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lunes, 15 de mayo de 2017

Nacido del mar





Miré hacia la bahía. Nadie por los alrededores. Del maletero del coche saqué el cuerpo. Lo arrastré como pude a lo más alto de la duna. Con el pie tracé una línea perpendicular al arrecife. Cavé una franja e introduje su cadáver en el hueco húmedo de la arena.

Desde aquí podrás ver el mar, -le dije balbuciente, mientras ponía entre sus manos yertas una caracola de nácar recién cogida de las rocas del puerto. Con la tierra sobrante formé un caballón bien abultado para que los perros no dieran con su cuerpo. ¡Para que las alimañas no husmeen tu sepultura, para que las olas no roben el mar de tus corales!

Sentado junto a la tumba, con lágrimas de sal y rabia, maldije al endiablado destino. En momentos trágicos siempre me pongo trascendente. Mi dolor se hizo pregunta: ¿Por qué esa manía de identificar a los muertos, si la muerte nos convierte a todos en nada? Ni cristos ni ritos, ni palabras ni rezos podrán abrir ya tus ojos de arena.  Me puse de pie. Entre escéptico y convencido dije respetuoso:
Si al menos supiera tu nombre de pila...  
De un reseco alcornoque corté dos ramas para formar una cruz. Ayudado de mi navaja, en su palo horizontal quise tallar las iniciales de su nombre. Pero mi amigo no tenía nombre. Le llamábamos el libélula por la transparencia de su corazón, por la agilidad de sus movimientos, por el equilibrio de sus razonamientos a la hora de dar un golpe: pequeños hurtos en el mercado de los sábados para costearnos los cigarrillos, o las entradas para ir al concierto de Metálica, o ir a ver a los Iron Maiden. El libélula no tuvo madre que de niño le pusiera un nombre.
A mi madre se le cayó mi nombre en la mar, –me dijo una tarde en el paretón donde nos juntábamos a menudo a jugar a las cartas, mientras el bermellón del sol maceraba las heridas de nuestros sueños quebrados. De ahí su manía por el mar. 
El libélula necesitaba ver el mar.
No sé quien soy. He de encontrar mi nombre. A mi madre se le cayó en una travesía rumbo a la tierra Prometida. Yo me salvé de milagro gracias al buena voluntad de unos turistas que veraneaban en Valparaíso ¿Vienes conmigo a buscarlo? 
¡Vamos!
Teníamos quince años. Vivíamos tierra adentro, encerrados en el terruño inhóspito de un pueblo yermo que nos despreciaba por huérfanos, muchachos inadaptados e hijos de la gran puta. Separados de la costa, enfermos del mar, a más de cuatrocientos kilómetros de sus aguas progenitoras, masticábamos el ricino de nuestra adolescencia.
¿Pero cómo vamos a conseguir los billetes para ir a la playa, si no tenemos ni para un canuto?
El libélula estaba enamorado de lo que no conocía, henchido de su ausencia estaba. De haber conocido a su madre no la hubiera deseado con tantas ganas. Prendado estaba del vacío sedoso de sus aguas, del gorjeo de sus senos de espuma, de la dulce marejada de sus olas pequeñas, de la canción de sus labios, de su sirena de madre, de la leche de su brisa. Mi amigo, por ver el reluciente y desnudo cuerpo del mar, estaba dispuesto a dar incluso su vida.

Lo teníamos todo controlado. La hora: la idónea, al mediodía. La panadería cerraba a las dos. Hasta la noche, la encargada del despacho no hacía la caja. Calculamos llevarnos cuatrocientos machacantes. Lo justo para el viaje. 

Todo hubiera salido bien, de no ser por la bala de aquel maldito madero que agujereó por la espalda el corazón de el libélula.

Yo pude escapar con vida. Y prometí en ese momento que, aunque tuviera que robar el tridente del mismísimo Poseidón, conseguiría traer mi amigo al mar.

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