sábado, 17 de marzo de 2018

El Castillo Olite




Pude haber llamado a esta entrada Montevida, Los árboles de la Ciencia, Orfanato, Valle Perdido, Emérita Escuela..., pero si la llamé Castillo Olite es porque hay correctores de estilo que aconsejan, (llevados por aquella máxima de que lo fundamental jamás debe ser nombrado), no poner título alguno que tenga que ver con lo que ya se dijo. 

Su casa distaba no más de media hora del valle perdido, un comedido bosque lleno de árboles, respiradero del sofoco de la ciudad y regocijo para caminantes y deportistas que escogían aquel natural gimnasio para su esparcido mantenimiento. Llegó a La Alberca, y antes de atravesar el pueblo, siguió hacia arriba por la carretera paralela a una rambla que descendía desde las montañas que oteaban el idílico caminar de sus pies aturdidos. Siempre que se ponía melancólico, como en aquella mañana ventosa en la que los días, peces escurridizos, se le escapaban de las manos, le daba por salir al monte. Dejó atrás la estación sericícola. Cruzó la casa de los forestales y su apretado vivero de cipreses en escala, para enseguida encontrarse con un deshabitado caserón que otrora fuera correccional para niños huérfanos, hijos de una fratricida guerra, arrancados del corazón de sus madres, por el hecho de haber tenido el honor de ser esposas de unos hombres leales a la República, allá por los años finales de la década de los treinta del siglo pasado.

Hoy a todos se les llena la boca para despotricar del fascismo. No hay nadie que no se confiese defensor ferviente de la democracia. Pero durante casi cuarenta años, a la mayoría le faltaron cojones (perdón por expresión tan machista) para quitarse de encima la ignominia de ser súbditos consentidos de una brutal dictadura regentada por un tal general Francisco Franco. Y aún así, a día de hoy, casi todos los ciudadanos de aquel país siguen asumiendo estructuras heredadas de aquel tiempo. Y no sólo alardean de ellas, sino que sin complejo alguno siguen prestando besamanos y pleitesía.

No era intención de quien esto escribe abrir heridas, como tampoco politizar el santuario edénico de un monte que era por igual pulmón, templo y refrigerio de unos y otros, ya fuesen judíos, moros o cristianos. La culpa la tuvo ese desvencijado reformatorio, que a pesar de estar en ruinas, sigue aún en pie con su quejoso respirar agónico con olores a ultratumba.

Cada vez que pasaba por aquí, de sus frías y desoladas oquedades, parecía escuchar la sacudida de los verduguillos con la que algunos de sus cuidadores aporreaban las pantorrillas de aquellos mustios zagales internos del aquel orfanato.

Subiendo por el Sequén, llegó hasta El relojero. Pasó de largo Los Teatinos, los frailes de la Luz. Dejó de lado el antiguo polvorín, la Casa del Monte, un viejo refugio convertido en oratorio para quienes buscan sentido y calma en medio de este disparatado mundo. Llegó a la explanada-mirador, a los pies mismos de la Cresta el Gallo. Una embriagadora espesura. Sus ojos se llenaron de un lúcido verde, manto que abrigaba y cubría a la par la vega que desde más allá de Molina y Alcantarilla se extendía por la falda de una cordillera que llegaba casi hasta el plácido mar que bañaba aquella región por su costado más blanco.

Quiso ser un árbol más de los muchos que en aquel momento le acompañaban. Pisó con fuerza la tierra. Afincarse quiso en su suelo. Respiró el limpio aire de lo alto. Llevaba como siempre consigo el periódico del día, asidero que le ceñía a una realidad más gráfica, contradictoria y papelera que real y consistente. Necesitaba de la lectura de la prensa para percatarse del mundo ilusorio que le rodeaba. ¡Como si no tuviera bastante con el recio perfume a resina que le envolvía, como si no le bastara el azul transparente de aquel oxígeno benevolente, el sentir de sus años tan idos como queridos! 

Hay quien se vale de un padrino para conseguir un favor. Él tenía a gala enorgullecerse de este monte del que no podía pasar sin venir visitar de vez en cuando. Le debía una al monte. Una, que para él fué determinante. Sacar la plaza de maestro, solventar la vida de su familia, dedicarse a la educación. Aquí también venía entonces, a esta bucólica biblioteca paradisiaca, repleta de textos y comentarios a cual mejor para preparar sus exámenes. Esos ribazos donde ahora se sentaba fueron pupitre y cátedra de su aprendizaje como docente. Sus condiscípulos fueron estos árboles; sus profesores, estas sabias y milenarias piedras; la flor del romero fue la lecitina para sus neuronas desmemoriadas; los cuarenta temas de la oposición, los mil y un canto de los pájaros que por allí aún anidan y sinfonean; su mejor dicasterio, la calma que por allí aún rezuma y se palpa.

Venía a menudo a este monte, escuela emérita, para agradecerle haber sido su preceptor y guía. Y cuando se encontraba perdido entre tanto desconcierto y desacierto, también volvía al monte. Él le hablaba y le hablaba. El monte no le decía nada; pero él sentía que le escuchaba. El fuerte aroma de los pinos y la nítida claridad de esta sierra le reconfortaban. Ella eran los latidos de su corazón exultante. Montevida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario