domingo, 21 de enero de 2018

Eso ella jamás lo haría





Nada nuevo. Cualquier experiencia, puede ser la de otro. Somos distintos, pero, ¡tan semejantes! Por eso, no es para tanto lo que cuento. Puede que también le haya ocurrido a cualquiera.

Tengo la manía, manía espontánea y no viciosa, de querer buscar parecidos entre los que por primera vez me encuentro. No es mi propósito comparar a las personas y dejar en detrimento a una de ellas. Siempre que me cruzo con algún extraño, lo primero que, sin querer, hace mi memoria es intentar deducir por sus rasgos a quién de mis conocidos me recuerda. Así, la sonrisa de la dependienta de la panadería me lleva a mi hermana. Aquel, por sus manos, a Chopin. Ésta, por sus pendientes y sus lazos a la joven de la perla. Ese, por su andares abiertos, al chulo de Casanova. Aquel por sus bigotes caídos, al repartidor del butano. Éste por su voz aflautada, al pregonero del Ocaso. El de más acá, por su chaqueta y tirantes, a Perico el de los cuartos. El de más allá, por su desgreñada melena, a ese político desubicado hoy tan cacareado. Hasta yo mismo no me parezco, sino cuando me comparo con otro.

Soy de Teruel, Estoy en Barcelona, pagado por mi empresa, haciendo un curso para reciclarme en temas relacionados con mi especialidad. Trabajo como vendedor a domicilio de cubiertos bipolares. Lo de menos es quien soy, en qué consiste mi profesión, o qué hago yo aquí en la Pompeu Fabra.

Bueno, a lo que iba. Acabo de hacer la compra en el Eroski del Carrer d'Andrea Dòria  Aquí, en el barrio de la Barceloneta, acostumbro, por estar situado este establecimiento cerca de la pensión que mis jefes me agenciaron, abastecer mis necesidades alimentarias. De pronto llama mi atención una señora. La miro, pero sin descaro, sin que ella se dé cuenta. Soy tímido de nacimiento. Me concibieron con las luces del cuarto apagadas. Algo de esta mujer me sorprende enormemente. ¡Se parece tanto a mi esposa! Yo diría que es ella. No, no es verdad. Ella quedó allí en Teruel al cuidado de su madre con Alzheimer. Entre nosotros existe una total lealtad y confianza. Ella no me seguiría sólo por controlar mis pasos, por no fiarse de mí, o por cualquiera de las razones miméticas por las cuales los hombres y la mujeres andamos unos detrás de los otros.

Cuando miro a alguien por primera vez, sé de antemano si me cae bien, si me atrae. Un fluido escondido y compatible hace que tanto su avistamiento como la presencia de dicha persona me resulte agradable. A mi, esta mujer en la que mis ojos al azar se han detenido, esta tarde, a la salida del supermercado, me cae genial. Su pelo, su mirada, la sensualidad de su boca, su andar entre gracioso y decidido, el buen aire que deja tras de sí, la sencillez de su figura, todo me parece ¡tan familiar! Atraído por su encanto y por mi curiosidad, la sigo desde cierta distancia.

Estoy confundido. Debo estar soñando. Pero no. Estoy despierto. Llevo en mi mano derecha la bolsa de la compra. Las cebollas, la botella de aceite, las dos pizzas, los tres cartones de leche de avena, el medio kilo de plátanos me delatan. Tampoco creo que toda esta mercancía sea tema apetitoso, materia suculenta para un sueño. Los sueños para mí que se alimentan de ilusiones y de estrellas. Esta señora, ante la que mis ojos ahora se detienen, es sin duda mi mujer. Pero tengo mis reservas. No puede ser ella, y es ella. Así que para despejar, ajustar mis sospechas, o doblegarme a la evidencia, me coloco tras de ella, sigo sus huellas.

Todo esto podría ser un desvarío de mi mente al verme privado, ya va para más de quince días, de mi mujer. Es tanta mi dependencia que me invento situaciones rocambolescas como éstas para no verme privado de su dulce compañía. Y este pensamiento disparatado me conforta, pues llego a la conclusión que la quiero más de lo que yo creía.

Al hilo de estas cavilaciones, sigo sin perder de vista a esta señora. Hasta que no compruebe si realmente es ella, no pienso quitarle el ojo de encima. Ahora en este instante veo que la mujer, mi mujer sospechosa y equívoca, se adentra en una calle salón. Junto a las cristaleras de una cafetería muy concurrida, un músico callejero toca el violín, divertimento en re mayor de Mozart. Tiene el joven músico a sus pies la funda de su instrumento abierto, en la que algunos viandantes depositan algunas monedas. La mujer a la que sigo pasa de largo, completamente indiferente a la interpretación del artista. Ella, mi mujer jamás haría eso. Sacaría su monedero y socorrería al violinista. Dejo por tanto de seguirla. ¡No es ella! Se acabaron por fin, no sé si por suerte o por desgracia, mis elucubraciones y dudas.

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