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sábado, 1 de abril de 2017

Bola de Sebo




Nada más empezar a leer Bola de Sebo me sentí atraído por esta mujer prostituée que Maupassant convierte en la protagonista, a mi parecer, de uno de sus mejores cuentos:
Su rostro era como una manzanita colorada, como un capullo de amapola en el momento de reventar; eran sus ojos negros, magníficos, velados por grandes pestañas, y su boca provocativa, pequeña, húmeda, palpitante de besos, con unos dientecitos apretados, resplandecientes de blancura.
Toda puta tiene su dignidad, y a veces mucho más que la que pudiera tener la más honrada de las mujeres casadas. Bola de Sebo está escrito con la ironía propia de todo escritor inteligente y comprometido. Si la escritura no vale para despertar las conciencias ante la insensatez y los egoísmos, el machismo, la sacralización del orden establecido y los comportamientos farisaicos, no sirve para nada; mejor ser manco de letras y mudo de ideas. Este cuento fluido, realista y entretenido es un fino alegato contra la doble moralidad de una sociedad aburrida, cínica, puritana y cobarde que sólo tiene ojos para despotricar de los vicios ajenos; pero que es incapaz de reconocer su propia hipocresía. Maupassant no deja fuera de su sofisticada crítica a los belicismos, a la iglesia, ni siquiera a los salva patrias de la política por muy democráticos que se sientan:
Porque los revolucionarios barbudos monopolizan el patriotismo como los clérigos monopolizan la religión.
Quienes sufren una infamia, soportan una desgracia, todos aquellos, que como Elizabeth Rousset, mujer de vida alegre, son desacreditados, por lo general están más prestos a defender el orden natural de las cosas, patrón que no siempre se corresponde con los principios contrahechos de una ciudadanía rancia y sometida al imperialismo del embudo.

El asco que todos hacen de esta mujer casquivana, se desvanece en seguida, cuando esta buena mujer, de vergüenza pública, (honte publique) pero de tierno corazón, se dispone a compartir su comida, (dos pollos bañados en su propia gelatina y cuatro botellas de burdeos), con sus compañeros de viaje que no se abastecieron de alimentos para escapada tan turbulenta.

Un capitán prusiano mantiene retenidos a un grupo de viajeros que huye de la guerra que asola a Francia. Todos ellos representan a los sectores de la burguesía más carca e interesada de la época: nobleza, iglesia, nacionalismo, empleadores... El militar invasor pone como condición para dejarlos partir, acostarse con la sensual, carnal y apetitosa moza. Bola de Sebo se resiste. Al principio sus compañeros se solidarizan con la negativa loable de Bola de Sebo. Pero, más tarde, presionada por los prácticos consejos de todos, haciendo a la pobre moza responsable de la dilación de la libertad del grupo, ésta sucumbe al sentido común, al menos común de los sentidos. ¿Qué mujer no sacrificaría su castidad, si supiera que haciendo el amor con el verdugo de su marido....? ¡Pobrecita! Una mujer santamente casada, si supiera que su adulterio le devolvería la vida a su amantísimo marido, a no ser que fuese la mismísima María Goretti, no dudaría en salvar a su esposo de la muerte. Hasta el mismo Abrahán a punto estuvo de matar a su hijo por mandato divino.
¿Quién lo duda, señora? Un acto punible puede con frecuencia ser meritorio por la intención que lo inspire.
Aquel paradigma, patrón intocable que configuraba de manera indiscutible nuestras conductas, hoy ha desaparecido. Son otros los valores, a contra pelo y mestizos, desavenidos en muchas ocasiones, los que determinan nuestro actual comportamiento, antinatural e incomprensible, no ajustados a la racionalidad de una civilización avanzada.... Y así las instituciones, los estados condecoran, aplauden al que roba, destruye, declara la guerra, o se desdice de lo que prometió. Y nosotros, los que vivimos en la periferia, si antes votábamos a gobiernos de izquierda, hoy nos decantamos por los partidos de la inercia, la desafección o el integrismo.

Aquellas viejas ideas de los pacifistas que abogaban por unas naciones sin ejércitos, sin armas, son partos imposibles del cacareado status quo. Los gobiernos cada vez más engordan las partidas de sus presupuestos destinadas a la defensa, al amurallamiento de nuestra sensibilidad encementada. Engañados, nos fundamentamos en la inseguridad y en la desconfianza, base por cierto de nuestro propio derrumbamiento, más cantado y cierto. ¡Si todos esos emolumentos se dedicasen a combatir el hambre...! Pero la simple formulación de este piadoso pensamiento ya no cabe en el discurso actual, está fuera de todo razonamiento, responde a una destartalada candidez geopolítica, donde al otro no se le espera, ni se le reconoce, ni si quiera existe; simplemente se le acribilla. Antes, nada más ver un tricornio, un sable, una bandera, escupíamos en el suelo, mirábamos para otro lado como si se nos hubiese aparecido el mismísimo diablo; hoy en cambio, vemos un uniforme militar, y nos arrodillamos como sacristanes ante el Santísimo.

Bola de Sebo o el sinsentido del estúpido enfrentamiento entre pueblos y naciones. El simple hecho de ver a vencedores y vencidos, condescendientes y aunados, colaborando en las mismas actividades domésticas, ayudándose como si fueran vecinos de una misma aldea, da clara idea de las intenciones pacifistas de Guy de Maupassant. A los prusianos la guerra tampoco les divertía:
Juraría que también sus familias lloran mucho, que también se perdieron sus cosechas por la falta de brazos; que allí como aquí, amenaza una espantosa miseria a los vencedores como a los vencidos.. Ya ve usted, caballero: entre los pobres hay siempre caridad... Son los ricos los que hacen las guerras crueles.
Este relato, al contrario de aquel otro (El Horla), del mismo Maupassant, rebosa ternura y empatía, está lleno de un dulce surrealismo, desborda sensatez, frente aquel otro delirante, frenético y repleto de alucinaciones y presencias invisibles.

El cuento acaba como empieza con otra comida. Esta vez, Roma tampoco pagó a traidores. Mientras el resto de los viajeros, entre rebanada y trozos de carne asada, buenos pedazos de queso, de nuevo en la diligencia se dirigen felices como gallinas en huida a su corral. Bola de Sebo, la que al principio compartiera su comida con los que carecían de ella, ahora ninguneada es como una zorra.
Ninguno la miró ni se preocupó de su presencia; sentíase la infeliz sumergida en el desprecio de la turba honrada que la obligó a sacrificarse, y después la rechazó, como un objeto inservible y asqueroso.
¡Qué pena no haber formado parte de aquella diligencia! Si yo hubiera estado allí y mis cuerdas vocales no me hubiesen traicionado, cual me engaña mi adocenada conciencia de ahora, yo le hubiese cantado a Elizabeth Rousset aquellos versos de Alfonsina:
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame,
ponme una lámpara en la cabecera,
una constelación la que te guste;
todas son buenas, bájala un poquito.




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