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miércoles, 5 de abril de 2017

Escribir a la sordina




No sé hablar, sino por escrito. La cago nada más abrir la boca. Para des-reprimirse, en lugar de hablar, mejor callar. Mudo escribir a la sordina.

A la greña verbal siempre estoy con mi madre. En cambio, soy una paloma en sus brazos arrullados cada vez que me manda un correo, un wasap, o me deja una nota en la puerta del frigo. Sus letras son entendimiento; sus palabras al contrario, dardos de quien ama y conoce donde hacerme daño. Y al contestarle yo también por escrito, mido al milímetro las palabras, y así no tengo luego que desdecirme. Sólo con borrar mis desmadres, saldada queda mi ofensa. Mis escritos y los suyos se abrazan de puro contento.

Las palabras, como las que hoy he tenido, impulsivas, desordenadas, improperios de mi alma enjaulada, dolida, acomplejada no se las lleva el viento, son saetas que retornan y que me hieren donde más me duele, en el centro de mi dignidad, puesta, sino en duda, sí en aprieto. Y después de dichas, me arrepiento como un Jonás angustiado desde el Hades de sus descalabros orales de ballena chapapótica.

Esta tarde fui a su casa. Y aún a pesar de estar casi un mes sin verla, nada más empezar a hablar, ya la teníamos liada. Y eso que me había propuesto, en caso que ella empezara con su batería de paranoias... Mi madre no es muy mayor, pero a su edad, donde ayer tartamudeaba corrosiva, hoy corregir su deslenguado hablar, sería un milagro. Más fácil le sale al sol amanecer por el ocaso. Por eso, hoy al darle un beso, hago el propósito de morderme la lengua para no echarle encima los sapos peludos que llevo dentro. Fue inútil. Mis palabras son ratones que se escapan, no hay cepos, ni cristales rotos, ni harina ni yeso, venenos que los detengan.

La pelea con mi madre, motivo de este comentario o conclusión espitemológica, no tiene en sí mucha enjundia. Que si llevo la camisa muy corta y se me ve el ombligo, que si no tengo bastante con los dos casamientos que llevo al cuerpo, que por qué salgo ahora con ese hombre separado que tiene cara de zanahoria.

Madre repite tanto las mismas cosas que me resbalan, de puro sabidas, enseguida se me olvidan. Su contenido resulta lo de menos, ni siquiera archivado queda en la olla de mi sesera. A otra cosa mariposa.

Pero el dolor de sus palabras, no acordándome de ellas, aún lo llevo conmigo. Como ese mar de aguas turbias que vieron mis ojos un día en Costa da Morte. Yo no sabía la causa que originó tal emponzoñamiento. Se murieron los peces de colores con los que yo soñaba cada noche. Los daños colaterales, son más mortíferos que los propios daños intencionados y principales.

Las palabras serían necesarias, útiles y bien empleadas, si una vez dichas, generaran ese silencio imprescindible que las hace comprensibles. Las palabras, no mis escritos, versando ambos de lo mismo, se llevan como el perro y el gato. Dos ciervos en plena berrea enfrentados parecemos madre e hija.

Preferiría haber nacida muda, como la flor de la pasionaria que esta tarde alumbra este texto, para decirle mejor a madre lo que por ella siento.

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