lunes, 26 de noviembre de 2007

Desde las faldas del Monte Haemus

Estoy a las faldas del monte Haemus, en la misma orilla del mar de la Serenidad. Mi asesor turístico me recomendó esta bahía de la Luna como lo mejorcito para pasar unos días alejado de las habituales fatalidades del planeta. Un enorme desierto de arena negra tiñe de ceniza todo lo que mis ojos alcanzan. 

Elegí la parte oculta de este satélite por su exotismo. Pero esto no es lo que yo creía. Nada de esa claridad lunar prometida, ni músicas estelares. Aquí el único canto cósmico que oigo es el monótono ronroneo de la niebla que todo lo inunda. Aquí no hay peces ni gorriones. Todo es gris y borroso. 

Vine confiado en que por fin aquí encontraría el oasis soñado, que fliparía con la lluvia de estrellas, con los besos de las sirenas del espacio, las auroras boreales... Y sólo veo una gran depresión tosca y rocosa. ¡Echo tanto de menos, el aire, el agua, una ducha...! 

Antes de venir, cautivado por las bellezas que pensaba encontrar acá, dejé escrito que me incineraran en el mar de la Fecundidad, al sureste de la Luna, donde los vulcanólogos dicen que se encuentran los mayores yacimientos de pirita, la fuente del fuego planetario, donde poetas y novios tienen contratadas sus tumbas millonarias. Pues bien me retracto, mi última voluntad es que me entierren junto aquella plantación de alcachofas que dejé allí en la Tierra. 

Aquí no silban las chicharras, no oigo el croar de las ranas en los remansos de la acequia, no alegra mis ojos el negrear de la uva. Esta no es la Luna con la que soñé. Esta Luna no tiene alas, no mueve mareas, no levanta pasiones, no hace crecer al sembrado, ni tampoco su gélido destello inexistente saca brillo a los tomates ni a las berenjenas. 

Yo vine a la Luna para saciarme de sus senos de plata, para ver la hoguera encendida de mis deseos cumplidos, pero aquí nunca llueve, no crecen acelgas ni espinacas. Estoy deseando volver a la tierra y tomarme allá con vosotros un café con anís en el bar de la esquina.