Había una ciudad a oscuras cuyos habitantes tan bien gobernados y arancelados eran, que sus alamines hasta por mirar lo que no veían les cobraban una tasa a los buenos de sus vecinos. (Alcaides sin cabeza).
Me detengo frente al edificio de la Real Casa de Correos. Al caer de la estatua de un rey a caballo. Un hombre bien plantado yergue su acicalada estampa delante de la puerta del Sol de Madrid. Corona con gorra su testa al estilo tirolés. Melena lacia, barba recortada, viste chaquetilla corta, torera, pantalones rayado en sus laterales con los colores patrios. Botas negras hasta las corvas, abrillantadas con betún de judea. Parece un macero con uniforme de gala en fiestas de san Isidro. Lleva en su mano desplegada un cuadernillo a modo de cepillo limosnero. Parece un recaudador al servicio del alcalde de la Villa. Tal vez no lo sea, pero por sus aires garroneros, a mí me lo parece.
Antes de dirigirme a saludar al lotero ambulante de mi compadre, que vende cupones caducados en la entrada del Corte Inglés de Preciados, me detengo unos segundos frente al emblemático reloj de la torre para saber la hora. El supuesto guindilla, nada más verme, corre hacia mí, me acorrala con su inquisitoria presencia. Y, como buen koldo y contable, arranca una hoja del talonario, un albarán, un recibo con firma y sello, donde dice que, según normativa municipal número tal..., todo aquel que mire el emblemático reloj de la Puerta del Sol, está obligado a pagar a las arcas del erario municipal la estipulada cantidad de dinero...
Para dicho propósito embolsatorio cuelga este hombre, mitad funcionario, mitad jeta, una cartera de cuero repujada con el emblema del escudo de la ciudad, un oso y un madroño, símbolos del poderío y del pillaje de la villa capitalina.
La mirada gendarmeril y el gesto amenazante del madero municipal se clavan en mis bolsillos vacíos como si yo fuera el mismísimo rey de Gales. Ignora este sabueso cobrador que yo vengo de estirpe egregia y gitana, que vivo en la Cañada Real y que soy pupilo, para más inri, del tío Antón el de los cupones pelados. Que a mí no me la dan con queso. Y en tono cortés, conforme reza mi apellido, contesto al simulado guindilla en respetuosa rebeldía:
Si hasta por mirar lo que no vemos, la luz que no tenemos, nos cobráis, oh infelices de vosotros, que no sabéis ni p´a lo que vale un peine en un candil sin mariposa ni aceite...

Hoy precisamente homenajean al pueblo gitano en TVE
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