sábado, 17 de abril de 2010

Palabras para todo


Veo en la CNN una entrevista que le hacen a alguien cuya profesión y pormenores me callo. El invitado viste cortado a lo clásico. Nada lo remarca, sólo la escueta perfección masculina de la indefinición más absoluta: Afectación: (salvo su neutra uniformidad) ninguna. Seriedad en el planchado de la ralla de los pantalones; las hombreras, erguidas; zapatos negros. Y el resto de los atuendos: sin veleidades ni adornos, de color oscuro. Una excepción: la corbata que lleva. Si su cuerpo es un mar de alquitranes cubierto, su corbata es una espada de colores cortada a tiras, un alfanje que le cuelga del cuello por franjas verdes de color pepino. Intuyo que este toque diferente y singular en su vestimenta no es suyo. Fue su mujer las que además de aconsejarle la corbata ajustada, también le hizo el nudo, no del todo apretado, para que por su conducto interior aspirara todo el fuel contaminado del océano de su conversación sistemática.

Mueve las piernas, las cruza, de vez en cuando las estira con elegancia, alternando, como si fuesen ellas las que marcan los temas y su tiempo. Y sus manos son aspas pausadas de un molino llevadas por la brisa del ritmo de su conversación (iba a decir fluida) mejor: insulsa y pesada. Desde la seguridad de su anodina prestancia frente al atril de su verbo irrevocable, ilustrado habla y habla. Es todo un recetario. Tiene palabras para todo. Y esto que para otros es virtud y triunfo, embobamiento y gobierno; para mi es duda y cansancio.

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