sábado, 17 de octubre de 2026

El día en que las izquierdas perdieron el don de gentes


 

Cada día, los sacerdotes examinan minuciosamente el Dharma y cantan sin cesar sutras complicados. Sin embargo, antes de hacerlo, deberían aprender cómo leer las cartas de amor enviadas por el viento, y la lluvia, la nieve y la luna. (La Nube loca).

Anoche, sentado delante del  oráculo de los conjuros, y antes de que acabara el plazo para presentar las coaliciones al 29N, vi como un pedazo de luna quedaba atrapado entre las espinas de una rosa. Y en el botiquín de mi alma no encontré moquero alguno que mis lágrimas secara, ni tiritas ni gasas que las heridas de mi confusión y desaliento curaran. ¿Hasta dónde debe alcanzar la eclosión de una desgracia, la maledicencia de una profecía para que los políticos de corazón se enteren de lo que vale un peine?

¿Acaso la vida no es eso, esperar la muerte, ver cómo morimos mientras vivimos? La vida es una vela. Vivir es sentir la luz de esa llama que se consume poco a poco. O como decía Celine: un cabo de luz que acaba en la noche.

En toda historia, pronóstico o fabulación mediada o sentenciada por la esfinge, por muy triste y oscuro que sea su vaticinio, hay una luz que, aunque no vislumbremos su llama, siempre queda la esperanza de que la lumbre prenderá, una vez que hayamos traspasado el túnel.


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