martes, 1 de abril de 2025

Paz de plomo

 



El pintor no tiene firma. Ni tonalidad, ni paleta. Tiene hasta la risa frágil. Flojo es de pincel. Ni siquiera se echó una querida. Su representante le dice si acaso vistieras como un adefesio, si hubieses troceado a cachitos a tu perro, y con su sangre, ribeteado de rabia los cuernos de la luna...

El pintor ya se sintió como un palo de fregona hace dos años cuando presentó su última colección El color de la noche. No vendió ni un cuadro. Él se engaña a sí mismo diciendo que es un incomprendido, que se la refanfinflan los galeristas, los marchantes, los revisionistas picassianos, los críticos sin criterio, los tasadores trileros, las señoritas de terciopelo y purpurina, a media tarde. Lechuguinos que no saben que el buen arte se adquiere en la taberna del polígono industrial La polvorista, que las artes no se compran ni se venden al por mayor al mediodía, viendo pasar el tiempo con una mano detrás y otra delante, viviendo la vida padre.

Por eso el brocha frustrado y débil atrincherado está en su taller resentido, diciendo yo no pinto para complacerme, ser consumo veleidoso de miradas blandengues, catadores de oleos y barnices pasados por agua de borrajas, lo que yo quiero es plasmar mi alma en el encerado sideral del infinito distópico de mis calcetines con troneras. Y que se la casque el mundo, que se distraiga el vulgo con sus guerras preventivas y con su paz de plomo.

El pintor lleva un tiempo que ni pinta ni canta. Ahora lo que le toca es esperar su turno en la carnicería para hacerse con su envoltorio de carne molida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario