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miércoles, 10 de mayo de 2017

Las manzanas de Cézanne




Las manzanas de Cézanne con ser muy bonitas y caras, no son de verdad ni tampoco comestibles. Medias mentiras no son medias verdades. Como tampoco por cacarear falsedades, el azafrán dejará de ser amarillo. Vivimos en la era de la posverdad, de la verdad muñida, fabricada. Todo es surrealismo, surrealismo orwelliano, donde nada tiene que ver con la realidad, donde todo tiene que ver con la invención, donde para distinguir la verdad de la fabulación habría que acudir al oráculo de Delfos. Pero tanto el poder como los medios nos tomaron la delantera. Ellos a sí mismos se invistieron como los únicos y sagrados portavoces del dios Apolo, le robaron la nariz a la Esfinge.

Son más bellas las manzanas de Cézanne que las que yo compro a la señora Joaquina, la frutera de la esquina. Por tres euros, un kilo. ¿Cuánto me costaría una sola manzana que este pintor luce en el Museo de Orsay? Teniendo en cuenta que no son más de veinte, y el cuadro fue subastado por más de cuarenta millones de dólares... A precio de oro el cubismo y la abstracción. Y la verdad por los suelos, cuando no ofendida, intoxicada, más falsa que el beso de Judas. No son tiempos estos para la verdad, cuando a todas horas en tela de juicio nos la venden, nos la inventan.

Mienten las cañas de río cuando aplauden el correr del agua. Miente el alba presta a ser emborronada por el esmog de la ciudad. Mienten las hojas del rosal atacadas por la araña y el mosquito. Miente el marido a su mujer cuando le dice que la quiere a parar un tren cuando su carne por la noche se enciende. Luego, al llegar el día, cuando todo es claridad, ninguno de los dos se entienden. Las flechas del amor: vectores, cometas, relampagueo fugaz que nunca en la infinidad del placer aterriza, si es que este planeta existe.

La verdad no vale un pimiento, más vale una manzana pintada en un lienzo. Miente hasta la luz del sol que nos manda con retraso su calor. Todos mienten. Miente el reo, miente el juez. Hasta el ojo de halcón miente. Miente un servidor al hacer la declaración de hacienda.

No me conmueven las palabras de quien me pide un euro para el tranvía. En cambio me echo a llorar cuando leo en Patria que Arantxa desde su mudez parapléjica escribe a Xabier a través de su ipad: siempre me has gustado, cabrón. Trazos negros sin boca, llenos de hambre gritan que ocho mil quinientos niños mueren cada día de desnutrición severa. La realidad no me altera, no me indigesta; debe estar hecha de cartón piedra, huele a podrida; en cambio, las manzanas de Cézanne me saben a gloria.

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