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jueves, 18 de mayo de 2017

Celos de zarzamora




Te odio y te deseo, te persigo y te rechazo. Siento vergüenza de verte atraído por la sangre de mis espinas, como las aguas del cauce hacia el plantío, como los cipreses hacia la luz; pero no te pareces ni a la luz, ni al agua, ni a los árboles, eres mi sombra, la ausencia de nuestro amor.

Siempre que me vienes a la cabeza te veo pegado a otra mujer más dulce, menos amarga. Siento envidia de ti. No deseo por ello tu muerte. Quiero mantenerte siempre enzarzado, herido por mis hojas encrespadas, quiero conservarte siempre vivo para matarte cada amanecer.

Si algún día la justicia te encontrara y te condenara por robarme un sueño, no lo dudes, solicitaría tu indulto, no quiero verte muerto, quiero conservarte entero para poder despellejarte, para poder sacarte el corazón, transplantarlo, todavía latiendo, en mi pecho y poder así amar como tú amas a la mujer de tu juventud. No veo otra manera de seguir viva. Celos de zarzamora estúpida.

Te apeteció hacerte el encontradizo con ella en mi propia casa, no pudiste respetar mi intimidad. En lugar de disculparte mira, he venido por unos papeles que me hacen falta, es sólo un momento, no quiero molestarte..., utilizaste la misma excusa para incurrir en lo que la excusa misma trataba de ocultar.

Una insinuación, un roce intencionado-fortuito, una amistosa caricia, el gancho de vuestra mirada, bastó para que hicierais el amor en mi propia cama. Necesito alimentar la verdad de mi mentira con mi alocada imaginación llena de supuestos falsos. Como aquella periodista a la que despidieron porque se inventaba las crónicas que enviaba a la redacción. También yo me imagino lo que no veo. Me resulta más cierto imaginarme que una noche te amé hasta el amanecer, que admitir que yo espanté a la mujer que tu amabas, que me dejaste por otra.

Suplantarme sería lo más eficaz. Matarte, mi fatalidad. Debí tener el valor para deshacerme de tí aquel día que te vi nacer en aquel espejo de aguas esmeriladas. Es muy complicado ir en busca de algo que no conoces, que no sabes donde se encuentra, y si lo sabes, ¡qué más da! ... Soy como ese picazón de espalda que no puedo soportar y al que mis dedos no alcanzan. No tengo a nadie para decirle ráscame aquí.

Tampoco comprendo mi bronca contra ti. Yo en tu lugar hubiera actuado de la misma manera. ¿Acaso no es eso lo que siempre pretendí? No eres culpable de enamorarte de una mujer a la que yo no llego, de la que me siento lejos, en la que no me encuentro.

Mi flor también es blanca y se deja bañar por el alba, pero presagia boscosidad y amargura, es prosaica. Mi obsesión por atraparte se debió al deseo de poder expresarte mi amor cual aquella otra flor aterciopelada de candor, melocotón y rocío. Durante más de sesenta años sólo eso he querido: que el fruto rojo de mi esencia escanciado fuese por alguien que fuese capaz de... Tanto tiempo llevo así, que he llegado al convencimiento de que no nací para el amor. Me limitaré por ello sólo a decir como el poeta:
Ya que en la juventud no fui embrujada
ni conducida hacia el amor,
escucharé a los árboles en su amable silencio,
al viento que se agita.

(Philip Larkin)

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