sábado, 29 de septiembre de 2007

Birmania




Esta mañana no me cautiva el alba con la insinuante gama de su transparente cara. Ayer nada más despuntó el sol acudí solícito para acariciar los senos de los naranjos.

Hoy el verde turgente de las trece coles no pinta de esperanza el día. En la higuera ya no quedan higos y las moreras ariscas desde su orgullo se deshacen de sus tristes hojas. Hoy no cuelgan del nogal los alegres sonajeros en la cuna del mundo. Tampoco brilla el amarillo de la flor de la calabaza esta mañana, ni el rojo reventón del capullo del ibiscus. Al azul bambolenate de los ajos se le ha olvidado darme los buenos días.

También se acabó el café. Hoy desayuno Birmania amordazada con tostadas ahumadas en alambres y barricadas. Quince personas muertas. Derechos violados. Internet suspendido.

Yo no sé que es lo que enseña una democracia, ni tampoco lo que esconde una dictadura. No soy un analista político, pero sí quisiera saber el juicio de la historia mañana, para salvar mi conducta de ahora. Muchos de los errores pasados no se hubieran cometidos si sus autores hubiesen adivinado sus consecuencias nefastas.

Sospecho que en este conflicto juegan además de la valiente oposición pacífica de la población por la defensa de sus libertades, otros motivos no tan nobles como los hidrocarburos, el pulso de las potencias mundiales por sacar tajada de su poder competitivo y omnímodo.

Entendidos hay que opinan que para que este revuelo del país de las pagodas se arregle habrán de morir más muertos.

Pero a mi modesto juicio no hay nada en la vida que justifique la muerte de nadie, tampoco la de este reportero japonés acribillado hoy a sangre fría.

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