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Se le hace larga la noche, tan larga como la muralla china, o los anuncios de la tele. Nix da muchas vueltas en la cama, más vueltas que una perdiz por un cazador perseguida, más que un escorpión acorralado por un cinturón de fuego.
Nix no ha nacido para dormir sola. Necesita de los cometas el brillo, el abrazo en espiral de las galaxias. Se pone de costado para tranquilizar su cuerpo insomne y desarropado; y el desasosiego de nuevo le lleva a otra posición más impaciente e incómoda; se pone boca abajo. Así no hay manera de conciliar el sueño. Ahora boca arriba; y el mundo se le cae encima. Harta de tanto zarandeo, de engañarse con pensamientos de colores, de contar borreguitos azules se pone a llorar como una niña. Busca la caricia de su madre Emera muerta, los besos de un hombre que no tiene, el cuento de un padre exiliado de la luz y borracho de fuego en el que abrigar el terror de sus miedos.
La noche entera con sus agujeros negros, las estrellas militarizadas, recluidas en sus cuarteles de invierno, los cañones de la luna, el batallón del universo caen sobre su lecho, telón nublado, la invaden, la vacían del todo.
Siempre presumió Nix de llevarse bien consigo a solas. Por eso tampoco tiene compañeros que le echen una mano. El último consuelo era ella misma como dicen los libros farfulleros de autoayuda, pero esta noche su amiga soledad también se fue. Ida de si está, y abandonada.
Toca techo, toca fondo. Llega al límite. Y de pronto alguien le toca el hombro: "soy yo, el día". Y Nix recobra el aliento.
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