muertos.
A su regreso, todo está igual, todo en su sitio, pero aún así, al hombre no le pareció lo mismo. Sí: el mismo azarbe, las mismas plantas, el mismo cauce, las mismas cañas; sí: el mismo verde reluciente y fresco; pero no son las cosas las que hablan, sino tal como a su manera el hombre las escucha y las siente. Las flores de la madreselva exhalan su perfume amarillo, pero él ya no huele su aroma. Él mismo plantó el laurel, donde ahora sigue estando. Lo regó y lo abonó, lo vio crecer con ese aire victorioso de los grandes corredores tras cruzar triunfales la línea de meta, pero el arbusto no le devuelve al hombre el dulce, recio y acostumbrado aroma de bienvenida. Lo mismo le ocurre con las flores del azahar de los naranjos, que le saben a estéril y desolado invierno. Y salvaje es también el comportamiento de su perro que se arroja contra él con uñas y dientes, dolido por el abandono de su amo. Y así es como este hombre lloró más, cuando de pensamiento y deseo, volvió a su antigua casa, que cuando tuvo que irse de allí deprisa y corriendo, de su huerto y de sus cosas.
Uno vuelve siempre
A los viejos sitios en que amó la vida
Y entonces comprende
Como están de ausentes las cosas queridas.
(Armando Tejada)
Uno vuelve siempre
A los viejos sitios en que amó la vida
Y entonces comprende
Como están de ausentes las cosas queridas.
(Armando Tejada)

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