Tuvo en sus años mozos la huerta una acequia.
El murmullo de sus besos y el baile de su corriente dilataban las horas tanto... que lugar tan dulce nido fue del universo.
La acequia era lo que miraba. Sus ojos: los ojos del agua.
Su divino oficio: derramar colores y alegrías, abrir portillos, regar tahúllas refrescar el sudor de los que trabajaban la tierra. Cada gota de la acequia, era cuerpo y alimento de este pueblo.
Al terminar la jornada me sentaba frente a su cauce, relajaba con su música mi cansancio. Sumergía mi pies desnudos en el agua de sus reflejos iridiscentes, y tejía mi futuro.
Hasta que ¡maldita la hora! camiones de graba aplastaron su lecho con hormigón y cemento.
Todo lo que nace muere. No hay muerte que natural no sea. Pero a la acequia la condenaron sin juicio alguno. Injustamente la entubaron. Como a un muerto la enterraron.
Ya no verá más la acequia el dorado del maíz, el amarillo brillante del membrillo, ni olerá la flor del almendro, no escuchara la risa de las ranas, ni el canto de los niños. Las tórtolas y los gorriones tampoco saciarán su sed. No volarán más mis sueños de encanto.
¿Y dónde nadarán ahora lo patos? ¿De dónde se alimentará el nogal y el pino, los tomates de baladre y las parras de Corinto? Las manos de la noria ya nunca más escanciarán estrellas ni amaneceres de su regazo. Sus días serán noches; y su noches, pábilo de negrores encendidos. El cielo llora de pena de la acequia su soterrado encierro.
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