jueves, 18 de enero de 2018

Contando y volando cuentos





Duro invierno en los valles de La Vega. Cero grados. Las nubes besan el suelo. Los árboles resurgen entre los bancos de nieblas, pintados a carbón cual centinelas de un abismo anubarrado que se dirige a ninguna parte. Faros de vehículos, cirios apagados por un tosco viento tras las procesión de un Viernes Santo. Sombras de sonidos muertos, ecos de resucitados y espectros. El abuelo circula a cuarenta por una carretera de brumas que parece la laguna de Estigia; y el coche, un esquife a la deriva. Lleva el viejo a un niño enfundado con abrigo y bufanda de colores a la escuela. Las piedras, los negros postes helados y el hombre mismo que conduce amodorrado por este páramo de vaguedades y somnolencias..., todo parece flotar suspendido de esta obtusa niebla que se extiende sin fronteras sobre estos prados del Jarama hasta llegar al pueblo de La Vega.

Tres horas después, el sol le da en la cara. 15 grados. El hombre está aparcado, haciendo tiempo, en El Quiñón, un barrio de las afuerasfrente a la plaza del Avenir. La dulce tibieza invernal de la mañana soleada dilata los poros de su alma agradecida. Ojos húmedos de melancolía, tejados de escarcha acumulada por los tiempos idos. Los párpados se le cierran, y los árboles se resisten a ser encendidos, continúan grises, como telarañas esparcidas, aura de tristeza emborronada por la luz que viene de Morata y Arganda. Y en este clima envolvente, el cuerpo tonto del abuelo siente que es la hora de la siesta. Se cree que está ingresado en una sala de urgencias. No quiere dormirse. No quiere que ese niño que ahora en clase recita coplillas de invierno, piense que es un pobre viejo que se ha perdido por caminos que no conoce, pasillos de un hospital repelente, o que vegeta en un rincón, como ese conejo blanco y dócil que su nieto tiene en casa y se come el papel de las facturas de Endesa, o que tal vez no recuerde que debe recoger a su nieto a la salida, junto a esa puerta de hierro que la conserje descorre al final de cada jornada.

No, no se le olvida al hombre que dentro de poco, a las dos en punto, el colegio Clara Campoamor abrirá las puertas de sus aulas a las palomas abrigadas con bufandas de colores, con sus alas más sabias y buenas, después de haber aprendido la tabla del buen hacer, las coplillas del invierno y haber pintado de fuego la escarcha.

El abuelo se siente amarrado con tubos, aparatos, monitores y mascarillas verdes al volante de su coche aparcado en medio de la carretera que va a La Vega. Sus ojos intentan dormirse. El abuelo se resiste. Le dice a la enfermera: ¡No me metan más adormidera por esos tubos de Dios. El hombre se siente dichoso por la tibieza dulce de este sol de invierno que adormecerle quiere. Los curiosos que le miran, comentan que este hombre ya tiene su vida hecha. Y el hombre se dice a sí mismo y a los que delante hacen gestos de asombro y de impotencia:
Es mentira, estoy vivo y despierto. Tengo que recoger a mi nieto del cole. 
Ahora el hombre se enfrenta con la enfermera jefe, que delante del parabrisas congelado le hace señas para que se calme. El hombre insiste:
¡Sáquenme de esta uci de mierda, en la que me tienen engañado y 
retenido!
Y ahora, después de perforarle la próstata para que orine, por fin dejan al hombre tranquilo. Y el abuelo, entre vapores de alcoholes y belladona oye al niño que le dice:
Yo soy, abuelo, el Gran Houdini, el mejor escapista del mundo. Cortaré, desataré todos estos virales y tubos. Convertiré tus ligaduras en alas, y saldrás volando como los pájaros. Y allá donde vayas, no te preocupes, te llevaré palomitas de maíz para que sigas, como hasta hoy, contando y volando cuentos.

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